El prodigioso misterio de la alegría - Matthieu Dauchez - E-Book

El prodigioso misterio de la alegría E-Book

Matthieu Dauchez

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Beschreibung

El padre Matthieu Dauchez, sacerdote francés afincado en Filipinas, comparte desde hace 20 años su vida con los niños de la calle en Manila. En el segundo de sus libros dedicado a estos niños nos hace partícipes de un extraordinario descubrimiento: estos pequeños, a menudo privados de todo, viven la experiencia de la verdadera alegría. A Darwin, Ritchelle, John Paul, Genalyn y muchos otros la vida cotidiana les ha deparado todo tipo de adversidades y sinsabores, fruto de las más diversas miserias materiales y humanas. Y, sin embargo, página a página, podemos descubrir dónde está el secreto de sus sonrisas, qué poder invencible encierran estos pequeños, de tal modo que se convierten en una verdadera lección de vida para nosotros. "A través de los diferentes niveles de la alegría, los niños pobres de Manila nos enseñan a purificar nuestra mirada sobre nosotros mismos, de forma que se engrandece nuestra dignidad. Con ellos, levantamos la cabeza para abrazar nuestra vocación común: amar y ser amados".

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Seitenzahl: 147

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Matthieu Dauchez

El prodigioso misterio de la alegría

En la escuela de los niños de Manila

Traducción de Francisco Javier Pascual Fernández y Fernando Bielza Díaz-Caneja

Título original: Le prodigieux mystère de la joie

© Artège, Perpignan y P. Matthieu Dauchez, 2014

© Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2017

© de la fotografía de portada y de las fotografías interiores:

Fundación ANAK-Tnk.

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección 100XUNO, nº 27

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-9055-847-8

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Ramírez de Arellano, 17-10.a - 28043 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

A Darwin Ramos (1994-2012) y a través de él, a todos los niños de la fundación.

«La alegría es el gran secreto del cristiano»

GILBERT KEITH CHESTERTON

PREÁMBULO

La fundación «Tulay ng Kabataan» es una organización no gubernamental que ayuda a los niños más desfavorecidos de Manila, en Filipinas. Actúa en cuatro ámbitos distintos: niños de la calle, niños de calle que sufren alguna discapacidad, niños que viven en los suburbios y niños chatarreros de los vertederos de Manila.

Fundada en 1998 por un sacerdote jesuita francés, la fundación no ha dejado de crecer desde entonces. Actualmente acoge a más de 1.300 niños repartidos en 24 centros.

El padre Matthieu Dauchez, ordenado sacerdote en la diócesis de Manila, se ha implicado desde el comienzo y dirige la fundación como director desde el año 2011.

Distintas plataformas con el nombre «ANAK-Tnk» han sido creadas en todo el mundo para dar a conocer y apoyar el trabajo realizado en Manila.

Para saber más acerca de la fundación puede consultar la página web de las plataformas internacionales de apoyo a la fundación (www.anak-tnk.org).

Tulay Ng Kabataan Foundation, Inc.

#94 Kalayaan Avenue, Barangay Central, Diliman

Quezon City - Philippines

MENDIGOS DE AMOR Y MAESTROS DE ALEGRÍA

«El niño extrae humildemente el principio mismo de su alegría del sentimiento de su propia impotencia»

La alegría que muestran los niños de Manila, pobres entre los pobres, siendo prodigiosa, resulta ante todo desconcertante. Descabalga incluso a los espíritus más sutiles. ¿Cómo se puede explicar que un niño de la calle, que no ha conocido más que miseria, sea capaz de mostrar una alegría tan sincera y desbordante? ¿Cómo comprender esas sonrisas y esa energía impulsiva de los niños de los basureros cuando la vida solo les ha deparado sufrimiento? Y más aún, ¿cómo admitir que sean alegres aquellos que han sido víctimas de los peores escándalos: abandonados, maltratados, abusados, violados, dejados a su suerte en el corazón de la jungla urbana...?

Esta aparente paradoja se explica no obstante, a menudo, de forma demasiado simple. La despreocupación del niño se presenta de forma inmediata como causa evidente de esta alegría ingenua, incapaz de medir la contradicción en la cual se encuentra. Pero decir esto, sería ignorar a numerosos adultos de los suburbios y a los grandes chatarreros de Manila, confrontados a la misma miseria, muy conscientes de su situación, y que a pesar de ello manifiestan una alegría similar, una alegría que sobrepasa sin duda nuestro razonamiento lógico.

También estos juicios apresurados asocian generalmente alegría con bienestar y felicidad. Aunque en realidad están íntimamente unidos, es importante distinguirlos.

Como bien sabemos, la felicidad es el bien supremo, aquel que llena perfectamente al hombre, aquel que le deseamos a todo el mundo. Ciertos filósofos han querido identificarla con un logro personal o con una satisfacción de nuestras inclinaciones y nuestros deseos. El Doctor Angélico tiene una visión menos egocéntrica y sabe bien que su principio y fin se encuentran en Dios. Sea cual sea la felicidad, coquetea necesariamente con un absoluto. A primera vista, aparentemente inaccesible para unos u origen de las mayores disquisiciones filosóficas para otros.

En cuanto a la alegría que experimentamos en nuestras vidas, es frágil, subjetiva. Se asemeja a una sensación agradable, un sentimiento de bienestar ligado a una situación particular. Es una emoción que puede durar más o menos tiempo, que nos gustaría controlar, pero que se nos puede escapar muy fácilmente. Y no siempre es blanco o negro. ¿Acaso no hablamos de gritos de júbilo y alegría, falsa alegría o peor aún, de mujeres de vida alegre? Como se puede ver, la acepción de la palabra es muy amplia…

Sin embargo, la alegría se corresponde en griego con la palabra χαρά (karà), que puede traducirse por «aquello que alegra el corazón» y comparte la misma raíz que la palabra χάρη (karé) que significa gracia. He aquí una señal de que la verdadera alegría es más digna y más bella que las simples manifestaciones efímeras del placer.

Estas páginas no tienen otra pretensión que intentar, con mayor o menor acierto, comprender por qué Eddie boy, un niño chatarrero de diez años que trabaja para sobrevivir en los basureros de Manila desde hace muchos años, muestra una alegría más auténtica que la de nuestras estrellas de televisión disfrazadas con grandes sonrisas hollywoodienses, que la alegría flemática de nuestros graduados escolares en búsqueda de sentido o incluso, admitámoslo, que nuestra propia alegría.

Como continuación a Mendigos de amor[1], este breve ensayo quiere intentar penetrar humildemente en las lecciones que nos ofrecen con su ejemplo, los niños más desfavorecidos de Manila.

Seguramente mis palabras no sean las más adecuadas, lo que he escrito podría ser desafortunado y mi línea de pensamiento resultar vacilante; que los niños me perdonen. Testigo de sus historias, quiero dirigir mi mirada de sacerdote sobre la exhortación viva que tienen para cada uno de nosotros. Es urgente para nuestro mundo, hay que aprender de los pobres.

LOS HEMATOMAS DEL ALMA

Primer nivel

La alegría que surge de la seguridad afectiva y material

«Toda la sabiduría del mundo es insuficiente para pagar las lágrimas de los niños»

FEDOR DOSTOIEVSKI, Los hermanos Karamazov

ODIOSA REALIDAD

—Padre, ya no soy virgen…

Con estas palabras, a la edad de siete años, la pequeña Ritchelle se acercó a mí a la salida de misa un lunes por la tarde. Tenía necesidad de hablar y para ello mantenía una pose un poco provocadora. Había que responder necesariamente a esta llamada de socorro que no podía ocultar.

—¿Pero qué dices… sabes acaso lo que significa esa palabra?

—Si, lo sé. Fue mamá la que me lo dijo después de haber jugado con el abuelo…

Y Ritchelle se puso a contarme, con ojos humedecidos y voz entrecortada, su dramática aventura.

Hacía dos años que se encontraban en la calle, ella y su joven madre, después de que ésta se separase de su marido. Erraban sin rumbo por los barrios de la capital filipina, viviendo de la mendicidad y rebuscando entre las basuras de la ciudad para encontrar algo con lo que alimentarse. Agotadas y hambrientas, fueron a llamar como último recurso a la puerta de su abuelo para implorarle su ayuda. Éste último, consintió recibirlas y alojarlas con la condición atroz de ser compensado con servicios sexuales. Entraron las dos y cayeron en la trampa. Ritchelle apenas tenía cinco años en ese momento.

«Me olvidan igual que a un muerto, como objeto de desecho» (Sal 31,13).

Algún tiempo más tarde, vagando de nuevo por las calles de Manila, fue rápidamente descubierta por los educadores, y pronto encontró refugio en una de las residencias de la fundación. Nunca quiso hablar de esta traumática experiencia y guardó el peso de este atroz recuerdo como un yugo en el fondo de su corazón, gangrenado por el sentimiento de vergüenza que provoca el abuso sexual.

Pero aquel día, tenía una necesidad inmensa de hablar. Había que liberar su corazón. Se le empezaron a caer las lágrimas a medida que sus palabras describían su calvario y con ellas parecía evacuar la angustia y el odio que había acumulado desde hacía dos años. Hablamos largo y tendido, o más bien, la escuché durante mucho tiempo, puesto que no encontraba palabras ante semejante escándalo.

Enseguida cogí mi pequeña moto para volver a la parroquia y cubierto por el casco, me puse a llorar en el camino de vuelta, tan disgustado por la capacidad diabólica que tiene el hombre de pervertir su naturaleza y profanar la inocencia.

A partir de ahora, Ritchelle quiere mirar hacia delante. Ella carga con su terrible historia, y cargará con ella toda su vida, pero su corazón herido no ha querido dejarse contagiar por el pecado de otro. Hoy, va a la universidad y continúa sus estudios con coraje. Es una niña inquieta a la que le gusta acaparar la atención con un sentido del humor refinado y lleno de ironía. La sombra del drama que vivió ha dado paso a un verdadero rayo de sol en la fundación.

Esta historia es odiosa. Desafortunadamente, solo es un ejemplo entre muchos otros. Ritchelle comparte con otros cientos de niños de la fundación estas aflicciones que no le deseamos a nadie.

Y a pesar de todo, estos abismos de angustia contrastan de manera sorprendente con el ambiente que los niños viven en los hogares de la fundación. Cuando se abre la puerta de uno de nuestros centros, el visitante es recibido habitualmente con grandes sonrisas, una alegría desbordante y un entorno familiar que no deja medir, ni incluso imaginar, los escándalos con los cuales se ven impregnadas sus historias. Poniéndonos al servicio de los niños abandonados, maltratados, violados, y observando las terribles experiencias que han vivido en la calle esperaríamos encontrarnos, sin duda, con niños cerrados en sí mismos y taciturnos o por el contrario, violentos y revoltosos dependiendo de su carácter. Nos imaginamos niños desequilibrados, tristes y sin entusiasmo, demasiado heridos por la vida como para poder creer en esta alegría.

Sin embargo, constatamos exactamente lo contrario. Aunque la tristeza no ha desaparecido de sus corazones porque las heridas siguen aún en carne viva, vemos como la alegría predomina claramente.

Algunos ven en este entusiasmo una coraza psicológica que compensa una falsa apariencia detrás de la cual se esconde la verdadera tristeza de sus corazones, como una tirita puesta tontamente sobre una herida infectada. Se denomina «la tesis de la máscara».

Otros admiten que su alegría es sincera, pero consideran acto seguido, indecentes esas explosiones de risas y de éxtasis, en un contexto tan degradante de abusos y de ataques a la dignidad de los más débiles. Para estos heraldos de elevada moral, los niños, víctimas de los escándalos más horrorosos de los que el hombre es capaz, permanecen marcados por un sello infame e indeleble que les priva para siempre de la felicidad. Y con un corazón falsamente compasivo, insisten en que las víctimas mantengan el papel de marginados y no vengan a sacudir nuestras sacrosantas reglas éticas que otorgan a la alegría una dignidad totalmente horizontal.

Aún así, la sonrisa de Ritchelle no es artificial, esto es indiscutible. Y negarle una alegría sincera y profunda solo lo hacen los teóricos del bienestar, que seguramente nunca han experimentado la auténtica alegría, capaz de brotar en lo más profundo de un corazón herido.

Sin duda se deben condenar con total firmeza los abusos, las injusticias, la explotación y todo el mal cometido sobre estos niños inocentes. Hay que luchar sin descanso para evitar este tipo de abyecciones. Pero que esta letanía escandalosa no ciegue nuestra mirada para reconocer la gracia sorprendente y misteriosa que brota en medio de estas miasmas. El célebre periodista y escritor Ernest Hemingway resume en pocas palabras esta resistencia al mal, inherente a la naturaleza humana: «Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado» [2]. Víctimas de las perversiones más despreciables, las almas heridas, aparentemente demasiado débiles para luchar, hacen brillar sin embargo a los ojos del mundo una dignidad prodigiosa. Su insurrección es violenta, su rebeldía irreprimible y la bofetada que nos dan es inesperada, desconcertante.

Ante la abominación, ellos responden con la alegría; a los insultos, replican con sus sonrisas. Nuestra sabiduría eterna se desestabiliza, nuestra lógica simplista, por no decir maquiavélica, que se deja seducir sin distinción por el poder y la gloria, se dobla no obstante ante la fuerza inquebrantable de su inocencia. Hace falta, por tanto, dejarse enseñar por el ejemplo de los más pequeños; es un precepto evangélico (Mt 18,1-6).

LA ANTI-ALEGRÍA

La anti-alegría, como contraposición a la alegría, se experimenta de forma inmediata, a partir de la privación de las necesidades elementales y la ausencia total de todo sentimiento de empatía y de compasión. «Ruina y miseria son sus caminos, el camino de la paz no lo conocieron» (Rm 3,16-17). Quizás los niños de la calle de Manila son particularmente sensibles a la alegría por el mero hecho de que han sido expuestos a situaciones desesperadas o donde la alegría brilla por su ausencia.

Uno de los peores lugares que he podido conocer, un lugar sin ningún tipo de alegría, es la prisión central de Manila. La primera vez que penetré en este infierno, iba a visitar a uno de nuestros jóvenes detenido a causa de un robo a mano armada. Estaba ya cumpliendo condena, aunque no se había dictado aún sentencia alguna. Me advirtieron que hacía falta traerle algo de comer ya que los prisioneros debían organizarse por sí mismos para todas las cuestiones materiales…me preguntaba que significaría exactamente aquella «auto-gestión».

Una vez llegado a las puertas de la prisión, fui recibido por guardias de uniforme. Pasados los controles habituales y un pequeño formulario que me hicieron rellenar, el guardia de mayor rango me preguntó:

—¿A quién viene a visitar padre?

—Reymar Garcia.

—Perdón, quería decir, ¿qué banda?

Comprendí entonces que en prisión los detenidos no son conocidos por sus nombres, sino según su pertenencia a un grupo. Ya no son considerados como seres humanos, ni siquiera por sus números de registro, sino que son indeseables que se desvanecen entre un montón de proscritos que uno puede olvidar fácilmente. Manila cuenta con una multitud de pequeñas bandas mafiosas que a menudo dictan las leyes de los barrios de la zona. En concreto hay cuatro bandas principales que se reparten la ciudad en territorios: los «Bahala», los «Batang City Jail», los «Sputnik» y los «Commandos». La prisión tiene por tanto cinco divisiones: una para cada grupo de la calle y una quinta para aquellos que no pertenecen a ninguna banda.

—Los Commandos—le respondí.

—Son los barracones al fondo a la derecha. Tenga cuidado.

Y para mi sorpresa, sin más explicaciones, empujó un inmenso portal de metal detrás del cual vi una especie de gueto con varios barracones en estado lamentable. Los barrios estaban delimitados por muros cubiertos de grafiti con los colores de las diferentes bandas. He aquí la prisión central. Esperaba ver celdas alineadas y carceleros fuertemente armados en cada esquina, pero entré en un pueblecillo insalubre, sin vigilancia, donde la cruda ley se dictaba internamente. De hecho, no asumen ningún tipo de riesgo de fuga ya que un prisionero no puede causar daño a sus «hermanos» de banda sin exponerse él mismo a evidentes represalias: considerados responsables y castigados por la autoridad penitenciaria, sus «hermanos» se asegurarían de hacer pasar la información al exterior rápidamente para que se persiga al traidor. Y en las calles de Manila, las disputas se resuelven a pistola. La vida no tiene tanto peso.

Entonces, acompañado de dos educadores, me adentré en esta prisión superpoblada y busqué la sección de los Commandos. Estaba un poco impresionado, he de decir, puesto que había que abrirse paso entre todos estos prisioneros tatuados hasta los tobillos. La entrada en el barrio de la banda estaba pintada con un enorme gato salvaje, emblema del grupo, con un mensaje inequívoco: «Do or die», «hazlo o muere». Un puñado de detenidos, con porras en la mano, estaba estacionado en la puerta para supervisar y dar la alarma en caso de revueltas o de ataques de otra banda. Nos dejaron entrar sin dificultad y fueron a llamar inmediatamente a Reymar que nos recibió sin mostrar ningún tipo de emoción. En ningún caso se podía mostrar apariencia de debilidad.

Nos acompañó hasta una sala donde, a la vista y escucha de todos, podíamos hablar «libremente» con él. Ésta era la regla: se respetaba a los visitantes, pero nada debía de permanecer en secreto.

—¿Cómo te encuentras?

—Mas o menos, sin problema. Me han aceptado muy bien y son buenos conmigo.

Reymar ponía buena cara, pero sus labios encogidos y su mirada evasiva traicionaban a su corazón. Sus palabras sonaban vacías. La atmósfera era pesada. Los otros prisioneros parecían dedicarse con naturalidad a sus actividades, pero sus ojos desconfiados se volvían recurrentemente hacia nuestro pequeño grupo.

—Pero si he escuchado decir que era un poco la ley de la jungla aquí.

—No, no. Aquí esto es como una familia, son mis hermanos - me dijo, como un refrán aprendido de memoria.

—¿Una familia? ¿Entonces la banda es tu familia ahora?

Vi entonces los ojos de Reymar enrojecer y como empezaba a llorar. No aguantaba ya la presión interior en la cual vivía y hacía falta dejar caer su máscara contra su voluntad. Su mirada estaba inquieta porque los otros no debían verle así. Inclinó su cabeza hacia mí y susurró:

—No puedo más… sáqueme de aquí, se lo suplico.