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Teniendo en cuenta que "muy pocos episodios del Nuevo Testamento ocurren en un espacio tradicionalmente sagrado", el autor nos muestra cómo algunos personajes, relativamente cercanos en el tiempo a nosotros, han sabido hacer de su vida y sus relaciones el lugar privilegiado para encontrar a Dios y para hacerle visible a sus próximos, ayudándonos así a descubrir y tomar conciencia del mundo como sacramento. Un recorrido por la vida y obra de algunas personas de fe de nuestro tiempo con tradiciones eclesiales de oriente y occidente: Elisabeth Behr-Sigel, la Madre Maria Skobtsova, Alexander Men, Nicholas Afanasiev, Lev Gillet, Paul Evdokimov, Thomas Merton, Marilynne Robinson, Richard Rohr, Barbara Brown Taylor, Joan Chittister y Kathleen Norris. Ciertamente no todos son igualmente imitables pues la situación que les tocó vivir y hasta su misma psicología los hacía especiales, pero todos son un modelo de hasta dónde puede llegar el que sigue el ejemplo del amor loco de Dios.
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Seitenzahl: 363
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Michael Plekon
El mundo como sacramento
Un camino ecuménico hacia una espiritualidad global
NARCEA, S.A. DE EDICIONES
Índice
Introducción
La fe en el mundo
El mundo como sacramento
Personas de fe
Una fiesta de escritores y sus obras
Presentación
Emigrantes y un peregrino
Olores, campanas, imágenes
Vocación: hacerme pastor
Elisabeth Behr-Sigel
El amor de Elisabeth por la vida y por el mundo
Una vida permeable a Cristo
El lugar de la mujer en la Iglesia
La Iglesia en servicio al mundo
Amor a Dios, amor al mundo
Madre Maria Skobtsova
Mujeres potentes
Una mujer complicada
El mundo como monasterio, santidad en el mundo
La “liturgia fuera de la Iglesia”. Celebrar el “sacramento del hermano” necesitado
Vivir el Evangelio
Alexander Men
Un legado de apertura
La humanidad de Dios y la humanidad cristiana
El Reino existe aquí y ahora
El cristianismo es para el mundo, para todos, para la vida
Nicholas Afanasiev
Lo único necesario es el amor
La regla del amor
Lev Gillet
Un hombre angustiado, un monje peregrino
Vida y movimiento en el Espíritu
En la presencia de un Dios sin límites
Dios como amor sin límites
Vivir en la Una sancta
Paul Evdokimov
¿Quién es tu Dios?
Ver la belleza de Dios, vivir una vida de servicio en el mundo
Dios, amante de la humanidad
Dios es sí y solo sí
Thomas Merton
El día de un eremita
En los bosques, todavía en el mundo
Consciente de lo cotidiano
La sacramentalidad del mundo
El paraíso está a nuestro alrededor
Marilynne Robinson
Gilead y su gente
Los pastores y sus familias
Palabras y sacramentos
La parábola representada
Bálsamo y misericordia en Gilead
Richard Rohr
Otro Francisco
Acción y contemplación
El camino hacia Dios y al verdadero yo
La comunión con Dios y con los demás
Universal, íntimo, cotidiano
Barbara Brown Taylor
Una americana original
Salir de la Iglesia al mundo
Prácticas de espiritualidad en el mundo
El sacramento de la comunidad, la práctica de ser prójimo
Joan Chittister
Salir de una vida
Una vida transformada en pasiones
Pasión por Dios
Pasión por la vida y la justicia
Dios, el prójimo y el mundo
Kathleen Norris
Vivir cada día
La gloria de lo ordinario
Luchando contra la acedia
Prácticas y herramientas espirituales
La aceptación propia
Epílogo. Michael Plekon
Escenas del ministerio
La necesidad de conocer lo que nos rodea
Servicio nocturno
El sacramento de las visitas
El cielo a nuestro alrededor
Colección Espiritualidad
Introducción
Dios nos llama en todo momento, Dios es vida, esta vida1.
Christian Wiman
La fe en el mundo
Sabemos que Dios está en todas partes, presente más allá de los muros de las iglesias, de las páginas de la Biblia y de los libros de oración; más allá de nuestros iconos y crucifijos. Sabemos que el Santo está ahí, en cualquier rincón de nuestras vidas ajetreadas y complicadas. Como dijo el místico y poeta William Blake: “Ya que todo ser viviente es santo, la vida se deleita en la vida”2. De alguna manera también nosotros nos sentimos atraídos hacia lugares sagrados, a contextos religiosos, percibiendo que, así como en el templo de Jerusalén con el sancta sanctorum, el altar del sacrificio y el arca de la alianza, Dios está más intensamente presente en esos lugares. Como dijo Salomón en la dedicación del templo de Jerusalén, ningún edificio puede contener a Dios; ni incluso el cielo puede (2 Cor 6,18).
Jesús pasa la mayor parte de su vida, según los evangelios, en los caminos y aldeas. Visita y enseña en las ciudades de Galilea, en las plazas, campos y casas de la gente. Lo vemos en las sinagogas de su ciudad de Nazaret, en Cafarnaún y en el Templo. Gran parte de su enseñanza lo saca de la vida, de las tareas prosaicas del hogar como cocinar o limpiar la casa y de los trabajos con que la gente se gana la vida: agricultura, pesca o carpintería. Sus parábolas y curaciones abarcan no solo grandes acontecimientos, sino también las tareas rutinarias de quienes se ocupan del hogar, gestores y funcionarios3.
Quizá la característica más persistente de su enseñanza resida en encontrar como “religioso” lo prosaico y secular. Jesús está totalmente inmerso en la fe de su tradición y de su pueblo. Bendice el pan y el pescado antes de distribuirlo y antes de partirlo cuando se sienta a cenar con dos discípulos en la posada de Emaús. Conoce lo que se puede y no se puede hacer en sábado, lo que significan las obligaciones familiares y la extensión espiritual de la ley. Se une al Padre en oración no solo en los lugares solitarios y de noche. El Padre y Jesús son siempre uno. Por eso, sus seguidores encuentran natural reunirse, partir el pan, comer, orar y aprender en el hogar, como la gente hacía cada sábado, en la Pascua y en otras festividades; entendían que el templo estaba en todas partes, que el altar estaba en el mundo donde habita el culto en espíritu y en verdad.
No pocos de estos personajes —escritores, poetas, publicistas y maestros—han encontrado la presencia del Santo en lo ordinario, en las posibilidades de la espiritualidad mundana. En los últimos años, en mi trabajo pastoral, he explorado la búsqueda de Dios en las vidas de algunas personas de fe de nuestro tiempo4. Aunque empecé con unos cuantos teólogos y pastores, inmediatamente amplié la lista, simplemente porque las personas de iglesia, al menos desde la perspectiva del Nuevo Testamento, no tienen el monopolio de la santidad. Pero el primer impulso vino de los que estaban más conectados a la iglesia porque ellos mismos deseaban recobrar la visión de Dios actuando en el mundo con la misma visión que tenían los primeros cristianos. Pero me parecía importante incluir a otros, menos conectados o incluso no afines a la iglesia, que hacían este camino espiritual por sí mismos.
Estos son los orígenes de este libro, que es un recorrido de hombres y mujeres que buscan a Dios en la experiencia cotidiana. Sería demasiado fácil tener recetas o fórmulas de estas personas de fe, pero no las tengo; su testimonio es mucho más rico y complejo y nos ofrece unos modos de vivir la espiritualidad hoy. Invito a los lectores a salir a su encuentro, a escuchar y conmoverse.
Lo que conecta a estas voces es la consciencia del mundo cotidiano como lugar de encuentro con Dios: el mundo como sacramento. Algunos vivieron alguna revolución, la emigración, dos guerras mundiales, la Gran Depresión y, en algunos casos, la ocupación nazi o la opresión soviética. Algunos fueron parte del tumultuoso siglo XX en Europa, otros todavía están con nosotros y conocen bien el contexto de una sociedad con grandes oportunidades, pero también con un gran vacío, necesidad e ira.
Estas personas de fe vienen de tradiciones eclesiales de oriente y occidente. Creo que este encuentro ecuménico es lo que hace diferente a este libro. Es importante indicar que la mayoría de estas personas de fe, de estos santos no canonizados eran y son conscientes de lo que aún mantiene a los cristianos unidos, a pesar de las diferencias. Varios trabajaron activamente por la unión de las iglesias.
El mundo como sacramento
El sacramento es movimiento, transición, paso, Pascua. Cristo conoce el camino y nos guía, yendo él mismo delante.
El mundo, condenado por su antigua naturaleza, revelado como vida eterna en su nueva naturaleza, sigue siendo el mismo, la buena obra de Dios.
Cristo vino a salvarlo, no a permitirnos huir de él antes de que se desechara como basura. Los pensamientos de “la vida venidera” pueden confundir.
En cierta manera, no tenemos otro mundo en el que vivir sino este; aunque nuestro modo de habitarlo, toda nuestra relación con el espacio y el tiempo… será muy distinta cuando resucitemos de nuevo en Cristo...
Es fácil pensar en la iglesia y los sacramentos como en contra de la vida diaria, llevándonos a otra vida secreta, enrarecida, remota. Haríamos mejor en pensar en este mundo diario como algo incomprensible e inmanejable hasta que nos podamos acercar a él sacramentalmente, a través de Cristo. De otro modo, la naturaleza y el mundo están fuera de nuestro alcance; el tiempo también, el tiempo que se lleva todo en una corriente sin sentido, haciendo que los hombres se desesperen si no ven en él la acción de Dios…
Nos deberíamos concentrar en este mundo amorosamente, porque está lleno de Dios, porque por medio de la Eucaristía lo encontramos en todas partes5.
¿Qué significa pensar en “el mundo como sacramento”? Así se titula un ensayo del teólogo ortodoxo oriental Alexander Schmemman. La cita anterior es suya y nos presenta su idea de cómo se entrelazan la vida y la liturgia. Ha sido utilizado por el Patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé, para referirse a la sacramentalidad de toda la creación, en la serie de escritos de este “Patriarca verde” que llaman al enfoque espiritual para salvar y conservar el medio ambiente6. Otros más han utilizado esta expresión, o algo parecido, para expresar la teología sacramental de diversos autores7.
En este libro, “el mundo como sacramento” se refiere a la cualidad mundana cotidiana de la vida espiritual. Esto es lo que han descubierto los escritores en su propia experiencia y es lo que quiero transmitir; ellos encontraron la interacción con Dios en el trabajo, los amigos y la familia, en tareas ordinarias como cocinar, en la conversación y en el cuidado de otros. Y en los acontecimientos de la vida como la soledad, lo conflictos relacionales y personales, y como aquellos otros con los que nos enfrentaremos en algún momento: envejecimiento, pérdida, enfermedad y muerte.
Las figuras que presento y sobre las que reflexiono ofrecen perspectivas que, aunque antiguas, pueden ser nuevas para muchos. Este es el segundo rasgo que las une. Vienen de las iglesias occidentales y orientales. Son notables por su apertura tanto a las otras iglesias como a la unidad en la fe.
Todas fueron ecuménicas, tendedoras de puentes, tanto en su pensamiento como en su acción. Aún más, todos consideraron esencial revisitar la tradición cristiana y, al hacerlo, encontraron que nuestro deseo de mantener el legado estaba a veces desorientado.
Sus hallazgos sobre la fuerza del amor, la igualdad y la comunidad, como necesarios para la fe, los convirtieron en voces particularmente relevantes para nosotros. También estaban convencidos de que había que vivir el Evangelio en la vida diaria.
Por último, el nombre, y por lo tanto la predicación, del obispo de Roma (como prefiere que se le llame el papa Francisco), también aparecerá frecuentemente en estas páginas. Resulta que la idea de que siempre somos perdonados, amados y sostenidos por la misericordia de Dios está en el corazón de casi todos los personajes que vamos a ver.
No puedo pretender haberlos seleccionado por esa razón ni puedo apropiarme el crédito de su profunda sensibilidad a la gracia. Pero, tanto Nicholas Afanasiev o la madre Maria Skobtsova como Marilynne Robinson o Richard Rohr o Thomas Merton, todos han sido moldeados por la misericordia de Dios, “de misericordia en misericordia”.
Este libro refleja también mi experiencia como pastor, maestro y estudioso. En cada capítulo, trato de pasar a las experiencias de estas personas, conectando sus encuentros con Dios y con las personas de su alrededor a nuestras vidas de hoy.
La biografía y la narrativa son grandes instrumentos espirituales. Es decir, los pensamientos de los creyentes que vamos a ver no son los únicos textos porque sus vidas, así como las nuestras, son también textos sobre la búsqueda y el seguimiento de Dios en la existencia diaria. Dada mi propia experiencia pastoral de más de treinta años, he ofrecido también algunas luces sobre eso en un capítulo.
En este libro aporto también mi experiencia al haber enseñado sobre estos temas durante varios años en la Universidad de Nueva York, en un contexto enormemente diverso y secular. También he dado numerosos retiros sobre algunas de estas figuras, así como diversas conferencias.
Por todo ello, el libro surge de la investigación y de la experiencia interactiva, por eso también puede ser la base de una reunión de estudio para adultos o de un retiro; es también una rica fuente de lectura espiritual personal, lectio divina.
Me parece esencial tener la galería de fotos de estos creyentes porque permite al lector conectar con el rostro de la persona. Mi reflexión es solamente un inicio, una invitación a leer los poemas, memorias u otros escritos de estos personajes presentados.
Personas de fe
Las grandes lecciones de los verdaderos místicos y de los monjes zen, se centran en que lo sagrado está en lo ordinario que se ha de encontrar en la vida diaria, en los vecinos, amigos y familia, en el propio patio de su casa, y que el viaje podría ser una evasión de lo sagrado. Buscar milagros por todas partes es una señal certera del desconocimiento de que todo es milagroso8.
Abraham Maslow
En estas líneas se contiene la perenne sabiduría de Abraham Maslow. Aunque ninguno de los escritores que veremos aquí sean monjes zen, unos cuantos sí son monjes y varios místicos. Son, intencionadamente, distintos, tanto ecuménicamente como según su procedencia —tanto de iglesias occidentales como de las orientales—; unos son hombres y otras mujeres, algunos clérigos ordenados y otros laicos. Algunos son de Europa y vivieron en el siglo pasado. Otros son de América y todavía están activos. Por tanto, en cada capítulo, miraremos los principales escritos de cada uno, así como las experiencias de vida que han enmarcado su visión, viendo lo que nos interesa para nuestra vida.
Elisabeth Behr-Sigel:“Hacerse permeable a Cristo”
Elisabeth era una teóloga muy avanzada para su tiempo; fue una de las primeras mujeres en estudiar Teología en la Universidad de Estrasburgo y en el Instituto Saint-Sergede París. También fue de las primeras asociadas pastorales en su iglesia local. Al principio escribía sobre las historias de los santos pero luego se dedicó a pensar sobre la espiritualidad de la vida diaria. También exploró el lugar y el trabajo de la mujer en la iglesia y colaboró durante mucho tiempo en movimientos de laicos, y del clero, contra la tortura.
Madre Maria Skobtsova: “El sacramento del hermano”
La madre Maria era poetisa, política radical, casada varias veces, divorciada y madre de tres hijos. También fue monja, activista social y mártir por esconder a víctimas de los nazis. Extrovertida y persuasiva, sus perspectivas sobre el amor y el cuidado al prójimo siguen siendo sorprendentes, como lo es la acusación de una religiosidad egocéntrica. Fue reconocida como santa, junto con varios de sus colegas, por la archidiócesis rusa ortodoxa en Europa Occidental, su iglesia local, y canonizada en 2004.
Alexander Men: “El cristianismo tan solo está empezando”
Después de años de publicaciones clandestinas, el final de la era soviética permitió a Men convertirse en la voz de la fe en Rusia, por lo que fue asesinado años más tarde. Sin embargo, sus conferencias, predicación y escritos contienen una de las evaluaciones más realistas del declive de la religión institucional y de la posibilidad de fe auténtica en nuestro tiempo.
Nicholas Afanasiev: “La fuerza del amor”
La visión radical de comunidad de este historiador de la Iglesia, canonista, experto en el Nuevo Testamento y especialista en liturgia, redescubrió que lo que mantiene a la Iglesia unida—el amor y la corresponsabilidad—es un desafío radical para las comunidades de fe y los individuos de hoy.
Lev Gillet:“El Amor sin límites”
Lev Gillet fue un benedictino convertido al catolicismo de rito oriental; después fue sacerdote-monje ortodoxo. Místico y activista, acosado por la depresión durante toda su vida, su visión de un Dios sin límites y de una fe amorosa sin fronteras hablan directamente a la situación de los creyentes del siglo XXI en un mundo que no quiere ser simplemente condenado por su pecado.
Paul Evdokimov: “El amor loco de Dios”
Nos convertimos en lo que oramos. Esta es la visión deesposo, viudo, padre, laico, teólogo y activista social que Evdokimov tenía, como tema de su docencia y escritos. La necesidad de una espiritualidad arraigada en nuestra era, una fe mundana y no un objeto de museo de la piedad del pasado. El sufrimiento de Dios con nosotros y el hacer de toda nuestra actividad una oración son formas de la espiritualidad de nuestro tiempo.
Thomas Merton: “En búsqueda del yo auténtico”
Merton es sin duda uno de los escritores espirituales más conocidos del siglo pasado. Dejó su trabajo en la Universidad de Columbia, en Nueva York, para hacerse monje trapense y pasó la última mitad de su vida en la abadía de Getsemaní, cerca de Louisville, en Kentucky. Enormemente prolífico como escritor —se han publicado muchos volúmenes de sus diarios, cartas, poemas, libros y artículos sobre la vida espiritual— murió en un accidente en el sureste de Asia donde estaba dando unas conferencias. Conocido también por su compromiso con el movimiento contra la guerra y por la lucha por los derechos civiles de los años 60, fue silenciado por sus superiores, pero se le permitió escribir libremente en los últimos años de su vida. Nos ofrece el sentido integrador de la vida, el lugar del verdadero ser en Dios y la necesidad de unir la oración y la vida, la contemplación y la acción.
Marilynne Robinson: “Lo sagrado en las cosas”
Robinson es una de las escritoras más celebradas de los últimos cincuenta años. Persona cuidadosa en su oficio, tardó varios años en escribir sus novelas. En su trilogía Gilead, Home y Lila revela, sin pretensiones ni artificios, el movimiento de la gracia en la vida diaria, el encuentro entreDios y las personas corrientes.
Richard Rohr: “La contemplación activa”
Richard Rohr, fraile franciscano y sacerdote, es uno de los maestros de la vida espiritual de estos tiempos. Fue capellán de prisiones, educador y párroco. También se implicó en una iniciativa para reunir una comunidad de cristianos comprometidos con la oración y la justicia social. Eso, y el profundo impacto de los escritos de Merton, lo llevó a fundar el Centro de Acción y Contemplación en Albuquerque, en Nuevo México, y a publicar unos cuantos libros, artículos y comentarios en Internet. Con su larga experiencia pastoral, su formación como fraile en la vida comunitaria y su uso de la psicología junto con las Escrituras, Rohr ofrece una visión de la contemplación puesta en práctica, una espiritualidad que no separa lo sagrado de lo ordinario.
Barbara Brown Taylor: “Encontrar un altar en el mundo”
Barbara BrownTaylor fue declarada por la revista Time una de las cien americanas más significativos en 2014. Ha sido una de las mejores predicadoras del país. En los últimos años, ha escrito —en tres volúmenes— su fracaso como pastora de una parroquia así como su desilusión con la iglesia institucional. Y lo que es más importante, ha compartido su redescubrimiento de Dios en la vida diaria y su encuentro de la oscuridad a la que todos nos enfrentamos en la vida.
Joan Chittister: “Pasión por Dios”
Joan Chittister, monja benedictina, escritora y maestra, es una de las escritoras espirituales más prolíficas y una de las voces más fuertes de mujeres y religiosas cristianas de principios de siglo. Ha dado una potente voz a las mujeres en la iglesia y ha contribuido a la renovación de la vida religiosa: ella, como otros muchos, enfoca la presencia de Dios en el tejido, las luchas y los gozos de la vida.
Kathleen Norris: “La lucha con los demonios diarios”
La poetisa Kathleen Norris ha sido una voz fascinante y discernidora de la vida espiritual durante los últimos años. No solo conectó a muchos con la vida monástica y la espiritualidad, sino que nos permitió entrar en el dolor y los desafíos de su propia vida en un estudio sobre la acedia o la apatía espiritual.
Michael Plekon: “Aprender a ser pastor”
Apoyándome en mi propia experiencia en el ministerio parroquial, reflexiono sobre la fe popular en la vida diaria. La mayoría de mis escritos parten de mis primeros tiempos como pastor, hace más de treinta años, con mi actividad con ancianos y personas confinadas en residencias. A pesar de lo sencillo que era este trabajo pastoral, la fuerza de los encuentros aún la tengo grabada.
Una fiesta de escritores y sus obras
No es sorprendente que Jesús frecuentemente describa el reino del cielo entre nosotros como una reunión de amigos para festejar una boda o un banquete, o cualquier otra fiesta9. Lo que ofrezco aquí es eso mismo, pero en palabras e imágenes. Me resulta fácil imaginarme el reino del cielo como una fiesta con los hombres y mujeres de este libro, con mucho vino y buena comida.
La lista de invitados se basa, en primer lugar y como ya dije, en mi propia lectura y estudio. Pero también se basa en mi experiencia docente al ver y escuchar a los alumnos abrirse y responder a los escritores que los desafiaron en la vida espiritual. La mayoría eran autores con los que se encontraban por primera vez. Al contrario de la cultura religiosa en la que yo crecí, ninguno de estos escritores está interesado en prescribir creencias o prácticas religiosas. No es necesario ser muy practicante o asiduo a la iglesia, para sentirse impactado por estas personas de fe y sus voces.
Creo que lo más maravilloso es la diversidad de sus orígenes: son mujeres y hombres corrientes, laicos, un par de monjes y pastores, un estudioso y maestro; también padres y madres de familia que lucharon en sus hogares con su situación económica, con sus cónyuges y amigos difíciles o con sus padres ancianos.
¡Os invito a su fiesta!
1 Christian Wiman, My Bright Abyss: Meditation of a Modern Believer (New York; Farrar, Straus and Giroux, 2013), 8.
2 “America: A Prophecy”, Plate 8, 10.
3 Amy Jill Levine: Short Stories by Jesus: The Enigmatic Parables of a Controversial Rabbi (San Francisco: HarperOne, 2014).
4 Michael Plekon, Living Icons: Persons of Faith in the Eastern Church (Notre Dame, IN: University of Notre Dame Press, 2002); Hidden Holiness (Notre Dame, IN: University of Notre Dame Press, 2009); Saints as They Really Are: Voices of Holiness in Our Time (Notre Dame, IN: University of Notre Dame Press, 2012); Uncommon Prayer: Prayer in Everyday Experience (Notre Dame, IN: University of Notre Dame Press, 2016).
5 Alexander Schmemman, “The World as Sacrament”. En Church, World, Mission (Crestwood, NY: St. Vladimir Seminary Press, 1979), 226-27.
6 Ver https://mospat.ru/en/2010/05/26/news19252/Bartholomew (con John Chryssavgis) Cosmic Grace, Humble Prayer, 2nd ed. (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 2009); On Earth as in Heaven: Ecological Vision and Initiatives of Ecumenical Patriarch Bartholomew (New York: Fordham University Press, 2011); Toward an Ecology of Transfiguration: Orthodox Christian Perspectives on Environment, Nature and Creation (New York: Fordham University Press, 2013).
7 Mathai Kadavil, The World as Sacrament: Sacramentality of Creation in the Perspectives of Leonardo Boff, Alexander Schmemman and St. Ephrem (Leuven: Peeters, 2005), http://peters-leuven.be/boekoverz.asp?nr=7957. Ver también: https://mospat.ru.en/2010/05/26/news19252/; David J., Leigh, “Toward a Sacrament of the World” http://opcentral.org/resources/2015/01/13/david-j-leigh/toward- a-sacrament-of-the-world/; Stephan Van Erp, “The Sacrament of the Word: Thinking God’s Presence beyond Public Theology” https://lirias.kueuven.be/bitstream/123456789/490209/2/Van+Erp++Sacrament+of+the+world.pdf
8 Abraham Maslow, Religion, Values and Peak Experiences (New York: The Viking Press, 1964), xii.
9Levine, Short Stories by Jesus, 107-25, 279-82.
Presentación
Emigrantes y un peregrino
Voy a compartir en esta presentación mi propia vida; de manera parecida, en el epílogo final, me baso en mis experiencias de estos años, desde que empecé aprendiendo el cuidado pastoral recién ordenado, a menudo con aciertos y desaciertos.
Como con los demás escritores que aparecen en este libro, espero que estas escenas personales os conecten con el mundo como sacramento, es decir, a algunos de los muchos encuentros con Dios en la vida diaria. Esto es una espiritualidad en el mundo, en la que se escucha, se atiende a Dios en el curso de las actividades ordinarias y en los encuentros con las personas de nuestro alrededor. Es un seguimiento al Espíritu más secular, más mundano e incluso profano, sin ser en absoluto antirreligioso.
Creo que hay algunas cosas buenas en el compartir de mi propia experiencia que es el camino ecuménico que he vivido. He recibido el gran regalo de gozar de diversos hogares eclesiales a lo largo de los años, desde la infancia a la edad adulta. Y esto se demuestra en lo que pienso, dijo y hago. Experimenté la gracia y la sabiduría en todas estas iglesias; leí las Escrituras y oficié la liturgia, si bien con algunas diferencias en ellas. Por los años de formación y la investigación consiguiente, sé que todas estas iglesias han contado con hombres y mujeres, santos, tanto reconocidos oficialmente como los santos de una santidad más ordinaria y oculta. El carácter ecuménico de este libro es consecuencia de esta afortunada experiencia, con reflexiones sobre escritores de las iglesias occidentales y orientales.
No era mi plan ser peregrino entre iglesias, pero, en primer lugar, tengo que culpar de ello a mi familia de origen. Y digo esto con amor, no con desprecio. Mis abuelos llegaron de la provincia de Ternopil, en lo que es hoy Ucrania. Tres de ellos eran del mismo pueblo, Burkaniew que he visitado y donde incluso tuve que esperar en el coche a que las vacas se fueran a sus granjas respectivas. La ciudad era pequeña, rural, cerca del importante santuario de la Madre de Dios, Zarvanytsia, donde mis dos abuelas iban frecuentemente de jóvenes. Cuando emigraron a los Estados Unidos, antes de la Primera Guerra Mundial, toda el área estaba en la provincia de Galicia en el imperio Austrohúngaro, y su identidad nacional cambió muchas veces en los últimos siglos.
En ambos lados de mi familia había diversidades étnicas, es decir, personas de lenguaje y etnia polaca y ucraniana lo que significaba que había tanto católicos de rito latino, como católicos griego-ucranianos. Algunos vecinos eran ortodoxos y otros protestantes. La provincia de Ternopil estaba en un área de migraciones y, por tanto, muy mezclada. Mis abuelos como todos los habitantes de esta región, aprendieron alemán en la escuela. Además conocían los alfabetos cirílico y latino. Podían manejar, según conté una vez, entre seis y siete lenguas en diversos grados de fluidez. Además, como la familia de mi abuela materna tenía una tienda, ella era una políglota muy dotada.
Estos abuelos llegaron como inmigrantes en la primera década del siglo XX, ubicándose en vecindarios donde vivían otras personas de la misma provincia. La etnicidad viene más tarde, antropológicamente hablando. En primer lugar, y más importante, estaba la localidad; personas que habían sido vecinos anteriormente.
Veinticinco años después de la migración, mi abuela materna se sintió movida, en las liturgias de Pascua, por la voz de un joven sacerdote que ayudaba al párroco de su parroquia ucraniana de Yonkers, Nueva York. En la iglesia oriental, esas liturgias son totalmente cantadas. Cuando mi abuela le preguntó por su manera de cantar se enteró de que el padre de él había cantado en el coro parroquial cuando ella era niña; era Iwan Plek, en los Estados Unidos, John Plekon, que era el padre de mi padre. Por fin, este sacerdote, el hermano menor del padre Myron Plekon, fue presentado a mi abuela materna y su hija, mi futura madre. Esa hija, Helen, y el hermano del padre Myron, Henry, hijos de inmigrantes que habían crecido en el mismo pueblo, se casaron después de terminar la Segunda Guerra Mundial y fueron mis padres.
Debo también añadir que yo he visto a mi abuela materna, que vivía con nosotros, orar y encender velas en cualquier iglesia: católica romana, católica griega, ortodoxa. No parecía ver diferencias: únicamente el mismo Dios y su santa Madre honrada en todas ellas. Lo mismo ocurriría con mis propios padres, que asistieron al funeral de un vecino en la iglesia episcopaliana más antigua de Yonkers, donde fueron a comulgar como si hubieran estado allí toda su vida. Con la misma naturalidad recibieron la comunión en la iglesia luterana donde yo fui pastor, asumiendo que, si se estaba distribuyendo la comunión ellos podían, y debían recibirla.
Mis padres nacieron en los Estados Unidos. Mis abuelos se casaron en la iglesia ucraniana de St. George en la parte baja del lado este de Manhattan, en la calle 7. La familia de mi madre se estableció en la ciudad de Nueva York, luego en New Haven, Connecticut, y finalmente en Yonkers, Nueva York, donde nací yo. Mi padre era de Nanticoke, Pennsylvania, cerca de Wilkes Barre, en la región minera del nordeste de Pennsylvania. Incluso en los mejores tiempos de la industria del carbón, los habitantes trataban de salir de allí lo más rápidamente posible. Los problemas de pulmón de los mineros, enfisema, alcoholismo y problemas del corazón, acompañaban a la minería incluso para quienes dejaban de trabajar, por lo que la vida de muchos inmigrantes de Europa oriental (especialmente los varones) era muy breve. Mis dos abuelos murieron cuando estaban al principio de los cincuenta.
Todos los chicos por parte de mi familia paterna salieron de la región. Uno se mudó al Oeste y nunca se supo más de él. Otro pasó toda su vida trabajando en una fábrica de Ford en Mahawah, New Jersey, volviendo los fines de semana. Otro de los hermanos de mi padre se hizo sacerdote en la iglesia católica ucraniana; es al que me refería antes y que fue la razón de que mis padres se conocieran. No se le permitió casarse, como consecuencia de una decisión del Vaticano al final de los años treinta que afectaba a los católicos de rito oriental en comunión con Roma. Como a la mayoría de los sacerdotes católicos, a mi tío lo trasladaron con frecuencia, de parroquia en parroquia, principalmente en la misma región.
Durante algunos años, cuando ya no podía cuidar de sí misma, la madre de mi padre vivía también con mi tío; así pues, cuando yo era niño, los visitaba a los dos. Yo hacía de monaguillo del padre Myron y, al visitar frecuentemente su casa y la rectoría parroquial, me enteré de lo que hacían los sacerdotes cuando no estaban en el altar con sus vestimentas litúrgicas. Tengo algunas notas de sermones y otras anotaciones así como bastantes de sus libros donde se puede apreciar qué páginas usaban más por las manchas de los dedos.
Mi tío, a medida que envejecía, se fue haciendo más distante y difícil. En la última década de su vida ya no lo vimos mucho, ya que mi abuela había muerto y él tenía cada vez más problemas de salud. Me acuerdo que me dio un lote de libros religiosos, crucifijos y otras cosas y me animó a ser sacerdote en la iglesia ucraniana. Creo que mi abuela o uno de sus feligreses me confeccionó una casulla para que pudiera “jugar a sacerdotes”, algo que hacían algunos chicos, no muy distinto de los que jugaban a indios y vaqueros, bomberos o médicos.
A medida que mis padres se distanciaron de la iglesia ucraniana de Yonkers, y yo me inclinaba hacia la vida religiosa en la orden carmelita de rito latino, mi tío pareció distanciarse también de nosotros. Para él la religión, así como el sacerdocio, estaba muy unida a la identidad ucraniana. El concilio Vaticano II fue para él una gran desilusión y un obstáculo, como lo fue la vida después de los años sesenta: se negó a usar el inglés. Tuvo un derrame cerebral en el altar durante las palabras de la consagración y murió un par de días después, una manera muy adecuada de morir para un sacerdote. Su última parroquia estaba compuesta por un puñado de jubilados; creo que sus últimos años fueron muy frustrantes al ver disminuir a la iglesia ucraniana.
Os he llevado por este camino de inmigración, identidad étnica y familia porque todos ellos, así como otros factores no religiosos y ciertamente no teológicos juegan un papel en la vocación sacerdotal y religiosa. Es más, he llegado a darme cuenta de lo arraigada que estaba en la vida cotidiana la fe que se me había transmitido por medio de abuelos y padres, que servían a Dios en el trabajo, en el barrio, con sus parientes y vecinos.
Cuando mis padres decidieron asistir a la iglesia católica romana a un par de manzanas de nuestra casa, empezaron a desaparecer el mundo y la lengua ucranianas. De hecho, se acabaron completamente cuando murió la última de mis abuelas. De niño, me encontré como uno de los pocos europeos orientales en una parroquia predominantemente irlandesa-americana. Con el tiempo, cambiaría a ser una parroquia mayoritariamente italo-americana, con más inmigración del Bronx y otros barrios de la ciudad. Hoy día, la parroquia tiene un numeroso componente hispano.
Olores, campanas, imágenes
A nivel puramente sensorial, estuve expuesto a muchos detalles maravillosos de la existencia cristiana. Esto también era parte de la experiencia de sacramentalidad; no solo de la liturgia, sino también de todo lo que la rodea y brota de ella. La Pascua no consiste solo en las muchas lecturas de la vigilia y el canto de “Cristo ha resucitado” sino que también se vierte en aromas y sabores que permanecen vívidamente.
En la iglesia ucraniana y luego en las iglesias católicas romanas pre-Vaticano II, y más tarde en la iglesia ortodoxa oriental, yo asociaba los servicios a una nube de incienso, al brillo de las velas y a las miradas fijas de los rostros de los santos que miraban desde los frescos y los iconos de las paredes de la iglesia. También los santos me miraban desde el biombo de icono que separa la nave de la zona del altar en las iglesias de rito oriental.
Más tarde, en la iglesia católica, me vi rodeado de estatuas de tamaño natural de san José, la Virgen María, Juan Bautista, el santo patrón de la parroquia y otros santos de la tradición católica como san Judas Tadeo y san Antonio de Padua, habitantes del edificio cuasi catedral al que asistí por muchos años en la avenida Yonkers.
De niño, recuerdo que no seguía la misa en latín con mucha atención, ya que no entendía ni una palabra. Lo mismo me había ocurrido en la iglesia ucraniana, Saint Michael, en la que se usaba el eslavo. Más bien, me distraía el color extraordinario y el detalle de las vidrieras a los dos lados de la iglesia de san Juan Bautista, o las flores y el burro en una escena bucólica de María e Isabel en la visitación. En las vidrieras de la presentación de Jesús en el Templo, de Pentecostés y de la Anunciación del ángel Gabriel a María, me gustaba mirar la parte interior de las habitaciones suntuosas y otras que se abrían a un paisaje exterior. Había una vidriera muy grande, mayormente azul, que cubría toda la parte occidental de la nave sobre el órgano y el coro, con la Virgen y el niño, el rey David y Juan Bautista, los padres de María, Joaquín y Ana, el esposo de María, san José y su prima Isabel, la madre de Juan Bautista. Haciendo juego con esta, en la parte oriental sobre el altar mayor había una dramática y enorme vidriera de la crucifixión de Cristo.
Estoy seguro de que la profusión de iconos y frescos en la iglesia ucraniana y luego las vidrieras y estatuas de la iglesia romana, me moldearon como maestro extremadamente visual y como el estudioso y predicador en que me convertí más tarde.
Muy profundamente en mi memoria están las imágenes de Dios Padre en ambas iglesias. Se le dibujaba como el “Eterno”, completo con un triángulo y el halo por detrás de su cabeza, con el cabello largo y blanco y barba. En St. John, Dios Padre extendía sus manos en bendición sobre su Hijo crucificado y el Espíritu en forma de paloma. En la Iglesia ucraniana, exactamente el mismo “anciano como Dios” presidía sobre el resto de los iconos y sobre el biombo de icono, con los brazos alzados en bendición para todo el mundo y para nosotros reunidos abajo. A su alrededor estaban las palabras “Santo, Santo, Santo, Señor Dios del universo”, en eslavo.
Había una sorprendente simetría en la iconografía latina y bizantina en cuanto se refería al Padre Omnipotente, e incluso a medida que envejezco, me es imposible quitarme de la cabeza esa imagen primaria, muy básica, del Dios de mi infancia. Cuando mi familia y yo llegamos a la iglesia católica romana, el mismo Padre nos daba la señal de que estábamos en casa. Quienes provienen de iglesias con interiores vacíos y sin imágenes, normalmente se sienten impactados visualmente, y hasta cierto punto psicológicamente, por la ornamentación rica en imágenes de las iglesias católicas bizantinas, orientales y católicas romanas y, de igual manera, de muchos santuarios anglicanos y luteranos.
Pero no solo me moldeó la profusión de imágenes de la Virgen y de los santos; había también muchos otros sonidos y visiones… ¡y olores y sabores! Estaba la casi abrumadora, potente fragancia de las flores como los lirios y jacintos cuando se entraba a la iglesia después de la procesión de la Vigilia Pascual. Mayo era el mes de la Virgen, con procesiones, rosarios, himnos y la coronación de María por una niña elegida para poner una corona de flores en la estatua, rodeada de lilas y rosas. También había un sutil e intoxicante aroma del óleo de unción y el vino dulce de la comunión en la iglesia oriental (así como en la luterana).
Mientras que los recuerdos de olores de las cenas de Navidad y Pascua marcan la infancia, todavía me siento transportado cada año cuando se desatan las delicias de la mesa pascual de la iglesia ortodoxa oriental y la católica: el picor del jamón ahumado, la explosión de ajo de la salchicha, la mezcla aromática de fruta y levadura en el pan dulce denso de kulich (pan de pascua), por no hablar de los clavos en forma de cruz en la mantequilla y la alta tarta de queso, o Pashka. Los gritos de Hristos voskhers (Cristo ha resucitado) durante los oficios de la noche de Pascua, el tropario pascual cantado una y otra vez: “Cristo ha resucitado de entre los muertos, pisoteando a la muerte con la muerte y dando vida a quienes están en la tumba”.
No me olvido de las salchichas, el saurkraut, y la cerveza de las fiestas de octubre, las tortitas y rosquillas de Fastnacht, ni los cantos gloriosos que cantábamos en todo el año litúrgico en la iglesia luterana. Tantas cosas de la familia y la religión están entrelazadas con la comida, los olores, los cantos y los colores. Pero, a pesar de todas las divisiones doctrinales, el mismo Cristo permanece en ellas. Como dijo Sergio Bulgakov en su famoso ensayo, los dones que nos unen permanecen a pesar de las divisiones1. Los versos de Gerard Manley Hopkins de “As Kingfihsers Catch Fire” suenan igual:
Porque Cristo actúa en mil lugares bello en sus miembros y bello a ojos no suyos, al padre, por los rasgos de los rostros de los hombres.
Pero este camino, de inmigración y diversos hogares eclesiales es, para mí, una narrativa profundamente espiritual, que muestra la presencia de Cristo en muchos lugares distintos; es verdaderamente una experiencia del mundo como encuentro sacramental. Estoy seguro de que puso la base para el camino ecuménico que yo había de seguir.
Vocación: hacerme pastor
Cuando era niño, la familia sentía mucho orgullo cuando sus hijas e hijos seguían la vocación a la vida religiosa y sacerdotal. Richard Rohr y Joan Chittister dan testimonio, recordando sus infancias en la iglesia2. Los sacerdotes de la parroquia cercanos a nuestra familia animaban a las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, al igual que las hermanas franciscanas que nos enseñaban en la escuela elemental parroquial. Por fin, yo seguí un camino que no era poco común en el principio de los años sesenta y me fui a un internado que era seminario “menor”, un paso en la preparación para el sacerdocio. He escrito en otro lugar sobre esto y la década siguiente que pasé con la orden carmelita3.
Fui fraile, o más exactamente, estudiante de fraile, en el noviciado y varios años después, durante mis estudios de licenciatura y por un año como becario, enseñando en una escuela superior diocesana en Pottsville, Pennsylvania. Pero llegué a darme cuenta de que vivir como fraile, más concretamente como célibe en comunidad, no era lo que quería o para lo que estaba dotado. Amaba la vida religiosa, y siempre lo he hecho, sintiendo afinidad con diversas comunidades a las que he estado cercano, tales como la de New Skete, pero veía claro que Dios no me quería en esta vida; un fraile anciano buen discernidor me dijo que si no estaba en paz en ella, tampoco lo estaba Dios. Así que pedí la dispensa de mis votos y salí, con tristeza, pero también con esperanza e ilusión.
Cuando me marché, era todavía el tiempo de la llamada a filas y el servicio militar para la guerra de Vietnam; se me concedió el estatus de objetor de conciencia. Durante casi dos años, serví como maestro y luego director de un centro de Head Start en Old Bridge, New Jersey, alojado en un edificio escolar de una iglesia luterana. Durante la semana, el Head Start ocupaba el espacio de las aulas, mientras que los domingos ese mismo espacio se usaba para el café y la escuela dominical.
El pastor de esta parroquia, William Mitschke, se hizo amigo mío y me invitó a mí, ucraniano griego católico, luego católico romano, antiguo fraile carmelita, a hacerme miembro de su parroquia luterana. Así empezó mi camino ecuménico. Mirando hacia atrás, estoy seguro de que reconoció mi formación e inclinación al servicio de la iglesia. Cuando fui a Washington DC, había tenido bastantes contactos ecuménicos.
Pero no fue hasta unos años más tarde cuando ocurriría algo respecto a una vocación pastoral. A lo largo de otros cinco años, tuve estudios de postgrado, varios exámenes, tesis y disertaciones, y un milagroso contrato para un trabajo con opciones a cátedra. Cuarenta años más tarde, después de promociones, varios años de enseñanza y publicaciones, estoy llegando a la jubilación, habiendo servido en el Baruch College de la City University of New York, tanto en el departamento de sociología y antropología como en el programa de religión y cultura.
Poco antes del comienzo de esta carrera, después de disfrutar de una beca de un año en Copenhague trabajando sobre Soren Kierkegaard, varios años de enseñanza y el nacimiento de un hijo, fui ordenado en la iglesia luterana de América, que luego se fusionó con la iglesia evangélica luterana de América; más tarde, fui reordenado en la iglesia ortodoxa de América. No puedo decir que he sido pastor o presbítero en las tres tradiciones más importantes, católica, protestante y ortodoxa, pero casi porque fui fraile católico y estaba en camino hacia la ordenación.
Cómo y por qué tuve este camino eclesial tan complicado es fácil de entender. Después de tantos años, los casi últimos treinta y cinco en el ministerio ordenado, veo que me he sentido bien en todas las tradiciones eclesiales. En diferentes momentos de mi vida, cada una de ellas me ha formado. Como joven adulto, el camino carmelita me ofreció estructura, importantes perspectivas e instrumentos espirituales. Richard Rohr tiene mucha razón al decir que necesitamos ser formados por reglas y estructuras en la primera mitad de la vida como lo vivió él mismo como fraile franciscano.
Los últimos años de la década de los sesenta fueron tiempos de fomento y cambio. A mí me formó mucho el compromiso con la renovación y el sentido de simplificar y volver a las fuentes que caracterizaron al Vaticano II; una liturgia más sencilla, bella pero asequible, un servicio basado en el Evangelio, cercano a la vida diaria, menos distancia clerical y más incorporación al pueblo de Dios, la iglesia.
Estos temas que han caracterizado a mujeres y hombres que han buscado enseñar, predicar, ofrecer cuidado pastoral y compartir la liturgia y los sacramentos; me vienen a la mente Schilebeeckx, Congar, Dix, Thurian, y Küng; están también los asombrosos pensadores sobre los que he leído y escrito, y de quienes he recibido mucha inspiración: Bulgakov, la madre Maria Skobtsova, Afanasiev, Shememman, Meyendorff y un desfile, verdaderamente santo, de otros: Bonhoeffer, Rowan Williams, Thomas Merton, Elisabeth Behr-Sigel, Alexander Men y Dorothy Day.
