El otro Imperio cristiano - Eduardo R. Callaey Aranzibia - E-Book

El otro Imperio cristiano E-Book

Eduardo R. Callaey Aranzibia

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Existió, antiguamente, una alianza entre masones templarios y benedictinos que tenía un objetivo: un Imperio cristiano alrededor de Jerusalén. La Revolución Francesa supone un punto de inflexión en la historia de Europa, en todos los órdenes, en lo que a la masonería se refiere, la Revolución y la Ilustración posterior corroboran la victoria de la facción agnóstica y republicana de la masonería, que ya se había apuntado con la creación de la Gran Logia de Masones Libres y Aceptados de Inglaterra en 1717. Esta victoria hace olvidar que, originalmente, hubo una corriente masónica religiosa y monárquica, es más hubo una corriente masónica relacionada muy estrechamente con la Orden Benedictina, los Caballeros Templarios y Las Cruzadas. El otro Imperio cristiano pretende, desde el escrupuloso rigor histórico, mostrar esa relación, no muy estudiada en los libros sobre masonería, entre masones, templarios y benedictinos, y demostrar que Las Cruzadas nacen de un plan de la Orden de San Benito de Cluny para establecer un Nuevo Orden mundial, para lo que crearon una orden militar y demandaron la ayuda masónica para edificar el nuevo imperio. Hace hincapié Eduardo R. Callaey en las múltiples pruebas que existen de las relaciones entre templarios, masones y benedictinos y muestra cómo, pese a ser patentes, estas relaciones se han obviado o silenciado a lo largo de la historia. Los benedictinos se asocian con los caballeros en la reconquista de Toledo, pero serán los de Cluny los que crearán el concepto de milites, órdenes de caballería asociadas a los monasterios, de ahí nacen los templarios, de hecho es un benedictino el que redacta la Regla de los Templarios. También los benedictinos organizarán las distintas logias masónicas de la época y legarán, tanto a masones como a templarios, la simbología del Templo de Salomón, que une a las tres órdenes. La masonería fue una organización cristiana hasta el S.

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Seitenzahl: 323

Veröffentlichungsjahr: 2010

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El Otro Imperio Cristiano

De la Orden del Temple a la Francmasonería

EDUARDO R. CALLAEY

Primer volumen de la Tetralogía masónica,El Factor Masónico: la historia paralela

Colección: Historia Incógnitawww.nowtilus.com

Título:El Otro Imperio CristianoSubtítulo:De la Orden del Temple a la Francmasonería      Primer volumen de la Tetralogía masónica,      El Factor Masónico: la historia paralelaAutor: Eduardo R. Callaey

© 2005 Ediciones Nowtilus, S.L. Doña Juana I de Castilla, 44, 3.º C, 28027-Madridwww.nowtilus.com

Editor: Santos RodríguezResponsable editorial: Teresa Escarpenter

Diseño y realización de cubiertas: Carlos PeydróDiseño y realización de interiores: Grupo ROSProducción: Grupo ROS (www.rosmultimedia.com)

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

ISBN: 978-84-9763-244-7

Libro electrónico: primera edición

Índice

Capítulo I. El enigma sin fin

1. La alianza inaudita: Benedictinos, Templarios y Masones

2. La Orden del Temple en los rituales masónicos

3. Tres órdenes y un sólo objetivo: «El Templo de Salomón».

Capítulo II. La disputa por Jerusalén

1. La paradoja del Santo y el Sultán

2. La Guerra de los 1400 años

Capítulo III. La Hermandad de la Piedra

1. La masonería primitiva y «Los Hijos de la Viuda»

2. Los «Colegios Romanos» y los maestros constructores en el mundo clásico

3. La tradición benedictina y la «Piedra Cúbica» de los masones

Capítulo IV. Godofredo de Bouillón

1. La historia que supera el mito

2. El Señor de las Ardenas

3. Los benedictinos y la reconquista de la Tierra Santa

Capítulo V. Los cluniacenses en Jerusalén

1. El Defensor del Santo Sepulcro

2. Las leyendas en torno al duque Godofredo

3. El misterioso emplazamiento de la abadía de Orval

4. Los cluniacenses llegan a Jerusalén

5. Los guardianes del Cenáculo del Monte Sión

6. El ejército de Cluny y la «Guerra Justa»

Capítulo VI. Los Constructores de Catedrales

1. Las guildas medievales

2. Los secretos del «arte»

3. ¿Corporación Gremial o Escuela Iniciática?

Capítulo VII. La «Tradición Iniciática» y la francmasonería

1. De la masonería operativa a la francmasonería especulativa

2. La tradición hebrea en la masonería

3. Pico de la Mirándola y la Cábala Cristiana

4. La tradición escocesa

5. El factor Rosa Cruz

6. Los rosacruces y la francmasonería

7. Los «masones aceptados»

Capítulo VIII. Ramsay y la Tradición Escocesa

1. Antecedentes. El contexto europeo

2. La Escuela Andersoniana

3. La francmasonería jacobita

4. Avances de la tradición «escocesa» en Francia

5. La hora del caballero Ramsay

6. Las tensiones políticas en torno a la causa jacobita

7. El Discurso de 1737

Capítulo IX. El Inicio de la Restauración Templaria

1. El espíritu de «Cruzada»

2. La trama masónica en torno a la sucesión de Polonia

3. «Y por otros motivos justos y razonables por nos conocidos» «Aliisque de justis ac rationabilibus causis Nobis notis»

Capítulo X. El Retorno de la Antigua Alianza

1. El clero regular y la masonería de los «Altos Grados»

2. Los benedictinos y la leyenda del Tercer Grado

Capítulo XI. Von Hund y la Estricta Observancia Templaria

1. Imperium Templi

2. El misterio de los «Superiores Ignorados»

Capítulo XII. El Ocaso de la Francmasonería Cristiana

1. ¿Quién heredó al Temple?

Epílogo

Notas Bibliográficas

Prólogo

Sergio Héctor Nunes

Gran Maestre de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones

El autor de esta obra me ha conferido un alto honor al solicitarme que la prologue.

Al recibir el encargo, pensé que cualquier especialista con un mínimo de dialéctica podría abordar esta tarea como una suerte de compromiso y que, seguramente, saldría airoso de la encomienda adoptando los consabidos lugares comunes que muchas veces se utilizan en estos casos.

Sin embargo, desde un principio, la temática del libro de Eduardo Callaey nos advierte que estamos ante algo distinto: Una obra didáctica, que en sucesivos capítulos nos narra —con calidad expositiva— la historia de personajes conocidos por sus nombres, pero de los cuales muchos ignoran las razones por las que se destacaron.

Esta descripción histórica de proporciones es una especie de introducción a la tesis expuesta en la segunda parte de la obra, en la cual se abordan temas relativos a la masonería especulativa y su influencia en hechos históricos fundamentales.

El siglo XVIII es, en sí mismo, una epopeya romántica en la que el hombre se despedía —no sin nostalgia y temor— de una era signada por las instituciones feudales, mientras que se preparaba para el advenimiento de un nuevo mundo con esperanzas de igualdad, tolerancia y progreso.

La Masonería fue entonces una herramienta, un taller para las ideas y un faro que brilló en medio de la desazón y la desesperanza que producen los grandes cambios sociales. Desentrañar el verdadero rol de la Masonería en ésta y en otras etapas de la historia, sigue siendo un desafío reservado a los que están dispuestos a un esfuerzo muy particular.

Desde hace años, el autor trabaja afanosamente en las infinitas nervaduras de una historia que todavía no ha sido lo suficientemente investigada y expuesta a la luz. Sus trabajos, no siempre coincidentes con la historiografía ortodoxa, han introducido elementos importantes al debate, constituyendo una nueva visión del modelo masónico que modifica radicalmente la del siglo XIX.

A diferencia de sus anteriores obras sobre los orígenes cristianos de la francmasonería —cuyo eje se centraba en la masonería operativa medieval— El otro Imperio Cristiano aborda sucesos más cercanos en el tiempo, acaecidos luego de la formación de la Gran Logia de Londres, en 1717, que marca el inicio de la historia moderna de la Orden.

Según Callaey, en aquellas épocas fundacionales, el movimiento estuardista –que pugnaba por restaurar en el trono de Inglaterra a la depuesta dinastía católica de los Estuardo— conformó una concepción propia de la Masonería que se desarrolló particularmente en Francia, introduciendo el sistema de los denominados «Grados Filosóficos» que, en distintas formas y estructuras, han llegado hasta nuestros días.

Fue en el marco de esta masonería —con fuerte sesgo cristiano— que se produjo la restauración de antiguos modelos templarios cuyo análisis conforma el objeto central de esta obra.

Con un espíritu absolutamente ecuménico, se expone en el «Epílogo» una visión histórica en línea con aquello que el Dr. Töhtöm Nagy denominó «Un odio menos», en la hasta ahora insuperada semblanza plasmada en su obra clásica «Jesuitas y Masones».

En las últimas décadas, ha crecido de manera notable el interés del público en la Masonería. Esta realidad torna aún más necesaria la publicación de trabajos como el que aquí presentamos, en donde los hechos han de ser respaldados con documentación sólida y la investigación profesional.

Es cierto que, acorde con los cambios que imponen los nuevos tiempos, la Masonería ha profundizado el proceso de apertura hacia la sociedad. Sin embargo, «El Pórtico» ha sido apenas entreabierto, y los templos permanecen a cubierto; porque así ha sido y así será. Y porque la eficacia de la acción masónica proviene de la prudencia, la serenidad y la elevación de las conciencias. Condiciones únicamente posibles en el escenario iniciático de las logias.

Al ingresar en el sinuoso campo de los posibles vínculos entre la Orden del Temple y la Francmasonería Estuardista, la obra de Callaey reedita una de las páginas más complejas y controvertidas de la historia masónica. Pero, a su vez, pone al descubierto el importante rol de los masones en una etapa crucial de la historia de Europa, reafirmando que la masonería ha centrado su actividad en torno a la articulación social de un hombre con conciencia histórica.

George Sarton afirmaba que el deber de un humanista no es meramente estudiar el pasado de una manera pasiva y tímida, sino que debe necesariamente contemplarlo desde la cúspide de la ciencia moderna, con la totalidad de la experiencia humana a su disposición, y un corazón lleno de esperanza.

Por todo lo expuesto, auguro a este trabajo un éxito editorial acorde con sus valores y su contenido. Los estudiosos de diversas disciplinas podrán encontrar en las fuentes que nos presenta Callaey un elemento de consulta para otras valiosas realizaciones. En tanto que, el lector sagaz, encontrará un relato sumamente adecuado y pedagógicamente correcto sobre temas a los cuales muchos se refieren y pocos entienden.

Considero que esta realización es fundamental para consolidar el prestigio de un historiador que, seguramente, está persuadido que ha escrito una obra consagratoria, que no admite síntesis, que es fruto de una inusual maduración de conocimientos y que lo define, no sólo como especialista, sino como consultor obligado en todo lo referente a la historia masónica medieval.

Sergio Héctor Nunes

Presentación

La eterna conspiración.

Como si la realidad no alcanzara para comprender cómo y por qué suceden las cosas, periódicamente el mundo vuelve su mirada al terreno fascinante de las conspiraciones. Cada tanto buscamos en los pliegues ocultos de la sociedad un indicio, una huella, uno de aquellos hilos que el Gran Titiritero utiliza para controlar la historia. ¿Es acaso una manía del hombre sospechar que el destino de las naciones se urde en las sombras?

Desde los días en que vivíamos en condiciones tribales nuestras sociedades desarrollaron un culto del misterio y del secreto; de un saber reservado a los «mayores», los adultos, el consejo de ancianos, los sacerdotes y brujos, los que poseían el verdadero significado de la existencia y sabían hacia donde se dirigían los acontecimiento. De esta forma controlaban el destino y por eso eran temidos y respetados.

Así nacieron las cofradías, las órdenes y las sociedades secretas. Se desarrollaron las «iniciaciones» y los «ritos de pasaje» mediante los cuales el aspirante debía demostrar su capacidad y su mérito para integrar el estrecho círculo de los iniciados. Podría decirse que esta «sensación» persistente de que alguien controla y conspira detrás de la trama social proviene de aquel modelo atávico que permanece vivo en algún punto de nuestro inconsciente.

Este libro trata acerca de algunas de estas organizaciones a las que el público presta particular atención en virtud del secreto y el misterio que las envuelve: La Orden de los Caballeros Templarios y la Orden Masónica.

Templarios y masones han sido frecuentemente vinculados por numerosos autores en un variado arco que va desde los ensayos más académicos hasta las novelas más inverosímiles. Es común hallar en los libros de historia del Temple referencias al mito de su supervivencia en la francmasonería. Contrariamente es difícil encontrar un rito masónico que en sus grados superiores no haga algún tipo de referencia a la Orden de los Caballeros Templarios.

De hecho mi interés por la francmasonería fue consecuencia de la avidez por los templarios, algo que comenzó muy tempranamente a raíz de mi inclinación por las novelas de caballería y por la historia del medioevo. Cuando fui iniciado en la francmasonería en 1989 estaba convencido que ingresaba a una orden heredera del Temple; pero pronto comprendí que los masones no estaban en un todo de acuerdo en este y en muchos otros puntos.

Sin embargo, muchos de los que negaban dicha relación no sabían cómo explicar, por ejemplo, el hecho de que una sociedad que pretende perpetuar la tradición de los antiguos albañiles utilizara en sus ritos espadas, guantes, paramentos propios de la caballería y un sinfín de símbolos y términos provenientes de las órdenes religiosas surgidas en la Edad Media.

Durante muchos años me dediqué a indagar acerca de los orígenes religiosos de la francmasonería. Pero, al igual que quien navega paralelo a la costa no la pierde de vista, a lo largo de mi travesía a través de los orígenes monásticos de la antigua masonería percibía una y otra vez la cercanía del Temple; un lenguaje, una atmósfera y una simbología esencialmente similar.

No tardé en comprender que ambas órdenes habían nacido de un tronco común y eran hijas de un mismo y vasto proyecto que dejó una profunda huella en la génesis de la Civilización Europea. Este libro es el resultado de todos estos años de búsqueda.

Numerosas personas me aportaron datos, me apoyaron en la búsqueda de fuentes y me incentivaron a seguir investigando pese a la reticencia que aún existe en algunos círculos masónicos en cuanto a reconocer las raíces cristianas de la Orden más combatida por los pontífices romanos.

Debo agradecer particularmente a María Elena Rodríguez, Jefa del archivo de la Gran Logia de la Argentina por su tenaz y desinteresada colaboración con mi trabajo. Una copiosa bibliografía francesa sobre los orígenes de la masonería templaria estuardista fue compulsada por ella durante los últimos años y sus notas constituyeron una herramienta invalorable en mi investigación. Al igual que en mis anteriores trabajos, Daniel Alberto Kiceleff fue mi principal apoyo en la búsqueda de fuentes medievales; una ímproba tarea cuando debe realizarse lejos de los grandes centros culturales de Europa. Deseo agradecer también a Jorge Ferro, investigador científico y masonólogo del CONICET y al Dr. José A. Ferrer Benimeli del Instituto de Estudios de la Masonería Española. Sus trabajos siguen constituyendo uno de los más valiosos aportes a la masonología.

Finalmente, quiero expresar mi agradecimiento al Sr. Santos Rodríguez, editor de Nowtilus, por su cercanía, sus opiniones y sugerencias, el particular interés en el mejor desarrollo de la obra y el permanente apoyo que recibí durante el tiempo que demandó la redacción de este libro.

Eduardo R. Callaey

CAPÍTULO I

El enigma sin fin

1. LA ALIANZA INAUDITA: BENEDICTINOS, TEMPLARIOS Y MASONES

Cuando buscamos una definición acerca de la francmasonería, nos encontramos a menudo con un concepto de carácter más o menos universal en el que cualquier masón se reconoce: «La francmasonería es una institución filosófica, educativa, filantrópica e iniciática».

Si tomamos sólo los tres primeros puntos de esta definición, veremos que coinciden con el objetivo y actividad de numerosas organizaciones que actúan o han actuado en la sociedad. Sin embargo, el último punto, su carácter de sociedad «iniciática», es lo que torna a la Orden Masónica diferente de cualquier otra institución.

Esta capacidad de conferir la iniciación, sumada a que la educación del afiliado está concebida como un sistema gradual de perfeccionamiento de la personalidad humana, usando como método característico «el simbolismo», confiere a la Orden la esencia de su naturaleza y la capacidad de haber sobrevivido a los dogmas y las ideologías. Los francmasones se sirven de los símbolos a modo de figuras alegóricas para transmitir conocimientos y asegurar la continuidad de sus enseñanzas.

«Los francmasones utilizan símbolos para comunicar —dice Jean Mourgues— convencidos de que la lengua es siempre excesivamente particularista y de que sólo los símbolos pueden ampliar la comunicación hasta lo universal». Cualquier documento masónico moderno que intente describir los métodos con que la francmasonería transmite su doctrina, incluye una definición similar a esta.

Desde tiempos lejanos, cuyo origen no ha sido jamás precisado, la masonería desarrolló un lenguaje simbólico. La mayoría de los símbolos que conforman este lenguaje provienen de la arquitectura sagrada. Se difundieron a lo largo de Europa durante la Edad Media junto con la actividad de las guildas de constructores de grandes catedrales y abadías. Es común encontrar en la iconografía medieval imágenes de Dios sosteniendo en sus manos los instrumentos del Arte —generalmente un compás— con los que traza los planos de la creación del mundo. La arquitectura se consideraba, por lo tanto, como una continuación terrestre del poder divino. Quien erigía un templo desarrollaba un oficio vinculado con el propio Creador.

Los francmasones se sirven de los símbolos a modo de figuras alegóricas para transmitir conocimientos y asegurar la continuidad de sus enseñanzas. En esta imagen un grupo de masones estudia un «Cuadro de Dibujos» con los símbolos de su grado. En la parte superior izquierda se ve el Delta Sagrado que representa al Gran Arquitecto del Universo. Se lee: «La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la comprendieron…» Evangelio de San Juan, 1:5. (Grabado alemán de 1750, Viena).

Sin embargo, muchos de estos símbolos aparecen en épocas aun más remotas, desde las ruinas de Pompeya hasta los confines del Mediterráneo Oriental. La relación del símbolo con la masonería es tan estrecha que cualquier masón medianamente instruido sería capaz de encontrar las huellas de sus hermanos en cualquier ámbito en que estos se hayan desempeñado.

A partir del siglo XVII estas corporaciones de constructores comenzaron a admitir en su seno a hombres ajenos al «oficio». Se los llamó «masones aceptados». Por la misma época, la francmasonería comenzó a desarrollar temas provenientes de algunas corrientes místicas y mágicas surgidas en el Renacimiento, tales como la Cábala judía, la Alquimia y el cuerpo de doctrina denominado Hermetismo. Pero sin lugar a dudas, la corriente esotérica que más impactó en la francmasonería fue la de los rosacruces. Muchos autores creen firmemente que las ideas rosacruces transplantadas a Inglaterra en el siglo XVII fueron el verdadero origen de la masonería «especulativa», es decir, la conformada por masones «aceptados».

A diferencia de la francmasonería, la Orden del Temple tiene un origen cierto y una historia ampliamente documentada. Nacida como consecuencia de la primera peregrinación armada a Tierra Santa, fue creada por un grupo de nueve caballeros provenientes en su mayoría de Champagna, liderados por Hugo de Payens, cuyo objetivo inicial fue el de amparar y proteger a los peregrinos.

En el año 1118 el rey Balduino II cedió parte del «Templum Salomonis» a la naciente orden militar cuyos caballeros fueron llamados, por ese motivo, con el nombre de «Caballeros Templarios». Apenas pocos años después ya se contaban en número de 300 y gozaban de grandes privilegios concedidos por el monarca.

En un principio, su organización fue similar a la del clero regular. Observaban votos de pobreza, castidad y obediencia y se encontraban sometidos a la autoridad del Patriarca de Jerusalén. En 1128, con el apoyo de San Bernardo, el líder más carismático e influyente de toda la cristiandad, el Concilio de Troyes aprobó su regla y la orden quedó establecida en su doble condición de monástica y militar.

En las caballerizas del antiguo Templo de Salomón —sobre el que los musulmanes establecieron la Mezquita de Al Aqsa— los Caballeros Templarios emplazaron su cuartel general en 1118. De allí tomaron su nombre, convirtiéndolo en su símbolo máximo. (Dibujo en papel del Muraqqa Album).

En los siguientes dos siglos la fama de sus guerreros, su capacidad de organización, su poderío económico y su particular petulancia la convirtieron en la más admirada y odiada milicia de todo el mundo cristiano. Poseían preceptorías y encomiendas en toda Europa; participaban activamente en la reconquista de España y acumulaban tal riqueza que pronto les permitió crear un sistema de letras de cambio, precursor de la banca privada.

Con la caída de Jerusalén se replegaron a sus castillos sobre la costa Palestina. Luego debieron abandonar Tierra Santa y se constituyeron en la Isla de Chipre. Pero a principios del siglo XIV fueron acusados de herejía y prácticas infamantes. En Francia, sus jefes fueron encarcelados, torturados y quemados en la hoguera. El viernes 13 de octubre de 1307 todos los templarios de Francia fueron apresados y encarcelados. Siete años después, el 18 de marzo de 1314, su último Gran Maestre, Jacques de Molay junto a Godofredo de Charney fueron quemados por herejes relapsos en la ribera del Sena.

El viernes 13 de octubre de 1307 todos los templarios de Francia fueron apresados y encarcelados. Siete años después, el 18 de marzo de 1314, su último Gran Maestre, Jacques de Molay junto a Godofredo de Charney fueron quemados por herejes relapsos en la ribera del Sena. (Jaques de Molay, en un grabado de Ghevauchet del siglo XIX).

Desde hace siglos los masones se proclaman herederos del Temple. ¿Qué hay de cierto en esto? ¿Pudo acaso la tradición templaria sobrevivir oculta en las logias masónicas? La primera respuesta hay que buscarla en la propia francmasonería.

La tradición masónica abunda en referencias a los cruzados y a los templarios, lo cual resulta lógico si se tiene en cuenta que el eje de la tradición masónica gira alrededor de la construcción del Templo de Salomón. En efecto, los grados de «Aprendiz Masón» y «Compañero Masón» son preparatorios del de «Maestro», grado en el que el masón alcanza su plenitud y se acerca a la leyenda de Hiram Abí, el hábil fundidor fenicio convocado por el rey Salomón para que construyera su famoso Templo. Podemos encontrar referencias a la construcción del Templo de Jerusalén en muchos de los grados y ritos de la francmasonería.

Esta tradición parece tener su origen en las antiguas logias benedictinas organizadas por los monjes cluniacenses a partir de interpretaciones alegóricas que hicieron los antiguos Padres de la Iglesia en torno al Templo de Salomón; alegorías que luego recreó el historiador inglés Beda, apodado «el Venerable» (673 - 735) en su obra «De Templo Salomonis Liber» escrita en Inglaterra en el siglo VIII. Este libro —curiosamente ignorado por la mayoría de los masones modernos— contiene casi toda la «base simbólica» sobre la que descansa la doctrina masónica.

Con posterioridad, estas interpretaciones alegóricas en torno al Templo de Salomón se expandieron por el Imperio Carolingio merced a la pluma de Alcuino de York (735-804), Rabano Mauro (776-856), Walafrid Strabón (808-849) y otros grandes abades del movimiento monástico benedictino.

Ya en el siglo XI, los cluniacenses habían establecido reglamentos y constituciones para sus logias de constructores de iglesias y catedrales, incorporando laicos a los que denominaban «hermanos conversos» y utilizaban como mano de obra calificada.

Tomando en consideración que la época a la que hacemos referencia concitó una serie de acontecimientos religiosos, políticos y militares que modificarían la geografía de Europa y del Cercano Oriente, no debe asombrarnos que las incipientes logias organizadas por los benedictinos hayan tenido amplia participación dentro del vasto cuadro estratégico que parece haber desarrollado esta orden monástica. En consecuencia, el origen de la francmasonería parece fatalmente ligado a los acontecimientos vinculados con las expediciones armadas a Tierra Santa, que luego se conocerían con el nombre de «cruzadas». De hecho, y como demostraremos, la Orden de San Benito tuvo activa participación en el fomento de las peregrinaciones a Palestina, en el llamamiento a la liberación de los Santos Lugares y en la construcción de grandes obras en los estados cristianos establecidos en Palestina y Siria.

2. LA ORDEN DEL TEMPLE EN LOS RITUALES MASÓNICOS

En el Rito Escocés Antiguo y Aceptado —constituido por 33 grados y practicado mayoritariamente en los países latinos— los últimos grados de la escala son considerados templarios. Ya en el grado 18 (denominado «Caballero» o «Príncipe Rosacruz») se hace referencia a la Orden de los Templarios y a Godofredo de Bouillón —líder de uno de los cuatro grandes ejércitos que conformaron la primera cruzada— a quien, con mucha imaginación, se le atribuye la creación de este grado.

En el Rito de York —practicado en Inglaterra, EE.UU. y la mayoría de los países sajones— en la cúspide de la carrera masónica se encuentran los «Prioratos Templarios». Ambos ritos —tanto el Escocés Antiguo y Aceptado como el York, también llamado de «Emulación», que son los más difundidos en el mundo— incluyen al templarismo en sus altos grados. Otras ramas y ritos de la francmasonería hacen remontar sus orígenes a los Caballeros Templarios, como es el caso de la Orden Real de Heredom-Kilwinning.

Es conocida la leyenda que atribuye el origen de la masonería templaria a la participación de una escuadra de caballeros de aquella orden —refugiados en Escocia— en la famosa batalla de Bannockburn (1314). En ella el líder escocés Robert Bruce derrota a los ejércitos de Eduardo II de Inglaterra, logrando la independencia de su país. Según esta misma leyenda, el monarca escocés les cede, en agradecimiento, la torre de Kilwinning, contigua a la abadía del mismo nombre. Allí los templarios fundarían una nueva orden ligada a la logia masónica que funcionaba en la abadía.

Por lo tanto, a la vista de tan numerosas y variadas reivindicaciones, antes que cualquier otra consideración, debemos tener en cuenta que este vínculo ha sido sostenido, en primer término, por la propia francmasonería.

Otros autores creen que esta relación se estableció recién en el siglo XVIII, época en la que se produjo un intenso interés por los temas templarios. Andreas Beck, se refiere a aquel siglo como el del declive del feudalismo, la incipiente disolución de las estructuras de poder del absolutismo, la ilustración y la ortodoxia, la secularización y el pietismo «…En estos años de desazón espiritual —dice Beck— las cruces de los templarios volvieron a estar de moda como símbolo de una enérgica reunificación ideal…».1

¿Pudo la masonería apropiarse del modelo templario como plataforma de su expansión en el siglo XVIII? Hay quienes piensan que la introducción del «templarismo» en la masonería fue una «operación» digitada por Roma y ejecutada por los jesuitas.

Existe cierto consenso en cuanto a la participación de los jesuitas de Clermont en la tarea de infiltración de las «ideas templarias» en la francmasonería, con el fin de introducir en ella elementos del pensamiento cristiano que acercaran a la Iglesia a una institución que comenzaba a representar un serio problema para las políticas seculares de la Corte de Roma. Curiosamente, Clermont, fue el escenario del llamado a la primera cruzada por parte del papa Urbano II, un monje benedictino que profesó sus votos en Cluny. En el siglo XVIII, la ciudad se convertiría en el epicentro de la supuesta conjura jesuita y del resurgimiento templario, al crearse el legendario Capítulo de Clermont, considerado como la base del futuro Rito Escocés Antiguo y Aceptado.

La cuestión de la «conjura jesuita» ha sido el argumento predilecto de la masonería anticlerical del siglo XIX —¡y gran parte del XX! — incómoda con el contenido cristiano de sus ritos e incapaz de aceptar las raíces esotéricas de su simbolismo.

En Francia, hasta la Revolución, la francmasonería fue claramente cristiana y sus dirigentes principalmente católicos. Mientras que en Inglaterra la reorganización de la francmasonería estaba en manos de pastores protestantes, en Francia sus jefes eran mayoritariamente católicos y estuardistas. No puede soslayarse la condición masónica de los últimos reyes de la dinastía católica Estuardo, enfrentada mortalmente con la protestante casa Hannover y no es posible comprender la historia de la francmasonería sin atender adecuadamente a la cuestión de los masones jacobitas, cuya derrota militar —como veremos— selló el destino de la francmasonería moderna.

Muy probablemente, de haber triunfado la causa jacobita no hubiese tenido razón de ser la temprana excomunión de la francmasonería por parte de los pontífices romanos.

Fuesen los jesuitas o los jacobitas, la mayoría de los historiadores coincide en que el punto de partida de esta cuestión —o al menos su irrupción pública— arranca con el famoso «Discurso» del caballero escocés Michel de Ramsay, pronunciado en París en 1737. Hay quienes afirman que a partir de Ramsay comenzaron a proliferar en la francmasonería los temas esotéricos, la idea de un conocimiento antiguo y oculto y la existencia de un secreto guardado en el corazón de la «fraternidad».

Esta afirmación es inexacta y siempre ha constituido una expresión de deseos de los sectores más agnósticos de la francmasonería, que en el siglo XIX renegaron de sus orígenes judeocristianos y de la espiritualidad masónica medieval. Baste por ahora afirmar que ya un siglo antes de Ramsay, los rosacruces ingleses constituían un nutrido grupo dentro de las logias y que influían fuertemente en la masonería británica aún operativa, es decir, dedicada a su oficio.

Personajes como Robert Fludd (1574-1637) —sindicado como el organizador de la francmasonería rosacruciana en Inglaterra—; sir Francis Bacon (1561-1626) —autor de la utopía masónica de la «Nueva Atlántida» — y Elías Ashmole —fundador de la Orden del «Templo de Salomón» y recibido francmasón en 1646— son sólo algunos de los muchos rosacruces que introdujeron sus ideas en la francmasonería mucho antes de que los jacobitas constituyeran los «altos grados» en Francia.

El análisis del caso Ashmole es de gran importancia, puesto que se cree que sus escritos tuvieron profundo impacto en la organización moderna de la francmasonería inglesa y habrían sido utilizados por los propios Anderson y Désaguliers en la confección de los rituales de la Gran Logia de Londres.

¿Pudo ser la Rosa Cruz el origen de la masonería moderna?

En la leyenda rosacruz se habla de un mítico personaje alemán, Christian Rozenkreutz, que luego de aprender el griego, el latín, el hebreo y la magia en una abadía a la que había sido entregado por sus padres, marcha en peregrinación a Palestina a la edad de dieciséis años. La luz del rosacrucianismo al igual que la de la francmasonería proviene de Oriente, precisamente de Oriente Medio.

Actualmente se cree que los más antiguos documentos rosacruces —los manifiestos «Fama Fraternitatis» y «Confessio» — fueron obra de un gran alquimista y líder luterano, Valentín Andreae, sin embargo esta afirmación no invalida el carácter progresista de tales documentos ni la enorme influencia que tuvieron en los círculos iniciáticos de entonces. Esto prueba que la masonería ya era especulativa en Inglaterra mucho tiempo antes de las constituciones fundacionales de 1723 y que el esoterismo estaba fuertemente consolidado en su seno. Los trabajos realizados por Francis Yates en ese sentido arrojan resultados importantes en torno a esta cuestión.

Si Fludd, Bacon y Ashmole tuvieron semejante influencia en la francmasonería, no ha de sorprendernos que el más profundo esoterismo masónico se encuentre emparentado con el pensamiento mágico y cabalístico, no comprendido como lo que actualmente representa sino como el conjunto de ideas que se desarrollaron en el Renacimiento y que tuvieron entre sus líderes más destacados a Pico de la Mirándola, Cornelio Agripa, Marcilio Ficino y otros renombrados filósofos y pensadores del hermetismo renacentista.

Estos son sólo algunos aspectos de los muchos contenidos en la tradición masónica y en la rosacruciana con relación al vínculo entre la francmasonería, las cruzadas y los Caballeros Templarios. Pero, ¿qué dice la historia?

El análisis objetivo de los documentos a nuestro alcance indica que el movimiento monástico benedictino desarrolló un particular interés en torno al Templo de Salomón, alrededor del cual estableció un sólido conjunto de alegorías. Desde Beda el Venerable en el siglo VIII, hasta los grandes abades de Francia, Alemania y Lorena en los dos siglos siguientes, esta concepción simbólica del Templo se afianzó y expandió. Sólo los templarios y los masones han otorgado características similares al simbolismo del Templo de Salomón. Veamos otras relaciones:

• La orden benedictina se convirtió en los siglos X y XI en la principal promotora de las peregrinaciones a los Santos Lugares de Jerusalén, así como lo había hecho anteriormente con el santuario de Santiago de Compostela en España. Las peregrinaciones a Jerusalén se incrementaron particularmente desde Francia y Lorena, las zonas bajo la influencia de la abadía benedictina de Cluny.

• Del seno de la orden cluniacense surgieron las logias de constructores. Sólo la francmasonería ha conservado los antiguos símbolos, usos y costumbres de las logias benedictinas.

• Dos papas cluniacenses llamaron a una peregrinación armada: Gregorio VII y Urbano II.

• De todos los jefes que integraban el ejército cruzado fue elegido como nuevo monarca del reino cristiano de Jerusalén un lorenés alineado con Cluny: Godofredo de Bouillón, a quien un año después sucede su hermano Balduino.

• La participación de las logias de constructores cluniacenses en las cruzadas está palmariamente demostrada. El intercambio técnico con los arquitectos de Oriente es tan profundo que pocos años después de la reconquista de Jerusalén aparece en Cluny el arco apuntado armenio, traído a Europa por los masones que regresaban de Tierra Santa.

• La regla de la Orden del Temple se atribuye a San Bernardo —el monje que lleva adelante la reforma del Cister— que impregna a la misma de un fuerte espíritu benedictino.

• La Orden del Temple se establece en un terreno ubicado dentro del antiguo Templo de Salomón.

A partir de la expansión de la Orden del Temple, las rutas a los Santos Lugares de Tierra Santa y España, que estaban bajo control cluniacense, pasan a depender de los templarios.

Luego de su abolición, la tradición templaria permaneció activa al menos en Escocia. Así se desprende de algunas evidencias perpetuadas en la piedra y de los testimonios de la propia francmasonería escocesa.

3. TRES ÓRDENES Y UN SÓLO OBJETIVO: «EL TEMPLO DE SALOMÓN»

El proceso histórico que enmarca a las cruzadas coincide con el auge de las construcciones románicas y góticas. Razón por la cual podemos afirmar que los benedictinos, los masones laicos adscriptos a los monasterios y los templarios coexistieron en la misma época bajo una regla similar y una organización de tal magnitud que resulta absurdo pensar que no hubiera un espíritu común.

Del mismo modo que la historia de la francmasonería no se completa sin el movimiento cluniacense, la historia del Temple no se resuelve ni se explica sin el movimiento cisterciense. En ambos casos subyace el espíritu benedictino, la influencia de sus poderosos abades y una espiritualidad que excede el claustro para penetrar profundamente en lo secular. No puede evitarse aquí el marco perfecto de la trilogía masónica de Sabiduría, Fuerza y Belleza: Un mundo cristiano en donde las abadías contenían la sabiduría, los castillos templarios la fuerza y las catedrales la belleza. Los tres principios esenciales de la francmasonería que responden a los tres estamentos del orden social medieval.

La historia señala otra infinidad de elementos en torno a estas relaciones, sólo que algunos de ellos se omiten prudentemente y otros deliberadamente. En primer término conviene recordar que más allá de cualquier misión secreta que pudiera asignársele, la historia de la Orden de los Caballeros Templarios es una historia militar, pues su principal objeto fue la defensa de la Tierra Santa recuperada de los musulmanes. Su identificación con el Templo de Salomón nos habla claramente de su rol y de su lugar en la lucha por el control de los lugares santos, a tal punto que su debilidad fue proporcional a su alejamiento geográfico del Ombligo del Mundo.

La cuestión de Jerusalén fue siempre crítica para la cristiandad. Desde que sufrió la pérdida de los lugares Santos a manos del Islam, los ojos del mundo cristiano se posaron sobre el Santo Sepulcro. Para Carlomagno la situación de Palestina fue un motivo de creciente preocupación. Su reconquista se convertiría en una verdadera meta del movimiento benedictino cluniacense. La francmasonería medieval mantuvo el eje de su simbolismo en el Templo de Jerusalén y trasmitió la misma obsesión a la francmasonería moderna. Aunque no resulte políticamente correcto decirlo, la recuperación de Palestina en el siglo XX fue aplaudida por Occidente. Los ejércitos que entraron en Jerusalén el 9 de diciembre de 1917 estaban comandados por un masón: el general Edmund Allemby.

En el contexto de estos hechos históricos ¿cómo sustraerse a la tentación de elucubrar las conspiraciones más insólitas? Observemos algunos elementos: El conjunto de ideas y símbolos contenidos en las leyendas masónicas y rosacruces vinculan a estas órdenes con el Templo de Jerusalén. El simbolismo desarrollado por los benedictinos en torno al mismo Templo sumado a su participación en los peregrinajes a Palestina y las posteriores cruzadas, pareciera ser la inspiración de templarios y masones. La fundación de la Orden de los Caballeros Templarios con su asiento en el propio Templo de Salomón, su historia militar y su dramática supresión están plagadas de preguntas sin respuesta. La supervivencia en la masonería medieval del simbolismo del Templo de Salomón y una supuesta herencia que nos remonta a las cruzadas se basa en elementos que constituyen algo más que una mera presunción del vínculo entre estas órdenes.

La masonería cruzada proclamada por Ramsay —que sería la masonería de la nobleza europea y en particular la jacobita— reivindicaba Jerusalén y a su mítico Templo como la llama viva de la cristiandad. Los esfuerzos por restaurar la Caballería Templaria no parecen justificarse en una gesta romántica.

En ello se empeñaron jefes militares como lord Derwentwater y lord Kilmarnock; monarcas como Francisco Esteban duque de Lorena y corregente del Imperio Absburgo; catorce príncipes reinantes reunidos en la Orden de la Estricta Observancia Templaria —fundada por el barón Hund a instancia de los masones escoceses en el siglo XVIII— y el propio emperador de Prusia.

¿Puede creerse que estos hombres crearan los altos grados masónico-templarios como la nueva diversión de una nobleza decadente?

Por el contrario, y como intentaremos demostrar, constituyeron la elite política de su tiempo y la preocupación de reyes y papas. Algunos murieron en los campos de batalla, otros bajo el hacha del verdugo; fueron exiliados, perseguidos, a veces excomulgados, otras exaltados a la fama y la riqueza o abandonados al destierro, la miseria y el escarnio. Demasiado para constituir sólo un entretenimiento de ricos como lo han sugerido livianamente tantos historiadores. Detrás de estos hombres existe un hilo que puede ser deshilvanado. Un hilo que habla de otro concepto de Imperio Cristiano que nunca tuvo su norte en Roma sino en Jerusalén.

1 Beck, Andreas, «El Fin de los Templarios»; (Barcelona, Península, 1996) p. 177.

CAPÍTULO II

La disputa por Jerusalén

1. LA PARADOJA DEL SANTO Y EL SULTÁN

Hemos dicho que para comprender el contexto en el que se llevaron a cabo las peregrinaciones armadas a Tierra Santa y la misma fundación de la Orden de los Caballeros Templarios es necesario prestar atención al conflicto que Occidente mantiene con el Islam desde hace catorce siglos. Conflicto —por otra parte— en el que algunos masones han estado involucrados directamente en tiempos recientes.

Comenzaremos nuestro análisis con la narración de un encuentro sucedido entre dos líderes de los tiempos tumultuosos de las cruzadas, cuya vigencia obliga a reflexionar sobre la dimensión y alcance del desencuentro entra la civilización cristiana y la islámica.

En agosto de 1219, Francisco de Asís desembarcó en Egipto a pocos kilómetros de la desembocadura del Nilo. En la víspera, el ejército cristiano de la quinta cruzada —comandada por el cardenal Pelagio y Juan de Brienne, rey sin trono de Jerusalén— había intentado una vez más, y sin éxito, doblegar la fortaleza mameluca de Damieta, en poder del sultán Al Kamil, hijo y heredero del todopoderoso sultán de El Cairo, Al Adil.