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Hoy en día el símbolo se identifica muy a menudo con ciertos esoterismos de escasa profundidad intelectual, con una especie de magia infundada sin relación alguna con la religión o las ciencias humanas. La presente obra propone lo contrario, a saber, un esoterismo bien entendido que podría ser el vínculo que permita un diálogo interreligioso y globalizado. Se trata de una propuesta que no es nueva, pues ya ha brillado con luz propia a lo largo de la historia, sobre todo en el Renacimiento, cuando la filosofía hermética pretendió reunir en torno al cristianismo las antiguas tradiciones paganas. Para desarrollar dicha propuesta, el autor se vale de un personaje especialmente singular: Louis Cattiaux, un creador polifacético que, como otros similares, la historia se empeña en marginar. Este filósofo, químico y alquimista, que hizo del arte una filosofía y de las vivencias una sabiduría, anticipó horizontes y anunció aquello que ahora, setenta años después, va viendo la luz. Así, en su obra convergen los elementos necesarios para una reflexión sobre el sentido del símbolo en el tercer milenio de la era cristiana, en un mundo globalizado y, a su vez, profundamente individualizado. La semilla interdisciplinar de Cattiaux quedó depositada en un libro también inclasificable, El mensaje reencontrado. La presente obra es una exhortación al conocimiento de ese mensaje reencontrado o símbolo renovado, en el que las tradiciones de nuestros antepasados se aúnan con la experiencia personal. Raimon Arola pretende abrir un ámbito de estudio que permita recobrar la riqueza de los símbolos tradicionales y hacerlos presentes y vivos.
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Seitenzahl: 222
Veröffentlichungsjahr: 2015
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RAIMON AROLA
EL SÍMBOLO RENOVADO
A PROPÓSITO DE LA OBRA DELOUIS CATTIAUX
Herder
Diseño de la cubierta: Dani Sanchis a partir de un dibujo de Louis Cattiaux
Edición digital: José Toribio Barba
© 2013, Raimon Arola
1.ª edición digital, 2015
ISBN:978-84-254-3191-3
Depósito legal: B-10670-2015
La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del Copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.
Herder
www.herdereditorial.com
A la memoria de mi padre, LluísO pusillanimes de toutes les nations,apprenez de votre coeur à connaîtrela beauté et la verité de Dieu là où elle paraît,et non pas seulement là où on vous dit qu”elle est(El Mensaje Reencontrado, XXXVI, 12)
ÍNDICE
PRESENTACIÓN
ABREVIATURAS UTILIZADAS
EL PENSAMIENTO SIMBÓLICOLa necesidad del símbolo
El símbolo y la exégesis
El autor del mensaje
ARTE Y VIDA ESPIRITUALSurrealismo y mística
La práctica del arte
El símbolo en la pintura de Cattiaux
FÍSICA Y METAFÍSICAUn ensayo sobre el arte
El origen del arte: la magia
El verbo perdido y reencontrado
EL MENSAJE HERMÉTICOCattiaux y la alquimia
Hermetismo y filosofía perenne
El jeroglífico único
EPÍLOGO
PRESENTACIÓN
1
En la obra de Louis-Ghislain Cattiaux (1904-1953) convergen los elementos necesarios para iniciar una reflexión sobre el sentido del símbolo en el tercer milenio de la era cristiana, en un tiempo y en un mundo globalizado y a la vez profundamente individualizado. La búsqueda de Cattiaux anunció aquello que ahora, sesenta años después, va viendo la luz, y que es, como acabamos de decir, el sentido del símbolo como una realidad que cristaliza, con sus luces y sus sombras. Una realidad que obliga a precisar con el máximo rigor posible las características de las nuevas morfologías que tratan de la única experiencia espiritual inherente al hombre.
El título de este estudio se refiere precisamente a un conocimiento que se halla imbricado en una existencia y en el que las tradiciones de nuestros antepasados se aúnan con la experiencia particular e individual, complementándose. Por desgracia, en el mundo actual, el símbolo se identifica demasiado a menudo con ciertos esoterismos de poca profundidad espiritual. Y decimos por desgracia porque el término esoterismo se ha degradado hasta llegar a ser sinónimo de superstición, una especie de magia infundada sin relación con la religión, ni con la filosofía, ni con las ciencias humanas.
Nuestra propuesta se dirige a lo contrario, ya que el esoterismo bien entendido podría (y quizá, incluso, debería) ser el vínculo que permitiera un diálogo interreligioso y globalizado, puesto que puede desplazarse silenciosamente por las formas exteriores de las distintas confesiones sin alterar para nada su núcleo original. Tal propuesta no es original, ya que otras veces ha brillado con luz propia a lo largo de la historia, sobre todo durante el Renacimiento, cuya filosofía hermética pretendió reunir en torno al cristianismo la mitología de las antiguas tradiciones paganas y las enseñanzas de la cábala judía. Para ello, debió utilizar ciertos «símbolos renovados» que habían perdido vigencia y que, a su vez, con el paso de los siglos, se convirtieron de nuevo en esoterismos vacíos y en absoluto unificadores.
Los límites de esta propuesta son imprecisos y, al mismo tiempo, abismales. por eso, aquí tan sólo pretendemos abrir un ámbito de estudio que permita recobrar la riqueza de los símbolos tradicionales y hacerlos presentes y vivos sin caer en supersticiones ni sinsentidos, y evitando cualquier tipo de fundamentalismo.
Para desarrollar esta propuesta nos hemos servido de la obra de Louis Cattiaux, un personaje singular, un creador polifacético que, como les sucedió a tantos otros, la historia se ha empeñado en marginar; quizá, por lo mismo que acabamos de mencionar, pues, ¿dónde se ubica un artista que ha sido también filósofo, místico y alquimista? Así, los hombres que construyen su obra sin que se enmarque en una disciplina o una técnica pronto son olvidados cuando deberían ser los más reconocidos, pues sus aportaciones siempre abren horizontes, aunque sea difícil clasificarlos en los sistemas establecidos.
Este es el caso de Cattiaux. Los historiadores del arte no saben ver la mística de su pintura, y los historiadores de la mística no entienden su fuerza plástica, a la vez que los religiosos y los filósofos se desconciertan y rehúsan estudiar su obra en profundidad. Sin embargo, y por diversos motivos que desarrollaremos detenidamente, la semilla interdisciplinar de la obra de Cattiaux quedó depositada en un libro también inclasificable, El Mensaje Reencontrado, donde escribió estas turbadoras palabras:
Los profetas nos han hablado de la sustancia y de la esencia de Dios, ¡pero nosotros escudriñamos sus textos para descubrir en ellos la historia, la moral, la poesía o la adivinación! ¡Oh, estúpida ceguera de los inteligentes y de los sabios! ¡Oh, mediocridad satisfecha de los creyentes! (Mensaje XIX, 1).
2
Jean Rousselot (1913-2004), que fue un buen amigo de Cattiaux y un poeta destacado en los ambientes surrealistas parisinos, publicó en 1951 una breve semblanza de nuestro autor en la que lo califica como: «un pintor perezoso», después como un: «pintor, poeta...; y filósofo» y, finalmente, como: «Vidente, quiromántico y curandero; ...un sabio», lo que indica que Cattiaux hizo del arte una filosofía y de las videncias una sabiduría. Extractamos el texto de Rousselot:
«Un pintor perezoso.»
Existen cuarenta mil pintores en París. Solo uno sacude sus alfombras sobre las verjas de Sainte-Clothilde, por la mañana; solo uno vive en el campo en plena capital, con su gato sobre las rodillas: es Louis Cattiaux.
«Pintor, poeta...»
La pintura de Cattiaux se hace sola. Al menos en su ejecución; ya que la medita durante mucho tiempo; cada una de sus telas nace lentamente de una exigencia a la vez metafísica, religiosa y plástica [...]. tampoco necesita más tiempo para escribir sus poemas: Los poemas del holgazán a los que puso como encabezamiento esta frase maliciosamente atribuida a Hipócrates: «Demasiadas gentes que escriben tienen las uñas sucias» [...]. poeta en su pintura –por su maravillosa invención que le permite dar cuerpo a sus postulados, carne a sus puras especulaciones– Cattiaux es pintor en su poesía, en el sentido de que cada uno de sus poemas es como una ilustración de lo que expresa pintando: Vírgenes alquimistas, tigres coronados por soles y ceñidos por la eterna serpiente. Deslumbrantes explosiones de un Cosmos que de pronto parecen la sístole del corazón.
«...y filósofo.»
La filosofía de Cattiaux, y su metafísica, no oculta sus fuentes: la tradición, el esoterismo [...]. Su dios es el Único, su religión, el Amor. El Mensaje Reencontrado lo explica en cortos capítulos que se ajustan según una lógica interna que no se percibe inmediatamente.
«Vidente, quiromántico y curandero.»
«Hay que volverse vidente», decía Rimbaud. Cattiaux ha seguido este consejo [...]. Se encuentre donde se encuentre, lo insólito se instala con él: siempre tiene el aspecto de venir de muy lejos, de un mundo pacificado donde se viviría sin comer, sin trabajar, sin combatir. Este vidente, sin embargo, no tiene nada de brujo....
«...un sabio.»
Cattiaux, entre su esposa Henriette y su gato Poupinet, entre su paleta y su escritorio, lleva la vida de un sabio. Posee la alegría de un niño, el humor tierno de un santo [...]. Al verdadero Cattiaux, hay que ir a verlo a la calle Casimir-Perier, mimado, mimando, y obteniendo los dones por el único ejercicio de su amor. «Ante quien se prosterna, se prosternarán» decía el gran poeta lituano Mislosz. «A quien da, se le dará», tal podría ser la divisa de Cattiaux» (Noticias: un peintre paresseux...).
La casa de la calle Casimir-Perier, a la que se refiere Rousselot, era una galería de arte reconvertida en vivienda (Figuras 1-2), un espacio tan pintoresco que llegó a convertirse en un lugar conocido en París. Allí podía verse al pintor trabajando a pie de calle, como en un escaparate.
3
El Mensaje Reencontrado, la obra principal de Cattiaux, es un libro difícil de comentar, casi diríamos que imposible. Cattiaux lo sabía, pero no podía hacer nada al respecto, pues el Libro tenía una vida propia que él mismo era incapaz de alterar aunque fuera para hacerlo más comprensible o dotarlo de contextos culturales. por este motivo, Cattiaux se esforzó en buscar maneras externas que ayudaran y acompañaran su lectura. Sus pinturas, poemas, cartas, apuntes y un ensayo sobre la pintura titulado Física y metafísica de la pintura configuran un soporte de ayuda en la lectura del Libro, y son los que hemos utilizado en nuestro trabajo. Ahora bien, hemos tratado de ceñirnos a la voluntad de Cattiaux y no confundir estas aportaciones con el contenido de El Mensaje Reencontrado.
Debido a todo lo que acabamos de mencionar, el libro que el lector tiene entre sus manos puede considerarse protréptico, pues, inevitablemente, constituye una exhortación al conocimiento del símbolo renovado que, de algún modo, se identifica con el mensaje de nuevo encontrado.
Hemos construido este ensayo a partir de cuatro grandes apartados. El primero está dedicado a comprender la diferenciación y la identificación entre la personalidad de Cattiaux y los símbolos renovados que aparecen en El Mensaje Reencontrado y que van más allá del autor, quizá lo más complejo de todo lo escrito. Para ello, hemos insistido en qué es un símbolo y cómo no puede separarse de las Santas Escrituras.
El segundo apartado trata del vínculo entre la creación artística y los símbolos renovados. El arte de la primera mitad del siglo XX está marcado por un intenso proceso de búsqueda y de cambio, de lo que participa Cattiaux. Son especialmente destacables las aportaciones surrealistas, en tanto que indagaron en los mundos ocultos, siendo, además, la sensibilidad más próxima a Cattiaux.
El tercer apartado está centrado en el ensayo que escribió nuestro autor, Física y metafísica de la pintura, y en las consideraciones que de él se pueden extraer. Señalemos, quizá, la más decisiva: la relación del arte con la magia, lo cual obligó a Cattiaux (así como a nosotros) a la comprensión del vínculo entre la magia y las tradiciones espirituales auténticas. un tema siempre equívoco y a menudo mal interpretado. Esta parte termina con un capítulo dedicado al Nombre creador.
La última parte está dedicada a la alquimia y a la tradición hermética, lo cual nos obliga, de nuevo, a dilucidar entre el esoterismo trasnochado y lo que significó lo oculto para los antiguos maestros. En El Mensaje Reencontrado, Cattiaux no utiliza un lenguaje directamente alquímico, pero todo el libro está repleto de la misteriosa conjunción y la metamorfosis de los elementos naturales que conducen a la piedra filosofal, y, a partir de ella, al universo de símbolos que explican al ser trascendente, pudiendo de esta manera volver al principio: el encuentro de las distintas tradiciones espirituales.
Durante la elaboración del libro, en la primavera de 2012, tuvimos la oportunidad de dictar dos conferencias sobre Cattiaux en la Universitat de Barcelona, así como de publicar un epílogo para una edición de Física y metafísica de la pintura. En cada caso utilizamos fragmentos del ensayo que ahora presentamos; así, los capítulos «El símbolo y la exégesis» y «Los símbolos en la pintura de Cattiaux» se basan más o menos en las conferencias. «Un ensayo sobre el arte» es el epílogo que hemos referido. Y, finalmente, el capítulo «El jeroglífico único» es sobre todo un estudio titulado «La Terre Vivante», que apareció firmado con el seudónimo de George Kirkeby y publicado en el libro: Images cabalistiques et alchimiques.1
Nuestro agradecimiento se dirige, en primer lugar, a quienes nos hicieron conocer el libro de Cattiaux, principalmente a los hermanos Emmanuel y Charles d’Hooghvorst. También a quienes nos han acompañado en la búsqueda y, de uno u otro modo, nos han ayudado a escribir este libro, en especial a Lluïsa Vert, pero también a Lola Josa, Jean Christophe y Jeanne Lohest y Raimund Herder.
1 Raimon Arola (bajo la dirección de), Images cabalistiques et alchimiques, Beya-Dervy, París, 2003, pp. 235-249.
ABREVIATURAS UTILIZADAS
Mensaje: Louis Cattiaux, El Mensaje Reencontrado, ed. Herder, Barcelona, 2011. Citamos el capítulo o libro en números romanos y el versículo en latinos.
Física: Louis Cattiaux, Física y metafísica de la pintura. Citamos la segunda edición de Arola ed. Tarragona, 2012 también mencionamos la página.
Florilegio: Louis Cattiaux, Florilegio epistolar. Citamos la edición de Arola ed., Tarragona, 1999; citamos el párrafo.
Noticias: Noticias sobre la pintura de Cattiaux según sus contemporáneos: www.beyaeditions.com/documentation/traditionartethermetisme.htm. Citamos el comienzo del nombre del apartado.
Creer: Raimon Arola (ed), Creer lo increíble o lo antiguo y lo nuevo en la historia de las religiones, textos de E. y C. d’Hooghvorst, recogidos por Arola ed., Tarragona, 2006. Citamos la página.
Hilo: Emmanuel d’Hooghvorst, El hilo de Penélope I y II, Arola ed., Tarragona, 2000. Citamos el volumen y la página.
Libro: Carlos del tilo [Charles d’Hooghvorst], El libro de Adán, Arola ed., Tarragona, 2002. Citamos la página.
Citas bíblicas: provienen de la edición de Herder, Barcelona, 2005.
1
EL PENSAMIENTO SIMBÓLICO
LA NECESIDAD DEL SÍMBOLO
Una mañana de invierno de 1952, Louis Cattiaux se dirigió con un amigo a la iglesia de Limal, en Bélgica, para asistir a la misa. En el interior de la iglesia prendía una estufa; lo primero que hizo Cattiaux, después de entrar y antes de tomar asiento, fue arrodillarse con mucho respeto ante la estufa en lugar de hacerlo ante el santísimo sacramento. Esta anécdota nos muestra la personalidad del personaje que escribió El Mensaje Reencontrado, un libro muy especial que será el centro de este ensayo (Figura 3). pero la anécdota también contiene una enseñanza en sí misma, pues al optar por arrodillarse ante el fuego de la estufa en lugar de ante el sagrario, Cattiaux renovó el sentido del símbolo de la presencia divina entre los hombres, y por eso la reconoció en el fuego más que en los objetos litúrgicos. En aquella mañana de 1952, el fuego de la estufa se presentó a Cattiaux como un símbolo vivo, y él lo reconoció como un instrumento para explicar una verdad que había comprendido y había hecho suya. Sin embargo, repetir lo que hizo Cattiaux tendría poco que ver con la vivificación del símbolo; obviamente sería un gesto superficial y sin valor cognoscitivo.
Los símbolos entendidos como resonancias de aquello que es trascendente son oscuros y difíciles de interpretar. Se asemejan a un lenguaje cifrado que, sin las claves necesarias, se mantiene cerrado. Y en realidad es así, pues para abrir su significado es necesario participar de la misma experiencia que vivió el creador del símbolo. Solo entonces nos hallaríamos ante un símbolo renovado, en el que el contenido y la forma se pertenecen el uno a la otra, en tanto que el lector del símbolo participa de la analogía que ha creado en él.
En el famoso Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias (1539-1613), capellán de Felipe II y extraordinario erudito, se lee lo siguiente respecto a la voz símbolo:
Locutiones symbolicas se dizen aquellas que tienen en sí obscuridad, hablando por semejanças y metáforas, como las sentencias de pithágoras, que comúnmente llaman symbolos.2
La oscuridad inherente al lenguaje simbólico está relacionada con la «contracifra» que, según Covarrubias, utilizaban los filósofos y los magos para explicar su experiencia de conocimiento, que sería cierta magia que se produciría entre el hombre y el mundo –hemos escogido a Covarrubias porque escribió uno de los primeros diccionarios contemporáneos en un momento en que las discusiones entre el pensamiento positivista y el pensamiento mágico estaban especialmente vivas–, y aquí deberíamos preguntarnos: ¿con qué intención los filósofos no racionalistas utilizaron de manera voluntaria lenguajes secretos o simbólicos? En la propia definición de Covarrubias respecto a la palabra símbolo aparece la respuesta, es decir, que su compresión del mundo se construía y se expresaba por «semejanças y metáforas», siguiendo las enseñanzas de Pitágoras recogidas sobre todo en la obra de Jámblico, De vita pythagorica. Allí, este autor escribe lo que sigue respecto a la enseñanza por medio de similitudes o símbolos:
El modo de enseñanza por medio de símbolos era en su escuela [de Pitágoras] especialmente importante. Esta forma era cultivada por casi todos los griegos con carácter ancestral, pero era especialmente venerada entre los egipcios en sus más variadas formas. Igualmente Pitágoras también le concedía una gran importancia. Si se exponen con claridad los significados y pensamientos de los símbolos pitagóricos, cuánta exactitud y verdad contienen, si se los desprende de sus envolturas, se los libera de la forma enigmática y se los adapta, mediante tradición simple y sin adornos, a la naturaleza noble de estos filósofos, cuya divinidad excede el pensamiento humano.3
En sus palabras, Jámblico recoge una tradición según la cual los símbolos eran de origen divino, por eso estas explicaciones iban unidas a sus consideraciones sobre la teurgia (palabra griega compuesta por theos, «dios» y ergon, «trabajo»), un concepto que durante el Renacimiento se convertirá en sinónimo de la magia filosófica y que será utilizado por los pensadores humanistas para distanciarse de la hechicería y de otros tipos de magias vulgares.
La teurgia se fundamenta en la ciencia de las semejanzas que hasta el siglo XVI desempeñó un papel básico en el pensamiento de la cultura occidental. Según Michel Foucault, fue ella la que guió la exégesis de los textos, permitiendo el conocimiento de las cosas visibles e invisibles y, en consecuencia, el arte de expresarlas, sobre todo, por medio de cuatro sistemas: convenientia, aemulatio, analogía y sympathia. Todas las partes de la creación estarían interrelacionadas, y su conocimiento provendría de la magia, como afirma el mismo Foucault: «La forma mágica era inherente a la manera de conocer».4Como fundamento de sus explicaciones, Foucault utiliza el pensamiento paracelsiano y, en particular, el Tractatus novus de Signaturis rerum internis, de Oswald Croll, un seguidor de Paracelso, que es un apéndice de la Basilica Chymica. (Figura 4).
En el espíritu de los hombres renacentistas, sin embargo, la magia filosófica era más que una manera de conocer la realidad, pues constituía también el argumento de aquello que realmente les importaba: demostrar la verdad de su religión con testimonios provenientes de otras tradiciones, como la pitagórica. Esta voluntad se ha confundido muchas veces con una filosofía secreta, inconcreta e inconsistente, y por eso se la ha llamado en ocasiones: «lastre esotérico», «sincretismo ocultista», etcétera.
No es, pues, extraño que la espiritualidad contemporánea demande reconstruir ciertos universos simbólicos que desaparecieron en parte al negar la magia filosófica y confundirla con hechicerías, nigromancias y prácticas parecidas. En el espíritu del hombre de principios del tercer milenio existe la nostalgia de la manera de conocer simbólica y, en consecuencia, de vivir de otro modo nuestra relación con la realidad. Estaríamos hablando de un modo simbólico de comprender el universo y de relacionarnos con él, que solo en parte es un reencuentro con el pasado, pues dicho modo necesita inevitablemente que este universo esté vivo y presente, ya que de no ser así, los símbolos antiguos corren el riesgo de convertirse en realidades vacías que no generen distintas maneras de comprender aquella otra realidad que los racionalistas pretenden también destruir, aunque sean precisamente su opuesto.
El símbolo renovado es la manera de comprender la realidad aparecida de nuevo, no imitando las formas tradicionales que se formaron de manera simbólica, sino volviendo a construir el edificio. Creemos que el ejemplo de la estufa ante la que se arrodilló Cattiaux es un ejemplo positivo en este sentido, pues poco importa que en el Diccionario de símbolos de Chevalier y Gheerbrant, por ejemplo, se diga: «se comprenderá entonces que el fuego sea la mejor imagen de Dios»,5si alguien no revivifica estas palabras, amplia su contenido y lo reencuentra. Así, leemos en el MensajeReencontrado: «todo lo que está sujeto al fuego no es de Dios, pues Dios es la esencia misma del fuego» (Mensaje XXIII, 23).
Existen otras maneras de comprender qué es un símbolo, desde una estricta identificación con cualquier signo convencional –la bandera de un país como símbolo nacional, etcétera–, pasando por distintas semióticas, hasta la referencia a una experiencia cognoscitiva fundamental. Nuestro planteamiento se sitúa en este último lugar, pues sería en el encuentro del símbolo como forma de comprender el mundo cuando podríamos rehacer un universo alternativo al que ha construido el racionalismo positivista durante los últimos siglos.
Así, el símbolo no sería un signo de identidad, como la sílaba om, la cruz, la estrella de David, etcétera, sino un acto por medio del cual el hombre descubre el contenido de la realidad. Así pues, el símbolo demanda una experiencia simbólica donde quien estudia lo simbolizante participa de lo simbolizado. El contenido de cualquier símbolo auténtico aparece en la acción simbólica, pues sin la presencia activa del hombre que estudia el símbolo, este permanece mudo, oscuro, inaprensible para la razón. Así lo explica Chevalier en el prólogo del diccionario: «La percepción de un símbolo, la Epifanía simbólica, nos sitúa, en efecto, en un cierto universo espiritual».6
Louis Cattiaux escribió en El Mensaje Reencontrado: «No basta con estudiar, también es necesario comprender lo que estudiamos. Y ¿para qué comprender, si no experimentamos en nosotros mismos la verdad de Dios?» (Mensaje XVIII, 40). Experimentar en uno mismo es lo que denominamos: un «acto simbólico».
El remedio a la nostalgia de los universos simbólicos de antaño, distintos de los construidos por la razón especulativa, depende de que sean devueltos a la vida en la experimentación. En la búsqueda espiritual del hombre de principios del tercer milenio, se cae demasiado a menudo en unos extremos que limitan el «acto simbólico» tal como lo proponemos, pues, por una parte, se pueden estudiar las imágenes simbólicas universales al margen de cualquier experiencia particular, basándose solo en la erudición, como, por otro lado, se tiende a experimentar a toda costa pero marginando la universalidad del simbolismo y, por consiguiente, sin que la experiencia se convierta en un conocimiento.
El símbolo reencontrado se sitúa inevitablemente en el centro. Y para desarrollar esta propuesta utilizaremos aquí la obra de Louis Cattiaux titulada El Mensaje Reencontrado, en el que no se explican los símbolos universales con erudición, ni se solapan con la experiencia subjetiva del autor, sino que este solo da testimonio de la experiencia, la suya, que revivifica los antiguos símbolos. Por eso, en el mismo libro el autor propone lo siguiente: «El Libro habla a la intuición, al amor y a la memoria profunda, y no a la inteligencia, a la voluntad y a la razón superficial de los hombres» (Mensaje XIX, 3’).
Dentro de los estudios de la historia de las religiones que tanta luz originaron en el siglo XX, otro autor entendió la recuperación del pensamiento simbólico en el mismo sentido. Se trata de Henry Corbin, que escribió lo siguiente respecto al tema:
El símbolo no es un signo artificialmente construido; aflora espontáneamente en el alma para anunciar algo que no puede expresarse de otra forma, es la única expresión de lo simbolizado como realidad que se hace así transparente al alma, pero que en sí misma trasciende toda expresión. La alegoría es una figuración más o menos artificial de generalidades o abstracciones que son perfectamente cognoscibles o expresables por otras vías.7
Las propuestas de Corbin son tan sorprendentes y están tan bien explicadas que han seducido a buscadores de ámbitos muy distintos, desde a filósofos académicos a solitarios ocultistas. El símbolo «aflora espontáneamente en el alma para anunciar»; es decir, el símbolo es cierta Epifanía, cierto saltar a la conciencia de algo que hasta entonces no estaba en acto, sino solamente en potencia. Después permanecerá o se borrará de nuestra conciencia, pero eso es algo que ahora no nos ocupa, sino más bien el instante de comprensión durante el cual una realidad se comunica con el alma del hombre, y esta comunicación es unidad de fondo, fusión de objeto y sujeto. A este instante de comprensión, de transparencia, de aparición, lo llamamos «símbolo renovado».
Al margen del lenguaje filosófico, Cattiaux explica una idea muy parecida al afirmar sobre su símbolo reencontrado:
No nos rompamos la cabeza con el Libro, sino más bien el corazón, para que nuestra alma preciosa germine y fructifique ante Dios, en el secreto del comienzo y del fin de todas las cosas (Mensaje XVII, 53).
Corbin y Cattiaux utilizan imágenes agrícolas para transmitir el sentido del símbolo; para el primero, el símbolo aparece como una flor en el alma, mientras que para Cattiaux, con el símbolo, el alma germina y fructifica. Realmente, el símbolo renovado es un puente para manifestar aquello que el ser humano es en potencia: el hombre espiritual.
El poeta y crítico de arte barcelonés Juan Eduardo Cirlot se interesó al final de su vida por el reencuentro con el universo simbólico, que dio como fruto el Diccionario de símbolos. En el prólogo a la primera edición de este libro, Cirlot escribió:
Indiferentes a la erudición por ella misma, sentimos con Goethe animadversión hacia todo aquello que solo proporciona un saber, sin influir inmediatamente en la vida. Esa influencia se traduce en modificación y rememoración de lo trascendente. Desde un ángulo impersonal, la presente obra es una compilación comparada de temas simbólicos, apta para ser utilizada en la intelección de sueños, poemas, obras de arte, etcétera, donde exista material procedente de mitos, símbolos, leyendas, para mostrar de este modo todos los matices del motivo, por enriquecimiento de este y universalización. Es evidente que el simbolismo, aun ofreciendo significaciones obtenidas –en su coherencia y virtualidad– de tan diversas y auténticas fuentes, no podrá pasar los torreados umbrales del escepticismo.8
Cirlot reúne lo impersonal de la elaboración de un diccionario con la imprescindible implicación personal, puesto que él contempló el símbolo como algo necesariamente revivificado. Su formación y profesión, relacionadas con las artes –poesía, música, crítica–, incidieron con toda seguridad en su comprensión del símbolo de manera «fluida y dinámica», pues como veremos a lo largo de este estudio, en el mundo contemporáneo, las artes han asumido la función vivificante que necesita el símbolo para serlo como tal.
Nuestro interés por los símbolos –escribió Cirlot– tiene un múltiple origen; en primer lugar, el enfrentamiento con la imagen poética, la intuición de que, detrás de la metáfora, hay algo más que una sustitución ornamental de la realidad.9
A nuestro entender, tras la imagen poética se halla el gran árbol del mundo, cuyas flores y frutos se ofrecen cándidamente a quien los quiera recoger. La interacción entre la creación artística y el símbolo tradicional es el pilar que sostiene la construcción de nuestro ensayo. Una y otra vez nos encontraremos en esta encrucijada, pues no debemos olvidar que Cattiaux, además de escribir El Mensaje Reencontrado, fue pintor y poeta.
Charles d’Hooghvorst [Carlos del tilo], en un artículo introductorio al estudio de los símbolos que más tarde utilizó como prólogo a El libro de Adán, parafrasea a Cattiaux al afirmar que el símbolo se dirige a la intuición de la fe y no a las especulaciones de la razón, y después desvela el porqué: «puesto que el símbolo encierra una realidad que solo puede conocer aquel que la ha experimentado» (Libro, p. 25).
