El imperio contra Paca - Cristina Fernández - E-Book

El imperio contra Paca E-Book

Cristina Fernández

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Pepi, Julia, Quimeta y Elena son amigas de toda la vida, y tras su última alocada aventura como Narcoabuelas por fin disfrutan de un apacible momento. Aunque no durará eternamente, pues un día todo cambia de manera inesperada. Una misteriosa llamada, una gran conspiración y una lucha de poderes provocarán una situación peligrosa en la que las protagonistas deberán tomar parte para demostrar una vez más que el valor no está reñido con la edad. Las cuatro amigas son conscientes de lo que significa la palabra amistad, así que, con ingenio y mucho humor, se enfrentarán a todos los obstáculos que osen ponerse en su camino, eso sí, a su particular manera. Ellas son la definición de su propio lema: Una para todas y todas para una.

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Seitenzahl: 367

Veröffentlichungsjahr: 2025

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El imperio contra Paca

El imperio

contra Paca

Cristina Fernández

Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación, u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art.270 y siguientes del código penal).

Diríjase a CEDRO (Centro Español De Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.

© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora

© Cristina Fernández 2025

© Entre Libros Editorial LxL 2025

www.entrelibroseditorial.es

04240, Almería (España)

Primera edición: enero 2025

Composición: Entre Libros Editorial

ISBN: 979-13-87621-00-1

Dedicado a mis padres y a mi hijo.

Ella, siempre a mi lado.

Él, mi estrella en el cielo.

Mi hijo, mi todo.

Os quiero.

Índice

Índice

INTRODUCCIÓN

Júlia

Capítulo 1

¿Perdiendo la magia?

Capítulo 2

El inicio

Capítulo 3

Reencuentros

Capítulo 4

El séptimo día

Capítulo 5

¡Embarcamos!

Capítulo 6

Tetas Locas

Capítulo 7

El escorpión

Capítulo8

Esperansita

Capítulo 9

Esto es la guerra

Capítulo 10

Al agua patos

Capítulo 11

Rata de dos patas

Capítulo 12

México lindo

Capítulo 13

Allá vamos

Capítulo 14

Viejos tiempos

Capítulo 15

Reproches

Capítulo 16

Luna

Capítulo 17

El Imperio contra Paca

Capítulo 18

Europa

Capítulo 19

Chamaquitas

Raymundo

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN

Júlia

Me faltaba el aire. Había corrido más en esos días que en toda mi vida. Miré hacia atrás para cerciorarme de que por fin estábamos a salvo. Pepi me buscó; también le faltaba el aliento.

Nos agazapamos detrás de una excavadora, escondiéndonos como delincuentes de nuestros opresores y amparadas por la tenue luz de la noche cerrada. Nos miramos durante unos asfixiantes segundos, y sin decirnos nada empezamos a reírnos como dos locas de atar.

—Si no te callas, van a oírnos —murmuré, y apreté los labios para no soltar una carcajada.

Pepi se apoyó con la espalda en el lateral de la excavadora y me preguntó, ya más calmada:

—¿Y ellas?

—Están a salvo. —Le sonreí orgullosa, sabiendo que Quimeta y Elena estaban a buen recaudo—. Solo tenemos que pensar en cómo salir de aquí.

—¡Allí están! —se oyó una voz masculina que alertaba de nuestra posición.

A lo lejos, unas balas silbaron, acompañando los gritos de los hombres que nos buscaban. Cerré los ojos con fuerza y nos dimos la mano a tientas.

—Creo que es el fin —le dije, mirando a mi querida amiga, quien me observó con esos ojazos que, a pesar de la situación, brillaban.

—A la mierda, Juli. Si tenemos que giñarla, que sea por algo así, ¿no?

Me arrancó una carcajada. Pepi y su vocabulario inventado.

—Diñarla, hija, diñarla —la corregí.

Escuchamos un coche que se acercaba a gran velocidad. Los focos del vehículo aproximándose hasta nuestra posición hicieron que mi corazón se acelera tanto que lo sentí en la garganta.

—Una para todas... —musité con una sonrisa triste. Era el fin.

—Y todas para una —terminó Pepi, estrechándome la mano al tiempo que imitaba mi sonrisa—. Ha sido un placer compartir mi vida contigo..., con vosotras —añadió con la voz rota.

—También para mí —le dije temblando.

Solo Dios sabía qué iban a hacernos cuando estuviéramos en sus manos.

En ese momento discerní que el vehículo que había llegado a toda prisa era un 4x4 negro. El conductor desconocido frenó a un palmo de distancia de nosotras. Los focos nos deslumbraron en exceso y ambas nos abrazamos y entrecerramos los ojos. Sin apagar el motor, la puerta del conductor se abrió.

—Dios mío —susurré.

Capítulo 1

¿Perdiendo la magia?

Nuestras vidas habían vuelto a la normalidad desde que se acabó la aventura con las marietas. A veces las echábamos de menos. Necesitábamos recordar esa adrenalina que vivía perennemente en nuestro estómago.

Pasábamos los días en nuestras respectivas casas, en el barrio de toda la vida, y a temporadas, en la vivienda de la playa que habíamos comprado con algunos de los beneficios del libro superventas LasNarcoabuelas. De vez en cuando teníamos una entrevista sencilla, ya que las grandes las hacían los que se encargaban del contenido audiovisual. Eso nos daba igual.

Por un lado, Quimeta estaba tranquila. Le había cogido el gusto a escribir novelas y redactaba sus libros romántico-eróticos bajo el pseudónimo de Anita Cupido. No le iba nada mal. Tomaba notas de casi todo lo que ocurría a nuestro alrededor mientras, al hacerlo, decía: «Esto es buen material».

Entretanto, su hermana Pepi estaba ocupada con las redes sociales. Le gustaba TikTok, y le había dado por crear contenido para mostrarle al mundo palabras en español antiguo, incluyendo expresiones e insultos. A pesar de que pudiera parecer una locura de las suyas, sus vídeos eran virales y nos hacían reír por sus palabrejas, ahora un poco más antiguas.

Por su parte, Elena se dedicó a nuestras asociaciones. El dinero que habíamos ganado con nuestro libro de Las Narcoabuelas, que fue llevado al cine, nos daba de sobra para la jubilación y para la asociación que habíamos creado y llamado Imperio. Dicha asociación abarcaba la lucha contra los fondos buitre, las mujeres maltratadas, jóvenes y niños abusados, maltrato animal e investigación para la cura del cáncer. Como eran varias las causas en las que nos embarcamos, quisimos que lo llevase mi yerno, Óscar, que era licenciado en Derecho y trabajaba en el bufete de su hermano junto con mi hija mediana, Patricia. Ellos se encargaban de las gestiones y de la burocracia. Nuestra parte era darle una imagen a Imperio y ayudar en lo que podíamos.

El nombre de la asociación, reconozco, quizá era un poco pomposo, pero fue el que ganó las votaciones; que, aunque éramos un rato burras, a democráticas no nos ganaba nadie. La idea fue de Pepi, que dijo en su día: «La asociación se llamará Imperio y su ayuda llegará a todo el mundo, como llegó en su día el Imperio romano». Nos convenció.

De hecho, estaba funcionando bastante bien. Nos llamaban las señoras Imperio cuando se dirigían a cualquiera de nosotras durante algunos de los pocos eventos que celebrábamos. Supongo que lo hacían para no fastidiarla, ya que no sabían quién era quién. Y nosotras, encantadas. Manteníamos un agradable anonimato para disfrutar de la tranquilidad y de nuestros nuevos hobbies. Yo también colaboraba en la asociación. Eso sí, compaginándolo con mi familia. Ya íbamos camino de los setenta años, y gracias a Dios estábamos sanas como manzanas; dejando aparte los achaques propios de la edad.

Allí estábamos, tumbadas sobre las hamacas cerca de la piscina de nuestra casa de la costa, tostándonos al sol y con un rico tinto de verano casero que,cómo no, habíapreparadoQuimeta.

—¡Qué aburrimiento! —exclamó Pepi. Ninguna movimos un solo músculo—. ¡Me aburro más que un mejillón!

—¿Que un mejillón? —le preguntó su hermana, dispuesta a comenzar una discusión. Supuse que estaba aburrida también—. Será como una ostra, hija.

—Nena, será que el mejillón lleva una vida de proceso y autofreno... —le contestó Pepi molesta, haciéndonos reír a Elena y a mí.

—Se dice exceso y desenfreno —la corrigió Quimeta. Negó con la cabeza y se acercó la copa para sorber de ella.

—Ea, pues eso he dicho —remató Pepi. Después se incorporó en la hamaca y nos miró—. Me lo pasaba mejor vendiendo droga.

—Shhh —le chistó su hermana. Se sentó en su hamaca, mirándola con seriedad— No digas eso —la regañó, bajando el tono de voz por si estuvieran espiándonos. Tenía la manía persecutoria de que la policía aún nos investigaba—. Nosotras solo hemos escrito un libro de ficción, nunca hemos sido delincuentes —le habló a la nada y con los ojos muy abiertos, como si quisiera hacerle creer a ese alguien que nos espiaba que todo era mentira.

—Lo que tú quieras —le espetó Pepi molesta, quitándose las gafas de sol—. Solo sé que me aburro como una ostra, un mejillón o una gamba. Como lo que quieras. Parecemos vetustos,coñe.

—Pepi, ¿qué quieres que hagamos? —le pregunté con calma—. Somos jubiladas. Disfrutemos del sol y de la tranquilidad. ¿Qué te apetece hacer si no?

—¿Qué es eso de vetustos? —le preguntó Quimeta. Yo ni quise entrar en eso.

—Pues viejo, anticuao —le aclaró Pepi. Tras contestar, se levantó de la hamaca y sin añadir nada más se tiró de cabeza al agua con un grácil salto. Después se puso a nadar.

—Cualquier día se escalabra, la muy presumía —nos dijo su hermana, provocándonos unas carcajadas—. Y si ya nos costaba entenderla hablando normal, ahora con lo del castellano antiguo...

Lo cierto era que no quería darle la razón a lo que Pepi exponía siempre, pero yo también me aburría como un chiquillo en clase. Veía las horas pasar con lentitud, y es que después de lo que habíamos vivido, todo me sabía a poco.Sí, ya, éramos señoras respetables, abuelas. «Hasta las abuelas vibran cuando se sienten vivas», me solía decir a mí misma, convenciéndome de que no era nada malo sentirse así y que ser mayores no era sinónimo de dejar de ser apasionada.

Mis nietos iban a cumplir dos años, y de nuestra narcoaventura ya hacía más de uno. ¡Madre mía, cómo pasaba el tiempo! Teníamos la vida solucionada, la familia estaba bien, y sin embargo, aunque sonase egoísta, nos faltaba algo, pese a que no lo habláramos con libertad. El mundo en general no estaba acostumbrado a que unas señoras jubiladas siguieran dando que hablar, algo que a nosotras nos encantaba. ¿Acaso eso era malo?

Dirigí la vista a la piscina al oír chapotear a Pepi y una idea atravesó mi cabeza.

—¡Chicas! —llamé a Quimeta y Elena mientras nuestra nadadora dejaba de chapotear para comenzar a hacer unos largos. Lo cierto es que estaba en forma la muy lagarta—. Para celebrar el cumpleaños de Pepi, podríamos irnos por ahí y hacer algo interesante. Darle una sorpresa.

—¿En serio, Juli? —me preguntó Quimeta a medida que se incorporaba en su hamaca—. ¿Ahora que estamos tranquilas?

—¿De verdad no te aburres? —Esta vez fue Elena quien habló—. Yo no quiero darle la razón a Pepi, pero lo cierto es que echo de menos nuestras aventurillas.

Las tres nos quedamos en silencio conforme escuchábamos el sonido del agua de la piscina. Ninguna queríamos admitir que habíamos sido delincuentes y, aún peor, que nos había encantado serlo.

El teléfono de Elena sonó. Ella se levantó, lo cogió de debajo de su hamaca, ya que así estaba en la sombra, y miró la pantalla para saber quién la reclamaba.

—¡Uy! Es un +52 —comentó. Hizo una mueca y nos mostró la pantalla.

Levanté mis gafas de sol para mirar lo que indicaba Elena.

—No hagas ni caso —resolví, y volví a mi posición inicial, tumbada en la hamaca, sin darle importancia a la llamada—. Será una de esas estafas que hay ahora.

Elena se limitó a colgar sin decir nada más.

Sin embargo, la llamada se repetía una y otra vez. Elena hizo caso omiso, dejando el teléfono en silencio de nuevo en la sombrita que ella misma hacía con la hamaca.

Pepi salió de la piscina y nos salpicó a todas al agitar su pelo cual perro pelanas.

—¡La madre que te parió! —protestó su hermana mientras Elena y yo reíamos a la vez que nos incorporábamos. ¡Qué fría estaba el agua!

Riéndose con nosotras, la sinvergüenza nadadora cogió la toalla de su hamaca, se acercó a mí y se sentó a los pies de la mía.

—¿Por qué no vamos a cenar por ahí? —nos propuso Quimeta.

—Por mí perfecto —le contesté, sentándome.

El resto asintieron. Bueno, al menos teníamos plan para la cena, aunque eso no era a lo que realmente nos referíamos.

Terminamos nuestra sobremesa al sol, para al cabo de unas horas y tras echar la siesta al fresco, ducharnos, ponernos guapas y salir a cenar al paseo marítimo.

Para la ocasión, Elena se puso un bonito vestido de lino azul celeste. Pepi iba con una falda ibicenca blanca y un suéter de punto beis, mientras que yo llevaba un sencillo atuendo de tirantes negro de licra fría. Quimeta, como de costumbre, se hacía de rogar.

Todas estábamos ya en la terraza esperándola cuando por fin se decidió a salir de la casa, dando vueltas y luciendo su modelito. ¡Qué presumida era!

—Qué guapas vais, chicas —nos halagó, dando otra vuelta cual modelo para dejarnos ver bien su conjunto color verde hoja de tirante ancho.

—Tú también —le dije sonriendo, admirando la caída de la tela y ojeando el material de su ropa—. Es precioso.

—Vamos todas muy elegantes —expuso Quimeta, orgullosa de que nos arregláramos. Lo cierto es que era la que más disfrutaba saliendo a cenar—. Pepi, podrías haberte puesto más formal —le reprendió a su hermana con suavidad.

—La simia, aunque se vista de novia..., simia se queda —formuló Pepi, haciéndonos reír a Elena y a mí.

—La mona —la corrigió su hermana—. La mona, aunque se vista de seda, mona se queda.

—Si es que siempre estás dispuesta a protestar —gruñó Pepi a la corrección—. Eres muy friquismiquis.

Quimeta abrió la boca para protestar también por el término inventado, pero acabó cerrándola sin decir nada; se dio por vencida. No continuaron la discusión. Menos mal.

Nos fuimos al paseo marítimo, el único lugar en ese pueblecito costero donde había un poco de vida. Decidimos ir a un restaurante mexicano.

Al llegar nos dieron la mesa de siempre, lamáscercana a la arena, desde donde podía observarse el mar tranquilo a lo lejos. Nos habíamos acostumbrado a vivir al lado del agua, al menos yo, para gozar de esa brisa salada que nos daba la paz que durante tanto tiempo habíamos buscado.

Cenábamos con tranquilidad, charlando de asuntos triviales, cuando el móvil de Elena comenzó a sonar de nuevo como si estuviera poseído. Nos mostró la pantalla para que viéramos que se trataba del mismo número de antes.

—¿Quiéncoñoserá? —verbalizó Pepi en voz alta lo que el resto pensábamos.

—¿Y si lo cojo? —se ofreció Elena, pidiéndonos aprobación con la mirada.

El sonido del teléfono dio una tregua y dejó de sonar.

—Mira, menos mal. Así no tienes que decidirte —le contestó Quimeta, poniendo punto final a las dudas de las cuatro.

Cuando estábamos en los postres, el móvil sonó de nuevo con insistencia. Elena nos miró. Con gesto decidido, cogió el terminal y descolgó la llamada.

—¿Dígame? —le preguntó en tono dubitativo al interlocutor mientras el resto la mirábamos como si se tratara del desenlace en una película de suspense.

Desde mi posición podía escuchar una voz masculina al otro lado, aunque no entendía lo que le decía. Fuera lo que fuese, no podía ser bueno. La dulce cara de Elena se transformó en un rostro de sorpresa, pálido, inundado por el miedo o la incertidumbre; qué sabía yo.

—¿Qué pasa, Elena? —le pregunté. Pero no podía contestarme, ya que estaba en plena llamada—. Elena, por favor... —le solicité en un ruego tanto en mi nombre como en el de las restantes.

Ella se levantó de la mesa y anduvo unos pasos hasta separarse unos veinte metros de nosotras. Estaba claro que deseaba hablar tranquila sin nuestras interrupciones; que, aunque bien intencionadas, hacían que no pudiera atender la llamada como era debido. Parecía importante.

—¿Qué crees que será? —me preguntó Quimeta, cogiéndome de la mano. Estaba preocupada.

—No lo sé —le contesté sin apartar la mirada de Elena. La veía gesticular con una mano, sin que pudiéramos oír el discurso del otro lado.

Aparté el plato con el helado y el resto dejó el postre a medias. Estábamos con el corazón en un puño a expensas de saber qué demonios le ocurría a Elena.

—¿Será su hijo para pedirle parte del dinero del libro o de Imperio? —Pepi pronunció las palabras que se me habían cruzado a mí también por la cabeza. Las deseché, anhelando con todas mis fuerzas que no fuera eso.

Observé cómo Elena se apartó el móvil deloído. Por fin había acabado la conversación, o eso parecía. Bajo nuestras atentas miradas, se quedó un momento observando el horizonte, absorta, como si estuviera buscando una respuesta en la oscura noche. Negó con la cabeza, se pasó la mano por el pelo, peinándoselo hacia atrás, nos buscó a lo lejos con aire de tristeza y caminó en nuestra dirección.

—¿Qué es lo que ocurre, Elena? —le pregunté cuando por fin llegó a la mesa.

Se sentó en silencio y puso el móvil en su regazo. Nos miró a las tres con los ojos anegados en lágrimas.

—No os vais a creer quién me ha llamado y para qué —pronunció con voz temblorosa.

—Ha sido Juanito pidiéndote dinero —adivinó Pepi muy enfadada.

—No y sí. Pero el tema está relacionado con él y con el dinero —le respondió Elena, sin que pudiéramos entenderla.

—No comprendo qué quieres decir. Por Dios, explícate —le rogué impaciente.

—Chicas, no sé cómo deciros esto. —Permaneció en silencio unos segundos y nos observó a todas—. Sí, era mi hijo llamándome desdeMéxico. —Volvió a hacer una pausa necesaria para no llorar y después continuó—: Juan ha sido detenido por tráfico de drogas —nos informó lo más firme que pudo. Pepi se llevó una mano a la boca por la sorpresa mientras Quimeta le daba un sorbo a su copa, intentando disimular su disgusto. Yo, estupefacta, no podía quitarle la vista de encima—. Pero eso no es todo. No sé cómo decíroslo... Mi hijo, ese que nos metió en todo el jaleo de las marietas, ha estado viviendo en Centroamérica hasta este momento. Por lo visto, tiene varios antecedentes por tráfico de drogas y está relacionado con un cartel... Eso no me importaría y tampoco me sorprende, y no me metería en nada, pues si ha hecho algo, que cargue con las consecuencias.

—Entonces, Elena, ¿dónde estáel problema? —le pregunté, buscándole sentido a su malestar. Aparte de saber que tenía a su hijo entre rejas, presentía que aquello no era todo lo que estaba sucediendo.

—Dice que tiene una hija de dosaños. —La noticia nos cayó como un jarro de agua fría. Enmudecimos al instante, asimilando y escuchando con atención el bombazo que acababa de soltar Elena—. En el momento de su detención, desaparecieron muchos kilos de cocaína, propiedad del cartel. —Hizo otra pausa. Estaba claramente compungida, pero aun así prosiguió—: Juan me ha explicado que el cartel le pide el dinero o la droga que él ha perdido con su detención.

—¿Juan te pide dinero? —le pregunté. Creí no haberla entendido—. Después de dejarte en la ruina por sus deudas y no saber nada de él en años, ahora te sale con que tiene una mujer y una hija y, además, ¿tiene el valor de pedirte dinero?

—No hay derecho, tuvimos que meternos en todo el lío de las Marietas por su culpa y tiene el valor de hacerte esto —matizó con rabia Quimeta.

—Sí. Él le dijo a los del cartel que no tenía ni el dinero ni la droga, y esos mercenarios mataron a su mujer y se llevaron a su hija. —Apretaba los labios cuando hacía las sucesivas pausas. El estómago me dio un vuelco al pensar que una criatura de dos años estaba secuestrada por unos hombres sin escrúpulos que pertenecían a un cartel. Sabía que no tendrían ningún tipo de reservas en hacerle lo que fuera para obtener su propósito—. Mi hijo asegura que la niña está viva y bien, al menos por ahora. Ellos saben que Juan no tiene dinero, pero también que yosí; al menos,másqueél.

Las chicas y yo nos miramos en silencio. Era evidente que Juan metería a su madre en problemas para que le sacara las castañas del fuego. Sin contar con lo impactante que debía haber sido para ella el enterarse al fin dónde estaba su hijo, hasta ese momento en paradero desconocido.

—Pero ¿él sabe que quizá no tienes todo ese dinero? —apuntilló Quimeta, dejando la copa sobre la mesa.

—Yo ya le he dicho que no tengo tanto dinero como cree y que no voy a poder conseguirlo. Me ha respondido que entonces mi nieta morirá y él también —manifestó Elena, y apartó sus ojos de los nuestros por un instante. Volvió a mirarnos y continuó—: Después le han quitado el teléfono y me ha hablado un hombre con acento mexicano que me ha dicho que tienen a mi hijo y a mi nieta, y que me hará llegar unas instrucciones que tendré que cumplir si quiero que sigan vivos.

—Pero ¿qué locura es esta, Elena? —intervine; creo que en nombre de todas, que aún estábamos asimilando la información que acababa de desvelarnos. Mi temor era que su hijo pudiera jugársela de nuevo con mentiras—. ¿En serio estás hablando de esto? ¿Es verdad que hay una niña por medio? ¿Tienes una nieta? ¿Y cómo sabemos que no es una estratagema de tu hijo para quitarte el dinero?

Sé que la ataqué a preguntas, pero la última vez que tuvo un problema grave, casi le costó la vida. Yo no estaba dispuesta a que mi amiga pasara de nuevo por algo semejante. Antes mataría yo misma a Juan.

—Elena, me sabe muy mal decírtelo, pero tu hijo no es un santo y sería capaz de cualquier cosa por dinero —opinó enfadada Quimeta.

—Chicas, lo sé —dijo, algo más calmada—. Pero pensad por un momento si fuera verdad, si tuviera una nieta que está en manos de unos desalmados... No sé cómo ayudarla ni qué hacer —se lamentó con voz pesarosa.

—¿Y dónde se supone que tiene que darte las instrucciones? —indagué, dudando de la existencia de la niña y de todo lo que le había explicado Juan—. Quizá podamos hablar con el cónsul mexicano y saber si esa niña existe, si su madre está muerta y enterarnos de si tu hijo ha sido detenido, como así te ha contado —enumeré, sin pretenderlo, una lista de las primeras gestiones que creíabásicas antes de mover un dedo por ese sinvergüenza.

—En teoría, contactarán conmigo para darme instrucciones de dónde tengo que iry quétengo que hacer. —Suspiró—. Por supuesto, no voy a pediros ayuda. Ya os metí una vez en líos, y no quiero que volváis a arriesgar vuestras vidas por algo que ni siquiera sabemos si es verdad —concluyó Elena, con una perspectiva realista.

—Elena, ¿cómo puedes decir eso? No vamos a dejarte sola —le garanticé, cogiéndola de la mano a la vez que Quimeta me tomaba de la otra y su hermana cerraba el círculo.

—Todas para una y una para todas. Y eso va a ser ahora y siempre. Estaremos hasta la muerte contigo —le aseguró Pepi solemne mientras las demás asentíamos a sus palabras.

Las lágrimas de agradecimiento recorrieron las mejillas de nuestra amiga.

—No sé por dónde empezar —se sinceró la pobre, a quien le temblaban las manos.

Me puse en su lugar por un momento. Su único hijo le pedía ayuda, y ella, como madre, iría hasta el infierno para salvarlo. Yo no lo compartía pero la entendía. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera por él, como cualquier madre.

—Empecemos por el principio —comencé seria—. Vamos a ver, ¿cuándo te llamarán?

—Lo único que me han dicho es que ya contactarán conmigo para darme instrucciones —solventó Elena nuestras dudas.

—De acuerdo, al menos ya sabemos algo —subrayé mientras pensaba en nuestro próximo paso—. Mañana iremos al consulado mexicano para saber en qué pueden ayudarnos.

—Juan ha dicho que si llamamos a la policía, la niña morirá —musitó Elena.

—Solo vamos a cerciorarnos de que está o ha estado en prisión, de que tienes una nieta y de que su madre no vive —volví a enumerar las gestiones que debíamos llevar a cabo, ante el silencio de las chicas—. Si podemos confirmar estos datos, podría ser que tu hijo dijera la verdad.

—Está bien —aceptó Elena pensativa.

—Con la cantidad de cocaína que has dicho que han incautado, debería salir algo en las noticias —habló esta vez Quimeta. Sacó su móvil y buscó en Internet «Detenidos en México por tráfico de droga». No tardó nada en clicar en un enlace, donde un titular llamó su atención. Miró el contenido de la noticia y abrió los ojos como platos. Nos extendió el terminal para que lo viéramos—. ¡Dios mío, es Juan! —exclamó, pasándome el móvil.

Observé a un hombre de la edad de mi hija mayor, Ana, pero mucho más demacrado. Sin embargo, y para desgracia de Elena, no se podía negar que se trataba de su hijo.

—Lo siento mucho, Elena —expresé con toda la pena de mi corazón. Pensé en mis hijos mientras le entregaba el teléfono.

Confirmamos la primera de las tres cosas que teníamos que saber para cerciorarnos de que su hijo no estaba mintiendo: lo habían detenido en algún momento con una cantidad indecente de cocaína.

—Mierda —masculló Elena al ver la noticia. Elevó la mirada hacia nosotras—. No entiendo entonces por qué me llama mi hijo y otro individuo diciéndome que lo tiene a él y a mi nieta. ¿No lo tiene la policía? No comprendo nada...

—Uf, de eso no puedes fiarte —intervino Pepi resoplando—. Piensa que esta gente es muy corrusta, que con un bocaito hacen lo que les digas.

—¿Qué narices dices? —le preguntó su hermana la vez que fruncía el ceño.

—Coño, el bocaito ese, cuando le pasan parné pa untarlos —le contestó Pepi convencidísima.

—¡La mordida, coño! —la corregí con un gruñido. Sus palabrejas, que normalmente me hacían reír, estaban desviándome de lo importante.

—Por favor, manteneos al margen. Tengo mucho miedo de que algo malo os pase. —nos interrumpió preocupada Elena—. Esta vez no voy a involucraros. Me niego.

—Como ha dicho antes Pepi, contigo hasta la muerte —sentencié, hablando por boca de todas. En ese momento, el camarero nos trajo unos chupitos por cortesía del restaurante. Cogí el mío y lo alcé bajo la mirada del resto—. Chicas, brindemos. ¡Una para todas y todas para una! —exclamé, atrayendo la atención de los comensales y las sonrisas cómplices de mis amigas. Me llevé el chupito a los labios.

—Que así sea —concluyó Quimeta. Sonrió y sorbió del suyo después de sus palabras.

—¡Amén! —secundó Pepi, bebiéndose también el suyo.

—Os quiero, malditas locas —expresó Elena mientras nos imitaba tomándose su chupito.

Brindamos con aquel tequila mexicano como preludio de nuestra próxima aventura. No podía creer todo lo que estaba pasando. Yo aspiraba a que sucediera algo sencillo, no enfrentarme a carteles de droga. Sin embargo, también tenía claro que no iba a dejar sola a Elena. Eso nunca.

Soltamos los vasos sobre la mesa con un sonoro golpe.

—¡Camarero, otro! —le pidió Quimeta a gritos, y las demás reímos.

Elena sonrió, pero se la veía triste.

—¡Por las Narcoabuelas en acción! —bramó Pepi.

Aquel bramido le arrancó una carcajada a Elena. No obstante, cuando cesó su risa, en su rostro vi la duda.

Estábamos juntas en todo y nada iba a impedir que nos embarcáramos en esa locura con ella. Ese chupito no fue el último de aquella extraña noche. Unas teníamos que celebrar las nuevas aventuras; otras, asimilar que los líos nos acechaban otra vez a toda velocidad, y qué mejor que el alcohol para la aceptación.

Sin embargo, por cada cara hay una cruz, y la alegría de una era la pena de otra. Elena bebía, aunque me dio en el corazón que era para olvidar y pensar que nada de lo que habíamos estado hablando era verdad.

Y así, entre chupito y chupito, vimos el amanecer desde la misma arena de la playa.

Capítulo 2

El inicio

Teniendo en cuenta la resaca que llevábamos, aún tuvimos fuerzas para pensar y ejecutar algunas de las ideas que habíamos urdido entre los primeros brindis, ya que de los últimos ni nos acordábamos.

Las gestiones por realizar estaban claras. La primera: hablar con el consulado o algún organismo oficial que pudiera confirmarnos que Juan estaba o había estado en la cárcel y dónde. Aunque con el artículo de Internet había quedado bastante claro que algo de cierto tenía el asunto, debíamos cerciorarnos de toda la historia sin poder permitirnos un paso en falso. La segunda: confirmar la existencia de la supuesta niña, y de ser así, saber si estaba en peligro y ubicar dónde se hallaba su madre, si es que aún vivía. La última: averiguar de qué cartel de drogas se trataba. No podíamos embarcarnos en una aventura de esas dimensiones sin saber cuál era el peligro real. Estábamos locas, pero no tanto.

Conversé con mi hija Patricia del tema, haciéndole prometer que sería discreta, incluso con sus hermanos y su padre. Le expliqué que le había llegado la noticia a Elena de que su hijo podría estar en un lío o en la cárcel, y queríamos saber si tenía descendencia. Nada más. Óscar, su prometido, abogado de nuestra asociación, se ofreció a hacerse cargo de las gestiones del consulado y organismos oficiales que pudieran darnos alguna pista sobre Juan. La verdad es que lo encontró normal, pues, según él, no era extraño que en algún momento Elena quisiera saber del paradero de su único hijo.

No hice ningún comentario, ya que, a mi modo de ver, ella era una santa, pero su hijo... merecía todo lo malo que le pasara. No obstante, y solo por ser hijo de quien era, haría lo que estuviera en mi mano para ayudar, aunque ese caradura se aprovechara de ello. En ese momento solo importaba nuestra amiga; los beneficios o los daños colaterales nos daban igual.

Sentadas en el comedor de la casa, Quimeta ojeaba con Elena y Pepi un mapa de México sacado de Internet, donde salían los territorios repartidos por los carteles de droga.

—Podríamos llamar a Oswaldo —les dije mientras las observaba escudriñar los mapas en busca de algo que desconocíamos.

Me observaron con los ojos bien abiertos. Acordamos con Oswaldo en tener el mínimo contacto entre nosotros por temas de seguridad. Y es que, aunque nuestra relación era excelente, toda precaución era poca.

—Creo que es buena idea —secundó Pepi, incorporándose en el sofá con una sonrisa.

—Tú lo único que quieres es ver al moreno para que te dé un meneo —manifestósu hermana Quimeta.

El comentario nos hizo reír a Elena y a mí.

—¡Uy! Si la endivia se tiñera... —apuntó Pepi. Elena arrugó la nariz al mirarla y, por su gesto, supuse que no la entendió.

—¡Si la envidia fuera tiña! ¡Coñe! —la corrigióQuimeta entre nuestras risas.

—Ea, pues lo que he dicho —se excusó Pepi extendiendo los brazos, subiendo y bajando los hombros como cuando lo hace un crío que no sabe de qué le hablan.

—A ver, Pepi —intervine con calma—. Las endivias son esas lechugas pequeñitas —le expliqué—. Pero no nos vayamos del tema —resolví, dirigiéndome a todas—. ¿Llamamos a Oswaldo o no? Por mí,sí —declaré—. Creo que puede ayudarnos.

Las tres me miraron con aire serio.

—Yo digo que sí —confirmó Pepi.

—Yo también. Con un poco de suerte, conocerá a alguien en México que pueda aportarnos datos nuevos —expuso Elena.

—Pues, ea, Pepi, llama al moreno —le indicó Quimeta resignada.

Elena la abrazó, sabiendo el esfuerzo que suponía para ella, pues codearse con Oswaldo y su gente no era para nada de su agrado. Lo cierto es que en su día nos ayudaron y mucho, y aunque la ayuda fue en parte mutua, Oswaldo siempre nos había sido leal. Era de fiar.

Llevando a cabo el plan trazado hacía apenas una hora, acompañé a Pepi a uno de los pocos locutorios que quedaban en el pueblo para que llamase a Oswaldo. No quisimos utilizar ninguno de nuestros móviles personales por miedo a que la policía tuviera intervenido su teléfono.

Al llegar, Pepi se introdujo en una de esas cabinas del local conmigo, aunque yo mantuve silencio conforme ella llamaba. Su conversación fue escueta: un saludo, un «Tenemos que vernos» y, por último, un «Donde la otra vez en dos días». Nada más.

—¿Ya está? —quise saber cuando Pepi y yo salimos del locutorio.

El resto se había quedado en casa recogiendo nuestros enseres. Teníamos que regresar a nuestro barrio para arreglar cuatro cosillas antes del supuesto viaje que tendríamos que hacer.

—Claro que ya está —me confirmó Pepi mientras caminábamos a paso rápido hacia el coche.

—Pero cuéntame algo —le rogué, intentando no sonar histérica, que lo estaba.

—He quedado con él en dos días donde lo conocimos. —Sonrió.

—¿En el viñedo? —quise corroborar lo que ya intuía.

Asintió con la cabeza. Era una idea que ya nos funcionó en el pasado y que también había ido bien, así que ¿para qué cambiarlo?

Salimos en el coche rumbo a nuestra casita para reencontrarnos con Quimeta y Elena y terminar de hacer el equipaje para el regreso a nuestra barriada.

—¿Crees que esto va a salir bien? —le pregunté a Pepi mientras conducía.

—Claro que sí. Lo que no me cuadra es que nos pidan ese dineral a nosotras. Creo que el hecho de que se nos conozca por Imperio no nos beneficia en este caso —comentó, increíblemente sin una sola errata, insulto antiguo ni nada.

—Puede ser —murmuré, mirando de nuevo hacia la calzada.

—¿Crees que no debemos ayudar a Juanito? —Ahora fue ella quien preguntó sin rodeos. Dejó de mirar el paisaje y fijó su vista en mí.

—Sí, aunque no por él, sino por ser hijo de quien es —concluí, y ella se mostró de acuerdo conmigo—. No vamos a dejarla en la estacada, pero me da miedo de que nos pase algo o Juanito le haga daño a Elena —expuse, evidenciando mi preocupación.

—No va a pasarnos nada —dijo Pepi con seguridad—. Y si Juanito daña a su madre, le cortaremos los huevos y en paz. —Su contestación me sacó una sonrisa—. Vamos, Juli, coñe, que tenemos ovarios pa esto y pamás.

—Pues eso digo yo —le contesté, autoconvenciéndome—. P’alante. —Suspiré por la afirmación cómplice de Pepi, quien se mostró orgullosa de mi respuesta.

Y aunque no iba a dejar a mis amigas en la estacada, algo me decía que aquello iba a ser más complicado que vender marihuana con carritos de la compra.

Al llegar, comprobamos que las chicas ya lo habían recogido todo. Así éramos nosotras: un equipo. ¡Qué digo un equipo; un equipazo! Quimeta y Elena nos esperaban impacientes. No tardamos en cargar el coche, poner la alarma y salir en dirección al barrio. Sabíamos que llegaríamos a las tantas de la noche.

Mis predicciones fueron de lo más acertadas, pues aparecimos en nuestras casas ya entrada la madrugada. Paramos por el camino para cenar mientras nos montábamos la película de lo que podríaestar pasando conJuanillo. Esa historia tenía tantas incógnitas que podría tratarse de cualquier cosa.

Una vez que llegamos, nos despedimos hasta la mañana siguiente. Elena vivía en mi casa desde que lo perdió todo en el incendio de nuestra anterior aventura. No le apetecía estar sola desde entonces. Por otro lado, mi hijo pequeño Éric se habíaido a vivir con Anaïspoco despuésde que acabase el tema de lasmarietas, así que sitio me sobraba.

Aquella noche dormí poco, y estaba segura de que mi amiga Elena no podría descansar pensando en el sinvergüenza de su Juan.Sí, era unsinvergüenza, pero también era suyo. Qué difícil era su situación. En silencio, pensaba en los míos y le daba las gracias a Dios de que todos estuvieran en sus casas, tranquilos y a salvo con sus familias, y que ninguno de ellos estuviera metido en líos. Di vueltas en la cama discurriendo sobre que ese chico se había criado en una casa normal, como así hicimos Sebas —mi exmarido y padre de mis hijos— y yo con los nuestros. Sin embargo, su muchacho se juntó con quien no debía y pasó lo que al parecer era inevitable. Mi ex y yo lo habíamos hablado muchas tardes de café, puesto que, a pesar de estar separados, nuestra relación era preciosa. Creo que nunca habíamos dejado de querernos, aunque estábamos mejor separados.

Volviendo al tema, cada vez que conversábamos sobre Juanito, llegábamos a la conclusión de la mala suerte que había tenido aquella pareja y de que el niño sedesviara. Eso, junto con la muerte de su marido, hizo que el corazón de Elena sucumbiese casi por completo. No quiero pensar en si no nos tuviera, en si no conserváramos con honor aquel «Una para todas y todas para una»que defenderíamos con nuestra vida sin dudarlo. Di tantas vueltas sin poder dormir que al final me levanté de la cama para tomar un vaso de leche caliente y reconciliarme con el sueño, o al menos intentarlo.

En la barra de la cocina, me encontré a Elena, que al parecer había tenido la misma idea que yo.

—No sé si tomarme un vaso de leche o un coñac —me dijo con media sonrisa en sus labios, sentada en uno de los taburetes de la barra.

—Yo tampoco me decido. —Me senté en el taburete de su lado.

—Apuesto por el coñac —se decidió. Se levantó y fue a por la botella que estaba en el mueblecillo de la cocina para aliñar el último café del día. La opción del vaso de leche había quedado descartada también. Sacó dos vasitos y echó un poco del licor en cada uno. Puso uno de ellos frente a mí.

—No sé qué decirte —me sinceré con ella—. No sé con lo que vamos a encontrarnos cuando empecemos a tirar del hilo... Y no sé cómo evitarte todo esto —logré decir con un tono de voz que me cortó un sollozo inesperado.

Elena dejó su vaso de lado y se acercó a mí para abrazarme.

—No sé qué haría sin vosotras, Juli —me confesó—. Lo que haga mi hijo lo ha decidido él. —Se apartó de mí y volvió a su taburete—. Hace años que entendí que ya lo había hecho todo por él y que hay cosas que no están en las manos de una madre por mucho que quiera a sus hijos. —Una lágrima traicionera resbaló por una de sus mejillas—. Lo único que quiero es que no le pase nada, saber si la niña existe y, si es así, que esté bien. Todo lo demás no está en mis manos, ni tampoco quiero que lo esté. Lo ayudaré a salir de esta porque lo quiero, porque es mi hijo, pero nada más.

Asentí con la cabeza. Poco había que añadir.

—Por nosotras —le dije al levantar el vaso, ofreciéndole un sencillo brindis—. Por ti, que a valiente no te gana nadie.

Ella asintió con los ojos vidriosos y unió su vasito al mío, aceptando aquel brindis, que era tan cierto como que cada mañana amanece. No había conocido nunca a mujer más valerosa que ella, ni con treinta, cuarenta, cincuenta ni entrada en los sesenta años. Y es que el valor no se disipa con la edad. Eso lo entendí durante nuestra época con las marietas.

Sonriendo en silencio, nos bebimos el aliñado. Después, nos dimos un abrazo antes de retirarnos cada una a nuestros aposentos e intentar conciliar el descanso.

El licor me ayudó a calmarme, aunque vi pasar todas las horas de la noche. Para las siete de la mañana, oí la ducha y supe que Elena también había estado en vela. Me levanté e hice el desayuno de ambas, y mientras ella ya se vestía, yo me duché. Desayunamos sin hablar mucho del tema. Mi hija Ana me envió por WhatsApp fotos de sus mellizos, explicándome la última trastada de la alegría de mi casa.

—Mira qué dos. —Le mostré la imagen a Elena, quien sorbía su café con leche. Sonrió con ganas al verlos.

Ya tenían casi dos años, edad perfecta para hacer todas las trastadas se les pasaba por la cabeza.

Tras el tentempié, decidimos ponernos manos a la obra y deshacer el equipaje. Pusimos un par de lavadoras, y para las diez de la mañana Quimeta y Pepi ya estaban en mi casa, como habíamos acordado.

Coloqué una cafetera al fuego para tomarme lo que sería el segundo café de la mañana.

—¿Sabes algo ya? ¿Te ha dicho algo Patri? —quiso saber Quimeta conforme azucaraba su café.

—No. No les ha dado tiempo a nada, supongo —le contesté—. Las llamaré en un rato.

—Mientras tanto, he traído esto —nos indicó Pepi, y sacó unos papeles de una bolsa tipo bandolera —. Esta mañana a primera hora he conseguido de la libriteca más información de México y de los carteles.

—Biblioteca, hija mía —la amonestó Quimeta, cabeceando.

—Lo que sea. Pero libriteca es más correcto que biblioteca, dado que tienen muchos libros, no muchas biblias —la rebatió a la vez que cubría la mesa con los papeles que había traído. Mapas, fotocopias, anotaciones... Siempre había pensado que Pepi, a pesar de sus patadas al diccionario, era una mujer muy inteligente.

—¿Y esto? —le preguntó Elena, señalando un cuaderno que había sobre la mesa.

—Eso es mío —indicó Pepi.

—¿Insultos en castellano antiguo? —volvió a preguntarle Elena al leer el título.

—Sí —le aclaró Pepi, muy segura de sí misma—. Necesito contenido para mi TikTok —nos informó.

El resto nos miramos sin hacer comentarios. Su hermana negaba con la cabeza, escrutándola, mientras Pepi seguía esparciendo papeles por la mesa.

—A ver, Pepi —comencé—, ¿qué has sacado en claro? —Me senté al lado de las chicas, en el sofá, viendo cómo continuaba esparciendo por la mesa de café todo un arsenal de documentos que, por lo visto, tenían un orden propio.

—He consultado varios mapas de México, los cuales están divididos por las pancartas de narcotráfico. Tenemos que saber con qué pancarta se le relaciona a Juan, así sabremos qué territorios domina y el poder que tiene —nos explicó solemne mientras la mirábamos sin hablar.

—Pepi, se dice carteles, no pancartas. Carteles —la corregí con paciencia.

—Es lo mismo, no me hagastútambiéntantohate —me contestó, dejándonos alucinadas.

—¿Hate? —le preguntó Elena, arrugando la nariz.

—Cosas de redes sociales, nenas —zanjó, lo que hizo que ninguna de nosotras preguntara más. No queríamos desviarnos del tema principal.

En ese momento, como si Óscar estuviera espiándonos por un agujerito invisible en la pared, sonó mi teléfono móvil, indicando su nombre en la pantalla. Me sobresalté al oírlo pero lo cogí, y les mostré a las chicas quién me requería. Enseguida, lo atendí. Ellas estaban en silencio, atentas a todo lo que pudiera hacer o decir a medida que yo escuchaba la información. Le presté atención a mi futuro yerno mientras veía cómo los ojos impacientes de mis amigas —sobre todo, los de Elena— se fijaban en mí con la esperanza de saber algo pronto. Al terminar la conversación, yo era el centro de atención.

—¿Y bien? —me preguntó Quimeta en nombre del resto y de ella.

—A ver —comencé, sentándome en el filo del asiento del sofá—, Juan sí ha tenido problemas con la Justicia y tiene antecedentes por narcotráfico. Aunque fue detenido hace unos meses, en los que la policía pudo incautar una gran cantidad de cocaína que es la que supongo que le reclama el cartel, ahora mismo está en libertad, pero no se sabe su paradero. —Elena me observaba con una mezcla de pena y expectación—. Según las informaciones, sí, tienes una nieta que se llama Luna Yacarta. Su madre murió semanas después de la detención de tu hijo en circunstancias desconocidas. —Inspiré aire mientras observaba la reacción de Elena, quien me escuchaba con tanta atención que parecía que ni respirase siquiera—. El cartel con el que se le relaciona es el de Paca Yacarta.

—¿Es todo? —me preguntó Pepi irónicamente.

Asentí en silencio. Elena suspiró, creo que reprimiendo las lágrimas que luchaban por salir, pero no emitió ni un sonido.