La última mirada de Goya - Javier Alandes - E-Book

La última mirada de Goya E-Book

Javier Alandes

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Una trepidante novela histórica de aventuras que explora los últimos días de Goya y la misteriosa desaparición del cráneo del artista En 1888 el cónsul español en Burdeos, Joaquín Pereyra, se dispone a expatriar el cuerpo del insigne Francisco de Goya a España, fallecido en el exilio sesenta años antes. Pero un hallazgo inesperado da al traste con sus planes: al abrir la cripta descubrirán que al esqueleto del pintor le falta la cabeza. ¿Quién y por qué ha profanado la tumba? Pereyra contrata los servicios del detective más famoso de París para que dé con la calavera de Goya, lo que les llevará a indagar en la vida del artista en Burdeos y sus andanzas junto a otros exiliados españoles opositores a Fernando VII y, también, en su intimidad familiar en compañía de Leocadia Zorrilla, su último amor, y su hija Rosario. Pero en esa rutina familiar también se incluyen, por motivos diversos, dos jóvenes que ayudaron al pintor a cumplir sus últimos deseos: Juliet, una institutriz tan apasionada como independiente, y Diego "El Niño", un valiente guardaespaldas que protegió la vida del pintor de todos aquellos que deseaban acabar con él. Y es que Goya, aunque sordo y casi ciego, nunca dejó de ser ese genio brillante y carismático que atraía todo tipo de intereses encontrados, desde asesinos a sueldo a esposos despechados... Basada en el hecho real de la desaparición del cráneo de Goya de su tumba en Burdeos, Javier Alandes compone una novela vertiginosa, ágil y vibrante, que aúna realidad y ficción, acción y emoción, profundamente adictiva, que habla de la capacidad redentora del arte y el afán de salvaguardar todo lo que representa.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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JAVIERALANDES

La última miradade Goya

A todos los que seguimos pensando que no hay nada mejor que una buena historia

Prólogo

16 de octubre de 1888.Cementerio de La Chartreuse. Burdeos

Solo el crujido de las pisadas sobre el suelo de gravilla quiebra el silencio que reina en el cementerio. La pequeña comitiva ha sido puntual a su cita de las nueve de la mañana. La encabeza Joaquín Pereyra, cónsul español en Burdeos, que, al fin, ha conseguido los permisos tras diez años de burocracia, peticiones de audiencias y despachos cruzados entre el gobierno español y el francés. Incluso tuvo que ser necesaria la intervención del rey Alfonso XII pocos meses antes de su muerte, cuatro años atrás, para que esa misión en el cementerio de La Chartreuse se haga realidad esa fría mañana de octubre de 1888.

Pereyra camina a paso rápido. Tras él, José Cisneros, secretario del consulado, y a varios metros de distancia les siguen el director del cementerio, dos testigos llamados por este, un notario para levantar acta y los tres operarios que, cargados con escalera, palas y palancas, hacen lo que pueden para mantener su ritmo.

A esas horas de la mañana, y aunque el otoño está siendo suave en el sudoeste francés, la humedad del río Garona cala hasta los huesos. El relente todavía es visible en las losas de piedra que flanquean el camino. Losas con nombres y fechas que Pereyra ha visto infinidad de ocasiones. Diez años atrás despertaban su curiosidad, ahora ni siquiera vuelve la mirada hacia ellas.

Diez años.

Diez años son los que han pasado desde la muerte de su esposa. Un catarro, propio de esa maldita humedad, que se convirtió en pulmonía y se la llevó en apenas un mes. Pereyra, siempre orgulloso de su carrera diplomática, cayó en una profunda depresión que le llevó a renegar de aquella Burdeos de pronto hostil para él y desatender sus obligaciones como cónsul. Su único deseo era dejar correr los días en silencio, uno tras otro, frente a la tumba de su esposa. Esas jornadas bañadas en lágrimas junto a la losa con el nombre de la única mujer a la que había amado grabaron a fuego en su memoria todos los detalles del, para él, funesto cementerio de La Chartreuse.

Todos los días, invariablemente, abandonaba los asuntos oficiales que requería su cargo para acudir al cementerio, que recorría en largos paseos hasta que llegó a conocerlo como la palma de su mano. En esas caminatas reparaba, casi sin pretenderlo, en las muchas curiosidades, de todo tipo, que puede albergar un camposanto. Arquitectónicas, con esa amalgama de estilos de sus muchos panteones, erigidos al gusto de las familias que ordenaban construirlos; cronológicas, debido a la convivencia de tumbas con varios siglos de antigüedad; e incluso artísticas, pues muchas de las lápidas estaban profusamente adornadas con artesanales grabados en piedra.

Fue así como reparó en él.

La confluencia de dos calles del cementerio estaba rematada por un monolito circular de piedra blanca, de apenas un metro y medio de altura, que señalaba una cripta. En la piedra, tan solo dos palabras: «A Goya».

Joaquín Pereyra acababa de encontrar la tumba de uno de los mayores genios de la pintura universal.

Francisco de Goya había fallecido en Burdeos, en abril de 1828, y allí mismo fue enterrado sin que, desde España, ni su familia ni el gobierno reclamaran sus restos. Un vestigio de tiempos pasados, el protagonista de una época de la que ya se había pasado página; héroe para unos y traidor para otros. España se había olvidado de él.

Y supo que esa sería su misión, su último gran servicio, el colofón a su brillante carrera diplomática: convencer al Gobierno español de la necesidad de recuperar los restos y repatriar el cuerpo del pintor. La subida al trono de Alfonso XII y la Constitución de 1876 lograron que en España se respirara un ambiente liberal que hizo ver con buenos ojos la propuesta de Pereyra. Sí, Goya debía descansar en España; el cónsul había conseguido que se volviera a considerar al pintor como el patrimonio nacional que nunca dejó de ser.

Ahora, en esa fría mañana, diez años de trámites acababan allí, en ese dieciséis de octubre de 1888, sesenta años después de la muerte de Francisco de Goya. Esa misión le había mantenido con vida tras el fallecimiento de su esposa, le había permitido volver a encontrar algo que daba un sentido a su existencia. Ha llegado el momento de saborear su triunfo, de recoger el fruto de todo ese trabajo y volver a España con todos los honores.

El cónsul, acompañado de su secretario, llega al monolito que corona la cripta, allí donde el fotógrafo y su ayudante ya han montado la cámara. Los ha contratado personalmente para inmortalizar su momento de gloria. El carromato que utilizan para almacenar las planchas y realizar el revelado, tirado por un caballo viejo, se encuentra a una docena de metros, con todo el material preparado. Pereyra asiente con satisfacción mientras se estira la levita y se quita el sombrero de copa para secar con un pañuelo la fina capa de sudor que se ha formado en su frente. El resto de la comitiva les alcanza y el director del cementerio ordena a los operarios que procedan.

Con las palas limpian la tierra que se ha sedimentado con el paso de los años y las malas hierbas que dificultan el trabajo. Pereyra se acerca a observar, pero el director del cementerio le detiene y le pide que espere junto a su secretario y a los dos testigos a unos metros. Las palancas logran levantar la losa lo suficiente como para que los tres empleados puedan arrastrarla y dejar un hueco por el que introducen una escalera que se apoya en el suelo de la cripta. Uno de ellos comienza a bajar y su compañero le pasa un candil.

Los segundos se le hacen eternos a Pereyra, que juega con la tapa de su reloj de bolsillo, donde todavía conserva un pequeño retrato de su esposa.

—Mon dieu! —se oye, alterada y cavernosa, la voz del operario que está bajo tierra.

Pereyra mira a su secretario con cara de circunstancias. «Mal asunto.» Este hace un gesto con la mano, pidiéndole que mantenga la calma. El fotógrafo ha comenzado a trabajar y solo se oye el chasquido del magnesio con cada instantánea y el ligero chirrido del cambio de plancha.

La cabeza del operario asoma por la cripta y hace un gesto al director, que camina hacia donde están sus hombres. Pereyra le sigue, pero el director se gira y con una mirada lo dice todo. «Este negocio, de momento, sigue siendo mío». Pereyra aprieta los labios y respira hondo para tratar de contener la impaciencia.

El director llega hasta la cripta y se acuclilla para que el operario le hable al oído. Asiente varias veces y gira la cabeza para mirar a su hombre a los ojos. Este es quien asiente en ese momento y le entrega un objeto a su jefe. El director se incorpora, se mesa el bigote y camina hacia Pereyra llevando en su mano derecha lo que el operario le ha entregado: una gorra abombada de cuero marrón.

—Señores… —comienza a decir en un buen español con acento francés—, esto es bastante… inhabituel.

—¿Inusual? —se impacienta Pereyra—. Defina «inusual», Monsieur.

—En la cripta no hay solo un féretro con restos —el director pasa la vista por el corrillo que se ha formado en torno a él—. Hay dos. El segundo, sin identificación.

—¿Dos féretros? —pregunta el secretario del consulado.

—Por llamarlos de algún modo. Apenas son dos vulgares cajas de madera.

—¿Quién podría estar enterrado junto a don Francisco de Goya? —Pereyra no imaginaba ese giro.

—No lo sabemos. Habrá que mirar en los registros. —Con corporativismo profesional, el director trata de proteger a sus antecesores en el cargo—. Pero eso no es todo… Las cajas han sido profanadas. —Hace un silencio para que sus palabras sean digeridas por el resto del grupo—. Están abiertas, hay algunos huesos fuera de ellas. Y al cuerpo de Goya… —Baja la mirada, no sabe cómo decirlo.

—¿Qué le ocurre? —pregunta Pereyra con temor.

—Pues que, por el momento, no van a poder trasladarlo a España. Tengo que dar parte de que falta… —es en ese momento cuando el director del cementerio entrega al cónsul español la abombada gorra de cuero marrón— su cabeza.

Pereyra y el resto del grupo se asoman a la cripta y, boquiabiertos, contemplan la sádica profanación. El notario se afana en tomar notar para levantar acta. La cripta es un vertedero de huesos esparcidos por el suelo. Uno de los esqueletos, vestido con traje negro que es poco más que un harapo, pero que curiosamente mantiene su corbatín en bastante buen estado, conserva las extremidades inferiores en su caja, mientras que la parte superior del cuerpo se descuelga por fuera del féretro hasta tocar el suelo. Como un invitado a una siniestra boda de ultratumba que hubiera bebido más de la cuenta.

El otro inquilino de la cripta, en cambio, vestido solo con un hábito de ermitaño que ha resistido bastante bien el paso del tiempo, está tirado en el suelo, con el esqueleto intacto, pero sin la cabeza. Ambos están descalzos; comprueban que los zapatos del cadáver vestido con traje están dentro de su caja: ahí debieron de quedar cuando la carne que los sujetaba dejó de existir. Pero el cuerpo vestido con hábito y sin cabeza parece que fue enterrado con los pies desnudos, que asoman por los bajos de su curiosa vestimenta.

Todo ese horror se disipa en la mente de Pereyra cuando le golpea la realidad: no va a poder cumplir su objetivo de repatriar los restos del gran pintor. Ya se puede ir despidiendo del regreso triunfal a España y de ese retiro dorado que tenía en mente.

La escena queda inmortalizada por el fotógrafo y su ayudante.

Con la gorra de cuero en las manos, el cónsul se gira y su vista se pierde en el paisaje de lápidas. «¿Qué demonios ha ocurrido con la cabeza de Goya?»

La imagen de un Pereyra desencajado es la última instantánea que el fotógrafo toma esa mañana.

Primera parte

1

París, noviembre 1827

—Buenos tiempos para ganar dinero, Niño.

—Malos tiempos para pensar en llegar a viejo —respondió este, escéptico.

—Anda, tómate un vino y no seas agorero. —Declercq llenó un vaso y lo puso ante él—. Niño… —lo pronunciaba en un mal español, con acento francés, de manera que de su boca salía algo parecido a ninió—, lo único que nos pertenece es el momento presente.

—Sabes que no bebo cuando estamos de servicio.

No había clientes en la taberna de la rue Charlemagne aquella noche. Tan solo los hombres, repartidos en varias mesas, que se encargaban de la protección de los diez políticos del partido doctrinario del marqués de Lafayette, que estaban reunidos a puerta cerrada en la sala de la chimenea. Calientes junto al fuego, esperaban novedades de las elecciones legislativas que se habían celebrado ese mismo día, y hablaban de las primeras decisiones a tomar en caso de victoria.

«El Niño» era Diego Girard, veintitrés años. Mitad francés, mitad español. Su padre había sido cañonero en el Fougueux, uno de los barcos franceses apresados por la marina británica en Trafalgar. En una de esas sucesiones de acontecimientos que nunca se sabe si son para bien o para mal, el barco fue tomado por los ingleses y, debido a su mal estado, remolcado en dirección a Gibraltar. Gracias a esta decisión, sus tripulantes se libraron de un seguro hundimiento en batalla, dadas las condiciones en las que se encontraba el navío. Sin embargo, los hombres no dejaban de preguntarse qué suerte correrían en manos de los británicos. No hubo oportunidad de despejar sus dudas: una tempestad, mientras se dirigían remolcados al Peñón, acabó por hundir el Fougueux. Y los tripulantes del navío inglés, preocupados por no irse ellos también a pique, soltaron amarras y decidieron que la diosa Fortuna se ocupara de las quinientas ochenta y dos almas del barco francés. Solo veinte sobrevivieron, que llegaron a las costas de Cádiz en un pequeño bote. Entre ellos estaba Louis Girard, el padre de Diego.

Encontró trabajo como mozo de una pensión en Chiclana, y no tardó ni dos meses en dejar embarazada a la hija de los dueños. Tuvo que huir de la pensión y del cuchillo jamonero del padre de la chica y, para intentar reunir el dinero que le permitiera volver a Francia, se vio obligado a buscarse la vida. Cosía redes de pesca, encalaba fachadas o cargaba carretillas como peón de albañil. El poco dinero que conseguía llevarse al bolsillo se le iba en pagar una pequeña habitación en la casa de una anciana viuda que había tenido a bien aceptarle como inquilino. Y en las noches de taberna.

Y en una taberna de Sancti Petri fue donde le encontró, meses después, la esposa del dueño de la pensión. Cargaba con un bulto envuelto en una manta y, sin mediar palabra, se lo entregó a Louis. Era un niño.

La joven madre había muerto en el parto y el dueño de la pensión, preso de la ira y el dolor, ordenó a su mujer que se deshiciera del bebé. La mujer regresó diciéndole al marido que lo había dejado en la puerta del convento de las clarisas, pero no era verdad; lo había dejado a cargo de una nodriza, para que lo amamantara mientras ella trataba de buscar al padre. Si ese niño tenía que ser abandonado a su suerte, que se encargara de hacerlo el desalmado que había dejado embarazada a su niña. Ella no quería mancharse las manos y ser juzgada por Dios.

—¿Tiene nombre? —preguntó Louis.

—Diego, como mi marido —dijo la mujer antes de irse por donde había venido, ya en paz con el Altísimo.

Louis apareció por la casa de la anciana viuda que le alquilaba la habitación con el bebé entre sus brazos, sin tener la más remota idea de lo que hacer con él. Doña Virtudes se hizo cargo de la situación y al día siguiente llevó al niño al orfanato de la marquesa de Coto Alto, donde había servido como voluntaria durante muchos años. En deferencia a ella, la directora accedió a quedarse con el niño.

Bien es cierto que Louis jamás se desentendió de la criatura. Iba a visitarlo los días que libraba y preguntaba por su salud y su desarrollo. El chico era fuerte e iba a salir adelante.

Metida entre ceja y ceja la idea de volver a Francia, Louis sacó a Diego del orfanato en 1810, cuando el niño contaba cinco años, para viajar a un Madrid tomado por el ejército francés donde reinaba José Bonaparte, el hermanísimo. Con sus credenciales de cañonero de marina, Louis tenía la esperanza de encontrar puesto en algún destacamento de artillería.

No fue así.

Solo consiguió colocarse como limpiador de caballerizas de una división militar, retirando paladas de estiércol todo el día y con un pequeño salario que apenas le permitía alquilar la habitación de una pensión para él y Diego. Lo poco que sobraba lo gastaba en vino y putas; después, volvía por las noches a la pensión dando tumbos y con los bolsillos pelados y se acostaba a roncar al lado de su hijo que, más por la lástima que la dueña le tenía que por otra cosa, ya había cenado como pago por sus labores de recadero.

Era imposible que Louis ahorrase para volver a Francia. Y, sin embargo, la ocasión se presentó en 1814, con la retirada del ejército francés tras la abdicación de José Bonaparte y la victoria española en la guerra de Independencia. La vuelta de todo aquel contingente de soldados era una operación logística descomunal, y necesitaba de mucha gente. Entre otros, de quienes se ocuparan de los caballos. Todo el mundo le decía que era una locura llevar a un niño de nueve años en aquella expedición que tenía que atravesar los Pirineos, pero ¿qué otra cosa podía hacer Louis?

Diego se ganaba su jornal abrevando los caballos o cargando con cubos de avena y alfalfa. Louis se dio cuenta de que aquellas semanas estaban siendo terribles para el niño: caminaba durante el día —a no ser que alguien se apiadara y le dejara hueco en algún carro— y cuidaba de los caballos por las noches. Pero también veía cómo aguantaba ese duro ritmo de trabajo y se forjaba en él un carácter fuerte y voluntarioso.

Se establecieron en París, donde, gracias a una recomendación firmada por su jefe en las caballerizas del ejército, Louis encontró trabajo como mozo de cuadras en la gendarmería del barrio de Pigalle. Habían vuelto a Francia, sí, cumpliendo el deseo de Louis durante los diez años anteriores, pero poco cambió su vida respecto a la que tenían en Madrid: vivían en una cochambrosa buhardilla donde tenían que proteger la comida de las ratas, y en sus noches de borrachera Louis se gastaba hasta su último céntimo.

En 1816, con once años, Diego entró a trabajar en un taller textil cargando en carros grandes bobinas de telas cuyo destino eran las sastrerías y los talleres de confección. Era un trabajo agotador para cualquiera, infernal para un niño. Las pocas monedas que ganaba se las entregaba a su padre para ayudar en el pago del alquiler y en la comida, pero Diego pronto se percató de que sus monedas acababan en bolsillos de taberneros y prostitutas y, cuando el dueño pasaba a cobrar el alquiler, la mayoría de las semanas Louis no tenía con qué pagar.

Diego era carne de cañón. Su futuro era trabajar por un salario miserable hasta que unas fiebres o una pulmonía se lo llevaran al otro barrio, como a tantos jóvenes como él.

Una mañana de abril de 1818 se despertó y sintió algo extraño. Se había dormido antes de que llegara su padre, pero en ese momento sí notaba la curvatura de su peso en el catre que compartían. Lo extraño era que no roncaba.

No, no roncaba. Tampoco respiraba. Louis llevaba puesta la misma ropa del día anterior, tenía el rostro hinchado y amoratado y una mancha de sangre se extendía desde su costado izquierdo hasta más allá de la mitad del colchón. En una reyerta, o quién sabe si un atraco, se había llevado una puñalada en las costillas y había conseguido, solo Dios sabía cómo, llegar hasta la buhardilla y tumbarse al lado de su hijo. Pero no despertó.

Junto al cadáver de Louis, Diego tuvo que tomar la primera gran decisión de su vida. Sabía que su casero le echaría de allí y que, además, tendría que dar parte de la muerte, soportar preguntas y ver cómo se llevaban los restos en una carretilla para echarlo a una fosa común. No deseaba ser testigo de todo aquello. Se limpió la sangre de su padre de las manos, empaquetó en un hatillo sus escasas pertenencias, se metió al bolsillo unas pocas monedas que este escondía y se fue. Sin más. El casero encontraría el cadáver y sería su problema. Bastante mala vida le había dado aquel al que llamaba padre. Con solo trece años, Diego salió a las calles de París dispuesto a cambiar su rumbo.

Ese día ya no se presentó al trabajo en la fábrica textil. Fue directo a las inmediaciones de la catedral de Notre-Dame, donde sabía que operaba la banda de delincuentes juveniles de dents de plomb Durand. Cuando estuvo frente a él y vio su asquerosa boca, supo de dónde provenía que aquel sobrenombre. Con las pocas monedas que llevaba en el bolsillo, Diego compró el derecho a poder dormir durante una semana en un colchón en el suelo, bajo el techo del podrido cobertizo donde Durand reunía a su banda de maleantes. Una semana. Si pasado ese tiempo no daba beneficios, iría a la calle.

Por «dar beneficios» el hombre de los dientes de plomo se refería a traer cada noche dinero u objetos de valor que Diego hubiera conseguido robar durante el día. Una quinta parte de lo robado le correspondería a él; el resto era para Durand.

Metiendo manos al descuido en los bolsillos de viejas que caminaban por el mercado, rajando hatillos de viajeros con una navaja o haciéndose un experto trilero, la semana se convirtió en un año en el que Diego, sin embargo, no olvidó nunca que seguía siendo carne de cañón, como el resto de chicos. Porque cualquiera que se percatase de que estaba siendo robado podía lanzarle una cuchillada, o podían pillarle los gendarmes y meterle con los presos comunes en La Conciergerie, donde la carne joven era apreciada hasta que ya no servía para nada.

Diego Girard sabía que caer solo era cuestión de tiempo. Pero no contaba con Jacob Cordier.

—Entonces, Niño…, ¿quieres el vino o no? —volvió a preguntar Declercq.

Diego dejó atrás sus recuerdos para responder de nuevo que no, pero unos golpes en la puerta de la taberna le interrumpieron y alertaron al grupo de guardaespaldas que lideraba. El tabernero salió de detrás de la barra para ver quién podía ser y Diego aprovechó para ajustarse las cintas de cuero que sujetaban las dos pistolas que llevaba a los costados.

—¡Hay disturbios y vienen hacia aquí! —anunció un escuálido hombre en cuanto traspasó la puerta.

El grupo de guardaespaldas, entre los que sobresalía Diego por ser el más joven y porque sacaba media cabeza al resto, le rodeó ávido de noticias.

—Los monárquicos se saben perdedores —explicaba el hombrecillo mientras trataba de recuperar el resuello—, y el rey ha echado a la calle a sus perros. Se han enterado de que aquí hay diputados liberales y vienen a por ellos.

Carlos X, que sería el penúltimo rey de Francia —y último de los borbones—, sabedor de que el partido monárquico que le representaba y mantenía sus privilegios iba a perder esas elecciones, había maniobrado para que sus seguidores salieran a las calles y provocaran un caos que dificultara el recuento. Pero, como siempre ocurría con las turbas descontroladas, las cosas se le estaban yendo de las manos.

—Pignon, sácalos de ahí —ordenó Diego, señalando la puerta cerrada de la sala de la chimenea—. Cada uno que ponga a salvo al suyo.

—¿Los llevamos a sus casas? —preguntó Declercq, al que el vino no le había hecho perder la compostura.

—No, serían presa fácil. —Diego miró a sus nueve compañeros—. Os los lleváis al cobertizo del muelle y los escondéis. Mañana iremos viendo.

—Esto no le va a gustar a Cordier —aventuró Pignon mientras caminaba hacia la sala donde se reunían los diputados.

—Ya me apañaré yo con él —contestó Diego al tiempo que se ponía el abrigo—. Laferrat, los carruajes.

Diego, como mano derecha de Jacob Cordier y responsable de aquella misión, se hizo cargo de la situación. No se podía permitir perder a ninguno de los diez políticos a quienes protegían, ya no por el valor de sus vidas —que también—, sino porque situaciones como aquella determinaban la revalorización de los servicios de protección que brindaba la empresa de Jacob Cordier o la total pérdida de confianza de los clientes en un negocio tan lucrativo. Y él no iba a permitir eso.

Laferrat, otro de sus hombres, salió a la puerta de la taberna con un candil. Oteó hacia el final de la calle e hizo la seña acordada abriendo y cerrando tres veces la puertecilla que descubría la llama. A los pocos segundos todos oyeron el sonido de los cascos de los caballos. Los tres carruajes habían entendido la señal y seguido las instrucciones de acudir a la puerta de la taberna.

—Señores, disculpen, pero tenemos que sacarles de aquí —anunció Diego nada más entrar en la sala de la chimenea.

—Aún no hemos terminado —contestó cortante Cyrille Bastien, un cincuentón orondo, mano derecha del marqués de Lafayette y diputado de mayor rango de los presentes. Además, era el hombre a quien Diego debía proteger personalmente.

—Monsieur, es una noche de disturbios y un grupo de partidarios monárquicos viene hacia aquí. —El Niño no perdía la calma y se dirigía a su protegido de forma exquisita—. Es aconsejable que terminen sus asuntos mañana.

—¿Y qué nos importan esos disturbios? Para eso están ustedes. —Bastien desafiaba a Diego ante el silencio de los demás.

—Nuestro trabajo es protegerles, no enfrentarnos a una multitud —insistió este.

—Pues haga su trabajo, ya que nosotros estamos haciendo el nuestro. —Y Bastien se sentó de nuevo en la silla dejando patente que no iba a moverse de allí.

Diego cerró los ojos y e hizo una inspiración profunda. Se sabía el centro de atención de todos los presentes. Y no era momento de dudar.

—¡Vamos! —se giró hacia sus compañeros—. Coged cada uno al vuestro, de la pechera si hace falta. Tres por carruaje, el último que espere al mío —señaló a Bastien—. ¡Ya!

Cuando las órdenes venían del Niño, el grupo actuaba sin pestañear. Cada guardaespaldas se dirigió hacia el diputado que tenía asignado e, inmunes a sus quejas, comenzaron a arrastrarlos hacia la salida. La indignación se dejaba ver en algunos de ellos, pero el alivio también estaba presente en los rostros de otros.

—Os subís a los estribos, pistolas cargadas en mano. —Diego seguía dando órdenes en voz alta—. Ya sabéis adónde hay que llevarlos.

El primer carruaje salió con tres diputados en su interior y los guardaespaldas subidos a los laterales, mientras el segundo se iba completando.

—¡Vámonos! —Diego oyó desde dentro la voz de Pignon, que daba la orden al cochero del segundo transporte y respiró un poco más tranquilo. Solo quedaba Cyrille Bastien en la sala. Con toda parsimonia, para demostrar que allí era él quien mandaba, recogía los papeles de la mesa.

—Monsieur, por favor… —Diego seguía sin alterarse—. Debemos salir ya.

—No puedo dejar estos documentos aquí. Sería fatal que cayeran en las manos equivocadas.

—¡Ninió! —Declercq gritó desde la puerta—. ¡Ya están aquí!

Cuando Diego iba a contestar, una piedra atravesó la ventana de la taberna haciendo volar añicos de vidrio. El hueco abierto dejaba ver las antorchas del grupo causante de los altercados y permitía oír los gritos y soflamas que vociferaban contra los liberales. Aquello tenía pinta de ir a acabar muy mal.

—¡Declercq, marchaos! —gritó Diego mirando a Bastien. Este se quedó de piedra al oír la orden de Diego: era una sentencia de muerte.

Declercq no protestó. Todos sabían de qué iba aquel negocio, y cuando las cosas venían mal dadas solo quedaba aceptarlo. Al fin y al cabo ellos se jugaban la vida todos los días y, en cuestión de clientes, mejor muerto uno que cuatro. El último carruaje partió y Cyrille Bastien vio cómo se esfumaba su vía de escape.

—Pero… —Bastien estaba pálido, la sangre no le llegaba al rostro— ¿cómo ha ordenado eso? —balbuceó con voz apagada.

—Es lo que usted me ha obligado a hacer —dijo Diego con dureza—. Ha cavado solito su tumba. Y la mía, claro.

Sin perder un segundo fue hasta la mesa ante la cual estaba Bastien, cogió los papeles, los tiró con presteza al fuego y levantó con una mano al hombre cogiéndole de las solapas de la levita mientras metía la otra bajo el cuello de su propia camisa. Rebuscó hasta dar con una medalla que pendía de una cadena de plata. San Martín Caballero. Sin siquiera mirarla, como en un acto reflejo, se la llevó a los labios, la besó y volvió a guardarla.

—Detrás de mí —ordenó mientras sacaba las dos pistolas de debajo de su abrigo—. Ponga sus manos en mis hombros y no se le ocurra separarse.

En su camino hacia la puerta, Diego hizo un gesto al tabernero para que se escondiera detrás de la barra. Cuando salieron a la fría noche, todo el grupo de alborotadores ya se había completado y formaba un semicírculo frente a ellos. Doce, pudo contar. Únicamente sus antorchas iluminaban la escena, aquella noche los faroleros no habían hecho su ronda. Atraídos por el follón, varios vecinos curiosos se habían asomado a las ventanas. Diego vio cómo uno de ellos apagaba la vela que llevaba en la mano para no llamar la atención.

—Vaya… —un hombre casi tan alto como Diego, vestido con una elegante chaquetilla a juego con su chaleco y cubierto con un sombrero de tres picos, tomó la voz cantante—, el muchacho de Cordier.

Diego tenía sus armas empuñadas, pero no apuntaba con ellas; sabía que una actitud abiertamente hostil no iba a beneficiarles. Por el momento. Tenía los brazos doblados en un ángulo recto, haciendo que el cañón de las pistolas mirara al cielo. Podía sentir el temblor de las manos de Cyrille Bastien en sus hombros.

—No sé quiénes sois ni me importa. —Se esforzó en no levantar la voz para intentar parecer tranquilo—. Nos dejáis marchar y aquí no ha pasado nada.

—Tú puedes irte, no tenemos nada contra ti —respondió el cabecilla.

—Se lo agradezco —Diego intentó no sonar demasiado irónico—, pero me pagan por proteger a este hombre —movió la cabeza hacia atrás, señalando a Bastien, sin perder de vista a los hombres que le rodeaban.

—Estás protegiendo a un traidor, ¿lo sabías?

—Te protegería también a ti si me lo ordenaran. —Pasó a tutear a aquel hombre mientras sus ojos se movían de izquierda a derecha, tratando de controlar el más mínimo movimiento—. Es solo una cuestión profesional.

—Está bien, si eres un profesional, ya sabes lo que hay. —Sonrió—. ¡Traédmelo!

El disparo sobresaltó al grupo de hombres que comenzaban a acercarse a Diego y el instinto les obligó a detenerse. Cuando la humareda de la pólvora de una de sus pistolas se disipó, el cabecilla del grupo estaba tendido en el suelo, dos metros más allá de su posición inicial, con un agujero a la altura del corazón.

Diego, impasible, se guardó en el costado la pistola que había usado y apuntó hacia el grupo con la otra.

—¡Hijo de puta! —exclamó uno de los hombres cuando reparó en lo que acababa de ocurrir—. ¡Os vamos a despedazar aquí mismo!

—Es posible —respondió Diego—, pero os juro que al menos uno de vosotros acompañará a vuestro amigo. —Y señaló con la cabeza al tipo que yacía sin vida en el pavimento—. ¿Quién quiere ser el afortunado?

Midiéndose a todos aquellos hombres con la mirada, y sin dejar de apuntarles, Diego comenzó a avanzar hacia un lado. Sabía que era fundamental mantenerlos a todos a la vista. De la cintura del pantalón sacó un cuchillo y lanzó dos movimientos para hacer recular a uno que se estaba acercando demasiado. Podía sentir en el rostro el calor de sus antorchas.

—Camine hacia atrás —le dijo a Bastien cuando lograron hacerse hueco.

Al aterrado diputado le costó varios pasos acompasar el ritmo con Diego, pero al fin comenzaron a alejarse de la puerta de la taberna. No había otro plan que continuar caminando como los cangrejos, sabiendo que aquellos hombres iban a seguirles a la espera de su oportunidad. La única posibilidad era encontrar abierta la puerta de alguno de aquellos edificios para poder atrincherarse y, con un poco de suerte, aguantar hasta que amaneciera.

Pero el mundo se le cayó a Diego cuando, a su espalda, comenzó a oír los gritos de otra patrulla de partidarios monárquicos que se acercaban por detrás.

—Fils de putes… —masculló Diego. Sabía que estaban perdidos. La jodida profesionalidad iba a acabar con él.

—¡Venid! —Uno de los del grupo alentaba a los compañeros que llegaban por la espalda de Diego. Estaban a apenas cien metros—. ¡Grossellard está muerto! —Y Diego sintió cómo la marabunta de retaguardia se alborotaba y profería insultos hacia él. Cerró los ojos y exhaló el aire que llevaba aguantando varios segundos. Estaban muertos.

Pero el mismo mundo que se había cerrado hacía solo unos segundos volvió a abrirse en forma de sonido de cascos de caballo sobre los adoquines. Un carruaje, veloz, iba directo hacia ellos. El embozado cochero que dirigía desde el pescante se detuvo bruscamente a espaldas de Cyrille Bastien, colocándose entre los dos grupos de exaltados que querían acabar con Diego.

—¡Ninió! —gritó—. ¡Arriba! Si no me llego a beber el último vino, no encuentro el valor para volver a por ti.

Bastien abrió la portezuela del carruaje y saltó dentro. Declercq hizo restallar el látigo sobre el caballo y azuzó con violencia las riendas. Diego pudo cogerse al pasamanos y apoyar los pies en el estribo mientras el carruaje aumentaba la velocidad, yendo de frente hacia el grupo que venía por detrás, que no tuvieron más remedio que apartarse para no ser embestidos. Los hombres comenzaron a correr tras el coche. Diego empuñó con fuerza el arma, apuntó a uno de ellos, que se estaba acercando demasiado, y negó con la cabeza. «Yo de ti no lo haría, compañero». Todos supieron entender su gesto. Dejaron de correr para contemplar cómo el carro se alejaba.

—Me debes una —dijo Declercq a Diego cuando este trepó al pescante y se sentó a su lado—. ¡Estás loco, maldito español! —Y soltó en una carcajada nerviosa toda la tensión que había acumulado en aquellos últimos dos minutos.

2

Burdeos, noviembre 1827

La señora de Montraver hizo sonar la campanita desde el salón de lectura. Allí era donde, rodeada de libros, se refugiaba para dirigir la intendencia de la casa y llevar las cuentas de los negocios de la familia. Las cosas habían ido muy bien aquel año que estaba a punto de terminar: la cosecha de los viñedos había sido espléndida, sus vinos se exportaban a toda Europa y, con los beneficios ahorrados durante varios años, por fin habían podido comprar el paquete de acciones del Banque Industriel, que les aseguraría unas buenas rentas anuales de por vida. El broche de oro a todo aquello sería el evento para el cual, en aquel mismo momento, daba forma en su cabeza a la lista de invitados.

A sus cuarenta y ocho años había llegado más lejos de lo que jamás nadie habría apostado. Hija única de una familia noble venida a menos, su padre apalabró su matrimonio con el hijo de un terrateniente de viñedos. Aunque el joven no le llamaba en exceso la atención, ella aceptó; en aquel momento ya sabía que no se le presentarían muchas oportunidades y su familia política tenía mimbres para hacer una buena fortuna. Solo que no habían sabido hacerla. Ella se iba a encargar de eso, les haría ese favor a cambio de vivir la vida que ambicionaba.

Su primer objetivo fue darle un hijo a ese pobre chico que se pasaba la vida en el campo. Con un descendiente, se aseguraba una posición. Cuando su marido heredó las tierras de su familia, ella ya estaba al mando de todo. Nada de vino al por mayor; fundó las Bodegas Montraver, asegurándose de comercializar un burdeos excelente. De ahí al cielo. Su familia era ahora una de las más acaudaladas de la ciudad, y la compra de las acciones había sido la guinda del pastel. El precio era aguantar a su ignorante marido, que seguía pasando la mayor parte del tiempo en el campo, pero era un coste más que aceptable para alguien como ella, que se había hecho a sí misma tras dejarse unos cuantos escrúpulos por el camino.

—¿Madame? —La sirvienta, con el uniforme negro con cofia y delantal blancos, se presentó al toque de la campanilla. Miraba hacia el suelo mientras se dirigía a ella, tal y como había sido enseñada.

—Tráeme a Juliet —ordenó la señora de Montraver.

Minutos después se presentó en la puerta una tímida joven de precioso cabello rubio oculto bajo la cofia y que también mantenía sus ojos verdes fijos en el suelo.

—¿Me ha hecho llamar, señora?

—Juliet, querida. —La señora de Montraver le sonrió—. Pasa y cierra la puerta. —Mientras decía eso, la señora apartó una de las sillas que había en el lateral de la mesa de caoba, haciendo ver a la joven que la invitaba a sentarse.

Acompañados por el único sonido del péndulo del reloj con carrillón que decoraba uno de los rincones, los pasos de Juliet quedaron amortiguados por la mullida alfombra que hacía de la estancia uno de los lugares más confortables de la enorme casa. Las estanterías, repletas de libros, se distribuían a lo largo de las paredes. La joven tomó asiento con la misma timidez con la que había entrado, juntando las rodillas y posando las manos sobre las piernas. Evitaba que sus ojos se encontraran con los de la señora.

—Te he hecho llamar porque deseo tratar un tema contigo en confianza.

—Usted dirá, señora.

—Mírame a los ojos, por favor —ordenó la dueña de la casa sin dejar de dibujar aquella sonrisa de cercanía—. ¿Cuánto tiempo llevas con nosotros?

—El mes pasado se cumplió un año, señora —respondió Juliet alzando el rostro.

—Un año, vaya. —Sonó como si la señora de Montraver valorara de veras el tiempo que Juliet llevaba a su servicio—. Eso te hace casi de la familia.

—Gracias, señora —contestó Juliet con timidez.

—El caso es que… —la señora de Montraver mantenía esa mirada cómplice con ella por primera vez desde que había entrado a su servicio— a nuestra querida Gretta le quedan, como mucho, un par de años de trabajo. Creo que es un descanso que se ha ganado después de toda una vida con nosotros.

—No cabe duda. —Juliet no sabía dónde quería ir a parar su señora.

—Tenemos que ir preparando a alguien para sustituirla. —Y le guiñó un ojo.

—Pero, señora… —Juliet supo entonces de qué iba todo aquello—, Gretta es el ama de llaves perfecta. No creo poder estar jamás a su altura.

—Tonterías, Juliet. Por supuesto que lo estarás, te has formado durante años para ello. —La señora se recostó en su silla—. Por eso a partir de mañana vas a estar a sus órdenes. Tienes que aprender todas sus funciones, serás su sombra. Ella te enseñará cuanto necesitas saber.

—Me halaga usted. No sé qué decir.

—No tienes que decir nada, muchacha. —Volvió a sonreír mientras hacía una tranquila pausa—. Aprecia la confianza que te estoy dando y no me falles.

—No lo haré, señora. —Juliet volvió a bajar la vista.

—Gretta está mayor, tiene malas pulgas. ¿Sabrás lidiar con ello?

—Lo intentaré.

—Bien… —La señora cerró uno de los pesados libros de cuentas que tenía abiertos sobre la mesa—. Este sábado daremos una cena para anunciar el compromiso de nuestro hijo con la hija de los condes de Nueupont. Ponte a las órdenes de Gretta, que salga todo perfecto ya forma parte de tus nuevas responsabilidades. —La señora de Montraver volvió la vista hacia sus papeles y pareció concentrarse de nuevo en ellos—. Cierra al salir.

—Señora… —Y Juliet hizo una pequeña reverencia a modo de despedida mientras abandonaba la sala de lectura caminando hacia atrás.

Cuando, tras sus intensos años de formación, los señores de Montraver la contrataron, Juliet Lesson no tenía ni idea del tipo de familia para la que iba a trabajar. Pero ese tiempo le había bastado para darse cuenta de que había pocas familias tan importantes en todo Burdeos, no solo por la enormidad de la casa, por el gran número de personas que trabajaban en el servicio o por la calidad de los invitados que acudían a las recepciones que allí se celebraban. Lo que más llamaba la atención a Juliet, y le hacía apreciar el trabajo que tenía, era la cantidad de personas que se presentaban, con excelentes credenciales, buscando entrar al servicio de los señores. Y cómo Gretta, con sus malas pulgas, despachaba a todos diciendo que en la casa ya tenían el mejor servicio de toda Francia.

Ama de llaves. Era la persona más importante del servicio, la que gozaba de la confianza y confidencias de la señora, y las manos por las que pasaba cualquier detalle de la casa, por insignificante que fuera. Y ella iba a ser la aprendiz para ese puesto a una edad anormalmente joven.

Gretta, mucho más amable de lo que Juliet la había visto jamás, le asignó una nueva habitación en la buhardilla de la casa. Una habitación humilde, sí, pero para ella sola. Dejaba de compartir dormitorio con las otras cuatro doncellas, dejaba de escuchar sus chismorreos y quejas y se despedía de la preocupación de que pudiera desaparecer alguna de sus pocas pertenencias. Además, ya no iba a vestir el uniforme negro, sino uno igual al de Gretta: falda larga azul cielo y blusa blanca. Y el cabello en un recogido en la nuca, tan tirante que sentía cómo se le tensaba la frente. Aspecto de ama de llaves; Juliet no podía estar más satisfecha. Su padre, allá donde estuviera, se sentiría orgulloso de ver hasta dónde había llegado su pequeña leona.

La recepción para anunciar el compromiso del señorito con la hija de los condes de Nueupont resultó un éxito. La señora Montraver había elegido el menú y Juliet vio cómo Gretta negociaba con los proveedores la entrega de la materia prima, organizaba las cocinas, disponía la mesa e instruía a los miembros del servicio que iban a atender a los invitados.

Se contrató a un reputado chambelán para que anunciara la llegada de los invitados, y fue responsabilidad de Juliet repasar la lista de asistentes, el orden de entrada al gran salón y la recepción de estos para ser anunciados al hacer su entrada. Los condes de Nueupont fueron los últimos en llegar, dejando que la prometida accediera sola a la recepción, tras ser anunciada, para recibir un atronador aplauso. El cuarteto de cuerda que amenizaba la ocasión abordó una solemne pieza mientras los señores de Montraver, acompañados de su hijo, hicieron un brindis con champán para dar comienzo a la velada.

Juliet, en un segundo plano, no pudo evitar fijarse en que la joven pareja era un calco de los señores de Montraver: ella, resuelta y con mirada inteligente, y él, tímido y algo sobrepasado por la situación. A sus familias parecían no importarles las diferencias de carácter entre los prometidos, sino lo provechoso que el enlace resultaría para todos. Unos por dejar a su hija en una maravillosa posición económica, y los otros por conseguir para su hijo un título nobiliario. La señora de Montraver, que estaba exultante ejerciendo de perfecta anfitriona, incluso presentó a Juliet a varios invitados como su ama de llaves en formación. Esta, bien adiestrada en protocolo, supo mantener la vista baja y hacer las reverencias oportunas.

Ante la melodía de los violines, las lámparas de araña con todos sus candiles encendidos y la elegancia de anfitriones e invitados, Juliet sintió que jamás había asistido a nada tan hermoso. Y, aunque ella no pertenecía a ese mundo ni jamás participaría de algo así, se sentía afortunada y agradecida por poder vivir de cerca ese cuento de hadas.

Ya de vuelta en su dormitorio, todavía sentía el corazón acelerado después de la tensión y los nervios acumulados. Gracias a Gretta todo había salido a la perfección, e incluso esta había agradecido a Juliet su ayuda, pues ambas recibieron una felicitación de la señora cuando los invitados se marcharon y el resto del servicio comenzaba las labores de limpieza y recogida. Juliet se desvistió para ponerse la bata de dormir y, sentada frente al pequeño tocador de su humilde y frío dormitorio, se soltó el cabello sintiendo el alivio que su cabeza reclamaba desde hacía varias horas. Apagó el candil cuando se metió bajo la gruesa manta, pero seguía sintiendo los latidos de su corazón en los oídos. Se obligó a cerrar los ojos y tratar de respirar de forma serena y, cuando parecía que su cuerpo se relajaba y el sueño comenzaba a invadirla, creyó escuchar unos ligeros golpes en la puerta. Sin saber si podía ser una mala pasada de su cansada mente, decidió no hacer caso y seguir buscando el sueño.

Pero los golpes se repitieron, esta vez con mayor intensidad.

A oscuras, con apenas los reflejos de la luna entrando por la ventana de la habitación abuhardillada, se levantó para abrir, alarmada por si pudiera haber ocurrido algo en la casa que reclamara su presencia.

Jamás hubiera imaginado con quién se encontraría ante ella.

Mathieu, el señorito, sostenía una vela en un platillo de plata. Estaba vestido con sus ropas de dormir, pero sin el gorro, y con los pies descalzos para hacer el menor ruido posible.

—¿Señor? —Aunque los ojos de Juliet se dirigían al suelo, su voz denotó la sorpresa de aquella visita.

—Ya estoy aquí, Juliet —dijo él con cierta aceleración mirando a ambos lados del oscuro pasillo—. Déjame pasar.

—No comprendo, señor… —acertó a balbucear mientras el recién prometido se colaba en la estancia.

—Cierra la puerta, vamos. No querrás que nadie nos vea.

Sorprendida y asustada, Juliet obedeció sin saber de qué iba todo aquello. Mathieu dejó la vela sobre la pequeña mesa del tocador y grotescas formas oscuras aparecieron de inmediato en el techo abuhardillado.

—¿Qué… qué puedo hacer por usted, señor? —Juliet había cerrado la puerta, pero no avanzó ni un solo paso, temblando con una mezcla de frío y terror.

—¿No conoces tus funciones?

—Sí… —La voz apenas le salía.

—Entonces no tengo que explicarte qué hago aquí. Estás a mi servicio. —Y Mathieu se tumbó en el camastro golpeando este con la palma de la mano—. Ven.

Una agria sensación, mezcla de miedo y asco, comenzó a subir por el estómago de Juliet hasta hacerle sentir el sabor de la bilis en su garganta. El corazón volvió a desbocarse, pero esta vez no de emoción y nervios, sino por el terror de no saber qué tenía que hacer. Qué se esperaba de ella. La señora la había hecho depositaria de su confianza y esperanzas, y tenía el ineludible pálpito de que la presencia del señorito Mathieu en su dormitorio iba a tener consecuencias para su futuro.

Su mente barajó las opciones con rapidez: si accedía a la petición del señorito, todo iría como la seda. Con el riesgo de que pudiera convertirse en algo habitual. Si no accedía, podía desencadenarse una tormenta en la residencia Montraver.

Juliet tomó una decisión y volvió a abrir la puerta:

—Señor, por favor, le pido que se marche de mi habitación. —Su voz era baja pero firme.

—¿Tu habitación? —dijo él desde la cama—. Esta casa es mía.

—Entonces, con su permiso, cogeré la almohada y la manta para dormir en el pasillo. —Y, esta vez, la leona que vivía en su interior le hizo levantar el rostro y mirar directamente a los ojos de aquel prepotente muchacho.

El joven negó con la cabeza y masculló entre dientes algo que Juliet no pudo entender. Con gesto de incredulidad, Mathieu se levantó de la cama y tomó su vela. Al pasar junto a ella se detuvo, y los ojos de ambos se encontraron durante unos segundos.

—Te guste o no, esto forma parte de tu trabajo. —Y aprovechando la corta distancia entre ellos, Mathieu echó mano al muslo de Juliet, levantó el camisón y dejó su pierna a la vista.

Juliet lo detuvo con su brazo, estableciéndose un forcejeo que terminó con un arañazo de ella en el dorso de la mano del señorito. El hijo de los señores emitió un grito ahogado, mezcla de sorpresa y dolor, que lo llevó a propinarle a la joven una bofetada en el rostro. El brusco movimiento hizo que platillo y vela cayeran, rompiendo el silencio de la noche.

El sonido debió de sobresaltar a alguna de las doncellas, porque a través de la puerta cercana se oyó atenuado un «¿Hay alguien ahí?». Los planes de Mathieu se habían ido al traste.

—Esto no va a quedar así —dijo en tono de amenaza mientras recogía el platillo y la vela del suelo. Luego, mirándola de arriba abajo con desprecio, salió al pasillo con la mayor dignidad que pudo reunir.

Cuando Juliet cerró la puerta, no pudo contener el temblor de sus piernas.

***

—Estoy muy decepcionada, no esperaba este comportamiento de ti —le decía la señora de Montraver desde la mesa de caoba.

Juliet, que no había podido dormir durante toda la noche, trataba de ocultar, mirando hacia el suelo con la vista más baja de lo habitual, tanto las ojeras como la marca que la bofetada le había dejado. La señora le había hecho llamar a la sala de lectura y allí se encontraba también al señorito, que había informado a su madre de lo ocurrido la noche anterior.

—Pensaba que en tus años de formación te prepararon para estos casos —continuó la dueña de la casa.

—¿Qué casos, señora? —preguntó Juliet sin despegar la vista del suelo.

—¡Niña insolente! ¿Cómo te atreves a hablar?

—Quizá todo ha sido una confusión, madre —intervino Mathieu con esas formas toscas y blandas que le caracterizaban. La blanca gasa en el dorso de su mano hacía juego con el encaje del puño de su camisa.

—Vamos a emparentar con la nobleza, Juliet. —La señora creía innecesarias las explicaciones, pero se avino a las palabras de su hijo—. Es algo muy importante para la familia, y vosotros —refiriéndose al servicio— también os beneficiáis de ello. Trabajaréis en una casa con título nobiliario.

Juliet permanecía en silencio, porque no acababa de comprender los razonamientos de su empleadora.

—Mi hijo tiene que demostrar que es todo un hombre la noche de bodas y, siguiendo con la estricta educación que le hemos dado, no conoce mujer. —Todo eso lo dijo la señora de Montraver pensando que su hijo era un inútil, lo que no dejaba de ser cierto—. Daba por hecho que conocías esos pequeños… asuntos.

—Para eso están los burdeles —dijo Juliet con todo el respeto que le debía a la señora en sus formas, pero con toda la rabia que le producía aquella situación.

—Muchacha ignorante… —la señora de Montraver la miró con cara de asco—, ¿crees que vamos a permitir que vean a nuestro hijo en un lugar así?

El sabor a bilis volvió de nuevo a la boca de Juliet, pero esta vez no se lo tragó. En aquel preciso instante lo comprendió todo: la promesa de ser la futura ama de llaves, la confianza de la señora e incluso la amabilidad de la insoportable Gretta no tenían más objetivo que el de meterla en la cama con el señorito. Para que él «hiciera sus prácticas» porque se había encaprichado de ella. Todo era una gran mentira. Y ella había sido tan tonta de creérsela. Ama de llaves, valiente ingenua.

La fiera que llevaba dentro le hizo alzar la vista y mirar directamente a su señora.

—Entonces…, ¿prefiere montarle el burdel aquí? —El silencio se hizo en la sala porque la dama no supo responder a aquella afrenta—. Conmigo no cuente.

—¡Estúpida desagradecida! —La señora de Montraver se puso en pie de repente con un gesto de odio que Juliet jamás había visto—. ¡Estás despedida!

Juliet se llevó las manos a su cabello, se deshizo el recogido y balanceó la cabeza para que su melena rubia volviera a su posición natural.

—No, señora, usted no me despide. Me voy yo. —Y, dando la espalda a la dueña y a su hijo, abrió la puerta de la sala de lectura—. Yo vine aquí a trabajar de doncella —les lanzó una última mirada—, no a ser una puta.

3

Madrid, noviembre 1827

—¿Y de dónde dice que ha salido esto? —preguntó Calomarde, ministro de Gracia y Justicia, dando un golpe despectivo con la mano a la hoja de papel.

—Se ha repartido por todo Madrid, señor —respondió Benigno Malumbres, su solícito secretario, mientras se ajustaba sus lentes redondas

—¿Quién lo ha impreso?

—Lo desconocemos. Aparecen imprentas ilegales por doquier.

—¡Pues ciérrelas, diantres! —Para el ministro la solución era bien sencilla.

—No es tan fácil, señor. —Malumbres odiaba no tener la respuesta adecuada para su superior—. Ni siquiera sabemos si se ha impreso aquí.

Francisco Calomarde, además de ministro, era, a sus cincuenta y cuatro años, la mano derecha de Fernando VII. Desde su nombramiento, hacía ya tres años, se había encargado de realizar las reformas que pretendían mantener el carácter absolutista del reinado del Borbón. No habían ganado una guerra a los franceses, ni el rey había soportado estoicamente un exilio, para que el germen de las reformas afrancesadas siguiera presente en España. Calomarde había devuelto poder a la Iglesia y a la nobleza, restaurado las Juntas de Fe y reformado los planes de enseñanza para frenar esa maldita corriente ilustrada que recorría Europa. Además, procuraba hacer la vida imposible a los liberales que pretendían restar poder a la corona, pese a que la mayoría había huido de España.

Pero, incluso desde el exilio, los intelectuales liberales seguían haciendo ruido. Sus textos contra las reformas dictadas por Fernando VII —casi todas ideadas por el propio Calomarde—, eran enviados por carta a colaboradores de confianza para que fueran impresos y distribuidos por la capital. Era la única manera que habían encontrado de intentar hacer llegar sus ideas al pueblo español y que este pudiera darse cuenta de quién reinaba y cómo pretendía mantenerlos en la ignorancia.

El último libelo que circulaba por las calles de Madrid, y que Benigno Malumbres había llevado aquella mañana al despacho del Palacio Real de su superior, venía firmado por Rogelio Valdés y contenía, con ese aire poético que tanto gustaba a la gente, versillos tan denigrantes como: «Calomarde es calamar que, con sus tentáculos, llega hasta donde ni siquiera se atrevería a alcanzar el propio rey. Pone y quita piezas para encalomar sus ideas, y encaramar su persona a la derecha del trono, para que el felón le acaricie el lomo». Inaceptable.

—¿Tenemos localizado a Rogelio Valdés? —El ministro se recostó en el respaldo de su asiento y se aflojó un poco el corbatín.

—Está en Burdeos, señor. —Para eso sí tenía respuesta su secretario—. Hay un buen grupo de exiliados allí, muy activos.

Francisco Calomarde se puso en pie y, dando la espalda a Malumbres, se quedó en silencio mientras contemplaba la vista desde el gran ventanal de su despacho. La demolición de las villas medievales que había frente a la fachada principal del palacio estaba casi terminada, y la nivelación del terreno, que había firmado de su puño y letra, comenzaba a dejarse ver. El plan urbanístico contemplaba que aquello fuera una gran plaza ajardinada —se llamaría «plaza de Oriente»— que haría ganar en relevancia y majestuosidad al Palacio Real. Al otro extremo de la plaza se situaría el Teatro Real, cuyas obras iban, según el arquitecto, al ritmo previsto. Aquel templo de las artes escénicas iba a hacer palidecer de envidia a las casas reales de toda Europa.

Benigno Malumbres sabía que no debía interrumpir al ministro cuando este reflexionaba; sus ataques de cólera eran legendarios. Mientras contemplaba la espalda del segundo hombre más poderoso del país, recortada en la ventana y enmarcada en los pliegues del voluptuoso cortinaje, se dio cuenta de que Calomarde había cogido peso. La camisa le rebosaba ligeramente por debajo del chaleco y su trasero llenaba el pantalón, tan ceñido que, aunque era la moda, le hacía parecer un poco ridículo. En los códigos de Malumbres, coger peso era señal de acomodamiento. Un hombre que apenas duerma, se olvide algunos días de comer y trabaje catorce horas al día por el país no cogerá peso.

Benigno Malumbres no solo era su secretario, sino el hombre de confianza del ministro. De orígenes muy humildes, siempre tuvo claro que su vida no estaba en aquel pueblo manchego en el que había nacido y en el que solo se podía malvivir de la tierra. Sus padres reunieron una pequeña cantidad de dinero para enviarlo a Madrid a estudiar Derecho. Alojado en casa de una tía lejana, poco a poco el joven Benigno comenzó a hacer contactos en la capital redactando escritos legales para hombres cada vez más poderosos.

Una vez licenciado, tuvo la fortuna de que un conocido mediara para que pudiera ocupar un puesto de pasante en el ministerio. Y Malumbres supo que no debía dejar escapar esa oportunidad. Su talento era innato, pero tuvo que pisar más de una cabeza para ir ascendiendo. Cuando ya había tocado el que hubiera sido su límite como funcionario, el matrimonio con una de las hijas del notario real le permitió romper de un golpe ese techo y hacerse un nombre. Una vez que el rey designó a Calomarde ministro de Gracia y Justicia, este quiso rodearse de hombres que no estuvieran manchados por el poder y los sobornos. Y ahí estaba Malumbres. Con cuarenta y tres años, había jugado sus piezas de forma magistral.

—Confisque todos esos panfletos —le ordenó por fin el ministro sin girarse.

—Señor, con todos los respetos… —el secretario medía sus palabras—, eso es como poner puertas al mar.

—¡Me da igual! —Esta vez Calomarde sí se giró, y su rostro no era amable—. ¡Como si tiene que vallar la ciudad! Haga controlar el correo que llega desde Francia, ponga a trabajar a sus espías para saber dónde se imprime, registre casa por casa si es necesario…

—Sí, señor. —En ese momento era imposible razonar con aquel hombre.

—Su majestad no puede enterarse de esto.

—Así se hará.

—Ahora salga, por favor. —Calomarde volvió a su asiento—. Infórmeme de los progresos.

***

El sonido de los pasos de Malumbres se oía en los pasillos del ministerio. Era un eco que resonaba al pisar sobre las losas de mármol que pavimentaban el interior del palacio. En su opinión, el ministro se equivocaba al pretender que los panfletos difamatorios se dejaran de repartir, eran demasiado populares entre los seguidores liberales. Si había acudido a él, era porque el último, el que iba firmado por Rogelio Valdés, contenía palabras especialmente duras contra el propio Calomarde. Pero eran muchos los textos que circulaban por Madrid y que, entre risas, iban calando en el pueblo. Incluso semanas atrás corrió de mano en mano uno que le mencionaba expresamente: «Benigno Malumbres, que de bueno solo tiene el nombre. Y lo compensa con el apellido».

Malumbres se colocó el chaleco mientras caminaba y se ajustó el cuello de la camisa sobre el pañuelo que la cerraba. Él no tenía sobrepeso; el ministerio le producía insomnio y falta de apetito. En la antesala de su despacho estaba el puesto de su ayudante, que transcribía una normativa para colegios que debía publicarse en La Gaceta de Madrid.

—Tráigamelo —ladró Malumbres, sin mirar al muchacho, mientras se encerraba en su sobrio despacho. Si el ministro era blando, él no pensaba flaquear.

En su opinión, el ministro Calomarde no veía la perspectiva completa de lo que estaba ocurriendo. Los exiliados liberales podían ser traidores, sí, pero eran algunas de las mentes más brillantes de España. Si sus ideas progresistas y reformistas iban calando entre la gente, quizás hasta el futuro de la propia monarquía pendiera de un hilo. Un alzamiento o un levantamiento —el precedente de la Revolución francesa aún estaba caliente—, guiado por las voces adecuadas, podría derrocar en un día a la frágil monarquía española. Fernando VII no era una lumbrera, desde luego, ni un rey querido por su pueblo; había mentido con sus pactos, hecho ejecutar a héroes de la guerra contra Francia —el Empecinado o Riego, entre otros— y derogado la Constitución de 1812. Lo único que lo mantenía a salvo era la ignorancia en la que vivía el pueblo español y que pelear por dar de comer a los hijos todos los días tenía muy ocupado al populacho. Pero, si alguien conseguía prender la mecha, todo volaría por los aires.

Y demasiado trabajo le había costado a Malumbres llegar hasta allí como para perderlo todo por la desidia del ministro. Un ministro que, por otra parte, tarde o temprano dejaría su puesto y a quien el rey —fuera quien fuera en ese momento— necesitaría sustituir poniendo en su lugar a alguien que tomara las riendas. Él quería ser ministro, así que iba a cerrar aquel asunto con mano dura.