El juego de la araña - Raisa Martín - E-Book

El juego de la araña E-Book

Raisa Martín

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Beschreibung

Katherine Montgomery parece una chica corriente en su último año de universidad, con una vida carente de emoción y riesgos. Lo que pocos saben es que lleva una doble vida. Cada noche se vuelve la jefa de un club nocturno y toma su papel como «La araña». Años de legado familiar le han proporcionado unas telarañas firmes y extensas de contactos. Ella solo tiene que saber de qué hilos tirar para conseguir información. Porque la obtención de información es su trabajo. Las noches le parecen aburridas hasta la llegada de Aiden Volkov. Él conoce su secreto, sabe su verdadera identidad y tiene un trabajo para ella. Al principio todo parecerá sencillo hasta que las cosas empiecen a torcerse. Entrará en un juego en el que podría perder más de lo que ella piensa. Lo que al principio empieza como curiosidad, acabará siendo una carrera contrarreloj contra la muerte. Descubrirá secretos que no quería saber, verá su mundo tambalearse y su corazón también. Sexo, drogas, violencia y traición comenzarán a invadir su mundo. Ella es hermosa, inteligente y venenosa. Él es arrogante, misterioso y manipulador. ¿Qué podría salir mal?

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EPUB
MOBI

Seitenzahl: 1204

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Publicado por:

www.novacasaeditorial.com

[email protected]

© 2022, Raisa Martín

© 2022, de esta edición: Nova Casa Editorial

Editor

Joan Adell i Lavé

Coordinación

Edith Gallego Mainar

Portada

Tyler Rood

Maquetación

Cristina Segura

Corrección

Clàudia Colom

Impresión

PodiPrint

Primera edición: noviembre de 2022

Depósito Legal: B 20607-2022

ISBN: 978-84-18726-14-9

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917021970/932720447).

RAISA MARTÍN

Índice

Dedicatoria

Forewords

Nota de advertencia al lector:

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

CAPÍTULO 19

CAPÍTULO 20

CAPÍTULO 21

CAPÍTULO 22

CAPÍTULO 23

CAPÍTULO 24

CAPÍTULO 25

CAPÍTULO 26

CAPÍTULO 27

CAPÍTULO 28

CAPÍTULO 29

CAPÍTULO 30

CAPÍTULO 31

CAPÍTULO 32

CAPÍTULO 33

CAPÍTULO 34

CAPÍTULO 35

CAPÍTULO 36

CAPÍTULO 37

CAPÍTULO 38

CAPÍTULO 39

CAPÍTULO 40

CAPÍTULO 41

EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

Para mis lectoras, para cada Cassie y Katherine que habita en vosotras. Sois fuertes.

Y para mi madre, mi ejemplo de mujer fuerte.

Cuando dos personas que se quieren chocan, no se mezclan, se rompen.

Anatole France

Nota de advertencia al lector: este libro está destinado a un público adulto debido a la presencia de temas que pueden dañar la sensibilidad del lector. El libro consta con el uso de vocabulario soez, además de la presencia de escenas de carácter explícito: contenido erótico, abuso sexual y contenido violento, entre otros.

CAPÍTULO 1

katherine

El club está concurrido como siempre, desde mi asiento puedo ver como la pista está repleta de personas que contonean sus cuerpos al ritmo de la música. La verdad es que hace tiempo que este ambiente ha dejado de sorprenderme. Me paso la gran mayoría de noches entre estas paredes, mi sitio de trabajo, mi refugio y también mi cárcel. Todo a la vez.

—¡Kathy! —grita una voz conocida a mi espalda.

Al volverme me encuentro con la encantadora sonrisa de Dash y sus ojos que me miran con diversión. Eso traducido a mi idioma significa que algo pasa y no precisamente algo que me vaya a gustar. Claro que a él le encanta todo lo que me hace enfadar por el simple hecho de verme enfadada, pero bueno, ¿quién soy yo para juzgarlo? Cada loco con su tema.

—Déjame adivinar —digo con cara de pocos amigos—. Algo ha pasado en el club. Escúpelo.

—Hay alguien que insiste —hace hincapié en esto— en querer hablar. Ya le he dicho que no atiendes a nadie sin cita previa, pero de verdad que el condenado no para de insistir.

—Bueno, tú mismo lo has dicho, no atiendo a nadie sin cita previa.

Rodeo su hombro y me pongo en marcha hacia mi despacho.

Dash y yo tenemos una relación complicada, por llamarlo de alguna manera. No es fácil ser el empleado de una chica con la que te has enrollado una vez, bueno, dos, puede que tres o… muchas veces, y que encima justo te ha dejado por este maldito club. Pero el destino es caprichoso y Dash acabó trabajando para mí después de todo. Intentamos que la relación cordial funcione y ser lo más profesionales que podemos, aunque es un poco difícil cuando entre nosotros flota siempre un aire cargado de odio y tensión sexual a partes iguales. Su pelo castaño, esos ojos verdes que siempre te miran traviesos y esa sonrisa diseñada por los mismísimos dioses estuvieron a punto de enamorarme tiempo atrás, ese tiempo en el que no tenía una reputación que mantener ni un club que vigilar.

Los dos guardaespaldas que mi padre tiene contratados para mí hacen que el camino de regreso a mi despacho ocurra sin incidencias, nada de codazos, vasos derramados ni cosas típicas de club nocturno. Abro la puerta maciza pintada de negro y me meto dentro no sin antes encender la luz. Este es el único sitio donde puedo tener un respiro de vez en cuando durante las noches del club, así que me dejo caer encima del mullido sillón rojo frente al escritorio de caoba negro. Encima hay varios papeles, algunos son simples facturas, pero otros son encargos muy especiales. Les echo un rápido vistazo, consciente de todo el trabajo que tengo pendiente por hacer. Durante mi lectura empiezo a escuchar que se forma bastante ruido frente a la puerta, al principio pienso que será algún borracho que se ha equivocado buscando los baños, luego me doy cuenta de que es alguien insistiendo en entrar a mi despacho. Me levanto del sillón y camino decidida haciendo resonar mis tacones.

—Solo será un momento… —Escucho que dice alguien al otro lado de la puerta—. No me llevará más de dos minutos.

Abro la puerta y al mirar hacia arriba me encuentro directamente con unos ojos grises que me miran como si fuese la cosa más divertida del mundo. Mis guardaespaldas tienen sus brazos por delante de su cuerpo, impidiéndole entrar o acercarse a mí. Le caen algunos mechones rebeldes negro azabache sobre la frente y su camisa impoluta de niño pijo está un poco arrugada.

—¿Se puede saber qué coño está pasando? —Enarco una ceja en su dirección y paso los ojos de los guardaespaldas al chico.

—Lo sentimos, jefa. Este chico insiste en verte.

—No atiendo sin cita previa.

—Justo le estábamos diciendo eso.

Le hace un gesto con la cabeza a su compañero y este coge al chico de ojos grises por la pechera de su camisa. Me doy la vuelta para volver a mi trabajo, pero el chico de alguna forma consigue agarrarme la muñeca. Tendré que hablar con mi padre sobre la eficacia de sus guardaespaldas.

—Mi padre quiere contratar tus servicios, araña.

Me quedo mirándolo fijamente. Si sabe cómo me llaman por los bajos fondos es porque alguien le debe de haber contado sobre mí y, normalmente, elijo muy bien a mis clientes. Medito durante unos segundos si dejarle pasar hasta que al final cedo y le indico con un movimiento de cabeza que pase dentro. Él les dedica un gesto burlón a mis guardaespaldas, como queriendo decir «¿A que no era tan difícil?», y me sigue dentro del despacho.

—Bien —Cruzo los brazos bajo mi pecho—. ¿Qué es lo que quiere tu padre de mí?

—Tus servicios, ya te lo he dicho.

Es evidente que está intentando burlarse de mí.

—Parece que no era tan importante lo que tenías que decirme después de todo —digo de nuevo camino a la puerta—. Tengo demasiado trabajo como para aguantar bromitas de niño pijo.

—Vale, vale —Alza las manos en un gesto conciliador—. Joder, alguien se ha despertado con el pie izquierdo esta mañana.

—Siempre me despierto con el pie izquierdo —Le dedico una sonrisa llena de veneno—. Mira, si lo que quieres es jugar o pasar el rato, no tengo tiempo. Como podrás ver por el aspecto de mi escritorio, tengo más trabajo del que te puedas imaginar.

Me dirijo de nuevo a mi sitio detrás del escritorio y cruzo las manos frente a mí, esperando que hable o que se marche por donde ha venido. La verdad es que ahora que lo miro con detenimiento es un niño pijo atractivo. Tiene la piel ligeramente bronceada y la forma en que las mangas de su camisa se adaptan a su cuerpo deja claro que está en forma. Sus cejas son totalmente negras y arqueadas de una forma elegante, junto a sus ojos es lo que hace que te quedes más rato de la cuenta mirándolo. Ojos que, por cierto, están justo ahora mismo mirándome mientras yo hago mi escrutinio personal.

—Un amigo de mi padre le recomendó tus servicios y quiere contratarlos. Me dijo que me disculpara por no venir él mismo, pero ya sabes —Dedica un gesto burlón en mi dirección—. Está haciendo cosas de ricos y todo eso.

—¿En qué consiste el trabajo?

—Poca cosa. Mi padre quiere que extiendas tus telas de araña y le consigas cierta información sobre un socio suyo.

Es un trabajo demasiado fácil para la insistencia que ha mostrado antes. Para mí es muy sencillo extender todas mis telarañas y conseguir la información que quiera. De ahí el nombre por el que me conocen: araña. Tengo muchas conexiones, muchas personas dispuestas a prestarme sus oídos o tal vez más que eso, guardo muchos secretos de muchos individuos. Me dedico sobre todo a la obtención de información, pero a veces hago encargos especiales de otra índole. Eso sí, no me mancho las manos de sangre. Es uno de mis límites.

—¿Solo eso? —Enarco una ceja de nuevo—. ¿Me estás diciendo que no podías esperar a obtener una cita por algo tan sencillo como eso? ¿Dónde está la complicación?

Se mete las manos dentro de sus bolsillos y me lanza una sonrisa de lado.

—Bueno, no estoy al tanto de todos los pensamientos de mi padre. Solo sé que parece un socio que podría estar metido en temas… —Se detiene, pensando cuál sería la palabra correcta para definirlo—. Muy ilegales.

—Dile a tu padre que, si de verdad quiere mis servicios, deberá presentarse ante mí él mismo y contármelo todo. No a su hijo que no tiene ni idea de nada.

Suelta una carcajada a la vez que saca las manos de sus bolsillos y se rasca la nuca. Algo en él me huele extraño. Aún no sé el qué, pero cada vez que lo miro siento que las cosas no encajan correctamente. Noto sus hombros tensos bajo la camisa y la sonrisa es demasiado falsa para ser real ahora que lo miro mejor. Da la sensación de ser una muñeca formada con partes de otras muñecas que no encajaban bien entre sí. Una reflexión un tanto extraña dado que yo soy la primera que cada día tiene que componerse a sí misma con cosas que no le pertenecen y fingir ser otra persona.

—Entonces, ¿considerarás la oferta?

—Sí, pero solo la consideraré. Cuando tu padre decida regalarme su presencia, entonces hablaremos de verdad.

Con eso doy la conversación por finalizada y me levanto de mi asiento esperando que sea señal suficiente para que capte la indirecta y se vaya. Qué sorpresa, no lo hace. Está siendo un verdadero grano en el culo.

—Qué desconsiderado por mi parte, no me he presentado —Se acerca al otro lado del escritorio que nos separa y toma mi mano apretándola con fuerza. Su mano está demasiado caliente en comparación con la mía—. Soy Aiden Volkov.

Le sostengo la mirada mientras nuestras manos se estrechan con fuerza. Casi demasiada. Su mirada se vuelve desafiante a la vez que traviesa, como si él supiese algo que yo no sé. Cosa que cada vez parece más probable dada esta sensación extraña internada en mi estómago. Le suelto la mano cuando creo que las formalidades han sido más que cumplidas y le muestro una sonrisa que espero que le deje claro que ya puede marcharse y dejarme tranquila.

Parece que sí.

Mientras lo veo marchar hasta la puerta apoyo los brazos de espaldas al escritorio, y no voy a mentir, tengo unas increíbles vistas. Los pantalones negros de traje se le ajustan a la perfección justo en los lugares donde tienen que ajustarse. Los dioses han querido regalarme dos segundos de disfrute visual. Justo cuando está a punto de salir del despacho, sujeta la puerta con la mano, me mira una última vez y agrega:

—Nos veremos pronto, Katherine.

La puerta se cierra tras él y me deja ahí plantada. Katherine. Ha dicho mi nombre. Nadie conoce mi nombre real, al menos nadie que tenga que ver con el trabajo, solo personas muy concretas bajo mi mando. No es algo que sea realmente inquietante, pues mis dos mundos no suelen cruzarse, trabajo arduamente en que así sea, pero no me hace especial ilusión que una persona como él sepa mi verdadero nombre. No parece el tipo de persona inteligente que sabe qué información revelar y cuál no. ¿O sí? Además, todo ha sonado como una especie de promesa, o peor aún, una amenaza.

Decido no pensar más en el tema y ponerme de nuevo a echarle un vistazo a los papeles del escritorio. Tengo que estudiar bien mis encargos para poder empezar a tirar de los hilos y conseguir información. Es mi deber cerciorarme de que los trabajos no conlleven nada para mí ni para las personas bajo mi cargo, no queremos que nos salpique la mierda. Menos yo, que me vi arrastrada a todo esto por una especie de legado familiar y no quiero que este retorcido legado acabe con mi futuro. Más de lo que ya lo está.

Alguien toca a la puerta y, de verdad, estoy empezando a ponerme furiosa. ¿Es que una no puede trabajar en paz esta noche?

—Al final lo ha conseguido, eh —dice Dash entrando a mi despacho como si fuese el rey del lugar. En realidad, es el rey de tocarme los ovarios. Lo ignoro, con la esperanza de que se vaya, pero qué ilusa soy, ¡Dash disfruta tocándole las pelotas a la gente!—. ¿Y qué querían al final? Algo gordo supongo para insistir tanto.

—Nada que te incumba. —Alzo la vista de los papeles tras unos segundos—. Sabes que lo que hable con mis clientes o futuros clientes no te incumbe. Tú solo estás aquí para hacer lo que se te ordene, no para hacer preguntas. Creo que mi padre fue muy explícito en ello.

Sé que mencionando eso su humor se verá fastidiado, muy fastidiado. El odio que existe entre nosotros es a raíz de mi padre. Mi padre me obligó a atender este club. Mi padre descubrió trapos sucios del padre de Dash. Dash acabó bajo el yugo de mi padre e indirectamente del mío. Todo a fin de cuentas se reduce a mi padre.

—No me fío de ese tío —suelta—. Parece un chulo. ¿Quién se hace el chulo cuando va a pedir un favor a la araña?

—Estamos de acuerdo en algo por fin.

Me levanto del asiento y voy hasta el perchero donde tengo mi abrigo. He decidido que ya está bien por esta noche, es más que obvio que no podré trabajar hoy. Los astros no se han alineado a mi favor, al parecer. Me pongo el abrigo encima del vestido negro ceñido que llevo y siento el peso de la mirada de Dash mientras abotono cada botón.

«Disfruta de las vistas, Dash».

—Infórmame si ocurre algo importante en lo que queda de noche —sentencio cogiendo mi bolso—. Aunque lo dudo.

Apenas quedan dos horas para el cierre del club y a estas alturas lo que queda son casi todo borrachos. Lo peor que puede pasar es que se peleen. Mando un mensaje a mi chófer bajo la atenta mirada de Dash y luego salgo del despacho. Mis guardaespaldas me acompañan hasta la salida para evitar cualquier incidente y nada más bajar las escaleras del club me adentro en el coche que me espera.

Pasan unos minutos y cuando siento que ya estamos lo bastante lejos como para que nadie pueda verme me quito de un manotazo la peluca pelirroja de pelo corto que llevo cada noche de club para ocultar mi identidad lo máximo posible.

—¿Un día largo, señorita Katherine? —dice John, el chófer de la familia.

—No te lo puedes ni imaginar.

Escucho como suelta una pequeña risa que, para ser sincera, me resulta reconfortante. En el club todas las risas que comparto suenan vacías. Supongo que es normal, es el trabajo, no estamos allí para divertirnos, pero a veces se siente realmente mal que todo el mundo te dedique sonrisas vacías. No estoy allí porque quiera, estoy allí porque es mi obligación, y esa obligación pesa sobre mis hombros como mil demonios.

El resto del trayecto sucede en un silencio reconfortante hasta que llegamos a la entrada principal de la que es mi casa. No espero a que nadie abra mi puerta, salgo rápido del coche y subo las escaleras lo más rápido que mis tacones me permiten. La casa ya no tiene luz dentro, normal dada las altas horas de la madrugada que son. Me quito los tacones con un puntapié, sintiendo un alivio en las plantas de mis pies que no podría describir ni en mil años. Me dispongo a subir las escaleras hacia mi cuarto con el mayor cuidado posible. Estoy a medio camino cuando me parece ver luz por debajo de la puerta del despacho de mi padre.

¿Qué hace despierto tan tarde? Me debato si bajar para decirle que he llegado, pero la verdad es que el cansancio que tengo es mayor que mi obligación de ser una buena hija en este momento. Así que subo el tramo de escaleras que me falta y me encierro en mi cuarto sin hacer ruido al cerrar la puerta. Una vez dentro dejo los tacones en el suelo y empiezo a quitarme el abrigo, dejándolo caer encima de un pequeño sillón, y sigo luego con la cremallera de mi vestido. Me miro en el espejo y me quito todo el maquillaje, las joyas y las lentillas. Al final lo que queda frente al espejo es una chica que con dificultad llega al metro cincuenta y tres, con el pelo negro cayéndole en suaves ondas sobre los hombros y unos ojos entre azules y verdes que suplican por poder cerrarse y echar una cabezadita.

Me dejo caer bocabajo sobre la cama y no tardo mucho en entrar en ese estado entre la realidad y el sueño.

«Nos vemos pronto, Katherine».

Maldito niño pijo.

Cierro los ojos con fuerza y me digo a mí misma que ya está bien, lo que pasa en el club se queda en el club. En unas horas tendré que ser solo Katherine Montgomery, la estudiante de último año de universidad, así que más me vale quedarme dormida ya, si no quiero parecer más zombi de lo que ya voy a parecer mañana. Me cubro con la colcha y dejo que mis pensamientos se vayan. Todos menos uno, esa frase que ha sonado a promesa sigue resonando en mis oídos.

Y ya te digo si es una promesa.

CAPÍTULO 2

katherine

Como es de esperar, llego tarde a clase. No he pegado ojo en toda la noche, casi siempre que me toca estar en el club luego me cuesta mucho dormir. Mi cuerpo y mi mente se sienten tremendamente acelerados y me es imposible relajarme. Es algo con lo que poco a poco estoy aprendiendo a lidiar.

Salgo corriendo de la cama y me pongo el primer suéter que encuentro en el armario junto con un par de vaqueros negros. Recojo mi pelo en un moño que pretende ser cool, pero informal, y hago énfasis en «pretende» porque no estoy muy segura de parecer cool. Creo que más bien parezco una persona recién sacada del manicomio. Cojo mi bolso para clase, las llaves de mi coche y bajo las escaleras hacia la entrada principal lo más rápido que puedo.

—¿Otra vez llegando tarde, Katherine? —dice mi padre a mis espaldas.

Ruedo los ojos sin que me vea y le rezo a todos los dioses que conozco para que la conversación no sea demasiado larga. No es que odie a mi padre, pero sí que le tengo un poco de rencor por arrastrarme a este mundo. Normalmente, cuando tu hija se hace mayor de edad le compras un coche, le compras algo bonito o, en resumen, no la arrastras a un club donde se codea con gente poderosa y peligrosa.

—Llegué tarde del club, supongo que no he escuchado la alarma.

—¿Voy a tener que contratar a alguien para que te levante, Katherine?

Bueno, no puedo garantizar que mi padre no me odie. Desde que pasó lo de mi madre, nuestra relación nunca ha vuelto a ser como era. No es que fuera precisamente buena desde un principio, pero no sé si es porque me culpa de algo o si es que no soporta que yo haya tomado su lugar. Cosa que es ridícula ya que yo no quiero este maldito trabajo que me quita mi tiempo y me roba toda mi vida. Me veo obligada a mentir, a tener una doble vida, a vivir fingiendo ser otra persona que no soy. ¿Qué culpa tengo yo de que mamá se volviese una desequilibrada?

—No hace falta. Intentaré estar más atenta la próxima vez. —Agarro con más fuerza las asas de mi bolso—. Por cierto, ¿conoces a la familia Volkov?

—No me suena, ¿por qué?

Ni siquiera se piensa la respuesta.

—Nada, simple curiosidad. —Noto que está a punto de añadir algo más, pero lo corto—. Cosas del trabajo, papá. Me marcho.

Abro la puerta principal y salgo saltando las escaleras de la entrada de dos en dos, bajo la atenta mirada de mi padre. Llego hasta mi coche y me meto dentro de la seguridad que este me da. He sentido los ojos de mi padre fulminarme la nuca. No debería haber mencionado nada, no me gusta que se meta en mis asuntos de trabajo puesto que los dos tenemos formas muy distintas de hacer las cosas. Sinceramente, no pondría la mano en el fuego por la inocencia de mi padre. A veces quiero ignorarlo y hacerme la ingenua, aunque sé que sus métodos para conseguir las cosas no son tan permisivos como los míos. Yo utilizo la astucia, el espionaje, el ingenio. Mientras que mi padre puede intentarlo, pero a la primera de cambio empieza a utilizar la violencia.

Meto la llave dentro del contacto y enciendo la radio, esperando que esta al menos me distraiga un poco. El trayecto desde mi casa hasta el campus universitario es de unos veinte minutos si no hay atasco en la carretera. Mientras espero a que el semáforo cambie a verde, recibo un mensaje al teléfono:

«¿Te guardo un sitio al fondo?».

El mensaje es de Cassie. Una de las pocas amigas que tengo en la universidad y en general, si soy sincera. Tecleo rápidamente una respuesta y veo que tengo un segundo mensaje de la noche anterior que no he visto hasta ahora.

«Sin incidencias. El dinero de la caja de esta noche está en el primer cajón de tu escritorio. Bajo llave»

El semáforo se pone en verde y dejo el móvil caer encima del asiento del copiloto.

q

Quince minutos después, estaciono mi coche en el parking del campus y salgo a toda prisa agarrando mi bolso. Hay algunas personas desperdigadas por el césped, pero en general hay poca gente deambulando ya que la mayoría están en sus respectivas clases. Me dirijo por los pasillos casi vacíos hasta el aula en la que se imparte Psicología Social y cuando llego me meto dentro haciendo el menor ruido posible. Cassie está en la última fila con el pelo rubio recogido en una coleta y un bolígrafo golpeando su boca, junto a ella, mi asiento prometido. Me siento y le dedico una leve sonrisa mientras saco mi portátil del bolso y empiezo a coger apuntes.

Cassie me pasa un pequeño trozo de papel.

«El sábado. Fiesta en casa de Jules. Vienes?? Pls».

Escribo rápidamente una respuesta que sé que no le va a gustar. El sábado es el día más ajetreado en el club y no puedo permitirme faltar. Además, tengo unas reglas.

No voy a fiestas a excepción de una vez al mes, los motivos son dos muy concretos. En primer lugar, porque mi vida ya es una fiesta constante quiera o no, me veo arrastrada casi todas las noches a vestirme e irme al club donde la música absorbe hasta mis propios pensamientos; y, en segundo lugar, las fiestas universitarias cada semana son distintas, con personas distintas y no puedo arriesgarme a que alguien me reconozca aunque las posibilidades sean mínimas. Utilizo una peluca, maquillaje ostentoso y lentillas intentando distorsionar al máximo mi apariencia, pero siempre puede haber alguien demasiado observador. Aunque, como he dicho, las posibilidades son mínimas, ya que quien tenga asuntos conmigo, lo último que haría sería comentarlo en la cena familiar.

Para mantener las apariencias y la amistad que nos une a Cass y a mí, una vez al mes la acompaño a alguna de esas fiestas, pero el sábado no sería ese día ya que el caso de la familia Volkov me tiene un tanto intrigada y quiero enfocarme ahora mismo en ello.

La clase acaba sin apenas darme cuenta.

—¿Te veo luego en la cafetería? —pregunta Cassie antes de poner rumbo a su clase de Biopsicología.

—Claro, ¿te guardo un trozo de tarta de chocolate?

—¡Por supuesto! Sabes que no soportaría la sesión de debate de esta tarde sin ella. —Me suelta un beso en la mejilla y se pierde entre la marea de gente que llena ahora mismo los pasillos.

Por el contrario, yo no tengo más clases hasta la hora de la sesión de debate, así que voy a la biblioteca para coger unos cuantos libros que me ayuden con una de mis optativas, Estudios Feministas, de Género y Sexualidad.

La biblioteca está muy poco concurrida, por no decir solitaria. Me encamino hacia la sección de libros sobre feminismo y empiezo a pasar los dedos por los lomos de varios de ellos observando con atención los títulos. No es hasta que saco uno de su sitio que alguien sin mostrarme su rostro pasa un paquete amarillo que parece tener algunos documentos dentro. Intento ver quién ha sido, pero cuando miro detrás de las estanterías no hay rastro de nadie.

Me inquieto un poco, pero eso no me detiene. Corro hacia una de las mesas de estudio y cerciorándome de que no hay nadie lo suficientemente cerca como para ver algo, saco los documentos que hay en su interior. Hay varios montones de documentos sujetos con clips, entre ellos lo que parece una pequeña carta.

«Mis más sinceras disculpas por no haberme presentado ante usted como requieren este tipo de negocios, pero ahora mismo me encuentro fuera del país y me es imposible estar allí en estos momentos. Espero que mi hijo Aiden no le haya supuesto molestias y le haya comunicado mis deseos de trabajar con usted, señorita araña. Con la intención de que considere mi oferta más seriamente le entrego estos documentos que espero que le faciliten la obtención de información valiosa sobre un socio potencial: Roy O’Kelly.

Le pediría que este mensaje sea eliminado una vez lo haya leído, por usted y por mí.

Un cordial saludo,

Nikolai Volkov».

Entre los papeles se encuentran algunos movimientos bancarios, la dirección de su residencia además de otros papeles que me informan de todos los bienes que son de su propiedad. Empezaría por mandar a alguien a que vigilara sus pasos, con quién se reúne y a dónde va. Saco mi teléfono y escribo un mensaje para Dash:

«Necesito que vayas esta noche a mi casa, tengo que hacer un proyecto de Psicología Social».

Hacer un proyecto en nuestro idioma significa que tengo un encargo. Es peligroso comunicar cierto tipo de cosas por aquí. El señor Nikolai ha sido astuto al entregarme las cosas en mano, las tecnologías no son buenas amigas de este tipo de trabajo. Tengo buenos hackers de mi lado, pero lo mejor es que no haya ningún tipo de rastro.

Me levanto del asiento viendo que se acerca la hora del almuerzo, así que me marcho a la cafetería. Jules, uno de nuestros amigos, está sentado en una mesa en el centro de la cafetería y me hace señas con la mano para que me acerque y tome asiento. Jules es un chico bastante problemático y empiezo a sospechar que Cassie está coladita por él. No sé si apoyarla o regañarla por fijarse en tíos que le van a dejar el corazón hecho una bola de mierda, pero bueno, ya somos mayorcitas las dos. Puedo llegar a comprender un poco a Cassie si me detengo a mirar a Jules. Tiene el pelo rubio apagado y recogido en una especie de moñito bastante mono, sus ojos son de un tono parecido a la miel y no puedo negar que el condenado sabe cómo ganarse a las chicas. Desborda labia por todas partes. Claro que eso hace que sea un mujeriego, de esos que casi todas las semanas organizan fiestas o van a ellas, y no solo para disfrutar de la música.

—¡Hey! ¿Qué tal estás, Kath? —Me sonríe—. Vendrás a mi fiesta, ¿verdad?

—Siento darte malas noticias, pero no. Imposible. Esa noche tengo un compromiso con mi padre —miento—. Voy a por un trozo de tarta para Cass. Ahora vuelvo.

Me alejo y comienzo a hacer cola para recibir el almuerzo de hoy. Noto que en la cafetería hay más revuelo del normal, muchas chicas están lanzando risitas nerviosas y por un momento pienso que tengo un trozo de papel higiénico pegado al zapato porque no entiendo a qué vienen tantas risitas. Una vez tengo mi almuerzo vuelvo a la mesa en la que está Jules y ahora también Cass. Le tiendo el plato con el trozo de tarta y me siento dedicándole una sonrisa.

—¡Kath! ¿Te has enterado? —dice ella con demasiado entusiasmo—. Parece que ha llegado un chico nuevo al campus y está como un tren.

—Y es condenadamente rico como tú—añade Jules.

Le tiro una patata frita de mi plato a su estúpida cara y ruedo los ojos.

—Primero, no soy condenadamente rica. —Él me mira incrédulo—. Bueno, dejemos ese tema. Segundo, seguro que no es para tanto.

Mastico lentamente un bocado de mi hamburguesa y noto como los ojos de Jules empiezan a mirar detrás de mí como si tuviese al mismísimo yeti detrás.

—¿Estás segura de que no soy para tanto?

Me sobresalto y juro que casi muero asfixiada por un trozo de hamburguesa asesina. Me vuelvo lo más rápido que me permite mi dignidad y me encuentro de nuevo con esos ojos grises mirándome fijamente. Su aspecto parece distinto, y claro que lo es. Ni rastro queda del chico pijo de anoche. Lleva una camiseta negra que deja ver sus brazos totalmente tatuados y musculados. Del cuello de la camiseta asoman finas líneas de tinta negra que sin duda me pasaron desapercibidas en el club. Ahora tiene un aire peligroso, no de niño mimado.

—Totalmente. —Me levanto para mirarlo mejor. También lleva unos vaqueros negros desgastados y unas botas que culminan del todo la imagen de fuckboy que tengo en mi mente—. No veo nada que me impresione.

Ahora que no tengo mis tacones para competir en altura parezco sacada de la mismísima película de Minions. A duras penas mis ojos le llegan al pecho, y, madre mía, qué pecho. Céntrate, Katherine. Recuerda que conoce tu secreto y estás justo en la cafetería de la universidad.

—Yo tampoco veo nada que me impresione, puestos a ser sinceros. —Me lanza una sonrisita de superioridad que hace que me recorra una oleada de ira—. Creo que hasta mi prima de diez años está más desarrollada.

Cojo con toda la dignidad que tengo la bandeja de comida y me dirijo a la papelera más cercana para vaciar todo el contenido dentro. Siento que él me sigue con la mirada.

—Oye Cass, te veo luego en el debate. Tengo que hacer unas llamadas.

Ella me mira un poco preocupada. Es normal, acabo de volverme objetivo de crítica del chico nuevo. Chico a quien todas se mueren por hincarle el diente y que yo parezco haber convertido en mi grano en el culo permanente. Camino hasta la salida y deambulo por los pasillos dirección al baño más cercano.

—Espera. —Una mano fuerte me agarra del brazo. Aiden, qué sorpresa—. ¿Lo saben?

—¿Saben qué? —replico, intentando hacerme la ingenua.

—Sabes perfectamente el qué.

—No—digo cortante—. Y me gustaría que siguiera así. Ahora suéltame si no es demasiada molestia para ti.

Sus ojos me siguen mirando, serios, impasibles. Me niego a dejarme impresionar, así que le mantengo la mirada hasta que esta cambia a una mirada traviesa.

—¿Sabes? —Se acerca a mi oído—. Me pones más, pelirroja. Ahora pareces poquita cosa.

Me suelta del brazo y se larga sin darme la oportunidad de gritarle que es un puto cerdo. Porque lo es, ¿qué cojones le pasa a ese tipo en la cabeza? ¿Quién se piensa que es? Su padre ha venido pidiendo mi ayuda, ¿y ahora se piensa él superior a mí? Fulmino su espalda esperando que sienta una punzada de dolor en la nuca y se caiga al suelo muerto. Pero eso no va a pasar, esto no es una película de superpoderes.

q

La sesión de debate transcurre sin incidencias, bajo la atenta mirada de Cass, que se muere por preguntarme algo, lo noto. Estamos en el parking de camino a nuestros respectivos coches y suelta un largo y sonoro suspiro:

—Venga, ¿qué quieres decirme?—suelto—. Noto que quieres decirme algo desde que empezó el debate.

—¿Lo conoces?

La emoción recubre su voz.

—No.

—No lo parecía. —Sonríe un poco—. ¿Te lo has tirado?

—¿Qué? —Abro los ojos con asombro—. ¡No! ¡Joder! Lo he conocido por primera vez hoy, en serio.

Me mira como si estuviese sopesando si digo la verdad y acaba sacudiendo la cabeza.

—Te creo. Seguro que es el típico chulo que busca atención metiéndose con las chicas.

—¿Lo dudas acaso? —pregunto incrédula—. Todo en él dice: «Hola, soy un estúpido que por tener ojos bonitos creo que puedo abrirle las piernas a la que quiera».

—Bueno, yo no opondría resistencia. —La golpeo en el hombro—. ¿Qué? Kath, no hay que privarse de los pequeños placeres de la vida.

—Estás enferma, amiga.

Ambas nos despedimos antes de meternos en nuestros respectivos coches. Meto la llave dentro del contacto y arranco, rumbo de nuevo a casa. Llego rápido, ya que a esta hora no hay mucho tráfico, corro a mi habitación y me dejo caer en la cama mientras reviso los mensajes en el teléfono. Dash no tardará en venir.

Me descalzo y voy hasta el terrario de mi habitación donde tengo a la señorita Poppy. ¿Quién es Poppy? Mi tarántula negra brasileña. No puedo considerarme una auténtica araña si no tengo una como animal de compañía. Meto la mano dentro y dejo que ella se suba a mis dedos despacio, estudiándome. Justo escucho a Dash subiendo las escaleras de casa, así que me siento en la orilla de mi cama mientras Poppy me hace cosquillas con los pelitos de sus patas. Pega no muy fuerte a la puerta de mi habitación, como si tuviese miedo a que esté dormida y me pueda despertar.

—Pasa —indico.

—¿Qué es ese proyecto de Psicología Social? —dice cerrando la puerta a sus espaldas.

—¿Qué necesitas?

Me reacomodo en la cama mientras lo observo. Tiene el pelo desordenado, como si hubiese venido corriendo, la camisa azul desabrochada en los primeros botones luciendo su pecho bañado por los rayos del sol y los ojos verdes brillantes que ahora me miran con expectación.

—Quiero que le digas a Mitch que siga a Roy O’Kelly. Necesito que sea su maldita sombra. Quiero todos sus movimientos, incluso las paradas que hace para ir al baño.

Asiente y se queda de pie observando como mi mascota se pasea de una de mis manos a la otra y empieza a ascender por mi brazo. Arruga la cara en una expresión de completo horror y asco.

—Nunca he llegado a comprender cómo no te da asco ese animal.

—No lo escuches, Poppy, es un iluso. —Me acerco al terrario y la deposito dentro de nuevo—. Hay cierta belleza en los animales que todos temen, Dash.

Me vuelvo y lo encaro. Parece estar igual de cansado que yo. Por un momento, viéndolo aquí plantado en mi habitación, se me han pasado por la mente toda clase de pensamientos sucios. Hace mucho tiempo que él y yo no estamos en mi habitación de esa forma.

—Necesito algo más de ti—digo.

—Manda. —Noto cierta emoción en su voz—. ¿Qué quieres?

—Necesito que reúnas toda la información posible sobre Nikolai Volkov.

Necesito estudiar también a este tal Nikolai. Si mi padre no ha mentido, no lo conoce. Yo tampoco he oído jamás hablar de él, y mira que es difícil. Todos acabamos conociéndonos en este mundillo.

—¿Es el padre del niñito pijo?

Oh, Dash, si hubieras visto al niñito pijo hoy. No parecía ni la misma persona.

Asiento y un silencio se establece entre nosotros. Suele pasar más veces de las que me gustaría reconocer. Nuestra relación es demasiado extraña desde hace mucho tiempo.

—Bueno, si no necesitas nada más, ya me marcho.

Vuelo a asentir y nos quedamos mirándonos fijamente. Creo que ambos pensamos en lo mismo. La última vez que él estuvo entre estas cuatro paredes las cosas eran jodidamente distintas. No estábamos aquí plantados en silencio con un odio flotando entre nosotros, estábamos ahí tirados en mi cama enredados en las sábanas. Muchas cosas han cambiado, sí, y no volverán a ser como eran.

Abre la puerta de mi habitación y vuelve a mirarme como si estuviese a punto de decir algo más, pero vuelve a juntar los labios en una dura línea, así que solo le digo:

—Nos vemos luego en el club.

Asiente y cierra la puerta.

Me permito seguir un rato más holgazaneando en la cama hasta que veo que ya va siendo hora de que me meta en la ducha y comience con mi ritual antes de ir al club. Quince minutos después estoy fuera de la ducha, secándome y alisándome el cabello antes de colocarme de la forma más pulcra y perfeccionista mi peluca. Escojo un vestido verde esmeralda que hace resaltar más la peluca pelirroja y me pongo las lentillas que vuelven mis ojos de un color oscuro, negro. Me calzo unos tacones, recojo el bolso que descansa justo donde lo dejé la noche anterior y me acerco de nuevo al terrario.

—Poppy, cuida la habitación, eh, pequeña. —Doy un golpecito al cristal—. Que no entre ninguna víbora.

Sin más salgo de mi habitación a por otra noche en el club esperando que sea más fructífera que la anterior. Esta noche es muy posible que haya algunos peces gordos en el club y es la ocasión perfecta para intentar averiguar algo sobre Nikolai.

Y, porque engañarme, también de su hijo Aiden Volkov.

CAPÍTULO 3

katherine

Entro por la puerta trasera del club intentando pasar desapercibida hasta que Dash me informe de qué gente importante está en el club. Es mi obligación adaptarme a ellos, conocerlos y saber qué tácticas utilizar para sonsacarles lo que quiero. Por ejemplo, si la persona que tengo delante es aficionada al póker, yo seré la mismísima reina del póker.

Entro en mi despacho y dejo el abrigo en el perchero sintiendo un poco de frío al dejar mis brazos desnudos. Escucho a Dash hablar con mis guardaespaldas y luego entra al despacho.

—Hoy tenemos al señor Sullivan y sus colegas en los reservados vip.

Siento la compasión en sus ojos.

Cuando la afición de tu cliente son las mujeres jóvenes y se piensa que tú eres un producto más de la carta, es normal que se compadezcan. Este trabajo conlleva ciertos sacrificios a veces, tal vez las anteriores a mí sí hubiesen estado dispuestas a ofrecer su cuerpo como moneda de cambio. Sexo por información. Sexo por los pensamientos del otro. Pero yo no. Soportaría sus comentarios machistas, me mordería la lengua hasta hacerme sangre y dejaría que me acariciara la pierna, mientras escucho atentamente como la chica joven y tonta que piensan que soy. Una arañita aprendiendo todavía sobre el entorno que la rodea.

Destapo la licorera, vierto su contenido en el vaso de al lado y trago con la esperanza de que el alcohol me ayude a soportar a ese viejo asqueroso y machista.

—¿Qué miras? —digo con la voz teñida de odio—. Piérdete de mi vista.

Escucho como se marcha sin decir nada más y apoyo las manos sobre el escritorio, intentando aclararme las ideas. No pensé que Sullivan fuese a aparecer aquí esta noche si soy sincera, esperaba cualquier tipo de cliente menos a él. Lo odio. Había escuchado que se había marchado del país por negocios hacía ya unos meses, pero el condenado debe de haber vuelto.

Me acomodo el vestido, tirando de él con la esperanza de que me cubra más, maldiciéndome por no haberme puesto un vestido hasta los tobillos. Alzo por fin el rostro, haciendo acopio de todo mi orgullo y dignidad, y salgo de mi despacho seguida de mis dos guardaespaldas. En este momento tenerlos me supone un consuelo, sé que no me haría nada que no permitiera que me hiciera. La cuestión es cuánto estoy dispuesta a soportar.

Subo las escaleras hacia los reservados y no me cuesta mucho verlo. Está en el reservado más grande de que disponemos, rodeado de todos sus colegas, y encima de su regazo hay una chica pelinegra con una coleta alta y tirante. Su ropa apenas deja nada a la imaginación y la sonrisa que tiene dibujada en los labios apenas le llega a los ojos. Tranquila, vengo a darte unos minutos de respiro. El señor Sullivan es un hombre en sus sesenta años, pelo totalmente cano con entradas pronunciadas, sus ojos de un azul tan claro que daban la sensación de que estuviesen vacíos y una nariz grande algo curvada. No puedo decir que tenga muchas marcas de la edad, pues su cara tiene más de bótox que de cara en sí.

—Señor Sullivan—saludo lo más cordial que puedo cuando estoy lo suficientemente cerca para que pueda escucharme—. Es un placer tenerlo en mi club, ¿qué le trae por aquí?

—Oh, mi preciosa arañita. —Me lanza una mirada lasciva—. Qué ganas tenía de verte.

Sullivan le susurra algo al oído a la chica y esta se aparta y desaparece sin decir nada. El mensaje es claro. Quiere que yo tome su puesto. Me siento a su lado, no encima de él como le hubiera gustado, y dejo que me coloque su mano callosa en mi muslo.

—¿No me vas a presentar a tus amigos? —digo, pestañeando lentamente.

—Claro que sí, arañita. —Señala a un hombre que lleva unas gafas de sol. ¿Dónde está el sol? Porque yo no lo veo—. Ese es mi gran amigo Carlo. Llegó hace unos días de Italia y no podía permitir que se fuese sin traerlo al club para que apreciara tu belleza.

Le doy una palmadita en el brazo intentando parecer avergonzada por su comentario.

—No exagere, señor Sullivan. —Miro al otro hombre, el que me acaba de decir que se llama Carlo—. Seguro que hay grandes bellezas en Italia, ¿verdad?

Carlo, sin darme ni un segundo para reaccionar, me sonríe y coge mi mano para besármela. Me quedo estupefacta e ignoro el asco que me da sentir sus labios encima de mi piel. Le dedico una sonrisa en el mismo tono que la suya.

—¿Y cómo se encuentra tu querido padre? —pregunta Sullivan, pillándome por sorpresa.

—Oh. —Pongo mi mejor sonrisa de hija dócil e inocente—. Mi padre se encuentra muy bien, señor Sullivan. Gracias por preguntar. Ya lo conoce, siempre está absorto en sus negocios.

—Hablando de negocios, tengo algunos pendientes con él. —Sus ojos cargados de deseo me miran—. ¿Le dirías de mi parte que me llame?

—Claro, será un placer.

Noto como sus dedos me agarran con más fuerza el muslo y fuerzo una sonrisa una vez más. Como si su contacto me complaciera. Que parezca que esta niña tonta lo que más desea es conseguirse un sugar daddy.

—Sullivan, tengo que atender una llamada de O’Kelly —suelta Carlo, y eso suena como música para mis oídos.

Carlo se va, dejándome sola ante las fauces de la bestia, que cada vez está más cerca de mi cuello, literalmente.

—¿O’Kelly? —digo haciéndome la ingenua—. No sé por qué, pero me suena mucho ese apellido, no estoy segura de si he trabajado antes con él.

—Es probable, tenemos negocios en común. —Me mira—. Arañita, sabes que lo que hablemos en este club no puede salir, ¿no?

—Claro, señor Sullivan, recuerde que yo establecí la regla de firmar contratos de confidencialidad—respondo, esperanzada de que su lengua suelte algo más de información—. ¿Tiene algo que decirme, señor Sullivan?

Se remueve en su asiento, dudando si contármelo o no.

—Las jovencitas como usted tienen que tener cuidado con O’Kelly. Lo conozco bien, arañita—dice acercando demasiado sus labios a mi oído—. Le gusta destrozar a las jóvenes bonitas.

Lo miro intentando que mi confusión no se refleje en mis ojos. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Esclavas sexuales? ¿Maltrato de mujeres? ¿Asesinato? No me gusta todo este misticismo.

—Pero yo no soy bonita, señor Sullivan —digo, intentando hacerle hablar más—. Así que no tiene que tener miedo por mí.

—Hazme caso. No hagas negocios con él, chica.

Empieza a acercase a la curva de mi cuello y siento su aliento cálido y con olor a coñac contra mi piel. Se me revuelven las entrañas. Tengo que cortar esto ya, es más que obvio que no va a contarme nada más y no pienso dejar que se cuele en mis bragas por un poco de información. Coloco una mano en su pecho para alejarlo un poco y le dedico una sonrisa dulce.

—Señor Sullivan, tengo trabajo que atender, desgraciadamente. Solo pasaba por aquí para saludar. —Me aliso la tela del vestido para evitar su mirada—. ¿Le importa quedarse solo o quiere que espere a que regrese su amigo Carlo?

Noto que frunce los labios, no le gusta que me marche, es obvio. Lo siento, señor Sullivan, pero no me bajo las bragas a la primera de cambio.

—No te preocupes, arañita. —Sonríe de mala gana—. Nos vemos pronto.

Me doy la vuelta, camino hasta las escaleras de los reservados, sintiendo su atenta mirada en mi trasero. Cerdo pervertido. Dejo que mis guardaespaldas me abran paso hasta el despacho y una vez dentro me meto en mi pequeño baño privado. Me miro en el espejo y abro el lavabo, dejando que el agua corra. Me restriego con ayuda de agua caliente y una toalla limpia aquellas zonas donde sus malditos labios me han tocado, haciendo hincapié en mi cuello.

—Mira, papá, mira las cosas que me obligas a hacer —susurro frente al espejo—. ¿Te gusta que tu niñita sea tratada así?

Tal vez sueno como una desquiciada. Es cierto que yo había decidido adoptar el papel de niña tonta que se deja tocar frente al señor Sullivan. Lo dije antes, es mi trabajo estudiar a la gente y adaptarme de la mejor forma a sus personalidades y aficiones con el objetivo de conseguir información por mínima que sea. Eso no quita que esté molesta con mi padre, que odie a mi madre y que odie a todo el puñetero universo por no permitirme vivir una vida normal.

Escucho unos golpecitos en la puerta, no respondo, y a quien sea que esté tras la puerta no le importa, porque entra de todas formas. El espejo me devuelve el reflejo de Dash, y por primera vez sus ojos no me miran con diversión.

—¿Qué? —escupo—. ¿No te parece divertido?

—Kath…

Me pican los ojos con lágrimas contenidas que no pienso derramar. No esta noche, no delante de Dash. Me las guardaré para la privacidad y soledad que me dan las paredes de mi habitación. Me trago las lágrimas y el nudo que se me está formando en el pecho. Siento el peso de su mano sobre mi hombro y por una fracción de segundo dejo que eso me reconforte, aunque sea solo un poquito, para luego levantar otra vez todas mis murallas y protegerme tras ellas.

Me alejo de él y vuelvo a la mesita donde está la licorera. Comienzo a servirme otro vaso y dejo que el alcohol queme mi garganta bajo la atenta mirada de Dash.

—¿Te ha hecho daño?

—No.

Noto que sus hombros se aligeran un poco con alivio.

—Supongo que cada uno tiene lo que se merece, ¿no? —Sonrío—. Estás obligado a trabajar para mí, lamerme los putos pies y ver como dejo que otros me toquen. Y yo estoy obligada a poner buena cara, dejar que lo hagan y sonreír. No me niegues que mi padre tiene un retorcido sentido del humor.

—Déjalo ya, Kathy. —Me quita el vaso de la mano—. Sabías desde hace mucho que acabarías trabajado aquí. No es lo mismo para ti que para mí, yo no debería estar encadenado a este club y a toda su mierda. Porque sabes tan bien como yo que este club está podrido.

Frunzo el ceño.

Claro que tengo mis sospechas, no soy una ingenua. Estoy segura de que esto solo es un grano de arena de una gran montaña de mierda. Toda bien preparada y amontonada por mi padre, claro está. Solo rezaba porque no fuese tan malo como a veces pienso. Siento un poco de calor y mareo, parece que la bebida empieza a hacer su efecto. Cojo un nuevo vaso y lo relleno bajo su mirada reprobatoria.

—¿Quieres? —Alzo la botella en su dirección—. Invita la casa.

Él niega con la cabeza, poso el vaso en mis labios y me bebo rápidamente su contenido.

—Si me disculpas, voy a divertirme un poco —digo apoyando el vaso en su pecho—. No me eches de menos.

Salgo del despacho y les hago un gesto a mis guardaespaldas para que no me sigan. Me adentro en la pista de baile y me dejo llevar por los demás cuerpos que se mueven en ella. Dejo que la música me embriague del todo, que se lleve las caricias y las palabras susurradas en mi oído. Noto como se forma una fina capa de sudor en el bajo de mi espalda, pero no me importa, solo me dejo llevar más y más. La música retumba, siento que todo va a cámara lenta y alzo los brazos siguiendo una coreografía improvisada. Al cabo de un rato siento unas manos firmes y fuertes sujetarme la cintura y quiero protestar. No quiero sentir las manos de nadie encima.

—Nos volvemos a encontrar —susurran en mi oído.

Reconozco esa voz muy bien y mi corazón da un pequeño brinco sin que yo le dé permiso, ¿por qué te aceleras, pedazo de imbécil? Me vuelvo y quedo frente a su pecho, tengo que alzar la mirada para poder hacer contacto con sus ojos grises. Me sorprende sentir esta familiaridad cuando solo somos dos extraños.

—Como si no lo supieses —digo quitándole las manos de mi cintura—. Si vienes a mi club es más que evidente que nos encontraremos.

—La verdad es que ahora mismo no razono mucho —admite.

Me fijo en que sus ojos están un poco vidriosos. Está borracho. Mucho más que yo.

—¿Qué te trae por aquí? —pregunto, aprovechando su estado.

—No te esfuerces. Aún no he llegado a ese nivel de embriaguez. —Me mira travieso—. ¿Bailas?

—Ni muerta.

—Una pelirroja peleona. —Se acerca de nuevo a mi oreja—. Me pone.

Le doy un manotazo en el pecho y me alejo, aunque no llego muy lejos antes de que sus manos me agarren de la cintura de nuevo. Empiezo a maldecirme por haberles dicho a mis guardaespaldas que no me siguieran. Me acerca a sus caderas mientras yo opongo resistencia.

—Una canción —ronronea contra mi oído—. Y serás libre.

Sujetándome con sus firmes manos me da la vuelta dejando mi espalda contra su pecho y siento como empieza a contonearse un poco, invitándome a que lo siga. No saldré de aquí hasta que ceda, así que hago lo que él quiere y lo que la parte más escondida de mí también quiere hacer. ¿Quién no bailaría con un tío que está como un tren? Obviando que es estúpido, un imbécil y un neandertal.

Dejo que él nos guie y justo en ese momento la música cambia a una de un ritmo más lento. Juraría que se trata de Into It de Chase Atlantic. El destino parece querer jugar conmigo y tentarme esta noche. Su mano recorre mi vientre hasta llegar a mi rostro, me lo sujeta sin ejercer demasiada fuerza y me obliga a volverme y mirarlo a los ojos. Menos mal que mis tacones me facilitan la tarea. Sus dedos no paran de acariciarme, erizándome toda la piel. Sus manos se detienen en la parte baja de mi espalda y no sé si son sus caricias, la música o el alcohol que llevo en la sangre, pero en ese momento siento el cuerpo ligero, la mente me da vueltas sin parar y se me está empezando a formar un nudo en la parte baja de mi vientre. No son mariposas, ni mucho menos, son abejas asesinas que me piden que me deje mimar por sus manos esta noche. Me acerco a su oído.

—¿Me estás agarrando el culo, Aiden? —le pregunto al oído, sabiendo la respuesta.

—¿Te refieres… —susurra—…a esto?

Noto que sus manos agarran con más fuerza esa parte de mi cuerpo, y una parte de mí, esa parte que lleva tres vasos de whisky casero y que no está muy estable ahora mismo, quiere dejarse llevar por el momento y arrepentirse después, pero la parte cuerda de mi cabeza me grita que pare. Noto como algo duro empieza a interponerse entre nosotros y esa es mi señal para huir. Alarma.

Me separo de él poniendo mis manos sobre su pecho y me alejo lo más rápido que mis piernas me permiten.

—¡La canción no ha terminado! —grita desde la pista.

Levanto mi dedo corazón y lo mando a la mierda.

Camino hacia la planta superior del club, donde no hay tanta gente, solo algunas personas sentadas en unas pequeñas mesas disfrutando de sus copas mientras miran al resto contonear sus cuerpos ahí abajo, y me dejo caer de espaldas sobre la baranda. Estoy completamente loca.

¿Qué ha estado a punto de suceder ahí abajo?

He venido con la intención de descubrir información sobre los Volkov, pero en vez de eso me he encontrado con uno de ellos, borracho y con ganas de bajarme las bragas muy posiblemente por el generoso apretón que le ha dado a mi culo.

Aun así, la noche no ha sido del todo desaprovechada. Por poco que haya dicho Sullivan, me ha dado un pequeño hilo del que comenzar a tirar.

Me doy la vuelta dirigiendo los ojos de nuevo a la pista. Me digo a mí misma que solo estoy mirando, pero no vale la pena engañarse a sí misma, estoy buscándolo. Y lo encuentro, vaya que sí lo encuentro. En una esquina de la pista, casi escondidos a la vista, están él y una chica que para mi sorpresa es pelirroja, intercambiando más que palabras. Puede que un poquito de saliva.

No sé por qué, pero una risa escapa de mis labios.

Aiden tiene un serio fetiche con las pelirrojas al parecer.

Los observo desde arriba y empiezo a pensar que estoy enferma. ¿Soy voyeur o algo parecido? Aiden le está agarrando la cintura como hace solo unos minutos hacía conmigo y puedo ver desde aquí que se están besando, devorando con frenesí. Joder. Parece que él tiene bastante claras sus prioridades y no se va a quedar con el calentón esta noche. Qué lástima no poder decir lo mismo, tendré que pegarme una ducha bien fría cuando llegue, no sé si por el calentón o por la vergüenza que sentiré cuando se me pase la embriaguez.

Decido que ya he tenido suficientes emociones por hoy, así que me voy de nuevo a mi despacho. Intento que Aiden no me vea cuando paso cerca de ellos. No voy a mentir, vuelvo a echar un vistazo, pero está tan absorto en esa chica que no percata mi presencia.

Camino por el pasillo de vuelta al despacho y siento mis pensamientos un poco pesados y confusos a causa del alcohol. Los guardaespaldas me miran evaluando mi estado y me dejan pasar al interior. Me dejo caer en el sillón y saco del bolso el sobre que contiene los documentos de Roy O’Kelly.

Entre sus posesiones se encuentran varias casas vacacionales, naves industriales y clubs. De entre todos ellos hay uno que llama particularmente mi atención, no es un club cualquiera, es un club de strippers. Las palabras del señor Sullivan me vienen una vez más a la cabeza: «Le gusta destrozar a las jóvenes bonitas».

A mi mente vienen varias posibilidades y todas ellas me retuercen las entrañas. Esperaré hasta que los primeros informes de Mitch me lleguen mañana y luego decidiré cuáles serán mis primeros pasos. Aún no he firmado ningún contrato con Nikolai Volkov, pero tengo que admitir que todo esto me tiene más intrigada de lo que me gustaría. No hay nada peor que ponerme un buen reto delante, me vuelvo un tiburón sediento de sangre.

Me paso el resto de la noche observando toda la documentación del sobre y no hay mucho que me sirva. O más bien, no hay mucho que indique que este hombre esté metido en algo que hiciese a alguien cuestionarse asociarse a él o no. Alguien pega a la puerta sacándome de mi lectura.

—Te traigo la caja de esta noche —dice Dash, serio después de lo de hace un rato—. Solo queda el personal, así que puedes marcharte cuando quieras.

No me he dado cuenta de la hora que es. Abro el cajón bajo llave de mi escritorio y saco el dinero correspondiente a la noche anterior, cojo mi bolso y mi abrigo y salgo sin decir nada más. Bastante nos hemos dicho esta noche. Hoy ha sido la primera vez que hemos hablado de algo que no sea trabajo. Aunque, pensándolo bien, hemos hablado de trabajo una vez más.

El móvil me indica que son las seis de la madrugada y mi primera clase es a las ocho en punto. Genial, iré sin dormir a la universidad. John me espera fuera del club, me monto en el coche y dejo que me lleve hasta casa. Él no me dice nada, supongo que por mi cara sabe que no me apetece hablar. Durante el trayecto mi cabeza empieza a pensar en todo lo que tengo que hacer hoy. Primero tengo que hablar con Aiden sobre la firma del contrato de su padre, además de obligarlo a firmar el contrato de confidencialidad del club. Nadie hace negocios con la araña sin firmar uno. Es una manera de darles la seguridad de que sus trapos sucios conmigo nunca le serán revelados a otra persona y también es mi forma de asegurarme de que ellos no me ensuciarán con su mierda. Aiden no ha firmado nada aún y tenerlo por aquí ya es bastante inquietante.

Por la tarde me encargaré de hablar con Mitch, y si mis sospechas se confirman, por la noche tendré que dejar de ser la jefa del club y sacar mis mejores pasos de baile en el club de Roy O’Kelly.