El hombre interior - André Louf - E-Book

El hombre interior E-Book

André Louf

0,0

Beschreibung

Este libro es una recopilación de artículos inéditos del padre André Louf, abad trapense y eremita reconocido como un maestro de espiritualidad por sus escritos y su trayectoria vital. Todos los capítulos del libro, procedentes de artículos, conferencias y enseñanzas inéditas, tienen un denominador común: la experiencia interior del hombre de oración. Louf despliega una visión dinámica de la vida espiritual, que es un trayecto, un camino. A lo largo de estas páginas, nos habla de la experiencia orante, de lo que ocurre en nosotros cuando oramos, de la paz del corazón, de la vida espiritual en la acción y en la contemplación, del arrepentimiento que nos lleva al descubrimiento de la misericordia divina, de las experiencias del desierto interior y de la noche espiritual, de la ascesis cristiana y de la importancia del acompañamiento y la orientación espiritual. Por último, acerca la vida interior al tema de la ecología, invitando a reconocer las huellas del Creador y a cantar sus alabanzas.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 308

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Prefacio.

André Louf, topógrafo de la interioridad

«Quien tenga sed, que venga. Y quien quiera, que tome el agua de la vida gratuitamente».

Apocalipsis 22,17

Este libro está dirigido a todos aquellos que tienen sed y buscan el camino hacia la fuente. También está dirigido a todos los aventureros deseosos de explorar las profundidades e inmensidades que hay en ellos.

Su autor, el monje trapense André Louf (1929-2010), se cuenta entre los testigos más importantes de la tradición contemplativa. Convertidos en clásicos de la vida interior, sus escritos le han revelado como un maestro, una de las figuras espirituales más eminentes de Occidente.

Origen del libro

Este príncipe de la interioridad había fallecido ya hacía tres años cuando yo lo conocí, por casualidad, en uno de sus artículos. Al hojear las páginas de este texto sentí como si mi corazón ardiera. Me produjo una fascinación inmediata. Sentí que me llegaba a lo más íntimo. Louf manifestaba todo lo que yo llevaba en mi interior, pero también todo aquello hacia lo que, en secreto, tendía, aspiraba. Los padres espirituales nos despiertan, son parteros. Agitan nuestros más secretos deseos, nos despiertan a nosotros mismos.

¿Cómo era posible que un hombre espiritual que había vivido toda su vida tras la clausura de un monasterio el siglo anterior conectara hasta ese punto con un joven del siglo XXI, inmerso en el mundo y de una generación diferente? Las malas lenguas insinúan que los monjes son unos cobardes, unos desertores, que han huido del mundo. Pero hay que desechar esta idea heredada: estos hombres se marcharon al desierto no para huir del mundo, sino como pioneros, como aventureros, para adelantarse a las grandes cuestiones de la existencia, para explorar lo más profundo del ser humano, hasta sus zonas más tenebrosas. De ahí que nos sintamos alcanzados, casi expuestos, cuando leemos a Louf: este orfebre de la interioridad ha explorado el alma desde todos los ángulos. Es nuestro hermano porque ha penetrado en el corazón del hombre, ha recorrido todos los sentimientos, ha experimentado todas las emociones. En una época de empobrecimiento de la sensibilidad, donde el emoticono hace las veces del servicio meteorológico interior, surge como un pintor impresionista capaz de detallar todos los colores del alma con un perfecto dominio de la escala cromática.

Cuando conseguimos una guía de esta calidad es importante no abandonarla. Durante muchos años viví en su compañía. Las horas que pasé en la biblioteca examinando minuciosamente toda su bibliografía me permitieron comprender su pensamiento. Conocí a su familia, conocí a sus amigos de la infancia, escribí a historiadores, a psiquiatras, a archimandritas ortodoxos con un curriculum vitae tan largo como su barba, pero también a simples cristianos cuya vida se había visto transformada por una palabra suya que recibieron un día. Me serví de la diplomacia para desatar la lengua de los monjes menos inclinados a las confidencias. Como botellas lanzadas al mar, mis cartas partieron hacia el mundo entero, hacia la curia romana, hacia ermitas finlandesas, cartujas italianas, trapas argentinas, holandesas, belgas, americanas... Poco a poco, como un puzle, el retrato de Louf iba definiendo sus contornos. Las personas a las que pregunté ofrecían todas la misma versión: conocer a este maestro espiritual había sido una de las gracias de su vida. Y entonces, un día, en los archivos de la abadía de Monts des Cats, descubrí tres cuadernos escolares, descuidadamente colocados en una carpeta amarillenta. Al inicio de la primera página del primer cuaderno una escritura cerrada había registrado una fecha, el 20 de julio de 1958, y bajo la fecha un pequeño párrafo comenzaba así: «Tengo que tratar de vivir en la obediencia al momento presente y a su gracia». Había desenterrado el tesoro que todo biógrafo codicia: su diario espiritual. Tres pequeños cuadernos que comenzaban en 1958 cuando André, todavía monje, solo tenía 27 años, y finalizaban en 1997, en el momento en el que el abad de Mont des Cats, a sus 68 años, renunció a su hábito para sumergirse en el silencio de la vida reclusa en Simiane, en la Provenza. Casi cuarenta años de su vida estaban consignados en ese texto que revelaba lo más íntimo de una persona: su oración, su diálogo con Dios. Gracias a su lectura tuve acceso al santo de los santos, al santuario interior, allí donde el monje expresa sin máscaras sus dudas, sus deseos, sus contradicciones, sus sufrimientos, sus impulsos y sus aspiraciones. Con todo esto compuse El camino del corazón, el relato del itinerario espiritual del padre Louf[1].

Durante mis investigaciones también descubrí un gran número de artículos, de conferencias y de enseñanzas inéditas que André Louf ofreció a sus hermanos. Muy diferentes por su naturaleza, su destinatario y su procedencia, estos textos tenían algo en común: tenían un elevado nivel espiritual y se dirigían al corazón de la experiencia interior. Estas pepitas dormían en archivos, en memorias USB, o habían sido sembradas en uno u otro lugar, en publicaciones confidenciales. Me parecía que no tenía derecho a guardarme esos tesoros para mí. Tenía que compartirlos, ofrecer ese rico alimento a los cristianos y a las personas en busca de sentido. Y de ahí nació la idea de esta recopilación.

El hombre interior es un ramillete compuesto por muchas flores. De especies diferentes, pero todas procedentes de un mismo parterre, de un mismo terreno: la experiencia interior de un hombre de oración. Porque todo lo que Louf escribe lo ha vivido antes. No estamos ante un teólogo de salón, que enseña a partir de deducciones o que trata de encontrar a Dios por medio de definiciones. «Los conceptos crean imágenes de Dios, solo el sobrecogimiento es capaz de presentir algo», enseñaba Gregorio de Nisa. Louf se sintió sobrecogido y nos invita a que también nosotros vivamos este sobrecogimiento. Al igual que su maestro, Bernardo de Claraval, habla a partir del «libro de la experiencia». Toda su enseñanza está iluminada desde el interior, conectada con su vida espiritual. Este gramático de la interioridad habla de un lugar que ha visitado, y eso marca toda la diferencia.

Una peregrinación hacia el corazón

La vida en el espíritu es un laberinto en el que es fácil perderse. El padre Louf conoce todos los atajos y rodeos de este laberinto. Ha explorado cada centímetro del reino de Dios en nuestro interior. Con la precisión de un geógrafo, ha cartografiado todos y cada uno de los rincones de la interioridad, marcando sus relieves, sus acantilados, sus atolladeros. Por eso podemos seguir con toda confianza esta guía sobre el camino que conduce a lo profundo del corazón.

André Louf despliega una visión dinámica de la vida espiritual, que es un itinerario, un trayecto, un camino. Repite con frecuencia que en el Bautismo lo hemos recibido todo: la presencia de las tres personas de la Trinidad, las incesantes propuestas del Espíritu. Pero esta vida de Dios se nos da como un germen, una semilla, que debe crecer, impregnar nuestra humanidad, ocupar un lugar cada vez mayor en nuestra mente humana. La vida espiritual, insiste, es en primer lugar una vida, y, como toda vida, puede crecer y desarrollarse, pero también estancarse, retroceder e incluso «apagarse», como dice san Pablo (1Tes 5,19). Hay, pues, todo un camino de crecimiento humano y espiritual que recorrer que se hace a largo plazo. Una especie de peregrinación, con etapas que superar, con desvíos que acordar, con atolladeros que evitar.

¿Qué descubrimos al aventurarnos por ese sendero? La perla del cristianismo, que san Pedro denomina «la profunda humanidad del corazón» (1Pe 3,4) san Pablo «el hombre interior» (2Cor 4,16). Esta realidad espiritual que constituye nuestro ser más profundo, los Padres griegos la denominan el «lugar de Dios», la tradición latina el «templo escondido», la «punta del alma», la «cima del Espíritu», el «fondo», el «corazón»... Muchos términos para describir ese espacio interior, ese territorio oculto en cada uno de nosotros, donde Dios habita y respira y nos insufla su vida profunda. En este oratorio secreto, prosigue Louf, la oración no se interrumpe nunca. Se nos da para siempre, antes de que nosotros hagamos ningún esfuerzo. En cada instante ora en nosotros. Los métodos y técnicas de oración tienen un solo propósito: ponernos en contacto con esta oración divina que ya está actuando en nosotros; permitir que haga aflorar nuestra consciencia, que transforme nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de amar y de conocer. La oración no es, pues, algo que haya que conquistar en el exterior, con la fuerza de nuestras manos: es una gracia que hay que dejar que venga y llegue hasta lo más íntimo de nosotros mismos.

Los dos primeros capítulos de este libro(«La fuente escondida del corazón» y «Lo que ocurre cuando rezo») están dedicados a esta oración cristiana, que, para el autor, es necesariamente «la oración de un pobre, expuesto a las visitas siempre inesperadas de la gracia». El monje se revela en ellos como un maravilloso fenomenólogo de la vida interior, pues describe, como pocos hicieron antes que él, lo que ocurre cuando oramos, la experiencia concreta de quien se consagra a esta actividad. En el santuario interior donde la oración mana de su fuente se obtiene también, más allá de los remolinos de la superficie, una paz y una alegría incomparables que el abad esboza en el capítulo 3 («La paz del corazón»).

Este tesoro de la vida interior, insiste Louf, no es exclusivo de los místicos, sino que todo cristiano lo posee en lo más íntimo de su ser.

A partir de estos antecedentes, en el capítulo 4 («La vida espiritual, entre acción y contemplación») el monje revisita la antigua distinción entre vida activa y vida contemplativa. Ya sea en el corazón de la acción, en el tumulto del mundo o retirados en lo más secreto de nuestra habitación, lo importante, defiende, es mantener el oído interior atento a los movimientos del Espíritu en lo más profundo de nuestro corazón. Este corazón que constituye la unidad entre la interioridad y la actividad y que es la fuente compartida, el fondo común, entre los activos y los contemplativos.

Para acceder a este santuario interior no hay, evidentemente, métodos o remedios milagrosos, como algunas revistas nos quieren hacer creer: Dios es el dueño de sus dones y de su gracia. Siendo así, con su milenario conocimiento de los hombres, la tradición de la Iglesia ha señalizado algunas etapas clave sobre este camino de la interioridad. El hombre interior pasa revista algunas de ellas, las que están en el corazón de la enseñanza del padre André.

En «Para acabar con el remordimiento» (capítulo 5), Louf primero elogia... el pecado. Con una pizca de provocación, Louf sostiene que el pecado es una buena noticia, una felix culpa, ya que gracias a él, el Dios del Evangelio, que se avergüenza de los virtuosos, se hace sensible al corazón. El pecado es el combustible de la gracia, pues Dios se sirve de él para proclamar su amor por nosotros y demostrar la sobreabundancia de su misericordia. Buen psicólogo de la vida espiritual, Louf diferencia admirablemente el verdadero arrepentimiento de sus falsificaciones: los miramientos, el legalismo farisaico, el sentimiento psicológico de culpa, la falsa humildad y esa preocupación por querer abajarse que a veces es una forma sutil de ponerse por encima. La culpa oprime –observa el abad–, pero el arrepentimiento evangélico está siempre del lado de la calma, de la liberación, de la vida, de la alegría. «Quizá –dice– no haya otro camino para encontrar de verdad a Dios en la tierra más que el del arrepentimiento: antes Dios no era más que una palabra, un concepto, un presentimiento, un deseo, “el Dios de los filósofos y los poetas”, pero no era aún el Dios que se revela por un exceso de amor».

El capítulo siguiente («El desierto interior») elogia el retiro y defiende que la Iglesia permanezca firmemente adosada al desierto y que los cristianos redescubran los beneficios que tiene irse regularmente a estar en soledad. Al principio para Louf el desierto no era el lugar de la presencia, de las bodas, de la intimidad amorosa con Dios, sino el lugar de la prueba, de la austeridad, del desprendimiento. Porque la soledad desnuda, podada, empobrece. Despoja de toda suficiencia y de todo bien. «Enseña –insiste Louf en una espiritualidad que se enmarca en el camino de la infancia espiritual y de la pobreza de espíritu– a ser un hombre frágil e indefenso, entregado a todas las pasiones, desde las más carnales hasta las más sutilmente espirituales, un hombre solo expuesto al poder de la gracia de Dios».

Los monjes son expertos en ateísmo, dice el padre André en el capítulo 7, dedicado a la travesía por la oscuridad que la mayor parte de los creyentes han de afrontar antes o después. De pronto, Dios parece escabullirse, esconderse, da la impresión de que no existe, de que es una ilusión, una proyección hasta el infinito de nuestros propios deseos. Y entonces, en esa noche densa y oscura, nuestros puntos de referencia desaparecen, todo se tambalea. Hemos descubierto la parte de increencia, ateísmo e irreligiosidad que hay en nosotros. Pero en realidad –explica él– esta prueba es un crisol, e incluso una bendición: nos despoja poco a poco de todas las imágenes imperfectas de Dios en las que seguimos poniendo aún nuestra confianza. «El verdadero Dios, el Dios de Jesucristo, es completamente diferente, como descubrimos al hacer esta travesía por el desierto. Ya no es cuestión de tratar de alcanzarlo con nuestro solo esfuerzo, sino de esperarlo incansablemente y dejarnos alcanzar por él, en el momento que a él le parezca oportuno, un momento imprevisible como la mañana de Pascua». En las aguas poco profundas de la humildad nos hacemos conscientes de que «todo es gracia totalmente gratuita».

En «El esfuerzo y la gracia» (capítulo 8), el padre André invita a redescubrir el espíritu de la ascesis cristiana. Cuando nos entregamos a lo que en otra época se denominaba «penitencias» y actitudes corporales que son como el eco de la oración en lo más profundo de nuestra carne (vigilias, ayuno...), corremos el grave riesgo de ceder a una espiritualidad que da protagonismo al esfuerzo y que considera que Dios se gana a golpe de voluntad, por el brillo de nuestras hazañas ascéticas y la frenética búsqueda de la perfección. Louf se crio en una época en que dominaba la imagen heroica de la vida cristiana: ¡había que hacer cada vez más esfuerzos, había que sudar, derramar lágrimas! Esta mentalidad impregnó de tal manera al cristianismo occidental que se consideraba santo a un hombre por la heroicidad de sus virtudes, expresión que le chocaba: «Nuestras virtudes avergüenzan a Dios si no son producto de su gracia». En este capítulo, el espiritual promueve, por el contrario, una ascesis del abajamiento, de la imperfección, de la debilidad, de la fragilidad. En ámbito cristiano, el objetivo de la ascesis no es batir récords, sino conducir al hombre a su derrota, para hacer que se dé por vencido, con el fin de que se vea, así, obligado a volverse hacia el Dios de la misericordia que le está esperando en el corazón de su pobreza, de sus atolladeros. En definitiva, la ascesis es lo que permite que brote en nosotros la alegría de Dios, como repite elegantemente el padre André.

El capítulo 9 («Despertar al Espíritu») es una súplica de orientación espiritual. Para el padre André, la relación de acompañamiento es «una de las formas más elevadas de la relación humana». Él considera que acompañar a alguien no es ni ofrecerle una enseñanza ni darle consejos, y menos aún órdenes, sino ayudarle a zambullirse en aguas más profundas. El diálogo trata de hacer que el acompañado descienda a lo más íntimo de sí mismo para liberar las fuerzas vitales que se ven obstaculizadas. El objetivo de esta relación es aventurarse en el mundo interior, descubrir lo que nos impide ser libres y estar vivos, dar luz a la vida en el sentido más amplio de la palabra: la vita vitalis, como decían los Padres latinos, es decir, la «vida viviente», la vida de Dios en cada uno de nosotros. Frente a la espiritualidad sacrificial de su infancia, según la cual había que encorsetar el yo, ocultar los deseos, Louf sostiene que no podemos vivir ignorando nuestras profundidades afectivas. Pasiones y deseos forman parte de nosotros, nos ponen en movimiento. Somos seres con deseos, y esto es algo bueno. Basándose en la tradición del discernimiento espiritual, que él enriquece con los avances logrados por las ciencias humanas, en especial los de la psicología profunda, nos invita a abordar este continente de los deseos, a veces inconfesables, que tiran de nuestro corazón en todas direcciones en busca del verdadero deseo, del que los demás son tan solo una falsificación.

Por último en el capítulo 10 («Ecología de la vida interior»), un poco separado, Louf acerca la vida interior al tema de la ecología, preguntándose si no existe lo que él denomina «sacerdocio ecológico de la oración».

Hacia la libertad interior

Hemos de finalizar esta presentación con tres observaciones y una consigna:

1. El hombre interior es un libro concebido para leerse de un tirón, pero también pueden escogerse fragmentos desordenados[2]. Sea cual sea la opción elegida, la lectura de este libro puede sorprender por la repetición, un artículo tras otros, de algunos temas que parecen reorganizarse como estribillos, como refranes. He querido mantener estas repeticiones, aunque a veces dé la impresión de un déjà-vu, porque la insistencia de Louf es señal de que estamos tocando el corazón de la experiencia interior. La ruptura del corazón es un buen ejemplo de este énfasis. No hay casi ningún documento en el que Louf no evoque esta crisis que hace saltar en pedazos al personaje social, nos despoja de nuestras ilusiones y nos empuja hacia nuestra verdad elemental, hacia nuestra más simple expresión. Ya sea a través de la enfermedad, el fallecimiento de un ser querido, los fracasos, las tentaciones, una persistente debilidad, un complejo que nos avergüenza, una limitación o un rasgo de nuestra personalidad contra el que luchamos sin cesar, experimentamos nuestra impotencia. No hay manera de salir de aquí. Humanamente hablando, no hay salida. Nuestro corazón, agotado, humillado y desalentado, se marchita. Louf hace de esta prueba la etapa decisiva del camino espiritual. Si no huimos de ella, si no nos endurecemos ante ella, esta crisis está repleta de gracia pascual. Cuando consentimos abandonarnos a ella, el milagro no tarda en aparecer: en el corazón de la angustia y la pobreza, la fuerza de Dios se despliega.

2. La mayor parte de los textos recogidos fueron escritos por monjes, por religiosos. Pero no hay que desconfiar de ello, porque se dirigen a todos, y cada vez que hablamos de un «monje» o de un «religioso» debemos hacer el esfuerzo de sustituir estos términos por el de «bautizado», porque, para Louf, la vida monástica no es sino la vocación bautismal vivida en su radicalidad.

3. Al volver al leer este corpus cinco años antes de componer El camino del corazón, me di cuenta, con una claridad que anteriormente se me había escapado, que el padre André considera que el discernimiento espiritual es el fruto más determinante de la experiencia interior. Para él, sea cual sea nuestro estado de vida, el corazón de la vida cristiana consiste en vivir anclado en el Espíritu, a la escucha de esta fuente divina en el corazón, que san Juan denomina «unción interior». Porque el seguimiento de Cristo no consiste en respetar los artículos de una moral o los preceptos de un reglamento: se vive en la docilidad al Espíritu que nos instruye en todo momento. De ahí la importancia de saber discernir sus impulsos y sus llamadas para conformarnos a ellos, incluso en lo más alto de la acción. Este arte del discernimiento nos enseña poco a poco a ser libres, es decir, a ser capaces de organizarnos desde el interior, bajo el impulso del Espíritu, en las circunstancias concretas y cotidianas de nuestra vida.

Hay que estar ciego para no ver que en Europa el cristianismo está viviendo un eclipse, un paso por el vacío, un camino entre tumbas. No sé qué prelado escribió que Dios se ha convertido en alguien parecido a esos ancianos que viven en la residencia y a quienes se nos olvida visitar. Las vocaciones escasean, las parroquias se vacían, el catolicismo ha dejado de ser mayoritario. Un gran número de nuestros contemporáneos considera que el lenguaje cristiano se ha exiliado de las cuestiones vitales, que no tiene ya nada que decir. Para ellos, el cristianismo se ha convertido en una lengua muerta cuyas palabras, manidas, devaluadas, no hacen ya referencia a las claves determinantes de su vida.

El hombre interior pretende demostrar a todas esas personas, tentadas por la deserción y que parecen beber de otras tradiciones una miel de la que carece el cristianismo, que la religión que están rechazando no es el cristianismo, ¡sino su caricatura! Que son increyentes del rostro de un Dios que no es el de Jesucristo, que vino a arrojar una antorcha a nuestros abismos y a tender una mano amiga en el corazón de nuestras impotencias. Que seguir los pasos del Galileo no consiste en empantanarse en las roderas dogmáticas ni entregarse a una pasión triste. Que el cristianismo, por último, no es una moral ni una ideología, sino un camino de transformación del ser, una doctrina del despertar, un camino de libertad: conduce a lo más profundo de la experiencia espiritual y a la felicidad que no caduca.

Al hojear las páginas de este libro nos daremos cuenta de que la espiritualidad cristiana es un verdadero tesoro: una tradición milenaria de oración ha dado a luz en ella a un arte de la vida interior de tal profundidad y de una delicadeza tan magnífica que espera ser descubierto, pero sobre todo practicado, encarnado y vivido... Porque nuestra época no quiere maestros: reclama testigos. El padre Louf es uno de los mejores. En la vida espiritual, Teresa de Ávila distinguía tres grandes gracias: tener experiencias místicas, poder reconocerlas cuando acontecieran y saber hablar de ellas[3]. André Louf aúna las tres. Es, en primer lugar, un hombre de oración, un espiritual. En segundo lugar, la Providencia le otorgó una escucha interior capaz de discernir los movimientos del Espíritu en su corazón y en el corazón de los demás. Por último, recibió el don de transmitir la experiencia espiritual, oralmente y por escrito. Por eso hay que leer al padre Louf.

Entre muchas otras cosas, encontraremos también en este libro algunos remedios a la crisis que atraviesa la Iglesia. Sí, nos recuerda el abad de Mont des Cats que parece que todo se está desmoronando, pero en cada cristiano brilla aún la chispa divina. Y basta con atizarla para que el fuego se inflame de nuevo. La crisis de la Iglesia es una crisis de la vida interior. Ninguna reforma vendrá desde arriba, sino de personas espirituales y santas que tanta falta nos hacen. Hagamos, pues, detonar la piedra que obstaculiza la entrada a la fuente. Volvamos al centro, es decir, a Cristo, al Evangelio y a nuestro corazón. «Christus, Christus, Christus» fueron las tres últimas palabras que pronunció André Louf antes de morir. El nombre de Jesús repetido tres veces, como el suspiro de un enamorado. Lo esencial de su vida. La clave de todo.

CHARLES WRIGHT

[1] C. Wright, El camino del corazón. La experiencia espiritual de André Louf(1929-2010), Monte Casino, Zamora 2018.

[2] Al final del libro encontraremos la fuente de los textos y sus referencias concretas. Algunos de ellos, recogidos en publicaciones confidenciales, fueron imposibles de encontrar. Otros, publicados en el extranjero, se editan por primera vez en francés. Algunos otros son inéditos. Para la edición de este volumen he cambiado los títulos y la mayoría de los subtítulos de estos textos.

[3] «Una merced es dar el Señor la merced, y otra es entender qué merced es y qué gracia, otra es saber decirla y dar a entender cómo es», Teresa de Ávila, Libro de la Vida XVII, 5, en Obras completas, BAC, Madrid 2018 (edición digital).

1

La fuente escondida del corazón. El descubrimiento de la interioridad

La liturgia del corazón

«El hombre interior»: esta fórmula no se encontrará así en la Biblia, pero se sobreentiende en una imagen particularmente sugerente que utiliza san Pedro en su primera Carta: «ho kruptòs tês kardías ánthropos» (1Pe 3,4), un hápax en toda la Biblia, literalmente, «la profunda humanidad oculta en el corazón». En este pasaje, Pedro aconseja a las mujeres que no traten de brillar tanto en su apariencia exterior y que reserven sus atenciones a su ser oculto, que llevan en su interior y que se manifiesta «en la incorruptibilidad de un espíritu apacible y sereno».

El hombre interior se identifica aquí con el corazón del hombre, cuya ambigüedad innata se recuerda en toda la Biblia. Desde el Génesis, Dios constata que «todos los pensamientos de su corazón tienden siempre y únicamente al mal» (Gén 6,5). Tiene un corazón «endurecido» que, en el caso del Faraón, se ha encargado él mismo de endurecer (Éx 7,3ss), pero también un corazón «ablandado», capaz de humillarse ante Él (2Re 22,19) y, sobre todo, un corazón «quebrantado y humillado» (Sal 34,16; 51,19), que Él se encarga de curar (Sal 147,3). Reprocha con frecuencia la incircuncisión de los corazones (Lev 26,41; Dt 10,16; 30,6; Jer 9,26). Pero en el corazón es también donde Dios escribirá su ley nueva (Prov 3,3; 7,3). A través de su profeta prometió cambiar el corazón de piedra en un corazón de carne (Ez 11,19; 36,26). Un corazón así, un «corazón atento», capaz de escuchar, es lo que Salomón pedirá al comienzo de su reinado (1Re 3,9), siguiendo a David, su padre: «Sobre todo, vigila tus intenciones, pues de ellas brota la vida» (Prov 4,23).

La enseñanza de Jesús sobre la interioridad se inscribe en esta tradición. Jesús bendice los corazones «puros» en contraposición a la dureza del corazón que reprocha a quienes le escuchan (Mc 16,14; cf Rom 2,5; Ef 4,18). Porque lo que ensucia al hombre es la iniquidad que sale del corazón, no las prácticas externas que no pertenecen al corazón (Mt 15,18ss). «Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca» (Mt 12,34) y «el hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón, saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal» (Lc 6,45). En Lucas encontramos la hermosa fórmula «kalòs kaì agathós, hermoso y bueno», que permitirá que la semilla de la Palabra dé su fruto. Porque el corazón es el lugar donde, siguiendo el ejemplo de la Virgen, «meditamos» la Palabra (Lc 2,19), pues, como recordará san Pablo, recuperando un versículo del Deuteronomio: «La Palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón» (Rom 10,8). El corazón es también el lugar que arde cuando Jesús en persona nos explica las Escrituras (Lc 24,32). Es también el templo del Espíritu Santo: «¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios? Y no os pertenecéis» (1Cor 6,19), un templo donde se celebra la oración, tanto litúrgica como interior: «Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor» (Ef 5,19). La expresión de Pedro, «la profunda humanidad oculta en el corazón», une y resume todos estos elementos.

San Pablo también la utiliza en la segunda Carta a los corintios (4,16-18). En ella opone el «hombre interior» al «hombre exterior». Mientras este último, acechado por la muerte, «se va desmoronando» progresivamente y se destruye, «el hombre interior» está ya presente, y su actividad, temporalmente invisible, nos prepara «una inmensa e incalculable carga de gloria, ya que no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno».

¿Esta realidad interior del hombre provoca miedo a nuestros contemporáneos? Podríamos preguntárselo, al constatar que hoy día el texto de Ef 5,19, que acabamos de citar, se traduce generalmente por «cantad y celebrad al Señor con todo vuestro corazón», traducción que podría estar justificada lexicográficamente, pero que es algo en lo que ningún Padre de la Iglesia pensó jamás, pues todos ellos, con perfecta unanimidad, interpretan este texto como la liturgia interior del corazón.

Hay aquí una tranquila convicción que recorre como un hilo conductor toda la tradición patrística: esta liturgia interior del corazón, a pesar de las apariencias y de nuestra infidelidad, se nos da siempre de antemano. Está siempre ahí, y no nos deja nunca. San Pablo nos lo recuerda explícitamente. Reconoce que «del mismo modo, el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26).

Por extraordinario que parezca, este hecho no tiene nada de excepcional: es el destino común de todo bautizado. Al recibir la vida de Dios en su interior, y convertirse así en hijo de Dios por adopción, el bautizado recibe al mismo tiempo el don del Espíritu Santo. Este Espíritu es un Espíritu que está siempre en oración, que clama incansablemente en nuestros corazones: «¡Abbá, Padre!». Aquí hay un auténtico tesoro, realmente inaudito, que todo cristiano lleva en lo más íntimo de su ser, la mayoría de las veces sin saberlo. Esto no quita nada a la realidad sobrecogedora de esta presencia en su interior, porque en el fondo de cada creyente se confunden la gracia y la oración; estar en estado de gracia es estar en estado de oración. Aunque no le preste atención, el cristiano está siempre en algún sitio en oración. O más bien el Espíritu Santo celebra la oración en él.

El camino hacia el interior

Si esto es así, ningún «método» o «técnica» de oración tendrá un objetivo que no sea poner al «orante», que todo creyente es ya, en contacto con esa oración divina en su interior. Las fórmulas de oración que él mismo podría inventar, el recogimiento y el silencio interior en los que podría emplearse, no tienen otro sentido más que hacer consciente esta oración y facilitar que salga. Porque en realidad siempre está actuando en él, pero en estado inconsciente, y en una profundidad del inconsciente que va mucho más allá que ese inconsciente psicológico que sabemos tan bien analizar hoy día. Pues se trata de un inconsciente que llega a las raíces mismas de nuestro ser, metafísico y metapsíquico, en el sentido más amplio de la palabra, allí donde este se adentra en Dios, allá donde incide sin cesar a partir de Dios.

Tendríamos que poder recogernos más ampliamente en esta realidad interior en lo más íntimo de nosotros mismos, para calibrar toda su firmeza y saborear toda su dulzura. Sean cuales sean los recuerdos dolorosos o desoladores que hayamos podido conservar de nuestros «esfuerzos» o de nuestros «intentos» de oración, sabemos, y a veces experimentamos, en la fe, que hay en nosotros un lugar secreto, un verdadero oratorio, donde la oración no se interrumpe jamás. Dios nos interpela continuamente en él, y allí nos encontramos unidos a Él, en profundo contacto con Él. En la Edad media latina este lugar recibía el nombre de «domus interior», la «casa interior», o el «templum interius», el «templo interior». Pero, por supuesto, nosotros no lo vemos, no escuchamos la oración que se celebra en él. La mayor parte del tiempo no lo «percibimos» en absoluto. Tan solo podemos creer firmemente en él, con una certeza cada vez mayor en la medida en que, poco a poco, Dios vaya levantando una esquina del velo y permita que una pequeña parte de esta actividad inconsciente de la oración llegue a la superficie de nuestra consciencia. A veces se trata solo de un rápido destello, de un simple flash breve y transitorio pero que ilumina definitivamente paneles enteros de nuestra existencia, y cuyo recuerdo extrañamente benéfico no nos abandonará ya más, ni siquiera en lo más profundo de una nueva desolación.

Pero lo más frecuente es que esta toma de consciencia –que es más bien una venida a la consciencia– adquiera el aspecto de un lento y paciente afloramiento que al principio apenas se percibe, de una impregnación desde el interior que poco a poco despierta en nosotros un sentimiento nuevo, difícil de expresar, un «sentimiento más allá de todo sentimiento», como decía Ruusbroec, pero que, a la larga, nos permite percibir «un algo», incluso a través de la densa niebla de lo invisible de la fe que permanece.

¿Podemos nosotros hacer algo, o deberíamos evitar ciertas cosas para facilitar ese paso de la oración inconsciente a la oración consciente? Por un lado es evidente que hay algunas condiciones externas que siempre favorecen el recogimiento, es decir, que permiten reservar un espacio en nuestro interior donde el acontecimiento de la oración puede suceder. Un lugar tranquilo y solitario, por ejemplo, el silencio de las palabras, pero también de cuestionamientos interiores, un cierto control de nuestros deseos, que denominamos «sobriedad» o «ascesis», serán siempre condiciones favorables. Además, una preparación así, aunque sea totalmente externa, es algo que la oración cristiana tiene en común con muchas otras técnicas de recogimiento, sea cual sea la tradición a la que pertenezcan. Lo que es característico de la oración cristiana es la naturaleza del vínculo que establece con dicha preparación. Pero, en su caso, esta preparación no tiene relación directa con el acontecimiento de la oración, y este último no puede ser en modo alguno la consecuencia natural del primero. Porque Dios es el único Maestro de la oración, y podría prescindir perfectamente de nuestras preparaciones, y salvar tranquilamente todos nuestros obstáculos. Es Él quien hace brotar la oración «cuando Él quiera, como Él quiera y donde Él quiera», como sigue diciendo Ruusbroec. Esta gratuidad absoluta de la intervención de Dios es la primerísima certeza que obtenemos cuando el acontecimiento comienza a producirse. Dios ha tomado las cosas en su mano, y no queda más que seguir sus movimientos.

La experiencia de la impotencia

La aparente aridez que acompaña a nuestros esfuerzos de oración abandonados a su suerte, el hastío o la desolación que parecen surgir de ellos, son el inevitable corolario de esta absoluta gratuidad. De esta dolorosa y saludable experiencia no se salvan ni siquiera quienes han recibido la gracia «de entrar en oración» en la alegría y la exaltación de ese inolvidable «impacto carismático». Aunque ese impacto y todo lo que despertó en ellos fueron auténticos, es también necesario este tiempo de paciencia y perseverancia a través de la aridez. Dios parece haberse retirado, o haberse negado a sí mismo, pero la verdad es que Él es siempre mucho más grande que nuestro corazón, más allá de todo lo que podamos abarcar con nuestro deseo. Sin esa constante profundización en nuestro corazón, que solo Dios puede llevar a cabo, y la mayor parte del tiempo sin que nosotros nos demos cuenta, la felicidad o el descanso en la oración correrían el riesgo de convertirse en una quietud falaz, enseguida ajena a la acción del Espíritu Santo.

Los místicos hablaron de desiertos, de noches, e incluso de una aparente muerte de Dios. Nuestro vocabulario no hace más que describir, con los medios que tiene, la experiencia de la pobreza frente al misterio de un Dios que, para entregarse mejor, parece negarse primero. El propio Ruusbroec se sirve de una expresión muy sugerente: hace falta, dice, «lanzarse incesantemente, y fallar incesantemente, es como remar a contracorriente». Imagen elocuente que expresa bien hasta qué punto todo esfuerzo humano, por necesario que sea, está llamado a agotarse ante la maravilla de la gracia que se le acaba de transmitir; además, a través de esa pobreza, es como Dios nos espera para salvarnos y colmarnos.

Hay una crisis que hemos de atravesar, una crisis necesaria que deberá abrir el acceso a la interioridad. Se trata de un aparente atolladero, de un callejón sin salida que se coloca delante de todos nuestros esfuerzos y que parece obligarnos a quedarnos estancados. El nombre bíblico de esta crisis –que es un paso, una Pascua– es «tentación», y su significado va mucho más allá de las modestas tentaciones, en su mayoría sensuales, que experimentamos habitualmente. Manejar correctamente la tentación implica una doble toma de consciencia de la vertiginosa fragilidad del pecador y, al mismo tiempo, del poder apacible pero irresistible de la gracia. Juan Casiano fue quien mejor supo describir los temibles tormentos de esta punzada que se vuelve tan insistente que amenaza con hacernos caer. Al mismo tiempo que tomamos consciencia de nuestra debilidad se instala también otra toma de consciencia que nos mantiene en equilibrio. Porque cuando está a merced de la tentación, el hombre se percata de la acción de la gracia en su interior, a través de los lamentos que la propia brutalidad del asalto le arranca y que alimentan su oración, que se vuelve, así, constante. «Aprendamos –dice Casiano– a sentir en cada acción a la vez nuestra debilidad y la ayuda de Dios al mismo tiempo, y a proclamar cotidianamente con los santos: “Me empujaron para hacerme caer, pero el Señor me sostuvo; mi fuerza y mi alabanza es el Señor; Él fue para mí la salvación” (Sal 117,12-14)»[4].

Un corazón en pedazos