El pontificado de Benedicto XVI - Roberto Regoli - E-Book

El pontificado de Benedicto XVI E-Book

Roberto Regoli

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La figura de Benedicto XVI ha sido con frecuencia objeto de debate por parte de la opinión pública y de amplios sectores del mundo católico, tanto durante sus ocho años de pontificado como a causa de su renuncia al ejercicio activo del ministerio petrino. Frente a las visiones parciales existentes, El pontificado de Benedicto XVI ofrece al lector una mirada de conjunto ampliamente documentada sobre la labor de Joseph Ratzinger como papa, a la vez que señala algunas claves interpretativas que pueden iluminar el presente y el futuro del catolicismo actual. Como señala el cardenal Rouco Varela en el prólogo del libro "el modo como el papa aborda los problemas de la Curia Romana, del gobierno magisterial de la Iglesia, las urgencias de su gobierno universal, cómo vive el afán de la unidad de los cristianos y entiende la labor del diálogo con la cultura, la diplomacia pontificia... son objeto de un tratamiento científico en el que la agilidad narrativa, casi periodística, y el análisis teológico se funden en apreciaciones y valoraciones histórico-espirituales en las que se destaca siempre el carácter innovador y de apertura a un futuro de la Iglesia siempre más fiel al mandato misionero de su Señor". En palabras de Mons. Gänswein, quien fuera secretario particular de Benedicto XVI durante su ministerio petrino y ha continuado siéndolo tras su renuncia al mismo, "este libro lanza de nuevo una mirada consoladora a la pacífica imperturbabilidad y serenidad de Benedicto XVI al timón de la barca de Pedro en los dramáticos años 2005-2013".

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Seitenzahl: 685

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Roberto Regoli

El pontificado de Benedicto XVI

Más allá de la crisis de la Iglesia

Traducción de Jaime López Peñalba

Presentación de Mons. Antonio María Rouco Varela

Epílogo de Mons. Georg Gänswein

Título original: Oltre la Crisi della Chiesa. Il Pontificato di Benedetto XVI

© Lindau srl, Torino, 2016

© Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2018

La traducción de esta obra ha sido financiada por el SEPS

Segretariato Europeo per le Pubblicazioni Scientifiche

Via Val d’Aposa 7 - 40123 Bologna - Italia

[email protected] - www.seps.it

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

100XUNO, nº 33

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-9055-865-2

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Ramírez de Arellano, 17-10.a - 28043 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

PRESENTACIÓN DE LA EDICIÓN ESPAÑOLA

Mons. ANTONIO MARÍA ROUCO VARELACardenal Arzobispo Emérito de Madrid

La editorial Encuentro nos ofrece la versión española de un libro imprescindible para situarse acertadamente a la luz de la razón iluminada por la fe en la hora actual de la Iglesia interpretando luminosamente —¡espiritualmente!— los signos de los tiempos. Lo hace en la mejor continuidad de su línea de publicaciones, «comunicando» fe y cultura como instrumento intelectual y existencial clave para una Evangelización siempre a punto del momento histórico. Se trata de la obra del joven profesor de Historia Contemporánea de la Iglesia en la Universidad Gregoriana, Roberto Regoli, Oltre la Crisi della Chiesa. Il Pontificato di Benedetto XVI, aparecida en Turín hace poco más de un año. La traducción española es ágil, transmitiendo fielmente el ritmo expresivo del texto original, extraordinariamente vivo.

El autor analiza y relata los diversos años del ministerio del papa Benedicto XVI —ocho años— «de modo fascinante y conmovedor», en opinión de un testigo excepcional de ese pontificado —quizá el más excepcional—, Mons. Georg Gänswein, que así lo reconoció en la presentación del libro en Roma. Él fue su secretario particular inmediatamente antes de su elección como Sumo Pontífice, durante los años de su «ministerio petrino» y lo continúa siendo después de su renuncia hasta hoy mismo, compatibilizándolo con el oficio de prefecto de la Casa Pontificia. Opinión que es fácil —casi obligado— compartir después de una lectura atenta del libro, sobre todo cuando se da en el lector la circunstancia del conocimiento previo de la persona y/o la cercanía intelectual, humana, espiritual y eclesial a la misma: a la persona del profesor Ratzinger, del arzobispo de Múnich, del cardenal prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, del papa Benedicto XVI.

Sí, nos encontramos ante un libro «fascinante» y «conmovedor» pero sobre todo ante un libro del todo singular. Por primera vez en la abundantísima y multisecular historiografía del Papado un autor narra la historia de un pontificado ya concluido y con su protagonista, el Papa, viviendo en una condición eclesial e institucional sin precedentes en la historia de la Iglesia, canónica e incluso eclesiológicamente nueva: la de ser un «Papa emérito». El precedente de Celestino V no es comparable, como se desprende de la exposición y análisis histórico y teológico al que lo somete el profesor Regoli en el último capítulo de su obra. ¿Se abre con el hecho introducido conscientemente por el propio Benedicto XVI en la formulación del escrito de su renuncia una nueva perspectiva eclesiológica para la comprensión teológica y pastoral del Ministerio del Sucesor de Pedro, que no rompe con el principio hermenéutico de «la evolución homogénea del dogma católico»? (Marín Solá O.P.). De los comentarios, análisis y juicios tanto a nivel periodístico como al de la reflexión de teólogos e historiadores de la Iglesia, de los que el autor informa con pericia de un historiador que concibe y practica su vocación y tarea científica como la de una disciplina teológica (como enseña el decreto Optatam Totius del Vaticano II y como tan magistralmente ha fundamentado y explicado Hubert Jedin), se deduce una conclusión doctrinal y canónicamente ineludible: no parece ya posible obviar, al menos teóricamente, después de la forma de la renuncia de Benedicto XVI al ministerio de Sucesor de Pedro y Pastor de la Iglesia universal, la cuestión de las raíces sacramentales del munus (oficio) y de la potestas (la potestad) del Romano Pontífice, como Obispo de la Iglesia de Roma, la sede de Pedro, Cabeza de los Apóstoles, y, consiguientemente, menos posible pasar de largo teórica y prácticamente del problema del origen y de la característica sacramental de la Jurisdictio en la Iglesia y de su plasmación y explanación en su ordenamiento jurídico —el derecho canónico— que la Eclesiología del Vaticano II ha reafirmado y actualizado.

La novedad histórica de lo acontecido y la extraordinaria personalidad humana, intelectual y espiritual de quien lo protagonizó, el papa Benedicto XVI, subyacen, como una especie de tónica dominante, a todo el estudio y exposición de los campos de vida y actualidad de la Iglesia en los que el Romano Pontífice la ha conducido con una genial lucidez teológica y espiritual y con una delicadísima sensibilidad cultural y pastoral sin par, a lo largo de unos años extraordinariamente críticos para la humanidad desengañada desde el trágico «11 de septiembre» neoyorquino del año 2001, de la ilusión del feliz «final de la historia» que algunos habían pronosticado tras «la caída del muro de Berlín». Años en los que las amenazas a la dignidad del hombre, que Romano Guardini había vislumbrado ya al comienzo de la segunda mitad del siglo XX en su denuncia del «hombre incompleto», parecen revivir en nuevas variantes de graves incertidumbres económicas, sociales y políticas, y en el éxito cultural de antropologías radicalmente biologicistas y materialistas. No cabía la duda: ¡se había impuesto en la hora primera del nuevo milenio, con una imprevisible e inesperada actualidad, una durísima reedición de aquella realidad histórica como un reto formidable para la misión evangelizadora de la Iglesia!

El profesor Regoli hace pasar delante de los ojos y por la inteligencia del lector las distintas áreas intra- y extraeclesiales, en las que se centra y se despliega la acción atenta y el cuidado pastoral del nuevo Sucesor de Pedro, partiendo de los problemas que el nuevo Pontífice tendría que abordar en el año 2005 después del largo pontificado —uno de los más largos y providenciales en la historia de la Iglesia— de un Papa, san Juan Pablo II, que había significado para ella y para sus relaciones con un mundo —que cambia políticamente de faz con el final de la Guerra Fría— un listón histórico, difícilmente superable. La aplicación espiritual y apostólica del dinamismo renovador del Concilio Vaticano II, emprendida por el Papa venido de Polonia, había sido de una intensidad evangelizadora sin apenas antecedentes en el pasado. El modo como el nuevo Papa aborda los problemas de la Curia romana, del gobierno magisterial de la Iglesia, las urgencias de su gobierno universal (los abusos sexuales a menores, la relación con el episcopado, nombramientos episcopales, etc.), cómo vive el afán de la unidad de los cristianos y entiende la labor del diálogo con la cultura, la diplomacia pontificia... son objeto de un tratamiento científico en el que la agilidad narrativa, casi periodística, y el análisis teológico se funden en apreciaciones y valoraciones histórico-espirituales en las que se destaca siempre el carácter innovador y de apertura a un futuro de la Iglesia siempre más fiel al mandato misionero de su Señor y más fecunda en el crecimiento interior de la santidad de sus miembros y de la santificación del mundo. En el panorama histórico mostrado destacan más «las luces» que «las sombras», «las certezas» que «las vacilaciones». Una rica panorámica del pontificado de Benedicto XVI —rica en información sobre sus contenidos, y muy sugerente en sus interpretaciones histórico-teológicas, político-culturales, sociales y pastorales— que acierta con «su sitio en la vida» de un corto, pero dramático periodo de la historia de la Iglesia contemporánea, y que se hace preceder de un detallado capítulo dedicado al Cónclave de abril de 2005 y a las congregaciones del Colegio cardenalicio que le precedieron. Capítulo alimentado no de fuentes seguras y auténticas (que no las hay) sino de las hipótesis periodísticas que se asemejan más a relatos imaginativos que a crónicas veraces de lo realmente sucedido.

>Sin embargo, para el discernimiento eclesial del significado de los ocho años del «ministerio petrino» del papa Benedicto XVI y de su proyección respecto al presente y al futuro de la misión de la Iglesia, el criterio teológico decisivo se encuentra en el capítulo tercero del libro titulado El gobierno magisterial de la Iglesia. Ya la categoría escogida, «gobierno magisterial», resulta un acierto; no en vano el primer munus o la primera tarea del Sucesor de Pedro consiste en «confirmar en la fe a sus hermanos» (Lc 22,32). Pero es que, además, la percepción por parte de Benedicto XVI de que nos enfrentamos a un momento inquietante de generalizada y persistente crisis de fe en «el viejo mundo» de milenarias raíces cristianas, singularmente en Europa (en la II Asamblea Especial del Sínodo para Europa en 1999 y, luego, en la exhortación postsinodal Iglesia en Europa de 2003 se hablaba de apostasía silenciosa de los europeos), y de que incluso «opera» al interior de la Iglesia, ha centrado todo su magisterio y sus iniciativas de gobierno jurídico-canónicas y pastorales. Todos los grandes eventos eclesiales promovidos por Benedicto XVI estarán animados por una renovada propuesta de la fe en Jesucristo, el Verbo Encarnado, el Señor y Salvador del hombre. Pensamiento y vivencia personal del Papa en torno al «Sí» a Cristo, intelectualmente radiante y existencialmente hondo y enternecedor, se funden en una tal unidad de piedad personal y de «oficio» pastoral que obligan, como hace notar el autor, a calificar su pontificado como eminentemente cristológico. De hecho, se verá coronado por la proclamación de un «año de la fe» que finaliza con la celebración del Sínodo sobre la Nueva Evangelización. Año —por si fuera poco— en el que da término a su obra teológica cumbre: la monografía Jesús de Nazaret. Cumbre de su vida personal: «Sin duda —confiesa en el prólogo al primer tomo aparecido en el 2006— no necesito decir expresamente que este libro no es en modo alguno un acto magisterial sino únicamente expresión de mi búsqueda personal ‘del rostro del Señor’ (p. 20)». Pero, también, cumbre en su servicio excepcionalmente valioso a la fe de la Iglesia. La máxima de san Benito de Nursia de «no anteponer nada a Cristo» constituye el exigente trasfondo espiritual de la entrega paciente, constante e inasequible al desaliento del Sucesor de Pedro, Benedicto XVI, en el desprendido y heroico cumplimiento del «oficio», recibido del Señor, de ser el Pastor de la Iglesia universal en un periodo de su historia en el que su llamada a una nueva evangelización intra- y extraeclesialmente resuena con una urgencia apremiante. La Iglesia no debe autoengañarse en el diagnóstico cultural de la sociedad y del hombre contemporáneo, marcado por un escepticismo radical frente a Dios y frente a su propia dignidad. Todos sus hijos e hijas han de empeñarse con todo el dinamismo apostólico, con el que les ha dotado su Señor, en hacerles transparente y deseable «creer en el amor de Dios» como «la opción fundamental de su vida», sabiendo que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». ¡Con Jesucristo! (Deus caritas est, 1). Encuentro que implica para el hombre consecuencias doctrinales, morales y existenciales decisivas y definitivas en el mundo de sus ideas, y de sus experiencias personales y comunitarias.

El autor no duda en caracterizar el pontificado de Benedicto XVI como un tiempo para la Iglesia de «reformas», que él llama «reformas benedictinas». Con una influencia histórica, según él, todavía de difícil evaluación en sus efectos de enriquecimiento espiritual y pastoral para un futuro de la Iglesia más o menos captable y definible en el tiempo. Con su diferenciación de dos etapas en los densos ocho años del ministerio petrino de Benedicto XVI —la una, del año 2005 al 2010, serena, pastoralmente creativa y vibrante; la otra, del 2010 al 2013, más reactiva, enturbiada y dolorosa— no es fácil estar de acuerdo. Mons. Georg Gänswein en la presentación que hizo de la edición italiana no lo está y lo razona aduciendo los viajes al Reino Unido (2010), a Alemania —Berlín, Erfurt, Friburgo— (2011) y al Líbano (2012). Desde la perspectiva española se podía y debía añadir, además, sus visitas a Santiago de Compostela y Barcelona en diciembre de 2010. Su alcance trasciende la mirada interna de la Iglesia a sí misma y la remite a su misión santificadora de la sociedad y de la cultura. Por una parte, su mensaje a la conciencia cristiana de la Europa de hoy, la de la Unión Europea, desde Santiago de Compostela, refrescando el de san Juan Pablo II del 9 de noviembre de 1982, no pudo ser más actual, más explícito eclesial y políticamente, y más estimulante pastoral y espiritualmente. Mientras que, por otra, su presentación de la potencialidad estética, inherente a la verdad del Misterio Cristiano, tan bellamente expresada en el Templo de la Sagrada Familia de Barcelona, apuntaba con un clarividente y penetrante sentido de «los signos de los tiempos», a la necesidad de desbrozar el camino de la evangelización del hombre «posmoderno», el de aquí y ahora, descubriéndole y mostrándole kerigmática y litúrgicamente la esplendorosa e inextinguible belleza de la verdad de Cristo. Rica en frutos de cultura y de sabiduría, de caridad social y política.

Y, sobre todo, ¿no quedaban suficientemente —incluso, desbordadamente— compensadas las páginas crueles y despiadadas del «caso Williamson» o de la traición del ayudante de cámara Paolo Gabriele o del «affaire Vatileaks» con lo que fue —en palabras del mismo Papa— «una verdadera cascada de luz»: la XXVI Jornada mundial de la Juventud en la tercera semana de agosto de 2011 en Madrid? «Una estupenda manifestación de fe para España y para el mundo ante todo», resumiría Benedicto XVI en el primer balance que hizo de su Visita Apostólica a Madrid en la Audiencia General del siguiente 24 de agosto. Luego, constataría en su discurso a la Curia romana con motivo de las felicitaciones de Navidad del 22 de diciembre, que «la magnífica experiencia de la Jornada mundial de la Juventud en Madrid, ha sido también una medicina contra el cansancio de creer. Ha sido una nueva evangelización vivida. Cada vez con más claridad se perfila en las Jornadas mundiales de la Juventud un modo nuevo, rejuvenecido, de ser cristiano».

«Las reformas benedictinas —recapitula el profesor Regoli con acierto— no consisten únicamente en previsiones relativas a la liturgia, las normas de derecho canónico y las estructuras de ‘los ordinariatos’. La reforma aplicada por Benedicto XVI se refiere propiamente a un modo de pensar, de sentir a la Iglesia, y a la Iglesia en un contexto social y cultural. El debate identitario actual —que continúa— impulsa al catolicismo mismo y a sus interlocutores al corazón de las preguntas, más allá de los buenos sentimientos (pero nunca en contra de esos). El pontificado de Benedicto XVI podrá ser comprendido solo pensado en tiempo largo». Como el de Gregorio VII, cuyo pontificado, según el profesor Regoli, «ha sido el pontificado más importante de todo el segundo milenio». Lo que sí se recordará siempre es que en el ministerio de Sucesor de Pedro, tal como lo vivió y encarnó el papa Benedicto XVI, el principio teológico y pastoral que lo inspiró, desde el principio al fin, no fue otro que el de «no anteponer nada a Cristo». Convencido de que solo siguiendo este camino la Iglesia podría presentarse al mundo nuevo del Tercer Milenio en todo el esplendor de su verdad, es decir, «en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Vaticano II, Lumen gentium 1). Porque, según el mismo papa Benedicto XVI, lo que nunca debería de olvidarse al plantear en la teoría y en la praxis la urgencia de la nueva evangelización es que «en una sociedad sedienta de auténticos valores humanos y que sufre tantas divisiones y fracturas, la comunidad de los creyentes ha de ser portadora de la luz del Evangelio, con la certeza de que la caridad es, ante todo, comunicación de la verdad» (Benedicto XVI a los participantes en el III Sínodo de la Archidiócesis de Madrid, 4 de julio de 2005). Una certeza que el lector del excelente libro, que presentamos en su edición española podrá descubrir como la clave espiritual, apostólica y pastoral de un pontificado que pasará a la historia de la Iglesia como uno de sus más luminosos.

INTRODUCCIÓN

Tras algunas décadas, probablemente se tomará conciencia de que el celebradísimo y triunfal pontificado de Juan Pablo II y el actual [de Benedicto XVI], tan gris y cansado, han funcionado solamente de tapón: bloqueando un proceso dramático, pero inevitable, de aggiornamento real de la Iglesia ante los desafíos auténticos de la Modernidad[1].

Así escribía el historiador Vincenzo Ferrone en 2013. Pero no es así como se escribe en este volumen: no solo por el sosiego necesario para cualquier reflexión que se quiera compartir, sino por la peculiaridad propia de la disciplina histórica, que tiene sus tiempos y sus distancias, y por el rechazo personal y voluntario a expresiones tan apodícticas.

Con el presente texto se quiere estudiar y profundizar en las orientaciones del pontificado de Benedicto XVI, aun siendo conscientes de los límites de esta operación, tanto por las fuentes como por la cercanía al desarrollo de los eventos. Resulta, de hecho, particularmente complejo trazar un perfil adecuado de un pontificado reciente cuando falta la perspectiva del tiempo. Las páginas que siguen están marcadas por esta dificultad. Es posible, sin embargo, individuar al menos algunas de las características fundamentales. ¿Dónde encontrarlas? En las encíclicas, en las alocuciones, en los discursos (no necesariamente en todos, pero ciertamente en aquellos que han sido más señalados, como aquel de Ratisbona de 2006), en ciertos nombramientos, en ciertos viajes, en ciertas audiencias, en el estilo de gobierno y en los momentos de crisis.

Un pontificado se ilumina solo si se le pone en relación con los precedentes, para así poder evaluar la continuidad, las innovaciones y las rupturas. Cada pontificado lleva consigo todas las características anteriores. Y con Benedicto XVI hay un vínculo casi sanguíneo con las propuestas eclesiales de Juan Pablo II, aunque sin complejos a la hora de superarlas.

Para un pontificado tan reciente no podemos emplear las fuentes archivísticas, que permanecerán clasificadas aún durante muchas décadas. Es necesario por tanto limitarse al discurso público del Papado, es decir, al conjunto de documentos (especialmente doctrinales —encíclicas, «condenas»—, pero no solo), decisiones y acciones (audiencias, visitas, viajes), ligados al menos por el nombre, y quizás también, a la persona de un determinado pontífice. Para la historia de la Iglesia (en cuanto realidad teológica) importa el «resultado» final, más que el proceso decisional que lo precede, en cuyo ámbito el obrar del pontífice puede estar más o menos condicionado por la intervención de sus colaboradores. En cualquier caso, esto es lo que permite la investigación en el estado actual. Por tanto, en el trasfondo del presente trabajo está el serio y difícil problema de evaluar lo que es fruto directo de la reflexión pontificia y lo que, en cambio, es fruto principalmente de sus colaboradores[2], si bien en algunos casos los textos parecen manifiestamente benedictinos.

Por consiguiente, los resultados de la investigación que queremos ofrecer no representan todavía una historia, más bien, como diría Giovanni Miccoli, «una contribución ofrecida al historiador futuro»[3], y una panorámica interpretativa para el lector de hoy.

Sobre el pontificado, la persona y el pensamiento de Benedicto XVI han sido publicados diversos libros, artículos y ensayos, como también han sido realizadas diversas tesis doctorales (principalmente en el ámbito teológico). Esto ha ocurrido tanto durante el pontificado como después de la renuncia al ministerio petrino del 11 de febrero de 2013. A esta tarea se han sumado tanto periodistas como historiadores, tanto teólogos como doctorandos en teología. Las conclusiones de las publicaciones son de distinto tenor, pues varían según la finalidad más o menos declarada del autor. Así, incluyen desde el discurso apologético a la crítica, del análisis estrictamente teológico al político. Lo que cuenta es que todos estos escritos expresan un interés general en torno a dicho pontificado y a la historia contemporánea del Papado.

Las páginas que siguen están sujetas a dos lógicas concurrentes, la de la «historia inmediata» de la actualidad y la de los largos tiempos de la historiografía[4]. Tal inmediatez no debe confundirse con el periodismo, que razona en caliente, si bien comparte con él al menos un aspecto: quien escribe ha vivido lo que cuenta y quiere interpretarlo, o al menos, comprenderlo. A diferencia del periodista, el historiador tiene el privilegio de conocer lo que sigue y cómo concluye, al menos a corto y medio plazo.

El periodista, por otra parte, nutre al historiador, cuando se trata de una historia tan reciente. No se puede, de hecho, evitar recorrer las crónicas, las entrevistas y las fuentes más o menos selectas del periodismo, sopesándolas a pesar de todo a la luz del método histórico, conscientes de los límites de tales producciones. En este sentido, un aspecto a considerar es, por ejemplo, el hecho de que se trata de una producción periodística típicamente occidental, ya que hoy los vaticanistas (periodistas especializados en el Vaticano, el Papa y la Curia) son un 42% italianos, un 28% europeos, un 19% norteamericanos y un 1% provenientes del resto del mundo. Los países del Tercer Mundo están en general ausentes. Además, en la mayoría de los casos, la información periodística tiende a ocultar la dimensión espiritual y religiosa, en beneficio de los aspectos políticos, según el acostumbrado y ya superado esquema dual derecha/izquierda, conservador/progresista.

El pontificado de Benedicto XVI parece relevante no solo por sus imprevisibles conclusiones (la renuncia, con la creación del Papado emérito), sino por las cuestiones abiertas por él, y no cerradas aún. De hecho, el Papa, en virtud de las connotaciones ante todo magisteriales de su gobierno, que ha ejercido durante cerca de ocho años, no tanto a través de grandes reformas o intervenciones deslumbrantes, sino dirigiendo cotidianamente la vida de la Iglesia por medio del Magisterio, ha abierto debates centrales para la vida eclesial. Pensemos en la aplicación del Vaticano II (dando espacio a posiciones marginadas hasta ahora), a las relaciones ecuménicas (la novedad de los ordinariatos personales para quienes provienen del anglicanismo, y el anuncio realizado conjuntamente con la Iglesia anglicana de tal novedad), a la relación con otras religiones, especialmente el islam (Ratisbona y más allá de Ratisbona), a la eclesiología (en la cual la creación del instituto del «Papa emérito» ha abierto nuevos debates teológicos y canónicos). La cuestión en el corazón del pontificado benedictino es la fe en Jesucristo, la cual está en neto retroceso en el mundo occidental. No es una casualidad, a este respecto, que los viajes pontificios se refieren sobre todo a Occidente, sin alcanzar nunca el Extremo Oriente.

Como se puede comprender bien, no se quiere escribir una biografía de Benedicto XVI, sino elaborar un borrador de la historia de su pontificado, para facilitar el enfoque de años decisivos para el presente y el futuro del catolicismo contemporáneo.

En este volumen no se tiene ninguna pretensión de exhaustividad bibliográfica, por lo que en las notas a pie de página se dará cuenta solo de los textos y documentos realmente empleados.

Para clarificar y precisar los temas de este trabajo han sido fundamentales las conversaciones con Antonio Menniti Ippolito, Silvano Giordano, Francesco Castelli y Paolo Valvo; como han sido preciosas e importantes aquellas con Monica Mondo, Ruggero Tamella, Gianfranco Ghirlanda, Hans Zollner, Ilaria Morali y Dimitrios Keramidas. Debo agradecer la paciencia y la disponibilidad a mis consideraciones, también cuando debido a lecturas diferentes no hemos coincidido en las interpretaciones. Además, me he enriquecido en el intercambio académico con mis estudiantes, que han sido un estímulo y una ayuda para la localización del material. Pienso particularmente en Antonella Piccinin, Ricardo Battiloro y Jesús Treviño. Otros me han sostenido también en las pruebas de redacción, Salvatore Iaccarino y Piercarlo Donatiello, como también Luca Bechis, y está también quien me ha ayudado con la serenidad del estudio entre los Alpes Tiroleses, Marti Kammerer. El trabajo de un hombre es el fruto de tanta generosidad, también de la que no aparece y sin embargo ha existido.

1. EL CÓNCLAVE Y EL PROGRAMA DEL PONTIFICADO

Se ha dicho y escrito mucho al respecto de los verdaderos actores de un cónclave para la elección del Papa. La cuestión se refiere al papel de los cardenales y sus conexiones eclesiales, sociales y políticas. Simplificando: ¿quién hace al Papa? ¿Los manejos electorales de los cardenales? ¿La presión política y mediática? ¿El Espíritu Santo? En 1997, un desencantado cardenal Joseph Ratzinger declaraba: «El papel del Espíritu debe entenderse en un sentido mucho más amplio, y no como si dictase el candidato por quien votar. Probablemente, la única certeza que ofrece es que no se puede arruinar todo»[5]. Ya a la vista del penúltimo cónclave del siglo XX, el cardenal Giuseppe Siri, en la homilía del novenario por Pablo VI, se dirigía sus hermanos cardenales en el mismo sentido: «La tarea que nos disponemos a cumplir no se resolvería decorosamente diciendo: ‘Lo piensa el Espíritu Santo’, y abandonándonos sin trabajo y sin sufrimiento al primer impulso, a la sugestión irrazonable»[6]. El elemento humano en un cónclave es determinante.

¿Qué sucedió en el Cónclave de 2005, que llevó a la elección del alemán y curial cardenal Joseph Ratzinger? ¿Qué juegos se desarrollaron entre los cardenales para un Cónclave imaginado durante mucho tiempo, pero entre los más breves de la historia? Los archivos son todavía secretos y la reconstrucción de aquellos días depende de confidencias no verificables concedidas a los periodistas[7]. Seguras, tenemos las entrevistas y declaraciones de los cardenales antes de entrar en el Cónclave y la rápida cronología de los eventos públicos.

Las reglas de juego

El cónclave tiene sus reglas. El de 2005 las recibe el 22 de febrero de 1996, cuando Juan Pablo II las cambia (como han hecho siempre sus predecesores inmediatos durante sus pontificados), a través de la constitución apostólica Universi Dominici Gregis, por la cual se modifica, entre otras cosas, la secular norma (originaria del año 1179) que preveía una mayoría de dos tercios de los electores presentes para la elección papal, que de esta manera buscaba un candidato compartido por una gran parte de los cardenales, por una mayoría absoluta (la mitad más uno de los electores), pero solo tras casi quince días, más exactamente, tras 34 escrutinios[8]. Llegados a este punto, a los cardenales les quedaría una última votación definitiva y el recuento entre los dos primeros cardenales que hubieran obtenido más votos. Antes de Juan Pablo II, también Pablo VI había previsto la posibilidad de la mayoría absoluta, pero solo con el consenso unánime de los cardenales electores en sede de cónclave[9]. Al mismo tiempo, el Papa polaco abolía las elecciones por aclamación o compromiso.

El cambio jurídico podía tener diversas razones. Algunos opinan que la nueva normativa estaba causada por fracturas internas evidentes en el Colegio cardenalicio, por lo que Juan Pablo II, conociéndolas y temiéndolas, quería simplificar una delicada y difícil situación de punto muerto, que habría favorecido el bloqueo llamado «progresista»[10]. Tales razones no satisfacen del todo, pues parecen demasiado circunstanciales, dictadas más por una estrechez de espíritu que por la mente abierta propia de Wojtyła, y además tampoco tienen en cuenta la posibilidad ya sancionada por Pablo VI. Según la lógica del aggiornamento, llevada adelante por el Papa polaco, una razón más plausible es la de la posible adaptación concreta al contexto democrático en el cual también la Iglesia adecúa sus normativas (el documento de hecho hace referencia a «las exigencias de nuestro tiempo»). La lógica de la mayoría simple entra en la elección más importante de la Iglesia católica, después de haber sido adoptada por otras instancias eclesiales (como los capítulos religiosos monásticos, las comisiones y los consejos eclesiales y eclesiásticos). Entra en el cónclave solo como extrema ratio y después de un desgaste de posiciones reconocido, aunque no deseado, sobre un largo periodo de casi quince días (el último Cónclave que había alcanzado, e incluso superado, este periodo había acontecido en el lejano 1830-1831, que concluyó con la elección de Gregorio XVI).

Las reglas del juego eran conocidas y se podían abrir así nuevos escenarios, con la posibilidad de grupos que pudieran impedir eventualmente una rápida elección, para después tomar la delantera en el momento del paso a una votación simplemente mayoritaria. Pero no ocurrió así. De este modo, el Cónclave de 2005 ha sido uno de los más breves de los últimos siglos, necesitando tan solo cuatro votaciones. Los cardenales debían tener, por tanto, las ideas más o menos claras. El precónclave había resultado bastante útil para ello.

El precónclave

El tiempo del precónclave ayuda normalmente a sondear las opiniones de los cardenales y a orientar las intenciones de voto. Normalmente, se trata de un periodo prolongado, que va de la muerte del Papa al inicio del Cónclave. En el caso específico de 2005, algunos autores y también periodistas han hablado en cambio de un precónclave largo, a causa de la evidente enfermedad y deterioro psicofísico de Juan Pablo II, comenzado algunos meses o incluso años antes de la muerte del Papa. Algunos sitúan el inicio de este periodo en el lejano 1992, cuando el Papa fue operado de un tumor en el intestino y cálculos en la vesícula[11]. En 1993, entre los cardenales ya había quien hablaba respecto a Juan Pablo II del «último capítulo de su existencia»[12]. Un largo periodo así habría favorecido, según los observadores, el típico debate de precónclave durante un tiempo prolongado y en diversos lugares de Roma. Así, los cardenales se habrían podido encontrar entre ellos ya mucho tiempo antes de la Sede vacante con vistas a elaborar programas y candidaturas.

Así, los periodistas de entonces no se habrían equivocado. De hecho, las diversas publicaciones hablaban de un grupo de «presión»[13], compuesto por cardenales y obispos, definido (irónicamente) como «una mafia» por uno de sus protagonistas, el cardenal Godfried Danneels[14]. Se trata del llamado «Grupo de San Gallo», que toma este nombre del lugar de las reuniones (precisamente, San Gallo en Suiza) y que, hospedado por el obispo local, se reunía periódicamente. El grupo, que se encuentra desde finales de los noventa en el siglo XX hasta 2006, estaba formado durante mucho tiempo por los cardenales Carlo Maria Martini (Milán, que permaneció en el grupo hasta 2003), Danneels (Bruselas), Walter Kasper (primero obispo de Rottenburg-Stuttgart, y después jefe de dicasterio en el Vaticano), Karl Lehmann (Mainz, dejó el grupo en el 2000), Cormac Murphy-O’Connor (Westminster, entra en 2001), Achille Silvestrini (de la Curia romana, entra en 2003), Lubomyr Husar (Lviv, desde 2003), José da Cruz Policarpo (Lisboa, desde 2004), y por los obispos Ivo Fürer (San Gallo), Paul Verschuren (Helsinki), Jean Vilnet (Lille), Johan Weber (Graz-Seckau), Adrianus von Luyn (Rotterdam), Joseph Doré (Estrasburgo), Alois Kothgasser (Innsbruck, desde 2002). El animador del grupo era el cardenal Martini, que junto a Fürer era además el fundador. Todos estos prelados consideraban a Ratzinger el promotor de las fuerzas católicas centralistas y restauradoras. En sus encuentros, discutían el primado pontificio, el centralismo eclesial, la colegialidad, el papel de las conferencias episcopales, la evolución del ministerio sacerdotal, las diaconisas, la moral sexual, la política de los nombramientos episcopales, etc. Su objetivo apuntaba a cambiar el rostro de la Iglesia de aquellos años, es decir, a encontrar una línea política eclesiástica diferente a la de Juan Pablo II, que está muy bien expresada en los documentos de la Congregación para la doctrina de la fe. A partir de 2003 y hasta 2005, con el estímulo del cardenal Silvestrini, el grupo se centra en el tiempo sucesivo a Juan Pablo II. El grupo adquiere una importancia estratégica en la perspectiva de un eventual cónclave.

Hacia el final del pontificado de Juan Pablo II, los periodistas no perdieron el tiempo para distribuir a los cardenales según cuotas de partido, y así en 2002 el estadounidense John Allen hablaba del «Border Patrol Party», el partido de los cardenales teológicamente conservadores preocupados por el impacto en la Iglesia del relativismo y la secularización (del cual eran parte los cardenales Joseph Ratzinger, Giacomo Biffi, Jorge Medina, Jan Schotte, Christoph Schönborn, Bernard Law, Francis George, Johannes Degenhardt, Ivan Dias, Desmond Connell, Aloysius Ambrozic, Marian Jaworski, Jozef Tomko); del «Salt Party», el partido de los cardenales interesados en el compromiso eclesial en la sociedad, dividido en la corriente de derecha (compuesta por Camillo Ruini, Alfonso López Trujillo, Angelo Sodano, Józef Glemp, Norberto Rivera Carrera, Juan Luis Cipriani Thorne, Antonio María Rouco Varela), y en la de izquierda (Theodore Edgar McCarrick, Medardo Joseph Mazombwe, Óscar Rodríguez Maradiaga, Dionigi Tettamanzi), y el «Reform Party» (Franz König, Lehmann, Kasper, Martini, Danneels, Roger Michael Mahony y Edward Cassidy)[15]. En cualquier caso, en la lista de los candidatos a la sucesión de Juan Pablo II no aparece el nombre de Ratzinger[16].

En un contexto de espera, no están vacías de significado algunas declaraciones públicas del Sacro Colegio, destinadas a orientar las intenciones de los propios colegas. A veces, también los papas reinantes tienden a indicar un candidato. Al menos, así fue comprendida la referencia al cardenal Ratzinger de 2004 en el libro de Juan Pablo II ¡Levantaos! ¡Vamos!, en el cual fue definido como «amigo de confianza», por el cual daba «gracias a Dios»[17]. En ese mismo año, sin indicar sin embargo pruebas que lo demuestren, sale a la luz una primera alianza cardenalicia a favor del mismo Ratzinger constituida por los cardenales curiales hispanófonos Alfonso López Trujillo, Darío Castrillón Hoyos, Julián Herranz y Jorge Medina Estévez[18]. Estos habrían reconocido en la secularización el desafío más comprometedor del catolicismo, y habrían decidido combatirlo a través del centralismo romano, una nueva propuesta de la doctrina, y retomando la disciplina interna de la Iglesia. Los puntos del orden del día se referirían a Occidente, y por lo tanto el mejor candidato solo podía ser el experto y fino conocedor del pensamiento occidental Joseph Ratzinger. En este núcleo inicial de purpurados alineados se habrían añadido otros, italianos (Tarcisio Bertone y Biffi) y anglófonos (George Pell y Edgar McCarrick). Sin embargo, los auténticos movimientos electorales tuvieron lugar en 2005, durante el tiempo de la Sede vacante.

Es entonces cuando se inician las primeras declaraciones en público de los cardenales destinadas a orientar efectivamente el voto. No podemos conocer aún con claridad aquellas declaraciones privadas y secretas, pero las alusiones y referencias explícitas del discurso público sí ocupan ya su lugar propio.

Por una parte, tenemos al cardenal Danneels, que auspiciaba no solo un Papa fuerte, sino también un episcopado fuerte, a la luz de la colegialidad, y que pedía confiar a las mujeres papeles de gobierno en la Iglesia[19]. A su discurso se asocian simultáneamente otros cardenales (se dice que una docena), reunidos en Roma en Villa Nazareth (residencia dependiente del cardenal Achille Silvestrini), que convergen alrededor del cardenal Carlo Maria Martini[20], arzobispo emérito de Milán, símbolo del área eclesial que quiere alcanzar un entendimiento con la modernidad ética e interpreta la colegialidad episcopal en detrimento del centralismo pontificio. Significativamente, en tal contexto se inserta el cardenal Kasper, que el sábado 16 de abril, en una homilía pronunciada en la iglesia romana de Santa Maria in Trastevere, describe el identikit del nuevo pontífice, que no debe ser «un clon de Juan Pablo II» (por lo tanto, pide discontinuidad), sino «un pastor» (y por lo tanto, no un curial), pero sobre todo indica que «no debemos buscar alguien que esté demasiado asustado por las dudas y la secularización del mundo moderno»[21]. Se trata de los cardenales del grupo de San Gallo. Kasper sugiere una nueva aproximación a la secularización, respecto al recorrido del Papado en los últimos siglos y al grupo no influyente de sus hermanos cardenales (los ya citados López Trujillo, Castrillón Hoyos, Herranz y Medina Estévez), rechazando una aproximación de contraposición a la secularización. Por otra parte, Kasper, justo después de la muerte de Juan Pablo II, había ya dado indicaciones claras: era necesario un Papa dialogante «con la gente, como ha dialogado Wojtyła. Un Papa que hable también con los documentos, ciertamente, con los discursos, con los libros, pero sobre todo que se muestre al mundo con su rostro auténtico, con su sufrimiento, con su vida humana»[22]. Al mismo tiempo, el purpurado alemán subrayaba los desafíos del nuevo pontificado: «relativismo, indiferencia, pluralismo». En este ámbito de apertura se colocarían los movimientos de los Focolares y de la Comunidad de San Egidio[23].

Por otro lado, tenemos exigencias diferentes: quien quiere dar continuidad a la presencia internacional del Papado (cardenal Angelo Sodano), quien busca un «gran» Papa (cardenal Giovanni Battista Re) ante un compromiso «sobrehumano» (cardenal Roger Etchegaray)[24]. Es significativa una entrevista al cardenal curial Jean-Louis Tauran, uno de los mejores diplomáticos de la Santa Sede de las últimas décadas, que individúa así la prioridad del nuevo pontificado: «Me preocupa la transmisión de la fe […], la fe no puede ser solo sentimiento […], se espera ver cristianos coherentes […]. La estructura es secundaria, cuenta la coherencia de vida»[25]. La problemática futura de la Iglesia no es la reforma de la estructura eclesial o curial, sino la vida coherente de los creyentes particulares, que después asumen responsabilidades en la Iglesia y en el mundo. Obviamente, para él son importantes las cuestiones diplomáticas, particularmente las que se refieren a Oriente Medio. La cuestión de la libertad no se puede limitar a la política, sino que debe partir de la libertad interior. Sobre las relaciones entre Vaticano y obispos, en relación a una revalorización del Sínodo de los obispos, el purpurado piensa que «no es un tema tan importante».

En este planteamiento pueden ser situados los dos cardenales López Trujillo y Medina Estévez ya citados, que, según las confidencias de un cardenal brasileño anónimo después del Cónclave, organizan una sólida campaña entre los purpurados favorable a la candidatura de Ratzinger, con el apoyo del Opus Dei[26]. A ella se aproxima también el cardenal Christoph Schönborn. El purpurado Julián Herranz se convierte en la referencia de los encuentros del grupo pro Ratzinger[27]. Hay lugares de encuentros informales para los cardenales de la misma área lingüística y cultural, como el Venerable English College en Via Monserrato en Roma, punto de encuentro para los purpurados del área inglesa, hospedados por el cardenal Cormac Murphy-O’Connor[28].

Las exigencias expresadas antes del Cónclave remiten a diversas urgencias. El cardenal Angelo Scola indica como central el tema del respeto a la vida desde su concepción hasta la muerte natural, mientras que el cardenal McCarrick recuerda la importancia del diálogo con los no católicos[29]. El cardenal Murphy-O’Connor habla de la urgencia, para la paz, del diálogo con el islam[30].

También existe un grupo más atento al tema de la globalización, el de los cardenales Claudio Hummes y Óscar Rodríguez Maradiaga. Hummes indica los pilares de la herencia del pontificado wojtyłiano en el diálogo ecuménico, en la evangelización y en la lucha con la pobreza creciente, hablando de la necesidad por parte de la Iglesia de adaptarse al mundo moderno, respondiendo al progreso y manteniendo abierto el diálogo con la ciencia. Maradiaga subraya los temas de la pobreza, de los problemas ligados a la globalización y los peligros de la biogenética[31].

El tema de la colegialidad en vistas a una reorganización interna de la Iglesia reúne purpurados de diversa orientación[32].

La búsqueda de un hombre que supiera recoger la herencia del pontificado wojtyłiano, haciendo posible su asimilación adecuada, parecía ser uno de los primeros argumentos en el orden del día de las Congregaciones cardenalicias, pero según la antigua lógica de la alternancia entre un papado breve y uno largo[33]. Las expectativas generales se dirigían hacia un papado breve, y por lo tanto hacia los miembros más ancianos del Cónclave[34]. El cardenal Martini confirmará después del Cónclave que esta decisión era «no tanto una opción de transición como el deseo de tener, después de un pontificado largo, uno un poco más breve. Esta regla había sido seguida también en el pasado»[35].

Un núcleo consistente de cardenales parece querer revitalizar la Iglesia católica precisamente a partir de su corazón, Europa, en medio de una gran crisis de fe[36]. El cardenal Francis George, después de la elección de Ratzinger, afirmará que ha sido votado por su conocimiento de la historia y de la cultura occidental, de la cual llegan a la Iglesia los mayores desafíos[37].

Claramente emerge la diversidad de opiniones entre cardenales acerca de las urgencias de la Iglesia: para algunos son intraeclesiales, particularmente buscan un nuevo equilibrio entre colegialidad y primado; para otros se refieren al papel de la Iglesia en el mundo, y su relativa capacidad de presentar la fe ese mismo mundo.

La presunta coalición pro Ratzinger es valorada unánimemente por distintos comentaristas como más compacta, numerosa y transcontinental (de Sudamérica a Oceanía, de Norteamérica a Europa)[38]. En ella aparece el cardenal de Colonia Joachim Meisner, que antes del Cónclave confesó a Moyniham tener en mente un candidato inteligente como una docena de profesores y devoto como un niño que recibe la primera comunión[39]. Todo esto ocurría a pesar de que Ratzinger no parecía capitanear su propia elección[40]; al contrario, se sabía que como cardenal había presentado muchas veces su dimisión a Juan Pablo II[41]. Sin embargo, para muchos cardenales el nombre de Ratzinger parecía reunir en sí mismo todas las características que debería tener el próximo Papa[42].

En los cónclaves del siglo pasado era determinante la influencia de las cortes católicas, que incluso llegaban a excluir (ius exclusivae) de manera directa la elección de un papable considerado negativo para los propios intereses nacionales. La última vez que esta posibilidad fue empleada remite al Cónclave de 1903. Desde entonces, las potencias no podían ejercer una influencia directa, sino solamente indirecta, y por lo tanto más difícil de ponderar. En los siglos XX y XXI el verdadero poder de condicionar está vinculada a las direcciones de los mass media. En lo que respecta al Cónclave de 2005, no se tiene conocimiento de presiones directas por parte del mundo político internacional. Probablemente, se mantuvieron solamente una o dos reuniones del presidente de Estados Unidos George Bush con los cardenales estadounidenses[43]. A nivel mediático, se reconocen algunas campañas de oposición a posibles, aunque no siempre probables, candidatos al Papado. Así, se puede reconocer un intento de bloqueo a la posibilidad de un pontificado ratzingeriano. En Italia, serían exponentes de ello Marco Politi desde La Repubblica y Luigi Accattoli desde Corriere della Sera; a nivel internacional, el Sunday Times de Londres con un reportaje sin fundamento sobre las relaciones entre Joseph Ratzinger y las Juventudes Hitlerianas. Una campaña similar se descubre referida al cardenal Jorge Mario Bergoglio (también enumerado entre los papables[44]) por parte de John Allen, que en la CNN acusa al cardenal de connivencias en los años setenta con la junta militar que gobernaba en Argentina[45]. Se encuentran otros casos de campañas mediáticas adversas a los cardenales Angelo Scola, Ivan Dias y Angelo Sodano[46].

En los días que preceden al Cónclave, la atención se focaliza cada vez más en la figura de Ratzinger, ya sea externamente a nivel popular (un índice nuevo es el nacimiento de al menos tres sitios web para promover la elección[47]), ya sea internamente en el Colegio cardenalicio. Habiendo recibido a lo largo de los años a numerosos obispos y cardenales en Roma, en calidad de prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, era uno de los pocos, durante las Congregaciones cardenalicias, que era conocido por todos y conocía a todos por su nombre[48].

El comienzo del Cónclave es precedido por la Misa pro eligendo Romano Pontifice, presidida por el cardenal decano, Ratzinger. En la homilía tenida el 18 de abril, el purpurado esboza aquellas urgencias que considera del momento, que ofrecemos a continuación como una cita extensa a causa su valor:

¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!... La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef  4,14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina, parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solo el propio yo y sus antojos.

Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el hombre verdadero. Él es la medida del verdadero humanismo. No es adulta una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Debemos madurar esta fe adulta; debemos guiar la grey de Cristo a esta fe. Esta fe —solo la fe— crea unidad y se realiza en la caridad. A este propósito, san Pablo, en contraste con las continuas peripecias de quienes son como niños zarandeados por las olas, nos ofrece estas hermosas palabras: hacer la verdad en la caridad, como fórmula fundamental de la existencia cristiana. En Cristo coinciden la verdad y la caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, la verdad y la caridad se funden[49].

Es una clara invitación a marchar para el Sacro Colegio, una indicación de los desafíos que la Iglesia debe afrontar. ¿Qué piensan los cardenales? ¿Reconocen estos problemas en la Iglesia y en el mundo? ¿Tiene alguna otra interpretación?

Algunos han leído esta homilía como una autopresentación del cardenal decano. Alberto Melloni se pregunta si esta homilía era la última garantía pedida por los conservadores a un cardenal del Concilio Vaticano II, o el intento de un curial dimisionario de dictar la agenda del próximo pontífice, o el acto explícito de una candidatura fuerte capaz de descartar a los otros candidatos[50]. Para otros, el decano ha querido mostrar de la manera más explícita posible aquellos que eran para él los nudos cruciales del catolicismo, mostrando su posición al respecto. En cualquier caso, quien lo quería votar entonces no habría podido decir que no sabía a quién estaba dando su favor[51].

Los problemas que afrontar en 2005

Las cuestiones urgentes aún no resueltas, a pesar del largo y provechoso pontificado de Juan Pablo II, son diversas. Ya en los últimos años del pontificado wojtyłiano, algunos periodistas se habían preocupado por elencar los temas relevantes para la vida de la Iglesia sobre los cuales los cardenales debían posicionarse antes o después: el tema de la colegialidad, el diálogo ecuménico, el diálogo interreligioso, la carencia numérica de sacerdotes, la participación de los laicos en las responsabilidades eclesiales, el papel de la mujer, la descentralización del poder en la Iglesia, la globalización, el problema de la sexualidad, los desafíos de la bioética, el aborto y la contracepción[52].

En el ocaso de la época wojtyłiana, a nivel intraeclesial se procede del cisma manifestado por los lefebvrianos, sancionado por una excomunión (1988), que alcanza a aquellos que no reconocen los desarrollos legítimos de la doctrina cristiana. Sin embargo, existen de hecho muchos cismas anónimos de otros que, a nivel individual u organizado, cuestionan las adquisiciones magisteriales, tanto pontificias como colegiadas, en el orden de la fe, de la moral, de la doctrina y de la relación con la sociedad contemporánea[53]. Pensamos en algunas iniciativas nacidas en Centroeuropa, propias de un complejo de inferioridad respecto al protestantismo, que pedían el sacerdocio femenino, a pesar de la carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis de Juan Pablo II (1994), que declara imposible tal ampliación del ministerio sacerdotal, que debe ser considerada magisterialmente definitiva; pensamos en quien sortea teológicamente el documento de la Congregación para la doctrina de la fe Dominus Iesus (2000), es decir, no reconoce la unicidad y universalidad salvífica de Cristo y de la Iglesia; pensamos en el disenso práctico en cuestiones de teología moral, no solo sexual, sino del campo más extenso de la bioética, a la larga con más desgaste que las críticas a la Humane Vitae de Pablo VI (1964); pensamos, en fin, en la praxis pastoral respecto a los divorciados vueltos a casar, que en el nivel de la base clerical encuentra a menudo soluciones diferentes de la Tradición viva y de la disciplina eclesial. Una cuestión muy especial, conocida en su gravedad última en el último tercio del pontificado de Juan Pablo II, tiene que ver con el abuso sexual de menores por parte de no pocos sacerdotes, que ha creado escándalo y malestar en la sociedad y en la Iglesia, encontrando una jerarquía eclesiástica incapaz de resolver y gestionar el problema.

Respecto a los poderes de la Iglesia, a nivel jerárquico se encuentran tensiones entre los que quieren una colegialidad cotidiana, que subraye el compartir las pasiones evangelizadoras en detrimento de la eficacia de las soluciones de los problemas, y los que perseveran en el centralismo romano, tan eficaz en un mundo globalizado, pero débil en las dinámicas consultivas. Aún no encuentra un espacio adecuado desde la perspectiva del equilibrio de poderes la relación no resuelta entre obispos y clero, en la cual durante el último siglo los primeros han asumido sobre los segundos un poder nunca visto en la historia.

En las relaciones Iglesia-mundo, las cuestiones sobre las cuales se ha debatido más dentro de la Iglesia se refieren a la propuesta de la fe a los no creyentes y a los católicos, a la búsqueda del espacio público de la fe, y mejor aún, de la acción eclesial, con consecuencias en el campo legislativo, social y político. La Iglesia querría salir de una situación de marginalidad, pero no sabe cómo. Si el asociacionismo católico (Acción Católica y sus ramas) es cada vez menos relevante, distintos signos de vitalidad llegan de los nuevos movimientos (Comunión y Liberación, Neocatecumenales, Focolares, Renovación carismática, etc.), aunque también ellos viven ahora un reflujo de adhesiones y no consiguen un consenso unánime entre la jerarquía, al no poder controlarlos plenamente. Simplificando la cuestión: por parte de la Iglesia, ¿el mundo está para conquistarlo, para cambiarlo, para reconquistarlo, para dejarlo ir o para convivir con él?

La herencia del pontificado de Juan Pablo II es compleja y necesita un conocimiento óptimo de las situaciones eclesiales y de la mentalidad del mundo. Se manifiestan lejanas, aunque presenten los problemas ligados a las Iglesias mártires de Asia, a las Iglesias pobres, jóvenes y también mártires de África, y a las Iglesias decrecientes y replegadas sobre las urgencias sociales de Sudamérica. A nivel simplemente numérico, de hecho, la mayor parte del Sacro Colegio pertenece al Norte cultural del mundo, y por lo tanto es sensible a ese contexto inmediato: de 117 electores, hasta 58 son europeos, 14 norteamericanos y uno australiano, es decir, el 62,4%; considerando que un mexicano y un filipino no entran en el Cónclave, el porcentaje sube al 63,5%[54]. Si queremos ir más lejos en los detalles de este porcentaje, que ayudan a entender mejor las relaciones de presión o, en cualquier caso, de influencia, dentro del Sacro Colegio, vemos que el 17% del electorado total está compuesto de italianos, el 19% proviene de América Latina, el 11% de América del Norte, otro 11% de Asia y un 10% de África y de Oceanía proviene un único cardenal (es decir, el 0,87% de los electores efectivos), como una auténtica reliquia de ese continente[55]. Además, mirando otras tipologías de pertenencia, hasta 24 cardenales (transversales a todos los continentes y de alguna manera acomunados por una más o menos marcada mentalidad «romana») son curiales[56], 20 (17,4% de los electores efectivos) pertenecen al mundo de las órdenes religiosas y 2 cardenales provienen del Opus Dei[57]. Además, hay también purpurados ligados a los movimientos eclesiales. Se trata de una nueva pertenencia, que si bien es clara en algunos (Scola proviene de Comunión y Liberación), en otros es menos fácilmente sondeable (pensemos en el mundo de los Focolares).

En realidad, bien mirado, las declaraciones cardenalicias aludidas anteriormente, como también la homilía de Ratzinger, y los problemas más generales de 2005 se relacionan en los contenidos y en los temas a un tiempo anterior, aquel de los dos precónclaves de 1978, por lo cual se individúa una línea de continuidad en los juicios y análisis cardenalicios sobre la Iglesia, el mundo y la Iglesia en el mundo, como si hubiera un largo hilo rojo de más de una década en la historia de los cónclaves y, sobre todo, del Papado.

Los precedentes de 1978: la continuidad

En agosto de 1978, el famoso año de los tres papas, de hecho, se encontraron frente a frente algunos grupos cardenalicios de opinión y presión. Estaban los partidarios de una interpretación denominada «progresista» del Concilio Vaticano II, que subrayaban los temas de la justicia, los derechos humanos, la colegialidad episcopal, que se debería manifestar principalmente en el Sínodo de los obispos, convertido en un órgano deliberativo. Algunos grupos (algunos miembros del Instituto de Ciencias Religiosas de Bolonia), muy activos en sus apoyos eclesiales, enviaron un memorial a los cardenales conclavistas, en el cual pedían una renovación pontificia de la Iglesia, basada en la reafirmación en la Iglesia de la prioridad de los pobres y por los pobres, para que el Papa usase «medios pobres que sean comprensibles para los pobres»; al mismo tiempo, pedían «la realización efectiva de la colegialidad», «el respeto de las opciones de las comunidades locales», y en el ámbito político pedían la superación de la «política de intervención» típica del Papado de los últimos siglos[58]. En la parte opuesta estaban los cardenales denominados «conservadores», que buscaban un candidato capaz de garantizar la restauración de la ortodoxia, dirigir desde arriba el proceso de renovación de la teología y restablecer el orden disciplinar de la Iglesia. En fin, estaba la mayor parte de los cardenales electores, la parte llamada «moderada», que buscaba un candidato con experiencia pastoral, capaz de continuar la aplicación del Concilio Vaticano II y favorecer la superación de las divisiones eclesiales y retomar la observancia de la disciplina eclesial (particularmente, la obediencia de los sacerdotes)[59].

El brevísimo pontificado de Juan Pablo I se desarrolló entre la continuidad y la discontinuidad. Al mismo tiempo, se hacían presente novedades relativas a las formas de gestión del oficio pontificio, acompañadas de la continua aplicación del Concilio Vaticano II. En un cierto sentido, en la elección del doble nombre también sintetizaba las diversas opiniones cardenalicias, pues, según el historiador Janowiak, se estaba haciendo referencia claramente a las dos fuertes tendencias entonces presentes en la Iglesia. Intentaba «alinear las respectivas ‘cualidades progresistas y tradicionales’ de Juan XXIII y Pablo VI»[60].

La misma dinámica se repite obviamente pocas semanas después para el siguiente Cónclave, sobre el cual un joven cardenal Ratzinger, entonces arzobispo de Múnich y Frisinga, en octubre de 1978, en una entrevista al Frankfurter Allgemeine Zeitung, mostraba sus preocupaciones por la «presión de la fuerza de la izquierda» sobre los purpurados[61], pero sobre todo, en la vigilia del Cónclave, según Andrea Riccardi, lanzó un claro mensaje: «La elección del Papa no debería estar condicionada por la discusión sobre cuestiones políticas italianas o por el ‘compromiso histórico’»[62]. Se quería liberar al Papado del abrazo estrecho de su tono italiano, específicamente de los acuerdos políticos en relación al compromiso histórico. Algunos cardenales temían que aquel acuerdo contingente pudiese convertirse en una alianza de intenciones mayores, como esperaban los católicos de izquierda[63]. La intervención de Ratzinger y, más generalmente, la actitud de los purpurados alemanes, expresada en una declaración pública, representan una apertura y dan crédito a los cardenales de la Europa centro-oriental, bajo régimen comunista[64].

En realidad, la verdadera cuestión en juego era el futuro de la Iglesia. Se sentía todo el peso de un decenio de contestación pública interna en la misma comunidad de los creyentes, que tocaba a la jerarquía, la Tradición, la liturgia, las formas de vida religiosa y el Magisterio. Después de 1968 y las críticas públicas a la encíclica Humanae Vitae de Pablo VI, se percibía en la Iglesia un tiempo de crisis, marcado también por la caída de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, por el abandono creciente de sacerdotes y el cuestionamiento del celibato y de la identidad sacerdotal. En último término, el problema era la misma Iglesia en su vitalidad, puesta en duda por una creciente desafección. Sobre eso escribe claramente el teólogo Ratzinger, ya en el verano de 1968, en el incipit del prefacio a la primera edición de su Introducción al cristianismo: «La cuestión sobre cuál es el auténtico contenido y sentido de la fe cristiana está hoy, como casi nunca lo estuvo, rodeada de incertidumbre»[65]. Y esta impresión de entonces fue sucesivamente corroborada por él mismo, una vez convertido en Papa, en un coloquio con Riccardi, recordando los dos cónclaves de 1978 y la elección de Juan Pablo II:

En el momento de su elección, el verdadero problema era superar la crisis de la Iglesia en esos años. Era necesaria la máxima fidelidad al Concilio Vaticano II. También había que purificar la recepción del Concilio. No era necesaria una reforma estructural, pero sí una profunda reforma espiritual[66].

Entonces fue elegido el polaco Karol Wojtyła, que frenará la teología de la liberación, siguiendo las intervenciones pontificias comenzadas por Pablo VI, y dará confianza a la Iglesia en sí misma, además a través de la puesta en circulación de su bello y joven rostro en las Jornadas mundiales de la Juventud, y le dará un aliento propio con un magisterio rico e identitario.

Encontramos así preocupaciones constantes en los cónclaves de los siglos XX y XXI. Una manifestación sorprendente de tales diversas ópticas al leer las urgencias de la Iglesia se encuentra en una entrevista realizada de nuevo por Ratzinger, en el momento de la enfermedad de Juan Pablo II, y publicada el 19 de noviembre de 2004, en el cual el entonces prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe se movía con sorprendente equilibrio entre las afirmaciones de reconocimiento de un contexto plural de ideas y exigencias de reimpulso de la fe católica, peticiones de colegialidad y de reducciones de la monarquía pontificia: «Con tiempo, se encontrará el modo de crear realmente una profunda colaboración entre los obispos y el Papa, porque solo así podremos responder a los desafíos de este mundo»[67]. En este horizonte destaca también el texto bien conocido del Via Crucis de 2005, en el cual Ratzinger habla de la «suciedad», la «soberbia» y la «autosuficiencia» dentro de la Iglesia, especialmente entre el clero[68].

En los tres cónclaves entre 1978 y 2005, las cuestiones centrales en juego son, según la mayoría de los cardenales, la Iglesia y su futuro, su doctrina y la disciplina de su clero.

El Cónclave de 2005

Estas constantes preocupaciones en los aludidos precónclaves y cónclaves por encontrar soluciones deben traducirse de cuestiones programáticas en un nombre a elegir. Es el delicado tiempo del verdadero y propio Cónclave, cuando se entra en la lógica de las elecciones, por la cual un cardenal vota y es votado. Necesariamente, se entra en las dinámicas de grupos o partidos cardenalicios. Al final quedará un único vencedor.