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Dario Edoardo Viganò

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Gracias a su gran capacidad para relacionarse, a menudo el papa Francisco abandona el marco rígido de los textos escritos para comunicarse de una forma del todo distinta: improvisando y haciendo un uso frecuente del apólogo, la metáfora y la anécdota, como una suerte de anclaje en la vida cotidiana. Pero esto no es casual. Si la comunicación de Francisco logra llegar a todos es gracias a su notable conciencia y refinamiento en la gestión de los códigos lingüísticos y culturales. ¿Cómo lo consigue? ¿A través de qué construcciones simbólicas vehicula su comunicación? Dario Viganò se sirve de los diversos aspectos de la "representación pública" del pontificado de Francisco —desde el saludo de la logia central de San Pedro hasta los viajes apostólicos, desde las homilías hasta las encíclicas— y explora los caminos que recorre el mensaje del Papa, abierto a todos, en salida.

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Seitenzahl: 239

Veröffentlichungsjahr: 2017

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DARIO EDOARDO VIGANÒ

EN SALIDA

El papa Francisco y la comunicación

Traducción de:Bernardo Moreno Carrillo

Herder

Título original: Fratelli e sorelle, buonasera. Papa Francesco e la comunicazione

Traducción de: Bernardo Moreno Carrillo

Diseño de portada: Gabriel Nunes

Edición digital: José Toribio Barba

© 2016, Carocci Editore, Roma

© 2017, Herder Editorial, S. L., Barcelona

ISBN DIGITAL: 978-84-254-3956-8

1.ª edición digital, 2017

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).

Herder

www.herdereditorial.com

ÍNDICE

Introducción: comunicar la verdad

1. Francisco, un hombre sin ceremonial

2. Lenguaje y comunicación

3. De las encíclicas a los viajes

Conclusión. La revolución de la misericordia

Índice onomástico

INTRODUCCIÓN. COMUNICAR LA VERDAD

El papa Francisco ha dado un vuelco al estilo de comunicación del papado. Busca la inmediatez, la espontaneidad, la sinceridad, la convicción. Su comunicación es global. El papa Francisco habla a todos. No muestra preferencias, pues todos tienen necesidad de su palabra, una palabra que se transforma en mensaje. En el acto la comunicación, al papa Francisco no le gustan los intermediarios. Él mismo se vuelve comunicación con sus gestos, su espontaneidad, su inmediatez. El suyo es un mensaje universal dirigido sobre todo a las «periferias existenciales» del mundo. Sus viajes, ya nacionales ya internacionales —Lampedusa, Río de Janeiro, Cagliari, Asís—, testimonian esta fuerza comunicativa, que se nos antoja más extraordinaria que ordinaria. Por eso nos honra premiarlo aquí en nombre de todos aquellos que creen en una comunicación que se torna diálogo, coloquio, justicia, anuncio de fraternidad.1

Con estas palabras, pronunciadas el 13 de diciembre de 2013, Gino Falleri y Carlo Felice Corsetti, promotores del Premio Periodístico Internacional «Argil: hombre europeo», mostraron su reconocimiento especial al papa Francisco, al que definen también como «una personalidad de relieve mundial, un gran Comunicador Global». Pero no es esta la única mención especial; unos días antes, la revista Time había dedicado su portada al nuevo pontífice de la Iglesia católica, al que consideraba «hombre del año 2013»: «Ha tomado el nombre de un santo humilde, ha lanzado un llamamiento a favor de una Iglesia de la reconciliación. Primer papa no europeo desde hace mil doscientos años que va a transformar el Vaticano»,2 leíamos en el semanario estadounidense. Y en el editorial, su directora, Nancy Gibbs, sintetizaba de este modo la actuación del santo padre: «En menos de un año, el papa Bergoglio ha hecho algo que me parece muy notable: ha cambiado no solo las palabras sino también la música».3

Pero todavía estaban por llegar los emocionantes momentos de los viajes apostólicos a Tierra Santa y a Turquía (mayo y noviembre de 2014), así como a Sarajevo, Sudamérica, Cuba y Estados Unidos (junio, julio y septiembre de 2015), a África para la apertura de la Puerta Santa (noviembre de 2015) y a México (febrero de 2016), con una escala en Cuba para el encuentro histórico con el patriarca moscovita Kirill, más otros muchos episodios públicos que tendrían a Jorge Mario Bergoglio como protagonista de un intenso diálogo con el mundo. Con todo, solo nueve meses después de su elección, estos dos reconocimientos confirmaron el entusiasmo que ya suscitaba su figura en el mundo de los medios de comunicación, tanto entre los creyentes como entre los no creyentes.

Sin duda, Bergoglio ha sido percibido como un Papa capaz de revolucionar en profundidad el estilo comunicativo de la Iglesia desde su primera aparición en público, el atardecer del 13 de marzo de 2013. Antes aún de que se asomara a la logia de la plaza de San Pedro, bastó con que el cardenal protodiácono Jean-Louis Tauran hiciera el anuncio de la elección para que los comentaristas televisivos de todo el mundo empezaran a preguntarse por las motivaciones subyacentes a la confirmación del nombre, que por primera vez en la historia era el del santo de Asís, protector de los pobres y amigo de los olvidados, un nombre que sugiere humildad de inmediato pero también, en cierto sentido, una fuerza de ánimo revolucionaria, así como una voluntad decidida de intentar cambiar las cosas.

Asimismo, en los numerosos artículos y comunicados de prensa que durante días llenarían los periódicos y los noticiarios se desgranarían los demás factores indicadores de este cambio. En las valoraciones de índole «política» se subrayaba que se trataba del primer pontífice proveniente del continente sudamericano, no ya solo extraeuropeo, y que el nombre de este obispo bonaerense, muy conocido en Argentina pero desconocido en otras partes, no había sido contemplado entre los más papables, es decir, entre las numerosas «apuestas» y «cábalas» difundidas por los entendidos tras la apertura del cónclave.

También nos detendremos por extenso en aspectos más simbólicos como, por ejemplo, la preferencia del nuevo pontífice por los paramentos litúrgicos sencillos y sobrios, lo que se puede interpretar como un distanciamiento con respecto a otras formas de corte «imperial». No obstante, con el paso de los meses y los años resulta cada vez más evidente que la del papa Francisco es una revolución comunicativa, pues busca un renovado diálogo con el mundo (véase, por ejemplo, la constitución pastoral Gaudium et spes) y aborda de una manera directa cuestiones centrales de la sociedad.

En estos primeros años de pontificado, hemos tenido sobradas ocasiones para conocer mejor a Bergoglio y ver en acción su especial capacidad relacional; hemos descubierto, en suma, que su especial don para mostrarse próximo al otro, para acortar las distancias, es, sin duda, la razón por la que cada una de sus palabras y de sus gestos nos resultan tan comprensibles y accesibles a todos, creyentes y no creyentes. En la práctica de sus discursos, el papa Francisco no prevé el papel del oponente, como diría el semiólogo Algirdas Julien Greimas.4

Su estilo comunicativo, que de acuerdo con el espíritu del Evangelio se sustrae a las catalogaciones fáciles, suele resultar difícil de encasillar en el panorama mediático contemporáneo. Un buen ejemplo a este respecto lo tenemos en las palabras mismas de Bergoglio, cuando nos habla de la comunicación en términos poco corrientes:

Entonces, ¿cómo se puede poner la comunicación al servicio de una auténtica cultura del encuentro? Para nosotros, discípulos del Señor, ¿qué significa encontrar a una persona según el Evangelio? ¿Es posible, aun a pesar de nuestros límites y pecados, estar verdaderamente cerca los unos de los otros? Estas preguntas se resumen en la que un escriba, es decir un comunicador, le dirigió un día a Jesús: «¿Quién es mi prójimo?» (Lc 10,29). Esta pregunta nos ayuda a entender la comunicación en términos de proximidad. Podríamos traducirla así: «¿cómo se manifiesta la “proximidad” en el uso de los medios de comunicación y en el nuevo ambiente creado por la tecnología digital?». Yo descubro una respuesta en la parábola del buen samaritano, que es también una parábola del comunicador. En efecto, quien comunica se hace prójimo, cercano. El buen samaritano no solo se acerca, sino que se hace cargo del hombre medio muerto que encuentra al borde del camino. Jesús invierte la perspectiva: no se trata de reconocer al otro como mi semejante, sino de ser capaz de hacerme semejante al otro. Comunicar significa, por tanto, tomar conciencia de que somos humanos, hijos de Dios. Me gusta definir este poder de la comunicación como «proximidad».5

Comunicación, pues, no como manipulación —insiste el Papa—, sino como comprensión y abrazo al otro, para poder superar los escollos de la diversidad y los bajíos de la exclusión. Un mensaje que, por revolucionario que pueda parecer, nos llega directamente del Evangelio y de la predicación de Jesús. Y no es casual que la figura a la que Bergoglio hace referencia para ilustrar la dimensión ideal del comunicador sea la del buen samaritano, protagonista de una parábola evangélica convertida en proverbial por su connotación principal: la generosidad. Como veremos, la forma de comunicación que el papa Francisco propugna y practica sin cesar es justo la palabra que salva, la palabra dialógica que «ve» al otro y va a su encuentro, la palabra que encarna el don Supremo de la misericordia. Una palabra, en fin, «católica» de verdad, que no deja detrás, ni fuera, a ningún interlocutor.

Con estos presupuestos de acción comunicativa, Francisco se ha convertido con rapidez en uno de los papas más amados, escuchados y citados, tanto por los creyentes como por los no creyentes. Sin embargo, cometeríamos un error si consideráramos los contenidos que él tan bien sabe vehicular como el resultado de una estrategia comunicativa «fácil», no meditada o banal. Antes al contrario, la comunicación de este pontífice llega a todos precisamente porque, gracias a su gran conciencia y refinamiento en la gestión de los códigos lingüísticos y culturales, consigue aproximarse a ese imposible «grado cero» teorizado por el semiólogo Roland Barthes, quien aseguraba que, si «el grado cero» de la escritura se halla privado de sus defectos, resulta una mitología del lenguaje literario.6 Resulta imposible, según Barthes, imaginar una escritura (entendida como manifestación del lenguaje en la sociedad) no comprometida con lo que él llama «el poder», y que nosotros podríamos entender como la cultura dominante lastrada por sus recorridos de exclusión. Imposible, pero la comunicación del papa Francisco se aproxima con exactitud a este «grado cero» que no está impuesto por nadie y que resulta comprensible para todos.

En las páginas que siguen intentaremos comprender las construcciones simbólicas a través de las cuales fluye su comunicación, para lo que analizaremos diversos aspectos de la «representación pública» de su pontificado, desde el saludo inicial a los congregados en una plaza de San Pedro abarrotada hasta los viajes apostólicos, y desde las homilías hasta las encíclicas, para, en un cuadro o marco más amplio y desde una perspectiva más articulada, poder comprender mejor los recorridos por los que su mensaje llega hasta nosotros en los distintos niveles de lectura.

1. FRANCISCO, UN HOMBRE SIN CEREMONIAL

No estaba la llave de la bomba atómica [en mi bolsa]. La llevaba porque siempre lo he hecho así: cuando viajo, la llevo. Y dentro, pues tengo la maquinilla de afeitar, el breviario, la agenda, un libro para leer… Me he traído uno sobre santa Teresita, de la que soy muy devoto. Siempre he llevado una cartera cuando viajo, es normal. Tenemos que ser normales. No sé, me resulta un poco extraño lo que usted me dice, que haya dado la vuelta al mundo esa foto. Hemos de habituarnos a ser normales. La normalidad de la vida.1

Una ceremonia transformativa

«¡Hermanos y hermanas, buenas tardes!». Todo el mundo se quedó parado y conmovido aquel 13 de marzo de 2013, ante el primer saludo del nuevo Papa desde la logia de las Bendiciones de San Pedro. No menos comunicativo fue el tono de las palabras que siguieron: «Sabéis que el deber del cónclave era dar un Obispo a Roma. Parece que mis hermanos Cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo…, pero aquí estamos. Os agradezco la acogida». Esta escena ha quedado grabada en la memoria colectiva; se trataba de las primeras frases del recién elegido, que evocan de inmediato las no menos memorables pronunciadas treinta y cinco años antes en la misma circunstancia —y también retransmitidas por la televisión en directo— por Karol Wojtyla,2 otro Papa «venido de lejos» y dotado de una gran capacidad comunicativa.3

Mencionar la retransmisión televisiva que siguió en directo los dos acontecimientos no es un detalle baladí, pues en la época de la elección de Juan Pablo II y, para grandes sectores de la población mundial, también en la de Francisco, la televisión constituiría el medio privilegiado para ofrecer en vivo y en directo lo que sucedía en la plaza de San Pedro; sería, en fin, el medio que transformaría lo acaecido en evento y, por consiguiente, en comunicación.

Tras su saludo a la multitud congregada, el nuevo pontífice prosiguió su primer y breve discurso público rezando por su predecesor, el papa emérito Benedicto XVI, y augurando para todos un camino común de fraternidad. Pero antes de impartir la habitual bendición, realizó un gesto que sorprendería a todos los fieles, tanto a los congregados en la plaza como a los que se hallaban pegados a la pantalla, y que pilló por sorpresa asimismo a los operadores de la comunicación. Extendiendo los brazos, se dirigió a la festiva muchedumbre con estas palabras: «Os pido un favor: antes de que el Obispo bendiga al pueblo, os pido que vosotros recéis para que el Señor me bendiga la oración del pueblo, pidiendo la Bendición para su Obispo. Hagamos en silencio esta oración de vosotros por mí».

Ante estas palabras, la ruidosa plaza se quedó en silencio y se recogió en oración junto con el pontífice, el cual juntó las manos e inclinó la cabeza. Durante los veinte segundos interminables que siguieron, las pantallas de todo el mundo no pudieron hacer otra cosa que retransmitir el potentísimo espectáculo de una muchedumbre inmóvil, de una marea humana que contenía la respiración, sumida en un silencio grávido y vibrante de emoción. Un silencio por completo antitelevisivo, pero con seguridad el momento más importante de todo el discurso inicial, como destacaría Aldo Grasso en el Corriere della Sera:

Digamos enseguida que el gesto más espiritual, inesperado y en muchos aspectos más desconcertante es el momento del recogimiento, esos largos instantes de silencio en los que el nuevo Papa pide a los fieles de la plaza su intercesión para una bendición celestial: «Os pido que recéis para que Dios bendiga a vuestro obispo». El silencio vale más que todas las palabras juntas: un pontificado que arranca con un silencio tan intenso y clamoroso (en ausencia de clamor) no puede menos que preanunciar algo innovador. Son unos días en los que las imágenes se cargan de una valencia simbólica fuera de lo común […]. Las primeras palabras serán repetidas infinitas veces: «Parece que mis hermanos Cardenales han ido a elegir al Papa casi al fin del mundo… Pero aquí estamos». Veinte minutos después, el anuncio del nuevo Pontífice es tuiteado en la cuenta @Pontifex, que se había suspendido desde el día de la renuncia de Benedicto XVI: «Habemus papam Franciscum».4

Estamos, pues, ante una ceremonia «transformativa», es decir, ante un hito, ante una

fase liminar de la ceremonia misma —el momento de la suspensión del tiempo social ordinario— que interrumpe el curso ordinario de la historia. Invita a la sociedad a considerar unos recorridos alternativos y, de este modo, hacer nuevas experiencias de la confusión, de la tensión y de la emoción de su origen. Nacen nuevos proyectos, a la luz de los cuales el pasado es reinventado y la memoria colectiva reorganizada.5

Creo que, desde el principio del ministerio de Bergoglio, cada uno de nosotros ha tenido la clara sensación de que este Papa se nos propone como un misionero de la Iglesia que se halla dispuesto a llegar hasta los confines de la tierra para dar testimonio de Jesucristo y llevar a todos los hombres el evangelio de la misericordia. Las palabras de su corazón animan a los jóvenes y adultos, a los creyentes y no creyentes, que quieren encontrarlo al menos una vez. La fuerza del papa Francisco radica en la emoción que nace del encuentro con el hombre. Un encuentro siempre y en todo momento fraterno, convencido como está de que la cultura de la solidaridad y la proximidad discurre desde las relaciones individuales hasta la familia humana en su totalidad —entendida como sujeto unitario de derechos y obligaciones—, y también hasta el medio ambiente, mediante la asunción de una responsabilidad como ciudadanía global, que debe prolongarse en el tiempo para abrazar a las generaciones futuras. Con el apoyo de una encíclica, Laudato si’ («Alabado seas, mi Señor»), no ceja en su batalla fundamental —por lo demás, del todo compartida por personas culturalmente alejadas de él— en defensa del futuro del planeta.

Volviendo a su intuición comunicativa, vemos que, en la apertura dialógica de esas «buenas tardes» que marca ya una intención precisa de comunicación «en los dos sentidos», inmediata y dirigida a la escucha, el papa Francisco construye también una emocionante experiencia en la que se reafirma el sentido de comunidad —el sentido de compartir— de la Iglesia y de todo el mundo.

El discurso del hombre que pronto será definido como «el Papa de la gente», parece responder, desde el primer momento en que se encuentra con el mundo, a la necesidad de proximidad y sencillez; necesidad de la que es bien consciente una Iglesia puesta a prueba por un contexto histórico difícil y por demasiados escándalos. Con un planteamiento semejante, además, Francisco desvela ya muchas cosas tanto de su personalidad como de su manera de comunicar: estilo sobrio, humildad, propensión al diálogo y a la relación directa, lo cual se traducirá, a partir de las sucesivas salidas públicas, en la necesidad física del abrazo.6 Más adelante, según se desenvuelva su pontificado, conoceremos asimismo sus tonos decididos, su firme asertividad; pero este día al atardecer, durante los escasos minutos pasados en la logia de las Bendiciones de San Pedro, podremos captar ya algunos rasgos de la personalidad de Francisco, que seguirán inalterados en lo sucesivo, también en el imaginario colectivo: la accesibilidad, el pragmatismo, la franqueza, un sentido especial de la familiaridad…, en una palabra, la humanidad.

Un acontecimiento de alcance histórico como es una elección papal no puede por menos que cambiar el mundo, y su representación televisiva, que además lo transforma en un acontecimiento mediático, se encuentra a su vez destinada a producir cambios no solo en la opinión pública, sino también en el comportamiento de las personas, en las geografías sociales y, a largo plazo, en las agendas y orientaciones de las instituciones políticas. Podemos decir, pues, que desde esa tarde el mundo ha cambiado, y que lo ha hecho (también) a través de las palabras y de las imágenes. «En el transcurso de la celebración se produce una transformación en los espectadores, que pasan del “indicativo” al “subjuntivo”. La sociedad “tal y como es” se convierte en la sociedad “tal y como podría ser”. La utopía se torna creíble».7

Así pues, la comunicación, y más aún sobre un escenario planetario como el que se ofrece —y se impone— a un pontífice, no es forma; es sustancia. Por eso se analiza en su justa medida como un elemento de la acción pastoral del papa Francisco. Pero el recorrido que nos llevará a indagar las estructuras retóricas y comunicativas que le son propias, hasta llegar a intervenciones textuales complejas y fundacionales como son las encíclicas, arranca sin duda desde más lejos. ¿De dónde viene exactamente este Papa, con ese estilo suyo tan inconfundible, destinado a cambiar la Iglesia en profundidad?

«Me esperaba el Señor miserando atque eligendo»

Primogénito de cinco hijos, Jorge Mario Bergoglio nace en Buenos Aires el 17 de diciembre de 1936. Su padre, Mario José, era un piamontés llegado a Argentina en 1928 para unirse a unos parientes que ya habían construido una pequeña empresa familiar; después de encontrar un empleo como funcionario en los ferrocarriles, conocerá a Regina Maria Sivori, otra inmigrante —de la Liguria—. Tras el futuro pontífice, de este matrimonio nacerán otros cuatro hijos: Oscar Adrián en 1938, Marta Regina en 1940, Alberto Horacio en 1942 y María Elena en 1948.

Pero Mario José no había partido de Italia solo; hijo único, se llevó con él a su madre, Rosa; muy creyentes los dos, antes de emigrar ya militaban en la naciente Acción Católica de San Martino (Asti). El joven Jorge Mario considerará siempre sus enseñanzas como un luminoso ejemplo a seguir. Cuando sienta la llamada a la vida consagrada, la primera persona con la que compartirá este deseo será, precisamente, su padre: «Él reaccionó bien. Incluso me dijo que ello lo hacía feliz. Yo estaba seguro de que mi padre me iba a entender. Su madre había sido una persona sumamente religiosa, y él había heredado de ella su religiosidad y su fuerza, unidas al gran dolor por tener que abandonar su propia tierra».8

La abuela Rosa fue, en efecto, uno de los vínculos más importantes en la infancia de Bergoglio, y junto a ella destaca también su madre, Regina. En muchas ocasiones, siendo ya pontífice, encontramos reflexiones sobre la importancia de la figura femenina en el seno de la familia:

en el centro de la vida de la Iglesia está la Madre de Jesús. Tal vez las madres, dispuestas a muchos sacrificios por los propios hijos, y no pocas veces también por los de los demás, deberían ser más escuchadas. Habría que comprender más su lucha cotidiana por ser eficientes en el trabajo y atentas y afectuosas en la familia; habría que comprender mejor a qué aspiran ellas para expresar los mejores y auténticos frutos de su emancipación. Una madre con los hijos tiene siempre problemas, siempre trabajo. Recuerdo que en casa, éramos cinco hijos y mientras uno hacía una travesura, el otro pensaba en hacer otra, y la pobre mamá iba de una parte a la otra, pero era feliz. Nos dio mucho.9

Por eso la sencillez de Bergoglio no es retórica, ni puede parecerlo, pues proviene de la sencillez real de una familia numerosa, en absoluto acomodada.

Cuando tenía veinte años, se produjo un episodio destinado a cambiar el curso de su vida:

El 21 de septiembre de 1954 me tiraron del caballo. Conocí al padre Carlos B. Duarte Ibarra en Flores (mi parroquia). Me confesé con él por casualidad… y ahí —sin que yo estuviera en la oficina de recaudación de impuestos como el santo del día [Mateo]—, me esperaba el Señor miserando et eligendo. Ahí no tuve dudas de que debía ser sacerdote.10

«Miserando atque eligendo» será el lema que escogerá una vez elegido obispo y que mantendrá en el emblema pontificio, no solo por hacer referencia al amor misericordioso y salvífico de Dios, al que el papa Francisco se refiere de manera incansable, sino también en memoria de aquel día de 1954, festividad de San Mateo,11 en que recibió la llamada espiritual:

Este fue el momento en el que me sumergí en la misericordia de Dios y está muy unido a mi lema episcopal: el 21 de septiembre es el día de San Mateo, y Beda el Venerable, hablando de la conversión de Mateo, dice que Jesús miró a Mateo miserando atque eligendo. Se trata de una expresión que no se puede traducir, porque en italiano uno de los dos verbos no tiene gerundio, ni tampoco en español. La traducción literal sería «misericordiando y eligiendo», casi como un trabajo artesanal. «Lo misericordió»: esta es la traducción literal del texto. Cuando, años después, recitando el breviario latino, descubrí esta lectura, me acordé de que el Señor me había modelado artesanalmente con Su misericordia. Cada vez que venía a Roma, porque me alojaba en Via della Scrofa, iba a la iglesia de San Luis de los Franceses a rezar delante del cuadro de Caravaggio sobre la Vocación de San Mateo.12

En la línea de este principio, Jorge Mario Bergoglio elegiría enseguida una actitud dialógica, ya que se dispuso a escuchar el Misterio de Dios, pero también a buscar la opinión de quien pudiera ayudarlo a comprender mejor lo que tenía que hacer.13 Lo cuenta él mismo en una larga carta escrita en 1990 al historiador de la Iglesia en Argentina, el jesuita Cayetano Bruno, en la que menciona de manera especial al padre Enrique Pozzoli, el salesiano de origen italiano que lo bautizó (el día de Navidad de 1936) y que fue su primer —y muy importante— guía espiritual:

La vocación la había sentido por primera vez en Ramos Mejía, durante el sexto grado (de la escuela primaria NDR), y hablé con el famoso «pescador» de vocaciones, el padre Martínez. Pero después empecé la escuela secundaria… y chau. Estudiaba química en el colegio industrial y pasaba largos períodos (sobre todo en verano) en casa de mis abuelos maternos en la calle Quintino Bocayuva, […] No digo nada en casa hasta noviembre de 1955. Ese año terminaba el industrial (eran seis años) y me inscribía para seguir la carrera de técnico químico. En mi casa no estaban convencidos aunque eran católicos practicantes, porque preferían que esperase algunos años estudiando en la universidad. Como sabía quién podía terminar el conflicto fui a buscar al padre Pozzoli y le conté todo. Él examinó mi vocación. Me pidió rezar y dejar todo en las manos de Dios.14

Fue gracias al padre Pozzoli, y a sus exhortaciones para que se encomendase a la voluntad del Señor, como el joven Jorge Mario maduraría su elección del sacerdocio sin forzar los tiempos; así, se diplomaría primero como perito químico en la Universidad de Buenos Aires y, entretanto, siguió trabajando y frecuentando a sus amigos. Sin embargo, el pensamiento de dedicar su vida a la Iglesia no lo abandonó nunca, hasta que su familia decidió pedir consejo precisamente al padre Pozzoli. En la citada carta a Cayetano Bruno, Bergoglio cuenta lo decisiva que resultó la intervención de este presbítero que nunca dejó de estar a su lado. Se trata de una verdadera y propia operación mayéutica:

¡Qué libertad de espíritu para ayudar en una vocación! Y en la mitad del desayuno se plantea el asunto. P. Pozzoli dice que está bien lo de la Universidad, pero que las cosas hay que tomarlas cuando Dios quiere que se tomen… Y empieza a contar historias diversas de vocaciones (sin tomar partido), y finalmente cuenta su vocación. Por supuesto que el P. Pozzoli no terminó diciendo que me dejaran ir al seminario ni exigiéndoles una definición… Simplemente se dio cuenta de que tenía que «ablandar», lo hizo… y el resto se dio como consecuencia, eso era muy propio de él: «Una de cal y otra de arena», dirían los españoles. Uno no sabía dónde quería llegar… Pero él sí: y generalmente no quería llegar a un punto donde se le reconociera que «había ganado». Cuando «olía» que ya lograba lo que quería, se retiraba antes de que los otros se dieran cuenta. Entonces la decisión surgía sola, libremente de sus interlocutores. No se sentían forzados… pero él les había preparado el corazón. Había sembrado, y bien… pero le dejaba a los demás el gusto de la cosecha.15

La modalidad dialéctica del padre Pozzoli, muy ocurrente pero no por ello irrespetuosa, recuerda en parte la de un jesuita: Ignacio de Loyola, con su famoso principio de «entrar con la suya para salir con la nuestra»,16 ofrece un modo de confrontación y diálogo con el otro, entendiendo que con el fin de ganar al interlocutor para la causa se necesita antes que nada comprender su manera de pensar. Como sintetizará el propio Bergoglio siendo ya pontífice, «la verdad es un encuentro»17 y, sin duda, no es casual que, tras haber crecido bajo la égida de un hombre como el padre Pozzoli, Jorge Mario eligiera al final formar parte de la Compañía de Jesús en particular.

En 1956, con una decisión madurada en el seno de toda la familia, Bergoglio entra en el seminario de Villa Devoto. En el verano del año siguiente contraerá una neumonía que se revelará muy grave: para salvarlo se precisaba una intervención quirúrgica, a la que seguiría una larga convalecencia, reconfortada por las visitas del padre Pozzoli. Sin embargo, una vez curado, Bergoglio ya no volvería al seminario: en 1958 entró a formar parte de los jesuitas; de este modo, pasó el noviciado estudiando filosofía y teología en Chile y, una vez de vuelta en Buenos Aires, se licenció en ambas disciplinas. Once años después, el 13 de diciembre de 1969, fue ordenado sacerdote.

Gracias a su carismática personalidad, con solo 36 años de edad es nombrado padre provincial de Argentina, y sigue siendo el guía de la Compañía en el país sudamericano hasta 1980, momento en que se hará cargo del rectorado del colegio en el que había estudiado (el de San Miguel). Durante una docena de años se dedica al estudio y la enseñanza (filosofía, teología, psicología y literatura) hasta que, en 1992, Juan Pablo II lo nombra «obispo auxiliar» de Buenos Aires y, en 1998, «arzobispo».

Quince años lo separan aún de su elección como pontífice, tiempo durante el cual Bergoglio invierte la mayor parte de sus energías al servicio de su diócesis, a la que define como «mi esposa» y considera su verdadera misión. Siempre con un perfil bajo, se mezcla con la gente, utiliza los medios de transporte público y recorre muchos kilómetros para llegar también a las periferias más alejadas. «Periferia», en concreto, será una de las palabras clave de su discurso pronunciado el 9 de marzo de 2013 ante las congregaciones generales. «La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria», dirá a los cardenales reunidos para el cónclave, a los que invita a elegir a un pontífice que sea capaz de llevar a la Iglesia en esa dirección, fuera de la burbuja de autorreferencialidad en la que esta ha terminado encerrándose y, por tanto, «enfermando».