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Archie Crumb lo está pasando mal. Se meten con él en la escuela, lo eligen último para cualquier equipo y su casa ha estado triste y silenciosa desde que su padre se fue. La suerte parece que le ha abandonado. Pero un día se golpea la cabeza y ve literalmente las estrellas: su jugador de fútbol favorito y superfamoso está de pie frente a él, concediéndole nueve deseos. Por fin, todos sus sueños se harán realidad. ¿Conseguirá Archie ser feliz pidiendo deseos? ¿O se dará cuenta de que los deseos mágicos pueden ser maravillosos, pero solo él tiene el verdadero poder de cambiar su vida?
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Seitenzahl: 261
Veröffentlichungsjahr: 2024
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HELEN RUTTER
CRÉDITOS
Publicado originalmente en inglés como ‘The boy whose wishes came true’ en el Reino Unido por Scholastic Children’s Books, un sello de Scholastic Limited.
© del texto: Helen Rutter, 2022
© de la traducción: Rocío Valero
© de las ilustraciones y cubierta: Andrew Bannecker
© de la foto de la autora: Kate Chappell
© de la edición en español: Pyjama Books, SL. 2024
Avenida de Menéndez Pelayo 67,
28019 Madrid, España.
Todos los derechos reservados.
ISBN: 978-84-19135-44-57
THEMA: YFB
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de los titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
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Sinopsis
Archie Crumb lo está pasando mal.
Se meten con él en la escuela, lo eligen último para cualquier equipo y su casa ha estado triste y silenciosa desde que su padre se fue.
La suerte parece que le ha abandonado.
Pero un día se golpea la cabeza y ve literalmente las estrellas: su jugador de fútbol favorito y superfamoso está de pie frente a él, concediéndole nueve deseos.
Por fin, todos sus sueños se harán realidad.
¿Conseguirá Archie ser feliz pidiendo deseos?
¿O se dará cuenta de que los deseos mágicos pueden ser maravillosos, pero solo él tiene el verdadero poder de cambiar su vida?
Para mi madre
Capítulo 1
Siempre hay que creer
en los propios sueños.
-Lucas Bailey, delantero estrella
del Valley Rovers
Anoche soñé que me comía
un hámster gigante.
-Archie Crumb
Mi madre siempre estaba diciéndome que pidiera un deseo. Por las cosas típicas —al soplar las velas, a las once y once, al ver un arcoíris—, pero también por miles de razones más.
Si decíamos algo a la vez:
«¡Pide un deseo!».
Si veíamos una pluma, o un pájaro, aunque fuera una paloma roñosa y coja:
«¡Pide un deseo, Archie!».
Hasta por las cosas más asquerosas:
«¡Puaj, mamá, en mi huevo frito hay un pelo tuyo!».
«Pide un deseo, Archie. ¡Rápido!».
«Ehhh... ¿Deseo que no haya un pelo en mi huevo frito?».
Si pasábamos por debajo de un puente en el momento en que pasaba un tren, si me daba un golpe en un codo, si una ráfaga de viento me lanzaba hojas de árbol contra la cara o si empezaba a nevar. Para mi madre todo valía un deseo.
«Si no se desea, no se puede hacer realidad, ¿no?».
Cuando hay que pedir tantos deseos, no es fácil saber qué desear. Yo acabé pidiendo todo lo típico: hacerme rico, poder volar, más deseos, unas deportivas chulas. Ninguno de esos deseos se ha cumplido, ni creo que se cumplan nunca. Por lo menos los míos.
Me llamo Archie Crumb y soy un inútil. Soy uno de esos niños que no saben hacer nada, y cuando digo nada es NADA. La mayoría de la gente, si no es muy buena en algo, como en matemáticas, por ejemplo, suele serlo en otras cosas, como en dibujo. En el cole, los niños que no dan una en clase salen al patio a la hora de la comida y a lo mejor corren rapidísimo, o saltan superalto, o marcan todos los goles en fútbol.
Hasta Felix Ratton, que va a mi clase y es aún peor que yo en ortografía, sabe desmontar un cortacésped y volver a montarlo. Pero de eso no nos enteramos hasta que ganó un premio en la feria del colegio. El premio consistía en ser profesor durante un día (¡cosa que a mí me parece más un castigo que un premio, la verdad!). ¡La gente se pensaba que iba a ser un profesor malísimo, pero fue el mejor día del mundo! Nos dijo que en casa tiene seis cortacéspedes, que los encontró en contenedores o junto a los cubos de basura de la gente. Se los llevó a casa y los arregló. Siempre está buscando cortacéspedes rotos, por lo visto. Hasta es capaz de reconocer la marca por el ruido que hacen. Nosotros no nos enteramos de lo de su afición por los cortacéspedes hasta el día en que se convirtió en nuestro profesor.
Al día siguiente de la clase de Felix, en casa de mi padre intenté desmontar su flamante cortacésped y volver a montarlo, para ver si ese era también mi talento oculto. Acabé sudando y rodeado de tornillos y piezas metálicas que no sabía dónde iban. Papá y Julie se enfadaron muchísimo. Está claro que los cortacéspedes no son mi don secreto. Aún no he descubierto cuál es, y estoy empezando a perder la esperanza.
Los profes siempre dicen que todos somos buenos en algo. Yo no. Yo soy el último en TODO. No tengo ninguna habilidad especial. Se me dan mal todas las asignaturas, no me sé las tablas de multiplicar, tengo faltas de ortografía, escribo con letra de araña y la última vez que le hice un dibujo a mi madre, se creyó que era una tetera, cuando en realidad era un barco. ¿Para qué córcholis iba yo a dibujar una tetera? No sé correr en línea recta sin caerme, ni mucho menos dar una patada a un balón como es debido. Ni siquiera se me dan bien los videojuegos.
Mi madre ya no se molesta en decirme que pida deseos, sobre todo ahora que está en la cama. Se pasa el día durmiendo... o haciéndose la dormida. Yo sé cuándo se hace la dormida; la clave es la respiración. Yo también lo hacía cuando era pequeño. El truco es respirar despacísimo. Cuando llego del cole y meto la cabeza por la puerta, veo sus ojos cerrados asomando por encima del edredón, pero también veo cómo las mantas suben y bajan al ritmo de su respiración, demasiado rápido para que esté dormida.
No sé por qué lo hace. Creo que a lo mejor tiene sueño y no quiere hablar. Pero a mí no me importa. Me pongo a ordenar mis cromos de fútbol y a comer aros de espagueti directamente de la lata.
A veces cojo mis espaguetis y también me meto en la cama, con mis cromos, y me pongo a hacer listas de los que me faltan y los que ya tengo. Me gustan esos paquetes rojos brillantes, y me sé todas las estadísticas y todos los datos de los jugadores. De la parte de atrás de los paquetes saco mis mejores frases de motivación. Es un poco como los cuadros que tiene Julie en el salón, que dicen VIVE RÍE AMA..., pero mejor. A mí me encantan esas frases —sobre todo las de Lucas Bailey— y siempre intento seguir sus consejos, pero a veces no sirven.
Porque ¿cómo va uno a luchar por sus sueños si ni siquiera sabe cuáles son? Yo no sé lo que quiero ser de mayor, y no entiendo que otros niños lo tengan claro ya. ¡Solo tenemos once años! La gente ya lo tiene todo decidido: Mouse quiere ser abogada; Martha, peluquera de perros; Kiran, patinadora sobre hielo. Y la mayoría de los niños quieren ser futbolistas.
Yo no voy a ser futbolista ni en un millón de años. Así que me quedo con mis cromos. Tengo un montón ENORME de repetidos, el más grande del cole, creo. Algunos niños hacen unos cambios absurdos, como cincuenta repes por uno de purpurina, pero a mí me gusta mi montón de repes. Los de Lucas los guardo todos juntos en un montón aparte. Tengo cincuenta y dos Lucas Bailey. Es mi favorito. La temporada pasada marcó treinta y cinco goles y fue el máximo goleador. Además, es de aquí; iba a mi colegio. Hay fotos suyas por todos los pasillos y una exposición enorme en la recepción, con recortes de periódicos y entrevistas que ha hecho.
Yo a veces hablo con él. Sé que parece una tontería, y luego pienso que a ver si voy a estar loco por hablar con un cromo, pero yo le hablo. Si los cromos tuvieran orejitas y pudieran oír, Lucas sabría muchas cosas de mí. Sabría que Mouse es mi mejor amiga y que en fútbol es mejor que todas las demás niñas del cole, y que la mayoría de los chicos, si le dejaran demostrarlo. Tiramos penaltis en su jardín y NUNCA le he visto fallar uno. Es buenísima.
Lucas sabría que las B-B son un horror y que hablan mal de TODO EL MUNDO. Sabría que hoy me he copiado del examen de mates de Martha. Y sabría que me he sentido tan mal por hacerlo, y me he puesto tan nervioso, que me he inventado todas las respuestas y he sacado un cero.
Sabría que el nueve es mi número de la suerte porque es el número de su camiseta, y que a veces digo las cosas nueve veces interiormente para que se hagan realidad, o que golpeo cosas contra una mesa nueve veces para que me den suerte. Lucas sería la única persona del mundo que sabría que esta semana, mi madre solo se ha levantado de la cama una vez.
Se va a poner bien. Ella dice que solo necesita tiempo. Yo sé que se esfuerza. La pasada Semana Santa nos reservó un viaje a Scarborough y nos pasamos semanas hablando de las máquinas tragaperras y del mar. Pero la semana antes del viaje, empezó a quedarse en la cama otra vez. Cada vez más tiempo. Y a decir que tenía un dolor de cabeza tremendo. Yo me di cuenta enseguida de que me podía olvidar del viaje. El día antes de ir a coger el tren, empezó a llorar y a decir cómo lo sentía. Acabé diciéndole que no pasaba nada. Aunque sí pasaba.
Eso es lo que a veces ocurre con mi madre: que roba todos los sentimientos hasta que no queda ninguno para mí. Una vez iba yo a dar una fiesta de cumple de las de verdad, con pijamas y todo, con palomitas y película. Limpiamos la casa y todo. El día que iba a llevar las invitaciones al cole, mi madre se puso muy nerviosa y dijo que no estaba preparada para recibir a tanta gente. Así que celebré mi cumple cenando en casa de Mouse.
Siempre hay algún motivo que le impide ir a las funciones del colegio, a los días del deporte y a las tardes de padres y madres. Es lo que hay. No es culpa suya, ¿no? Ella no quiere estar así. Entonces, ¿por qué a veces me enfado tanto con ella?
Mi madre dice que no puedo decirle a nadie que se pasa el día metida en la cama. Se preocuparían y querrían meterse, y eso sería lo único que le faltaba a ella. Si algunos días no puede ni hablar conmigo de lo cansada que está, ni te cuento lo que sería que empezaran a llamarla los profes continuamente.
Cuando voy a casa de mi padre, él me pregunta: «¿Cómo está tu madre?», pero yo sé que no me lo pregunta de verdad. Muchas cosas no se preguntan de verdad. A veces veo que los mayores se encuentran por la calle y se dicen: «Hola, ¿cómo estás?», pero ni se paran a escuchar la respuesta. Eso no es una pregunta de verdad, digo yo, así que no sé para qué lo preguntan. Papá también hace eso. No quiere la respuesta de verdad, y por eso yo siempre le digo: «Igual».
Y con eso parece conformarse. Yo no quiero mentir, y eso es la verdad, creo yo... pero no toda la verdad. Yo ODIO mentir. Mi padre es un mentiroso. Cuando yo tenía siete años, me dijo la mentira más grande del mundo. Les oí a él y a mi madre gritarse en la cocina y, cuando bajé, me dijo que no me preocupara.
«No pasa nada, Archie», me dijo.
Pues sí pasó. Siguieron gritándose en la cocina durante meses, hasta que un día él se fue. Ahora está casado con Julie, que tiene la piel reluciente y lleva unos pendientes colgantes. Tuvieron a mi hermana, Scadge, a la que está claro que mi padre quiere mucho más que a mí. Entonces fue cuando mi madre empezó a encontrarse mal y a tener que descansar. Hace un año perdió su trabajo, y por eso ahora tampoco tiene nada por lo que levantarse por la mañana.
Sí pasó. Así que ahora no me creo nada de lo que me dice mi padre.
Voy a su casa y de Julie cada dos fines de semana. Me gusta ir para ver a Scadge, aunque es una mimada y le dan todo lo que quiere. Me hace reír. Tiene tres años. En realidad se llama Scarlett, pero yo la llamo Scadge. Julie odia ese nombre.
«Archie, por favor, no la llames así. Es como de niña vagabunda».
Pero es que a Scadge le encanta. Cada vez que Julie me regaña, Scadge se pone a cantar: «¡Scadgy-Scadgy Scadgy-scoo!», y hace ruidos de pedos con la lengua.
«¡Qué bonito!», dice Julie siempre, y yo y Scadge nos reímos y seguimos cantando la canción de Scadge.
Está completamente obsesionada con los unicornios; toda su habitación está cubierta de ellos, y siempre huele a polvos efervescentes. Julie la viste con vestidos blancos con volantes y solo la deja jugar con un juguete a la vez.
Hoy toca finde con mi padre. Cuando llego, llevo a Scadge al jardín, que es perfecto, con cada brizna de hierba cortada como con tijeras de peluquería, y le enseño a chutar. Es la única persona del mundo a la que gano al fútbol. A ella le encanta, y cada vez que intenta chutar, chilla.
Entonces se sobreexcita y empieza a chillar y a bailar, se cae encima de la pelota, se llena de barro el vestido y, claro, acaban pagándola conmigo.
«¡Pero cómo te has puesto, Scarlett Rose! Gracias, Archie, ¡muchas gracias!», me espeta Julie. «Ve a cambiarte y encuentra algo que hacer con lo que no te ensucies».
Scadge sube a cambiarse y a buscar un juego de mesa de unicornios para jugar conmigo, y mi padre se mete en la cocina. Y así, Julie y yo nos quedamos solos.
En esta casa me siento grande, aunque en realidad soy bastante bajo. Acabo tirando cosas y derramando bebidas, y entonces cunde el pánico, porque hay que volver a dejarlo todo perfecto. En lo que llevamos de fin de semana no he roto nada ni me he chocado con nada, pero aún queda tiempo.
Yo creo que a Julie no le gusta mucho que vaya por allí. Siempre parece incomodísima, y si alguna vez nos quedamos los dos solos en una habitación, hace un ruido que parece una mezcla entre una risa y un suspiro. Ahora hace ese ruido.
«Ahh... Mmmmm».
Yo no sé muy bien qué significa, pero me deja perplejo. ¿Tengo que hacerlo yo también? ¿O decir algo? ¿O quedarme ahí sentado, bajo el incómodo silencio que viene luego?
Inspiro y espiro atropelladamente y digo lo primero que se me ocurre.
«¿Cómo es que tu sofá huele tan bien?».
A Julie se le ilumina la cara.
«Uso un frasquito de espray con una mezcla al cincuenta por ciento de acondicionador de textiles y agua. ¡Mira!».
Saca de un cajón un bonito frasco de cristal y me pregunta si quiero «echar un poquito».
Cojo el frasco. Tiene forma de nube y está hecho de un bonito vidrio transparente atravesado por ondas azules. Tiene pinta de contener un perfume caro, no solo un espray para sofás. Lo sostengo con cuidado, lo palpo, observo el dibujo del cristal y aprieto el pulsador.
«El acondicionador de textiles se llama Brisa de Verano y es mi olor favorito del mundo», dice Julie.
Cierra los ojos e inspira hondo. Parece muy contenta y aliviada de haber encontrado algo de qué hablar conmigo.
Mientras huelo la Brisa de Verano, me pregunto a cuántos niños de once años conocerá Julie. Supongo que no a muchos.
La próxima vez que haga la compra, voy a buscar el acondicionador de textiles Brisa de Verano, para que nuestro sofá huela tan bien como el de Julie. Aunque seguro que es caro. He intentado limpiar la casa y dejarla reluciente, pero nunca reluce. En la alfombra hay manchas donde se me cayó una sopa de tomate. Y ahora no consigo quitar el mal olor.
Cuando estoy en casa no lo noto. Solo cuando llego después de haber salido. No sé por qué pasa eso. A lo mejor es que me acostumbro al olor a podrido y mi mente lo hace desaparecer como por arte de magia.
Dejo que Scadge me gane tres veces a su juego nuevo y Julie nos llama para comer. Los platos son a juego y los cubiertos tienen mangos con topos rojos. Scadge no para de hablar de que me ha ganado al juego.
«¡La próxima vez que vengas, Archibald, te volveré a ganar todas las veces!», dice riéndose.
Ojalá nunca le hubiera dicho que algunas personas que se llaman Archie en realidad se llaman Archibald. Desde entonces siempre me llama así. Mi padre también se ríe. Pero luego se aclara la garganta y pone su cara seria, y entonces sé que viene algo malo.
«Hablando de la próxima vez, Archie...». Hace una pausa mientras se come unos fideos. «Me temo que vamos a tener que aplazar lo de dentro de dos fines de semana».
Yo ya sé lo que significa «aplazar»: anular. Mi padre siempre está «aplazando» nuestros fines de semana. No me mira mientras sorbe un fideo que se le ha quedado colgando.
«Una amiga de Julie nos ha ofrecido la caravana que tiene en Gales para el fin de semana, y no podíamos decirle que no».
Julie vuelve a hacer el ruido raro, «Ahh... Mmmmm», y se hace un silencio incómodo. Hasta Scadge se ha quedado callada, por una vez. Los cubiertos tintinean al chocar con los platos.
Y entonces digo yo, con una voz que me sale más alta y mucho menos espontánea de lo que quería:
«¿Puedo ir yo también?».
«¡Sí!», grita Scadge, dejando caer la cuchara en su cuenco. «¡Yo quiero que venga Archibald! Así podré llevar mi juego y ganarle todas las veces».
Papá parpadea y le agita el pelo.
«No, no puede, cariño», dice. Hace como que habla con Scadge, pero yo sé que en realidad habla conmigo. «A todos nos gustaría que viniera, pero la caravana es muy pequeña y él ya es muy grande. Seguro que no le apetece estarse ahí apretujado con nosotros todo el fin de semana».
La verdad es que me encantaría estar apretujado y, justo cuando voy a decirlo, mi mano choca con mi tenedor y este sale disparado del cuenco hacia las relucientes baldosas blancas. Julie contiene el aliento y empieza como a piar mientras agita los brazos y limpia la mancha.
«¿Ves, Scarlett? ¡Archie no puede estar en una caravana!».
Entonces mi padre se ríe y me alborota el pelo a mí también, como si ya estuviera todo arreglado.
«Entonces, ¿vengo el próximo fin de semana?», le pregunto.
Mi padre lanza una mirada a Julie.
«Eh... Pues el próximo fin de semana es el cumple de Scarlett...», dice despacio.
«¡Porfa, porfa!», ruega Scadge.
«Ehhh...».
«¡Porfa, porfa!».
Papá vuelve a mirar a Julie, que se encoge de hombros y asiente ligeramente con la cabeza.
«Pues claro. ¡Genial!», dice mi padre alegremente, pero a mí me parece que no le parece genial en absoluto.
Al cabo de unos segundos, Julie vuelve a soltar su mezcla de risa y suspiro.
«Ahh... Mmmmm».
De repente solo quiero salir de esta casa en la que todo brilla y que huele tan dulce. Estoy deseando que lleguen las siete, para irme a cenar a casa de Mouse.
No quiero pensar que no soy bien recibido en la casa de mi padre. Me digo que son cosas mías, que ellos no pretenden hacerme sentir así. Pienso en cómo me quiere Scadge y en cómo nos divertimos. Pero cuando veo a mi padre y a Julie mirarse así —cuando veo el pánico en sus ojos ante la idea de tener que aguantarme dos fines de semana seguidos—, sé que esta casa nunca será un hogar para mí.
El problema es que mi casa de verdad tampoco es un hogar. Las casas normales no huelen mal, ni tienen a una persona metida en la cama todo el día, haciéndose la dormida, ¿no? O sea que no sé dónde me deja eso a mí.
Capítulo 2
Incluso cuando tocamos fondo, podemos
mirar a las estrellas.
-Lucas Bailey
Las estrellas fosforescentes que hay en el techo de mi habitación dejaron de funcionar hace años; ahora solo veo plástico.
-Archie Crumb
Me paso el resto de la tarde escondido en mi habitación. Cuando digo «mi habitación», me refiero a la habitación libre en la que duermo cuando estoy aquí.
Está pintada de blanco y tiene una bicicleta estática en un rincón, una pelota de gimnasia enorme —en la que me dedico a rebotar de un lado a otro—, unos espejos inmensos en la pared y un cuadro rosa con purpurina, muy grande, con un marco plateado, en el que se puede leer:
Ese cuadro me hace sentir peor que nunca.
Tirado en la cama, miro las letras que brillan y me pregunto si a mi padre y a Julie se les habrá ocurrido pensar que a lo mejor este no es el mejor cuadro que podían poner en la pared de la habitación de un niño de once años. Hace años me dijeron que me iban a llevar a comprar un edredón y unos pósteres, para que sintiera que la habitación era mía, pero no lo hicieron. No podían dejar más claro que este no es mi cuarto. A veces Julie lo llama sin querer «el gimnasio», y entonces se tiene que corregir muy rápido.
«Cariño, cuando subas ¿puedes recoger la aspiradora? Está en el gimnasio... digo, en la habitación de Archie».
Estoy ahí tumbado diez minutos, hasta que ya no puedo seguir mirando el dichoso cuadro. Me levanto y lo quito de la pared. Cuando se desprende del gancho, pesa más de lo que esperaba y se resbala hacia mí. Siento cómo se me desliza de entre los dedos y, antes de que pueda atraparlo, se cae al suelo.
Casi no me atrevo a mirar. Me arrodillo en la gruesa alfombra y pienso si es posible que no se haya roto.
Miro despacio por debajo del marco, y lo veo: una raja muy larga que va de arriba abajo. Como no pienso contarles a Julie y a mi padre lo que he hecho, lo dejo apoyado de cara a la pared y lo aseguro con la pelota de gimnasia. Espero que Julie no haga ejercicio durante unos días. ¡Al menos ya no tendré que mirarlo!
Me voy una hora antes a casa de Mouse; a ella no le importará, y mi padre y Julie ni se darán cuenta. Seguro que se alegran de perderme de vista.
Todos los domingos ceno en casa de Mouse. Buscamos el partido del sábado en «contenido recuperado» y Mouse y yo gritamos y le chillamos a la pantalla. ¡Me encanta! Yo antes veía el fútbol con mi padre, pero como a Julie no le gusta, dejamos de hacerlo.
La casa de Mouse es todo lo contrario de la de mi padre y Julie. Está atiborrada de cosas, pero de cosas agradables, no solo de paquetes vacíos y caos, como la mía. Tienen las estanterías llenas de fotos, bolas de nieve y las cosas que hace Mouse en el cole. La nevera está cubierta de imanes y cosas pintadas, y tienen tantos animales que el suelo está plagado de conejeras y camas para perros.
Mi favorita es Flump, la pequeña jerbo blanca albina. Siempre que voy, me siento a Flump en las rodillas y se me cuela en el bolsillo o por una manga. Ojalá mi madre me dejara a mí tener un animal. Yo solo quiero un jerbito como Flump, pero mi madre dice: «No me vas a apestar la casa con roedores. Tienen muchas enfermedades». A veces me pregunto si se daría cuenta siquiera de su presencia. El caso es que, aunque ella no quiera, podría pillarme uno y tenerlo en mi cuarto. Mi madre no entra en él desde hace meses.
Mouse y su familia tienen veintitrés animales en total. Hasta peces tienen. Mouse dice que todos son sus hermanos y hermanas con pelo. La suya es una casa habitada. Siempre tienen la radio puesta y su madre y su padre siempre están hablando, o cantando o silbando. A su madre, Zoe, le gusta el yoga y la meditación, y esta noche, cuando llego, la oigo hacer unos ruidos muy raros en el salón.
«¿Qué hace?», le pregunto a Mouse en voz baja al oír esos ruidos tan extraños que se cuelan por la puerta.
«Está cantando», dice Mouse.
«¿Por qué?», le pregunto.
«Es que piensa en algo y envía “mensajes positivos” al universo. Dice que si envías cosas buenas, recibes cosas buenas».
«¿Y si envías cosas malas?», digo.
Mouse se encoge de hombros.
«Pues lo mismo, supongo».
Siento un escalofrío.
¿O sea, que yo he enviado cosas malas al universo y por eso él me envía cosas malas a mí? ¿Si hubiera enviado cosas buenas, me habrían invitado a la caravana?
Mouse me lleva a la cocina y se pone a hacer zumo para los dos. Escucho los cánticos de Zoe y veo el jugo concentrado mezclarse con el agua. Noto que me deslizo hacia «Archielandia». Así lo llamaban mi madre y mi padre cuando yo era pequeño y desconectaba.
Llamando a Archie. Tierra a Archielandia.
¿Te lo pasas bien en Archielandia? ¿Nos has enviado una postal?
Últimamente paso mucho tiempo en Archielandia.
La semana pasada, cuando tocaba cambiarse después de natación, me fui a Archielandia. Los demás se fueron al microbús, pero yo no me di cuenta. Me puse a atarme y desatarme el cinturón del bañador, muy despacio. Al cabo de veinte minutos, entró la señora Mather hecha una furia en el vestuario. Yo seguía ahí sentado, en bañador, atando y desatando el cinturón una y otra vez.
«¿Se puede saber qué haces?», me preguntó la Sra. Mather.
«¿Vestirme?».
«Archie, la clase ha terminado hace un montón. Te está esperando el microbús, ya están todos».
Yo me encogí de hombros y ella suspiró y dijo: «Vamos, tortuga».
Tuve que subirme al microbús envuelto en la toalla. A las B-B les encantó.
«Archie Crumb está desnudo,
su madre le hace el nudo.
¡Si no, el tonto de él
va enseñando el culo!».
Se pasaron el resto de la semana cantando esa canción.
A mucha gente, como la Sra. Mather, Archielandia le molesta mucho. Pero otros lo encuentran interesante. Zoe siempre quiere saber lo que estoy pensando cuando «me voy».
«¿Es como un país imaginario con animales y así?», me preguntó una vez mientras cenábamos.
Yo llevaba diez minutos haciendo volar un espagueti en el aire, mientras los demás me miraban y se reían.
«No. No pienso en nada especial. Es como un espacio vacío».
«Los monjes budistas también son capaces de entrar en ese estado de meditación profunda, pero la mayoría de la gente no. Es increíble, Archie. Solo tienes que aprender a controlarlo, para no tener problemas, porque tú, a diferencia de un monje, tienes que ir al colegio».
Me cae bien Zoe. Lleva vestidos largos y muchas veces se pone guantes de jardinera. Me conoce de toda la vida y siempre tiene un zumo buenísimo en la nevera. Los que tienen tropezones, que saben como que es verano.
Cuando éramos pequeños, mi madre y Zoe eran amigas, pero cuando mi madre se puso mal, empezó a mandar mensajes a la gente diciéndoles que la dejaran en paz. Lo sé porque vi uno una vez que le puse a cargar el teléfono: había una palabrota. Al cabo de un tiempo, la gente dejó de intentarlo. Supongo que te puedes acabar cansando de que te insulten por mensaje. Zoe sigue intentándolo de vez en cuando. Me da una nota para ella o me dice que ha intentado llamarla, pero que mi madre ya no le coge el teléfono.
Cuando vuelvo de Archielandia, entra en la cocina el padre de Mouse y se pone a preparar algo que huele fenomenal. Está puesta la radio y él va silbando la melodía que suena. En mi casa nunca suena nada. Ni siquiera tenemos radio. A veces, cuando me pongo a hacerme la cena, dejo la tele puesta de fondo, para sentir más vida. Pero es que así la casa me parece aún más vacía, no sé por qué. Una vez intenté ponerme a cantar mientras me hacía una tostada, pero como canto tan mal, acabé poniéndome colorado, como si alguien me estuviera escuchando, y dejé de hacerlo.
Entra Zoe en la cocina y nos alborota el pelo a mí y a Mouse. El padre nos mira y hace como que se siente excluido. Baja su cabeza calva y entonces ella hace como que le alborota su pelo inexistente, y todos se ríen. Cenamos pastel de carne con patatas, y está riquísimo. Después, Mouse y yo nos ponemos a ver el partido: ¡gana el Valley Rovers 3-0! Y llega la hora de irme a mi casa. Zoe me pone las sobras en un plato.
«Así tu madre no tendrá que cocinar», dice. Duda un momento. «Dale un abrazo de mi parte, ¿eh? Y dile que me llame cuando quiera, ¡que me encantaría saber de ella!».
Yo asiento con la cabeza mientras cojo el plato, sabiendo que mi madre no coge el teléfono.
Cuando salgo a la noche fría, me grita Mouse: «¡Recuerda que mañana hay examen de mates!».
Mientras me despide con la mano y cierra la puerta, veo a su madre y a su padre a través del cristal empañado, hablando y riendo. Me había olvidado del examen de mates.
Los domingos por la noche nunca quiero irme a mi casa. En la suya me siento reconfortado, pleno. No quiero volver. Y menos esta noche. Cuando me fui ayer, mi madre estaba muy mal; tenía la cara roja y llena de manchas, y cuando le dije adiós, no contestó. Me pregunto si siempre me va a costar tanto volver a casa.
Entonces pienso en lo que me ha dicho Mouse, lo de enviar mensajes positivos al universo, mandar cosas buenas para recibirlas de vuelta.
Intento pensar en positivo, pero no lo consigo. Y además, ¿cómo se le envían cosas al universo? Solo se me ocurre el perfume de telas Brisa de Verano. Decido dejarme llevar. Me quedo parado bajo el aire helado, con el pastel caliente en las manos, cierro los ojos y pienso en el acondicionador de telas. Casi lo huelo. Imagino cómo mis pensamientos flotan hacia el cielo.
A lo mejor, si consigo un poco de Brisa de Verano, podría intentar que mi casa reluzca y huela bien, y podría meter el pastel de carne en el horno y poner la tele, y no me sentiré tan solo.
Y por hoy ya no me salen más pensamientos positivos. Los mando al universo y me monto en mi bici.
Voy por el camino empedrado, intentando mantener el pastel en equilibrio sobre el manillar y esquivar las piedras grandes, cuando la rueda se mete en un agujero que no se veía. Y entonces todo pasa a cámara lenta. El pastel sale volando y yo voy detrás, por encima del manillar. Veo que el plato choca contra el suelo y se rompe en dos, delante de mí, y tengo una fracción de segundo para sentirme culpable y preguntarme cómo voy a decirle a Zoe que le he roto el plato del pastel. Después, mi cabeza se estampa contra el suelo y todo se pone negro.
