El monte análogo - René Daumal - E-Book

El monte análogo E-Book

René Daumal

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Beschreibung

Pierre Sogol, científico, aventurero y excéntrico, reúne a un grupo de personas para iniciar un viaje hacia el monte análogo; una misteriosa y legendaria montaña que, según suponen, une la tierra con el cielo. Uno de los participantes, Théodore, es el narrador y el encargado de llevar este magnífico diario de la expedición en el que comparte las peripecias de un viaje diferente a todos, un viaje que se transforma rápidamente en una iniciación, una metáfora vital, una aventura única que exigirá de los personajes todas sus fuerzas para lograr la tan ansiada meta de ascensión.

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Seitenzahl: 127

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Capítulo primero, que es el capítulo del encuentro

Algo nuevo en la vida del autor - Montañas simbólicas - Un lector serio - Alpinismo en el Pasagge des Patriarches - El Padre Sogol - Un parque interior y un cerebro exterior - El arte de trabar conocimiento - El hombre que acariciaba los pensamientos a contrapelo - Confidencias - Un monasterio satánico - De cómo un diablo en servicio hizo caer en la tentación a un monje ingenioso - La industriosa Física - La enfermedad del Padre Sogol Una historia de moscas - El miedo a la muerte - A corazón enfurecido, razón de acero - Un proyecto alocado reducido a un simple problema de triangulación - Una ley psicológica

Lo que voy a contar empezó con un sobre, escrito con letra desconocida. En los trazos que formaban mi nombre y la dirección de la “Revista de Fósiles”, en la cual yo colaboraba y desde donde me habían hecho llegar la carta, había una mezcla de violencia y dulzura. Detrás de las preguntas que me formulé sobre el posible remitente y el contenido, un presentimiento vago pero poderoso, me hizo recordar la imagen de la piedra que alborota el agua apacible de las ranas. Y desde el fondo, subiendo como una burbuja, me llegó el reconocimiento de que últimamente mi vida se había vuelto demasiado tranquila. Así, al abrir la carta, no pude distinguir si el efecto que me producía era el de una vivificante bocanada de aire fresco o más bien el de una desagradable corriente de aire.

La misma letra, ágil y prolija, decía de un tirón: “Señor: He leído su artículo sobre el Monte Análogo. Hasta entonces había creído que yo era el único que estaba convencido de su existencia. Hoy somos dos. Mañana seremos diez, o quizás más. Entonces podremos intentar una expedición. Por lo tanto, es necesario que nos pongamos en contacto cuanto antes. Telefonéeme en cuanto pueda a alguno de los números que indico al pie. Quedo a su espera.

Pierre Sogol, Passage des Patriarches, 32, París.

(Seguían cinco o seis números telefónicos a los cuales se podía llamar según las horas del día).

Ya casi me había olvidado de aquel artículo al que se refería el remitente y que había aparecido unos tres meses antes en el número de mayo de la “Revista de Fósiles”. Halagado por el interés de un lector desconocido experimenté sin embargo cierto malestar al ver que alguien tomaba tan en serio, trágicamente casi, una fantasía literaria que si bien en el momento me había entusiasmado, ahora era un recuerdo lejano y frío.

Releí el artículo. Se trataba de un estudio bastante superficial sobre el significado simbólico de la montaña en las mitologías antiguas. Las distintas ramas del simbolismo constituían desde hacía tiempo mi estudio favorito (ingenuamente creía entender algo sobre esto) y, por otra parte, como alpinista amo la montaña apasionadamente. La unión de ambos intereses —tan diferentes, sobre el mismo tema— tiñó de lirismo algunas partes de mi artículo. (Tales uniones, por más incongruentes que parezcan, influyen mucho en la génesis de lo que vulgarmente recibe el nombre de poesía y esto lo hago notar a título de sugerencia a los críticos y estetas que se esfuerzan por aclarar la trastienda de esa misteriosa forma de expresión).

Escribí, en síntesis, que en las tradiciones fabulosas, la montaña representa la unión entre la Tierra y el Cielo. La cima roza las regiones eternas y la base se ramifica en múltiples estribaciones en el mundo de los mortales. Es el camino mediante el cual el hombre puede elevarse hacia la divinidad y la divinidad revelarse al hombre. Los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento ven al Señor cara a cara en los lugares elevados. Ahí están el Sinaí y el Nebo de Moisés; y, en el Nuevo Testamento, el Monte de los Olivos y el Gólgota. Llegué a encontrar el viejo símbolo de la montaña en las construcciones piramidales de Egipto y de Caldea. Pasando después a los arios, mencioné las oscuras leyendas de los Vedas, que sugieren que el soma o “licor”, simiente de la inmortalidad, reside, en su forma luminosa y sutil, “en la montaña”. En la India, el Himalaya es residencia de Shiva, de su esposa “la Hija de la Montaña” y de las “Madres” de los mundos; también en Grecia el rey de los dioses tenía su corte en el Olimpo. Justamente en la mitología griega encontré este símbolo complementado con el relato de la insurrección de los hijos de la Tierra, quienes, con sus naturalezas terrestres, sus medios terrestres y sus pies de barro, trataron de escalar el Olimpo y de penetrar en el Cielo; por otra parte, ¿no es acaso este mismo designio el perseguido por los constructores de la Torre de Babel, quienes, sin renunciar a sus múltiples y personales ambiciones, pretendieron alcanzar el reino de lo Único eterno? En China se hablaba de las “Montañas de los Bienaventurados”, y los sabios antiguos instruían a sus discípulos al borde de los precipicios...

Después de haber enumerado así las mitologías más conocidas, seguía con consideraciones generales sobre los símbolos, a los que ordenaba en dos clases: aquellos que se someten únicamente a reglas de “proporción” y aquellos que, además, se someten a reglas de “escala”. Esta distinción es frecuente, pero quizás convenga recordarla: la “proporción” concierne a la relación de las dimensiones del monumento, y la “escala” concierne a la relación entre esas dimensiones y las del cuerpo humano. Un triángulo equilátero, símbolo de la Trinidad, posee siempre el mismo valor, cualquiera sea su dimensión; carece de “escala”. En cambio, si tomamos una catedral y hacemos una reducción exacta de algunos decímetros de altura, este objeto, por su forma y proporciones, siempre transmite el sentido intelectual del monumento, aunque haya que examinar con lupa algunos detalles, pero, ya no causará la misma emoción ni provocará las mismas actitudes: ya no está “en escala”. Y lo que define la escala de la montaña simbólica por excelencia —aquella a la que yo proponía llamar Monte Análogo— es su inaccesibilidad por los medios humanos ordinarios. El Sinaí, el Nebo y hasta el Olimpo se han convertido desde hace mucho en lo que los alpinistas califican como “montañas buenas para que pasten las vacas”, y hasta las cimas más elevadas de los Himalayas ya no se consideran inaccesibles. Por lo tanto, todas esas cimas han perdido su poder análogo. Y el símbolo tuvo que refugiarse en montañas absolutamente míticas, como el monte Meru de los hindúes. Pero el Meru —por nombrar este único ejemplo—, al carecer de ubicación geográfica, no conserva aquel sentido emocionante de ser la vía que une la Tierra con el Cielo, puede seguir representando el centro o eje de nuestro sistema planetario, pero ya no representará el medio por el cual el hombre pueda llegar al centro.

Terminaba afirmando que para que una montaña pueda desempeñar el papel de Monte Análogo es necesario que la cima resulte inaccesible, pero que su pie sea accesible a los seres humanos tal como la naturaleza los ha hecho. Es necesario que sea única y que exista geográficamente. Pues la puerta hacia lo invisible debe ser visible. Así fue como lo escribí. Y efectivamente, si se tomaba mi artículo al pie de la letra, podía interpretarse que yo creía que en algún lugar de la superficie terrestre existía una montaña mucho más alta que el monte Everest. Considerado desde el punto de vista de cualquier persona sensata, esto era absurdo. ¡Y sin embargo, alguien me estaba tomando completamente en serio! ¡Y hasta me hablaba de “intentar la expedición”! ¿Sería un loco? ¿Un bromista? Pero a mí, me pregunté de pronto, a mí que había escrito este artículo, ¿no podrían mis lectores hacerme la misma pregunta? Veamos ¿soy un loco o un bromista? Y bien, puedo admitirlo ahora; mientras me formulaba estas preguntas tan desagradables, sentí, profundamente, y a pesar de todo, que algo en mi creía firmemente en la realidad material del Monte Análogo.

Al día siguiente por la mañana llame a uno de los números telefónicos indicados en la carta, a la hora correspondiente. Una voz femenina y mecánica me atacó para informar que se trataba de los “laboratorios Eurhyne” y me preguntó con quien quería hablar. Después de escuchar algunos ruidos, una voz de hombre salió a mi encuentro:

–iAh! ¿Es usted? ¡Qué suerte tiene que el teléfono no transmita olores! ¿Estará desocupado el domingo?... Bueno, venga entonces a mi casa a eso de las once... haremos un paseíto por el parque antes de almorzar... ¿Cómo? Sí, claro, en el Passage des Patriarches. ¿Por qué lo pregunta? iAh! ¿El parque? Es mi laboratorio; creí que usted era alpinista... ¿Le parece bien? Bueno, de acuerdo, ¿no?.. ¡Hasta el domingo!

No era un loco. Un loco no tendría un cargo importante en una fábrica de perfumes. ¿Un bromista, entonces? Aquella voz cálida y resuelta no era la de un bromista. Jueves. Tres días de espera durante los cuales estuve muy ensimismado.

El domingo por la mañana después de haber atropellado tomates, resbalado sobre cáscaras de banana y rozado a señoras sudorosas, llegué al Passage des Patriarches. Crucé el vestíbulo, interrogué al espíritu de los corredores y me dirigí hacia una puerta al fondo del patio. Antes de entrar observé que, a lo largo de una pared decrépita que se ensanchaba en el medio, colgaba una cuerda doble desde una ventanita del quinto piso. Entonces, siempre ateniéndome a lo que conseguía divisar a esa distancia, vi salir por la ventana un pantalón de terciopelo y después unas medias calzadas en zapatos livianos. Este personaje, cuyo cuerpo terminaba así y que con una mano se aferraba al alféizar de la ventana, hizo pasar los dos cabos de la cuerda entre las piernas, alrededor del muslo derecho, cruzando el pecho en diagonal hasta el hombro izquierdo, por detrás del cuello levantado de su saco corto, y por último por delante y por arriba del hombro derecho, y todo eso en un santiamén; después tomó los cabos que colgaban con la mano derecha y los cabos superiores con la izquierda, de un empujón con los pies se separó de la pared y con el torso erguido y las piernas abiertas bajó a una velocidad de un metro cincuenta por segundo, con ese estilo que tan tentador resulta en las fotografías. Apenas acababa de tocar tierra, cuando surgió una segunda silueta que inició un descenso similar; pero este nuevo personaje, al llegar a la parte en que la pared sobresalía un poco recibió en la cabeza algo parecido a una papa vieja, objeto que fue a aterrizar sobre el empedrado mientras arriba se oía una voz atronadora que decía: “¡Para que se vaya acostumbrando a los desmoronamientos!”; llegó hasta abajo casi sin inmutarse, pero no recuperó la cuerda. Los dos hombres se alejaron y atravesaron el vestíbulo ante los ojos de la portera que los miró pasar con rostro de profundo desagrado. Seguí mi camino, subí cuatro pisos por una escalera de servicio y clavado cerca de una ventana encontré un cartel en el que se leían las siguientes indicaciones: “Pierre Sogol, profesor de alpinismo. Clases jueves y domingo de 7 a 11. Acceso: Salir por la ventana, tomar por la cornisa a la izquierda, escalar una chimenea, descansar sobre una plataforma, subir por la pendiente de tejas sueltas, seguir por la cresta de norte a sur evitando varios gendarmes y entrar por el tragaluz del este”.

Acepté de buen grado esas fantasías a pesar de que la escalera seguía hasta el quinto piso. La “cornisa” era un reborde estrecho del muro; la “chimenea”, un hueco oscuro que en cuanto se construyera un edificio al lado se cerraría para convertirse en un “patio”; la “pendiente de tejas”, un viejo techo de pizarra, y los “gendarmes”, unas chimeneas con sombrerete y casco. Me introduje por el tragaluz y me encontré con el hombre. Más bien alto, delgado y fuerte, con tupido bigote negro y cabello algo enrulado, tenía la tranquilidad de una pantera que, enjaulada, espera que le llegue la hora. Me miró con ojos calmos y me extendió la mano.

—Mire lo que tengo que hacer para ganarme el pan —me dijo—. Hubiera querido recibirlo mejor...

—Creí que usted trabajaba en la perfumería —interrumpí.

—No sólo. También estoy relacionado con una fábrica de utensilios domésticos, un negocio de artículos para camping, un laboratorio de insecticidas y una empresa de fotograbados. En todas partes me encargo de poner en práctica inventos considerados imposibles. Hasta ahora me las he arreglado, pero, como saben que solo me fabrico inventos absurdos, no me pagan demasiado. Así que doy lecciones de escalada a “chicos bien” que están cansados del bridge y del turismo. Póngase cómodo y conozca mi buhardilla.

Se trataba en realidad no de una, sino de varias buhardillas cuyos tabiques habían sido derribados y que formaban un largo estudio de techo bajo en uno de cuyos extremos un gran ventanal dejaba pasar abundante aire y luz. Debajo del ventanal se amontonaban los objetos habituales de un laboratorio físico-químico, y a su alrededor se desenroscaba un sendero de grava que imitaba la peor senda de mulas, rodeado por arbustos en macetas o cajones: pequeñas coníferas, palmeras enanas, rododendros. A lo largo del sendero y pegados a los vidrios o colgados de los arbustos o del techo, y aprovechando al máximo el espacio libre, podían verse centenares de cartelitos. Cada uno mostraba un dibujo, o una fotografía, o bien una inscripción, y en conjunto constituían una verdadera enciclopedia de lo que damos en llamar “conocimiento humano”. El esquema de una célula vegetal, el cuadro de los cuerpos simples de Mendeleieff, las claves de la escritura china, un corte del corazón humano, las fórmulas de transformación de Lorentz, cada planeta con sus características, la serie de los caballos fósiles, jeroglíficos mayas, estadísticas económicas y demográficas, frases musicales, los representantes de las grandes familias vegetales y animales, el plano de la Gran Pirámide, encefalogramas, fórmulas de lógica, tablas de todos los sonidos usados en las diferentes lenguas, mapas, genealogías. En fin, todo lo que debería tener en la cabeza un Pico della Mirandola del siglo XX.

Aquí y allá había vasijas, acuarios y jaulas con animales extravagantes. Pero mi huésped no permitió que me detuviera a admirar sus holoturias, sus calamares, sus argironetas, sus termitas, sus ajolotes... sino que me llevó por el sendero, en el cual apenas cabíamos uno al lado del otro, y me invitó a recorrer su laboratorio. Gracias a una leve corriente de aire y al perfume de las coníferas, uno podía tener la impresión de estar escalando un interminable camino de montaña.

—Usted comprenderá —me dijo Pierre Sogol— tenemos que decidir cosas tan importantes, cuyas consecuencias pueden tener tantas repercusiones en todos los ámbitos de nuestras vidas, tanto de la suya como de la mía, que es imposible que entremos en materia inmediatamente sin que primero nos conozcamos un poco. Caminar juntos, conversar, callarse a dúo, eso sí que podemos hacerlo hoy. Más tarde, creo que tendremos ocasión de actuar juntos, sufrir juntos; y todas esas cosas necesarias para “trabar conocimiento”, como suele decirse.