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"Una obra sólida sobre el Concilio y un estimulante de la vida cristiana". Con estas palabras describe Henri de Lubac El Rostro del Resucitado, volumen con el que Marie-Josep Le Guillou, perito en el Concilio Vaticano II y uno de los protagonistas de la teología católica de la segunda mitad del siglo XX, ofrece a los lectores "una especie de vade-mecum conciliar, un manual con las líneas fundamentales de Vaticano II". El Rostro del Resucitado, que permite reconocer la "contemplación del Rostro de Cristo suscitada por el Espíritu" como la "pulsación primordial del corazón quizá escondido pero infinitamente real y dinámico del Vaticano II", constituye un ejemplo paradigmático de la "hermenéutica la renovación y de la reforma dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia" solicitada por Benedicto XVI a cincuenta años de la apertura del último Concilio Ecuménico.
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Seitenzahl: 720
Veröffentlichungsjahr: 2012
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Ensayos
472
Marie-Joseph Le Guillou
El Rostro del Resucitado
Grandeza profética, espiritual y doctrinal, pastoral
y misionera del Concilio Vaticano II
Edición española e invitación a la lectura de Gabriel Richi Alberti
Título original
Le Visage duressuscité. Grandeur prophétique, spirituelle et doctrinale, pastorale et missionnaire du Vatican II
© 2012De la traducción española:
Association Marie-Joseph Le Guillou op
Prieuré de Béthanie
78270 Blaru (France)
http://www.mjleguillou.org
© 2012
Ediciones Encuentro, S. A., Madrid
Traducción
Beatriz Gerez Kraemer
Diseño de la cubierta: o3, s.l. - www.o3com.com
ISBN DIGITAL: 978-84-9920-805-3
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La presencia permanente del Resucitado junto a su Esposa entre las vicisitudes
del mundo
Invitación a la lectura
Gabriel Richi Alberti
El concilio ecuménico Vaticano II fue un don del Espíritu a su Iglesia. Por esto motivo sigue siendo un acontecimiento fundamental, no sólo para comprender la historia de la Iglesia en este tramo del siglo, sino también, y sobre todo, para verificar la presencia permanente del Resucitado junto a su Esposa entre las vicisitudes del mundo1.
Así se expresaba el beato Juan Pablo II en el acto de clausura del Congreso Internacional sobre la aplicación del concilio Vaticano II, que el Papa padre conciliar promovió durante el Gran Jubileo del año 2000. Son palabras que, sintéticamente, nos ofrecen algunas claves fundamentales para acercarnos al evento conciliar con plena fidelidad a las indicaciones que Benedicto XVI ha ofrecido en la ya célebre alocución a la Curia Romana con ocasión de la felicitación navideña del 22 de diciembre de 20052.
Y son palabras que concuerdan a la perfección con la perspectiva de lectura que el padre Marie-Joseph Le Guillou ofrece enEl Rostro del Resucitado.
Como el mismo autor nos informa, la publicación de este volumen estaba prevista para el mes de diciembre de 1966: sólo un año después de la clausura del Concilio. Su redacción fue propiciada por la invitación recibida por parte de algunos obispos con los que el padre Le Guillou había colaborado a partir del segundo período conciliar -el autor cita a algunos obispos africanos: S.E. Mons. Zoa, arzobispo de Yaundé, S.E. Mons. Ndongmo, obispo de Nkongsamba, y S.E. Mons. Malula, arzobispo de Léopoldville- a «a esbozar una síntesis global del Concilio susceptible de ayudar a sus sacerdotes y a sus laicos a realizar los descubrimientos que ellos mismos habían hecho a lo largo de las sesiones»3.
Sin embargo, la obra vio la luz sólo dos años más tarde por motivos de salud del autor y, sobre todo, a causa del trabajo necesario para la fundación delInstitut Supérieur d’Etudes ŒcuméniquesdelInstitut Catholiquede París. De hecho, la publicación coincidió con el clima cultural sucesivo al célebre mayo del 684, clima que repercutió en la vida de la Iglesia promoviendo juicios sobre el Vaticano II como el citado explícitamente por nuestro autor al comienzo de esta obra: «¿No es verdad que en numerosos medios católicos está bien visto dar a entender que el Concilio está superado?»5.
Desde finales de los años 60 hasta nuestros días, han pasado casi cincuenta años. Medio siglo en el que la Iglesia ha vivido, con sus luces y sombras, el proceso de recepción del último concilio ecuménico. Las componentes de dicho proceso que deberían ser estudiadas son diversas y de naturaleza diferente. Citamos sólo algunas de las más significativas: las tres fases que, según Pottmeyer, se sucedieron desde la clausura del Concilio hasta 19856, la importancia objetiva de la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos de 1985 con ocasión del vigésimo aniversario de su conclusión7, el protagonismo del arzobispo Karol Wojtyła primero y del papa Juan Pablo II después8, el Gran Jubileo del año 2000, la publicación completa de laHistoria del Concilio Ecuménico Vaticano IIdirigida por Giuseppe Alberigo9y de toda una serie de estudios y propuestas editoriales del último decenio en torno al Concilio y a su recepción10, la propuesta hermenéutica de Benedicto XVI11...
No es ciertamente éste el lugar adecuado para estudiar cada una de estas iniciativas. Su número y su variedad, sin embargo, obligan a dar razón de la oportunidad de volver a proponer, a cincuenta años de la apertura del Vaticano II, un volumen de introducción general redactado por uno de los peritos que estuvieron al servicio de los padres conciliares. Los textos sobre el Concilio se multiplicarán en los próximos años: ¿vale verdaderamente la pena recuperarEl Rostro del Resucitado?
Sin duda y por varias razones.
Ante todo por la hipótesis general de lectura que el padre Le Guillou propone: el Vaticano II es un concilio cuyo centro es el misterio de Jesucristo ofrecido a los hombres en el hoy de la historia12. En efecto, un rasgo específico de la presentación del Concilio por parte de nuestro autor es la afirmación del carácter cristológico del legado del Vaticano II13. Al hablar de carácter cristológico, Le Guillou no se refiere principalmente al contenido preciso de las diversas constituciones, decretos y declaraciones conciliares, sino que busca ofrecer una clave de acceso sintética que permita descubrir la profundidad teológica de los diferentes contenidos propuestos por el Concilio: «Jesucristo centro absoluto de atracción y de referencia para el mundo enteroes el mensaje del Concilio a nuestro tiempo»14. Esta clave de lectura consiste en contemplar el misterio de Cristo: «contemplación del Rostro de Cristo suscitada por el Espíritu, ésta es la pulsación primordial del corazón quizás escondido pero infinitamente real y dinámico del Vaticano II»15. A través de esta contemplación, que nos revela a Cristo como imagen del Dios invisible en la que la Iglesia se refleja como en un espejo, se nos manifiesta el esplendor profético del Vaticano II16. Esta perspectiva ha sido retomada autorizadamente por la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos de 1985, en cuya relación final se afirma con claridad que cuanto el Concilio afirma sobre la Iglesia posee un profundo carácter trinitario y cristocéntrico17. Los documentos del Vaticano II, en efecto, consideran como su objeto propio la realidad de la Iglesia y su relación con el mundo y, sin embargo, el punto de vista que adoptan no es eclesiológico, sino profundamente cristológico y trinitario. Y así lo afirma con claridad nuestro autor: «¡qué paradoja que un Concilio, cuyo objeto propio es la Iglesia, aparezca completamente dominado por el misterio del Dios trinitario!»18.
Esta lectura cristológica del Vaticano II conduce a nuestro autor a poner de manifiesto la particular importancia de la constitución dogmáticaDei verbum19. Jesucristo es la plenitud de la revelación: en su Persona singular se revela, de una vez para siempre, el designio del amor de Dios20. Él es, en el realismo de su encarnación redentora, la imagen del Padre, y recapitula en sí toda la creación, manifestando la unidad del designio salvífico. Esta plenitud de la revelación, que da a conocer e invita a vivir en la comunión de la Trinidad, es posible gracias a la obra del Espíritu.
Sólo a partir de esta clave sintética es posible afrontar adecuadamente cuanto el Concilio enseña sobre la Iglesia. Esta perspectiva permite al padre Le Guillou, en primer lugar, contemplar en profunda unidad las imágenes de “pueblo de Dios” y “cuerpo de Cristo”21; pero, sobre todo, le posibilita reconocer en el misterio de Cristo la clave de comprensión de la Iglesia como sacramento universal de salvación, noción clave del Vaticano II22. Esta noción contempla de nuevo la Iglesia a partir de su fuente: el misterio trinitario23.
Le Guillou considera que se pueden leer adecuadamente los principales argumentos presentes en los documentos conciliares a partir de la afirmación de la sacramentalidad de la Iglesia: la catolicidad y las misiones (cuya fuente se encuentra en el misterio de la Trinidad), la libertad religiosa (nuestro autor denomina bellamente a la Iglesia el “sacramento de la libertad”), el ecumenismo, el diálogo interreligioso (profundización de la catolicidad), la relación con el mundo (del que se distingue y del que es responsable), el carácter histórico de la Iglesia (ámbito de transfiguración de la experiencia humana).
Como consecuencia de este planteamiento el teólogo dominico considera que, según la enseñanza conciliar, la existencia cristiana deriva toda ella de su contemplación del misterio de Cristo, y se resume en una frase de san Juan que nuestro autor traduce así: «Tel il est, lui, tels nous sommes, nous, dans le monde» (1 Jn 4,17)24. ¿Cuáles son los rasgos característicos del cristiano? Ante todo la conformidad con Jesucristo: Él es el hombre nuevo en el que se revela completamente el misterio del hombre. Dicha conformidad hace de la vida del cristiano un permanente sacrificio espiritual, cuyo centro es la Eucaristía y cuya forma concreta es la vida fraternal de la comunión orgánica que es la Iglesia (con sus diferentes carismas y ministerios en la unidad de una vocación y misión comunes). La imagen viva de todo ello es la Virgen María, madre de Dios y madre de la Iglesia.
La propuesta de nuestro autor, como se ve, es muy completa y articulada: la trayectoria teológica del Vaticano II va de la revelación (el misterio de la Trinidad y la encarnación redentora) al mundo. El punto de convergencia es el misterio de Jesucristo tal y como permanece en el misterio de la Iglesia, morada del hombre transfigurado por la gracia.
Así pues, la presentación que nuestro autor nos ofrece de la enseñanza del concilio Vaticano II recomienda por sí misma la lectura del presente volumen. Sin embargo, es posible añadir a este dato otros elementos que ponen particularmente de manifiesto la oportunidad de tener a nuestro autor como compañero de camino a la hora de adentrarse en la “grandeza profética, espiritual y doctrinal, pastoral y misionera del Vaticano II”, por usar la expresión del subtítulo que eligió Le Guillou para su obra.
En primer lugar la lectura de la obra del padre Le Guillou ayuda a comprender con claridad la deuda que la Iglesia ha contraído con su Señor en el concilio Vaticano II. Se trata de una constatación que nace de la conciencia que la Iglesia ha tenido siempre sobre la naturaleza propia de los concilios ecuménicos. No es una casualidad que nuestro autor eligiese como inspiración del título de su obra sobre el Vaticano II, unas palabras del beato Juan XXIII, en el mensaje que dirigió a todos los fieles el 11 de septiembre de 1962, un mes antes de la apertura del Concilio:
¿Qué es siempre, en efecto, un concilio ecuménico sino la renovación de este encuentro de la faz de Jesús resucitado, Rey glorioso e inmortal, que irradia sobre toda la Iglesia, para salud, alegría y esplendor de las gentes humanas? A la luz de esta aparición viene a propósito el salmo antiguo: Levanta sobre nosotros la luz de tu rostro, oh Señor. Has dado alegría a mi corazón (Ps 4,7-8)25.
El Concilio fue, ciertamente, un acontecimiento; que tuvo como iniciador y protagonista, ante todo, al Espíritu del Resucitado; y como horizonte propio la misión salvífica de la Iglesia en el mundo (pastoralidad).
A este propósito sería oportuno superar la polémica sobre el carácter de “acontecimiento” propio del Vaticano II26.
Ante todo porque uno de los autores más representativos de la insistencia en el carácter de acontecimiento propio del Vaticano II y su relación con los documentos aprobados, Giuseppe Alberigo, ha matizado sus afirmaciones al respecto:
El frecuente énfasis que se hace aquí en la importancia del Vaticano II como un acontecimiento total y no sólo por sus decisiones formales, habrá conducido quizá a algunos lectores a sospechar que ha habido intención de rebajar el valor de los documentos aprobados por el Concilio. Parece que es casi superfluo el disipar tal sospecha. En realidad, resulta evidente que el Vaticano II confió a la Iglesia los textos aprobados durante su transcurso, con las diferentes descripciones que la asamblea misma les dio. Pero la reconstrucción misma del transcurso del Concilio ha mostrado claramente la importancia de la experiencia conciliar para el uso correcto y pleno de los documentos mismos. La interpretación del Vaticano II no sería satisfactoria, si se limitara a efectuar un análisis del texto de los documentos. Por el contrario, el conocimiento del acontecimiento en todos sus aspectos es el que proporciona el pleno significado del Vaticano II. Sería paradójico imaginarse o temer que el reconocimiento de la importancia del Vaticano II como un acontecimiento global pudiera reducir o restar importancia a los documentos del Concilio27.
Y, además y sobre todo, porque la caracterización del concilio Vaticano II como acontecimiento es un elemento presente en los discursos conciliares de Juan XXIII y Pablo VI28, y en autores como Karol Wojtyła -la referencia obligada es a su volumen sobre la aplicación del Concilio, publicado como arzobispo de Cracovia29-, en los que no es posible encontrar contraposición entre el peso de los documentos conciliares y el carácter de acontecimiento del Vaticano II.
Así pues, hoy en la Iglesia todos somos deudores del Resucitado por el don que su Espíritu nos ha ofrecido con el concilio Vaticano II. Ningún camino de hermenéutica adecuada de su corpus doctrinal ni de recepción puede prescindir de este punto de partida. De esta deuda también es testigo fiel el padre Le Guillou. Se trata de una conciencia esencial que fue formulada por el beato Juan Pablo II en su testamento espiritual, en la parte escrita entre el 12 y el 18 de marzo de 2000, con las siguientes palabras:
Al estar en el umbral del tercer milenio‘in medio Ecclesiae’,deseo expresar una vez másgratitud al Espíritu Santopor elgran don del concilio Vaticano II,con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado30.
Un segundo elemento que queremos destacar en la presentación del Vaticano II que nos ofrece nuestro autor, podemos identificarlo con el estilo teológico profundamente unitario que caracteriza al padre Le Guillou y, ciertamente, a las enseñanzas del Vaticano II tal y como él nos las presenta. Un estilo teológico que no opone la doctrina a la pastoral, ni la reflexión sistemática a la espiritualidad31. Se trata de una posición intelectual y cristiana particularmente buscada y defendida por nuestro autor a lo largo de su vida, como se puede comprobar en esta significativa reflexión publicada en 1963:
La teología atraviesa una grave crisis que pone en tela de juicio su mismo objeto. La fragmentación de las disciplinas teológicas, que con frecuencia se desafían más o menos entre sí, lleva a bastantes teólogos a dudar de la validez de sus esfuerzos. Algunos de ellos afectan no creer ya en la teología misma y se interesan únicamente por su exégesis o su historia.
Otros pensarán de buen grado que las renovaciones bíblica, litúrgica y patrística bastarían por sí solas para la vida de la Iglesia. Oponen incensantemente el esencialismo del conocimiento de los objetos, que sería lo propio de una teología especulativa, al ideal de una teología más personalista, fundada en la historia y en la antropología; el estatismo de la teología especulativa al dinamismo de la teología pastoral.
Para superar esta crisis, que no es otra que la de la noción misma de verdad, sólo hay una solución: devolver a la teología el sentido del Mistero de Cristo en la llamada escatológica de la visión (...)
La Palabra de Dios une, en efecto, historia y sabiduría en una perspectiva de salvación universal y, en pos de ella, la teología cristiana contempla el acontecimiento, en una afirmación de su carácter contingente y libre, y contempla la plenitud de la Sabiduría. Si la teología es siempre del «hecho-Cristo», es también teología «de Cristo, Verbo y Sabiduría de Dios»32.
Un estilo teológico que no fue siempre comprendido por sus interlocutores, incluidos algunos de sus antiguos profesores. A este respecto vale la pena citar algunos fragmentos de la correspondencia entre el padre Le Guillou y el célebre eclesiólogo dominico, Yves Congar33. Nuestro autor había pedido a su antiguo docente que presentaseEl Rostroen el periódicoLe Monde. La respuesta de Congar, escrita desde Estrasburgo el día 18 de abril de 1968, es ciertamente muy significativa:
Su libro es una bella meditación espiritual de una grande intensidad de fervor en la fe y el amor. Tengo la impresión que no será del agrado de un público lo bastante amplio. Su vocabulario sigue siendo bastante abstracto e intelectual y, en conjunto, los temas son un poco los mismos. De todas maneras, el género mismo de su libro me hace desistir de la idea de presentarlo enLe Monde.Le Mondees leído por dos tercios de no creyentes a los que no podría de ninguna manera proponerles su texto para introducirlos en las perspectivas del Concilio. En todo caso, el público deLe Monde, incluso el católico, busca análisis precisos o una problemática concreta: su libro es casi un libro de espiritualidad, que irradia un cierto joanismo; éste será sin ninguna duda muy provechoso para los Orientales. No me parece que sea del tipo de libros que se presentan enLe Monde.
(…) Comprendo perfectamente que esta carta le decepcionará un poco; pero comprenderá sin duda que tengo mis exigencias de honestidad respecto al público. Admiro mucho su trabajo y la fecundidad de su vida. Le digo simplemente lo que pienso34.
A pesar de esta crítica, el padre Congar ofreció a nuestro autor, si él estaba de acuerdo, la posibilidad de reseñar el libro en el periódico católicoLa Croix.Así lo hizo el sábado 8 de junio del mismo año. Se trata de un texto que presenta el volumen con un tono ciertamente más positivo de lo que cabía esperar. No obstante, a la luz del comentario personal que, como hemos visto, Congar reservó a la obra del padre Le Guillou, es posible vislumbrar la permanencia de una cierta reserva. Podría ser formulada con estas palabras: en el fondo el autor no afronta las cuestiones problemáticas, sobre todo las referidas a las necesarias reformas institucionales35. Pero merece la pena citar el texto mismo de Congar:
Se trata de un libro sin concesiones. Alejado de toda polémica, por encima de todo partidismo, representa, sin haberlo buscado, una respuesta a aquellos que se dedican a decir que ya no se habla ni del pecado ni de la gracia, ni de la oración, ni de la Virgen María y que el mismo Concilio ha caído en el humanismo o el secularismo, abriendo de esta manera el camino a la traición de la fe. En efecto, el P. Le Guillou deja a un lado los aspectos problemáticos, es decir, las preguntas planteadas, las posiciones defendidas y sus enfrentamientos. Se mantiene en una actitud contemplativa, y en el sentido más agudo de la palabra, teo-lógica. El Concilio se le presenta como una revelación del rostro de Jesucristo, Él mismo a su vez, revelación del Dios invisible. ¡Oh, cuánto amamos esta idea de que Cristo es la revelación del Dios invisible! Algunos, más entusiastas que reflexivos, oponen hoy lo uno a lo otro, como si Dios se hubiera negado a sí mismo e incluso hasta eliminado como Dios en Jesucristo, para dejar paso únicamente al hombre, aun siendo éste un «hombre para los otros». Ahora bien, si bien es cierto que Jesucristo es la revelación del hombre según el Padre, del hombre hermano, es también el revelador y el adorador del Padre. No lo elimina: desvela su auténtica naturaleza. Todo el misterio radica en esto, el Absoluto, el Todopoderoso, el Trascendente es Amor, Gracia, Dios para nosotros...
Si Jesucristo es una epifanía de Dios, el acontecimiento y la obra conciliar se presentan al P. Le Guillou como una epifanía de Jesucristo. Creo que si las hubiera conocido, habría citado las palabras que me decía, el mismo día o el día después de la apertura del Concilio, un observador ortodoxo copto. Con los ojos abiertos de par en par, mirando la inmensa nave con sus dos lados de gradas repletas de obispos con sus vestidos litúrgicos, pronunciaba con una voz convencida y profunda: «Y pensar que estos hombres han venido de todas partes del mundo para confesar a Jesucristo!».
De hecho, la obra del P. Le Guillou tiene un cierto estilo joánico, bastante cercano al que aprecian los Orientales. Y no es por casualidad si se encuentran en ella algunas bellas citas de los Padres griegos. Se trata de una contemplación que recoge los mismos temas: el rostro, la pobreza como condición fundamental del ser y del actuar cristianos, las condiciones espirituales del conocimiento religioso, etc. La obra conciliar, con sus dieciséis documentos, en los que se expresa principalmente, aparece así como un servicio profundamente coherente del designio de Dios cuyas grandes líneas el P. Le Guillou había ya trazado enLe Christ et l’Eglise. Théologie du Mystère(Centurion, 1962).
Si bien es cierto que su nuevo libro no responde a todas las preguntas de los teólogos, ni a todas aquellas de los pastores, responde a una cuestión formulada con bastante frecuencia: ¿qué aporta el Concilio a nuestra vida espiritual?, ¿cómo sacar de él todo el provecho espiritual? Ahora bien, haciendo esto, coincide con una intención habitualmente demasiado desconocida, que ocupaba un gran lugar entre las preocupaciones de Juan XIII y en su mismo proyecto conciliar. En el pensamiento del Papa bueno, en efecto, no se encontraba solamente elaggionamentoy al interior de éste, la teología, de todo lo cual desconfiaba un poco: se encontraba también la renovación de la vida cristiana en profundidad y en fervor; Juan XXIII lo ha declarado con fuerza e insistencia....
La historia ha mostrado que esto no bastaba y que un cierto intimismo, un cierto perfeccionismo limitado al terreno espiritual personal, no dispensaban de una acción sobre las estructuras (ver nuestroVrai et fausse réfomer, 1950, del cual aparecerá en breve una segunda edición en las ediciones del Cerf). Pero un aggionamento exterior sin renovación espiritual profunda sería, de igual modo, un error y traicionaría la intención más certera de Juan XIII (…)36
¿Cómo respondió Le Guillou a esta lectura? Tras haber leído la recensión preparada por Congar paraLa Croix,tres semanas antes de su publicación, y en pleno mayo del 68 –la carta, en efecto, está fechada el 18 de mayo–, nuestro autor escribe a su antiguo profesor y, con tono cortés, leal y decidido, le responde con una crítica radical a su interpretación del volumen. Es una página de las vicisitudes de la teología en el siglo XX que merece la pena conocer:
El Padre Wenger, a quién he visto ayer, me ha mostrado su artículo de La Croix. Le agradezco encarecidamente esta presentación. Lamento, sin embargo que no me la haya enviado puesto que no puedo ocultarle que ante lo dicho en la mitad de la segunda página, creo recordar, experimento un cierto malestar. Me ha afligido un poco su nota sobre el aspecto espiritual-personal, diría de buen grado, sobre el «intimismo espiritual» (perdone la «fórmula» que uso, pero no recuerdo exactamente el texto, pues lo he leído rápidamente y ahora no puedo controlarlo).
Me parece que esta manera de ver las cosas es el fruto de una disociación entre lo espiritual y las estructuras, de la que el Occidente adolece. Cuando el Señor dice que Él y su Padre se manifestarán a aquel que le ama, ¿estamos ante lo espiritual-personal con lo que de peyorativo comporta esta expresión? Temo que sobre este punto su presentación provoque ciertos equívocos y no sirva a la causa de la fe.
Pero a lo mejor una lectura demasiado rápida ha hecho que tenga esta impresión. Prefiero con toda lealtad comunicársela sin tardanza.
Me ha conmovido que haya aceptado escribir ese texto en medio de sus muchas ocupaciones y de nuevo se lo agradezco37.
Un tercer elemento para aconsejar la lectura de este volumen, y que inicialmente se puede intuir a partir de las referencias a los cristianos orientales presentes en los textos de Congar que acabamos de citar, puede ser identificado con el horizonte ecuménico de la propuesta hermenéutica de Le Guillou. Se trata de una perspectiva que se encuentra en el centro de la teología de nuestro autor. En los años inmediatamente precedentes al Vaticano II, en efecto, Le Guillou no sólo publicó su tesis doctoral sobre dicho argumento38, sino que significativamente fue uno de los observadores católicos en la Asamblea del Consejo Mundial de las Iglesias en Nueva Delhi en 196139. Entre esta actitud ecuménica y las orientaciones pontificias respecto al Concilio, se da una gran consonancia. La unidad de los cristianos fue, en efecto, una de las preocupaciones que, desde el anuncio del Concilio por parte de Juan XXIII, estuvieron presentes en el aula conciliar. Se trataba de manifestar la plenitud católica de la Iglesia, como afirma el número 4 del decreto sobre el ecumenismoUnitatis redintegratio:
las divisiones de los cristianos impiden que la Iglesia lleve a efecto su propia plenitud de catolicidad en aquellos hijos que, estando verdaderamente incorporados a ella por el bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión. Más aún, a la misma Iglesia le resulta muy difícil expresar, bajo todos los aspectos, en la realidad misma de la vida, la plenitud de lacatolicidad.
Para confirmar dicha perspectiva es oportuno citar un fragmento de la larga recensión que Olivier Clément, con el que Le Guillou colaboró ampliamente40, publicó precisamente en el periódicoLe Monde. Se trata de un testimonio procedente de un no católico sobre la bondad de la hermenéutica del Vaticano II promovida por nuestro autor:
Entre los estudios que proliferan en el «post-concilio»,El Rostro del Resucitadoconstituye une síntesis que hará época. Esta obra tiene como objetivo dilucidar las orientaciones fundamentales del Vaticano II. En realidad, no se trata de una simple presentación, sino de una lectura creadora, menos histórica que profética. Buscando corresponder al acontecimiento del espíritu que fue en primer lugar el concilio, se sitúa en la perspectiva de una tradición viva, enraizada en el misterio de Cristo y totalmente vuelta hacia su regreso. Aunque el P. Le Guillou concede amplio espacio al sentido de la responsabilidad histórica que anima hoy el cristianismo occidental, es ante todo el aliento patrístico lo que quiere reencontrar para nuestra época, y su pensamiento está íntimamente alimentado por una «comunión privilegiada con nuestros hermanos ortodoxos», comunión que se expresa, a través de una problemática original, y de maravillosas citas, no sólo de los padres griegos, sino también de los grandes teólogos y maestros espirituales bizantinos y rusos. Leyendo este libro, se descubre con gratitud que el acercamiento entre el catolicismo y la ortodoxia, favorecido estos últimos años a través de muchos gestos simbólicos, no se limita a una buena voluntad sentimental sino que se convierte en un encuentro profundo de una grande fecundidad.
Aparece así en esta obra un lenguaje a la vez antiguo y nuevo, inseparable de la vida profunda y de la alabanza litúrgica. Este libro de teología lo es también de espiritualidad, y en él brota, renovándola, la experiencia más personal de toda una tradición de oración y de santidad41
Concluimos esta invitación a la lectura con una última cita procedente de la correspondencia presente en el archivo personal de nuestro autor. Y ello porque en la tarea de promover la difusión deEl Rostro del Resucitadocomo un ejemplo emblemático de “hermenéutica de la reforma, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado” –por usar las palabras de Benedicto XVI–, nos ha confirmado la lectura de la carta con la que, el 13 de agosto de 1968, Henri de Lubac respondió al envío del volumen por parte del padre Le Guillou.
En efecto, estas palabras, escritas por una de las figuras más significativas de la teología contemporánea, constituyen la mejor invitación a la lectura de este volumen y, al mismo tiempo, un homenaje debido a un verdadero testigo del Resucitado42:
Reverendo y querido Padre,
El Rostro del Resucitadoha sido un buen compañero de descanso. Es un libro escrito con amor, y se vería mejor si no se justificase por ello. Amor entusiasta por el reciente Concilio, porque este Concilio ha puesto de relieve el valor del Misterio de Cristo. El lugar que reconoce a la constituciónDei Verbumes, a este respecto, muy significativo. Y sin dejar enfriar vuestro entusiasmo por las deformaciones que han tenido lugar desde entonces, no sucumbe a ellas ni un ápice. Esperamos con usted un clima de fe. Quizás la obra puede ser, en cierta medida, demasiado masiva, con demasiados textos, como para que los lectores habituales de la colección en la que se publica puedan acceder fácilmente a ella; pero quedará, a la larga, como una obra sólida de consulta sobre el Concilio, y como un estimulante de la vida cristiana. A este propósito he señalado para mi uso personal muchos detalles. Sobre todo encuentro excelente el secreto de sus dos esquemas (...). Al igual que usted lamento queGaudium et spes no haya precisado con más insistencia y más rigor el sentido de la palabra “mundo”, dado el abuso que se haría de ella; pero se trata realmente de un abuso (...)
Querido Padre, con toda mi respetuosa simpatía, quedo suyo
Henri de Lubac SJ
NOTAS
1 Juan Pablo II, «Discurso en la clausura del Congreso Internacional sobre la aplicación del Vaticano II», 27 de febrero de 2000, n. 1.
2 Cf. Benedicto XVI, «Ad Romanam Curiam ob omina natalicia. Die 22 decembris 2005», en Acta Apostolicae Sedis 98 (2006), pp. 40-53, en particular pp. 45-52.
3 Infra pp. 48-49.
4 Es necesario recordar la iniciativa que nuestro autor llevó a cabo con Olivier Clément y Jean Bosc para ofrecer un discernimiento adecuado de dicho clima a partir de la fe: cf. M.-J. Le Guillou – O. Clément – J. Bosc, Evangelio y revolución: en el corazón de nuestra crisis espiritual, Desclée de Brouwer, Bilbao 1970 (original francés: Paris 1968).
5Infra p. 38.A este respecto vale la pena citar un artículo titulado «Dépasser Vatican II» y publicado enLe Mondeel 19 de septiembre de 1970. Se trata de una posición que cobró bastante auge, hasta el punto de que L’Osservatore Romano se hizo eco de ella: «no hablamos de los extremismos, tanto de derechas como de izquierdas, cuyos excesos, siendo evidentes, resultan menos nocivos. Más peligrosa es una contestación de tono más moderado que está invocando no el Concilio Vaticano II, que considera superado, sino lo que llama el espíritu del Concilio o, mejor, la evolución necesaria del mismo. Sus promotores hace ya tiempo que han decidido a propósito del celibato eclesiástico que quisieran facultativo, de los anticonceptivos, contradiciendo la Humanae vitae, del sacerdocio que minusvaloran etc.», C. Boyer, «Sinodo e unità», enL’Osservatore Romano29 de septiembre de 1971, p. 1
6 Cf. H. J. Pottmeyer, Hacia una nueva fase de recepción del Vaticano II. Veinte años de hermenéutica del Concilio, en G. Alberigo – J.-P. Jossua, La recepción del Vaticano II, Cristiandad, Madrid 1987, pp. 49-67,
7Cf. Synodus Episcoporum,Relatio finalis Ecclesia sub verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi, enEnchiridion Vaticanum9, nn. 1779-1818.
8Cf. K. Wojtyła,La renovación en sus fuentes, BAC, Madrid 1982;Il sinodo pastorale dell’arcidiocesi di Cracovia (1972-1979), Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1985; Z. J. Kijas – A.Dobrzy´nski(a cura di),Cristo Chiesa Uomo. Il Vaticano II nel pontificato di Giovanni Paolo II, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2010; G. Marengo,Giovanni Paolo II e il Concilio. Una sfida e un compito, Cantagalli, Siena 201. Sobre la aportación de Wojtyła como padre conciliar, se nos permita citar: G. Richi Alberti, Karol Wojtyła: un estilo conciliar, Studia Theologica Matritensia 16, Publicaciones San Dámaso 2010.
9 Cf. G. Alberigo (dir.), Storia del Concilio Vaticano II 5 voll., Leuven – Bologna, Peeters - Il Mulino 1995-2001. La edición española ha sido coordinada por Evangelista Vilanova, cf. Historia del Concilio Vaticano II 5 vols., Leuven-Salamanca, Peeters-Sígueme 1999-2008.
10Sin ánimo de ser completos citamos, por orden cronológico decreciente, algunos volúmenes a nuestro juicio significativos, de distintas orientaciones, algunas opuestas entre sí y ciertamente discutibles: B. Gherardini,Concilio Vaticano II. Il discorso mancato, Lindau, Torino 2011; R. De Mattei,Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta, Lindau, Torino 2010; Ch. Theobald,La réception du Vatican II. 1. Accéder à la source, Cerf, Paris 2009; A. Melloni – G. Ruggieri (a cura di),Chi ha paura del Vaticano II?, Roma, Carocci 2009; B. Gherardini,Concilio Ecumenico Vaticano II. Un discorso da fare, Casa Mariana Editrice, Frigento 2009; G. Alberigo,Transizione epocale. Studi sul Vaticano II, Il Mulino, Bologna 2009; M. L. Lamb – M. Levering,Vatican II. Renewal within Tradition, University Press, Oxford 2008; J. W. O’Malley,Vatican II: did anything happen?, Continuum, New York 2007;G. Routhier,Vatican II: hermeneutique et réception, Fides, Saint-Laurent Quebec 2006; A. Marchetto,El Concilio Ecuménico Vaticano II.Contrapunto para su historia, Edicep, Valencia 2008 (original italiano de 2005). También es necesario recordar el último gran comentario sistemático al corpus doctrinal del Vaticano II: P. Hünermann – B.-J. Hilberath,Herders Theologischer Kommentar zum Zweiten Vatikanischen Konzil 1-5, Herder, Freiburg-Basel-Wien 2004-2006.
11 Una breve presentación de la propuesta de Benedicto XVI con el deseo de diferenciarla adecuadamente de una crasa “hermenéutica de la continuidad” en: G. Richi Alberti, «A propósito de la ‘hermenéutica de la continuidad’. Nota sobre la propuesta de B. Gherardini», enScripta Theologica42 (2010), pp. 59-77.Además cf.: G. Routhier, «Sull’interpretazione del Vaticano II. L’ermeneutica della riforma, compito per la teologia I e II», enRivista del Clero Italiano92 (2011), pp. 744-759 y 827-841.
12 Retomo aquí algunas consideraciones presentes en: G. Richi Alberti, Teología del misterio. El pensamiento teológico de Marie-Joseph Le Guillou op, Encuentro, Madrid 2000, pp. 197-206.
13Cf. B.-D. De La Soujeole,Quelques points de repère pour la compréhension de Vatican II, en Aa. Vv.,Un homme émerveillé par le Visage du Ressuscité, Saint Augustin, Saint-Maurice 1996, pp. 77-91.
14 Infra p. 402
15 Infra p. 59.
16 «¡La grandeza profética del Vaticano II se dibuja así con claridad! Brota toda ella del misterio de Cristo, misterio revelado a los hombres en el resplandor de su esplendor espiritual y doctrinal», infra p. 71.
17«Nuntius de Ecclesia ut a concilio Vaticano II describitur trinitarius et christocentricus est», Synodus Episcoporum, Relatio finalis..., op. cit., n. 1789.
18 La cita completa dice: «¡Qué paradoja que un Concilio, cuyo objeto propio es la Iglesia, aparezca completamente dominado por el misterio del Dios trinitario! Sin embargo no hay hecho más indiscutible. Rehusando deliberadamente considerarse como fin, la Iglesia tiene la intención de vencer la tentación de cerrarse sobre sí misma o, como dirían nuestros amigos protestantes, cualquier germen de eclesiocentrismo. Sabe ser el espacio definido por el Espíritu en el que, en Jesucristo, se manifiesta el rostro de Dios Padre, rostro que sólo sostiene y justifica la existencia del mundo y de la humanidad y su devenir», infra p. 142
19 «El prodigioso edificio del concilio Vaticano II, constituido por las constituciones, los decretos y las declaraciones, nos desvela su lógica interna: la vía de acceso es necesariamente la constitución Dei Verbum (sobre la Revelación) y la constitución Sacrosanctum Concilium (sobre la liturgia). Gracias a ellas podremos descubrir el significado verdadero de Lumen Gentium y de Gaudium et Spes así como de todos los demás textos, que no es otro que el Misterio de Cristo», infra p. 101.
20 «En lo concreto de la existencia y de la experiencia de este hombre que es Cristo, Dios se entrega a nosotros por entero y el hombre responde al amor que le es ofrecido. En el corazón de este ser se establece la única comunicación plenamente auténtica entre Dios y el hombre (…) En la vida, los sufrimientos, la pasión hasta la muerte, a través del rostro de Cristo emocionado, turbado, trastornado, feliz, entregado, sangriento, desfigurado, Dios habla en un lenguaje accesible a todos nosotros», infra p. 84.
21 Le Guillou, en efecto, describe a la Iglesia como «un pueblo que recibe su forma de Jesucristo», infra p. 157.
22 «Definir la Iglesia como sacramento es, pues, desde el punto de vista de su vínculo con Cristo, volviendo al sentido genérico fundamental de esta palabra de sacramento, comprenderla en la línea misma de la economía de la salvación en función del sacramento por excelencia que es la humanidad de Cristo y como sujeto de todos los sacramentos, “lugar de los sacramentos cristianos” o “sacramento de sacramentos”», infra p. 167. «El pueblo de Dios, abierto a la catolicidad del mundo, signo de la unidad de la humanidad entera, es, por lo tanto, la expresión del misterio, es decir, la manifestación de la sabiduría divina que es Jesucristo, revelador y realizador del designio de Dios. Es el sacramento de la salvación del mundo», infra p. 165.
23 «Misterio o sacramento, la Iglesia se descubre a sí misma en su fuente: el misterio trinitario (…) Es portadora del don que Dios, por Jesucristo, ofrece al mundo: el principio de su dinamismo universal lo recibe de la Trinidad, a partir del misterio de la Encarnación: es una comunión en el Espíritu Santo», infra p. 171.
24«Hemos utilizado la traducción que da M. Michel Bouttier en su artículo: “La notion de frères chez saint Jean», enRevue d'Histoire et de Philosophie religieuses(1964), pp. 179-180, que toma prestada de Pierre Bonnard:La première épître de Jean(traduction et notes de Pierre Bonnard), Neuchâtel-Paris 1961, y que traduce: “Tel il est, tels nous sommes dans ce monde”. En la versión francesa de la Biblia de Jerusalén podemos leer: “Tel il est celui-là, tels aussi nous sommes dans ce monde” pero sólo la traducción de M. Bouttier refleja con mayor fidelidad el texto original. La cita de la versión española coincide con la de Bouttier», infra p. 34.
25 Juan XXIII, Mensaje a todos los fieles del orbe, 11 de septiembre de 1962, pp. 500-506, aquí p. 501.
26 Sobre esta polémica cf.: Marchetto, El Concilio Ecuménico, op. cit., pp. 77-78, 177, 242, 414; G. Richi Alberti, «Un debate sobre la hermenéutica del concilio Vaticano II», en Revista Española de Teología 70 (2010), pp. 93-104.
27 El texto original se encuentra en: Alberigo, Transizione epocale, op. cit., p. 848. Ofrecemos, sin embargo, la traducción española de dicho texto que puede ser consultada en: Historia del Concilio Vaticano II 5, op. cit., p. 569. En dicha traducción el editor español ha decidido, diferenciándose así del original italiano, indicar en nota el volumen M. T. Fattori – A. Melloni, L’evento e le decisioni. Studi sulle dinamiche del Concilio Vaticano II, Il Mulino, Bologna 1997, en el que Alberigo publicó el ensayoLuci e ombre nel rapporto tra dinamica assembleare e conclusioni conciliari. Dicha opción oscurece los matices que ofrece la formulación de 2001, cuatro años más tarde respecto al artículoLuci e ombre, a propósito de la relación existente entre evento y decisiones conciliares, y sus consecuencias para una correcta hermenéutica del Vaticano II.
28 Cf. Juan XXIII, Constitución apostólica “Humanae salutis”, pp. 370-376, aquí pp. 372 y 375; Juan XXII, Discurso en el acto de inauguración, p. 512; Pablo VI, Discurso en el acto de clausura del Segundo Período, pp. 631-641, aquí p. 634; Pablo VI, Discurso de apertura del Tercer Período, pp. 730-740, aquí p. 733; Pablo VI, Discurso de apertura del Cuarto Período, p. 833; Pablo VI, Discurso en la Sesión Pública, 18 de noviembre de 1965, pp. 865-877, aquí p. 865.
29 Cf. Wojtyła, La renovación en sus fuentes, pp. 3-5.
30 «El testamento del Papa Juan Pablo II. Totus tuus ego sum», en L’Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española 37 (2005), pp. 193-194, aquí p. 194.
31 Cabe subrayar, a este propósito, que uno de los criterios que ofreció la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos de 1985 a la hora de proponer una interpretación teológica de los textos del Concilio insistía en la imposibilidad de separar la índole pastoral de la fuerza doctrinal de los documentos.
32 M.-J. Le Guillou, Teología del misterio. Cristo y la Iglesia, Estela, Barcelona 1967, pp. 301-302.
33 Recordemos que el p. Le Guillou es el autor de la semblanza sobre Congar publicada en el famoso Balance de la teología del siglo XX, cf.: Id., P. Yves M.-J. Congar, O.P., en R. Vander Gucht - H. Vorgrimler, Bilan de la théologie du XX siècle t. 2, Casterman, Tournai-Paris 1970, pp. 791-805.
34 Esta carta se encuentra en el Archivo personal del teólogo dominico, en el que se pueden consultar numerosos documentos referidos al Concilio Vaticano II y a las circunstancias de su recepción en los años que siguieron, cf.: G. Richi Alberti, Inventaire du Fonds P. Marie-Joseph Le Guillou op, M Subsidia Instrumenta 5, Universidad San Dámaso, Madrid 2012, 410 págs. La correspondencia que estamos citando se encuentra en: Fonds Le Guillou: F1, 8b. Cf. ib., p. 321
35 A este respecto es oportuno observar una cierta consonancia entre la preocupación por la reforma institucional presente en Congar y el horizonte de lectura del Vaticano II presente en muchos escritos de Giuseppe Alberigo, horizonte en el que, a nuestro modo de ver, predomina una cierta inflación de la perspectiva de la reforma institucional de la Iglesia. A este propósito nos permitimos enviar a: G. Richi Alberti, «La transición hacia una nueva era. A propósito de una obra reciente», en Revista Española de Teología 69 (2009), pp. 669-695, en particular pp. 679-680.
36Y. Congar, «Concile, réforme et vie spirituelle», enLa Croix8 de junio de 1968.
37 El texto original se encuentra en el Fonds Le Guillou: F1, 8b. Cf. Richi Alberti,Inventaire, op. cit., p. 321.
38Cf. M.-J. Le Guillou,Mission et unité. Les exigences de la communion, Unam Sanctam 33, Cerf, Paris 1960.
39Cf. Richi Alberti,Teología del misterio, op. cit., pp. 18-19, 142-156.
40Cf. O. Clément,Le Père Le Guillou: chronique d’une amitié, en Aa. Vv.,Un homme pris par le mystère de Dieu, Mame, Paris 1991, pp. 143-173.
41Id., «Un événement œcuménique et spirituel», enLe Monde3 de agosto de 1968.
42 El texto original se encuentra en el Fonds Le Guillou: F1, 8b. Cf. Richi Alberti, Inventaire, op. cit., p. 321.
Nota a la edición española
La publicación de este volumen, que ve la luz al mismo tiempo y con los mismos criterios editoriales que la nueva edición francesa (Parole et Silence 2012) y la traducción italiana (Cantagalli 2102), ha sido la ocasión para realizar un atento trabajo de verificación del aparato crítico del libro. De este modo se ha procedido a corregir algunas inevitables imprecisiones en las citas de los textos conciliares y en las citas bíblicas, así como a completar las referencias a los discursos pontificios de Juan XXIII y de Pablo VI y algunos datos de los volúmenes citados por el p. Le Guillou, de manera que fuese posible percibir con mayor claridad la riqueza de la propuesta del autor.
Además para facilitar la lectura y el estudio del volumen, se ha preferido distinguir gráficamente las abundantes y prolijas citas de los documentos conciliares respecto al texto del autor.
G.R.A.
Siglas
Documentos conciliares:
AA: Decreto sobre el apostolado de los laicosApostolicam
Actuositatem.
AG: Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia
Ad Gentes.
CD: Decreto sobre el ministerio pastoral de los obispos en la IglesiaChristus Dominus.
DH: Declaración sobre la libertad religiosaDignitatis Humanae.
DV: Constitución dogmática sobre la divina revelación
Dei Verbum.
EO: Decreto sobre las Iglesias orientales católicasOrientalium Ecclesiarum.
GE: Declaración sobre la educación cristianaGravissimum
Educationis.
GS: Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et Spes.
IM: Decreto sobre los medios de comunicación social
Inter Mirifica.
LG: Constitución dogmática sobre la IglesiaLumen Gentium.
NA: Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las
religiones no cristianasNostra Aetate.
OP: Decreto sobre la formación sacerdotalOptatam Totius.
PC: Decreto sobre la adecuada renovación de la vida religiosaPerfectae Caritatis.
PO: Decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíterosPresbyterorum Ordinis.
SC: Constitución sobre la sagrada liturgiaSacrosanctum
Concilium.
UR: Decreto sobre el ecumenismoUnitatis Redintegratio.
Otras:
PG: Patrologia Graeca.
PL: Patrologia Latina.
POr: Patrologia Orientalis.
Las citas bíblicas empleadas son de la traducción de la Biblia de Jerusalén. En el caso de que el sentido del texto original varíe respecto a la traducción española utilizada, se indica explícitamente.
En la obra original las citas de los textos conciliares provienen del volumenConcile oecuménique Vatican II: constitutions, décrets, déclarations, messages. Textes français et latin, tables biblique et analytique et index des sources,Éditions du Centurion, Paris, 1967. En la traducción al español los textos conciliares son citados a partir de la versión ofrecida en la página web de la Santa Sedewww.vatican.va
A no ser que se indique expresamente lo contrario, las citas de los discursos de Juan XXIII y de Pablo VI han sido tomadas del volumen J. L. Martín Descalzo (ed.),El Concilio de Juan y Pablo. Documentos pontificios sobre la preparación, desarrollo e interpretación del Vaticano II,BAC, Madrid 1967.
Prólogo
El Concilio ha nacido con la intención de dar al apostolado de la Iglesia, en las circunstancias tan graves del mundo de hoy, toda su amplitud y su eficacia.
Esta intención que, durante largos decenios, se había expresado de múltiples maneras en los escritos de los teólogos, en numerosos documentos del magisterio, en múltiples manifestaciones de la vida del pueblo cristiano, se ha concretado en una sobrenatural intuición del papa Juan XXIII; la decisión tomada ha suscitado la admiración, ha sembrado alegría y ha hecho nacer la esperanza mucho más allá de los límites visibles de la Iglesia.
La gran preocupación de los Padres conciliares y de los teólogos, sus colaboradores, desde el primer día hasta el último, ha sido la de dar al apostolado su autenticidad, en función de las aspiraciones, de las necesidades y de los sufrimientos de la humanidad de hoy.
Sin duda, por eso, se ha revelado necesaria una puesta al día de las estructuras de la Iglesia. Pero es un error pensar –como algunas publicaciones lo han sugerido– que el objetivo del Concilio ha sido, en primer lugar, hacer cambios exteriores en la Iglesia; esta perspectiva provoca en los católicos poco informados dos tendencias igualmente peligrosas que a veces se enfrentan: la tendencia de atenerse a los valores del pasado y a rechazar los cambios necesarios, la tendencia de buscar la novedad como tal, con el riesgo de olvidar la continuidad de la vida de la Iglesia.
La obra del Concilio «no es una revolución, es una renovación» (Pablo VI, 31 de marzo de 1967). Renovación, sobre todo, interior.
Todas las obras exteriores deben juzgarse en función de la renovación interior de las que son los signos.
Las dos líneas principales de la obra conciliar son las siguientes:
Universalidad de la llamada a la santidad;
Universalidad del apostolado.
Pero esto supone una teología de la Revelación y de la Iglesia.
El mérito del reverendo P. Le Guillou, en esta obra, es el de hacer penetrar al lector en el corazón mismo de la enseñanza del Concilio.
La Iglesia es el Rostro de Cristo.
Cristo nos revela el Rostro del Padre.
No creo abusar del lenguaje al decir que este libro nos da el auténtico rostro del concilio Vaticano II.
Lo que expone el autor es, en una palabra, la naturaleza «extática» de la Iglesia.
La Iglesia, separada de Cristo, no existe. Es por Cristo, para Cristo, en Cristo, de Cristo.
Pero, porque Cristo es el Salvador de todos los hombres, la Iglesia está en relación con toda la humanidad. Separada de la humanidad, no existe; toda ella es para los hombres; en cierta manera, pero en diversos grados, es por todos los hombres y en todos los hombres.
San Francisco de Sales, tras santo Tomás, enseñó que uno de los efectos del amor es el éxtasis; no se trata del éxtasis como fenómeno extraordinario, sino como aquello que es propio del amor: el que ama sale, por así decirlo, de sí mismo para pensar en quien ama, olvidarse por él, habitar en él, darse a él, y, si es necesario, morir por él.
Ahora bien, como dice admirablemente el padre Le Guillou, «la verdad de la Iglesia es el amor y nada más».
La teología cristiana, desde siempre, ha afirmado la densidad y el esplendor de la relación.
La Iglesia es la relación con Cristo. Esta verdad lleva a Le Guillou a escrutar, en unas luminosas páginas, la grandiosa unidad del plan de Dios, así como los vínculos esenciales que unen la Iglesia, «perfecta expresión del monoteísmo», con el Misterio de Dios, manifestado en Jesucristo. A la luz de Cristo, la Virgen María está presente como un «misterio de humildad y de transparencia».
La Iglesia es, al mismo tiempo, relación con la humanidad; es «la nueva creación en la que se desvela la antigua, «la proclamación y la realización real de la paternidad divina respecto a la humanidad», «el sacramento de la fraternidad universal», «el sacramento de la libertad»; el cristiano es definido como «un ser de comunión». El colegio episcopal es presentado como la manifestación «de la multiplicidad unificada de la Iglesia» y el primado del Papa como «el servicio inalienable de la unidad».
Digna de una mención gozosa es la claridad y el vigor de las exposiciones sobre la gratuidad propia de la caridad; sobre la pobreza como «criterio de la catolicidad», sobre el ecumenismo, del que el autor habla con tanto entusiasmo como precisión.
San Basilio hizo un día esta reflexión dolorosa: «En lugar de ser teólogos, los hombres han aprendido a ser especuladores» (carta 90).
La obra del padre Le Guillou no es una obra de especulación abstracta. El misterio de la Iglesia está expuesto con el rigor de las exigencias científicas –nos alegramos en particular de su riqueza exegética y de sus brillantes referencias a los Padres griegos– pero también con una utilización juiciosa de las imágenes, según la tradición más auténtica y más antigua; su mejor testigo es el Evangelio. La Iglesia, realidad misteriosa, no puede ser encerrada en conceptos sacados de un pensamiento únicamente nocional. Por encima de nuestra inteligencia, ella exige, para ser alcanzada en cierta forma, un esfuerzo de nuestro espíritu que tiende a ir más allá del pensamiento conceptual. El empleo de imágenes es la rampa de lanzamiento que permite el despegue del pensamiento hacia las realidades místicas. La auténtica teología eleva el espíritu hacia regiones superiores donde la ciencia se une a la poesía y la contemplación.
El padre Le Guillou presenta el misterio de la Iglesia con sus implicaciones humanas, espirituales y apostólicas, en función de la época que vivimos, tanto de sus aspiraciones como de sus peligros. ¿Sería normal oír a alguien hablar del misterio de la salvación sin sentir latir su corazón de apóstol, sin sentirse suavemente atraído hacia la contemplación e incitado a esforzarse a extender el reino de Dios.
Ya exponga con fidelidad la enseñanza conciliar o, a lo largo del camino, exprese la riqueza, alguna vez de forma audaz, de su pensamiento personal, el autor deElRostro del Resucitadoes un hombre que se entrega plenamente; habla a los hombres de su época; su lenguaje tiene un tono de estremecedora novedad, porque es el eco del Evangelio, que sigue siendo, hoy como ayer, la «Buena Nueva».
Los lectores encontrarán una síntesis viviente de la doctrina conciliar; serán invitados así realizar una «relectura» de los textos con los que la Iglesia ha querido establecer un diálogo, no sólo con sus propios hijos, sino también con la humanidad toda entera. Este libro será un alimento sólido para su vida espiritual. Aportará también luz, consuelo y energías a sacerdotes, religiosos y laicos en sus esfuerzos apostólicos.
Mis venerables colegas los obispos de África del Norte y yo mismo tuvimos la fortuna, durante las sesiones del Concilio, de gozar de la convivencia con el padre Le Guillou en el convento de las queridas hermanas del Sagrado Corazón de Roma; nos hemos beneficiado de su colaboración solícita y generosa; hemos participado de las mismas esperanzas, de los mismos esfuerzos, de las mismas angustias y de las mismas alegrías; hemos sido testigos de su lealtad apasionada en la búsqueda de la verdad; la amistad que nos unió a él permanecerá durante toda nuestra vida como un rico tesoro. ¡Reciba la expresión de nuestra fraterna gratitud y de nuestro apego indefectible!
En recuerdo de Madre Marie-Magdalita de Sion (+ 8 de enero de 1958) y de Méryem Fabre (+ 22 de enero de 1958) en quienes se reflejó el Rostro del Señor.
Estoy seguro que muchos hombres que buscan a Dios encontrarán en este libro el reflejo de su Rostro.
El padre Le Guillou no busca ninguna otra recompensa.
Argel, 28 de febrero de 1968
Léon-Étienne Duval
Cardenal Arzobispo de Argel.
Introducción
En nuestros días la Iglesia católica y otras Iglesias se ven sacudidas por una crisis de fe de extrema violencia. La puesta en guardia y las medidas imperativas, sea cual sea su utilidad, no son suficientes para resolverla.
Únicamente una reflexión teológica en pleno corazón de la Iglesia, tan consciente del esplendor de la Revelación como sensible a las demandas culturales contemporáneas, capaz por tanto de manifestar las exigencias concretas de un fe verdadera, aportará a los cristianos la luz que necesitan en su confrontación con el mundo.
Sólo la manifestación del misterio deDios, descubierto a través de su acción salvífica,contemplado y amado por lo que es, puede iluminar al hombre y su historia.
En Jesucristo, en efecto, se nos manifiesta plenamente el rostro de Dios, como el rostro del hombre.
En Él hemos visto su Rostro y hemos escuchado su Palabra.
¡Maravilla del rostro de Dios volcado en el devenir de nuestro mundo para suscitar en todos los hombres el Rostro de aquel que abraza desde siempre con infinita ternura!
Nosotros somos los testigos de ese Dios vivo que se nos manifiesta en Jesucristo y que se inserta como presencia de amor en el devenir de la historia humana para iluminarla, transfigurarla y conducirla a su término.
Ante los hombres, hemos de cantar con todo nuestro ser el misterio de aquel que nos ha salvado:
«En tu salvación mi corazón exulte. ¡A Yahvé cantaré por el bien que me ha hecho!» (Sal 13,6)
¡Bienaventurado el júbilo de la acción de gracias!
«Oh Dios, –voy a cantar, voy a salmodiar– ¡anda, gloria mía!» (Sal 108,2)
Dejemos al Señor Dios, «Aquel que es, que era y que va a venir», el Maestro de todo (Ap 1,8), recrear en nosotros todo nuestro ser, toda nuestra inteligencia, todo nuestro amor, y, entonces seremos verdaderas imágenes del «Testigo fiel» (Ap 1,5).
«Como Él es, así somos nosotros en este mundo» (1 Jn 4,17)1.
M.-J. Le Guillou, o.p.
Director
del Institut Supérieur d'Études Oecuméniques
(Institut Catholique, Paris)
Centre d'Études Istina (París), mayo-octubre 1966
El Beng-Hent, frente a N.-D. du Yaudet (Côtes-du-Nord), julio-agosto 1967
Centre International de la Sainte Baume (Var), agosto 1967.
1 Hemos utilizado la traducción que da M. Michel Bouttier en su artículo: «La notion de frères chez saint Jean», en Revue d'Histoire et de Philosophie religieuses (1964), pp. 179-180, que toma prestada de Pierre Bonnard: La première épître de Jean (traduction et notes de Pierre Bonnard), Neuchâtel-Paris 1961, y que traduce: «Tel il est, tels nous sommes dans ce monde». En la versión francesa de la Biblia de Jerusalén podemos leer: «Tel il est celui-là, tels aussi nous sommes dans ce monde» pero sólo la traducción de M. Bouttier refleja con mayor fidelidad el texto original. La cita de la versión española coincide con la de Bouttier.
Primera Parte
El Rostro
Capítulo Primero
¿Qué rostro?
En un momento en que por todas partes se rompe la comunicación entre los hombres, el concilio Vaticano II abre la Iglesia Católica, toda ella, a la era del diálogo.
La Iglesia que, desde entonces tiene la mirada puesta en Cristo que «ha conducido a los hombres con un coloquio verdaderamente humano a la luz divina» (AG 11) y es germen poderoso de unidad, de esperanza y de salvación para la humanidad (LG 1 y 9), quiere ser para ésta la «señal de la fraternidad que permite y consolida el diálogo sincero» (GS 92).
Esta toma de conciencia es uno de los logros más preciados del Vaticano II y es con bella lucidez espiritual que el padre Rouquette afirmó que la votación conciliar del 20 de noviembre de 1962 había cerrado definitivamente el período de la Contrarreforma1.
La Iglesia, encargada del ministerio de la comunicación fraternal, se abre a las Iglesias, a las religiones, a los hombres y al mundo. Pero esta apertura implica una transformación tan profunda de mentalidad que podemos, con Juan XXIII, hablar de mutación. De un cambio acompasado a la evolución de este mundo que ha desconcertado a numerosas conciencias en el interior de la Iglesia Católica. Sacudidas sus certezas, sacerdotes y fieles deben hoy día estar lo suficientemente formados para comprender que, debido al diálogo en el que participan, las estructuras de la Iglesia están naturalmente expuestas a una incesante crítica.
Comprender este giro decisivo es para los católicos una exigencia tanto de su ser cristiano como de su presencia en el mundo contemporáneo. De allí que hayamos considerado útil profundizar en su estudio.
Quizás algunos consideran que este trabajo está desprovisto de significado. ¿No es verdad que en numerosos medios católicos está bien visto dar a entender que el Concilio está superado?
Desde luego, nos damos cuenta de la angustia y la generosidad que expresan estas palabras. En ningún momento hemos pensado que el Concilio resolvería las cuestiones con las que nos enfrentamos actualmente. Sería como si compulsando o repitiendo los textos de sus constituciones, decretos o declaraciones fuese suficiente para darnos cuenta de las preocupaciones de nuestros contemporáneos y para darles respuesta. ¿Puede haber ingenuidad más dañina, error más trágico?
