Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Carlos pasa las vacaciones con Hortensia porque su madre debe guardar reposo absoluto por complicaciones en su embarazo. Él hubiera preferido ir a navegar en catamarán con su tío, y no estar en ese aburrido pueblo en el que solo hay ancianos. Entonces conocerá a Aila, que vive con su padre en un autobús, y juntos descubrirán que hay un misterioso y enorme animal que se oculta en el bosque. No será este el único enigma por resolver, y es que en Alcamilla pasan cosas muy raras.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 73
Veröffentlichungsjahr: 2017
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
VIII PREMIO DE LITERATURA INFANTIL CIUDAD DE MÁLAGA, 2017
Esta obra ha sido galardonada con el VIII Premio de Literatura Infantil «Ciudad de Málaga» 2017, convocado por el Ayuntamiento de Málaga en colaboración con Anaya y coordinado por Antonio A. Gómez Yebra, quien formó parte del jurado junto a Maite Carranza, Jackeline de Barros, Pablo Aranda y Pablo Cruz.
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Créditos
Para Alonso, que ya iba siendo hora, ¿no?
Después de comer, Hortensia se duerme viendo la telenovela y Carlos sale a explorar.
No hay gran cosa que explorar, pero prefiere estar afuera que en la casa. Sobre todo porque Hortensia ha dicho:
—¡No salgas con la calor que hace!
Por lo menos desobedecer es hacer algo.
Junto a la tapia del huerto crecen muchas flores moradas. Carlos hace con ellas una corona para su madre. Antes de cerrarla se la prueba, para ver si es lo bastante larga.
Y entonces oye la risa sobre su cabeza. Hay una niña negra mirándole subida al ciruelo. ¡Y él ahí como un tonto! Con las manos en alto y una guirnalda de flores en la cabeza.
—¡Qué miras! —le grita.
La niña salta al suelo y sale corriendo.
—¡No es para mí! —grita Carlos.
¡A ver si se va a pensar que le gusta llevar flores en el pelo!
Carlos abre la cancela del huerto y corre tras la niña. Pero un árbol se planta en su camino y no le da tiempo a frenar. El golpe le hace verlo todo rojo y amarillo. Oye a la niña que se ríe de nuevo. Cuando vuelve a mirar, ya no está.
Espachurra la guirnalda y la pisotea con rabia. De todas maneras, se iba a secar antes de que pudiera dársela a su madre.
—¿Subida al ciruelo dices? ¡Llevándose mis ciruelas, seguro! ¡Menuda fresca la morenita esa! —gruñe Hortensia cuando se entera.
Comenta que la niña y su padre llevan un par de meses por allí. Que viven al otro lado del río, en un autobús abandonado.
—Al principio nadie se sorprendió de verlos —dice Hortensia—. En primavera aparece por aquí gente de paso que va a la recogida de la fresa. Mucho extranjero. Pero los demás desaparecieron y la cría y él se quedaron.
—¿Y viven de verdad en un autobús?
—Eso parece. ¡Imagínate! —exclama Hortensia—. ¿Qué clase de vida es esa para una niña?
Sí, ¿qué clase de vida es? Carlos se muere de ganas de saberlo. Así que intenta ir a verlo con sus propios ojos. Pero Hortensia le llama a voces.
—¿Dónde vas, Carlitos?
—A ver el autobús.
—¡Quita, quita! ¡Qué cosas tienes! Ni se te ocurra acercarte por allí.
—¿Por qué?
—No me fío del hombre ese.
—¿Por qué?
—Es un desconocido. No hay que fiarse de los desconocidos. No tiene trabajo, no se sabe de qué vive. Y además, ¿por qué ha elegido vivir ahí apartado? Para mí que oculta algo. Prométeme que no te vas a acercar al autobús.
—¡Jopé! Nunca me dejas hacer nada.
—Solo intento cuidarte bien. El mundo está lleno de peligros para un niño. A ver, ¿qué le digo yo a tu madre si te pasa algo? ¡Bastante tiene ya sin que tú le des más preocupaciones!
Lo que tiene la madre de Carlos es un bebé en la tripa. El médico dice que es un bebé muy delicado y que su madre tiene que guardar reposo absoluto.
«Guardar reposo absoluto» suena tremendo, pero es simplemente no hacer nada. Según su madre, el bebé es tan frágil como si fuera de cristal, y tiene que llevarlo dentro con mucho cuidado para que no se rompa. Por eso se pasa el día en la cama aunque no esté enferma.
Tenían grandes planes para el verano. Iban a ir a Mallorca a ver a tío Fernando, que había prometido llevarle a navegar en su catamarán. Pero ahora ni catamarán ni porras. Sus padres se han quedado en Madrid esperando a que nazca el bebé y a él le han traído aquí con Hortensia. Para que esté más entretenido y fresquito, dicen. ¡Ja! Lo que pasa es que les estorba. Igual temen que haga daño al bebé, porque se le rompen con cierta facilidad las cosas de cristal.
Carlos piensa con resentimiento en sus padres. Estaría bien que le pasara algo peligroso de verdad. Así se arrepentirían de haberlo dejado abandonado en este pueblucho lleno de viejos.
¿Y si fuera en secreto a ver el autobús? Pero ni siquiera sabe dónde buscarlo. Además, Hortensia ha logrado meterle un poquito de miedo.
Bueno, también está el río. Es otro de esos lugares «llenos de peligros», donde Hortensia no quiere que vaya. Va.
¡A saber dónde están esos peligros de los que habla Hortensia! En verano el río es un chorrito de agua perezosa, que se hace un poco más ancho y más hondo en el lugar que llaman «la poza». Pero aun allí, el agua no le llega más arriba de las rodillas.
Un árbol se ha caído y atraviesa la poza. Carlos se pone de pie sobre el tronco e intenta cruzar al otro lado. Al menos eso es un poquitín peligroso. Si uno no tiene cuidado, puede… ¡patapaf!… caerse.
Es lo que acaba de pasarle a Carlos. Sin saber cómo, se encuentra sentado en el agua.
Y allí está «la morenita», como la llama Hortensia, mirándolo muerta de risa desde la otra orilla. ¿Por qué tiene que pillarle siempre haciendo el ridículo?
Para empeorar aún más las cosas, la niña sube de un brinco al tronco. Seguro que piensa cruzarlo. Carlos la recuerda colgada de las ramas del ciruelo como si tal cosa. Ella no se caerá y eso hará que él parezca aún más patoso. A no ser que pueda hacer algo por evitarlo.
—¡Baja de ahí, tú! —le ordena—. ¡No puedes cruzar por el tronco!
—¿Por qué no?
—Porque… Porque es para los que somos de aquí. Y tú eres extranjera.
Ella no replica. Está muy ocupada haciendo piruetas en el tronco. ¿Qué hará Carlos si cruza de todos modos? ¿Empujarla? ¿Pegarle cuando llegue a su lado?
Por suerte, la niña salta al suelo sin protestar. Se sienta y se le queda mirando.
—¿Qué miras? ¡Jopé! —gruñe Carlos, incómodo.
—Tu cara. ¿Eso no puedo tampoco?
Los dos se quedan callados y enfurruñados. Hace mucho calor y las chicharras cantan como locas. Una gota de sudor se desliza por la nariz de Carlos. ¡Esto no hay quien lo aguante! Se levanta para marcharse.
—Si te vas, puede venir un estranjero y cruzar tu árbol —le advierte ella.
Carlos no contesta.
—Yo misma lo puedo cruzar… —insiste la niña, provocadora.
—¡Atrévete! —dice Carlos.
—Si te vas, no ves si atrévome —replica la niña en su español un poco peculiar.
Carlos duda. Si se marcha y la niña cruza el tronco, él pierde y ella gana.
La única forma de evitarlo es quedarse allí vigilando hasta que haga falta. ¡Qué situación más tonta! Da un par de patadas al tronco de pura rabia. Con los golpes, además de machacarse el dedo gordo del pie, hace que se desprenda un pedazo de corteza.
—¡Jopé! —Carlos observa asombrado la madera que ha quedado al descubierto.
—¿Qué jopé?
La niña está de pronto junto a él, sin que Carlos sepa si ha cruzado o no por el árbol caído. Pero eso ya no le preocupa porque está concentrado en su hallazgo.
En la madera hay grabados unos signos misteriosos. Son líneas que suben y bajan y vuelven a subir. Si uno entorna los ojos, parece una frase que alguien ha escrito poniendo mucho cuidado en juntar los rabitos de todas las letras. Solo que son letras de un alfabeto que Carlos no conoce.
—¡Mira! —exclama—. ¡Parece un mensaje! ¡Un mensaje oculto!
—¿Qué dice?
—Ni idea. No entiendo esta lengua.
—¿Y quién lo ha escribido?
La niña contempla las líneas boquiabierta. A Carlos eso le encanta. Decide dar un poco de emoción al asunto.
—Pues… Tiene que ser alguien con poderes mágicos —dice—, porque ha escrito en la madera sin quitar la corteza primero.
La niña sigue sin cerrar la boca. Carlos no quiere que la cierre. Así que añade, en un arranque de inspiración:
—¡Habrán sido los duendes!
Le sale sin pensar. Será porque Hortensia habla muchas veces de «los duendes».
