El rey de bronce - Javier Alandes - E-Book

El rey de bronce E-Book

Javier Alandes

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Algunos desafíos solo están al alcance de una mente privilegiada. Luca Santamarta, un joven emprendedor tecnológico, conseguirá traspasar su empresa por diez millones de euros para poner en marcha el plan que lleva años urdiendo: vender un legendario busto de bronce de Alejandro Magno, datado en el siglo IV a.C., al tercer mayor museo de Estados Unidos. El mayor problema es que ese busto ni siquiera existe. Y para conseguir tal artificio, tendrá que reunir a un equipo con múltiples habilidades que deberá ejecutar un complejo entramado alrededor del mundo que incluirá fabricar esa pieza de bronce, conseguir que supere los más sofisticados sistemas de autenticidad y venderla por una desorbitada cantidad al American Museum of Classical Arts de Chicago. Sin embargo, la sospecha de la existencia de ese mítico busto lo convertirá en objeto de deseo de poderosos coleccionistas, sicarios internacionales e incluso la policía de varios países de Europa. Pero ¿por qué Luca Santamarta ha decidido arriesgar todo su dinero, su vida y la de las personas que más quiere para crear un engaño único en la historia del arte? Un plan perfecto. Una obra de arte que no existe. Una aventura trepidante donde nada resultará ser lo que parece.

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Seitenzahl: 546

Veröffentlichungsjahr: 2025

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JAVIERALANDES

El rey de bronce

A los que vivimos a través de los libros las aventurasque habríamos querido vivir en nuestras vidas

Prólogo

El 17 de mayo de 1945, una vez que hubo caído el III Reich, un destacamento del Ejército aliado, comandado por una unidad de infantería estadounidense, entraba en las minas de sal de Altaussee, en Austria. Querían inspeccionar el interior, porque los lugareños les contaron que allí no dejaban de entrar y salir camiones del Ejército alemán, pero para ello antes tuvieron que demoler los muros con los que se había sellado la entrada a dichas minas.

Lo que encontraron les resultó increíble.

Allí se almacenaban más de seis mil obras de arte, expoliadas en países ocupados o robadas a judíos. Ocultas bajo tierra, en la más completa oscuridad y rodeadas de polvo y puntales de madera, se encontraban las colecciones personales de los más destacados miembros del partido nazi. Incluyendo, además, las piezas que, robadas a través de la violencia y el miedo, estaban destinadas a formar parte del futuro Museo del Führer en Linz, uno de los proyectos del dictador.

En aquel tesoro se encontraban obras como la Madonna de Brujas, de Miguel Ángel, el Retablo de Gante, de Jan van Eyck, cientos de esculturas de bronce y mármol, colecciones de monedas, códices incunables y un Vermeer: El Cristo y la adúltera.

Esa fue la pieza que más llamó la atención de los expertos que analizaron el hallazgo en la mina de sal. La producción de Johannes Vermeer, autor de La joven de la perla o La lechera, fue escasa, apenas treinta cuadros. El pintor neerlandés había fallecido en 1675 con cuarenta y tres años, y su obra era patrimonio nacional de los Países Bajos.

La documentación encontrada reveló que el Vermeer era propiedad de Hermann Göring, mariscal del Reich y una de las manos derechas de Hitler, y entre esa documentación se encontraba una factura: Göring le compró El Cristo y la adúltera a Alois Miedl, un banquero y marchante de arte alemán.

El Ejército aliado creó un equipo para devolver todas esas obras de arte a sus países, y decidieron que la historia del Vermeer merecía escuchar lo que Alois Miedl tuviera que contar. El banquero, amenazado por los cargos de expolio y comercio ilegal, acabó confesando; le había comprado el cuadro a Han van Meegeren, un pintor y retratista holandés que, por lo que parecía, también se dedicaba a las labores de comerciante de arte. Miedl mostró los documentos que atestiguaban que su compra del Vermeer había sido lícita.

Por tal motivo, Han van Meegeren, de cincuenta y cinco años de edad, fue detenido y acusado de los cargos de tráfico de patrimonio nacional, ya que el Gobierno de los Países Bajos prohibía que una obra de Vermeer pudiera salir del país, a lo que había que sumar la posible colaboración de ese aspirante a pintor con el régimen nazi. El alto tren de vida de Van Meegeren, la cantidad de casas y villas que poseía en varios países de Europa y el gran número de obras de arte que estaban en su poder hacía ver que la venta del Vermeer al banquero alemán debía de haber sido muy lucrativa.

Además, los expertos en Vermeer, al estudiar El Cristo y la adúltera, se sorprendieron al comprobar que era un cuadro desconocido del maestro neerlandés, una obra inédita de temática religiosa en la que se podía apreciar a la perfección su incomparable estilo. En un pintor que había tenido una producción tan pequeña, el hallazgo de una obra desconocida hasta entonces supuso una revolución en el mundo del arte. Así que, ante la pena de muerte que solicitaba el fiscal por los cargos de los que era acusado, Han van Meegeren reveló la verdad: el cuadro no era un Vermeer auténtico, y confesó que lo había pintado él mismo. Era un falso original.

Había estudiado las obras del pintor flamenco al detalle; la pincelada, los trazos, su paleta de colores y las temáticas que solía utilizar, y había elaborado los pigmentos con los mismos materiales que Vermeer utilizó en el siglo xvii. Incluso había fabricado sus propios pinceles para dar una completa verosimilitud al cuadro.

Nadie le creyó. En primer lugar, porque Van Meegeren no era considerado un pintor tan talentoso, y en segundo lugar, porque El Cristo y la adúltera había pasado la prueba del alcohol, que había determinado que era una obra auténtica.

Desde su encierro a la espera de juicio, Van Meegeren pidió a sus captores un lienzo, y entregó una lista de materiales que debían traerle de su casa. Ante los ojos de su abogado y varios testigos, pintó una obra a lo largo de seis semanas. La creación de la pintura requería el talento como artista de Van Meegeren, y el engaño necesitaba de la técnica que había conseguido depurar con el tiempo.

Una vez pintado el cuadro, lo introdujo en un horno a doscientos grados centígrados. Cuando la pintura estuvo seca, enrolló el lienzo y le hizo múltiples dobleces para que aparecieran craqueladuras. Frotó el cuadro con polvo y suciedad, para que se introdujera en las grietas. Y lo sumergió en una solución de tinta china, que el óleo repelía, pero que quedaba incrustada en dichas grietas. Lo que no hizo fue aplicarle al lienzo la baquelita y el albertol que permitían que el cuadro pasara la prueba del alcohol para demostrar su autenticidad.

En esta ocasión, Han van Meegeren había pintado un cuadro al que puso el nombre de Jesús entre los doctores. Cuando la obra fue presentada en el juicio, con la sala abarrotada de público por la expectación que había levantado el caso, la corte ordenó a una comisión de conservadores, profesores y doctores en arte traídos desde Bélgica e Inglaterra que verificasen si se trataba de un Vermeer. Tras estudiarlo, decretaron con asombro que, sin duda, aquella era otra obra inédita del maestro neerlandés del siglo xvii que jamás había sido catalogada. En apenas unos meses habían aparecido dos nuevos cuadros de Johannes Vermeer, algo inaudito.

El abogado defensor tomó un algodón y una pequeña botella de alcohol y frotó sobre la firma de Vermeer. La pintura del cuadro se corrió, dejando a la vista la firma del propio Han van Meegeren, quien fue absuelto de inmediato de todos los cargos, ante el alboroto y los aplausos de las personas que no habían querido perderse cómo terminaba el mediático caso que había paralizado el país. En aquel juzgado, ese pintor desconocido pasó de ser un colaborador de los nazis a convertirse en un héroe que había conseguido engañarles.

La magia de Van Meegeren no era que copiara cuadros ya conocidos de Vermeer, sino que creaba nuevas obras del gran maestro del arte barroco.

Allá por 1960 esta era la historia que Giovanni Santamarta, profesor de pintura y un enamorado del arte del Barroco, le contaba a Francesco y Pietra, sus pequeños mellizos, las noches que a estos les costaba conciliar el sueño en su viejo y húmedo piso de Roma junto al río Tíber.

Esta era la historia que hizo que Francesco Santamarta comenzara a amar el arte.

Y a falsificarlo.

Cuando consigas el dinero, es posible que dudes. Quizá sientas que no vale la pena, que el riesgo no compensa. Será normal.

Si decides no llevarlo a cabo, no te atormentes; vive tu vida. Nadie te juzgará por ello.

Si decides seguir adelante, es posible que pierdas el dinero. E incluso esa vida que podrías haber vivido.

Tienes que decidir si asumes el riesgo.

Y, si lo haces, solo hay dos posibilidades: el Infierno más lúgubre o el Cielo más luminoso.

Pero si sigues el plan, te aseguro que estarás más cerca del Cielo que del Infierno.

1. Valencia, abril de 2022

Hay momentos que marcan una vida, que son puntos de inflexión entre lo que es y lo que pudo ser. Un delicado equilibrio que habita en cada una de las decisiones que tomamos, sin que ni siquiera seamos conscientes de ello. Solo ese juez que es el tiempo determina si en ese punto de inflexión acertamos o erramos. Y cuando dicta sentencia, si es para mal, ya suele ser demasiado tarde; asumimos las consecuencias y seguimos adelante. O esas consecuencias se nos tragan hasta hacernos desaparecer.

Luca Santamarta, a sus treinta y cinco años, sabe perfectamente que se encuentra ante uno de esos puntos de inflexión. De los que marcan una vida. De un lado de la mesa de cristal, la parte compradora: Ana Cobo, CEO de Integrative Systems, y el hastiado responsable del departamento jurídico de su empresa. Y del otro, Luca, joven vendedor de su innovadora solución informática, con Natalia Echevarría, su todavía más joven abogada.

—¿Le vas a dar muchas más vueltas al contrato? —pregunta, seco, el veterano abogado a Natalia, que lo lee una y otra vez y toma notas en un folio aparte.

—Le va a dar las que sean necesarias —responde Luca por ella en un tono amenazante, estirándose despacio la chaqueta del traje gris y clavando sus entornados ojos verdes en el abogado.

—Hay que joderse con las novatas —protesta el hombre, que hace rato que se ha quitado la americana. La presión va en aumento, aunque Natalia, mientras se recoloca las gafas cuadradas de pasta negra demasiado grandes para su cara, parece que ni siquiera le escucha.

—Anda, cállate… —La voz de Ana Cobo, también seca, ordena a su abogado que se calme—. La chica solo hace su trabajo.

Luca Santamarta sabe que la vida de Ana Cobo no debe de ser fácil: coordinar a más de dos mil personas, tener un aspecto impecable a sus cincuenta y dos o cincuenta y tres años, y mantener a raya a tipos engreídos y con efecto Dunning-Kruger, como el abogado que se ha traído para cerrar esta operación, que es clave para el devenir de su empresa.

Esas cuatro personas están reunidas en uno de los salones de la primera planta del hotel Valencia Palace. Ana ha ofrecido las modernas instalaciones de su compañía en el parque tecnológico; pero Luca ha preferido jugar en terreno neutral.

Y allí se encuentran esa mañana de abril de 2022, en la que la luz del sol juega con reflejos en las paredes del salón Alameda del hotel, reunidos para cerrar un trato que va a cambiar sus vidas. Sobre todo, la del propio Luca, y de una manera que no pueden siquiera acercarse a imaginar las otras tres personas que están allí con él.

Todo había nacido a partir de un problema que se había encontrado Luca años atrás, cuando era ejecutivo de cuentas en una agencia de marketing digital. Ante la necesidad de guardar su información personal en la nube, pero no querer pagar por ello, se había abierto cuentas gratuitas —y, por tanto, muy limitadas en espacio— en multitud de servicios cloud: Dropbox, Drive, OneDrive o el que le ofrecía la compañía de telecomunicaciones de su teléfono móvil, entre otros. Cada uno de ellos con su correspondiente nombre de usuario y contraseña, y cada uno con su interfaz.

Trató de mantener un orden para saber en qué lugar guardaba cada documento, pero hubo un momento en que le fue imposible. Cada una de esas nubes era un cajón de sastre en el que cada vez se le hacía más difícil encontrar la información que necesitaba. Sin darse cuenta, había ido creando duplicados y distintas versiones de sus archivos que le llevaron a sufrir más de una pérdida irreparable. Preguntó a sus compañeros, y a casi todos les pasaba lo mismo: la propia solución para guardar información se convertía en un gran problema.

Luca estuvo dándole vueltas al asunto, tratando de averiguar cuál sería el modo más adecuado de resolver aquello. Sí, podía ser un estricto sistema de disciplina personal y cuidada organización a la hora de guardar archivos, clasificándolos con algún criterio determinado en las distintas nubes, pero, en términos generales, la gente iba a seguir teniendo el mismo problema.

Hasta que una noche de verano de 2020, recién despedido de la agencia, y tomando a oscuras una cerveza en la azotea del edificio de la avenida Tres Forques en el que vivía su madre, se le ocurrió una idea que podía valer la pena estudiar: ¿y si existiera una aplicación web en la que la gente pudiera loguearse con todas sus nubes y manejarlas desde un único interfaz, desde la que los usuarios pudieran mover documentos de una nube a otra, hacer búsquedas para encontrar archivos duplicados y hallar la versión más reciente? Y, además, controlar el espacio que le quedara en cada uno de sus servicios cloud, con independencia de que fueran gratuitos o de pago.

Convenció a cuatro programadores para que, a cambio de una participación en los posibles beneficios, se encargaran de dar forma a su proyecto, y él se puso como tarea la de rentabilizar económicamente esa idea que había nacido con una cerveza en la mano. Ana Cobo le vio potencial a la iniciativa desde que Luca se la presentó; en Integrative Systems estaban buscando aplicaciones y herramientas para incrementar la fidelidad de sus clientes. Ya existían productos similares en el mercado, pero ella quería el suyo propio para no depender de otra compañía, así que le pidió que le mantuviera al tanto; y con mantenerla al tanto se refería a reunirse periódicamente para ser informada de los progresos.

Cuando dos años después Luca pudo hacerle a Ana Cobo una demostración de su herramienta integradora de nubes informáticas, la maquinaria se puso en marcha. Ana quería ese servicio en exclusiva para Integrative Systems, y tenía ante ella el producto que llevaba años buscando y con el que poder vender suscripciones que tuvieran un coste muy pequeño para los usuarios. Ingresos recurrentes y escalabilidad ilimitada. Y Luca supo que necesitaba asistencia jurídica para atar todo aquello; pero a sus treinta y cinco años ya había aprendido a no fiarse de nadie. No quería que le representara un gran despacho de abogados —que era lo que cualquiera hubiese preferido— y se decantó por alguien a quien manejar y que le prometiera dedicación exclusiva en todo aquel proceso. Tenía claro lo que quería, y solo necesitaba a la persona que le diera forma legal. Natalia Echevarría, licenciada en Derecho, era hermana de uno de los programadores con los que había trabajado en el proyecto: veintiocho años, el mejor expediente de su promoción y había hecho prácticas en el departamento de fusiones y adquisiciones de una gran consultora en Londres.

—Punto primero —Natalia, por fin, levanta la cabeza del contrato, mira a través de los cristales de esas gafas cuadradas de pasta negra que parecen no estar hechas para ella y rompe el silencio que se ha instalado en la sala, sabiendo que los otros tres esperan lo que ella tenga que decir—: un único pago a la firma.

—¿Pero cómo os vamos a pagar ocho millones de euros en…? —El enfado con sonrisa de suficiencia del abogado de Integrative Systems se detiene al sentir el brazo de Ana Cobo sobre el suyo.

—Ya sabes que no es lo habitual, Luca. —La CEO se queda mirando al joven emprendedor tecnológico.

—Y tú sabes que esta aplicación que hemos desarrollado tampoco es habitual —dice él con calma, sin despegar la espalda del respaldo de la silla, refrendando la posición de su abogada.

Ana mira a su asistente jurídico y asiente. Este se pone a teclear en su portátil. Uno a cero.

—Punto segundo —continúa Natalia—: la compra se tiene que articular por adquisición de la totalidad de las acciones de la sociedad.

—¡Así no se hacen las cosas! —explota el abogado—. Para eso tendríamos que haber hecho una due diligence, comprobaciones en el Registro Mercantil y en la Agencia Tributaria, auditorías… —El tipo se sube por las paredes.

—Ana… —Luca sigue impasible—, la sociedad no tiene nada, excepto las líneas de código que vas a comprar. No hay deudas, no hay alquileres… —Abre las manos, en un gesto que indica que no oculta ninguna carta—. Por no tener, no tiene siquiera un número de teléfono a su nombre.

—¿Y tus programadores? —Ana Cobo levanta una ceja.

—No están contratados. —Luca se echa el cabello hacia atrás con la mano—. Tienen una pequeña participación, que yo me encargaré de liquidarles. Natalia me aconseja deshacerme de la sociedad si ya no va a tener actividad.

Ana asiente de nuevo a su abogado, quien se afloja un poco la corbata en señal de hartazgo antes de volver a teclear para corregir el contrato. Dos a cero.

—Y punto tercero… —La joven abogada señala con su bolígrafo una de las líneas que ha escrito en su cuaderno.

—¿No te estás pasando un poco, bonita? —El abogado yergue la espalda sobre la silla y apoya los brazos sobre la mesa de cristal.

Luca mira a Ana Cobo y hace un ligero movimiento con sus cejas. Esta cierra los ojos y respira hondo durante unos segundos.

—¡Aurelio, por favor! —Ana Cobo reprende las formas de su abogado—. A ver… —mira con cansancio a la joven abogada—, ¿cuál es el punto tercero?

—Luca Santamarta tiene que figurar en los créditos como creador de la herramienta.

El propio Luca se sorprende; eso no estaba hablado. Un exceso de iniciativa por parte de su abogada, que se ha saltado el plan previsto.

—¿Cuál es el motivo? —La CEO endurece el gesto.

—El futuro trabajo de mi cliente puede depender de que en su currículum figure como creador de un programa como este.

—No. —Ana Cobo es tajante—. Todo el mundo en este sector ya sabe que Luca es el cerebro de la aplicación. Denegado.

Natalia mira a Luca y esta vez es él quien asiente. Dos a uno.

—¿Firmamos? —propone el abogado de Integrative Systems.

—Imprime, anda —ordena Ana, quien advierte una mezcla de satisfacción y contrariedad en Natalia. Ha estado a punto de hacer un pleno: esa chica tiene futuro.

—Todavía no —interrumpe Luca, y los tres se le quedan mirando—. Tengo un punto más —y deja una pequeña pausa para que la parte contraria procese sus palabras—: el precio de venta.

Silencio. Ana se da cuenta de que la joven abogada tampoco sabe nada de aquello, y vuelve a poner una mano sobre el brazo de su asistente jurídico, anticipándose a su más que probable reacción.

—Las cosas no se hacen así, Luca —niega la CEO con la cabeza—. Eso estaba más que hablado.

Luca Santamarta, sin prisa, toma un folio de la mesa, saca un bolígrafo plateado del bolsillo interior de su americana y escribe sobre él. Lo dobla y se lo acerca a la parte compradora.

—¡¿Diez millones de euros?! —Ana no puede evitar esta vez la furia de Aurelio—. ¿Tú quién cojones te has creído que eres para pedir dos millones más el día de la firma?

Luca, con calma, levanta los hombros. Es lo que hay.

Ana Cobo se toma unos segundos para respirar. Observa a la joven abogada, cuyas horribles gafas no hacen justicia a lo guapa que es. A continuación toma su bolso, del que saca una pitillera y un encendedor, se levanta de la silla y señala a Luca —tú, conmigo— mientras sus pasos se dirigen a la cristalera que da acceso a la terraza del salón.

—¿Cómo estás? —dice, ya lejos de los oídos de los abogados, mientras se enciende un cigarrillo y le pasa la pitillera a Luca sin quitarle el ojo de encima. Siempre le ha desconcertado: un tipo elegante y atractivo, en la treintena, alejado del arquetipo de genio informático.

—Estoy bien, Ana. —Luca se arregla el cuello de la camisa blanca y se estira de nuevo la chaqueta antes de tomar la pitillera. Se fija en que están grabadas en ella las iniciales de su propietaria.

—Con todos los respetos… —ella exhala el humo mirando hacia la calle—, es imposible que estés bien. Tan solo hace dos meses.

Luca saca un cigarrillo y coge el encendedor que Ana ha dejado sobre la barandilla. Los árboles de la Alameda parecen amortiguar el sonido del tráfico, que es intenso a esa hora cercana al mediodía. Varios vehículos comienzan a hacer sonar el claxon, volcando su impaciencia en un conductor que no ha arrancado una vez que el semáforo se ha puesto en verde.

—¿Estás insinuando que el suicidio de mi madre me afecta en este asunto? —Luca, lanzando el humo, habla con la familiaridad que ha alcanzado en los últimos meses con aquella ejecutiva.

—Eres joven, has sufrido un duro golpe. —Ella aplasta la brasa del cigarrillo en la barandilla de la terraza—. Sería comprensible.

—No me conoces.

—Entonces… —toma aire—, ¿por qué cojones me sales con este tema precisamente hoy? —Y esta vez, Ana, con ira, clava en él esa mirada de hielo que Luca ha visto en otras ocasiones.

Él, sin alarmarse por el ataque, lanza su cigarrillo al suelo y lo pisa con la suela del zapato. Mete la mano en el bolsillo interior de la americana, saca el móvil y, tras teclear durante unos segundos, le muestra a Ana la pantalla.

* * *

—Rectifica el contrato —ordena ella a su abogado cuando ambos vuelven a entrar a la sala—. Diez millones de euros.

—Joder, Ana… —Aurelio lanza su bolígrafo contra la mesa y se pasa las dos manos por el cabello—. ¿Estás segura?

—¡¿No me has oído?!

* * *

—Luca, ¿me puedes decir qué coño ha pasado ahí arriba? —Ya en la calle, Natalia, con la chaqueta del traje en el brazo y sujetando su maletín con la otra mano, contiene el volumen de su voz para que las personas con las que se cruzan no puedan escucharla.

Mientras pasan frente al Palau de la Música, ella todavía tiene en la cabeza lo que acaba de vivir. Y Luca, por el lenguaje no verbal de la joven abogada, sabe que está cargada de ira por haberle ocultado información. Por mucho que contenga la voz.

—Has estado muy bien, Natalia. Gracias… —Con las manos en los bolsillos, y dejando que la brisa de abril juegue con el cuello de su camisa y el faldón de su americana gris claro, Luca le sonríe evitando su pregunta—. Por favor, súmale un quince por cien a tu factura.

—¡Teníamos un plan, estaba todo bien claro! —Deja de contenerse y pasa por alto ese dinero extra que acaba de ganar—. Y me has ocultado esa última jugada.

Luca saca las manos de los bolsillos y, sin mirarla, hace un gesto con ellas, a mitad de camino entre disculparse y restar importancia a lo ocurrido.

—Y tú has tenido la ocurrencia de que mi nombre apareciese en los créditos de la aplicación. —Esta vez sí la mira—. Exceso de iniciativa; y tampoco formaba parte del plan.

—Pensaba en ti. En tu futuro.

—Natalia —Luca le interrumpe—, no necesito que pienses en mí.

—No me lo puedo creer… —Ella niega con la cabeza, con la mirada perdida, deja el maletín en el suelo y se echa la media melena hacia un lado—. Soy tu abogada. —Y acompaña su frase de un bufido de rabia.

—Eras. —Luca sabe que esa última palabra ha sido hiriente; pero la considera necesaria para dejar claro que hasta ahí llega su vínculo—. Y has hecho un gran trabajo.

Él se detiene en el bordillo de la acera y la observa durante unos segundos mientras se echa el pelo hacia atrás con una mano, hasta que dirige su vista al tráfico.

—Con que era tu abogada… Hay que joderse. —A Natalia le ha llegado la puñalada y descarga su frustración a la espalda del traje gris—. Trabajar contigo no ha sido lo que esperaba. Eres demasiado complejo.

—Los negocios son complejos. —Luca levanta el brazo al taxi que ve aproximarse—. Ha sido un placer.

Ella se pone la chaqueta con rabia contenida, por la necesidad de hacer algo para detener la frustración, y él asiente a modo de despedida mientras se sube al coche que se ha parado a su altura.

—Hay que ser imbécil… —susurra Natalia a la nada, subiéndose sus gafas cuadradas de pasta negra al puente de la nariz, sin saber si esas palabras se las dedica a Luca o a ella misma.

Se queda de pie, viendo como el taxi se aleja con ese tipo, delgado, frío y distante, que la ha ninguneado al ocultarle un aspecto clave en la negociación. Pero sabiendo que le ha permitido asistir al órdago más agresivo que ha visto en su todavía corta carrera. En los códigos por los que ella se rige, aunque en esa ocasión le fastidie, le ha parecido algo incluso cercano a lo excitante. Ese tipo delgado, frío y distante se marcha tan normal, con diez millones de euros en el bolsillo. Y, transitando por el enfado en el que está instalada, con ella misma y, sobre todo, con él, cae en la cuenta de que cualquier trabajo que encuentre a partir de ahora va a ser muchísimo más aburrido.

Luca se recuesta en el asiento tras dar la dirección al conductor y se gira para echar un último vistazo a Natalia. Tan joven, tan decidida, con personalidad y muy profesional. Sus horribles gafas le sacan una leve sonrisa mientras la observa alejarse con el rápido caminar que marca la ira. Un pensamiento se abre paso en su cabeza, pero Luca lo descarta de inmediato porque él sigue la máxima de no comenzar nada que tarde o temprano vaya a doler.

Para el resto del mundo, firmar este contrato habría significado una victoria, quizás un punto final, pero para él solo es la pieza necesaria con la que puede comenzar su reto. El camino que ha elegido.

En los altavoces del taxi suena Time of the Season, de The Zombies.

«Empieza el juego», se dice a sí mismo.

* * *

Ana Cobo y su abogado permanecen sentados en silencio en el salón Alameda del hotel Valencia Palace, aunque hace ya unos minutos que Luca y Natalia han salido con el contrato firmado. Ese chico ha abandonado la sala pesando diez millones de euros más.

—Como vuelvas a discutir una orden mía —esa vez no se molesta en salir a la terraza para encenderse un cigarrillo—, te vas a la puta calle.

—Ana… —el abogado respira para alejar de su mente la imagen de ese abismo—, lo que ha ocurrido aquí no ha sido normal.

—Tenía otra oferta.

—¿Cómo?

—Luca Santamarta tenía otra oferta.

—¿De quién?

—Media Corp. —Expulsa el humo, que flota durante unos instantes en la sala—. Doce millones. Aún tenemos que darle las gracias por habernos perdonado dos.

2. Lahore (Pakistán), seis meses después

Sancho Urriaga le ha cogido gusto al qehwa, el té verde local. Seguro que en el centro, en la zona del mercado, hay lugares donde es más auténtico, pero él prefiere tomarlo en la cafetería del Luxus Grand Hotel, donde está alojado. Por su experiencia militar sabe que en ciudades como Lahore, la segunda más poblada de Pakistán, hay que tener ojo con los lugares donde un extranjero se mete. Y vale que por su trabajo tenga que correr riesgos, pero no va a correrlos por un maldito té verde.

Hombres de negocios de varias nacionalidades toman el desayuno del interminable bufé americano del hotel, donde triunfan los huevos Benedict y las tortitas con todo tipo de siropes. La gran cristalera da a la exótica piscina interior, donde una treintañera hace un largo tras otro sin que sus dos guardaespaldas la pierdan de vista. Urriaga, que desentona en la cafetería del hotel con su pantalón militar multibolsillo, la camiseta verde y el chaleco negro, se vuelve a servir qehwa para concentrarse de nuevo en la lectura de El gran Gatsby. La costumbre de comenzar la jornada leyendo la adquirió en Kosovo por recomendación de su capitán: «No sabemos qué horrores nos depara el día; así que es mejor empezarlo en otro mundo». Ha de reconocer que no le está entusiasmando la novela; relata problemas de ricos, de los que él anda sobrado por culpa de sus clientes, a quienes odia, pero le pagan bien. Muy bien. Y él no deja nada a medias, ni siquiera una novela.

Tras el último sorbo, cierra el libro y lo guarda en la mochila, aprovechando para revisar de manera discreta que lleva todo lo que puede necesitar: teléfono, dinero en efectivo —rupias pakistaníes y dólares—, cuaderno con bolígrafo, tabaco y la SIG Sauer M17 cargada. Cuando sus botas de combate atraviesan el suelo de mármol de la cafetería, que dibuja intrincados arabescos, Urriaga siente las miradas sobre él, sabiendo que es una intimidante nota fuera de contexto. Un tipo musculado de cincuenta y cinco años con aspecto de mercenario, uno noventa, pelo a cepillo y cicatriz en la mejilla izquierda no es el huésped habitual del Luxus; pero, cuando la estancia es indefinida, una buena cama y servicio de lavandería son algo vital.

Toma una manzana de la bandeja de fruta y, mutilándola con el primer mordisco, cruza la recepción para salir a la calle a través de la gran puerta giratoria custodiada por los dos botones de uniforme granate al más puro estilo occidental. El todoterreno gris ya le espera, y Urriaga siente una silenciosa satisfacción al ver que sus órdenes se cumplen. Lanza a una papelera el corazón de la manzana, y los pocos metros que ha de recorrer hasta el vehículo son suficientes para que su olfato perciba el olor característico de la ciudad: una mezcla de especias, polución, sudor y gasolina.

Sube al asiento del acompañante y, mientras se pone las gafas de sol, hace un pequeño gesto de asentimiento, a modo de saludo, a Hamid, su conductor. Y con la mano le indica que puede arrancar.

Al girar la esquina de la calle, el todoterreno entra en el caótico tráfico de Lahore, que tanto desespera a Urriaga. Las motocicletas cargadas hasta los topes esquivan motocarros y taxis, la gente que va en bicicleta se juegan la vida a cada metro, y los puestos ambulantes invaden los bordes de la calzada creando cuellos de botella que ralentizan la marcha. El sonido de los cláxones es infernal, el humo de los tubos de escape lo tizna todo y resulta un milagro que no haya, por lo menos, quince muertes diarias por atropello.

Hamid conduce con destreza por su ciudad. Una de las habilidades que ha sabido desarrollar Sancho Urriaga con los años es encontrar al guía local adecuado y alquilar el vehículo necesario. Callado, el joven intimida al resto de conductores con el parachoques del todoterreno, haciéndose hueco para avanzar. En la radio suena Jolene, de Dolly Parton, y Urriaga sube un poco el volumen. Le gusta esa canción. Y esa mujer.

La vida militar de Sancho Urriaga terminó en Afganistán. Demasiadas misiones, demasiados mandos por encima de él, demasiados riesgos y poco dinero por jugarse la vida todos los días. La gota que colmó su vaso fue el accidente del Yak-42, en 2003, en el que fallecieron sesenta y dos militares españoles. El Ministerio de Defensa ahorraba hasta en esas cosas, y él estaba dispuesto a poner su vida en manos de sus compañeros, pero no en las de tipos con corbata. Así que, con treinta y seis años y el rango de teniente, decidió poner fin a su carrera militar e iniciar otra mucho más lucrativa: viajar por todo el mundo trabajando para marchantes de arte clásico y coleccionistas privados. El del arte es un mundo elegante y sofisticado, poblado por millonarios que, sin reconocerlo en público, necesitan de personas que realicen el trabajo más oscuro. Pero para eso no vale cualquiera, y Urriaga posee el talento de llevar la oscuridad, de manera muy discreta, al brillo que desprende el coleccionismo de arte. Ejercer de guardaespaldas en subastas, de transportista de obras de gran valor, buscar información sobre una determinada pieza u organizar dispositivos de seguridad son sus principales tareas. Pero en los diecinueve años que lleva trabajando por libre ha organizado robos en palacetes y viviendas particulares, y no le importa dejar algún cadáver por el camino. Por eso sus servicios son tan demandados.

Y, aunque ya está cansado de esa vida, espera con paciencia a que llegue la operación que le reporte suficientes beneficios como para retirarse. Sabe que eso no es fácil: hay que generar confianza, no dar problemas y asegurar resultados. En otras cosas quizá no, pero en eso Urriaga es el mejor.

En veinte minutos han tomado la carretera a Sheikhupura, en dirección noroeste. El antiguo militar mira su reloj y saca su cuaderno de la mochila; ocho de la mañana, apunta. Lleva un registro de días y horarios del trabajo que le ha llevado hasta ese rincón del planeta. Día número trece, subraya.

El doctor Roger Livermore, con apariencia de jubilado inglés retirado en la Costa del Sol, es una eminencia de la arqueología. Especialista en cultura clásica, sus excavaciones han sacado a la luz tesoros que se exhiben en los museos más importantes del mundo, y, en los últimos tiempos, en los salones y despachos de personas que aparecen en la Lista Forbes. Con su propio programa de televisión, los descubrimientos de Livermore son legendarios; Egipto, Mesopotamia o México dan fe de ello. Y cuando inicia una excavación, el mundo del arte clásico mira hacia el punto del globo en el que ese viejo decide ordenar que se empiece a picar. Es la razón de que Urriaga se encuentre en Pakistán: Roger Livermore está buscando algo allí, y un cliente del antiguo militar quiere saber qué encuentra el mediático arqueólogo. Si ese viejo zorro está haciendo agujeros en ese olvidado rincón del planeta, es porque ha olido presa.

Hamid toma el desvío a Mananwala, y la carretera cambia de asfalto a tierra. El todoterreno rebota por los baches, y Urriaga sube la ventanilla para que no entre polvo. Vuelve a mirar la hora y asiente para sí, satisfecho de que el horario que lleva en la cabeza se esté cumpliendo. El coche se detiene junto a una aldea de casas de adobe donde grupos de hombres fuman sentados en el suelo y los niños corren entre gallinas y cabras. El exmilitar y su conductor bajan, saludan a los lugareños y dejan unas rupias al patriarca del clan a modo de señal de respeto antes de comenzar a andar por un camino entre los árboles. El objetivo es no llamar demasiado la atención, no ser recordables; por eso Urriaga prefiere no llevar el coche hasta las inmediaciones de la excavación de Livermore. El calor comienza a apretar, el polvo es abundante y Urriaga se cubre boca y nariz con el pañuelo que lleva al cuello.

Dos kilómetros después, el espectáculo que lleva doce días observando aparece ante ellos de nuevo. Los curiosos —ochenta o noventa, aunque la cifra varía según el día y la hora— se amontonan bajo la escasa sombra de un grupo de árboles, mientras hablan a gritos a la espera de novedades. Que esos trabajos se desarrollen en el lugar donde viven es un aliciente a su desocupada rutina. Música popular pakistaní atruena en un altavoz, lo que da un alegre tono festivo a la mañana. Un grupo de mujeres tiene al fuego varias ollas y pucheros que inundan el ambiente de un aroma a curri, carne asada y repollo. Y, a unos cincuenta metros, en una explanada en mitad de la nada, se encuentran las tiendas que Livermore ha ordenado montar como laboratorio, comedor, almacén y dormitorios. Ochenta metros al este, la excavación: rodeada de una tupida tela verde de dos metros de altura para que no se pueda ver nada, ocupa unos dos mil metros cuadrados de superficie y el trasiego de personas que entran y salen del área vetada a la vista es intenso.

Hamid saca de su mochila unos prismáticos y se los entrega a Urriaga. Ambos hombres, camuflados entre los curiosos, son invisibles a los ojos de quienes están trabajando en la excavación. Pero, si ellos son invisibles, otros portadores de oscuridad al mundo del arte también pretenden serlo. Urriaga enfoca y recorre el área tratando de identificar si otros colegas del gremio se encuentran allí. Tras echar un vistazo sin advertir nada extraño, sus ojos miran en dirección a la excavación: trabajadores salen de la zona con carretillas llenas de la tierra extraída y la van depositando en un alejado montón que ha ido creciendo día a día, otros introducen herramientas y equipamiento, varios hombres armados —mercenarios, a todas luces— rodean el perímetro verde y, en la zona de las tiendas, un grupo de mujeres locales está preparando mesas para dar de comer, cuando sea la hora para ello, a toda la gente que participa en los trabajos arqueológicos.

A esperar de nuevo. Si en el hotel se sabe el blanco de todas las miradas, allí sabe que no lo es; los años le han enseñado que cada situación requiere una manera de actuar. Sin mirarle, Urriaga le pasa los prismáticos a Hamid y se sienta a la sombra de un pequeño muro; de la mochila saca El gran Gatsby y el paquete de cigarrillos. Le ofrece uno a Hamid, que lo toma, y se abandona a la lectura dejando que sea su conductor quien vigile los movimientos en la excavación.

Casi a la hora de comer se da cuenta de que va a necesitar un nuevo libro para el día siguiente —no le apena que este se acabe—, y recuerda que tiene Moby Dick en la habitación del hotel, del que desea que le dé más alegrías que Scott Fitzgerald. Hamid le entrega una de las dos raciones de carne con curri que ha comprado a las mujeres que cocinaban. La excavación también se ha detenido, y más de cincuenta personas han salido del recinto para acudir a la tienda comedor. Durante unos instantes, Urriaga ha podido ver a Livermore conversando con un asistente.

El público congregado también ha comido y el sopor ha tornado el ambiente festivo en un cómodo silencio. El antiguo militar español se tumba a la sombra y cierra los ojos. Y los abre cuando siente la mano de Hamid zarandeando su hombro. Comprueba el reloj; se ha dormido casi veinticinco minutos y, en su cabeza, se enfada consigo mismo porque eso es síntoma de estar haciéndose viejo. Algo pasa en la excavación. Varios operarios están desplegando un rollo de la misma tela verde que cubre el perímetro, pero esta vez para impedir la visión del camino que va desde la excavación hasta la tienda que hace de laboratorio. Los lugareños congregados en torno al espectáculo comienzan a jalear y ulular —casi cien personas pueden armar mucho ruido—, y eso hace que los mercenarios armados se concentren a lo largo del tramo entre la excavación y las tiendas.

—Ha encontrado algo —dice Urriaga poniéndose en pie y tomando los prismáticos de las manos de Hamid.

Se desplaza unos metros sin despegar sus ojos de las lentes para ver si encuentra una mejor perspectiva, y eso le hace meterse de lleno en el gran grupo de curiosos que parece que celebren lo que sea que se haya encontrado allí como si fuera una victoria propia. Ve cómo los hombres armados toman posiciones y levantan los fusiles a la altura del pecho, prevenidos por lo que pueda ocurrir. Detecta a dos o tres tipos que puede que estén allí por el mismo motivo que él; quizá no sea nada, pero prefiere camuflarse entre la multitud para no llamar la atención.

Y en el hueco que deja la tela verde que rodea la excavación con la nueva que los operarios acaban de desplegar, lo ve. Solo son un par de segundos, pero distingue cómo cuatro hombres transportan a hombros una caja de madera de recogida de muestras del tamaño de un pequeño ataúd, y el propio Livermore, acompañado de su equipo, les sigue a pocos pasos haciendo indicaciones hacia las tiendas.

Urriaga no puede ver más, la tela se lo impide. Pero desplaza la vista hacia las tiendas y ajusta el enfoque de los prismáticos. Lo que ve confirma todo: varias personas del equipo de Livermore se abrazan y celebran, y el propio doctor, cuando llega, se une a ellos pidiendo calma, tratando de contener la alegría. El viejo arqueólogo sabe que tiene lo que venía a buscar y actúa con flema británica. Se quita el sombrero, se echa hacia atrás el abundante cabello y se lo vuelve a poner.

El español le entrega los prismáticos a Hamid y saca el teléfono móvil.

—Dime, Urriaga —contesta la voz. Masculina, acelerada, rota, como si llevara alfileres clavados en la garganta.

—Livermore ha dado con algo.

—¿Sabemos qué es?

—El recinto está muy protegido. Pero si me da un par de días…

—No —le corta la voz—. Vuélvete a España.

—Podría averiguar algo.

—No es momento para tus métodos, Urriaga. —La contestación es más enérgica, acompañada de una tos que emerge de ultratumba—. Se puede ir todo al traste y perderíamos para siempre lo que Livermore haya encontrado. Tiempo habrá.

—Puedo colarme esta noche, atrapar a uno de los trabajadores y hacerle cantar.

—Tendrías que matarlo.

—Un desgraciado accidente.

—Te he dicho que no. —Y, esa vez, la voz es tajante.

—Como usted diga, señor. —Y cuelga sabiendo que allí ya está todo el pescado vendido.

Le hace un gesto con la cabeza a Hamid y comienzan a desandar el camino. La rabia le hace avanzar más rápido de lo necesario hacia el coche; la gente con dinero hay veces que no le echa a las cosas los huevos necesarios. Y a él, ha de reconocer, no hay nada que le ponga más que tener una ocasión para ejercitar sus destrezas de mercenario.

Pero ese cliente en concreto le intimida. Sabe que es algo extraño; con su experiencia militar no tiene sentido amilanarse ante un tipo que no se mueve de la mesa de su despacho, pero hay algo en él que le hace sentirse inferior, cohibido. La voz, la forma en la que le habla, el tono en el que da las órdenes. Sin contar con que, si alguno de sus clientes le puede hacer rico, es este en concreto.

—Quince días en el culo del mundo para nada. —Y lo que pretendía ser una ira contenida entre dientes suena más alto de lo que habría deseado.

Las emociones.

Trabajar con alguien cercano es complejo. Además de la tuya, ya son más vidas las que estarán en peligro.

Según el lado en el que te encuentres, las emociones te llevarán a la culpa si algo sale mal. O pueden llevarte a la traición si quedan cuentas pendientes.

Evita estar cerca de esa bomba que puede explotar en cualquier momento.

Si quieres a alguien, nunca trabajes a su lado. Si odias a alguien, tampoco.

Puedes llegar a perder el control, puedes sentirte dominado por esas emociones.

Y las emociones son algo de lo que debes alejarte.

3. Valencia, octubre de 2022

Aunque apenas queda luz del día, Luca Santamarta lleva gafas de sol. Octubre es un mes de temperatura suave en Valencia, y con el traje azul oscuro y la camisa blanca con dos botones desabrochados se siente más que cómodo. Pese a ser martes, el barrio de Ruzafa bulle a última hora de la tarde, con las terrazas llenas de gente en mesas donde se amontonan los botellines de cerveza. La venta de su empresa tecnológica, seis meses atrás, apareció en varios medios —Integrative Systems quería presumir de músculo financiero—, pero a Luca le gustaría pasar desapercibido. Aunque los ecos de aquella operación ya se van apagando, a menudo se encuentra con gente —o esa gente le encuentra— que desea arrimarse a la sombra que dan diez millones de euros. De ahí la falsa creencia y la cierta dosis de ingenua seguridad que le proporciona esconderse tras unas gafas de sol, que se quita en cuanto abre la puerta del Julius, una coctelería de estilo clásico que, aunque desentona un poco en el barrio, aporta un sabor diferente al resto de locales que se han adueñado de esas calles.

Suena, apagada, la epopeya espacial que Bowie dedicó al Mayor Tom, y las tablas de madera del suelo crujen bajo los pasos de Luca, que se dirige a la barra. Las mesas están ocupadas por gente que ha terminado su jornada laboral y por parejas de cuarenta y tantos que tienen pinta de haberse conocido en Tinder.

Ya en la barra, toma asiento en uno de los taburetes giratorios que hay anclados al suelo, y la camarera —no le echa más de veinticinco— le mira a los ojos verdes y se dirige a él con una sonrisa que a Luca le parece más amable de lo que debería ser habitual en alguien que atiende al público en un lugar así.

—Negroni, por favor.

—¿Vermú rojo o blanco?

—Rojo, por supuesto. —Y ahora es él quien sonríe, pero sin subtexto de seducción, al caer en la cuenta de que la chica tiene poca idea de preparar un Negroni.

Se desabrocha el botón de la americana y gira sobre su asiento, apoyando la espalda en la barra, para poder tener una perspectiva de todo el local. Y encuentra lo que ha venido a buscar. O, más bien, a quien ha venido a buscar.

La camarera le deja la copa al lado, y Luca la toma para dar el primer sorbo mientras continúa observando. El local hace un recodo al fondo, y allí se encuentra la mesa más discreta. En la parte de la pared, dominada por un espejo que proporciona sensación de profundidad, el asiento corrido es de piel sintética gastada por el tiempo.

En él está sentado un tipo joven, con una melena abundante por la que no deja de pasar sus dedos para echarla hacia atrás. Viste un traje gris con camisa roja, cuyo cuello se ha colocado por encima del de la americana. Y, al igual que Luca, con dos botones desabrochados por los que asoma un leve vello corporal y una cadena de oro que está a un par de milímetros de grosor de resultar indecente. Compone todo ello un conjunto que en otra persona luciría hortera, pero que ese tipo sabe llevar con estilo. Junto a él, una chica —demasiado joven— que masca chicle de forma llamativa, con el pelo recogido en una tirante coleta, raya de ojos exageradamente larga y un top que deja poco a la imaginación.

Frente a ellos, dando la espalda a Luca, un hombre al que le clarea la coronilla, cuya grasa abdominal le dibuja curvas en la camisa, con rodales de sudor en las axilas, y que no deja de gesticular mientras habla.

Luca vuelve a girarse hacia la barra, donde la camarera le sonríe de nuevo, y él, haciendo caso omiso, sigue la escena del fondo del local a través del espejo que hay sobre las botellas de licor que abarrotan las vitrinas.

Pide otro Negroni justo en el momento en que el tipo que le daba la espalda se levanta, da la mano al joven de la cadena de oro y se marcha del local. Con el vaso en la mano, Luca se dirige a esa discreta mesa del fondo mientras la melodía de Steve Miller Band que suena en el local le recalca que ha llegado el momento de ponerse en acción.

Wake up, wake up.

Wake up and look around you.

We’re lost in space and the time is our own.

—¿Va a llamarte Scorsese para la segunda parte de Uno de los nuestros? —Es su saludo al llegar.

—Vaya… —el joven de la mesa suelta el aire en un ligero resoplido que tiene ecos de desagrado—, el chico prodigio. ¿Te gusta? —Se señala el traje haciendo un gesto con la mano derecha.

—Digamos que no es mi estilo.

—Tu estilo es elegante pero aburrido. —Señala la silla a Luca—. Siéntate si quieres; deseo que veas que soy capaz de ser amable contigo.

Pero este clava durante tres segundos los ojos en la chica del eyeliner kilométrico y vuelve a mirar al joven.

—Nena, déjanos solos.

La joven, sin dejar de mascar chicle de forma ruidosa, mira a ambos hombres de arriba abajo con cara de asco, suelta un bufido como si no le importaran y se marcha. Los dos la siguen con la mirada hasta que abandona el Julius, y es entonces cuando Luca se sienta.

—¿Es mayor de edad? —pregunta, señalando con la cabeza hacia la puerta.

—Eso dice.

—Joder, Enzo… —Luca niega con la cabeza—. Algún día te meterás en un lío.

—Es posible. —Y, sin dar mayor importancia al comentario, levanta una mano a la camarera.

—¿Quién era el tío que estaba contigo?

—¿Seguro que quieres saberlo?

—Lo que me gustaría saber es cómo te ganas la vida.

—Ese tipo ha hecho un desfalco en su empresa. —Enzo cesa de hablar porque la camarera deja un posavasos sobre la mesa, un vaso cuadrado con hielo, y vierte una generosa cantidad de ginebra Bulldog—. Parece ser que una contable ha encontrado pruebas y le va a complicar un poquito la vida. —Hace un gesto, burlón, acercando mucho las yemas del pulgar y el índice cuando vuelven a estar a solas.

—Y tú le vas a salvar el pellejo —interpreta Luca.

—Por un módico precio —asiente—. Borrado de discos duros, de copias de seguridad y una visita nocturna a su oficina para hacer desaparecer unos papeles. El paquete básico.

—¿El trabajo lo ejecutas tú?

—Por favor… —Enzo desecha la idea con la mano—. Yo solo soy, ¿cómo decirlo?…, un catalizador. Conozco a un tío que conoce a un tío que conoce a otro tío, ya sabes.

—Lo único que sé es que tú eres el nexo de todo. —Luca frunce el ceño y sus cejas se contraen durante un instante, haciendo ver que no le gusta lo que escucha—. Demasiado riesgo.

—No sabes cuánto agradezco que te preocupes por mí. —La ironía es evidente.

—¿Y la niña esta? —Luca se refiere a la chica que estaba sentada a la mesa hasta hace unos segundos.

—Una chica guapa abre muchas puertas.

—Y a ti las piernas, ¿no?

Enzo calla y sonríe.

—Me he enterado de más cosas tuyas por los periódicos que por ti —retoma el joven que parece sacado de una película de los setenta—. No te veo desde el entierro de mamá; ocho meses. ¿Se puede saber qué quieres?

—Lo de mamá me pilló en mitad de aquella venta. —El tono de Luca es casi de disculpa con su hermano pequeño—. Y llevo seis meses en algo que me ha tenido ocupado.

—No me has contestado. —Enzo se inclina sobre la mesa para hablarle más de cerca a su hermano—. ¿Se puede saber qué quieres? —La cadencia de sus sílabas es lenta, para que su mensaje cale lo más hondo posible.

Luca agita el vaso, haciendo tintinear los hielos, y da un trago a su Negroni.

—Vengo a ofrecerte un trabajo.

Y eso sí hace reír a Enzo. Con una carcajada que tiene que apagar porque ha llamado la atención de las personas de las mesas más cercanas.

—¿Crees que me hace falta tu trabajo? —Vuelve a señalarse el traje y la cadena de oro, abre los brazos como si el lugar fuera suyo y sonríe con cierta suficiencia.

Ahora es Luca quien se peina con la mano el cabello, no tan largo como el de su hermano. Cruza una pierna sobre la otra y apoya el mentón sobre su mano derecha, sopesando las siguientes palabras que van a salir de su boca.

—Te necesito para un trabajo.

—Eso ya es otra cosa. —Enzo ha vencido la implícita batalla—. Mi hermano me necesita… ¿Se puede ganar dinero?

—Sí.

—¿Es legal?

—No —confirma Luca mientras acompaña esa palabra con una negación de su cabeza.

—Ya tenemos dos cosas extrañas —Enzo levanta el pulgar, para enumerar—: que vengas a buscarme, y —ahora levanta el índice— que el perfecto Luca diga que va a hacer algo que no es legal. Esto huele a muerto que tira para atrás, hermano.

Los hermanos Santamarta se miran en silencio; ambos tienen claro que ahora manda Enzo, y Luca sabe que el pequeño está disfrutando de ese momento. Decide dejarle esos segundos de gloria.

—Dispara —dice al fin mientras le da un trago a su ginebra.

Luca se toma unos segundos. Lo que está a punto de decirle a su hermano puede cambiarle la vida. El Infierno más lúgubre o el Cielo más luminoso, no hay término medio. Y jamás habría querido meter a su hermano en esto, pero hay dos factores que le han hecho decidirse por esa opción: que, pese a todo lo ocurrido entre ellos, no hay persona en la que confíe más en el mundo, y que es el mejor en lo suyo. Así que, como le ha dicho hace unos segundos, le necesita.

—Voy a hacer un Van Meegeren.

—¿Cómo? —Enzo ha escuchado a la perfección, solo que no se cree las palabras que han salido por la boca de su hermano.

—Lo que has oído.

—Vale… —El hermano pequeño alarga la «a», buscando armarse de paciencia—. Vas a colocar a algún incauto un cuadro inédito de un famoso pintor; un falso original. —No pregunta, afirma.

—Un cuadro no. —Luca da un trago a su Negroni haciendo una pausa dramática—. Un busto de bronce; griego, para ser más exactos. Siglo iv antes de Cristo.

—A ver si estoy entendiendo bien. —El índice de Enzo golpea dos veces en su sien derecha, como si lo que le está contando su hermano no se hubiera podido abrir paso hasta su cerebro—. ¿Quieres fabricar una pieza de bronce que pase por las manos de expertos en arte griego, por pruebas de tomografía, rayos X y análisis de aleaciones por uno de los pocos institutos tecnológicos mundiales homologados en esa materia —el gesto de su mano indica la acumulación de dificultades—, para que confirmen que data de antes de Cristo y que te paguen por ella?

—Eso mismo. —Luca comprueba que Enzo está al día y ha pillado la idea a la primera.

—Muy sencillo todo… —continúa con el tono irónico—. Y así por encima, ¿cuánto pretendes conseguir?

—Veinticinco millones de euros.

Enzo se recuesta en el sillón corrido de piel sintética gastada de esa mesa situada en el recodo que hace el local, sabiéndose fuera del alcance de la vista del resto de clientes. Se pasa una mano por la frente y la arrastra a lo largo del rostro mientras respira de forma profunda. Solo está ganando un poco de tiempo mientras suena Hurricane, de Dylan.

—Luca… —con la cabeza apoyada en el mullido respaldo, observa a su hermano—, debes de estar muy desesperado si recurres a mí.

—¿Entras o no?

—Vienes y me das la excusa perfecta para pasar cuentas contigo… —Enzo sigue mandando en el campo de batalla—. ¿Te has planteado que podría traicionarte?

—Te he preguntado si entras o no. —Luca habla más despacio y un tono más bajo que la vez anterior, sin perder la compostura en ningún momento ante la posibilidad que plantea su hermano.

—No puedo entrar si no me cuentas por qué quieres hacer esto.

Luca saca el tabaco del bolsillo interior de la americana azul oscuro, y hace el acto reflejo de tomar un cigarrillo hasta que cae en la cuenta de que allí no puede fumar. Lo deja sobre la mesa y resopla.

—Por papá. —Ahora es él quien se recuesta en su silla—. Era su sueño.

Enzo necesita unos segundos para procesar lo que su hermano acaba de decir. Le cuesta creerle.

—No me lo trago, Luca.

—Cree lo que quieras.

—Hacer un Van Meegeren por papá… —Enzo respira hondo de forma sonora—. ¿Te refieres a ese papá al que su sueño le hizo dar con sus huesos en la cárcel? ¿Ese al que no fuiste a ver ni un solo día de los nueve meses que pasó allí? Porque no me está quedando claro.

—Me pesa en el alma, Enzo —reconoce el hermano mayor—. Necesito sentirme en paz con él. Y conmigo.

—¡Pues ve a ponerle flores a su tumba! Y, ya puestos, a la de mamá. Pero deja de decir estupideces.

—Voy a hacerlo. Contigo o sin ti.

—Luca, por favor… —el enfado da paso a un tono de incredulidad—, no estás preparado para algo así. Coge tu dinero y vive tranquilo el resto de tu vida.

—Eso es lo que quiero, vivir tranquilo —la sonrisa es de calma—, pero no voy a poder hacerlo hasta que me quite este peso de encima.

Enzo conoce a su hermano; no es un farol. Si a Luca se le ha metido esa idea entre ceja y ceja, no va a parar hasta conseguirla. O hasta que le detengan. Y el hermano pequeño, acostumbrado a transitar por la ilegalidad, a sobrevivir en esa oscuridad, no desea ver a otro Santamarta entre rejas. Pese a todo lo que le reprocha a su hermano. Con uno que entró en prisión y salió de ella nueve meses después y en una caja de madera, ya es suficiente.

—¿Cuánto dinero estás dispuesto a invertir en esta locura?

—Tengo siete millones de euros. —Luca abre los brazos; va con todo—. Los diez que cobré por la venta menos gastos e impuestos.

—Ya veo…

—Más otros siete que he pedido prestados. —Luca mira a su hermano a los ojos sin pestañear.

—¿Catorce millones de euros? —No, no es un farol—. ¿Pero tú estás loco?

—Es la cantidad que necesito para poner en marcha el plan. —El hermano mayor mantiene una calma que al pequeño le parece irreal.

—Y esos otros siete te los habrán prestado las Hermanitas de la Caridad, ¿verdad? —Enzo se pasa la mano por el cabello y se recuesta de nuevo—. Esos préstamos incluyen piernas partidas y tiros en la cabeza como no cumplas.

—Asumo el riesgo.

Enzo se queda en silencio. Por su cabeza están pasando todas las implicaciones de lo que le está contando Luca. De la locura que le está desvelando. Puede no entrar, desentenderse y allá se las apañe su hermano, pero ahí está el problema: en que, al fin y al cabo, es su hermano.

Sí, hace ocho meses, desde el entierro de su madre, que no se han visto. Y en los años anteriores tampoco han tenido mucho contacto. La actitud de Luca cuando su padre entró en la cárcel y cuando murió le hizo distanciarse de él. El hermano pequeño no lo tuvo cuando más lo necesitaba, y ahora podría pagarle con la misma moneda. Sin embargo, Enzo tiene el convencimiento de que, sin él, Luca va a estar perdido.

—¿Cuánto voy a ganar yo? —Enzo decide entrar en un terreno más práctico.

—La mitad de lo que saquemos limpio al final.

—¿Lo mismo que tú?

—Eso es. —Luca estira las piernas y mete las manos en los bolsillos del pantalón para abordar con calma el cabo suelto que queda—. Claro que sé que podrías traicionarme, también lo asumo. Y estoy dispuesto a pagar el precio por ello: que tú y yo estemos al mismo nivel.

Nueva pausa; los engranajes en movimiento del cerebro de Enzo casi pueden oírse.

—Si no me fallan las cuentas, te quedaron siete millones limpios y has pedido otros siete, que tendrán unos intereses de mafia de Europa del este.

—Tal cual —confirma Luca—. Tengo que devolver diez.

—Diecisiete millones de euros, con lo que te quedarán ocho si colocas la pieza por esos veinticinco… —Nada le cuadra al pequeño—. ¿Y me vas a dar cuatro a mí?

—Así es. —Luca deja unos segundos para sembrar las dudas en Enzo—. Medio millón fijo a cada persona del equipo, incluido tú; en la primera reunión os lo entregaré.

—¿Y qué motivación va a tener ese equipo para continuar dentro?

—Un cinco por cien a cada uno del precio final: un millón doscientos cincuenta mil. El medio millón es un adelanto por mi cuenta y riesgo.

—¿No ves que esto no se sostiene, Luca? —Enzo entorna los ojos y niega con la cabeza—. No sabes dónde te estás metiendo.

—Eso me lo dejas a mí. —El tono de Luca indica que ese es su problema—. Ya te he dicho cuál es tu parte y que yo no lo hago por el dinero.

—Sí…, por papá —dice con rencor—. Sabía que eras gilipollas, pero no tanto.

Luca solo guarda silencio ante esas palabras, no hace el más mínimo amago de defenderse, y Enzo sabe que, sobre ese tema, no va a darle más explicaciones. Al menos por el momento.

—¿Y se puede saber a quién pretendes colocar ese busto de bronce?