El rey que no podía predicar - Kimber Lantry - E-Book

El rey que no podía predicar E-Book

Kimber Lantry

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Beschreibung

¡George King deseaba predicar! Él sentía que había sido llamado por Dios para hacer esa obra. Pero, toda vez que enfrentaba a un grupo de personas, tartamudeaba, balbuceaba y se olvidaba de lo que iba a decir. El joven Otho Godsmark asistió al primer intento público de George de predicar, exactamente en el living de los Godsmark, con la asistencia de toda la feligresía. ¡Pobre George! Fue tan frustrante su primera experiencia que todos coincidieron en que jamás podría ser un predicador. Pero, iluminada divinamente, el Sra. Godsmark expresó la solución: él sería un "predicador hogareño"; iría de casa en casa, regalaría folletos y hablaría tranquilamente a la gente en sus hogares acerca del regreso de Jesús. Después de su primera semana yendo de puerta en puerta, King tuvo esta visión: mucha gente iría de puerta en puerta, y así se iniciaría la obra de difundir el evangelio de Jesús por medio de personas conocidas como colportores. Tú desearás leer el relato hasta el mismo final mientras lo vayas viendo a través de los ojos del joven Otho.

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Seitenzahl: 81

Veröffentlichungsjahr: 2021

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El rey que no podía predicar

Kimber J. Lantry

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido
Tapa
Prefacio
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8

El rey que no podía predicar

Kimber J. Lantry

Título del original: The King Who Couldn’t Preach, Pacific Press Publishing Association, Nampa, ID, E.U.A., 1980.

Dirección: Aldo D. Orrego

Traducción: Aldo D. Orrego

Diseño de tapa: Leandro Blasco

Diseño del interior: Giannina Osorio

Ilustración de tapa: Leandro Blasco

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXXI

Es propiedad. Copyright de la edición en inglés © 1980 Pacific Press® Publishing Association, Nampa, Idaho, USA. Todos los derechos reservados.

© 2013, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana. Esta edición en castellano se publica con permiso del dueño del Copyright.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-344-9

J. Lantry, Kimber

El rey que no podía predicar / Kimber J. Lantry / Dirigido por Aldo D. Orrego / Ilustrado por Leandro Blasco. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo digital: Online

Traducción de: Aldo D. Orrego.

ISBN 978-987-798-344-9

1. Iglesia Adventista. I. Orrego, Aldo D., dir. II. Blasco, Leandro, ilus. III. Título.

CDD 286.73

Publicado el 22 de enero de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: [email protected]

Website: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Prefacio

Este libro forma parte de esas obras creadas para niños, adolescentes y jóvenes con el objetivo de que ellos se interesen por la vida de los pioneros en la historia adventista. Dicho fin está avalado por una conocida cita del Espíritu de Profecía: que no tenemos nada que temer del futuro excepto que olvidemos cómo Dios nos ha conducido en el pasado.

Pero estos libros tienen otros propósitos: que nuestros niños y jóvenes conozcan experiencias puntuales de hombres y mujeres que siguieron a Jesús y trazaron huellas en la obra de Dios (tanto en los Estados Unidos como en otros países), y que ellos vean cómo Dios nos ha conducido en el pasado, como su pueblo, con una misión específica en esta Tierra.

Además, esta obra trata de plasmar los deseos expresados por muchos maestros: la necesidad de contar con lectura extracurricular y enriquecedora para sus programas en las escuelas de iglesia.

Como podrá notarse, este libro está ambientado en el siglo XIX; por lo tanto, se dejaron los nombres de las personas en su versión original, y ciertas costumbres, modalidades y formas de expresión coloquial son los de aquella época.

Es nuestra esperanza y oración que esta obra ayude a los lectores a familiarizarse con los líderes y la obra de Dios, y que de esta manera enriquezcan no solo su conocimiento sino también su espíritu.

Los editores

Capítulo 1

Otho conoce a George

Cuando era pequeño, no me gustaba la iglesia porque tenía que estar sentado y quieto por mucho tiempo. Y, cuando cumplí los once años seguía sin gustarme porque... ¡tenía que ir con zapatos a la iglesia! Durante todo el verano andaba descalzo, pero cada sábado debía usar zapatos; ¡y yo odiaba los zapatos! En fin, el cuadro de situación era este: las medias de lana me producían picazón en los pies, y los zapatos apretaban y encimaban mis dedos inferiores.

Pero cada sábado por la mañana Madre siempre me recordaba:

–Otho, Otho Godsmark, ¡no olvides calzarte tus medias y tus zapatos!

En invierno tenía que buscar leña para la barriguda estufa que calentaba la iglesia. Eso significaba que cada quince minutos o más tenía que levantarme, ir hasta un pequeño cuarto, y ponerme el abrigo, los guantes y las orejeras, y luego salir al frío por una brazada de madera de la pila de leña que se encontraba detrás de la iglesia. A veces, a pesar de que llevaba guantes, me clavaba algunas astillas en mis dedos.

Si había visitas en la iglesia, Padre siempre las invitaba a casa para el almuerzo del sábado. Decía que era nuestro “deber cristiano”. Aunque no me gustara, ellos terminaban quedándose con nosotros esa noche, lo que significaba que mi “deber cristiano” sería dormir en el sofá del living. ¿Ven por qué no me gustaba la iglesia?

Pero, un sábado en particular quise ir a la iglesia. Y se debía a que ese día predicaría el pastor Jaime White. Él tenía una voz atronadora, que hacía vibrar las vigas del templo, y predicaba bastante bien también. A veces predicaba sobre profecías. En esas ocasiones, él desenrollaba sus así llamados “gráficos proféticos”. Si bien yo no podía entender ciertas partes de ellos, pues se referían a semanas y días proféticos, y cosas por el estilo, en otros pliegos había imágenes de grandes bestias horribles, con un montón de cabezas y cuernos, y otras ilustraciones que daban miedo; y estas cosas sí me gustaban. Además, siempre tenía un relato para nosotros, los niños. Ahora pueden ver por qué deseé ir a la iglesia ese día.

Cuando nos dirigíamos a la pequeña iglesia, la cual estaba a pocos kilómetros de nuestra granja en el condado de Bedford (el cual, a su vez, está a unos quince kilómetros al norte de Battle Creek, Michigan), pude ver varios caballos, con sus carruajes, o sulkys,1 ya atados a los árboles. Y fuera de la iglesia estaba el Pr. White hablando con algunos de los miembros. Se notaba que debía ser él, porque era muy alto. Además, siempre llevaba un sombrero de copa negro y un largo abrigo negro con faldones.

No recuerdo mucho acerca del culto ese día, porque fue lo que ocurrió después lo que llamó mi atención. Ah, sí, también recuerdo que en uno de mis viajes a la pila de leña tiré de un trozo de madera, y cuatro o cinco se me vinieron encima, y uno me golpeó en la espinilla.2 Por un buen rato salté en redondo sobre un solo pie, sosteniendo mi espinilla hasta que dejó de dolerme.

Cuando terminó la predicación, el Pr. White se dedicó a saludar y estrechar las manos de la gente. Luego se acercó a mi padre, le puso un brazo alrededor de su hombro y le dijo:

–Hermano Godsmark, quiero hablar con usted sobre algo.

Me acerqué lo más posible a Padre, para poder oír lo que el Pr. White le iba a decir.

Fuera lo que fuese, era evidente que algo le preocupaba. Finalmente, dijo:

–Hermano Godsmark, tengo un hombre en mi casa y no sé qué hacer con él –movió la cabeza un poco y prosiguió–. Es de Canadá; de algún lugar en Ontario, creo. Ha estado con nosotros unas dos semanas. Quiere predicar. Él dice que sabe que el Señor lo ha llamado a predicar. Tal vez sí –el Pr. White se encogió de hombros y se restregó sus manos como con desesperación–. Pero, para mí, él no tiene el perfil de un predicador, y no estoy seguro de que podamos hacer de él un predicador. Es consagrado y parece un buen hombre, pero no tiene educación y apenas puede expresarse inteligentemente –el Pr. White hizo una pausa; luego prosiguió–. Me gustaría que alguien de su gente lo lleve a su granja. Él puede trabajar lo suficiente como para pagar su comida y su habitación. ¿Quisiera tomarlo, hermano Godsmark? Quizás usted pueda ver si hay algún predicador en él. Su nombre es King, George King.

Yo sabía, aun antes de que Padre respondiera, lo que diría. Y, efectivamente, estuvo de acuerdo.

Entramos en nuestra calesa –Madre, Padre y yo– y seguimos el sulky del Pr. White hasta su casa. Padre y el Pr. White entraron en la casa. Yo los seguí porque quería ver a ese hombre que deseaba predicar pero lo hacía tan mal. Él salió al porche, y yo me quedé allí y me puse a mirarlo.

Supongo que no era muy viejo, pero para mí –un niño de once años–, con seguridad no parecía joven. Actuaba muy formal y rígido. Ni siquiera se animaba a mirar a los ojos del Pr. White o de mi padre cuando se dirigía a ellos. Actuaba como si estuviera avergonzado de algo.

Ahora que lo pienso, sí que tenía algo de qué avergonzarse: ¡su ropa! Pero... un momento... en aquellos días muy pocas personas que vivían en granjas tenían mucho dinero para comprarse ropa en la tienda. Madre siempre tenía un montón de parches y remiendos, y los zurcía en nuestras ropas para mantenernos aseados y limpios. Y supongo que todas las familias granjeras padecían lo mismo.

Pero este señor King tenía un abrigo que parecía como si hubiera pasado por la Guerra Civil, y perdido. Además, llevaba una camisa deshilachada, y su pantalón tenía un agujero en una rodilla y manchas brillantes en las posaderas. Todo su atuendo parecía como si hubiese dormido en un pajar. Sus zapatos lucían como si nunca hubiesen visto pomada. Tal vez fueron de un marrón oscuro alguna vez, pero ahora presentaban diversas tonalidades.

No podía sacar mis ojos de él. Pero, al instante siguiente, Madre se acercó, me tomó del brazo y nos fuimos hacia calesa.

–Othniel Godsmark –ella espetó.

Como pueden ver, Othniel era mi nombre real; pero todo el mundo me llamaba Otho, excepto Madre... cuando yo estaba en problemas.

–No se mira fijamente a ciertas personas, especialmente si son extranjeras –me dijo.

–Pero está vestido tan divertidamente –solté muy orondo–. Eso es lo que me hizo fijarme.

–No me importa cómo esté vestido. Es un hijo de Dios, y usted debe ser amable y cortés –dijo Madre.