El peregrino - J.A. Baker - E-Book

El peregrino E-Book

J.A. Baker

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Beschreibung

Durante diez años, del otoño a la primavera, J. A. Baker ­se propuso rastrear a diario a los halcones peregrinos que visitaban su región, en el este de Inglaterra, en una época en que se creía que estas aves corrían el peligro de extinguirse. Los persiguió con amor y obsesión, los observó en el aire y en la tierra: la forma en que volaban, cazaban, se alimentaban y descansaban, actividades que Baker registra con una combinación exquisita de exactitud y poesía. A medida que avanza en el misterio de esa búsqueda, su propio sentido de lo humano parece disolverse para ser reemplazado por la conciencia implacable de un halcón. De esa transformación se ocupa este libro hermoso, conmovedor e inolvidable. Publicada originalmente en 1967 y nunca antes traducida al español, El peregrino está considerada una de las obras maestras del siglo XX de la literatura sobre la naturaleza.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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A mi esposa

COMIENZOS

Al este de mi casa, la larga cadena de colinas descansa en el horizonte como el casco de un submarino. Arriba, reflejos de agua distante brillan en el cielo oriental, y da la impresión de que hubiera velas más allá de la costa. Árboles de ladera se aprietan en un oscuro bosque de agujas, pero cuando avanzo se apartan poco a poco, y a ese resquicio baja el cielo, y son robles y olmos solitarios, cada uno con su amplio territorio de sombra invernal. La calma, la soledad de los confines me atrae y paso entre medio hacia otros más. Se acumulan en la memoria como estratos.

Desde la ciudad el río fluye hacia el nordeste, rodea hacia el este la falda norte de la cadena y gira hacia el sur rumbo al estuario. El valle superior es una planicie abierta; más abajo se hace angosto y escarpado y cerca del estuario otra vez vasto y chato. El llano es una suerte de estuario de tierra con dispersas granjas como islas. La corriente del río, lenta, sinuosa, es poca para la amplitud y la extensión del estuario, en otro tiempo la desembocadura de un río mucho más grande por el que desaguaba la mayor parte de la Inglaterra central.

Las descripciones de paisaje muy detalladas hastían. Superficialmente, todas las partes de Inglaterra se parecen. Si hay diferencias son sutiles, teñidas por el amor. Aquí el suelo es de arcilla; marga al norte del río, greda al sur. En las terrazas del río hay grava, y en lo alto de las colinas. En un tiempo floresta, después pastizal, hoy la tierra es sobre todo suelo arable. Hay bosques pequeños, con pocos árboles de tamaño, la mayoría robles comunes con monte bajo de carpes y avellanos. Se han talado muchos setos. Los que persisten son de espinaula, endrino y olmo. En el suelo arcilloso los olmos crecen mucho; la variedad de sus formas acota el cielo de invierno. Sauces llorones marcan el curso del río; junto al arroyo se enfilan alisos. El espino crece bien. Es una comarca de olmos, robles y espinos. Los nativos de la arcilla son gente hosca, que arde despacio, brasas morosas como de leña de aliso, lacónicos, densos como la tierra misma.

La marea abarca seiscientos kilómetros de costa, si se incluyen todos los arroyos e islas; la línea costera más larga e irregular del condado. Aunque el condado es el más seco, tiene un festón acuoso que se resuelve en marisma y barrizal salino. Cuando se seca, el barro arenoso de las horas de marea baja vuelve el cielo más claro; las nubes reflejan el agua y devuelven el brillo tierra adentro.

Las granjas son ordenadas, prósperas, pero aún pervive una fragancia de descuido como un fantasma de hierba caída. Siempre hay una sensación de pérdida, de haber sido olvidado. Aquí no hay nada más; ni castillos, ni monumentos antiguos, ni colinas como nubes verdes. Es apenas una curva de tierra, una crudeza de campos de invierno. Tierras tenues, chatas, desoladas, que cauterizan cualquier pena.

Siempre he deseado ser parte de lo abierto, estar allá, al borde de las cosas, dejar que la impureza humana se enjuague hasta el vacío y el silencio como el zorro disuelve su olor en el agua fría y ultramundana; volver a la ciudad como un extranjero. Vagabundear nos sonrosa de una gloria que con el arribo se desvanece.

Llegué tarde al amor por las aves. Por años solo las vi como un temblor al filo de la visión. Las aves conocen el sufrimiento y la dicha en estados simples imposibles para nosotros. La vida se les activa y calienta a un pulso que nuestros corazones no alcanzan nunca. Corren hacia el olvido. Envejecen cuando nosotros no hemos terminado de crecer.

El primer pájaro que busqué fue el chotacabras, que solía anidar en el valle. El canto es como la caída de un chorro de vino en un barril hondo y resonante. Es un sonido fragante, con un aroma que se eleva al cielo callado. Al resplandor diurno suena más flaco y más seco, pero con la oscuridad se hace añejo y melodioso. Si los cantos tuvieran olor, este olería a uvas y almendras machacadas en madera oscura. El sonido rezuma sin que se pierda una gota. La madera rebosa de canto. Luego para. De golpe, inesperadamente. Pero el oído sigue percibiéndolo, eco prolongado y declinante que se escurre ondulando entre los árboles de alrededor. En la calma profunda, entre las estrellas tempranas y el largo crepúsculo, el chotacabras da saltitos alegres. Planea y aletea, baila y retoza, alejándose leve, silenciosamente. En las fotos parece que tuviera un desaliento de sapo, un aura doliente, como si estuviera sepultado en la penumbra, espectral y perturbador. En la vida nunca es así. Por entre el anochecer uno solo divisa la forma y el vuelo, intangiblemente ligero y alegre, gracioso y tenue como el de una golondrina.

En la oscuridad siempre he tenido cerca a los gavilanes, como algo que quiero decir pero nunca recuerdo del todo. Las cabezas estrechas me atraviesan los sueños con un fulgor ciego. Los perseguí durante muchos veranos pero, pocos como eran y remisos, costaba mucho encontrarlos y más todavía verlos. Vivían una vida de guerrilla fugitiva. Ahí donde haya maleza y descuido, un tamiz deposita hoy los frágiles huesos de generaciones de gavilanes en el humus profundo de los bosques. Eran una raza proscrita de bárbaros hermosos y una vez muertos no se podía reemplazarlos.

Me he alejado de la opulencia almizcleña de los bosques de estío, donde tantas aves están muriendo. La caza del halcón empieza para mí en otoño y termina en primavera; entre los dos reluce el invierno como el arco de Orión.

Un día de diciembre de hace diez años vi en el estuario mi primer peregrino. El sol enrojecía la niebla blanca del río, había un relumbre de escarcha en los campos e incrustaciones en los botes; solo el agua se movía libremente y brillaba chapaleando. Caminé hacia el mar a lo largo del rompeolas de la ribera. A medida que el sol se alzaba al cielo claro en una bruma cegadora, la hierba blanqueada, dura y crujiente se aflojaba y humedecía. Los rincones a la sombra seguirían escarchados el día entero; el sol era cálido y no soplaba viento.

Descansé al pie del muro del rompeolas y miré a los correlimos alimentarse en la resaca. De repente echaron a volar corriente arriba y cientos de pinzones se arremolinaban para alejarse con un frufrú de alas desesperadas. Demasiado tarde me di cuenta de que estaba pasando algo que no debía perderme. A trancas y barrancas me incorporé y vi que los espinos atrofiados de la cuesta interior se habían llenado de zorzales reales. Apuntaban al nordeste los picos agudos y farfullaban un cloqueo de alarma. Atendiendo a su mirada divisé un halcón que volaba hacia mí. Viró a la derecha y siguió tierra adentro. Era como un cernícalo, pero más grande y amarillo, con la cabeza más ahusada, las alas más largas y un vuelo más ágil y entusiasta. No se dejó planear hasta que vio estorninos pintos picoteando en el rastrojo; luego se lanzó abajo y al despegar los otros lo ocultaron. Un minuto después se disparó hacia arriba y en un santiamén desapareció en la bruma soleada. Volaba a mucha más altura que antes, arrojado como una flecha, con latigazos de agachadiza en las alas filosas.

Aquel fue mi primer peregrino. Desde entonces he visto muchos, pero ninguno que lo superase en velocidad y fuego. Durante diez años pasé todos mis inviernos buscando esa brillantez efusiva, la pasión y la violencia súbitas que los peregrinos arrebatan al cielo. Diez años me he pasado con la vista en lo alto esperando esa ancla que muerde las nubes, la ballesta que surca el aire. Con los halcones el ojo se vuelve insaciable. Se gira a enfocarlo con un clic de furia extática, igual que el ojo del halcón gira y se dilata seducido por las formas nutricias de gaviotas y palomas.

Para que un peregrino lo reconozca y acepte, uno debe ponerse la misma ropa, hacer el mismo camino, llevar a cabo las acciones en el mismo orden. Como a todas las aves, lo imprevisible le da miedo. Entrar en los campos e irse cada día a la misma hora, sosegar la barbarie del halcón con un ritual de conducta invariable como el suyo. Encapotar el fulgor de los ojos, esconder el temblor blanco de las manos, poner visera al reflejo inhóspito de la cara, adoptar la inmovilidad de un árbol. El peregrino no le teme a nada que pueda ver con claridad y desde lejos. Acérquense a él por campo abierto con paso sostenido y resuelto. Dejen que su propia forma crezca en tamaño sin cambiar de silueta. Nunca se oculten si no es del todo. Vayan solos. Rehúyan la rareza furtiva del hombre, retráiganse de los ojos hostiles de las granjas. Aprendan a temer. No hay vínculo más grande que el del miedo compartido. El cazador debe convertirse en lo que caza. Lo que es, es ahora y debe tener la intensidad vibratoria de la flecha que se clava en el árbol. El ayer es apagado y monótono. Hace una semana no habían nacido. Persistan, aguanten, sigan, vigilen.

La caza del halcón aguza la vista. Derramada tras el ave en movimiento, la tierra fluye lejos de la mirada en deltas de color penetrante. El ojo apuntado atraviesa la escoria superficial mientras el hacha oblicua entra en el corazón del árbol. Una límpida sensación de lugar titila como otra extremidad. La dirección cobra color y significado. El sur es un lugar brillante, bloqueado, opaco y agobiante; el oeste una tierra que se espesa en árboles, se aprieta, el gran cuadril de Inglaterra, el anca celestial; el norte es abierto, lúgubre, un camino a la nada; el este es una vivificación del cielo, una llamada de la luz, una tormentosa irrupción del mar. El tiempo se mide por un reloj de sangre. Cuando uno está activo, cerca del halcón, persiguiendo, el pulso se precipita y el tiempo se acelera; cuando uno espera sin moverse el pulso se aquieta, el tiempo es lento. Siempre que uno acecha al halcón tiene la sensación opresiva de que el tiempo entra en tensión como un resorte contraído. Odia el movimiento del sol, la indefectible alteración de la luz, el aumento del hambre, el metrónomo enloquecedor del latido. Si uno dice “las diez” o “las tres” no habla del tiempo gris y encogido de las ciudades; habla del recuerdo de cierta fulminación o declinación de la luz que fue única para un momento y un lugar precisos ese día, un recuerdo tan nítido para el cazador como un fogonazo de magnesio. En cuanto sale de su casa, el buscador del halcón sabe hacia dónde sopla el viento, siente el peso del aire. Es como si muy adentro de sí viera el día del halcón creciendo sin cesar hacia la luz del primer encuentro. El tiempo y el clima sostienen al halcón y el observador entre sus postes rotatorios. Cuando encuentra al halcón, el perseguidor puede mirar tranquilamente por encima del hombro el enorme tedio y la desdicha de la búsqueda y la espera que precedieron. Todo se transfigura, como si de golpe las columnas rotas de un templo en ruinas hubiesen retomado el esplendor de antaño.

Voy a tratar de dejar claro lo sangrienta que es la matanza. Demasiado a menudo los que defienden a los halcones lo han pasado por alto. El hombre carnívoro no es superior en modo alguno. Amar a los muertos es facilísimo. El mal uso ha deformado la palabra “depredador” como un pantalón viejo. Todas las aves comen carne viviente en algún momento de la vida. Piensen en el zorzal de ojos fríos, ese carnívoro saltarín de los jardines, apuñalador de gusanos, verdugo exultante de caracoles. No deberíamos ponernos tan sentimentales con su canto como para olvidar la muerte que lo sustenta.

En mi diario de un solo invierno he intentado mantener la unidad, ligando el ave, el observador y el lugar que sostiene a ambos. Aunque todo lo que describo sucedió mientras lo observaba, no creo que con la observación honrada baste. Las emociones y el comportamiento del observador también son hechos y hay que registrarlos con fidelidad.

Seguí al peregrino durante diez años. Me había poseído. Para mí era el grial. Ahora ya está. La larga persecución se acabó. Quedan pocos peregrinos, habrá cada vez menos y quizá no sobrevivan. Muchos mueren de espaldas, insanamente aferrados al cielo en las últimas convulsiones, mustios y consumidos por el polen sucio, insidioso de los pesticidas. Antes de que sea tarde, he procurado recapturar la belleza extraordinaria de esa ave y transmitir la maravilla de la tierra en donde vivía, una tierra para mí tan profusa y gloriosa como África. Es un mundo que agoniza, como Marte, pero que aún resplandece.

PEREGRINOS

Lo más difícil de ver es lo que realmente está ahí. En los libros sobre aves hay fotos del peregrino y el texto abunda en información. Grande y aislado en la blancura radiante de la página, el halcón devuelve la mirada, audaz, estatuario, brillante de colores. Pero una vez que uno cierra el libro no vuelve a verlo nunca. Comparada con la imagen próxima y estática la realidad le resultará opaca y decepcionante. El pájaro vivo nunca será tan grande, tan luminoso. Sumido en el paisaje, se alejará cada vez más, siempre a punto de perderse. Frente a la apasionada movilidad del pájaro vivo, las fotos son figuras de cera.

Los peregrinos hembras tienen entre cuarenta y dos y cincuenta y dos centímetros de largo; más o menos como el brazo humano del codo a las puntas de los dedos. Los machos son diez o doce centímetros más cortos, entre treinta y uno y cuarenta. También el peso es diferente: de 910 a 1500 gramos las hembras, entre 440 y 750 los machos. En los peregrinos todo varía: el color, el tamaño, el peso, la personalidad, el estilo: todo.

Los adultos son azules, azul-negros o grises arriba; blancuzcos abajo, cruzados por barras grises. El primer año de vida, y a menudo buena parte del segundo, los más jóvenes son arriba marrones y abajo beige con rayas verticales marrones. Ese marrón va del rojo zorro al sepia; el beige del crema al amarillo claro. Los peregrinos nacen entre abril y junio. Solo al marzo siguiente empiezan a mudar las plumas de juventud; en muchos el cambio no sucede hasta los doce meses. Algunos pueden conservar el plumaje marrón durante su segundo invierno, aunque a partir de enero ya aparecen unas plumas de adulto. La muda llega a tardar seis meses en completarse. Se acelera con el calor, se retrasa con el frío. Los peregrinos no se reproducen hasta los dos años de edad, pero los de un año pueden elegir dónde anidar y defender territorio.

El peregrino está adaptado para perseguir y matar pájaros en vuelo. Tiene forma aerodinámica. La cabeza redondeada y el pecho ancho se afinan poco a poco hasta la angosta cola en cuña. Las alas son largas y puntiagudas: las remeras primarias, largas y finas, para la velocidad; las secundarias, largas y anchas, para dar fuerza al despegue o el transporte de una presa pesada. El pico ganchudo es capaz de arrancar carne de los huesos. En la mandíbula superior hay un diente que encaja en una muesca de la inferior. Si lo inserta en las vértebras cervicales de un pájaro, presionando y retorciendo el peregrino puede quebrarle el espinazo. Las patas son gruesas y musculosas, las garras poderosas y largas. Al dorso de las garras hay unas almohadillas ásperas que ayudan a sujetar la presa. El mortífero dedo trasero es el más largo de los cuatro y se puede usar separadamente para abatir a la presa. Los grandes músculos pectorales proveen energía y resistencia en vuelo. El plumaje oscuro que rodea los ojos absorbe la luz y reduce el brillo. Quizá el contraste entre marrón y blanco del dibujo facial tenga el efecto de lanzar a la víctima a un vuelo sobresaltado. En cierta medida también camufla los grandes ojos reflectantes.

Se ha medido que el peregrino bate las alas a razón de 4,4 golpes por segundo. Las cifras comparativas son: 4,3 para la grajilla, 4,2 para el cuervo, 4,8 para el avefría, 5,2 para la paloma torcaz. En vuelo de aleteo parejo el peregrino se parece más a una paloma, pero tiene alas más largas, flexibles y capaces de echarse más atrás sobre el lomo. Se ha descrito el vuelo típico como una sucesión de aletazos rápidos, rota a intervalos regulares por largos planeos con las alas desplegadas. La verdad es que ese planeo dista de ser parejo y al menos la mitad de los peregrinos que yo he visto en vuelo planeaban poco o nada. Cuando el halcón no está cazando tal vez el vuelo parezca lento y sinuoso, pero siempre es más rápido de lo que aparenta. Por lo que yo he cronometrado, rara vez baja de 45 a 60 kilómetros por hora. En tren de persecución de una víctima, alcanza de 75 a 90 durante distancias de más de un kilómetro y medio; velocidades mayores solo se dan en tramos mucho más cortos. La velocidad de la caída en vertical supera sin duda los 150 kilómetros por hora, pero es imposible ser más preciso. La emoción de ver un peregrino caer en picado no se define por estadísticas.

Los peregrinos llegan a la costa oriental desde mediado agosto hasta noviembre; la mayoría entre fines de septiembre y la primera mitad de octubre. Cualquier condición climática es buena, pero más probablemente lleguen del mar en días claros y soleados con viento fresco del nordeste. Las aves de paso tal vez se queden dos o tres semanas antes de seguir rumbo al sur. El paso de regreso dura desde fines de febrero hasta mayo. Los residentes de invierno suelen partir a fines de marzo o comienzos de abril. En otoño, los primeros en llegar son los halcones jóvenes, seguidos de los jóvenes peregrinos machos y más tarde de unos pocos adultos. La mayoría de los adultos no viajan tan al sur; se quedan lo más cerca que pueden de su territorio de crianza. Este orden migratorio, que prevalece a lo largo de la línea costera europea desde el Cabo Norte hasta Bretaña, es similar al que se ha observado en la costa oriental de Norteamérica. Los registros de marcado sugieren que los inmigrantes a la costa este de Inglaterra vienen de Escandinavia. No hay un solo peregrino con marca británica que se haya registrado en el sudeste de Inglaterra. En términos generales, todos los jóvenes que pasaban el invierno en el valle del río y a lo largo de los estuarios eran de color más claro que los de los nidos británicos; el característico patrón de las alas era de un marrón rojizo suave las cubiertas y secundarias, en contraste con el negro de las primarias, similar al de los cernícalos.

El área en donde hice mis observaciones mide unos treinta kilómetros de este a oeste y quince de norte a sur. Fue territorio de caza de al menos dos peregrinos cada invierno, a veces de tres o cuatro. Tanto el valle del río como el estuario que está al este tienen quince kilómetros de longitud. Juntos forman el largo y estrecho centro del territorio, donde siempre era posible encontrar un peregrino como mínimo. Es difícil decir con seguridad por qué eran elegidos esos lugares en particular. Aunque la mayor parte de Inglaterra, incluidos pueblos y ciudades, puede dar refugio de invierno a un peregrino residente, ciertas áreas han sido visitadas con regularidad y otras pasadas por alto. Es evidente que se encontrará en la costa, en embalses, estaciones depuradoras o marismas a los peregrinos que tengan una clara predilección por patos o pájaros de esa zona. Pero los que invernaban en el valle cobraban presas muy diversas, si bien con predominancia de palomas torcaces y gaviotas reidoras. Creo que venían aquí por dos razones: porque era un hogar de invierno que se había usado muchos años y porque los arroyos de grava eran ideales para el baño. El peregrino es devoto de la tradición. Durante cientos de años ha habido nidos en los mismos riscos. Del mismo modo, es probable que cada generación de aves jóvenes inverne en los mismos territorios. De hecho quizá estén regresando adonde anidaron sus ancestros. Los peregrinos que hoy anidan en las condiciones de la tundra lapona o noruega podrían descender de los que una vez anidaron en las tundras del Támesis inferior. Los peregrinos siempre han vivido lo más cerca posible del límite del permafrost.

Los peregrinos se bañan todos los días. Prefieren el agua corriente, de entre quince y veintidós centímetros de profundidad. Ni menos de cinco centímetros ni más de veinticinco les parecen aceptables. El lecho del arroyo tiene que ser de grava o firme, con un paulatino declive desde la orilla hasta el centro. Favorecen los lugares donde el color del lecho se parece al de su plumaje. Les gusta que riberas abruptas o matas colgantes los disimulen. Prefieren los arroyos someros o las zanjas profundas que los ríos. Casi no usan agua salada. A veces eligen acequias revestidas de cemento, pero solo si el cemento se ha decolorado. Predilectos son los vados poco profundos, donde arroyos rápidos cruzan caminos de campo de un pardo jaspeado. Para prevenirse de la cercanía de humanos confían en un oído notablemente agudo y en los reclamos de alarma de otras aves. La búsqueda de un sitio de baño adecuado es una de las principales actividades diarias del peregrino, y en relación con esa búsqueda deciden dónde cazar y dónde posarse. Se bañan a menudo para librarse de los piojos del propio plumaje y los que les haya transferido la presa que mataron. Difícilmente esos piojos nuevos vivan mucho tras haber dejado a su huésped natural, pero añaden una irritación a la cual el halcón es sumamente sensible. Si el halcón no controla la cantidad de piojos que le infestan las plumas, hay un rápido deterioro de la salud muy peligroso para el joven que aún está aprendiendo a cazar y matar a la presa.

Si bien esto varía mucho, un día habitual del peregrino empieza con un vuelo lento y plácido desde la percha hasta el arroyo más apto para el baño: la distancia puede llegar a ser de entre quince y veinte kilómetros. Después del baño, emplea una hora más en secarse las plumas, arreglarlas con el pico y dormir. Solo paulatinamente el halcón emerge del letargo postbaño. Los primeros vuelos son breves y pausados. Se mueve de percha en percha observando a las otras aves y de tanto en tanto caza un insecto o un ratón. Reconstruye todo el aprendizaje de matar que recorrió después de dejar el nido por primera vez: los primeros vuelos cortos, cautelosos; los más confiados y largos; los traviesos raídes fingidos contra objetos inanimados; los juegos con otros pájaros y el paso a la simulación o el ataque, y luego al primer intento serio de matar. Comparada con esta larga representación de la adolescencia, la verdadera caza de un halcón puede ser un proceso breve.

La caza siempre va precedida de alguna forma de juego. El halcón puede fintar con perdices, acosar grajillas o avefrías, entablar escaramuzas con cuervos. A veces, sin advertencia previa, de repente mata. Después da la impresión de azorarse de lo que hizo, y quizá dejar la presa donde cayó y volver más tarde, cuando está cazando de veras. Aun cuando tiene hambre y ha matado con furia, puede quedarse diez o quince minutos quieto junto a la víctima antes de empezar a comer. En estos casos el pájaro muerto no tiene marcas, algo que parece desconcertar al halcón. Lo picotea con displicencia. No bien brota sangre, come sin más.

Frente a la caza reiterada en la misma zona, la posible presa reacciona crecientemente con una defensa eficaz. Es siempre notable que la reacción de las aves al sobrevuelo del halcón, comparativamente leve en septiembre y octubre, no pare de crecer durante el invierno, hasta que en marzo se vuelve violenta y espectacular. El peregrino debe guardarse de asustar siempre a las mismas; de lo contrario podrían abandonar del todo la zona. Por eso es posible verlo cazando varios días seguidos en el mismo lugar y luego no divisarlo por una semana o más. Quizás se mude cerca, quizás a treinta kilómetros de distancia. Los hábitos de caza son muy variados según el individuo. Algunos cazan a través de su territorio en líneas rectas de entre siete y veinte kilómetros. Pueden virar de repente, volver sobre el mismo curso y atacar aves ya intranquilas. Algunas de estas líneas van del estuario a un estanque y al valle, y del valle al estuario; otras unen los puntos de reposo con los de baño. También hay largos, eficaces vuelos a favor del viento que dividen el territorio, seguidos de descendentes planeos diagonales con viento en contra que terminan a dos o tres kilómetros del punto de partida. En días de sol, la caza suele llevarse a cabo remontándose para bajar en círculos con el viento, y se basa en una parecida división del terreno. Cuando se lanza un ataque, generalmente es un solo, despiadado embate vertical. Si erra, el halcón tal vez se aleje en seguida para buscar otra presa.

A comienzos de otoño y en primavera, cuando los días se alargan y el aire se entibia, el peregrino se remonta más alto y caza en un área más amplia. En marzo, un mes de condiciones en general ideales para el planeo, aumenta el radio de alcance y mediante largos picados desde gran altura puede matar presas más grandes y pesadas. El tiempo nuboso conlleva vuelos más cortos a niveles inferiores. La lluvia recorta aún más el radio de caza. La niebla lo reduce a un solo campo. Cuanto más corto el día, más activo el halcón porque hay menos tiempo disponible para cazar. A ambos lados del solsticio de invierno, todas las actividades se contraen o expanden según la duración de la luz.

Los peregrinos jóvenes planean cada vez que la fuerza del viento les permite girar lo bastante despacio sobre el área de inspección. Ese planeo dura entre diez y veinte segundos, pero algunas aves son más adictas a la costumbre que otras y perseveran en pasar ratos más largos planeando. El halcón cazador aprovecha todas las ventajas posibles. La evidente es la altura. Puede abatirse (otra expresión para el ataque en picado) sobre la presa desde cualquier altura entre uno y novecientos metros. Lo ideal es caer por sorpresa: que el halcón oculto por la altura se precipite sobre la víctima sin ser visto, o que arremeta de golpe desde un escondite en un árbol o una zanja. Como un gavilán, el peregrino espera emboscado. Los métodos para matar más espectaculares los usan menos los jóvenes que los adultos. Algunos peregrinos planean deliberadamente con el sol detrás; con demasiada frecuencia para que sea mera casualidad.

Como todos los cazadores, el peregrino se atiene a un código de conducta. Rara vez atrapa a una presa en tierra o la persigue dentro de un refugio, a la manera de otros halcones, aunque no es nada incapaz de hacerlo. Muchos adultos solo cobran presas en vuelo, pero los jóvenes son menos peculiares. Los peregrinos perfeccionan su poder de muerte mediante una práctica incesante, como los caballeros o los deportistas. Dentro de los límites del código, los que mejor se adaptan sobreviven. Si un halcón insiste en romper el código, probablemente está enfermo o loco.

Una vez que el peregrino tiene ventaja sobre la presa, matarla es sencillo. A los pájaros pequeños y ligeros los aferra con las garras extendidas; sobre los más grandes y pesados se abate desde arriba, en cualquier ángulo entre diez y noventa grados, y a menudo los golpea contra el suelo. El picado sirve para aumentar la velocidad con que se hace el contacto. El momento de inercia del descenso aumenta el peso del halcón y le permite matar aves el doble de pesadas que él. A los jóvenes esto tienen que enseñárselo los padres; parecidamente entrenan los halconeros a las aves cautivas. La acción de atacar abatiéndose no parece innata, aunque se asimila rápidamente. Es probable que la habilidad de abatirse sobre una presa en vuelo sea un desarrollo evolutivo comparativamente reciente, una superación de la captura mediante persecución y la caza de piezas en tierra. Aunque así puedan hacerse más vulnerables, cuando pasa por arriba un peregrino la mayoría de las aves aún despegan.

El peregrino se abate sobre la presa. Se lanza con las patas extendidas delante hasta que las garras quedan debajo del pecho. Crispa los dedos, con el largo posterior debajo de los tres frontales, que aparta doblándolos hacia arriba. Pasa cerca del pájaro, tocándolo casi con el cuerpo y todavía moviéndose muy rápido. El dedo trasero (o dedos; a veces uno, a veces los dos) se clava en el lomo o el pecho del otro pájaro como un cuchillo. En el momento del impacto el halcón alza las alas. Si acierta (por lo general golpea con fuerza o erra por completo), la presa muere en el acto, bien por el choque, bien con un órgano vital perforado. El peregrino pesa entre 700 y 1200 gramos; con treinta metros de caída, un peso así puede matar a cualquier ave salvo las más grandes. Es común que tarros blancos, faisanes y gaviotas reidoras sucumban a ataques con 150 metros o más de caída. A veces el halcón aferra y luego suelta a la presa, que al dar en el suelo se tambalea, atónita pero aún viva; a veces la lleva a un lugar más apropiado para comer. Mientras la transporta, o no bien aterriza, le quiebra el cuello con el pico. No hay criatura carnívora más eficiente ni piadosa que el peregrino. No es que se proponga ser piadoso; simplemente actúa según está diseñado. Los cazadores de cuervos de Königsberg matan a las piezas de la misma forma. Sorprenden a los cuervos poniendo carnada en los nidos y los matan con los dientes, de un mordisco que les quiebra el pescuezo.

Antes de empezar a comer, el peregrino despluma en parte a la presa. La cantidad de plumas arrancadas varía, no solo con el hambre del individuo sino con las preferencias. Hay halcones que despluman del todo; otros solo limpian con unos picotazos. De pie sobre la presa, la mantienen bien agarrada con uno o los dos talones. Desplumar les lleva dos o tres minutos. Comer, entre diez minutos y media hora, depende del tamaño del ave: diez minutos para un zorzal real o un archibebe, media hora para un ánade real o un faisán.

Si la presa es muy pesada, o el lugar apto, puede que el halcón la coma allí mismo. Al parecer muchos son indiferentes; se alimentan donde mataron. Otros prefieren un lugar totalmente abierto, o totalmente retirado. De las víctimas que yo encontré, el setenta por ciento estaba en hierba corta, aunque la mayor parte del suelo de aquí es arable. A los peregrinos les gusta alimentarse en superficies firmes. A las presas pequeñas suelen comerlas en árboles, sobre todo en otoño; y puede que lo mismo hagan los que se criaron en nidos de ramaje, siempre que sea posible. En la costa, algunos comen arriba de los rompeolas; otros al pie, cerca de la línea del agua. Es posible que estos provengan de nidos de acantilado y estén acostumbrados a alimentarse teniendo arriba una pendiente empinada.

Es fácil reconocer a la víctima de un peregrino. La carcasa está de espaldas, con las alas intactas todavía unidas al cuerpo por la escápula. El esternón y los huesos principales estarán muy descarnados. Lo mismo las cervicales, si queda la cabeza. Con frecuencia no se han tocado las patas ni el lomo. Si el esternón sigue entero, el pico lo habrá despojado de varias piecitas triangulares. (Esto no siempre sucede con las aves mayores, que tienen huesos más gruesos). Cuando queda bastante carne, tal vez el peregrino vuelva a terminarla al día siguiente o incluso varios días más tarde. De la carne sobrante de presas abandonadas suelen alimentarse zorros, ratas, armiños, comadrejas, cuervos, cernícalos, gaviotas, raposos y gusanos. Los mitos comunes usan las plumas para construir sus nidos. He encontrado una concentración inusual de nidos de mito en áreas donde hubo mucha caza.

Ninguna rapaz disputa con un peregrino que va tras una pieza; pero a veces sucede que ataques resueltos y concertados de cuervos disuaden al halcón de cazar en ciertos lugares. Cuando el que está de caza es el hombre, el peregrino se va a otro lado. Es notablemente rápido para distinguir al hombre desarmado del que lleva un arma. Hay entre peregrinos y cernícalos una curiosa relación difícil de definir. Con frecuencia se ve a las dos especies en la misma zona, especialmente en otoño y primavera. Casi nunca vi a una de ellas sin encontrar muy cerca a la otra. Puede darse que compartan lugar de baño, que alguna vez el peregrino le robe una presa al cernícalo, que el cernícalo se alimente de restos que dejó el peregrino, que este ataque pájaros que el otro le señala sin querer. En setiembre y octubre se diría que algunos peregrinos copian la forma de cazar del cernícalo y he visto a las dos especies planeando juntas sobre el mismo campo. De modo parecido, he visto a un peregrino cazando cerca de un búho campestre y aparentemente imitándole la forma de volar. Para marzo, la relación ha cambiado: el peregrino se ha vuelto hostil y ataca y probablemente mate a cualquier cernícalo que planee cerca de él.

A lo largo de diez inviernos encontré 619 víctimas de peregrinos. Las especies se distribuían como sigue:

Paloma torcaz

38%

Gaviota reidora

14%

Avefría

6%

Silbón

3%

Perdiz

3%

Zorzal real

3%

Gallineta

2%

Zarapito real

2%

Chorlito dorado

2%

Graja

2%

Además de estas registré otras treinta y cinco especies cobradas, que completan el 25% restante del total. Analizadas por familias, las proporciones son:

Palomas

39%

Gaviotas

17%

Zancudas

16%

Patos

8%

Caza menor

5%

Córvidos

5%

Paseriformes pequeños o medianos

5%

Otros

5%

En el invierno que he descrito en este libro hubo más palomas cazadas debido a su extraordinaria abundancia en tiempo frío y a la ausencia por entonces de otras especies del interior. Las cifras relativas para ese invierno en particular son las siguientes:

Paloma torcaz

54%

Gaviota reidora

9%

Avefría

7%

Silbón

3%

Perdiz

3%

Zorzal real

2%

Gallineta

2%

Zarapito real

2%

Graja

2%

Ánade real

2%

En el 14% restante había otras veintidós subespecies.

Estas tablas sugieren que el peregrino joven caza mayormente las especies más numerosas en su territorio, siempre y cuando pesen al menos 250 gramos. Los peregrinos matan poquísimos estorninos pintos o gorriones, que sin embargo son aquí muy comunes. De las especies más grandes, las más corrientes y ampliamente distribuidas son las palomas torcaces, las gaviotas reidoras y las avefrías, en este orden. Si se considera el peso total de las presas disponibles, la paloma torcaz debe representar una proporción de la biomasa aproximadamente igual al porcentaje de esas aves que de hecho mata el peregrino. El método de selección empleado, si es que lo hay, podría no ser tan poco espectacular como sigue: el peregrino mata con más frecuencia la especie de ave que ve con más frecuencia, siempre que sea razonablemente grande y conspicua. La presencia de cantidades anormales de cualquier especie de aves resulta, y esto es invariable, en una proporción mayor de individuos de esa especie matados por el peregrino. Si gracias a un verano seco se crían con éxito más perdices, más perdices matará el halcón el invierno siguiente. Si con el frío aumenta el número de silbones, más serán cazados. Las rapaces que matan lo más común en una región tienen mejores posibilidades de sobrevivir. Las que tienden a preferir una sola, es muy probable que pasen hambre y mueran de enfermedad.

En octubre y noviembre, sobre el valle y el estuario, mueren cazadas por el peregrino muchas gaviotas y avefrías, la mayoría en tierra recién labrada. De diciembre a febrero, sobre todo cuando el tiempo se endurece y las avefrías escasean, las presas más habituales son las palomas torcaces. En marzo todavía hay captura de palomas, vuelve a aumentar la de gaviotas y avefrías y caen más patos que en cualquier otro mes. A lo largo del invierno el peregrino toma de tanto en tanto aves de caza, gallinetas, zorzales o zancudas. Si llueve o hay niebla, las presas principales son aves de caza y gallinetas. La toma de patos es menos frecuente de lo que dice la creencia popular. Esto vale para todos los países, tanto en verano como en invierno; definitivamente, el peregrino no es un “halcón patero”. En la mayoría de las listas de sus preferencias figuran muy arriba las palomas domésticas y silvestres, pero aquí yo no encontré ninguna; ningún peregrino que yo haya visto atacó una sola paloma ni mostró el interés de hacerlo.

Las condiciones climáticas pueden afectar la elección de la presa. Cuando al verano húmedo le sigue un invierno húmedo, la tierra se anega, se retrasa el arado y los lugares de baño desbordan con las crecidas. Los peregrinos cazan sobre los pastos del sur del valle y entre los dos estuarios. Se bañan en zanjas o al borde de las riadas. Algunos eligen las pasturas sea cual sea el tiempo. Estos peregrinos de llano verde llegan bien entrado el otoño y se quedan hasta fines de abril o comienzos de mayo. Posiblemente vengan de la tundra lapona, donde en verano el campo es una gran esponja esmeralda. Para ellos los húmedos pastos de pantano y el verdor de los suelos de arcilla espesa son como su casa. Abarcan grandes distancias, vuelan alto, son mucho más difíciles de encontrar y seguir que los del valle, en comparación más sedentarios. Sus presas favoritas son las avefrías, las gaviotas y los zorzales reales que se alimentan de lombrices en los prados húmedos. Entre enero y marzo matan palomas torcaces que viven del trébol. A menudo son atacadas las grajas que anidan.