El puente - Gabriela Furlani - E-Book

El puente E-Book

Gabriela Furlani

0,0

Beschreibung

A través de esta novela espiritual, que nos transporta a un bosque escondido y a una civilización de seres más evolucionados que habitan en él, se exponen enseñanzas reales, sobre cuál es el verdadero camino en la evolución del espíritu. En sus palabras sencillas, pero llenas de conocimiento y sabiduría, se entrega la llave para abrir la puerta del mundo espiritual, donde la protagonista deberá transitar aprendizajes, que la ayudarán a despertar su conciencia, y ser ella, un puente entre dos mundos, el real y el de apariencia. "…Es muy necio pensar que nacemos, vivimos y nos morimos, y ya. ¿Qué sentido tendría esto?, ¿Te lo preguntaste alguna vez? ¿No te parece que falta algo?"… —preguntó Fran (…) Después de unos minutos, en que la luz quedó flotando a pocos centímetros del suelo, con un movimiento repentino pero silencioso subió de forma fugaz. Se quedó unos momentos allí, suspendida, como esperando algo, a unos metros sobre la copa de los árboles. Luego su luz se hizo tan intensa que por unos instantes me dejó ciego, para luego volver a su brillo tenue normal, y salir como disparada hacia la derecha y desaparecer". Un paquete muy especial había sido entregado por seres más evolucionados que la raza humana.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 192

Veröffentlichungsjahr: 2021

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



El Puente

Gabriela Furlani

Legales

El puente

© 2021:Gabriela Alejandra Furlani

Diseño de portada:Pablo GoroFacebook: @estudioWEmultimedia

Diseño y Maquetación Martín Cairns

Ediciones LiliumBuenos Aires, Argentina

www.edicioneslilium.com.ar

[email protected]

Nº ISBN: 978-987-8344-55-3

Buenos Aires, Argentina en Julio 2021

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del Autor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Furlani, Gabriela Alejandra

El puente / Gabriela Alejandra Furlani. - 1a ed. - Olivos : Lilium, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8344-55-3

1. Narrativa Argentina. 2. Espiritualidad. I. Título.

CDD A863

Índice

El Puente

Legales

El puente

El puente

Era otoño, fresco pero soleado. Lara vivía y trabajaba en la ciudad. Era secretaria ejecutiva de una importante empresa multinacional. Su vida era agitada, muy agitada y todo su tiempo estaba dedicado a trabajar, lo que le ocasionaba mucho estrés. La constante burocracia del sistema hacía que siempre estuviera tapada de papeles y más papeles, en los que tenía que poner toda su energía y atención constante, ya que tenían que ser entregados siempre, de forma inmediata. Esto la desgastaba, pero seguía adelante dando lo mejor de sí misma.

Soltera por elección, dado que su trabajo le demandaba más de dieciséis horas al día, para ella no había lugar para distracciones amorosas, de hecho se había capacitado y esforzado durante muchos años desde su juventud para alcanzar como meta, un futuro holgado económicamente. Esa era toda su vida, trabajar y ahorrar dinero, y de hecho tenía una buena cantidad, fruto de tantos años de trabajo y sacrificio.

Un día como los de costumbre para ella, manejaba hacia la oficina y se detuvo cuándo el semáforo se puso en rojo. Agarró entonces su teléfono celular para ver los mensajes que sus jefes le enviaban incansablemente, pero se le apagó. Se había quedado sin batería. Enojada consigo misma, por no haberse dado cuenta la noche anterior de poner a cargarlo, miró por la ventanilla de su auto para distraerse por unos minutos y observó una inmobiliaria. Se quedó ensimismada mirando un cartel, en el que anunciaban la venta de una cabaña en medio de un bosque. Las únicas dos fotos que mostraban, la transportaron inmediatamente a ese lugar. Un lugar tranquilo, rodeado de enormes árboles, en pleno contacto con la naturaleza. Su mente se relajó, pero las bocinas de los autos la trajeron de vuelta a la realidad, marcándole que el semáforo ya estaba en verde para seguir avanzando.

Llegó a la oficina, y se puso a trabajar. En los pocos minutos libres que tenía entre reunión y reunión, pensaba en esa cabaña, en ese lugar y su mente se aquietaba, pero inmediatamente, volvía a su realidad y se decía a sí misma: “No, eso no es posible, tengo que seguir trabajando”.

Pasaron los días, y así las semanas, Lara ya había olvidado lo de la cabaña. Transcurrieron unos cuantos meses desde aquel día en el que por unos instantes, el destino le había mostrado su futuro y ella, sin saberlo, continuó con su agotadora vida de ciudad.

Un fin de semana, ya entrando el invierno, Lara estaba en su pequeño departamento de un ambiente, ubicado sobre una avenida principal, donde el ruido y la contaminación de los autos eran realmente insoportables. Empezó a revisar los cientos de emails que su trabajo le demandaba, entre los cuales recibía grandes cantidades de correo no deseado. Nunca los leía, ni les daba importancia, pero resultó que uno llamó poderosamente su atención. Era de la misma inmobiliaria donde ofrecían a la venta, la cabaña que había visto hacía meses atrás. Se le detuvo el corazón. Contuvo la respiración y se quedó mirando el email sin abrirlo. Sentía cierto miedo de hacerlo.

Enseguida su mente la llevó al recuerdo de las fotos del anuncio que había visto pero seguía sin abrir el email. Fue hasta su pequeña cocina para prepararse un café, puso el agua a hervir y mientras esperaba, hizo todo tipo de suposiciones y especulaciones sobre qué pasaría si comprara esa cabaña.

Su cabeza le decía todo el tiempo que no, que no podía dejar el trabajo en el que tanto había invertido, que sus metas quedarían truncas y que tendría una enorme inestabilidad económica para el futuro. Sus miedos crecían cada vez más con esos pensamientos. Al mismo tiempo, algo dentro de ella, la motivaba para hacer ese cambio de vida. Se quedó pensando, sumergida en esa posibilidad, imaginándose vivir en ese lugar.

El sonido de la pava, la trajo de vuelta a su pequeña cocina, preparó el café y se sentó frente a su computadora. Tomó coraje y abrió el email.

En el detalle de la venta de la cabaña, se mostraban los ochenta metros cuadrados que tenía. Los pisos de madera le daban la sensación de confort y la decoración de la casa era de cuentos. Los dos dormitorios eran cálidos y confortables, el baño nuevo y completo, la hermosa cocina comedor, muy luminosa, con muebles de color blanco y detalles de madera. Tenía unas hermosas lámparas de hierro fundido, que colgaban iluminando más el ambiente. La sala de estar, tenía un precioso hogar a leña. Tenía un pequeño pero agradable porche de entrada cubierto, desde dónde podía verse el bosque, con sus enormes y frondosos árboles. Era como un manto verde que envolvía toda la casa, y es que justamente, la ubicación de la cabaña era en medio del bosque. Sin casas alrededor, sin vecinos a km de distancia, sólo ella y la naturaleza.

Lara quedó maravillada. Podía imaginarse viviendo en aquel lugar, un pequeño paraíso, lejos de la agobiante ciudad. Estuvo varias horas mirando y mirando las fotos, las características y descripciones del anuncio, y cuando quiso darse cuenta de la hora, ya se había hecho de noche. Quiso volver a la lectura de los emails del trabajo, pero ya no podía. Sus pensamientos sobre la cabaña, eran más fuertes. Decidió entonces tomar nota del teléfono de la inmobiliaria y llamar el lunes siguiente.

Lunes 5:00 am. Sonó el despertador, se levantó y se preparó para salir a su trabajo. En el viaje habitual por la concurrida y atestada avenida colmada de tránsito, Lara recordó prestar atención al pasar por la inmobiliaria para volver a ver el anuncio, ese que la llamaba de manera misteriosa. Al pasar frente a ella, vio un enorme cartel color rojo sobre la foto, que decía reservada. Sintió un golpe en el pecho que la dejó sin aliento, un zumbido en los oídos la sacó del enfoque y la atención que debía prestar al tránsito.

Ni ella misma entendía lo que le pasaba, pero sin pensarlo, salió de la avenida y retomó por la calle paralela para poder estacionar su auto e ir directamente a la inmobiliaria. Bajó rápidamente del auto, no había tiempo que perder, no podía esperar ni siquiera a llamar por teléfono. Sentía que perdía algo, algo que no pensaba tener y que no estaba en sus planes.

La desesperación por tener ese lugar la confundía cada vez más a cada paso que daba, pero no bajaba el ritmo sino que lo aceleraba más y más, mientras caminaba hacia la inmobiliaria. La ansiedad pudo con ella, por lo que en un momento de lucidez, se detuvo, respiró profundo y pensó: “¿Qué estoy haciendo? Voy a llegar tarde al trabajo, tengo que preparar los papeles para la presentación de mis jefes con los nuevos clientes, tengo que armar los proyectos para las empresas con las que nos vamos a asociar, tengo que…” y en ese momento de sólo segundos, su mente se empañó. No sabía si seguir la intuición que la mandaba de forma desesperada a averiguar por la cabaña, o volver a su realidad de manera inmediata.

Respiró profundo y cerró sus ojos, como queriéndose escapar de esa incertidumbre. En ese momento sonó su teléfono, era uno de sus jefes. Se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla sin querer atender. La llamada finalizó y al segundo volvió a sonar, insistentemente su jefe no paraba de llamarla.

Volvió a cerrar los ojos y respirar profundo, cuando los abrió, miró a su alrededor. Un accidente había ocurrido en la esquina donde ella estaba parada y las ambulancias llegaban al lugar con sus sirenas sonando. A media cuadra de dónde se encontraba, se veían tres patrulleros que estaban deteniendo a unos ladrones. Una persona pasó al lado de ella, que estaba parada quieta y abstraída de todo lo que la rodeaba, y se la llevó por delante sin siquiera verla. Un colectivo aceleró, largando tanto humo negro, que se quedó sin respiración.

En ese momento, se dio cuenta que no quería estar allí. Pudo ver el tumulto de gente, la desesperación de todos por llegar a alguna parte, la poca empatía entre los seres humanos, el caos que se genera en las grandes ciudades, todo eso estaba muy lejos de la hermosa y tranquila cabaña.

Guardó su celular en el bolsillo y sin pensarlo más, se fue casi corriendo a la inmobiliaria. Al entrar, la tranquilidad y el silencio del lugar la reconfortaron de inmediato, después de haber estado parada sólo unos minutos en el ruido y el caos.

Fue atendida por el dueño de la inmobiliaria, quien se presentó de una manera muy formal y correcta.

—Buenos días, mi nombre es Juan ¿en qué puedo ayudarla?

Ella sin dar muchas vueltas, preguntó enseguida por la cabaña en venta, sentía que no podía perder tiempo en presentaciones.

Juan era un hombre simpático y bajito, de unos sesenta y pico de años. Llevaba un traje muy elegante color gris oscuro, corbata al tono y una camisa blanca.

La invitó a sentarse en un cómodo sillón frente a su escritorio.

—A ver, déjeme entrar en el sistema en la computadora para ver cuál es la propiedad en la que está interesada.

—Sí, claro —respondió Lara.

—Bien, es la propiedad nº 333, la cabaña en medio del bosque.

—Sí, esa misma —respondió rápidamente.—Bien —dijo Juan— lamento informarle que está reservada, pero puedo sugerirle otras propiedades, que…

—No —interrumpió Lara no dejando que Juan terminara la frase—. Esa es la que quiero.

—Bueno señora, pero le repito que está reservada.

—¿Y qué puedo hacer para comprarla? Dígame por favor todas las alternativas que tengo.

En ese momento, volvió a sonar el teléfono de Lara, era su jefe. Ella cortó la llamada inmediatamente y apagó el teléfono. Ya estaba demasiado irritada y mal humorada por la situación de estar perdiendo la oportunidad de la compra, cómo para encima tener que escuchar a su jefe regañándola. Volvió a la conversación con Juan.

—Disculpe, ya apagué el teléfono para que no vuelva a molestar.

—No se preocupe, pasa todo el tiempo.

—Volviendo al tema, por favor, ¡dígame que puedo hacer para obtenerla!

—Bueno —dijo Juan— lo que puedo hacer es llamar a la persona que la reservó, para saber si sigue interesado en ella, ya que no dió una seña, sino que la reserva fue de palabra, porque debía esperar que se le concretara una operación.

En ese momento Lara se llenó de esperanza, volvía la posibilidad de tener eso que tanto quería, pero que no sabía el porqué.

—Bien —dijo Lara— ¿Puede hacerlo ahora?

—Claro, ya mismo lo llamo y le prometo que voy a hacer lo imposible para que sea suya, ya que veo que recibió “la llamada” —dijo Juan mientras se levantaba de su escritorio con una rara sonrisa en su rostro.

Lara no entendió nada de lo que el hombre quiso decir y no le dio ninguna importancia. Juan se retiró a otra oficina para hacer el llamado, dejando a Lara sentada a la espera. Ella estaba realmente nerviosa, muy ansiosa y confundida, pero algo dentro de ella le daba cierta seguridad de que lo que estaba haciendo, estaba bien.

En un momento pensó: “Pero ni siquiera pregunté el precio.” Otra vez volvieron sus miedos, sus dudas y hasta una frustración al pensar que no podría comprarla. Sus emociones estaban descontroladas, ya no sabía si pensar, sentir, soñar o volver a la realidad. En ese momento, se dio cuenta que ahora su meta era otra. La idea de su futuro había cambiado, sin habérselo propuesto.

El tiempo pasaba y Juan no volvía, pero podía verlo a través de la ventana de la oficina privada donde él se encontraba. Veía que gesticulaba todo el tiempo, como si la conversación tuviera un alto de grado de tensión.

Pasaban los minutos y Juan no salía de la oficina, ella ya no podía con los nervios, por lo que decidió meter mano en el asunto, giró la pantalla de la computadora de Juan, aunque fuese sólo para ver el precio de la propiedad, y así poder confirmar, si estaba al alcance de sus posibilidades.

En el mismo instante que estaba girando la pantalla de la computadora, entró una señora al salón. Lara se quedó paralizada por la vergüenza. La mujer la miró con mucha desconfianza y enseguida le preguntó qué necesitaba, poniendo su mano en el monitor de la computadora e impidiendo que Lara viese nada. Su nombre era Leonor, secretaria de Juan.

Era una mujer muy alta, elegantemente vestida, con un traje azul, camisa blanca y pañuelo rojo en el cuello. Parecía una azafata de alguna aerolínea. Lara calculó que tendría su misma edad, unos cuarenta y ocho años.

Muy apenada, Lara le explicó que estaba esperando que Juan terminara de hablar por teléfono, ya que su futura compra dependía de esa conversación.

Leonor cambió el tono y se sentó frente al escritorio. Sacó una abultada agenda de su cartera, una lapicera y algunos objetos más.

—Bien, dígame entonces que es lo que necesitaba saber —le dijo—mientras se ponía sus lentes.

—Sólo quería saber el precio de la propiedad nº 333, en la cual estoy interesada, y que por el apuro y la emoción, no le pregunté al señor Juan.

—Bien, dijo Leonor —déjeme verlo.

Leonor giró nuevamente el monitor de la computadora hacia Lara, quien ahora sí podía ver la ficha técnica de su tan ansiada y poco esperada cabaña, el costo de la misma, más fotos y detalles. Leyó más información sobre dónde se encontraba situada, los alrededores, el pueblo más cercano, etc.

Lara quedó sorprendida, inmóvil al observar el valor monetario, ya que eso era exactamente lo que ella tenía. Ni un sólo peso más, los ahorros de toda su vida. Su duda creció al darse cuenta de que se iba a quedar sin nada si invertía todo su capital en esa propiedad. Otra vez los miedos, la incertidumbre, los nervios, todo la hacía volver a dudar si era lo correcto estar ahí. Leonor se dio cuenta que algo le pasaba, ya que el rostro de Lara había palidecido. Le ofreció un vaso con agua, que ella aceptó.

Mientras bebía el agua fresca, escuchó los pasos de Juan que volvía. Había terminado la conversación telefónica. Juan se acercaba, pero por su ansiedad, parecía que la escena transcurría en cámara lenta.

—Bien, dijo Juan —sentándose en su escritorio, mientras que Leonor le cedía el lugar.

—El cliente canceló la reserva, por lo que la propiedad está a la venta nuevamente.

Lara se llenó de felicidad, los colores volvieron a su rostro, estaba feliz, al borde de la euforia.

—La compro —dijo inmediatamente—. Es mía.

—Muy bien —dijo Juan— entonces prepararemos los papeles. Leonor, encárgate de todo, la señora es la futura propietaria.

—Muy bien —dijo Leonor— y se encaminó a su oficina para comenzar el armado de los papeles.

Lara se quedó sentada, quieta, con la respiración entrecortada y pensando en lo que había hecho. Ya no había marcha atrás, había tomado una drástica decisión que le cambiaría la vida. Tenía mucho miedo, pero a su vez la tranquilidad y alegría le llenaban el alma.

Juan le informó que todos los papeles estarían listos para la semana entrante, por lo que Lara se despidió con un cordial saludo hacia Juan, a manera de agradecimiento.

Salió de la oficina, su alegría era tan inmensa que ni siquiera recordaba dónde había dejado estacionado el auto. Sacó su teléfono del bolsillo, lo encendió, y entraron decenas de llamadas perdidas y mensajes. La gran mayoría eran de sus jefes. Sin prestarle importancia, subió a su auto y fue hasta su oficina.

En el camino pensaba que se desconocía a ella misma. En otro momento de su vida, nunca hubiese rechazado las llamadas de sus jefes, ni siquiera un día domingo, ya que siempre estaba a disposición para lo que ellos necesitaran.

Llegó a la oficina. Todas las miradas se clavaron en ella. Recepcionistas, secretarias, empleados administrativos, todos la miraron sin quitarle los ojos de encima, mientras ella entraba con un paso sereno. Estaban entre preocupados y disgustados por lo que había sucedido. Sus jefes la llamaron de inmediato al despacho central.

Lara dejó la cartera en su oficina, se sirvió un vaso con agua, y se dispuso a entrar en el despacho. Las caras de sus jefes decían todo, no necesitaban ni hablar. Una mezcla de enojo, ira, rabia, todo se manifestaba en ellos.

La invitaron a sentarse, tratando de disimular su malestar, pero era casi imposible. La conversación, mejor dicho el monólogo de sus jefes, empezó en un tono tranquilo, pero inmediatamente empezaron los gritos. Ella no emitía palabra. Sólo pensaba en la tranquilidad de su cabaña, su mente estaba en aquel pueblo tranquilo, donde empezaría su nueva vida, muy lejos de todo eso que estaba viviendo.

Después de unos cuantos minutos en los que los jefes se descargaron de todos sus enojos, Lara habló.

—Presento mi renuncia —dijo.

Los jefes quedaron atónitos, pasmados por lo que habían escuchado.

—¿Qué fue lo que dijiste? —preguntó uno de ellos.

—Lo que escucharon, presento mi renuncia.

La furia de los hombres creció en demasía, ya era insostenible mantener la conversación. Lara se levantó, les agradeció todos los años en los que había trabajado para ellos, los saludó respetuosamente y salió del despacho. Ellos se quedaron sentados, sin poder decir palabra, mientras que la veían retirarse.

Lara retiró sus pertenencias de su oficina, fue hasta Recursos Humanos y presentó la renuncia de manera formal. Se despidió de todos sus compañeros, que seguían sin entender que era lo que le había sucedido.

Salió de la empresa. Sintió el aire fresco pero cargado de contaminación en su rostro. Fue hasta su auto y se dirigió a su casa. Al llegar, se quitó el calzado, y se preparó una taza de café bien caliente. Tenía una mezcla de sensaciones, por un lado estaba muy confundida mentalmente, pero por otro lado, estaba muy serena con la decisión que había tomado, algo dentro de ella, seguía dándole esa tranquilidad.

Hizo varias llamadas telefónicas, a familiares y amigos, para contarles todo lo que había sucedido. Nadie entendía nada, todos la conocían muy bien y jamás ninguno de ellos, hubiesen imaginado que Lara, pudiera haber hecho lo que hizo. Luego llamó al dueño del departamento que alquilaba y le avisó que rescindiría el contrato.

Empezó a preparar sus cosas, guardando todo delicadamente para que nada se estropeara en la mudanza. Mientras lo hacía, su alegría crecía cada vez más, una sensación de libertad llenaba su cuerpo, de una manera que nunca antes había experimentado. Estaba realmente feliz.

Pasaron varios días, en los que ella terminó de preparar sus cosas. Ya estaba todo en cajas, valijas y bolsas, sólo faltaba la llamada de Juan.

Bajó de su departamento por un café, dado que tenía todo embalado y listo para la mudanza. Se sentó en un bar, en una mesita alejada del resto de la gente. Observaba todo como despidiéndose de ese mundo, al que ya no quería pertenecer.

En ese momento sonó su teléfono, era Juan, por fin recibía la llamada tan esperada. Le avisaba que ya estaba todo listo, que la propiedad ya era de ella, y que podía pasar a buscar las llaves por la inmobiliaria. Lara no dudó ni un minuto y le dijo que ya salía para allá.

Al llegar, Juan estaba con las llaves en sus manos. La miró fijamente a los ojos y le dijo:

—Aprende y aprovecha cada instante.

Nuevamente Lara no entendió absolutamente nada de lo que Juan quería decirle. Retiró las llaves, le agradeció por todo y se despidió muy contenta, con un caluroso abrazo.

Llegó a su departamento, cargó todas sus cosas y se dispuso a emprender el viaje hacia su nueva vida.

Luego de dos días de viaje, llegó por fin a su nueva casa. Bajó del auto y respiró profundo. Todo era tal cual lo había visto en las fotos. El aire era puro, el silencio, ensordecedor, la paz y la tranquilidad del lugar se sentía por todos lados. Se quedó mirando la puerta de entrada, sin poder creer todavía que ese era su nuevo hogar.

Sacó las llaves de su bolsillo y abrió la puerta. Entró y en ese momento, sintió que por fin había encontrado su lugar en el mundo. Empezó a bajar las cosas del auto y de a poco comenzó a acomodarse. La soledad del lugar la relajaba a cada minuto. Pasó varios días arreglando su cabaña, feliz y tranquila.

Ya tenía todo en orden, había armado su hogar tal cual ella lo quería, por lo que se sentó en la galería para disfrutar y observar el atardecer. El sol se escondía tras el bosque y los pájaros, que eran sus únicos compañeros, le alegraban el alma con sus cantos. Estaba tan relajada que decidió irse a dormir temprano.

El día amaneció frío, la neblina cubría la montaña y apenas podía verse a escasos metros. Lara, que aún estaba en pijamas, miraba por la ventana empañada hacia el bosque y tomaba un café caliente del que se desprendía un aroma intenso, mientras que al mismo tiempo, calentaba sus manos con la taza. La lluvia era inminente. Acomodó los grandes troncos en el hogar y prendió el fuego. Ahora sí, el ambiente de la pequeña cabaña, estaba cálido y acogedor.

Se sentó en su cómodo sillón, abrigada por una hermosa manta bien suave y liviana, pero a su vez muy caliente y que le cubría los hombros y la espalda, pensando que en cuanto la lluvia cesara, iría al pueblo por provisiones. Llovió durante toda la mañana, luego paró y el sol empezó a salir iluminando y calentando el lugar, por lo que se cambió y se fue al pueblo.

Al llegar, quedó enamorada del lugar. Todo era perfecto, los negocios eran pequeños, con sus fachadas de madera muy bien cuidados. Las calles estaban limpias y tenían preciosos árboles plantados prolijamente en las veredas. No se veía mucha gente, por lo que le pareció natural, ya que el pueblito era muy pequeño y su centro, sólo tenía tres cuadras.

Estacionó su auto y decidió caminar, para conocer bien cada negocio que había. Lejos había quedado el caos de la ciudad. El ambiente era plácido y agradable. A medida que caminaba, la gente la saludaba amablemente, con una sonrisa en sus rostros, y ella les respondía de la misma manera, sorprendida por tanta cordialidad, a la que por supuesto, no estaba acostumbrada. Cada situación hacía que estuviera más conforme con la decisión que había tomado. Ése, era un lugar amigable.

Observó que había todo lo necesario, farmacia, estación de servicio para cargar combustible, kiosco, supermercado. También una pequeña cafetería, en la que exhibían unas tentadoras tortas caseras. Una florería, la que al pasar por su puerta, permitía oler el perfume de las flores recién cortadas y cuyos colores eran brillantes y llamativos. Pasó por una librería que le pareció encantadora y decidió entrar. “No estaría mal hacerme de un buen libro”, pensó.

Al entrar quedó gratamente sorprendida, el lugar era muy ameno. Las estanterías estaban llenas de todo tipo de libros, muy bien separadas y clasificadas según el género. Había un enorme mostrador, donde podían verse cantidades de libros nuevos apilados, listos para ser acomodados.