El sánscrito - Pierre-Sylvain Filliozat - E-Book

El sánscrito E-Book

Pierre-Sylvain Filliozat

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El sánscrito pertenece a la rama índica de la gran familia de las lenguas indoeuropeas. Se trata, probablemente, de la tradición lingüística más antigua que ha conocido la historia. Asimismo, se caracteriza por su estabilidad y vocación científica: todas las ciencias de la antigüedad india fueron redactadas en sánscrito. El sánscrito permite el descubrimiento y conocimiento de esta antigua y sagrada lengua que ha formado parte del universo de formas y significados de la civilización India. Pierre-Sylvain Filliozat combina con destreza la rigurosidad y cuidado de su exhaustivo estudio del sánscrito con un estilo comunicativo claro y ameno. Así, esta obra sirve no solo como libro de referencia para los lingüistas y especialistas en religión y cultura India, sino también como puerta de entrada para todos aquellos atraídos por las humanidades y la cultura en general.

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Seitenzahl: 197

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Pierre-Sylvain Filliozat

El sánscrito

Traducción deÓscar FigueroaWendy J. Phillips Rodríguez

Herder

Título original: Le sanskrit

Traducción: Óscar Figueroa y Wendy J. Phillips Rodríguez

Diseño de la cubierta:Gabriel Nunes

Edición digital: José Toribio Barba

©2010, Presses Universitaires de France/Humensis, París

©2018, Herder Editorial, S.L., Barcelona

ISBN digital: 978-84-254-4079-3

1.ª edición digital, 2018

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)

Herder

www.herdereditorial.com

ÍNDICE

PRÓLOGO: LA CIENCIA SAGRADA

NOTA DE LOS TRADUCTORES

INTRODUCCIÓN

LA LENGUA SÁNSCRITA

Historia

Estructura

REPRESENTACIONES DEL SÁNSCRITO Y FILOSOFÍA DEL LENGUAJE

El sánscrito y las otras lenguas

El lugar del sánscrito en el mundo y la sociedad

El sánscrito y la palabra trascendente

LOS USUARIOS DEL SÁNSCRITO

El sánscrito como lengua cotidiana

El especialista del sánscrito o pandit

LOS USOS DEL SÁNSCRITO

Lengua hablada

Lengua franca

Lengua científica y técnica

Lengua literaria

Lengua religiosa

Lengua de fuentes religiosas

El concepto de mantra

LA EXPANSIÓN DEL SÁNSCRITO

Dentro de la India

Fuera de la India

CONCLUSIÓN

NOTA SOBRE LA PRONUNCIACIÓNDE LAS PALABRAS SÁNSCRITAS

BIBLIOGRAFÍA

PRÓLOGO: LA CIENCIA SAGRADA

La situación del sánscrito en nuestro país es, cuanto menos, paradójica. Disponemos de algunos especialistas de primer nivel internacional y del magnífico diccionario de Òscar Pujol, que nada tiene que envidiar a los diccionarios editados en Japón o Alemania, y que la editorial Herder publica ahora en castellano. Sin embargo, a nivel institucional, no existen estudios avanzados de sánscrito y ni siquiera las agencias de acreditación reconocen la indología como disciplina (cuando la sinología, por citar un ejemplo, ya lo está). El esfuerzo individual, como suele suceder en estos casos, supera ampliamente la pasividad de las instituciones. Quienes han querido estudiar seriamente la lengua han tenido que hacerlo en el extranjero. En mi caso, tuve la suerte de estudiar con un pandit tradicional en El Colegio de México, brahmán de Delhi y premio nacional de poesía sánscrita, que había estudiado en París con Jean Filliozat. Rasik Vihari Joshi no solo me instruyó en el idioma sino que me enseñó a amarlo. Es, pues, una doble satisfacción presentar la monografía de Pierre Sylvain Filliozat, no solo por ser hijo del maestro de mi maestro, sino porque ha sido traducida por dos sanscritistas mexicanos, Óscar Figueroa y Wendy J. Phillips, que mantienen viva en nuestro idioma la investigación de esta fascinante tradición literaria.

La historia del sánscrito es antigua y sagrada. El libro de Filliozat la recoge de un modo riguroso y ameno, con la precisión y el cuidado que merece. Cumple a la perfección su propósito: introducirnos, a través de la lengua, en el universo de formas y significados de la civilización de la India. Interesará no solo a lingüistas, sino también a todos aquellos atraídos por las humanidades y la cultura en general, así como a los especialistas en lenguajes de programación: la gramática de Pāṇini se parece más a un programa informático que a una gramática al estilo europeo.

Desde una época muy temprana y guiados por sus legendarios gramáticos, Pāṇini, Kātyāyana y Patañjali, los eruditos indios reflexionaron sobre la naturaleza y posibilidades del lenguaje. Probablemente se trata de la tradición lingüística más antigua que ha conocido la historia, pues aunque el védico y el sánscrito clásico puedan distinguirse, resultan ser evoluciones de una misma lengua. A su abrigo fue «escuchada» la palabra sagrada que recogen los Vedas y que forman el corazón de las Escrituras sagradas del hinduismo. Además de su longevidad, otra de las marcas excepcionales del sanscrito ha sido su estabilidad y vocación científica. Todas las ciencias de la antigüedad india fueron redactadas en sánscrito, destacando entre ellas la astronomía y la medicina.

El sánscrito representa además la naturaleza divina del habla. La palabra tiene la virtud de habitar dos mundos, el físico y el mental. Es sonido y es representación, es forma y significado. Patañjali se planteó seriamente la cuestión y ante esa doble naturaleza, optó por una tercera vía que llamó sphoṭa. La palabra no era ni el sonido físico ni la representación mental, sino el lugar donde confluían lo manifiesto y aquello que se manifiesta, es decir, la fuente de toda realidad. De ahí que su naturaleza no pudiera reducirse ni a materia ni a espíritu. La idea fascinó, ya en la época clásica, a un filósofo del lenguaje llamado Bhartṛhari. Sin conocer a ningún cabalista, Bhartṛhari concedió a la palabra un estatus superior al brahman o principio absoluto. Hizo de ella la realidad fundamental, colocándola por encima de la conciencia pura. La palabra era la realidad primera. «De ella emana la manifestación universal en forma de significado». La vieja querella ente el sonido y el sentido, entre la forma y el significado, se resuelve aquí de un modo artístico en favor del primero. Paul Valéry suscribiría esta elección: la forma permanece fiel a sí misma, mientras que el significado cambia con los tiempos. Por supuesto, no todas las tradiciones admitirán esta supremacía; para el Sāṃkhya, el Vedānta o el Tantra, la palabra seguirá siendo una realidad secundaria respecto a la conciencia, pero el ejemplo ilustra el grado de sofisticación que alcanzó la especulación de los pandits en torno al lenguaje.

Desde la perspectiva tradicional, el sánscrito es eterno como el Veda y sus sonidos poseen un valor salvífico. Son el vehículo que permite el contacto con la divinidad. La literatura védica es la herencia inmemorial de aquello que en su día fue «escuchado» (śruti), un valioso tesoro donde no es posible la innovación. Sabemos que pasó mucho tiempo hasta que el sánscrito se convirtió en una lengua escrita. Si exceptuamos los pictogramas encontrados en el Valle del Indo (tercer milenio antes de nuestra era), los registros más antiguos de escritura, en kharoṣṭhī y brāhmī, se remontan a la época de Aśoka. La escritura brāhmī puede considerarse la madre de los alfabetos indios que se usan en nuestros días. Si aceptamos la antigüedad del corpus védico, esta aparición tardía de la escritura y la ausencia de menciones a ella en una tradición filológica tan desarrollada sugieren que los textos se trasmitieron oralmente durante siglos (la producción de manuscritos en hojas de palma o corteza de abedul es ya un fenómeno medieval y el papel solo se utilizará con la llegada de los mogoles). Volvemos a la idea de Bhartṛhari: aunque los significados cambien, la forma ha de preservarse, y para ello los pandits desarrollaron sofisticados métodos de memorización, control y recitación, sobre los que Filliozat ofrece un apasionante informe. La Palabra existe siempre de antemano, fue creada por los dioses, la tarea del hombre es recibirla en toda su dignidad. «Que esa Palabra complaciente, dadora de savia y vitalidad, venga a nosotros», dice el Ṛgveda. Honrarla supone escucharla de boca del maestro, no a través de libros o manuscritos. El vehículo que la trasmite ha de estar vivo. Los tiempos han cambiado, pero esperamos que este libro pueda trasmitir algo de aquella vitalidad de una lengua que soñó con unificar la ciencia y lo sagrado.

Juan ArnauXàbia, 31 de Agosto 2017

NOTA DE LOS TRADUCTORES

Esta traducción se realizó a partir de la tercera y a la fecha última edición, revisada, de Le sanskrit. Cabe hacer algunas aclaraciones. A lo largo del libro se usa la voz «hinduista» para designar a un practicante del hinduismo o para calificar algo por su vínculo con esta tradición religiosa; en cambio, la voz «indio» se usa como gentilicio de la India en general, sin presuponer necesariamente una connotación religiosa. Por otra parte, se optó por restituir el término indio que subyace al francés lettré, muy usado por Filliozat; entonces, en vez de traducir con algún equivalente inexacto como «hombre de letras», «erudito» o «intelectual», se prefirió usar pandit, forma simplificada de los términos paṇḍit y paṇḍita (en hindi y sánscrito respectivamente), con la confianza de que su significado pleno se esclarecerá a lo largo del libro, en especial en el capítulo tercero. Las palabras vaiṣṇava y śaiva califican los diversos cultos (o a sus adeptos, literatura, prácticas, etc.) centrados en los dioses Viṣṇu y Śiva respectivamente. El plural de todos los términos sánscritos fue castellanizado; no así los géneros, que son los originales (por ejemplo, la Bhagavadgītā, el vyākaraṇa, etc.). En cuanto a la «Nota sobre la pronunciación de las palabras sánscritas», al final del libro, esta fue modificada de modo que resultara útil para el hablante del español.

Ambos estamos en deuda con Juan Arnau por la presentación que acompaña al texto, así como por sus generosas diligencias para que esta obra llegue hoy al público hispanohablante. Por último, queremos expresar nuestro agradecimiento a Raimund Herder por la confianza y a Laia Villegas por el impecable cuidado editorial.

Óscar FigueroaWendy J. Phillips Rodríguez

INTRODUCCIÓN

Pocas lenguas han tenido un destino tan excepcional como el sánscrito. Es excepcional, en primer lugar, por su longevidad. Solo el chino puede rivalizarle en este aspecto, pues, si bien no posee antiguos monumentos literarios tan importantes como los Vedas, sin duda goza de una mayor vitalidad hoy en día. El sánscrito es asimismo excepcional por la estabilidad de su forma a lo largo de la historia, a diferencia del chino, que ha evolucionado considerablemente con el paso del tiempo. Por último, y este tal vez sea su rasgo más original, el sánscrito ha sido sacralizado en un grado mucho mayor que cualquier otra lengua. Toda descripción del sánscrito está obligada a subrayar e intentar explicar estas tres características: longevidad, estabilidad, sacralidad. Estos no son rasgos naturales del lenguaje; más bien se producen por efecto de la acción de los usuarios de la lengua. ¿Quiénes fueron esos usuarios y qué uso le dieron a su lengua? Solo después de analizar interrogantes como estas pueden ofrecerse explicaciones sobre la naturaleza y la originalidad del sánscrito.

Desde una época muy antigua los hablantes del sánscrito reflexionaron sobre su lengua. Toda lengua es un saber y un estado de conciencia individual. Describir ese estado de conciencia, es decir, lo que el hablante sabe sobre su lengua, es de suma importancia. En el caso del sánscrito tenemos la fortuna de contar con bastante información al respecto. Pandits1 indios con una aguda conciencia lingüística tuvieron el cuidado de articular una representación de su lengua. Tal representación es una parte integral de la lengua en tanto que forma parte del saber lingüístico conciente de sus hablantes.

El enfoque histórico y comparatista de las lenguas es, como sabemos, una revolución del siglo XIX principalmente. Dicho enfoque es casi nulo en la India antigua. Aunque es posible detectar algunos vestigios durante el periodo medieval, su desarrollo sobrevino con la época moderna. Sin embargo, nunca ha sido un elemento decisivo en la conciencia lingüística del pandit sánscrito. La gramática histórica y comparada puede revelar estructuras del sánscrito de las que jamás estuvieron conscientes aun los más perspicaces entre sus hablantes y especialistas. Conviene, por lo tanto, presentar el sánscrito desde dos puntos de vista: desde la perspectiva de lo que el hablante sabe sobre su lengua y desde la perspectiva de lo que ignora sobre ella, esto es, en un sentido muy amplio, desde la perspectiva de la historia de la lengua y su relación con otras lenguas, extranjeras y desconocidas para dicho hablante.

Una lengua es un sistema bien ordenado que funciona por sí mismo. El hablante que carece de una conciencia lingüística especializada hablará bien su lengua de manera espontánea, a partir tan solo del conocimiento que sobre ella heredó. El hablante «culto» se comporta de un modo distinto; no se deja llevar en la misma medida por el sistema de su lengua, sino que, a través de la representación que él mismo se hace de esta, puede encauzar su uso en múltiples direcciones, adaptarla a nuevos fines de manera deliberada. Por último, puede además ceñirla al sistema que él le atribuye e impedir que evolucione espontáneamente. Es un hecho que el pandit sánscrito influyó profundamente sobre su lengua. El sánscrito fue preservado y, al mismo tiempo, reconfigurado más que cualquier otra lengua. Es importante entender las razones de este tercer aspecto. En un principio, el sánscrito evolucionó espontáneamente; luego vino un largo periodo de gestación de la conciencia lingüística. Posteriormente, en la era común, los efectos de esta conciencia repercutieron sobre la lengua y dieron pie a lo que suele conocerse como su «estandarización». Más adelante veremos cuál es el significado más profundo de la palabra «sánscrito» y por qué este nombre se acuñó hasta la era común, en relación con su forma evolucionada, cuyo modelo condicionaron las opiniones de los gramáticos. Por extensión y en retrospectiva, usamos el mismo nombre para su forma arcaica: la lengua de los Vedas. Cuando sea necesario precisar, distinguiremos estas dos formas llamando «sánscrito védico» o «védico» a la forma antigua, y «sánscrito clásico» a la forma posterior al gramático Patañjali.

1 En el original lettrés. Al respecto cfr. «Nota del traductor» en las primeras páginas del libro. (N. de los T.)

LA LENGUA SÁNSCRITA

HISTORIA

La lengua de los Vedas

El sánscrito pertenece a la rama índica de la gran familia de las lenguas indoeuropeas. Se llama «indo-ario» al conjunto de lenguas de origen indoeuropeo que se sabe existieron en el territorio de la India a lo largo de la historia. Cabe distinguir tres épocas. En primer lugar, el «indo-ario antiguo» o la lengua de los Vedas, que ha sobrevivido hasta nuestros días gracias al sánscrito clásico. En segundo lugar, el «indo-ario medio» (abreviado, «indio medio»), que agrupa lenguas derivadas de formas antiguas; textos literarios y otros documentos indican su presencia desde los últimos siglos a. e. c. hasta el siglo X (por ejemplo, el pāli de las escrituras budistas, el ardhamāgadhī de las escrituras jainistas, los prácritos literarios y epigráficos, etc.). Por último, el «indo-ario moderno» o «neo-indio», que agrupa las diferentes lenguas, con un sinfín de variantes y una diversificación ininterrumpida en todo el subcontinente, que hoy conforman las grandes lenguas vivas de la mayoría de los estados actuales de la India. El término «indo-ario» suele además contrastarse con el de «dravídico», nombre que se da a la otra gran familia de lenguas del subcontinente, conformada principalmente por el tamil, el canarés, el telugu, etc., de los estados sureños de la península. La idea con mayor difusión y aceptación desde el siglo XIX es que el dravídico es un grupo de lenguas originarias de la India y que el indo-ario vino del exterior. Sin embargo, no existe ningún documento indio que indique que históricamente, incluida la época más antigua, los usuarios de lenguas indo-arias hayan estado concientes de un origen extranjero para sus lenguas.

La designación «lengua védica» para el indo-ario antiguo se debe a que los documentos a través de los cuales este nos es conocido corresponden al corpus textual que recibe el nombre genérico de Veda. La tradición india clasifica estos textos según varios estratos: cuatro Saṃhitā o colecciones en verso de himnos religiosos (Ṛgveda), cantos (Sāmaveda), fórmulas litúrgicas (Yajurveda) y oraciones con diversos fines (Atharvaveda); Brāhmaṇa o comentarios en prosa a los textos anteriores; Āraṇyaka y Upaniṣad o comentarios en prosa de carácter más especulativo; Sūtra o manuales técnicos relacionados con rituales, costumbres, etc. Además, la tradición reconoce en teoría un amplio número de escuelas: 21 para el Ṛgveda, 100 para el Yajurveda, 1 000 para el Sāmaveda, nueve para el Atharvaveda. Una escuela se define por la recensión de una colección (saṃhitā), así como por el grupo de textos que de ella dependen, es decir, un Brāhmaṇa, un Āraṇyaka, una Upaniṣad y un Sūtra. Por consiguiente, ambas clasificaciones se entrecruzan. En la mente del pandit indio todos estos textos pertenecen a una misma época y tienen un mismo origen geográfico.

En la interpretación de la crítica moderna, estas clasificaciones reflejan distintos estratos cronológicos y zonas geográficas. Ello ha suscitado un sinfín de hipótesis, y tras 150 años de investigación, difícilmente puede ofrecerse una tabla cronológica y un mapa confiables y exactos de los textos y del desarrollo de las escuelas. A manera de secuencia cronológica, los especialistas proponen la clasificación tradicional en una versión más refinada: 1) El Ṛgveda es la colección más antigua; empero, se trata en sí misma de una antología de fragmentos de diversas épocas y orígenes; de esos fragmentos se considera que los libros III, IV y V conforman el núcleo más antiguo. Además se cree que la colección sufrió modificaciones durante su conformación. 2) Las partes versificadas de las otras Saṃhitās. 3) Las porciones en prosa de las Saṃhitās, en particular las del Yajurveda. 4) Las porciones en prosa de los Brāhmaṇas, los Āraṇyakas y las Upaniṣads más antiguas. 5) Los Sūtras. En cuanto a la zona geográfica, el Ṛgveda da testimonio de la cuenca de los siete ríos: el Indo y sus cinco tributarios en el Punjab, así como el Sarasvatī. Este territorio fue el corazón de la cultura védica. Sus límites al este y al oeste se extendían respectivamente hasta la región occidental de la planicie gangética y hasta la porción oriental de Afganistán. Con el surgimiento de nuevas escuelas este territorio se expandió paulatinamente hacia el oriente.

Todavía más difícil es establecer una cronología absoluta. Por sí mismos, los textos no nos ofrecen ninguna pista. Dependemos, por lo tanto, de datos externos, y estos solo pueden sernos útiles en la medida en que su nexo con la India sea evidente y seguro, y no hipotético. Nos referimos a dos documentos de Asia menor pertenecientes al siglo XIV a. e. c. Escritos en lengua hurrita, los textos tratan sobre una élite de guerreros en carruajes llamados mariyanni, asociados con el reino de Mitanni. En el nombre podemos reconocer la palabra védica márya seguida del artículo hurrita. En védico, la palabra se usa sobre todo en el sentido de «hombre joven» y no en el sentido más preciso de «guerrero en carruaje». Sin embargo, esta acepción no está ausente en ciertos contextos, por ejemplo, en una invocación a las deidades conocidas como Marut: «Tienen por carruajes los relámpagos, armados con lanzas, los Marut, máryas celestiales…» (Ṛgveda, 3.54.13: vidyúdrathā marúta ṛṣṭimánto divó máryā…); también, al inicio de una descripción de estos mismos dioses: «¿Quiénes son esos ataviados adalides, todos de la misma cepa, máryas de Rudra sobre hermosos corceles?» (Ṛgveda 7.56.1: káīṃ vyàktā náraḥ sánīḷā rudrásya máryā ádhā sváśvāḥ). Por otra parte, se ha descubierto un tratado de hipología, escrito en hitita y conocido por el nombre de su autor, Kikkuli, en el que se describe el entrenamiento que reciben los caballos durante sus primeros 180 días de vida. Se ha establecido que este texto es una traducción de un texto hurrita hoy perdido, que su fecha es posterior a la caída del reino de Mittani a finales del siglo XIV a. e. c., tras los ataques del rey hitita Suppiluliuma, y, por último, que los términos técnicos ahí plasmados sufrieron dos transposiciones, la primera de su lengua original al hurrita, y la segunda del hurrita al hitita. Es sencillo identificar el védico como la lengua original. A fin de indicar el número de vueltas prescritas para el adiestramiento, el texto emplea cinco términos compuestos formados con el nombre de un numeral (1, 3, 5, 7, 9), más la palabra vartanna: aika-vartanna, «una vuelta», etc. Los nombres de los números védicos son fácilmente reconocibles (en indoeuropeo, solo el védico agrega el sufijo -ka al número «uno»), y si bien no hay documentos que prueben una reconstrucción directa de vartaná, los hay en cambio tanto de su raíz como del derivado -vṛt, usado al final de compuestos formados con numerales en el sentido de «tantas veces». Por último, un tratado entre el rey hitita Suppiluliuma y el rey de Mittani Mattiwaza contiene una lista de los dioses invocados por los signatarios. Al final de esta figuran, del lado de Mittani, los nombres Mitra Uruwana Indar Nasattiyana, es decir, los nombres de dioses védicos bien conocidos: Mitra, Varuṇa, Indra y los gemelos Nāsatya. Los dos primeros aparecen seguidos del sufijo hurrita śil, que significa «ellos dos». Lo que tenemos es, pues, una traducción literal al hurrita del compuesto védico mitrā-varuṇa, en la que ambas palabras preservan tanto la desinencia para la forma dual como el acento.

La documentación histórica no ofrece ninguna explicación sobre la presencia en Mittani de especialistas en guerra sobre carruajes, que fueran versados en lengua y religión védica. Sin embargo, el historiador de las lenguas no puede pasar por alto un dato importante: tenemos aquí un uso fechado de una muestra de lengua védica. Si bien se trata de un indicio muy aislado como para establecer un vínculo con textos específicos y extraer conclusiones sobre la fecha de estos últimos, el mismo prueba al menos la existencia de la lengua védica hacia la mitad del segundo milenio a.e.c.

Respecto a cuándo llegó a su fin la formación del corpus védico, se cree que esto ocurrió en el mismo periodo en que surgió el budismo, que al parecer tuvo conocimiento de algunas Upaniṣads tardías. Si bien las fechas del Buda son también motivo de debate, se cree que habría vivido hacia el siglo V a. e. c. Si esto es así, entonces el védico sería una lengua con una presencia a lo largo de un milenio y a lo ancho del inmenso territorio de la planicie Indo-gangética. Esto significa que no se le puede tomar como una lengua homogénea. Antes bien, deben determinarse, por un lado, sus variantes dialectales, y por el otro, su evolución a través del tiempo. Hay otro factor a considerar. Lo que conocemos son solo las producciones literarias de poetas y especialistas en la praxis religiosa. Cabe preguntarse entonces si la población en su conjunto hablaba la misma lengua. Es probable que el védico de los textos fuese distinto de los dialectos populares. No contamos con ningún documento sobre estos últimos. Más adelante veremos la manera como los pandits han preservado sus textos y mantenido viva su lengua. A partir de la situación actual, puede inferirse que el védico de los textos debió existir inmerso en un entorno lingüístico popular que sin duda le influyó.

En suma, en un principio el védico fue un indo-ario antiguo especializado en una forma particular de poesía religiosa; esta lengua se desarrolló a lo largo de un milenio, propagándose por todo el norte del subcontinente, en medio de múltiples lenguas indo-arias populares que evolucionaban más rápidamente que él.

No contamos con documentos sobre estas últimas sino a partir del siglo III a.e.c., gracias a las inscripciones del emperador Aśoka. En su conjunto, estas lenguas se conocen como «indio medio». Hay entre ellas diferencias notables de una frontera a la otra del inmenso imperio. Sería demasiado simplista asumir que se trata de derivaciones en línea directa del védico. Antes bien, son el resultado de la evolución de las viejas lenguas populares contemporáneas al védico, el cual se diferenciaba de ellas por su carácter literario especializado y su resistencia al cambio.

La fonética del védico es muy distinta de la del avéstico en tanto que preserva mucho más los sonidos indo-europeos, así como por la ausencia de innovaciones iranias. Así pues, mantiene la oposición entre sordas y sonoras, entre aspiradas y no aspiradas, e ignora prácticamente la tendencia a usar sonidos espirantes, tan común en Irán. La mayor innovación del védico es la adopción de oclusivas cerebrales en oposición a las dentales. Se ha atribuido este fenómeno a una influencia del dravídico, ampliamente caracterizado por tal oposición. Sin embargo, se ha podido demostrar que la retroflexión comenzó en el indo-iranio. Otro rasgo importante del védico es la preservación del acento. En general, existen tres tonos de índole musical: el tono alto (udātta), el bajo (anudātta) y el modulado (svarita