El largo invierno - Patricia Cazón - E-Book

El largo invierno E-Book

Patricia Cazón

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Beschreibung

Era mayo de 1994, yo acababa de cumplir catorce años y la Cultu bajaba a Tercera. Primer descenso de mi vida. Qué quemazón en el pecho, un año por delante en el que todos los días serían de noche. A mi padre le salió su primera cana en el bigote. Aún hoy, que lo tiene todo ya blanco, sería capaz de encontrarla, justo en el centro.

SOBRE LA AUTORA

Patricia Cazón : (Zotes del Páramo, León, 1980) de su padre heredó la memoria fotográfica y la Cultural. De su madre la receta de las alcachofas con las que se alimentó los cuatro años de Periodismo en Salamanca. Visceral y apasionada, escribe siempre de noche, como vivía Bukowski. Le encantan los oxímoron y odia madrugar casi como el frío. Después de un buen libro, lo que más le gusta son los domingos de fútbol escuchados por la radio.

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Seitenzahl: 249

Veröffentlichungsjahr: 2020

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patricia cazón(Zotes del Páramo, León, 1980) de su padre heredó la memoria fotográfica y la Cultural. De su madre la receta de las alcachofas con las que se alimentó los cuatro años de Periodismo en Salamanca. Visceral y apasionada, escribe siempre de noche, como vivía Bukowski. Le encantan los oxímoron y odia madrugar casi como el frío. Después de un buen libro, lo que más le gusta son los domingos de fútbol escuchados por la radio.

el largo invierno

Patricia Cazón

primera edición: marzo de 2020

© Patricia Cazón Trapote

© Libros del K.O., S.L.L., 2020

C/Infanta Mercedes 92 Despacho 511

28020 Madrid

[email protected]

www.librosdelko.com

isbn: 978-84-17678-39-5

código ibic: DNJ, WSJA

diseño de portada: Artur Galocha

diseño de colección: Rivolta

maquetación: María O’Shea Pardo

corrección: Olga Sobrido

A José Luis Castaño y a MariTere, porque faltan, mucho, todos los días.

A los de siempre. El campeón y su lotera, mi Juani, Marta y las niñas. A Mari y a Daldo. Porque ninguno falte nunca.

A Álvaro Caballero, porque tenerlo en tu equipo siempre lo hace todo fácil. Como a Pablín. Más cuando ese mediapunta está ahí, Pedrosa, José Galán, filtrándote balones.

A Alberto, por ese café en el Barbieri.

«En medio del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible».

Albert Camus

1

La plancha, la puta plancha. La aprieto fuerte contra la camisa, en la tabla. Sé que va a quemar la tela, que va a dejar marca, que voy a tener que tirarla. Pero no puedo evitarlo. La mano no responde. Es por la radio. Es ese «gooool» que acaba de gritarme en el casco que llevo al oído. «Gooool en el Reino de León». Mayo de 2018, faltan dos jornadas para que la Liga de Segunda se decida. Hoy es importante. Una de esas noches que se quedan, que se escriben en titulares grandes, que se recortan y guardan. Si se gana. La Cultu juega en el Reino contra el Oviedo. Ganar es casi salvarse, es casi seguir en Segunda, depender de uno mismo en la última jornada. Estoy lejos, estoy en Madrid, me pongo a planchar, yo qué sé, por hacer algo, mientras la radio me cuenta a ratos qué pasa, qué sucede en todos esos partidos que se están jugando a la vez. Y la Cultu está en muchos. En el Reino, claro, y un poco en Córdoba, otro en Albacete, donde juega el Barça B. El aliento de ambos está en el cogote. Se siente en Madrid, no puedo imaginar en León, no puedo; ahoga. Señé marcó en el minuto 45. Ahora llega ese «goool». «Dilo, dilo ya», le increpo a la radio, qué largos pueden hacerse unos segundos. Empatar es morir, empatar es el fango, empatar es la Segunda B. No podemos volver a ahí, a ese agujero. No. Me niego. Nos costó 43 años escapar, huir, dejar atrás. Y 43 años son muchos: hasta a las fotos les salen arrugas. Ni siquiera yo tengo 43 años. «Rodrigo, para la Cultural y Deportiva Leonesa, que ve más cerca el salvarse». Goool, goool, goool, grito, de adentro, corro, por toda la casa. Beso las fotos de mis padres, me lanzo al sofá, pataleo, hago el arquero, llamo a León: «Lo tenemos, lo tenemos; nos vamos a salvar, fijoooo». Cuando regreso a la plancha, la camisa, en efecto, se ha quemado. Parece un cuadro de Malévich. Triángulo negro sobre fondo blanco.

Seis meses después sigue igual en mi armario. Maldita cicatriz de un oasis.

2

Es León una ciudad de fútbol que nunca dejó de ser de la Cultu, aunque una vez todo el mundo se hiciera del baloncesto, o del balonmano, después. Pero la Cultu primero, que ni la cecina es tan nuestra. Aunque la Cultu de entonces, mi primera Cultu, ya no se escribiera en titulares grandes y su once no se recitara de memoria como aquel de los 70 (Bernardo; Godoy, Maño, Paredes; Piñán, Roldán; Ovalle, Villafañe, Marianín, Larrauri y Zuazaga, hasta yo lo decía de corrido, sin respirar) o su hueco en los periódicos deportivos de Madrid no fuera más allá de una línea. La del resultado y ya. Y escondida. Pero los de León la encontrábamos. En Madrid no sabían, en León nadie olvidaba que la Cultural una vez estuvo en Primera, claro que sí. Y eso que el más joven que aún podía contarlo habiéndolo vivido estuviera ya jubilado.

Yo aún recuerdo el viaje.

Mi padre, mi madre, mi hermana y yo de camino al pueblo, como cada viernes. Los pináculos de la catedral se alejaban en los espejos, por delante, cuarenta kilómetros de páramo interrumpidos por algunos nombres. Ribaseca, Ardoncino, Fontecha, San Pedro Bercianos, Santa María, ya casi Zotes, ya casi el pueblo, a diez kilómetros. Fue entre Laguna Dalga y Zambroncinos cuando hice esa pregunta. «Papá, ¿por qué en León no hay un Atleti?». Ya me paraba ante los partidos que daba la segunda cadena de TVE los sábados a las diez de la noche. Al principio fue un mirar de reojo, la curiosidad, luego fue apoyarme un poco en el respaldo del sofá, con los ojos en la tele y el balón. Entonces la pregunta. Recuerdo su bigote moviéndose de un lado a otro en el espejo retrovisor, como hacía cuando se emocionaba. Parco en palabras, la señal era esa. «Lo hay. Se llama Cultural y Deportiva Leonesa». «Pero no sale en la tele», me quejé, también me acuerdo. No entendía. Si no salía en la tele no existía. Que lo hacía Espinete, un erizo rosa. Pero a la Cultural yo no podía ponerle un color. Sabía los del Madrid, blanco, los del Atleti, rojiblanco, equipos a trescientos y pico kilómetros de casa. Los del Barça, azulgrana, mucho más lejos aún. El de Espinete. Pero no cómo vestía el equipo de mi ciudad. ¿Por qué no jugaba en Primera? «Lo hizo, una vez, aunque ahora parezca lejos. El próximo domingo te la presento, si quieres», volvió a moverse un bigote en el retrovisor cuando llegamos a Zotes, la casa del abuelo, y se apagaron a la vez el motor del R5 y la canción de Daniela Romo que sonaba en el radiocasete.

No dormí en siete días. No podía. El fin de semana siguiente por primera vez en muchos viernes el coche no se movió de Trobajo, no nos fuimos al pueblo: el bar de Rosaura, las cien pesetas de propina de mi abuelo y sus partidos por la tele podían esperar. El domingo yo tenía una cita en León. Con el estadio Antonio Amilivia, cinco de la tarde. Con la Cultural.

Debe haber alguna universidad en el mundo que, estadísticamente, haya llegado a la misma conclusión: no hay edad más perfecta para el primer amor que los once años.

«Venga, Patri, levanta». La voz de mi madre, el domingo pronto. Y mis pies que saltaron de la cama al suelo como un resorte, mis ojos, de búho, aunque ya entonces, lo-que-más-odiara-del-mundo-fuera-madrugar, pero aquel día no, aquel día imposible. «¿Ya, ya?». Tenía ahí la ropa, preparada en la silla. Pantalón de invierno, feo, feísimo, pero de bendita pana, que un vecino me había dicho que haría frío, que en ningún lugar de León había pasado tanto como en la grada del Amilivia. Me vestí enseguida aunque aún faltaran horas. La ropa ya me llevaba al estadio. Comí con abrigo y con guantes. Como si así obligara al tiempo a pasar más deprisa.

Las horas de aquel domingo en casa hasta las tres y media se me hicieron eternas. Nada me entretenía, ni mis tebeos de Esther. Salimos a las cuatro, aparcamos el coche enfrente de la casa de la tía Erundina, que vivía cerca del campo. Subimos a saludar porque llegamos demasiado pronto para el fútbol. Mientras mi padre tomaba café yo me asomaba a su ventana con el torpe disimulo de los once años.

Solo veía edificios, los coches y el asfalto de una calle, la de Fernández Ladreda, hacia la plaza de Toros. Fruncí el ceño, como hago siempre que pienso demasiado: ahí enfrente no había ningún estadio, ese paisaje no se diferenciaba mucho del que se veía desde mi salón en Trobajo, calle Párroco Pablo Díez, coches, tráfico, sin fútbol. «Vamos», escuché sin embargo al rato. Mi padre. Volvimos a la calle, bordeamos el Parque de los Reyes, el ambulatorio de José Aguado, desfruncí la cara. Ahí estaba. «Estadio Antonio Amilivia», leí, aunque mi padre lo llamara aún «Puentecilla», por eso de que lo que uno aprende de niño ya no se olvida. Sentí no sé qué, aún hoy tanto después, con tanto callo de escribir en los dedos, no soy capaz de encontrar la palabra exacta que lo defina. Quizá directamente Eliseo. Así se llama mi padre.

La tarde empezaba a deshacerse sobre la torre que coronaba uno de los fondos. Era majestuosa, enorme… y llena de nombres escritos en unas tablillas que no me sonaban de nada. De fútbol no eran y, sin embargo, mi padre los miraba cada poco para saber cómo iba la quiniela que guardaba en el bolsillo. En los tiempos sin teléfonos móviles inteligentes era así o la radio. En León preferíamos así.

El marcador dardo se llamaba y parece casi imposible explicarlo en pleno siglo xxi, de tan enrevesado y arcaico. Pero ahí radicaba su encanto. A ver cómo lo hago para que lo entienda quien nunca lo vio: según entrabas al campo te daban una cuartilla en la que aparecían todos los nombres que después leerías en las tablillas de la torre. «Finisterre, Foix, Vermouth Aquila Rossa, Ferrys, Roig Embutidos…». Cada palabra era un partido. Detrás de Finisterre el Real Madrid-Tenerife, detrás de Foix, el Burgos-Oviedo… Y así con todos los de Primera y Segunda. Muchos se jugaban a la vez, a tu misma hora. Y tú debías ver y descifrarlos. De ahí la cuartilla en la entrada, lo más parecido al mapa de un tesoro goonie que jamás haya pasado por mis manos. Finisterre, 1-0, o sea que ganaba el Madrid. Foix, 0-0, o sea que empataban. Si al lado había una flecha amarilla estaban en el primer tiempo. Si era roja, en el segundo. Negra, el partido había terminado. Con las rayas negras y blancas mi padre se llevaba la cuartilla directamente a la boca: significaba avería telefónica. O sea que aquel 1-0 podía seguir siendo o no. Y sí que pesaba entonces la quiniela en el bolsillo. ¿Y si llevaba millones y ahí estábamos nosotros como dos tontos guardando un bocadillo de bacon ya frío para merendar en el descanso?

La primera prueba futbolera que tuve que pasar en mi vida fue entrar en el Antonio Amilivia y entender aquel galimatías sin necesidad de la radio. Yo lo hice buscando la mejor matrícula de honor posible, la de mi padre. «Finisterre, Foix, Vermouth Aquila Rossa, Ferrys, Roig Embutidos…», comencé a recitar. Me paré al salir a la grada y respirar la hierba, ese olor que si te asalta de niño ya no se puede olvidar, como nada de lo que estaba ante mis ojos: aquello que en la tele no salía. Gente, gente por todas partes, allá donde mirara, llenando el cemento con sus botas de vino. Una valla de alambre entre el campo y los asientos. Un hombre con un tambor. Gritos, voces, alegría de fiesta. Chicos de mi edad con sus padres, chicos más pequeños con sus abuelos, pocos sentados, que el invierno leonés envolvía el estadio, y cómo calaba. Aquel día aprendí sin embargo que nada podía dar más calor que una pelota. La envolvía aquel grito: «¡Cultural ganará, rá!». Y que al árbitro, cuando saltaba, había que silbarle ya mucho por si acaso. Detrás iba el equipo, al fin. Y yo descubrí algo: que la Cultu vestía de blanco. Apreté fuerte la entrada en el puño y cerca del pecho: 26 de enero de 1992, Cultural-Mosconia. Al llegar a casa lo escribiría en mi diario con la letra más redonda posible.

También le pediría algo a mi padre. Que me contara un cuento. Como hacía todas las noches cuando yo era pequeña. Pero sin princesas, dragones o aventuras. Esa noche solo quería que hablara de fútbol, que me contara la Cultu.

3

El equipo de fútbol. Quien no lo tiene no sabe que es el mejor escudo ante la vida. Que todo puede ir mal, o peor, pero con el equipo de fútbol ahí lo malo es menos malo y lo peor no escuece, al menos no tanto. A veces el equipo de fútbol es ese señor mayor que siempre se sienta a la derecha. O su manera de desdoblar en el descanso el papel albal de su bocadillo, con ternura, lleva esperando ese momento toda la semana. O la ojeada al cielo cuando se marca un gol, cuando se evita, dioooooos. A veces el equipo de fútbol es la única excusa para huir del trabajo, o de su falta. A veces solo es la previa, la caña con los amigos, el bocata de jamón. Porque el que tiene un equipo de fútbol sabe que los martes por la noche pueden ser mejor que un sábado. Y que un segundo de inspiración de otro puede arreglarte una semana, un año y dos. Porque el que tiene un equipo de fútbol puede vivir de sus goles toda una vida. Aunque se sufra, mucho, aunque a veces se vaya a la cama sin cenar, tantas, aunque haya días que hasta el equipo de fútbol falle. Pero siempre tiene el próximo domingo para arreglarlo.

Aquel día también aprendí eso.

Aunque todo pasara muy rápido, o muy despacio, qué sé yo. Solo que en dos horas memoricé dos nombres. Latapia fue uno. Lataaaaapia más bien. Se mezcló dos veces con el goool, en el aullido más alto que yo jamás había escuchado. Dos hizo. Goool, goool para ponerme el corazón en la boca, que sí era posible sentirlo ahí, pas, pas, sístole-diástole. Jandri fue el otro. Corría pegado a la banda. Iba, venía, como si no se cansara, con lo que a mí me costaban las clases de gimnasia. También hizo goool. 3-1, el resultado final.

Salí del estadio hablando de ellos. Lataaaaapia, Lataaaaapia, Jandri. Lataaaaapia, Lataaaaapia, Jandri, sintiéndome más de León que ninguno de todos mis días anteriores. Y sobrándome el abrigo grueso y los guantes: ya tenía equipo de fútbol, ya no me daba miedo el invierno de su grada. La temporada siguiente mi padre me haría socia.

Mi madre, a los meses, estaría harta de que perdiera la voz un domingo sí y otro también.

4

Recuerdo aquello perfectamente. Mi padre fue claro. La Cultural y Deportiva Leonesa, mi equipo, ese que vestía de blanco, se había fundado en 1923 pero solo había tenido tres etapas en su historia: El Trienio de Gloria, o sea, el ascenso a Primera mediados los años cincuenta. La Edad de Oro, en los setenta, con ese once que se sabían todos los niños, hasta yo. Y El Invierno, que era todo lo demás. De crisis, deudas, impagos, tortazos y un transitar al margen del fútbol que emitía la tele. Ellos, los otros, t-o-d-o-s--l-o-s--o-t-r-o-s, eran la élite, la voz de José Ángel de la Casa en La 1, nosotros, un eterno pintar bastos. Hundidos ahí, en lo negro, lo frío, lo profundo de un pozo: la Segunda B.

El nuestro era el fútbol de muchas provincias. En la sala de trofeos los títulos más preciados eran las fotos antiguas. Las de la temporada 1955-56, la de la Cultu en Primera, cuando mi padre no había ni nacido, el pleistoceno para mí. O cualquiera de las quince temporadas en Segunda, desperdigadas, lejos. Y las cosas que no se tocan se llenan de polvo. Una gruesa capa cubría hasta el nombre de La Puentecilla, ese con el que se inauguró el campo que para mí fue el Antonio Amilivia.

De todas las historias que me contó mi padre aquella primera noche fue la que más me gustó. La de su construcción.

Se hizo aquel año del ascenso a Primera, en solo tres meses. No me costaba imaginar a toda la ciudad a lo Conan el Bárbaro, llevando piedras, levantando, que en León seguro que ya era un saludo aquella expresión con la que siempre me recibía mi madre los domingos por la tarde, afónica perdida: «Hija, eres más bruta que un arado». Un 23 de octubre de 1955, ante el Athletic Club, se había inaugurado. Con capacidad para doce mil personas, llenaron el campo más de veinte mil. Tantas que ni podían sacarse los córners: la gente estaba en la hierba, alrededor del banderín se apelotonaban cinco o seis, bajo un tremendo chaparrón.

Pero es que en el fútbol hay muchos días para la historia. Unos llegan sin esperarse, se presentan sin llamar. Otros se saben, ya están rodeados de antes en el calendario. Este era de esos. Poder contar que se estuvo en el primer día del andar de tu estadio: un padre nunca lo olvida.

Ya estaba viejo, con treinta y siete años y los achaques de dieciocho seguidos en Segunda B, cuando yo lo conocí. En su grada, sin embargo, encontré mi lugar en el mundo. En su hormigón. Aunque la tele no llegara aquí, aunque su fútbol fuera tres segundos de radio o una línea de periódico. Me hacía sentir como un irreductible galo. La pócima de Panoramix eran sus partidos.

Pronto aprendí a recitarle a mi padre los resultados de las jornadas de Primera y Segunda con un simple vistazo a la torre del fondo norte. «Marcador Simultáneo Dardo», lo llamaba mi compañero de cemento, el señor del albal.

5

Hoy, donde se alzaba el Antonio Amilivia, antiguo La Puentecilla, no queda nada, ni rastro. Qué raro resulta a veces ver cómo el tiempo se traga tus sitios. Sobre todo estos, donde tantas veces tocaste con los dedos la más pura emoción. Ya no está el quiosco donde compraba las fresas de gominola, o aquellas bolsas de Jumper que al rato se me quedaban pegadas a la mano, masa uniforme, tanta tensión. Tampoco la cabina de teléfono de enfrente. Una placa sigue anunciando Calle Murillo, pero ya nada cuenta. Allí hoy se levantan unos bloques de viviendas, tan nuevos como anodinos. Podrían ser Fuenlabrada, Marina d’Or o una oficina del Banco Central Hispanoamericano. Podrían ser, pero no. Esto es León y esos edificios se han comido el estadio donde mi generación, la última que fue a EGB, vio a la Cultu por primera vez. Es junio de 2018. Estoy unos días en León de vacaciones, como cada San Juan, y los pies solos me han traído hasta aquí, inevitable.

La tormenta amenaza León, solo yo estoy por la calle. No hay ni niños ni jóvenes ni nadie, salvo esa señora que acaba de meterse a un portal con una bolsa de El Árbol como paraguas en la cabeza. Escribió Galeano una vez que no hay nada menos vacío que un estadio de fútbol. Y yo añado: en ningún lugar hay más silencio que allá donde una vez se alzó uno y ahora sobre sus cimientos se levantan edificios de pisos.

La lluvia comienza a aporrear mis dedos desnudos en las sandalias. No falla desde unos años a ahora, siempre se presenta por San Juan, puntual para las fiestas. Una nube negra, negrísima, llena el cielo como si fuera a quedarse a vivir. Avanza lentamente, milímetro a milímetro, como un gusano. Y de pronto siento terror porque yo eso lo he visto, antes y mucho, en el campo de fútbol que ya no aparece ante mis ojos. Y de pronto siento el frío del pozo, ese capaz de congelar hasta el tuétano. Y grita «Cultuuu» como un cuadro de Munch. Aunque solo le bastaría un número, 43, los años que pasó León en Segunda B antes de regresar a Segunda. Cuarenta y tres años que son demasiados y más largos se hacen. Cuarenta y tres años para salir y en tan poco, lo que tarda Woody Allen en hacer una película, doce meses, d-o-c-e--p-u-t-o-s--m-e-s-e-s, estar dentro otra vez. Cuarenta y tres años para, a los cuarenta y cuatro, cumplidos este junio, volver a bajar otra vez.

Dejo a la espalda la calle Murillo y camino hacia la plaza de toros, hacia el Hispánico. He quedado con Diego Calzado en la cafetería de las viejas piscinas climatizadas, donde va a impartir un campus a unos niños. Aquel lugar también estaba en los relatos de mi padre: allí había tenido un campo la Cultural antes de La Puentecilla. Como en Eras, Guzmán, La Corredera o El Ejido. De 1911 data el primero registrado en León. Sus futbolistas, unos chalaos, así los llamaron, mientras los vecinos sacaban las sillas a la calle para verlos en el Campo del Parque.

En 1923, de la fusión de dos equipos que jugaron en aquel lugar nacería la Cultural y Deportiva Leonesa para perpetuarse. Un dato: entonces aquel Campo del Parque en realidad se usaba como picadero de sementales. Ja. Tenía que ser así, un equipo de León no podía nacer de otra manera, pura raza. Más de un siglo después, Diego forma parte de su escudo. Sus guantes fueron un asidero al que agarrarse en los últimos años difíciles.

Cuando llego, calada, él ya me espera en la barra. Esa misma cafetería de la que, cuando yo era niña, adolescente más bien, me echaron una vez por leer el Marca: iba dos días por semana a entrenar allí a voleibol con el equipo del colegio y siempre me escapaba para buscar entre las páginas del periódico mi línea de la Cultural… Sin consumir nada, claro, que las cien pesetas de mi abuelo no daban para un café. Sigue igual, exactamente. Como recién salida de mi última vez en los noventa: azulejos grandes amarillos, sillas altas, cristalera a la calle. Solo ha cambiado el camarero. Más joven que yo, es imposible que sepa de aquella niña que no podía pagarse leer el Marca en su barra. Y menos mal. Nunca se lo conté a nadie, ni siquiera a mi padre.

«Otra vez ahí, eh», saludo a Diego. Un ahí amargo de Segunda B, no se me ocurre otro modo. Nos había presentado hacía un par de años un amigo común, David Álvarez. Era también San Juan, apenas un año antes de que Diego colgara los guantes: organizaba otro campus con su nombre. Cuando llegué, los críos comían macarrones con tomate mientras las teles del restaurante reponían uno de los últimos partidos de fútbol con algo que recordar para León: aquel de Copa del Rey en el Camp Nou, ante el Barça en 2009. La Cultu había perdido 5-0 pero dejando al menos una foto: el mano a mano que Diego le sostuvo a Messi.

Desde entonces, cada vez que me lo encuentro, convertimos las barras de bares en un sanedrín de fútbol. Si alguien sabe cómo duele la Cultu es él, vivió los años que muerden. De impagos, descenso administrativo a Tercera. De miedo, atroz, de amanecer cualquier día con esa noticia, la desaparición, el bajar del telón.

«Esta vez será diferente, ya verás», me dice Diego, según me siento. «La Cultural tiene el apoyo de Aspire. Es fuerte económicamente, no va a caer». Caer como cayó la suya. Que algo da más miedo que ver acercarse nubes arrastrándose como gusanos sobre tu estadio: ver cómo se levanta un teléfono para redactar tu propia esquela en los diarios.

Diego podía haber sido uno de esos niños que yo vi con sus padres por el Antonio Amilivia. De los que se sabían de memoria los nombres de los santos en pantalón corto (César, Argenta, José Díez, Zuazaga, Villafañe, Miche, Celso, Ovalle, Ramonín, Marianín) y que de un vistazo encontraban todos los tesoros escondidos tras el marcador dardo. En 2011 fue uno de los dos únicos futbolistas que se quedaron en la Cultu tras el descenso administrativo a Tercera. Y eso que tenía una oferta de Segunda y varias de Segunda B. «¿Y por qué, Diego?», le pregunto, mi «yo periodista» no puede evitarlo. «Por qué, por qué, por qué… Si lo que siempre se dice primero de un futbolista es que ante y sobre todo es egoísta». Se toma su tiempo, se acaba el café. Y antes de que los niños le reclamen en las profundidades de la piscina, que su campus comienza, me espeta, a modo de despedida. «Porque irme hubiera sido traicionar a mi corazón».

En León los héroes no llevan capa pero sí guantes, siempre guantes, que el invierno se hace muy duro.

6

En pocos lugares se aprende más que en una grada de fútbol. Y en ninguno tan rápido. Vas con chupete y da igual. «Esto es la vida, chavala, y más vale que te vayas acostumbrando», te dice un balón mientras, plas, te abofetea. La Cultural a mí desde pequeña me enseñó la teoría de las lentejas: son hoy, mañana y pasado; de primero, segundo y de postre, aunque las aborrecieras como yo.

La grada tampoco podía ya con ellas.

Ellos habían comido el caviar. Y quien lo probó, lo sabe. Odiaban también las lentejas. Pero ahí estaban, cada domingo, el plato en la mano. Clavos o clavos. Era lo que había. Aunque sangraran las encías.

Yo, desde muy cría, siempre tuve claro a qué me quería dedicar cuando fuese mayor. Escribir, escribir o escribir: nunca hubo otra cosa. Mis amigas compraban la Vale y llenaban sus carpetas con las caras de cantantes, Sergio Dalma, Alejandro Sanz. En la mía sin embargo todo eran fotos en blanco y negro, recortadas con mimo del Diario de León, el único lugar en el mundo donde, en la época pre-Julen Guerrero, podía encontrar a mis ídolos, los jugadores de la Cultu. ¿Mi favorito? Manzanedo, un portero con bigote.

Tenían las porterías del Amilivia una peculiaridad: eran de madera cuadrada, no redonda, como todas las demás. Y el larguero estaba combado por la lluvia. Porque llover solía llover mucho. El campo embarrado, la grada llena de paraguas y yo apuntando en un cuaderno sus paradas. «Ganamos uno cero y Manzanedo de portero», empezaban muchos de mis relatos. Transcribía los gritos a mi alrededor mientras me echaba vaho en los dedos helados. Un gesto que repetiría a menudo años después, pero desde el Calderón o el nuevo Metropolitano, como si el viejo Amilivia hubiera abierto mi camino a los once años: el escribir se convirtió en periodismo, la vida me llevó al Diario As y a tantos domingos que he pasado contando el fútbol del Atleti. Cada vez que vuelvo a León suelo bajar al trastero de mis padres. Allí tiene que estar ese cuaderno con mis primeras crónicas, perdido entre el polvo y los papeles viejos.

Entonces hablaba de la Cultu de Juanma Lillo sin saber demasiado. No me interesaba su colocar de hombres, ese sistema que llamaba ovoide en los periódicos. Yo prefería fijarme en los héroes que afilaban los codos en cada córner. En los futbolistas que llevaban la camiseta por dentro aunque fuese difícil («esos son los mejores», me susurraba mi padre, y yo lo copiaba). En ese fútbol que se jugaba entre el barro y enseñaba más que un profe de Historia: mientras matas, no mueres, y todos queríamos matar para huir del pozo. En aquellos domingos a las cinco de la tarde bajo la luz tenue de unos focos que nunca alumbraban demasiado. En cómo se me aceleraba el pecho cuando corría la pelota, literal.

Dibujado con un 4-2-3-1 que a mí me sonaba a Marte, se movía el balón rapidísimo sobre la hierba. Como si los futbolistas vistieran frac bajo el pantalón corto. Manzanedo, los cuatro defensas, Sami y Abajo en el doble pivote, línea de tres por delante y Latapia solo arriba. Un espectáculo. Y también mi primer desengaño.

La Cultu acarició la fase de ascenso a Segunda aquella temporada pero se le escapó en la última jornada. Recuerdo los nervios, el estómago cerrado al tomar la Coca-Cola en el bar La Puentecilla justo antes de entrar al campo, lleno. Aquella tarde me enseñó que hay goles de tu equipo que suenan a campanadas de muerto, que se cantan, pero bajito, por si acaso. Como aquel de Abajo, ante el Ávila. Ganaría la Cultu, 1-0, no acompañaron otros resultados. La sentencia en realidad la habría firmado dos jornadas antes el Salamanca. 1-1.

Un gol faltó. Uno solo. El ascenso volvería a pasar de largo por la ciudad. Como tantas otras veces. Tan cerca, tan lejos, ya lo decía mi padre.

Aquel verano la Cultu no renovó a Lillo. Lo ficharía el Salamanca, y en su maleta se llevaría a Jandri. En dos años subirían de Segunda B a Primera para salir en la segunda cadena de mi tele. Con los cimientos de aquello que se sembró en un Amilivia en el que seguiría haciendo frío de pozo. O incluso peor.

7

Llegué al colegio de Agustinos de León comenzado sexto de EGB, después de que en el público de Trobajo una chica, Nadia, me dejara siempre en el banquillo para saltar a la goma. Las dos queríamos ser capitanas. «Es mía». «No». «Yo quiero a esa». «No, elijo yo antes». Y el recreo acababa sin goma ni partido, con las dos dándonos de tortas.

A veces daba ella, a veces yo. Siempre llegaba a casa con las rodillas llenas de sangre, la coleta despeinada. «Mira papá, he defendido mi goma como Angelín». Angelín, un defensa de la Cultural de sus viejas historias. Yo, orgullosa. Mis padres me sacaron de allí antes de que aquellas peleas se hicieran un problema.