El secreto de la caverna - Arturo S. Maxwell - E-Book

El secreto de la caverna E-Book

Arturo S. Maxwell

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Beschreibung

Fue un verano emocionante, cuando tres jovencitos se aventuraron a vivir una historia de misterio y suspenso, mientras la población era testigo de lo sucedido. Todo giraba alrededor de una caverna muy pero muy oscura… ¿Qué hay dentro de esa caverna? ¿Qué secreto tiene? Conviértete en detective y lo sabrás. Para eso, recorre las páginas de esta obra literaria, haciéndote pasar por un turista más del pueblo de Longview.

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Seitenzahl: 70

Veröffentlichungsjahr: 2020

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El secreto de la caverna

Arthur S. Maxwell

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido
Tapa
Prefacio
Capítulo 1: ¿Contrabandistas o espías?
Capítulo 2: Llega el “detective” Roy
Capítulo 3: El remo mágico y la cena misteriosa
Capítulo 4: La turba fantasma y el bote misterioso
Capítulo 5: El misterio en la casa del pastor
Capítulo 6: La repisa sorpresa y el cortaplumas colgante
Capítulo 7: La persecución de medianoche y la pista equivocada
Capítulo 8: La vaca que se ordeñaba por si sola y la luz detrás de la puerta
Capítulo 9: El gran desenlace

El secreto de la caverna

Arturo S. Maxwell

Título del original: The Secret of the Cave, Pacific Press Publishing Association, Boise, ID, EE.UU., 1951.

Dirección: Maricel Altamirano

Traducción: Paola Canuti

Diseño de tapa e interior: Giannina Osorio

Ilustración: Agustín Riccardi

IMPRESO EN LA ARGENTINA

Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXX

Es propiedad. © 1951 Pacific Press® Publishing Association, Nampa, Idaho, USA.

© 1998 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-186-5

Maxwell, Arturo S.

El secreto de la caverna / Arturo S. Maxwell / Dirigido por Maricel Altamirano / Ilustrado por Agustín Riccardi. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo digital: Online

Traducción de: Paola Canuti.

ISBN 978-987-798-186-5

1. Cristianismo. 2. Literatura piadosa. 3. Jóvenes. I. Altamirano, Maricel, dir. II. Riccardi, Agustín, ilus. III. Canuti, Paola, trad. IV. Título.

CDD 242.63

Publicado el 28 de mayo de 2020 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: [email protected]

Web site: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Prefacio

Al mirar hacia atrás, a través de los años, todavía puedo ver ese antiguo y pintoresco pueblo en la costa noroeste de Escocia, escenario donde se sitúa esta historia. Recuerdo cuando, del barco de vapor proveniente de Glasgow, descendí al pequeño bote que me llevó a la costa. Puedo ver a los residentes del pueblo que esperaban las cartas –y a los pasajeros– con ansias y gran curiosidad. Detrás de ellos, estaban sus cabañas de techo de paja, todas dispuestas en fila a lo largo de la costa.

Recuerdo cuando visité muchas de esas cabañas, también la del guardabosque, que estaba tierra adentro y era la única con dos pisos y techo de tejas. Vuelvo a ver el extraordinario panorama que se apreciaba desde la cima de las montañas circundantes, esa vista maravillosa del mar ondulante, las islas envueltas en neblina y la puesta del sol.

Allí, en ese precioso y solitario lugar, nació El secreto de la caverna. Es mi deseo que esta historia motive a niños de todo el mundo a encontrar su mayor alegría en el servicio, al reconfortar y brindar felicidad a aquellos que lo necesitan.

TÍO AR­TU­RO

Capítulo 1

¿Contrabandistas o espías?

Era el tema de conversación de todo el pueblo. Todo otro asunto había sido olvidado excepto la intrigante pregunta: ¿Quién estuvo anoche en la caverna de McCullum?

El viejo Peter MacDonald, un pastor montañés de barba gris, había permanecido hasta tarde en las colinas con su rebaño. Al regresar por un atajo escabroso, junto a una playa cubierta de rocas, pasó bajo la entrada de la antigua caverna y se dio el susto de su vida.

Muchas veces, en la escarpada ladera, había visto la entrada a ese gran agujero, con sus puntas salientes. En su juventud había explorado la mayoría de sus interminables, oscuras y silenciosas galerías; pero ahora, para su asombro, había escuchado sonidos muy extraños que provenían de la boca de la caverna. Aunque amortiguado de alguna manera, un fuerte golpe, como el de un pesado martillo que golpea sobre unas maderas, llegó hasta sus oídos. Para aumentar su sorpresa, por momentos, a estos ruidos se sumaba un grito confuso.

Por supuesto que no se asustó; ¡él era un experimentado pastor escocés! Sin embargo, de pronto se acordó de las historias, que tantas veces había escuchado, que contaban que la caverna estaba habitada por fantasmas. Entonces, a paso rápido, completó su viaje de regreso al hogar.

Ahora, todos hablaban de eso. ¿Quién había estado en la caverna? Seguramente, no había sido ninguno de los habitantes del pueblo. ¿Por qué querría alguno de ellos estar en la caverna a esas horas de la noche?

Una y otra vez se discutió, se descartó y se retomó toda clase de teorías.

¿Podrían ser contrabandistas? Difícilmente. No elegirían un lugar tan distante de todo centro comercial en el que pudieran deshacerse de su mercadería.

–¡Espías! –sugirió alguien con la agitación de aquel al que se le ocurre una gran idea. Pero ¿qué querrían unos espías en ese lugar tan solitario de la costa noroeste de Escocia?

Esa noche, el pueblo de Longview estaba dividido en una cantidad de grupitos que hablaban del tema.

Dos niños, Oscar y Bruno Maclaren, estaban muy interesados. Eran hijos del guardabosque que vivía en las afueras del pueblo. Recientemente, su madre había enfermado de gravedad y su padre la acompañaba en el hospital de Glasgow hasta que mejorara. Así que los dos muchachitos, que tenían quince y trece años, se hallaban solos. Por supuesto que se sentían tristes porque su mamá y su papá no estaban con ellos pero, como se llevaban bien entre sí, disfrutaban mucho de su inesperada libertad.

Iban de un grupo a otro, escuchaban las últimas versiones de la historia del viejo Peter y, con ansias, recogían todos los detalles que se le iban agregando a medida que el tiempo pasaba.

Al día siguiente, cuando los habitantes del pueblo decidieron que algunos de los hombres más valientes deberían visitar la caverna para acabar de una vez por todas con esa situación, estos dos muchachitos estuvieron entre los primeros que se ofrecieron para ir. Pero los hombres de más edad se negaron a llevarlos.

–No, no –dijo alguien–. Supongamos que allí hubiera espías o contrabandistas con armas, y supongamos que les dispararan, ¿qué nos dirían su padre y su madre cuando regresaran?

A pesar del balde de agua fría que echaron sobre sus expectativas, Oscar y Bruno continuaron pidiendo ir con tanta insistencia que los hombres, finalmente, aceptaron. No obstante, pusieron la condición de que prometieran seguir a todo el grupo a una distancia prudencial.

Finalmente, una de esas largas tardecitas de verano en las que allá, en el lejano norte, el sol no se pone hasta las diez de la noche, la expedición inició su camino.

La caverna se hallaba a unos cinco kilómetros del pueblo. Estaba ubicada un poco por encima de la playa, y llegar hasta ella era algo difícil. Sin embargo, como hacía algún tiempo se habían construido algunos escalones en las rocas, la subida fue mucho más fácil. Por suerte la marea estaba baja, de lo contrario, el grupo tendría que haberse acercado en bote hasta la entrada de la caverna.

Un pequeño esfuerzo para subir los desparejos escalones finalmente condujo a seis hombres y a los dos niños hasta la entrada, no sin que sus corazones latieran un poco más rápido de solo pensar en lo que podrían encontrar allí. Otros tantos que habían venido se quedaron en la playa, y algunos les gritaban a los dos muchachos para que no subieran. Pero Oscar y Bruno estaban resueltos a ver de qué se trataba y, como sus padres no estaban, no había nadie que les pudiera ordenar que bajaran.

Se encendieron las linternas y el pequeño grupo avanzó en la oscuridad. La emoción iba en aumento y todos contenían su respiración mientras, lentamente y con sumo cuidado, exploraban las galerías.

Ojos atentos y ansiosos miraban hacia delante, deseosos de ser los primeros en ver al intruso o cualquier indicio de una reciente ocupación; pero no encontraron nada. En cierto momento, el líder del grupo se detuvo a examinar la pared. Por todo el suelo había pedacitos de roca desparramados, pero en ese lugar había más que en otros.