El último Cónclave - Gerard O'Connell - E-Book

El último Cónclave E-Book

Gerard O'Connell

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La historia jamás contada de los últimos días del papa Francisco y del cónclave que definió el futuro de la Iglesia. El 21 de abril de 2025 el papa Francisco muere en Roma. El mundo entero se conmueve ante la pérdida del primer pontífice latinoamericano y jesuita de la historia. Pero, mientras millones de fieles lo despiden, comienza en el Vaticano un nuevo capítulo marcado por la incertidumbre, la emoción y las intrigas del poder. Con acceso privilegiado a las fuentes más próximas al Papa y a los cardenales electores, Gerard O'Connell y Elisabetta Piqué —veteranos vaticanistas y amigos personales de Francisco— narran desde el corazón de Roma los días vertiginosos que siguieron a su fallecimiento: las maniobras ocultas, los juegos de influencia y la inesperada elección de León xiv, el primer Papa nacido en Estados Unidos y peruano por adopción. En forma de diario y crónica periodística, El último Cónclave ofrece un retrato cercano y revelador de la Santa Sede en su momento más decisivo: cuando la Iglesia debe elegir a quien llevará su rumbo en un mundo cada vez más enfrentado.    

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Seitenzahl: 570

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Gerard O’Connell y Elisabetta Piqué

EL ÚLTIMO CÓNCLAVE

 

 

© del texto: Gerard O’Connell y Elisabetta Piqué, 2025

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: noviembre de 2025

ISBN: 979-13-87833-43-5

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Maquetación: El Taller del Llibre

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

 

A Edwin, Juan Pablo y Carolina.

ÍNDICE

Cubierta

Título

Créditos

Índice

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE

ADIÓS AL PAPA FRANCISCO

1.

El

shock

. Lunes, 21 de abril

2.

Se rompe la coraza. Martes, 22 de abril

3.

Empieza la despedida. Miércoles, 23 de abril

4.

Un cañón suelto. Jueves, 24 de abril

5.

El regreso del cartonero. Viernes, 25 de abril

6.

El papamóvil del adiós. Sábado, 26 de abril

SEGUNDA PARTE

LA BÚSQUEDA DE UN NUEVO PAPA

7.

Nuevo sitio de peregrinación. Domingo, 27 de abril

8.

Habemus

fecha. Lunes, 28 de abril

9.

No es el favorito. Martes, 29 de abril

10.

Traición. Miércoles, 30 de abril

11.

Extenuante Día del Trabajador. Jueves, 1 de mayo

12.

Interferencias externas. Viernes, 2 de mayo

13.

Contraataque. Sábado, 3 de mayo

14.

Un día anormal. Domingo, 4 de mayo

15.

Bajo los radares. Lunes, 5 de mayo

16.

Ansiedad total. Martes, 6 de mayo

TERCERA PARTE

EL CÓNCLAVE

17.

La hora de la verdad. Miércoles, 7 de mayo

18.

Fumata blanca. Jueves, 8 de mayo

CUARTA PARTE

UN PAPA MISIONERO

19.

El día después. Viernes, 9 de mayo

20.

Aceptando un yugo. Sábado, 10 de mayo

21.

¡Nunca más la guerra! Domingo, 11 de mayo

22.

Audiencia con los medios. Lunes, 12 de mayo

23.

@pontifex vuelve. Martes, 13 de mayo

24.

La paz, una prioridad. Miércoles, 14 de mayo

25.

Un pasado desconocido. Jueves, 15 de mayo

26.

Descendiente de migrantes. Viernes, 16 de mayo

27.

Un estilo distinto. Sábado, 17 de mayo

28.

Amor y unidad. Domingo, 18 de mayo

CONCLUSIÓN

AGRADECIMIENTOS

NOTAS

Guide

Cubierta

Título

Start

INTRODUCCIÓN

Siempre supimos que iba a llegar ese momento. Aunque el papa Francisco siempre tenía energía y se mostraba con fuerza pese a la edad y a los achaques que avanzaban, era inexorable. Como él mismo dijo una vez, en una de las decenas de entrevistas que concedió, no era Superman. Y Dios lo llamó en la mañana del 21 de abril de 2025.

En este libro, en forma de diario, contamos el impacto de la muerte del primer Papa latinoamericano y jesuita, no solo a nivel global —entre los mil cuatrocientos millones de católicos del mundo y los cardenales que debían elegir a su sucesor—, sino también en el plano personal, ya que tuvimos el extraordinario privilegio de ser sus amigos durante más de veinticuatro años.

Desde aquel día del shock narramos su apoteósica despedida y vamos reconstruyendo, en medio del vértigo propio de los grandes eventos que cubrimos los periodistas, cómo se fue gestando la elección de León XIV, inesperada para casi todo el mundo. Y para nosotros, la última sorpresa de Francisco.

El cónclave de 2025 —un megaevento religioso y espiritual, pero también político— se desarrolló con todos los rasgos de intriga e intensidad propios de las elecciones papales, tanto reales como ficticias. Sintiéndonos de repente parte de un rompecabezas, describimos cómo algunas facciones —los rigoristas, los diplomáticos, los intereses italianos y una combinación de todos ellos— introdujeron maniobras para desafiar la dura aritmética, solo para terminar socavando su propia causa.

Aunque fue una elección cum clave —secreta—, gracias a diversas fuentes pudimos reconstruir cómo se desarrollaron las Congregaciones Generales, las reuniones preparatorias al encierro en la Capilla Sixtina. Y qué sucedió allí dentro, donde en menos de veinticuatro horas, el 8 de mayo, fue electo León XIV: el primer Papa nacido en Estados Unidos pero peruano por adopción, el primer Papa «de los dos mundos», el primer Papa agustino y el primer Papa misionero.

El libro recorre también sus primeros días como el 267.º sucesor de Pedro —hasta su asunción, el 18 de mayo—, que ofrecen las primeras pistas de un pontificado con estilo propio, distinto al de su predecesor en las formas, aunque no en la sustancia.

Escribimos este libro a cuatro manos, lo cual fue un desafío inmenso, sobre todo por ser pareja en la vida real. Pero lo superamos, como podrán ver en las siguientes páginas…

PRIMERA PARTE

ADIÓS AL PAPA FRANCISCO

1

EL SHOCKLUNES, 21 DE ABRIL

Gerry me despierta a las 9.48. «¡Betta, el Papa, que murió el Papa!». Eso lo cambia todo, cambia nuestra vida, cambia la historia. Estoy semiparalizada, pero no sorprendida. Ayer, Domingo de Pascua, estaba con Gerry y lo vimos tan mal que nos quedamos preocupadísimos. Cuando hizo la última salida en el papamóvil, nosotros estábamos ahí, en la plaza. Cuando pasó frente a la Sala Stampa, al principio de la Via della Conciliazione, me subí a un macetero y le grité «¡padre Jorge!», como solía llamarlo. Gerry también intentó llamar su atención agitando los brazos, saludando. Pero, a diferencia de los cientos de veces que, en medio de multitudes y en sus viajes por todo el mundo, él, que siempre se conectaba visualmente con la gente, nos veía y nos saludaba, contento de vernos, esta vez no respondió. Acompañado por su secretario personal Juan Cruz Villalón, que en sus últimos meses de enfermedad lo cuidó con una ternura que me impactó, el padre Jorge estaba ido, en otra dimensión, mirando solo hacia delante. Volvimos a la Sala Stampa angustiados, y yo con ganas de echarme a llorar. Ya no era él. «Quizá se estaba despidiendo», comentó enseguida Gerry, quien siempre logra captar antes que nadie lo esencial.

Por eso, esa noche del Domingo de Pascua, que pasamos en casa junto a amigos, comiendo el tradicional abbacchio al horno, no fue una cena alegre. Todos, incluso nuestra amiga Eva Fernández, de la cadena de radio española la COPE, estábamos muy preocupados. Habíamos visto muy mal a Francisco. Gerry y yo nos fuimos a dormir con eso en mente. Es más, casi no pudimos pegar ojo en toda la noche, pensando en que no podríamos viajar el martes 22 por la noche, como teníamos previsto, a Buenos Aires, para ir al casamiento de Isabella, mi sobrina, hija de mi hermano Enrico, que tendría lugar el 3 de mayo. ¿Cómo podíamos irnos con el papa Francisco en tan mal estado?

Por eso, cuando Gerry me despierta abruptamente con la noticia menos deseada, aunque me quedo semiparalizada, en shock, en verdad no estoy sorprendida. Lo habíamos presentido.

Gerry estaba hablando por teléfono con nuestro amigo Chris Lamb, vaticanista de la CNN, que iba en un taxi de camino al aeropuerto para regresar a Londres, donde vive, después de la Pascua. En el trascurso de esa conversación, la Sala de Prensa de la Santa Sede envió, a las 9.45, un mensaje críptico por Telegram a los periodistas acreditados.

«En breve comenzará una transmisión en directo desde la capilla de Casa Santa Marta. Será posible seguirla en los canales Vatican News y Vatican Media», avisaba.

En esa transmisión —que comenzaron a oír juntos—, el cardenal estadounidense Kevin Farrell, el camarlengo, es decir, la persona que pasa a ser el máximo responsable de la Santa Sede cuando muere o renuncia un Papa, a las 9.47 daba la noticia: «Con profundo dolor tengo que anunciar la muerte de nuestro Santo Padre Francisco. A las 7.35 de esta mañana el obispo de Roma, Francisco, ha regresado a la casa del Padre».

Ni bien Gerry escuchó la voz de Farrell, vino corriendo a despertarme. Me sacó literalmente de la cama. Mando un mail al diario y llamó inmediatamente a Inés Capdevila, una de mis jefas y gran amiga del diario argentino La Nación, del que soy corresponsal desde hace más de veinticinco años. «¡Murió el Papa!». Ella tampoco lo puede creer. Justo se encuentra en Polonia por un viaje y lanza la alarma en Buenos Aires, donde hay cinco horas menos, y está todo preparado: solo falta apretar un botón para que salgan mi necrológica1 y decenas de notas más, todas preparadas desde hace meses y, sobre todo, desde la noche del 22 de febrero, cuando el papa Francisco, internado en el Hospital Universitario Gemelli desde el 14 de febrero, por primera vez estuvo al borde de la muerte debido a una crisis respiratoria aguda, además de necesitar una transfusión de sangre debido a una insuficiencia renal.

Gerry llama de inmediato a dos de los principales editores de la revista America, de la que es corresponsal en el Vaticano, pero no logra comunicarse con ellos porque todavía es de noche en Nueva York. Solo Ashley McKinless, la editora ejecutiva, responde y se queda atónita ante la noticia. Le pide que alerte a los demás editores de la revista y le envía una breve nota anunciando la muerte del Papa, que ella publica rápidamente junto con el obituario2 que Gerry había actualizado cuando el Papa fue internado el 14 de febrero.

Unas horas después, Sam Sawyer S. J., editor jefe de America, lo llama para confirmarle que enviarán a siete miembros de su equipo para ayudar a cubrir la transición papal. Le dice que llegarán a Roma el viernes 25 de abril.

Gerry también llama a cardenales de tres continentes con quienes ha entablado amistad para comunicarles la triste noticia; a algunos los despierta.

Intenta contactar, además, con los productores de CTV Canadá, con quienes tiene un contrato para la «transición papal», como sucedió en 2005, cuando murió Juan Pablo II y en 2013, cuando renunció Benedicto XVI. No puede contactar con nadie: es medianoche en Toronto. Más tarde le dicen que enviarán a una reportera —Geneviève Beauchemin, jefa de la oficina de Quebec para CTV National News, con quien trabajó cuando Francisco viajó a Quebec el 29 de julio de 2022 durante su visita a Canadá— y a un camarógrafo. Pero llegarán después, así que le piden estar disponible para hacer salidas en vivo y entrevistas en cualquier momento.

Juan Pablo y Carolina, nuestros hijos de diecinueve y diecisiete años, están durmiendo. En Italia es el tradicional día festivo de la Pasquetta, el Lunes del Ángel (o Lunes de Pascua) posterior al Domingo de Resurrección, una jornada que los jóvenes suelen aprovechar para ir de pícnic a los parques. Gerry despierta primero a Juampy y después a Caro. «Murió el Papa. Ustedes tuvieron la gran suerte de conocer a un gran hombre», les dice, destruido. Para ellos, el papa Francisco también fue siempre «el padre Jorge», un cura abierto, cercano, siempre presente, que solía venir a comer a casa cuando viajaba a Roma, a quien, en tiempos no sospechosos, como nos habíamos caído bien y teníamos buena onda, Gerry y yo le habíamos pedido que bautizara a nuestros hijos, ambos nacidos en Buenos Aires. Él enseguida nos dijo que sí, que encantado. A demanda de Gerry, los bautismos fueron en la iglesia de San Ignacio de Buenos Aires, la iglesia más antigua de la ciudad, una copia de la iglesia del Gesú de los jesuitas en Roma. El padre Jorge bautizó primero a Juan Pablo, en 2005, y después a Carolina, en 2007. A cada uno le regaló una medallita con la Virgen de Luján, grabada con la fecha del bautismo y sus iniciales «JMB». En los últimos tiempos, a los chicos los llamaba «los okupas», riendo, porque le habíamos contado que participaban activamente en las ocupaciones de su instituto, el Liceo Classico Visconti, el más antiguo de Roma. Con esa apertura y juventud mental de siempre, pese a sus ochenta y ocho años, en vez de escandalizarse, el padre Jorge aprobaba: «Si no ocupan el colegio y protestan ahora, ¿cuándo?», comentaba. Y a mí me llamaba la mamá «de los revolucionarios».

Mi teléfono estalla por los cientos de mensajes de WhatsApp. Después de las decenas de fake news a raíz de las últimas semanas que el papa Francisco pasó internado y luego convaleciente, todos quieren saber si es verdad que el Papa ha muerto. «Dice EFE que el Papa ha muerto, ¿es verdad?», me preguntan desde España mis amigos, la monja sor Lucía Caram y Juan Carlos Cruz. Sí, contestamos Gerry y yo.

De hecho, nuestra amiga Cristina Cabrejas fue la que hizo el scoop de la muerte de Francisco y estoy feliz por ella, porque les ganó por la mano a todas las demás agencias internacionales. Cristina es la vaticanista de la agencia española EFE, una mujer excepcional que acaba de perder demasiado pronto a su fantástico marido, el excelente fotógrafo Antonello Nusca, por un cáncer fulminante. Antonello siempre trabajaba con Gerry y conmigo en nuestras entrevistas con Francisco.

También nuestra amiga Annalisa Bilotta, doctora del hospital internacional Salvator Mundi de Roma —que tanto nos ayudó en las últimas semanas a interpretar los escuetos partes médicos que difundía el Vaticano sobre Francisco—, nos manda un WhatsApp para preguntar si es verdad que ha muerto el Papa. Sí. «Sucedió como lo predije: podría suceder en cualquier momento y así fue», comenta, siempre muy profesional.

Mi teléfono estalla también porque tengo centenares de peticiones de entrevistas. Pero hace más de un mes firmé un contrato de exclusividad con CNN como contributor y analista, salvo con LN+, el canal de televisión del diario La Nación. Es lógico, todos quieren hablar con la periodista argentina amiga del Papa, biógrafa de este, que lo conoció desde mucho antes de que fuera nombrado Papa —lo conocí en 2001, ¡hace más de veinticuatro años!— y con quien estuvo en contacto hasta el final.

Me llegan centenares de mensajes de pésame. «Lo siento, Betta, sé que lo querías mucho». «Un abrazo, me imagino cómo te sentís». «Fuerza, Betta, debe ser muy duro para vos». «Comparto contigo la pena por la partida de nuestro querido Francisco». «Te mando un beso grande, Betta, al margen de lo periodístico». «Lamento la pérdida, sé que el Papa significaba mucho para vos».

Ni siquiera cuando se murió mi padre recibí tantos mensajes, pienso.

Arde también el teléfono de Gerry. Recibe mensajes de condolencias y llamadas telefónicas, primero de Edwin, su hijo mayor, que está en Bruselas, y de su hermana Fidelma, en Ladispoli, en las afueras de Roma. Además, tiene un tsunami de solicitudes de entrevistas, no solo de CTV, sino también de varios canales de televisión y radio: la BBC, Al Jazeera, ITV, Channel 4, Sky TV, cadenas de televisión y radio australianas e irlandesas, y varios canales de televisión estadounidenses, demasiadas para poder manejarlo. Afortunadamente, Lisa Manico, la encargada de medios de America Magazine, ayuda a filtrar todo ese enjambre de peticiones.

En medio de la locura, aún en camisón, mandó unas líneas al diario3 y luego me voy a duchar rápidamente. Una productora de CNN me dijo que fuera a la oficina de Via di Col di Lana. Me preparo y tomo la mochila, cargada con portátil, trípode, palo-selfie, maquillaje y cepillo. Va a ser un día largo.

Tomo un taxi y sigue la catarata de mensajes de WhatsApp. Llego a la Oficina de la CNN, a la que no iba desde el cónclave de 2005, posterior a la muerte de Juan Pablo II, cuando tenía un contrato con la CNN, pero en español esa vez. Es el caos. Nadie sabe ni la hora a la que tengo que salir, ni yo sé quién es la productora que me pidió que fuera. Están los corresponsales «romanos», Ben Wedeman y Barbie Latza Nadeau, que piden disculpas por el descontrol. También llega Elise Allen, la mujer de nuestro amigo John Allen, de Crux, contratada también como contributor, como yo, junto a su hermana, que justo está de visita en Roma. Pero lo mejor es que, en medio de toda esa confusión, también llega Juampy. Está en su primer año de estudios universitarios de PPE (Politics, Philosophy and Economics), habla perfecto italiano, español e inglés, y cuando Chris Lamb nos comentó hace unos meses que estaban buscando a alguien para que hiciera unas prácticas, se lo presentamos… Empezó a trabajar con ellos justo hace una semana. ¡Qué locura, pensar que hace veinte años, durante el cónclave de 2005, estaba embarazada de Juan Pablo!

Decido irme al Vaticano, donde está la noticia y donde nos encontraremos con Gerry, que ya ha sido bombardeado con decenas de entrevistas que le han solicitado colegas de radios, televisiones, diarios y demás. Tomo otro taxi para ir hasta allí y el chofer refleja el clima de luto que de repente ha invadido Roma. «Francisco combatió todo lo que había que combatir, lamento que se haya ido», comenta. Me deja cerca de la Via della Conciliazione, donde ya han puesto vallas y han redoblado la presencia policial porque son muchos los que, tras conocer la triste noticia, quieren acercarse para rezar, para estar, para demostrar su dolor por la partida de ese hombre tan cercano llegado desde el fin del mundo.

Lo más impresionante es el tañido de las seis inmensas campanas de la basílica de San Pedro para señalar su muerte. Hago un pequeño vídeo y lo tuiteo. Ha comenzado lo que técnicamente se llama la «sede vacante», ese vacío de poder que se abre en el Vaticano cuando un Papa muere o renuncia. El cardenal camarlengo se vuelve el virtual director técnico de la transición, marcada por las llamadas «congregaciones generales», es decir, las reuniones de cardenales que comenzarán mañana, en las que se decidirán los pasos a seguir y, sobre todo, la fecha del cónclave que deberá elegir al sucesor de Francisco.

Cuando llego a la Sala Stampa, el ambiente es de luto. Muchos colegas vienen a abrazarme. No me quiebro con nadie. A todos les comento que ya el domingo Gerry y yo nos habíamos dado cuenta de que Francisco estaba muy mal. Y, a fin de cuentas, es mejor que se haya ido así, de un día para otro, después de despedirse de forma apoteósica de su gente desde el papamóvil, evitando un final como el de Juan Pablo II, que estuvo mal y evidentemente ausente, manejado por otros, durante varios años.

Como Juan Pablo II, sin embargo, Francisco peleó hasta el final para estar con su gente. Y se fue «a la casa del padre» seguramente en paz, con las botas puestas, como siempre quiso. Después de haberlo dado todo por su grey en una Semana Santa que representó un verdadero calvario para él.

Según coinciden diversas fuentes, el papa Francisco se había despertado a las 6 de la mañana «razonablemente bien».4 Pero media hora más tarde, tuvo el derrame cerebral que le provocó la muerte 35 minutos después.

Su físico, que había aguantado una agenda frenética en los últimos años, ya no era el mismo. Se encontraba totalmente debilitado después de su cuarta y última internación en el Gemelli, el hospital de los papas, del que había salido el 23 de marzo como otra persona. Aunque con el espíritu indómito que le caracterizaba había levantado el pulgar para indicar que estaba todo bien, no estaba para nada recuperado y quizá intuía que iba a volver a su casa de Santa Marta para intentar recuperarse, sí, pero tal vez también para morir si esa era la voluntad de Dios.

Es verdad que, gracias a su determinación de seguir adelante y a los ejercicios de fisioterapia respiratoria y motriz, en las últimas tres semanas había tenido «leves» mejorías.

De hecho, había retomado algunas actividades de trabajo de forma limitada, pero ya no era el mismo. No estaba bien, como había podido verse en las imágenes de sus últimas salidas de su casa de Santa Marta para estar presente en una Semana Santa en la que lo había dado todo. Estaba más delgado, pero con el rostro hinchado, casi deformado, con el mentón rígido, algo que le impedía sonreír, aunque la cabeza seguía totalmente lúcida.

«¿Cómo está viviendo esta Pascua?», le había preguntado la periodista italiana Cristiana Caricato, de TV 2000, al salir de la cárcel de Regina Coeli el Jueves Santo (17 de abril), donde, aunque no pudo hacer el tradicional lavado de pies, había querido estar con un grupo de detenidos para recordarles que Dios lo perdona todo y que no estaban solos.

«Vivo esta Pascua como puedo», contestó con gran esfuerzo y dificultad en el habla el papa Francisco, posiblemente percibiendo ya que Dios comenzaba a llamarlo: empezaba a ser una misión imposible poder comunicar el Evangelio, no solo mediante la palabra, sino sobre todo de forma más concreta, con los actos.

Aunque los médicos le habían prescrito una convalecencia de al menos dos meses y reposo absoluto, Francisco, un poco más obediente en los últimos tiempos, no pudo ni quiso hacerles caso. El Papa de la gente, del pueblo, quiso su final con el pueblo.

Por eso el domingo, después de saludar durante dos minutos al vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, en Santa Marta —cuando era ya evidente que no estaba bien, según las imágenes difundidas del encuentro—, hizo un gran esfuerzo final, su último desgaste.

A las 12.02, en medio de un silencio sobrecogedor en la plaza de San Pedro, apareció por última vez, en su silla de ruedas, en ese mismo balcón central desde el que había sorprendido al mundo la tarde del 13 de marzo de 2013. Entonces su cuerpo y, sobre todo, su rostro aparecieron, de nuevo, como el día que salió del Gemelli, como un símbolo del sufrimiento. No había sonrisa, el rostro rígido, la mirada de un hombre, ahora lo sabemos, que estaba haciendo un esfuerzo final titánico. Se veía que no estaba bien, y un reflejo de ello fue que tuvo que leer las que serán recordadas como sus últimas palabras en público: «Queridos hermanos y hermanas, ¡Feliz Pascua!». Francisco, un Papa que habíamos conocido como el mago de la comunicación, había tenido que leer en una hoja ese simple saludo. No estaba bien. Pese a eso, después de que un colaborador leyera su mensaje pascual —otro llamamiento a la paz en un mundo enloquecido y en favor de los últimos y descartados—, logró impartir, siempre con enorme dificultad, la bendición Urbi et Orbi, a la ciudad y al mundo.

Decidido a despedirse y darlo todo, sorprendió a todos al subirse luego al papamóvil, desafiando las corrientes de aire y dando esa última vuelta marcada, otra vez, por lo que luego todos nos dimos cuenta de que era su despedida final. Las cámaras del Vaticano que filmaban ese último recorrido ante 35.000 personas, que lo vitoreaban con sus celulares en mano, lo enfocaban desde atrás para evitar que se viera ese rostro sufriente. Quienes logramos verlo de frente, intentando mover sus manos, pero sin buscar ningún contacto visual y con el rostro serio, comenzamos a entender que era su despedida. Una despedida que incluyó una parada del papamóvil para bendecir a un niño, sí, dándolo todo hasta el final. «Murió con olor a oveja», resumió un cardenal amigo, jesuita como él.

El vértigo no cede. Desde las cancillerías de todo el mundo llegan mensajes de pésame con unánimes elogios a la figura del papa Francisco.

Es difícil concentrarme y escribir en la Sala Stampa, que es tomada por asalto por centenares de periodistas que empiezan a llegar desde todos los rincones del planeta. Muchos me interrumpen para saludarme, darme un abrazo o pedirme un comentario. Trato de ser gentil con todos. Hace calor. No entiendo por qué no ponen el aire acondicionado.

Le escribo por WhatsApp a mi sobrina Isa, Isabella, para avisarle, con inmenso dolor, que vamos a tener que cancelar el viaje para ir a su casamiento. Le explico que pronto tendrán lugar el funeral y el cónclave, que, por supuesto, tenemos que cubrir, que lo sentimos un montón, pero es el destino.

También contacto, en medio de la vorágine, a Ulderico, de la agencia de viajes, para ver cómo hago para cambiar los billetes —comprados en agosto del año pasado por una fortuna— y que, como suele ocurrir porque los de las líneas aéreas son unos ladrones, voy a perder.

Mi amiga de toda la vida, Irene Hernández Velasco, excorresponsal de El Mundo y mamá de Manuel, uno de los mejores amigos de Juan Pablo —crecieron juntos y fueron al mismo jardín de infancia cuando nosotras aprendíamos a ser madres, una tarea de la que no teníamos ni idea—, ha llegado a Roma. Está trabajando para el sitio online de El Confidencial y se ha alojado en casa de nuestro amigo común, Ernesto, crítico de cine y amigo de Cristina Taquini, que hoy justo cumple años. Anoche no pude darle a Cristina su regalo porque me lo olvidé en casa. Con Irene cubrimos juntas el cónclave de 2013. Como es más fácil pedir entrevistas juntos, la idea es volver a juntar al dream team, con Gerry por supuesto, el único vaticanista que la vez pasada intuyó que la gran sorpresa iba a ser Jorge Bergoglio.

Escribo para el diario, hago salidas para la CNN y para LN+ hasta entrada la noche, al igual que Gerry con sus medios. Cuando me hacen preguntas personales, sobre cómo estoy viviendo todo el asunto, no me quiebro. Contesto que llevo puesta la coraza, la misma que suelo ponerme en mis coberturas de guerra.

La Santa Sede informa por la noche sobre las causas de la muerte de Jorge Mario Bergoglio, nacido en Buenos Aires (Argentina) el 17 de diciembre de 1936, residente en la Ciudad del Vaticano. Murió por un ictus cerebral (accidente cerebrovascular, ACV), coma y un colapso cardiocirculatorio irreversible, dice un documento firmado por el profesor Andrea Arcangeli, director de la Dirección de Sanidad e Higiene del Vaticano. El documento certifica también lo deteriorado que estaba su cuerpo: «Era un sujeto ya afectado por varios episodios de insuficiencia respiratoria aguda por neumonía bilateral multimicrobiana, con bronquiectasias múltiples, hipertensión arterial y diabetes tipo II».

La Sala de Prensa también difunde el testamento del papa Francisco,5 que confirma que él sabía desde hacía tiempo, más de dos años, que estaba llegando su fin, para el que se estaba preparando meticulosamente.

En el nombre de la Santísima Trinidad. Amén. Sintiendo que se acerca el ocaso de mi vida terrenal y con viva esperanza en la Vida Eterna, deseo expresar mi voluntad testamentaria únicamente en lo que se refiere al lugar de mi sepultura.

Siempre he confiado mi vida y mi ministerio sacerdotal y episcopal a la Madre de Nuestro Señor, María Santísima. Por eso, pido que mis restos mortales descansen esperando el día de la resurrección en la basílica papal de Santa María la Mayor.

Deseo que mi último viaje terrenal concluya precisamente en este antiquísimo santuario mariano, al que acudía para rezar al comienzo y al final de cada viaje apostólico, para encomendar con confianza mis intenciones a la Madre Inmaculada y darle las gracias por su dócil y maternal cuidado. Pido que mi tumba sea preparada en el nicho de la nave lateral entre la Capilla Paulina (Capilla de la Salus Populi Romani) y la Capilla Sforza de la citada basílica papal, como se indica en el anexo adjunto.

El sepulcro debe estar en la tierra; sencillo, sin decoraciones especiales y con la única inscripción: Franciscus.

Que el Señor dé la merecida recompensa a quienes me han querido y seguirán rezando por mí. El sufrimiento que se ha hecho presente en la última parte de mi vida lo ofrecí al Señor por la paz en el mundo y la fraternidad entre los pueblos.

Santa Marta, 29 de junio de 2022

Según la constitución apostólica Universi Dominci Gregis,6 sobre la sede vacante y la elección del romano Pontífice, cuando este fallece (o dimite), «el gobierno de la Iglesia queda confiado al Colegio de los Cardenales solamente para el despacho de los asuntos ordinarios o de los inaplazables, y para la preparación de todo lo necesario para la elección del nuevo Pontífice».

Durante ese mismo período, el jefe provisional del Estado de la Ciudad del Vaticano es el cardenal camarlengo. Según la Constitución que rige la Curia Romana, al fallecer el Papa, todos los jefes de los dicasterios de la Curia Romana, incluido el cardenal secretario de Estado, cesan automáticamente en sus cargos.

Cuando la sede está vacante, los secretarios, incluido el sustituto de la Secretaría de Estado, se encargan del gobierno ordinario de las instituciones curiales, ocupándose únicamente de los asuntos ordinarios.

En el marco de estas normas, el cardenal Giovanni Battista Re, de noventa y un años, decano del Colegio Cardenalicio, envía una carta por correo electrónico a todos los cardenales para informarles del fallecimiento del Papa e invitarlos a la primera reunión de las congregaciones generales, es decir, la asamblea plenaria de todos los cardenales, tanto electores (menores de ochenta años), como no electores (mayores de ochenta años), a las 9 de mañana, el día 22 de abril.

Un día después, el cardenal chino Joseph Zen, de noventa y tres años, arzobispo emérito de Hong Kong, criticará duramente esta decisión. «¿Cómo se supone que los ancianos de las periferias llegaremos a tiempo?» Pero la verdad es que el cardenal Farrell, el camarlengo y quien tiene el poder de decisión, ha cumplido con la Constitución al convocar la primera congregación general lo antes posible: son muchos los asuntos que hay que decidir, incluida la fecha del funeral.

Casi no como durante todo el día. No tengo ni tiempo ni hambre. Avisan que cierran la Sala Stampa a las 22.30, pero quedé en hacer una última conexión a las 22.10. Cuando vuelvo a la Sala de Prensa después de la salida, ya lo han cerrado todo y me desespero porque todas mis cosas, mi mochila, mi portátil, se han quedado dentro. Hay un sintecho sentado en los escalones de la entrada que me aconseja tocar el timbre. Lo hago y por suerte aparece alguien que me abre. Recupero mis cosas. Increíble: ya no están ni la funda del portátil ni el estuche del trípode, y nunca más aparecerán… Pregunto a los uscieri y nadie ha encontrado nada… Por suerte, la billetera está, e intacta.

Desde la llegada de Francisco al trono de Pedro, muchos indigentes acampan de noche en el Vaticano, frente a la Sala Stampa y debajo de las columnatas de Bernini. ¿Cambiará algo para ellos ahora que Francisco ha muerto?

Le hago esa misma pregunta a ese sin techo, de barba larga y extranjero, el que me aconsejó tocar el timbre, que reacciona mal. Furioso, me quita el teléfono, mi principal instrumento de trabajo. Atónita, forcejeo con él hasta recuperarlo. Una colega brasileña que justo está ahí y ve la escena me dice que ese señor no está bien, que es mejor que nos vayamos.

Ya es noche oscura, no hay nadie, y el silencio solo se rompe por el graznido de las gaviotas. Vuelvo a pie a casa. Necesito caminar, oxigenarme la cabeza. Al llegar me encuentro a Caro, que ha quedado abandonada todo el día, y a Gerry y a Juampy, que también han vuelto ya.

Agotados, con un gran vacío y muchos recuerdos aún al rojo vivo, cenamos tardísimo, después de medianoche. Juampy prepara un spaghetto aglio olio peperoncino —un clásico muy simple, con aceite de oliva, ajo picado y pimiento rojo picante—, que acompañamos con una necesaria botella de vino blanco. Brindamos por el papa Francisco, como él seguramente hubiera querido: «¡Adelante! ¡No hay que perder el humor!», hubiera dicho…

Nos vamos a dormir, exhaustos. Con la tristeza de que ha acabado una etapa de 12 años y 39 días muy intensos, en los que fuimos testigos privilegiados de la historia, amigos de un Papa revolucionario que siempre nos acompañó y que siempre estuvo presente, hasta el final. Y con la adrenalina de saber que nos esperan días y semanas de enorme trabajo, de mucho vértigo, de emociones fuertes y de suspense: ¿a quién elegirán como su sucesor?

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SE ROMPE LA CORAZA MARTES, 22 DE ABRIL

Irene llega a casa a las 9 de la mañana con los diarios. La alegría del encuentro dura poco. Hay que ponerse a trabajar. Preparo café y desplegamos los diarios en la mesa del comedor. Todas las ediciones tienen decenas y decenas de páginas dedicadas a Francisco, «el Papa de la gente».

También hay ríos de tinta sobre la «sede vacante» recién empezada y sobre el cónclave que vendrá, que comenzará entre el 5 y el 10 de mayo, ya que la votación secreta debe tener lugar después de que hayan pasado entre quince y veinte días de la muerte del Papa.1 El diario de derechas Il Giornale, como varios otros, comienza a decir que el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado, está en la pole position.2 Todos coinciden en destacar que el cónclave se desarrollará a imagen y semejanza de Jorge Bergoglio. En diez consistorios, designó al 80 por ciento de los cardenales electores —menores de ochenta años—, revolucionando así el cónclave que deberá elegir a su sucesor. Nunca había sido tan internacional y variopinto, con 71 países representados, muchos de las periferias.

En los diarios predominan los elogios a ese cercano Papa del fin del mundo, que, con su prédica sencilla, su humildad, llegó como nunca a todos, sobre todo a los no católicos.

Pero también hay quienes lo critican por sus formas, su informalidad, su espontaneidad, por haber descontracturado el papado, antes distante, ajeno. Entre esas voces está el exdirector de L’Osservatore Romano, Giovanni Maria Vian, a quien, en compañía de Irene —el dream team está de vuelta—, entrevistamos a las 10 de la mañana.

Director entre 2007 y 2018 de uno de los diarios más famosos e influyentes del mundo en el ámbito del Vaticano, Vian nos sorprende al tildar a Francisco de «Papa absolutista», que durante doce años generó «evidentes contradicciones».3 Asegura que el que se acerca será un cónclave marcado a fuego por la polarización de la Iglesia que, según él, creció durante el pontificado de Francisco, a quien critica duramente, como toda la derecha católica, por haber creado confusión.

Aunque el 80 por ciento de los cardenales electores que se encerrarán en la Capilla Sixtina fueron designados por él, considera que eso no significa que su sucesor será un «bergogliano». «El nuevo Papa tendrá que desmarcarse de Francisco de alguna manera si quiere sobrevivir a la confrontación, que será implacable», afirma, pese a que en este momento Francisco parezca estar en la cumbre de la aprobación mediática, como ya sucedió hace veinte años con Juan Pablo II tras su muerte (2 de abril de 2005).

Profesor de literatura cristiana antigua en la prestigiosa Universidad La Sapienza, de setenta y tres años, periodista jubilado y autor de diversos libros, tras ser preguntado por los dos candidatos que más suenan —el cardenal Pietro Parolin y el cardenal filipino Luis Antonio Tagle, dos nombres que ya empezaron a mencionar los diarios italianos cuando Francisco fue internado en el Gemelli—, Vian no oculta sus dudas:

Son dos candidatos que efectivamente suenan mucho, pero se trata de una quiniela que también puede ser desmentida. Tagle, de hecho, se ha visto bastante tocado por cuestiones administrativas a raíz de la gestión de su congregación (el Dicasterio para la Evangelización de los Pueblos). Los candidatos italianos que más suenan son Parolin, Zuppi (Matteo, arzobispo de Bolonia y presidente de la Conferencia Episcopal) y Pizzaballa (Pierbattista, patriarca latino de Jerusalén). Pero hay otros dos cardenales europeos que tienen posibilidades para mí: el cardenal Arborelius (Anders, obispo de Estocolmo), que cuenta con un perfil extraordinario, y el cardenal primado húngaro Péter Erdö. Yo lo que creo es que con el próximo Papa se volverá a Europa, que el sucesor de Francisco será europeo.

Cuando le preguntamos acerca de un balance del pontificado de Francisco, Vian nos responde que se trata de un papado «importante», que ha llegado a donde muchos consideraban que era impensable llegar, pero al mismo tiempo «con luces y sombras». «En una época de comunicación muy elemental, Francisco ha sabido manejar de manera extraordinaria ese campo. Pero al mismo tiempo ha sido un Papa contradictorio, porque ha hablado mucho, ha improvisado en numerosas ocasiones y a veces ha dicho cosas muy contradictorias», apunta. Por ejemplo, respecto a su eventual dimisión, «al principio decía alegrarse de que el papa Benedicto XVI hubiera abierto esa vía y decía que habrá muchos papas eméritos. Pero después fue evolucionando y diciendo que él no renunciaría jamás. Yo personalmente siempre tuve la convicción de que Francisco nunca habría dimitido, y habría hecho bien». También le critica haber canonizado demasiado rápido a Juan Pablo II por todo el problema de los abusos sexuales: «Canonizarlo me pareció imprudente, porque al final se acaba canonizando también su política. Yo creo que precisamente por eso no hay que canonizar a los papas. Francisco ha sido el único Papa que ha canonizado a tres antecesores suyos, de algún modo ha canonizado el papado. El de Francisco ha sido un pontificado lleno de contradicciones, un pontificado que ha llevado a su extremo el absolutismo papal. Ahora es urgente que el papado se reforme y vuelva la colegialidad dibujada por el Concilio Vaticano II».

«¿Cómo se puede hablar de absolutismo papal en el caso de Francisco, un pontífice que puso en marcha el sínodo sobre sinodalidad, un proceso de escucha global que incluyó a laicos y mujeres que, en teoría, dejó en marcha?», le pregunto.

El sínodo de sinodalidad es un buen ejemplo de eso: fue un método de consulta excelente, pero sin ningún resultado. En el sínodo sobre la Amazonia, el papa Francisco ni siquiera aprobó los viri probati, la ordenación de hombres casados en zonas remotas. Por no hablar del diaconato femenino: se crearon dos comisiones, con sus miembros elegidos cuidadosamente para que hubiera un 50 por ciento de favorables y un 50 por ciento contrarios, lo que está bien, porque hay que escuchar a las dos partes. Pero después el Papa no tomó ninguna decisión, más bien parece que él no era partidario del diaconato femenino. Y así podría continuar… Las contradicciones del pontificado de Francisco son muy evidentes. Pero, a pesar de todo, hay que inclinar la cabeza ante este Papa que llevó su pontificado al extremo. Confieso que yo me emocioné mucho el lunes por la mañana al enterarme de su muerte, porque solo veinte horas antes, hasta su último respiro, el Papa quiso estar con los fieles y dar su bendición más solemne, Urbi et Orbi, a la ciudad y al mundo.

Junto con Irene, tomamos un taxi y vamos a la Sala Stampa, donde ya hay una fila terrible de periodistas intentando acreditarse.

La Sala Stampa publicó las primeras imágenes de la capilla ardiente que se instaló anoche en la capilla de Santa Marta. Y el enfermero personal del papa Francisco, Massimiliano Strappetti, le contó a Vatican News detalles de sus últimos momentos.4 «Gracias por haberme vuelto a llevar a la Plaza», le dijo Bergoglio a Strappetti, que el domingo, evidentemente consciente de su creciente fragilidad antes de dar esa última vuelta de despedida en el papamóvil, le había preguntado: «¿Crees que puedo hacerlo?». En estos últimos años, Strappetti se había convertido en la persona de más confianza de Francisco en cuanto a temas de salud, y en la entrevista explicó que después de esa última vuelta en el papamóvil, su último gran esfuerzo, el Papa cenó bien por la tarde y luego descansó «tranquilamente».

Alrededor de las 5.30 de la mañana aparecieron los primeros síntomas del derrame cerebral y la posterior insuficiencia cardíaca, que enseguida puso en marcha toda la maquinaria de la asistencia sanitaria. Más de una hora después, tras saludar con la mano desde su lecho de enfermo a Strappetti, que estaba a su lado, el Papa entró en coma.

Cuando las personas más cercanas que estaban junto a él se dieron cuenta de ese hecho, Francisco recibió la unción de los enfermos de parte del sacerdote argentino Juan Cruz Villalón —otro de los «ángeles de la guarda» que cuidaron hasta el final al exarzobispo de Buenos Aires—, quien además le dio el sacramento. «No sufrió, todo sucedió rápido», explicaron los que estuvieron a su lado en esos últimos momentos.

«Fue una muerte discreta, casi súbita, sin largas esperas ni demasiados alborotos para un Papa que siempre había mantenido en gran secreto su estado de salud. Una muerte que ocurrió el día después de Pascua, el día después de haber bendecido a la ciudad y al mundo, el día después de haber vuelto a abrazar, después de mucho tiempo, al pueblo, al que, desde los primeros momentos de su elección el 13 de marzo de 2013, le había prometido un viaje “juntos”», concluyó un cardenal.

Hay más novedades. En la primera congregación general, los cardenales deciden que el funeral solemne del papa Francisco —que será mucho más sencillo que el de sus predecesores por voluntad expresa del fallecido—, será el próximo sábado, 26 de abril. Y que los fieles podrán darle su último adiós a partir del miércoles a las 9 de la mañana en la basílica de San Pedro, en una capilla ardiente que durará tres días, hasta el viernes por la tarde. Participan en la reunión cincuenta cardenales. Gerry se entera de que no había intérpretes, algo problemático para quien no habla italiano.

Como vaticanista experto en Asia, Gerry se percata de que China fue uno de los últimos gobiernos en expresar sus condolencias por el fallecimiento del papa Francisco. Lo hizo cuando el diario español ABC le pidió un comentario sobre su legado y su significado para las relaciones entre el Vaticano y China, así como para la comunidad católica en China. Guo Jiakun, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China, declaró: «China expresa sus condolencias por el fallecimiento del papa Francisco. En los últimos años, China y el Vaticano han mantenido una colaboración constructiva y han realizado intercambios fructíferos. China está dispuesta a colaborar con el Vaticano para seguir mejorando las relaciones entre China y el Vaticano». Al ser preguntado por Bloomberg sobre si el gobierno chino planeaba enviar un representante al funeral del Papa, Guo Jiakun respondió: «No tengo información que compartir en este momento».5

Se había especulado con la posibilidad de que Pekín enviara un obispo católico al funeral, dado el acuerdo provisional con el Vaticano sobre la nominación de obispos. Sin embargo, como se sabría más adelante, a pesar de los esfuerzos de Francisco por tender puentes hacia China y evitar críticas sobre lo que está sucediendo allí, Pekín decidió no estar presente en el funeral, probablemente porque la Santa Sede es uno de los diez únicos Estados que aún mantienen relaciones diplomáticas con Taiwán, que, por su parte, sí envió a un representante al funeral.

Mientras en coordinación con Juli Nassau, editora y amiga del diario, voy escribiendo todo esto, llega un WhatsApp de nuestro amigo Javier Martínez-Brocal, corresponsal del ABC, que nos avisa que acaba de estar en la capilla ardiente de Francisco instalada desde anoche en la capilla de la residencia de Santa Marta. Dice que está abierta, con limitaciones, a quienes conocieron al papa Francisco, a sus colaboradores, y nos aconseja ir. Llamo enseguida a Gerry.

Dos queridos amigos, Emilce Cuda, una teóloga argentina que es secretaria de la Pontificia Comisión para América Latina, y su marido, Patrick Dunbar, ya están allí desde temprano. Emilce me dice que hace un frío terrible y que le lleve un suéter.

Llegamos a eso de las dos de la tarde, en un momento en que no hay fila en Santa Marta. Efectivamente, hace frío en la capilla porque el aire acondicionado está prendido, como sucede en cualquier capilla ardiente. El silencio es sepulcral. Hay personas sentadas en las sillas, rezando. Y los que llegan van acercándose a rendirle tributo a Jorge Bergoglio, que yace en un ataúd de madera simple, como él quiso, frente al altar. El ataúd está revestido con un paño color burdeos. Aunque el papa Francisco en verdad hubiera querido que estuviera en el suelo, para ser visible, el féretro está colocado sobre dos tarimas muy sencillas, totalmente distintas a los antiguos catafalcos papales dignos de monarcas, que él ya hizo saber que no quería. Tampoco quiso el triple ataúd de madera, zinc y roble: no quiso privilegios, sino ser enterrado «con dignidad, como cualquier cristiano», le había adelantado a Javi Brocal.6

Así como vivió de la forma más austera y común posible cuando fue Papa, quiso una muerte simple, austera. La tarima de abajo es sencilla, de madera, y la de arriba, más pequeña, está revestida con un género del mismo color burdeos. Ambas están apoyadas sobre una alfombra rectangular que destaca sobre los mármoles grises y amarillos del suelo de la moderna capilla de Santa Marta.

El burdeos hace juego con la casulla roja con la que han vestido al Papa, que lleva puesta su mitra blanca papal, y sus manos están entrelazadas con un rosario con cuentas de madera negra. Lleva su anillo de plata de arzobispo —que siempre prefirió al anillo del pescador, el cual solo usaba en las ceremonias más solemnes— y sus zapatos ortopédicos de cuero negro y cordones que tanto sorprendieron al principio porque tenían las suelas gastadas y en parte fueron como un símbolo del escándalo de la normalidad que significó su papado.

El rostro es muy distinto al que el mundo conoció la noche del 13 de marzo de 2013, cuando Francisco se presentó con un informal «buonasera»: está cerúleo, deshinchado. Tiene un hematoma cerca de su ojo izquierdo, producto del derrame cerebral que provocó su muerte. Tiene los ojos cerrados y una expresión serena.

Cuando llegamos Gerry y yo hasta el ataúd, no logro ver todos esos detalles. Es más, no puedo ver nada porque no soporto ver al padre Jorge así. Y al recordar que ahí, en ese mismo lugar, la tarde del 15 de marzo de 2014 el padre Jorge, entonces más vital que nunca, nos casó a Gerry y a mí, en una ceremonia en la que nuestros hijos oficiaron como monaguillos a petición suya —Juampy tenía ocho años y Caro cinco—, me pasa lo que pensé que jamás me pasaría: esa coraza de la que tanto me jactaba desaparece y estallo en un llanto inconsolable, con sollozos que nunca en mi vida había tenido, ni siquiera cuando murieron mis padres. Gerry me abraza, me da un pañuelo y me acompaña enseguida a sentarme en una silla de terciopelo beige que hay en la primera fila, a la derecha, donde sigo llorando aún sin reconocerme. Es un llanto catártico, que rompe ese silencio sepulcral de Santa Marta y que hasta perturba —me parece— a los dos jóvenes guardias suizos que escoltan, con sus alabardas y trajes a rayas, el féretro de Francisco.

No puedo parar de llorar, y eso nunca me había pasado. Recuerdo que en ese casamiento inolvidable (también era mi cumpleaños y ¡qué regalo estaba recibiendo!), estuvieron mi padre, que ya no estaba muy bien de salud pero estaba feliz, y Ana, su esposa. Nadie más. Juampy, además de monaguillo junto a Caro, había tenido que ser el fotógrafo usando uno de nuestros teléfonos. Y el papa Francisco, amoroso con ellos y con el resto, celebró una ceremonia simple, llena de amor, empatía, humor, en la que no solo Gerry y yo fuimos los protagonistas, sino también Juampy y Caro.

Para el padre Jorge, ese casamiento fue un logro personal. Sabía que a mí, en realidad, y a diferencia de Gerry, no me importaba para nada casarme. Como le había dicho una vez, yo consideraba el casamiento una simple formalidad, porque sentía que para Dios, allí arriba, Gerry y yo ya estábamos casados.

«Por favor, no se me venga en jeans, ¿eh?», me había dicho, riendo, unos días antes cuando le pregunté por teléfono: «Pero ¿qué me pongo para el casorio?». Y cuando Gerry, en otra conversación, le comentó que me había comprado un vestido —obviamente no blanco, sino azul, muy canchero, pero simple, de Gap (me había acompañado Ana)— que él consideraba demasiado corto, el padre Jorge se puso de mi parte: «Déjela libre».

También recuerdo la llamada telefónica que el padre Jorge, pese a que tenía dificultades para hablar, me había hecho desde el hospital el 19 de febrero para intentar desdramatizar su pulmonía: «Estoy mejorando», me dijo, como para que no nos preocupáramos. Y la última llamada, el 9 de abril, en la que también, pese a que no debía hablar porque le costaba, no se resignaba y seguía mandando su buena onda. «¡Muchas gracias por las milanesas!» fue su última frase, dicha seguramente con esfuerzo, pero con esa misma actitud positiva, llena de alegría, fuerza y esperanza. Se refería a las milanesas —a la napolitana y normales—, que le había dejado en Santa Marta ese día para que pudiera celebrar, junto a sus secretarios argentinos, su buena evolución por esa sorpresiva aparición pública del domingo anterior… Ese día que Gerry y yo le llevamos las milanesas (empaquetadas de forma anónima), acababa de recibir la visita de los reyes del Reino Unido, Carlos y Camila, lo que nos valió un «scoop».7

Hablando de milanesas, también recuerdo un almuerzo que tuvimos con él en Santa Marta un domingo del verano de 2019. Entonces, para agasajar a los chicos —siempre cuidaba mucho los detalles—, les pidió a las cocineras que hicieran para ellos un menú distinto: ¡milanesas con patatas fritas, para felicidad de Juan Pablo y Carolina! Esa vez también estaba Edwin. Y Caro, que entonces tenía once añitos, la tarde anterior le había preparado una chocotorta (típica torta fría argentina que se hace con Chocolinas, unas galletitas dulces de chocolate mojadas con leche, queso crema y dulce de leche), que nos comimos de postre… Ese día el padre Jorge charló un montón con los chicos, preguntándoles sobre la escuela. Con Caro, siempre tímida, como toca el piano, hablaron de música clásica y le dijo que un día esperaba escucharla tocar.

En medio de esos recuerdos y de los sollozos, vienen a darme un abrazo, también inolvidable, Emilce y Patrick, que también están ahí, en esa capilla ardiente de Santa Marta, destrozados. Aprovecho para darle a Emilce el suéter, porque de verdad hace mucho frío.

Me voy calmando. Gerry y yo nos quedamos ahí, en silencio, rezando y observando al menos una media hora. No podemos quedarnos más porque hay que seguir trabajando.

Tomo el anotador. A la izquierda del féretro hay un cirio prendido sobre un antiguo candelabro. Los gendarmes controlan el flujo de personas: con gestos, indican quiénes tienen que avanzar en fila para acercarse al féretro y despedirse, y los que deben detenerse y esperar en silencio. En la entrada ya advierten que está absolutamente prohibido sacar fotos o vídeos, pero a nadie le interesa eso, lo que importa es decirle adiós a un grande.

Algunos van dejando ramos de flores: se ven dos grandes girasoles amarillos, aunque la mayoría son rosas blancas, las que amaba el papa Francisco, devoto de santa Teresa de Lisieux. «Cuando tengo un problema le pido a la santa no que lo resuelva por mí, sino que lo tome en sus manos y me ayude a aceptarlo. Y como señal, siempre recibo una rosa blanca», solía explicar.

Entre las personas que ingresan hay algunos que van con traje y corbata, muy elegantes, pero también muchos con tejanos y zapatillas, vestidos con ropa de trabajo o de uniforme. Hay ujieres, jardineros, obreros, sacerdotes, monjas de diversas congregaciones, un obispo ortodoxo, una persona con muletas, familias que llegan con niños en brazos.

En las filas de atrás está, casi mimetizado entre otras personas, porque lo suyo siempre fue el perfil bajo, Juan Cruz Villalón rezando en silencio. Vamos a darle un abrazo y aprovechamos para agradecerle ese amor inmenso, esa ternura, con la que cuidó hasta el último momento a Francisco. Inolvidable quedará para muchos la imagen de Juan Cruz acomodándole con un cariño infinito las cánulas nasales en su primera aparición pública en la plaza de San Pedro después de la internación, al final de la misa del Jubileo de los Enfermos y del Mundo de la Sanidad, o hablándole al oído en su última vuelta en el papamóvil, su despedida, el domingo pasado.

Juan Cruz, también destrozado pero sereno, como luce Francisco en ese espantoso féretro, nos consuela: dice que llegó a leerle ese último mensaje vía mail que le enviamos el domingo 20 por la noche y que estaba contento de haberlo recibido. «Él los quería mucho».

Escribo una nota, también catártica, envío un videíto que me piden, hago más salidas para LN+ y de CNN me mandan un Uber para hacer una salida desde la terraza de la oficina en la Via di Col di Lana.

Gerry también, como loco, se pasa todo el tiempo haciendo salidas para diversas cadenas: CTV de Canadá y ABC News de Estados Unidos.

Terminamos de nuevo tardísimo. Menos mal que Irene pasó por el supermercado. Comemos una pasta con zucchine romanesche (calabacines) hecha al vuelo, prosciutto, mozzarella y vino tino.

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EMPIEZA LA DESPEDIDA MIÉRCOLES 23 DE ABRIL

Dormimos poco. A las 8.30 de la mañana, Betta y yo ya estamos en el Vaticano. La zona está vallada, llena de policías con detectores de metales que controlan los accesos. Hoy comienza el gran adiós al papa Francisco y un aluvión de gente comenzará a despedirse de él en la capilla ardiente que se instalará en la basílica de San Pedro, que durará tres días.

Con esa escenografía, teatralidad y solemnidad que solo tiene una institución milenaria como la Iglesia católica, las campanas de la basílica tañen en señal de luto. Las pantallas gigantes colocadas en la plaza de San Pedro muestran que, después de un momento de oración en latín presidido por el cardenal camarlengo, el estadounidense Kevin Farrell, entre coros de la Capilla Sixtina, el féretro del papa Francisco, lentamente, comienza a ser trasladado desde su hogar de Santa Marta hasta la basílica. Es una ceremonia sin precedentes. Nunca un Papa había decidido romper con todos los protocolos e irse a vivir a un austero hotel para eclesiásticos como es Santa Marta, en lugar de hacerlo en el fastuoso Palacio Apostólico. Le hubiera provocado «problemas psiquiátricos» quedarse a vivir en el departamento pontificio, una virtual jaula dorada, como explicó siempre Jorge Bergoglio, el Papa venido del fin del mundo que rompió todos los esquemas y decidió vivir en comunidad —y sin controles— en Santa Marta. El edificio fue construido en 1996, durante el pontificado de Juan Pablo II (1978-2005), para que los cardenales tuvieran dónde quedarse en caso de cónclave o para otros eclesiásticos de paso por el Vaticano. Ahí fue precisamente donde comenzó la primera de las ceremonias solemnes para despedir con todos los honores al papa Francisco.

A las 9 en punto comienza una procesión compuesta por ochenta cardenales vestidos con sus hábitos y birretes de color rojo, con rostros compungidos, muchos recién llegados a Roma desde diversas partes del mundo para participar en el cónclave que elegirá al sucesor de Francisco.

En una jornada soleada y al ritmo del tañido de las campanas, detrás de ellos avanza el féretro de Francisco. De simple madera y revestido con un paño rojo, es llevado sobre los hombros por catorce «sediarios» con guantes blancos, escoltados por ocho alabarderos de la Guardia Suiza papal con sus trajes a rayas y catorce penitenciaros con unas estolas rojas y antorchas. Detrás avanzan los miembros de la familia pontificia y quienes cuidaron al Papa hasta el final con una dedicación absoluta y fidelidad. Allí están sus secretarios personales —los sacerdotes argentinos Juan Cruz Villalón y Daniel Pellizzon, y el italiano Fabio Salerno—, sus enfermeros —Massimiliano Strappetti y Andrea Rinaldi— y su asistente de cámara, Piergiorgio Zanetti.

La denominada «traslación», como llaman el traslado, va acompañada por salmos y antífonas, y, después de pasar por la plaza de los Protomártires —donde Pedro fue crucificado y muchos otros cristianos fueron ejecutados—, llega a la plaza de San Pedro atravesando el Arco de las Campanas, adyacente a la basílica.1 Cuando el féretro entra en la basílica vaticana a través de la puerta central, un aplauso espontáneo, casi liberatorio, repleto de afecto, estalla entre las miles de personas que siguen esta primera ceremonia desde las pantallas gigantes de la plaza. Mientras los coros entonan las letanías de los santos, la procesión avanza lentamente hasta el altar de la Confesión, bajo la sombra del imponente Baldaquino de Bernini. Es allí donde es colocado, sobre una alfombra, el féretro de Francisco, que luego es acordonado. Está ahí sin catafalco, como él, el Papa de la sencillez, quiso, sobre una simple tarima de madera, la misma que se había visto en la capilla de Santa Marta.

El cardenal Farrell, muy cercano al Papa difunto, rocía agua bendita e inciensa su cuerpo, vestido con mitra blanca y casulla roja. Eso marca el inicio de la Liturgia de la Palabra, en latín, en la que se reza «por el difunto Francisco, para que el Príncipe de los pastores, que siempre vive para interceder por nosotros, lo reciba benigno en su reino de luz y paz».

Además, se pide por «la santa Iglesia de Dios, para que, fiel a su mandato, sea fermento de una renovación en Cristo de la familia humana». Prosigue con una oración «por los pueblos de todas las naciones, para que, en el respeto de la justicia, formen una sola familia en la paz y estén unidos por sentimientos fraternos», y, finalmente, «por todos nosotros, que estamos aquí reunidos en oración, para que nos reencontremos un día juntos en el reino de los cielos».

Pasan a despedirse luego, en fila de a dos, cardenales, obispos, sacerdotes, diáconos y demás eclesiásticos, sediarios, gentilhombres, que van inclinándose y persignándose ante el féretro del Papa. En un momento dado, una persona se queda parada a la derecha del ataúd, llorando, sin avanzar. Es sor Geneviève Jeanningros, monja de la Fraternidad de las Hermanitas de Jesús y sobrina de Lèonie Duquet, una de las dos religiosas francesas desaparecidas durante la dictadura argentina, que fue víctima de Alfredo Astiz. Sor Jeanningros, de ochenta y dos años, se había hecho muy amiga del papa Francisco. Viste con su simple hábito celeste y lleva una mochila a la espalda. Desde hace cinco décadas, vive en una casa rodante al lado de un parque de diversiones de Ostia, en las afueras de Roma, donde realiza un trabajo pastoral con personas necesitadas de esa comunidad, entre ellas las mujeres trans. Algunos diáconos intentaron alejarla diciéndole que no podía estar ahí parada, que no era su turno, que debía esperar y pasar en otro momento, pero algunos de los gendarmes la reconocieron y la llevaron hasta el féretro y le permitieron quedarse ahí todo el tiempo necesario. Esas imágenes, que confirman eso de que los últimos serán los primeros, se vuelven virales.

Entre quienes también pasan a despedirse está Luis Liberman, uno de los tantos amigos judíos argentinos de Jorge Bergoglio, rector del Instituto Universitario del Agua y el Saneamiento y fundador del Instituto para el Diálogo Global y la Cultura del Encuentro. «Es muy raro, no es él, no es Jorge», nos comenta más tarde Luis, que es amigo nuestro también, conmocionado. «Hoy me duele el alma, pero aquí estamos los que amamos al Papa del fin del mundo. Vine a despedir a un líder esperanzador que hasta el último hálito sembró bondad, belleza y esperanza, que no se calló ante las injusticias, las guerras, las inequidades. Un luchador de la causa humana del futuro: la casa común», dice, aún trastornado y recién aterrizado desde Buenos Aires.