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El doctor Simón Salvatierra decide ir a encontrarse con su esposa en San Petersburgo, donde ella trabaja investigando un misterioso manuscrito creado por el médico persa Avicena mil años antes. Sin previo aviso el viaje de Simón se convertirá en una dura prueba de valor con persecuciones, intentos de asesinato y oscuras maniobras policíacas, cuando ella es secuestrada por Al Qaeda. Un espía español encubierto y una empleada del Museo Británico serán el único apoyo del doctor en una carrera contra el mundo por salvar a la mujer de su vida.Paralelamente, la historia del manuscrito sobrevuela la novela. Persia siglo XI, Jerusalén siglo XII y Burgos siglo XIX serán los escenarios de una enrevesada trama a través de un milenio, en la que los temibles enemigos de los templarios, los hashishin, y los enigmáticos masones de la Logia de Cádiz tratarán de apropiarse de un documento que podría cambiar la humanidad tal y como la conocemos.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Ezequiel Teodoro
Primera edición ebook, julio de 2015
© Ezequiel Teodoro, 2015
© Última línea, S.L., 2015
Oficina central:
Luis de Salazar, 5
28002 Madrid
Oficina de maquetación y diseño:
Strachan, 11
29015 Málaga
www.ultimalinea.es
Ilustración de cubierta: Iván Hernández
Revisión de textos: Pedro Casasnovas Ramos
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)
ISBN: 978-84-16159-63-5
IBIC: FJM , JPWL2
índice
El manuscrito de avicena
PREFACIO A LA REEDICIÓN
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EPÍLOGO
Han transcurrido cuatros años desde mi primera presentación de El manuscrito de Avicena. ¡Cómo pasa el tiempo! En estos años he tenido la inmensa suerte de conocer a centenares de personas que han llegado a mí gracias a este libro que tanto me ha dado. Muchas de ellas son ahora lectores fieles e incluso en algunos casos puedo decir que amigos.
Mi primera obra me ha recompensado sobradamente, no solo en ventas, que también, sino sobre todo porque he obtenido el cariño de los lectores. Gracias a El manuscrito de Avicena hoy soy representado por una agencia literaria, Letras Propias, que apuesta por sus autores con perseverancia y éxito; gracias a él he podido publicar una segunda novela y un tercer libro, que también este año ve la luz; gracias a él me he dado a conocer en editoriales de cierto renombre; y gracias a él me he instalado en un mundo, el literario, del que ya no quiero marcharme.
Y es que este libro, no sé si por su frescura o por el cariño que deposité en él, posee algo que lo hace valioso. Me lo dicen mis lectores más antiguos, que hoy, aun después de cuatro años, se siguen acordando de Simón Salvatierra y Javier Dávila; y me lo reconocen los nuevos lectores, que en muchas ocasiones siguen llegando a mí a través de esta novela, pese a que publiqué una segunda, Cuaderno negro: complot contra Franco, que también ha contado con éxito.
¿Por qué siendo un autor completamente desconocido he vendido más de 13.000 ejemplares de esta obra y alcancé el puesto número seis en la lista de ebooks más vendidos en España durante 2013? Esta es una pregunta a la que no puedo responder. Tú, amigo lector, tienes esta reedición en tus manos, y quién mejor que tú para contestarla.
Gracias a todos los que habéis hecho posible que continúe viva la historia de Salvatierra en busca de su esposa, en especial a Gonzalo Sichar, editor de Ultima Línea, y a Roser Herrera, de Letras Propias.
«Aunque los caminos de la búsqueda
son numerosos,
la búsqueda es siempre la misma».
YALALAD-DINMUHAMMADRUMI
2002 de la Era Cristiana…
1423 de la Hégira…
Trece muyahidines afganos escoltaban a Osama Bin Laden y Aymán Al-Zawahiri a través de un laberinto de cuevas. Iban despacio. En alerta. Los quince se internaban en una red angosta de galerías alumbrados por dos hachones, hasta que Osama detenía el grupo como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. Nadie era de fiar. Después de comprobar que no les perseguían, ajustaba la correa del viejo kalashnikov que pendía de su hombro y daba la orden de avanzar de nuevo.
A veces alguna bomba solitaria rompía sobre sus cabezas, y en esos momentos de inquietud se replegaban atemorizados. El miedo se olía en sus axilas. También podía sentirse en el murmullo de oración que repetían ante la más mínima vibración de la tierra.
El ejército de la Alianza del Norte los había acorralado aquella misma mañana en las montañas de Kunar. Un ataque con B-52 norteamericanos despertó el infierno a las cinco. Desde entonces cientos de toneladas de proyectiles no les permitían un respiro.
Los ojos de Osama, de mirada autoritaria y color del desierto, se movían inquietos. Aymán reparó de repente en él. La chaqueta de camuflaje le sobraba por todas partes, sus labios habían perdido la humedad hasta no ser más que unos pliegues resecos bajo su ancha nariz, arrastraba los pies con dificultad. Pese a todo lo admiraba. Aquella admiración por él procedía de los tiempos de la lucha contra los soviéticos, de esas frías noches afganas, cuando ambos fumaban del narguile envueltos en mantas de pelo de camello y hablaban con pasión del único Dios verdadero y del día en el que los hombres acogerían las enseñanzas de Mahoma.
—¿Está todo preparado?
La pregunta de Osama le pilló por sorpresa.
—¿Todo?
—La operación.
Aymán reflexionó unos segundos y se detuvo sujetando del brazo a Osama.
—Hermano, todo está listo en Pakistán, pero…
—No quiero saberlo. En cuanto salgamos de aquí soluciona lo que sea.
Aymán asintió. Conocía lo bastante bien a Osama como para saber que no valía la pena replicar.
El terreno se volvía menos irregular a medida que abandonaban el interior de la montaña. Costaba respirar. Aún así apretaron el paso al intuir una oscuridad menos densa.
—¿Cómo llegó a ti?
Aymán buscó los ojos de su jefe. No era la primera vez que lo preguntaba.
—Hermano, confía en mí.
Osama hizo el ademán de contener sus pasos aunque siguió caminando. Aymán sonrió. Desde la primera vez que le habló del poder, no ha existido momento en que aquella pregunta no se interpusiera entre los dos. Aymán, sin embargo, había mantenido su silencio terco hasta ahora.
—Hermano, si lo tenemos de nuestro lado los infieles no encontrarán dónde esconderse. ¿Te hace falta más?
Su jefe gruñó un no fatigado.
—Osama, tú proporcióname los recursos y yo te entregaré a Occidente.
Un móvil vibra en el asiento del copiloto de un todoterreno. Una llamada, dos, tres llamadas. Nadie contesta. El teléfono se desplaza por la vibración hasta caer bajo el asiento, la pantalla se ilumina y en el buzón de entrada se despliega un mensaje. «Ayúdame, Simón. Me han encontrado».
Pasaban pocos minutos de las nueve de la mañana. Cuatro maletas y un bolso de viaje ocupaban casi todo el espacio del maletero de un todoterreno aparcado delante de una vivienda unifamiliar. La puerta del maletero permanecía abierta, aunque no se veía a su dueño por ninguna parte. Era temprano. A esa hora los vecinos se consagraban a sus oficinas y sus hijos a sus colegios.
El sol aún calentaba poco, con todo hacía semanas que Madrid había abandonado un invierno de gélidas temperaturas y, desde el coche hasta la entrada de la casa, un reguero de flores a medio abrir ofrecían ya sus fragancias. El propietario del automóvil, el doctor Salvatierra, tardaba. Cinco meses era mucho tiempo, debía comprobar los cierres de ventanas y persianas, y conectar el sistema de vigilancia.
Apagó la última luz y cerró la puerta. A lo lejos cuatro nubes ensombrecían el horizonte pero al doctor no le preocupaba el tiempo. Colocó una cámara de video en el maletero y se instaló frente al volante. Ya había llegado el momento. Arrancó, metió primera lentamente y pisó con miedo el acelerador. ¿Estaba seguro de querer emprender este viaje? El todoterreno se deslizó hacia delante con fuerza. Lo había alquilado la tarde anterior para sustituir a su viejo Seat León, que seguro moriría antes de divisar San Petersburgo. Cambió de marcha y jugó con el acelerador para acostumbrarse al coche. En las calles de la urbanización no se veía nadie a esa hora.
El día que Silvia se marchó era casi primavera. También circularon por las calles solitarias de la urbanización camino de la salida, y había también un silencio cobarde en la despedida. Aquella mañana el doctor conducía su Seat aferrado al volante. Silvia, en el asiento del copiloto, se mantenía seria aunque sus ojos brillaban. Hacía tiempo que no brillaban así, el doctor lo sabía y ese mismo conocimiento lo sentía en el estómago como un cuchillo frío.
Detuvo el todoterreno en la verja metálica de la entrada. El vigilante de la puerta lo saludó.
—Doctorcito, ¿a qué tan tarde? Usted no más sale siempre bien temprano en la mañana.
—De viaje, Hernando. Ya le avisé a Esteban para el mantenimiento de la casa.
—No contó nada el jefecito —le contestó el vigilante. Pulsó el botón de apertura de la verja—. Que sea en buena hora, doctorcito. Y tenga cuidado con la carretera.
El doctor se despidió con un gesto. ¡Qué ironía!, Silvia también le rogó aquel día precaución al conducir. Ella, que siempre andaba en líos, le aconsejaba prudencia. Comprobó su imagen en el retrovisor, no se había afeitado. Era impropio de él. En las últimas semanas su comportamiento tampoco había sido el acostumbrado. En su casa, su enorme casa vacía, se sentía desamparado desde la partida de su esposa. Al volver del aeropuerto aquella mañana preparó café, se acomodó en el sofá del salón y permaneció allí quieto, sin nada que hacer, con la televisión apagada y el café sobre la mesa. Primero humeando, más tarde frío. Lo recordaba vagamente. Desde que Silvia se fue todo se había trocado en una vaga neblina.
A esa hora escapar de Madrid por la carretera de Burgos suponía casi un paseo. En sentido contrario centenares de coches trataban de acceder a la ciudad en una fila lenta de hormigas. En su lado, la carretera aparecía casi desnuda para el todoterreno. No soportaba los atascos, en realidad no le agradaba conducir. Silvia siempre se situaba al volante en los viajes. Incluso cuando David era pequeño. ¿David? ¿Cuándo fue la última vez que se acordó en él? No quería saberlo. Detestaba pensar en su hijo, era demasiado doloroso.
Un Renault Laguna se aproximó al todoterreno a gran velocidad. Con el coche del doctor a poca distancia, redujo la marcha. En su interior, cuatro personas. Detrás, dos de los ocupantes hojeaban unos folios impresos a ordenador. En una foto un hombre de pelo entrecano, ojos verdes, de unos cuarenta y tantos o quizá cincuenta años, vestido con una chaqueta beige, unos pantalones de pinza del mismo color y una camisa de cuadros en tonos azules. Salía de un supermercado sosteniendo dos bolsas de plástico y parecía despistado, como buscando algo en el suelo. Un clip sujetaba a otro de los documentos dos fotos más, ambas tomadas en las últimas dos semanas, con ropa parecida y actitud similar.
—Casi se nos pierde, ¿por qué te has parado en la gasolinera?
—Apenas nos quedaba gasoil —se excusó el conductor.
—Qué más da. Sabemos a dónde va. —El copiloto no iba a permitir discrepancias en el operativo.
El doctor echó un vistazo al reloj del salpicadero. Según su plan de viaje a esa hora ya debía haber rebasado Aranda de Duero. Sin embargo, el último cartel de tráfico le descubrió que aún recorrería treinta y tres kilómetros. Se sentía desconcertado. ¿En qué erraban sus cálculos? No hay duda de que se había distraído en la primera parada. Aceleró. Quizá aumentando la velocidad consiguiera regresar a su tabla horaria. La carretera se adentraba en una débil neblina a ras de suelo. Encendió los faros antiniebla, abrió la guantera y sacó un paquete de chicles. Le gustaba mascar. La sensación de movimiento —aunque solo fuera el movimiento de su mandíbula— lo mantenía despierto y atento. La intensidad de la menta en su garganta le expandió los pulmones. En la radio se oía la sinfonía número cuatro de Tchaikosky.
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