El Misterioso señor Waye
Percival C. Wren
Century Carroggio
Derechos de autor © 2023 Century Publishers s.l.
Reservados todos los derechos.Introducción: Juan LeitaTraducción: Santiago Carroggio
Contenido
Página del título
Derechos de autor
Introducción al autor su época y su obra
Nota del autor
El Prólogo Prehistórico de una historia moderna
LIBRO PRIMERO
CAPÍTULO PRIMERO
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
Epílogo DEL LIBRO I
LIBRO SEGUNDO
CAPÍTULO PRIMERO
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
EPÍLOGO DEL LIBRO II
Introducción al autor su época y su obra
Por Juan Leita
La magia del cine, con sus características peculiares y únicas de vida y movimiento, ha tenido siempre la virtud de llevar a su mundo los mejores argumentos que la fantasía de los escritores ha creado. No solamente ha hecho revivir casi en seguida las grandes novelas que han obtenido la simpatía y la aceptación del público, sino que muchas veces su esfuerzo ha contribuido a hacer más famosa la obra literaria y conseguir que el espectador se acercara a la narración o ala novela de la cual ha surgido la película. Resultan prácticamente innumerables los casos que podrían citarse al respecto. Sin embargo, bastará aquí aludir a un hecho como ejemplo vivo y destacado de esa labor que ha llevado a cabo el cine en incontables y sucesivas ocasiones.
En 1939 Hollywood, el centro más importante de la industria cinematográfica, realizó una cinta de aventuras que iba a convertirse en el enorme deleite de todos aquellos, mayores y pequeños, que eran apasionados amantes de la intriga y de la emoción. Para el personaje principal se eligió al mejor actor que ya por entonces se había consagrado como ídolo indiscutible del gran público. Se trataba de un hombre de elevada estatura y magnífica presencia física que había interpretado numerosas veces el papel de cowboy y que ahora encarnaría el de un valiente y noble legionario. Su nombre era Gary Cooper y difícilmente puede ser olvidado por quienes son fervientes aficionados al séptimo arte. Para el personaje secundario de un sargento terriblemente severo, ambicioso y próximo a la locura, se pensó en un célebre actor que se había especializado en papeles de hombre duro, llamado Brian Donlevy, mientras que los hermanos del protagonista eran encarnados por nombres tan famosos en la historia de la cinematografía como Ray Milland y Robert Preston. La dirección de la cinta fue confiada a un experto conocedor de la técnica de este género de films: William A. Wellman.
La acción de la película se iniciaba con una intrigante escena que rápidamente captaba la atención del espectador: un pelotón de legionarios se acercaba a una fortaleza situada en pleno desierto, observando con asombro que múltiples soldados estaban apostados entre las almenas, absolutamente inmóviles y apuntando con sus fusiles, como si esperaran el ataque de un enemigo que no aparecía por ninguna parte. Una densa columna de humo se elevaba posteriormente desde el interior de la fortaleza y nada permitía adivinar el drama que allí se había desarrollado. El título del film era Beau Geste y susimple nombre evoca un grato recuerdo en todos aquellos que tuvieron la suerte de verlo.
Gracias a esta versión plástica, debida al prodigio incomparable del cine, el nombre de un novelista iba a hacerse mucho más famoso en todo el mundo. No solamente Beau Geste iba a ser leída con avidez por los mismos que ya habían vivido su trama en la pantalla, sino que muchas otras obras del mismo autor alcanzarían un resonante éxito. Las aventuras de los legionarios se extenderían en otros títulos como Beau Sabreur y Beau Ideal,de modo que la fama del novelista atravesaría numerosas fronteras, conociéndosele muy pronto como el creador de emocionantes relatos sobre la Legión Extranjera francesa. Su nombre era P. C. Wren y la literatura juvenil le debe una importante y considerable aportación.
EL MILITAR ESCRITOR
Nacido en Devonshire (Gran Bretaña) en el año 1885, Percival Christopher Wren cursó sus estudios universitarios en Oxford, llegando a graduarse y dando muestras de notables aptitudes para las letras. La vida del autor de Beau Geste,como ha ocurrido a menudo con muchos otros escritores, no se pararía no obstante en una pacífica situación de estudio o de tranquila dedicación al campo erudito y literario. Por el contrario, la más variada gama de actividades aparecería en el transcurso de su intensa y más bien corta existencia, ya que viviría únicamente hasta los cincuenta y seis años de edad.
Durante cierto tiempo abordó las tareas de la enseñanza, siendo maestro de escuela e incluso director de un colegio. Sin embargo, su tendencia innata a la aventura y a la exploración de los campos más diversos lo llevaría a introducirse y a experimentar sus propias posibilidades en los terrenos más inesperados. Sus biógrafos nos refieren con asombro la capacidad casi ilimitada de Wren para probar fortuna en diferentes oficios y trabajos. Sabemos que fue sucesivamente boxeador, comerciante, cazador de fieras, explorador y periodista. Al estilo de Mark Twain, de Robert L. Stevenson y de tantos otros autores, Percival C. Wren se sintió arrastrado por su íntimo impulso a la indagación práctica de los lugares más ajenos a su patria y de los ambientes más distintos.
Una carrera específica, no obstante, sería la que marcaría en concreto sus pasos y la que le daría en realidad los medios para realizar sus aspiraciones como incansable viajero y como autor de una serie de aventuras basadas en hechos auténticos y en su propia experiencia: la carrera militar. Desempeñando un cargo de funcionario público y adscrito al servicio de Instrucción de la India, Wren entró a formar parte en el cuerpo de oficiales de reserva de aquella colonia. Al principio sirvió en el ejército inglés e indio. Sin embargo, a raíz de la primera Guerra Mundial y habiendo obtenido el grado de comandante, su actividad militar se desarrollaría durante un importante período en la Legión Extranjera francesa. Hasta 1917 permaneció en varios puntos clave de África Oriental y Septentrional. Este fue el acontecimiento decisivo de la vida de Wren que lo induciría a plasmar por escrito las vicisitudes y los caracteres sumamente diversos que había visto y observado con especial atención.
En efecto, después de algunas tentativas literarias entre las que cabe destacar Dew and Mildew,aparecida en 1912,y Snake and Sword, publicada dos años más tarde, su nombre como escritor fue consagrado por un apasionante relato de la Legión titulado The Wages of Virtue (El salario de la virtud) que vio la luz en 1916. Desde entonces un nuevo género de aventuras se abriría paso en el campo de la literatura juvenil: el mundo abigarrado e insólito de los legionarios ofrecía un vasto material para desplegar las más emocionantes intrigas y peripecias.
P. C. Wren se dedicó desde aquel momento con ferviente y asidua laboriosidad a la confección de nuevas tramas e incidencias ocurridas en el mismo marco a la vez original, grandioso y repleto de posibilidades. El autor poseía un profundo conocimiento de la vida africana, así como de la inmensa variedad de individuos que habían acudido a la Legión para olvidar o en espera de perdón por algún delito cometido, y ello le proporcionaba una inagotable fuente de argumentos y de historias personales oídas de labios de los propios soldados. El género iniciado por Wren obtuvo en seguida gran aceptación y fue asumido por muchos imitadores. No obstante, aquel creador tenía una considerable ventaja sobre los demás escritores de estilo parecido: haber sido él mismo legionario y poder escribir fundamentalmente acerca de lo que había conocido.
En un mismo año, 1917, aparecieron The Young Stagers y la novela Stepsons of France (Los hijastros de Francia),que logró un éxito resonante. La enorme viveza de las escenas, la lógica férrea con que se traban los episodios y la atractiva notoriedad de los personajes que desfilan muchas veces como auténticas historias vivas conferían a las obras de Wren un interés y una fascinación notables. Con todo, había que esperar aún la célebre serie de los «Beau» para que su fama fuera completa dentro del sugestivo y apasionante género de aventuras.
En 1924 se publicó la novela que debía dar a su autor la máxima popularidad. Apenas ver la luz, Beau Geste se convirtió inmediatamente en un best-seller,consagrando a Percival C. Wren como un novelista consumado dentro de su categoría literaria. La perfecta técnica narrativa de la obra y la sorprendente novedad de la temática cautivaron muy pronto a un público lector cada vez más amplio. Por otra parte, las diversas y espléndidas adaptaciones cinematográficas contribuyeron decisivamente a incrementar la fama del militar escritor. La historia del ciudadano inglés que por enigmáticos motivos se alista en la Legión Extranjera francesa no solo sirvió de base fundamental a la obra más celebérrima de Wren, sino que se extendió sucesivamente en las novelas tituladas Beau Sabreur y Beau Ideal,publicadas respectivamente en los años 1926 y 1928.
La famosa novela, que aclara el misterio de por qué tres hermanos se enrolaron en la más férrea organización militar y su posible relación con el robo de una inestimable piedra preciosa en su mansión familiar de Inglaterra, alcanzó un éxito notable y tanto jóvenes como mayores se imbuyeron con placer en la lectura de aquellas fascinantes incidencias. La actividad de Wren como escritor aumentó considerablemente en los últimos doce años de su vida, apareciendo numerosísimas obras entre las que destacaron principalmente Soldados de infortunio (1928), El misterioso señor Waye (1930), The Fort in the Jungle (El fuerte en la jungla, 1936) y The Disappearance of General Jason (La desaparición del general Jason, 1940). A su muerte, acaecida el 22 de noviembre de 1941, el prestigio obtenido por Percival Christopher Wren en el marco de las novelas de aventuras era internacionalmente reconocido. Las ediciones de sus obras se habían repetido varias veces y las traducciones eran continuas a los idiomas más importantes del mundo. La literatura juvenil se había enriquecido con unas narraciones técnicamente impecables y con unos argumentos repletos de brío, intensidad y emoción.
EN UN MUNDO MELODRAMÁTICO
Percival C. Wren no solo fue el famoso creador de un género de aventuras especializado en la Legión Extranjera, sino que abordó también otros tipos de relatos, aunque fueran siempre dominados por las características comunes de la intriga y de la emoción.
El misterioso señor Waye,por ejemplo, se aparta por completo de las vicisitudes y aventuras vividas por los legionarios, para centrar su acción en un marco que podría encasillarse más bien dentro del género detectivesco, policíaco o propio del gangsterismo americano. La trama gira en torno a una valiosísima piedra preciosa, llamada «Sol Esplendoroso», sobre la cual recayó en tiempos antiguos una terrible maldición: todas las personas que la poseyeran serían objeto de alguna desgracia y caerían bajo el azote de tremendos maleficios. Únicamente el protagonista será capaz de escapar a este influjo maléfico, llevando a cabo al final una acción generosa que librará a los demás hombres de los males que procura el fantástico diamante. La intriga y el suspense son elementos que, como en todo buen relato criminal, sazonan el argumento de Wren, aunque el interés se dirige la mayoría de las veces a las penosas peripecias humanas que provocan vivos sentimientos en los personajes.
Por su parte Soldados de infortunio,a pesar de que en la última fase de la novela se vuelva al ámbito concreto de la Legión Extranjera como remate conclusivo de las desventuras del protagonista, aborda con mayor extensión el campo duro y a la vez resbaladizo del boxeo, que P. C. Wren conocía también por propia experiencia. El relato consiste prácticamente en la narración de la vida de un boxeador, Otho Bellême, cuyos buenos y quijotescos sentimientos no harán más que proporcionarle continuos infortunios. La variedad y la viveza de las escenas, gracias a la posibilidad de constantes y súbitos cambios de cuadros, logran suscitar en esta obra un notable y vívido interés.
Cualquier lector advertirá, sin embargo, que el mundo en que se mueven estas dos últimas novelas, a diferencia del de Beau Geste,mucho más recio y enérgico, posee unos rasgos claramente melodramáticos. La acción acusadamente azarosa y las situaciones notablemente emotivas desempeñan una función principal, mientras que los personajes dan muestras de una psicología un tanto primaria y extrovertida. Por lo general, lo que priva con mayor fuerza son los aspectos sentimentales, próximos en algunas ocasiones a lo patético. Existe una cierta emotividad, hasta el punto de que en varios momentos nos puede dar la impresión de que nos acercamos al género realista, al estilo de antiguos autores como M. G. Lewis o Paul Féval.
En descargo de P. C. Wren, no obstante, es necesario hacer aquí una breve reflexión sobre la verdad o la falsedad de las formas estrictamente melodramáticas. Es un tópico afirmar, por ejemplo, que la historia realista se aproxima más a la verdad de la vida, en tanto que prescinde de sentimentalismos y tiende a exponer crudamente el contenido, las causas auténticas y las consecuencias reales de una situación determinada. Fue otro gran autor inglés, Gilbert K. Chesterton, quien explicó este punto con especial inteligencia: «La historia realista es ciertamente más artística que la historia melodramática. Si lo que se desea es un hábil manejo, unas proporciones delicadas, una unidad de atmósfera artística, la historia realista tiene una gran ventaja sobre el melodrama. Pero, al menos, el melodrama posee una indiscutible ventaja sobre la historia realista. El melodrama es mucho más parecido a la vida. Es mucho más como el hombre y, especialmente, como el hombre pobre. Es algo muy trivial y muy inartístico oír cómo una mujer pobre dice en el escenario del teatro Adelphi: “¿Pensáis que pretendo vender a mi hijo?”. Sin embargo, las mujeres pobres del camino real de Battersea afirman: “¿Pensáis que pretendo vender a mi hijo?”. Lo dicen en todas las ocasiones que se les presentan. Podéis oír una especie de murmullo o cuchicheo de esta frase de un extremo a otro de la calle. Es un arte muy desbravado y flojo (si todo se resume en esto) oír cómo el obrero se enfrenta a su amo y le dice: “Yo soy un hombre”. Pero un obrero dice: “Yo soy un hombre”, dos o trescientas veces cada día. De hecho, resulta aburrido probablemente oír a hombres pobres haciéndose los melodramáticos detrás de las candilejas. Pero la razón de ello es que se los puede oír siempre haciéndose los melodramáticos fuera, en la calle. En resumen el melodrama, si causa modorra, es porque es demasiado exacto… Si queremos establecer una base firme para cualquier esfuerzo en favor de los hombres, no nos hemos de hacer realistas y verlos desde fuera. Nos hemos de volver melodramáticos y verlos desde dentro. El novelista no ha de sacar su carnet de notas y afirmar: “Yo soy un experto”. No. Él ha de imitar al trabajador del drama del Adelphi. Ha de golpearse el pecho y exclamar igualmente: “Yo soy un hombre”».
Como fruto de su experiencia directa y de su contacto con la vida, Percival C. Wren se contagió también de la realidad y contó las cosas del modo como las había visto y oído cientos de veces en el mundo, en los ambientes de fuera, en la calle. Repitió por escrito lo que había captado en innumerables ocasiones por boca de personajes reales, de seres de carne y hueso. No hizo un estudio amorfo, tomando notas en su carnet con la pretensión de convertirse en un experto. No observó los hombres desde fuera sino que, como novelista, los vio desde dentro e imitó exactamente sus frases y sus reacciones emotivas. Por esto sus obras resultan melodramáticas. De ahí que, aunque nos parezcan exageradas, excesivamente azarosas y demasiado sentimentales, sea innegable que son muy parecidas a la vida y que se asemejan mucho al hombre. De hecho son una afirmación de humanidad, llana y simplemente hablando.
EL INTERÉS DE LO CONCRETO
Estrechamente relacionada con este último aspecto, una característica destaca sobre todo en las creaciones literarias de P. C. Wren: al ser fieles reproducciones de experiencias y de trozos de realidad, sus novelas no hablan nunca en abstracto ni hacen ninguna clase de teorización con el fin de demostrar algo. Aun escribiendo historias de aventuras, son pocos los autores que escapan a la recóndita tendencia a hacer un juicio crítico y a dar su visión generalizada de la vida y del mundo que han recorrido. Wren, por el contrario, se interesa por lo concreto y pretende antes que nada acercarnos de la forma más vívida posible a unas situaciones y a unas escenas determinadas. Cuando formula interrogantes, por ejemplo, no es para hacer consideraciones abstractas sobre la vida o sobre la muerte, sino para hacernos penetrar en el mismo interior del personaje y del momento descrito: « ¿Por qué tenían todos la inmovilidad de las imágenes? ¿Cuál sería la razón de que el fuerte estuviese tan absoluta y horriblemente silencioso, y de que no se percibiese ni un solo movimiento a la luz de aquel sol de amanecer? ¿Qué explicación tendrían aquel silencio, propio de una tumba o de un osario, y aquella inmovilidad?… ¿Era aquello una pesadilla en la que estaría condenado a rondar, privado de voz e invisible, en torno a indeterminables muros y esforzándome en llamar la atención de los que jamás se darían cuenta de mi presencia?» (Beau Geste). Cuando describe un hecho, por más duro que sea, nunca incurre en divagaciones críticas ni se extiende en reflexiones ponderativas, sino que se limita a transcribir la realidad con la mayor exactitud posible: «Entonces aprendimos lo que realmente significa una marcha y por qué la Legión es conocida en el XIX Cuerpo de Ejército como la caballería a pie. Las marchas eran extraordinariamente largas y a razón de cinco kilómetros por hora. Estas marchas, realizadas por los caminos de Inglaterra y con el clima inglés, habrían parecido heroicas. Pero sobre arena y sobre las piedras del desierto, bajo el sol africano y con el pesado equipo de legionario, que incluye la tela de la tienda, leña, una manta y un uniforme de recambio, resultaban empresas de titanes» (Beau Geste). Cuando la acción se aproxima a un lugar nuevo, siempre alude a datos precisos y a detalles indicativos, en medio de una útil valoración subjetiva: «Al amanecer de una magnífica mañana, divisamos el puerto de Orán, en Argelia, lo cual era un magnífico espectáculo, con su maravilloso fondo de las altas montañas del Atlas, cuyas cimas estaban teñidas de rojo por el sol naciente. Las casas de blancas azoteas se extendían una tras otra desde la orilla del agua y se encaramaban por los acantilados, de modo que Orán, visto a aquella hora, era bellísimo e inolvidable» (Soldados de infortunio). Wren, pues, siempre está abocado a lo individual y palpable, tanto por lo que se refiere a las situaciones y personajes descritos como por lo que atañe a la observación de los escenarios en los que transcurren las tramas.
En este sentido, vuelve a ser provechosa la aportación de un texto de Gilbert K. Chesterton que nos explica el valor y la importancia de este interés por lo concreto: «La verdad es que la exploración y el engrandecimiento hacen el mundo más pequeño. El telégrafo y el vapor hacen el mundo más pequeño. El telescopio hace el mundo más pequeño. Solamente existe el microscopio que lo hace más grande. Dentro de poco el mundo se dividirá en dos a causa de una guerra entre telescopistas y microscopistas. Los primeros estudian grandes cosas y viven en un mundo pequeño. Los segundos estudian cosas pequeñas y viven en un mundo grande. Resulta inspirador, desde luego, recorrer la tierra en un automóvil zumbador, sentir que Arabia es un remolino de arena o China un resplandor de campos de arroz. Pero Arabia no es un remolino de arena ni China un resplandor de campos de arroz. Son antiguas civilizaciones con extrañas virtudes enterradas como tesoros. Si deseamos comprenderlas, no ha de ser como turistas o investigadores. Ha de ser con la lealtad de los muchachos y con la gran paciencia de los poetas».
Percival Christopher Wren, por supuesto, pertenece al bando de los microscopistas. Con sus constantes viajes y sus continuos cambios de ambientes, se dedicó a observar las cosas más pequeñas, haciendo al mismo tiempo que el mundo fuera más grande. No le inspiraba pasar a toda prisa, con el único deseo de tener una impresión fugaz y generalizada de los diversos países que visitó. Lo que quería era acercarse lo más posible a las civilizaciones de la humanidad, para captar sus virtudes y sus tesoros escondidos. No viajó como un turista. No hizo una labor abstracta de investigador. No vio el desierto africano como un simple remolino de arena, sino que abordó la literatura juvenil para acercarse a estos mundos con la misma lealtad de los muchachos y considerarlos con la gran paciencia de la aproximación afectiva. Por esto la lectura de sus obras resulta tan interesante y tan repleta de viva emoción.
Nota del autor
La realidad es más extraña que la ficción, hasta tal punto, que el autor de un libro de aventuras imaginarias corre gran peligro de perder su reputación si se permite la libertad de decirla o incluso de solo intentarlo.
Así pues, el autor quiere hacer constar que el más improbable, increíble e imposible de los sucesos narrados en este libro es cierto, y que todos los demás están basados en hechos reales.
Es decir, que los personajes de esta historia han existido en realidad y cuanto les sucede ha ocurrido efectivamente en su vida real, aunque en distinta época y lugar, y no con la coherente ilación descrita en el libro.
Por ejemplo, el episodio más absurdo e increíble de todos, el que refiere la fuga de la cárcel de un hombre que, sin otra ayuda que sus manos, se adueñó, dirigió y por una noche entera gobernó aquella prisión, se refiere a un acontecimiento verdadero, que ocurrió en la Penitenciaría de Oklahoma, en Little Rock, el 8 de diciembre de 1920; en aquella ocasión un condenado, llamado Thomas Slaughter, número 17.556, hizo precisamente lo que se refiere en este libro.
En realidad, y como observó ya Oscar Wilde, la «ficción no se atreve a ser tan extraña como la verdad».
Pero, en resumidas cuentas, ¿qué importa, siempre y cuando la historia sea interesante?
El Prólogo Prehistórico de una historia moderna
Muk, hijo de Nur, encontró la Piedra Irrompible cuando buscaba pedernales apropiados para fabricar armas: flechas, lanzas, hachas y cuchillos de piedra. Complacido al observar su tamaño, forma, aspecto y extraña dureza, se guardó la piedra en su zurrón de piel de cabra, cosido con tiras de cuero.
Sentado aquella tarde a la entrada de su caverna, atendiendo a sus clientes en calidad de armero de la tribu, ívluk se esforzó en romper la curiosa piedra y, a pesar de que picó su amor propio como artífice en romper piedras y darles forma, observó que aquella era absolutamente irrompible. En vista de ello tomó unos cuantos tendones de animales y con algunas cuñas sujetó la piedra en cuestión a un mango hendido por un extremo. Semejante instrumento de trabajo fue causa de que alcanzase una gran fama y considerable fortuna, como artífice en pederna de extraordinaria habilidad.
Como era un hombre modesto para su época y posición social, no se abstuvo de atribuir el motivo de su éxito a la herramienta maravillosa que utilizaba. Y en eso cometió un grave error, porque un tal Ug, armero de un clan vecino y uno de los primeros comunistas que hubo en el mundo, se sintió penetrado de la idea de que tenía tanto derecho como Muk a poseer aquel martillo de cabeza irrompible.
Cierto era que Muk lo había encontrado y, descubriendo su resistencia, había construido la herramienta que luego utilizaría en beneficio del pueblo y también de sí mismo.
Pero Ug, el comunista, estaba dispuesto a «reclamar su derecho» sobre el martillo y a utilizarlo...
Como primer paso, encontró a Muk sentado ante la piedra plana que constituía el mostrador de su tienda y ocupado en dar filo a un montón de trozos de pedernal, que tallaba en forma de varias herramientas y armas, según su tamaño y forma.
-Te saludo, Muk el tallista -dijo Ug.
-Te saludo, Ug, hijo de Neb.
-Dicen que la cabeza de tu martillo es irrompible, Muk. Debe de ser más dura que el pedernal -observó Ug, hijo de Neb.
-Es mucho más dura que cualquier piedra -replicó Muk.
-¿Más que tu cabeza? -preguntó Ug.
-Sin duda -contestó el otro.
-Déjame contemplar esa piedra -rogó Ug tendiendo la mano para tomar el martillo mágico.
Complacido y orgulloso, Muk permitió que su compañero de profesión examinase el martillo.
-¿Más duro que tu cabeza, dices? -preguntó Ug.
Y sin esperar respuesta, golpeó al pobre armero con toda su fuerza.
-No hay duda -añadió, sonriendo satisfecho al observar que la Piedra Irrompible continuaba intacta, en tanto que la cabeza de Muk ya no tenía reparación posible.
Mug, hijo de Ug, que había heredado las teorías comunistas de su padre, no comprendía la razón de que el viejo se quedase con todo el dinero, mejor dicho, con las cálidas pieles de abrigo, los cueros flexibles y útiles, los lomos de venado, el pescado, las aves y otros artículos que entonces eran la expresión de la riqueza y los instrumentos de cambio.
Así, pues, Mug, hijo de Ug, se acercó un día, sin hacer ruido, al lugar en que su padre dormía los efectos de una de aquellas bacanales que, como rico capitalista ex comunista, podía proporcionarse; y apoderándose suavemente delfamoso martillo, que estaba bajo su cuerpo, lo utilizó con Ug precisamente del mismo modo que este lo había empleado con respecto a Muk.
Pero Mug, a su vez, se vio privado de su tesoro con la mayor facilidad e ignominia.
La hermosa Mel, hija de Ob, sonrió a Mug, le guiñó elojo y, como juego, le arrojó un hueso cuando él pasaba por debajo de su casa o agujero, en el acantilado en que vivía su familia. Tal vez era la quijada de un asno, pero Mug la recogió, la oprimió sobre su pecho y, pasándole una correa, la llevó en adelante colgada del cuello, como prenda de amor y recuerdo altamente agradable.
Y comprendiendo que su repentina pasión amenazaba con ser tan permanente como agotadora, Mug puso su corazón, su mano y su fortuna a los pies de la hermosa Mel.
-Ante todo has de probar tu amor y tu habilidad -dijo la tímida doncella-. Y para eso, hasta que hayan terminado las fiestas nupciales, debes permitirme que lleve colgada del cuello la Piedra Irrompible, como señal y prenda de tu amor. Luego, cuando estemos unidos y yo vaya a habitar en tu cueva, la Piedra Irrompible volverá a ser martillo y el origen de nuestra subsistencia. ¿Eres capaz de hacer eso, Mug?
-¡Bah! Es facilísimo -replicó Mug, exaltado y entusiasmado.
Y en un día convirtió la Piedra Irrompible de herramienta en joya, montándola, por medio de una redecilla de tendones, sobre un pedazo de cuero, a fin de que su amada pudiese lucirla sobre la frente o en torno de su hermoso cuello.
Así adornada, Mel huyó aquella noche con otro novio, un tal Nun, poderoso cazador que, muy satisfecho, se dignó aceptar la Piedra Irrompible y al oír la historia de su adquisición prorrumpió en sonoras carcajadas, proferidas con su bronca voz. Y estrechando a la hermosa Mel entre sus brazos, pensó en el último propietario de la piedra y, mientras besaba a su amada, murmuró:
-¡Qué imbécil es Mug!
¡Mas la Piedra Irrompible fue la desgracia de Me!, por que el sumo sacerdote de la tribu de Kush, a la que pertenecía su amado, explicó la existencia de una epidemia virulenta como manifestación de la cólera de los dioses. Esta se debía exclusivamente al hecho de que la Piedra Irrompible, sagrada y milagrosa sobre toda ponderación, se hallaba en manos de un seglar no ungido y dedicada a menesteres por demás prosaicos y vulgares.
Por orden del sumo sacerdote, Nun y Mel fueron condenados a una violenta y dolorosa muerte, y la Piedra Irrompible, conocida en adelante con el nombre de Piedra Sagrada, se convirtió en tesoro que se hallaba al cuidado, o mejor dicho, que pertenecía a los dignatarios eclesiásticos de la tribu. Llegó a ser tabú, y en los escondrijos más secretos de las cámaras del tesoro de los oscuros templos permaneció durante mucho tiempo oculta a los ojos del hombre.
Nuevamente la cólera de los dioses, o quizá la falta de alimentación, las malas condiciones higiénicas de la vida o la existencia de la malaria, llevó la enfermedad y la muerte a una tribu vecina. Sus sacerdotes tuvieron la inspiración de pensar que, así como una epidemia semejante había sido contenida en el valle deKush gracias a la llegada y presencia de una piedra santa, la famosa Piedra Sagrada de Kush, loque convenía hacer era pedir, obtener prestada, comprar o robar la piedra en cuestión, e instalarla en su templo para complacer a los irritados dioses y lograr que se apaciguase su cólera.
Como los hombres de Kush no se dejaron persuadir para dar, prestar o vender la Piedra Sagrada, no quedaba más recurso que apoderarse de ella. Por consiguiente, los sacerdotes del apestado valle mandaron un mensaje diciendo que, como la necesidad no conoce ley y su situación era muy apurada, harían caso omiso de los nueve puntos de la ley de posesión y la Fuerza sustituiría al Derecho.
Siguió muy pronto la guerra, murieron hombres a centenares y algunos millares quedaron mutilados, y en las varias incidencias de la lucha ambos valles fueron pasados a sangre y fuego y sufrieron la epidemia y el hambre.
Al fin, un poderoso cabecilla, que observó la debilidad de las dos luchadoras y destructoras tribus, cayó sobre ambas, las aniquiló, dio el nombre de Paz a su hazaña y se marchó en compañía de la Piedra de la Discordia, la famosa Piedra Sagrada, con motivo de la cual habían de guerrear las naciones.
2
Ignoramos quien le dio el nombre de «Sol Esplendoroso» y en qué época fue bautizada de tal modo. De cuando en cuando desaparecía, durante largos períodos, de la mirada de los hombres, tal vez oculta en alguna cámara del tesoro o tumba de un rey o emperador; y de vez en cuando su resplandor inefable y jamás igualado despedía sus rayos fantásticos y funestos sobre alguna gran guerra, un horrible asesinato, una traición inaudita, una invasión o una matanza horrible de que su extremada brillantez era responsable; o, mejor dicho, las culpables eran la codicia y la avaricia humanas, capaces de cualquier crimen con tal de apoderarse de aquella piedra de brillo maravilloso.
Lo que sabemos de la historia del «Sol Esplendoroso» es que resplandeció en la antigua China, en el viejo Siam, en la India, en Persia, en la Rusia medieval, en Austria, y finalmente en América; y que allí, de nuevo, repentinamente y con el mayor misterio, desapareció del conocimiento y de la vista de los humanos.
Además de la escasa colección de hechos históricos referentes al «Sol Esplendoroso», hay una cantidad extraordinaria de leyendas que, como siempre, tienen una base y un sustrato de realidades y de verdades.
La fama de este brillante extraordinario corría de boca en boca en Babilonia, pues allí era la pieza más gloriosa del tesoro de Ciro, el gran rey; de Atosa, su hija, y de Darío, su marido; también de Jerjes, su hijo, y de Ciro el Joven. Después de la batalla de Cunaxa pasó a Grecia en el zurrón de piel de cabra de un soldado; fue vendida por una canción y llevada a Egipto; Cleopatra la ciñó sobre las sienes de Marco Antonio embriagado; deslumbró a Palmira de Zenobia; luego fue a parar a manos del khan de Tartaria; la poseyó Saladino; deleitó las miradas de Marco Polo y el Gran Shah la conquistó al Gran Turco. Y así, sucesivamente, se contaban otras cien escenas y hechos semejantes.
Verdaderos o falsos, reales o imaginarios, todos los incidentes y todas las narraciones de la Historia y de la Leyenda referentes a esa piedra, que es uno de los más grandes, más puros y más hermosos diamantes que el mundo ha visto, constituyen una serie de maldades, de derramamientos de sangre, de crímenes, de pecados, de vergüenzas y de dolores. E indudablemente siempre fue conocida como piedra funesta, si bien pocos se detuvieron a considerar si realmente era una piedra que acarreaba la desgracia o si la codicia y la maldad del hombre eran las que traían aparejada la desdicha con su posesión.
3
Sin duda alguna, la más insistente y, tal vez, interesante de todas las leyendas relacionadas con el «Sol Esplendoroso» es la que refiere la maldición del Sumo Sacerdote de uno de los faraones.
Esta maldición cayó sobre la piedra después de haberse cometido un crimen que, al mismo tiempo, era una traición horrible por parte de la esposa del faraón y de su amante, el capitán de su real guardia de corps. Esos dos individuos, que gozaban de la estimación y de la confianza del faraón, le asesinaron para apoderarse de la joya, con la que huyeron de Egipto.
La maldición del Sumo Sacerdote, públicamente hecha, fue repetida y llegó a enormes distancias, pues los mercaderes de Alejandría cuidaron de que se difundiese hasta los confines de la tierra; y aquel anatema declaraba que la piedra y todos sus dueños quedarían malditos para siempre.
Y nada sería capaz de hacer desaparecer aquella maldición sobrehumana, más que un hecho sobrehumano: que un hombre, que el mundo no conoce, poseedor de la piedra gracias a un derecho justo y honroso, voluntaria y libremente, impulsado por su propia virtud, destruyese la preciada joya y con ella la maldición que llevaba aparejada.
LIBRO PRIMERO
PRIMERA PARTE
EL EXTRAORDINARIO Y MISTERIOSO ASESINATO DEL SEÑOR WEBB, DE WITHERBY END
CAPÍTULO PRIMERO
El señor Theo Webb, de Witherby End, aspiraba a ser considerado como uno de los grandes del lugar y sentía honda satisfacción al ser confundido con un noble muy conocido, excelente deportistapor más señas, a quien en algunos detalles se parecía ligeramente y sobre todo a cierta distancia. Cuanto mayor era esta, más grande también resultaba el parecido, quizás a causa de que la lejanía prestaba cierto encanto al aspecto del señor Theo Webb.
Este habría tenido más probabilidades de ser reconocido como un gentilhombre, si no lo hubiesen impedido su ligero pero indudable acento extranjero y el poco tiempo que llevaba viviendo en el condado. También influían en contra una serie de circunstancias, tales como no haber montado a caballo a su llegada a Witherby End, por no serle posible, así como su ignorancia absoluta en todo lo referente alganado y a la agricultura, a la vida en el campo y al carácter de las gentes de aquella comarca.
A pesar de eso, el señor Theo Webb representaba muy bien su papel, especialmente cuando se hizo vestir por uno de los mejores sastres ingleses.
Hombre corpulento, recio, rubicundo, de afeitado rostro y ojos azules, cabello gris y rizado, papada de color rosado y bien cuidadas patillas, carácter abierto y buen humor. Por su aspecto honorable, habría podido servir de modelo para un retrato del mismísimo John Bull.
Vestía un traje gris de montar, llevaba sombrero y una chaqueta de grandes botones; en el ojal superior lucía siempre una flor blanca cultivada por su admirable jardinero; y cuando aparecía en las grandes cuadras de su posesión y golpeaba con su látigo de montar las perneras de sus pantalones, podía tomársele casi por la imagen del propietario rural inglés.
Pero, solo hasta que abría la boca...
El señor Theo Webb, rico y conocidísimo propietario de caballos de carreras, era admirado, respetado y muy popular entre todos aquellos que llegaban a conocerle.
Aunque es preciso confesar que lo conocían muy pocas personas. También conviene tener en cuenta que relacionarse con la sociedad rural inglesa es tarea lenta y dificultosa, y más todavía cuando se trata de una persona, por rica y admirable que sea, que aparece de pronto, sin que se sepa de dónde, y que, al no tener a nadie que la avale, carece del apoyo necesario para introducirse en la sociedad. En cambio, nadie podía negar el hecho de que el señor Webb era querido por sus arrendatarios, por los que estaban asociados a sus negocios, por los comerciantes, empleados y, en una palabra, por sus inferiores; era el tipo de hombre a quien el jefe de estación, el revisor, el guardia y el mozo, así como el conductor del taxi, el camarero, la camarera y todos los criados del hotel, los muchachos que cuidan de llevar los bastones de golf, los monteros, jockeys, lacayos, mozos de cuadra, jardineros, ayudas de cámara y mayordomos, hablan con respeto, consideracióny admiración, rayanos en la reverencia y el afecto.
Y no porque el señor Theo Webb, de Witherby End, tuviese lacayos o mayordomos, porque, según explicaba, no le gustaban los criados del sexo masculino en su casa, aunque no daba ninguna razón para justificar este prejuicio.
Sin embargo, era evidente que no ponía ninguna objeción a los criados en su calidad de tales, porque de acuerdo con lo que observaron algunos de sus huéspedes y visitantes, tenía un gusto muy refinado acerca de las camareras. Su ama de llaves era notablemente hermosa, la doncella que recibía las visitas, muy bonita; la cocinera, una mujer regordeta que encantaba los ojos de todo el mundo; sus camareras, lindísimas; hasta la pinche de cocina era una moza de muy buen ver.
2
Una fresca noche de junio, el señor Webb estaba sentado, cómoda y correctamente, ante un hogar en donde ardían unos troncos y cuyo fuego alumbraba la espléndida biblioteca. Witherby End era una magnífica mansión inglesa, amueblada con exquisito gusto, gracias a haber sabido aprovechar todas las ocasiones que ofrecieron unos famosos mueblistas de Londres, sin reparar en gastos siempre que se tratase de muebles de época. En aquella gran estancia, destinada a biblioteca, el señor Webb hacía todo menos leer.
Allí dormitaba largos ratos después de cenar, porque tenía la costumbre de vaciar una botella de excelente vino de Oporto, que empezaba en la mesa con el postre y terminaba después repantigado en su sillón, para recobrar las energías perdidas en la ardua tarea de yantar, con otra botella y soda.
El señor Webb creía que una botella de Oporto, seguida de media botella de whisky, le proporcionaba un magnífico sueño, si bien admitía con la mayor franqueza que tal vez a ello contribuía lo que bebía durante la cena y antes del Oporto. Este sueño profundo y agradablemente procurado empezaba, de un modo invariable, en el cómodo y profundo sillón de la biblioteca y ante el fuego, y con gran frecuencia continuaba hasta altas horas de la noche.
En cierta ocasión, y en la noche de su último sueño en aquel sillón o en otro cualquiera, el señor Webb se despertó de pronto, sobresaltado, al ver ante él a un hombre alto, de ojos grises, de rostro oscuro y afeitado, y cubierta la cabeza de cabello canoso; era un desconocido...
Pero no, no lo era. Estaba en pie ante él y sobre la alfombra inmediata del hogar; tenía una mano metida en el bolsillo de la chaqueta y la otra apoyada con negligencia en su cadera. Lo miraba frunciendo los labios, que luego se distendieron lentamente en una desagradable y sardónica sonrisa, en tanto que el señor Webb, con rostro cada vez más pálido y los labios casi exangües, murmuraba un nombre.
El desconocido movió con lentitud la cabeza para afirmar y sonrió de un modo más desagradable todavía con sus labios delgados y de amarga expresión.
-Buenas noches, Spider (Araña) -saludó el recién llegado con voz suave. Y con expresión cruel y salvaje, a pesar de su tono apacible y de sus maneras corteses, añadió-: Es un placer inesperado para usted... ¿eh, Spider Schlitz? Y al ver que el señor Theo Webb se disponía a levantarse y apoyaba las manos en los brazos del sillón, continuó diciendo:
-¡No se mueva usted, perro maldito! No se mueva... todavía.
Al mismo tiempo, la mano que tenía oculta en el bolsillo de la chaqueta se movió ligeramente hacia el señor Webb. El dueño de la casa obedeció dócilmente, porque no tenía la menor duda de que el abultado bolsillo contenía algo más que una mano.
-Reclínese en el respaldo del sillón... Póngase cómodo... mientras charlamos un poco, Spider Schlitz. Así me gusta, señor... Y ahora apoye las manos sobre su exuberante estómago, de modo que yo las vea.
El señor Theo Webb humedeció sus resecos labios.
-¿Cómo ha entrado usted aquí? -preguntó con voz menos segura que de costumbre.
-Vine paseando -contestó el otro en tono tranquilo.
-Al parecer conoce usted muy bien el camino.
-Perfectamente. Si las mujeres que componen su harén tuviesen tanta inteligencia como belleza, no estaría yo aquí.
El señor Webb hizo un esfuerzo por serenarse y con expresión sedienta miró en dirección a la pirámide de botellas.
-Oiga usted -dijo-. Estoy casi dormido. ¿Qué desea?
¿Por qué no ha venido en pleno día, entrando por la puerta principal? ¿Por qué no me escribió o llamó por teléfono? Pero en fin, ¿para qué ha venido? ¿A traerme, quizá, mi parte en el negocio de St. Clair?
-¡Cállese usted! -gruñó el visitante-. Conmigo no valen bromas. ¿Se figura que podrá engañarme? ¿Que para qué he venido? Pues para obtener lo mío y para darle austed lo suyo... Yahora, perro maldito, sabandija indecente, no se ande con rodeos y hable claro. ¿Dónde está el brillante?
El señor Webb se echó a reír con expresión sarcástica.
-¿Amíme pregunta eso? ¿A mí? ¿No sabe usted, imbécil o embustero, que Simón se lo quitó al Tío y huyó con él?
Y,movido por su justa indignación y por la cólera, la mano derecha del señor Webb abandonó la izquierda y se deslizó a su costado.
-Sí -replicó burlonamente el visitante-. ¿Y quién mató a Simón? Fue usted... ¿Quién sino usted le habría dado muerte? ¿Quién, sino usted y yo sabíamos que el Tío tenía a su cuidado el brillante y que Simón se quedó con él?
-Sin duda. Como dice muy bien, solamente usted y yo...
Y a pesar de eso tiene la vergüenza de venir aquí, pretendiendo que Simón está muerto y que...
La mano derecha del señor Webb había desaparecido en dirección al bolsillo trasero de su pantalón y en aquel momento su visitante se arrojó rápidamente sobre él, cogiéndolo por el cuello con una mano y agarrándole con la otra la muñeca derecha.
El señor Webb era gordo, tenía el cuello muy grueso y la carne blanda gracias a la buena vida, así como cierta predisposición a la apoplejía. El fuerte golpe que recibió, la mano de acero que agarró su garganta, la rodilla que se apoyó con violencia sobre su estómago y el peso de su poderoso adversario le derrotaron por completo, de modo que, después de muy corta lucha, se dejó arrancar de la mano la pistola que había sacado del bolsillo.
-Las pistolas son chismes muy ruidosos -observó su contrario poniéndose en pie ante el señor Webb, que casi estaba desmayado en su sillón-. De lo contrario, estaría usted muerto ya, Spider Schlitz -añadió-. Yahora saque usted el brillante. No saldré de aquí sin él, y puede creerme, Spider, que si me lo niega, no quedará usted con vida.
-Óigame y no haga ni diga tonterías -exclamó el señor Webb tan pronto como pudo hablar-. No tengo el brillante. Me lleva usted ventaja y, por lo tanto si lo tuviese no me expondría a ser su víctima. Pero le aseguro que está equivocado... ¿Por qué quiere darme a entender que Simón ha muerto y que yo...?
-¡Cállese! -interrumpió el otro con voz apacible pero en extremo amenazadora-. ¡Saque las llaves! ¿Dónde está su caja de caudales?
-En esta misma habitación -replicó el señor Webb-. Y para que se convenza, yo mismo la abriré y le enseñaré mi cajón secreto. Y le demostraré que...
-Vamos a verlo... ¡En seguida! ¡Inmediatamente! -interrumpió el otro.
El señor Webb, con el cañón de su propia pistola oprimiéndole la espalda, cruzó la estancia y se dirigió a la escalera de roble que conducía a una galería situada a tres metros del suelo y que daba la vuelta en torno de la habitación llena de libros.
Subió un par de peldaños y agarró con ambas manos una bola de gran tamaño y de madera muy pulimentada, que coronaba el poste inicial de la baranda, e inclinándose hacia atrás con todo su peso y fuerza, tiró de la bola hacia él cual si quisiera romperla. Se oyó un chasquido y uno de los numerosos y pequeños paneles de madera corrió a un lado. Entonces el señor Webb hundió en la abertura su temblorosa mano.
-Si toca usted un timbre o hace alguna diablura por el estilo le va a costar caro -avisó el otro-; y si el ruido atrae a alguien, me libraré a tiros del intruso.
-Le doy a usted mi palabra de que no le engaño más de lo que usted mismo me engaña a mí, suponiendo que no se disponga a traicionarme -replicó el señor Webb en el momento en que sonaba otro chasquido y se abría una gruesa puerta de roble, de un metro veinte por noventa centímetros, dejando al descubierto la parte delantera de una caja de caudales, que, según habría podido observar cualquiera, era del último y más perfeccionado modelo.
Después de algunos segundos de activo silencio, el señor Webb abrió la pesada puerta y con tres llaves distintas hizo lo mismo en otras tantas puertecillas que cubrían unos compartimientos y que, a su vez, eran arcas de caudales dentro de otra.
-Mire usted -dijo-. Aquí es donde guardo mis objetos de valor y desde luego puede quedarse con todos los brillantes que encuentre.
-Sáquelo todo -contestó el otro secamente-yvacíe esas talegas.
-¿Lo ve? -observó el señor Webb unos minutos más tarde-, ¿está usted convencido?
-Veo que, en efecto, no está aquí -contestó el otro con la mayor frialdad-. Pero ahora escúcheme. No le he pedido que me enseñe el lugar dondeno está...¿Cuál es su Banco? ¿Dónde tiene alquilada su caja de seguridad? Hable claro y no venga con rodeos; y evíteme la molestia de examinar uno por uno los resguardos del Banco.
-No tengo alquilada ninguna caja. Ni tampoco nada guardado en un Banco. Tengo cuenta corriente en la sucursal de Witherby del Banco de Londres y del Norte... Pero parece mentira que no quiera usted creerme, cuando le aseguro que Simón está vivo y que tiene la piedra en su poder. Yo, en cambio, no he visto ese brillante desde que...
-¿Es su última palabra? ¿Se niega a decir la verdad?
-Le juro por la Biblia que... que...
-¿Es su última palabra?
-Aunque fuese mi última palabra en este mundo. Le juro por Dios que...
-Vuélvase de espaldas.
Mientras obedecía el señor Webb, el otro invirtió la posición de la pistola que llevaba en su mano y con la culata le asestó un fuerte golpe detrás de la oreja.
-¡Perro!... ¡Maldito perro embustero y traidor! -gruñó al mismo tiempo.
Y, presa de un acceso de rabia, se arrojó sobre su víctima que, en aquel momento, caía de espaldas y, abandonando la pistola, le atenazó el vigoroso cuello con sus acerados y poderosos dedos.
-¿Querías engañarme?... ¡Imbécil!... ¿Robarme?... ¿No me oyes?... ¿No puedes oírme?... ¿No puedes...? ¡Embustero y traidor!...Ycon cada uno de sus gruñidos y de sus maldiciones o preguntas, sus dedos se hundían más y más en la garganta del señor Webb, cuyo rostro se transformaba rápidamente y cambiaba su color de sonrosado en rojizo, para ponerse luego amoratado y casi negro.
Algunos minutos después, convencido de que su víctima había muerto, el asesino, invadido aún por la rabia, levantó en parte el cadáver y con violencia salvaje y vengativa lo arrojó de nuevo al suelo y, agarrándole ferozmente por el cuello, le golpeó repetidamente la cabeza contra las baldosas.
Por fin, fatigado por su propia violencia, el asesino se puso en pie.
-¿Así que querías robarme? -gruñó de nuevo-. Yyo, entre tanto, tenía que pasarme la vida en la prisión, devorando mi propio corazón en aquel calabozo de piedra, mientras tú te mecías en el regazo del lujo y disfrutabas de tus automóviles, tus coches, tus vinos y tu harén...
Y,en otro acceso de furia, empezó a dar puntapiés al cadáver, con toda la violencia de que fue capaz.
-Ahora ya tienes lo tuyo, Spider Schlitz -dijo dejando de contemplar el cadáver para ocuparse en examinar el contenido de la caja de caudales, donde encontró documentos, libros de cuentas, talegos pequeños y algunas cajas, todo lo cual fue a formar un montón sobre la alfombra. Si aquel cerdo muerto no se había desprendido del«Sol Esplendoroso» cuando lo obtuvo de Simón, sin duda dando muerte a este para quedarse con la piedra preciosa, y si no lo tenía escondido en la casa, era muy probable que lo hubiese depositado en algún banco. En tal caso, se hallaría el recibo entre aquellos documentos. Ysi lo había vendido, ya entero o tallado en piedras menores, habría, en un lugar u otro, una suma enorme de dinero.
Resultaría fastidioso encontrarlo en una forma fácil de identificar o imposible de cambiar... Sin embargo, no era muy probable, tratándose de un hombre como Spider Schlitz, que en cualquier momento podía haberse visto obligado a emprender la fuga. No, un hombre que como él había de estar preparado para huir sin tardar, disponiendo sus cosas en menos de una hora, no sería amigode tener accionesuobligaciones ni valor alguno que necesitase vender por medio de un corredor. Tendría un buen fajo de billetes, que representarían el total o la mayor parte de su fortuna, la cual, en conjunto, se hallaría representadapor valores transportables y difíciles de identificar. Gran valor en volumen poco considerable, es decir, dinero, perlas, brillantes... Con toda seguridad habría una buena cantidad de estos últimos... ¿Y con respecto al brillante de St. Clair? Él solo representaba un valor de más de un millón de dólares.
Mientras reflexionaba así, buscaba con avidez y con hábiles manos, guiadas por la experiencia y por un cerebro inteligente, examinaba rápidamente los documentos, rasgaba los grandes sobres cerrados, desataba paquetes lacrados o abría carteras de piel de gamuza, cajitas de tafilete y otros objetos semejantes, todos los cuales eran sospechosos aunque sin duda demasiado pequeños para contener el enorme brillante.
No. El «Sol Esplendoroso» no estaba guardado en aquella caja de caudales, y al parecer...
De pronto, y rápido como una pantera, el asesino se volvió sobre sí mismo y se puso en pie al oír un leve ruido que había alterado el silencio absoluto de la habitación.
Aspiró profundamente el aire, miró por encima del cadáver de su víctima y en dirección a la puerta de la biblioteca... Aquella puerta... La puerta... Porque, sin ningún género de duda, no solo estaba entreabierta, sino que elpestillo giraba lentamente. Y con todo cuidado y silencio la puerta se cerraba...
La puerta quedó cerrada por fuera... Yen silencio, despacio y suavemente el pestillo volvió a ocupar su primitiva posición.
SEGUNDA PARTE
APARECE EL MISTERIOSO WAYE
CAPÍTULO PRIMERO
La luz suave del sol de la tarde inundaba la hermosa y austera habitación en que el doctor Charters recibía en consulta a sus enfermos. Todo en aquella estancia, a excepción de los instrumentos profesionales que había sobre la mesa, poseía una notable antigüedad, simpática y digna, sin muestras de decrepitud ni de decadencia.
Había unos paneles de viejo roble esculpido, procedentes del monasterio que, reconstruido y transformado, había dado lugar a aquella soberbia mansión. Abundaban las alfombras y tapices persas, los bronces antiguos, las armaduras medievales y las armas de todo tipo, los valiosísimos cuadros y los numerosos libros. Todo ello de un valor incalculable.
Los viejos paneles y los artesonados de roble que quizás oyeron más de mil veces las carcajadas de un abad y de un prior, de un monje y de un fraile, de un caballero o de un escudero, no lograban, sin embargo, en aquel magnífico día de junio, dar a la estancia un aspecto triste o melancólico.
El rincón ocupado por el enorme escritorio del doctor Charters no estaba alumbrado. Y atrincherado allí, el doctor podía permanecer en la sombra y examinar el rostro de cualquier ocupante del enorme sillón iluminado de lleno por la luz que penetraba por la ventana.
Por la estancia revoloteaba un moscardón, zumbando fuertemente, y eso contribuía a acentuar el intenso silencioyla somnolencia que parecían cubrir con un manto la hermosa y vieja casa y el jardín. De pronto el insecto salió por la abierta ventana, dejando la estancia sumida en expectante silencio...
Cuando el reloj, hasta entonces callado, dio las dos, se abrió la puerta, y el doctor Charters entró en el despacho seguido por su secretaria, una joven de tez muy blanca que llevaba en la mano abundante correspondencia.
Después de ocupar su asiento el doctor leyó rápidamente las cartas que habían dejado ante él y, sin pronunciar palabra, las firmó. Luego despidió a la secretaria diciendo:
-Dentro de cinco minutos, que entre la señorita Lauderdell.
El doctor Charters sacó del bolsillo un manojo de llaves sujeto a una cadena de oro, abrió un cajón, sacó un libro que abrió y, reclinándose en el respaldo del sillón, estudió la última anotación hecha en él.
El doctor Charters era, al mismo tiempo, propietario, director y médico principal de aquel lujoso y famoso sanatorio y, como la mayor parte de eminentes médicos de moda, no se parecía en nada a la idea que tiene el vulgo de un hombre de sus cualidades.
Era alto, bien plantado y vestía con suma corrección. A pesar de la moda, y contra lo que podía suponerse, llevaba bigote y barba corrida;