El Idiota - Fiódor Dostoievski - E-Book

El Idiota E-Book

Fiodor Dostoievski

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Beschreibung

El Idiota, una de las obras más emblemáticas de Fiódor Dostoievski, se adentra en la complejidad de la condición humana a través del personaje del Príncipe Myshkin, un hombre cuya pureza y bondad confrontan la hipocresía y corrupción de la sociedad rusa de finales del siglo XIX. El estilo literario de Dostoievski se caracteriza por su profundidad psicológica y un enfoque filosófico que invita a la reflexión, donde la prosa fluida resuena con la tensión emocional de sus personajes. Contextualmente, el libro surge en un momento en que Rusia lidiaba con intensas transformaciones sociales y políticas, y Dostoievski parece argumentar que la verdadera nobleza reside en la empatía y la compasión, conceptos que desafían la norma establecida. Fiódor Dostoievski, nacido en 1821, fue un autor marcado por experiencias radicales y profundas crisis personales, incluyendo su encarcelamiento y exilio. Estas vivencias nutrieron su perspectiva sobre la naturaleza humana y la moralidad, lo que se manifiesta en la lucha interna de Myshkin y las interacciones con otros personajes como Rogojin y Nastasya Filippovna. Dostoievski se cuestiona sobre el valor de la fe, la locura y la redención, aspectos que reflejan su tormentosa vida y búsqueda espiritual. Recomiendo fervientemente El Idiota a lectores que busquen una exploración profunda de la moralidad y la fragilidad del alma humana. La obra no solo desafía las convenciones literarias de su tiempo, sino que también ofrece una introspección atemporal que sigue resonando en la actualidad. Cada página invita a un diálogo interno que persiste mucho después de haber cerrado el libro. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Fiódor Dostoievski

El Idiota

Edición enriquecida.
Introducción, estudios y comentarios de Marta Aguilar
EAN 8596547767985
Editado y publicado por DigiCat, 2023

Índice

Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Biografía del Autor
El idiota
Análisis
Reflexión
Citas memorables

Introducción

Índice

Un hombre bueno cae como una chispa en un cuarto saturado de pólvora. Ese es el impulso que anima El idiota: confrontar la pureza con una sociedad habituada a la máscara, el cálculo y la herida. La novela examina qué sucede cuando la ingenuidad y la compasión irrumpen en un mundo que confunde la transparencia con la torpeza y la empatía con debilidad. Al seguir esa colisión moral y emocional, la obra invita a pensar hasta qué punto la bondad puede sobrevivir entre pasiones intensas, ambiciones desmedidas y códigos sociales implacables, sin renunciar a su promesa ni a su lucidez radical sobre lo humano.

El idiota, de Fiódor Dostoievski, ocupa un lugar central en el canon por su audacia psicológica y ética. No es solo una narración poderosa: es un laboratorio de la conciencia, donde los motivos más elevados conviven con las tensiones más sombrías. Su condición de clásico proviene de esa doble apuesta: retratar con minucia a sus personajes y poner a prueba, sin didactismos, la posibilidad de la bondad en un entramado social complejo. La amplitud de sus temas y la densidad de su mirada han sostenido su lectura a través de generaciones, impulsando debates constantes en torno a la libertad, la culpa y el deseo.

El contexto de creación refuerza su singularidad. Dostoievski escribió la novela tras el impacto creativo de Crimen y castigo, y la publicó por entregas entre 1868 y 1869 en una revista literaria rusa. Esa forma seriada se advierte en el ritmo de los episodios y en los giros de la vida urbana que atraviesan la obra. Situada en la Rusia de la segunda mitad del siglo XIX, la historia capta una atmósfera de transición, con tensiones entre jerarquías tradicionales y nuevas ambiciones. En ese escenario, la propuesta del autor destaca por su intensidad reflexiva y por su búsqueda de un héroe moral atípico.

La premisa es tan clara como inquietante: un joven aristócrata, el príncipe Lev Mýshkin, regresa a San Petersburgo tras un prolongado tratamiento en Suiza por una enfermedad que condiciona su vida. Llega con pocos recursos, sin artimañas sociales y con una franqueza que desconcierta. Desde sus primeros encuentros, su mirada compasiva pone al desnudo la vanidad, el miedo y la necesidad de reconocimiento de quienes le rodean. Pronto se ve arrastrado a círculos donde el dinero, la reputación y los afectos se entrelazan de modo peligroso, y donde su reputación de ingenuo funciona a la vez como escudo y como estigma.

El corazón temático de El idiota late en la tensión entre bondad y norma social. La novela interroga si la rectitud es posible sin volverse fanática ni ciega, y si la inteligencia puede aliarse con la ternura sin ser ridiculizada. En ese examen, Dostoievski explora el precio de la compasión, la fragilidad del orgullo herido y las trampas del deseo. También ilumina la forma en que las etiquetas sociales simplifican y aplastan a los individuos, al tiempo que muestra cómo un gesto aparentemente simple puede desencadenar corrientes de rivalidad, esperanza o rencor que desbordan a sus protagonistas.

La escritura despliega una orquesta de voces que chocan, se imitan y se desmienten. Conversaciones febriles, confesiones a media luz y encuentros en salones o pensiones componen un tejido polifónico donde ninguna conciencia agota la verdad. El lector asiste a cambios de foco que revelan capas de cálculo y de vulnerabilidad, y a una coreografía de malentendidos que sostienen la intriga. Dostoievski no busca un diagnóstico cerrado: pone en escena procesos mentales y afectivos que evolucionan con cada intercambio, y que obligan a reconsiderar qué se entiende por cordura, qué se llama locura y dónde empieza la responsabilidad.

En lo formal, la novela combina el pulso del folletín con una indagación metafísica incisiva. Escenas de alta tensión social alternan con momentos de recogimiento moral, y la prosa oscila entre la ironía y la ternura sin perder precisión. Esa mezcla genera un efecto hipnótico: la trama se acelera mientras la conciencia de los personajes se ensancha. La arquitectura narrativa, hecha de contrastes y ecos, permite que cada paso argumental se viva como revelación de carácter. El resultado es una experiencia de lectura que, aun en su intensidad, mantiene una claridad emocional rara vez igualada.

Su prestigio se alimenta de una recepción crítica sostenida. Desde su publicación, el libro provocó discusiones por la complejidad de su diseño y la radicalidad de su apuesta moral. A lo largo del siglo XX, su valoración se consolidó gracias a estudios que resaltaron su innovación psicológica y su dramatización de dilemas éticos sin soluciones fáciles. Hoy se lee como un hito del realismo que desborda sus límites, capaz de fusionar análisis social, conflicto íntimo e interrogación espiritual, y de mostrar cómo una novela puede pensar el mundo a la vez que lo narra con vigor y nervio.

La influencia de El idiota se extiende más allá de la literatura rusa. Su retrato de conciencias en fricción ha permeado la novela moderna, el teatro y el cine, inspirando aproximaciones a personajes vulnerables que desajustan la lógica del poder o del éxito. En el terreno intelectual, su atención a la libertad interior y a las consecuencias morales de las decisiones ha dialogado con corrientes existenciales y con tradiciones críticas que leen la ficción como laboratorio ético. El eco de su figura central, tan frágil como luminosa, puede rastrearse en obras que exploran el costo de la autenticidad.

El contexto histórico aporta una dimensión concreta: la Rusia urbana de la época vive entre salones aristocráticos y nuevos capitales, entre protocolos heredados y urgencias de modernización. San Petersburgo funciona como escenario y símbolo, con su brillo europeo y sus sombras a la vuelta de la esquina. En ese espacio, la cortesía codificada convive con la precariedad, y las redes de parentesco y favor alimentan tensiones que estallan en la vida privada. La novela capta ese aire de época y lo vuelve materia de drama, sin convertirlo en tesis ni reducirlo a telón de fondo decorativo.

Leer El idiota hoy es confrontar una pregunta incómoda: qué lugar damos a la candidez lúcida en un mundo que premia la astucia. La obra desmonta el tópico de la ingenuidad y abre un camino hacia la empatía como forma de inteligencia. En tiempos de polarización, su invitación a escuchar sin cinismo y a sostener la dignidad del otro adquiere una resonancia particular. Además, su tratamiento de la vulnerabilidad, la enfermedad y el estigma interpela debates contemporáneos sobre cuidado y comunidad, evitando el moralismo y el sentimentalismo en favor de una comprensión atenta y exigente.

Esa vigencia se sostiene en la capacidad del libro para conjugar intriga, compasión y pensamiento. El idiota no ofrece lecciones concluyentes: propone una experiencia que exige al lector acompañar contradicciones, sostener ambivalencias y aceptar que la bondad, para ser real, debe atravesar el conflicto. Por eso su atractivo perdura. En sus páginas, la humanidad no se simplifica: se mira de frente, con crudeza y esperanza. Quien entra en esta novela encuentra un espejo incómodo y, al mismo tiempo, una promesa de comprensión. Ese doble movimiento hace de ella un clásico que sigue encendiendo preguntas esenciales.

Sinopsis

Índice

Publicada por entregas entre 1868 y 1869, El idiota de Fiódor Dostoievski sitúa a un joven príncipe, Lev Nikoláyevich Myshkin, en el centro de una sociedad petersburguesa saturada de ambición y apariencia. Tras años en un sanatorio suizo para tratar su epilepsia, regresa a Rusia sin fortuna ni influencias, pero con una franqueza desarmante y una compasión que muchos confunden con simpleza. En el tren hacia la capital conoce a Parfión Rogozhin, heredero impetuoso, cuyo interés por una mujer célebre por su belleza y su escándalo preparará el terreno del conflicto. El viaje anuncia una colisión entre inocencia y deseo.

Ya en San Petersburgo, Myshkin busca a parientes lejanos, los Yepanchin, y entra en sus salones como un recién llegado que observa sin cinismo. El general, su esposa y sus tres hijas lo reciben con curiosidad; la menor, Aglaya, destaca por su inteligencia y temperamento. La sinceridad del príncipe, su falta de cálculo y su vulnerabilidad epiléptica desconciertan a funcionarios, arribistas y deudores. Entre ellos, Gavrila Ivolguin, llamado Gania, aspira a prosperar mediante un matrimonio de conveniencia. En torno late el nombre de Nastasya Filíppovna, mujer admirada y difamada, cuyo pasado bajo la tutela de un benefactor compromete a varios.

Una reunión decisiva reúne a Totski, Gania, los Yepanchin y Nastasya Filíppovna en una velada donde dinero, orgullo y reputación se disputan el centro de la escena. Se propone una unión que aliviaría culpas y repartiría beneficios, pero Nastasya desafía la transacción y exhibe una conciencia herida. Irrumpe Rogozhin con una oferta desmesurada, transformando el salón en un tribunal de pasiones. Myshkin, movido por la piedad antes que por el interés, cuestiona el cálculo de todos y ofrece una salida respetuosa para la mujer estigmatizada. La tensión deja a los presentes suspendidos entre el deseo, la vergüenza y el temor.

Desde entonces, la relación entre Myshkin y Rogozhin se convierte en un eje oscuro del relato. La fascinación del heredero por Nastasya se vuelve obsesión, y el príncipe percibe en ella el lugar donde su bondad es puesta a prueba. Ambos hombres, unidos por un reconocimiento mutuo y separados por temperamentos opuestos, se miden sin estridencias abiertas, mientras la ciudad murmura. A cada encuentro crecen los malentendidos, los celos y el presentimiento de una desgracia. Myshkin, fiel a su impulso compasivo, intenta mediar sin violencia y sin cálculo, aunque su candor lo expone a intrigas que no sabe ni quiere dominar.

El relato se ensancha con la llegada de nuevos rostros y voces. Entre ellos, Ippolit Teréntiev, un joven tuberculoso de agudeza dolorosa, pronuncia reflexiones que interpelan a todos sobre muerte y sentido. Su presencia, junto con las deudoras elucubraciones de Lebedev y las maniobras discretas de banqueros y familiares, dibuja una red de dependencias donde cada gesto tiene un precio. Durante una temporada estival en Pavlovsk, el grupo se vuelve a encontrar en paseos, tertulias y discusiones que alternan comicidad y gravedad. Allí, Myshkin insiste en un ideal de compasión radical que choca con el pragmatismo y la ironía circundantes.

Las escenas de salón revelan la precariedad de las jerarquías y el hambre de reconocimiento. El padre de Gania, con sus engaños y caídas, ofrece un retrato patético de la descomposición moral; Lebedev comenta con grandilocuencia y oportunismo; acreedores y burócratas se cruzan en una comedia áspera. En ese ambiente, los ataques de epilepsia de Myshkin irrumpen como recordatorio de su fragilidad y de su lucidez intermitente: momentos de claridad extrema preceden al desvanecimiento. Algunos lo admiran como una rareza moral; otros lo ven como una anomalía útil o ridícula. El contraste vuelve visible la distancia entre valores y conductas.

La relación entre Aglaya y el príncipe, hecha de respeto, curiosidad y provocaciones, crece bajo la vigilancia inquieta de su familia. Ella proyecta sobre él un ideal de valentía y pureza, pero también lo examina con ironía, impaciente ante su pasividad aparente. Conversaciones sobre honor, sacrificio y fe confrontan expectativas románticas con los límites de la realidad social. Entre mediaciones y malentendidos, se dibuja la posibilidad de un vínculo que prometería dignidad para ambos. Sin embargo, el pasado de Nastasya y la presión del entorno enturbian cualquier definición, forzando al príncipe a sostener su coherencia en medio de demandas incompatibles.

A medida que convergen intereses y resentimientos, los episodios se cargan de gestos públicos que rozan el escándalo. Reaparecen antiguos compromisos, cartas comprometedoras y rumores que incendian los salones. Un encuentro multitudinario precipita reproches, ofrecimientos y desafíos, con miradas fijas en Myshkin, Aglaya y Nastasya. Rogozhin, sombra obstinada, mantiene la tensión en su punto más alto. La ciudad, dividida entre curiosidad y moralismo, observa cómo la bondad del príncipe intenta sostener a todos sin herir a nadie. En el aire queda la sensación de una decisión inaplazable, pero también el miedo de que cualquier opción multiplique el daño.

Sin resolver abiertamente las encrucijadas en esta sinopsis, El idiota propone un examen implacable: ¿puede la pureza sobrevivir en un mundo organizado por el interés, la vanidad y el deseo? Dostoievski explora los límites de la compasión, la responsabilidad ante el dolor ajeno y el peso destructivo de la reputación. La novela interroga la salud mental sin reducirla a estigma y muestra cómo las estructuras sociales moldean la moral. Su vigencia radica en la capacidad de hacer visibles los costos de nuestras elecciones y de preguntar qué lugar tiene la bondad radical en tiempos de cinismo y prisa.

Contexto Histórico

Índice

El idiota se sitúa en la Rusia de la década de 1860, bajo el reinado de Alejandro II, con San Petersburgo y sus alrededores como escenario central. La autocracia, la Iglesia ortodoxa y la jerarquía de la Tabla de Rangos estructuraban la vida pública, mientras la nobleza y la pujante clase mercantil disputaban prestigio y poder. La capital, construida para proyectar modernidad europea, condensaba tensiones entre tradición y cambio. La trama se mueve entre salones, oficinas y residencias de verano, instituciones que encarnan normas de etiqueta, patronazgo y honor. En ese marco de reformas y desasosiego, la figura de un hombre bueno enfrenta un orden social contradictorio y ansioso por definirse.

Las Grandes Reformas marcaron la década. La emancipación de los siervos en 1861 transformó las relaciones agrarias y la estructura financiera de la nobleza, a menudo endeudada tras perder trabajo servil y rentas aseguradas. La transición a pagos redentorios y a una economía más monetizada empujó a muchos propietarios a vender o hipotecar tierras. El idiota refleja estas fracturas en herencias, dotes y estrategias matrimoniales que funcionan como salvavidas o trampas. La angustia por el dinero revela la fragilidad de un orden que ya no se sostiene por automatismos estamentales, y señala la emergencia de nuevas lógicas de cálculo en vínculos íntimos y alianzas sociales.

La reforma judicial de 1864 introdujo tribunales independientes, publicidad de los procesos y jurados, creando una esfera legal más visible y profesionalizada. Este nuevo clima elevó el peso de la opinión pública y del honor reputacional. En la novela, los rumores, cartas y escenas de escándalo muestran cómo la mirada social se convierte en tribunal moral. La cultura de la conversación, de la anécdota divulgada y de la noticia impresa moldea decisiones y destinos. Sin describir procesos judiciales extensos, el texto acusa la presión de una legalidad y una publicidad recientes, que exponen y disciplinan a individuos acostumbrados a la discreción del patronazgo privado.

El auge de la intelligentsia y de la llamada corriente nihilista marcó la década. Inspirados en utilitarismo, materialismo y positivismo, críticos como Pisarev y lectores de Chernyshevsky promovían una ética de la racionalidad y la utilidad social, cuestionando autoridades tradicionales. El idiota dialoga con ese clima al contraponer una moral de compasión y fe al cálculo instrumental. Personajes que profesan escepticismo radical o exaltan la utilidad chocan con una sensibilidad cristiana que apuesta por la dignidad del sufrimiento. Sin caricaturas simplistas, la obra interroga los límites de una razón desligada de compasión y los riesgos de una piedad sin juicio prudente.

Tras el atentado de Karakózov contra Alejandro II en 1866, se endureció la vigilancia política y educativa. El ambiente se volvió más receloso ante círculos radicales, y la censura se reforzó respecto de la primera mitad de la década. Dostoyevski, crítico del extremismo revolucionario, publicó la novela por entregas en el Mensajero Ruso entre 1868 y 1869, revista de orientación conservadora dirigida por Mijaíl Katkov. Ese marco editorial influyó en tono y énfasis ideológicos, favoreciendo discusiones sobre moral, patria y orden social. La obra no oculta su desconfianza hacia simplificaciones doctrinarias, ni su anhelo de una reforma del corazón más que de la mera estructura.

La modernización económica multiplicó ferrocarriles, bancos y comunicaciones. El Estado fundó el Banco Estatal en 1860; la red telegráfica se extendió y los trenes unieron regiones antes lejanas. La novela se abre en un tren, emblema de velocidad y movilidad social. El dinero circula con nueva intensidad: herencias, letras de cambio y especulación invaden los salones. La clase mercantil, con capital líquido, compite con una nobleza empobrecida. Las tensiones entre capital procedente del comercio y prestigio heredado aparecen en choques sociales y afectivos. El mercado penetra la intimidad y vuelve el afecto, la honra y el matrimonio objetos de cálculo y disputa.

San Petersburgo, con su topografía de canales, avenidas y barrios funcionales, era un laboratorio de urbanidad moderna. A su alrededor, residencias estacionales como Pavlovsk ofrecían veranos musicales y sociabilidad al aire libre, conectados por ferrocarril desde décadas atrás. El idiota transita esa geografía cambiante, donde casas de huéspedes, despachos y cafés entrelazan clases y discursos. La movilidad de criados, funcionarios y mujeres bajo tutela sugiere una urdimbre social porosa, susceptible a malentendidos y ascensos repentinos. La capital, cosmopolita y escindida, ofrece oportunidades de reinvención que a la vez exponen a la impostura, al rumor y a la soledad moral de quienes no dominan sus códigos.

El debate entre occidentalismo y eslavofilia estructuró la conversación intelectual. Dostoyevski, cercano al movimiento del arraigo al suelo, defendió una síntesis de tradición ortodoxa y sensibilidad popular frente al racionalismo abstracto importado. En cartas sobre el proyecto de la novela, afirmó querer retratar a un hombre positivamente bueno que probara su bondad en el mundo real. El príncipe que vuelve de Europa encarna esa apuesta: no un moralista severo, sino un testigo de misericordia. El contraste entre su candor y el cinismo urbano evalúa la posibilidad de una ética de comunión en un medio regido por cálculo y orgullo de rango.

La cultura religiosa ortodoxa, con su veneración de iconos, peregrinaciones y figuras del loco de Dios, impregna la obra. Un motivo crucial proviene del arte occidental: el Cristo yacente de Hans Holbein el Joven, que Dostoyevski vio en el museo de Basilea en 1867. La pintura, de realismo descarnado, suscita reflexiones sobre fe, muerte y escándalo del sufrimiento. En la novela, la presencia de una copia sirve de catalizador para discusiones sobre si la belleza salva cuando la realidad parece negarla. Ese cruce entre icono devocional y realismo pictórico europeo condensa la tensión del siglo entre ciencia, arte y trascendencia.

La medicina moderna avanzaba pero no disolvía el estigma. La epilepsia, experiencia que marcó a Dostoyevski, se interpretaba entre la neurología emergente y antiguas supersticiones. El tratamiento en sanatorios suizos y la observación clínica ilustran una Europa que institucionaliza la enfermedad, a veces con humanismo, a veces con distancia. El idiota incorpora este horizonte: el retorno de un convaleciente desde Suiza legitima su inocencia y lo convierte en objeto de curiosidad. La mirada médico social clasifica, etiqueta y protege, pero también separa. La novela explora la fragilidad del enfermo en una sociedad que oscila entre compasión, paternalismo y explotación.

El lugar de la mujer cambiaba lentamente. Aunque los debates sobre educación femenina cobraron fuerza en los sesenta, los caminos de independencia seguían limitados por tutelas, dotes y reputación. La figura de la pupila objeto de intercambio, o de la dama cuyo valor social se cifra en su pureza y capital, expone una economía patriarcal del honor. El idiota dramatiza cómo el deseo masculino, el chantaje moral y el dinero constriñen las opciones femeninas. Sin idealizaciones fáciles, el texto revela grietas por donde asoman ambición, coraje y autodestrucción, síntomas de un orden que no ofrece salidas dignas a quienes no encajan en sus moldes.

La cultura impresa vivía un auge. Las llamadas revistas gruesas, con ensayos, crítica y novelas por entregas, definían los debates públicos. Tras un alivio censor en los primeros sesenta, las autoridades endurecieron controles después de 1866. Dostoyevski, que había dirigido revistas en años previos y sufrió clausuras tras la insurrección polaca de 1863, conocía bien ese vaivén. El formato seriado condicionó la arquitectura de El idiota, con clímax parciales y discusiones insertadas en escenas sociales. La prensa, dentro de la trama y fuera de ella, aparece como juez y altavoz, acelerando la circulación de ideas y el castigo del deshonor.

El horizonte internacional pesaba. La derrota en la guerra de Crimea, a mediados de los cincuenta, había precipitado reformas y un anhelo de modernización tutelada. A la vez, las élites viajaban más a Europa; el autor vivió entre 1867 y 1871 fuera de Rusia, escribiendo gran parte de El idiota en Suiza e Italia, urgido por deudas y plazos editoriales. Ese contacto con museos, clínicas y ferrocarriles europeos permea la mirada de la obra sobre la modernidad. El exilio voluntario y las presiones económicas explican la intensidad con que el dinero, el tiempo y la enfermedad irrumpen en el corazón de los vínculos.

La estructura estamental, aunque erosionada, seguía operando. La nobleza conservaba capital simbólico, pero la riqueza mercantil se imponía en transacciones concretas. La Tabla de Rangos todavía ordenaba carreras y trataba el servicio estatal como vía de ascenso. En la novela, la tensión entre abolengo y efectivo contante se traduce en pleitos por dotes, herencias y matrimonios de conveniencia. Los personajes negocian su lugar en una sociedad donde el apellido abre puertas pero la liquidez decide estancias, fiestas y alianzas. Este paisaje de transición dota a las pasiones privadas de una aspereza económico social que la narración subraya una y otra vez.

La vigilancia política nunca desapareció. La Tercera Sección, policía secreta del imperio, y la burocracia ordinaria mantuvieron un clima de control que se intensificó tras 1866. Sin embargo, en la vida cotidiana persistían la picaresca, la recomendación y los expedientes dilatorios. El idiota exhibe ese tejido de pequeñas intrigas, favores y temores que sostienen carreras y reputaciones. Las amenazas veladas, las cartas comprometedoras y el temor al escándalo sustituyen a menudo a la fuerza abierta. Esta atmósfera de control suave pero constante hace que los gestos morales resplandezcan o se hundan bajo una malla de sospecha y cálculo.

En lo estético, el realismo ruso alcanzaba madurez, a la par de una psicología literaria que se adelantó a discursos científicos posteriores. El idiota, lejos de la novela de tesis monológica, multiplica voces y puntos de vista, haciendo que debates éticos y políticos aparezcan como diálogo vivo. La polifonía encarna la Rusia dividida de su tiempo, y la serialización potencia la alternancia de introspección y escena social. El resultado es un espejo de su esfera pública: salones como tribunas, cartas como manifiestos, confidencias como juicios. La literatura funciona aquí como laboratorio moral y político de una sociedad en mutación.

También avanzaban tecnologías que alteraron el tiempo cotidiano. El telégrafo comprimió distancias; los trenes aceleraron encuentros y despedidas; la iluminación urbana extendió la jornada social. En El idiota, los desplazamientos rápidos, las visitas intempestivas y la circulación de noticias condicionan decisiones precipitadas y revelaciones súbitas. La velocidad moderna no siempre mejora la prudencia; a veces exacerba impulsos y malentendidos. Esta temporalidad nerviosa, entre el reloj y el rumor, contrasta con ideales de paciencia y arrepentimiento. La novela aprovecha esa fricción para preguntar si hay espacio para la bondad desarmada en una ciudad que vive de la prisa y del cálculo inmediato de ventajas y pérdidas emergentes.

Biografía del Autor

Índice

Introducción

Fiódor Mijáilovich Dostoievski (1821–1881) fue uno de los grandes novelistas del siglo XIX, cuya obra exploró con intensidad la psicología moral, las contradicciones de la libertad y el problema del mal. En novelas como Crimen y castigo, El idiota, Demonios y Los hermanos Karamázov, así como en textos breves como Memorias del subsuelo y Apuntes de la casa muerta, abordó los dilemas de la conciencia en una sociedad en modernización. Sus narraciones, de múltiples voces y hondura filosófica, renovaron el realismo europeo y dieron a la literatura rusa un alcance universal, influyendo en generaciones posteriores de escritores y pensadores.

Su trayectoria se desarrolló en la Rusia imperial, entre tensiones políticas, reformas y debate intelectual. Publicó con frecuencia por entregas en revistas, dialogando con la actualidad: el auge del utilitarismo, el escepticismo religioso, el nihilismo y las promesas utópicas. La experiencia del presidio y el exilio interno marcó su sensibilidad, del mismo modo que la enfermedad y las dificultades económicas. Convertido en figura pública, participó en la cultura de su tiempo no solo con ficción, sino también con crítica, crónicas y notas viajeras. El conjunto de su obra ocupa un lugar central en la historia de la novela psicológica y del pensamiento literario moderno.

Formación e influencias literarias

Nacido en Moscú, recibió una formación amplia antes de trasladarse a San Petersburgo para estudiar ingeniería en la Escuela de Ingenieros Militares, donde se graduó a comienzos de la década de 1840. Aunque su educación formal fue técnica, se volcó desde temprano a la lectura y la traducción, inclinándose por la literatura como vocación. El dominio de la vida urbana y de los ambientes burocráticos de la capital alimentó sus primeras ficciones. La disciplina aprendida en la formación militar convivió con una imaginación analítica que observaba minuciosamente los impulsos, miedos y ambiciones de individuos situados al borde de crisis morales.

Entre sus influencias literarias tempranas destacan autores rusos como Pushkin y Gógol, cuya mirada sobre San Petersburgo y el grotesco urbano dejó huella en sus primeras obras. De Europa leyó con fervor a Balzac, Dickens, Hugo y Schiller, absorbiendo técnicas de realismo, melodrama social y construcción de personajes. El clima intelectual de su juventud lo acercó a círculos críticos y a discusiones sobre socialismo utópico y humanismo, que luego reexaminaría con severidad. También lo marcó la tradición cristiana ortodoxa rusa, que aportó a sus ficciones un horizonte de culpa, compasión y redención, articulado en tensión con el racionalismo moderno.

Carrera literaria

Su debut literario, Pobres gentes (1846), fue recibido con entusiasmo por críticos influyentes y lo presentó como una voz nueva del realismo compasivo. Ese periodo incluyó obras como El doble y Noches blancas, en las que experimentó con la psicología del desdoblamiento y con narradores vulnerables. El reconocimiento inicial se mezcló pronto con reseñas más frías, y algunos proyectos quedaron truncos. Sin embargo, ya aparecían rasgos que lo definirían: escenarios petersburgueses, habitaciones estrechas, pasiones extremas, humor sombrío y el examen de la dignidad en medio de la pobreza. Su ambición artística se mantuvo pese a los vaivenes editoriales y económicos.

En 1849 fue arrestado por participar en tertulias del círculo de Petrashévski, donde se discutían ideas sociales y políticas. Condenado a muerte, padeció una ejecución simulada antes de que la pena fuera conmutada por trabajos forzados y destierro. Cumplió varios años de kátorga en Omsk, seguidos de servicio militar en la periferia del imperio. Esa experiencia cambió su visión de la naturaleza humana y del castigo. A su regreso comenzó a publicar Apuntes de la casa muerta, un testimonio literario sobre la vida en presidio que combinó observación directa, empatía y reflexión ética, y que obtuvo amplia atención crítica.

En la década de 1860 intensificó su labor periodística y editorial, dirigiendo con su hermano la revista Vremia y luego Epoja. Las páginas de estas publicaciones le permitieron dialogar con la coyuntura y serializar ficción. Las pérdidas personales y la presión de deudas se reflejaron en una escritura más tensa y analítica. Memorias del subsuelo (1864) introdujo una voz narrativa radicalmente autocontradictoria, que cuestionaba el optimismo racionalista y revelaba fisuras de la voluntad. Con ese texto asentó un giro hacia la exploración filosófica del resentimiento, la libertad y la dignidad, preparando el terreno para sus novelas de mayor aliento.

Crimen y castigo (1866) consolidó su prestigio con el retrato de un joven que intenta justificar intelectualmente un crimen y enfrenta las consecuencias morales. La novela, publicada por entregas, ofreció un suspenso ético más que policial. A la par, las urgencias financieras lo empujaron a escribir El jugador (1867), obra breve concebida contra reloj, en la que canalizó su conocimiento de la compulsión y el azar. En esos años viajó por Europa central y occidental, trabajando intensamente lejos de Rusia. Allí escribió buena parte de El idiota, proyecto que buscaba representar la bondad en un mundo dominado por la violencia y la intriga.

De regreso, amplió su ambición con Demonios (1872), una novela coral sobre la penetración de ideologías extremas y sus estragos en una comunidad provincial. A ella siguió El adolescente (1875), que exploró la formación de un joven en un entorno moralmente inestable. Desde 1873 publicó intermitentemente Diario de un escritor, crónica y ensayo donde comentaba asuntos nacionales e internacionales, además de cuestiones estéticas y religiosas. Hacia el final de la década emprendió Los hermanos Karamázov (1879–1880), concebida como síntesis de sus preocupaciones éticas y metafísicas. La recepción fue intensa y discutida, y consolidó su lugar entre los grandes narradores europeos.

Convicciones y activismo

Las convicciones de Dostoievski se articularon en torno a la responsabilidad personal, la libertad interior y la posibilidad de redención. Tras el trauma del presidio, reafirmó su sensibilidad cristiana ortodoxa, que en sus novelas se traduce en una ética de la compasión y del sufrimiento con sentido. Fue crítico del utilitarismo y del materialismo reduccionista, así como de la fe ingenua en la ingeniería social. Sin embargo, su pensamiento no se limita a una doctrina: prefería dramatizar conflictos, dando voz a perspectivas opuestas. Esa polifonía permitió que sus obras funcionaran como foros de debate moral antes que como alegatos cerrados.

Como polemista y observador público, intervino en debates sobre justicia penal, identidad nacional y relaciones entre Rusia y Europa. En su Diario de un escritor examinó la cuestión campesina, la educación, la prensa y la violencia política, y expresó con frecuencia una postura escéptica ante los radicalismos. Su rechazo de la pena de muerte se asocia con su propia experiencia de condena y con su reflexión sobre la dignidad humana. En 1880 pronunció un célebre discurso en honor a Pushkin, llamado a la concordia cultural, que fue recibido con fervor popular y reforzó su figura como conciencia literaria del país.

Últimos años y legado

En sus últimos años, mientras terminaba Los hermanos Karamázov y cosechaba un éxito sin precedentes, Dostoievski alcanzó estatuto de autor nacional. Murió en San Petersburgo en 1881, a consecuencia de una hemorragia pulmonar, y su funeral congregó a multitudes. Su legado atraviesa fronteras y disciplinas: transformó la novela en un laboratorio de psicología moral, abrió caminos para la narrativa polifónica y marcó a pensadores posteriores de la filosofía y el psicoanálisis. Traducido y leído en todo el mundo, su obra continúa interrogando los fundamentos de la libertad, la culpa y la compasión, y mantiene una vigencia crítica excepcional.

El idiota

Tabla de Contenidos Principal
PARTE PRIMERA
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
PARTE SEGUNDA
I
II
III
IV
V
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PARTE TERCERA
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V
VI
VII
VIII
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PARTE CUARTA
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
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XI
XII

PARTE PRIMERA

Índice
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI

I

A las nueve de la mañana de un día de finales de noviembre, el tren de Varsovia se acercaba a toda marcha a San Petersburgo. El tiempo era de deshielo, y tan húmedo y brumoso que desde las ventanillas del carruaje resultaba imposible percibir nada a izquierda ni a derecha de la vía férrea. Entre los viajeros los había que tornaban del extranjero; pero los departamentos más llenos eran los de tercera clase, donde se apiñaban gentes de clase humilde procedentes de lugares más cercanos. Todos estaban fatigados, transidos de frío, con los ojos cargados por una noche de insomnio y los semblantes lívidos y amarillentos bajo la niebla.
En uno de los coches de tercera clase iban sentados, desde la madrugada, dos viajeros que ocupaban los asientos opuestos correspondientes a la misma ventanilla. Ambos eran jóvenes, ambos vestían sin elegancia, ambos poseían escaso equipaje, ambos tenían rostros poco comunes y ambos, en fin, deseaban hablarse mutuamente. Si cualquiera de ellos hubiese sabido lo que la vida del otro ofrecía de particularmente curioso en aquel momento, habríase sorprendido, sin duda, de la extraña casualidad que les situaba a los dos frente a frente en aquel departamento de tercera clase del tren de Varsovia. Uno de los viajeros era un hombre bajo, de veintisiete años poco más o menos, con cabellos rizados y casi negros, y ojos pequeños, grises y ardientes. Tenía la nariz chata, los pómulos huesudos y pronunciados, los labios finos y continuamente contraídos en una sonrisa burlona, insolente y hasta maligna. Pero la frente, amplia y bien modelada, corregía la expresión innoble de la parte inferior de su rostro. Lo que más sorprendía en aquel semblante era su palidez, casi mortal. Aunque el joven era de constitución vigorosa, aquella palidez daba al conjunto de su fisonomía una expresión de agotamiento, y a la vez de pasión, una pasión incluso doliente, que no armonizaba con la insolencia de su sonrisa ni con la dureza y el desdén de sus ojos. Envolvíase en un cómodo sobretodo de piel de cordero que le había defendido muy bien del frío de la noche, en tanto que su vecino de departamento, evidentemente mal preparado para arrostrar el frío y la humedad nocturna del noviembre ruso, tiritaba dentro de un grueso capote sin mangas y con un gran capuchón, tal como lo usan los turistas que visitan en invierno Suiza o el norte de Italia, sin soñar, desde luego, en hacer el viaje de Endtkuhnen a San Petersburgo. Lo que hubiese sido práctico y conveniente en Italia resultaba desde luego insuficiente en Rusia. El poseedor de este capote representaba también veintiséis o veintisiete años, era de estatura algo superior a la media, peinaba rubios y abundantes cabellos, tenía las mejillas muy demacradas y una fina barba en punta, casi blanca en fuerza de rubia. Sus ojos azules, grandes y extáticos, mostraban esa mirada dulce, pero en cierto modo pesada y mortecina, que revela a determinados observadores un individuo sujeto a ataques de epilepsia. Sus facciones eran finas, delicadas, atrayentes y palidísimas, aunque ahora estaban amoratadas por el frío. Un viejo pañuelo de seda, anudado, contenía probablemente todo su equipaje. Usaba, al modo extranjero, polainas y zapatos de suelas gruesas. El hombre del sobretodo de piel de cordero y de la cabellera negra examinó este conjunto, quizá por no tener mejor cosa en qué ocuparse, y, dibujando en sus labios esa indelicada sonrisa con la que las personas de mala educación expresan el contento que les producen los infortunios de sus semejantes, se decidió al fin a hablar al desconocido.
—¿Tiene usted frío? —preguntó, acompañando su frase con un encogimiento de hombros.
—Mucho —contestó en seguida su vecino—. Y eso que no estamos más que en tiempo de deshielo. ¿Qué sería si helase? No creí que hiciese tanto frío en nuestra tierra. No estoy acostumbrado a este clima.
—Viene usted del extranjero, ¿verdad?
—Sí, de Suiza.
—¡Fííí! —silbó el hombre de la cabellera negra, riendo.
Se entabló la conversación. El joven rubio respondía con naturalidad asombrosa a todas las preguntas de su interlocutor, sin parecer reparar en la inoportunidad e impertinencia de algunas. Así, hízole saber que durante mucho tiempo, más de cuatro años, había residido fuera de Rusia. Habíanle enviado al extranjero por hallarse enfermo de una singular dolencia nerviosa caracterizada por temblores y convulsiones: algo semejante a la epilepsia o al baile de San Vito. El hombre de cabellos negros sonrió varias veces mientras le escuchaba y rió sobre todo cuando, preguntándole: —¿Y qué? ¿Le han curado?—, su compañero de viaje repuso:
—No, no me han curado.
—¡Claro! Le habrán hecho gastar una buena suma de dinero en balde... ¡Y nosotros, necios, tenemos fe en esa gente! —dijo, acremente, el hombre del sobretodo de piel de cordero.
—¡Ésa es la pura verdad! —intervino un señor mal al vestido, de figura achaparrada, que se sentaba a su lado. Era un hombre cuarentón, robusto, de roja nariz y rostro lleno de granos, con aire de empleado subalterno de ministerio—. ¡Es la pura verdad! Esa gente no hace más que llevarse toda la riqueza de Rusia sin darnos nada en cambio.
—En lo que personalmente me respecta se engañan ustedes —dijo, con acento suave y conciliador, el cliente de los doctores suizos—. Desde luego, no puedo negar en términos generales lo que ustedes dicen, porque no estoy bien informado al propósito; pero me consta que mi médico ha invertido hasta su último céntimo a fin de proporcionarme los medios de volver a Rusia, después de mantenerme dos años a sus expensas.
—¡Cómo! —exclamó el viajero de cabellos negros—. ¿No había nadie que pagase por usted?
—No. El señor Pavlichev, que era quien atendía a mis gastos en Suiza, murió hace dos años. Escribí entonces a la generala Epanchina, una lejana parienta mía, pero no recibí contestación. Y entonces he vuelto a Rusia.
—¿Dónde va usted a instalarse?
—¿Quiere decir que dónde cuento hospedarme? Aún no lo sé; según como se me pongan las cosas. En cualquier sitio...
—¿De modo que aún no sabe dónde?
Y el hombre del cabello negro comenzó a reír, secundado por el tercero de los interlocutores.
—Me temo —agregó el primero— que todo su equipaje está contenido en este pañuelo...
—Yo lo aseguraría —manifestó el otro, con aspecto de extrema satisfacción—. Estoy cierto de que todo el equipaje de este señor es ése, ¿verdad? Pero la pobreza no es vicio, desde luego.
La suposición de aquellos dos caballeros resultó ajustada a la realidad, como el joven rubio no titubeó en confesarlo.
—Su equipaje, sin embargo, no deja de tener cierta importancia —prosiguió el empleado, después de que él y el joven de la cabellera negra hubieron reído con toda su alma, siendo de notar que aquel que era objeto de su hilaridad había terminado también por reír viéndoles reír a ellos, con lo que hizo subir de punto sus carcajadas—; pues, aunque pueda darse por hecho que en él brillan por su ausencia las monedas de oro francés, holandés o alemán, el hecho de que tenga usted una parienta como la Epanchina modifica en mucho la trascendencia de su equipaje. Esto, claro, en el caso de que la Epanchina sea efectivamente parienta suya y no se trate de una distracción..., lo que no tiene nada de particular en un hombre, cuando es muy imaginativo...
—Ha adivinado usted —contestó el joven—. Realmente, casi me he equivocado, porque sólo quise decir que la generala es medio parienta mía, hasta el extremo de que su silencio no me ha sorprendido. Lo esperaba.
—Ha gastado usted inútilmente en sellos de correo. ¡Hum! Usted, al menos, es ingenuo y sincero, lo cual merece alabanzas. ¡Hum! Yo conozco al general Epanchin... como todos le conocen. Al difunto señor Pavlichev, el que pagaba sus gastos en Suiza, también le conocía, si es que se refiere a Nicolás Andrevich Pavlichev, porque hay dos primos hermanos del mismo apellido. El otro habita en Crimea. El difunto Nicolás Andrevich era hombre muy respetado, con muy buenas relaciones y propietario, en sus tiempos, de cuatro mil almas...
—Sí; se trataba de Nicolás Andrevich Pavlichiev —contestó el joven, mirando con atención a aquel desconocido que tan bien informado estaba de todas las cosas.
Esta clase de caballeros que lo saben todo suelen encontrarse con bastante frecuencia en cierta capa social. No hay nada que ignoren: toda su curiosidad espiritual, todas sus facultades de investigación se dirigen sin cesar en igual sentido, sin duda por carencia de ideas e intereses vitales más importantes, como diría un pensador moderno. Añadamos que esa omnisciencia que poseen está circunscrita a un campo harto restringido: les consta en qué departamento sirve Fulano, qué amistades tiene, qué fortuna posee, de dónde ha sido gobernador, con quién está casado, qué dote le aportó su mujer, quiénes son sus primos en primero y segundo grado, y otras cosas por el estilo. Por regla general, estos caballeros que lo saben todo llevan los codos rotos y ganan diecisiete rublos al mes. Las personas de quienes conocen tantos detalles se quedarían muy confusas si lograran saber cómo y por qué estos señores omniscientes están tan bien informados de sus existencias. Sin duda los interesados encuentran algún consuelo positivo en poseer semejantes conocimientos, que consideran una completa ciencia de la que derivan una alta estima de sí mismos y una elevada satisfacción espiritual. Y es, en efecto, una ciencia subyugadora. Yo he conocido literatos, intelectuales, poetas y políticos, que parecían hallar en semejante disciplina científica su mayor deleite y su meta final habiendo hecho, además, su carrera gracias a ella.
Durante aquella parte de la conversación, el joven de negros cabellos miraba distraídamente por la ventanilla, bostezando y aguardando con impaciencia el fin del viaje. Parecía preocupado, muy preocupado, casi inquieto. Su actitud resultaba extraña: a veces miraba sin ver, escuchaba sin oír, reía sin saber él mismo el motivo.
—Permítame: ¿a quién tengo el honor de...? —preguntó de improviso el señor de los granos al propietario del paquetito del pañuelo de seda.
—Al príncipe León Nicolaievich Michkin —contestó el interpelado inmediatamente sin la menor vacilación.
—¿El príncipe León Nicolaievich Michkin? No le conozco. Jamás lo he oído mencionar —dijo el empleado, reflexionando—. No me refiero al nombre, que es histórico y se puede encontrar en la historia de Karamzin, sino a la persona, ya que ahora no se encuentran en ningún sitio príncipes Michkin y no se oye jamás hablar de ellos.
—No lo dudo —replicó el joven—. En este momento no existe más príncipe Michkin que yo, que creo ser el último de la familia. En cuanto a mis antepasados, hace ya varias generaciones que vivían como simples propietarios rurales. Mi padre fue subteniente del ejército. La generala Epanchina pertenece, aunque no sé bien en virtud de qué parentesco, a la familia de los Michkin, y es también, como mujer, la última de su raza...
—¡Ja, ja, ja! —rió el empleado—. ¡Mujer, y la última de su raza! ¡Qué chiste tan bien buscado!
El señor de los cabellos negros sonrió igualmente. Michkin quedó muy sorprendido al ver que le atribuían un chiste, bastante malo además.
—Lo he dicho sin darme cuenta —aseguró al fin, repuesto de su sorpresa.
—¡Por supuesto, por supuesto! —repuso jovialmente el empleado.
—Y en Suiza, príncipe —preguntó de pronto el otro viajero—, ¿estudiaba usted, tenía algún profesor?
—Sí; lo tenía...
—Yo, en cambio, no he aprendido nada nunca.
—Tampoco yo —dijo el príncipe, como excusándose— he aprendido nada apenas. Mi mala salud no me ha permitido seguir estudios sistemáticos.
—¿No ha oído usted hablar de los Rogochin? —interrogó con viveza el joven de los cabellos negros.
—No; no conozco a casi nadie en Rusia. ¿Se llama usted Rogochin?
—Sí; Parfen Semenovich Rogochin.
—¿Parfen Semenovich? ¿No será usted uno de esos Rogochin que...? —preguntó el empleado con súbita gravedad.
—Sí; uno de esos —interrumpió impacientemente el joven moreno quien, desde el principio, no se había dirigido al hombre granujiento ni una sola vez, limitándose a hablar únicamente con Michkin.
El empleado, estupefacto, abrió mucho los ojos y todo su semblante adquirió una expresión de respeto servil, casi temeroso.
—¡Cómo! —prosiguió—. ¿Es posible que sea usted hijo de Semen Parfenovich Rogochin, burgués notable por derecho de herencia y que murió hace un mes dejando un capital de dos millones y medio de rublos?
—¿Y cómo puedes tú saber que ha dejado dos millones y medio? —preguntó rudamente el hombre moreno sin dignarse mirar al empleado. Luego añadió, haciendo un guiño a Michkin para referirse al otro—: Mírele: apenas se ha enterado de quién soy, ya empieza a hacerme la rosca. Pero ha dicho la verdad. Mi padre ha muerto y yo, después de pasar un mes en Pskov, vuelvo a casa como un pordiosero. Ni mi madre ni el bribón de mi hermano me han avisado ni me han enviado dinero. ¡Como si fuera un perro! Durante todo el mes he estado enfermo de fiebres en Pskov y...
—¡Pero ahora va usted a recibir un rico milloncejo, si no más! ¡Oh, Dios mío! —exclamó el señor granujiento alzando las manos al cielo.
—Dígame, príncipe —exclamó Rogochin, irritado, señalando al funcionario con un movimiento de cabeza—, ¿qué podrá importarle eso? Porque no voy a darte ni un kopec aunque bailes de coronilla delante de mí. ¿Oyes?
—Lo haré, lo haré.
—¿Qué le parece? Bien: pues no te daré ni un kopec aunque bailes de coronilla delante de mí una semana seguida.
—No me des nada. ¿Por qué habías de dármelo? Pero bailaré de coronilla ante ti. Dejaré plantados a mi mujer y a mis hijos e iré a bailar de cabeza ante ti. Necesito rendirte homenaje. ¡Lo necesito!
—¡Puaf! —exclamó Rogochin, escupiendo. Y se dirigió al príncipe—: Yo no tenía más equipaje que el que usted lleva cuando, hace cinco semanas, huí de la casa paterna y me fui a la de mi tía, en Pskov. Allí caí enfermo. Y entre tanto murió mi padre de un ataque de apoplejía. Gloria eterna a su memoria, sí; pero la verdad es que faltó poco para que me matase a golpes. ¿Lo creería usted, príncipe? Pues es verdad: si yo no hubiese huido, me habría matado.
—¿Qué hizo usted para irritarle tanto? —preguntó el príncipe, que miraba con curiosidad a aquel millonario de tan modesta apariencia bajo su piel de cordero.
Aparte del millón que iba a heredar, había en el joven moreno algo que intrigaba e interesaba a Michkin. Y en cuanto a Rogochin, fuese por lo que fuera, se complacía en hablar con el príncipe, quizás más que en virtud de una ingenua necesidad de expansionarse, por hallar un derivativo a su agitación. Dijérase que la fiebre le atormentaba aún. En cuanto al empleado, pendiente de la boca de Rogochin, recogía cada una de sus palabras como si esperase hallar entre ellas un diamante.
—Mi padre estaba, desde luego, enojado conmigo, y acaso con razón —respondió Rogochin—; pero quien más le predisponía contra mí era mi hermano. No quiero decir nada de mi madre: es una mujer de edad, lee el Santoral, pasa su tiempo en hablar con viejas y no ve más que por los ojos de mi hermano Semka. Pero, ¿no es cierto que éste debió avisarme con oportunidad? ¡Bien sé por qué no lo hizo! Cierto que yo estaba entonces sin conocimiento... Cierto también que me expidieron un telegrama... Pero desgraciadamente lo recibió mi tía, viuda desde hace treinta años y que no trata, de la mañana a la noche, sino con hombres de Dios y gente por el estilo... No es monja, pero peor que si lo fuera. El telegrama la asustó, así que lo llevó al puesto de policía, donde aún continúa. Sólo me he informado de lo sucedido por una carta de Basilio Vasilievich Koniev, quien me lo cuenta todo, incluso que por la noche, mi hermano cortó un paño mortuorio de brocado de trencillas de oro, que adornaba el ataúd de mi padre, diciendo: «Esto vale su dinero». ¡Si quiero, me basta con eso para enviarle a Siberia, porque es un robo sacrílego! ¿Qué opinas tú, espantapájaros? —añadió, dirigiéndose al funcionario—. ¿Cómo califica la ley ese acto? ¿De robo sacrílego?
—Sí: de robo sacrílego —confirmó el empleado.
—¿Y se envía a Siberia a los culpables de ese crimen?
—¡A Siberia, sí! ¡A Siberia inmediatamente!
—En casa me creen enfermo aún —prosiguió Rogochin dirigiéndose al príncipe otra vez—. Pero yo he tomado el tren sin decir nada a nadie y, aunque mal de salud todavía, dentro de un rato estaré en San Petersburgo. ¡Cuánto se sorprenderá mi hermano Semen Semenovich al verme llegar! ¡El que, como bien sé, fue quien indispuso a mi padre contra mí! Aunque, a decir verdad, éste ya estaba irritado conmigo por lo de Nastasia Filipovna. En ese caso, desde luego, la culpa fue mía.
—¿Nastasia Filipovna? —preguntó el empleado, con aire servil y, al parecer, reflexionando intensamente.
—¡Si no la conoces! —exclamó Rogochin, con impaciencia.
—¡Si! ¡La conozco! —exclamó, con aire triunfante, el señor granujiento.
—¡Claro! ¡Hay tantas Nastasias Filipovnas en el mundo! Eres un solemne animal, permíteme que te lo diga. ¡Ya sabía yo que este bestia acabaría queriendo pegarse a mí! —añadió Rogochin, hablando a Michkin.
—¡Bien puede ser que la conozca! —replicó el empleado—. ¡Lebediev sabe muchas cosas! Podrá usted injuriarme cuanto quiera, excelencia, pero ¿y si le pruebo que digo la verdad? Esa Nastasia Filipovna por cuya culpa le ha golpeado su padre, se apellida Barachkov, y es una señora distinguida y hasta, en su estilo, una verdadera princesa. Mantiene íntimas relaciones con Atanasio Ivanovich Totzky y no tiene otro amante que él. Totzky es un poderoso capitalista, con mucho dinero y muchas propiedades, accionista de varias compañías y empresas y por esta razón muy amigo del general Epanchin.
—¡Diablo! ¡La conoce de verdad! —exclamó Rogochin, realmente sorprendido—. ¿Cómo puedes conocerla?
—¡Lebediev lo sabe todo! ¡Lebediev no ignora nada! He andado mucho con Alejandro Lichachevich cuando éste acababa de perder a su padre. ¡No sabía dar un paso sin mí! Ahora está preso por deudas; mas yo en aquel tiempo conocí a todas aquellas mujeres: Arrancia y Coralia, y la princesa Patzky, y Nastasia Filipovna, y muchas otras.
—¿Es posible que Lichachevich y Nastasia Filipovna...? —preguntó Rogochin lanzando una mirada de cólera al empleado. Y sus labios se convulsionaron y palidecieron.
—¡No, no, nada! —se apresuró a contestar Lebediev—. Él le ofrecía sumas enormes, pero no pudo conseguir absolutamente nada... No es como Amancia. Su único amigo íntimo es Totzky. Por las noches puede vérsela siempre en su palco en el Gran Teatro o en el Teatro Francés. Y la gente hablará de ella lo que quiera, pero nadie puede probarle nada. Se la señala y se dice: «Mirad a Nastasia Filipovna»; pero nada más, porque nada hay que decir.
—Así es, en efecto —convino Rogochin, con aire sombrío—; eso concuerda con lo que me contó hace tiempo Zaliochev. Un día, príncipe, yo cruzaba la Perspectiva Nevsky vestido con un gabán viejo que mi padre había retirado hacía tres temporadas. Ella salía de un comercio y subió al coche. En el acto sentí que me atravesaba el alma un dardo de fuego. A poco encontré a Zaliochev. No vestía como yo, sino con elegancia, y llevaba un monóculo aplicado al ojo. En cambio yo, en casa de mi padre, usaba botas enceradas y comía potaje de vigilia. «Esa no es de tu clase —me dijo mi amigo—: es una princesa. Se llama Nastasia Filipovna Barachkov y vive con Totzky. Él ahora, quisiera desembarazarse de ella a toda costa, porque, a pesar de sus cincuenta y cinco años, tiene entre ceja y ceja el propósito de casarse con la beldad más célebre de San Petersburgo.» Zaliochev añadió que si yo iba aquella noche a los bailes del Gran Teatro podría ver en un palco a Nastasia Filipovna. Entre nosotros, le diré que ir a ver una sesión de baile significaba para mí correr el riesgo de ser molido a golpes por mi padre. No obstante, burlando su vigilancia, pasé una hora en el teatro, volví a ver a Nastasia Filipovna y no pude dormir en toda la noche. Por la mañana, mi difunto padre me entregó dos títulos al cinco por ciento de cinco mil rublos cada uno. «Vete a venderlos —dijo—, pasa por casa de los Andreiev, liquídales una cuenta de siete mil quinientos rublos que tengo con ellos y tráeme el resto del dinero. No te entretengas en el camino, que te aguardo.» Negocié los títulos, pero en vez de ir a casa de Andreiev entré en el Bazar Inglés y compré unos pendientes de diamantes, cada uno casi tan grueso como ruta avellana. Como el precio excedía en cuatrocientos rublos el dinero que yo llevaba, di mi nombre y el comerciante me abrió, crédito por la diferencia. Tras esto, fui a ver a Zaliochev. «Acompáñame a casa de Nastasia Filipovna», le dije. Y fuimos. No sé, ni recuerdo, lo que había ante mí, ni a mi lado, ni bajo mis pies. Entrarnos en una sala y ella salió a recibirnos. Yo no di mi nombre: fue Zaliochev quien tomó la palabra. «Sírvase aceptarlos en nombre de Parfen Rogochin, en recuerdo del encuentro de ayer tarde», dijo. Ella abrió el estuche, miró los pendientes y sonrió: «Agradezca a su amigo Rogochin su amable atención», repuso. Y, haciéndonos una reverencia, se apartó. ¿Por qué no caería yo muerto en aquel instante? Si me había decidido a hacer la visita, era porque, en verdad, no esperaba volver vivo de ella. Lo que más me mortificaba de todo era ver que aquel animal de Zaliochev se había arreglado para atribuirse el mérito a sí mismo, en cierto modo. Yo, bajo de estatura como soy y mal vestido como iba, guardaba un silencio lleno de turbación, y me limitaba a contemplar a aquella mujer abriendo mucho los ojos, mientras él, ataviado con elegancia, los cabellos rizados y llenos de cosmético, muy sonrosada la cara, el lazo de la corbata impecable, mostraba una desenvoltura de hombre de mundo, y todo se volvía inclinaciones y gracias. ¡Estoy seguro de que ella le tomó por mí! Cuando salimos le dije: «Ahora no vaya a ocurrírsete cualquier insolencia respecto a Nastasia Filipovna. ¿Comprendes?» El, riendo, repuso: «¿Cómo te las compondrás para arreglar tus cuentas con Semen Parfenovich?». Yo sentía tanto deseo de volver a casa como de tirarme al agua, pero me dije: «Sea lo que quiera. ¿Qué me importa?» Y regresé a casa como un alma en pena.
—¡Oh! —exclamó el empleado, estremeciéndose con positivo espanto—. ¿No sabe —añadió, dirigiéndose al príncipe— que el difunto Semen Parfenovich era capaz de matar a un hombre por diez rublos? ¡Figúrese de lo que sería capaz por diez mil!
Michkin miraba con curiosidad a Rogochin, que parecía haber palidecido en aquel momento más aún.
—¿Matar a un hombre? —dijo Rogochin—. ¡Qué sabes tú de eso! ¡Peor aún! —Y, volviéndose a Michkin, continuó—: Mi padre no tardó en averiguar lo ocurrido, ya que Zaliochev lo iba contando a todos. El viejo me hizo subir al piso alto de casa. Allí se encerró conmigo y me golpeó durante una hora seguida. «Esto es sólo el prólogo —me aseguró—. Antes de acostarme volveré a darte las buenas noches.» ¿Y sabe lo que hizo luego? Pues aquel hombre de cabellos blancos visitó a Nastasia Filipovna y se inclinó hasta el suelo delante de ella, suplicándole y llorando. Al fin ella buscó el estuche y se lo tiró a la cara. «Toma, viejo barbudo —le dijo—. Ahí van tus pendientes, pero ahora que sé lo que Parfen Semenovich hizo para regalármelos, tienen diez veces más valor a mis ojos. Saluda a tu hijo y dale las gracias en mi nombre.» Entretanto, yo, con permiso de mi madre, pedí veinte rublos prestados a Sergio Protuchin y me fui a Pskov. Llegué tiritando de fiebre. Allí, las viejas de casa de mi tía comenzaron a leerme el Santoral. Cansado, me dediqué a gastar en bebida los restos de mi dinero. Invertí hasta mi último groch en una taberna, y al salir mortalmente borracho caí al suelo y allí pasé la noche. Por la mañana amanecí delirando, y costó mucho trabajo volverme a la razón. Pasé unos días muy malos, se lo aseguro.
—Vamos, vamos —dijo jovialmente el funcionario, frotándose las manos—, ahora ya verá cómo Nastasia Filipovna canta otra canción. ¿Qué importan aquellos pendientes? ¡Ya le regalaremos otros!
—¡Si vuelves a mencionar a Nastasia Filipovna, te daré de latigazos por muy amigo que seas de Alejandro Lichachevich! —gritó Rogochin, asiendo con violencia el brazo de Lebediev.
—Si me das de latigazos, eso quiere decir que no me rechazas. ¡Anda, dame de latigazos! ¡No lo tomo a mal! Cuando se azota a alguien, se pone el sello a... ¡Ea, al fin ya llegamos!
El tren, en efecto, entraba en la estación. Aunque Rogochin había hablado de una marcha en secreto, varios individuos le esperaban. Al verle, comenzaron a gritar y a agitar sus gorros en el aire.
—¡También está con ellos Zaliochev! —exclamó Rogochin, mirándoles con sonrisa entre maligna y orgullosa. Luego se dirigió repentinamente a Michkin—: Te he tomado afecto no sé cómo, príncipe. Quizá por haberte encontrado en este momento. Sin embargo, también he encontrado a ése —agregó, indicando a Lebediev—, y no me ha despertado simpatía alguna. Ven a verme, príncipe. Te quitaré esas polainas y te regalaré una pelliza de marta de primera calidad. Además mandaré que te hagan un magnífico frac, con chaleco blanco o del color que te guste. Luego te llenaré los bolsillos de dinero... e iremos a ver a Nastasia Filipovna. ¿Vendrás?
—Atiéndale, príncipe León Nicolaievich —dijo el empleado, con solemnidad—. ¡No deje escapar tan buena ocasión!
El príncipe Michkin se incorporó, tendió cortésmente la mano a Rogochin y le dijo con la mayor cordialidad:
—Iré a verle con el mayor placer y aprecio mucho la amistad que me testimonia. Quizá vaya a visitarle hoy mismo. Me ha simpatizado mucho, sobre todo cuando nos ha contado esa historia de los pendientes. Pero ya me agradaba usted antes, a pesar de su aspecto sombrío. Le agradezco la pelliza y los vestidos que me ofrece, porque pronto, en efecto, lo necesitaré todo. En este momento apenas poseo un kopec.
—Ven, ven y tendrás dinero esta misma tarde.
—Lo tendrá —repitió el empleado, como un eco—. ¡Lo tendrá esta misma tarde!
—Dime, príncipe; ¿te gustan las mujeres? ¡Dímelo en seguida!
—No... Yo, ¿comprende?... En fin, quizá usted lo ignore, pero el caso es que yo, como consecuencia de mi enfermedad congénita, no puedo tratar íntimamente a las mujeres.
—En ese caso —exclamó Rogochin— eres un verdadero hombre de Dios. Dios ama a los seres así.
—Sí: el Señor Dios los ama —aseguró el empleado a su vez.
—Anda, moscón, acompáñame —dijo Rogochin a Lebediev.
Todos descendieron del carruaje. Lebediev había conseguido al fin su propósito. El ruidoso grupo partió en dirección a la Perspectiva Voznesensky. Michkin debía dirigirse a la Litinaya. El tiempo era húmedo. El príncipe preguntó a los transeúntes el camino a seguir y cuando supo que debía recorrer tres verstas, resolvió tomar un coche de alquiler.

II