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¡Bienvenidos al hotel Chatsfield de Las Vegas! Siempre había sido la gran protagonista de la escena social londinense y por eso, a Cara Chatsfield, no le sorprendió que el director general de su padre le encargara la presentación del gran torneo internacional de póquer que iba a tener lugar en el hotel Chatsfield de Las Vegas. De todos modos, así la veía todo el mundo, como una mujer superficial. La verdad era muy distinta, tenía heridas de su pasado que no habían curado aún, pero eso no lo iba a compartir con nadie. Aidan Kelly detestaba a las mujeres como Cara, pero, cuando su mayor rival incluyó a la joven en las apuestas, decidió que tenía que ganar para protegerla. Lo que no esperaba era descubrir que en realidad era una joven hermosa, vulnerable y llena de pasión.
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Seitenzahl: 246
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2014 Harlequin Books S.A.
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
El juego del magnate, n.º 102 - marzo 2015
Título original: Socialite’s Gamble
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-6102-2
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Si te ha gustado este libro…
Cara sabía que debía sentirse como si estuviera en la cima del mundo. Su agente le había dicho el día anterior que había conseguido un lucrativo contrato con la firma cosmética Demarche, un paso muy importante para lograr que su carrera como modelo fuera en la dirección correcta.
Pero aún no terminaba de creerse que su agente lo hubiera conseguido y sabía que no iba a poder relajarse hasta que se produjera el gran anuncio, algo que iba a tener lugar durante un ostentoso evento en Londres el siguiente domingo. Pero aún quedaban ocho días.
Iba a ser un momento tan importante para ella que, a pesar de que se había pasado la mayor parte de su vida en el ojo del huracán y a la vista de todos, sabía que esa noche iba a estar muy nerviosa. Sobre todo cuando sentía que, en su vida, las cosas tenían cierta tendencia a torcerse en los momentos más importantes. No sabía por qué, pero era así.
Pero esa vez no iba a dejar que nada se interpusiera en su camino. Su agente había trabajado muy duro para limpiar su imagen y que todos vieran que había cambiado, que ya no era la más salvaje y rebelde de los hermanos Chatsfield, herederos del imperio hotelero construido por su padre, sino una mujer joven y profesional que contaba con la admiración de todo el mundo.
Creía que su agente había exagerado un poco a la hora de venderla de esa manera, pero Harriet Harland creía de verdad en ella y Cara no estaba dispuesta a decepcionarla. Sobre todo después de que tantas personas se hubieran distanciado de ella desde que aceptara participar en un videoclip sin saber qué tipo de trabajo iba a ser. Aunque fuera retirado de las televisiones poco después por ser demasiado provocativo, no había podido evitar que se hiciera viral por Internet.
Después de aquel fiasco, había llegado a creer que nunca iba a poder conseguir un trabajo decente. Algo que su padre no había dudado en repetirle una y otra vez desde entonces.
Por eso no quería lanzar aún las campanas al vuelo ni cantar victoria.
Además, iba con retraso. Con mucho retraso.
Pero no tenía del todo la culpa de llegar tan tarde. Después de todo, nadie podría haber presagiado que su avión fuera a quedarse atrapado en la pista del aeropuerto de Los Ángeles durante cinco horas por culpa de una inesperada tormenta eléctrica que se había cernido sobre la ciudad.
Y había llovido tanto durante el vuelo que creía que había sido una suerte que el avión hubiera podido aterrizar finalmente en Las Vegas y que no lo hubieran desviado a, por ejemplo, Uzbekistán.
Algo que, con el día que estaba teniendo, tampoco le habría sorprendido demasiado.
Lamentaba haber decidido pasar por Los Ángeles en su trayecto de Londres a Las Vegas, pero no había querido pasar la oportunidad de invitar a su agente a comer.
La comida se había convertido en una fiesta de celebración, pero no quería pensar en ello y sabía que no tenía sentido arrepentirse de nada. Sus hermanos eran las únicas personas que le habían mostrado algún tipo de apoyo en su vida y Harriet le había dicho que era importante.
–Más importante que lo de esta noche –se quejó ella.
Suspiró aliviada cuando vio que la fila de pasajeros que llenaba el pasillo del avión comenzaba a moverse hacia la puerta de salida.
Creía que el póquer no era importante, aunque sabía que en la partida de la que iba a ser anfitriona esa noche se iban a apostar una cantidad de dinero exorbitante y que era esencial para la empresa familiar. Iba a tener lugar en unos de los hoteles más emblemáticos de la cadena creada por su padre, Gene Chatsfield.
Aun así, creía que era solo un juego, nada más.
Echó un vistazo a la hora en su teléfono móvil y lo metió de nuevo en el bolso. Después, fue hacia la salida del avión.
Tenía solo una hora.
Una hora que al parecer incluía un trayecto de treinta minutos en taxi desde el aeropuerto McCarran hasta la principal avenida de Las Vegas, donde estaba el hotel Chatsfield Internacional.
El hotel albergaba el que había llegado a ser durante una época el mejor casino de la ciudad. El recién nombrado nuevo director general de la cadena, el apuesto pero arrogante Christos Giatrakos, tenía la intención de conseguir que volviera a serlo.
De hecho, Christos tenía por objetivo renovar todos los hoteles Chatsfield y tratar así de restablecer el prestigio de los establecimientos de su familia.
El prestigio que habían tenido hacía muchos años, antes de que su madre los abandonara y su padre se diera a la bebida mientras iba cambiando cada poco tiempo de amante.
En esos momentos, su padre tenía otra mujer en su vida y no le había sorprendido nada saber que pretendía darse con ella una nueva oportunidad.
Desde su punto de vista, Christos se tomaba demasiado en serio su trabajo. Y, para colmo de males, se le había metido en la cabeza que todos los hermanos tenían que participar de alguna manera en la empresa familiar. Algo que les había gustado a sus hermanos tan poco como a ella.
Aunque quizás no tuviera derecho a sentirse así, la empresa familiar le atraía e interesaba tanto como mudarse a un vertedero de residuos nucleares.
Y estaba dispuesta a admitir, aunque solo fuera interiormente, que le había dolido recibir un e-mail de Christos en el que le informaba de que debía ir a Las Vegas para ser la anfitriona de una importante partida de póquer. Tenía la sensación de que el nuevo director general estaba tratando de librarse de ella mientras le encargaba a sus hermanos tareas más serias.
Le habría gustado poder negarse y decirle que la dejara en paz cuando le sugirió que fuera a Las Vegas, pero además de haberla amenazado con dejarla sin la herencia de su padre, como había hecho también con sus hermanos, había percibido algo en el tono del director general que había conseguido sacarla de sus casillas.
Le había dado la impresión de que Christos no la veía capaz de hacer lo que le había encomendado, que la niña mimada y rebelde de Gene Chatsfield no era tan competente como sus hermanos mayores.
Había conseguido que reaccionara y quisiera demostrarle de lo que era capaz. Tanto a Christos como a su propio padre. Aunque dudaba mucho de que su padre le fuera de decir nada si lo hacía bien. Lo más probable era que ni siquiera llegara a darse cuenta.
Sabía que hacerse un corte de pelo tan radical, al estilo paje, y teñírselo además de rosa no había sido la decisión más inteligente de su vida. Se preguntó si su hermana, Lucilla, tendría razón. A lo mejor lo había hecho de manera inconsciente para vengarse de Christos. No había podido olvidar sus palabras. El nuevo director general de la cadena hotelera le había dicho que ya era hora de que hiciera algo de provecho por el bien de su familia, que gracias a ella había tenido una buena educación y todos los caprichos que había deseado.
Recordaba también cómo se había sentido al oírlo. Apenas había podido controlar su rabia. Le habría encantado poder decirle que, en realidad, no había tenido todo lo que había deseado. No había tenido a unos padres que la quisieran.
Estaba decidida a demostrarle esa noche de lo que era capaz. Y unos días más tarde, cuando se hiciera el anuncio de su nuevo contrato como modelo, su padre iba a tener que reconocer por fin que era capaz de conseguir muchas cosas por sí misma.
Con seguridad y fuerza, atravesó el aeropuerto McCarran con un propósito en mente. La recibieron las brillantes luces y los sonidos de las máquinas de póquer que había allí.
«Bienvenida a Las Vegas», se dijo de mala gana.
Había dejado atrás su mundo y su rutina. Se sentía un poco como Dorothy, de El Mago de Oz, habría dado cualquier cosa en ese momento por volver a su vida normal. Casi le entraron ganas de echar un vistazo a su alrededor buscando a la bruja malvada, pero sabía que los brujos que había en su vida no estaban allí, sino en Londres, a miles de kilómetros de distancia.
Tiró con fuerza de su maleta Louis Vuitton y sorteó a la multitud de viajeros que llenaban los pasillos de aeropuerto. Trató de ignorar los ojos que la miraban con curiosidad.
Gracias a su nombre, a su carrera como modelo y a la tendencia que parecía tener de provocar escándalos aunque no lo quisiera, su cara era muy conocida.
Suspiró con frustración. Sentía que vivía en una pecera, siempre había sido así, pero era algo que cada vez le molestaba más y no sabía por qué.
Respiró profundamente para tratar de aliviar el nudo que tenía en la garganta y trató de recordar que todo iba a salir bien. Estaba en Las Vegas y creía que una hora, en realidad ya solo cincuenta minutos, era tiempo más que suficiente para llegar al hotel, ducharse, vestirse e informarse para saber quién iba a participar en esa importante partida de póquer. Algo que ya habría podido estudiar a esas alturas si el casino no le hubiera enviado un archivo dañado que había sido incapaz de abrir en su ordenador y desde el avión.
Pero no quería agobiarse.
Se le daba bien salir airosa de esas situaciones. De momento, solo iba a preocuparse por llegar cuanto antes al hotel y procurar que la noche pasara lo más rápidamente posible.
Sabía que iba a ser una velada aburrida y complicada, pero estaba decidida a enfrentarse a ella y ganar la batalla.
No pudo evitar sonreír levemente. Con sus delgados brazos y piernas y sus delicadas sandalias de tacón alto no parecía precisamente una guerrera preparada para la batalla, nunca lo había sido.
Aun así, estaba decidida a conseguir que el evento de esa noche fuera un éxito. Era cuestión de orgullo.
Su teléfono comenzó a sonar y Cara metió la mano en el bolso. Bajó la vista sin aminorar la marcha. Justo en ese momento, vio a un hombre alto y bien vestido que caminaba con prisa e iba derecho hacia ella.
Él no dijo nada, pero Cara no pudo ahogar una exclamación al impactar con ese hombre y sentir que se le torcía el tobillo. Se habría caído al suelo si él no le hubiera agarrado los brazos para que no perdiera el equilibrio.
La sujetaba con firmeza y no pudo evitar sentir una especie de corriente eléctrica atravesándola en ese preciso instante.
Algo impresionada, levantó la vista hacia él y, por un momento, olvidó que debía respirar. Sus ojos azules la estaban fulminando. No parecía muy contento con la situación. Tenía un rostro anguloso y muy masculino, el pelo corto y castaño claro, una nariz recta y una boca que apretaba en una fina línea en esos momentos. No se le pasó por alto su barba de dos días. Tenía un rostro atractivo, masculino, le recordó al de los guerreros que luchaban en las tierras altas de Escocia y que solo contaban con un escudo y una poderosa espada para…
No entendía qué le estaba pasando ni cómo podía reaccionar de esa manera ante un desconocido como ese hombre.
–La próxima vez, ¿podría caminar con un poco más de cuidado, por favor? –le dijo ella con el ceño fruncido.
–¿Yo? –repuso perplejo Aidan Kelly mientras entrecerraba los ojos para mirar a esa mujer.
Para llegar a Las Vegas desde Australia había tenido que pasar treinta y tres intempestivas horas de viaje. Estaba cansado, hambriento y tenía mucha prisa. Lo último que necesitaba era que esa joven con el pelo rosa tuviera la audacia de acusarle de no andar con cuidado.
–Señorita, yo caminaba mirando por dónde iba. Era usted la que lo hacía con la cabeza metida dentro de su bolso.
–¿Qué? ¡No! Yo me aparté en el último momento para… ¡Oh, no! –exclamó la joven mirando hacia abajo–. Creo que me ha roto el zapato.
No podía creer que le estuviera pasando algo así.
–Yo no he roto nada.
La mujer giró el pie hacia un lado y se pasó la mano por una de sus largas y delgadas piernas. No pudo evitar que sus ojos siguieran esos movimientos y sintió una agitación inesperada en su cuerpo. Frunció el ceño al darse cuenta de que había conseguido despertar su deseo. Se preguntó si lo habría hecho deliberadamente para llamar su atención.
–¡Maldita sea! –murmuró en voz baja–. Se ha roto.
Aidan levantó irritado las cejas. Ese no era su problema.
–La próxima vez, será mejor que mire por dónde va.
La joven lo miró con la boca abierta, como si no pudiera creer que le acabara de decir algo así. Él sentía la misma irritación, pero por distintos motivos, tampoco se podía creer que estuviera tratando de culparlo por su torpeza.
–Y la próxima vez, debería recordar que esto no es un circuito de carreras –repuso ella mientras miraba de nuevo su sandalia–. Son mis zapatos favoritos… Los tengo desde hace años.
Les lanzó una mirada despectiva.
–Fascinante –comentó con sarcasmo–. Ahora, si me disculpa, tengo mucha prisa.
La joven sacudió la cabeza y lo miró con desprecio. Después, fue cojeando hasta el asiento más cercano mientras murmuraba algo. Le pareció escuchar «grosero», «irresponsable» y «machista».
Se enderezó al oírlo. Podía tener muchos defectos, pero era sobre todo responsable y no estaba dispuesto a que esa inglesa pomposa y presumida le echara la culpa de lo que le había pasado a su zapato.
–¿Qué es lo que acaba de decir? –le preguntó en voz baja y amenazante.
Tenía importantes asuntos de los que ocuparse en el Casino Chatsfield y cada minuto que pasara con ella era un minuto que no estaba utilizando para concentrarse en su objetivo final.
Vio que le comenzaba a temblar el labio inferior mientras él la fulminaba con la mirada.
–Ahora toca soltar unas lagrimitas, ¿no? –comentó con desprecio.
Ella lo miró y, por un momento, le dio la impresión de que había visto su cara en algún sitio. Pero le parecía poco probable. Estaba casi seguro de que no la conocía ni quería conocerla.
–¿Cómo puede ser tan mala persona? –le recriminó ella.
Suspiró y sacó la billetera del bolsillo.
–Tome –le dijo mientras le ofrecía cincuenta dólares–. Con esto tendrá suficiente.
La joven miró el billete e hizo una mueca.
–Ni de lejos –repuso ella levantando orgullosa la cara.
El movimiento hizo que su pelo cayera hacia atrás y se quedó absorto mirando sus facciones. Tenía una barbilla pequeña, unos labios perfectos y rosados, pómulos altos y espesas pestañas.
–Estos zapatos me costaron más de mil libras.
Se quedó atónito al oírlo y tardó en recordar de qué le hablaba. Había perdido momentáneamente el hilo de sus pensamientos mientras la observaba.
–Eso lo dudo, cariño –le dijo él con una mueca.
–¿Cariño? –repitió irritada.
–Mire, señorita, lo entiendo perfectamente. Trata de engañar al primer incauto que se encuentra para desplumarlo después. Conmigo le va a ser imposible, no soy tan crédulo.
–¿Desplumarlo?
Aunque le parecía imposible, sus ojos se abrieron aún más y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no dejarse cautivar por ellos. Tampoco quería fijarse en las deliciosas curvas de sus pechos ni en sus esbeltas piernas.
–Mire, no sé si es una turista que se ha arruinado jugando con las tragaperras o si es una trabajadora sexual, lo que no me gusta es que me tomen por tonto.
–¿Trabajadora…? –repitió ella entrecerrando los ojos.
Vio que enderezaba los hombros y le pareció que se había ruborizado.
Después, se levantó del asiento con dignidad y, por un momento, pensó que estaba a punto de darle una bofetada, pero no lo hizo.
–Es peor persona de lo que pensaba.
Aidan sacudió con desesperación la cabeza. No tenía tiempo para sus juegos.
–No la conozco de nada. A lo mejor, el zapato ya estaba roto cuando me choqué con usted –respondió él.
–Lo que pasa es que no le importa nada de lo que les pueda pasar a los demás –replicó la joven–. Espero que tenga una vida interesante –agregó con frialdad mientras agarraba el asa de su maleta.
Le dio la impresión de que sus últimas palabras eran casi una maldición. Ese era al menos el tono en el que se las había dicho.
Abrió la boca para decirle lo que pensaba de ella y recordarle una vez más que no iba a conseguir sacarle el dinero como si fuera tonto. Pero se quedó callado al oír que alguien lo llamaba.
–¿Señor Kelly? ¡Señor Kelly!
Se volvió y vio que era una azafata quien lo llamaba, la misma que había estado persiguiéndolo durante el último y larguísimo vuelo.
–Señor Kelly, ¡cuánto me alegra haberlo encontrado! –le dijo la mujer con una gran sonrisa–. Tengo algo para usted.
Le dio tiempo a ver cómo la joven del pelo rosa ponía los ojos en blanco al ver la escena que estaba protagonizando con la azafata. Después, se dio la vuelta y desapareció entre la multitud. Lamentó no haber tenido la oportunidad de desahogarse con ella y decirle todo lo que pensaba de sus sucias tácticas para engañarlo. Suspiró y miró de nuevo a la azafata.
–Espero que sea importante.
Cara se dio cuenta de que era el momento de alejarse de allí en cuanto vio a la azafata que llegaba corriendo y sin aliento. La mujer se detuvo cuando consiguió por fin alcanzar a ese cretino y se llevó la mano al pecho como si fuera una especie de Escarlata O’Hara moderna. Le quedó muy claro que estaba controlándose para no echarse a los brazos de ese hombre y supuso que lo que quería era darle su número de teléfono. O quizás estuviera a punto de llevárselo al cuarto de limpieza más cercano para seducirlo. De un modo u otro, no era asunto suyo, pero esperaba que la azafata le contagiara alguna enfermedad y que fuera lo más desagradable posible.
«¡Qué hombre tan horrible, egoísta y repugnante!», se dijo mientras caminaba.
Frustrada y furiosa, hizo lo que mejor se le daba, se apartó de una situación que le incomodaba y se perdió entre el resto de la multitud que llenaba el aeropuerto. Fue cojeando hacia la salida de la terminal con toda la dignidad que pudo reunir, aliviada al saber que nunca iba a tener que ver la cara de ese hombre tan arrogante.
El aeropuerto estaba repleto de gente y fuera llovía tanto que casi parecía un monzón. No podía creerse que hubiera estado lloviendo en Los Ángeles y también en Las Vegas. Había tenido la idea de que siempre hacía sol en California. Y sabía que esa ciudad dedicada al juego y al pecado estaba en medio de un desierto. Había esperado que fuera un lugar cálido y se quedó sin aliento cuando se abrieron las puertas automáticas de cristal y la recibió un viento gélido.
Se frotó los brazos y trató de controlar sus rodillas para que dejaran de temblar. Vio entonces que había una gran cola de viajeros en la acera y ningún taxi.
No entendía por qué en algunos países era tan difícil encontrar uno cuando hacía mal tiempo. En esos momentos, echó de menos la fiabilidad de los taxis negros de Londres. No se podía permitir el lujo de llegar tarde al evento de esa noche. No podía hacerlo, se jugaba demasiado.
Trató de respirar profundamente para evitar que le diera un ataque de ansiedad. Apretó la mandíbula y volvió a entrar en el aeropuerto para buscar los mostradores de alquiler de coches.
Se detuvo cuando los vio. Decenas de viajeros habían tenido la misma idea que ella. Las colas allí eran mucho más largas que en la calle.
Frustrada, salió a la calle y vio que la fila de pasajeros había avanzado un poco. En ese momento, tres taxis se ponían en marcha después de que entraran en ellos sus afortunados clientes.
Vio que llegaba entonces una limusina plateada y se paraba frente a la puerta de salida del aeropuerto. Las gotas de lluvia se aferraban a sus brillantes ventanas como pequeñas perlas y los agotados viajeros se quedaron mirándola con envidia.
A ella le pasó lo mismo. Lamentó no haber pensado antes en ello y haber reservado una limusina que la llevara al hotel.
El joven conductor se bajó y buscó a alguien con la mirada. Pero nadie se le acercó.
El hombre levantó un cartel y Cara se movió un poco hacia la derecha para poder leerlo. En el papel estaba escrito Señor Kelly.
Recordó entonces la voz aguda de la azafata y entrecerró los ojos. Pero le parecía demasiada coincidencia. No podía ser, esa limusina no podía estar esperando al cretino con el que había tenido la desgracia de chocarse. Por otro lado, ese apellido le sonaba y no sabía por qué.
Trató de convencerse de que, fuera quién fuera, no le importaba. Debía de tratarse de un actor presumido o algo así. Se le pasó por la cabeza meterse en esa limusina. No podía dejar de pensar en lo cómodo que parecía ese Mercedes ni en lo cálido y lujoso que sería su interior.
No iba a hacerlo, por supuesto, pero la idea le tentaba. Después de todo, creía que se lo merecía por la forma en que la había tratado.
Cara miró hacia atrás, casi esperando ver a ese hombre yendo hacia la salida de la terminal con la azafata del brazo. Creía que no se merecía ese coche. Otra ráfaga de viento azotó con fuerza en ese momento y sintió que se estremecían hasta sus huesos.
Un niño que tenía cerca de ella estornudó y empezó a lloriquear.
–¿No decían que nunca llovía en Las Vegas? –se quejó en voz alta una mujer con dos niños pequeños acurrucados bajo sus brazos.
–Ya… Y se supone que tampoco debería hacer tanto frío –murmuró Cara.
–¡Dios mío! Eres Cara Chatsfield, ¿verdad?
–Me temo que sí –repuso ella con una sonrisa.
Contuvo la respiración para ver qué pasaba a continuación. O la mujer estaba a punto de mirarla con desprecio y alejarse de ella o iba a demostrarle con demasiado entusiasmo lo contenta que estaba de haberla podido conocer. Estaba acostumbrada a ese tipo de reacciones tan extremas.
–¡Pobrecita! –le dijo la mujer–. Siento decirte que leí en las revistas lo del escándalo del año pasado.
–Bueno, muchas gracias.
–Me parece terrible la manera en la que la gente se aprovecha de los demás. Y si tuviste que enfrentarte a tantas críticas después de hacer ese vídeo fue porque eres mujer. Al hombre que sale en las escenas nadie lo mencionó y eso que no llevaba puesta mucha más ropa que tú.
–Es verdad.
–Lo siento, sé que estoy hablando más de la cuenta –le dijo la mujer sonrojándose y acariciando la cabeza de uno de sus niños.
–No, por favor –repuso Cara sonriendo–. Habla todo lo que quieras.
La mujer le devolvió la sonrisa.
–Me encantaría que esa limusina me estuviera esperando a mí –dijo la señora–. ¿A quién crees que esperará? ¿A un príncipe?
–Todo lo contrario –susurró Cara mirando a su alrededor.
No estaba por ningún lado, pensó que quizás estuviera en el cuarto de limpieza, tal y como se había imaginado.
–A lo mejor nos está esperando a nosotras –le dijo a la mujer con una sonrisa.
–¡Ya me gustaría a mí, ya! –repuso suspirando.
Cuando uno de sus hijos, el más pequeño, comenzó a estornudar de nuevo, Cara enderezó la espalda y se dirigió hacia el joven conductor de la limusina.
–Siento haberle hecho esperar –le comentó con seguridad y una gran sonrisa–. Me he encontrado con una buena amiga.
–¿Señora?
–Porque me está esperando a mí, ¿verdad?
–No, señora. Estoy esperando al señor Kelly.
Cara inclinó la cabeza y le dedicó su sonrisa más seductora. Siempre le habían dicho que con esa sonrisa podía conseguir lo que quisiera de los hombres.
–La reserva estaba hecha a nombre de «señorita Kelly», no «señor Kelly». Pero, bueno, no se preocupe, no pasa nada.
–¿Es usted la señorita Kelly?
–En realidad, no –le dijo Cara sin dejar de sonreír–. Estoy viajando de incógnito. He tenido que hacerlo desde que… Bueno, ya sabes, desde lo del videoclip del año pasado…
Tal y como ya había previsto, el conductor se sonrojó. Parecía bastante nervioso.
–¡Oh! No, yo no…
Cara le hizo un gesto con la mano para que no se preocupara.
–Prefiero no hablar de ello. Espero que no te importe, pero le prometí a mi amiga que la llevaría a su hotel. Hace demasiado frío para que se quede con los niños esperando a que llegue un taxi.
–Por supuesto, señorita Chats… Perdón, señorita Kelly –respondió rápidamente el joven.
Se sintió un poco culpable, pero decidió no pensar en ello. Hizo un gesto a la mujer para que se le acercara con sus hijos.
–Bueno, parece que la limusina me estaba esperando a mí después de todo. ¿Te gustaría que te acercáramos a algún sitio?
–¿En serio? –le preguntó la mujer.
–Por supuesto –repuso Cara–. Pero tenemos que darnos prisa.
El sentimiento de culpa persistió de camino al hotel. Creía que no había actuado de manera adecuada y, de verse de nuevo en la misma situación, no se habría metido en la limusina, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse. Además, la mujer y sus hijos se habían sentido tan aliviados y agradecidos con ella que había valido la pena.
Por otro lado, sabía que no iba a tener que volver ver al señor Kelly, pero decidió que iba a tratar de averiguar dónde se alojaba para enviarle una botella de champán de manera anónima y darle así las gracias por el paseo en limusina.
Reprimió una sonrisa al pensar en lo furioso que se iba a poner cuando se diera cuenta de que su coche había sido requisado por otra persona. En cierto modo, casi lamentaba no haberse quedado allí para ver su cara.
Aidan vio un destello de cabello rosa y una larga y esbelta pierna antes de que se cerrara la puerta de la limusina y el coche se pusiera en marcha.
Estaba sorprendido.
Había pensado que no era más que una turista tratando de conseguir algo de dinero y le costaba creer que pudiera permitirse el lujo de alquilar una limusina. Pero pensó entonces que quizás contara con un amante rico que la mantuviera y que había estado esperándola afuera.
Con unas piernas como esas, le parecía lo más probable. Eran tan largas y bronceadas… Estaba seguro de que también serían muy suaves y que sería un placer subir por ellas con sus manos hasta esos diminutos pantalones cortos. Podía incluso imaginar cómo contendría la respiración y comenzaría a jadear poco después si él deslizaba un dedo por debajo de los pantalones y…
Sacudió la cabeza sin entender qué le pasaba. Lo único que estaba consiguiendo con esos pensamientos era despertar su deseo y lograr que su cuerpo reaccionara de manera casi instantánea. No entendía cómo podía fantasear con una mujer como aquella. Debía de estar perdiendo la cabeza.
Era una mujer que vestía ropa demasiado provocativa. El tipo de prendas que revelaba más de lo que escondía. La blusa morada le había parecido bastante amplia y solo había insinuado sus pequeños y deliciosos pechos, pero sabía que estaba diseñada de esa manera a propósito para que los hombres no pudieran evitar imaginarse lo que había debajo de ella. Y en cuanto a los zapatos que llevaba… No había visto nada más sexy en su vida.
