Ellas tienen la palabra - Noni Benegas - E-Book

Ellas tienen la palabra E-Book

Noni Benegas

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Beschreibung

La antología reúne las voces de 41 autoras nacidas entre 1950 y 1971, con el objetivo de mostrar las peculiaridades de la poesía escrita por mujeres y analizar cómo la mujer actual interpreta el mundo. Uno de los mayores méritos de la obra es precisamente el extenso estudio preliminar, modelo de rigor y seriedad, en el que Noni Benegas enfoca el fenómeno desde una perspectiva histórica, abordando cuestiones teóricas de gran trascendencia.

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Seitenzahl: 189

Veröffentlichungsjahr: 2019

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NONI BENEGAS

ELLAS TIENEN LA PALABRA

Las mujeres y la escritura

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

Primera edición, 2017 Primera edición electrónica, 2018

Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

© 2017, Noni Benegas

D.R. © 2017, Fondo de Cultura Económica de España, S.L. Vía de los Poblados, 17, 4.º-15; 28033 Madrideditor@fondodeculturaeconomica.eswww.fondodeculturaeconomica.es

Diseño de cubierta: Mutāre, Procesos Editoriales y de Comunicación

Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.

Depósito Legal: M-27482-2017

ISBN 978-607-16-6111-1 (ePub)ISBN 978-84-375-0784-2 (impreso)

Hecho en México - Made in Mexico

Sumario

Prólogo

Estudio preliminar

Cuando ellas toman la palabra. Entrevista: Noni Benegas, por ANA NUÑO

Las mujeres y la escritura: ¿literatura femenina o reivindicación literaria?

Epílogo

Índice general

Prólogo

Intento recordar ahora, pasados veinte años, cómo, lo que iba a ser un prólogo, se convirtió en una investigación de más de setenta páginas, y terminó por conformar el «Estudio preliminar» que aquí se recoge. De qué modo, enfrentada al reto de tener que ser coautora de una antología de mujeres poetas a fines del siglo XX,1 me avine a hacerla, mientras a mi alrededor algunos la encontraban inevitable, y otros murmuraban sobre el sinsentido de encerrarlas en un gueto. Estaba perpleja. Había aceptado el desafío, interesante si los hay, de trabajar en lo que me gusta: leer, y más aún conocer de primera mano la obra de mis congéneres, pero tampoco quería hacer el ridículo, ni dejarlas malparadas. ¿Cómo iba a demostrar ante el mundo la necesidad de una selección exclusiva de mujeres, en los albores del nuevo milenio? En tanto que poeta, justificaba mi ausencia de las antologías españolas por el hecho de no ser nativa y haber llegado con veintitantos años; es decir, la proverbial exclusión de los de fuera pese a formar parte del orbe de la lengua y vivir aquí. Acostumbrada, pues, a no contar, yo no me daba cuenta de la invisibilidad, realmente. Para decirlo con una imagen: no veía que la reina estaba desnuda. Pero tras una ojeada al índice de las selecciones canónicas de la época, pronto descubrí que la presencia de españolas también estaba bajo mínimos. El asunto me empezó a intrigar. ¿Se trataba de una sustracción, un robo, o simplemente ellas permanecían en un período de desarrollo anterior al de los hombres —casi infantil, diríamos—, a tenor del prólogo de la compilación, que en el mismo sello editorial me precedía?2 Nuestras antepasadas no habrían alcanzado la excelencia de sus pares, y por deducción se podía concluir que tampoco en la última mitad del siglo XX lo habrían logrado. Esto me sublevó. Yo conocía versos de mujeres poetas que igualaban si no superaban a los masculinos. Entonces me aboqué a la febril investigación.

Empecé a hurgar y me fui hasta el comienzo del asunto, a la Revolución Industrial, para luego remontar al siglo XX, y tomar conciencia de la penuria que habían pasado mis antecesoras. Ya no podía detenerme, cada día que pasaba era una nueva revelación. Hice calas más hondas, que alcanzaban a la inventora del género lírico, Safo, de quien tenía una imagen confusa. Teresa de Lauretis me sugirió un estudio de Elaine Marks,3 que aisló las tres leyendas tejidas alrededor de su figura a través de sus poemas, y de autores de la Antigüedad. De ellas nacieron tres arquetipos cuya impronta sobrevive. La mujer madura que seduce jovencitas en una escuela o convento y por extensión en cualquier espacio cerrado. La madura que se suicida por el amor de un joven varón que la rechaza. Y la mujer poeta en tanto musa incorpórea, este último propagado por Platón, que la bautiza «décima musa». Marks dedica su estudio al primero, fundamento de la lesbiana. Pero ofrece un dato curioso que permite atisbar soluciones a enigmas, antaño sin respuesta. En su texto «Safo y Faón», Ovidio fundió en una sola la leyenda de la poeta y la suicida. Es decir, alzó un arquetipo imposible de mujer inmaterial, a la vez que ardiente. De allí es fácil deducir que este modelo ganó prestigio a lo largo de los siglos, y podría haberse convertido en fuente de legitimación de las poetas que con su suicidio refrendan el valor de su trabajo. Es decir, llaman la atención sobre la obra, que sin ese desenlace hubiera pasado inadvertida, y subrayan su interés, por el hecho de que les costara la vida.

Como este, numerosos fueron los hallazgos y muchas las pistas acerca de un fenómeno muy preciso: la invisibilidad de las mujeres creadoras. Algunos encontraron sitio en el «Estudio preliminar», otros, como el que acabo de referir de la poeta del siglo VI a. C., hubo que eliminarlos por razones de espacio. Pero no fue hasta que di con las teorías de Pierre Bourdieu, que logré salir del círculo vicioso en que me había encerrado el enfoque tradicional.4 Es decir, poner el acento exclusivamente en la calidad de las obras sin advertir que una vez que se publican entran a formar parte de un espacio común a ambos géneros, donde lo propio es luchar por hacerlas visibles. Así, apliqué la teoría de «campo» de Bourdieu, en tanto espacio social atravesado por redes de relaciones entre personas con una actividad, modos de ser y de actuar en común, que a su vez defienden esa producción ante la sociedad. La forma en que esas personas interpretan y generan prácticas permiten identificar al campo de que se trata. Para ello, exploré una posible constitución de ese espacio en España y descubrí un período en el siglo XIX, en que se conjugaron circunstancias políticas y culturales que dieron pie a ello. Al tiempo, tras analizar las condiciones de génesis del campo, descubrí hasta qué punto estuvo siempre traspasado por intereses espurios, y no por la calidad de las obras, que tanto nos distrajo. Todo ello lo cuento en el «Estudio», y parece plausible, a tenor de la reseña que le hizo el por entonces director de la Real Academia, donde recoge los hitos esenciales de ese proceso.5 Años después, coincidí con un joven sociólogo del grupo de estudios Bourdieu de la Universidad Complutense, que se interesó por mi estudio, y tras leerlo me descubrió que fue el primer trabajo de un discípulo del sociólogo francés en el mundo6 aplicado a la literatura escrita por mujeres, pues el pionero en Francia es de Delphine Naudier, del 2000.7

Ni yo misma sé cómo pude deshacer el nudo y dar una interpretación admisible a semejante intríngulis milenario; o mejor sí, lo tomé como una causa propia que a la vez atañe a muchas, y me vincula profundamente a ellas desde la raíz de un oficio común. Incluso hoy, mientras un debate en las redes agita las celebraciones del centenario de Gloria Fuertes, mi «Estudio preliminar» se revela útil. Cuestionada por Javier Marías en su columna dominical de El País Semanal, del 25 de junio, sale en su rescate Ana López Navajas, laureada investigadora de la Universidad de Valencia, que cita mi trabajo en la página web de Genialogías del 28 de junio:

Gloria Fuertes es, en palabras de Noni Benegas, maestra en el arte de decir sin aleccionar. Sus versos se alejan del tono mesiánico y didáctico del poema militante, y trabaja con el potencial expresivo de la lengua coloquial, viva. Fuertes, que ya había participado en el postismo, utiliza el humor y la paradoja para poner en entredicho la ideología reaccionaria.

También la poeta y editora Elena Medel coincide en elegir el mismo poema que analizo en el estudio, para su columna de opinión del Diario de Sevilla, del 29 de junio.8

Asimismo el año pasado, 2016, se estableció el Día de la Escritora, que se celebró con un homenaje a nuestras predecesoras en la Biblioteca Nacional, en Madrid. Pues bien, varios medios de comunicación utilizaron el título de la antología en reportajes del evento, que congregó a autoras y académicas. En 2013, durante la Feria del Libro de Madrid, volvió a la palestra de mano de los blogueros de El País, a quienes se pidió que recomendaran una obra esencial para aprender o comprender muy bien algo. La elegida por Javier Rodríguez Marcos, responsable del blog de poesía, fue Ellas tienen la palabra. Dos décadas de poesía española, publicada más de tres lustros antes, porque: «Sociológicamente el libro tuvo la virtud de señalar una realidad que antes siquiera que discriminada, tendía a ser invisible». Y añadía: «Literariamente, la antología daba lo que prometía: sujetos líricos inéditos y nuevos enfoques sobre los grandes temas de la lírica».9

La tentación es grande de poner al alcance del público el «Estudio preliminar» en solitario. Incluido hasta ahora junto a la selección de poemas en un volumen de 700 páginas y casi un kilo de peso, tampoco es fácil de encontrar. Se incorpora, pues, en una colección de auspicioso nombre derivado del náhuatl: Centzontle, que evoca el de un pájaro llamado de las 400 voces.

Tras el «Estudio», esta edición recoge una entrevista: «Cuando ellas toman la palabra» que me hizo en 1998 la directora de la revista Quimera (nº 167), de Barcelona, Ana Nuño. En forma amena responde a las preguntas que quizás los lectores se hagan tras su lectura.

A continuación se incluye el artículo «Las mujeres y la escritura: ¿literatura femenina o reivindicación literaria?», fruto de una conferencia que di en 2007 en la Universidad de Murcia.10 Esboza un esquema de fácil comprensión de la institución literaria desde su creación hasta hoy, a la vez que ofrece estrategias de movilidad dentro del campo.

Por último, un breve epílogo da somera cuenta de la recepción de la obra, algunos logros del grupo de los encuentros de mujeres poetas, cambios sociales y tecnológicos, así como nuevas redes de encuentro, debate y edición.

Varias son las personas sin las que este libro no sería posible. Jesús Munárriz compañero de antología que, generoso, facilitó su publicación. Ana Santos Aramburo que creyó en él. Jesús Aguado que lo recomendó con chispa y conocimiento. Ana Nuño por sus lúcidas preguntas. Andrés Guerrero y Marie Lourties que me dieron a conocer la obra de Pierre Bourdieu. Yeray Zamorano que valoró y situó el estudio dentro del campo sociológico. Marta Comesaña y Anna Grifi que lo materializaron con arte y cuidado. Las poetas, sin cuya obra el estudio no tendría razón de ser, y los lectores y lectoras cuya fidelidad ha sido estímulo y gratificación permanente en estas dos décadas. A todos ellos y ellas vaya mi agradecimiento.

A Angiola Bonanni y Elizabeth Burgos

Estudio preliminar

Los doce años transcurridos desde la aparición en esta misma colección de Las diosas blancas,* selección que, a sugerencia de la editora Maite Merodio, realizó Ramón Buenaventura, han convertido lo que entonces se calificaba de fenómeno en una sólida realidad. Si aquella antología recogió la fuerza de unas tendencias que surgen a partir de la Transición democrática y cuajan a comienzos de los ochenta, esta muestra la consolidación y el desarrollo de esas corrientes tanto en aquella como en la última década. Han surgido voces nuevas, otras han abierto un paréntesis en su producción literaria, algunas más jóvenes están en pleno crecimiento. Es imposible dar cuenta en estas páginas de todas ellas. La selección, con ser amplia y doblar el número de la anterior, no es, aun así, exhaustiva. Autoras de interés han quedado fuera sin que ello signifique un menoscabo hacia su trabajo; otras han preferido no participar. Pero aunque no estén todas las que son, sí son, sin duda, las que están.

Esta nueva selección se propone, pues, a los lectores para colmar la expectativa creada desde la irrupción de aquella antología y mostrar la expansión y el afianzamiento de la poesía escrita por mujeres. A partir del advenimiento de la democracia y de la recuperación de las libertades emergen unas poetas que sorprenden, tanto por la franqueza con que relatan sus experiencias y las de su generación como por la renovación estilística que aportan. Estas jóvenes autoras disponen de un mayor acceso a la edición que anteriores generaciones, por razones que se verán más adelante, y lo cierto es que los finales de los setenta y comienzos de los ochenta son años de intensa actividad literaria femenina que serán recogidos por aquella antología.

Se reunían en ella voces ya reconocidas como las de Ana Rossetti y Blanca Andreu, junto a otras menos divulgadas, pero afianzadas, como las de Amparo Amorós y Carmen Pallarés, y algunas que no tardarían en serlo. Lo decisivo fue presentarlas como el conjunto rico y variado que eran y que, como tal, atrajo la atención del gran público. Ello contribuyó a que su trabajo y el de muchas otras, fuera de ese panorama, no pasara inadvertido, como sí les ocurrió a sus antecesoras.

Porque si los poetas vieron reconocido su magisterio tras ser unificados bajo los rótulos de generación del 50, de novísimos, o de poetas del 70, las poetas de aquellos años fueron borradas del retrato de familia oficial que privilegió una genealogía exclusivamente masculina de la poesía española. No se midieron las consecuencias de tal exclusión, pues, como observa Bourdieu, poco favor se le hace a un determinado colectivo cuando se escamotea la presencia de otros a su alrededor. Toda la singularidad o la grandeza mismas de los elegidos se pierden o caen bajo sospecha si se ignora el mundo de sus contemporáneos con los que, o contra los que, han alzado su obra.1 Sin embargo, la repercusión pública que obtuvieron las jóvenes poetas sirvió para paliar algo ese olvido, pues atrajo, por reflejo, la atención hacia todo un filón lírico de décadas anteriores hasta entonces oculto.

Se crearon colecciones y premios específicos para mujeres, estas fueron invitadas a leer sus versos en centros culturales de todo el país y las editoriales especializadas quisieron tenerlas en sus catálogos. Aumentó el número de galardonadas y, para bien o para mal, el interés de los críticos. Pues, si bien la mayoría saludó la renovación que suponía la entrada de temas y acentos nuevos en la lírica, hubo otros, por lo general poetas-críticos, que recelaron y les dirigieron sus ataques. El argumento más esgrimido fue que bastaba ser mujer para que se tomara en consideración cualquier trabajo, sin tener en cuenta su calidad. Al margen de las críticas negativas y para satisfacer el interés de la audiencia, aumentó la presencia de autoras en el mundo de la edición. Al rescate de las poetas del 27 se sumó el de las de posguerra; las primeras poetisas de la lengua castellana y las de los siglos XVI y XVII fueron recuperadas en sendas antologías, al igual que las hispanoárabes, las románticas o las vascas; Torremozas, sello específicamente creado para ellas, ofreció un panorama de los siglos XV al XX e instituyó el premio de poesía Carmen Conde, y el Instituto de la Mujer auspició la colección Biblioteca de Escritoras, en Castalia. Por su parte, varias hispanistas analizaron en profundidad la obra de clásicas y contemporáneas. También se multiplicaron las traducciones de autoras extranjeras, y aparecieron antologías de griegas clásicas y de norteamericanas actuales, entre otras.

A su vez, la labor crítica emprendida por las mismas poetas ha facilitado la recepción y comprensión de las contemporáneas. En el campo del ensayo, Chantal Maillard y Amalia Iglesias recuperan aspectos de María Zambrano; Olvido García Valdés, de españolas y norteamericanas; Julia Otxoa, de las vascas; Amparo Amorós, de las llamadas poéticas del silencio, entre otras. Muchas son el alma de colecciones, revistas de poesía y encuentros de escritoras, donde se da cabida, también, a las voces más nuevas.

Este panorama se inscribe en un campo mucho mayor y estable de carácter internacional. Tanto en las universidades españolas como en las extranjeras, mujeres y hombres de variadas disciplinas trabajan desde los años setenta para recuperar e interpretar el aporte de las poetas. La transmisión de sus instrumentos críticos a las nuevas generaciones podría ayudar a que sus obras obtengan el reconocimiento que les es debido y que, de momento, la escena lírica local es remisa a otorgarles.

En efecto, si se revisan las antologías de los últimos años se comprueba la casi nula presencia de autoras y, al tiempo, la falta de coincidencia entre los antólogos al realizar la criba, pues cuando incluyen mujeres nunca aparecen los mismos nombres.2 Cuando se duda, entonces, de la calidad de esos trabajos para postergar su reconocimiento, lo que aflora es la ausencia de criterios para valorarlos.

Tampoco los hubo para juzgar a sus antecesoras. Parece más bien que en muchos casos se las anexiona según el grado de afinidad que mantengan con la corriente que el antólogo busca imponer. Su presencia, así como la de otras figuras secundarias masculinas, contribuye a engrosar la tendencia en cuestión y a apuntalar la posición de los líderes del grupo. Estas maniobras revelan que el campo literario, como cualquier otro, está atravesado por oposiciones y antagonismos entre sus componentes y que la irrupción de recién llegados modifica las relaciones de fuerza entre todos.

Y es que no solo el número de las poetas asusta. También la novedad de asuntos y estilos que traen esas obras, ya refrendadas por el mercado, obliga a revisar los criterios de valor para todo el campo. Se olvida que a menudo las elecciones formales —metros clásicos contra versos libres, por ejemplo— responden, más que a estrategias estéticas, a tomas de posición políticas de sus defensores dentro del feudo poético. De ahí la andanada de invectivas que se han dirigido, tanto en contra de sus contenidos —si claros, inmorales; si a media luz, incomprensibles—, como en contra de su éxito, atribuido a la moda y, por tanto, pasajero. Ladran, luego cabalgamos. Pues el hecho mismo de producir efectos, aunque sean reacciones de resistencia o exclusión, ya es existir en un campo.

Y no parece que ellas estén dispuestas a abandonarlo, ni su público a dejarlas ir para volver al statu quo anterior.

Como corolario de esas artimañas disuasorias son expulsadas de las antologías elaboradas por aquellos que, de momento, controlan el bastión de la lírica y se resisten a compartir los privilegios derivados de su posición dominante. «Poetisas mías, atiendan vuestras mercedes a sus maridos y a sus hijos, mantengan la casa en orden y déjense de versos malos y cochambrosos, que ya hay demasiados poetas que se dedican a ello con terca dedicación» (el subrayado es mío). Esta admonición no es del siglo XIX, como podría imaginarse, sino de un poeta y crítico español en 1992.3 De este modo demoran el reparto equitativo de los beneficios reales del mecenazgo de estado —grandes premios, jurados, altos cargos de la política cultural, sillón vitalicio en la Real Academia— o del poder mediático, que retrasan indefinidamente la obtención de esos otros beneficios simbólicos derivados de ellos, como son el ingreso de las autoras en la historia literaria y, al tiempo, en el canon. Vale la pena recordar que tanto las recompensas materiales como las espirituales estimulan la creación y allanan los problemas prácticos también de las poetas.

La elaboración de esta selección obedece, pues, a la necesidad de paliar su ausencia en los panoramas habituales. Pero de nada valdría continuar editando antologías sin preguntarse por qué, a pesar del éxito de Las diosas blancas y de las dos décadas pasadas desde que estas poetas irrumpen con fuerza y méritos propios en la escena literaria, siguen sin figurar en ellas. A explicar este otro fenómeno, más allá del tema tan discutido de su calidad, es a lo que va dirigido este estudio.

Para ello hay que remontarse al momento en que surge el problema en la época moderna, es decir, cuando la sociedad empieza a democratizarse con el ascenso de nuevas clases sociales al poder. Es entonces cuando las leyes comienzan a beneficiar a las mujeres en lo que hace a su educación y el acceso a la escritura deja de ser el privilegio de pocas. No es que antes las mujeres pudieran escribir más libremente, no; es a partir del momento en que nace el campo literario como tal, cuando las poetas ven vedado su acceso, y se generaliza y asienta el desprecio por la poesía femenina. Es más, el femenino de poeta cobra ese matiz despectivo que no ha perdido hasta hoy, pues ninguna, o casi ninguna, de las escritoras actuales aceptaría ser llamada «poetisa». Es este desprecio heredado lo que hace hoy revolverse contra esa tradición que las encasilla en una imagen vaporosa y emotiva, asociada a lo femenil.

Decía Paul Valéry que el objeto de un crítico verdadero debería consistir en descubrir cuál es el problema que el autor se ha planteado (sabiéndolo o sin saberlo) y en averiguar si lo ha resuelto o no. A lo largo del análisis de la poesía escrita por mujeres desde las románticas hasta nuestros días, el problema de base que subsiste es cómo dar voz a un sujeto que siempre fue objeto de esa poesía —musa, madre, amada, naturaleza—. O mejor, cómo las poetas logran decirse en una lengua lírica heredada e inscribirse en una tradición en la cual la mujer aparece representada según el punto de vista del otro, el varón que escribe. Conocer, por tanto, de qué modo algunas precursoras escaparon a esas definiciones y alzaron, en su lugar, un sujeto lírico diferente con un lenguaje propio e inconfundible, es esencial para las poetas de hoy. Pues las dificultades que aquellas encontraron para imponer su perspectiva se repiten, con otros matices, para sus descendientes. Y, a la luz de esa problemática común, se trata de valorar e incorporar, teniendo en cuenta el contexto en el cual escribían, sus logros y realizaciones.

Así pues, he preferido rastrear la crisis del sujeto tradicional femenino y la emergencia de nuevas subjetividades a través de las estrategias de representación que han inventado y desarrollado las poetas hasta hoy, más que centrarme por completo en el análisis formal del lenguaje.

EL ÁNGEL DEL HOGAR

En España, a partir de 1857 y, tras muchas reticencias, se establece por ley la obligación de crear escuelas públicas también para niñas. Tales progresos se deben al triunfo de la ideología liberal que, a su vez, encuentra adecuada traducción en la estética romántica. Estimuladas por el movimiento que alienta el desahogo espontáneo de las almas, un puñado de escritoras se atreve a trasladar sus sentimientos y emociones al papel. Si en 1836 aparecen en Madrid treinta y seis publicaciones periódicas nuevas, en 1850 ya son ciento cincuenta, buena parte de las cuales están dedicadas a mujeres y dirigidas por ellas. Otro tanto sucede en las capitales de provincia.4 Pero ¿qué ocurre en el interior del país, en el día a día de la calle? Carolina Coronado lo cuenta en «La poetisa en un pueblo»: «¡Ya viene, mírala! ¿Quién? / Esa que saca las coplas. / Jesús qué mujer tan rara. / Tiene los ojos de loca».