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Dos años no parecen ser suficientes para disipar el rencor y hacer volar las cenizas donde ardió una pasión sin límites. Katherine lleva todo este tiempo preparándose para una batalla que, sin lugar a dudas, llegará. Están ocurriendo asesinatos en distintas mafias, se ha liberado una nueva amenaza de su jaula y los viejos enemigos ni olvidan ni perdonan. Aiden sigue siendo el líder frío, calculador e imbatible. Calienta su cama con miles de mujeres para intentar evocar el rostro de una en concreto, aunque sin éxito. Su inminente compromiso no le preocupa, ya que aquella a quien realmente quiso le robó el corazón y lo redujo a polvo. Ahora es incapaz de amar. ¿Qué pasará cuando una lluvia de sangre y una velada blanca los lleven a volver a cruzarse? «Recuerda: los monstruos paren monstruos».
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Seitenzahl: 1273
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Publicado por:
www.novacasaeditorial.com
© 2023, Raisa Martín
© 2023, de esta edición: Nova Casa Editorial
Editor
Joan Adell i Lavé
Coordinación
M&C
Portada
Tyler Rood
Maquetación
Sílvia Zamora Isabel
Corrección
María Coma
Impresión
Podiprint
Primera edición: noviembre de 2023
Depósito Legal: B 18733-2023
ISBN: 978-84-1127-006-9
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917021970/932720447).
raisa martín
Forewords
Quote
Nota de advertencia al lector:
PRÓLOGO
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
CAPÍTULO 26
CAPÍTULO 27
CAPÍTULO 28
CAPÍTULO 29
CAPÍTULO 30
CAPÍTULO 31
CAPÍTULO 32
CAPÍTULO 33
CAPÍTULO 34
CAPÍTULO 35
CAPÍTULO 36
CAPÍTULO 37
CAPÍTULO 38
CAPÍTULO 39
CAPÍTULO 40
CAPÍTULO 41
CAPÍTULO 42
CAPÍTULO 43
CAPÍTULO 44
CAPÍTULO 45
CAPÍTULO 46
CAPÍTULO 47
CAPÍTULO 48
CAPÍTULO 49
CAPÍTULO 50
CAPÍTULO 51
CAPÍTULO 52
CAPÍTULO 53
CAPÍTULO 54
CAPÍTULO 55
CAPÍTULO 56
CAPÍTULO 57
CAPÍTULO 58
CAPÍTULO 59
CAPÍTULO 60
CAPÍTULO 61
CAPÍTULO 62
CAPÍTULO 63
CAPÍTULO 64
CAPÍTULO 65
CAPÍTULO 66
CAPÍTULO 67
CAPÍTULO 68
CAPÍTULO 69
CAPÍTULO 70
CAPÍTULO 71
CAPÍTULO 72
CAPÍTULO 73
CAPÍTULO 74
EPÍLOGO 1
EPÍLOGO 2
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POR ELLA, POR ELLOS
AGRADECIMIENTOS
Para quien tiene su propio infierno y solo quiere que alguien lo abrace y acepte sus demonios.
Se puede hacer mucho con el odio, pero más aún con el amor.
William Shakespeare
Nota de advertencia al lector: este libro está destinado a un público adulto debido a la presencia de temas que pueden dañar la sensibilidad del lector. El libro consta de vocabulario soez y la presencia de escenas de carácter explícito, como abuso sexual, contenido erótico, violencia, muerte y pensamientos de suicidio.
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PRÓLOGO
aiden
¿Y si El juego de la Araña no fuese el principio de todo?
Como tenga que pasar una noche más vigilándola sin poder acercarme hasta ella, sin hablarle ni sin descubrir si es tan interesante como parece desde fuera, me va a reventar la bragueta del pantalón. No, tal vez no solo quiera hablar con ella.
Las órdenes de Nikolai son claras. Permanecer alejado hasta que sea el momento. Joder, se me está haciendo difícil. Llevo semanas escuchando sus llamadas telefónicas gracias a Álex y no han parado de hablar, tanto ella como esa amiga suya, Cassie, de una fiesta en casa de no sé qué pardillo en la noche de Halloween. Es decir, mañana. Una idea, una mala idea sin duda, me ronda la cabeza.
—Estaría bien que dejaras de mirar la puerta de su club como un maldito psicópata.
Lev, amigo mío desde que tengo once años, me observa a través de las hebras rubio pálido que le caen sobre los ojos. Debería cortarse el pelo pronto, aunque no seré yo quien se lo diga.
—Tal vez mire esa puerta así porque es justo lo que soy: un psicópata —bromeo.
—Lo que eres es un narcisista de mierda.
—Estoy seguro de que ser narcisista es algo muy característico de un psicópata.
—No creo que eso tenga nada que ver… —Lo veo rebuscar en el interior de su chaqueta y extraer el teléfono móvil—. Estoy seguro de que…
Pongo los ojos en blanco y luego enarco una ceja.
—No me digas que estás buscando las características de un psicópata en Google.
Abre y cierra la boca como un pez fuera del agua y acaba por poner cara de hastío antes de devolver la vista a la ventanilla del Jeep.
—No somos psicópatas porque sabemos que lo que hacemos no está bien —digo, a nadie en concreto—. Pero, de todas formas, eso no nos frena, así que tal vez seamos peores que ellos.
Lev chasquea la lengua.
—¿Por qué estamos hablando de esto? Yo solo he venido porque no tienes autocontrol y necesitas que alguien te supervise.
Dejo que una carcajada ronca me salga del pecho mientras esquivo el tema y me concentro en taladrar con los ojos la puerta frente a mis narices. Hace un par de horas que la vi entrar con esa peluca pelirroja corta que la hace verse tan exótica y con un vestido que apenas le cubre los muslos. Que Nikolai me perdone porque, si esta muchacha resulta ser su hija, estoy teniendo miles de fantasías sexuales con ella.
Las horas transcurren sin que suceda nada demasiado importante. Algunas peleas de borrachos en el callejón adyacente, personas que aprovechan los puntos sin luz para darse el lote y otras a las que el alcohol las está arrastrando a mejor vida.
—Deberíamos hacer algo, Alina podría estar en cualquier sitio —refunfuña—. ¿Has conseguido algo al hablar con Rodrigo?
—Ese cabrón suelta la información a cuentagotas —replico.
Rodrigo Coppola, un cerdo donde los haya. Me reúno con él esporádicamente para intentar extraerle el mayor número posible de trapos sucios. Tenemos entendido que están captando a las chicas más bonitas que entran a sus locales con el fin de experimentar con ellas y usarlas como armas, contra nosotros a ser posible. El imbécil ni siquiera sabe a quién le está vendiendo toda la información.
—Me siento tan impotente… —comenta mientras aprieta los puños contra los muslos—. Está viva, lo siento en el pecho.
No sé qué decirle, no sé si lo correcto es permitir que siga alimentando sus ilusiones de esa manera. Alina lleva desaparecida un año, y todos sabemos que las posibilidades de que siga viva son escasas, por no decir nulas.
—Haremos todo lo posible por saber qué ha ocurrido con ella.
Mi respuesta no es la que espera, no le infundo más esperanzas. ¿Cómo hacerlo si yo hace meses que las perdí y acepté que mi amiga de la adolescencia se había ido? Alina Romanova es la hermana pequeña —por un par de minutos— de Lev, toda una belleza de ojos azules como los zafiros, pelo rubio como los rayos del sol y una apariencia tan fría que congela la sangre. Ambos se quedaron sin padres a una edad temprana, y Nikolai los metió de lleno en su programa para huérfanos. Desde entonces, hemos sido inseparables.
—Parece que ya viene —anuncia Lev.
Levanto la mirada y, efectivamente, Katherine Montgomery acaba de salir de su local con el teléfono pegado a la oreja, hablando con alguien de forma apresurada. Me conecto el auricular al oído y me zambullo por completo en la conversación que mantiene. Para mi sorpresa, Cassie Brown es una chica de aspecto inocente a la que le gusta pasárselo bien y que está completamente borracha en este momento. Ambos vemos como Katherine se monta en el coche y lo saca del aparcamiento con varios movimientos frenéticos. Cruza por nuestro lado y creo ver cómo se quita la peluca con un gesto brusco.
—Parece que tiene que rescatar a su amiga borracha.
—Menudo caos de chica.
—Sí, no creo que fuese alguien con quien te llevaras bien.
Lev es un tipo serio, al menos ahora. Esa idea que lleva revoloteándome por la cabeza vuelve con más fuerza. Lo miro, evaluándolo antes de hablar:
—Cómprate un disfraz para Halloween.
—No gracias, hace aproximadamente quince años que dejé de hacer ese tipo de cosas—. Me sonríe con sorna.
—Lo digo en serio. Mañana vamos a una fiesta.
Se gira en el asiento, encarándome.
—¿A ti se te ha ido la cabeza o qué te pasa? Se supone que no puedes presentarte ante ella hasta que te lo ordenen.
—Ya sé que mi cara es difícil de olvidar —digo con sarcasmo—, pero créeme; lo tengo controlado. Quiero estudiar a mi presa más de cerca.
—¿Presa? ¿Así que lo que Nikolai pretende es que la eliminemos?
—No es eso.
—Os andáis con demasiado secretismo en lo que a ella respecta.
Se cruza de brazos y se vuelve hacia la ventana, claramente molesto porque no lo hemos incluido en todos nuestros planes. Nadie sabe el motivo real de por qué hago lo que hago, y pretendo que siga siendo así hasta que esté seguro de que ella es quien Nikolai cree que es. ¿Me siento preparado para ello? Obviamente no.
Decido que ya es suficiente por hoy y saco el vehículo de las sombras donde hemos permanecido. Llevo a Lev hasta su alojamiento; un pequeño bloque de apartamentos que, sin duda, es muchísimo menos de lo que él puede permitirse. Si lo deseara podría tener cualquiera de las mejores casas del centro de Seattle; en cambio, se empeña en seguir siendo tan humilde como si no tuviese más de cien dólares en la cuenta. Os aseguro que el número de ceros de su cuenta sobrepasa los siete. Me cercioro de proporcionarle algunos de los mejores encargos, se lo merece.
Sale del coche, despidiéndose vagamente.
—Que no se te olvide el disfraz, no queremos romper el espíritu festivo.
—Maldito pesado —murmura—. No quieres romper el espíritu festivo, pero a mí bien que me estás rompiendo las pelotas con tus tonterías.
Río por lo bajo, disfrutando de sacarlo de quicio.
—Venga, no seas cascarrabias. —Le lanzo un beso con la mano—. Ponte guapo y tal vez incluso consigas dormir acompañado.
Murmura algo más que no alcanzo a escuchar y cierra la puerta del vehículo de un portazo. Decido poner rumbo al hangar, donde posiblemente Dimitri se encuentre trabajando. Dimitri es uno de los mejores médicos y científicos que poseemos en nuestra plantilla y, justo por eso, pretendo hacerle una pequeña visita. Lleva meses enfrascado en el desarrollo de un suero que, ahora más que nunca, me llama la atención. Sus propiedades hacen que quien lo tome olvide un lapso de hasta ocho horas. Algo digno de película de espías, aunque está comprobado que muchas veces la realidad supera a la ficción.
Me adentro por los senderos en mitad de la nada que están rodeados de vegetación salvaje y altos pinos que escudan los caminos, haciendo que sea difícil avistarme. Cuando llego al hangar, todo está en una sumida calma. La mayoría deben de estar aun dormidos, aunque en cuanto los primeros rayos de la mañana comiencen a incidir en la habitación empezarán de nuevo los entrenamientos. Veo algunas figuras en la penumbra; todas de los encargados de mantener la seguridad esta noche. Entro al pabellón anexo al principal, donde tenemos un espacio acondicionado como laboratorio.
Dimitri es una persona que se concentra mejor por la noche y sé, sin lugar a dudas, que lo encontraré despierto entre probetas y microscopios. El sonido de mis pisadas no lo saca de su trabajo, y no es hasta que me apoyo contra la mesa con ambos brazos extendidos que me presta atención, mirándome por encima de las gafas.
—¿A qué debo el placer? —Vuelve a bajar la vista a su trabajo—. O, más bien, ¿con qué problema tengo que ayudarte esta vez?
Levanto una de las comisuras en una divertida sonrisa a medias.
—Simplemente tenía curiosidad por uno de tus experimentos.
Mi comentario hace que alce las cejas con asombro y se detenga para mirarme con una mezcla de incredulidad y socarronería.
—Eso es nuevo.
—Solo siento interés por tus progresos con ese suero… ¿cómo decías que se llamaba?
—No tiene nombre, es un suero desabrido que consigue borrar lapsos de tiempo bastante prolongados. —Toma una muestra de algo y la coloca en el microscopio, mientras habla en un tono relajado—. Aún se encuentra en fase de prueba, aunque los sujetos que se han sometido a él responden de una forma muy positiva. Bueno, de la forma que se espera al menos.
—¿El efecto es inmediato?
—No, es algo que estoy intentando perfeccionar. Los resultados de ahora muestran que las personas comienzan a padecer lagunas unas dos horas después de haber ingerido el suero. Empieza de manera leve, luego comienza la somnolencia y acaban dormidos hasta que, al despertar, no recuerdan nada. Los efectos se confunden con los del alcohol y, como no se acuerdan de si han bebido o no, acaban achacándolo a una mala noche.
—Interesante… —Repiqueo los dedos en la mesa con aire pensativo—. Lo necesito.
—¿Para qué?
—Algo de suma importancia —repongo.
—No es un juguete, Aiden.
—Considera que voy a hacer una prueba en masa de la efectividad de dicho suero, luego puedes anotar los resultados.
—He dicho que no.
—Lev y yo nos someteremos a él —aclaro, con la esperanza de que esto arroje buenos motivos para concederme el favor—. Por favor, Dimitri. Si no hago lo que estoy pensando en hacer creo que me volveré loco.
—¿Qué se supone que vas a hacer, Aiden?
—Conocerla.
Levanta la vista de nuevo, escudriñándome de una manera severa y reprobatoria. Debe de pensar que estoy comportándome como un chiquillo, y sé que así es. Estoy tomando decisiones irracionales y mirando solo por mí mismo. No es propio de mí ni como líder ni como Volkov. Nosotros somos fríos por naturaleza, analíticos y calculadores. Puede que mi sangre no sea la misma, pero Nikolai me ha criado como si lo fuese.
—No lo recordarás—esclarece—. ¿Qué sentido tiene?
—Ninguno, pero me estoy volviendo loco. Aunque sea impulsivo, irracional, ilógico. —Lo observo fijamente—. Tal vez dentro de dos días no le vea ningún sentido, pero ahora mismo la curiosidad me está matando.
—Si no la has conocido ya es porque sabes que no debes. —Suspira profundamente—. Tu padre tiene sus motivos para lo está haciendo. Las cosas tienen su momento y su lugar, sé paciente.
—No pidas cosas imposibles, la paciencia no es mi fuerte.
—Pues entonces sé racional.
—Esa cualidad me falla últimamente.
Sacude la cabeza y, en el fondo, sé que está conteniendo una sonrisa. No es muy normal verme actuar de esta forma. Como norma general, irrumpo aquí dando órdenes, con el semblante serio y todo bajo control. Y aquí estoy, a altas horas de la madrugada pidiendo favores como un mocoso deseoso de que le compren caramelos.
—Ni tú deberías hacerlo ni yo no debería dártelo. —Se cruza de brazos y frunce los labios antes de añadir—: Pero aceptaré porque escucharte así durante días puede empeorarme las migrañas.
—Gracias.
—¿Para cuándo?
—Mañana por la noche.
—Supongo que necesitaras un número de dosis considerable; eso me llevará tiempo, pero creo que podré conseguirlo. —Comienza a anotar números y letras en un trozo de papel, hablando más para sí mismo que conmigo—. Este suero se puede mezclar con cualquier bebida, ya sea alcohólica o no. Te recomiendo lo primero. Así no sospecharán.
—Qué mente tan retorcida —bromeo.
Detiene el bolígrafo, lanzándome una mirada letal.
—Espero que valga todo el esfuerzo —murmura—. Debe de ser toda una belleza para tenerte así.
Me quedo pensando. Sí, es toda una belleza. Y no solo es eso; hay algo en la manera en que se mueve, la forma en que sus ojos lo escrutan todo, la sonrisa que le sale cuando está con esa chica rubia, que me hace desear saber más de ella. Quiero oír su voz hablándome a mí, no a través de llamadas telefónicas que no debería escuchar.
* * * * *
Katherine
Los comentarios sobre esta famosa fiesta no han parado de llegarme desde que comenzó el mes de octubre y, ahora que ha llegado, solo deseo que acabe la noche. Cassie revolotea a mi alrededor, entusiasmada, moviendo las ridículas alas blancas que no dejan de soltar plumas por todos lados. La fresca noche me besa las pantorrillas que mi falda de cheerleader no se molesta en ocultar. Siento la sangre artificial pringarme el cuello, y me doy cuenta de que me he salpicado las zapatillas blancas. Chasqueo la lengua.
—Venga, alegra esa cara, lo vamos a pasar bien. —Cassie me aprieta los hombros frente a la entrada de la casa donde se celebra la fiesta—. Nunca salimos juntas, disfrutemos de la noche. Por favor, por favor…
Me pone ojitos y hace un puchero que acaba por enternecerme el corazón. Le dedico una sonrisa y la agarro de la mano mientras nos internamos en la bulliciosa fiesta que hace rato que comenzó.
—Algún día tienes que contarme cómo consigues estar preciosa siempre —dice por encima de la música—. ¡Estás preciosa, aun con toda la boca manchada de sangre!
—Tú no vas nada aterradora —replico, mirando el halo que lleva encima de la cabeza—. ¿Desde cuándo los ángeles son disfraces de Halloween?
—Desde que Cassie Brown lo ha decidido.
El comentario de Jules hace que Cassie se sobresalte, y lo hace aún más cuanto este le rodea el pequeño y menudo cuerpo con el brazo. Ella suelta una risita nerviosa y, aunque se esfuerce, el rubor de sus mejillas la delata.
—¿El Joker? ¿En serio?
—¿Tampoco es apropiado para Halloween? —bromea—. No es que una cheerleader sea lo que más me atormente cuando duermo. Apuesto que la mayoría de esta fiesta tendrá otro tipo de sueños.
Ambas le propinamos un puñetazo en el hombro.
—No soy una cheerleader cualquiera, soy Jennifer Check.
—¿Y esa es…?
—Una devora hombres. —La voz que responde a la pregunta de Jules suena tajante, pero a la vez sedosa, invitándote a que la busques.
Levanto la cabeza varios centímetros e impacto de lleno con unos ojos de acero que hacen que me baje un escalofrío de puntillas por la espalda. Se me encoje el estómago cuando veo la intensidad con la que me contempla en respuesta. Su mirada no es lo único que resalta en él.
Lleva una camisa negra desabrochada, revelando un torso de músculos bien cincelados y manchados con gotitas de la misma sangre artificial que la mía. Tiene dibujos y patrones de tinta por los pectorales que no llego a descifrar; el pelo negro como la noche, una sonrisa burlona de labios gruesos y carnosos. Sus facciones son duras y perfectas.
Me cosquillean los dedos ante el impulso de acariciarle los pómulos y comprobar que todo esto no es fruto de mi imaginación. No lo diría en voz alta, pero es evidente que es un hombre atractivo, bello incluso. De un tipo de belleza violenta.
—Sí, eso… —confirmo, y parpadeo como una estúpida—. Es de una película.
—Supongo que es muy propio de ti —secunda Jules.
Cassie está tan cautivada como yo mirando a la nueva incorporación. Este levanta una ceja en mi dirección mientras esa sonrisa burlona no desaparece de su rostro. Gotitas de sangre se le resbalan también por la barbilla, bajando en un hilillo por su cuello.
—Eh… —Me giro hacia mis amigos—. ¿Deberíamos ir a por unas bebidas?
—No te preocupes, ya voy yo. —Cassie sonríe y me lanza una mirada traviesa—. ¿Alguna preferencia?
—He escuchado que el ponche de esta noche es una delicia —dice el desconocido.
—Ponche, entonces.
Incluso Cassie parece estar embelesada por sus encantos. El brazo de Jules se tensa y la rodea con más ahínco.
—Te acompaño, necesitarás un par de manos extra.
El desconocido se aparta, dejándoles el camino libre. Cassie no duda en lanzarme de nuevo una mirada cómplice por encima del hombro. Me quedo a solas con este hombre que, con su sola presencia, ya está haciendo que me retuerza por dentro. Se acerca un par de pasos más y siento como si el poco espacio que nos separa estuviese cargado de electricidad estática.
—Soy Aiden, encantado.
Me tiende la mano; cada dedo decorado por un anillo de plata. Dudo unos momentos antes de apretársela, notando el contraste de nuestras pieles. Su agarre es firme, mi palma roza la suya y pequeñas durezas me raspan.
—Katherine —respondo.
—Katherine… —Degusta mi nombre en sus labios—. Me gusta.
—Es común.
—A mí me parece un nombre elegante. Y, a la vez, hay algo en la manera de pronunciarlo que lo hace parecer un nombre peligroso.
Consigue que una risa se me escape. Es un hombre intenso, enigmático. O tal vez esta sea la forma en la que liga con todas.
—No soy peligrosa.
—¿Seguro? —Inclina la cabeza al decirlo, conectando su mirada con la mía.
Ahora que estamos más cerca puedo apreciar la espesura de sus pestañas y hundirme de lleno en esos ojos grises y tormentosos. Capto un movimiento por el rabillo del ojo y descubro a Cassie, que camina hacia nosotros con dos vasos en las manos. Murmuro una pequeña despedida antes de alejarme de él para acudir al encuentro de Cassie.
—¿Ocurre algo? —pregunta esta.
—En absoluto.
—¿Lo has notado? Te miraba de una forma…
Agarro un vaso y doy un rápido sorbo antes de volver la vista atrás. Cuando lo hago, descubro que ya no está. Noto una mezcla de alivio y decepción.
—¿Lo conoces? —pregunta. Niego con la cabeza—. Pues eso ha sido muy intenso, hasta yo notaba las chispas.
—Seguro que iba borracho. —Miro por encima de su hombro, buscando a Jules—. ¿Dónde está Jules?
—Ahí —señala al otro lado de la sala—. Hablando con Mrs. Boobies.
Así es como ella se refiere a una de las chicas que no para de intentar algo con Jules, pese a que él no se ve muy dispuesto por todas las veces que ha rechazado salir a tomar algo con ella. Me río, bajito, y golpeo nuestros hombros para quitarle esa arruguita que le cruza el ceño.
—Venga, vamos a bailar.
La sujeto de la muñeca, y nos dirigimos hacia el bullicio de gente. Allá donde miremos las telarañas penden de las paredes, las luces de la fiesta proyectan tonos rojos y escandalosamente blancos que hacen que parezcamos ralentizados en el tiempo. No dudo en beberme el vaso hasta no dejar gota y, para mi sorpresa, el ponche está más bueno de lo que esperaba. Bailamos juntas, moviendo los brazos, dando pequeños saltitos y dejando caer la cabeza hacia atrás entre medio de risas. De vez en cuando, se nos une gente; algunos rostros son familiares de las clases y otros son totalmente desconocidos. Los disfraces hacen irreconocibles a otros tantos. Jules reaparece, uniéndose a nosotras mientras nos tiende vasos que huelen avodka.
—Lo siento, no queda ponche. —Se disculpa—. Parece que ha tenido éxito, tu amigo no se equivocaba.
—No es mi amigo.
Se encoje de hombros, quitándole importancia, y comienza a bailar. Muchas veces parece hacerlo al son de Cassie; otras, baila con cualquiera que esté cerca, bamboleando las caderas al son de los acordes. Los brazos de Cassie caen sobre mis hombros mientras da pequeños saltitos y suelta risitas ligeras. El aroma de su perfume me cosquillea la nariz, me recuerda a golosinas.
—Está detrás de ti —me susurra al oído—, cerca de la entrada, y no ha dejado de mirarnos.
No sé por qué abro tanto los ojos, pero lo hago. Ella sigue bailando y riendo como si no acabase de decirme nada, y yo no puedo frenar el impulso de girarme. Tal y como Cassie ha dicho, me encuentro sus ojos grises mientras le responde algo sin mucho interés a un chico, cuyo rostro no veo. Rompo el contacto visual cuando siento que me abrumo. No sé a qué viene este calor repentino. El aire que entra en mis pulmones es una masa caliente que me asfixia.
—Salgo un momento fuera, ahora vuelvo.
Cassie alza su pulgar en gesto afirmativo y se deja arrastrar por la marisma de gente que no para de moverse al son de la música. Me golpeo contra muchos cuerpos conforme lucho por abrirme paso por la pista.
Los dos hombres, Aiden y el misterioso enmascarado, se alzan sobre un escalón que separa el salón que hace de pista de lo que sería el recibidor de la casa. Paso por el lado de ambos, intentando que mis ojos no me traicionen. Sorteo a algunas personas más y salgo a la calle, donde el frío impacta contra mi piel. El cambio de temperatura con el interior no es bueno, pero ahora mismo lo necesito. Me abrazo el torso y, en algún momento, comienzo a caminar, alejándome un poco de la casa.
Me recorre un escalofrío cuando veo la niebla que descansa entre las lápidas al otro lado de la calle. Esta fiesta es tan famosa porque está en el escenario perfecto. Una fiesta en una casa que descansa justo al lado de un cementerio. Uno de los más antiguos de la ciudad, para ser exactos. Posiblemente hace décadas que no se produce un nuevo enterramiento aquí, y el aspecto de las lápidas es descuidado. No sé porque mis pies me llevan a cruzar la calle y a seguir más allá de las verjas que en algún momento estuvieron cerradas. Hay vegetación salvaje por todas partes que me roza las rodillas. Mi respiración se espesa frente a mí y forma nubecitas de vaho.
A pesar de que el ambiente es aterrador y me pone los vellos de punta, sigo pasando lápida tras lápida. Me tomo mi tiempo en leer los nombres y fechas, viendo que aquí hay gente que lleva más de un siglo bajo tierra. Tal vez este pensamiento sea feo, retorcido y declare que estoy algo perturbada, pero hay belleza en este sitio. Una belleza oscura.
Acabo llegando a una estructura de dimensiones superiores al resto de tumbas y de un aspecto deslumbrante. Un mausoleo en condiciones un tanto deplorables y que, aun así, sigue rezumando grandeza. Me hace pensar en el mausoleo donde descansan los restos de mi hermana y de otra persona que no merece que la recuerde. Me siento encima de una de las lápidas medio derruidas y contemplo la estructura, incluso si me hielo de frío.
—No deberías ir a sitios como este sola —dice una voz a mi espalda—. Podrías encontrarte con un imbécil… o conmigo.
* * * * *
Cassie
Hace unos diez minutos que Katherine salió a tomar el aire y, aunque me debato entre salir a buscarla o no, mis ganas de seguir bailando con Jules me superan. Por el brillo de sus ojos, sé de sobra que comienza a estar un poco ido por el alcohol. O puede que… Alejo ese pensamiento.
—¿Te traigo otra bebida? —pregunta Jules por encima de la música.
Miro mi vaso vacío.
—Algo sin alcohol.
Asiente, y no tardo en ver desaparecer su espalda entre el gentío. Algunas chicas de la universidad entablan conversación conmigo, aunque yo sé que solo creen que con ello podrán tener un acercamiento con Jules. No saben que yo, en ese aspecto, soy insignificante; Jules no necesita que me agraden para buscar a una chica. Él simplemente mira a quien le gusta y ellas caen rendidas. Es el chico más guapo de toda la facultad, y él es consciente.
Me lo paso bien con ellas, bailo de un lado a otro, me dejo llevar por la música y por todos los movimientos frenéticos de los cuerpos que me rodean. En ningún momento desaparece la sensación de estar siendo observada, y es porque, si me molesto en girarme, veré al chico de antes. Podría estar prestándole atención a cualquiera, realmente, pero el calor de mi nuca me dice que es a mí.
Intento ignorar la sensación y, al cabo de un rato considerable, decido buscar a Jules. Me llevo algunos codazos en mi lucha por llegar hasta la mesa de bebidas y, cuando consigo visualizarla, la decepción cae sobre mí como un jarro de agua fría. No sé qué esperaba. Como he dicho, Jules es el chico más guapo de la facultad, él lo sabe y solo tiene que chasquear los dedos para tener a quien quiera en los brazos. Es un cliché eso de que el corazón se te parte, pero es verdad. Tienes la sensación de que algo dentro de ti acaba de partirse, haciendo un crack que reverbera por cada hueso.
Se me humedecen los ojos mientras veo los labios de Jules deslizarse por encima de los de una chica que no conozco. Retrocedo un par de pasos, lucho contra el resto de cuerpos que me hacen tambalearme de un sitio a otro. Doy algunos manotazos, intentando salir de la pista, y cuando llego al otro lado camino sin dirección alguna.
Subo las escaleras, creyendo que encontraré algo de espacio para curarme la desilusión. Mire donde mire hay parejas que se besan y se recorren los cuerpos con caricias pasionales que no paran de recordarme que la persona a la que quiero no me corresponde. Busco algún sitio donde poder llorar sin vergüenza y parece una misión imposible hasta que abro la puerta de lo que parece ser un vestidor. La cierro, y apoyo la frente contra ella, soltando un hipido. Siento el agua caliente deslizárseme por las mejillas hasta llegar a mi boca, donde saboreo la sal de las lágrimas. No sé cuánto tiempo trascurre, pero debe ser el suficiente como para que una voz decida interrumpir mi momento lamentable.
—¿Estás bien?
Me sobresalto, llevándome la mano al corazón a la vez que me giro. Encuentro al chico de la máscara de Ghostface frente a mí y no puedo evitar que un escalofrío baile por mi espalda.
—¡Jesús! —Suelto una exclamación—. ¿Qué haces aquí?
—Supongo que lo mismo que tú. —Su voz suena amortiguada—. Necesitaba un sitio donde estar solo.
—Oh, lo siento, ya me voy…
Me giro, nerviosa, peleándome con el pomo de la puerta. Parece como si mis manos se hubiesen vuelto de mantequilla, incapaces de aferrarse a él y hacerlo girar.
—No te preocupes, hay espacio para los dos.
Algo en su tono de voz hace que quiera volverme y seguir hablando con él. El hecho de que él parezca haberme observado toda la noche despierta aún más mi curiosidad. Me giro, encarándolo de nuevo, sin decir nada.
—¿No te importa?
—El vestidor no es mío. —Hay un deje divertido en su voz.
Hace un gesto con la mano, como indicándome que me ponga cómoda, y él hace lo propio y se sienta en el suelo con las rodillas ligeramente separas y flexionadas. Lleva unos vaqueros oscuros con algunas rajas. No hay demasiada iluminación, solo la que viene de fuera y la que proyecta la luna a través de una pequeña ventana alta.
—Me sentiría más cómoda si veo la cara de con quien comparto sitio.
Una risa resuena en su pecho. Es varonil pero melódica. Me quedo esperando a que él se quite la máscara. No lo hace, así que el aire se enrarece. Miro hacia todas partes y veo el espejo que descansa frente a mí, los cientos de abrigos que cuelgan de las perchas, los zapatos alineados a la perfección y algunos sombreros que descansan en baldas superiores.
—Me quito la máscara si me cuentas porque estabas llorando.
—Eso es vergonzoso… —musito.
—Tal vez use máscara porque me avergüenza que otros me vean —rebate él—. A mí me parece un trato justo.
Jugueteo con los dedos, escogiendo bien las palabras o, más bien, intentando darles sentido a mis emociones.
—He venido a esta fiesta con unos amigos.
—Yo también.
—Solo que uno de ellos me lleva gustando un tiempo… considerable.
—¿Te ha rechazado?
Niego con la cabeza.
—No, nunca le he dicho mis sentimientos en voz alta. Sospecho que él se hace una idea, creo que soy bastante obvia. —Se me escapa una risa triste—. Lo que pasa es que lo he visto besándose con otra.
—Y eso te ha dolido —declara.
Asiento, sin saber si él se percata bien de mis movimientos en esta penumbra. No sé cuántas respiraciones transcurren hasta que escucho el sonido de la tela al rozarse y lo miro para descubrir que se está quitando la máscara. Enmudezco. Cualquier palabra que pudiese salir de mí muere en el momento en el que una intensidad azul me devuelve la mirada. Tengo los ojos azules, pero jamás había visto unos tan bonitos como los suyos. Son de un celeste que te atrapa, y la tristeza que veo en ellos me ahoga. El pelo rubio que le enmarca la cara es pálido y este le besa las mejillas, quedando por debajo de su barbilla.
—Has mentido —murmuro—. Tu cara no es para avergonzarse.
Ahoga una risita.
—¿No? ¿Entonces para qué es?
—Para…
Creo que se me tiñen las mejillas de un intenso rojo. Doy las gracias por la poca iluminación que impide que vea mi rubor. En cambio, él está siendo bañado por la luz de la luna que entra por la ventana y su imagen es algo que me deja sin aliento.
—¿Para…?
—¿Por qué me estabas mirando ahí abajo? —pregunto, intentando esquivar el tema.
La distancia entre nosotros se ha recortado sin que me haya dado cuenta. Sigue sentado, pero su cuerpo parece inclinarse hacia mí.
—Porque eres un ángel.
La respuesta me toma por sorpresa. Pestañeo un par de veces antes de soltar una risita nerviosa.
—Claro, porque voy disfrazada de uno.
—No lo digo por el disfraz. —Las palabras pesan debido a su seriedad—. Desprendes luz.
—No digas tonterías… —Lo miro por debajo de las pestañas, de forma vaga. Siento que me arden las mejillas y que desde hace un rato me encuentro algo mareada. Más de lo que debería tras dos vasos de alcohol. Tal vez no sea buena idea estar aquí.
—Me recuerdas a alguien que conozco —revela.
—¿De verdad?
—Sí. —Algunos mechones rubios se escapan hacia delante—. Solo que tú desprendes una luz que ella no. Pareces feliz. Eso me gusta.
—¿Ella? ¿Una chica que es importante para ti?
Siento que algo dentro de mí revolotea.
—Sí, llevo mucho sin verla. —Su cuerpo se inclina más hacia el mío y acabamos hablando casi en murmullos—. Me gustaría ver en ella la luz que veo en ti.
Con las piernas cruzadas, siento el peso de su mano al descansar en el suelo cerca de mi pantorrilla. El pulso se me dispara. Me digo a mí misma que estoy loca.
—Estás exagerando, seguro que vas un poco borracho.
—¿Tú no?
La proximidad de su cuerpo con el mío es algo que no puede ignorarse. Su espalda opaca cualquier rastro de luz que hubiese con anterioridad, sumiéndonos en una oscuridad absoluta. Noto su aliento contra las mejillas.
—Sí… —La respuesta sale entrecortada—. Eso explicaría muchas cosas.
—¿Qué cosas?
Noto un olor a pino cosquillearme la nariz.
—Debería irme a casa, solo quería olvidar lo que he visto.
Coloco las palmas en el suelo, haciendo ademán de levantarme para marcharme.
—Haz algo que te ayude a superar lo que has visto, algo que te haga olvidarlo.
—¿Por ejemplo?
—Besarme.
* * * * *
Katherine
A pesar de conocerlo de esta noche, hay algo en su voz que es característico y me hace reconocerlo al instante. Con las palmas apoyadas contra el frío mármol, me giro hasta hacerle frente. Me sorprende verlo tan relajado con el frío que hace aquí fuera cuando él luce el pecho desnudo y manchado de sangre.
—¿Tú no entrarías en la categoría de imbécil?
Suelta una risa ronca, haciendo que los pequeños vellos en la nuca se me ericen.
—Soy imbécil, pero yo me metería más bien en la categoría de peligroso.
Me cruzo de brazos mientras arqueo una ceja, retándolo a que me demuestre lo que dice. Juraría que veo el brillo de la diversión centellear en su mirada.
—¿Peligroso? —Bufo—. Unas manchitas de sangre artificial e ir enseñando tu pecho desnudo no es lo que yo llamaría aterrador.
Baja la mirada hacia sí mismo. Contempla cada hendidura de los músculos bien trabajados que su camisa abierta deja entrever para luego volver a mirarme con una sonrisa de superioridad.
—Sí, la verdad es que parezco malditamente sexy.
—Y humilde.
—Exacto, no olvidemos lo de humilde.
—¿Qué haces aquí fuera… Aiden?
No responde de inmediato. Se toma su tiempo mientras da unos cuantos pasos en mi dirección, recortando la distancia y brindándome la posibilidad de verlo mucho mejor. Un mechón rebelde le cae por la frente y los ojos le brillan como si de plata líquida se tratase.
—Buscarte; pensé que lo sabrías, Katherine.
¿Por qué mi nombre suena erótico en su boca? Parece como si lamiese cada letra, la degustara y la dejara salir lentamente. Pestañeo en un intento por espantar esos pensamientos tan estúpidos de mi mente. ¿Qué me ocurre? Me noto fuera de mí misma; con el cuerpo ligero, pero la mente espesa.
—¿Eres de esos pesados que acosa a las chicas en las fiestas, Aiden?
—No, Katherine —dice. Lo tengo justo plantado delante de mis narices, mostrándome lo grande que es en comparación conmigo—. No suelo ir detrás de ninguna chica, aunque contigo estoy dispuesto a hacer una excepción.
Me levanto de la lápida medio derruida, rehuyéndolo. No le doy la espalda por mucho tiempo ya que, a pesar de mis burlas, sí es verdad que hay algo en él que me inquieta y alarma.
—No quiero que hagas una excepción conmigo, Aiden.
—¿Segura, Katherine?
—Deja de decir mi nombre —protesto.
—Como quieras. —Levanta las manos a la altura de su pecho en un gesto pacífico—. Pero yo te pediría que no dejes de decir el mío, suena bien si lo pronuncias tú.
De repente el calor en mis mejillas se intensifica, y no solo por el alcohol. Está jugando conmigo, así como lo hace el gato con el ratón. No sé en qué momento he echado a andar para poner distancia entre ambos, pero ahora mi espalda está contra la puerta sucia y polvorienta del mausoleo.
—No te he visto antes en ninguna de estas fiestas, ¿estudias aquí o solo estás de pasada?
—Estudio aquí.
Se mete las manos en los bolsillos de los pantalones mientras se acerca con paso airado. Una pequeña brisa sacude las copas de los árboles y hace rodar algunas hojas secas. Me abrazo a mí misma para paliar el frío.
—¿Qué estudias? —prosigo.
—Psicología.
Contraigo el rostro, confundida.
—No te he visto nunca en la facultad.
—Tranquila, me verás.
—¿Sabes? Comienzas a caerme un poco mal.
Vuelve a brotar esa risa de él mientras sacude la cabeza y se pellizca el labio inferior entre sus dedos. La gravilla cruje cuando camina hacia mí y cuando estamos a escasos centímetros, me comienza a cosquillear por debajo de la nariz el olor a menta intensa y algo así como la madera… el sándalo.
—Pues tú a mí me caes muy bien.
Apoya las manos a ambos lados de mi cabeza y se reclina con una sonrisa dibujada en sus labios carnosos, regalándome la imagen de una hilera de dientes perfectos. Sus colmillos parecen los de un depredador, y la verdad es que el disfraz le va perfecto.
—No entiendo por qué, no te he dado motivos.
—Esa mirada traviesa. —Me da un toquecito sobre la nariz—. Me encanta, es mejor cuando la ves de cerca—. Me quedo sin palabras, totalmente incrédula ante lo que estoy viviendo, ¿cuántas probabilidades había de acabar en un cementerio durante la madrugada con un chico sexy y que es totalmente consciente de que lo es? —Además tus intentos por reprimirte me resultan muy monos, esa lengua afilada y esos aires insufribles son atractivos.
—¿Todas esas conclusiones las has sacado en una noche? —Doy unas cuantas palmadas—. Bravo, simplemente brillante.
Se encoje de hombros como queriendo decir «¿Qué puedo decir? Soy malditamente genial».
Aun así, hay algo que me obliga a permanecer aquí, acorralada entre sus brazos. Despierta mi curiosidad y me hace querer seguir tirando del hilo para ver hasta dónde puede llegar o hasta dónde puede sorprenderme.
—Y tú, ¿has sacado alguna conclusión, Katherine?
Su aliento es fresco, mentolado y acaricia levemente mis labios al hablar. La proximidad hace que los dedos de mis manos se engarroten y, como dije antes, siento mi cuerpo ligero y como si no me perteneciera. No he bebido tanto como para estar así.
—He llegado a la conclusión de que… —digo y sus ojos me miran con interés y expectación—… eres un capullo.
—¿Se te suelen erizar los pezones con todos los capullos que te cruzas?
—¿Q-qué?
Su mirada desciende, escrutando mi cuerpo lentamente, y se detienen justo en mis pechos. No dudo ni un solo segundo en comprobar que, efectivamente, la tela de mi disfraz de cheerleader no puede disimular la evidencia.
—Es por el frío. —Me cubro rápidamente con los brazos y aparto la vista hacia cualquier punto que no sea él. La parte racional de mi cabeza me dice que coja el camino y me marche. ¿Por qué no lo hago?
—No te vas porque notas la misma atracción que yo.
¿Acaso he hablado en voz alta?
—No sé de qué atracción hablas.
Mis brazos siguen firmemente a mi alrededor, como si fuesen un escudo entre él y yo.
—Joder, sí que lo sabes. —Se acerca más a mí, de forma que su pecho presiona los brazos que rodean el mío—. Mírame a los ojos, niégame que no lo sentiste desde el momento en el que nos vimos.
—¿El qué? —Me hago la tonta.
—Creo que es algo que se explica mejor con hechos.
Arrugo el entrecejo, escrutándolo con la confusión claramente reflejada en el rostro. Me sonríe, con lo que creo que es una sonrisa sincera, y entonces veo cómo se aproxima a mí. Es algo pausado, tengo el tiempo suficiente como para frenarlo y marcharme, pero me mantengo en el sitio, ansiosa, a la espera.
El primer roce de sus labios sedosos contra los míos es como un chispazo de corriente directo a mis venas. Al principio, se mueve de una forma pausada y tentativa. Poco a poco, mi boca responde con ferocidad. Su lengua me acaricia el labio inferior suavemente, pidiendo permiso. Se despierta un lado salvaje en mí que no puedo controlar; me encuentro desinhibida y sin intenciones de refrenarme. Respiro contra su boca para llenarme los pulmones de aire nuevo mientras sus dientes tiran de mi labio inferior. Cuando vuelve a besarme me parece sentir sangre en su lengua, y eso me hace reprimir un jadeo en la garganta.
Sus manos dejan de acorralarme para hundirse en mi pelo. Mis dedos se pasean, dudosos, sobre su pecho, que irradia un calor que calienta mi cuerpo hasta ahora frío. Suben por su clavícula hasta llegar a su mejilla, donde la barba incipiente me roza la palma. La acuno y lo invito a que siga devorando mi boca.
Pasa un rato hasta que nos separamos de nuevo para buscar aire. Nos miramos, ambos con los labios rojos e hinchados.
—¿Lo has notado? —pregunta con ese brillo en la mirada.
—S-sí.
Aun me cuesta hablar con normalidad.
—De eso es de lo que hablaba. —Me sujeta la cara entre las manos—. Y, maldita sea, es jodidamente bueno.
Estampa su boca contra la mía, ahora sin ninguna suavidad. Mi lengua se mezcla con la suya en un vaivén erótico; su cuerpo presiona el mío hasta encajar en las partes correctas. Mis pezones —esos traicioneros que parecen excitarse ante la presencia de un capullo sin precedentes— rozan su pecho; y mis manos, tan curiosas como siempre, serpentean por él hasta llegar a sus hombros, donde hago desaparecer la camisa desabrochada.
Esta cae al suelo sin hacer ruido, solo se escucha el sonido de nuestras bocas luchando por dominar al otro. Recorro con la vista los trazos de tinta, dibujando sus contornos. Él me sujeta por las corvas de las piernas, obligándome a que le rodee la cintura con ellas. Acabo aún más arrinconada contra la puerta del viejo mausoleo y siento como la dureza que crece entre sus piernas me golpea por encima de la ropa interior que mi falda no se molesta en ocultar. Jadeo contra su boca cada vez que se presiona contra la tela de mi ropa interior, e incluso comienzo a avergonzarme cuando soy consciente de que me humedezco.
—Creo que este sería un buen momento para que me detuvieras —dice mientras baja por mi barbilla hasta dar con la curva de mi cuello y mordisquearla.
Sí, sería buen momento si no tuviese un puto incendio dentro del cuerpo y las hormonas haciendo triples mortales dentro de mí. En respuesta a su comentario, empujo mis caderas contra las suyas. Entonces me mira, evaluando sí estoy segura de lo que quiero. Escucho ruido a mi espalda, un jugueteo de dedos y luego un vacío. Cuando la puerta se abre dejo escapar un gritito de la impresión.
—¿Estás segura?
Noto sus manos aferrarse a la carne de mis piernas mientras nos conduce al interior.
—Creo que sí.
—No me vale que lo creas. —Su voz es melosa, hipnótica—. Necesito que estés segura porque una vez cierre esa puerta no creo que pueda parar.
La miro durante un segundo y luego observo su rostro. Acaricio el filo de su mandíbula antes de bajar un poco la cara hasta encontrarme con su boca. Le apreso los labios como respuesta a su pregunta. Estoy segura. Quiero hacerlo. Hay algo en él que tira de mí; como dijo antes, pude sentir la atracción desde el momento en que nuestras miradas se cruzaron.
Empujando de nuevo mi espalda contra la puerta, la cierra. Oigo cómo esta queda encajada, y entonces los labios de Aiden se mueven contra los míos, famélicos. Me muerde, me lame y me succiona mientras una de sus manos se desliza por debajo de mi falda. Su calor en contacto con la piel fría de mis muslos es placentero. Prosigue su camino hasta rozar el borde de mi ropa interior, y se detiene justo ahí, como si estuviese pidiendo permiso. Levanto la cadera contra su mano y siento como ríe contra mi boca. La suavidad de su palma abraza mi sexo, rozándolo por encima de la tela, y el gesto consigue que jadee contra su boca. Hace movimientos lentos hacia arriba y abajo, acunando mi sexo por completo y acariciando mi clítoris con su palma.
—¿Así? —Su boca baja por mi garganta hasta llegar a la clavícula, donde siento que roza mi carne y la acaricia con la lengua—. ¿Así es como te gusta, pelinegra?
Me siento totalmente fuera de mí. No es la primera vez que tengo una aventura de una noche, pero jamás había sido algo tan electrizante. La presión de su palma contra mi clítoris se aligera hasta desaparecer, y no puedo evitar lanzar un gruñido de protesta.
—Te he hecho una pregunta. —La aspereza de su barba de un par de días me raspa la mejilla cuando habla junto a mi oído, haciendo que la dureza de mis pezones sea insoportable—. Respóndeme.
Su pulgar cubre ese punto cargado de nervios que late como si fuese mi propio corazón y lo estimula, trazando suaves círculos que provocan que me deje caer hacia atrás y suelte un gemido.
—No te oigo, Katherine.
Mientras su pulgar me tortura, otro de sus dedos baja para juguetear con mis pliegues por encima de la tela, separándolos levemente. Mi cabeza gira a toda velocidad como consecuencia de las sensaciones que se agolpan en mi interior. Me da una de cal y otra de arena, bajando y aumentando la intensidad de sus caricias.
—Sí, joder, justo así —digo mientras mis manos se hunden en su pelo—. No pares, por favor.
—¿Vas a rogar por más, pelinegra?
Traza la línea de mi cuello con el filo de la lengua. La tela que hasta ahora separaba sus dedos de mi zona más sensible desaparece de un simple plumazo, y ahora la sensación de calor cuando su mano opaca mi sexo se incrementa por mil. El aire contenido en mis pulmones sale de forma vergonzosa cuando lo noto frotarse contra mí y, en respuesta, me muevo para sentirlo por completo.
Juguetea con mi humedad, expandiéndola por todo mi sexo y humedeciéndose sus propios dedos con ella. Cada movimiento hace que mis terminaciones nerviosas manden descargas hasta la punta de mis pies; aunque eso no es nada comparado con lo que siento cuando dos de sus dedos entran dentro de mí.
—Quien diría que la niñita de papá se mojaría tanto en un sitio como este —ronronea.
Lo veo descender con su boca por mis clavículas, lamiendo el arco de mis pechos y tirando con sus dientes del material de mi camiseta hasta dejar escapar uno de mis pezones. El calor de su lengua juguetea con él conforme Aiden traza un pequeño circulo alrededor de la aureola y luego lo mordisquea con delicadeza. Le clavo las uñas en los hombros, me aferro aún más a sus caderas con las piernas y lo atraigo de tal manera que acaba completamente enterrado. Mi canal se contrae entorno a sus dedos, mojándolos de una forma bochornosa mientras estos salen y entran en mí, y me tortura el pezón con la boca.
Abro los ojos y me fijo en las lápidas del mausoleo que nos rodean. Soy una sucia, una inmoral por estar haciendo esto aquí entre restos mortales. Si pensaba que habría un sitio para mí que no fuese el infierno, acabo de perder cualquier esperanza.
El tirón que siento en el bajo de mi vientre me avisa de lo que se avecina.
—Voy a… —gimoteo.
—Córrete, pelinegra.
La fricción se hace más fuerte cuando aumenta la velocidad, curvándolos dentro de mí hasta presionar el punto que me lanza a la locura. La visión se me llena de puntitos blancos, clavo los dedos en sus hombros con tanta fuerza que temo hacerle daño, las caderas y el nudo en el estómago se contraen. Cuando el subidón del orgasmo se retira lentamente, las piernas se me vuelven flácidas. Retira sus los dedos y los conduce a su boca, donde los lame sin apartarme la mirada. Un fuego me calienta las mejillas mientras él saborea la humedad.
—Dime, Katherine, ¿qué quieres ahora? —pregunta una vez se los saca de la boca.
Aún lucho para que mi respiración vuelva a la normalidad. Con el cuerpo tan sensible, no puedo ignorar la dureza que se interpone entre nosotros. Si sus dedos me han hecho esto, ¿de qué más sería capaz? Me relamo los labios un poco secos antes de responder:
—Quiero más.
—Menos mal —dice con un hilo de diversión en la voz—. Porque hubiese muerto aquí mismo si no me dejas follarte.
Sus manos me agarran de las nalgas, asegurándose de que mis piernas vuelven a rodearlo con fuerza. Una mano viaja hasta el bolsillo de su pantalón, y escucho el sonido de un envoltorio. Sus manos trabajan con rapidez para ponerse el preservativo, y no tardo en sentir el frío del látex contra mi entrada.
—Este es buen momento para que confieses si te estás guardando para el matrimonio.
—Eres idiota. —Golpeo su hombro.
—Un idiota con suerte.
Sella mi boca con la suya mientras noto cómo presiona y se introduce lentamente. Mi sexo lo recibe, no sin protestar un poco por su tamaño. Repite la acción un par de veces asegurándose de que me acoplo a él antes de tomar un ritmo más constante. Nuestros pechos se encajan y se rozan con cada movimiento que producen sus embestidas. En algún punto, Aiden comienza a dejarse llevar, revelando su naturaleza más salvaje. Los empellones se vuelven más fuertes; mi canal se contrae alrededor de su miembro, que me llena por completo; los gemidos roncos que salen de su garganta y que mueren en mi boca hacen que la piel se me erice más.
—Pídeme que pare si sientes que te duele —dice con la voz ronca.
Al principio no sé a qué se refiere hasta que noto cómo se clava de forma profunda dentro de mí. La puerta que nos sirve de soporte comienza a protestar con la fuerza con la que entra en mi interior. Agarro sus hombros con las manos para no escurrirme entre sus brazos. Mis pechos acaban por salirse por completo, quedando a la altura de su boca. No duda en atrapar uno y succionarlo mientras su lengua le da suaves toquecitos.
—Joder —exclamo, rodeándolo con desesperación—. Aiden…
Clava los dedos en mis nalgas mientras me embiste. Sus dientes mordisquean un pezón antes de pasar al otro y darle la misma atención. Vuelvo a contraerme y Aiden, al notarlo, comienza a aplicar fricción contra mi clítoris. Estoy cerca, pero Aiden vuelve a torturarme cuando saca su miembro, haciéndome sentirme vacía. Me sujeta como si no pesara absolutamente nada hasta bajarme frente a una gran mesa de mármol. Está llena de polvo y pétalos secos.
—Agárrate.
Obedezco automáticamente, aferrándome al borde del mármol. De mis labios se escapa un quejido cuando vuelve a introducirse de una sola vez. Su cuerpo y el mío forman sonidos sucios cuando sus caderas impactan contra mis nalgas. La humedad entre mis piernas no es algo que pueda disimular y comienzo a pensar en si siento cierta excitación en acostarme con desconocidos en sitios santos. Con una mano en mis costillas la otra masajeándome el clítoris, permito que entre y salga de mí con rabia hasta que todo mi cuerpo se estremece con cada embestida. No sé cuánto tiempo pasamos jadeando como animales antes de que el nudo de mi estómago se haga más y más grande y note el tirón antes de correrme.
—Katherine…
Poco después sus empellones pierden constancia, y la respiración de Aiden se acelera contra la curva de mi espalda. Suelta un gemido ronco que acompaña a su liberación. Sigue dentro de mí el tiempo suficiente para que nuestras respiraciones se acompasen y mis piernas dejen de ser gelatina. Cuando me estabilizo, me giro y lo veo abrocharse el pantalón y sentarse en el suelo, a donde no tardo en seguirlo cuando me agarra de la mano y me arrastra hasta su regazo.
Sus dedos apartan el pelo que se me ha pegado a las sienes.
—Eso ha sido…
—… una locura —completo.
—Ha sido la mejor locura de mi vida entonces.
—Eres un exagerado. —Le golpeo antes de apoyar la cabeza entre su cuello y su hombro.
—Pelinegra, no exagero cuando digo que me moría de ganas de hacer esto. Y no hablo de follar, hablo del hecho de follar contigo. —Hace hincapié en la última palabra—. Tal vez follar no sea la palabra adecuada, pero es lo que yo hago.
—Suenas un poco lunático —digo, mirándolo un poco confundida—. Acabamos de conocernos, no puedes decir cosas como esa.
—El problema es que yo no acabo de conocerte —confiesa. Yo frunzo el ceño—. Llevo meses sabiendo de tu existencia, aunque tú no de la mía.
De nuevo esa sensación de no pertenencia con mi cuerpo me sacude de nuevo. Me siento pesada, mareada, como si estuviese muy embriagada. La mano de Aiden se posa en mi espalda, manteniéndome erguida.
—Eso da mucho miedo, ¿sabes? —Intento bromear—. ¿Estás insinuando que eres un acosador?
—Acosador no, más bien soy un cazador que estudia bien a sus presas antes de cazarlas. —Roza su nariz contra la curva de mi cuello mientras sus palabras cosquillean sobre mi piel—. ¿Ahora sí me tienes miedo?
Su pregunta hace que un escalofrío baile por mi columna.
—¿Debería?
—Claro que sí, te lo advertí desde un principio. —Acaba con su cara a centímetros de la mía, rozándome—. De hecho, nuestros caminos se volverán a cruzar, tal vez tarde un poco, pero pasará. Iré a verte y te pediré un favor; no a Katherine, sino a la Araña —aclara, y el corazón se me detiene durante un segundo—. Y, desde ese momento, es muy posible que nades en aguas pantanosas, pero yo estaré contigo. Siempre dos pasos por delante, observando tus movimientos. —Me mira de una forma tan intensa que hace que me pierda en sus ojos tormentosos—. Porque yo te veo Katherine, mejor que cualquiera que afirme conocerte, y yo sé que te estás frenando.
Siento la urgencia de escapar de aquí. Me levanto con prisas de su regazo, recolocándome la ropa en su sitio. Debo alejarme de esta persona. Sabe quién soy y lo que hago en mi club.
—Te equivocas de persona —refuto, inútilmente—. No soy esa Araña de la que hablas.
—Bueno, es posible que ni tú misma sepas bien quién eres.
Con cada palabra que sale de su boca me confunde más, así que corro hasta la puerta para alejarme de él. Lucho un poco con esta, que parece haberse quedado bien encajada. La mano de Aiden aparta la mía y me abre, demostrando que me supera con creces en fuerza. Lo miro una última vez, ahora viéndolo como lo que me advirtió que era, alguien peligroso.
—Por cierto, mi nombre completo es Aiden Morozov, intenta recordarlo para que las cosas sean más fáciles.
Salgo del mausoleo, y el aire frío que dentro parecía no existir me golpea. Sorteo las lápidas, me raspo las piernas con las hierbas altas que han crecido porque nadie se ha molestado en arrancar y atravieso la carretera de regreso a la fiesta.
Trato de encontrar a Cassie poniéndome de puntillas, aunque sea para divisar las ridículas alas de plumas. No la localizo por ninguna parte y acabo dando vueltas sobre mí misma. Vuelvo a sentirme observada y creo que voy a encontrarme de nuevo a ese tal Aiden. En su lugar, veo a un chico de cabello negro apoyado contra las escaleras. Lleva el rostro maquillado de esqueleto y sus ojos son totalmente negros, como pozos sin fondo. Me inquieta, así que lo que hago es apartarme de él todo lo posible mientras él sube las escaleras.
Cada vez me pesa más el cuerpo y, de hecho, no recuerdo bien ni cómo hemos acabado en esta fiesta Cassie y yo, ¿Jules también vino con nosotras? Uno de los espacios de un sofá se queda libre y lo ocupo, recostándome contra él. Me pesan los ojos, mucho, mucho, mucho…
* * * * *
Lev
Es cierto que estoy un poco borracho y eso me hace tener la lengua más suelta, aunque seguramente me sienta tan confuso como ella. El ponche de la fiesta lleva el suero desarrollado por Dimitri y que el cabrón de Aiden se ha encargado de traer. Nosotros tomaremos nuestra dosis una vez salgamos de aquí, así que mi poco filtro e irracionalidad tiene más que ver con el alcohol puro que he estado bebiendo toda la noche de la pequeña petaca de mi bolsillo.
—No voy a besar a un desconocido —afirma con voz nerviosa el angelito que tengo a escasos centímetros. Su voz, que se eleva un poco al final de la frase de una forma chillona pero adorable, me hace reír.
—Entonces, ¿si te hablo de mí y dejo de ser un completo desconocido me besarás? —Alzo una ceja, pese a que ella no puede verme en la oscuridad.
—Rotundamente no.
—Veamos, ¿qué quieres saber?
Jugueteo con los dedos de la mano que tengo apoyada en el suelo hasta que rozo sin querer el dorso de la suya y siento como suelta una bocanada entrecortada de aire. Su aliento huele a chicle de fresa. Dulce y afrutado, parece irle como anillo al dedo.
—Tu nombre estaría bien, para empezar —dice tras carraspear, nerviosa.
—Lev Romanov, encantado de conocerte. —Le estrecho la mano con fuerza notando, como su nerviosismo se incrementa—. Ahora es cuando tú me contestas con tu nombre.
—Lo siento, que despistada soy. —Suelta una risita alegre—. Me llamo Cassie.
Cassie sigue sin soltarme, y no pienso ser yo quien le pida que lo haga. Esta chica me hace sentir bien desde que la vi, hay algo en ella que rezuma paz.
—¿Siguiente pregunta? —continúo, con curiosidad por saber qué es lo próximo que saldrá de esa cabecita.
—¿Eres nuevo en la ciudad? Nunca te he visto.
—Seattle es grande —rebato—, aunque sí, soy nuevo en la ciudad. Me mudé hace unos meses.
—¿Trabajo, amor o estudios?
Está tomando confianza; que no se haya alejado me lo confirma. Le rozo ligeramente la palma con el pulgar y noto que sus manos son suaves y pequeñas. Todo en esta chica parece ser delicado, y eso es otra cosa más que la diferencia de mi hermana. Sí, Alina y ella comparten un parecido físico que hizo que mi atención recayera en ella, pero lo que me invita a seguir aquí, en el suelo de un vestidor en una fiesta cualquiera, es todo lo que la diferencia de mi hermana. Alina es mi otra mitad, mi melliza, y la conozco como a nadie. Es atrevida, caprichosa y orgullosa; pese a que en el fondo esconde un buen corazón que reserva para sus seres queridos: Aiden y yo.
—Podría decirse que por trabajo —respondo cuando salgo de mis pensamientos.
—¿En qué trabajas?
Me reclino aún más, quedando a un mísero suspiro de su cara. Una sonrisa divertida se asoma en mi boca, e intento contenerme las ganas de reírme para darle seriedad a mis palabras:
—Si te lo dijera —susurro pausadamente—, tendría que matarte.
—Tonto.
Me golpea en el pecho. Finjo sentir dolor mientras me río, bajito, y me acomodo la mano encima del corazón.
—Auch. No sigas por favor, hieres mis sentimientos.
—Eres molesto. —Su voz denota todo lo contrario—. Muchísimo.
