El hiperboloide del ingeniero Garin - Alexei Tolstoi - E-Book

El hiperboloide del ingeniero Garin E-Book

Alexei Tolstoi

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Uno de los grandes exponentes literarios de la ciencia ficción rusa. El hiperboloide del ingeniero Garin es una de las obras más reconocidas de la ciencia ficción rusa, y su autor, Alexéi Tolstói, uno de sus máximos representantes. En ella se relata el perverso plan de P. P. Garin, un ingeniero que ambiciona dominar el mundo gracias a uno de sus inventos, un rayo superdestructor capaz de aniquilar cualquier objetivo que se proponga: el "hiperboloide". En las aspiraciones por poner bajo su control los cinco continentes, Tolstoi refleja el temido triunfo del fascismo y anticipa el choque del capitalismo y el comunismo, así como la crisis que vivirá Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Y para ello pone en juego, junto al histriónico Garin, a unos personajes que rozan lo caricaturesco y, a menudo, lo absurdo: la atractiva Zoia Monroz; Rolling, un magnate americano de la industria química, y un inspector soviético llamado Shelgá. Ambientada en los años posteriores a la Gran Guerra, esta obra ofrece una lectura donde el género policiaco y la ciencia ficción se entremezclan con grandes dosis de humor y de ironía.

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Akal / Clásicos de la Literatura / 27

Alexéi Tolstói

EL HIPERBOLOIDE DEL INGENIERO GARIN

Traducción: Rocío Martínez Torres

El hiperboloide del ingeniero Garin es una de las obras más reconocidas de la ciencia ficción rusa, y su autor, Alexéi Tolstói, uno de sus máximos representantes. En ella se relata el perverso plan de P. P. Garin, un ingeniero que ambiciona dominar el mundo gracias a uno de sus inventos, un rayo superdestructor capaz de aniquilar cualquier objetivo que se proponga: el «hiperboloide». En las aspiraciones por poner bajo su control los cinco continentes, Tolstói refleja el temido triunfo del fascismo y anticipa el choque del capitalismo y el comunismo, así como la crisis que vivirá Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Y para ello pone en juego, junto al histriónico Garin, a unos personajes que rozan lo caricaturesco y, a menudo, lo absurdo: la atractiva Zoia Monroz; Rolling, un magnate americano de la industria química, y un inspector soviético llamado Shelgá. Ambientada en los años posteriores a la Gran Guerra, esta obra ofrece una lectura donde el género policiaco y la ciencia ficción se entremezclan con grandes dosis de humor y de ironía.

Alexéi Nikoláevich Tolstói (1883-1945) fue un escritor muy prolífico, inagotable trabajador, considerado uno de los novelistas rusos más eclécticos por cultivar una gran variedad de géneros literarios: novela histórica, autobiográfica, de ciencia ficción y realista. Sus primeros libros fueron poemarios simbolistas, como Lírica (1907), pero pronto abandonó la poesía por la prosa. Entre sus primeras novelas destacan Los excéntricos (1910) y El caballero cojo (1912). Durante su exilio en París y Berlín, tras la Revolución de 1917, escribió La infancia de Nikita (1920), de carácter autobiográfico. De vuelta a la URSS, publicó, entre otras, Aelita (1923), la obra de teatro La rebelión de las máquinas (1924), El hiperboloide del ingeniero Garin (1927), la trilogía Peregrinación por los caminos del dolor (1922-1941) ‒por la que recibió el premio Stalin en 1943‒ y su inconclusa biografía sobre Pedro I, en la que estuvo trabajando desde 1929 a 1944 y que, hoy por hoy, todavía es considerada una de las novelas históricas más importantes de la literatura soviética.

Diseño de portada

RAG

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Nota editorial:

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Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

Motivo de cubierta: Cartel de propaganda soviética que celebra la producción de energía eléctrica en la Unión Soviética de G. Gritsenko, 1931.

Título original

Гиперболоид инженера Гарина

© Ediciones Akal, S. A., 2021

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-5048-3

Introducción

Alexéi Nikoláevich Tolstói, una figura única

No resulta aventurado afirmar que Alexéi Nikoláevich Tolstói (1883-1945) es uno de los escritores soviéticos más interesantes, por muchas razones. Para empezar, por sus circunstancias vitales. Fue uno de los pocos escritores que volvió del exilio y fue capaz de cosechar éxitos en la Rusia soviética de los años 30 y 40. Otros autores que regresaron encontraron la muerte, tal es el caso, por ejemplo, de Gorki, que fue asesinado en 1936 después de regresar a la URSS en 1932. También por la acogida que le brindó el régimen, que le permitió ostentar su título nobiliario, cosa inhabitual en la época, y el pueblo, que le llamaba «camarada conde» en reconocimiento a su origen y a su actitud revolucionaria. Para continuar, por pertenecer a una estirpe de escritores, los llamados tres Tolstói: Lev Nikoláevich Tolstói (1828-1910), Alexéi Konstantínovich Tolstói (1817-1875) y él mismo, Alexéi Nikoláevich Tolstói. Su padre, el conde Nikolái Alexándrovich Tolstói, era pariente lejano del famoso escritor Lev Tolstói y del también importante poeta y novelista Alexéi K. Tolstói, cuyo nombre heredó.

Asimismo, por ser el más ecléctico de los novelistas soviéticos y cultivar una gran variedad de géneros literarios: la novela histórica, la novela autobiográfica, la novela realista, la ciencia ficción; fue un autor muy prolífico, inagotable trabajador que escribió diez novelas, veinticinco obras de teatro, diez volúmenes de cuentos, artículos propagandísticos, poemas…

Tolstói representaba la reconciliación entre el régimen soviético y la inteliguentsia rusa, algo que interesaba enormemente al sistema imperante. A su regreso a la URSS fue nombrado miembro del Soviet Supremo, galardonado dos veces con el premio Stalin y elegido miembro de la Academia de Ciencias de la URSS. Durante su vida tras el exilio recibió innumerables honores y era un escritor muy popular y muy leído en su época. Pero quizá precisamente debido a su connivencia con el régimen, Alexéi Tolstói ha caído en un ostracismo inexplicable si tenemos en cuenta su gran talento literario. Leerlo es una delicia. Tiene un humor fino, una prosa elegante, sabe pulsar las cuerdas del lenguaje, es un maestro de la escritura. Resulta divertido, virtuoso, dibuja escenas muy vívidas y personajes llenos de dimensiones. Es evidente que, como a otros autores (léase Gorki, Fedin, Katáiev, Erhemburg…), poner su talento al servicio del régimen soviético le ha acarreado muchas críticas (Orwell lo consideraba una «prostituta literaria»), y también que, aunque sus obras no hayan perdido interés o actualidad, estas hayan quedado en una tierra de nadie entre los clásicos del Siglo de Plata de la literatura rusa y las obras de disidencia política o de análisis del postsovietismo que despiertan tanto interés en nuestros días. No obstante, como afirma Korneli Zelinski en su obra La literatura soviética: problemas y personas: «Lo mismo que no se puede conocer y entender la vieja Rusia sin haber leído a Lev Tolstói, es imposible comprender la nueva Rusia soviética y la trayectoria de su literatura sin leer a Alexéi Tolstói».

Vida y obra

Tolstói nació en Pugachov (Sarátov) en enero de 1883, se crió con su madre y su padrastro en un ambiente de nobleza venida a menos y de intelectualidad progresista. Su madre, Alexandra Leóntievna Tolstáia (de soltera Turguéneva, pariente lejana del famoso escritor Iván Turguénev), era escritora y había publicado novelas y libros infan­tiles, su padrastro, Alexéi Apolónovich Bostrom, a quien durante muchos años creyó su padre biológico, tenía un modesto puesto en la administración. Tolstói estudió en el Instituto Tecnológico de San Petersburgo entre los años 1901 y 1906 y acudió a una escuela técnica superior en Dres­de en 1906.

Comienza a publicar verso y prosa en 1907 siguiendo la corriente simbolista. Habiendo vivido en un ambiente de decadencia nobiliaria, escribió una serie de relatos y novelas cortas que le reportaron un cierto reconocimiento y que reproducían el ambiente que él conocía, llenas de personajes grotescos y argumentos inquietantes. Podemos citar, entre otras, Los excéntricos (1910) y El caballero cojo (1912), considerada la mejor de este periodo. Eran creaciones llenas de humor y ricas en detalles en las que ya se reflejaba el gran talento literario que desarrollaría más adelante.

En cuanto a sus posiciones ideológicas, a pesar de sus tendencias liberales originales, se unió a la causa antibolchevique en 1917, pasando a engrosar las filas de los blancos, lo que le llevó a exiliarse primero en París y luego en Berlín. No obstante, sólo estuvo cinco años en el exilio. La nostalgia de su tierra se le hacía insoportable, no dominaba la lengua y en el extranjero no consiguió alcanzar éxito literario. Durante este periodo escribió una de sus obras más apreciadas y una de las pocas que podemos disfrutar en español: La infancia de Nikita (1920), novela autobiográfica sobre su añorada y feliz infancia. Esta obra está dotada de un chispeante encanto y de reflexiones y fantasías infantiles que hacen sonreír al lector adulto.

Asimismo, durante su estancia en el exilio escribió colecciones de historias cortas como Sombras chinescas (1922) y El conde Cagliostro (1923), también llamada originalmente La humedad de la luna (o de la luz de luna), una versión de la vida del famoso alquimista que tuvo su adaptación cinematográfica.

A pesar de su afiliación al bando de los blancos, y de las decenas de panfletos que escribió contra el comunismo, Tolstói no quería y no podía vivir fuera de su patria. A partir de 1921 se acercó al movimiento de los smenovejovtsy (nombre que proviene de la revista Smena Vej [Cambio de Hitos]), que propugnaba asumir que el régimen bolchevique era el único gobierno legítimo en Rusia y animaba a los exiliados a volver a su patria. Tras la publicación de una serie de artículos en un diario procomunista berlinés, regresó a Moscú donde fue recibido con honores. Su éxito arrollador como escritor lo obtuvo en los años posteriores a su reconciliación con el régimen; hasta su muerte en 1945, que fue un acontecimiento de Estado, no perdió el favor del público y de las autoridades.

En los años veinte, recién llegado a la URSS, escribió Aelita (1923); La rebelión de las máquinas (1924), una obra de teatro basada en la famosa obra de Karel Čapek: RUR. Robots Universales Rossum; Las ciudades azules (1925), sobre un intelectual que provoca un incendio en una ciudad soviética recién construida; Íbicus o las aventuras de Nevzórov (1925), en la que retoma los personajes excéntricos de sus primeras obras; El hiperboloide del ingeniero Garin (1927) y La víbora (1928), una de sus obras favoritas, basada en hechos reales, que narra la historia de una joven mujer en el difícil momento vivido por la población rusa en el inicio del nuevo régimen. También, en colaboración con el historiador Piotr Shchegolev, escribió algunas obras menores de teatro como Rasputin o la conspiración de la zarina en 1924 y Azef en 1926. Sus primeras obras al regreso del exilio no incorporaban más que de manera tangencial los temas de exaltación del estalinismo de los que sus trabajos más tardíos harían gala.

Durante los años treinta escribió Los emigrantes (originalmente llamada Oro negro), en 1931, en la que caricaturiza a los emigrados rusos, y El pan, en 1938, donde glorifica a Stalin y Lenin mientras que denigra a Trotsky. Ambas son consideradas como sus obras más flojas. También publicó La llave dorada o Las aventuras de Buratino en 1936, un relato infantil cuyo personaje principal está inspirado en el famoso Pinocho de Carlo Collodi y que adquirió una enorme popularidad entre los niños de la Rusia soviética, que se ha prolongado hasta nuestros días.

También en los años treinta produjo dos de las obras que le han encumbrado como maestro literario, la trilogía Peregrinación por los caminos del dolor, que ya había comenzado en su exilio parisino (1921-1941), y Pedro I, una trilogía histórica que quedó inacabada (1929-1944).

Peregrinación por los caminos del dolor es también una trilogía sobre tres periodos de la vida de la inteliguentsia rusa: el anterior a la revolución de 1917, el de la propia de la revolución y el que transcurrió durante la guerra civil. La narrativa, compuesta de tres bloques: Las hermanas, El año1918 y Amanecer sombrío, detalla la evolución de una familia desde una conciencia individual, doméstica y de cortedad de miras, a la comprensión de la importancia de reconciliar lo individual con lo colectivo para estar a la altura de los tiempos y adaptarse a los cambios producidos por la revolución de octubre. Esta obra le valió la concesión del premio Stalin en 1943, cuyo monto donó para la construcción de un tanque en una inteligentísima maniobra propagandística. Como muchas otras de las obras de Alexéi Tolstói, Peregrinación por los caminos del dolor ha sido objeto de una adaptación cinematográfica y dos televisivas, la última, del año 2017, para la plataforma televisiva Netflix. Esta abundancia de adaptaciones se debe, en buena medida, a lo cinematográficas que resultan las obras de Alexéi Tolstói, que literariamente se encuentran muy alejadas de las corrientes estilísticas del realismo socialista.

A pesar de algunos evidentes defectos narrativos de la obra y de adiciones oportunistas de escenas de la revolución y del periodo posrevolucionario, Peregrinación por los caminos del dolor compone un fresco de la vida rusa del periodo 1914-1921 tan valioso o más que aquellos pintados por autores como Shólojov en El Don apacible (1928-1940) o Fadéiev en La derrota (1926).

Pedro I es un gigantesco retrato de la figura del zar que cubre toda su vida, desde su infancia, en el marco de las reformas que tuvieron lugar a finales del siglo XVII y principios del XVIII. Como novela histórica está muy bien apoyada en referencias reales sobre costumbres, documentos y un uso muy adecuado de las expresiones de la época. Por otro lado, mantiene todas las virtudes de las narraciones de Alexéi Tolstói: personajes muy bien dibujados, apasionantes aventuras, grandes parlamentos. De manera inevitable, el Pedro I de Tolstói se ha considerado un trasunto de Stalin y sus reformas, un reflejo de aquellas emprendidas por los bolcheviques. A pesar de que él mismo lo negara, los paralelismos y algunas inserciones algo burdas, son evidentes. No obstante, también entronca con la tradición típicamente literaria rusa de recrear las figuras de los grandes zares. Como se mencionó anteriormente, Pedro I le valió la concesión del premio Stalin en 1941, y no era para menos: en la actualidad todavía se considera una de las novelas históricas más importantes de la literatura soviética.

Otras de sus obras tardías fue la pieza teatral Iván el Terrible, de 1943, en la que se inspiraría Serguéi Eisenstein para su famosa adaptación cinematográfica.

La ciencia-ficción en la obra de Alexéi Tolstói

Como hemos podido comprobar con el repaso de su bibliografía, Alexéi Tolstói cultivó muy distintos géneros literarios. Dentro de ellos se encuentra el que ahora denominamos ciencia ficción, género muy popular en la época entre los lectores soviéticos. De hecho, junto con Yevgueni Zamiatin, Mijáil Bulgákov y Alexander Bogdánov, Tolstói es considerado fundador de este género en la URSS, al que dotó de su particular estilo agudo y ágil y de su dominio de la lengua rusa. Por otro lado, la ciencia ficción era un género en el que Tolstói se movía como pez en el agua; tenía estudios de ingeniería, una imaginación desbordante y era capaz de aportar muchos datos con apariencia de verosimilitud que permitían a sus obras gozar de un estatus particular.

La ciencia ficción rusa y soviética ha realizado una importante contribución a este género. Fue tanto vehículo propagandístico del estado soviético como herramienta creativa para la disidencia ideológica. Como es bien sabido, la fuerza de las armas nunca es suficiente para conservar el poder conquistado. La educación, en un sentido amplio, resulta imprescindible, y un vehículo extraordinario de la educación es la literatura. Además, las obras de ciencia ficción soviéticas servían a un doble propósito, por un lado para la difusión ideológica y por otro para inculcar al pueblo el amor por la ciencia y la tecnología, otro de los objetivos fundamentales del régimen.

Tanto Tolstói como sus coetáneos fueron precursores de este género, al que luego se sumaron autores como Kir Bulychov y los hermanos Arkadi y Borís Strugatski, Víctor Pelevin y Serguéi Lukianenko, Liudmila Petrushévskaia, Vladímir Sorokin, Anna Starovinets y Tatiana Tolstáia entre muchos otros...

Aelita (1923)

Aelita es una novela encantadora y otra de las pocas de Alexéi Tolstói que tenemos la suerte de poder disfrutar en español. Narra las aventuras de un soldado y un científico rusos que viajan a Marte y corren una serie de aventuras en el planeta rojo entre las cuales se encuentra la de participar y hasta liderar la revolución que allí estalla. En la estela del éxito de la serie de Marte de Edgar Rice Burroughs (recordemos que Una princesa de Marte se publicó en 1917), en Aelita encontramos una serie de temas que impregnarán la obra posterior de Alexéi Tolstói: el amor, la aventura, la lealtad al ideal revolucionario.

Sin embargo, no es la primera novela soviética que trata de una expedición a Marte. La carrera espacial aún no había empezado, pero era un sueño común de esa época la exploración de las estrellas, cuando ya se podía intuir que la técnica algún día lo permitiría. Antes de la eclosión de las novelas de tema espacial (Stanislaw Lem, Úrsula K. Le Guin, Philip K. Dick, Isaac Asimov) y deudoras de Rice Burroughs, Julio Verne y H. G. Wells, el ruso Alexánder Bogdánov ya había relatado, en 1908, un viaje a Marte en su no­vela Estrella Roja.

Lo mismo que en El hiperboloide, en Aelita, a un comienzo algo confuso y fragmentario típico de la ficción especulativa le sigue enseguida una acción apasionante y muy bien narrada. La obra demuestra una gran ingenuidad en sus imágenes simbólicas; baste decir que en Marte podemos encontrar cactus y lagartijas, propias, sin duda, de un mundo desértico según la óptica del autor. Asimismo, las explicaciones científicas que aporta para justificar la posibilidad del viaje espacial son absolutamente encantadoras y deliciosas. La representación del ingeniero Loss y del soldado Gúsev, como visitantes de otro mundo y seductores de las ingenuas marcianas, resulta clásica en el sentido de que uno de ellos representa la intelectualidad y la razón y el otro es el bruto cuya fuerza desatada salva a todos.

Por supuesto, también encontramos en la obra otras características que serán comunes a las novelas de exploraciones marcianas, la presencia de los canales de Marte, que fueron objeto de especulación científica desde el siglo XVII, así como la idea de que ese planeta es un mundo en decadencia a punto de fenecer por causas ecológicas.

Asimismo, como en un sinnúmero de obras de Tolstói (Buratino, El conde Cagliostro, La infancia de Nikita, La víbora…)Aelita se llevó al cine, y en este caso, casi inmediatamente. La película inspirada en la obra, dirigida por Yákov Protázanov en 1924, se considera un clásico del cine mudo y ha contagiado con su estética a muchas otras películas modernas de ciencia ficción (entre otras Flash Gordon y Blade Runner). Es famosa sobre todo por ser un ejemplo clarísimo del estilo constructivista, movimiento artístico al servicio de la revolución, utilizado en muchas obras arquitectónicas y pictóricas y que se caracteriza por sus ángulos imposibles, su limpieza de líneas y su simplicidad cromática. La película se aleja bastante del planteamiento original de la novela, pues añade personajes, motivaciones, etc., que no estaban presentes en la obra original.

El hiperboloide del ingeniero Garin (1927)

En su tiempo, algunos entendidos decían a Tolstói que, si los fantásticos rayos del ingeniero Garin pudieran ser focalizados y convertidos en un haz, eso sería un paraboloide y no un hiperboloide. Alexéi Nikoláevich respondía, riendo, que, por su libro, aun con ilustraciones, no se podrían obtener los «rayos de la muerte». El hiperboloide lo había necesitado como símbolo de la hiperbolización artística que caracterizaba la novela.

Alexander Kazántsev, Prólogo aEl hiperboloide del ingeniero Garin, 1988.

Recién retornado a Rusia, en el marco de la NEP, Tolstói tenía que ponerse a escribir para ganarse la vida, y tenía que hacerlo rápido. Aunque su gran fresco literario Peregrinación por los caminos del dolor ya estaba empezado, la escritura de esta obra le llevaba mucho tiempo; era importante probar otros estilos y producir obras de éxito con celeridad. En ese contexto es en el que Tolstói se interna en el campo de la ciencia ficción. No obstante, no era un salto al vacío. Ya había trabajado en el exilio en adaptaciones de obras de Karel Čapek, tenía estudios de ingeniería, se decía que era amigo personal de H. G. Wells… y, sobre todo, estaba dotado de una imaginación y un ingenio que le permitían dar apariencia de verosimilitud a un género que exige de sus autores coherencia para explorar ese inmenso continente de lo posible, al que se refería J. G. Ballard.

Si seguimos la clasificación de Edward James en su ensayo de 1995, Science Fiction in 20th Century, de los argumentos de estas obras: el viaje extraordinario, historias del futuro e historias de la ciencia (relacionadas con inventos excepcionales), claramente El hiperboloide pertenece a este último género. Toda la acción se desarrolla en torno al hiperboloide, el invento que permite a Garin hacer realidad sus malévolos planes, y a las aplicaciones de este aparato misterioso. Pero la inventiva de Garin no se acaba ahí, sino que sigue creciendo a lo largo de la novela, podríamos decir incluso de manera exponencial, a medida que su poder e influencia aumentan. Durante la lectura de esta obra seremos testigos de prodigios de aparente simplicidad y absoluta coherencia narrativa que harán que Garin consiga, al menos por un tiempo, poner el mundo a sus pies.

Siguiendo la clasificación que divide la ciencia ficción en dura y blanda, podríamos catalogar El hiperboloide como una novela de ciencia ficción dura por sus digresiones científicas, explicaciones detalladas del funcionamiento del hiperboloide y de los sucesivos inventos de Garin y sus colegas. Pero también podemos considerarla, simplemente, como una novela de aventuras, pues eso es lo que es: una novela de aventuras trepidante, cuya acción se desarrolla en variados y exóticos escenarios y en la que podemos encontrar muchos de los temas típicos del género de suspense en su sentido más amplio.

Con respecto a sus personajes, esta obra también resulta un ejercicio de innovación. El protagonista de la novela, el ingeniero Garin, es un personaje interesantísimo. Podríamos decir de él que es un antihéroe, pero no en el sentido clásico del término, porque sus motivaciones son tan extravagantes que resulta complicado clasificarlo. De hecho, parece que Garin fuera un avance de los líderes fascistas europeos, una especie de Mussolini o de Hitler por sus excesos, por sus fantasías de dominación y por su falta de escrúpulos.

Resulta difícil encontrar personajes literarios con los que establecer una comparativa. De hecho, los paralelismos más claros que encuentro con Garin y con El hiperboloide son la serie de novelas de Ian Fleming sobre James Bond. Tanto los escenarios lujosos y extravagantes, como esos villanos inteligentísimos y estrambóticos nos hacen rememorar las novelas y las películas, sobre todo las de los años sesenta y setenta, del agente secreto inglés. Podemos decir que Garin es un protovillano de James Bond, aunque Garin no busca venganza y sus motivaciones son más filosóficas y complejas.

Asimismo, siguiendo en la estela bondiana, tenemos a Zoia Monroz, la femme fatale. Vengadora. Arrasada por el odio. Bellísima, una amazona guerrera. Sus emociones y motivaciones son aún más indescifrables que las de Garin y por ello resulta aún más interesante que él, lo que la convierte sin duda en el personaje principal de la novela y el que mejor queda dibujado.

Por su parte, Rolling, el adinerado empresario que acaba siendo una víctima más de los planes de Garin, representa el corrupto Occidente, con su avaricia y su despotismo. Rodeado de una bandada de criminales o pseudocriminales compuesta básicamente por rusos emigrados, no busca nada más allá de su beneficio económico. En una lectura simplista podríamos justificar la existencia de este personaje por las necesidades propagandísticas del régimen soviético, pero esta encarnación del capitalismo es un personaje habitual en novelas y películas de todos los tiempos.

Finalmente, Shelgá representa el bien y la justicia, pero curiosamente no es el protagonista de la novela, que se narra con Garin como eje central, mientras que los demás personajes quedan en un segundo plano. Esta narración con el villano en el centro, que provoca confusión y una identificación involuntaria con Garin, hace que el lector no sepa por quién tomar partido y resulta muy innovadora.

La novela sufrió sucesivas adaptaciones y modificaciones, entre ellas, una para el público infantil (1936) y otra que contiene el final definitivo de la novela (1937), pues Alexéi Tolstói barajó diversos desenlaces para Garin y Zoia. Esta es de la que hemos partido en esta edición para su traducción al español.

Asimismo, como otras obras de Alexéi Tolstói que han sido llevadas a la pequeña pantalla y a la grande en numerosas ocasiones, El hiperboloide tuvo su versión cinematográfica. No obstante, en este caso tuvieron que pasar casi cuarenta años para que se hicieran no una, sino dos adaptaciones en un periodo de tiempo relativamente corto. La primera de ellas apareció en 1965 a cargo de Alexander Gintsburg con el título El hiperboloide del ingeniero Garin, y la segunda, en 1973, fue dirigida por Leonid Kvinijidze y titulada La derrota del ingeniero Garin. Esto se debe a que los años sesenta y setenta fueron en la URSS un periodo de gran efervescencia del cine y las novelas de ciencia ficción. Ninguna de las dos adaptaciones (la primera cinematográfica, la segunda televisiva) fue recibida con mucho entusiasmo por la crítica, pero ambas alcanzaron un éxito inmediato entre el público.

El hiperboloide del ingeniero Garin como novela de su tiempo

Shelgá dijo en voz baja y pausada:

—Tiene mi palabra de comunista…[...] Tiene mi palabra de comunista, de que lo mataré a la menor oportunidad, Garin; tiene mi palabra de que le quitaré el aparato y me lo llevaré a Moscú.

Alexéi Tolstói, El hiperboloide del ingeniero Garin.

Ser merecedor del reconocimiento del régimen estalinista siendo un escritor tan ecléctico como Alexéi Tolstói no parece tarea fácil. Por un lado, la revolución necesitaba artistas: pintores, músicos, literatos. Eran imprescindibles para la creación de un Estado nuevo, fueron básicos para la revolución y su importancia en el desarrollo de la conciencia nacional era inmensa. No obstante, los artistas son difíciles de controlar. Libres, deudores de su arte, que es un impulso más emocional que ideológico, el régimen no supo muy bien qué hacer con ellos. Muchos murieron, se exiliaron, no fueron capaces de adaptarse a las mutaciones de los principios revolucionarios que ellos mismos habían abrazado y servido. La lista de los represaliados es larga y de sobra conocida: Ósip Mandelstam, Isaak Babel, Boris Pilniak… y la de los suicidas no le anda a la zaga: Serguéi Yesenin, Vladímir Maiakovski, Marina Tsvetáeva…

Sin embargo, Tolstói fue capaz de triunfar en un entorno completamente hostil, del que él mismo había renegado al exiliarse. ¿Cómo lo consiguió? Era un hombre de una imaginación y una inteligencia brillantes, sin lugar a dudas, que supo adaptarse a los requerimientos del género. Cuando hablamos del género no nos referimos al realismo socialista, ni por supuesto a la ciencia ficción, ni la novela histórica, sino al género ad majoren Stalini gloriam, aquel que fuera capaz de satisfacer las exigencias del régimen y de su supremo mandatario. Sólo es necesario profundizar un poco en la lectura de las obras de Alexéi Tolstói, y de El hiperboloide en particular, para darse cuenta de que entre sus páginas se deslizan con mucha astucia buena parte de los temas de la literatura soviética de la época.

El primero que nos encontramos es la figura del nuevo hombre soviético. Sí, a pesar de ser una novela de aventuras y ciencia ficción cuyos protagonistas son básicamente antihéroes, el autor consigue introducir los rasgos del nuevo hombre soviético en algunos de los personajes secundarios de la obra, específicamente en aquellos que logran al final de esta salvar al mundo de las garras del tenebroso filofascista Garin. Tenemos por supuesto a Shelgá, hombre honorable, inteligente e íntegro, que es capaz de plantar cara al propio Garin, y también están Tarashkin e Iván, que cubren entre los tres el espectro de infancia, juventud y madurez del hombre soviético. Tanto Shelgá como Tarashkin son deportistas (el deporte era esencial en la construcción del hombre nuevo) y el autor no escatima esfuerzos en la descripción de su agilidad y su musculatura, incluso los muestra haciendo deporte en el contexto idealizado del club náutico peterburgués al que pertenecen. Como contraste, tanto Rolling, el epítome del corrupto Occidente y del capitalismo desenfrenado, como Garin, el hombre sin escrúpulos, muestran en su cuerpo las huellas de su corrupción moral: son débiles, obesos o raquíticos. Por otro lado, Iván, el huérfano que resulta una pieza clave en el desarrollo de la obra, es un pequeño salvaje que adopta enseguida el credo soviético y reniega de sus anteriores amos. Él mismo proclama que es pionero, refiriéndose, claro está, a la Organización de Pioneros de la Unión Soviética, organización de juventudes tipo scout que funcionó en la URSS a partir de los años veinte del siglo pasado.

El segundo tema sería el chovinismo, el amor a la patria rusa está presente en todos los rusos con principios que aparecen en la obra. Garin no lo tiene, por supuesto, porque es un ser amoral. Él se declara internacionalista, causando el rechazo de los verdaderos patriotas como Shelgá. El propio Alexéi Tolstói era un gran chovinista; el tema del amor a la patria se encuentra en todas sus obras, empezando por La infancia de Nikita, y por supuesto también está en sus escritos periodísticos y antifascistas.

La guerra reciente, en este caso la Primera Guerra Mundial, aunque la segunda también se convertirá en trama recurrente en la literatura de los años posteriores, es otro de los temas que se abordan en la obra. El conflicto es caracterizado a través de la imagen de la mentalidad alemana que aparece reflejada en numerosos parlamentos y personajes de la obra. Asimismo, la Guerra Civil Rusa es otro de los temas que salpican la novela, los excombatientes blancos aparecen con profusión en sus páginas. Años después Tolstói sería reconocido por sus méritos como escritor y agitador antifascista y en esta obra podemos encontrar el embrión de muchos de sus trabajos posteriores de denuncia. El tema del fascismo aparece también en su trilogía sobre la inteliguentsia rusa: Peregrinación por los caminos del dolor. La eclosión y el avance del fascismo afianzaron en los textos tolstoianos su amor por la patria y el pueblo rusos. En su artículo Una fortaleza inquebrantable (1942) señalaba:

Sólo un plan socialista, revolucionario, podía aspirar a colocar a Rusia al nivel económico de una civilización avanzada; […] únicamente la revolución socialista podía salvaguardarla del estado lamentable en que el fascismo había sumido a Europa. Rusia ha sido salvada por un gran plan socialista, cuya base es el principio humanitario de la aceleración del desarrollo nacional de muchos pueblos y tribus, la más amplia ayuda material y cultural a su desenvolvimiento.

Asimismo, los beneficios sociales del régimen soviético también aparecen reseñados en la novela. En las islas, el trato a los niños, el ambiente soviético, el deporte y la camaradería se muestran como un entorno idílico, una especie de arcadia que acoge a los huérfanos de la guerra. No obstante, tampoco faltan pinceladas que retratan el ambiente asfixiante de la sociedad estalinista, donde todos vigilan a todos (el administrador de fincas, el telegrafista… todos son potenciales guardianes de la patria rusa). El ambiente de la novela es indiscutiblemente soviético por un lado, pero alegremente cosmopolita por otro; Tolstói, hombre mundano, fue capaz de reflejar con la misma destreza las dachas pobres a la orilla del río y los salones parisinos con sus oropeles y su decadencia. La novela está plagada de cambios de escenario de San Petersburgo (Leningrado) a París, de Kamchatka a un barco o una isla del Pacífico, etc., y todas las descripciones son igual de vívidas y de estimulantes.

Otro de los temas transversales de la novela sería el corrupto Occidente y en concreto América, la patria de Rolling, el ricachón que se ha instalado en Europa para hacer negocio, pero que se topa con la pared que representa la Rusia soviética. Rolling intenta dinamitarla financiando a los rusos blancos que se presentan en su despacho con las más rocambolescas ideas para acabar con el régimen bolchevique.

La corrupción moral de los exiliados, que se puede ver claramente en la mayor parte de los rusos blancos que se encuentran en la novela, es un tema que abordará en obras posteriores como Los emigrados. Tanto Semiónov, como Volshin y los demás blancos anónimos que aparecen son seres sin patria, sin rumbo, sin principios. Aferrados al odio a los bolcheviques malviven en el exilio realizando trabajos precarios y conspirando para recuperar el poder perdido.

La crítica al individualismo es otro de los temas recurrentes en la novela. Garin es el individualista por antonomasia, y también lo son, aunque con variaciones, Zoia y Rolling. Seres que sólo miran por sí mismos, por sus propios fines egoístas, embajadores del capitalismo en algunos casos, adalides de los fascismos por venir o supervivientes. Ninguno de ellos dispone de un ápice de la conciencia colectiva que promulgaba el régimen socialista. No son capaces de hacer sacrificios por el bien común, de hecho, en numerosas ocasiones son otros los que son sacrificados para su satisfacción.

Finalmente, una tenue pero astuta exaltación del obrero que podemos encontrar en varios de los parlamentos de la obra, como por ejemplo este:

El día se terminaba. Por su camino se cruzaron con un montón de cansados obreros. Allí, en las colinas, parecía que vivía otra raza de personas, sus caras eran muy diferentes: duras, delgadas, fuertes. Parecía como si la nación francesa, para salvarse de la obesidad, la sífilis y la degeneración, se hubiera refugiado en las alturas, sobre París, y ahí tranquila y austeramente esperara la hora de limpiar de la inmundicia la ciudad baja, para que el pequeño bajel de Lutecia pudiera de nuevo poner rumbo al soleado océano.

Claramente observamos que el estilo tolstoiano estaba muy alejado del realismo socialista, aunque se le haya adscrito erróneamente muchas veces a esa corriente. Tolstói no se parecía en nada a Gorki, y era también muy diferente de los Ostrovski, Fadéiev… otra de las razones por las que resulta tan interesante leerlo. Su fineza y riqueza de estilo, su enorme astucia literaria, convierten cualquier exaltación patriótica o de clase en un ejercicio literario cuya lectura se disfruta enormemente.

Gala Arias Rubio

La traducción del ingeniero Garin

Cuando un traductor se enfrenta a la tarea de traducir una obra literaria como El hiperboloide del ingeniero Garin, sabe que la labor no será fácil. Desde el momento en el que recibe comienza su trabajo, el primer paso es repensar en su filosofía como profesional, ya que es importante tenerla presente durante todo el proceso.

Una traducción literaria consiste no sólo en poner en comunicación dos lenguas, sino también dos literaturas –con todo lo que ello supone, pues se trata de transmitir imágenes, sentidos, el alma de la obra y de su autor– y, en última instancia, se ponen en comunicación dos culturas e incluso dos tradiciones históricas. El traductor es el encargado de llevar a cabo esa comunicación y debe hacerlo desde la sombra, como un eslabón imperceptible. Desde esta filosofía parece evidente que una traducción literal, que respete al máximo la terminología, las estructuras lingüísticas, etc., transmitiría con exactitud la información original, pero no con eficacia. El resultado no sería satisfactorio ya que lo que lingüística y semánticamente (no hablamos aún de lo cultural e histórico) funciona en una cierta lengua, lo más probable es que no suene bien e incluso sea incomprensible para el lector en otra; y cuanto más se diferencie el comportamiento de la lengua de origen y la de destino, mayor será esa extrañeza o incomprensión y más complicada será la labor de traducción. Si no se logra un equilibrio en la comunicación entre ambas lenguas, un lector competente, aun sin haber tenido la ocasión de cotejarla con el original y desconociendo la lengua de origen, será capaz de distinguir que se halla ante una mala traducción porque es capaz de detectar un uso inapropiado de su lenguaje.

Haciéndome eco de las palabras de Jorge Ferrer (traductor y escritor cubano), un traductor es el lector ejemplar, pues se sumerge en las entrañas de la obra de tal manera que la desmonta completamente para volver a montarla para un nuevo lector. Es además un montador invisible capaz de crear en el lector la ilusión de que está leyendo el original, capaz de evitar que este considere si está ante una buena o mala traducción pues ni siquiera tenga la necesidad de planteárselo. Ser ese tipo de lector ejemplar supone un proceso de trabajo intenso, investigar en profundidad y plantearse cuáles son los giros más adecuados en la lengua de destino, siendo fiel a la lengua y a la cultura de origen para transmitir toda su esencia, pero, a la vez siendo consciente de la realidad de que toda traducción, por un lado conlleva pérdidas, pero también enriquece el texto traducido.

La traducción en sí comporta una serie de complicaciones constantes. Algunas, quizá las más fáciles de solventar: ¿cómo proceder con las estructuras sintácticas, con la puntuación, los giros lingüísticos, las expresiones o frases hechas? ¿Se deben mantener, imitar, adaptar o eliminar? Pues bien, el humilde traductor puede y debe permitirse la licencia de elegir cómo actuar ante tales situaciones; lo hará a su libre criterio pero siempre respetando su filosofía profesional y aplicando su profundo conocimiento de ambas lenguas. Igualmente hay que ser cuidadoso para no resultar incongruente al intentar transmitir cualquier tipo de matiz (por ejemplo un acento, un detalle, etc.), el resultado podría ser chocante, falto de naturalidad. En el plano del léxico se nos plantea una situación similar, quizás algo más compleja. Sin la opción de hacer una traducción literal es importante respetar las palabras del original, ya que el autor eligió esas en concreto y no otras, y lo hizo por alguna razón; entonces, ¿qué hacer?, ¿cómo traducir una palabra que no existe o un término lleno de matices que su equivalente español no tiene? El traductor tendrá que decantarse, aplicando su criterio, por alguna de las alternativas del paradigma. Por suerte, a pesar de la distancia entre el ruso y el castellano, ambas lenguas poseen tal riqueza que en la mayoría de los casos ofrecen alguna posibilidad de encontrar la equivalencia.

Una de las grandes dificultades es la de cómo evitar que haya pérdida de información con respecto a la lengua original, a veces no tenemos más opción que aceptar dicha pérdida o conformarnos con la imprecisión, pero otras muchas tenemos la opción de incorporar una perífrasis explicativa directamente en el texto o una nota a pie de página. En estos casos el texto traducido resulta más explícito y menos sencillo porque el traductor añade explicaciones que no figuraban en el original. La cuestión que se nos plantea, por un lado es la de elegir una de estas dos opciones y, por otro, la de considerar qué notas al pie son necesarias y cuáles no. Si elegimos una ampliación explicativa la lectura se hace más ligera, en cambio con las notas al pie, la lectura se ve interrumpida pero, desde mi humilde opinión, la riqueza de información que proporcionan es mayor; es por ello que en esta novela se incluyen varias notas de la traductora. Sirva de ejemplo una de las primeras que decidí incluir, la que explica el término zimogor: en este caso era posible su equivalente con una perífrasis explicativa, pero opté por la nota, ya que proporciona una interesante información no sólo sobre su significado sino también sobre el contexto histórico.

Una obra literaria, independientemente de a quién vaya dirigida y de la época en que se lea, es portadora de contenidos que a veces son ajenos al lector. Es por eso que la introducción de las notas al pie es frecuente tanto en los textos originales como en sus traducciones, pero lo que resulta significativo es cómo difieren dichas notas en cada caso. La razón principal por la que el traductor incluye sus notas quizá se deba al hecho de que tiene en mente a un lector específico que posee un conocimiento diferente al del lector original, y que, a sus ojos, merece dichas explicaciones. En el caso de El hiperboloide, ha sido muy interesante trabajar sobre las notas de Alexéi Tolstói y observar desde una perspectiva de lectora hispanohablante del siglo XXI las notas que incluyó el autor para su lector ruso de las primeras décadas del siglo XX. Así, muchas de ellas son idóneas tanto para uno como para otro lector y por eso se han mantenido, sin embargo, Alexéi Tolstói incluyó notas, entre otras, sobre las hermanas Carmelitas, la pirotecnia o el Coloso de Rodas, que para nosotros resultan innecesarias por nuestro bagaje cultural.

El ya mencionado injusto olvido del que Tolstói ha sido objeto se hace evidente cuando vemos que, a pesar de su extensísima y ecléctica producción, son pocas las obras de él que encontramos traducidas. Es el caso de sus novelas más populares, algunas novelas cortas, relatos y cuentos. Sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido y de los cambios sociales, políticos y culturales sufridos en Rusia, la popularidad de El hiperboloide del ingeniero Garin no ha disminui­do. De hecho, ha sido una novela ampliamente estudiada. Quiero reseñar aquí algunas de las cuestiones objeto de su análisis y crítica intentando no desentrañar la trama a priori.

La obra fue escrita entre 1925 y 1927, y la idea inicial de Alexéi Tolstói fue publicarla en tres libros, que salieron a lo largo de esos tres años en la revista Krásnaia Nov. Más tarde, en 1934, se hizo una nueva edición del libro completo en la que se llevó a cabo una reducción de capítulos y un cambio en el estilo. En el año 1936, como se ha comentado anteriormente, se publicó una edición infantil de la que se eliminaron las partes para adultos. En 1937 fue rediseñada nuevamente, se incluyeron nuevos capítulos y un nuevo final, y se suprimieron numerosos términos científicos. Se volvió a revisar, por último, en 1939. Estos constantes cambios se debieron, en parte, a que Tolstói hizo lo que pudo por adaptar la novela a la agenda ideológica del régimen, sin embargo, dieron lugar a algunos anacronismos. Sabemos que la novela se sitúa a principios de los años veinte, más concretamente en 1921, lo que se deduce por algunos datos puestos en boca de los personajes y por algunos de los términos empleados por Tolstói, más propios de los primeros años de la revolución que de la segunda mitad de los años veinte, entre otros: zimogor, casa de tolerancia, ultramarinos, chulo (proxeneta). Y esto nos revela algunos de los desajustes cronológicos, por ejemplo que el personaje de Tarashkin no pudo ser miembro del Spartak en 1921, ya que los primeros clubes deportivos de ese tipo surgieron entre 1925 y 1926, o que ninguno de los personajes pudo haber visto el anuncio de Citroën en la Torre Eiffel, porque no apareció en ella hasta 1925.

Otra cuestión que ha sido objeto de discusión hasta muy recientemente es la de algunos «errores» detectados en la obra, así en el capítulo 2 Tolstói sitúa la acción a finales de mayo del veintitantos, sin embargo, como el propio lector podrá observar, unos instantes antes la conversación situará una acción futura a principios de abril. Quizá sea también esto un anacronismo resultante de esas revisiones. El capítulo 66 comienza: La luna llena salió antes del amanecer…, ¿es esto posible? Sobre el error astronómico cometido por Tolstói se discute en un artículo publicado en la revista Nauka i Dhizn [Ciencia y Vida] en el año 2004; y el hecho es que puede observarse (no salir) la luna llena antes del amanecer en el momento antes de ponerse. Podría ser una simple imprecisión lingüística o quizá lo escribiese a propósito. Otra de las curiosidades que ha sido muy comentada la encontramos en el capítulo 98, donde nos dice que había en el mundo siete maravillas y que han quedado en nuestra memoria sólo tres, dando a entender que el resto se hundió en el Atlántico, lo cual es cuanto menos discutible, ya que las Siete Maravillas del Mundo son harto conocidas y ninguna se hundió en el océano.

Por otro lado, hay algunos hechos históricos en los que Tolstói se basó:

El yate Bibigonda, en el que Garin huye de Rusia, existió. Se llamaba Baby Gond, figuraba en el Imperial River Yacht Club de San Petersburgo y fue especialmente famoso por su velocidad. En 1918 el propietario llevó el yate a Finlandia, hecho que probablemente saldría en la prensa y fue lo que inspiró el correspondiente capítulo de la novela.

El 21 de septiembre de 1921 tuvo lugar una enorme explosión en una planta de anilina de la compañía BASF en la ciudad de Oppau cerca del Rin que se cobró la vida de más de 500 personas y causó considerables daños a la fábrica y la comunidad vecina. Según los datos geográficos, las ciudades mencionadas en la novela como N. y K. serían Neuwied y Koblenz.