El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, 16 - Miguel de Cervantes Saavedra - E-Book

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, 16 E-Book

Miguel de Cervantes Saavedra

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Beschreibung

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha por Miguel de Cervantes Saavedra, decimosexto tomo. Este libro contiene los capítulos XXXVIII al XLVII de la segunda parte y un prólogo de Julio Torri.

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MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA

El ingenioso hidalgoDon Quijote de la Mancha16

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

Primera edición FONDO 2000, 1999Primera edición electrónica, 2017

Contiene los capítulos XXXVIII al XLVII de la segunda parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Prólogo de Julio Torri, tomado de Diálogo de los libros, México, 1980.

D. R. © 1999, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-5304-8 (ePub)ISBN 978-607-16-5288-1 (ePub, Obra completa)

Hecho en México - Made in Mexico

Don Quijote es, en su demencia, un espíritu perfectamente seguro de sí mismo y de su caso, o más bien su demencia sólo consiste en ello, en que está y queda seguro de sí y de sus cosas.

HEGEL

ÍNDICE

PRÓLOGO. Julio Torri.

CAP. XXXVIII.—Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la Dueña Dolorida.

CAP. XXXIX.—Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable historia.

CAP. XL.—De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta memorable historia.

CAP. XLI.—De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura.

CAP. XLII.—De los consejos que dio Don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la Ínsula, con otras bien consideradas.

CAP. XLIII.—De los consejos segundos que dio Don Quijote a Sancho Panza.

CAP. XLIV.—Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la extraña aventura que en el castillo sucedió a Don Quijote.

CAP. XLV.—De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su Ínsula y del modo que comenzó a gobernar.

CAP. XLVI.—Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió Don Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora.

CAP. XLVII.—Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su gobierno.

Plan de la obra.

PRÓLOGO

JULIO TORRI

Don Quijote es obra del buen tiempo de la raza, y sus caracteres son la opulencia, la vida rebosante, la gracia y sello de aquella edad magnífica. Los críticos de hoy irán a buscar una visión más profunda de la vida a la Tragicomedia de Calixto y Melibea, a la exquisita y doliente novela de Diego de San Pedro, al Amadís de Gaula, dechado de la literatura caballeresca peninsular.

En el Quijote hallamos, sin embargo, al conjuro de una prosa transparente y cristalina, dos personajes que eternizan —como las aladas figuras de una urna griega— las formas cambiantes de la vida: el hidalgo de la Mancha, cuyo brazo está siempre dispuesto a la acción desinteresada y a las hazañas peligrosas; y el rústico escudero, lleno de buen sentido y refranes, acabado tipo del hombre del pueblo, con las buenas virtudes de las gentes del campo, la ingenuidad, la credulidad, la fidelidad.

Don Quijote es la generosidad misma: su espada y su vida, en toda ocasión al servicio del débil del oprimido. Perdió el seso en las lecturas de caballerías y piensa renovar el mundo, resucitando la venerable cohorte de los paladines. El medio es extravagante, pero nada más el medio. El propósito nada tiene de desvariado, y al encontrar el mundo lleno de perversidad y malicia, nuestro caballero andante se pone a la cabeza de la legión de los inconformes, de los que no transigen con su tiempo y permanecen siempre inadaptados a los moldes de fealdad y maldad que se les ofrece para vaciar su vida. De este desacuerdo moral profundo entre Don Quijote y lo exterior proviene esa melancolía meditativa que ennoblece su frente de escogido, esa tristeza que vela sus ojos, sus ojos que en la hora de la meditación han contemplado praderas desoladas y horizontes sombríos.

Por eso, tan pronto como nos acostumbramos a su extraña locura, nos sentimos penetrados de infinita simpatía. ¡Mísero el caballero que va por caminos infestados de venteros y yangüeses!, un barbero y un cura de aldea le queman sus libros; y sobre el frágil cuerpo llueven a cada paso los estacazos y puñadas de la gente vil y plebeya.

Nada nos causa mayor pena que la frágil victoria del caballero de la Blanca Luna. Don Quijote cae gloriosamente maltrecho en tierra; con la lanza enemiga sobre la visera, dice con desfallecida voz estas bellas palabras: “Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo, el más desdichado caballero de la Tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra”. Penetrado de la eficacia estética y moral de una muerte heroica, cierra los ojos y espera la apoteosis. Pero ésta no viene: hay que luchar aún, y esta vez con los peores enemigos: la inacción, el fastidio, la aldea.

CAPÍTULO XXXVIII

Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la Dueña Dolorida

Detrás de los tristes músicos comenzaron a entrar por el jardín adelante hasta cantidad de doce dueñas, repartidas en dos hileras, todas vestidas de unos monjiles anchos, al parecer, de anascote1 batanado, con unas tocas blancas de delgado canequí,2 tan luengas, que sólo el ribete del monjil descubrían. Tras ellas venía la Condesa Trifaldi, a quien traía de la mano el escudero Trifaldín de la Blanca Barba, vestida de finísima y negra bayeta por frisar, que a venir frisada,3descubriera cada grano de grandor de un garbanzo de los buenos de Martos. La cola o falda, o como llamarla quisieren, era de tres puntas, las cuales se sustentaban en las manos de tres pajes, asimesmo vestidos de luto, haciendo una vistosa y matemática figura con aquellos tres ángulos acutos que las tres puntas formaban; por lo cual cayeron todos los que la falda puntiaguda miraron que por ella se debía llamar la Condesa Trifaldi, como si dijéramos la Condesa de las Tres Faldas; y así dice Benengeli que fue verdad, y que de su propio apellido se llamó la Condesa Lobuna, a causa que se criaban en su condado muchos lobos, y que si como eran lobos fueran zorras, la llamaran la Condesa Zorruna, por ser costumbre en aquellas partes tomar los señores la denominación de sus nombres de la cosa o cosas en que más sus estados abundan; empero esta condesa, por favorecer la novedad de su falda, dejó el Lobuna y tomó el Trifaldi.

Venían las doce dueñas y la señora a paso de procesión, cubiertos los rostros con unos velos negros, y no trasparentes como el de Trifaldín, sino tan apretados, que ninguna cosa se traslucía. Así como acabó de parecer el dueñesco escuadrón, el Duque, la Duquesa y Don Quijote se pusieron en pie, y todos aquellos que la espaciosa procesión miraban. Pararon las doce dueñas y hicieron calle, por medio de la cual la Dolorida se adelantó, sin dejarla de la mano Trifaldín; viendo lo cual el Duque, la Duquesa y Don Quijote, se adelantaron obra de doce pasos a recebirla. Ella, puestas las rodillas en el suelo, con voz antes basta y ronca que sutil y delicada, dijo:

—Vuestras grandezas sean servidas de no hacer tanta cortesía a este su criado, digo, a esta su criada; porque según soy dolorida, no acertaré a responder a lo que debo, a causa que mi extraña y jamás vista desdicha me ha llevado el entendimiento no sé adónde, y debe de ser muy lejos, pues cuanto más le busco, menos le hallo.

—Sin él estaría —respondió el Duque—, señora Condesa, el que no descubriese por vuestra persona vuestro valor, el cual, sin más ver, es merecedor de toda la nata de la cortesía y de toda la flor de las bien criadas ceremonias.

Y levantándola de la mano, la llevó a asentar en una silla junto a la Duquesa, la cual la recibió asimismo con mucho comedimiento. Don Quijote callaba y Sancho andaba muerto por ver el rostro de la Trifaldi y de alguna de sus muchas dueñas; pero no fue posible, hasta que ellas de su grado y voluntad se descubrieron.

Sosegados todos y puestos en silencio, estaban esperando quién le había de romper, y fue la Dueña Dolorida, con estas palabras:

—Confiada estoy, señor poderosísimo, hermosísima señora y discretísimos circunstantes, que ha de hallar mi cuitísima en vuestros valerosísimos pechos acogimiento no menos plácido que generoso y doloroso; porque ello es tal, que es bastante a enternecer los mármoles y a ablandar los diamantes y a molificar los aceros de los más endurecidos corazones del mundo; pero antes que salga a la plaza de vuestros oídos (por no decir orejas), quisiera que me hicieran sabidora si está en este gremio, corro y compañía, el acendradísimo caballero Don Quijote de la Manchísima y su escuderísimo Panza.

—El Panza —antes que otro respondiese dijo Sancho— aquí está, y el Don Quijotísimo asimismo; y así podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo que quisieridísimis, que todos estamos prontos y aparejadísimos a ser vuestros servidorísimos.

En esto, se levantó Don Quijote, y encaminando sus razones a la Dolorida Dueña, dijo:

—Si vuestras cuitas, angustiada señora, se pueden prometer alguna esperanza de remedio por algún valor o fuerzas de algún andante caballero, aquí están las mías, que aunque flacas y breves, todas se emplearán en vuestro servicio. Yo soy Don Quijote de la Mancha, cuyo asumpto es acudir a toda suerte de menesterosos; y siendo esto así, como lo es, no habéis menester, señora, captar benevolencias ni buscar preámbulos, sino a la llana y sin rodeos decir vuestros males; que oídos os escuchan que sabrán, si no remediarlos, dolerse dellos.

Oyendo lo cual la Dolorida Dueña, hizo señal de querer arrojarse a los pies de Don Quijote, y aún se arrojó, y pugnando por abrazárselos, le decía:

—Ante estos pies y piernas me arrojo, ¡oh caballero invicto!, por ser los que son basas y colunas de la andante caballería; estos pies quiero besar, de cuyos pasos pende y cuelga todo el remedio de mi desgracia, ¡oh valeroso andante, cuyas verdaderas fazañas dejan atrás y escurecen las fabulosas de los Amadises, Esplandianes y Belianises!

Y dejando a Don Quijote, se volvió a Sancho Panza, y asiéndole de las manos, le dijo:

—¡Oh tú, el más leal escudero que jamás sirvió a caballero andante en los presentes ni en los pasados siglos, más luengo en bondad que la barba de Trifaldín, mi acompañador, que está presente! Bien puedes preciarte que en servir al gran Don Quijote sirves en cifra a toda la caterva de caballeros que han tratado las armas en el mundo. Conjúrote, por lo que debes a tu bondad fidelísima, me seas buen intercesor con tu dueño para que luego favorezca a esta humildísima y desdichadísima Condesa.

A lo que respondió Sancho:

—De que sea mi bondad, señora mía, tan larga y grande como la barba de vuestro escudero, a mí me hace muy poco al caso: barbada y con bigotes tenga yo mi alma cuando desta vida vaya, que es lo que importa; que de las barbas de acá poco o nada me curo; pero, sin estas socaliñas ni plegarias, yo rogaré a mi amo (que sé que me quiere bien y más agora que me ha menester para cierto negocio) que favorezca y ayude a vuesa merced en todo lo que pudiere. Vuesa merced desembaule su cuita, y cuéntenosla, y deje hacer; que todos nos entenderemos.

Reventaban de risa con estas cosas los Duques, como aquellos que habían tomado el pulso a la tal aventura, y alababan entre sí la agudeza y disimulación de la Trifaldi, la cual, volviéndose a sentar, dijo:

—Del famoso reino de Candaya, que cae entre la gran Trapobana y el mar del Sur, dos leguas más allá del cabo Comorín, fue señora la reina Doña Maguncia, viuda del rey Archipiela, su señor y marido, de cuyo matrimonio tuvieron y procrearon a la infanta Antonomasia, heredera del reino; la cual dicha infanta Antonomasia se crió y creció debajo de mi tutela y doctrina, por ser yo la más antigua y la más principal dueña de su madre. Sucedió, pues, que yendo días y viniendo días, la niña Antonomasia llegó a edad de catorce años, con tan gran perfeción de hermosura, que no la pudo subir más de punto la naturaleza. ¡Pues digamos agora que la discreción era mocosa! Así era discreta como bella, y era la más bella del mundo, y lo es, si ya los hados invidiosos y las parcas endurecidas no la han cortado la estambre de la vida. Pero no habrán; que no han de permitir los cielos que se haga tanto mal a la tierra como sería llevarse en agraz el racimo del más hermoso veduño4 del suelo. De esta hermosura (y no como se debe encarecida de mi torpe lengua) se enamoró un número infinito de príncipes, así naturales como extranjeros, entre los cuales osó levantar los pensamientos al cielo de tanta belleza un caballero particular que en la Corte estaba, confiado en su mocedad y en su bizarría, y en sus muchas habilidades y gracias, y facilidad y felicidad de ingenio; porque hago saber a vuestras grandezas, si no lo tienen por enojo, que tocaba una guitarra que la hacía hablar; y más, que era poeta, y gran bailarín, y sabía hacer una jaula de pájaros, que solamente a hacerlas pudiera ganar la vida, cuando se viera en extrema necesidad; que todas estas partes y gracias son bastantes a derribar una montaña, no que una delicada doncella. Pero toda su gentileza y buen donaire y todas sus gracias y habilidades fueran poca o ninguna parte para rendir la fortaleza de mi niña, si el ladrón desuellacaras no usara del remedio de rendirme a mí primero. Primero quiso el malandrín y desalmado vagamundo granjearme la voluntad y cohecharme el gusto, para que yo, mal alcaide, le entregase las llaves de la fortaleza que guardaba. En resolución, él me aduló el entendimiento y me rindió la voluntad con no sé qué dijes y brincos que me dio; pero lo que más me hizo postrar y dar conmigo por el suelo fueron unas coplas que le oí cantar una noche, desde una reja que caía a una callejuela donde él estaba, que si mal no me acuerdo decían:

De la dulce mi enemiga

nace un mal que al alma hiere,

y por más tormento, quiere

que se sienta y no se diga.

Parecióme la trova de perlas, y su voz, de almíbar, y después acá, digo, desde entonces, viendo el mal en que caí por estos y otros semejantes versos, he considerado que de las buenas y concertadas repúblicas se habían de desterrar los poetas, como aconsejaba Platón, a lo menos, los lascivos, porque escriben unas coplas, no como las del Marqués de Mantua, que entretienen y hacen llorar a los niños y a las mujeres, sino unas agudezas que a modo de blandas espinas os atraviesan el alma, y como rayos os hieren en ella, dejando sano el vestido. Y otra vez cantó:

Ven muerte, tan escondida,

que no te sienta venir,

porque el placer del morir

no me torne a dar la vida.

Y deste jaez otras coplitas y estrambotes, que cantados encantan y escritos suspenden. Pues ¿qué cuando se humillan a componer un género de verso que en Candaya se usaba entonces, a quien ellos llamaban seguidillas? Allí era el brincar de las almas, el retozar de la risa, el desasosiego de los cuerpos y,