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El libro del Apocalipsis continúa sorprendiendo y fascinando con sus imágenes y símbolos. Para adentrarse en él hay que aceptar inicialmente el "pacto de lectura" que el autor hace con sus lectores. Una vez aceptado, todo fluye sin complicaciones. La presentación que hacemos sigue el modelo narrativo, que tanta importancia sabemos que tiene en la Biblia. En efecto, el Apocalipsis de Juan está inspirado por el deseo de "narrar" la obra de Dios, es decir, la salvación que es perceptible por la fe en el corazón mismo de los sobresaltos de la historia humana.
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Seitenzahl: 141
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Portada
Prólogo
Portadilla
I – El libro y sus autores
El género literario
El pacto de comunicación
La cuestión del autor
El medio portador
II – Los septenarios
El septenario de los sellos
El septenario de las trompetas
El gran doble signo
El septenario de las plagas y de las copas
III – El relato del fin
El fin de Babilonia
Los últimos combates
La apoteosis final
Conclusión: para continuar la lectura
Para saber más
Lista de recuadros
Créditos
CB170
«El Apocalipsis no es un libro de terror: es el libro del deseo. Los creyentes no temen el fin de este mundo sino la continuidad sin final de la prueba que no dejan de sufrir». Estas palabras de Christian Duquoc, escritas hace ya bastante tiempo (revista Lumière & Vie 227 [1996] 3), expresan el contenido del último libro de la Biblia cristiana.
Escrito a finales del siglo I, fundamenta su esperanza en la muerte y en la resurrección de Jesucristo, acontecimiento fugazmente evocado (Ap 11,8) pero celebrado cada «día del Señor», lugar y tiempo sacramentales de las visiones que se cuentan (Ap 1,10).
En Oriente se lee este libro con cautela –sin duda debido a la demonización de los poderes políticos–. En cambio, en Occidente inspira a los artistas que activan su fuerza imaginativa. Un poeta como Paul Claudel recurre varias veces a este libro en su obra porque, según sus propias palabras, «no se trata de comprender el Apocalipsis, sino de pasear dentro de él» (Au milieu des vitraux del’Apocalypse, 1966)1.
Hace ya cuarenta años, en diciembre de 1974, el Cuaderno Bíblico n. 11 abría a su lectura. No obstante sus cualidades pedagógicas, ha quedado obsoleto. En enero de 2000, al alba del nuevo milenio, el Cuaderno n. 110 amplió el estudio a «los apocalipsis del Nuevo Testamento», pero no pudo dedicarse a una lectura seguida de la obra. Este objetivo se ha realizado con este nuevo cuaderno que presentamos.
Yves-Marie Blanchard, especialista del corpus joánico, ha dedicado mucho tiempo, y numerosas conferencias y coloquios a profundizar en el libro del Apocalipsis. Especialista en el análisis narrativo, y evitando los tecnicismos, nos guía con competencia y pedagogía por una cuidadosa lectura teológica. Da prioridad al hilo del texto, al encadenamiento del relato. No se olvidan las referencias de tipo intertextual (las alusiones a las Escrituras), histórico o cultural pero, puesto que fueron bien abordadas en el Cuaderno n. 110, se reducen en esta ocasión a un párrafo o a un recuadro. En la conclusión (pp. 57-58), no se pasarán por alto las dificultades que se presentan una lectura seguida de la obra. Es nuestro deseo que este Cuaderno permita a los lectores tener un visión nueva del Apocalipsis.
GÉRARDBILLON
Yves-Marie BLANCHARD es sacerdote dela diócesis de Poitiers, profesor emérito de Exégesis de Nuevo Testamento en el Theologicum del Instituto Católico de París y miembro del Grupo de Dombes. Especializado en el corpus joánico y en los Padres de la Iglesia, ha colaborado en varios Cuadernos Bíblicos y escribió el n. 138 (Los escritosjoánicos. Una comunidad atestigua su fe). Sus últimas obras son: L’Évangile du Christ Roi ou la figure johannique del’Agneau (Desclée de Brouwer , 2012) y L’Église mystère et institutionselon le quatrième évangile (Desclée de Brouwer , 2013).
1 Cf. Supplément aux Cahiers Évangile 170-171, «Apocalypse 12. La femme, l’enfant et le dragon».
Entre todos los «apocalipsis» judíos y cristianos, el relato de las visiones de Juan brilla con un resplandor particular. En el comentario que sigue, tras haber actualizado los vínculos que se establecen entre el autor y el lector, desarrollamos un recorrido que sigue el modelo narrativo que, como bien sabemos, predomina en el conjunto de la Biblia. El Apocalipsis de Juan está animado por el deseo de «contar» la obra de Dios, es decir, la salvación, perceptible a los ojos de la fe, en el corazón mismo de los sobresaltos de una historia humana a menudo dramática pero ante la que sería erróneo desesperarse.
Yves-Marie BLANCHARD
El término griego apocalipsis (lit.: ‘revelación’, es decir, el desvelamiento de una realidad oculta) constituye a la vez la primera palabra del último libro de la Biblia y su título, según el encabezamiento de los manuscritos. Sin embargo, los dos usos presentan una diferencia importante: si en el título el acento se pone en el autor en el sentido literario del término («Apocalipsis de Juan»), en cambio el íncipit o primera palabra del texto remite a Cristo resucitado («Apocalipsis de Jesucristo»), como la fuente del mensaje transmitido por la mediación del profeta Juan de Patmos.
Esta simple constatación sugiere un pacto de comunicación relativamente complejo con respecto a dos tipos de autores: el primero, que podría calificarse como histórico, en la persona de un tal Juan, y el segundo, propiamente teológico, a saber, el Señor Jesús, considerado como el Revelador, por consiguiente la autoridad principal, fundadora e inspiradora de todo cuanto se dice en este original libro.
Ahora bien, la palabra apocalipsis ha experimentado una doble evolución semántica. Por una parte, para el gran público, designa toda forma de catástrofe, natural y social, que genera daños materiales y corporales considerables, hasta el punto de representar el tipo mismo del sufrimiento injusto e intolerable.
Evidentemente, esta acepción parece poco compatible, incluso totalmente contradictoria, con el propósito de un libro cristiano centrado en la persona de Cristo, revelador de la intención bondadosa de Dios con respecto a la humanidad. Por otra parte, en el ámbito de la exégesis bíblica, la palabra apocalipsis y el término derivado apocalíptico se aplican a un conjunto de textos literarios procedentes tanto del judaísmo antiguo como del cristianismo primitivo que presentan una serie de semejanzas entre ellos1.
De este modo, el Apocalipsis de Juan sirve de referencia común a obras diversas, sin duda comparables desde distintos puntos de vista, pero también, muchas de ellas, muy diferentes del libro de Juan, sobre todo por la insistente referencia de este al misterio pascual de Jesucristo. Sería por consiguiente un desacierto pretender establecer una tipología de textos «apocalípticos» a partir de la obra de Juan, supuesto modelo ejemplar de esta materia hasta el punto de haber dado su nombre al género literario definido como tal.
El libro del Apocalipsis está lleno de referencias al Antiguo Testamento. Esto salta a la vista de un lector que esté un tanto familiarizado con las Escrituras de la Primera Alianza. Sin embargo, no se trata de citas en sentido estricto, como en los evangelios o en las cartas paulinas. En esta perspectiva no encontraremos en el Apocalipsis el equivalente de la fórmula: «para que se cumpliera la palabra del profeta que decía», y, salvo la referencia al cántico de Moisés, en adelante fusionado con el del Cordero (15,1-4), no se evoca ningún texto del Antiguo Testamento en cuanto tal. En cambio, casi la totalidad de las frases del Apocalipsis parecen estar formadas por elementos procedentes de textos anteriores pero organizados de forma innovadora.
Por tanto, el Antiguo Testamento no es tanto un objeto exterior al Apocalipsis, que permita realizar cuantos acercamientos y comparaciones se quieran, sino que constituye más bien la lengua misma del libro, es decir, el thesaurus de palabras, imágenes y figuras del que bebe abundantemente el autor, que se reserva totalmente el derecho y la libertad de producir todas las asociaciones novedosas que podría exigir la expresión de un mensaje inédito, el del acontecimiento de la resurrección de Jesús, el Cordero inmolado-exaltado, considerado en adelante la gran clave para interpretar la historia. En esta perspectiva es en la que decimos que el Antiguo Testamento constituye la «lengua» (en el sentido saussuriano del término2) del Apocalipsis, en la que la «palabra» asume y renueva al mismo tiempo las posibilidades de la lengua, que es susceptible a priori de toda emisión de palabra o «discurso».
Así pues, antes de indicar un proceso propiamente teológico, el cumplimiento de las Escrituras califica el texto en su modo de escritura. Debido a la falta de capacidad memorística del lector, las notas de nuestras Biblias modernas describen el campo intertextual en el que se mueven tanto el emisor como el receptor. En efecto, no se sabría comprender un texto sin conocer la lengua, aun cuando es verdad que toda obra literaria (el Apocalipsis y, más ampliamente, la Biblia entera, merecen sin duda esta designación) excede las capacidades conocidas de la lengua y le confiere una novedad justamente catalogada de «poética». Por consiguiente, no basta con identificar las «fuentes» veterotestamentarias del Apocalipsis, que son muy numerosas, ni menos aún considerarlas como influencias asumidas de forma pasiva. Más bien debemos concebirlas como «paradigmas» dotados de una fuerza de expresión novedosa por la estrategia narrativa del Apocalipsis; una novedad que está a la altura de la misma novedad del mensaje que anuncia, enraizado en el misterio pascual de Jesús resucitado.
Así pues, si bien es verdad que la comparación con otros textos apocalípticos antiguos, tanto judíos como cristianos, proporciona abundantes informaciones útiles para leer el texto del Apocalipsis joánico, también es cierto que este presenta notables particularidades, cuya interpretación se beneficiará al relacionarse con otros libros del Nuevo Testamento, es decir, con el conjunto de la Biblia cristiana, en la que el Apocalipsis ocupa significativamente el último lugar. En esta perspectiva, parece que el principio de lectura canónica se ajusta muy adecuadamente al libro de Juan, sin por ello aislarlo del rico corpus de escritos antiguos que fueron calificados como «apocalipsis» por sus editores o por los comentaristas modernos. Finalmente, es evidente que, como todo libro, el Apocalipsis se rige por sus propias reglas de composición que están al servicio de una estrategia particular.
El enfoque con que abordamos la obra en este cuaderno privilegia el modelo narrativo, que tanto predomina, como sabemos, en el conjunto de la Biblia. En efecto, sorprendería que el Apocalipsis de Juan no estuviera animado por el deseo de «contar» la obra de Dios, es decir, la salvación, perceptible a los ojos de la fe, en el corazón mismo de los sobresaltos de una historia humana con frecuencia dramática, e incluso catastrófica, de donde procede la acepción semántica que afecta al uso común del término apocalipsis.
El corpus de los apocalipsis judíos o judeocristianos es abundante y diverso. Su producción parece estar concentrada en el período comprendido entre el siglo II a.C. (libro de Daniel, considerado como el primer apocalipsis en sentido estricto) y el final del siglo I d.C. y comienzos del siglo II, con el Apocalipsis de Juan (tradicionalmente fechado en torno a 95 d.C.) y sus dos contemporáneos judíos, el Apocalipsis siriacode Baruc y el Cuarto libro de Esdras. En los extremos de este período así delimitado se encuentra planteada la misma cuestión crucial, a saber, la de la identidad religiosa (y también nacional) de las comunidades creyentes expuestas a la agresividad del paganismo dominante, bien en forma violenta (las guerras de los macabeos a favor del judaísmo en el siglo II a.C.; o las persecuciones esporádicas o amenazas que afectaron a las comunidades judías y cristianas tras la caída de Jerusalén, sobre todo durante el reinado autocrático de Domiciano) como en forma de una asimilación servil, que al final era tan perniciosa como el enfrentamiento brutal.
Por su propia naturaleza, la literatura apocalíptica parece estar vinculada a un contexto de crisis y expresa tanto la voluntad de resistencia espiritual frente a un adversario superior en número como la convicción profunda de contar con el apoyo indefectible de Dios, ya experimentado en muchas ocasiones en el pasado.
Puesta al servicio de la esperanza, la escritura apocalíptica está a la vez volcada hacia el futuro y fundada en el recuerdo de los grandes acontecimientos del pasado. Quizá sea esta una de las razones por las que se recurre sistemáticamente a la pseudoepigrafía, o la atribución del texto a un autor que es claramente muy anterior al libro mismo, como el profeta Daniel, o Baruc, el secretario de Jeremías, o incluso también el escriba Esdras; personajes todos ellos asociados al drama del exilio babilónico e incluso al retorno, que, en cualquier caso, son sucesos ocurridos varios siglos antes de la redacción de los apocalipsis en cuestión. De aquí que el autor ficticio presenta a la vez la ventaja de haber experimentado él mismo la fidelidad de Dios y la capacidad de liberar a su pueblo, y el interés por hablar en futuro con respecto a acontecimientos cercanos en el tiempo a la época de los primeros lectores, confiriendo de este modo a su texto una orientación hacia adelante, es decir, una intensa dimensión de esperanza, incluso una tensión prácticamente escatológica volcada hacia el final del tiempo y la superación (o cumplimiento) de la historia. Además, el hecho de ver más allá del tiempo histórico confiere a las verdades enunciadas un estatus de veracidad casi definitiva y absoluta.
Tal es el mismo efecto que se produce cuando se da marcha atrás en la historia y se recurre a figuras míticas de los relatos de los orígenes (por ejemplo, Adán y Eva) o a personajes antediluvianos, comenzando por Henoc, tan presente en el mundo de los apocalipsis judíos antiguos. Así pues, la superación de las fronteras del tiempo histórico, tanto hacia atrás (mitos del origen) como hacia adelante (perspectivas escatológicas), parece responder al deseo de expresar unas certezas absolutas, concretamente la fidelidad de Dios como garantía del éxito de los fieles en tiempos particularmente problemáticos y en los que se corre el peligro de eliminar las referencias identitarias indispensables para la propia experiencia religiosa, tanto la de Israel como la de las comunidades cristianas de finales del siglo I.
A esta interferencia en el tiempo, provocada especialmente por la ficción relativa al nombre del autor, se añade otra forma de subversión, que en esta ocasión afecta a la dimensión espacial. Conocemos perfectamente la importancia que la verticalidad tenía en la representación antigua del universo, concebido como una sucesión de dos e incluso tres esferas (cielo, tierra, subsuelo), con una frontera perfectamente cerrada entre la tierra y el cielo mediante el despliegue de una bóveda celeste teóricamente infranqueable. Ahora bien, puede ocurrir que esta bóveda se entreabra o se rasgue, y permita el paso de seres de un lado o del otro (cielo, tierra), que se introducen así en un mundo diferente del suyo: el cielo, para seres venidos de abajo, o bien la tierra, para seres que descienden de arriba.
Una tal subversión del orden cósmico puede provocar graves perturbaciones: el antiguo mito de los gigantes (cf. Gn 6,1-4) es una prueba de ello. Sin embargo, lo más frecuente es que sea una experiencia gozosa que permite la comunicación entre el cielo y la tierra, bien se trate de un personaje celestial que es enviado a la tierra para transmitir unas informaciones del cielo a los habitantes del mundo terrenal, o bien se trate, a la inversa, de un ser terrenal que se beneficia de una «ascensión» que le da acceso a la esferas celestiales. Es lógico que pensemos en textos evangélicos como la transfiguración o el bautismo de Jesús. En el primer caso, la apertura del cielo deja pasar la voz del Padre y también a la paloma del Espíritu; en el segundo, la nube celestial, la irradiación divina y los personajes de Moisés y Elías manifiestan el descenso del cielo en lo que está aconteciendo.
En la dirección opuesta (subida al cielo), podríamos recordar el texto conocido como la Ascensión de Isaías o las idas y venidas de Henoc. Las manifestaciones angélicas (incluida la anunciación a María) sugieren, aunque más discretamente, la intervención de un mensajero celestial, cuya presencia en medio de los seres humanos está al servicio de una revelación que procede de Dios mismo. En el caso del Apocalipsis de Juan, el escenario propiamente apocalíptico se monta justo al comienzo del cap. 4, cuando el profeta Juan es subido hasta el borde del cielo: una puerta se abre ante él y la voz le invita a continuación a contemplar lo que se le presenta delante, a saber, el espectáculo impresionante de la majestad divina servida por la corte celestial (4,1ss).
Este desplazamiento, desde la tierra al cielo, funciona como revelación, es decir, permite ver lo que permanece oculto a los ojos de los simples mortales, confrontados con las miles de dificultades de la vida terrenal, sobre todo en el contexto de un paganismo hostil y amenazador. Por otra parte, el texto subraya al respecto que el acceso a la visión se produce solo mediante la intervención del Espíritu (4,2), es decir, en el ámbito de un proceso de revelación que afecta a toda la persona del profeta visionario.
