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El perdón es un ejercicio necesario para la saludable relación cotidiana que puede convertirse en algo complicado y hasta sufriente. El padre Mateo Bautista, a través de anécdotas históricas y ejemplos reales, nos invita a reflexionar sobre la necesidad de perdonar y nos anima a empeñarnos en conseguirlo, gracias a 84 relatos entresacados de la historia de la humanidad. Porque, como él nos recuerda, «sin perdón no hay futuro». Un libro dedicado a esbozar los diversos y complejos aspectos relacionados con el difícil arte del perdón y de la reconciliación. Pedir perdón, dejarse perdonar, dejar pedir perdón, perdonar, perdonarse y reconciliarse es una ardua tarea, pues exige querer, saber y poder hacerlo. No es solo cuestión de deseo o voluntad, es necesario ejercitar la inteligencia emocional con los recursos psicológicos disponibles para desentrañar los entresijos anímicos, sentimentales, de autoestima y amorosos de la persona. El libro va acompañado de un cuaderno de anotaciones.
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Seitenzahl: 245
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Prólogo
El corazón fétido
El secreto es SPDP
¡Absalón, hijo mío, Absalón!
Un pedazo de carbón
El cesto lleno de agujeros
El sueldo del asesino
Nunca me lo perdonaré
No me pueden perdonar
El que no quiso perdonar
Si vuestra merced cree que merecen perdón
Bronca con Dios
La deuda de 500 años
Bismarck y los franceses
La sabiduría de la estatua
Tertullus
¡Querida, sácalo de la cama!
Cicatrizar el pasado
Decíamos ayer
De esto se ocupa mi mujer
Se sacan los ojos, pero duermen juntas
El primo de Buda
El viejo Maestro
«Perlear»
Chaplin y Einstein
El regalo del espejito
Yo no soy como ese
Que me saquen un ojo
¿Tú también, Bruto, hijo mío?
La mordedura del perro
Juliano, el apóstata resentido
La campana de Huesca
Emperador taburete y desollado
Le mordió la oreja
Caius Flavius Iulius Crispus
Una bofetada a Dios
Dracón
30 millones de mondadientes
Padre pródigo
Asalto desarmado al banco
Pues haberlo dicho
Una buena visión
¡Que lo maten otra vez!
Ojo por ojo y diente por diente
Ustedes no tendrán mi odio
¡D’Annunziana!
No somos de la misma opinión
Romper el nudo gordiano
¡Vieja, busco tu palabra!
Si ella te perdonó
Buenos modales
Falsos perdones
Las calabazas de Apolodoro
No durmió en todo su mandato
En una mula buscando la paz
Todavía me acuerdo de que lo he olvidado
El colchón maravilloso
Fugas
Los gatos del cardenal Richelieu
Tomás Pondo
Yo te defiendo con mi puño
Cortar el árbol
Cuando usted asesinó a aquellos obreros
Siete mil experimentos
La litera de Augusto
No entre por esta puerta cosa mala
El Pulpo va a la cárcel
Que lo guillotinen dos veces
El general San Martín es un hombre capaz de fusilarlo a usted y a mí
Por ignorancia
Teta judía para bebé musulmán
La familia de sor Rani: el perdón heroico
Adoptar al hijo de la esposa violada
Mística fuga
¡Por Jesús, no me mates!
La barca de la misericordia
Cuando Dios prepara el camino
Págame lo que debes o te ahogo
La madre de Judas
Mamá, yo ya te he perdonado
Ilumínalo o elimínalo
Que la puesta del sol no os sorprenda en vuestro enojo
Tirar la casa por la ventana
Sin perdón no hay futuro
Celebrar el perdón
Otros títulos publicados
Notas
Colección dirigida por José Carlos Bermejo
Mateo Bautista, sacerdote camilo nacido en España, lleva las últimas décadas dedicado a brindar su espíritu y su testimonio en América Latina. Es bachiller en Teología, licenciado en Teología Moral y en Teología Espiritual. Como especialista en Pastoral de la Salud ha participado activamente en la animación de la reflexión eclesial sobre estos temas, a través de diferentes roles.
Es autor de más de 60 libros, en los que plasma su espíritu camilo, su particular vocación por la Pastoral de la Salud y, en especial, su reflexión y experiencia en el acompañamiento y sanación de personas en situación de duelo, que animó a través del Grupo Resurrección.
© SAN PABLO 2018 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es
© Mateo Bautista García, 2018
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050
E-mail: [email protected]
ISBN: 9788428562058
Depósito legal: M. 8.876-2018
Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid)
Printed in Spain. Impreso en España
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).
A mable lector/a: Paz, bien y salud.
La temática del perdón, darlo y recibirlo, es inherente a la vida de toda persona. Es un ejercicio necesario para la saludable relación cotidiana que puede convertirse en algo difícil, complicado y hasta muy sufriente. Es un asunto de paz o discordia, de felicidad o desdicha, de esperanza o desconcierto, pues sin perdón no hay futuro; una materia de educación, aprendizaje y práctica; una realidad que involucra el mundo de la ética, de la espiritualidad y hasta de la salud integral, personal, comunitaria y pública. Es un tema de calidad de vida.
Por ello me he animado a publicar este libro dedicado enteramente a esbozar los diversos y complejos aspectos relacionados con el difícil arte del perdón y de la reconciliación. Pedir perdón, dejarse perdonar, dejar pedir perdón, perdonar, perdonarse y reconciliarse es una ardua tarea, pues exige querer, saber y poder hacerlo. No es solo cuestión de deseo o voluntad. Es necesario ejercitar la inteligencia emocional con los recursos psicológicos disponibles para desentrañar los entresijos anímicos, afectivos, sentimentales, vinculantes, de autoestima y amorosos de la persona. Pero no es suficiente: hay que poner en marcha también la inteligencia mental para conocer «la lógica intrínseca» del sufrimiento que produce la herida de una ofensa, que convierte al fenómeno del perdón en un auténtico proceso de duelo. Hay que contar con el cultivo de la red de vínculos sociales de apoyo (inteligencia social), el dinamismo de las virtudes y valores (inteligencia valórica) y la potencia del espíritu a través de la fe y la religiosidad (inteligencia espiritual). El arte de perdonar es multidimensional, pues involucra todo el sistema bio-emocional-mental-social-valórico-espiritual-religioso de la persona. Afecta a la biología, a la biografía y a la biofilia (gusto por la vida) de la persona.
Como he mencionado, el arte de elaborar perdón/reconciliación es un duelo; sí, un duelo para el/los ofendido/s, un duelo para el/los ofensor/es y un duelo entre ofendido/s y ofensor/es. Por otra parte, es bueno recordar que de hecho nunca se cierra totalmente un duelo sin perdón.
La ofensa puede llegar en segundos; en cambio, el perdón y la reconciliación no se alcanzarán de la noche a la mañana. Exigen un proceso en etapas muy necesarias y arduas que cumplir. El duelo del perdón es una cuestión que está relacionada con las tres dimensiones del tiempo: pasado, presente y futuro. A veces, el pasado herido no pasa, el presente pesa demasiado y el futuro está bloqueado. ¿Cómo evitar un duelo de perdón bloqueado, retardado, crónico o patológico? ¿Cómo controlar la memoria y el olvido?
El duelo del perdón y la reconciliación puede verse afectado por aspectos «oscuros» de nuestra personalidad. ¿Cómo descubrirlos, aceptarlos, integrarlos y superarlos? Este es un arte que exige resiliencia y educación de 0 a 99 años.
El arte de perdonar y reconciliarse exige mucha humildad, grandeza de ánimo, valentía, optimismo de vida y no dejarse atrapar por el narcisismo egocéntrico y ensimismado. No olvidemos tampoco que es una cualidad que se adquiere, en un primer momento, a través de la ejemplaridad de los padres y educadores, que entra en el cerebro afectivo de cada criatura como un patrón de conducta a través del incisivo primer modo de conocimiento: el aprendizaje emocional directo.
Después de una gran herida y proceso de restauración nadie es el mismo que antes. Además, hay que tomar decisiones nada fáciles: ¿se continúa la relación? ¿Cómo será el posterior mutuo trato? Y, ¿cuando sí es posible el perdón, pero no la reconciliación?
Y si es cierto que «el perdón es lo sublime de la cotidianidad» (Honoré de Balzac), tan humano y tan divino, ¿qué hacer ante la exigencia de un perdón no ordinario, grandioso o heroico? ¿De dónde sacar las fuerzas?
Todo esto lo iluminaremos ayudados por 84 relatos entresacados de la historia de la humanidad, que es la historia del perdón.
Cada relato se compone de un título (algo sugestivo), introducción (la idea que desarrollar), el relato (normalmente breve), una moraleja (en sencillo verso) y un disparador para reflexionar personal y comunitariamente. De este modo, se presentan 84 ideas diferentes sobre esta compleja temática, cumpliéndose así el adagio de Paul Ricoeur: «Explicar más es comprender mejor». Finalmente, se invita al amable lector/a a sacar su propia conclusión.
El desarrollo temático de los relatos sigue esta lógica: relatos del 1 al 4: necesidad de perdón y reconciliación. Relatos 5 y 6: qué es y qué no es el perdón. Relatos del 7 al 11: destinatarios del perdón (a uno mismo, a los demás, de los demás, de Dios y «a Dios»). Relatos del 12 al 14: el perdón entre grupos, instituciones y deudas del pasado. Relatos del 15 al 18: el control de la memoria y el factor tiempo. Relatos del 19 al 23: educación y resiliencia en el arte de perdonar. Relatos del 24 al 39: impedimentos y bloqueos para perdonar incrustados en la propia personalidad. Relatos del 40 al 68: pasos en el sano proceso del perdón/reconciliación. Relatos del 69 al 81: visión humanista, espiritualidad y religiosidad como facilitadores del duelo del perdón/reconciliación. Los relatos del 82 al 84 están destinados a considerar la importancia de agradecer y celebrar el perdón/reconciliación, pues sin ellos no hay futuro.
He deseado que este librito no sea meramente informativo sino preformativo; no solo un instrumento de lectura sino un facilitador para la práctica del tema desarrollado. Por lo tanto, me encantaría que el/la lector/a se considerase coautor/a, opinando, corrigiendo, completando, ejercitando...
Confío que estos relatos puedan ser un recurso provechoso en lugares de educación, en espacios de encuentro, en la conversación familiar, en programas radiales; también para hacer un regalo a algún amigo, o no tan amigo, para ser enviado por correo electrónico, Facebook, WhatsApp...
Estimado/a lector/a, espero ser útil a usted con esta publicación. Si no es así, pido encarecidamente perdón; así, al menos, con mi pedido y su benevolencia se habrá conseguido alcanzar, casi en su totalidad, la intención de este libro: practicar el arte de pedir, recibir y dar perdón. ¡Salud!
PADRE MATEO BAUTISTA
Religioso de San Camilo
El «per-dón» es un necesario don.
«Per-donar» es una imprescindible donación.
Se cuenta que el gran rabino abba Arika (175-247) ordenó a su servidor ensillar el burro para hacer un viaje. Después de muchos días y noches llegaron al pie de la montaña. El servidor quedó abajo. El rabino subió a la cumbre.
El ayudante vio ascender al rabino hasta quedar invadido por los colores del tramonto. Observó que del rojo del cielo dos manos buscaron el pecho de abba Arika, le estrujaron el corazón y lo exprimieron hasta hacer salir de él un líquido negro y repugnante.
Tras descender Arika, el servidor le preguntó sobre aquello. El rabino se limitó a decir:
—¡También los profetas deben pedir perdón!
Si quieres conocer cómo huele tu corazón, examina tu capacidad de pedir perdón, de darlo y de recibirlo.
Tras una ofensa, elaborar el duelo del perdón constituye un
proceso que afecta a todas y cada una de las dimensiones de la
persona: corporal, emocional, mental, social, valórica y espiritual.
El ministro del Interior del país se dirigía con su equipo ministerial en una camioneta a una localidad contigua a la frontera del país limítrofe donde tenía que reunirse con su par. Por cierto, los dos países vecinos registraban relaciones diplomáticas bastante conflictivas.
Pues bien, ya cercano al destino, el ministro del Interior dio un profundo suspiro y exclamó:
—¡Me remueve las tripas hablar con este tipo! ¡Es un imposible! No sé qué hacer con él. El solo hecho de verlo me hace subir la presión al ojo. ¡Y siempre se sale con la suya! Yo preferiría no tener voz. ¡Ah!
Pocos segundos después, el chofer del vehículo murmura algo con un hilito de voz al segundo adjunto del ministro que estaba sentado a su lado:
—Para eso, el secreto es SPDP.
Entonces, el segundo adjunto se vuelve hacia el primer adjunto y le comenta murmurando:
—Para eso, el secreto es SPDP.
El primer adjunto se lo murmura al jefe de gabinete, quien se dirige al ministro con voz apocada:
—Señor ministro, para eso, el secreto es SPDP.
A lo que el ministro, meditativo, responde:
—¿Y qué significa eso?
El jefe de gabinete repite la pregunta al primer adjunto, quien la transmite al segundo adjunto y este al conductor, quien responde con un tono bajísimo de voz al segundo adjunto, este al primer adjunto y este al jefe de gabinete:
—Perdón, señor ministro, aquí el secreto es la regla de tres, SPDP; es decir, siempre paciencia, diálogo y perdón.
De nuevo el ministro se desahoga con un sentido «¡ah!» y, un tanto extrañado, en voz muy baja musita:
—Es muy buen consejo, pero ¿por qué hablamos con tanto sigilo?
El jefe de gabinete, sotto voce, repite la pregunta al primer adjunto, quien la transmite en voz de confesión al segundo adjunto y este la comunica casi susurrando al conductor, el cual responde apenas perceptiblemente:
—Es que hace una semana que discutí con mi esposa. ¡Es tremenda! Siempre se sale con la suya. ¡No sé qué hacer con ella! ¡Ah! Estuvimos a gritos y ¡agarré una soberana laringitis aguda!
El perdón, que se realiza a través del proceso de un duelo, implica todo un recorrido interior de la persona ofendida que se enfrenta a sus miedos, tristezas, broncas, desilusiones, amor propio, ego herido, apegos, autoimagen dañada, etc. Conlleva un empoderamiento de la persona ofendida para que, a través de un cambio de emociones, pensamientos y actitudes hacia el ofensor, pueda llegar a una sanación/liberación interior, evitando así represalias y superando lejanías o distancias definitivas; alcanzando, poco a poco, el perdón y la reconciliación. Por su parte, también el ofensor...
Se cuenta esto del Padre del Desierto a abba Pastor (primera mitad del siglo V):
Un hermano lo interrogó diciendo: «¿Qué significa “No devolverás mal por mal”?». El anciano le dijo: «Esta pasión tiene cuatro etapas: la primera es el corazón, la segunda el ojo, la tercera la lengua y la cuarta es no devolver el mal por el mal. Si purificas tu corazón la pasión no viene a los ojos; mas si viene a los ojos, cuida de no hablar; pero si hablas, deja inmediatamente de hacerlo, para no devolver mal por mal».
Según tu experiencia, ¿cómo afecta la ofensa y el proceso de perdonar en el mundo multidimensional de la persona?
¿Conoces la razón de por qué la mayoría de los duelos, de todo
tipo, se prolongan sin una sana elaboración? El proceso mismo del
perdón es un duelo. Y en todo sano proceso de duelo el trabajo
comienza por uno mismo, tanto por parte
del ofensor como del ofendido.
Absalón era el tercer hijo del rey David, nacido en Hebrón; su madre era Naacá, hija de Talmay, rey de Guesur (2Sam 3,3).
La Biblia describe así al príncipe: «No había en todo Israel un hombre tan apuesto como Absalón, ni tan celebrado; de la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza no había en él defecto. Cuando se cortaba el pelo –y se lo cortaba cada año, porque le pesaba mucho– alcanzaba el cabello en la báscula doscientos siclos, peso real (aprox. 2,3 kg).
En un acto de venganza mató a su hermanastro, el primogénito de David, Amnón, por haber violado a Tamar (hermanastra de Ammón y hermana de Absalón). Después de tres años de exilio en Guesur, los pagos natales de su madre, usando una de sus habituales astucias se le permitió regresar a Jerusalén, la capital del Reino. Tras dos años de espera consigue audiencia con el rey, que estaba molesto con él, pide humildemente perdón y llega la reconciliación: David le da un beso paternal.
Temeroso aparentemente de que la inactividad judicial de David estuviera creando suficiente descontento como para poner en peligro sus propias oportunidades (o las de sus hijos) de suceder a su padre, Absalón conspiró contra David «robando el corazón de la gente de Israel» (2Sam 15,6). Consiguió atraer a un gran número de seguidores en Israel, se declaró rey en Hebrón y persiguió militarmente a su padre más allá de Jerusalén, donde tomó posesión del palacio y de todas las concubinas de David en una terraza a la vista del pueblo. El rey David, en pleno conflicto armado, en su amor paternal dio esta orden a los tres comandantes de su ejército: «“Traten bien, por amor a mí, al joven Absalón”. Y todo el ejército oyó la orden que daba el rey a todos los jefes acerca de Absalón» (2Sam 18,5). Absalón atacó al ejército de su padre en el bosque de Efraín, donde fue derrotado, y, contrariamente a los deseos de David, fue muerto por Joab, comandante del ejército.
«Absalón se topó con los veteranos de David. Iba Absalón montado en un mulo, que se metió bajo el ramaje de una encina copuda. La cabeza de Absalón se trabó y quedó en la encina colgado entre el cielo y la tierra, mientras que el mulo sobre el que montaba siguió adelante» (2Sam 18,9). Lo vio un guerrero y avisó al general Joab, quien «tomando tres dardos en su mano los clavó en el corazón de Absalón, que estaba todavía vivo, atrapado en la encina. Luego se acercaron diez jóvenes escuderos de Joab que golpearon a Absalón hasta rematarlo. Joab mandó tocar el cuerno y el ejército dejó de perseguir a Israel porque Joab lo retuvo. Tomaron el cuerpo de Absalón, lo arrojaron en un hoyo profundo que había en el bosque y pusieron encima un gran montón de piedras» (2Sam 18,14-17).
El dolor de David por la muerte de su hijo fue especialmente intenso y estremecedor. Tras recibir la nefasta noticia, «el rey se estremeció mucho, subió a la habitación que había sobre la puerta y se puso a llorar, diciendo entre sollozos: “Absalón, ¡hijo mío! ¡Hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! Ojalá yo hubiera muerto en lugar tuyo, ¡hijo mío!”. Joab supo que el rey lloraba y se lamentaba por Absalón. Y aquel día, la victoria se cambió en luto para todo el ejército, pues todos supieron que el rey lloraba la muerte de su hijo. Por ello, las tropas entraron en la ciudad silenciosamente, como entra avergonzada la gente, después de huir de la batalla. El rey, con el rostro tapado, decía entre profundos gemidos: “¡Hijo mío, Absalón, hijo mío, hijo mío!”» (2Sam 19,1-5).
Todo proceso en el arte del perdón/reconciliación es un camino de elaboración del duelo.
El duelo es la actitud y la aptitud de la persona ante la reacción emocional, espontánea y natural que provoca el sufrimiento producido por ofensas, heridas, pérdidas, omisiones, alejamiento (desvinculación) y muerte.
Elaborar el duelo (trabajándose a sí mismo el doliente) es, por tanto, un proceso dinámico, largo, arduo, sufriente... Por ello, no es lo mismo «estar en duelo» que «hacer el duelo». En el recorrido de sanación del duelo hay que ser pacientes, pero no pasivos.
Equivocadas actitudes pueden llevar a duelos retardados, crónicos, patológicos...; es decir, sufrimiento añadido y prolongado, para el doliente ofendido, el ofensor y el entorno.
Algo esencial: no hay en el duelo, en cualquier duelo, en todo duelo, completa sanación si no aparece el perdón dado y recibido.
Mientras no se perdona se está bajo el poder que el ofensor y la
ofensa ejercen sobre el/la ofendido/a. Cuando se perdona se libera
el camino obstruido hacia proyectos más constructivos...
El perdón es muy terapéutico. Pero terapéutico no es solo curar,
sino prevenir, promocionar, rehabilitar, recrear, resilienciar,
madurar, reactivar nuestro «médico interior»...
Un miembro del club se había sentido ofendido. ¡Y no era para menos! A los pocos días, tomó la decisión de no acudir a las reuniones de la agrupación a la que había pertenecido por tanto tiempo. Y hasta se dio de baja.
Algunos compañeros intentaron encontrarse con él. Todo fue en vano. Otros colegas lo llamaron por teléfono para animarlo, hacerle recapacitar, invitarlo al perdón y reconciliación, rogándole encarecidamente su vuelta a la asociación. Todo fue inútil.
Entonces, tomó cartas en el asunto el presidente de turno de aquel club. Sin previo aviso se presentó en su casa. La acogida fue cordial pero algo fría, como la temperatura de aquel día de invierno.
Tras unas frases de cortesía, los dos hombres se sentaron frente a una chimenea donde ardía un fuego brillante y acogedor. Adivinando el motivo de aquella improvisada presencia, el exsocio callaba y el presidente también guardaba silencio.
Los dos hombres contemplaban la danza de las llamas en torno a los troncos de leña que crepitaban en la chimenea. En un momento, tomando las tenazas, el presidente seleccionó uno de aquellos tronquitos, el más incandescente de todos, y lo desplazó a un lado, alejado del fuego. Al cabo de un tiempo, la llama solitaria del tronquito disminuyó y poco a poco se fue apagando hasta extinguirse del todo.
Entonces, el presidente, con un total mutismo, tomó con las tenazas aquel oscuro, frío y muerto pedazo de carbón, lo levantó en alto, mirando fijamente a su colega del club, e inmediatamente lo introdujo en el ardiente fuego, volviendo a reflejar luz y calor.
Hecho esto, el presidente saludó con un abrazo cordial a su compañero y se retiró. En la siguiente reunión de los miembros del club ya estuvo presente el exsocio.
Aspectos terapéuticos del perdón que favorecen a todo el sistema bio-emotivo-mental-social-valórico-espiritual de la persona:
• Impide mecanismos de psicosomatización (subida de presión, mielalgias, etc.) que comprometen la salud corporal.
• Facilita la regulación de las emociones y sentimientos (amargura, bronca, rencor).
• Favorece una mayor seguridad, autoestima, optimismo de sí y control personal.
• Refuerza la resiliencia, reduciendo los niveles de ansia, angustia, estrés, depresión, falta de esperanza, pesimismo, victimización...
• Promueve la serenidad mental, y así permite una mejor habilidad para evaluar las informaciones tras un conflicto.
• Inhibe respuestas inadecuadas como la «rumiación» cognitiva, remoción de las ofensas y comportamientos de fuga como el alcohol o las drogas.
• Propicia un mayor y mejor conocimiento de sí mismo y de las fortalezas/debilidades internas.
• Promueve una mayor capacidad de diálogo, de relaciones humanas y de integración social.
• Motiva mejores estrategias de comportamiento.
• Facilita el crecimiento ético y el cultivo de los valores. Intensifica una madurez espiritual religiosa.
En fin, el perdón es preventivo, resiliente, rehabilitador, sanador, regenerativo.
El que libera perdón, libera autosanación...
Entre los apotegmas de los Padres del desierto encontramos esta deliciosa historia:
Una vez, cierto hermano cometió un pecado en Escete y los ancianos se reunieron en asamblea, pidiendo que abba Moisés acudiera a ella. Él, sin embargo, no quería ir. Entonces el sacerdote le envió un mensaje comunicándole:
—Ven, todos te están esperando.
Al fin, se levantó y fue. Tomó un cesto lleno de agujeros, lo llenó de arena y lo fue arrastrando. La gente que salía a su encuentro le decía:
—¿Qué significa esto, abba?
El anciano contestó entonces:
—Mis pecados corren detrás de mí y yo no los veo. Y, sin embargo, hoy he venido a juzgar los pecados de otro.
Al oír esto, no dijeron nada al hermano y lo perdonaron.
¿Se puede definir el perdón? Ciertamente podemos decir que es un concepto con muchos componentes. Veamos:
• Es una actitud y una aptitud ante una ofensa recibida/ provocada.
• Es toda una aventura humana y espiritual.
• Es un duelo que requiere que la persona trabaje la herida en su «yo» y, a la par, la relación vincular afectada.
• Afecta a todas y cada una de las dimensiones de la persona: corporal, emocional, mental, social, valórica y espiritual.
• Es un duelo que hay que superar con todas las «múltiples inteligencias asociadas» de nuestra persona.
• Es una sanación y una liberación empujadas por el autoconocimiento y el autocontrol.
• Es un acto de la voluntad... y de todas las demás facultades humanas.
• Necesita equilibrar el querer, poder y saber hacerlo.
• Es más que un acto instantáneo; conlleva un largo proceso de elaboración del duelo.
• Es primo hermano de casi todos los duelos: del pasado, presente y futuro.
• El «per-dón», como su nombre indica, es grandeza de alma para dar un «plus» de sí. Grandeza de ánimo que se ha de demostrar también a la hora de pedir perdón, sentirse perdonado por Dios, por los demás y por uno mismo.
• Con el perdón la persona no nace, se hace. Es materia de ejemplaridad, aprendizaje y práctica desde la tierna infancia.
• Se relaciona con la caída de la autoestima, la desorientación cognitivo-emotiva, la imagen idealizada de sí, el rol social vilipendiado, la pérdida de imagen social, el sentimiento de culpa y victimización...
• Necesita mucha iluminación, relación de ayuda, capacidad de pedir ayuda, humildad, paciencia, ciencia, conciencia, valentía, humanidad y espiritualidad.
• También necesita autocontrol, sujeción de la bronca y la agresividad, dominio del instinto homicida («por mí como si estuviera muerto») y de la sed de venganza.
• Exige adentrarse en la hondura de sí, calcular serenamente el tamaño de la ofensa, asumir responsabilidades, superar actitudes fariseas y narcisistas.
• Demanda también el «equilibrado equilibrio» de los puntos de vista «del otro».
• Paradójicamente, no debe perder de vista el valor intrínseco de la dignidad de la persona que ha ofendido, tarea que en un primer momento parece labor imposible.
• Perdonar es tomar conciencia de sus consecuencias para el futuro. No perdonar es tomar conciencia de las consecuencias futuras de esta decisión.
• Perdón (acción unilateral) no es sinónimo de reconciliación (acción bilateral), que es lo ideal pero que lamentablemente no siempre es posible, ni a veces saludable.
• Hay perdones vindicativos (concedidos después del castigo dado al ofensor), compensativos (otorgados después de una restitución), condicionados (ofrecidos después de cumplir las expectativas de los ofendidos) y hay perdones incondicionales.
• Hay perdones a medias, de boca para afuera, mezquinos, fariseos.
• Encontramos perdones nobles, grandiosos, semiheroicos, heroicos.
• Está el perdón divino. El perdón de Dios desde la cruz de su Hijo es el perdón más gratuito, más misericordioso, más amoroso, más modélico, más estimulante.
• Perdonarse, pedir perdón, perdonar, aceptar el perdón... necesitan de la «mano graciosa» de la misericordia divina.
• La gracia divina en el sacramento de la reconciliación es un «empujón» para romper el nudo gordiano en el bloqueo del duelo de todo perdón.
Ahora propongo mi propia definición: «Perdón/reconciliación es la elaboración de un duelo tras sufrir/infringir una afrentosa herida, en un proceso personal y comunitario, humano y divino, de carácter multidimensional, para alcanzar la sanación y liberación, obteniendo crecimiento y madurez, promovido por una justicia fecundada por la misericordia».
Amable lector/a, ahora espero su propia definición de perdón/reconciliación.
¿«Perdón» es sinónimo de excusar, ignorar, justificar...?
¿Perdón es sinónimo de reconciliación?
En una ocasión, mientras realizaba una semana misionera de Pastoral de la Salud en una provincia del norte del país, el capellán de la prisión, que promovía unos encuentros de formación en el interior de la institución, me invitó a visitar a los reclusos enfermos y me solicitó impartir una charla sobre el tema: «Salud, paz interior y reconciliación».
Allá fuimos un viernes por la mañana y estuvimos hasta el atardecer. Lo primero que hizo el solícito padre capellán fue mostrarme las instalaciones mientras los reclusos eran convocados para escuchar la charla.
En el recorrido me llamó la atención ver en una pequeña celda una máquina de coser a pedales y retazos de ropa. Quise satisfacer mi curiosidad.
—Es de un recluso que trabaja y hace una buena obra –me comentaba el capellán a la vez que un funcionario nos comunicaba que los detenidos ya estaban agrupados, esperándonos.
Expuse mi tema, notando mucha atención en los presentes, y después hubo un interesante diálogo que el experimentado capellán supo dinamizar muy creativamente. Al final de la exposición, yo me senté entre los presos, mientras el capellán hacía algunas exhortaciones.
Celebramos la Eucaristía y después me animé a preguntar de quién era la celda que contenía la máquina de coser.
—Mía, padrecito.
—Me gustaría ver cómo trabaja, por favor.
Y nos dirigimos a la celda.
—¿Desde cuándo se dedica a esto?
—Es una larga historia –repuso aquel hombre de unos 30 años. Contuvo su respiración y añadió–: Yo, padrecito, estoy condenado a 18 años de prisión. –Cerró sus ojos y agregó–: Yo, yo maté a un hombre.
—Por favor, sentémonos –repuse con actitud de escucha.
