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René Voillaume fue el fundador, bajo la inspiración del testamento espiritual del hermano Carlos de Foucauld, de los Hermanitos de Jesús y de los Hermanitos y Hermanitas del Evangelio, presentes en todo el mundo. Fue también impulsor de varias asociaciones y movimientos sacerdotales y de laicos. La vida de sus Fraternidades, centrada en la pobreza, la obediencia y la ayuda a los más necesitados, constituye un ejemplo de vida cristiana que sigue entusiasmando a muchas personas. En el corazón de las masas contiene una colección de cartas y conferencias que expresan la base de la espiritualidad de dichas Fraternidades. El libro tuvo gran difusión: fue traducido a numerosas lenguas y cuenta con un gran número de reediciones. La profundidad, la claridad y la originalidad evangélica de la propuesta de vida religiosa del padre Voillaume han hecho de él uno de los grandes maestros de la espiritualidad cristiana.
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Seitenzahl: 785
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Biblioteca Clasicos Cristianos
En el corazón de las masas
René Voillaume
Versión electrónica
SAN PABLO 2013
(Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: [email protected]
ISBN: 9788428564489
Realizado por
Editorial San Pablo España
Departamento Multimedia-Web
Presentación
Siendo René Voillaume miembro de la congregación de los Hermanos de Jesús y, más aún, el fundador ante la Iglesia de esta Congregación, que sigue las huellas de Carlos de Foucauld, para situar adecuadamente el libro En el corazón de las masas comenzamos ofreciendo una síntesis del ideal y la misión que Foucauld quiso vivir durante su vida y nos dejó como legado, marcando para la posteridad dos tradiciones dentro de su carisma: a) Los «solitarios desbrozadores», asociación eclesial fundada por el propio Carlos de Foucauld, la Unión de hermanos y hermanas de Jesús, Sodalidad Carlos de Foucauld, que, en la comunión de los santos, ya sean sacerdotes, religiosos/as o laicos, como él, van abriendo caminos, con su creatividad, en los ambientes más alejados de la Iglesia, y que en la actualidad cuentan con más de 1.000 discípulos extendidos por todo el mundo[1]; y b) Las «Fraternidades», cuyo máximo exponente, inspirador y fundador fue el hermano René Voillaume, del que nos vamos a ocupar[2].
Carlos de Foucauld, ideal y proyectos de fundación
Carlos de Foucauld murió asesinado el l de diciembre de 1916 en Tamanrasset, sin haber podido realizar su sueño de toda la vida: formar una fraternidad de hermanos. Quedaba sin embargo tras él, como semilla fecunda, su testimonio, sus escritos y la asociación que había fundado, gracias a la cual, y especialmente gracias a Luis Massignon, que difundirá los estatutos simplificados de las Reglas que el hermano Carlos había escrito[3], buscará un escritor para dar a conocer la vida del hermano Carlos[4] y que será el eslabón necesario puesto por la Providencia entre Carlos de Foucauld y el nacimiento de las Fraternidades.
Carlos de Foucauld había nacido en Estrasburgo el 15 de septiembre de 1858 y, desde el momento mismo de su conversión, ocurrida en 1886, no cesó de buscar el camino por el que realizar su vocación religiosa, cosa que se irá manifestando progresivamente. Así lo manifiesta a su amigo Henry de Castries: «Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa sino vivir para Él: mi vocación religiosa data de la misma hora que mi fe: ¡Dios es tan grande! (¡Es tal la diferencia entre Dios y todo aquello que no es Él! (...). Yo deseaba ser religioso, no vivir más que para Dios y hacer lo que fuera más perfecto, sin importar qué... Mi confesor me hizo esperar tres años; (...) yo mismo no sabía qué orden elegir: el Evangelio me mostró que “el primer mandamiento consiste en amar a Dios con todo el corazón” y que había que encerrarlo todo en el amor; cada uno sabe que el amor tiene por efecto primero la imitación; quedaba, pues, entrar en la orden donde yo encontrase la más exacta imitación de Jesús. Yo no me sentía hecho para imitar su vida pública en la predicación: yo debía, por tanto, imitar la vida oculta del humilde y pobre obrero de Nazaret. Me pareció que nada me ofrecía mejor esta vida que la Trapa»[5]. Este texto resume admirablemente las intuiciones que habrían de acompañarlo a lo largo de toda su vida en una marcha de etapas imprevisibles, pero permaneciendo siempre su idéntica vocación espiritual. Así, será en la Trapa (1890-1897) donde hará los primeros intentos por realizar su vocación. Pasados varios años de vida cisterciense notará, sin embargo, que no encontraba allí toda la abyección que perseguía, conforme a su vocación a la «vida de Nazaret». Es así como en 1893 le escribe al padre Huvelin, su director espiritual, diciéndole que se interroga sobre la posibilidad de formar una pequeña Congregación. No será sino pocos días antes del tiempo en que le hubiera correspondido pronunciar sus votos perpetuos cuando recibirá la dispensa del Padre general para centrarse en la realización de la vocación a la que se sentía llamado.
Irá, pues, a Tierra Santa, donde permanecerá tres años al servicio de las hermanas Clarisas de Nazaret (1897-1899) y de Jerusalén (1899-1900), dividiendo su tiempo entre el trabajo manual, la lectura y la oración. Consagra jornadas enteras a la oración y a la meditación del Evangelio. Este período será para él como un largo retiro, y el noviciado de su vida espiritual futura. Comienza a considerar la posibilidad de una fundación eremítica sobre el monte de las Bienaventuranzas, por lo que vuelve a Francia para prepararse a la ordenación sacerdotal, que habrá de recibir el 9 de junio de 1901. En sus retiros preparatorios al diaconado y al sacerdocio, descubre que aquella vida de Nazaret que entendía debía ser su vocación no tenía que llevarla a cabo en Tierra Santa, sino entre las ovejas más abandonadas. En su juventud había recorrido Argelia y Marruecos; ningún pueblo le parecía más abandonado que estos. Se instalará, pues, en Beni-Abbés, al sur de la provincia de Orán. Su vida adquiere aquí una modalidad diferente. Si bien no sale de los límites de su ermita, esta, sin embargo, está abierta a todos. Su ideal, por entonces, no era «ni un grande y rico monasterio ni una explotación agrícola, sino una humilde y pobre ermita donde unos pobres monjes pudieran vivir de algunas frutas y de un poco de cebada recogida con sus propias manos; en estricta clausura, penitencia y la adoración del Santísimo Sacramento, no saliendo del claustro, no predicando, pero dando hospitalidad a todo el que venga, bueno o malo, amigo o enemigo, musulmán o cristiano... Es la evangelización no por la palabra, sino por la presencia del Santísimo Sacramento, la ofrenda del divino Sacrificio, la oración, la penitencia, la práctica de las virtudes evangélicas, la caridad; una caridad fraterna y universal»[6].
Beni-Abbés (1901-1905) representa, pues, la primera realización de su ideal; el hermano Carlos busca un equilibrio entre su vida monástica contemplativa y su deseo de irradiar el amor de Cristo entre los musulmanes que lo rodean. Pero no será sino en Tamanrasset (1905-1916) donde realizará el pleno desarrollo de su vocación. Hace construir su choza no lejos de la aldea, y no sólo no rehuye a los habitantes de la región, sino que va hacia ellos, busca contactos, hace visitas. Siempre está a disposición de sus vecinos y de sus visitantes. Es el amigo que se puede buscar a toda hora del día y de la noche. Hizo cuanto estaba a su alcance para insertarse verdaderamente en la región tuareg del Hoggar. Veía ya claramente cuál era su vocación. En la carta que escribió en 1893 al padre Huvelin esboza por vez primera el ideal religioso que se sentía llamado a vivir. En junio de 1896 compone una pequeña Regla para los miembros de la Congregación que quería fundar, los «Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús». Ya en Palestina, la abadesa de las clarisas de Jerusalén ayudará con su influencia a reavivar sus proyectos, y en 1899 redactará la Regla de los «Ermitaños del Sagrado Corazón», donde aparece un elemento nuevo: el acento sobre el sacerdocio y el apostolado, presentándose desde entonces la «vida de Nazaret», a la vez recogida y abierta, lugar de intimidad con Jesús y lugar de partida en misión. Dos años más tarde, una mejor advertencia de las exigencias de caridad universal que implica el sacerdocio lo lleva a volver a la denominación de «Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús». Y en 1902 redacta la regla de las «Hermanitas del Sagrado Corazón».
En los últimos años de su vida, ante al fracaso de sus primeros proyectos, considera la posibilidad de una especie de misioneros laicos que pudieran instalarse entre los infieles para atraerlos a la fe por el ejemplo y la bondad, apoyando de este modo la tarea de los misioneros consagrados. Al mismo tiempo Foucauld piensa en una «unión espiritual de personas» que, como él, estén encarnadas en diferentes ambientes descristianizados y que, en la comunión de los santos, formen un «monasterio espiritual». Este proyecto de 1909 madurará y el 25 de septiembre de 1913 Mons. Bonnet, obispo de Viviers, autoriza la asociación en su diócesis. Foucauld le pondrá el nombre de «Unión de Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús», y escribirá para ellos su Directorio o Consejos Evangélicos, publicado por Massignon en 1928, y que a la muerte de Foucauld contaba con 49 miembros, constituyendo la única descendencia visible que dejaba en torno a su ideal. En 1921 se publicó la biografía de Carlos de Foucauld.
René Voillaume y la manifestación progresiva de su vocación
El padre Voillaume nace en Versalles el 19 de julio de 1905, en el seno de una familia de cómoda situación económica, aunque de vida austera. Allí vivirá hasta los nueve años, para luego residir en La Bourboule durante los años de la Guerra del 14, donde recibirá los sacramentos de la Eucaristía y de la Confirmación. Introvertido y poco comunicativo, su infancia será solitaria y con marcada vocación a la lectura. Según él mismo reconoce, sus orígenes alsacianos y loreneses influyen por igual sobre su temperamento. Con clara inclinación por el saber científico y una atracción particular por la física y la mecánica, sus aptitudes para la ingeniería, favorecidas por el ambiente familiar, forjaron su primera vocación. Pero su religiosidad, alimentada desde niño por una particular devoción a la Eucaristía, le hará despuntar su vocación al sacerdocio, confirmada por un hecho misterioso del que fue objeto cuando tenía 16 años (1921), y que es juzgado por el mismo Voillaume como una gracia mística. Desde entonces ampliará el tiempo de oración, y su vida de unión con Dios estará especialmente representada por su devoción al Sagrado Corazón y a la Eucaristía.
En plena adolescencia (1922) lee la vida de Charles de Foucauld, de René Bazin, y en ella descubre su vocación. Encuentra en la vida del Hno. Carlos de Jesús un eco providencial a sus aspiraciones a la vez misioneras y contemplativas. Además, junto a la llamada al sacerdocio, África ejerce sobre él una particular atracción, quizá debido a que su hermana mayor, Margherite, había entrado en 1921 en las Hermanas Misioneras de Nuestra Señora de África, las «Hermanas Blancas». No sabiendo en qué congregación entrar, para clarificar su vocación ingresa, en 1923, en el Seminario Mayor de San Sulpicio, de Issy-les-Moulineaux, donde recibe una adecuada formación teológica y espiritual. Hizo allí el bienio de filosofía, tras lo cual entró como novicio de los Padres Blancos en Maison-Carrée (Argel). Estuvo, sin embargo, sólo un año con ellos, pues la fragilidad de su salud le impidió permanecer en África. Vuelve al Seminario de Issy, con la esperanza de poder regresar con los Padres Blancos al terminar sus estudios, si su salud se lo permite.
Estando en Maison-Carrée, había recibido una carta de un seminarista de Issy, confiándole su atracción por el ideal de Carlos de Foucauld. A su vuelta al Seminario, conocerá a otros con las mismas inquietudes, por lo que formarán un grupo en 1925 del que surgiría, años después, la base de la fundación en El-Abiodh. «No olvidaré nunca [son palabras del propio Voillaume] nuestro primer encuentro con Luis Massignon, que tuvo lugar en el Seminario Saint-Sulpice de Issy-les-Moulineaux, el miércoles 1 de diciembre de 1926, cuando estudiábamos teología; un grupo de seminaristas teníamos ya el proyecto de partir un día a África del norte para vivir como el hermano Carlos vivió en Beni-Abbés. Luis Massignon había sido invitado a dar una conferencia a la comunidad, desde las 18 horas a las 19 horas. Recordaré siempre, al final de su conferencia, cuando éramos unos 400 seminaristas y sonaron los siete golpes de las siete del reloj del Seminario, se levantó de golpe y dijo con voz solemne y emocionada: “Señores, la hora que suena marca exactamente el décimo aniversario de la muerte de mi amigo Carlos de Foucauld, asesinado en 1916 en este mismo día y a esta misma hora, en Tamanrasset”. Fuimos presentados este mismo día después de la conferencia y desde este día datan nuestras relaciones. Massignon tenía el culto del recuerdo y estimaba mucho la fidelidad en la amistad. Él se ha considerado siempre como el heredero espiritual de su amigo, cuando la muerte le sorprendió escribiéndole una carta. Es gracias a Massignon que pudimos, a pesar de los diez años que nos separan de la muerte del hermano Carlos, renovar fácilmente los lazos con aquel que consideramos como el verdadero inspirador de todas las Fraternidades»[7]. A finales de 1927, otro hecho misterioso habría de influir decisivamente sobre su vida. Un arrobamiento de orden místico, que se repetirá durante varios meses, lo confirmará en el carácter contemplativo de su vocación.
Habiendo conseguido el manuscrito del padre Foucauld que contenía la Regla de 1899, comienza su estudio con la intención de elaborar, partiendo de ella, un proyecto de fundación. René Voillaume, que había sido elegido para encabezar el grupo, es ordenado sacerdote el 29 de junio de 1929, pasando los dos años siguientes en Roma, donde realizará el doctorado en teología bajo la dirección del padre R. Garrigou-Lagrange. Después de la preparación lingüística que la empresa requería y de un período donde abundaron los contactos y consultas, toman el hábito en la Basílica de Montmartre, el 8 de septiembre de 1933, y se instalan en el pequeño oasis de El-Abiodh-Sidi-Cheikh, situado en el Sáhara sudoranés. Eran cinco sacerdotes: René Voillaume, Marcel Bouchet, Marc Guerin, Guy Champenois y Georges Gorrée. Todos ex alumnos de Issy. A ellos se agregará alguien que, habiendo recorrido hasta allí un camino distinto al del resto, compartirá desde entonces la misma vocación, formando parte del grupo fundador. Se trata de un converso, discípulo y amigo de Jacques Maritain, que, no deseando dar a conocer su nombre por razones personales vinculadas a su pasado, será conocido por todos desde entonces como el «hermano André» (1904-1986). Posteriormente, cuando sus estudios sobre islamología y mística comparada comiencen a publicarse, aparecerá bajo el seudónimo de Louis Gardet.
La Fraternidad de El-Abiodh-Sidi-Cheikh
Siguiendo la Regla que Carlos de Foucauld escribió en 1899, los Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús, o los «Hermanos de la Soledad», como les llamaban los árabes, comenzaron su aventura religiosa en tierra islámica dentro de un marco de vida claramente monástico, influenciados fuertemente en esta etapa por el Carmelo y la Cartuja. En el Seminario habían sido formados en la oración, teniendo a san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús por maestros, así como a santa Teresa del Niño Jesús. Y una vez en El-Abiodh, los «desiertos» carmelitanos tuvieron una influencia para equilibrar la vida comunitaria con períodos de vida eremítica. Durante la etapa preparatoria a su instalación en el desierto, fueron frecuentes los contactos con la Cartuja de Montrieux. Y posteriormente, la relación con los cartujos se hizo más estrecha, hasta convertirse estos en sus consejeros y aceptar ocuparse de la formación del que sería el primer maestro de novicios de los Hermanos.
Durante más de diez años se vivió en una forma monástica: clausura, silencio y oración de día y de noche constituían lo esencial de su testimonio exterior, tanto frente a la población musulmana como para aquellos cristianos con quienes estaban espiritualmente vinculados o que iban a hacer retiro a la Fraternidad. Este carácter monástico que había asumido la Fraternidad desde su fundación estaba vinculado a la concepción que Foucauld tenía para su congregación durante su estancia en Tierra Santa. Fue allí donde redactó la «Regla de 1899», que los Hermanos eligieron desde un comienzo como base de su proyecto fundador.
La II Guerra mundial y la vida de la Fraternidad
La llegada de la II Guerra mundial modificó su vida. La mayor parte de los Hermanos fueron movilizados. Un par de ellos se quedó, sin embargo, en El-Abiodh, posibilitando el regreso periódico del resto, pero, aun así, la vida de la comunidad entrará en un paréntesis que habrá de prolongarse hasta el final de la guerra. René Voillaume fue destinado a Orán y luego a Touggourt como personal militar no combatiente. Esto lo mantendrá alejado durante varios años del gobierno físico de la comunidad, abriéndose un período en que distintas circunstancias y hechos providenciales llevarán a la Fraternidad a una transformación hasta entonces imprevista.
Tras la lectura y mayor conocimiento de la Regla de 1899, que había sido suavizada por los superiores de San Sulpicio, que la consideraban impracticable, los Hermanos que habían permanecido en El-Abiodh le plantean a Voillaume, en mayo de 1943, la exigencia de volver a una más perfecta observancia de la misma, a fin de seguir con mayor fidelidad al hermano Carlos de Jesús. Esto suponía, fundamentalmente: una vida de mayor pobreza y austeridad; un cumplimiento más estricto de la clausura y del silencio; dar más importancia al trabajo, y alcanzar una mayor sencillez en el trato. Mientras la vida en El-Abiodh iba evolucionando en tal sentido, Voillaume se retira en junio de 1944 a la ermita de Djebel-Aíssa, comenzando un trabajo de investigación para compenetrarse mejor con el espíritu del hermano Carlos de Jesús. Durante un año entero leyó los escritos del padre Foucauld, incluso los inéditos, a los que tenía acceso por vía de la postulación de la causa de beatificación, intercambiando opiniones con los Hermanos, meditándolos y orando con ellos. A partir de entonces ya no se busca definir la vocación y misión de los Hermanos por referencia a la sola Regla de 1899, que representa parcialmente el pensamiento del Hno. Carlos, sino a partir del conjunto de la vida y de los escritos de Foucauld, lo que asegurará una mayor fidelidad a la integridad de su mensaje. Como fruto de aquel período de investigación y reflexión, Voillaume escribirá unas 200 páginas que titulará: La mission providentielle du Père Charles de Foucauld et la réalisation de ses projets de fondation, subtitulado: Étude sur l’esprit et le règlement des Fraternités[8]. Se cierra así la crisis desencadenada en 1943, de la que la Fraternidad, profundizando su ideal, sale más firmemente enraizada en el espíritu de Foucauld.
La misión de la Fraternidad se dilata
Si los años de guerra resultaron una ocasión providencial para que la Fraternidad se afirmara en su espíritu propio, el tiempo inmediatamente posterior no habrá de ser menos importante en orden a revelar su futura orientación. Poco después de acabada la guerra, el P. Voillaume emprenderá un viaje a Francia (1945), al que seguirá, entre abril y julio de 1946, otro a Roma y Francia, resultando ambos decisivos para el futuro de la Fraternidad. Fruto del encuentro con militantes del mundo obrero Voillaume anuncia a los Hermanos a su vuelta a EI-Abiodh, en diciembre de ese mismo año, unas nuevas Constituciones, redactadas por entonces y aprobadas en 1947, que consideran como destinatarios de la misión de la Fraternidad no sólo el Islam, sino toda tierra de misión, según el pensamiento de Foucauld, en la que incluían al mundo obrero, en razón de su descristianización. También se subraya la importancia del trabajo, aunque no se contemplara aún la posibilidad del trabajo asalariado en el exterior: también a la fraternidad obrera se la concebía por entonces como monástica, aunque inserta en el medio obrero y en intercambio de relaciones y adaptación al mismo. Cambian, además, su nombre, llamándose desde entonces los «Hermanos de Jesús».
Entre las personas que Voillaume encontró en Francia y que le confirmaron en el proyecto de las fraternidades obreras es preciso destacar a la hermana Magdeleine de Jesús, fundadora de las Hermanitas de Jesús, con quien ya por entonces tenía una importante relación, y que orientaba en tal sentido la misión de su Congregación. Se habían encontrado por vez primera en El-Golea, peregrinando ambos, en 1939, a la tumba del padre Foucauld. Hubo siempre entre ellos una profunda comunión en la manera de concebir el ideal de las Fraternidades, y no es fácil delimitar las respectivas influencias, que fueron recíprocas. Para Voillaume, el período que se extiende de marzo a octubre de 1946 será, para las Fraternidades, extraordinariamente fecundo y rico en acontecimientos o decisiones que contribuirán a dar, tanto a los Hermanos como a las Hermanitas de Jesús, su fisonomía definitiva. Lo más relevante dentro de este período fue, sin duda, el viaje que el padre Voillaume hizo con Fr. André entre abril y junio de ese año. El principal cometido del mismo era organizar una fraternidad de estudios en Roma. El hermano André acompañaba al padre Voillaume para aconsejarle en esto y para reencontrarse en Roma con su amigo Jacques Maritain, por entonces embajador de su país ante la Santa Sede, a quien no veía desde hacía trece años. Milad, el primer maestro de novicios y formador de los hermanos durante el período de más afluencia de vocaciones, quedaba, mientras tanto, como responsable en El-Abiodh. El primer hecho destacable es el encuentro que tienen en Argel, antes de cruzar hacia Europa, con dirigentes de la J.O.C. De lo conversado con ellos surge la posibilidad de una fraternidad obrera con trabajo en el exterior, pues los jocistas objetan el proyecto de un trabajo artesanal independiente, en orden a evitar el riesgo capitalista de otras órdenes o congregaciones religiosas. Así nace, pues, unido al deseo de una pobreza real y efectiva, la idea del trabajo asalariado en el exterior de la Fraternidad. Pero es necesario tener en cuenta aquí que en ningún momento había sido puesta en duda la naturaleza contemplativa de la vocación de las Fraternidades.
En Roma fueron numerosos los encuentros del hermano André con los Maritain. También Voillaume tendrá oportunidad de estar con ellos. Hubo entre ellos unanimidad respecto a la posibilidad e importancia de una vida contemplativa en el mundo, la «contemplation sur les chemins», como decía Raíssa. Todo parece indicar que los Maritain no habrían sido ajenos, aun sin proponérselo, al modo de vida que desde 1947 adoptarán las Fraternidades. Hay que tener en cuenta, por lo demás, que los Maritain habían reflexionado en torno a este tema mucho antes de que los Hermanos dejasen la clausura de El-Abiodh. Hay que señalar, además, que en El-Abiodh, todos los Hermanos habían leído los textos espirituales de Maritain, habiendo sido el hermano André, desde 1936, el responsable de su formación doctrinal[9]. Es importante recordar, también, que, tras la muerte de Raíssa en 1960, Maritain se incorporó a la fraternidad de los Hermanos de Toulouse, donde vivirá hasta 1970, año en que pidió ser admitido en la Congregación, para morir, formando parte de ella, en 1973. Poco después de su instalación en Toulouse, Voillaume se referirá al «parentesco espiritual que existía ya desde hace mucho tiempo con nuestra forma de vida religiosa, que lo ha conducido a venir a vivir entre nosotros, como un hermano mayor del que tenemos mucho que esperar. Estoy contento de que tengáis la posibilidad, un día u otro, de encontrar a quien ha estado asociado más de lo que tal vez pensáis a la fundación espiritual de la Fraternidad»[10]. A comienzos de 1947 aparece el primer libro del padre Voillaume: Les Fraternités du père De Foucauld. Mission et esprit, donde sintetiza el estudio que realizó, entre 1944 y 1945, en torno a la misión del padre De Foucauld y sus Fraternidades.
Por los caminos del mundo
En mayo de 1946 se funda en Aix-en-Provence la primera fraternidad obrera. Voillaume formará parte del grupo, trabajando de pintor, si bien las responsabilidades como prior no le permitieron permanecer demasiado tiempo en esto. A partir de aquí se abre un período particularmente fecundo para la Fraternidad. En tanto se iba consolidando y confirmando en su nueva orientación, la abundancia de vocaciones y la consecuente multiplicación y dispersión de las Fraternidades caracterizaron los años siguientes. Así, a finales de 1946, doce hermanos habían hecho la profesión perpetua, otros tantos entraron al noviciado, y cinco pronunciaban sus primeros votos. A comienzos de 1951, el número de profesos se había triplicado y estaban distribuidos en dieciséis Fraternidades. Es durante esos mismos años cuando el padre Voillaume escribirá las cartas y conferencias que en 1949 serán policopiadas y al año siguiente (1950) publicadas bajo el título En el corazón de las masas. En estos escritos del prior de los Hermanos de Jesús se encuentra la base de la espiritualidad futura de las Fraternidades. El libro conocerá más de una docena de traducciones y numerosas reediciones, manifestando así que su interés superaba ampliamente los límites de las Fraternidades. Por esta misma época aparecen las nuevas Constituciones de los Hermanos de Jesús (1951), donde se expresa su nueva fisonomía: «Los Hermanos de Jesús imitan, ante todo, la vida laboriosa de Jesús obrero en Nazaret, llevando a cabo en la pobreza una vida de trabajo, en contacto íntimo con los hombres, mezclados con ellos como la levadura en la masa, a fin de contribuir por el testimonio de sus vidas más que por sus palabras, a hacer conocer y amar a Jesús, Hijo de Dios, y a establecer entre los hombres, por encima de todas las divisiones de clases, razas y naciones, la unidad fraternal del amor del Salvador» (art. 3).
Las Fraternidades crecen y se afianzan gracias a la afluencia de vocaciones. En mayo de 1959 ya son cincuenta. Igualmente significativo resulta el hecho de su implantación en medios muy variados. Ante tal multiplicación de las Fraternidades, Voillaume se ve obligado a viajar constantemente y por todos los continentes, utilizando con frecuencia la vía epistolar para seguir en contacto con los Hermanos. Como fruto de este período aparecerán sus Cartas a las Fraternidades. El primer volumen, Testigos silenciosos de la amistad divina, recogerá escritos dados a luz entre 1954 y 1959. El segundo, A causa de Jesús y del Evangelio, abarca otros, surgidos entre 1949 y 1960. El tercero, Por los caminos del mundo, recopila cartas escritas entre 1959 y 1964. Si bien durante estos años serán publicados numerosos artículos suyos en medios diversos, lo contenido en estas cartas viene a continuar y a completar, desde el contacto con la experiencia de las Fraternidades, lo que Voillaume ya expuso en En el corazón de las masas.
Surgirán también, en aquel tiempo, la Fraternidad Jesus-Caritas (Instituto Secular Femenino) y la Fraternidad Sacerdotal Jesus-Caritas, desarrollándose, asimismo, la Fraternidad Secular Carlos de Foucauld. La palabra del padre Voillaume es requerida por unos y otros, así como por las Hermanitas de Jesús. Esto ha hecho que la transmisión del mensaje del padre Foucauld por parte de René Voillaume trascienda progresivamente las fronteras de su Congregación. Por otra parte, en 1956, permaneciendo Voillaume como prior de los Hermanos de Jesús, fundó los Hermanitos del Evangelio. Estos, en el mismo espíritu de contemplación, pobreza y humilde caridad fraterna propio de Carlos de Foucauld, tendrán por misión la evangelización de los ambientes pobres y más alejados de Dios, a través del testimonio, la palabra y la creación de nuevas comunidades cristianas. Razones análogas llevarán a Voillaume a fundar, en 1963, las Hermanitas del Evangelio. En 1965 el P. Voillaume dimitirá como prior de los Hermanitos de Jesús, cargo que ejercía desde la fundación en 1933, para poder dedicarse con mayor libertad a las Congregaciones más jóvenes. La Fraternidad de los Hermanos de Jesús fue elevada, en 1968, a Congregación de derecho pontificio.
En el corazón de las masas
1. En el corazón de las masas es el libro que dio a conocer a René Voillaume como autor espiritual y como fundador[11]. También es el libro que ha centrado y dominado el primer período que distinguimos de la obra literaria de René Voillaume, aquella que corresponde a esta refundación de la Fraternidad de los hermanitos de Jesús tras la II Guerra mundial, y que se extiende hasta el Vaticano II incluido.
2. Au coeur de masses tiene una génesis. El libro aparece primero en Aix en Provence, en julio de 1949, bajo la forma de fascículos fotocopiados. El conjunto es titulado: La espiritualidad de las Fraternidades del P. Foucauld. Esta publicación responde a necesidades internas apremiantes: hay que explicar la nueva orientación de la Fraternidad; ella atrae la atención en los medios católicos franceses porque está en consonancia con la renovación apostólica-misionera entonces activa. Al mismo tiempo, hay que iniciar la formación religiosa de los recién llegados, cada vez más numerosos. Esta edición artesanal tiene por título Recopilación de conferencias y textos diversos. Estos textos son leídos por los cercanos a René Voillaume; y estiman, como le escribe Mons. de Provenchères, el 7 de agosto de 1948, que «su lectura sería beneficiosa, incluso para otros además de los hermanos».
3. En el corazón de las masas saldrá de la imprenta el 30 de diciembre de 1950, con un título propuesto por Michel Carrouges. El texto es el de la edición policopiada, revisada y aumentada con dos mensajes importantes del prior a sus hermanos. El libro aparece en las Ediciones du Cerf, en la colección «Rencontres», las cuales no admitían ni tratados de teología ni escritos de espiritualidad, sino testimonios de renovación a la obra en la Iglesia de Francia, con títulos «significativos»: ¿Francia país de misión?, ¿resurgimiento o declive del clero francés?, etc. El libro es bien acogido por los lectores, puesto que desde el final del año 1951 se prevé un suplemento que será publicado bajo el título: Que ellos sean uno. Y en abril de 1952 aparece la segunda edición: será En el corazón de las masas en su forma definitiva, la más conocida, por no decir la única conocida. Aligerada del lado de las meditaciones, el texto se ha enriquecido con dos grandes cartas del prior a sus hermanos: una, sobre la obediencia religiosa, que desencadenará una controversia entre los teólogos; la otra, sobre «la oración de los pobres»: esta carta remplaza el texto sobre «la vida contemplativa de las Fraternidades», cosa que sentirá René Voillaume porque «trata del mismo tema pero bajo otro punto de vista. Hubiese sido preferible unir los textos». Constituido de esta manera, el libro tendrá una bella carrera: 50 mil en 1955, 115 mil en la colección «Foi Vivante», el volumen 100 mil (nº 100-101) en 1969. Sin hablar de las traducciones: la primera, italiana, en 1953, con un prefacio de Mons. Montini, futuro papa Pablo VI, que no será publicado porque en esa época no convenía; la quinceava y la última en chino, en Taiwán, en 1985; hay que hacer notar las dos traducciones «clandestinas» en 1969, en húngaro y checo.
Sin este marco histórico, careceríamos de la referencia existencial desde la que René Voillaume escribió estas cartas a los hermanos, recogidas en el libro En el corazón de las masas que ahora presentamos, gracias al esfuerzo de la editorial San Pablo por recoger todo el patrimonio espiritual de la Iglesia, donde encontraremos enseñanzas relativas a la vida contemplativa y al testimonio cristiano que nos serán útiles para ser levadura del Reino.
José Luis Vázquez Borau
Barcelona, 1 de enero de 2011
Prólogo a la segunda edición francesa
Esta nueva edición no escapará al defecto de la primera: el de no ofrecer al lector un libro suficientemente compuesto; mi única excusa es la imposibilidad material de encontrar tiempo para el trabajo de última mano que sería necesario.
La causa está en el rápido desarrollo de las Fraternidades, que también acarreó modificaciones bastante notables en la presente edición. Respondiendo al deseo de un gran número de lectores, hemos aligerado el volumen de toda la última parte, que, en resumen, no hacía más que repetir, bajo la forma de meditaciones, ideas expresadas en otros lugares de la obra, lo que nos ha permitido insertar tres capítulos nuevos acerca de la obediencia, de la oración y de la unidad del amor.
En efecto, desde la fecha de la primera edición, la vida de las Fraternidades me llevó a profundizar esos aspectos esenciales de la vocación de los Hermanitos del Padre De Foucauld. Soy, por tanto, perfectamente consciente de las lagunas, de las negligencias de composición, de las prolijidades de este trabajo; pero estimo preferible entregarlo tal y como está a la indulgencia de los lectores, que consentirán en no buscar otra cosa que el eco fiel de una experiencia de vida.
Ghardaia, 17 de diciembre de 1951
R. V.
Prólogo a la quinta edición francesa
Esta edición es semejante a las precedentes, excepto por lo que se refiere al primer capítulo, «El padre De Foucauld y sus Hermanitos», y al Capítulo 11 de la tercera parte, «El Hermanito sacerdote», que han sido profundamente retocados con objeto de responder más exactamente a las preguntas que tan a menudo me han formulado acerca de la naturaleza del apostolado de las Fraternidades.
Esta edición lleva consigo igualmente un índice de materias. Este trabajo, realizado por un discípulo del Seminario Mayor de Arras, nos pareció debería ser útil a más de un lector. Por eso hemos pedido a su autor autorización para publicarlo en esta edición.
Los Hermanitos y las Hermanitas de Jesús continúan desarrollándose rápidamente. Siempre pienso en volver a considerar un día, a la luz de la experiencia, la doctrina espiritual contenida en este libro, a fin de presentarla de una manera más directa y más accesible a los Hermanos y Hermanas de todas las lenguas y de todas las razas, que vienen actualmente a agruparse detrás del Hermano Carlos de Jesús. Quiera Dios concederme un día tiempo suficiente para ello.
Dakar, 28 de octubre de 1953
R. V.
Prefacio
Las páginas que siguen fueron escritas en provecho de los «Hermanitos de Jesús» por su Prior; son conferencias pronunciadas a su intención, circulares dirigidas a ellos. Conservan el aspecto de conversaciones fraternales. Es lo que constituye su encanto, es también lo que las hace beneficiosas, es un testimonio de vida más bien que un libro.
Penetramos en la intimidad «Fraternidades». A través de sus hijos espirituales, es el alma misma del Padre lo que descubrimos. Desde hace cinco años he podido seguir de cerca a los Hermanos y a las Hermanitas de Jesús, lo que me ha permitido adquirir la convicción de que el mensaje del hermano Carlos de Jesús contiene una gracia especial para el mundo moderno. Por eso me alegro al ver estas conferencias entregadas al público; se dirigen a todos los que tienen sed de amor y de servir al Señor.
«Presencia frente a Dios, presencia frente a los hombres». Estas pocas palabras resumen la espiritualidad del ermitaño del Sáhara. Existe en su interior un sentido profundo de la oración, una busca apasionada de Cristo; toda su vida se reduce a una mirada puesta en su Muy Amado Hermano y Señor Jesús, a un comercio de amistad con él. Pero al mismo tiempo, porque Cristo está presente entre los hombres sus hermanos, porque los ama, porque se hizo como uno de ellos, porque quiso compartir sus sufrimientos, he aquí que este contemplativo necesita estar presente frente a sus hermanos, hacer suya su vida laboriosa, tomar sobre él su dolor. Esta presencia no tiene nada que se imponga, es una amistad que se ofrece. No excluye a nadie, es el «Hermanito universal»; es particularmente delicada hacia el más pequeño, el más pobre, el más abandonado. Dentro de este contacto con los hombres, el padre De Foucauld encuentra un alimento para su vida de unión con Dios. ¿Es que no tiene el deber de creer, de esperar, de amar por todos aquellos a los que lleva en su oración, cuya gran miseria consiste en estar privados de fe, de esperanza y de caridad?
¡De qué modo está adaptada al apóstol una espiritualidad semejante! También él debe ser fiel a esta doble presencia. Presencia frente a Dios: ¿Es que su fin supremo no es la mayor gloria de Dios, y es que puede dar fruto sin estar unido a Cristo Jesús? Presencia frente a los hombres a quienes es enviado y que le esperan; presencia de amistad, ofrecida a todos (¡necesitan tanto las almas esta forma de amor!), pero presencia fundada en una caridad sobrenatural, en una comunión con el amor mismo del Corazón de Jesús. La vocación del padre De Foucauld es imitar a Cristo en el misterio de su vida escondida; la del apóstol es imitarle en el misterio de su vida pública. El amor del Señor es lo que impulsa al uno y al otro, y la espiritualidad del hermano Carlos es de tal suerte sencilla, se reduce de tal modo a lo esencial, que conviene tanto al uno como al otro. Lejos de apartar al apóstol de su acción, le compromete por entero; al mismo tiempo le preserva de cualquier desviación. Como el contemplativo, el apóstol tiene necesidad de comprender la primacía de la oración, de saber lo que es ser «redentor con Jesús»; ¡es tan grande el peligro que existe en nuestra época de no creer en el valor de la oración silenciosa y de la inmolación redentora! Como el contemplativo, el apóstol tiene necesidad de conocer las condiciones de una vida de unión con Dios: lealtad perfecta, completa desapropiación, renuncia total, etc.
En efecto, otro de los aspectos de la espiritualidad del padre De Foucauld es esa lealtad en aceptar el Evangelio, todo el Evangelio, hacerle pasar por entero dentro de su vida. Hay en esto, para el padre De Foucauld, una exigencia de caridad: «La medida de la imitación es la del amor». Ya sabemos cómo abrazó la pobreza de su Maestro: «Mi Señor Jesús, qué pronto será pobre aquel que, amándoos con todo su corazón, no podrá resistir ser más rico que su muy Amado». Deseará del mismo modo compartir su trabajo, sus humillaciones, su Pasión. Ahora bien, ¿es que no es una necesidad de nuestros contemporáneos esta lealtad, este absoluto en la entrega de sí mismo? Presienten que, por lo que se refiere a Dios, si hay que dar algo, hay que darlo todo.
¡Ojalá pudieran leer este libro muchos sacerdotes, muchas religiosas, muchos militantes seglares! Para un buen número será tal vez el instrumento del que Dios dignará servirse a fin de hacer oír su llamada al Amor. Ya lo dije: el mensaje del hermano Carlos de Jesús es una gracia especial para el mundo moderno.
+ Carlos
Arzobispo de Aix, Arlés y Embrún
Primera parte
La vocación del Hermanito de Jesús
Preámbulo
Jesús te estableció para siempre dentro de la vida de Nazaret: las vidas de misión y de soledad no son para ti como para él sino excepciones; practícalas cada vez que su voluntad lo indique claramente: desde el instante en que no esté ya indicado, vuelve a entrar en la vida de Nazaret (...)[12].
Toma –ya sea estando solo, ya estando con algunos hermanos– (...) como objetivo la vida de Nazaret, en todo y por todo, dentro de su sencillez y de su amplitud, (...) nada de hábito –como Jesús en Nazaret–, nada de clausura –como Jesús en Nazaret–, nada de domicilio lejos de todo lugar habitado, sino cerca de una aldea –como Jesús en Nazaret–, no menos de ocho horas de trabajo al día (manual o de otra clase, manual en lo que cabe) –como Jesús en Nazaret—, ni grandes extensiones de terreno, ni habitaciones grandes, ni grandes gastos, ni siquiera limosnas dadivosas, sino extrema pobreza en todo –como Jesús en Nazaret–. En una palabra, en todo: Jesús en Nazaret (...).
No intentes organizar, prepara el establecimiento de los Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús: solo, vive como si tuvieras que estar siempre solo; si sois dos, tres, algunos más, vive como si no debierais jamás ser más numerosos. Ora como Jesús, tanto como Jesús, reservando como él un puesto muy grande a la oración...; como él también, deja un gran lugar al trabajo manual, el cual no es un tiempo robado a la oración, sino entregado a la oración. Reza fielmente cada día el Breviario y el Rosario. Ama a Jesús con todo tu corazón... y a tu prójimo como a ti mismo, por amor a él. La vida de Nazaret puede llevarse en todas partes: llévala en el sitio más útil para el prójimo.
1 El padre De Foucauld y sus Hermanitos
14 de enero de 1905; «Jesús quiere que trabaje en la fundación de esta doble familia... suplicando, inmolándome, muriendo, santificándome, en fin, amándole...».
Hace más de treinta años que el Padre cayó solo, traicionado por los suyos,a la puerta de su ermita del Hóggar. Su doble familia, Hermanitos y Hermanitas, cuenta ya con más de 600 religiosos y religiosas. No sin emoción, sus hijos y sus hijas leen hoy de nuevo estas líneas, que son como el acta de nacimiento de sus Fraternidades. Sin duda ya no estaba él allí para recibir, cuando llegaron, a sus primeros discípulos, para indicarles el camino, agruparlos a su alrededor y presentarlos a la Iglesia. Pero, ¿qué fundador hundió en la tierra más profundamente que él la semilla de futuras fecundidades? En la raíz de las Fraternidades, como inculcándoles para siempre lo que deberá ser la savia misma de su vida, se encuentra enterrado un tesoro de renunciamiento, de silencioso anonadamiento y de anulación completa. Para fundar parece como si el padre De Foucauld hubiera tenido que consentir en el fracaso definitivo de sus fundaciones, y renunciar a todo éxito aparente del menor de sus proyectos: y, sin embargo, estamos seguros de que el padre De Foucauld engendró sus fundaciones futuras en esa transparencia extrema de su amor y en la inmolación –heroica para una naturaleza como la suya– de su sueño más legítimo, el de tener Hermanitos que continuaran amando a Jesús como él le había amado. «Jesús quiere que trabaje en la fundación de esta doble familia... suplicando, inmolándome, muriendo, santificándome, en fin, amándole...».
El Apóstol del desierto es ahora cada vez mejor conocido y su irradiación va ganando progresivamente los medios y los países más diversos. Pero el esplendor naciente de esta gloria póstuma no debe hacernos olvidar cuál fue durante su vida y después de su muerte el balance de sus éxitos apostólicos: este sólo podría registrar, al menos para los ojos humanos, un completo fracaso y no puedo dejar de oír todavía el acento de protesta escandalizada de un periodista con el cual evocaba el destino del ermitaño del Hóggar: «Qué fracaso su vida...; los tuaregs, en el fondo, jamás le comprendieron. No eran dignos de él. Entonces, ¿para qué ha servido su vida? ¿Y qué huellas dejó en el desierto? ¡Cuánta riqueza moral desperdiciada en pura pérdida!...». Y esto es cierto para todo el que pretenda medir la fecundidad de su vida por su eficacia inmediata. Algunos años después de su muerte, ¿qué quedaba, en efecto, como resultado de su acción en el desierto? Nada, o casi nada. Sus ermitas abandonadas, una escuela coránica establecida en la capilla misma de Beni-Abbés, mientras sus familiares íntimos, testigos de su santidad heroica, iban cayendo en la decadencia o en una oscura mediocridad moral...
Ningún discípulo del padre De Foucauld deberá olvidar jamás esta austera y ruda lección: renuncia a todo éxito comprobado, la inutilidad aparente de una vida, el fracaso, deseado, para imitar al Salvador de los hombres, traicionado y crucificado: tal es el germen mismo del que brotaron sus Fraternidades. Estas no deberán olvidar jamás su documento de fundación y de qué substancia espiritual han sido, por decirlo así, amasadas desde el origen.
Las Fraternidades del padre De Foucauld no son únicamente el fruto de su sacrificio y de su sangre: deben continuar su misión y vivir de su espíritu. Esto es lo que nosotros quisiéramos mostrar brevemente, haciendo un paralelo concreto entre el ideal vividopor el Padre en Tamanrasset y el modo en que se esfuerzan en realizarlo sus Hermanitos en 1953.
* * *
El hermano Carlos es siempre, y ante todo, lo mismo en Hóggar que en Beni-Abbés o en Nazaret, el amante apasionado de Cristo. No se le puede comprender sin recordar esto continuamente. Desde el día de su conversión, descubrió la personalidad de Jesús y se dio a ella sin reservas; esta amistad con un Dios, con el Verbo Encarnado, tan próximo y tan lejano a la vez, tan familiar en su humanidad, tan trascendental en su Divinidad, esta intimidad continua de amor y de vida con aquel a quien llama, con una mezcla de infinito respeto y de verdadera ternura, su «Bien Amado Hermano y Señor Jesús», esta amistad es la verdadera y única razón de ser de toda su vida y no hay que buscar otras. Sus actividades exteriores, su comportamiento diario se reducirán siempre, en definitiva, a una imitación de amor. Como encerrado completamente dentro de sí mismo en la soledad de este amor, el hermano Carlos lleva esta soledad con él a todas partes, y, aun en los días más invadidos por sus amigos, los tuaregs, esta presencia le entrega, a la vez que le separa, de sus hermanos, en la secreta soledad que toda criatura unida con su Dios lleva con ella, en la medida de su unión con el único y trascendental objeto de su amor.
En Tamanrasset, así como en Beni-Abbés y en Nazaret, pasará largas horas ante Jesús-Eucaristía. En su habitación de tierra es con Él con quien vive, y con Él sostiene un continuo diálogo de amigo a amigo, diálogo que se continúa a lo largo de las noches o de las marchas por el desierto. La amistad divina arraigó en el fondo de su alma, y se hizo de tal forma fuerte y sólida, que no sentirá tanto la necesidad de encontrar como un alimento en la presencia sacramental. El hermano Carlos estará seis años sin tener permiso para guardar el Santísimo Sacramento en el Tabernáculo. Sin embargo, en cuanto hubo recibido este poder, el Santísimo Sacramento estará de nuevo sobre el modesto altar de madera, al fondo del estrecho pasillo de su choza. Una simple cortina separa su santuario de la mesa en que trabaja, de la cama de campaña en que duerme y del lugar en que recibe a sus amigos. Más tarde, cuando todo se haya consumado, cuando el Hermanito de Jesús caiga sobre la arena, no se encontrará ya la Sagrada Hostia en el Tabernáculo, sino yacente junto al cuerpo de su amigo, como si Dios hubiera querido señalar así la indisoluble amistad que unía, por encima de la muerte, a Jesús-Eucaristía y a su servidor. En este hecho no hay, sin duda, más que un símbolo, pero que expresa la realidad de lo que fue la trama de su vida.
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La amistad conduce siempre a un reparto lo más completo posible de preocupaciones y destino. Jesús es, en su mismo ser, Salvador, Mediador, Redentor: su obra por excelencia es el rescate doloroso de la Humanidad en la humillación y por la cruz. De la misma forma la obra esencial del hermano Carlos de Jesús será compartir esta labor y entrar en el «trabajo de Jesús», según su propia expresión. El padre De Foucauld realiza esta colaboración estrecha en la súplica sin fin, en la oración continua por la salud de todos los hombres, pero, sobre todo, mediante el sacrificio y la participación en los sufrimientos[13]. Nada más realista, ni más concreto que esta participación en la Redención, en su vida. Revestirá los mismos matices y elegirá los mismos medios escandalosos: la impotencia, la debilidad, el fracaso aparente, la humillación. Lo mismo que Jesús en el atardecer de la jornada del Calvario parecía, ante la mirada de los hombres, terminar su vida con un fracaso, así le sucedió al padre De Foucauld. Su principal trabajo, al que nadie, sin duda, prestó atención en Tamanrasset porque era invisible, pero el que, ante todo, contaba para Dios y para él, el que era el fruto mismo de su amistad con Jesús, era este precisamente. La redención de los hombres, de todos los hombres, de sus tuaregs[14] y de muchos otros, la fundación de las Fraternidades, las vocaciones de sus discípulos, todo esto lo quiere obtener llevado por una inmensa ambición de apóstol, en la medida misma de su amor: «Suplicando, inmolándose, muriendo, santificándose». He aquí lo que da a la vida del padre De Foucauld en Tamanrasset todo su valor, aunque quizá no lo parezca así a primera vista. Nos era preciso señalar, ante todo, esta cosa esencial que existe en todo hombre –y sobre todo en un santo–: la naturaleza de sus relaciones personales con Dios. El hermano Carlos quiere verdaderamente ser para con Jesús, orando y sufriendo, un bueno y fiel «compañero de trabajo». La sanción de esta colaboración con Dios fue la marca propia del código divino de la Redención, impreso en su vida: el fracaso elevado al papel de instrumento de vida.
El amor hacia los hombres, hacia sus tuaregs, ese amor que ardía así en el corazón del padre De Foucauld habría podido contentarse, sin duda, con expresarse de esta manera. ¡Habría sido ya una plenitud tan grande! ¡Quénecesidad tenía él de dejar su cabaña de Nazaret, y después su fraternidad de Beni-Abbés, para ir a vivir en medio de sus amigos azules, de los que se iba a convertir en servidor! ¿No habría podido trabajar en su salvación, incluso al parecer más eficazmente, desde lejos, mediante su oración y su inmolación en la soledad? Es que el hermano Carlos, al lado de esta vocación interior, recibió también de Cristo otra misión, la que vamos a tratar de comprender viéndole viviren Tamanrasset.
* * *
Desde su llegada al Hóggar, el Padre hizo construir su choza no lejos de la aldea de Tamanrasset. No sólo no rehúye a los habitantes de la región, sino que va hacia ellos, busca contactos, hace visitas, proyecta viajes para ver a las tribus que no se acercan bastante a él. Siempre está a disposición de sus vecinos y de sus visitantes. Es el amigo al que se puede encontrar a toda hora del día y de la noche. El padre De Foucauld, cuando está en su casa, está allí, en su mesa de trabajo o en oración en la capilla, y como no hay más que una habitación, nada le protege contra las molestias. Para comprender hasta qué punto se entregó el Padre y hasta qué extremo se dejó devorar literalmente, sería preciso conocer bien el temperamento de estos niños grandes que son los nómadas; no tienen ni asomo de timidez ni de embarazo; son grandes señores familiares, importunos y alegres como niños, curiosos e indiscretos como primitivos. Habían observado con atención que, cuando llamaban al Padre, acudía inmediatamente, «sin hacerles esperar», y esto lo comprobaban asombrados. Y sabemos que ya en Beni-Abbés hacía lo mismo, aunque fuera durante su acción de gracias: «Da lo mismo que empiece más temprano, me llaman siempre tres o cuatro veces durante la acción de gracias»[15]. Semejante disponibilidad nos confunde en un hombre que, por temperamento, debía estar atento a no perder tiempo y cuyo empleo preveía minuciosamente en sus menores detalles. En Tamanrasset, el hermano Carlos de Jesús es verdaderamente un hombre devorado.
Para él no se trata tan sólo de practicar la hospitalidad, prestar servicios o cuidar a un enfermo, expresiones exteriores y, sin embargo, muy reales de su amor: el don que de sí mismo hace a los tuaregs va más lejos. Busca penetrar los secretos de su idioma, sus tradiciones y costumbres, que son como el reflejo de su alma. Pasa la mayor parte de su tiempo componiendo una gramática o un diccionario «tamachec», recogiendo proverbios y poesías populares; no escatima para ello ni su tiempo ni sus visitas. Todavía hoy los habitantes del Hóggar se acuerdan de que el morabito hablaba su lengua «mejor que ellos». Muy a menudo el hermano Carlos se sentía agotado por este trabajo de lingüística, incluso se quejaba un poco, sobre todo porque le impedía dedicarse al trabajo manual, considerado por él como la forma propia de su vida de pobreza. Sin embargo, no dudaba un minuto en considerar este estudio como su primer deber. Indudablemente quería preparar los instrumentos de trabajo indispensables a los futuros misioneros, para que pudieran hablar rápidamente el idioma del país; pero su objetivo también era capacitarse a sí mismo para penetrar en el alma indígena. Quiere conocerlos porque los ama, sus «amigos tuaregs», como él los llamaba. Podríamos repetir aquí algunos hechos muy significativos, como su amistad con el Amenokal Moussa Ag Amastane, a quien gustaba tanto ir a consultarle. Incluso se han encontrado párrafos en los cuadernos del Padre, en los que estaba cuidadosamente anotado todo lo que sería menester decir a Moussa en su próxima visita. Tenemos, por tanto, una idea precisa de lo que podía ser la conversación de estos dos amigos; el Padre no dudaba en aconsejar y dirigir al Amenokal por el camino de un ejercicio más justo de sus funciones de jefe. Tampoco se puede olvidar el afecto verdaderamente paternal que dedicó al joven Ouksem, en compañía del cual hizo un viaje a Francia; le trataba realmente como a un hijo. No podemos insistir más, y si recordamos sencillamente estos hechos es porque señalan bien a las claras en qué plano se situaban las relaciones del Padre con los habitantes del Hóggar; se trata, efectivamente, de verdaderas relaciones de amistad, de una cierta igualdad establecida por el amor.
El padre de Foucauld hizo cuanto estaba a su alcance para insertarse verdaderamente en la región de Hóggar, y lo consiguió en la medida en que esto es posible. Su vocación es, por tanto, una vocación de presencia entre el pueblo, una presencia que quiere ser un testimonio del amor de Cristo. Sabemos que se consideraba llamado a «gritar el Evangelio con su vida» y que había señalado como fin a sus Fraternidades predicar en silencio, con el ejemplo de la práctica de las virtudes evangélicas. Es por esto por lo que el hermano Carlos quiere estar mezclado con la oblación y por lo que no se contenta con vivir a su lado; por su comportamiento cotidiano, su vivienda y toda su manera de vivir, quiere verdaderamente ser uno más entre ellos. Esto es en él una idea tan clara y tan neta que no duda en modificar el reglamento de sus Hermanitos en este sentido: ya no quiere Fraternidades numerosas, sino grupos pequeños, no sólo porque esto permite a los Hermanos una vida más pobre[16], sino también porque así estarán más cerca de las poblaciones: «Residir sólo, en la región, es bueno. Se actúa incluso sin hacer gran cosa, ya que uno se hace del país. Tan abordable y tan pequeño se es». Hacerse abordable y pequeño: todo un programa y se comprende hasta qué punto esto compromete una vida. Pero, ¿no hay todavía otra cosa en la vocación del hermano Carlos que esta misión de testimonio silencioso? Sin duda, parece que sí. En su regla de 1911 dice que los Hermanos podrán dedicarse a un trabajo apostólico de preparación, pero que más tarde deberán ceder el sitio a misioneros que tengan a su cargo una iglesia; indica también una razón para la instalación de grupos pequeños: «Esto es mejor para la salvación de las almas, dada la inmensa extensión de los países infieles que hay que convertir». Por otro lado, vemos cómo se preocupa el Padre por todo lo que puede ser útil a sus vecinos o contribuir a mejorar el nivel de vida de las poblaciones; enseña a las mujeres a hacer punto, distribuye agujas, concibe un proyecto para instalar religiosos o religiosas, piensa en escuelas para instruir a la gente. Todo lo que atañe a la organización misma del país tuareg le interesa: creación de pistas, llegada de los primeros automóviles, funcionamiento de la administración.
Con este espíritu de justicia y únicamente en interés del pueblo tuareg, colabora con los oficiales encargados de la administración del territorio. Sabe intervenir con fuerza para hacer respetar sus derechos y para defenderlos, tanto contra una administración demasiado lejana y mal adaptada, como contra las «razzias», bandas de salteadores que vienen a robar sus ganados.
En una palabra, se ha hecho tuareg hasta el fondo de su alma. Se ha dado totalmente a estos hombres, no sólo espiritual, sino humanamente, porque sabe que la vida cristiana está íntimamente ligada a todo el contexto humano de la vida.
Todo esto es sencillo y claro para el hermano Carlos; se ha hecho tuareg, como uno de ellos, como un humilde hermano que no se cree superior, sino que se convierte en amigo, y, sin salir de esta situación, hará todo lo posible para dar a conocer el Evangelio a estos musulmanes.
Pero en medio de todo esto, ¿qué sucede con su proyecto de fundación? ¿Expresó, en la redacción de una regla, como lo había hecho anteriormente con los dos primeros elementos de su vocación, esta nueva forma de ser apóstol? Ya que, seguramente, hay algo nuevoen su formade predicar el Evangelio, con toda su vida. El hermano Carlos de Jesús está siempre convencido de que su misión es trabajar en la fundación de una doble familia de Hermanitos y Hermanitas, pero ahora sabe que en vida suya no vendrán sus discípulos. Jesús quiere que trabaje en la constitución de esta doble familia, suplicando, inmolándome, muriendo, santificándome, en fin, amándole.
Tenía el presentimiento de su muerte próxima. Desde hacía mucho tiempo tenía la sensación íntima del género de muerte que le esperaba, y es lo que había deseado. Había escrito: «Piensa que debes morir mártir, despojado de todo, tirado por tierra, desnudo, desfigurado, cubierto de sangre y de heridas, violenta y dolorosamente asesinado».
Dios incluso le pide el sacrificio de su único y humilde deseo, el tener por lo menos un compañero que continúe la obra comenzada. Dios se lo rehúsa, como para obligarle, en un último acto de fe, a engendrar a sus hijos y a sus hijas creyendo en su venida contra toda apariencia humana; como Abrahán obedeciendo la orden de Dios cuando le pidió el sacrificio del hijo de la Promesa. Carlos de Foucauld fue asesinado el 1 de diciembre del año 1916 por una «banda» de sinusitas llegados del sur de Tripolitania. Traicionado por uno de sus vecinos, sin pronunciar palabra se dejó atar las manos a la espalda, de rodillas ante la puerta de su casa. Algunos instantes después un joven tuareg le mató de un balazo en la cabeza.
Si el grano de trigo, al caer en tierra, no muere, no dará fruto.
* * *
Sin embargo, el hermano Carlos no dejó, antes de morir, un documento definitivo acerca de lo que debía ser la vida apostólica de sus Hermanos. La experiencia le había enseñado que es difícil escribir una regla antes de haberla vivido entre varios. Por esta razón sus dos primeros proyectos de regla resultan incompletos e inutilizables[17]. No obstante, en las notas de los últimos años de su vida encontramos directivas que nos han servido para precisar su pensamiento postrero.
Vuelve a su primera idea de grupos pequeños, no sólo porque esto permite ser más pobre, sino también –y esto es el fruto de su experiencia de los últimos años– porque permite estar más cerca de los hombres, más mezclado entre ellos, multiplicándose a la par por los puntos de contacto.
Renuncia, pues, a la idea de una adoración perpetua obligatoria para todas las Fraternidades, conservando, sin embargo, la adoración del Santísimo Sacramento como el acto central de la jornada de cada Hermanito.
Por lo que se refiere al apostolado, mantiene firmemente que sus Hermanos no deben llevar la carga de ningún ministerio propiamente dicho, como el de párroco, vicario, jefe de misión, ni de ninguna obra piadosa propiamente dicha, pero deberán hacer todo lo posible para ayudar a la evangelización de las poblaciones. Habla de un comienzo de ministerio en ciertos ambientes. Dice también en otra parte que el trabajo apostólico podrá, en ciertos casos, reemplazar al trabajo manual. Lo que para él es importante es que los Hermanitos permanezcan fieles a su vocación de Nazaret, ya que es la forma de apostolado que les es propia.
El hermano Carlos de Jesús vivió, él mismo, plenamente, esta vocación. Sin embargo, no llegó a ella sino progresivamente, considerándola, incluso, como una etapa provisional, tan extraño le parecía tener que abandonar las perspectivas de una vida solitaria y enclaustrada. A este respecto, hemos reproducido, al principio de este volumen, un texto particularmente significativo, extraído de un diario del hermano Carlos de Jesús. He aquí su contenido íntegro:
