Encuentros - John F. Coverdale - E-Book

Encuentros E-Book

John. F. Coverdale

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SAN JOSEMARÍA, FUNDADOR DEL OPUS DEI, PREDICÓ CON ÉNFASIS QUE DIOS «HA ABIERTO LOS CAMINOS DIVINOS DE LA TIERRA», E INVITA ASÍ A HOMBRES Y MUJERES DE TODOS LOS ÁMBITOS A UN ENCUENTRO CON ÉL EN LA VIDA ORDINARIA. TODOS ELLOS COMPARTEN LA CREENCIA DE QUE DIOS LOS QUIERE EN MEDIO DEL MUNDO Y DEBEN TRATAR DE CONTAGIAR ESE ENCUENTRO A SUS COLEGAS, AMIGOS Y FAMILIARES. EN ESTE LIBRO CONOCERÁS A ALGUNOS QUE HAN RESPONDIDO AFIRMATIVAMENTE A ESA LLAMADA: RUTH PAKALUK FUE ESPOSA, MADRE, AMIGA Y ACTIVISTA. CARLOS MARTÍNEZ, PESCADERO. DORA DEL HOYO, PRIMERA NUMERARIA AUXILIAR Y PROFESIONAL DE LAS TAREAS DOMÉSTICAS. ANA GONZÁLEZ, EURÓCRATA. MONTSE GRASES, ADOLESCENTE Y ESTUDIANTE. PEPE SERRET, HOMBRE DE NEGOCIOS. ED DILLET, FONTANERO.

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Seitenzahl: 251

Veröffentlichungsjahr: 2025

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JOHN F. COVERDALE

ENCUENTROS

Descubrir a Dios en todas las circunstancias de la vida

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: Encounters. Finding God in All Walks of Life

© 2023 by John F. Coverdale. Publicado por acuerdo con Scepter Publishers Inc.

© 2025 de la edición española traducida por Teresa Gómez

by EDICIONES RIALP, S. A.,

Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid

(www.rialp.com)

La edición española no incluye todas las biografías de la edición original.

Preimpresión: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-7165-9

ISBN (edición digital): 978-84-321-7166-6

ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7167-3

ISNI: 0000 0001 0725 313X

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ÍNDICE

Introducción

1. Ruth Pakaluk: Esposa, madre, amiga, activista

2. Carlos Martínez: Pescadero

3. Dora del Hoyo: Primera numeraria auxiliar

4. Ana Gonzalo: Eurócrata

5. Montse Grases: Adolescente

6. Pepe Serret: Hombre de negocios

7. Ed Dillet: Fontanero

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Índice

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Notas

INTRODUCCIÓN

A san Josemaría Escrivá le gustaba decir que, con la fundación del Opus Dei, el Señor había «abierto los caminos divinos de la tierra»1. Con esto, quería expresar que, para quienes intentan vivir el espíritu del Opus Dei, todas las ocupaciones y formas de vida —las múltiples maneras en que hombres y mujeres se ganan el sustento y desarrollan sus vidas— pueden convertirse en caminos divinos que conducen a la santidad y al cielo.

Para ilustrar tanto la unidad del Opus Dei como la diversidad de sus miembros, san Josemaría solía compararlo a fracciones: los numeradores, que varían, reflejan las diversas circunstancias, temperamentos y actividades de los miembros; mientras que un pequeño denominador común representa la fe católica y el espíritu del Opus Dei.

Hoy en día, el Opus Dei, frecuentemente llamado la Obra, está compuesto por aproximadamente noventa mil hombres y mujeres distribuidos por todo el mundo. Algunos son solteros, la mayoría están casados. Hay jóvenes, personas de mediana edad y ancianos. La gran mayoría son laicos, aunque algunos son sacerdotes. Desempeñan una amplia variedad de profesiones y tienen opiniones políticas, sociales y culturales diversas. Un libro más extenso que este apenas podría comenzar a enumerar lo variados que son.

Este libro tiene un propósito mucho más modesto: ofrece breves semblanzas biográficas de algunos miembros de la Obra que vivieron su vocación al Opus Dei en distintas circunstancias.

Lo que une a los miembros del Opus Dei es su adhesión a la fe católica y su esfuerzo por encarnar el espíritu del Opus Dei en sus propias vidas y difundirlo a los demás. El libro parte de que el lector está familiarizado con las enseñanzas y las costumbres de la Iglesia católica. En lugar de repetir en cada una de las biografías los principales rasgos del espíritu que los miembros intentan vivir, se resumen en esta introducción. Aquellos lectores que ya conocen bien el Opus Dei pueden pasar directamente al capítulo uno.

Hijos de Dios

El espíritu del Opus Dei se basa en una viva conciencia de ser hijos de Dios, nuestro Padre amoroso. Esta gozosa realidad fomenta en los fieles de la Obra una confianza alegre y sencilla, tanto en Dios como en los demás, que también son hijos de Dios. Conduce al deseo de vivir en la presencia de Dios y de mantener un diálogo amoroso con Él a lo largo del día. La conciencia de ser hijos de Dios, o filiación divina, otorga paz, confianza y felicidad, junto con el anhelo de mejorar la propia vida para servir mejor y con mayor fidelidad a nuestro Padre Dios.

Como hijos e hijas de Dios, los miembros del Opus Dei llegan a conocer y valorar el don de la libertad que Él les ha concedido. El Opus Dei inculca en sus miembros una gran estima por lo que san Josemaría describe como «esta insondable riqueza del cristiano: “La libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rom 8, 21)»2. En una homilía de 1956, el fundador decía:

Me gusta hablar de aventura de la libertad, porque así se desenvuelve vuestra vida y la mía. Libremente —como hijos, insisto, no como esclavos—, seguimos el sendero que el Señor ha señalado para cada uno de nosotros. Saboreamos esta soltura de movimientos como un regalo de Dios. Libremente, sin coacción alguna, porque me da la gana, me decido por Dios3.

Santidad en la vida ordinaria

El Opus Dei pone énfasis en la llamada a la santidad en la vida ordinaria, en lo de cada día. Como afirmó la Congregación para los Obispos del Vaticano en una declaración de 1982: «En los fines y el espíritu del Opus Dei, se pone el acento en el valor santificador del trabajo ordinario; es decir, en la obligación de santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y convertirlo en un instrumento de apostolado»4.

Los miembros del Opus Dei se inspiran en la vida de Cristo como carpintero en Nazaret. Durante treinta años, la vida de Jesús no llamó la atención. Amaba a Dios sobre todas las cosas y dedicaba todas sus energías a hacer la voluntad del Padre en cada momento, pero esto no implicaba nada extraordinario. Se ganaba la vida como un artesano del pueblo, vestía como los demás, hablaba como ellos y compartía sus intereses y preocupaciones. Para un observador cualquiera, parecía ser simplemente otro trabajador de Nazaret. Nada en su comportamiento durante esos treinta años preparó a sus parientes, vecinos y amigos para sus predicaciones y milagros. Por eso, cuando comenzó su vida pública, se preguntaban asombrados: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» (Jn 6, 42).

Quienes conocen a algún miembro del Opus Dei reconocerán que se toma en serio su fe y trata de vivirla. Aquellos más cercanos a ellos —familiares, amigos y colegas— sabrán que pertenece al Opus Dei. Sin embargo, al estar llamados a imitar la vida de Cristo en Nazaret y a vivir de manera normal y ordinaria en el mundo, no suelen ir haciendo pública su entrega personal a Dios. La vocación de los miembros del Opus Dei es discreta y silenciosa, como la vida oculta de Cristo. Se manifiesta en el interés de un padre por la educación de sus hijos, en la enfermera que se detiene a escuchar a un paciente anciano, en el estudiante universitario que ayuda a un compañero con un problema de matemáticas, o en el vecino que se esfuerza por ayudar a otro a resolver un problema familiar de manera cristiana. Por supuesto, estas son cosas que todos los buenos cristianos intentan hacer, pero se trata precisamente de eso: los miembros del Opus Dei buscan santificarse y santificar a los demás haciendo lo mejor posible, por amor a Dios y al prójimo, las mismas cosas que Dios pide a todos los cristianos que viven en el mundo.

Santificación del trabajo

Los estatutos del Opus Dei destacan que el Señor creó al hombre «para trabajar» (cfr. Gn 2, 15). La ley del trabajo, por tanto, pertenece a la condición general del ser humano. El espíritu del Opus Dei impulsa a sus fieles no solo a trabajar, sino a amar profundamente su trabajo diario. Ven en el trabajo un valor humano fundamental y un medio esencial para la dignidad de la persona y el progreso social. Sobre todo, lo consideran una oportunidad maravillosa y un medio para la unión personal con Cristo, imitando su vida oculta de trabajo y servicio generoso a los demás. A través de su trabajo ordinario, los miembros del Opus Dei cooperan en la obra amorosa de Dios en la creación y la redención del mundo.

Dado que no podemos ofrecer a Dios un trabajo mal hecho, quien desea santificar su trabajo debe esforzarse por hacerlo lo mejor posible. Así, los médicos motivados por este espíritu procuran desarrollar sus habilidades técnicas, mantenerse actualizados en su campo y dedicar a cada paciente la atención y el tiempo que requiera. De manera similar, los obreros que pertenecen al Opus Dei intentan hacer su trabajo con esmero y honradez, cumpliendo con su jornada laboral de manera justa.

Los fieles de la Prelatura del Opus Dei buscan la excelencia no solo para resaltar o por profesionalitis, sino principalmente porque ven su trabajo como parte del plan de Dios para ellos, algo que Dios quiere que realicen con la mayor perfección posible, por amor a Él y a quienes su trabajo afecta. Para un cristiano, y concretamente para un miembro del Opus Dei, trabajar bien significa, entre otras cosas, trabajar con generosidad. Un cristiano considera las recompensas justas del trabajo, incluido el sueldo, como un bien que debe administrarse con prudencia según los designios de Dios. Los miembros del Opus Dei procuran llevar una vida sobria y austera, evitando gastar en caprichos y destinando sus ingresos a mantener a sus familias, sostener instituciones sociales, contribuir al bien común y ayudar a quienes lo necesitan.

El Opus Dei ayuda a sus miembros a formar su conciencia de acuerdo con la doctrina social de la Iglesia. La Obra los impulsa a tener una profunda sensibilidad ante las exigencias de la justicia y a ser magnánimos y generosos en su esfuerzo por mejorar la situación de los más desfavorecidos. Fruto de esto son los numerosos centros sociales fundados y dirigidos por miembros del Opus Dei en todo el mundo. Sin embargo, más importante aún es el esfuerzo personal de cada miembro por aplicar la doctrina social de la Iglesia en su trabajo y en sus demás actividades.

El trabajo ofrece oportunidades concretas y diarias para practicar muchas virtudes, como la preocupación por los demás, el orden, la puntualidad, la justicia y la humildad. Sobre todo, el trabajo es una forma de ejercer la caridad a través del servicio. Como escribió san Josemaría: «Me entrego a servir, a convertir toda mi vida en un medio de servir a los demás, por amor a mi Señor Jesús». Este espíritu lleva a los miembros del Opus Dei a realizar su trabajo de manera que sea un verdadero servicio a los demás. Las vidas que aparecen en este libro testimonian este principio y manifiestan la caridad a través del servicio. Su santidad no consistió en hazañas extraordinarias, sino en la práctica de las virtudes cristianas en circunstancias cotidianas.

Trabajo y oración

El trabajo y el contacto social que trae consigo pueden convertirse en una ocasión para elevar el corazón a Dios y hablar con Él. Quienes viven inspirados por el espíritu del Opus Dei intentan aprovechar las pausas naturales en su trabajo para ofrecérselo a Dios, pedir su ayuda o simplemente decirle que le quieren. En la medida en que logran incorporar este espíritu en su vida, descubren que su trabajo, junto con los demás aspectos de su día a día, los acerca a Dios y les ayuda a mantener con Él un diálogo amoroso. Se convierten, en palabras del fundador del Opus Dei, en «personas contemplativas en medio del mundo»; es decir, personas que viven en conversación amorosa con Dios precisamente a través de un trabajo que, externamente, no se diferencia del de millones de otras personas.

Sin dedicar algún tiempo exclusivamente a Dios, sería imposible convertir el trabajo y las demás actividades diarias en una ocasión de diálogo con Él. Para vivir en la presencia de Dios y mantener un diálogo amoroso con Él a lo largo del día, un católico necesita los sacramentos y un tiempo diario reservado expresamente para la oración. Por eso, el Opus Dei subraya la importancia de la misa diaria, la lectura del evangelio y la oración personal. Estos momentos de contacto con Dios no son instantes aislados ni simples paréntesis religiosos en una vida mundana, sino que permiten transformar el trabajo, el descanso y toda la existencia en caminos de amor a Dios, fruto de una amistad que busca compartirlo todo con Él. La vida de oración de los miembros del Opus Dei está centrada en Jesucristo, concretamente a través de la misa. En palabras de san Josemaría, la misa es «el centro y raíz de la vida interior» de los miembros del Opus Dei. En ella, el trabajo y las demás actividades diarias adquieren su pleno sentido al formar parte del sacrificio que Jesucristo ofrece a Dios Padre. El sacramento de la penitencia también juega un papel central en la vida espiritual de los miembros del Opus Dei, al brindar la oportunidad de revestirse de Cristo (cfr. Gal 3, 27), recibiendo no solo el perdón de Dios, sino también la gracia necesaria para superar los defectos y crecer en virtud.

La vida de oración de cada persona en el Opus Dei es distinta. Incluso el modo en que la misma persona reza puede cambiar según el momento y las circunstancias. Sin embargo, todos los miembros procuran asistir a misa diariamente, dedicar un tiempo cada día a la oración mental, rezar el rosario, leer el evangelio y otros libros espirituales. Además, intentan practicar el examen de conciencia, vivir en presencia de Dios y santificar su trabajo. A este conjunto de prácticas, san Josemaría lo llamó las «normas» o «plan de vida» de los miembros.

Hijos de María

Además de cultivar una fuerte conciencia de ser hijos de Dios y mantener un contacto personal con Jesucristo a través de la Escritura y los sacramentos, los miembros del Opus Dei fomentan una profunda devoción a la Virgen María. San Josemaría animaba a sus hijos e hijas espirituales a «acudir a Ella con amor y con alegría de hijos»5. En un libro escrito pocos años después de la fundación del Opus Dei, decía: «El principio del camino, que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima»6.

La devoción a María refuerza el espíritu de servicio que surge del reconocimiento de que todos los hombres y mujeres son hijos de Dios. En una homilía sobre la Virgen, el fundador decía:

No se puede tratar filialmente a María y pensar sólo en nosotros mismos, en nuestros propios problemas. No se puede tratar a la Virgen y tener egoístas problemas personales. María lleva a Jesús, y Jesús es primogenitus in multis fratribus, primogénito entre muchos hermanos (Rm 8, 29). Conocer a Jesús, por tanto, es darnos cuenta de que nuestra vida no puede vivirse con otro sentido que con el de entregarnos al servicio de los demás. […] hasta esas facetas que podrían considerarse más privadas e íntimas —la preocupación por el propio mejoramiento interior— no son en realidad personales: puesto que la santificación forma una sola cosa con el apostolado7.

Devoción a san Josemaría Escrivá

San Juan Pablo II describió a san Josemaría Escrivá como alguien que ocupa «un lugar eminente entre los hombres y mujeres fieles a Cristo que, a lo largo de los siglos, han iluminado distintas épocas de la historia con su vida y su mensaje»8. En una audiencia que concedió a los miembros y amigos del Opus Dei un día después de la beatificación de su fundador, san Juan Pablo II expresó su esperanza de que se dejaran «iluminar por el ejemplo y la enseñanza del beato Josemaría Escrivá» a quien describió como un «modelo de santidad» y un «testimonio eminente del heroísmo cristiano en el ejercicio de las actividades humanas cotidianas».

Siguiendo la exhortación del papa, los miembros del Opus Dei encuentran en los escritos de san Josemaría el espíritu que intentan poner en práctica. La vida del fundador constituye un ejemplo concreto de cómo vivir ese espíritu día a día. Como muchas otras personas, los miembros del Opus Dei han experimentado que san Josemaría es un poderoso intercesor ante Dios, por lo que recurren a él para pedir ayuda en su vida espiritual, en su apostolado y en sus necesidades diarias. Por todas estas razones, los miembros del Opus Dei se esfuerzan por familiarizarse con la vida y los escritos de su fundador, y buscan su intercesión. Naturalmente, también animan a otras personas a hacer lo mismo.

Espíritu de sacrificio

Incluso en un plano puramente natural, la autodisciplina y el sacrificio son necesarios. Los atletas se someten a entrenamientos rigurosos. Muchas personas siguen dietas estrictas para mejorar su salud o apariencia. Hombres y mujeres de todos los ámbitos de la vida dedican largas horas para sobresalir en sus profesiones o alcanzar algún otro objetivo personal. De manera similar, san Pablo insistió a los primeros cristianos de Corinto en que seguir a Cristo requiere sacrificio: «un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos, para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita. [...] golpeo mi cuerpo y lo someto, no sea que, habiendo predicado a otros, quede yo descalificado» (1 Cor 9, 25 y 27). La mortificación ayuda a los cristianos a crecer en virtud, a controlar sus deseos, a cumplir con los deberes de su estado de vida y a vivir la caridad con los demás.

Sobre todo, sin embargo, los cristianos abrazan el sacrificio para imitar a Cristo y compartir su vida. Jesús invita a todos los que quieren seguirlo a que renuncien a sí mismos y a tomar su cruz cada día (cfr. Lc 9, 23). También advierte que «el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí» (Mt 10, 38). Los miembros del Opus Dei se esfuerzan por compartir la vida de Cristo hasta poder decir con san Pablo: «vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). Pero para que esto se haga realidad, un cristiano también debe poder decir: «Estoy crucificado con Cristo» (Gal 2, 19).

Además de unirnos a Cristo, el sacrificio nos ayuda a acercar a otros a Él. Cuando los apóstoles preguntaron a Jesús por qué no habían podido expulsar a un demonio, Él les respondió: «Esta clase [de demonio] solo se expulsa con la oración y el ayuno» (Mt 17, 21). San Pablo escribió a los primeros cristianos de Colosas: «Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24).

En el espíritu del Opus Dei, el sacrificio se manifiesta principalmente en el esfuerzo por cumplir lo mejor posible los deberes profesionales, familiares y sociales. El trabajo y los demás aspectos de la vida diaria ofrecen numerosas oportunidades para vivir un auténtico espíritu de renuncia y sacrificio, manifestado en la constancia, el orden, la puntualidad y la aceptación alegre de los contratiempos y dificultades de la vida.

Los miembros del Opus Dei también intentan responder generosamente a la invitación de Cristo de compartir su Cruz mediante las prácticas tradicionales de abnegación cristiana. En algunos casos, esto incluye el uso de disciplinas y el cilicio9. Estas prácticas de ascetismo cristiano no son más perjudiciales para la salud que las exigencias del entrenamiento atlético o las dietas seguidas por muchas personas para mejorar su bienestar físico. La mortificación corporal es una forma de compartir voluntariamente, en pequeña medida, el sufrimiento de Jesucristo, como han hecho muchos santos a lo largo de los siglos, incluyendo a santo Domingo, san Francisco de Asís, san Ignacio de Loyola, santo Tomás Moro, san Francisco de Sales, san John Henry Newman y, en nuestra época, santa Teresa de Calcuta, Thomas Merton, san Pablo VI y san Juan Pablo II.

El ascetismo y la penitencia practicados por los miembros del Opus Dei son totalmente compatibles con una vida cristiana alegre y llena de paz. De hecho, contribuyen a ella. San Josemaría decía: «Si salen las cosas bien, alegrémonos, bendiciendo a Dios que pone el incremento. —¿Salen mal? —Alegrémonos, bendiciendo a Dios que nos hace participar de su dulce Cruz»10. Y añadía: «Quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino»11. Cualquiera que visite un centro del Opus Dei encuentra un hogar cristiano luminoso y alegre, donde las personas están en paz y rebosan alegría, tal como el fundador deseaba.

Acercar a otros a Cristo

Las actividades de la vida cotidiana, como el trabajo, la vida social, el ocio, etc., además de ser valiosas por sí mismas, ofrecen a los miembros del Opus Dei la oportunidad y los medios para acercar a otros a conocer y amar mejor a Cristo. El apostolado de los miembros del Opus Dei se basa principalmente en las amistades que surgen naturalmente en el curso del trabajo y de la vida ordinaria, así como en el ejemplo de un trabajo bien hecho, realizado con alegría y espíritu de servicio. En este contexto de vida cotidiana, los fieles de la Obra intentan cumplir su misión de difundir el mensaje de que Dios llama a todos los hombres y mujeres a la plenitud de la santidad.

En su conciencia del amor paterno de Dios, quienes pertenecen al Opus Dei encuentran una fuente de paz y felicidad. Naturalmente, desean compartir esa paz y alegría con los demás. Por ello, buscan acercar a sus amigos, compañeros, familiares y vecinos a Dios. Además de dar buen ejemplo, rezan por sus amigos y ofrecen sacrificios por ellos. A través de su conversación, también intentan ayudarlos a conocer mejor a Cristo, amarlo más y responder a su propia vocación a la santidad. Con frecuencia, una palabra de aliento, la seguridad de que rezarán por la solución de un problema particular o un poco de consejo amistoso reflejará esta amistad profundamente cristiana. Otras veces, la amistad inspirará una conversación sincera y de corazón a corazón sobre algún aspecto de la enseñanza de Cristo, las exigencias de la vida cristiana o la posible vocación de un amigo al Opus Dei.

Hay miembros del Opus Dei que se unen con sus conciudadanos para promover colegios, clínicas, clubes, centros de formación agraria y otras actividades similares que ayudan a satisfacer las necesidades de la sociedad y brindan una oportunidad para difundir la enseñanza de Cristo a grupos más grandes de personas. Algunos miembros encuentran su trabajo profesional en estos entornos. Sin embargo, la mayoría trabaja en fábricas, despachos de abogados, oficinas, instituciones educativas, hospitales, etc. sin relación alguna con el Opus Dei, donde intentan trabajar lo mejor posible por amor a Dios y en servicio a sus semejantes.

Diferentes modos de vivir la misma vocación

San Josemaría subrayaba con frecuencia que todos los miembros del Opus Dei tienen la misma vocación. Ya sean clérigos o laicos, casados o solteros, jóvenes o mayores, todos están llamados por Dios a entregarse completamente a Él en la vida cotidiana, a santificar su trabajo, a santificarse en su trabajo y a santificar a otros a través de su trabajo. Todos están llamados a la plenitud de la santidad en su contexto personal.

La vocación es la misma para todos los miembros, pero las circunstancias en las que están llamados a responder a ella son muy diferentes. Estas circunstancias influyen en cómo quiere Dios que cada individuo responda a su vocación, y también en el grado de disponibilidad que tienen para colaborar con las actividades formativas y apostólicas del Opus Dei. Esto se refleja en la existencia de los distintos grupos de miembros que se mencionan en este libro.

Los supernumerarios constituyen la mayoría de los miembros. Suelen estar casados (aunque pueden ser solteros) y vivir con sus familias. Gran parte de su apostolado consiste en cuidar a sus cónyuges e hijos y en sus esfuerzos por acercar a otros a Dios a través de su trabajo profesional, que intentan realizar con amor a Dios y espíritu de servicio. Normalmente, esto significa que no dirigen actividades apostólicas del Opus Dei ni trabajan en sus estructuras gubernamentales. Ejemplos en este libro son Ed Dillett, Ruth Pakaluk y Pepe Serrett.

Los numerarios y agregados han respondido a la llamada de Dios al celibato apostólico. Entre otras cosas, esto los hace estar disponibles para dirigir actividades apostólicas y, en el caso de los numerarios, para trabajar en las estructuras de gobierno del Opus Dei. La mayoría de los numerarios viven en centros de la Obra, donde con frecuencia se reúnen con otros miembros y amigos para explicar el espíritu del Opus Dei y ofrecer acompañamiento individual sobre cómo ponerlo en práctica. La mayoría de los agregados no viven en centros de la Obra. En este libro hay dos numerarias, Montserrat Grases y Ana Gonzalo, y un agregado: Carlos Martínez.

El Padre, que es quien gobierna el Opus Dei, pregunta a algunos numerarios y agregados si estarían dispuestos a ordenarse sacerdotes. Si lo desean, se ordenan y pasan a formar parte del presbiterio del Opus Dei. Se dedican principalmente al cuidado pastoral de los miembros de la Obra y de otras personas que participan en sus actividades formativas.

Todos los miembros del presbiterio del Opus Dei son automáticamente miembros de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, una asociación de sacerdotes seculares estrechamente vinculada al Opus Dei. Los sacerdotes del Opus Dei no son, sin embargo, los únicos miembros de la Sociedad Sacerdotal; también pueden pertenecer a ella los sacerdotes diocesanos. Siguen siendo sacerdotes de su diócesis y realizan las tareas pastorales que les asigna su obispo, y la Obra les proporciona el apoyo espiritual y la asistencia que necesitan para vivir su espíritu, santificándose en su trabajo, que es su ministerio sacerdotal. En este libro no hay ningún relato sobre sacerdotes del Opus Dei, pero son conocidas las figuras de quienes han sucedido a san Josemaría, como el beato Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría; o sacerdotes que han impulsado el Opus Dei en distintos países, como José Luís Múzquiz o Josemaría Hernández Garnica.

Las numerarias auxiliares son numerarias de la sección femenina del Opus Dei que trabajan profesionalmente cuidando y atendiendo los centros del Opus Dei en los que los fieles, hombres y mujeres, viven o participan en encuentros de formación. San Josemaría describía con frecuencia su trabajo como «el apostolado de los apostolados». Un ejemplo de numeraria auxiliar en este libro es Dora del Hoyo. La gestión de los centros del Opus Dei y el equipo que la coordina, se denominan Administración.

1. RUTH PAKALUK ESPOSA, MADRE, AMIGA, ACTIVISTA

Ruth Pakaluk se convirtió al cristianismo en Harvard y se hizo católica al año siguiente de graduarse. Madre de siete hijos, estuvo profundamente involucrada en el movimiento por el derecho a la vida y desempeñó un papel activo en la vida de su parroquia y en las actividades apostólicas del Opus Dei. A los treinta y cuatro años, le diagnosticaron cáncer de mama, pero continuó viviendo una vida normal hasta un mes antes de su muerte, siete años después, en septiembre de 1998, a los cuarenta y un años.

De atea a católica, pasando por el protestantismo

Ruth Elizabeth Van Kooy nació el 19 de marzo de 1957, en South Orange, Nueva Jersey, una ciudad pequeña a las afueras de Nueva York. Su padre era ingeniero eléctrico, pero en vez de practicar la ingeniería, enseñaba en una escuela de formación profesional, ya que pensaba que era una mayor contribución a la sociedad. La madre de Ruth se quedó en casa mientras sus hijos eran pequeños, pero más tarde trabajó como secretaria ejecutiva. En el colegio, Ruth produjo, dirigió y actuó en numerosas obras de teatro y musicales con un grupo fundado y gestionado por estudiantes. Era una excelente cantante y entró en el coro All-Eastern. También era una pianista consumada y tocaba el oboe, la flauta, el violín y el bombo en varios grupos musicales. Ruth era una buena atleta y jugaba en el equipo de hockey sobre césped. En su niñez, asistía a una iglesia presbiteriana con su familia, pero ya adolescente rechazó el cristianismo liberal de sus padres y se convirtió en una atea que defendía el aborto.

Durante su último año de colegio, Ruth consideró ser azafata porque «solo hace falta sonreír y puedes ver el mundo». También pensó en ir a la Universidad McGill, donde el chico con quien tenía lo que ella describió al final de su vida como «un romance casi de cuento de hadas» planeaba ir. Por sugerencia de una exalumna de Harvard, solicitó la admisión en esa universidad. No pudo rechazar esa invitación porque, como ella misma dijo: «Nunca habría sabido si podía competir con los mejores». La admitieron.

Ruth lo hizo tan bien en su primer año que le pidieron ser asistente al año siguiente en el curso de “espacio, tiempo y movimiento”. En su segundo año, tuvo una clase en la que leyeron el relato del gobernador Bradford sobre cómo los colonizadores europeos sobrevivieron a su primer invierno en América, extremadamente frío. Le impresionó el heroísmo y sacrificio con que se cuidaban mutuamente durante la enfermedad que asoló la colonia, contrastándolos con su propia vida hedonista y egocéntrica. «Quiero vivir como ellos», pensó. «Ni siquiera me importa si lo que estos hombres creían es cierto. Quiero vivir como ellos». A pesar de su declaración de que no le importaba si el cristianismo era verdadero, pronto resolvió buscar una verdad en la que pudiera creer.

Años después, Ruth escribió a una amiga: