Cuaderno negro - Ezequiel Teodoro - E-Book

Cuaderno negro E-Book

Ezequiel Teodoro

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Beschreibung

En pleno proceso del juicio que la Audiencia Nacional celebra contra los últimos ministros todavía en vida del franquismo, el periodista de El País Toni Escobar recibe una extraña información: existen unos documentos que podrían demostrar que desde el año 1946 una serie de gerifaltes falangistas mantuvieron secuestrada la voluntad de Franco para manejar el poder desde las sombras. Escobar, sumergido en un triángulo amoroso que afecta a su vida y su trabajo, se encontrará ante el dilema de su vida: traicionar a los suyos demostrando la inocencia de Franco o renegar de su profesión obviando las pruebas que incriminan a la Falange en el mantenimiento de la dictadura.Una novela repleta de acción e intriga que nos regala un final inesperado.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Cuadernonegro

Complot contra Franco

Ezequiel Teodoro

Primera edición, agosto de 2014

© Ezequiel Teodoro, 2014

© Última línea, S.L., 2014

Luis de Salazar, 5

28002 Madrid

www.ultimalinea.es

editorial@ ultimalinea.es

Publicado de acuerdo con Letras Propias - Agencia Literaria

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)

ISBN: 978-84-16159-33-8

CONTENIDO

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A Baltasar Garzón, por su valentía

Diciembre de 1942

La estancia donde Franco iba a decidir los destinos de España se hallaba en penumbras. Sobre una mesa de roble viejo, la luz de un cabo de vela iluminaba pobremente la cara de tres hombres. El primero de ellos, el ministro de Asuntos Exteriores Francisco Gómez-Jordana, anotaba en un cuaderno.

–¿Y bien? –preguntó con voz chillona Francisco Franco, al cabo de una hora de comenzada la reunión.

El ministro enumeró uno a uno los apuntes.

–Once –concluyó.

–Bien. ¿Se te ocurre algo más, Luis?

Carrero Blanco reflexionó oscilando la cabeza arriba y abajo con calma, y después contestó:

–La más importante. ¿Qué les prometeremos?

Parecía que al jefe del Estado aquella salida no le agradaba, así que se incorporó en su asiento y carraspeó.

–Es mejor dejarlo para lo último –señaló a Gómez-Jordana–. Paco, repasa las medidas.

El ministro dirigió la mirada al cuaderno y releyó para sí, repasando con el dedo cada línea. La llama de la vela se cimbreaba a escasos centímetros de su cara, lo que le proporcionaba un extraño brillo, como de iluminado, en los cristales de sus redondas gafas de alambre.

–Las seis primeras se refieren a la destrucción de documentos de importancia fundamental: el protocolo de Hendaya, los registros de venta de wolframio a Alemania, todo lo concerniente a la operación Félix –levantó la cabeza para mirar a sus interlocutores– ya saben, la invasión a Gibraltar –Franco asintió–. A ver –volvió a colocar el índice sobre la página, examinando dónde había interrumpido su exposición– ah sí, la destrucción de la documentación que atañe al adiestramiento a nuestra policía, las entradas y salidas de aviones, barcos y submarinos alemanes e italianos para repostar, las órdenes de fusilamiento y cualquier información relativa a las fosas.

–Bien. Ahora toca la parte ejecutiva, ¿no es así?

El ministro lo ratificó con un movimiento.

–La orden número siete es la suspensión provisional de las penas de muerte, y después la mejora del trato a los presos políticos.

Carrero Blanco inspiró ruidosamente.

–Excelencia, nos esperan.

–Luis –replicó Franco–, estas cosas llevan su tiempo. Aunque no hay prisa, pues cualquiera sabe si lo tendremos que usar alguna vez, es mejor acabar el diseño del plan. Luego habrá tiempo para los detalles.

El primero adelantó el cuerpo hacia su interlocutor.

–Excelencia, ya sabemos cómo andan las cosas –miró alrededor, como si temiera oídos indiscretos y atenuó la voz– Alemania perderá la guerra, y entonces todo esto cobrará sentido.

El jefe del Estado ladeó la cabeza en actitud pensativa, luego se dirigió a Gómez-Jordana

–Sigamos, Paco.

Al ministro la orden le pilló de improviso mientras limpiaba con esmero los cristales de las gafas. Se las colocó apresuradamente y desvió la mirada al cuaderno con gesto nervioso.

–Tendremos que eliminar los símbolos fascistas y la Falange, acercarnos más al orbe católico y estrechar los contactos con los aliados.

–Ahí será cuando negociemos las ayudas económicas que tanta falta nos hacen… –apuntó Franco asintiendo repetidas veces con afectada lentitud.

–Y el relajamiento del régimen– añadió Carrero Blanco.

–Sí, Luis. Vamos ahora –miró al ministro de Asuntos Exteriores–. Apunta Paco, a esto solo me atrevo yo –Gómez-Jordana apretó el lápiz–. Provocaremos un cambio hacia un régimen monárquico en un proceso paulatino de…

–¿Cinco años?– sugirió Carrero Blanco.

–Diez años… Y otros cinco conmigo como garante del proceso, en calidad de jefe de la Casa Real.

Su subordinado levantó las manos.

–No lo aceptarán, Excelencia.

–Sí lo harán, Luis. No tendrán otro remedio: o será esto o nada.

El silencio imperó de nuevo en la estancia. Fuera, custodiaban la puerta cuatro soldados escogidos entre la guardia personal del jefe del Estado. Nadie podía conocer qué se estaba fraguando en aquella habitación.

–Pásala a limpio y guárdala con los otros papeles. Más adelante desarrollaremos detalladamente la operación con el personal adecuado, solo gente de confianza. Ah, y no le pongas fecha.

Carrero Blanco interrumpió la calada de su cigarrillo e intervino.

–Excelencia, al menos dejemos constancia del año.

–Luis, a veces eres de un ingenuo. Si algún día llega a malas manos este plan y Hitler aún continúa en el poder, cualquier fecha solo servirá para complicarnos la vida.

–Excelencia, es necesario establecer un punto de partida.

Franco meneó la cabeza unos segundos.

–Solo el año.

El ministro apuntó 1942 y cerró el cuaderno. Luego los tres se incorporaron, pero a Gómez-Jordana le surgió una duda.

–Excelencia, ¿cómo lo llamaremos?

–¿Qué?

–El plan no tiene nombre.

Franco asintió lentamente, examinó a Carrero Blanco, y ante el encogimiento de hombros de su subalterno, se giró hacia el ministro y luego desvió los ojos al cuaderno de tapas negras que descansaba sobre la mesa.

–Cuaderno negro.

1

Marzo de 2014

Cuando despertó aquella mañana, Toni presintió que algo estaba por suceder. No se trataba de los whiskys de la madrugada anterior ni de los garbanzos de Los Charros; ya se había propasado otras veces. Se rascó la mejilla y bostezó ruidosamente. Si prestara oídos a las bobadas que idea uno tras una mala noche… Sonrió cansinamente y apartó la sábana para levantarse, pero reparó en un agujero de su calcetín izquierdo que dejaba al aire un dedo gordo con tres pelos grises. Volvió a bostezar. Una amarillenta tela de luz atravesaba la ventana de su dormitorio e incidía directamente sobre sus pies. Mientras contemplaba el agujero del calcetín se preguntó cuándo fue la última vez que compró ropa. Tal vez le acompañó Pilar, o quizá Julia; hace tanto de aquello. Ya ni recordaba el último polvo. Se propinó un par de cariñosas palmadas en la barriga y se desperezó del todo. Debían de ser las diez, o mucho se equivocaba o llegaría tarde al periódico.

La ducha le sentó bien. Como siempre que dormía pocas horas, los músculos del cuello se le contraían como nudos de piedra, así que el agua bien caliente casi ardiendo de la regadera le ayudó a destensar. Metió la cuchara en el paquete de azúcar y vertió un par de cucharadas al café. El médico le había recomendado ejercicio y cuidado con la alimentación. Qué sabía él. Es verdad que últimamente le costaba cerrarse el botón de los vaqueros y que las camisas le apretaban una pizca en el abdomen, pero en eso consistía el curso normal de la vida: nacer, crecer, engordar y luego morir. Comprobó de un vistazo el reloj de la pared, en los tabiques de aquel salón casi desierto un oxidado péndulo destacaba como un clavo en mitad de un bloque de hielo. Las diez y media. Y encendió la televisión con el mando mientras engullía la mitad de una magdalena. En la pantalla una anciana lloraba silenciosamente ante un micrófono. Toni conocía bien esa imagen, los informativos la habían emitido una y otra vez desde la mañana anterior. Aquella mujer era el reflejo de las féminas de una época: niñas que crecieron solas y con la cabeza rapada en un mundo en el que había sido amordazada la palabra libertad, meditaba mientras removía el café como un autómata.

–La orden estaba firmá por Franco –declaró la anciana con voz titubeante.

–¿Y cómo lo sabe usted? ¿Acaso la vio?

Se llevó el pañuelo a los ojos con una mano vacilante y respondió con mayor firmeza:

–Un primo mío, el cara sucia–el nombre avivó una risotada en la concurrencia al juicio y la anciana se detuvo avergonzada. Luego, a sabiendas de que era la causante del alboroto, aclaró algo abochornada–, le llamaban así por su padre, que trabajó en las minas allá en Asturias, antes de llegar a Madrid.

–Bien, continúe.

–Gracias. Pues mi primo había luchao con los nacionales, y al acabar la guerra le metieron en el presidio pa sacar a los fusilaos. Él fue quien me trajo el reloj de mi madre y unos papeles.

–¿Y entre ellos apareció la orden?

–Sí, y una medallita muy chica, con la foto de mi abuela, que mi madre…

Toni se limpió la boca y apagó la televisión. No le apetecía contemplar de nuevo esos ojos pequeños encerrados en bolsas arrugadas, ojos grises enterrados, casi desgastados, que daban cuenta del paso de los años. Y todavía querían pisotear su memoria, lamentó. Más tarde se acercó al armario de la entrada –siempre que lo veía caía en la cuenta del deterioro de la puerta, que colgaba ladeada de una de sus bisagras– y alcanzó la americana de paño azul, cuando reparó en que en una de las perchas descansaba una chaqueta gris de García y una bufanda del mismo color. Hace semanas que debía llevarse las prendas. Si es que entra y sale como Pedro por su casa, pensó.

Al volver al salón recordó de nuevo a la anciana. Cuándo aprenderán que las cosas huelen si se pudren bajo la cama. El periodista suspiró y meneó la cabeza con pesadez. Pensamientos sombríos y retazos de hechos desagradables poblaban su mente, como cuando aquellos jóvenes de azul acamparon ante la Audiencia Nacional y la armaron. Sobre la mesa descubrió el álbum de fotos que la madrugada anterior había hojeado en el sofá. Sus tapas eran de color rojo.

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