El sueño de la Inteligencia Artificial - Gisela Baños - E-Book

El sueño de la Inteligencia Artificial E-Book

Gisela Baños

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Beschreibung

Desde el legendario Talos hasta Chat GPT, la humanidad ha fantaseado con la posibilidad de construir máquinas pensantes. Esta es la historia de ese sueño.

El sueño de construir seres artificiales pensantes es tan antiguo como la misma humanidad, pero solo en fechas muy recientes se establecieron las bases tecnológicas para hacerlo posible. Desde Ada Lovelace a Turing y Von Neumann, de Deep Blue hasta Alpha Go, desde el machine learning a ChatGPT, en este libro se recorren los principales hitos de un camino que no sabemos a dónde nos llevará. Es también una mirada al futuro, en el que reúnen las principales teorías especulativas sobre lo que está por llegar.

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Seitenzahl: 416

Veröffentlichungsjahr: 2024

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EL SUEÑO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

EL SUEÑO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

El proyecto de construir máquinas pensantes: una historia de la IA

GISELA BAÑOS

El sueño de la inteligencia artificial. El proyecto de construir máquinas pensantes: una historia de la IA

© Gisela Baños, 2024.

© de esta edición, Shackleton Books, S. L., 2024

@Shackletonbooks

www.shackletonbooks.com

Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S. L.

Diseño de cubierta: Pau Taverna

Diseño: Kira Riera

Maquetación (edición papel): Reverté-aguilar

Conversión a ebook: Iglú ebooks

Todas las imágenes son de dominio público, excepto las de (las referencias son a las páginas de la edición en papel) p. 35, p. 36, p. 105 p. 170 y p. 195 (CC BY-SA 3.0); p. 38, p. 65, p. 107 y p. 155 (CC BY-SA 2.0); p. 41, p. 83 y p. 146 (CC BY-SA 4.0).

ISBN: 978-84-1361-344-4

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

Índice de contenido

Cuando el futuro llega antes de que nos dé tiempo a soñarlo
El sueño de la inteligencia artificial
Creado, no nacido3
Los mil y un autómatas
Una cuestión matemática
Matemáticas y poesía
Una máquina universal
La llegada de las máquinas
«Debemos saber. Sabremos»21
¿Futuro o muerte?
Calcu­lar, frente a pensar
Aprendiendo a aprender
Nueva ciencia, nuevos laboratorios
Vayamos por partes
Como es lógico…
Todo está conectado
Se acerca el invierno
Invierno
Aprendices de todo, maestras de nada
Los enciclopedistas
La amenaza de un segundo invierno
Mente artificial en un cuerpo artificial
De un azul profundo
No soy un robot
Aquello que nos hace humanos
Más inteligencia, menos alma
¿Para qué queremos que aprendan las máquinas?
Ayúdame a aprender
Clases de refuerzo
Máquinas autodidactas
Pero ¿de dónde sale toda esa cantidad de datos?
Elemental, querido Watson
El futuro ya está aquí
Redes neuronales convolucionales
Redes neuronales recurrentes
De la lógica al arte
Todo lo que necesitas es atención
Generando texto, imágenes, vídeo… y dudas
Empresas de IA
Ética para un ordenador
¿Cuántas leyes se necesitan para regular la inteligencia artificial?
El regreso al mito
Pensar el presente desde el pasado
En un futuro muy, muy, cercano
En algún instante remoto del tiempo
Epílogo
Nota de la autora
Cronología
Bibliografía por capítulos

Para Dolors, que siempre supo leer entre líneas.

Agradecimientos

Aunque este no es mi primer libro, sí que es la primera vez que parto de una propuesta presentada por mí. Eso lo ha convertido en un trabajo más personal, y me ha dado la libertad de incluir, como yo siempre digo, mis nerdadas —aunque tampoco es que en otros trabajos se me haya coartado demasiado—.

Hay muchísima gente a la que le tengo que dar las gracias por estar hoy aquí, escribiendo estas líneas, porque, aunque mi nombre sea el que sale en la portada, los libros siempre son una colaboración en equipo, y mi equipo, en este caso, incluye a todas las personas que están detrás de Shackleton Books, con muchas de las cuales llevo años trabajando. Gracias, en primer lugar, a Dolors González, de Bona­lletra Alcompas, por pensar que aquel comentario casual en un correo electrónico podía convertirse en este libro y por ser la mejor mentora que hubiera podido tener dentro del mundo editorial. A Cristina Pérez, mi editora, y a Eduardo Acín, por su confianza y su entusiasmo desde el primer minuto con este proyecto. Normalmente, los autores no sabemos quién corrige y maqueta nuestros libros, pero igualmente querría dar las gracias a quien haya trabajado con mi manuscrito, haya revisado las galeradas y le haya dado el magnífico aspecto que tendrá. Sé que cualquier decisión que hayáis tomado ha sido con la intención de que brille. También soy consciente de que Belén Jiménez y Mar Fernández harán un trabajo fantástico cuando, ya acabado, el libro llegue a sus manos y haya que darle visibilidad. Mil gracias. Tampoco puedo olvidarme de Carla Pascual ni de Clàudia Pintos, de Shackleton Kids, y de lo divertido que fue crear la colección de mitología nórdica para niños junto con Simone Frasca. Estos fueron mis primeros libros publicados. Y, por supuesto, también me acuerdo de ti, Carmela Vásquez, con quien empecé a escribir literatura infantil.

No creo que hubiera acabado en el mundo editorial de no haberme tropezado en Twitter —esa nefasta red social que a veces tiene cosas buenas y a la que me niego a llamar X— con Antonio Torrubia, el Librero del Mal de la librería Gigamesh de Barcelona —que también es mi casa, ¡besos para todos!—. Tampoco si Belén Urrutia, de Alianza Runas, no me hubiera dado mi primera oportunidad. Gracias a Concepción Perea y a Jordi Noguera por enseñarme, en su escuela de escritura Caja de Letras, a poner en orden todas las ideas que se aturullaban en mi mente y a darles forma. Y a Sara Segovia por resolver mis dudas lingüísticas cuando aún estaba empezando en el mundo de la corrección.

Para terminar, gracias a Sary, Paco y Laia por cada jueves —que no acaben nunca— y por todo lo que es importante en la vida. A Jose, siempre mi puerto en la tormenta —res non verba—. A Jorge, que me presta las alas de sus aves cuando las mías se rompen. No creo que sea necesario decir mucho más. Y a Khaleesi, a Drogon y a Tyrion, por el amor más puro que existe.

Por supuesto, gracias también, siempre, a George ­Westinghouse, porque su forma de vivir siempre supuso una fuente inagotable de inspiración para mí y por regalarnos todo lo bueno del mundo en el que vivimos, aunque ya casi nadie lo recuerde.

No, no me olvido de vosotros, westinghousers: gracias por estar siempre ahí.

Cuando el futuro llega antes de que nos dé tiempo a soñarlo

Escribo estas líneas en el 2023, un año vertiginoso en cuanto a transformaciones y desarrollos de la historia de la inteligencia artificial, por lo que quizás la vorágine en la que estamos inmersos ahora mismo no nos permita adoptar una perspectiva que nos ayude a asimilarlo. Transmitir este hecho ha sido uno de los grandes retos de este libro. Como bien apuntaba el sociólogo y «futurista» Alvin Toffler durante la segunda mitad del siglo XX en su ensayo Future shock, el ritmo del progreso científico y tecnológico se ha incrementado hasta tal punto que, en las últimas décadas, apenas hemos tenido tiempo para adaptarnos a los cambios sociales, culturales e incluso económicos que se derivan de él. Y este fenómeno, lejos de ralentizarse, no solo se ha ido acelerando, sino que parece que lo hará aún más con los nuevos avances que, en los últimos años, se están produciendo en el ámbito de la inteligencia artificial. Es lo que ha sucedido siempre con cualquier tipo de tecnología que ha supuesto un cambio disruptivo en la forma de vivir de los seres humanos. Pero ¿qué es exactamente la inteligencia artificial? ¿Qué es capaz de realizar? ¿Cuáles son sus posibilidades actuales y futuras? ¿En qué se diferencia de otras tecnologías como para acaparar tantos titulares en los medios y tanto contenido en las redes sociales?

Son demasiadas preguntas, así que empecemos por la primera: ¿Qué es la inteligencia artificial? Esto es lo que nos dice ­ChatGPT-4, una de las aplicaciones más populares en este momento:1

La inteligencia artificial (IA) es un campo de la informática que se enfoca en crear sistemas capaces de realizar tareas que, de requerir inteligencia humana, implicarían habilidades como el entendimiento del lenguaje, el reconocimiento de patrones, la toma de decisiones y la solución de problemas. Estos sistemas se diseñan para emular aspectos de la cognición humana y pueden aprender y adaptarse a medida que reciben nuevos datos o experiencias. La IA puede variar desde aplicaciones específicas, como los asistentes personales virtuales y los sistemas de reconocimiento de voz, hasta sistemas más complejos que intentan imitar la toma de decisiones humanas a un nivel más avanzado.

Antes de entrar a debatir sobre esta respuesta, creo que es fundamental recalcar que me ha llevado apenas unos pocos segundos obtenerla. Que un ordenador haya podido responder a esta consulta, tan simple en apariencia, formulada en lenguaje natural —en español, en este caso—, ha necesitado de casi un siglo de investigaciones y desarrollos pluridisciplinares en ámbitos como las matemáticas, la física, la ingeniería, la informática o incluso la psicología, la lingüística y la filosofía. Debido a su naturaleza, es posible que la inteligencia artificial sea la disciplina que más esfuerzo conjunto ha requerido hasta la fecha entre las diferentes ramas del conocimiento. Lo que acaba de lograr ChatGPT era impensable siquiera a comienzos de este siglo… y no porque no se hubiera intentado.

El texto que he reproducido antes no es, en ningún caso, una aproximación incorrecta al concepto de inteligencia artificial. Por su parte, la inteligencia «natural» se podría definir, de manera general, como la capacidad adaptativa de los seres vivos para resolver problemas, y lo que intenta conseguir la inteligencia artificial es imitarla. Las mayores dificultades surgen, principalmente, por culpa del adjetivo «adaptativa», ya que los ordenadores, de momento, suelen mostrarse bastante rígidos en ese aspecto; y ­porque, en realidad, estamos tratando de reproducir una cualidad que no tenemos muy claro cómo se produce a nivel biológico ni cómo se define de forma precisa.

La complejidad de la inteligencia humana y su polifacetismo casi infinito conllevan que resulte extremadamente compleja de abordar, tanto a nivel neurológico como, muchísimo más, tecnológico. Todo lo que realizamos con total naturalidad, como dar los buenos días por la mañana, no chocarnos con las puertas de camino a la cocina para preparar el desayuno o adaptarnos a los diferentes tipos de contextos e interacciones sociales básicas, se considera un auténtico reto para un programa informático o un robot. Esa dificultad, en cualquier caso, no ha evitado que se hayan cosechado grandes éxitos a la hora de reproducir algunas de las habilidades cognitivas que comportan que los seres humanos seamos lo que somos.

Las inteligencias artificiales son muy eficientes en muchas materias, normalmente en aquellas que se pueden expresar en el lenguaje de las matemáticas, por muy complejas que estas sean. De hecho, ya realizan muchas tareas mejor que nosotros: cálcu­los, jugar al ajedrez y a otros juegos de estrategia, analizar y clasificar grandes cantidades de datos… y, además, desde hace décadas. ¿Por qué se arma tanto revuelo ahora, entonces? Porque antes solo lograban todo eso si nosotros se lo enseñábamos, con la limitación que suponía en cuanto a la disponibilidad de datos y expertos capaces de transmitir ciertos conocimientos. En cambio, ahora son capaces de aprender ellas por sí solas.

Este libro es un recorrido por todos los acontecimientos que nos han traído hasta aquí. Es, sobre todo, una historia de la inteligencia artificial, aunque no exclusivamente. Para mí, resultan tan importantes los avances científicos y tecnológicos que la hicieron posible como las ideas que sembraron la intención de recorrer determinado camino y no otro. Y, en este último aspecto, la cultura, los mitos, la literatura… en definitiva, la visión y el relato acerca de cómo entendemos el mundo tienen mucho que ver.

Ni la ciencia ni el progreso nunca han surgido de la nada. Todo gran adelanto ha empezado siempre con un sueño, con una idea. Por este motivo, este relato empieza en la Antigüedad y no en el siglo XX —aunque pudiera parecer lo más lógico—, porque la idea de crear seres artificiales y, por ende, inteligencias artificiales, en el mundo occidental se remonta, al menos, hasta Homero (c. siglo VIII a. C.). Por supuesto, estamos de acuerdo en que lo que aparecía en las obras homéricas eran elementos mitológicos, y en que el objetivo de los antiguos griegos no era crear a tales seres ni plantearlos como una posibilidad real. Eso se alcanzaría mucho más tarde, pero la cuestión es que se lograría, y a lo mejor nunca se hubiera hecho sin que las sirvientas mecánicas de Hefesto o el gigante de bronce Talos hubieran dejado su semilla en nuestra imaginación. Y lo más maravilloso de todo es que, como veremos más adelante, existen historias similares en otras culturas —como la china—, lo que significa que nos encontramos, probablemente, ante uno de los grandes anhelos del ser humano. Desde luego, lograr una inteligencia artificial parecida a la nuestra, en lo que se refiere a procesos cognitivos y emocionales, o una inteligencia artificial general, podría resolver un día el misterio acerca de quiénes somos. ¿Acaso puede existir algo más extraordinario que eso?

Aquellos mitos, que hoy nos resultan tan lejanos, tan fantásticos… en realidad, nunca han desaparecido. Solo se han transformado, porque continuamos albergándolos en nuestro interior. Viven camuflados bajo distintos disfraces; el más conocido de ellos es el de la ciencia ficción. A medida que nuestro conocimiento de los fenómenos naturales y el mundo que nos rodea fue arrinconando aquella magia, las narrativas cambiaron —no así los sueños, que, además, se volvieron cada vez más vívidos—, hasta transformarse en ciencia. Siempre he pensado que es imposible contar o explicar la ciencia y su historia, por más que se intente, sin tener en cuenta la dimensión humana de los hechos. Podemos elaborar una lista de descubrimientos y avances, tal y como se hace en una carrera de ciencias —o al menos en Física, que es la que yo estudié—, pero las ecuaciones no surgen por generación espontánea, también son hijas de su época, aunque esa parte no suelan contárnosla. Las ciencias y las humanidades llevan «peleadas» demasiado tiempo y parece que se perdieron el respeto la una a la otra hace mucho, salvo en un campo que ambas tienen en común: la ciencia ficción. En mi afán por tratar de contar no solo la historia de la inteligencia artificial, sino algunas de las historias que nos han llevado hasta ella, no he podido evitar entretejer cierto número de notas y referencias que relacionan la historia de la inteligencia artificial con ese género narrativo, o, dicho de otra manera, con esos mitos que creemos superados, solo porque nuestros dioses se presentan bajo una apariencia completamente distinta a los del Olimpo.

La ciencia ficción es el género que cambió el elemento sobrenatural de las leyendas antiguas por uno racional. Lo que no cambió son los motivos que seguramente llevaron a sus autores a contar todas esas historias, las de ayer y las de hoy. De alguna manera, situada en el páramo que separa los mitos y la ciencia, la ciencia ficción da lugar a que los sueños de aquellos mitos sean posibles para la segunda. Esta es, para mí, la mejor, más completa y más potente herramienta de innovación que tenemos, tanto a nivel científico y tecnológico como antropológico o sociológico. Y ya no solo en lo referente a la parte narrativa, sino en cuanto a las personas que formaron, o forman, parte de ese ecosistema. Veremos, por ejemplo, que Alan Turing llegó a escribir ciencia ficción —al menos, un relato titulado «Pryce’s Buoy»—, y también que Marvin Minsky e Isaac Asimov eran amigos, o que la Roomba es un magnífico cross­over entre las invenciones del neurobiólogo William Grey Walter, la visión del escritor Robert A. Heinlein y la ingeniería y el espíritu emprendedor de Rodney Brooks. El término crossover es un anglicismo que utilizo a menudo en mi labor de divulgación en las redes sociales, porque esas relaciones «casuales» me parecen la parte más divertida de la historia de la humanidad. Si bien es cierto que, por motivos de espacio, era inviable contar todas las anécdotas que pululan por ahí, he intentado incluir el mayor número posible para, por lo menos, despertar la curiosidad de aquellos lectores que deseen averiguar algo más. Cuando la ciencia ficción entra en escena, es importante tener en cuenta que por mucho que en los mitos modernos el robot sea positrónico y no un gigante de bronce, no cambia lo esencial: ambos tratan de explicar la parte del mundo que no comprendemos, así como cuestionarnos e inspirarnos.

Considero que no hace falta aclarar, tras haber expuesto todo lo anterior, que este no es un libro técnico ni un ensayo académico, aunque sí bebe de las fuentes originales. Solo trata de ser una puerta de entrada al mundo de la inteligencia artificial, una manera de ordenar —en el sentido de estructura y organización— todo lo que estamos viviendo durante esta segunda década del siglo XXI; por qué y cómo hemos llegado hasta aquí, de dónde emergen nuestros temores, qué esperanzas albergamos… sobre todo con la irrupción en nuestras vidas de los sistemas generativos, que tanto revuelo están causando, durante el último año y pico.

Aunque es posible que cometa alguna imprecisión al tratar de explicar de la forma más sencilla posible algún concepto, algoritmo o sistema, los artículos de quienes los plantearon, descubrieron o desarrollaron están recogidos en la bibliografía para quien desee consultarlos. Además, querría puntualizar otra cuestión: la mayor parte de las fuentes de este libro las he consultado en inglés. Me he remitido a las traducciones cuando he tenido acceso a ellas. Si bien es posible que se me haya pasado alguna por alto. Por esta razón, la traducción de la mayoría de las citas es mía, y así lo indico en las notas al pie, junto con la referencia al original. Por cuestiones de espacio —y por no convertir este libro en una enciclopedia—, he descartado bastante información que espero que, en el conjunto de la obra, no se eche en falta. Por ejemplo, en lo referente al ámbito de la robótica o la conducción autónoma.

Me doy por satisfecha si todo este arduo trabajo sirve para ayudar a entender, reflexionar y plantear ciertos debates, que creo muy necesarios, sobre la inteligencia artificial. Mi voluntad es la de iluminar el camino que hemos empezado a recorrer, aunque tal vez aún no sepamos hacia dónde nos lleva. También me contentaré si consigo que cambiemos el discurso catastrofista de nuestro tiempo —sin ignorar, no obstante, que toda tecnología tiene una faceta constructiva y otra destructiva—, por otra perspectiva que abra una ventana a ese futuro que últimamente nos empeñamos en eliminar de la ecuación del progreso humano.

A diferencia de ocasiones anteriores, en las que la inteligencia artificial ha invadido los medios y ha ocupado portadas —pienso, por ejemplo, en la victoria de Deep Blue sobre Garri Kaspárov al ajedrez, que es un acontecimiento que viví y recuerdo—, estoy bastante convencida de que esta vez sí que ha llegado para quedarse. Aunque tal vez no de la manera en la que se espera. Bajo mi punto de vista, se producirá una transformación social y cultural, que obviamente resultará difícil para algunos sectores, pero no la hecatombe que anuncian muchos de los profetas del apocalipsis que invaden las redes sociales y los medios. Creo que estamos transitando un cambio de paradigma, que no será cómodo para todo el mundo, pero que tampoco vamos a poder evitar, por lo que solo nos queda decidir cómo vamos a afrontarlo para minimizar los perjuicios. Seguramente, a medio plazo, se calmará un poco todo este hype y las aguas volverán —relativamente— a su cauce, aunque no sin que la sociedad que emerja de ello sea distinta a la anterior. Distinta, pero no necesariamente peor. De nosotros depende, porque aún, y tal vez no por mucho tiempo, podemos tomar decisiones al respecto.

He de admitir, por otro lado, que a una parte de mí le resulta bastante excitante el momento por el que estamos transitando, incluso con toda la incertidumbre que lo rodea, porque creo que nos encontramos, literalmente, en una situación que ya planteó la ciencia ficción: un punto Jonbar. Se trata de un concepto que el escritor Jack Williamson presentó en 1938 en The legion of time. La idea es muy sencilla: en la novela, la decisión del niño John Barr —jugar con un imán o con una piedra— será la que determine el futuro de la humanidad. Si elige el imán, llegará a ser un gran científico y el futuro se convertirá en una utopía llamada Jonbar; si opta por la piedra, tendrá una vida insulsa y gris, sus descubrimientos los harán otros con menos escrúpulos y el mundo derivará en una distopía llamada Gyronchi. En ese momento, el pequeño John Barr no es consciente de lo que su elección implica, por lo que dos organizaciones capaces de viajar a través del tiempo, la Legión del Tiempo y los agentes de Gyronchi, intentarán influirle en su decisión.

En cierto modo, ahora todos nosotros estamos en el lugar de John Barr, con la diferencia de que sí somos relativamente conscientes de que nuestras decisiones de hoy determinarán las consecuencias del mañana. Personalmente, no me cabe duda de que este momento de desarrollo de la inteligencia artificial es uno de los puntos Jonbar de la historia de la humanidad.

¿Cuál será nuestra elección ahora que todavía estamos a ­tiempo?

El sueño de la inteligencia artificial

Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Arthur C. Clarke

Se podría decir que la historia de la ciencia y la tecnología es también la historia de cómo la imaginación humana ha ido enriqueciéndose y materializándose a medida que avanzábamos y descubríamos nuevos aspectos de una realidad que no ha dejado de sorprendernos a lo largo de los siglos. Todo empieza siempre con una idea, aunque las ideas no suelen germinar hasta el momento en que cuentan, en primer lugar, con un sustrato creativo que las nutra y, luego, con la capacidad tecnológica de realizarlas. A veces pasan años, siglos o incluso milenios hasta que se desarrolla el conocimiento científico necesario, se obtienen los recursos apropiados y se perfeccionan las técnicas requeridas para convertir esa idea en realidad. Mientras tanto, las sociedades evolucionan, los fundamentos intelectuales se vuelven más sólidos, las perspectivas y la superación de dificultades, así como el debate, se benefician del diálogo entre las diferentes ramas del saber. La mentalidad humana se abre a nuevas posibilidades y el sistema económico apuntala el conjunto para que se asiente sobre unas bases firmes que permitan el progreso.

Algo así explicaba Norbert Wiener, conocido por su popular teoría de la cibernética, en Invention. The Care and Feeding of Ideas. En este ensayo —escrito en la década de 1950 e inédito hasta 1993—, efectúa un fantástico análisis acerca de cómo el contexto histórico, social y económico de cada época influye —para bien y para mal— en el proceso creativo y la innovación tecnológica. Su visión tiene todo el sentido del mundo: si observamos el pasado —ni siquiera hace falta que sea en profundidad—, nos daremos cuenta de que el origen de cualquier tipo de innovación científica o tecnológica, también el de la inteligencia artificial, suele transcurrir siempre del mismo modo, si bien en un contexto y con unos personajes diferentes. Sin embargo, en numerosas ocasiones ignoramos los primeros pasos, que tal vez son los más importantes. Se trata de aquellos momentos previos a que la imaginación se convierta en ciencia, cuando el conocimiento todavía es magia; o, para los grandes visionarios, un sueño lúcido cuya realización solo es cuestión de tiempo.

Y los seres humanos hemos soñado muchísimo desde siempre, o, al menos, desde que nos definimos a nosotros mismos como tales. De hecho, el sueño de la inteligencia artificial es uno de los más antiguos, según los registros históricos con los que contamos —Adrienne Mayor, de quien enseguida hablaremos, lo sitúa en la Grecia helenística, pero hay leyendas que lo datan en el Antiguo Egipto—. Paradójicamente, es también uno de los que más se nos está resistiendo, a pesar de que en los últimos tiempos parece que hemos empezado a acariciarlo.

En realidad, entender la inteligencia artificial es un intento de entendernos a nosotros mismos. Con todo, llegar a saber quiénes somos y la razón de nuestra existencia —¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos?— pertenece, por el momento, más al ámbito de la filosofía que al de la ciencia, aunque esta última no ceje en su empeño de buscar una respuesta. Uno de los mayores escollos es que tenemos bastante claro qué significa «artificial», pero ¿sabemos definir la inteligencia? El concepto ha ido evolucionando a lo largo de la historia. Es cierto que, en las últimas décadas, las neurociencias y la psicología nos han permitido acercarnos más a la respuesta, pero con la inteligencia ocurre un poco lo mismo que con el concepto del tiempo. Al respecto, san Agustín dijo una vez: «¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé». Podríamos cambiar «tiempo» por «inteligencia», pues la reflexión es muy similar. Tomemos la perspectiva de un profesional de la psicología, por ejemplo, el profesor Roberto Colom que, en Inteligencia, escribe:2

¿Y cuál es la definición que ofrecen, en la que concuerdan, los psicólogos que se dedican al estudio científico de la inteligencia?

«Una capacidad mental muy general para razonar, planificar, resolver problemas, pensar de modo abstracto, comprender ideas complejas y aprender con rapidez a partir de la experiencia».

He subrayado el término «general» porque es clave […]. Los científicos han demostrado lo que acertadamente suponen los legos, es decir, que inteligente no es el que usa mejor el lenguaje para comunicarse verbalmente o por escrito, no es quien es capaz de ­memorizar grandes cantidades de información para utilizarla de manera adecuada cuando sea necesario, no es aquel que capta las señales relevantes presentes en una escena ignorando las irrelevantes, ni quien es capaz de resolver un complejo problema matemático, ni quien encuentra eficientemente su destino en una ciudad ­desconocida.

Inteligente es el individuo capaz de coordinar todas esas cosas.

Tal vez esta última frase sea uno de los mayores obstácu­los que presenta la inteligencia a la hora de recrearla de forma artificial. En cualquier caso, los intentos por descifrar el funcionamiento del cerebro humano desde el punto de vista biológico y descubrir cómo emerge esa capacidad a partir de «un puñado de células» todavía presentan más incógnitas que certezas. ¿Cómo reproducir o simular algo que ni siquiera entendemos con precisión?

Esta dificultad pone de manifiesto una peculiaridad que caracteriza el ámbito de la inteligencia artificial y que no suele suponer un problema tan agudo en otros campos del conocimiento: la naturaleza de la relación entre el creador y su creación.

El desarrollo de la inteligencia artificial es, de alguna manera, una carrera por concebir algo humano sin que sea humano; o, maticémoslo para que no resulte tan grandilocuente, por transferir capacidades humanas a una creación no humana, si es que algo así fuera posible. Por eso nos fascina y nos inquieta, a partes iguales. Se trata de una vuelta de tuerca más al mito de Prometeo, que les robó el fuego a los dioses para entregárselo a los humanos y sufrió por ello la ira de Zeus. Sea realista o no, la idea de crear seres artificiales indistinguibles, o prácticamente indistinguibles, de sus pares biológicos ha formado parte de nuestro imaginario desde hace miles de años, con todas las cuestiones que ello suscita acerca de cuál es nuestro lugar en el mundo y cuál el de esos seres creados por nosotros.

Por todo ello, esta historia de la inteligencia artificial no comienza, como la gran mayoría de estudios al respecto, con la figura y los trabajos deAlan Turing. Nuestro enfoque implica que la historia empiece mucho antes. Precisamente, con la primera chispa del fuego que Prometeo le robó a Hefesto, que sería uno de los candidatos a «creador» de los primeros seres artificiales de la historia.

Creado, no nacido3

Hay temas tan recurrentes dentro de la historia del pensamiento humano que podrían considerarse universales. Solo cambia el contexto social, cultural, político, religioso, científico, tecnológico… En definitiva, el decorado en el que interpretamos la obra de teatro de la historia. En ocasiones, ese cambio de decorado puede ser lo que nos confunda y nos impida llegar al corazón de una idea; pero una vez allí, la vigencia de la mitología antigua es absolutamente pasmosa, y aquello que fueron tan solo leyendas o fantasías adquiere nuevos significados una vez se inventan las palabras para describirlo de otra manera.

Es lo que propone Adrienne Mayor, historiadora clásica de la Universidad de Stanford, en Dioses y robots. Mitos, máquinas y sueños tecnológicos en la Antigüedad (2019) cuando repasa las aproximaciones a la vida artificial que se hicieron en la mitología antigua:4

Con pocas excepciones, en los mitos tal como se han conservado desde la Antigüedad, no se describe el funcionamiento interno y las fuentes de energía de los autómatas, sino que se deja a nuestra imaginación. En efecto, esa opacidad convierte a los artilugios de fabricación divina en algo análogo a lo que llamamos «caja negra», máquinas cuyo funcionamiento interno resulta misterioso.5

Esto es, ¿hablaban todos esos mitos clásicos realmente de magia? ¿O hablaban de magia solo porque la ciencia no existía, o al menos no como la entendemos hoy? ¿Y qué entendían aquellas gentes por «vida artificial»?

Más adelante, aclara, y creo que es necesario añadirlo para no echar las campanas al vuelo antes de tiempo:6

Evitemos proyectar en la Antigüedad nociones modernas sobre mecánica y tecnología […]. De vez en cuando, señalo la presencia de temas similares en las mitologías modernas de la ficción, el cine y la cultura popular, y establezco paralelos con la historia científica para ayudar a ilustrar la existencia de conocimiento y presciencia naturales integrados en el material mítico.

Pero volvamos al tema de la vida artificial. De todas las características que definen a un ser vivo, la primera que nos suelen enseñar en la escuela es que «nace» —y luego crece, se reproduce y muere—. Pero entonces ¿podrían llegar a existir seres «vivos» que no hayan nacido, y que no crezcan, se reproduzcan ni mueran? ¿Seres que sean capaces de emular nuestras funciones vitales básicas, pero que hayan sido creados? Porque, puedan existir o no, aparecen por todas partes en nuestra tradición histórica. Ya Apolonio, entre otros, habla en sus Argonáuticas del gigante de bronce Talos, guardián de la isla de Creta. Homero, en la Odisea, de los perros de plata y oro que custodiaban el palacio de Alcínoo en Corfú. El encargado de fabricar esta especie de autómatas, así como muchos otros artilugios, solía ser Hefesto. Como es obvio, seguramente los antiguos griegos no hablaron en sus mitos de esta suerte de «pseudotecnología» pensando en que podría llegar a desarrollarse en el futuro, ni había un ánimo especu­lativo en sus relatos —como sí lo hubo luego en la ciencia ficción—. Pero su aparición conforma, desde el punto de vista humanista, el origen de muchas de las reflexiones e incógnitas que aún hoy plantea la inteligencia artificial.

En cualquier caso, si miramos estos «cacharros» de Hefesto con los ojos del presente, serían, en realidad, poco más que juguetes de cuerda: nos imitan de forma mecánica, pero en todo momento queda claro que ni son lo mismo que un ser vivo ni pretenden serlo. Tampoco nadie se los tomaría en serio como ejemplos de inteligencia artificial —de hecho, la mayoría de los académicos no lo hacen—. No obstante, aunque de modo muy básico, los viejos mitos dejan traslucir que sí tenían cierta voluntad y capacidad de decisión en función del cometido para el que los habían fabricado. Sirva como ejemplo este pasaje de la Ilíada de Homero (Canto XVIII, 417-420) en el que se describe a las criadas del dios: «Marchaban ayudando al soberano unas sirvientas de oro, semejantes a vivientes doncellas. En sus mientes hay juicio, voz y capacidad de movimiento, y hay habilidades que conocen gracias a los inmortales dioses».7 La manera en la que los inmortales dioses les enseñan tales habilidades a esas doncellas excede el objetivo de esta obra —se lo dejamos a los historiadores y a los filólogos clásicos—. Y tal vez esto no sea tan relevante si atendemos a la cita de Arthur C. Clarke que da inicio a este capítulo: «Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia». No obstante, si algo ha hecho la ciencia moderna durante sus cuatrocientos años de existencia es romper un hechizo tras otro.

El concepto de «creado, no nacido» que plantea Adrienne Mayor es tan amplio, y a la vez tan concreto, que ayuda notablemente a delimitar el rango de acción de este libro: «la diferencia entre el nacimiento biológico y el origen fabricado marca el límite entre lo humano y lo no humano, lo natural y lo antinatural».8 Es lo que se ha dicho antes: estamos tratando de crear algo con rasgos y capacidades humanos sin que sea humano. La paradoja radica en que no estaremos satisfechos hasta que lo creado y lo nacido sean indistinguibles entre sí, al tiempo que la sola posibilidad de conseguirlo genera en nosotros un rechazo casi instintivo.

La idea de la existencia de unos seres creados y no nacidos no se limita a la antigua Grecia, lo cual hace pensar que conecta directamente con una parte muy íntima de nuestra naturaleza humana. Esta noción aparece también en Oriente, donde presenta sus propios matices. Es interesante observar cómo cambia la perspectiva acerca de una misma cuestión en uno y otro lado del mundo. En el Lie Zi (c. siglo V a. C.), una de las tres principales obras taoístas —junto al Tao Te Ching, de Lao-Tse, y el Zhuangzi del autor homónimo—, aparece un curioso autómata: un artista. El pasaje en el que se lo menciona pertenece al capítulo «Las preguntas de Tang» y ocupa apenas unos párrafos. Se trata de la historia del autómata que el artesano Ning shi le muestra al rey Mu. Este hombre artificial es capaz de cantar, bailar y realizar diferentes trucos, hasta el punto de que el monarca no consigue ­diferenciarlo de una persona real y el artesano se ve obligado a desmontarlo para demostrarle que sí lo es.

Es una historia curiosa porque, por lo general, la idea que tenemos asociada a un ser artificial —o un robot— en Occidente es la de un criado o esclavo, por un lado,9 y, por otro, la de un ser de lógica implacable, pero carente de emociones. Históricamente, la gran brecha entre el ser humano y las máquinas la han conformado las emociones y la creatividad del primero. En definitiva, su capacidad de «hacer arte». Por eso el autómata de Ning shi resulta diferente y algo alejado de otras tradiciones.

Aunque imaginarias, todas estas ideas de vida artificial encerradas en mitos, con el tiempo, dieron algún fruto, porque lo cierto es que comenzaron a tomar forma tan pronto como empezaron a ser posibles, con mejor o peor resultado.

Es necesario hacer una pequeña digresión aquí para trasladarnos a la antigua Grecia y, en menor medida, a Roma, por la enorme influencia que tendrían en el futuro. Para la mayoría, estas civilizaciones han pasado a la posteridad como culturas con cierto desarrollo científico y tecnológico, sobre todo aplicado a la arquitectura; pero esta es una visión sesgada que no hace justicia a los avances que, en realidad, impulsaron en otros campos como la ingeniería y la mecánica.

En el siglo III a. C., Ctesibio, director de la biblioteca de Alejandría y discípulo de Arquímedes, fabricó bombas neumáticas y de agua, así como relojes (clepsidras). También se dice que creó una estatua de cuatro metros y medio que era capaz de sentarse y levantarse, construida para la Gran Procesión de Ptolomeo II en el año 285 a. C. Más o menos en la misma época vivió Filón de ­Bizancio, a quien se atribuye la invención de un precursor del giroscopio, un dispositivo mecánico giratorio basado en la conservación del momento angular —una especie de peonza—, que se usa hoy en día para mantener o cambiar la orientación de un vehícu­lo o dispositivo. Hoy incluso nuestros teléfonos móviles llevan giroscopios. Más tarde, en el siglo I d. C., a Herón de Alejandría se lo conoció, entre otros inventos, por sus máquinas expendedoras, por haber instalado puertas automáticas en la propia biblioteca y en los templos; e incluso por idear un artefacto que funcionaba a vapor, llamado eolípila, aunque, por algún motivo, nunca se llegó a explotar su potencial para mover maquinaria. Así pues, hacia el final de la Antigüedad y antes de entrar en la Edad Media, la tecnología había empezado a abrirse paso y a preparar el terreno para lo que estaba por venir, aunque las circunstancias históricas, sociales y económicas impidieron que floreciera y nos proyectara desde ese momento a mayor velocidad hacia el futuro. No obstante, este legado sería fundamental algunos siglos después para el desarrollo de la ciencia árabe.

Cabe aclarar que, aunque este es un libro sobre inteligencia artificial y pueda parecer que, a priori, este tipo de tecnología antigua no es relevante, en realidad desempeña un papel más importante de lo que parece. Llegar hasta la inteligencia artificial tal y como la entendemos actualmente no ha supuesto un camino en línea recta, sino que ha necesitado de conocimientos de física, diversas ingenierías, biología, informática… e incluso lingüística. Más que ante una trayectoria en línea recta, nos hallamos ante un grafo donde todas esas diferentes ramas del conocimiento acaban confluyendo en un único nodo. La mecánica y la automática antiguas serían tan solo una de esas ramas.

Por otro lado, sobre todo en sus inicios, la inteligencia artificial estaba asociada a un soporte más mecánico o físico que electrónico. A lo largo de las diferentes épocas, ha habido periodos en los que incluso ha coincidido con la historia de la robótica. Tiene lógica: si lo que se pretendía era imitar la inteligencia humana, podía empezarse por reproducir funciones vitales básicas, como, por ejemplo, la del movimiento.

Los mil y un autómatas

Para moverse no hace falta, en realidad, ser muy listo, y las primeras máquinas «inteligentes» no lo fueron, ya que se trataba de meros sucedáneos mecánicos de los seres vivos. No eran más que marionetas con cierta autonomía. Pero lo importante es que las viejas narraciones y leyendas habían empezado a dejar de serlo y los mecanismos o juguetes que se estaban creando no diferían tanto de lo que Homero y otros vieron un día en su imaginación. Miremos con los ojos del pasado a aquellos autómatas, algunos de los cuales incluso tocaban instrumentos o servían el vino. Era muy poco lo que se sabía acerca de quiénes éramos y, mucho menos, de nuestra biología, así que el abismo entre esos artilugios y un ser humano no era tan inmenso, al menos en apariencia. Así que, cuando esa suerte de ingeniería moderna comenzó a asomar, fue inevitable que empezáramos a refinarla para intentar reproducir capacidades cada vez más complejas.

La imagen popular que ha trascendido de la Edad Media, heredada de testimonios como el del poeta Francesco Petrarca, es la de diez siglos de ignorancia, oscuridad y barbarie. Mil años tragados por un abismo situado justo entre la grandeza del Imperio romano y el glorioso Renacimiento, destinado a devolvernos el esplendor perdido. Nada más lejos de la realidad. Afortunadamente, desde principios del siglo XX se ha renovado el interés académico por la ciencia de aquella época, o, más bien, por lo que se entendía como ciencia en ese momento, a través de una definición mucho más laxa que la actual. Forzosamente, aquellas personas debían de contar con algún tipo de tecnología, aunque fuera rudimentaria, para sobrevivir —pensemos, sin ir más lejos, en la empleada en la arquitectura—, y, en efecto, la tenían.

El paradigma de esto lo hallamos en el mundo islámico, que no dejó caer en saco roto todo el saber de la Antigüedad y llevó a cabo la traducción de numerosos documentos helenísticos sobre filosofía natural, matemáticas o medicina. En el ámbito científico y tecnológico, la Edad Media fue, para ese mundo, más bien una edad de oro.

Los hermanos Banū Mūsā, Muḥammad, Aḥmad y al-Ḥasan (siglo IX), participaron en numerosas traducciones durante su paso por la Casa de la Sabiduría de Bagdad. También encontraron un lugar en la posteridad gracias a su Libro de mecanismos ingeniosos, en el que se describen todo tipo de artilugios inspirados en los trabajos de Herón o en las ingenierías china e india, como válvulas y manivelas automáticas o relojes. Los tres hermanos utilizaron este conocimiento para diseñar uno de los primeros dispositivos automáticos programables: una flauta automática. Al Jazarí (siglo XII), por su parte, siguió un camino similar y escribió un libro de título muy parecido al de sus predecesores: El libro del conocimiento de dispositivos mecánicos ingeniosos. Este fue incluso más allá y creó, además de mecanismos y dispositivos varios, autómatas antropomórficos como músicos, sirvientes o relojes con formas animales y humanas que hacían las delicias de las fiestas de la corte.

Tal vez lo más reseñable es que, ya entonces, existiera la posibilidad de programar una máquina, aunque fuera para llevar a cabo tareas sencillas. ¿No es esa la base de la informática moderna y, por extensión, de la inteligencia artificial? Estos autómatas primitivos no se encontraban tan alejados conceptualmente de uno de los hitos más reseñables de la historia de la computación: la máquina analítica del matemático británico Charles Babbage. Creada a finales del siglo XVIII, esta invención es considerada el primer computador en sentido moderno. En cambio, los artilugios de los hermanos Banū Mūsā o Al Jazarí se utilizaban para otros propósitos diferentes al cálcu­lo, más estéticos que prácticos.

Al margen del mundo islámico, existen también referencias, mejor o peor documentadas, sobre la construcción de autómatas o seres artificiales en la cultura cristiana de la Edad Media. Una de ellas es el hombre de hierro de san Alberto Magno, que, según cuentan fuentes de la época, su discípulo santo Tomás de Aquino destruyó horrorizado por considerarlo una creación del demonio. Se percibió, esta vez desde el corazón de la religión, la amenaza que suponía que una máquina pudiera suplantar a un ser humano a través de ese valle inquietante que cuestiona lo que somos, la vida artificial.

Occidente tendría que esperar algo más que Oriente para recuperar y dar valor a todas aquellas obras del mundo Antiguo que, si bien no se perdieron, estuvieron bastante tiempo acumulando polvo en las bibliotecas de los monasterios. Con el Renacimiento, emergieron las primeras grandes figuras de la ingeniería y la automática en Europa. Una de ellas, la del florentino Leonardo da Vinci, cuyo automa cavaliere, un autómata antropomórfico que posiblemente construyó en torno a 1495, y que presentó durante una fiesta en casa del aristócrata y entonces duque de Milán Ludovico Sforza, podía sentarse, levantarse, subir la visera de su casco y mover las manos.

Otra figura destacada de esta época fue la de Juanelo Turriano, nacido en Cremona, Italia, y nombrado en 1556 relojero de la corte de Carlos I, circunstancia que lo llevó a trasladarse a Toledo. Allí construyó una máquina hidráulica capaz de transportar agua desde el río Tajo hasta el Alcázar, salvando un desnivel de cien metros. Las ruinas de esta construcción aparecen en algún grabado antiguo, e incluso El Greco lo menciona en uno de los planos que dibujó de la ciudad. Pero, aparte de los relojes que fabricó y de esta obra de ingeniería, se cree que Turriano también construyó autómatas antropomórficos. Uno de ellos pudo ser el conocido como «hombre de palo», creado con el propósito de pedir limosna en las calles de Toledo después de que el Ayuntamiento de la ciudad se negara a pagarle por su trabajo en la máquina hidráulica. Aunque este autómata permanece en un limbo entre la historia y la leyenda, en la ciudad existe una calle con dicho nombre: Hombre de Palo. Más allá, el Smithsonian le atribuye la construcción de una de las piezas que conserva en sus depósitos: un monje mecánico que elaboró para rezar por la recuperación de Felipe II, hijo de Carlos I, tras un accidente. El príncipe, que entonces tenía diecisiete años, se recuperó.

Todos estos autómatas y demás mecanismos de la Edad Media y el Renacimiento, que no se pueden considerar todavía inteligencia artificial, se concebían principalmente con ánimo lúdico o decorativo. Solían repetir una misma función de manera mecánica, una y otra vez, en bucle. A partir del siglo XVII, eso empezó a cambiar, porque las posibilidades de la mecánica se trasladaron del ámbito físico al ámbito intelectual. Si éramos capaces de construir máquinas que podían imitar algunas funciones de nuestro cuerpo, ¿sería posible capacitarlas para que imitaran alguna función de nuestra mente?

Una cuestión matemática

Desde las primeras civilizaciones, y a medida que la sociedad humana fue evolucionando, se hizo preciso inventar nuevos sistemas de cálcu­lo y archivo que ampliaran tanto nuestra memoria como el límite de los diez dedos que tenemos para contar. Era necesario llevar un registro del censo, de las cosechas, del comercio, de la recaudación de impuestos… Asimismo, la construcción de infraestructuras cada vez más complejas requería operaciones matemáticas que estuvieran a la altura. De ahí surgieron los ábacos sumerios, la numeración con varillas china, la tablilla de Salamina griega o los quipus incas. Más tarde, cuando llegó la ciencia moderna y avanzó lo suficiente como para que las tablas matemáticas calcu­ladas a mano no siempre bastaran para solucionar cualquier problema de forma precisa, junto con el desarrollo de dispositivos mecánicos cada vez más sofisticados, aparecieron las primeras máquinas calcu­ladoras. Aquí es importante recalcar lo de «máquina calcu­ladora», porque hasta bien entrado el siglo XX, las «calcu­ladoras» o «computadoras» eran simplemente personas que se dedicaban a hacer cálcu­los. Sin embargo, las personas son falibles, y el nivel de precisión y rigor matemático necesario era cada vez más alto. A día de hoy, existen multitud de ecuaciones que ni siquiera se pueden resolver de forma analítica, sino que hay que hacerlo por aproximación, algo inabordable para un ser humano, al menos en un tiempo razonable.

La necesidad, como se suele decir, agudiza el ingenio, y el matemático Blaise Pascal utilizó el suyo para crear, en 1642, una de las primeras calcu­ladoras mecánicas o, dicho de otra forma, una de las máquinas primigenias capaces de realizar una tarea que, hasta el momento, era dominio de nuestro cerebro y no de nuestros múscu­los: la pascalina. Su padre era recaudador de impuestos y el joven Pascal, de apenas diecinueve años, se dispuso a crear un ingenio que le facilitara la labor. La pascalina era capaz de realizar sumas y, en una versión posterior mejorada, también restas. La rueda de Leibniz, que Gottfried Leibniz inventó algo después, en 1671 —aunque no la terminó hasta 1694—, superó cualitativamente a la pascalina; podía, además de sumar y restar, multiplicar y dividir, realizar la operación por excelencia que todos olvidamos una vez dejamos la escuela primaria: el cálcu­lo de raíces ­cuadradas.

Aunque en su época Pascal apenas consiguió vender más de una veintena de pascalinas, los principios en los que se basaba su invento, así como los de la rueda de Leibniz —que sí tuvo más acogida—, fueron fundamentales en el desarrollo de las calcu­ladoras mecánicas usadas hasta mediados del siglo XX, que no fueron sustituidas hasta la llegada del transistor y las calcu­ladoras electrónicas de los años sesenta.

Blaise Pascal creó la primera máquina calcu­ladora capaz de efectuar sumas y restas, la pascalina, cuando apenas tenía diecinueve años.

La Revolución científica y todo lo que aconteció después fue lo que, inevitablemente, acabó arrinconando la magia, si bien no los mitos. Solo los transformó en algo distinto. Y Talos, llevado en su momento a la vida a través de los poderes de un dios, cobró la apariencia del monstruo del doctor Frankenstein, un ser creado a partir de retales de cadáveres y resucitado gracias al conocimiento racional de un científico. Mary Shelley, en 1818, le dio un nuevo barniz narrativo a la novela gótica del romanticismo, fruto del cambio de visión respecto al mundo, de lo sobrenatural a lo racional, que la sociedad estaba experimentando con el desarrollo de la ciencia.

Para cuando Mary Shelley escribió Frankenstein, el mundo ya había iniciado hacía tiempo un cambio irreversible, cuyo punto de partida había sido un invento que no solo transformaría la sociedad desde sus cimientos, sino que sería crucial para la historia de la inteligencia artificial: el telar automático moderno. Tras los telares de Basile Bouchon y Jean-Baptiste Falcon —que ya utilizaban tarjetas perforadas—, llegó, en 1741, sin demasiada acogida por su elevado precio y sus limitaciones, el del francés Jacques Vaucanson. El inventor era muy popular en la época por el realismo de sus autómatas, entre ellos, un pato mecánico que comía y defecaba —o, al menos, lo simulaba— que lo catapultó a la fama. Aunque el telar de Vaucanson ya era automático, a diferencia de los anteriores, y «programable», tenía un coste demasiado elevado y su uso resultaba muy engorroso. Fue, finalmente, Joseph Marie Jacquard, en 1801, quien reuniría todos los avances anteriores y utilizaría el sistema de tarjetas perforadas para crear telares capaces de tejer diferentes patrones complejos en la tela. Esto es, había nacido la posibilidad de utilizar una misma máquina para realizar tareas distintas. Ahora, como hacían los propios telares, solo quedaba entretejer los hilos de todos los logros alcanzados hasta este momento para concebir un nuevo tipo de máquina, con la versatilidad de un telar y el potencial de una calcu­ladora. Un matemático tuvo la idea, pero hizo falta también una poeta para entender el mundo de posibilidades que algo así abría ante ­nosotros.

El telar de Jacquard fue una de las primeras máquinas programables. Su sistema de tarjetas perforadas posibilitaba tejer brocados y otros tipos de patrones.

Matemáticas y poesía

Puede que el cambio de paradigma en la cosmovisión humana durante el siglo XIX no haya tenido parangón a lo largo de nuestra historia. Seguramente fue el momento de nuestra civilización en el que más se miró hacia el futuro. Y se vio prácticamente todo. Nuestra dependencia de la tecnología se volvió irreversible, la mente humana no era ya capaz de abarcar unos avances científicos que, a principios del siglo XX, nos desbordarían por completo.

Las primeras calcu­ladoras habían ayudado a la hora de realizar algunas operaciones matemáticas, pero no todas. Y eso lo comprobó perfectamente el matemático Charles Babbage alrededor de los años 1812-1813, al enfrentarse a las imprecisiones de las tablas de logaritmos que se utilizaban en los cálcu­los astronómicos. En una ocasión, cuando estaba con el astrónomo John Herschel —el hijo de William Herschel—, se le ocurrió comentar que ojalá existiera una máquina de vapor que pudiera hacer esos cálcu­los tan tediosos. Y aunque conocía las calcu­ladoras de Pascal y Leibniz, él buscaba algo mucho más general y complejo, que pudiera calcu­lar logaritmos y funciones trigonométricas a través de aproximaciones polinómicas. Empezó por un dispositivo pequeño en 1819 —cuya construcción concluyó en 1822—, capaz de realizar cálcu­los polinómicos hasta de ocho decimales, y en 1823 consiguió financiación del Gobierno para construir uno mucho más grande, de una capacidad de hasta veinte decimales, al que llamó máquina diferencial. Nunca llegó a terminarla, ya que el coste excedía por mucho el que había estimado inicialmente y el Gobierno le retiró los fondos, así que el proyecto acabó ­abandonado.10

En el Museo de Ciencias de Londres se puede contemplar una copia de la máquina analítica concebida por Charles Babbage.