El idiota - Fiódor M. Dostoievski - E-Book

El idiota E-Book

Fiodor M. Dostoïevski

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Beschreibung

A un mundo de intereses y de codicia, de oscuras y destructivas pasiones, de individualismos y de egoísmo, el príncipe Myshkin no responde con un llamamiento a la acción, su naturaleza reside en el amor, en la humildad, en la mansedumbre y resignación, en la misericordia y compasión. Su inocencia, su fe y su ingenuidad no le impiden, sin embargo, ser una persona perspicaz, capaz de vislumbrar los movimientos más fugaces del alma.

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Seitenzahl: 1389

Veröffentlichungsjahr: 2016

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FIÓDOR M. DOSTOIEVSKI

El idiota

Edición de Mabel Greta Velis Blinova

Traducción de Mabel Greta Velis Blinova

Índice

INTRODUCCIÓN

Fiódor Dostoievski: una vida consagrada a una obra

Dostoievski en los círculos intelectuales de los años 1840 y los primeros desencuentros

Entre Belinski y Gógol

El regreso de Dostoievski a una Rusia de cambios

Las cinco grandes novelas y los puntos neurálgicos de su narrativa. La vida y la obra como un solo lienzo

El idiota

El contexto de Rusia de los años 1860

«Un hombre positivamente bello» como alternativa

Ippolit: la antítesis de la propuesta de Dostoievski

Diferentes voces e ideas en un mismo espacio

Un tercer camino

ESTA EDICIÓN

BIBLIOGRAFÍA

EL IDIOTA

Primera parte

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

Segunda parte

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

Tercera parte

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

Cuarta parte

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII. Conclusión

Créditos

INTRODUCCIÓN

Para Ariadna, mi madre

Messieurs, lorsqu’en vain notre sphère

Du bonheur cherche le chemin,

Honneur au fou qui ferait faire

Un rêve heureux au genre humain!

PIERRE-JEAN DE BÉRANGER,Les Fous, 1839

 

Fiódor Dostoievski. Retrato del pintor Vasili Perov (1872).

FIÓDOR DOSTOIEVSKI:UNA VIDA CONSAGRADA A UNA OBRA
Dostoievski en los círculos intelectuales de los años 1840 y los primeros desencuentros

«No es a Dios a quien no acepto [...], sino el mundo creado por él»1. Las palabras de Iván Karamázov en una de sus conversaciones con su hermano Alekséi sin duda contienen una de las paradojas más importantes que atraviesa toda la obra literaria de Dostoievski (1821-1881), un hombre atormentado ante la degradación moral de un mundo que, a sus ojos, necesariamente debía tener una explicación, tanto en su origen, como en su porvenir. La necesidad de creer libremente y el orden existente de las cosas protagonizan la pugna espiritual en la larga búsqueda de un escritor que aún llamando «a la mansedumbre, a la tolerancia y reconciliación nunca se reconcilió con la realidad»2.

Ya en su primera novela, Pobres gentes (1846), el joven escritor se dirige a los bajos fondos no sólo para mostrarnos el rostro de la humillante pobreza de quienes, al igual que Samsón Vyrin3 y Akaki Akákievich4, tienen derecho a la felicidad, a pesar de que hasta hace poco ni siquiera ocupaban las páginas de la literatura rusa, sino en busca de las razones de la tragedia del «hombre pequeño». El autor apunta a los cimientos mismos del orden establecido y también a la idea de la propia naturaleza humana como posible determinante del destino. Pero no fue esta última idea la que suscitó el interés hacia la obra por parte de Visarión Belinski, en aquel momento la mayor autoridad en la crítica literaria rusa, cuya excelente recepción del texto le proporcionó a Dostoievski una rápida fama y su entrada en los círculos literarios de San Petersburgo. Gran parte de los intelectuales rusos allá por los años 1840 había abrazado las ideas socialistas en el afán de erradicar las injusticias sociales en un régimen de servidumbre, y aquel discurso profundo de Dostoievski acerca de otras causas del sufrimiento humano que no se centraba únicamente en el medio, en las condiciones sociales, pasó desapercibido. Pobres gentes fue interpretada como una novela social, quedando el mensaje filosófico en un segundo plano. Los años 1840 se conocen en la vida de Dostoievski como el período de las ideas socialistas y revolucionarias, como los años de la utopía social en respuesta a un convulso contexto internacional de importantes cambios y reivindicaciones, a la propia situación del país y en respuesta a las inquietudes de un escritor que desde muy joven había empezado a plantearse preguntas acerca de la injusticia social, acerca del Bien y del Mal, pero cuya concepción del mundo aún estaba por forjarse. Su encuentro con Belinski fue determinante en la elección ideológica que más adelante sufrirá importantes cambios a raíz de la propia experiencia vital del escritor. Ya en la época de su mayor compromiso con las ideas socialistas, Dostoievski venía viviendo un desencuentro cada vez mayor con Belinski y su círculo, debido fundamentalmente al carácter ateísta de sus propuestas, algo que iba en contra de la educación religiosa que Dostoievski había recibido desde la infancia y en contra de una de las convicciones que determinaría toda su obra, desde Pobres gentes hasta Los hermanos Karamázov (1879-1880), la Fe como una necesidad para el hombre. El cristianismo irá cobrando fuerza en la concepción del mundo del escritor, cuyas obras acabarán pobladas de personajes tan místicos, tan fantasmagóricos como reales; reales porque se revelan en su más profunda esencia, desde la sinceridad a veces ridículamente inocente, a veces contradictoria y a veces terriblemente lúgubre, personajes que aún en su más misteriosa encarnación se desprendían de la realidad más inmediata, vista5 desde cerca y no desde lo alto, no desde la contemplación o desde la prédica propias de los otros dos grandes, Iván Tuguénev y Lev Tolstói.

Siendo de origen noble, Dostoievski siempre vivió en la carencia, siempre en apuros; sus padres se preocuparon por ofrecerle a él y a sus hermanos la mejor educación que estaba al alcance de sus modestas posibilidades, haciendo mella en la salud del padre, cuyos recursos de médico en un hospital para pobres no alcanzaban para salir de los constantes problemas económicos. En 1843 Dostoievski terminó sus estudios de ingeniero militar, pero al cabo de un año abandonó por completo su profesión para dedicarse a la literatura, y desde entonces se vio siempre perseguido por las deudas, huyendo de sus acreedores y viviendo en condiciones muy humildes.

Las teorías socialistas habían atraído al escritor incluso antes de conocer personalmente a Belinski; éstas en algunos puntos llegaban a coincidir con los postulados religiosos y con la ética del cristianismo. No obstante, la desmesurada confianza en las formas de organización social como factor determinante en el futuro del hombre, seguía pareciéndole a Dostoievski poco convincente frente a su profundamente arraigada creencia, ya por aquel entonces, de que el origen se halla en el propio ser humano, cuya naturaleza es un misterio inalcanzable para la ciencia. La influencia del poeta y romántico Iván Shidlovski, uno de los principales maestros del escritor en su época de estudiante, para quien los valores morales y cristianos constituían el fundamento de la existencia, seguía imponiéndose al «adoctrinamiento» de Belinski y a su certeza de que el bienestar de la sociedad del futuro se sustentaba en la razón y en la ciencia. El desencuentro filosófico e ideológico entre Dostoievski y el círculo de Belinski pronto se trasladó al terreno literario. Si bien la segunda obra de Dostoievski, la novela corta El doble (1846), todavía había sido defendida por el propio Belinski, a pesar de que difícilmente se enmarcaba en la denuncia social, ya el libro El ama, publicado un año después (1847) con su clima oscuro, misterioso y místico acabó por decepcionar al crítico literario quien había visto en Pobres gentes uno de los mejores ejemplos de lo que para él tenía que ser la literatura, es decir, la representación verosímil de la realidad con el fin de crear conciencia en el público. En El ama comienzan a asomarse rasgos que acabarán cobrando fuerza en las grandes novelas del escritor, siendo su protagonista Ordynov el precursor de toda una pléyade de personajes solitarios, intelectuales empobrecidos, aislados del resto de la sociedad y ensimismados en su universo de reflexiones y sueños. El carácter fantasmagórico y folclórico de personajes que indudablemente acusan la huella del maestro Nikolái Gógol, su esencia romántica y soñadora con reminiscencias tanto de los ánimos y tendencias ideológicas de la época, como de las costumbres patriarcales, no fue comprendido en aquel momento. Lo que ahora se antojaba inexplicable, sin sentido, alejado de los problemas reales de la sociedad, ese interés por lo oculto y misterioso, con los años será visto como el paso valiente y necesario para revelar grandes verdades y en su faceta despiadadamente realista que hallaremos en las obras maestras del escritor.

Entre Belinski y Gógol

A principios de ese mismo año sale a la luz el nuevo libro de Gógol, Pasajes selectos de la correspondencia con amigos, que enseguida hizo tambalear el anterior reconocimiento del escritor como una de las figuras más progresistas y críticas que había cuestionado en su obra la mentalidad y el funcionamiento de la sociedad rusa. Esta vez Nikolái Gógol venía viviendo una profunda crisis espiritual que le llevó a pensar en su obligación y en la necesidad de confesar abiertamente sus pensamientos y sentimientos más íntimos, lo cual significaba un enorme esfuerzo para un hombre tan reservado como él. «El proyecto del autor», como nos cuenta Henri Troyat en su volumen Nicolas Gogol6, «era colosal». En este libro de cartas y ensayos, el autor ruso mostró7 su visión de una reforma radical que Rusia necesitaba y que no consistiría en una transformación social, sino que, manteniendo intactos los órganos del poder, se concentraría en la responsabilidad moral de cada individuo, siguiendo los postulados de la Iglesia ortodoxa. Lo cierto es que al escritor le llovieron críticas por ambas partes. Tanto las autoridades y su entorno, que ya de por sí habían censurado el texto, como las fuerzas progresistas arremetieron contra el escritor, descontentos los primeros por haberse levantado en la obra cuestiones delicadas en asuntos políticos, religiosos y sociales, y enfurecidos los otros ante la defensa de lo que ellos consideraban los valores anacrónicos y del sistema monárquico. Para Belinski, viejo admirador y seguidor suyo, aquello significaba un acto de traición8. El que hasta hace poco había sido para el crítico literario el gran representante de la literatura realista rusa, «uno de los grandes líderes del país en el camino hacia la conciencia, el desarrollo y progreso»9 se había convertido ahora en «el predicador del látigo, en el apóstol del analfabetismo, partidario del oscurantismo y de la ignorancia beligerante»10. Con estas duras palabras se dirigió al literato un Belinski ya muy enfermo, consciente de su inminente muerte a causa de la tuberculosis, en su sonada carta a Gógol que enseguida pasó a formar parte de la lista de textos prohibidos. La lectura de esta carta en el círculo fourierista de Petrashevski, así como su participación en el mismo, fueron la base de la acusación que recibió Dostoievski en 1849, detenido y condenado junto al resto de los miembros del círculo a la pena de muerte. En uno de los interrogatorios tras su detención Dostoievski dijo: «A mí se me acusa de haber leído el artículo que, por lo visto, contenía las cartas entre Belinski y Gógol. Sí, leí ese artículo, pero la persona que me delató, ¿acaso puede ella decir de qué parte estaba yo?»11.

Años después, en sus manifestaciones sobre el libro de Gógol, Dostoievski no se mostrará ajeno a la postura de Belinski, en ocasiones incluso entrando en discusión en sus escritos con el autor de Almas muertas12 o hasta parodiando el polémico libro. Lo cierto es que Dostievski era conocedor del contenido de Los pasajes selectos..., habiendo leído al menos algunos de los fragmentos de la obra, y lo cierto es que resulta inevitable establecer importantes paralelismos entre las ideas religiosas y espirituales que Nikolái Gógol nos hace llegar en este libro y el legado posterior de Fiódor Dostoievski, principalmente sus cinco grandes novelas. De sobra es sabido que Dostoievski había heredado de Gógol muchos de sus personajes, motivos literarios, el interés por lo fantástico, al igual que otros destacados literatos que no pudieron escapar a la influencia de quien como Aleksandr Pushkin había elevado las letras rusas al rango de la gran literatura, abriendo el camino a quienes después cosecharían el reconocimiento mundial. Pero más allá de los personajes y motivos literarios, la deuda de Dostoievski para con Gógol está en aquellas «malditas preguntas» acerca del destino de Rusia y de la Humanidad que el autor de El capote había planteado en sus Pasajes selectos...El idiota, como sostiene Igor Zolotusski, «nunca habría venido a este mundo de no haber existido el precedente de Los pasajes selectos, ni el sueño de Gógol sobre la creación de la imagen de un hombre bello»13. La ilusión de hallar el camino, el ideal ético en medio de la decadencia política, social y espiritual con el deseo de encauzar el porvenir del hombre, acabando con el mal del aburrimiento, del orgullo y de la desmedida confianza en la razón e inteligencia, no por medio de la renovación de las instituciones, sino mediante el perfeccionamiento moral de cada uno, esa búsqueda de la solución que se tenía que cristalizar en el segundo tomo de Almas muertas, pasando por Los pasajes selectos, acabaría cobrando forma en la figura del príncipe Myshkin, en la de Alekséi Karamázov y en el carácter mesiánico y moralizante de la literatura rusa.

Nikolái Gógol. Retrato del pintor Fiódor Moller (1841).

Nekrásov y Panaiev visitando a Belinski enfermo. Alekséi Naumov (1881).

El regreso de Dostoievski a una Rusia de cambios

Veinte años después de la condena a la pena de muerte es así como Dostoievski en boca de su personaje, el príncipe Myshkin, rememora la trágica experiencia en el campo de maniobras Semiónovski donde se iba a proceder a su ejecución14:

[...] Piénselo. Por ejemplo, la tortura; el sufrimiento, las heridas, el dolor corporal, todo esto distrae a uno del sufrimiento espiritual, de tal manera que uno sufre sólo a causa de las heridas, hasta que acaba muriendo. Pero el dolor más importante, el más fuerte, puede que no esté en las heridas, sino en saber que ciertamente, dentro de una hora, dentro de diez minutos, después dentro de medio minuto, después ahora, en este preciso momento, tu alma abandonará el cuerpo, en saber que dejarás de ser una persona, y que es algo inevitable; lo peor es que será inevitable. [...] esa última esperanza, con la que morir es diez veces más fácil, te la arrebatan inevitablemente; la sentencia consiste en que inevitablemente no escaparás, en eso consiste ese horrible suplicio, y no hay suplicio más fuerte que ése. [...] ¿Quién ha dicho que la naturaleza humana es capaz de soportarlo sin caer en la locura? ¿Para qué esa injuria, ese horror innecesario, inútil? Puede que exista la persona a la que se le haya leído su sentencia, se le haya hecho sufrir y después se le haya dicho: «Vete, estás perdonado». Una persona así tal vez podría contar lo que se siente. Sobre ese suplicio y sobre ese horror habló Jesús. ¡No, eso no se le puede hacer a un hombre!

La sentencia finalmente fue conmutada tras un simulacro de fusilamiento por cuatro años de trabajos forzados en Siberia. En total, transcurren diez años hasta que Dostoievski se vuelve a sumergir en la vida literaria y social del país, después de cuatro años como recluso y posteriormente como soldado raso en el ejército hasta que gracias a la amnistía decretada por el zar Alejandro II recupera el título nobiliario y finalmente obtiene el permiso para trasladarse a la parte europea de Rusia, primero a la ciudad de Tver y a finales del año 1859 a San Petersburgo. En todo este tiempo de ausencia habían ocurrido muchos cambios: Belinski y Gógol habían fallecido, habían salido a la luz Memorias de un cazador y Nido de nobles de Iván Turguénev y Oblómov de Iván Goncharov, comenzaban a sonar con fuerza los nombres de Lev Tolstói y Aleksandr Ostrovski, los postulados teóricos socialistas cobraban un carácter más radical en las ideas revolucionarias de Nikolái Chernyshevski y Nikolái Dobroliúbov.

Nikolái Chernyshevski.

La época de los años 1860 se conoce en la historia de Rusia como el período de grandes reformas bajo el gobierno del zar Alejandro II, durante cuyo mandato fue abolida la servidumbre, fue reformada la administración de justicia y la estructura interna del Estado mediante la creación de asambleas provinciales con representación de los distintos estamentos, al tiempo que empeoraba la situación económica del país, crecía la deuda externa, volvían a la palestra el conflicto polaco que culminó en este período en el Levantamiento de 1863, así como las revueltas en el Cáucaso. La abolición de la servidumbre en el año 1861, uno de los principales objetivos desde hacía varias décadas de los círculos progresistas del país tampoco les llegó a satisfacer, debido a la falta de una sólida política alternativa que se ocupara de los millones de siervos empobrecidos, obligados a pagar enormes rescates a cambio de poder trabajar las tierras concedidas en usufructo. Una de las figuras más destacadas del momento, el filósofo, crítico literario y demócrata revolucionario, Nikolái Chernyshevski, que finalmente acabará siendo condenado en el año 1864 a siete años de trabajos forzados en Siberia, donde en total permaneció veinte años, se manifestaba en sus textos clandestinos a favor de la emancipación de los siervos con derecho a tierra y sin necesidad de rescate y a favor de la existencia de un régimen comunal de posesión de la tierra. Muchos eran los puntos en el discurso sobre las vías de organización social que separaban a este indiscutible protagonista de la vida política de Rusia en aquel momento de un Dostoievski más convencido de sus ideas religiosas frente a las teorías e ideas socialistas con las que había estado en contacto en su juventud. Cuatro años de presidio, donde Dostoievski, uno de los pocos reclusos políticos, tuvo que convivir con criminales responsables de atroces delitos, a los que logró ver desde el perdón y desde el sentimiento de la compasión, esto y la anterior experiencia de su ejecución, acentuaron aún más su idea sobre la necesidad de una transformación interior basada en los preceptos del Evangelio. Para Chernyshevski el futuro del hombre y la erradicación del comportamiento carente de ética se hallaba en la satisfacción de las necesidades del ser humano, en la consecución del interés personal que es lo que, en su opinión, conducía al bien general. Aunque ambos, Dostoievski y Chernyshevski, compartían la idea de que los intereses del pueblo estaban por encima de los intereses de una clase social privilegiada, lo que el clásico ruso no aceptaba era esa concepción racionalista del hombre y de su naturaleza, la teoría sobre el interés y el beneficio, las ideas sobre un nuevo orden económico en base al llamado «egoísmo racional», teoría que Chernyshevski desarrolló en sus numerosos artículos y en las páginas de su conocida novela ¿Qué hacer? (1862-1863). Aquí el autor, en la figura de sus protagonistas Vera Pavlova, Lopujov y Kirsanov, nos intenta demostrar la posibilidad de una teoría viable en la vida de gente normal y corriente, cuya psicología, cuyos sentimientos y voluntad se someten en la obra al control de la razón.

Un año después, sale a la luz la novela de Dostoievski Memorias del subsuelo (1864) que contiene una polémica con la obra de Chernyshevski y con la filosofía socialista en general. A pesar del enfrentamiento en ambos textos entre el ser humano y su entorno, el protagonista de Dostoievski, un hombre contradictorio en busca de su propia identidad siempre inacabada, en un constante conflicto consigo mismo, cuya conciencia fragmentada no hace más que conducirle a la paradoja y a la negación, ese protagonista nos revela la idea de la imposibilidad de definir al hombre; su naturaleza enigmática y misteriosa no está al alcance de las fórmulas racionalistas. El objetivo de Dostoievski no es ofrecer una respuesta, sino recalcar aquello que, a los ojos del escritor, formaba parte de la condición humana, a menudo oscura, acomplejada, mediocre, corrupta. Con esta obra, Dostoievski da un gran paso hacia la tendencia de abarcar la realidad de un modo universal. Este libro es la antesala15 del trasfondo filosófico e ideológico que guardan sus grandes novelas, siempre en busca de lograr comprender, de intentar orientarse tanto en la actualidad más próxima, como en lo más profundo del funcionamiento del mundo.

El año en el que se publicaron Memorias del subsuelo fue uno de los años más duros en la vida de Dostoievski. En el mes de abril murió María Dmitrievna Isaieva, la primera mujer del escritor, a la que había conocido estando todavía confinado en Siberia y con quien había vivido una compleja relación matrimonial, mermada por la grave enfermedad pulmonar de ella y por su falta de interés para con la labor de un esposo siempre sumido en deudas y cuyo trabajo no acababa de recibir la recompensa económica que venían disfrutando otros escritores de la época. Dos meses después moría Mijaíl, el hermano mayor, confesor y compañero de Dostoievski. Tras la muerte de su esposa y de su hermano, Dostoievski se hacía cargo de Pável, hijo de María Isaieva de su primer matrimonio, y de la familia de Mijaíl. La ya de por sí frágil salud del escritor se ve afectada por los repetidos ataques de epilepsia, enfermedad que le acompañó desde muy joven. Por si fuera poco, a finales de septiembre fallece el poeta y crítico literario Apolón Grigóriev con el cual Dostoievski había empezado a relacionarse en su etapa postsiberiana y quien había ejercido una gran influencia en el desarrollo de sus criterios filosóficos, concretamente en las ideas telúricas, cercanas a la eslavofilia del escritor. Apolón Grigóriev, uno de los ideólogos de la corriente filosófica y social del Telurismo, propugnaba la vuelta a las raíces nacionales, a la tierra y al pueblo ruso, los valores cristianos frente al materialismo y al grueso de las ideas occidentalistas16, defendía el papel mesiánico de la cultura rusa en el destino de la humanidad. Su influencia en el pensamiento de Dostoievski fue tal, que el escritor se convirtió en uno de los representantes más destacados de esta corriente que pasaría a ocupar otro de los puntos importantes en su publicística y en su obra literaria, eso sí, sobre todo en su creación artística, desde la perspectiva de un escritor que, independientemente de su postura ideológica y filosófica, nos hace llegar una visión compleja y nada unívoca de los temas y aspectos que más le preocupaban.

María Isaieva.

Las cinco grandes novelas y los puntos neurálgicos de su narrativa. La vida y la obra como un solo lienzo

En medio de estas circunstancias, Dostoievski comienza el trabajo sobre la primera de sus cinco grandes novelas. Atrás quedaba una etapa decisiva y trascendental en la que había creado obras de gran importancia que acusaban las profundas inquietudes sociales y filosóficas del escritor, su estilo nervioso y talento independiente. En los veinte años que separan Pobres gentes y Crimen y castigo (1866), además de El doble, El ama, Memorias del subsuelo, Dostoievski, entre otras, escribió obras tan preciadas como Noches blancas (1848), Humillados y ofendidos (1861), Memorias de la casa de los muertos (1860). En la novela corta Noches blancas sobre el encuentro entre un soñador y una joven muchacha que termina en abandono y en soledad ya sonarían las primeras notas del desarraigo y del destino funesto del idealismo desmedido a través de la figura del protagonista que, según17 Dobroliúbov, había anticipado los rasgos del personaje principal de la novela Humillados y ofendidos. Ésta es la primera gran obra de Dostoievski escrita después de la etapa siberiana, pero en muchos aspectos todavía fiel a su antigua manera algo sentimentalista, incluso melodramática, y a los ojos de muchos críticos literarios de la época, una forma anticuada en un contexto literario de los años 1850-1860 en el que se afianzaba el realismo crítico con obras del calibre de Infancia y Adolescencia de Tolstói, La víspera de Turguénev, Oblómov de Goncharov. Pero, con todo, en Humillados y ofendidos los personajes ya comienzan a perfilarse no sólo como tipos sociales, sino como portadores de una idea, ya se reconoce ese acento algo sensacionalista y atractivo, la tendencia a crear expectación al final de cada parte, la interrupción de momentos culminantes, en una palabra, recursos presentes en la gran literatura de Dostoievski, al estilo18 de la literatura de Eugène Sue y obedeciendo, cabe señalar, a la política y táctica editorial de la época que ante todo quería sacar beneficio por medio de tales trucos literarios.

Memorias de la casa de los muertos, el genial testimonio del escritor sobre los años de confinamiento en la cárcel siberiana, fue una de las obras mejor recibidas por la crítica contemporánea. Por medio del protagonista, Dostoievski nos describe la rutina y las costumbres de los presos, nos ofrece las características de los diferentes tipos sociales, la relación entre ellos, las historias de su pasado y los motivos por los que resultaron estar allí. La idea que Dostoievski había tenido al comienzo de su trabajo sobre esta obra era narrar la tormentosa e incluso romántica historia de un hombre que había asesinado por celos a su mujer y hacernos llegar su confesión en el marco de la vida carcelaria, pero lo cierto es que aquella idea inicial se quedó en un ensayo y esbozo sobre la cárcel siberiana, dejando en un segundo lugar la trama de una pasión irrefrenable que había conducido al asesinato de la mujer amada, trama que como bien dice19 Leonid Grossman podría ser el anuncio de la historia entre Rogozhin y Nastasia Filíppovna en la novela El idiota. Dostoievski en estas y otras obras venía acariciando futuros proyectos, pero sin llegar a decir aún todo aquello que quería, revelando en estos libros sólo una parte de lo que llegaría a abarcar en sus grandes novelas, las que convertirán a Dostoievski en un punto de partida, en el autor que logró imprimir sus teorías y reflexiones sobre los problemas de la existencia humana en la literatura, una literatura que comprende la problemática social y filosófica, la reflexión sobre el destino de Rusia en la figura de protagonistas que serán portadores de ideas claves en la interpretación del mundo contemporáneo.

El protagonista de Crimen y castigo, el joven estudiante Raskólnikov, decide asesinar a una vieja usurera para quedarse con su dinero y así poder ayudar a su familia, sumida en la miseria. El trasfondo social e ideológico de la novela es el movimiento nihilista en Rusia y su crecimiento en los años 1860 protagonizado por jóvenes que habían llevado las teorías sobre el socialismo utópico y el materialismo de la generación de Chernyshevski a una postura más radical. El movimiento político e intelectual, que originariamente se basaba en la afirmación de los derechos individuales y en la negación de los valores de la sociedad opresiva, a lo largo de la etapa reformista del zar Alejandro II que finalmente acabó defraudando las expectativas de la parte más progresista de la sociedad rusa, fue adquiriendo, sobre todo en la figura de sus más jóvenes representantes, un carácter extremo y de conspiración, defendiendo la necesidad de una transformación violenta e inmediata del régimen existente. La famosa oleada de incendios en el año 1862 que tuvo lugar en una parte de Rusia, incluida la ciudad de San Petersburgo, decían por aquel entonces que era obra de los nihilistas, incluso el propio Dostoievski se hizo eco de los rumores, llegando a visitar a Chernyshevski, uno de los referentes del movimiento, con el ruego de que detuviera a sus seguidores. Lo cierto es que el movimiento nihilista presentaba un fenómeno mucho más complejo y con múltiples fracciones del que participaban hombres con objetivos muy elevados y también hombres que perseguían intereses mezquinos. Una parte de las nuevas juventudes no deseaba respetar el orden establecido, consideraba que estaba justificado cualquier medio para derrocar las instituciones tradicionales, rechazaba los valores cívicos y morales, cuya existencia, desde su postura ateísta y materialista, veían como algo relativo. El tema del nihilismo, al igual que el problema del socialismo y del movimiento revolucionario, ocupa un lugar muy importante en la obra de Dostoievski, quien, teniendo una concepción muy amplia de aquel fenómeno y atendiendo a lo complejo de su naturaleza, lo ha tratado de una forma crítica y al mismo tiempo tremendamente sensible. Sin duda, la novela Los endemoniados (1871-1872) será la obra en la que el escritor exprese su visión más completa y profunda del nihilismo y su papel en el proceso revolucionario. Pero el tema del nihilismo ya venía ocupando un lugar importante en Memorias del subsuelo y en Crimen y castigo, novela, esta última, en la que el escritor quiso dirigirse a una joven generación, con sus inquietudes, tendencias, discusiones, pero, a los ojos de Dostoievski, moralmente inestable y en un contexto de grave situación económica. El escritor entra en discusión sobre la viabilidad de aquellas ideas nihilistas mediante la historia de Raskólnikov, quien, abrumado por la miseria y bajo la influencia de aquellas tendencias, acaba cometiendo un doble asesinato que finalmente le conduce a un terrible tormento y a la confesión. La conciencia se presenta como un obstáculo en ese camino, cuya meta era hacer el Bien, pero acometiendo el Mal. El planteamiento sobre la viabilidad de las ideas nihilistas se ve enmarcado en la pregunta acerca de la posibilidad o no del crimen por un Bien mayor, en una profunda reflexión sobre los límites entre el Bien y el Mal, sobre los derechos del hombre. En este punto, el destino de Raskólnikov inevitablemente nos hace dirigir la mirada a la influencia de la literatura de Honoré de Balzac, uno de los escritores más queridos por Dostoievski, cuya obra Eugenia Grandet había sido traducida por el escritor ruso en la época de sus comienzos literarios.

La conciencia y el crimen como medio para alcanzar el bien propio y de los demás es uno de los temas clave en la Comedia humana, donde el gran escritor francés a través de personajes como Eugène de Rastignac, aquel ambicioso y joven estudiante de familia aristocrática empobrecida y que aspira a formar parte de la alta sociedad; o como Lucien de Rubempré, otro joven de provincia orgulloso y con talento, eso sí con un carácter más sensible que el de Rastignac, que viaja a París en busca del éxito y de la gloria, nos revela dos posturas diferentes ante el crimen personificado por el prófugo de la justicia Vautrin, en cuyas manos caen ambos, accediendo a sus delictivos y maliciosos métodos con tal de alcanzar el ansiado ascenso en la escala social. Mientras que Rastignac desafía el cinismo y la mugre de la sociedad a la que aspira y al mismo tiempo desprecia, y cree en su derecho de ser igual de cínico y despiadado que la propia sociedad sin reparar en el medio a utilizar para llegar a lo más alto, Lucien, habiendo caído en la tentación de aprovecharse del crimen, no puede seguir adelante y se quita la vida. A Raskólnikov le espera un destino diferente: la confesión, el confinamiento en Siberia y la oportunidad de alcanzar la renovación.

Dostoievski realiza la autopsia de la conciencia y de las emociones, pero quien en realidad es verdaderamente despiadado es el gran Balzac. Si Raskólnikov se refugia en el amor y en la fe, donde puede hallar el sentido y la esperanza, los personajes del escritor francés o bien afrontan la realidad sin detenerse ante la conciencia y la moral, o bien deciden dar otro paso20:

Existe algo de grande y de horrible en el suicidio. [...] Implacables deben ser los huracanes que le fuerzan a demandar la paz del alma al cañón de una pistola. ¡Cuántos jóvenes talentos, confinados en una buhardilla, se marchitan y perecen por falta de un amigo, por falta del consuelo de una mujer, en el seno de un millón de seres, en presencia de una multitud harta de oro y que se aburre! Ante semejante idea, el suicidio adquiere proporciones gigantescas. Entre una muerte voluntaria y la fecunda esperanza cuya voz llamara a un joven a París, sólo Dios sabe el cúmulo de concepciones encontradas, de poesías abandonadas, de lamentos y de gritos ahogados, de tentativas inútiles y de méritos abortados. Cada suicidio es un sublime poema de melancolía.

Crimen y castigo se publicó por entregas en el año 1866 en la revista Russki vestnik (El boletín ruso). Además de tener que entregar a tiempo un capítulo diferente para cada número, Dostoievski, preso de las abusivas cláusulas de su contrato con el editor Fiódor Stellovski, se hallaba en la difícil situación de tener que aportar una novela nueva para finales de año. En otoño, cuando quedaba un mes para la fecha de entrega, el escritor, desesperado, tomó la decisión, siguiendo el consejo de su amigo Aleksandr Miliukov, de contratar a un estenógrafo. Al día siguiente a su casa le fue enviada la joven estenógrafa, Anna Grigórievna Snítkina, la mujer gracias a la cual Dostoievski finalmente podrá entregar a tiempo su novela El jugador (1866) y todas las que vendrán en un futuro no muy lejano, ya que en febrero del año 1867 Anna Snítkina pasaría a ser la segunda esposa del escritor, madre de sus cuatro hijos, dos de los cuales, Sonia y Alekséi, morirían a una edad muy temprana. La complicada situación económica, en gran medida debido al cierre de sus dos revistas Vremia (El tiempo) y Epoja(La época), así como a las importantes cargas familiares del escritor que seguía manteniendo a su hijastro y a la familia de su difunto hermano Mijaíl, no resultaron ser un impedimento para una Anna Snítkina veinticinco años más joven que el escritor, al cual admiraba desde hacía años y antes de conocerle. Su segunda mujer fue una esposa atenta y preocupada, ella se encargó de poner cierto orden en los caóticos asuntos financieros y editoriales del escritor, engañado e incluso estafado por algunos acreedores en repetidas ocasiones, ofreciéndole de esta forma la posibilidad de continuar escribiendo en unas condiciones algo más sosegadas.

En el año 1863, cuando surgen las primeras ideas de su novela El jugador, la mujer que le había servido de inspiración y que se vería reflejada en la protagonista de esta obra, era Apollinariya Súslova, una de las grandes pasiones de Dostoievski por la que, sin embargo, nunca quiso abandonar a su primera mujer, ya muy enferma. Aquélla era una joven de origen campesino, pero que acabó recibiendo una buena educación, por no hablar de su hermana Nadiezhda Súslova, conocida como una de las primeras mujeres médico en Rusia, Doctora en Medicina y Cirugía por la Universidad de Zúrich (1867). Apollinariya era una ferviente seguidora de las ideas de Chernyshevski y de Nekrásov, cuyos discursos solía escuchar en las conferencias de la Universidad de San Petersburgo a las que asistía en calidad de oyente y donde precisamente llegó a conocer a Dostoievski, quedando absolutamente fascinada ante la figura de un escritor conocido, antiguo preso político, confinado por haber sido miembro de círculos revolucionarios. Más adelante las diferencias ideológicas entre la joven nihilista y Dostoievski harían mella en una muy inestable relación dañada, entre otras cosas, por la pasión que Dostoievski tenía por el juego y que le hizo perder importantes cantidades de dinero durante el viaje que ambos realizaron por Europa en el año 1863, un viaje que ya desde un principio se había visto ensombrecido por la breve pero intensa historia de amor surgida entre Apollinariya y un estudiante de medicina, mientras la joven aguardaba la llegada de Dostoievski en París.

Aquel viaje sirvió de material para la novela El jugador, donde en el marco de una historia sobre la pasión por el juego de la ruleta y los vaivenes de una relación amorosa ambientada en una pequeña ciudad-balneario de Alemania, Dostoievski en la figura de sus protagonistas da vida a sus ideas sobre la civilización europea en comparación con Rusia, uno de los temas más polémicos y fundamentales en el pensamiento político y social de la Rusia del siglo XIX. Como subraya el propio Dostoievski21:

La trama del relato es la siguiente: uno de los prototipos del hombre ruso extranjero. [...] Mi objetivo es reflejar un carácter espontáneo, una persona, sin embargo, con una gran capacidad de desarrollo, pero inacabada en todo, que ha agotado su fe, pero que no se atreve a no creer, que se ha rebelado contra el poder de los valores establecidos y que los teme... Se trata de una figura que tiene vida [...]. Pero lo importante es que toda su energía vital, todas sus fuerzas, todo su ímpetu y valentía se han empleado en la ruleta. Él es un jugador, pero no un jugador cualquiera [...].

Anna Snítkina.

Para Dostoievski, quien consideraba que en Rusia, a diferencia del resto de naciones europeas, aún no se había forjado ni consolidado un orden estable de las cosas con su inamovible escala de valores vitales y morales, tal circunstancia y tales rasgos del carácter ruso encarnado en la figura de su joven protagonista, Alekséi Ivánovich, no suponía precisamente una debilidad22:

[...] Esto, según Dostoievski, no sólo constituye una debilidad histórica, sino la fuerza histórica de la vida rusa y del hombre ruso. Su fisionomía ética y moral no se ha moldeado aún y, por consiguiente, no ha adquirido los rasgos de una certidumbre acabada, que aunque le haya dado a la vida de otros pueblos una «forma» histórica asentada, al mismo tiempo le ha imprimido el sello de lo estático, de lo cadavérico, de lo plano. El hombre ruso, a pesar de su desarraigo, a pesar de toda la dificultad y tragedia de su situación histórica y de su búsqueda, es valorado por Dostoievski, a diferencia del hombre occidental, por su apertura hacia el futuro, por el predominio en él de una naturaleza dinámica, por su capacidad de cambio y desarrollo que otorga a sus posibilidades interiores un carácter potencialmente ilimitado e inagotable.

Apollinariya Súslova.

Si bien Occidente se presenta en la obra y a los ojos del escritor como una sociedad acomodada, estancada en su pragmatismo, en su materialismo, en su espíritu de ahuchamiento, la imagen de Rusia es la de un organismo vivo que, aún con sus enormes defectos y en todo su desorden, todavía se halla en un proceso de construcción que alberga la promesa de algo nuevo y acompañado de una constante búsqueda y reflexión, una búsqueda presente también en Nietzsche y después en Kafka, quienes habrán constatado su profunda desilusión para con la civilización europea.

La falta de recursos, el deseo de encontrar una salida a su pésima situación económica, su amor por Polina empujan al protagonista, un emigrante ruso en Alemania, a entrar en el mundo de la ruleta en el que finalmente queda atrapado. El propio carácter del joven, su naturaleza le conducen a actuar desde el sentimiento, desde la emoción, no es la razón la que dicta sus pasos. Es un personaje lleno de incertidumbre, cuya vida está sometida al cambio permanente, a diferencia de la imagen del europeo, sobre todo en la figura del supuesto marqués des Grieux, un francés aparentemente alegre, amable, desenfadado en sus formas, pero codicioso, interesado y muy aburrido en la realidad, cuyo nombre es el mismo que el del noble protagonista de la novela Manon Lescaut de Antoine-FrançoisPrévost y que Dostoievski toma prestado para, por medio de la comparación con el francés de comienzos del siglo XVIII, poner en evidencia el grado de degradación de la burguesía francesa a mediados del XIX.

Muchas de las ideas en torno al tema de Rusia y Occidente desarrolladas en Eljugador son producto ya del primer viaje que Dostoievski realizó por Europa en el año 1862 y que quedó retratado en Apuntes de invierno sobre las impresiones de verano. En un viaje de dos meses y medio Dostoievski llegó a visitar ciudades como Berlín, Dresde, Baden-Baden, París, Londres, Florencia, Venecia y Viena, entre otras, que le habían causado un sentimiento contradictorio de quien conociendo la cultura de esos pueblos, habiendo leído tantos libros y habiendo cultivado una profunda admiración y afecto por sus logros históricos, su pintura, su música, su arquitectura y sus grandes figuras, de pronto experimenta una desilusión para con sus gentes y costumbres actuales, ajenas e indiferentes a su propio pasado, a «aquellos vestigios de las maravillas sagradas, ¡más valiosas para nosotros que para ellos mismos!», como dirá también más adelante Andréi Versílov, el personaje de Dostoievski en su novela El adolescente.

El viaje más fructífero que Dostoievski realiza por Europa fue el que el escritor emprendió con su esposa, Anna Snítkina. Esta vez, en un nuevo intento de huida de sus acreedores y de recabar, mientras, cierta cantidad de dinero para pagar algunas deudas a su regreso, el escritor abandona el país por un período de tres meses que finalmente acabarán convirtiéndose en una larga estancia de cuatro años. El escritor y su mujer vivirán en numerosas ciudades europeas de un modo muy modesto, debido también a las nuevas recaídas del escritor en el juego de la ruleta que en ocasiones le hacía perder hasta el último dinero que tenían, debilidad que por otro lado no volverá a importunar nunca más a Dostoievski después de aquel viaje. Entre las experiencias más trascendentales que le aportó esta estancia en el extranjero sin duda hay que destacar el contacto del escritor con la pintura de grandes maestros, «sagradas maravillas», el caudal de valiosas ideas, la inspiración para futuras obras. Así, estando en Dresde, en La Galería de Pinturas de los Maestros Antiguos, Dostoievski pudo contemplar las pinturas de Tiziano, principalmente El tributo de la moneda, uno de los cuadros religiosos más admirados por el escritor que representa el pasaje evangélico del encuentro entre Cristo y un fariseo que, enviado por sus superiores, se le acerca a Jesús con una moneda en la mano. A la pregunta trampa del fariseo si los habitantes de Judea debían pagarle los impuestos al emperador de Roma o no, pregunta cuyo objetivo era indisponer contra Jesús o bien a los habitantes de Judea o bien a los romanos, Cristo responde con la famosa frase: «A César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios».

A Dostoievski seguramente debió interesarle el mensaje filosófico de aquellos pintores renacentistas que como Tiziano mostraban su desazón ante el conflicto entre los ideales humanistas y la propia realidad, ante el abismo entre dos mundos contrapuestos y que en este lienzo se ha visto reflejado en ese contraste tan manifiesto de las dos figuras. El hijo pródigoen la taberna de Rembrandt es otra de las pinturas admiradas por Dostoievski en Dresde, donde el propio pintor y su mujer Saskia representan la parábola del hijo pródigo contenida en la Biblia. A pesar de la alegría que desprende la escena, con el pintor vestido con sus mejores galas y malgastando toda su fortuna en vicios y pecados, el detalle de la pequeña pizarra entre los diferentes objetos viene a simbolizar el hecho de que tarde o temprano por todo ello habrá que pagar. El motivo de la mujer pecadora que renace gracias a la elevada e inaccesible pureza espiritual de un ser perfecto interpretado en los cuadros de Pompeo Battoni y de Bartolomeo Biscaino también llama la atención de Dostoievski en sus prolongadas incursiones a la Galería de Dresde cuando seguramente debían fraguarse las historias de los famosos personajes que en breve ocuparán las páginas de El idiota y de Los hermanos Karamázov. Uno de los cuadros que Dostoievski llevaba tiempo deseando contemplar era El cuerpo de Cristo muerto en la tumba del pintor alemán Hans Holbein el Joven. El objetivo de su visita a Basilea era poder ver con sus propios ojos aquella obra de la que había oído hablar con anterioridad y sobre la que probablemente había leído23 en la introducción de George Sand para su libro La charca del diablo, donde la escritora francesa señala la enorme importancia de la pintura de Hans Holbein el Joven en el arte moderno y en la literatura, siendo sus dibujos sobre el tema alegórico de la danza macabra (Danza de la Muerte) un relevante impulso en la creación de su novela más conocida. El cuerpo de Cristo muerto en la tumba, a diferencia de la pintura religiosa tradicional, representa a la figura del Salvador en una faceta humana, la de un hombre corriente, cuyo rostro y cuerpo son la evidencia de la muerte tras una larga y cruel tortura, y que en nada auguran una resurrección24:

—Pero si es... es una copia del cuadro de Hans Holbein —dijo el príncipe después de ver mejor el lienzo—. Y aunque no soy un gran experto, creo que es una copia magnífica. Ese cuadro lo vi en el extranjero y todavía no he podido olvidarlo. [...]

—Dime, Lev Nikoláievich, hace tiempo que quería preguntarte, ¿tú crees en Dios o no? —de pronto volvió a hablar Rogozhin, después de caminar varios pasos.

—¡Qué manera tan extraña de preguntar y... de mirar! —reparó el príncipe sin querer.

—Me gusta contemplar ese cuadro —farfulló tras un momento de silencio Rogozhin, como si de nuevo hubiera olvidado su pregunta.

—¡Ese cuadro! —exclamó de pronto el príncipe, bajo la impresión de una idea inesperada—. ¡Ese cuadro! ¡Con ese cuadro cualquiera pierde la fe!

Estas palabras, pronunciadas por el príncipe Myshkin en El idiota, revelan una de las preguntas más importantes de la novela, o sea, la posibilidad o no de que en este mundo, en esta sociedad exista y sobreviva un ser puro, un ser bello, exento de maldad y como encarnación del Bien. Dostoievski comienza a planear su nueva novela poco después de la visita al museo de Basilea. En enero del año 1868 los primeros capítulos de El idiota se comienzan a publicar en la revista Russki vestnik.

Sin duda, otra experiencia interesante vivida por Dostoievski durante su estancia europea fue su visita en Ginebra al Congreso de La Liga de la Paz y la Libertad el 11 de septiembre de 1867, después del cual el escritor se reafirma una vez más en sus ideas religiosas, en los valores cristianos frente al radicalismo político de quienes, como Bakunin, abogaban en el famoso encuentro por la puesta en marcha de un federalismo europeo en detrimento de los Estados Nacionales, por un pensamiento ateísta, la abolición de cultos, de la fe, por la agitación de las masas como vía única. Y a pesar de que Dostoievski no asistió al sonado discurso de Bakunin que se había celebrado un día antes de la visita del escritor, llegó a familiarizarse con el contenido de aquella, a sus ojos provocadora, intervención del anarquista ruso, el cual, según sostienen algunos expertos, sirvió de prototipo para la creación del personaje de Stavroguin en su siguiente gran novela Los endemoniados (1871-1872).

Dostoievski empezó a escribir esta obra estando todavía en Europa, concretamente en Dresde, donde a lo largo del mes de enero de 1870 la prensa alemana recoge y analiza la historia de un asesinato que poco antes había impactado a la sociedad rusa y que despierta un gran interés en el escritor, hasta el punto de convertirse en el origen del argumento de la novela. El asesinato del estudiante y miembro de la organización secreta «La revancha del pueblo» Iván Ivanov, acontecido en noviembre de 1869, había sido perpetrado por el líder de la organización, Serguéi Necháyev, y por algunos miembros en reacción a la negativa del estudiante a seguir formando parte de la misma. La organización clandestina había sido creada por Necháyev a su regreso de Ginebra donde había tenido contacto con Bakunin y con sus ideas, y tenía como objetivo llevar a cabo una política de agitación antigubernamental, recurriendo a toda clase de métodos. Finalmente la policía, tras hallar el cuerpo, dio con los miembros de la organización, logrando su desmantelamiento. Una vez devuelto a Rusia por la policía de Suiza, país en el que Necháyev se había refugiado, éste es condenado a veinte años de prisión. Un suceso de esta índole no podía pasar desapercibido para el escritor, quien desde principios de los años 1860 mantenía una fuerte polémica con el fenómeno del nihilismo y con el movimiento revolucionario en Rusia, tema principal de este libro que será considerado una novela profecía sobre los aspectos más oscuros del proceso revolucionario.

No obstante, el origen de Los endemoniados nos remite también a otro proyecto que Dostoievski nunca llegó a realizar, pero cuyos esquemas y anotaciones acabaron cristalizando en ésta y en las otras dos grandes novelas del escritor, El adolescente y Los hermanos Karamázov. Se trata del trabajo que el clásico ruso había empezado a trazar, cuando aún no había terminado de escribir El idiota, lo que iba a ser una obra de dimensiones homéricas, el ciclo de novelas La vida de un gran pecador (al principio pensado con el título Ateísmo). El argumento marcado nada tenía que ver con la historia de Necháyev, ni tampoco con la trama de Los endemoniados, pero iba a ser destinado a encarnar el mismo dilema, el de los cimientos genuinos y autóctonos rusos frente a las ideas destructivas del nihilismo.

Ésta es la base del conflicto interior del protagonista Nikolái Stavroguin, un hombre de gran inteligencia y voluntad, bello aristócrata con el don de atraer a todo el que le rodea, pero falto de fe y en constante búsqueda de algo que imprima significado a su existencia y en lo que poder aplicar su potencial. El hastío y aburrimiento le empujan a entrar en una organización revolucionaria, creada por Petrusha Verjovenski, personaje inspirado en Necháyev. Si bien en la figura de éste último y de otros personajes de la obra Dostoievski arremete contra las fuerzas oscuras, miserables, dañinas que aprovechan la revolución como una oportunidad para convertirse en protagonistas de algo grandioso y satisfacer, desde la sombra, sus instintos diabólicos y mezquinos, la figura de Stavroguin es mucho más compleja y representa las dudas del autor para con sus propios ideales, ese constante afán de Dostoievski por alcanzar la verdad a través de un análisis y una reflexión que a menudo le conducen a la contradicción. En sus apuntes para la novela, Dostoievski pone en boca de Stavroguin las siguientes palabras25:

Si [...] la fe en la religión ortodoxa llegara a tambalearse en el pueblo, enseguida comenzaría a desintegrarse, igual que han empezado a desintegrarse los pueblos de Occidente... Ahora surge la pregunta: ¿quién puede tener fe?... ¿Es posible tener fe? Y si no es posible, para qué gritar que la fuerza del pueblo ruso reside en la fe ortodoxa. Significa que sólo es cuestión de tiempo. Allí la desintegración, el ateísmo, comenzó antes, aquí más tarde, pero empezará con toda seguridad con la instauración del ateísmo. [...] ¿Se puede tener fe, siendo civilizado...? A esa pregunta la civilización responde con hechos que no, que no se puede... Pero si la fe ortodoxa es imposible para un hombre ilustrado (y dentro de 100 años la mitad de Rusia será ilustrada), entonces quiere decir que todo esto no es más que un truco de magia y toda la fuerza de Rusia es temporal.

Por un lado, tenemos a un Dostoievski defensor de los valores cristianos, de la religión ortodoxa, de los cimientos tradicionales frente al ateísmo, al nihilismo que son para el escritor la desintegración moral, una fuerza destructiva y la pérdida de la patria. Pero por otro lado, nos encontramos con un Dostoievski, cuyos protagonistas, aquéllos que encarnan los ideales del escritor o su pugna, a menudo fracasan, ya sea en su intento de transformar las cosas a su alrededor, como el príncipe Myshkin, ya sea procurando su propia renovación, como en el caso de Stavroguin. El protagonista de Los endemoniados casi al mismo tiempo desea infundir pensamientos contrapuestos a dos exiliados rusos. Por un lado, desea convencer a Shatov de que sin fe y sin Dios no es posible la existencia de un pueblo, pero, por otro lado, lo que le dice a Kirílov es que Dios no existe, y que el hombre es quien decide su destino, sin la necesidad y conciencia de Cristo. Esta duda desemboca en la desesperación que conduce a Stavroguin al suicidio. La realidad se impone a un ideario que, al parecer, no se sostiene en esta sociedad.

Entre las numerosas críticas a la obra, la mayoría provenientes de la prensa progresista, cabe destacar el artículo de uno de los redactores de la conocida revista Otechestvennye zapiski (Anales de la Patria), Nikolái Mijáilovski. El publicista y crítico literario acusa a Dostoievski de haber centrado su atención en «en un puñado de trastornados y sinvergüenzas»26 que no representaban todo el movimiento ruso de liberación, mientras que las fuerzas que concentraban la riqueza y el capital, la verdadera causa de los males del país, habían quedado al margen. «Se ha equivocado usted de demonio»27, exclamaba su famosa frase Mijáilovski.

Lo cierto es que éste será el objeto de la siguiente novela del escritor, El adolescente (1875), cuyo protagonista se verá sometido a la idea de convertirse en un Rothschild. Cuando Dostoievski había comenzado su trabajo sobre la cuarta de sus cinco grandes novelas, el escritor y su familia ya llevaban en Rusia más de dos años, tras aquella larga estancia en tierras extranjeras. En ese período de tiempo Dostoievski había sido redactor de la conocida revista, Grazhdanin (El ciudadano), considerada un medio oficioso al servicio de las autoridades, donde el escritor venía publicando sus últimos textos, el Diario del escritor entre ellos, al tiempo que seguía colaborando con la revista reaccionaria de Katkov Russki vestnik. La aparición en el año 1875 de El adolescente en Otechestvennye zapiski, como se ha señalado, una de las revistas más progresistas del país, resultó ser un acontecimiento en la vida literaria del momento. La invitación para la publicación de su próxima novela en las páginas de esta revista provenía de otro de sus redactores, el gran poeta y escritor Nikolái Nekrásov, el hombre que allá por el año 1845 se había encargado de introducir a Dostoievski en los círculos literarios, después de mostrarle a Belinski el manuscrito de Pobres gentes con las famosas palabras de «Ha nacido un nuevo Gógol». En los treinta años que separan el que había sido uno de los encuentros más importantes en la vida de Dostoievski y este segundo acercamiento, ambos habían tenido una complicada relación marcada por importantes desencuentros, principalmente ideológicos. La de Nekrásov era una posición profunda y francamente cívica, propia, cabe decir, de la literatura rusa desde los tiempos de Radischev28, en desacuerdo con un orden establecido que a los ojos de éste y otros grandes poetas demócratas revolucionarios debía ser combatido, y no precisamente desde la moral y los valores religiosos. En esta novela el reencuentro entre Dostoievski y Nekrásov está en la crítica de las nuevas relaciones y condiciones sociales con su perversa y degradante faceta como consecuencia del crecimiento del capitalismo en Rusia después de la abolición del régimen de servidumbre. La posibilidad de un rápido enriquecimiento se apodera de muchas mentes jóvenes que al igual que el protagonista de la novela, Arkadi Dolgoruki, tienen ahora como ejemplo y referente a la figura del banquero James Mayer de Rothschild con una de las mayores fortunas del mundo. El dinero representa para el protagonista la oportunidad de superar las barreras estamentales y alcanzar el poder, para de esa forma desquitarse de una infancia difícil, de unas condiciones de vida humillantes. Más allá del lujo y de los placeres del dinero, lo que atrae a este joven es la propia imagen de quien habiendo superado tantas penurias y dificultades por medio de su voluntad y esfuerzo logra llegar a lo más alto y a lo que para él significaba la libertad. No obstante, este camino es una vorágine que implica la pérdida de valores, la decadencia moral cuya única salvación, bajo el prisma de Dostoievski, se halla una vez más en la libertad interior, en la resurrección de los postulados cristianos, y no en la lucha revolucionaria.

Entre 1875, año en el que Dostoievski termina su novela El adolescente, y el mes de julio de 1878, cuando comienza su trabajo en su última novela y gran epopeya Los hermanos Karamázov (1879-1880), el escritor se concentra principalmente en el Diario del escritor que llevaba publicándose desde 1873, inicialmente y como se ha señalado en el semanario Grazhdanin, y después, a partir de 1876, en forma de ediciones independientes. En el marco de esta colección que contenía tanto textos publicísticos como propiamente literarios nacieron grandes relatos, tales como El sueño de un hombre ridículo (1877), La sumisa (1876), El campesino Marei (1876), entre otros, que se revelaban como una nueva aportación y un nuevo logro en las formas narrativas breves. En ese período de tiempo, a finales del año 1877, Dostoievski es elegido como académico correspondiente de la Academia Imperial en la esfera de la lengua y letras rusas, nombramiento con el que para ese momento ya habían sido homenajeados Lev Tolstói, Iván Turguénev, Iván Goncharov, Aleksandr Ostrovski, además de algunos otros escritores de la época. Tal acontecimiento supuso para el escritor una enorme alegría, como sostiene29 en sus memorias su segunda esposa Anna Grigórievna, a pesar de la tardanza, tras treinta y tres años de trayectoria literaria, que se debió, tal vez, a motivos estrictamente políticos, ya que la vigilancia policial a la que venía estando sometido Dostoievski desde su primer contacto con los círculos revolucionarios había sido retirada sólo en el año 1875. En general, aquéllos fueron unos años de merecido reconocimiento, oficial y público, tanto que a principios del año 1879 el propio zar Alejandro II llegaría a manifestar su deseo de presentar a Dostoievski a sus dos hijos, los príncipes Pablo y Sergio, con quienes el escritor mantuvo relación hasta el final de sus días, según también sostiene30 Anna Grigórievna. El reconocimiento le había llegado también desde Occidente en primavera de 1878, con la invitación para su participación en el Congreso Internacional de Literatura celebrado en París bajo la presidencia de Victor Hugo, evento al que Dostoievski tristemente no pudo asistir a causa del fallecimiento el 16 de mayo de ese mismo año de su hijo pequeño Alekséi.

Alekséi será el nombre de uno de los personajes de Los hermanos Karamázov, encuya temática y personajes se vio reflejado el contacto espiritual con el gran filósofo Vladimir Soloviov, quien venía siendo desde hacía varios años uno de los amigos más cercanos del escritor. Nuevamente se construye una trama detectivesca y criminal, la historia de un triángulo amoroso en el marco casi costumbrista de la vida de la sociedad contemporánea a Dostoievski, pero la espina dorsal de la novela, al igual que en otras grandes obras del novelista, es la reflexión filosófica y moral que él suponía importante para la nación y el mundo. Los capítulos «Rebelión» y «El Gran Inquisidor» son páginas sin las que no se concibe el pensamiento filosófico contemporáneo. Dostoievski, a diferencia de casi todas las posturas filosóficas que conceden el protagonismo y la razón a determinados postulados, se consagra a la búsqueda de la verdad.

Tres meses después de escribir su gran obra, el 9 de febrero de 1881 Fiódor Mijáilovich Dostoievski muere en su casa y rodeado de su familia a causa de una enfermedad pulmonar que venía padeciendo varios años y agravada por sus ataques de epilepsia. Dostoievski había deseado ser enterrado junto a Nikolái Nekrásov, pero finalmente fue enterrado en el cementerio del Monasterio de Aleksandr Nevski cerca de otro de sus poetas más queridos, Vasili Zhukovski.

EL IDIOTA
El contexto de Rusia de los años 1860

El interés por la actualidad, por la realidad más inmediata y por su repercusión, su trascendencia en el devenir histórico de su país es una constante a lo largo de toda la trayectoria literaria y publicística de Dostoievski. En este sentido, la novela El idiota no era una excepción, sus páginas recogen los problemas más palpitantes de una época crucial y determinante en el futuro de todo un pueblo, una época que por su carácter de ruptura y de transformación llegaba a superar, según Dostoievski, el alcance que para Rusia habían tenido en su momento las reformas de Pedro el Grande. Con la llegada al trono del zar Alejandro II en el año 1855 se inicia un período de cambios, por un lado necesarios, pero por otro lado temibles ante la incertidumbre del curso que podría tomar aquel colosal proyecto, cuyo punto más importante era la liberación de los siervos, quienes constituían ni más ni menos que el treinta y siete por ciento de la población rusa, es decir, unos veintitrés millones de «almas», si utilizamos el término establecido. La abolición de la servidumbre no sólo venía dictada por una necesidad ética, sino que se debía a razones estrictamente políticas y económicas en un país donde el orden feudal había comenzado a entrar en conflicto con las incipientes prácticas capitalistas, con el desarrollo de la industria y hasta con el propio desarrollo de la agricultura, frenado por el bajo rendimiento de trabajo de una clase social agotada, explotada, abrumada por todo tipo de tributos y carente en su mayoría de los conocimientos y cualificación imprescindibles para el avance económico y social. El atraso económico que venía viviendo Rusia desempeñó también un importante papel en su fracaso en la Guerra de Crimea. Circunstancias como éstas, el incremento de los disturbios campesinos y del descontento en los círculos de la oposición, condujeron finalmente en 1861 a la abolición de la servidumbre, después de siglos de existencia y arraigo. Millones de personas adquirían el derecho a moverse libremente, a desarrollar actividades comerciales, a formar parte y contribuir a la construcción de nuevas relaciones económicas y sociales, aunque partiendo todavía de unas condiciones limitadas, teniendo en cuenta la obligación de pagar costosos rescates por las tierras que les habían sido concedidas en usufructo. Además de esta gran reforma, se llevaron a cabo otros cambios que siguiendo modelos occidentales pretendían democratizar un sistema obsoleto y contraproducente para una potencia que deseaba seguir teniendo un papel protagonista en la arena internacional y que al mismo tiempo quería preservar los cimientos mismos de la monarquía. Así pues, entre las reformas más importantes se hallaba, por ejemplo, la reestructuración interna del Estado mediante la creación de organismos de gobierno locales con representación de los distintos estamentos, aunque siempre con una notoria preeminencia de la nobleza terrateniente. Especial grado de independencia se le concedió al sistema judicial por medio de la que fue una de las reformas más consecuentes que perseguía como objetivo último la garantía de un proceso más objetivo e imparcial sin la intromisión e influencia de las autoridades provinciales. Para ello entraron en juego las nuevas figuras del procurador, del juez instructor, éste último obligado a tener estudios superiores de jurisprudencia, y de la figura del abogado defensor sin vínculo alguno con los órganos gubernamentales y que prestaba sus servicios a cambio de unos honorarios, normalmente elevados, por parte del acusado. La sentencia dependía de la decisión de un jurado formado por corrientes conciudadanos del procesado.