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Para Alex, las clases de alemán son la peor y la mejor parte de la semana. Es una estudiante modelo, pero su atracción por el apuesto —y mayor— profesor de alemán le impide concentrarse en sus estudios. Aunque él la trata como a cualquier otro estudiante, no puede evitar fantasear con él. Una tarde calurosa y sudorosa, al finalizar la clase, ella y su profesor están solos en el aula. Esta es su oportunidad, pero ¿encontrará el valor para confesarle sus verdaderos sentimientos a Peter?
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Seitenzahl: 105
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Vanessa Salt
El profesor de alemán
LUST
El profesor de alemán
Original title:Tyskalektionen
Translated by: Emma Ericson Copyright © 2018, 2020 Vanessa Salt and LUST, an imprint of SAGA, Copenhagen All rights reserved ISBN: 9788726386660
E-book edition, 2019 Format: EPUB 2.0
All rights reserved. No part of this publication may be reproduced, stored in a retrieval system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
El profesor de alemán
Levanto la mano.
—¿Alguien más? —Peter pasea la vista por el salón de clases—. ¿Keiner?
Yo agito la mano en el aire tan alto como puedo, tanto que me empiezan a doler el hombro y el codo. Me inclino hacia un lado, con la mano arriba, y miro fijamente a Peter. Mi mesa se inclina conmigo y se cae al suelo, produciendo un desagradable sonido. Veintitrés personas respiran el mismo aire —que huele a borradores, lápices y sudor— confinados en un espacio sin ventilación.
Detrás de las cortinas color vómito, el sol abrasador hace su mejor esfuerzo por colarse en la clase; el aire es húmedo, caliente y denso. Las paredes están cubiertas por fotografías, pinturas, diagramas y relatos escritos en ordenador, algunos de los cuales están manchados y otros rasgados. Las repisas de libros están tan repletas que en cualquier momento podrían colapsar y me sorprende que nadie se haya quejado. Son montones y montones de libros rojos, amarillos y multicolores, con páginas y cubiertas descoloridas por el desgaste de los años. Hay papeles por todos lados, algunos en blanco, algunos usados y otros arrugados hasta formar una pelota.
Lo único positivo de mantener la mano levantada es que se refresca mi axila; menos mal que traje mi camiseta sin mangas hoy, así evito las manchas de sudor.No me importaría tenerlas en cualquier otra clase, pero las de alemán son otra cosa; las clases de alemán son sagradas.
Tara y Alice se dan la vuelta, me miran y se dicen algo en voz baja, mientras hacen pucheros. Sus melenas son negras y lisas, sus narices respingadas y el brillo labial que usan huele a frambuesa. Sus blusas están perfectamente planchadas y sus escotes son tan profundos como el Gran Cañón del Colorado. Todas unas plastas que normalmente se sientan en la última fila, pero esta vez Peter las obligó a sentarse al frente y les advirtió que debían tener cuidado si querían aprobar. Me siento rara porque normalmente nadie se sienta delante de mí.
—¿Ahlgren? ¿Flink? —Peter pasea la mirada por la habitación una vez más y me ignora por completo. ¿Sabe que existo?— ¿Julin?
Todos los demás suspiran y se quejan, se abanican los rostros con hojas de papel para refrescarse un poco, y la mayoría se encoge en los asientos para pasar desapercibidos. Algunos juegan con sus bolígrafos y se miran los zapatos, otros bostezan y desvían la mirada hacia las cortinas con aspecto soñoliento. Kim, particularmente, parece estar dormido.
La clase está a punto de terminar y Peter está a punto de rendirse; relaja la postura y mira en mi dirección. Me duele el brazo, lo tengo entumecido, ¿seguirá arriba? Parece que sí, pero no puedo sostenerlo erguido por más tiempo, así que intento doblarlo. Puedo ver los titulares: “Herida a causa de accidente en clase”. ¿Llegará a ese punto antes de poder responder? ¿Realmente merezco ser castigada por ser la única que estudia? El alemán es divertido, es la mejor materia del mundo. De ser posible, me encantaría recibir más clases y realizar más pruebas; las tareas son excesivamente fáciles, pero mis compañeros son excesivamente tontos. Es nuestro último año de secundaria, llevamos varios años estudiando alemán y es realmente vergonzoso que solo yo sepa la respuesta, pero es mejor así, ya que puedo presumir delante de Peter.
Se gira hacia mí. ¡Por fin!
—¿Jensen?
Cuando escucho mi apellido en sus labios siento una descarga eléctrica que recorre todo mi cuerpo, siento la tensión. Quisiera que me llamara Alex, pero por alguna razón sigue llamándonos a todos por nuestros apellidos. Supongo que no debería ser relevante, es solo que deseo escuchar su voz diciendo mi nombre. Mi nombre de pila, quiero decir. Al menos una vez, para saber cómo suena. ¿Lo pronunciará despacio y con suavidad? Entonces cada sílaba rodaría lentamente por su lengua, como si las cantara, como si las acariciara. ¿O tal vez lo diría con un acento alemán, frío y seco?
Ahora es un buen momento para bajar el brazo y responderle, impresionándolo con mi sabiduría. ¿Por qué no lo hago? ¿Por qué no logro abrir la boca, respirar y decir algo? Mi cuerpo no quiere colaborar.
Peter levanta sus cejas rubias como preguntando: «¿No sabías la respuesta, Jensen?».
«Sí, sí me la sabía». Me cuesta mirarlo a los ojos.
«¿Por qué tardas tanto?», me mira con los ojos entrecerrados.
«Porque me dejas sin palabras, porque eres muy atractivo y me pareces maravilloso desde hace mucho tiempo. ¿Cómo se dice en alemán? Du bist so wunderbar. Ich bin in dich verliebt».
Pero él no lo entiende, no parece notar mi anhelo. «Si no tienes una respuesta para mí, terminó la clase», continúa nuestro diálogo mental.
Por el rabillo el ojo, me doy cuenta de que todos me miran. Escucho las risitas de Tara y Alice al frente, como sonidos de ratoncitos. Kim se sobresalta y se despierta, mirando a todos lados mientras se restriega los ojos y bosteza.
—Vaya —farfulla alguien—, ¿se quedó dormida?
—Finalmente llegó el día en que la empollona se queda callada.
—Tierra llamando a Alex.
Los ojos de Peter: miro directamente a esos ojos fríos, grises y casi metálicos y estoy perdida, solo puedo pensar en el color. ¿Son azules? Un rayo de sol se las arregla para colarse entre las cortinas y cuando la luz cae sobre su rostro, sus ojos definitivamente se ven azules, como el agua de un lago durante un invierno glacial o como el cielo primaveral. Un matiz suave y delicado, pero firme como el cristal. Siento que, como una delgada capa de hielo, podrían quebrarse con un soplo, aunque también parecen sólidos, un vidrio resistente que solo se rompe tras aplicar mucha fuerza.
—¿Jensen? Pensé que sabías la respuesta.
—¡Sí! —digo y salto en mi asiento. Dejo caer mi brazo adolorido, me inclino hacia adelante y observo la pizarra con atención mientras me sonrojo al leer:
“Prueba de vocabulario, página 263.Amor y sexo”.
Solo había levantado la mano para presumir, sin darme cuenta de que tendría que decir las palabras sexo, erección y vagina en voz alta y en frente de toda la clase. Aunque ya somos grandecitos para entender esas palabras, me avergüenzo porque puedo imaginarme la habitación llenándose de risitas y ruidos de besos, tal vez incluso gemidos. Además, tendré que hacerlo con los ojos fijos en Peter, observando su reacción mientras hablo. Él verá como me ruborizo y tartamudeo, como dejo caer mi bolígrafo.
¿Me verá del mismo modo en que yo lo veo a él? ¿O soy solo yo? Me pregunto cómo se verá desnudo.
«¡Alex!Por favor», me digo a mí misma y me aclaro la garganta.
—Adoro: anbeten, anhelo: schmachten, relaciones sexuales... —Escucho la primera risita—, geschlechtsverkehr.
—Excelente pronunciación —dice Peter y asiente. Rodea su escritorio sin quitarme la vista de encima y soy prisionera de sus ojos. Los pantalones le quedan ajustados en las pantorrillas y sus muslos lucen fornidos, lleva puesto un cinturón color marrón claro con detalles en rojo que parecen propios de la indumentaria de un vaquero o del lejano oeste. Su camisa es del mismo color del océano, le queda holgada y está metida dentro de sus tejanos. Un atuendo que luce muy cómodo; es atractivo, sencillo y bastante casual, excepto por un par de detalles cuidadosamente escogidos. Debe dar especial atención a su calzado, pues está lustroso y sigue brillando al desaparecer el rayo de sol furtivo.
Quiero mirarlo de nuevo a los ojos, pero me es imposible levantar la cabeza del todo. Mis ojos están clavados en su entrepierna, su paquete se ve gigante dentro de los pantalones, enorme. ¿Hace calor aquí? ¿Cómo se sentirá tocarlo? Un leve roce, quisiera pasar las puntas de mis dedos por el bulto.
¿Estará erecto?
«No, no lo está».
¿Pero es siempre tan grande?
«Ay por Dios, pareces una pervertida. Normalmente no le miras así la entrepierna, ¿cómo podrías saberlo entonces?».
Sí, es cierto que lo vi aquella vez que Evelina le derramó café encima y Peter tuvo que tomar prestado unos pantalones deportivos de la oficina del director. Maldita sea, esta vez...
«Dejade mirarle fijamente».
Desvío la mirada; me obligo a mirar su rostro, pero termino con los ojos en su frente para mantenerme enfocada. Trago saliva, me inclino hacia adelante y deslizo una mano dentro de mi falda. Me aprieto los dedos entre los muslos sudorosos y los cierro con fuerza, los froto alrededor de mis nudillos y me estremezco. Estoy mojada, espero ser la única que percibe el olor de mi vagina caliente.
Peter toma asiento detrás de su escritorio.
—Continúa.
Su escritorio está tan desordenado como el resto del aula; a decir verdad, es el lugar más desordenado del lugar. No estoy segura de que todo lo que está sobre el escritorio le pertenezca a Peter, los profesores cambian de aula constantemente. Sea como sea, está sentado detrás de una montaña de libros y cuadernos. Apenas puedo verlo detrás de todo eso y tiene que inclinarse un poco hacia un lado para poder verme.
—Ah, sí, por supuesto —para no perder la compostura, presiono los dedos contra mi vagina y me estimulo. Siento mis labios vaginales a través de la delgada tela de mi ropa interior, están hinchados y palpitan. Mis caricias empeoran la situación—. Sucio: scmutzig, vagi...
—¡La clase terminó! — me interrumpe Tara y señala el reloj de su teléfono.
—El reloj de la pared no muestra la hora correcta —Kalle se pone de pie—, la clase realmente terminó hace tres minutos.
Alice lloriquea.
—Peter, por favor, déjanos ir. Es un día muy soleado y...
—De acuerdo, está bien —Peter señala la puerta mientras busca algo sobre el escritorio y nos mira a todos—. Podéis iros —luego me mira otra vez a los ojos, solo a mí. Sus ojos son azules como el hielo y al mismo tiempo cálidos—. Bien hecho... —Hace una pausa, como si hubiera olvidado mi nombre—, Alex.
«Alex».
El aula se encoje: ha dicho mi nombre como si lo cantara, como una melodía de Mozart. Me siento tan especial, siento que soy la elegida, soy importante. Música para mis oídos. Y mi entrepierna está que arde.
Todos mis compañeros se levantan en medio de un alboroto de papeles, libros y morrales. Hablan, chismorrean y dicen cosas como: «Dios, qué calor hace, mira lo sudado que estoy», «el alemán es tremendamente aburrido», «¿Tienes planes para el fin de semana?», «¿Te diste cuenta de que Kim estaba dormido?», y«sí, roncaba como un oso» y «debería estar prohibido terminar la clase tan tarde» y «¿Cuál era la página de la tarea?».
Yo me quedo sentada, no me puedo parar. Lentamente, saco los dedos de mi entrepierna y cierro mi libro con manos temblorosas. Las páginas quedan mojadas y un poco pegajosas, probablemente a causa del calor. Mis dedos dejan manchas de humedad. El olor de mi vagina se dispersa en el salón, un aroma terrenal y fuerte a causa del calor veraniego. Es una maldición y sería extremadamente vergonzoso que Peter lo notara, que pudiera oler mi excitación. Me pregunto qué diría. ¿Le gustaría? ¿Se excitaría? ¿Me llamaría para preguntarme si es por él?
Fantasías.
De pronto, solo estamos el profesor y yo en el aula. Me mira a través de sus gafas y vuelve a levantar las cejas.
—¿Te quedarás?
Me llamó Alex y debe ser una señal, le gusto.
—No, ya me voy. Solo estaba pensativa, soñando despierta. Es un mal hábito que tengo. —Sonrío y me echo a reír tratando de ocultar mi lujuria tras un chiste.
—¿Sobre qué?
—¿A qué te refieres?
—Estabas soñando despierta, ¿sobre qué?
—Eh... —«Parece que una sonrisa no me salvará esta vez».
Peter asiente para darme ánimo.
—Puedes decírmelo, he realizado algunas investigaciones sobre el significado de los sueños y me parecen fascinantes.
Este sueño en particular no necesita interpretación; el sueño en el que él está desnudo, con una erección dura como piedra. Su gran pecho se apoya sobre el mío y mis labios bañan sus caderas de besos. Sus ojos están en llamas. Me empuja contra la pared, me arranca la ropa, gruñe y jadea contra mi oído. Me aprieta los senos hasta que palpitan entre sus manos y mis pezones se endurecen bajo su tacto. Primero los rueda despacio entre sus dedos, con delicadeza, y luego los acaricia más rápido y más duro, hasta que yo le ruego que me tome.
