El sabueso de los Baskerville - Arthur Conan Doyle - E-Book

El sabueso de los Baskerville E-Book

Arthur Conan Doyle

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Beschreibung

En esta aventura, Sherlock Holmes tendrá la misión de llevar la razón y disipar las sombras opresoras del pasado. El propio Holmes admite enfrentarse en esta ocasión a un villano de primer orden, alguien dispuesto a subvertir cualquier convencionalismo con tal de conseguir sus fines. Y, para ello, ese villano usa además un monstruo: un ser fuera de control, que parece extraído de las profundidades del infierno. Como ha destacado algún crítico, la novela "ejemplifica la tensión del momento entre ciencia y superstición". "El sabueso de los Barkerville" fue votada por un grupo de expertos holmesianos como la mejor aventura del personaje y está considerada como una de las mejores novelas policíacas de todos los tiempos.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Arthur Conan Doyle

El sabueso de los Baskerville

Introducción y notas de Julián DíezTraducción de Ramiro Sánchez

Índice

Introducción

Bibliografía

EL SABUESO DE LOS BASKERVILLE

I.Míster Sherlock Holmes

II.La maldición de los Baskerville

III.El problema

IV.Sir Henry Baskerville

V.Tres cabos sueltos

VI.Baskerville Hall

VII.Los Stapleton de Merripit House

VIII.Primer informe del doctor Watson

IX.Segundo informe del doctor Watson

X.Extractos del diario del doctor Watson

XI.El hombre del tormo

XII.Muerte en el páramo

XIII.Fijando las trampas

XIV.El sabueso de los Baskerville

XV.Mirada retrospectiva

Créditos

Arthur Conan Doyle.

Introducción

 

Pocos escenarios históricos capturan la imaginación contemporánea de forma tan eficaz como el Londres victoriano. La tecnología primitiva, comprensible incluso para legos y de aspecto cautivador, genera sorpresas en cada rincón de una ciudad en la que conviven los estetas más sofisticados con la miseria más absoluta. Todo entre la niebla, que alberga peligros imaginarios como los de Drácula y Mister Hyde confundidos entre los muy reales del Destripador o las mafias de origen oriental.

El llamado género steampunk, en el que esos elementos se combinan con dosis de imaginación tecnológica y se explota la popularidad extendida hasta hoy de los mitos creados en el momento, es una manifestación contemporánea de la fascinación que ejerce ese periodo1. Sin embargo, de todos esos mitos solo hay uno que se recrea repetidamente en la cultura contemporánea: Sherlock Holmes. En la pasada década, ha sido reencarnado en tres series televisivas (aunque en una de ellas transfigurado en el doctor Gregory House), películas, videojuegos, juegos de mesa, cómics… Sin olvidar que no pasa año sin que se publiquen decenas de pastiches literarios con nuevas aventuras suyas o se mantengan las reuniones de seguidores agrupados en clubes por todo el mundo.

De todas las aventuras creadas originalmente por Arthur Conan Doyle (cincuenta y seis relatos y cuatro novelas), El sabueso de los Baskerville está considerada la cumbre, y ocupa además una posición pivotal en el desarrollo del mito. Intentaremos entender en estas páginas las razones para tanta influencia del personaje y de esta obra en concreto.

1. EL CONTEXTO VICTORIANO

El periodo victoriano se extiende desde la coronación de la reina en 1838 hasta su fallecimiento en 1901. Durante esos años, Gran Bretaña se encumbró como el gran imperio global con la consolidación de los dominios indios, la expansión de los africanos, la presencia en China y el nacimiento del modelo de comunidad de naciones, con estados como Canadá o Australia que permanecen hasta hoy bajo la corona (que no la soberanía) británica.

En ese periodo, en el que Gran Bretaña expandió su imperio comercial y consolidó su hegemonía económica e industrial, Londres multiplicó por cinco la población hasta los cinco millones de personas, y vino a convertirse de facto en la capital del mundo. Se trataba de una ciudad enorme en extensión y en la que se distinguían dos zonas: la burguesa acomodada al oeste, y la pobre al este.

Era una sociedad terriblemente clasista. Algunas estimaciones apuntan a que existían en toda Inglaterra dos millones de sirvientes2, que vivían en las cocinas de sus amos y ganaban un sueldo miserable que hacía imposible escapar de esa servidumbre. La clase media era un grupo en crecimiento, pero aún seguía sin tener un peso relevante en la política. Ni hablar de las mujeres (pese al enorme peso que tenían en la vida cultural, muy superior al de cualquier otro país de la época) o cualquier tipo de minoría.

Durante ese tiempo, además, se introducen de forma progresiva en la ciudad elementos como el alumbrado público, el transporte de masas o el alcantarillado. En sus aulas y salones se dan a conocer productos del intelecto local como la teoría de la evolución de Darwin, la teoría atómica moderna de John Dalton o la medición del cero absoluto de Lord Kelvin, así como ideas llegadas de fuera que pronto tuvieron aquí su núcleo difusor, como el psicoanálisis freudiano o la dialéctica marxista. Por contra, también proliferaron algunas creencias que tenían como denominador común la búsqueda de nuevos cimientos, más sólidos, para ideas preestablecidas que parecían rumbo al descrédito. Las hubo tanto de carácter sobrenatural, como el espiritismo, como pseudocientíficas, caso de la frenología, que señalaba la posibilidad de determinar la naturaleza de un individuo a través de rasgos físicos del cráneo. Una tesis con obvias resonancias racistas que hoy está totalmente desacreditada3.

Todos esos cambios suponen una progresiva erosión en los cimientos de la sociedad tradicional inglesa, con sus valores bien establecidos. El hombre moderno e informado de la época, firme creyente a priori en el destino de Inglaterra como guía de la civilización, se sentirá poco a poco menos seguro de la superioridad de su sexo, de su raza, de su país, a medida que esos conocimientos nuevos cuestionen los convencionalismos dados por buenos durante siglos.

De ahí que, según comenta Julian Symons, «por debajo de la capa de impasible adhesión al orden establecido, en la vida victoriana subsiste siempre una pasión por lo absoluto en materia de creencias y conductas»4. En este mundo móvil, cambiante, inseguro pese a que no se quiera admitir como tal, hacen falta referencias, seguridades.

Por otra parte, es en esta misma época cuando comienzan a surgir los cuerpos policiales organizados. Aunque desde la España del Siglo de Oro era corriente la existencia de cuerpos de alguaciles encargados de mantener el orden público, se trataba casi siempre de grupos desordenados, cuya organización, jerarquía e incluso mera existencia variaba de un lugar a otro dentro del propio país según los deseos de las autoridades locales.

No es hasta 1829 cuando nace la policía metropolitana de Londres, y trece años después se constituye lo que hoy se conoce como Scotland Yard, con competencias también limitadas a la propia ciudad. En el campo se mantenían los bow-runners, agentes del orden a comisión por la recuperación del material robado, o que confiscaban los bienes de los detenidos por cometer asesinatos. El prestigio de Scotland Yard hizo que progresivamente se les llamara a ocuparse en casos de fuera de Londres, si bien entonces el agente desplazado cobraba a los denunciantes una cantidad por la labor realizada.

Esa fama decayó un tanto en los años ochenta del siglo XIX, cuando la policía londinense se vio implicada en varios casos de corrupción al hacer la vista gorda respecto a las actividades de ciertos grupos mafiosos5. Desde entonces, y aún más con el fracaso para resolver los asesinatos de Jack el Destripador en 18886, la prensa y la opinión pública criticaban abiertamente a los cuerpos policiales.

Como ha ocurrido en otros momentos de la historia, la mayor alarma social por la criminalidad coincidió en rigor con un periodo en el que descendió el número de crímenes. La iluminación de las calles y la progresiva experiencia adquirida en el oficio por los miembros de Scotland Yard habían reducido de manera sensible el número de asaltos violentos. Pero una sociedad inquieta por la evidencia de los desequilibrios sociales y el panorama estructural cambiante, alentada por unos medios de comunicación ávidos de sangre, magnificaba la situación.

El desarrollo de la literatura policial parece una consecuencia inevitable de este escenario. Además, cabe destacar que lo hace dentro de un panorama literario verdaderamente sobresaliente. Entre las grandes figuras de la literatura de la primera mitad del siglo XIX en Inglaterra se contaban sobre todo dos de gran influencia: Walter Scott y Charles Dickens. Aunque de carreras y talentos muy dispares, el éxito de ambos tuvo un efecto concreto muy relevante en la literatura posterior, al ser practicantes y defensores de literatura con temáticas que hoy calificaríamos como «de género», y personalidades enormemente populares a nivel social. A la sombra del talento descomunal de Dickens y de las ventas de Scott es como en cierta forma crecerán las carreras de pioneros decisivos de la literatura fantástica (Bram Stoker, Arthur Machen o M. R. James), de aventuras (Rudyard Kipling, H. Rider Haggard o Robert Louis Stevenson), de ciencia ficción (H. G. Wells), infantil (J. M. Barrie o Lewis Carroll) o policíaca (Wilkie Collins y Arthur Conan Doyle), conformando junto a otros nombres como los de Oscar Wilde, Thomas Hardy o George Eliot toda una edad de oro de la literatura como divertimento en el final de la era victoriana.

El Acta Educativa de 1870 redujo drásticamente el número de analfabetos en Gran Bretaña e introdujo nuevos lectores en el mercado, que demandaban productos amenos y a precios populares. Un vehículo especialmente valioso para satisfacer esa demanda fueron las revistas literarias, inicialmente muy ramplonas pero a las que pronto se incorporaron algunas cabeceras algo más cuidadas como The Idler y The Strand.

Nacida en enero de 1891, The Strand sobreviviría a dos guerras mundiales para sucumbir a una crisis económica en 1950. Incluía narrativa, pero también reportajes, así como una ilustración grande cada dos dobles páginas. En ella apareció buena parte de la obra de Wells, Kipling o Somerset Maugham, pero el autor que la llevó a sus picos de éxito (quinientos mil ejemplares de tirada, hasta un centenar de páginas de publicidad) fue Arthur Conan Doyle, que publicó en ella todos sus relatos de Sherlock Holmes desde que «Escándalo en Bohemia» apareciera allí en julio de 1891.

2. «EL ALBACEA LITERARIO»

Según los aficionados holmesianos, los que juegan a la ficción de que Sherlock Holmes existió, Arthur Conan Doyle no fue más que un «editor» de las historias escritas por el doctor John Watson, un «albacea literario» que no pudo evitar su antipatía por el héroe que le hizo rico casi contra su voluntad, pero le sobrepasó en fama y aprecio popular. Lo cierto es que el resto de la obra de Doyle tiene una relevancia menor, pero no está exenta de calidad, y es evidente que a Doyle le sobran méritos para ocupar un lugar relevante en la historia de la literatura. Porque los aciertos de los relatos de Holmes están lejos de ser casuales, y muestran una notable inteligencia narrativa que también está presente en lo mejor de sus otras obras.

Doyle7 nació el 22 de mayo de 1854 en Edimburgo, Escocia, en el seno de una familia de artistas de origen católico irlandés. Su abuelo paterno era un caricaturista famoso, y la totalidad de sus tíos trabajaban en puestos destacados en el ambiente cultural. Su padre, sin embargo, trabajaba como funcionario ante la imposibilidad de ganarse la vida como dibujante, con un talento francamente discutible. Fue alcohólico y sufrió distintos problemas mentales que marcaron la evolución de Doyle a la madurez.

Arthur era el tercer hijo en una familia de diez, y pronto encontró escape a los devenires de su vida en la lectura. Publicó algún cuentecillo sin mayor relevancia en revistas locales de Edimburgo, pero orientó su vida a los estudios de medicina. Tras completar la tesis doctoral, se embarcó en un ballenero para un viaje que se prolongó varios meses. Aún haría otro largo viaje a África, en el que terminó contrayendo una enfermedad infecciosa. Por ello prefirió montar una consulta con un colega en la localidad inglesa de Plymouth, en 1883.

Ni esa ni sus posteriores experiencias consiguieron mantener a la familia que había creado en 1885 con Touie, a la que conoció por ser hermana de un antiguo paciente. En los largos ratos de espera en su consulta sin visitantes, retomó la literatura y en 1891 vivió «uno de los momentos más exultantes» de su vida cuando cerró la consulta oftalmológica que había abierto meses antes, sin conseguir un solo paciente, porque consideró que podía vivir de su pluma.

Desde entonces se comportó como un intachable profesional de la literatura: escribía siete horas diarias, y tenía el compromiso de completar al menos un relato a la semana. Solo quebró esa rutina para presentarse como voluntario médico en la guerra de los Bóeres, en Sudáfrica, sobre la que escribió unos ensayos acerca de las condiciones y la labor del cuerpo militar británico que le valieron ser nombrado caballero en 1902.

Vivió enamorado platónicamente de una joven admiradora, Jean Leckie, durante casi una década, y finalmente se casó con ella al año de fallecer Touie, siempre delicada de salud, en 1906.

Doyle fue una destacada personalidad pública en la vida inglesa de la época. En su juventud llevó una vida muy activa como deportista y llegó a ser profesional de cricket con el equipo de Marylebone. También fue capitán de un equipo de golf, boxeador amateur y esquiador notable, y se le considera pionero del uso de los esquís nórdicos en los Alpes suizos.

Con el pseudónimo de A. C. Smith, fue durante un tiempo portero del Portsmouth, antes de que el club se convirtiera en profesional en 1898. Con todo, no es poca cosa: se trata de un equipo histórico que ha llegado luego a ganar dos veces la Copa inglesa (1949 y 1950), aunque hoy esté en Cuarta División8.

También tuvo un destacado papel en la vida política, ya que se presentó (sin éxito) dos veces al Parlamento británico. Defendió todo tipo de causas de forma pública: mayores facilidades para el divorcio femenino (aunque se mostró durante años contrario al sufragio para las mujeres), construcción de un túnel bajo el Canal de la Mancha, mejora en las condiciones de los soldados en la I Guerra Mundial9… Su mayor éxito fue el apoyo a George Edalji, un abogado que había sido condenado por herir a caballos tras una investigación y juicio que mostró profundos prejuicios raciales, ya que era hijo del matrimonio de un vicario de origen parsi10 y una inglesa. Doyle consiguió la revisión del caso y provocó un escándalo que terminó por impulsar la creación del tribunal de apelación inglés (Court of Criminal Appeal) en 1907.

Esa fama se teñiría con cierto tono irónico con la progresiva adscripción de Doyle a cualquier creencia paranormal que se cruzara en su camino. Si bien siempre había tenido interés por el campo del ocultismo, se volcó en el tema tras el fallecimiento de uno de sus hijos en la I Guerra Mundial, aunque víctima de la gripe española. El mayor ridículo se produjo en 1919, cuando invirtió fuertes sumas en unas fotos de hadas, en las que mantuvo la fe incluso después de que se demostrara que se trataban de un engaño. De la misma forma, insistía al gran mago y maestro de escépticos Harry Houdini en que sus trucos sí tenían algo de magia, hasta que la testarudez en ese empeño puso fin a la amistad que ambos mantenían. Una de las grandes contradicciones de la historia de la literatura es que el mayor ejemplo de razonador implacable fuera creado por un crédulo.

Además de Houdini, Doyle mantuvo estrecha amistad con otras personalidades notables de la época, como el creador de Peter Pan, J. M. Barrie, o el de Drácula, Bram Stoker, y se relacionaba con frecuencia con Oscar Wilde, Rudyard Kipling (compañero de partidas de golf), o P. G. Wodehouse (camarada de cricket).

Su principal amor literario fue la novela histórica, y ambicionaba convertirse en un nuevo Walter Scott. Pero es cierto que novelas como La compañía blanca (1891) y su precuela Sir Nigel (1906), Las hazañas del Brigadier Gerard (1896) o Micah Clarke (1888) tienen un regusto que pudo ser considerado como anticuado en su momento, si bien hoy se leen con una perspectiva distinta.

Donde sí cosechó el aplauso del público fue en el campo de la literatura fantástica. Autor de numerosos cuentos de terror, la novela El mundo perdido (1912) fue un éxito inmediato, adaptada varias veces al cine incluso en vida del autor, y primera de las cinco aventuras protagonizadas por el profesor George Edward Challenger. A diferencia de lo que le ocurrió con Holmes, Doyle simpatizó con el personaje e incluso pidió aparecer ataviado como el explorador en la primera publicación de El mundo perdido en The Strand.

Todo ello hace que el juicio que le dedicó Jorge Luis Borges parezca un tanto severo: «Un escritor de segundo orden al que el mundo debe un personaje inmortal (…) Un ser casi mitológico»11. Aunque tampoco tenga una obra con la suficiente calidad como para dar crédito al propio Doyle en su comentario de que «habría llegado a ser un escritor más importante si nunca hubiera creado a Holmes»12.

La realidad es que fue un escritor con notable capacidad descriptiva, buen pulso para orquestar las tramas y notable inventiva, pero que, como insiste Symons, «solo en las historias de Holmes es capaz de desatar su imaginación burguesa»13 al mejor nivel. Es más que dudoso que hoy fuera recordado más que como un simpático y apreciable secundario, en una época de estrellas literarias, si Holmes no se hubiera cruzado en su creatividad. La falta de comprensión que muestra sobre el propio valor de su trabajo, por otra parte tan común a lo largo de la historia de la literatura14, la resume perfectamente Daniel Smith: «Tenía un tipo de talento que él mismo no entendía, y la imagen que tenía de sí mismo no encajaba con él»15.

Convertido en una figura relativamente anecdótica por la ya comentada defensa que hizo del espiritismo, falleció en su propiedad campestre de Crowborough el 7 de julio de 1930, víctima de un ataque al corazón. En la lápida de su tumba reza la leyenda: «Steel True, Blade Straight» («Temple de acero, hoja firme»). Su viuda, Jean, aseguró durante años mantenerse en contacto con él en el más allá para regir las finanzas de la familia.

3. LOS PRIMEROS DETECTIVES

Para el ensayista H. R. F. Keating, la publicación en 1888 de Estudio en escarlata, la primera novela de Sherlock Holmes, supone el nacimiento de las historias detectivescas como género aparte, mientras que hasta ese momento habían existido únicamente como una subsección de la literatura de aventuras16. Pero lo cierto es que esas historias sí existían, y que su naturaleza y la de sus protagonistas nos permiten comprender algunas características de Holmes y, en particular, las razones de su inmediato éxito.

Si obviamos ejemplos un tanto traídos de los pelos como los de Edipo en la obra de Sófocles o el filósofo babilonio Zadig de Voltaire (que, según algunas fuentes, sí fue conocido y valorado por Doyle), el primer detective de ficción como tal es el Auguste Dupin de Edgar Allan Poe. Es protagonista de solamente tres historias («Los crímenes de la Rue Morgue», 1841; «El misterio de Marie Roget», 1842; y «La carta robada», 1844), pero su influencia es decisiva al establecer varias de las características propias del género en su primer siglo de vida.

Dupin es un diletante, un aficionado, que utiliza su capacidad de razonamiento para resolver misterios al igual que se entretiene con otro tipo de enigmas cuando no tiene nada mejor que hacer. Una de sus herramientas básicas es la capacidad de empatizar, de ponerse en el lugar del criminal. Tiene como compañero a un narrador anónimo, que da cuenta de sus hazañas, y soporta con estoicismo la torpeza de las fuerzas policiales regulares. En su investigación va descartando a una serie de sospechosos obvios para teatralizar la resolución en público, tras haberla descubierto antes.

Dupin desarrolla sus aventuras en París, la ciudad del crimen y el misterio de la época. En parte, gracias a las memorias de Eugène-François Vidocq (1775-1857), un antiguo criminal que se convirtió en el fundador de la Sûreté Nationale y de la primera agencia de detectives moderna, el Bureau des Renseignements. Vidocq fue pionero en las técnicas de identificación de individuos, investigaciones forenses, comparaciones balísticas o el uso de agentes infiltrados. Y con su vida novelesca y notoriedad pública se convirtió en inspiración de personajes de Balzac, Víctor Hugo o Alejandro Dumas.

Pero quien trasladó de forma más amplia los avances de Vidocq a la ficción fue Émile Gaboriau (1832-1873), cuyo Monsieur Lecoq protagonizó cinco novelas y un relato entre 1866 y 1869. Como luego Holmes, el personaje alcanzó una notable popularidad, y empleaba técnicas después retomadas por el investigador inglés como los disfraces o el análisis de las huellas en el barro. Sin embargo, Holmes le desacredita en las primeras páginas de Estudio en escarlata, al calificarle como «un miserable chapucero».

La principal novela detectivesca inglesa previa al nacimiento de Holmes, La piedra lunar (1868) de Wilkie Collins, no presenta a un detective con personalidad propia, y otros surgidos poco antes de Estudio en escarlata, como Nick Carter17, no merecen mayor mención y casi con seguridad no eran apreciados por Doyle.

A partir del éxito de Holmes aparecerían una serie de imitadores o rivales: el ladrón de guante blanco Raffles, creado por el marido de la hermana de Doyle, E. W. Hornung (1866-1921), fue el más destacado, aunque otros tuvieron una mayor resonancia comercial, caso de Sexton Blake. Copia directa de Holmes, se estima que este personaje ha protagonizado cuatro mil historias «oficiales» entre 1893 y 1978, escritas por doscientos autores distintos.

En el periodo comprendido entre 1887 y 1927, durante el cual se publicaron las sesenta aventuras que comprenden el canon holmesiano creado por Doyle, también hicieron su aparición los principales personajes de la edad de oro de la novela detectivesca, todos ellos herederos y algunos durante algún momento rivales de Holmes. Si bien no es cometido de este estudio analizarlos a fondo, al menos considero necesario mencionar a los principales, por orden de la primera publicación de una aventura de cada personaje.

a) Arsène Lupin. Ladrón de guante blanco que protagonizó un total de veinticuatro libros (diecisiete de ellos novelas) entre 1905 y 1939, obra de Maurice Leblanc (1864-1941). En varias de sus aventuras se enfrenta a Sherlock Holmes, aunque las reclamaciones de derechos de autor de Arthur Conan Doyle hicieron que Leblanc cambiara el nombre a Herlock Sholmes.

b) Joseph Rouletabille. Creado por Gaston Leroux (1868-1927), autor también de la afamada El fantasma de la ópera. Rouletabille, periodista e investigador aficionado, protagonizó siete novelas entre 1907 y 1929. La primera y más destacada, El misterio del cuarto amarillo, está considerada como la obra maestra entre las historias criminales en una habitación cerrada.

c) El doctor John Evelyn Thorndyke. Relativamente poco conocido en España, pero considerado como el primer gran detective forense de la literatura. Su autor, R. Austin Freeman (1862-1943), se autoproclamó como creador de la historia detectivesca invertida, en la que conocemos al culpable pero seguimos los razonamientos del detective para descubrirle. Thorndyke reparte sus aventuras en veintidós novelas y cuarenta relatos entre 1907 y 1941.

d) El padre Brown. La más popular de las creaciones del versátil G. K. Chesterton (1874-1936), que resuelve cincuenta y tres casos en historias publicadas entre 1911 y 1936. Además de su finura deductiva, Chesterton usa el personaje para transmitir sus puntos de vista sobre la Iglesia católica (de la que se había vuelto entusiasta converso) y la sociedad. La construcción de estos relatos es clara heredera de Holmes, aunque el personaje viene a ser, según el politólogo italiano Antonio Gramsci, un reverso católico e «intuitivo» del personaje de Doyle.

e) Hercules Poirot. El gran rival de Holmes en el imaginario popular, la prolífica Agatha Christie (1890-1976) le hizo protagonizar treinta y tres novelas y cinuenta relatos entre 1920 y 1975. Con sus «pequeñas células grises», aplastante falta de modestia, calva y mostacho, supone un icono claro del siglo XX, y seguramente sea el único de todos estos detectives cuyas aventuras han vendido más ejemplares que las del propio Holmes. El ingenio de algunas investigaciones de Poirot, como Asesinato en el Orient Express (1934), El asesinato de Rogelio Ackroyd (1926) o Cinco cerditos (1942), está fuera de toda duda; la calidad literaria del trabajo de Christie es, sin embargo, un tema siempre debatido.

f) Lord Peter Wimsey. La primera novela del detective amateur de Dorothy L. Sayers (1893-1957) apareció en 1923, y sus diez restantes novelas y varias decenas de cuentos se publicaron regularmente hasta 1942. Su popularidad durante el periodo de entreguerras fue enorme, pero la prosa de Sayers y el dandismo un tanto clasista de Wimsey han quedado algo demodé durante décadas, si bien el culto a su obra vive hoy un modesto renacimiento.

g) Philo Vance. Más una respuesta estadounidense al éxito de Sayers y Christie que al de Doyle, este playboy neoyorquino creado por S. S. Van Dine (1888-1939), que además ejerce como trasunto de Watson con su propio nombre, protagonizó doce novelas entre 1926 y 1939. Llevado al cine desde 1929 y enormemente famoso en su época, hoy su pijerío anticuado bordea por momentos lo cómico, aunque lo cierto es que sus novelas son divertidas de un modo un tanto vintage.

Tras el último saludo de Holmes en 1927, otros detectives aficionados siguieron apareciendo en escena, caso del Nero Wolfe de Rex Stout, el Sir Henry Merrivale de John Dickson Carr o el Roderick Alleyn de Ngaio Marsh, pero lo cierto es que para esa época se estaban gestando dos revoluciones en el género policíaco que se desarrollarían lejos de Inglaterra: la de la novela negra en Estados Unidos, con las primeras publicaciones de Dashiell Hammett en 1929, y la de la novela europea procedimental, protagonizada por funcionarios de policía, con la irrupción del comisario Maigret de Georges Simenon en 1931. La novela detectivesca inglesa, protagonizada por brillantes investigadores fuera de la disciplina policial que afrontan el crimen como un pasatiempo y un reto, siguió viva durante años y tiene todavía hoy algún ejemplo de resonancia comercial, pero su imaginería y predominio parece ligado de manera fundamental a un periodo histórico situado a cien años de nuestro tiempo.

4. EL MITO

En 1886, con veintisiete años de edad, cuando era médico residente, Arthur Conan Doyle empieza a tomar notas sobre un par de personajes: un detective aficionado llamado Sherrinford Holmes y su ayudante, Ormond Sacker.

Los nombres cambiarían, si bien no hay constancia clara del motivo. Entre las numerosas teorías sobre la elección del inusual «Sherlock»18 están la de un posible antepasado irlandés de Doyle, William Sherlock (1641-1707), o un compañero de clase llamado Patrick Sherlock. El actor Ellie Norwood, que interpretó en el teatro al detective con la autorización de Doyle, afirmó que el escritor le había asegurado que el origen estaba en un antiguo rival de cricket contra el que había hecho dos buenos partidos.

En cuanto al apellido Holmes, parece haber una mayor unanimidad al respecto: Doyle manifestó su admiración por el jurista, médico y poeta estadounidense Oliver Wendell Holmes (1809-1894), coetáneo y amigo de otras figuras de la literatura americana de la época como Ralph Waldo Emerson o Henry Wadsworth Longfellow, y al que por ejemplo se atribuye la creación del término «anestesia».

Tampoco hay dudas en cuanto al personaje real que sirvió de principal inspiración al detective, dado que el propio Doyle se lo reconoció al interesado en una carta. Joseph Bell (1837-1911) fue un cirujano y profesor escocés, que entre otras cosas tuvo como auxiliar a Doyle durante un breve periodo al comienzo de su carrera médica. En las fotos que se conservan, Bell tiene una similitud física evidente con la imagen prototípica del detective, aunque lo más relevante eran sus cualidades. Se asegura que era capaz de deducir el mal que aquejaba a su paciente con una mera observación, cualidad que luego se convertiría en la principal marca de fábrica de Holmes. Bell colaboró con la policía en diversas ocasiones, y por ejemplo entregó un perfil sobre la posible identidad de Jack el Destripador.

Llegados al punto de hablar sobre Holmes en sí, conviene hacer varias acotaciones para limitar el (enorme) campo que supone el hacer un análisis, por somero que sea, de un personaje de tanto calado.

En primer lugar, hay que señalar que el Holmes del canon (las sesenta historias protagonizadas por él y escritas por Arthur Conan Doyle entre 1887 y 1927, cuatro de ellas novelas) no se corresponde con exactitud con la imagen difundida. En términos iconográficos, por ejemplo, el Holmes del gorro de cazador y la capa es un invento del dibujante Sidney Paget (1860-1908), que ilustró treinta y ocho de los cuentos de Holmes en las páginas de The Strand. El famoso gorro se muestra por primera vez en «El misterio del valle de Boscombe» (1891), la sexta de las aventuras holmesianas. La pipa curva, por otra parte, fue una aportación del actor William Gillette (1853-1937), que interpretó al personaje en el teatro a comienzos de siglo. En las historias, Holmes cambia de pipa dependiendo de su estado de humor. Ese tipo concreto fue escogido por Gillette porque le permitía declamar y ser escuchado de forma más clara.

Un ejemplo de mistificación aún más conocido es el de la expresión «elemental, querido Watson». Es cierto que Holmes usa con alguna frecuencia el adjetivo «elemental», pero nunca está a menos de un párrafo de distancia de una mención al «querido Watson». La unión de ambas partes se atribuye al ya citado William Gillette, aunque el primer documento escrito al respecto corresponde a la novela de P. G. Wodehouse Psmith, periodista (1915). Seguramente se popularizó al ser la frase con la que se cierra la primera película sonora del personaje, El regreso de Sherlock Holmes (1929).

En cambio, el Sherlock de las historias tiene características que no se suelen tener tan en cuenta: es un deportista nato, un maestro del disfraz, y una persona con mayores dotes sociales y capacidad de empatía con los clientes de la que muestran sus remedos contemporáneos del cine o la televisión, si bien tampoco es que sea exactamente un individuo convencional o sociable. Lejos de la idea de un detective aguileño, ascético, es un personaje epicúreo, que disfruta de la música, los buenos restaurantes, y numerosos vicios mundanos.

El segundo elemento que hay que tener en cuenta a la hora de juzgar a Holmes está en el hecho de que hay numerosas fuentes documentales (de hecho, la mayoría disponibles ahora mismo en cualquier biblioteca) en las que se confunde lo escrito por Doyle con lo comúnmente dado por válido en «El Juego». En la terminología holmesiana, «El Juego»19 es la aceptación por parte de los seguidores de la obra del detective de que su existencia fue real, y que hay hechos que no fueron detallados por parte del «albacea literario» Arthur Conan Doyle, pero que resultan igualmente válidos. Por ejemplo, Jesús Urceloy opta en su excelente edición del canon íntegro para Cátedra20 por dar por bueno «El Juego», y al hablar de Holmes afirma por ejemplo que nació el 6 de enero21 de 1854 y murió el 6 de enero de 1957, que fue primo del profesor Challenger de las otras novelas de Doyle, que recibió clases particulares de matemáticas de su archienemigo James Moriarty o que escribió un total de diecisiete libros sobre distintos temas. La mayor parte de estos hechos fueron propuestos en su momento por William S. Baring-Gould (1913-1967), que utilizó algunos datos de un abuelo suyo para completar las lagunas existentes sobre el personaje en la biografía que publicó en 196222. Otra fuente secundaria, pero comúnmente aceptada por los holmesianos, son los relatos escritos en colaboración por el más joven de los cinco hijos de Doyle, Adrian Conan Doyle, con el célebre escritor de novela policíaca John Dickson Carr23.

«El Juego» tiene varios orígenes conocidos. El primer ensayo sobre Holmes, «Studies on the Literature of Sherlock Holmes», se publicó en 1911. Sobre su autor, Ronald A. Knox, Doyle dijo que sabía más del tema que él mismo. Aunque la primera reunión de holmesianos24 se produjo el 6 de enero de 1934 en Nueva York, para conmemorar el supuesto cumpleaños de Sherlock Holmes.

Hoy el holmesianismo tiene incontables clubes, publicaciones, webs y otras manifestaciones curiosas, como que existan visitas turísticas guiadas a distintos lugares de culto holmesiano en los que obviamente Holmes jamás estuvo... porque jamás existió. Hay un museo en su supuesta casa del 221B de Baker Street, en Londres, que en realidad no está en ese orden numérico en la calle25; o giras turísticas a las cataratas de Reichenbach en los Alpes suizos y a los páramos de Dartmoor donde se desarrolla El sabueso de los Baskerville.

En las publicaciones holmesianas se hacen especulaciones de todo tipo. Dado que en una ocasión Holmes le dice a Watson «rápido, si es que me quiere»26 y no parece complacido por su matrimonio con Mary, existen incontables ensayos que reflexionan sobre la posible homosexualidad de la pareja, y algunos de leve tufo machista hasta han visto en los cambios de humor del detective una posible prueba de su naturaleza femenina. Incluso el presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt publicó un breve ensayito en el que argumentaba las razones por las que Holmes debía ser estadounidense.

Como puede verse, la especulación al respecto es ilimitada y divertida, para conformar un mundo propio en el que los aficionados disfrutan y sufren, en general, todos los placeres e inconvenientes que supone el fiel seguimiento de alguna de las estatusferas en que se subdivide el mundillo cultural contemporáneo. Pero aquí nos circunscribiremos al material original de Doyle, que arranca con la publicación de Estudio en escarlata en 188827.

La novela, escrita tres años atrás, recibió sucesivos rechazos de distintas editoriales hasta que Doyle terminó por venderla por la simbólica cifra de veinticinco libras para que apareciera dentro de un almanaque navideño. Un año después, ya con algo más de material publicado, Doyle asistió a una cena con un editor americano que quería encargar material a distintos autores británicos. En ella acordó la entrega de la segunda novela de Holmes, El signo de los cuatro, a la vez que Oscar Wilde firmaba el contrato para El retrato de Dorian Gray.

El personaje despegó cuando comenzó a publicar historias cortas en julio de 1891 en The Strand con «Escándalo en Bohemia». Para entonces, según su biógrafo Hesketh Pearson, «Doyle consideraba claramente la serie con un personaje común como el vehículo ideal para fidelizar al lector con la revista, y a la revista con el autor»28.

La estrategia no pudo salir mejor a Doyle, que en los años sucesivos fue convencido una y otra vez para escribir nuevas historias del personaje por cantidades cada vez mayores, que le dieron mucho más que la anhelada independencia económica. Otras cinco historias salieron ese mismo año en la revista, ocho más al año siguiente y once (una en cada número publicado) en 1893. Holmes disparó las ventas de The Strand, pero el ritmo de un relato del personaje al mes terminó por hacérsele insoportable a su creador. En el número de diciembre de 1893, en «El problema final», hacía caer a su protagonista por unas cataratas alpinas tras una lucha con su archienemigo (recién inventado para la ocasión), el profesor Moriarty. «Si yo no le mato, acaba él conmigo», escribió en una carta de la época29: «Me aparta de cosas mejores».

Desde la madre de Doyle30 hasta la reina Victoria («nada complacida» por el final del personaje, según le transmitieron al autor), pasando por los cientos de miles de lectores de The Strand, sobre el escritor cayó un chaparrón de protestas que resistió estoicamente durante toda una década. Holmes le encajó en una historia que redactó en 1901, El sabueso de los Baskerville, aunque cronológicamente decidiera situarla diez años atrás, antes de la caída de las cataratas.

En 1903, Holmes reaparecía ya de forma definitiva con una historia, «La aventura de la casa deshabitada», en la que explicaba cómo se había salvado de la caída alpina y había permanecido dos años fuera de juego para eludir a los sicarios de Moriarty. En ese año y el siguiente se publicaron trece historias en total, a las que siguió un nuevo paréntesis, esta vez no anunciado de forma específica y que se prolongó cuatro años.

Los restantes relatos (publicados entre 1908 y 1927) se escribieron ya sin periodicidad alguna, y no seguían ningún tipo de cronología interna: según Doyle, Holmes se había retirado al campo en 1903 para cuidar abejas y escribir monografías, y solo dos de las historias, ni mucho menos las últimas publicadas, están situadas en el periodo posterior.

Para muchos lectores, el Holmes que volvió de Reichenbach no era el mismo, o al menos no se encontraba en la misma forma. Doyle consideraba por su parte que muchas de esas historias de la segunda etapa estaban entre las mejores del personaje, porque ya podía escribirlas sin ningún tipo de presión, cuando realmente contaba con una idea suficientemente atractiva.

¿Qué sabemos de Holmes por los relatos? Doyle asegura que se lo imaginaba «bastante alto (…) Como la hoja de un cuchillo, con una gran nariz terminada en pico de halcón, ojos pequeños y juntos». Parece estar en muy buena forma y apreciar una vida saludable, pese a sus numerosos vicios: la cocaína disuelta al 7%, un hábito que abandonará bajo la presión de Watson, el tabaco de pipa (que guarda en la punta de una babucha) o la irregularidad en las costumbres.

Adora observar a las abejas, es un buen violinista (posee un Stradivarius comprado a precio de ganga), y practica un peculiar arte marcial creado por un deportista inglés, el bartitsu, una mezcla de jiu-jitsu con elementos de otras disciplinas, en particular golpeos con garrote31.

Holmes no siguió estudios reglados, si bien hay indicios de que asistió algún tiempo a varias universidades. En Estudio en escarlata se enorgullece (de una forma que luego Doyle corregiría) de su ignorancia de todos aquellos temas que no le interesan para el trabajo, y desdeña cualquier noción acerca de la naturaleza del sistema solar como irrelevante: «Sus lagunas eran tan destacadas como sus conocimientos», señala Watson. A cambio, en otras historias dice ser capaz de reconocer diecinueve tipos de tabaco o desencriptar ciento sesenta códigos secretos distintos, así como haber escrito monografías sobre otros temas como el reconocimiento de las orejas, de los tatuajes y de las huellas de zapato, además del uso de perros para la investigación policial. Sin embargo, su penetrante inteligencia no queda satisfecha con actividades sedentarias de ese tipo, y, cuando no tiene un caso para investigar, Holmes puede sumirse en periodos de depresión.

Su carrera como detective consultor comenzó un par de años antes de conocer a Watson, en 1881. Además de los casos reseñados por Watson, se mencionan de pasada otros muchos que supuestamente no se relatan por discreción o falta de interés, hasta estimarse unos trescientos. Muchos de ellos, a partir de títulos sueltos o detalles comentados de pasada, han sido reproducidos por los incontables seguidores de Doyle.

En los casos no es infrecuente que Holmes actúe como juez y jurado, determinando que el culpable no debe recibir castigo. También son cuestionables algunas de las opiniones que vierte de cuando en cuando acerca de las mujeres, los judíos o alguna que otra minoría étnica.

Aunque es evidente que Doyle le quiere presentar como un personaje moderno, lo cierto es que la mayor parte de los estudiosos consideran que Holmes, sin llegar a ser un reaccionario, sí es un fiel sirviente del statu quo imperante en la Inglaterra victoriana, sin hacerse nunca grandes preguntas.

En esa sociedad que ya hemos descrito como frágil, dubitativa, la razón implacable de Holmes y su capacidad infalible para resolver problemas suponen un bálsamo. Daniel Smith afirma al respecto que el trabajo de Holmes es la detección de las anomalías en el orden social para emplear después las herramientas del sistema con el fin de restablecerlo por completo. «Holmes y Watson fracasarían en el mundo moderno. Se mueven con más facilidad en las rígidas estructuras sociales del periodo victoriano (…). Estas historias ofrecen la emoción asociada al crimen para cerrarse con la apacible imagen del orden recuperado por un hombre que usa la razón como instrumento»32.

Los relatos de Holmes siguen, casi en su totalidad, un esquema que Jesús Urceloy33 explica de forma clara.

•Introducción del cuento, con algún recuerdo de la época en que está situada la acción.

•Preliminares, exposición, con la visita de un cliente que plantea su problema.

•Desarrollo del caso sobre pistas falsas. La investigación no solo transcurre bajo la mirada de Watson, sino también fuera de foco con la colaboración de los irregulares de Baker Street o la policía, o en una de las escapadas de Holmes disfrazado.

•Pistas fiables, pero que dejan puertas abiertas.

•Desenlace y vuelta a los recuerdos.

Además de ese esquema, hay otros recursos habituales en los relatos de Holmes. Uno de los mas eficaces es la forma en que el detective maneja los interrogatorios, con preguntas rápidas, escuetas, permitiendo antes el desarrollo de las ideas del cliente, testigo o sospechoso que el propio lucimiento del investigador (que ya se habría lucido casi siempre antes en una de sus exhibiciones de ingenio deductivo, todo hay que decirlo). Este mecanismo de preguntas certeras a las que el interlocutor da casi siempre respuestas más extensas y confusas se convirtió en un estándar del género en lo sucesivo.

En la práctica totalidad de los relatos, salvo cuatro, el narrador principal, en primera persona, es John Watson. La figura del compañero, observador y testigo ya había sido empleada por Edgar Allan Poe. El plus que aporta Doyle, y que se convertirá en un estándar, es que ese colega es una herramienta para el engaño del lector: vemos a través de sus ojos, que no son del todo fiables y en ocasiones hasta resultan deliberadamente manipulados por el detective. Además, Watson crea una y otra vez expectativas y pistas falsas que Holmes desacredita, por lo que se convierte de una forma desafortunada en catalizador de los pensamientos del héroe.

Se ha discutido bastante sobre los procesos de investigación de Holmes, considerados pioneros. Dorothy Sayers, una de las escritoras que triunfó en los años veinte en la estela de Doyle, señalaba que no jugaba limpio: conseguía información fuera de foco por medios que no serían reproducibles en el mundo real. Julian Symons da cuenta de esa opinión de la escritora inglesa y le responde que «Doyle juega limpio nueve de cada diez veces. Vemos las claves conforme a las que Holmes deduce»34.

El más famoso de los mecanismos deductivos de Holmes está plasmado en la célebre frase de El signo de los cuatro (1890) «una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad». Esta idea aparece ya en la segunda historia de Holmes, y nos da una pista clara de cuáles son las intenciones de Doyle: presentar conclusiones sorprendentes a los misterios, pero siempre lógicas y aceptables, no inconcebibles.

Esa «navaja de Occam» holmesiana es el pilar último de las pesquisas de Holmes. Otro es la capacidad de empatizar con malvados que siguen procesos mentales comprensibles. Los criminales de Doyle nunca subvierten ciertas reglas básicas de ese orden social ya explicado. No hay nunca locos puros, ni malvados que no tengan un impulso comprensible, egoísta; Holmes siempre puede ponerse en su lugar, entrar en su mente, y reconstruir los hechos de acuerdo a los intereses humanos, aunque malvados, del culpable. Esto no supone, sin embargo, que en los relatos de Holmes haya grandes análisis psicológicos: el motor de fondo del crimen es muy directo, por lo general la avaricia, en contadas ocasiones la ira, la soberbia o la lujuria.

Finalmente, Holmes usa las herramientas del momento en cuanto a ciencia forense: análisis de rastros como las huellas, el tabaco, o la ya mencionada y desacreditada frenología. «¡Datos, datos, datos! (…) No puedo hacer ladrillos sin arcilla», exclama el detective en «La aventura de Copper Beeches» (1892).

Con todos los datos conseguidos, Holmes llega a sus conclusiones. «De una gota de agua, un lógico puede inferir la posibilidad del Atlántico o las cataratas del Niágara sin saber nada de ellas», le dice a Watson en Estudio en escarlata. Pero es obvio que esa inferencia admite la necesidad de introducir algo de imaginación. Ese factor es considerado negativamente por Thomas A. Sebeok, que lo define como «abducción»35: relaciona hechos de acuerdo a coincidencias, un mecanismo que en el mundo real daría lugar a numerosos errores.

Riley y McAllister, por su parte, usan también otro término alternativo para los poderes de deducción de Holmes: inducción. «Holmes observa detalles que pasan inadvertidos para otros y de ahí realiza injerencias». La clave está en que «es capaz de determinar qué datos son valiosos entre una multitud»36. A través de esa «inducción», Holmes es capaz de llegar de lo específico a lo general, del efecto a la causa.

Toda esta personalidad, talentos y circunstancias ponen de manifiesto que Holmes es un personaje interesante, y nos dan también pistas sobre la razón de su éxito perenne. Podemos añadir que, de acuerdo a las pautas del héroe clásico que definieron Otto Rank y Lord Raglan, Holmes cumple trece de las veintidós características del arquetipo37. Ana Useros apunta además que lo distintivo de Holmes «es la aparición de un goce que combate el tedio vital, que borra las fronteras entre el detective profesional y el amateur: la adicción al enigma»38. Es cierto que la relevancia de la literatura policíaca no ha decaído desde Holmes: a su éxito siguió el de Agatha Christie, luego llegó el hard-boiled de Hammet y después Chandler… Y hasta la moda de los investigadores suecos de los últimos años.

Sin embargo, mi impresión personal es que la clave está en que la personalidad de Holmes encaja como un guante en las necesidades del hombre nuevo de la era tecnológica. «En un mundo tan desordenado y problemático, un héroe que resuelve problemas por medio de la lógica es seguramente lo que todos necesitaban»39, afirma Peter Haining. La razón se mantiene hasta hoy como una esperanza en un mundo que resulta difícil de comprender en demasiadas ocasiones, y que en tantas otras tiene todavía hoy como fuente de problemas la ignorancia o el fanatismo.

La propia habilidad de Doyle como narrador, aquí en su mejor forma, tiene también una enorme importancia. La capacidad descriptiva del autor funciona para proporcionar una sensación intensa de los hechos, visceral, que se pude paladear de forma especialmente grata en este El sabueso de los Baskerville.

La voz con la que consigue dotar a Watson es un mecanismo muy bien trabajado por Doyle. El acompañante-observador se convierte no solo en los ojos, sino en el representante válido del lector, capaz de plantear las mismas preguntas que se le ocurren a quien sigue la trama y con una comprensión de los hechos que casi siempre está a la misma altura. También es cierto que en alguna ocasión es un vehículo para el engaño. La primera persona de Watson limita la información disponible a la que cuenta un personaje que gran parte del tiempo está fuera del eje de la acción, pero que sin embargo se ve respaldado en su versión por el prestigio de ser el cronista oficial de los hechos.

Finalmente, es la personalidad de Holmes, el hombre que nos consuela del hastío vital tanto como la luna y la siesta según Borges40, la que marca la diferencia. El que fuera editor de la decana publicación de aficionados Baker Street Journal, Edgar W. Smith, resumió sus sentimientos de forma hermosa: «Holmes es un símbolo de todo lo que no somos, pero nos gustaría ser. Su figura es lo suficientemente remota como para no sentir vergüenza de aspirar a alcanzarlo, pero lo suficientemente cercana como para que sea posible conseguirlo»41.

Holmes es claramente superior al humano medio, pero, a pesar de que autores como Symons consideren que es una encarnación del superhombre nietzscheano42, sus vicios, tendencia a la melancolía, arranques de mal genio y excentricidad le convierten en algo más cercano. Inteligente y atlético, pero de ningún modo invulnerable, despegado de las convenciones de la sociedad pero capaz de disfrutarla, Holmes es uno de esos amigos a los que todo el mundo les tolera un poquito más que al resto «porque él es así», frase que se pronuncia con una mezcla de resignación y admiración por la independencia del sujeto.

Ese esquema es el que se va reiterando en las sucesivas encarnaciones modernizadas del personaje: es la esencia que está también en el Sherlock con tatuajes que interpreta Jonny Lee Miller en Elementary, el Sherlock con teléfono móvil de Benedict Cumberbatch en la serie homónima, o el doctor Gregory House que recreó Hugh Laurie entre 2004 y 2012.

Son solo algunas de las pruebas de que Holmes sigue vivo y ocupa un lugar relevante en el panteón del género, tanto por la calidad de sus historias (Symons afirma que son suyas al menos media docena de las veinte mejores de la historia del policíaco43) como por la alargada sombra que proyecta sobre los detectives de ficción de hoy. En palabras de uno de los grandes del género en la actualidad, el escocés Ian Rankin, «sigue siendo un personaje importante, válido, maravilloso, tridimensional… Es más grande que sus historias»44.