El origen del hombre - Charles Darwin - E-Book

El origen del hombre E-Book

Charles Darwin.

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Este libro de Charles Darwin representa una de las fuentes más ricas de pensamiento biológico en la actualidad. Es una obra en la que el investigador esclarece el origen de la vida vegetal y animal, los cuales se perdían en mitos y leyendas.

Charles dedujo en simultáneo con Wallace, el proceso de la evolución de las especies mediante la selección de los individuos más aptos, presentando un conjunto de hechos que removieron lo que durante siglos se consideró como la verdad acerca del origen del hombre.

Este es un texto esencial, El origen del hombre constituye una continuidad entre la especie humana y los otros animales. Esta obra busca responder la pregunta de ¿qué lugar ocupamos en esa historia evolutiva?

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Charles Darwin

Charles Darwin

EL ORIGEN DEL HOMBRE

Traducido por Carola Tognetti

ISBN 979-12-5971-108-3

Greenbooks editore

Edición digital

Enero 2021

www.greenbooks-editore.com

ISBN: 979-12-5971-108-3
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Indice

EL ORIGEN DEL HOMBRE

EL ORIGEN DEL HOMBRE

CAPITULO PRIMERO

Pruebas de que el hombre desciende de una forma inferior

Para afirmar que el hombre es el descendiente modificado de alguna forma preexistente, es menester averiguar antes si varía en sí mismo, por poco que sea, en su conformación corporal y facultades mentales, y, caso de ser así, si las variaciones se transmiten á su prole siguiendo las leyes que rigen para los animales inferiores, tales como la de la transmisión de los ca- racteres á la misma edad ó sexo. Por lo que podemos juzgar, dada nuestra ignorancia, ¿son dichas variaciones debidas á las mismas causas, ó dependen de idénticas leyes que los demás organismos, por ejemplo, las de correlación, efectos heredita- rios del uso y de la falta de uso, etc? ¿Está sujeto el hombre á las mismas deformaciones, debidas á cesación de desarrollo, duplicación de partes, etc; y presenta en sus anomalías alguna reversión á un tipo de conformación anterior y antiguo? Natu- ral también es preguntar, si, como tantos otros animales, el hombre ha dado lugar á variedades y razas tan distintas entre sí, que deben clasificarse como especies dudosas. ¿De qué mo- do estas razas están distribuídas sobre la tierra, y cómo influ- yen unas sobre otras, tanto en la primera como en las demás

generaciones, cuando hay entre ellas cruzamientos?

La investigación debería después tratar de dilucidar la im- portante cuestión de si el hombre tiende á multiplicarse con bastante rapidez para que nazcan rigurosas luchas por la vida, cuyo resultado ha de ser la conservación en la especie de las variaciones ventajosas del cuerpo y del espíritu, y la consi- guiente eliminación de las que son perjudiciales, Las razas ó especies humanas, llámeselas como se quiera, ¿se sobreponen mutuamente y se reemplazan unas á otras hasta el punto de llegar á extinguirse algunas? La respuesta á todas ó á la mayor parte de estas preguntas, veremos que, como para los animales inferiores, debe para la mayoría de esas especies ser evidente- mente afirmativa. Haciendo, por ahora, caso omiso de las con- sideraciones que preceden, pasemos á ver hasta qué punto la conformación corporal del hombre presenta vestigios, más ó menos claros, de su descendencia de alguna forma inferior. En los dos capítulos siguientes examinaremos las facultades men- tales del hombre, comparadas con las de los animales que le son inferiores en la escala zoológica.

Conformación corporal del hombre.

Sabido es de todos que el hombre está constituido sobre el mismo tipo general ó modelo que los demás mamíferos. Todos los huesos de su esqueleto son comparables á los huesos co- rrespondientes de un mono, de un murciélago, ó de una foca. Lo mismo se puede afirmar de sus músculos, nervios, vasos sanguíneos y vísceras internas. El cerebro, el más importante de todos los órganos, sigue la misma ley, como lo han probado Huxley y otros anatomistas. Bischoff admite también que cada hendidura principal y cada repliegue del cerebro humano tiene su análogo en el del orangután; pero añade que los dos cere-

bros no concuerdan completamente en ningún período de su evolución; concordancia que, por otra parte, no puede espe- rarse, ya que de verificarse serían iguales las facultades men- tales de ambos. Vulpian hace la observación siguiente: «Las diferencias reales que existen entre el encéfalo del hombre y el de los monos superiores, son excesivamente tenues. Sobre este particular no podemos hacernos ilusiones. Por los caracteres anatómicos de su cerebro, el hombre se aproxima más á los monos antropomorfos, que éstos no sólo á ciertos mamíferos, sino aun á ciertos cuadrumanos, como los macacos." Pero aquí sería superfluo dar más detalles sobre la correspondencia entre el hombre y los mamíferos superiores, en lo tocante á la es- tructura del cerebro y de todas las demás partes del cuerpo.

Tal vez será útil especificar algunos puntos, que aunque ni directa ni aparentemente se relacionan con la conformación, atestiguan claramente esta correspondencia ó parentesco.

El hombre puede tomar de animales inferiores, ó comuni- carles á su vez, enfermedades tales como la rabia, las viruelas, etc., hecho que prueba la gran similitud de sus tejidos, tanto en su composición como en su estructura elemental con mu- cha más evidencia que la comparación hecha con la ayuda del microscopio, ó del más minucioso análisis químico. Los monos están sujetos á muchas de nuestras enfermedades no conta- giosas; Kengger, que ha observado durante mucho tiempo el Cebus Azarae en su país natal, le ha visto padecer catarros, con sus ordinarios síntomas, y terminando, cuando con dema- siada frecuencia se repetían, por la tisis. Estos monos sufren también apoplegías, inflamaciones y cataratas. Los remedios producen en ellos los mismos efectos que en el hombre. Mu- chas especies de monos tienen un pronunciado gusto por el té, el café y las bebidas espirituosas; fuman también el tabaco con placer, como he tenido ocasión de observar yo mismo. Brehm

asegura que los habitantes del Africa Norte oriental cazan los mandriles, poniendo en los lugares que frecuentan, vasos con- teniendo una cerveza fuerte, con la que se embriagan. Ha ob- servado algunos de estos animales cautivos, en estado de em- briaguez, y da un relato curioso de las extrañas gesticulaciones á que se entregan. Al día siguiente parecen encontrarse som- bríos y de mal humor, cogiéndose la cabeza entre las manos y presentando una expresión lastimera; se apartan con disgusto cuando se les ofrece cerveza ó vino, y sólo apetecen el jugo del limón. Estos hechos, poco importantes, prueban cuán seme- jantes son los nervios del gusto en el hombre y los monos, y cuán parecidamente puede ser afectado el sistema nervioso de ambos.

Infestan el cuerpo del hombre parásitos internos, que á ve- ces producen funestos efectos, y le atormentan parásitos ex- ternos; todos pertenecen á los mismos géneros ó familias que los que se encuentran en los demás mamíferos. Los mismos procedimientos curativos cicatrizan sus heridas.

En todos los mamíferos, la marcha en conjunto de la im- portante función de la reproducción, presenta las mayores si- militudes, desde las primeras asiduidades del macho hasta el nacimiento y la cría de la prole. Los monos nacen en un estado tan débil como nuestros propios hijos. El hombre difiere de la mujer por su talla, su fuerza muscular, su vellosidad, etc., co- mo también por su inteligencia, como sucede entre los dos sexos de muchos mamíferos. En una palabra, no es posible negar la estrecha correspondencia que existe entre el hombre y los animales superiores, principalmente los monos antropo- morfos, tanto en la conformación general y la estructura ele- mental de los tejidos, como en la composición química y la constitución.

Desarrollo del embrión.

El hombre se desarrolla de una óvula de cerca de dos centí- metros de diámetro, que no difiere en ningún punto de la que da origen á los demás animales. El embrión humano, en un período precoz, puede á duras penas distinguirse del de otros miembros del reino de los vertebrados. En este período, las arterias terminan en las ramas arqueadas, como para llevar la sangre á branquias, que no existen en los vertebrados superio- res, por más que las hendiduras laterales del cuello persistan marcando su posición anterior. Algo más tarde, cuando se han desarrollado las extremidades, como hace notar el célebre de Bäer, las patas de los lagartos y mamíferos, las alas y patas de las aves, como las manos y los piés del hombre, todas derivan de una misma forma fundamental." "Sólo, dice el profesor Hux- ley, en las últimas fases del desarrollo es cuando el nuevo sér humano presenta diferencias marcadas con el joven mono, mientras este último se aleja por su elevación del perro, tanto como lo hace el hombre. Por extraordinaria que parezca esta aserción, está demostrada como verdadera.»

Después de estas citas es inútil entrar en más detalles para probar la gran semejanza que ofrece el embrión humano con el de los otros mamíferos. Añadiré, con todo, que se parece igual- mente, por muchos puntos de su conformación, á ciertas for- mas, que en estado adulto, son inferiores. El corazón, por ejemplo, no es al principio sino un simple vaso pulsátil; efec- túanse las deyecciones por un pasaje cloacal; el hueso coxis sobresale como una verdadera cola «extendiéndose mucho más que las piernas rudimentarias.» Ciertas glándulas, conocidas bajo el nombre de cuerpos de Volt, que existen en los embrio- nes de todos los animales vertebrados de respiración aérea, corresponden á los riñones de los peces adultos, y funcionan de un modo semejante. Pueden llegarse á observar, en un pe-

ríodo embrionario más avanzado, algunas semejanzas sorpren- dentes entre el hombre y los animales inferiores. Bischoff ase- gura que á fines del séptimo mes, las circunvoluciones del ce- rebro de un embrión humano se presentan en el mismo estado de desarrollo que en el babuino adulto. Terminaré tomando de Huxley la respuesta que da á la pregunta de si el hombre debe su origen á una marcha distinta de la que presenta el origen del perro, del ave, de la rana ó del pez: «Es incontestable que el modo de origen y las primeras fases del desarrollo humano, son idénticas á las de los animales que ocupan los grados in- mediatamente inferiores á él en la serie zoológica, y que, bajo este punto de vista, está mucho más cerca de los monos que éstos lo están del perro.»

Rudimentos.

No se podría encontrar un solo animal superior que no pre- sentase alguna parte en un estado rudimentario, y esta regla no hace excepción ninguna á favor del hombre. Deben distin- guirse, lo que no es siempre fácil en ciertos casos, los órganos rudimentarios de los que sólo se ven en estado naciente. Los primeros son absolutamente inútiles, como las mamas de los cuadrúpedos machos, ó los incisivos de los rumiantes, que no llegan á atravesar la encía; ó prestan tan ligeros servicios á sus posesores actuales que no podemos suponer de ningún modo que se hayan desarrollado en las condiciones con que hoy exis- ten. Los órganos, en este último estado, no pueden llamarse estrictamente rudimentarios, pero tienden á serlo. Los órganos rudimentarios son eminentemente variables; hecho que fácil- mente se comprende, ya que siendo inútiles, ó poco menos, no están sometidos á la acción de la selección natural. A menudo desaparecen por completo; con todo, cuando así sucede, pue-

den ocasionalmente reaparecer por reversión, hecho que mere- ce una atención especial.

Los principales agentes que parecen provocar el estado ru- dimentario en los órganos, son la falta de uso.

Sobre muchos puntos del cuerpo humano se han observado rudimentos de músculos diversos; los hay entre ellos que, exis- tiendo regularmente en algunos animales inferiores, pueden, ocasionalmente, volverse á encontrar en estado muy reducido en el hombre. Conocido es por todos la aptitud que tienen mu- chos animales, y especialmente el caballo, para mover ciertas partes de la piel, por la contracción del panículo muscular. Se encuentran restos de este músculo en estado de actividad, en algunos puntos del cuerpo humano: en la frente, por ejemplo, donde hace pestañear. Los músculos que sirven para mover el aparato externo del oído, y los músculos especiales que deter- minan los movimientos de las distintas partes pertenecientes al sistema paniculoso, se presentan en estado rudimentario en el hombre.

En su desarrollo, ó á lo menos en sus funciones, presentan variaciones frecuentes. He tenido ocasión de ver un individuo que podía mover hacia adelante sus orejas, y otro que podía retirarlas hacia atrás. La facultad de enderezar las orejas y di- rigirlas en distintos sentidos, presta indudablemente grandes servicios á muchos animales, que pueden así conocer el punto de peligro, pero nunca he oído hablar de hombre alguno que tuviese la menor aptitud á enderezar las orejas, único movi- miento que le pudiera ser útil. Toda la parte externa de la ore- ja, en forma de concha, puede ser considerada como un rudi- mento, lo propio que los diversos repliegues que en los anima- les inferiores sostienen y refuerzan la oreja, cuando está tiesa, sin aumentar en mucho su peso. Las orejas de los chimpanzés

y orangutanes son singularmente parecidas á las del hombre, y los guardianes del Zoolical Gardens me han asegurado que estos animales no las mueven ni las enderezan nunca; están, por lo tanto, consideradas como un función, en el mismo esta- do rudimentario que en el hombre. No sabemos decir por qué estos animales, como los antepasados del hombre, han perdido la facultad de enderezar las orejas. Es posible, aunque esta idea no me satisface por completo, que poco expuestos al peli- gro, en consecuencia de su costumbre de vivir en los árboles, y de su fuerza, hayan movido con poca frecuencia las orejas du- rante un largo período, perdiendo así la facultad de hacerlo. Este hecho sería semejante al que ofrecen las aves grandes y de peso que habitando las islas oceánicas, donde no estaban ex- puestas á los ataques de los animales carniceros, han perdido, consiguientemente, el poder de servirse de sus alas para huir.

Existe muy desarrollado en los ojos de los pájaros un tercer párpado, colocado en el ángulo interno que, por medio de músculos accesorios, puede subir rápidamente la parte delan- tera del ojo. El mismo párpado se encuentra en algunos repti- les y anfibios, y en algunos peces, como el tiburón. Se le ve también, bastante desarrollado, en las dos divisiones inferiores de la serie de los mamíferos, los monotremos y los marsupiales, y en algunas más elevadas. En el hombre, los cuadrúpedos y mamíferos restantes, existe, como admiten todos los anato- mistas, bajo la forma de un simple rudimento: el pliegue semi- lunar.

El sentido del olfato tiene una gran importancia para la ma- yor parte de los mamíferos, ya advierta á unos el peligro, como en los rumiantes; ya permita á otros descubrir su presa, como en los carnívoros; ya sirva para los dos objetos, como en el ja- balí. Pero son pocos los servicios que presta aún á los salvajes, entre los que está más desarrollado generalmente que entre las

razas más civilizadas. Ni les advierte el peligro, ni les guía hacia su sustento; no impide á los esquimales dormir en una atmósfera de las más fétidas, ni á muchos salvajes comer la carne medio podrida. Los que creen en el principio de la evolu- ción gradual no admitirán fácilmente que este sentido, tal como existe hoy, ha sido adquirido en su estado actual originaria- mente por el hombre. Sin duda ha heredado esta facultad de- bilitada y rudimentaria de algún antecesor antiquísimo á quien era útil, y que de ella hacía continuo uso. Esto nos permite comprender por qué, como justamente observa Maudsley, en el hombre el sentido del olfato está «notablemente sujeto á recor- dar vivamente la idea y la imagen de las escenas y de los sitios olvidados;» porque en los animales que tienen este mismo sen- tido muy desarrollado, como los perros y los caballos, vemos también una asociación muy marcada entre antiguos recuer- dos de lugares y de personas y entre su olor.

El hombre difiere notablemente por su desnudez de todos los demás primatos. Algunos pelos, cortos y esparcidos, se en- cuentran, con todo, sobre la mayor parte del cuerpo en el sexo masculino, y vése sobre el del otro sexo un finísimo bozo. No puede caber duda alguna en que los pelos desparramados por el cuerpo sean rudimentos del revestimiento velloso uniforme de los animales inferiores. Confirma la probabilidad de esta opinión el hecho de que el vello corto puede ocasionalmente transformarse en «pelos largos, unidos, más bastos y obscuros» cuando está sometido á una nutrición anormal, debida á su situación en la proximidad de superficies que sean desde mu- cho tiempo asiento de una inflamación.

El fino bozo lanudo de que está cubierto el feto humano en el sexto mes, presenta un caso más curioso. En el quinto mes se desarrolla en las cejas y la cara, principalmente en torno de la boca, donde es mucho más largo que sobre la cabeza. Esch-

richt ha observado esto último en un feto hembra, circunstan- cia menos sorprendente de lo que á primera vista parece, por- que los dos sexos se parecen generalmente por todos los ca- racteres exteriores durante las primeras fases de la evolución. La dirección y colocación de los pelos en el cuerpo del feto son los mismos que en el adulto, pero están sujetos á una gran variabilidad. La superficie entera, comprendiendo hasta la fren- te y las orejas, está cubierta de este modo de un espeso revesti- miento, pero es un hecho significativo el que las palmas de las manos y las plantas de los pies quedan completamente despro- vistas de pelo, como las partes anteriores de las cuatro extre- midades en la mayor parte de los animales inferiores. No pu- diendo ser accidental tal coincidencia, hemos de considerar la cubierta vellosa del embrión como un representante rudi- mentario de la primera cubierta de pelos, permanente en los animales que nacen vellosos. Esta explicación es mucho más completa y más conforme con la ley habitual del desarrollo em- brionario que la que se ha basado en los raros pelos disemina- dos que se encuentran sobre el cuerpo de los adultos.

Parece que las muelas más posteriores tienden á convertirse en rudimentarias en las razas humanas más civilizadas. Son más pequeñas que las demás muelas, caso igual al que ofrecen las muelas correspondientes del chimpanzé y el orangután, y sólo tienen dos raíces distintas. No atraviesan la encía antes de los diecisiete años, y me han asegurado que son susceptibles de cariarse más pronto que los demás dientes, cosa que algu- nos niegan.

En lo que concierne al tubo digestivo, sólo he encontrado un caso de un simple rudimento; el apéndice vermiforme caecum.

En los cuadrumanos y algunos otros órdenes de mamíferos, sobre todo en los carnívoros, existe cerca la extremidad inferior

del húmero una abertura supra-condiloidea, al través de la que pasa el gran nervio del miembro anterior y á menudo su arteria principal. Ahora bien; conforme ha demostrado el doctor Strut- hers y otros, existen en el húmero del hombre vestigios de este pasaje, que llega á estar algunas veces bien desarrollado y for- mado por una apófilis encorvada y completada por un liga- mento. Cuando se presenta, el nervio del brazo, lo atraviesa siempre, lo cual indica evidentemente que es el homólogo y el rudimento del orificio supra-condiloideo de los animales infe- riores. El profesor Turner calcula que este caso se observa en cerca del 1 por 100 de los esqueletos actuales.

Hay otra perforación del húmero, que se puede llamar la in- ter-condiloidea, que se observa en distintos géneros de antro- poideos y otros monos, y se presenta algunas veces en el hom- bre. Es notable que este pasaje parece haber existido mucho más frecuentemente en los tiempos pasados que en los recien- tes.

En muchos casos las razas antiguas presentan á menudo, en ciertas conformaciones, mayores semejanzas con las de los animales más inferiores que las razas modernas, lo cual es interesante. Una de las causas principales de ello, puede ser la de que las razas antiguas, en la larga línea de la descendencia, se encuentran algo más próximas que las modernas de sus antecesores primordiales, menos distintos de los animales por su conformación.

Aunque no funcionando en ningún modo como cola, el coxis del hombre representa claramente esta parte de los demás animales vertebrados. En el primer periodo embrionario, es libre, y como hemos visto, excede las extremidades posteriores. En ciertos casos raros y anómalos, según I. Geoffroy, Saint- Hilaire y otros, sábese que ha alcanzado á formar un pequeño

rudimento externo de cola. El hueso coxis es corto, no com- prendiendo ordinariamente más que cuatro vértebras que se ofrecen en estado rudimentario, ya que, exceptuando la de la base, únicamente presenta la parte central sola.

Poseen sólo algunos pequeños músculos uno de los cuales, según me ha indicado el profesor Turner, ha sido descrito por Thelle, como una repetición rudimentaria del extensor de la cola, tan marcadamente desarrollado en muchos mamíferos.

En el hombre, la médula espinal no se extiende más allá de la última vértebra dorsal, ó de la primera lumbar, pero un cuerpo filamentoso (filum terminale), se continúa en el eje de las sacras y aun por lo largo de la parte posterior de la sección caudal ó región coxígea del espinazo. La parte superior de este filamento, según Turner, es sin duda alguna, el homólogo del cordón espinal, pero la parte inferior está aparentemente for- mada tan sólo por la membrana vascular que la rodea. Aun en este caso, el coxis puede considerarse como poseyendo un ves- tigio de una conformación tan importante como lo es la de su cordón espinal, aunque ya sólo esté contenido en un canal huesoso. El hecho siguiente, que me ha dado á conocer tam- bién Turner, prueba claramente que el coxis corresponde á la verdadera cola de los animales inferiores: Luschka ha descu- bierto recientemente, en la extremidad de la parte coxígea, un cuerpo muy particular, arrollado, continuo con la arteria sacra mediana. Este descubrimiento ha inducido á Krause y á Meyer á examinar la cola de un mono (macaco) y la de un gato, y han encontrado en ambas, aunque no en la extremidad, un cuerpo arrollado semejante.

El sistema de reproducción ofrece diversas estructuras ru- dimentarias, pero que difieren de los casos precedentes por un punto importante. Ya no se trata de vestigios de partes que no

pertenecen á la especie en ningún estado efectivo, sino de una parte que está siempre presente y es activa en un sexo, mien- tras en el otro se halla representada por un simple rudimento. Con todo, la existencia de rudimentos de esta clase es tan difí- cil de explicar como los casos precedentes, cuando se quiere admitir la creación separada de cada especie. Sabido es que los machos de todos los mamíferos, incluso el hombre, tienen ma- mas rudimentarias. Su identidad esencial en ambos sexos está probada por el aumento ocasional que ofrecen durante un ata- que de sarampión. La construcción homológica de todo el sis- tema de miembros de la misma clase es comprensible, si admi- timos su descendencia de un antecesor común, unida á la adaptación subsiguiente de las condiciones diversificadas. No considerándolo de este modo, la similitud del plan sobre el que están construídas la mano del hombre ó del mono, el pie del caballo, la paleta de la foca, las alas del murciélago etc., es completamente inexplicable. Afirmar que todas estas partes han sido formadas sobre un mismo plan ideal, no es dar nin- guna explicación científica. En lo que concierne al desarrollo, según el principio de que las variaciones que sobrevienen en un período embrionario algo tardío son heredadas en una épo- ca correspondiente, podemos explicarnos claramente el por qué los embriones de formas muy distintas conservan aún, más ó menos perfectamente, la conformación de su antecesor común. Nunca se ha podido explicar de otra manera el hecho maravi- lloso de que el embrión de un hombre, perro, foca, murciélago, reptil, etc., apenas presentan entre sí diferencias apreciables. Para comprender la existencia de los órganos rudimentarios, basta suponer que un progenitor de una época remota haya poseído los órganos en cuestión de una manera completa, y que, bajo la influencia de cambios en las costumbres vitales, se hayan dichas partes reducido considerablemente, bien sea por

falta de uso, bien por la selección natural de los individuos menos embarazados con órganos ya superfluos, junto con los medios anteriormente indicados.

Así podemos darnos cuenta del modo como el hombre y to- dos los demás vertebrados han sido construidos según un mismo modelo general; de por qué pasan por las mismas fases primitivas de desarrollo, y de cómo conservan algunos rudi- mentos comunes. Deberíamos, por lo tanto, admitir franca- mente su comunidad de descendencia, ya que toda otra opi- nión sólo puede conducirnos á considerar nuestra conforma- ción y la de los animales que nos rodean, como una asechanza preparada para sorprender nuestro juicio. Encuentra esta con- clusión un inmenso apoyo con sólo mirar rápidamente el con- junto de los miembros de la serie animal y las pruebas que de sus afinidades nos suministra su clasificación, su distribución geográfica y su sucesión geológica. Tan sólo las preocupaciones y la vanidad que indujeron á nuestros padres á declarar que descendían de semi-dioses, nos incita hoy á protestar de una afirmación contraria. Pero no está lejano el momento en que considerarán sorprendente que naturalistas bien instruidos sobre la conformación comparativa del hombre y de los demás mamíferos, hayan podido creer tanto tiempo que cada uno de ellos fuese producto de un acto separado de creación.

CAPITULO II

Facultades mentales del hombre y de los animales inferiores

En la conformación corporal del hombre se descubren se- ñales evidentes de su procedencia de una forma inferior, pero se puede objetar que esta afirmación debe ser errónea, ya que el hombre difiere tan considerablemente del resto de los ani- males por la potencia de sus facultades mentales. Efectiva- mente; visto bajo este aspecto, la diferencia es inmensa, aun- que escojamos por términos de comparación un salvaje del orden más inferior (cuyo lenguaje no tiene palabras para ex- presar números mayores de cuatro, ni términos abstractos para traducir los afectos) y un mono organizado privilegiada- mente. La diferencia no sería menos inmensa, aun para un mono superior, civilizado como lo está el perro, si se le compa- rase á su forma tronco, el lobo ó el chacal. Los habitantes de la tierra de fuego son contados entre los salvajes más inferiores; pero siempre he quedado sorprendido al ver como tres de ellos, á bordo del Beagle, que habían vivido algunos años en Inglate- rra y hablaban algo el inglés, se parecían á nosotros por su disposición y por casi todas nuestras facultades mentales. Si ningún sér organizado, excepto el hombre, hubiese poseído estas facultades, ó si fuesen en el hombre distintas de como lo son en los animales, nunca nos hubiéramos podido convencer de que pudiesen resultar de un desarrollo gradual. Pero es fácil demostrar claramente que no existe entre las del hombre y las de los animales ninguna diferencia fundamental de esta clase. También debemos admitir que hay un intervalo infinitamente mayor entre la actividad mental de un pez de orden inferior y la

de uno de los monos superiores, que entre la de éste y la del hombre; este intervalo puede ser llenado por innumerables gradaciones.

La diferencia en la disposición moral no es tampoco tan te- nue entre el bárbaro que, por una leve falta, arroja un tierno hijo contra unas peñas, y un Howard ó un Clarkson; y en inte- ligencia, entre el salvaje que no emplea ninguna palabra abs- tracta y un Newton ó un Shakespeare. Las diferencias de este género que existen entre los hombres más eminentes de las razas elevadas y los salvajes más embrutecidos, están enlaza- das por una serie de gradaciones delicadas. Es, pues, posible que pasen y se desarrollen de unas á otras.

Mi principal objeto en este capítulo es probar que no hay ninguna diferencia fundamental entre el hombre y los mamífe- ros más elevados en las facultades mentales. Buscar cómo se han desarrollado primitivamente en los animales inferiores, sería tan inútil como buscar el origen de la vida. Problemas son ambos reservados á una época muy lejana todavía, si es que alguna vez puede llegar el hombre á resolverlos.

Poseyendo el hombre los mismos sentidos que los animales, sus intuiciones fundamentales deben ser las mismas. Tiene el hombre con ellos algunos instintos comunes, tales como el de la propia conservación, el amor sexual, el amor de la madre por sus hijos recién nacidos y otros muchos. Con todo, el número de instintos del hombre es tal vez menor al de los que poseen los animales á él inmediatos en la serie zoológica. El orangután y el chimpanzé construyen plataformas sobre las que duermen; teniendo ambas especies la misma costumbre, se podría dedu- cir que es un acto instintivo, pero no podemos estar seguros de que no sea un resultado de idénticas necesidades, sentidas por dos especies dotadas de igual raciocinio. Estos monos evitan