Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
EL FRUTO DEL ESPÍRITU TRATA CON NUESTRA PERSONALIDAD Y CARÁCTER, Y MOLDEA NUESTRO TEMPERAMENTO. EL RESULTADO ES QUE NUESTROS CONCEPTOS Y VALORES SON MODIFICADOS. En la vida cristiana, luego de la decisión personal de aceptar a Jesús como nuestro Salvador, no hay nada más importante que ofrecer nuestra personalidad al control del Espíritu Santo. Pero, en definitiva, ¿qué es la personalidad? Ni siquiera entre los teóricos y profesionales de la Psicología está demasiado clara su definición. Nuestras vivencias y saberes transforman aquello que somos. Nuestra personalidad es dinámica, pudiendo ser modificada y restaurada. A partir del momento en que el Espíritu Santo comienza a habitar en nosotros se empieza a producir nuestra transformación, nuestro perfeccionamiento, por gracia divina. Desde el punto de vista bíblico, sabemos qué debemos pensar, sentir y hacer, pero no siempre nuestros frutos reflejan lo que Dios espera de nosotros. Por eso, el objetivo principal de este libro es llevarnos a la reflexión, a conocer y a desarrollar el fruto del Espíritu en nuestra vida cotidiana personal, familiar, social y ministerial.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 426
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Equilibrio emocional: Personalidad transformada por el fruto del Espíritu
© 2021 por Elaine Cruz
Publicado por Editorial Patmos, Miami, FL. 33169
Todos los derechos reservados.
Publicado originalmente en portugués por Casa Publicadora das Assembleias de Deus, Bangú, Río de Janeiro, Brasil, con el título Equilibrio emocional: personalidade transformada pelo fruto do espirito © 2019 por Elaine Cruz.
A menos que se indique lo contrario, las citas bíblicas se toman de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina;
© renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.
Las citas bíblicas marcadas como «NVI» se toman de la Santa Biblia, NUEVAVERSIÓNINTERNACIONAL® NVI® © 1999, 2015 por Biblica, Inc.® Usado con permiso de Biblica, Inc.® Reservados todos los derechos en todo el mundo.
Traducido por Florencia Himitian
Diseño de portada por Joab de Santos
Diseño interior por Adrián Romano
Conversión a epub: Cumbuca Studio
e-ISBN: 978-1-64691-125-7
Categoría: Vida Cristiana
Para Alvaro, mi marido y gran amor, por la oportunidad que tengo de compartir contigo el fruto del Espíritu durante toda nuestra vida conyugal. Tu alegría y tu amor llenan de color mis días.
Para Thiago y Pamela, mis amados hijos, que me estimulan a ser ejemplo de fructificación. Los admiro por los buenos frutos que ponen en práctica en sus vidas.
Para Isabela y Thomas, mi nuera y mi yerno, a quienes amo como si fueran mis hijos, quienes dan fruto a través de su gran alegría, fidelidad y amor..
Agradecimientos
Prefacio
Introducción
LA PERSONALIDAD
1. Conociendo nuestra personalidad
2. La decisión de cambiar nuestra personalidad
3. El fruto del Espíritu aplicado a nuestra personalidad
EL AMOR
4. El amor
5. El rechazo y la carencia afectiva
6. El odio
LA ALEGRÍA
7. La alegría
8. La tristeza y la melancolía
9. La angustia
10. La depresión
LA PAZ
11. La paz
12. La ansiedad
LA PACIENCIA
13. La paciencia
14. El estrés
LA AMABILIDAD
15. La amabilidad
16. El mal humor
LA BONDAD
17. La bondad
18. La maldad, la envidia y los abusos
LA FIDELIDAD
19. La fidelidad
20. Los miedos y las fobias
LA MANSEDUMBRE
21. La mansedumbre
22. La agresividad y la violencia
EL DOMINIO PROPIO
23. El dominio propio (templanza)
24. El desequilibrio emocional y las compulsiones
EL FRUTO DEL ESPÍRITU
25. Tomando el control de nuestros pensamientos y sentimientos
26. Los dones y el fruto del Espíritu
27. El fruto del Espíritu: La cosecha continua y la progresiva
Referencias
Quiero comenzar agradeciendo a Dios. Cuando escribo me acerco a Él, pues de Él aprendí todo lo que soy y lo que sé. Él fue siempre la razón de mis días, y soy feliz por el privilegio que me dio de poder unir mi práctica y formación profesional con mi ministerio.
Estoy muy agradecida a Dios por haberme dado un marido excepcional. Alvaro es un pastor que ama a Dios y su Palabra, es sumamente inteligente y extremadamente alegre, amoroso, amigo y compañero en nuestro matrimonio. Es mi mayor incentivador; está de acuerdo con cada detalle que escribo y me estimula a ser mejor de lo que soy. Su apoyo es incondicional, y su ejemplo de disciplina y excelencia en todo lo que hace me estimula a dar el mejor de los frutos.
Agradezco a mis hijos, Thiago y Pamela. Cuando los miro pienso lo bueno que es Dios, y cómo me bendijo con dos hijos cuyo carácter y amor a Dios me emocionan. Ellos aprendieron desde su tierna infancia a vivir el fruto del Espíritu, y ahora que están radicados en otro país dedican sus vidas a Dios.
Siempre estaré agradecida a Isabela y a Thomas, mi nuera y mi yerno, por amar a mis hijos y compartir sus vidas con ellos. Son hijos amados, a quienes aprendí a admirar con el correr de los años, cuyo fruto y amor a Dios me inspiran.
Alabo a Dios por mis padres, los pastores Lúcia y Abraão de Almeida, quienes me criaron en el evangelio, me educaron para la vida social y profesional, y continúan siendo un modelo de vida cristiana fructífera.
Agradezco a Dios por el Ministerio Fronteira, iglesia que mi marido y yo pastoreamos, donde puedo acompañar de cerca el fruto de la vida de muchas personas, con personalidades transformadas y vidas bendecidas.
Estoy casado con la autora de este libro hace más de tres décadas. Con ella he compartido mi vida, mis sueños y mis realizaciones.
Ciertamente, no hay nadie que la conozca tanto como yo. Y ese es un gran privilegio para mí.
Este libro comenzó a ser gestado en el campo de las ideas hace muchos años, pues es fruto de la vivencia profesional de la autora como psicóloga —quien ejerce su profesión hace treinta años—, de su conocimiento teológico profundo, y de las cientos de predicaciones y palabras que dio en diversas iglesias, tanto en el Brasil como en el exterior.
El equilibrio emocional lejos del fruto del Espíritu es una búsqueda ardua y árida. Por eso la Biblia nos señala el camino hacia el equilibrio emocional que debemos transitar, que resultará en una vida plena en el Espíritu Santo, no solo para recibir los maravillosos dones que Dios nos quiere conceder sino también para que podamos dar el fruto del Espíritu, pues ello nos proporcionará una vivencia más cercana a Dios y una vida cotidiana con mayor sabiduría y equilibrio.
Vivimos días en los que el énfasis de las enseñanzas y predicaciones está completamente enfocado hacia los dones del Espíritu. Y, como pastor pentecostal que soy, desde mi más tierna infancia comprendo la gran importancia que ello tiene. Sin embargo, veo que en el ámbito de las iglesias se produjo una gran desatención hacia el fruto del Espíritu, relegándolo a un plano secundario, sin otorgarle demasiado significado.
En la actualidad sufrimos intensas presiones en los diversos roles que debemos ejercer, pues somos abatidos constantemente por los parámetros que establece la sociedad en la que estamos insertos. El gran avance tecnológico del tiempo actual trajo como consecuencia una comunicación instantánea y el acceso a un sin fin de informaciones que no somos capaces de procesar. Como resultado de esa compleja ecuación, vivimos llenos de angustias, depresión, miedos y ansiedades sin precedentes en la historia de la humanidad. Y la iglesia ha sido un reflejo de esos sentimientos y emociones que perturban nuestra vida espiritual.
Poder producir el fruto del Espíritu, en sus diversos aspectos, no es una tarea simple. Demanda madurez espiritual y el deseo de superar, a través de la acción del Espíritu Santo en nuestra vida, los obstáculos y dificultades que nos impiden disfrutar de la sublime dádiva de una vida emocional equilibrada y feliz.
Necesitamos volver a la Palabra de Dios, y en ella buscar la luz para estos días tan turbulentos y tenebrosos.
En ello consiste la propuesta de este libro, el cual tuve el honor de acompañar desde sus primeros párrafos. En cada página se corre el velo con la convicción de que es posible vivir una vida emocionalmente equilibrada.
El abordaje directo de la autora nos confronta con nuestras emociones y pensamientos construidos a lo largo de nuestra vida, y desmitifica, siempre a la luz de la Biblia, el hecho de que debemos actuar para apoderarnos de las bendiciones que provienen del fruto del Espíritu, las que podemos y debemos engendrar en nosotros mismos.
Equilibrio emocional — La personalidad transformada por el fruto del Espíritu es, sin sombra de duda, una de las obras más importantes que tuve la alegría de leer. Es un libro para aquellos que desean vivir en todas las áreas una vida plena, bendecida y feliz en la presencia de Dios.
Fui muy bendecido al leer y releer los originales de este libro. Crecí y maduré aún más en el conocimiento bíblico aplicado a mi vida cotidiana. Por eso sé que también cada lector, al estudiar las páginas de esta obra, encontrará el aliento, el ánimo, el consuelo, el incentivo e importantes herramientas para superar, o aún prevenir, las heridas abiertas por el simple hecho de vivir.
Permitamos que la lectura de este libro, permeada por la acción del Espíritu Santo que obra en nosotros, nos conduzca hacia una vida abundante. La vida que, hace más de dos mil años, Jesucristo nos enseñó a vivir, la cual está registrada en el Evangelio de Juan: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10).
Alvaro Cruz
A partir del nuevo nacimiento en Jesucristo, y de la presencia del Espíritu Santo que habita en nosotros, adquirimos toda la capacidad para moldear nuestro temperamento, corregir nuestro carácter y construir una personalidad diferente, dentro de los patrones que la Biblia establece.
El evangelio demanda aprendizaje y madurez para llegar a la estatura de una persona perfecta. Pero muchos cristianos permanecen estancados en medio del proceso, se acomodan a un activismo en la iglesia, se contentan con los dones recibidos y la función que les dieron en la casa de Dios, y no desarrollan el fruto del Espíritu.
En contrapartida, el mundo en que vivimos es caótico. La humanidad está sumergida en la violencia, el terrorismo y la inseguridad económica. La vida profesional está cercada de situaciones extremas. La gente está cada vez más fría, estresada, con ansiedad y depresión, iracunda, y enferma tanto física como emocionalmente. Las familias están llenas de desamor, ejercen roles disfuncionales, y son severamente atacadas por valores anti bíblicos. Estamos viviendo en medio de un caos, inseguridad y miedos, que afectan no solo nuestra vida cotidiana sino que también empañan nuestra perspectiva de futuro, desequilibrando nuestra vida emocional.
Nuestra alma piensa, siente, decide y se comporta de una determinada manera. Y está continuamente bombardeada por conceptos, valores y discursos que distorsionan la verdad bíblica. De tal manera que cada día la lucha interna entre lo correcto y lo incorrecto, o entre la carne y el Espíritu, se vuelve más aguerrida.
Frente a este panorama social y espiritual crítico de la actualidad las enfermedades del alma, llamadas dolencias psíquicas, han aislado a la sociedad en la que vivimos. Hablaremos de muchas de ellas en este libro, con un lenguaje simple y práctico, a fin de que podamos comprender cuál es el tratamiento y la salida para cada una.
Desde el punto de vista bíblico sabemos lo que debemos pensar, sentir y hacer, pero no siempre nuestros frutos concuerdan con aquello que Dios espera de nosotros. Así que el objetivo principal de este libro es llevarnos a reflexionar, conocer y desarrollar el fruto del Espíritu en nuestra vida cotidiana, personal, familiar, social y ministerial. La intención es que se evidencien las virtudes del fruto del Espíritu necesarias para que no enfermemos o, si ya lo estamos, nos guíen hacia la sanidad de nuestra psiquis.
El desafío es que podamos mantener la salud emocional, evitando que nos invadan la ira y la ansiedad, y tratando la depresión y los miedos. Nuestra meta es que podamos desarrollar equilibrio emocional, con sobriedad y dominio propio, manteniendo la fe y la paz en medio de una sociedad llena de gente estresada y relaciones enfermizas.
En los siguientes capítulos analizaremos diversos aspectos del fruto del Espíritu aplicados a nuestra personalidad.
Notemos que en la Biblia la expresión «el fruto del Espíritu» aparece en singular, sin embargo abarca múltiples aspectos. Se trata de un fruto con varias virtudes, facetas o partes que lo componen.
Estudiaremos esos aspectos y los relacionaremos con muchas de las enfermedades y padecimientos del alma humana, como la depresión, la ansiedad, el estrés, las carencias y las fobias, entre otras. De forma práctica, aprenderemos a usar semillas para fructificar para Dios. Él quiere cosechar nuestro fruto.
Jamás conseguiremos tener un alma equilibrada sin la ayuda divina. Nunca lograremos reconstruir nuestra personalidad sin la ayuda del Espíritu Santo. Para ello siempre debemos trabajar nuestro yo, siendo imitadores de Cristo, a fin de llegar a ser más semejantes a Él.
El Espíritu Santo quiere obrar en nuestra santificación a partir de la cosecha del fruto del Espíritu en nuestra vida. ¿Estás listo para dar fruto?
En la vida cristiana, luego de la decisión personal de aceptar a Cristo como nuestro salvador, no hay nada más importante que rendir nuestra personalidad al Espíritu Santo para que esté bajo su control.
Pero, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de personalidad?
Aun entre los teóricos y profesionales de la psicología se han utilizado distintos términos que poseen el mismo significado. A fin de profundizar en el tema, es necesario definir algunos de estos términos, tales como: personalidad, carácter y temperamento.
El temperamento
Se puede definir al temperamento como la disposición individual del ser humano a reaccionar a estímulos emotivos, siendo influenciado también por alteraciones metabólicas y químicas. Es la forma en la que manejamos nuestras emociones, percibimos y vivenciamos las circunstancias que nos rodean, tomamos decisiones y nos relacionamos con los demás.
Como padres, sabemos que nuestros hijos tienen temperamentos diferentes: uno tal vez es tranquilo, otro se resiente por un tiempo prolongado, y otro tiene una alegría y un entusiasmo constantes.
También las órdenes que damos son asimiladas por nuestros hijos de modos diferentes. Algunos aceptan las reglas con mayor facilidad, mientras que otros intentan negociar y evadirlas constantemente.
La Biblia nos da un claro ejemplo de dos hijos con temperamentos muy diferentes, que se peleaban ya desde el vientre de su madre: Jacob y Esaú. Tenían gustos diferentes. Esaú era más aventurero y pasaba largos días fuera de su hogar cazando animales. A Jacob le gustaba quedarse en la tienda; era un hombre de su casa, y posiblemente por eso más cercano a su madre.
El temperamento es la forma en la que manejamos nuestras emociones, percibimos y vivenciamos las circunstancias que nos rodean, tomamos decisiones y nos relacionamos con los demás.
La Biblia nos revela rasgos del temperamento de muchos hombres y mujeres de Dios, evidenciando que aún después de la conversión mantenemos los principales rasgos de nuestro temperamento individual aunque modifiquemos los defectos. Sabemos, a través de la lectura de la Biblia, que Moisés era manso, Pedro intempestivo, Sansón miedoso, David humilde, Juan era fiel, Pablo valiente, Job era persistente, y Ester y Abigail determinadas.
Filósofos como Empédocles e Hipócrates, del quinto y cuarto siglo antes de Cristo, así como muchos médicos, fisiólogos y psicólogos a lo largo de los siglos, intentaron clasificar los temperamentos en categorías. La más conocida es la división en cuatro tipos.
En líneas generales y sucintas, son:
• Colérico: es enérgico, independiente, líder nato, disciplinado, audaz, impaciente, prepotente, intolerante y rencoroso.
• Melancólico: es habilidoso, minucioso, perfeccionista, analítico, introvertido, sensible, pesimista, antisocial, desconfiado, egoísta y vengativo.
• Sanguíneo: es extrovertido, comunicativo, entusiasta, simpático, activo, comprensible, inestable, impulsivo, egocéntrico, exagerado e indisciplinado.
• Flemático: es calmo, eficiente, conservador, práctico, racional, tranquilo, tiene buen humor, es indeciso, resistente, lento, calculador y pretensioso.
Seguramente, al leer cada uno de estos distintos tipos de temperamento, identificaste a personas que conoces. Pero si intentaste encajar solo en uno de ellos te habrás dado cuenta de que es imposible. A decir verdad, podemos tener uno de los cuatro como el más predominante, pero siempre tendremos virtudes y defectos de los tres restantes.
La alegría y la riqueza de una familia residen en el hecho de que los diferentes temperamentos se complementan, generando así un caudal de perspectivas y aprendizajes.
Cuando nos casamos, en general, elegimos a una persona que nos llama la atención porque actúa y reacciona de un modo diferente al de nosotros. Así, la tendencia es que escojamos un par que nos complemente en términos de temperamento, y así la relación será creativa y equilibrada. ¡Imagine cómo sería un matrimonio de dos coléricos o dos melancólicos!
El temperamento es innato e individual. Debe ser muy bien moldeado por los padres cuando educan a sus hijos, trabajando especialmente en sus características negativas. Un niño vengativo debe aprender a perdonar. A un hijo egocéntrico e indisciplinado se le debe enseñar a compartir y a ordenar sus pertenencias. Un niño introvertido necesita del auxilio de sus padres para relacionarse con sus compañeros y para desarrollar amistades.
A su vez, los padres deben tener presente que no podrán modificar el temperamento innato de sus hijos pero que su función será estimular las características positivas innatas que ellos tienen, transformándolas en herramientas para la construcción de habilidades y competencias.
En definitiva, la alegría y la riqueza de una familia residen en el hecho de que los diferentes temperamentos se complementan, generando así un caudal de perspectivas y aprendizajes.
El carácter
El carácter se forma a partir de los estímulos sensoriales, de los ejemplos observados en la conducta de los que nos rodean, y de los conceptos y valores aprendidos de manera formal o informal desde el primer día de vida.
Cuando un niño nace comenzamos a identificar su temperamento. Por más que dos niños hayan sido estimulados del mismo modo desde su vida intrauterina, cada recién nacido reacciona de un modo diferente a las caricias, a la luz, a la sonrisa, a los ruidos y a las personas. Hay bebés que duermen toda la noche, otros que lloran más, a otros les gusta sonreír, y cada uno reacciona de un modo diferente al dolor.
En cuanto al carácter, ¡cuando un niño nace nada está definido aún!
El carácter se forma a partir de los estímulos sensoriales, de los ejemplos observados en la conducta de los que nos rodean, y de los conceptos y valores aprendidos de manera formal o informal desde el primer día de vida.
El carácter se estructura a partir de la imitación y la interacción con los entes sociales. Se forma a través del aprendizaje y la asimilación de conductas, así como por las vivencias personales con los demás, con los objetos y con el ambiente.
Los padres deben moldear el temperamento de su prole, realzando las cualidades y corrigiendo los defectos. Pero la función fundamental de la paternidad es, sin duda, formar el carácter de los hijos mediante la educación y la enseñanza.
Diversos textos bíblicos nos advierten acerca de la importancia que tienen los padres en la formación del carácter de sus hijos, pues si no son formados en su infancia en el futuro serán personas sin carácter.
«Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes» (Deuteronomio 6:6-7).
«Instruye al niño en su camino y aun cuando fuere viejo no se apartará de él» (Proverbios 22:6).
«Aun el muchacho es conocido por sus hechos, si su conducta fuere limpia y recta» (Proverbios 20:11).
«La vara y la corrección dan sabiduría; mas el muchacho consentido avergonzará a su madre» (Proverbios 29:15).
Nuestras vivencias y conocimientos transforman lo que somos. Nuestra personalidad es dinámica, por lo tanto puede ser modificada y restaurada.
El término carácter significa grabar. Tenemos muchos recuerdos grabados en nuestra mente a lo largo de los años: los amigos que nos ayudaron, los compañeros que fueron de mala influencia o que nos hirieron, los educadores y padres que fueron persistentes y amorosos, los abuelos dedicados y nuestro cónyuge que fue también nuestro amigo.
Nuestro carácter es el yo aparente (ego) que, en sus manifestaciones, nos diferencia de cualquier otra persona. Carácter es lo que aparentamos ser, lo que aprendemos a ser a través de la enseñanza y de los ejemplos, lo socialmente aceptable para la sociedad. Las personas leen nuestro carácter, pues a través de él evidenciemos con mayor claridad nuestros hábitos y los roles que aprendimos, como el de padre, madre, cónyuge, profesional, hermano en la fe, y otros.
Nuestro carácter es nuestro estilo de vida. Y se compone de los valores y principios que forman y definen nuestro comportamiento, que guían nuestras acciones y decisiones. Es un rasgo fundamental de nuestra personalidad.
La personalidad
El alma piensa, siente, tiene deseos, decide y se comporta de una determinada manera. Involucra el temperamento, el carácter, la personalidad y la conducta, y debe estar completamente sometida a Cristo.
La personalidad integra y sintetiza nuestro complejo temperamento y los rasgos de nuestro carácter. Pero abarca aún más, pues es la suma total de nuestros impulsos, emociones, ideas, defensas, aptitudes, talentos, relaciones y comportamiento social global.
Incluye tanto los fenómenos comunes a todos los seres humanos, como nacer, crecer, alimentarse, pensar, decidir, estudiar y hacerse amigos, como las experiencias que fueron vividas internamente y de forma privada. Así, la personalidad involucra todo el complejo mundo personal del ser humano. Abarca el cuerpo y la mente. Es lo que realmente somos, la persona, el yo.
Nacemos con un temperamento innato, y absolutamente dependientes del cuidado, del afecto, de los elogios, de la educación y del significado que los demás nos atribuyen. Cuando crecemos comenzamos a asimilar e internalizar valores y conceptos adquiridos mediante la imitación, los ejemplos, la enseñanza de los demás y de aquello que nos rodea, construyendo así nuestro carácter.
Con el correr de los años, nuestra reflexión interna nos guía hacia una independencia en nuestra forma de pensar, de actuar y de sentir acerca de nosotros mismos. Podemos reestructurar conceptos, valores y teorías, adquiriendo vivencias diferenciadas y particulares que enriquecen nuestra personalidad.
Nos individualizamos —nos volvemos únicos, singulares, individuos.
Es necesario destacar la importancia que posee nuestra voluntad en el proceso de construcción de nuestra personalidad. No somos seres incapaces. Desde su temprana edad podemos observar en los niños el libre ejercicio de su voluntad —arbitrio—, que intentan imponerla ante los adultos.
La personalidad involucra todo el complejo mundo personal del ser humano. Abarca el cuerpo y la mente. Es lo que realmente somos, la persona, el yo.
Nuestra voluntad ejerce el poder de escoger si conservar o no las decisiones que tomamos anteriormente. Aunque está asociada al intelecto y a las emociones, la voluntad actúa de forma independiente: Podemos actuar de un modo opuesto a lo que sentimos, o podemos comportarnos de un modo que sabemos que es incorrecto o pecaminoso.
La personalidad es dinámica. Cada vez que tomamos una decisión, corregimos nuestro temperamento o repensamos un concepto alteramos nuestra persona. Las elecciones de vida, como nuestra profesión, nuestro cónyuge y la paternidad, tanto como el uso de nuestros talentos y habilidades, reestructuran nuestra personalidad.
Nuestras vivencias y conocimientos transforman lo que somos. La personalidad es dinámica, pudiendo ser modificada y restaurada.
La personalidad y la salvación
Cuando aceptamos a Jesús, y nos convertimos verdaderamente, modificamos algunos hábitos, simples expresiones de nuestro yo aparente. Muchos dejan de fumar, de beber, de decir malas palabras o de frecuentar sitios nocivos y violentos. Cambian algunos hábitos, simples rasgos del carácter, pero no necesariamente de su personalidad.
Otros dan un paso más y modifican también rasgos de su temperamento. Se vuelven más mansos y amorosos. Sin embargo, Dios no quiere pequeños cambios de temperamento o de nuestro yo aparente. ¡Quiere aún más!
Solo el evangelio tiene el poder de cambiar nuestro yo interior. Solo la palabra de Dios «es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos: y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Hebreos 4:12).
Dios quiere nuestro yo completo, nuestra alma, mencionada muchas veces en la Biblia como el corazón. El alma piensa, siente, tiene deseos, decide y se comporta. Abarca el temperamento, el carácter, la personalidad y la conducta, y debe completamente sometida a Cristo.
Dios no mira lo que decimos o aparentamos ser sino lo que realmente somos, lo que pensamos, las intenciones que hay detrás de nuestras acciones y cada actitud que tenemos.
Él quiere que le entreguemos nuestra personalidad, nuestro yo interior, por completo. Quiere gobernar sobre nuestra conducta para poder equilibrar nuestra vida emocional. ¡Dios quiere que nuestra alma esté completamente restaurada!
Y todos esos cambios solo serán posibles si le damos permiso.
Soy psicóloga clínica desde el año 1987. Me resultaría imposible contabilizar cuántas personas atendí, cuántos matrimonios fueron restaurados, cuántas personas fueron libres de algún vicio, cuántos nunca más intentaron suicidarse, cuántos se convirtieron al evangelio.
A lo largo de estos años como terapeuta una certeza se instauró en mí: Por buena que sea la técnica o la metodología que utilice, cuando el paciente no quiere cambiar nada sucede. Y lo mismo ocurre con la vida cristiana: Debemos desear y permitir en nuestra vida la ayuda y el poder que recibimos de Dios para cambiar nuestra personalidad.
Controlar y transformar nuestra personalidad es función del Espíritu Santo, quien lo realiza con nuestro consentimiento.
Por más que lo intentemos no contamos con las fuerzas suficientes para controlar, limpiar o armonizar nuestra personalidad. A decir verdad, ni nosotros mismos nos conocemos completamente: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (Jeremías 17:9).
«El que confía en su propio corazón es necio» (Proverbios 28:26).
Controlar y transformar nuestra personalidad es función del Espíritu Santo, quien lo realiza con nuestro consentimiento. Esa transformación implica mucho más que levantar las manos en una reunión, cantar en el coro de la iglesia, participar en la obra de Dios, ser un obrero o ser la esposa del pastor. El control es interno, intenso y divino: «Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras» (Jeremías 17:10).
Defectos de la personalidad
Los padres, la escuela, la facultad, los amigos y aún los cónyuges modifican los rasgos de la personalidad. Asimismo, el medio y los conceptos globalizados del mundo actual han ido deformando a los individuos de nuestra sociedad, pregonando ideologías que distorsionan importantes valores bíblicos, familiares y morales.
Cada vez más observamos, con temor, serios defectos en la construcción de la personalidad de aquellos que están cerca de nosotros. Muchos presentan desvíos de conducta extremos y significativos: faltan el respeto a los derechos y sentimientos ajenos, y desentonan en aquello que es aceptable para nuestra cultura y sociedad.
Existe un gran número de personas enfermas, que perciben, piensan, sienten y, particularmente, se relacionan con los demás de un modo inhumano, provocando rupturas en la construcción del afecto en las relaciones, e hiriendo a las personas que las aman.
Muchos asumen actitudes y conductas disruptivas, afectando negativamente su desarrollo afectivo, profesional y social. Presentan un patrón anormal de conducta, invasivo e inadaptado para una amplia gama de situaciones sociales, influenciando la vida cotidiana y el humor de los que están a su alrededor.
Muchos de ellos pueden ser señalados erróneamente como enfermos mentales cuando en verdad no lo son. Algunos sienten placer en denigrar y lastimar a los que los rodean, desarrollando comportamientos erróneos e intencionales que pueden permanecer a lo largo de los años. Lamentablemente, aun después de convertirse, cuando se espera ver en ellos nuevas actitudes y valores a partir del nuevo nacimiento, muchas continúan comportándose fuera de los patrones bíblicos esperados, enfermando y lastimando a quienes conviven con ellos. Nombraremos algunos tipos de personalidad conocidas, que deben ser tenidas en cuenta y tratadas:
Personalidad paranoica: La persona presenta una desconfianza extrema, traducida en celos y sospechas recurrentes sin justificación; con una tendencia a guardar rencor de forma persistente; negándose a perdonar insultos, injurias o agravios. Tergiversa experiencias ajenas, interpretando erróneamente las acciones neutras o amistosas de los demás como hostiles o desdeñosas. Presenta una sobre valoración excesiva, poniéndose siempre como referencia ante las actitudes de los demás.
Personalidad esquizoide: La persona presenta una capacidad limitada para expresar sentimientos afectuosos, tiernos o elogiosos hacia los demás. Aparenta indiferencia ante los elogios o las críticas, creando un distanciamiento en las relaciones conyugales y parentales. Tiene preferencia por las actividades solitarias, lo cual le ocasiona la ausencia de amigos o el poder tener una relación conyugal cercana. Muestra un bajo interés en relacionarse sexualmente cuando está casado.
Personalidad antisocial: La persona muestra indiferencia ante los sentimientos de los demás, causando heridas y sentimientos de soledad en aquellos que lo rodean. Tiene una actitud persistente de irresponsabilidad y falta de respeto hacia las normas, reglas y obligaciones conyugales y sociales. Presenta baja tolerancia a la frustración y un bajo umbral para descargar su agresión, incluida la violencia. Muestra una irritabilidad persistente, sin analizar los efectos de sus palabras y acciones. Intenta siempre culpar a los demás u ofrecer racionalizaciones plausibles para su conducta inadecuada.
Personalidad impulsiva: La persona presenta inestabilidad emocional y falta de control de sus impulsos, generando agresividad que muchas veces es seguida de una crisis de autocastigo. Tiene una escaza capacidad para planificar situaciones, desatando explosiones de rabia intensa y el uso frecuente de violencia verbal. Tiene una conducta amenazante, en particular en respuesta a la crítica de los demás.
Personalidad histriónica: La persona utiliza la dramatización, la teatralidad, las mañas y una expresión exagerada de emociones, volviéndose impropia y fácilmente influenciada por los demás o por las circunstancias. Posee una afectividad superficial, lábil e inconstante, que le causa inseguridad por su búsqueda continua de excitación. Presenta una preocupación excesiva por su atractivo físico y su capacidad de seducción, ocasionando celos legítimos a su cónyuge.
Hayan sido ficción o realidad, quedarán en nuestra memoria como hechos vividos fácilmente modificables por las nuevas experiencias de vida.
Personalidad obsesiva compulsiva: La persona tiene gran preocupación por los detalles, por las reglas, por hacer listas, por el orden, por la organización y por los esquemas. Demuestra perfeccionismo, escrupulosidad y preocupación desmedida por los detalles. Muestra una constante insistencia en que los demás se sometan exactamente a su forma de hacer las cosas, porque sino no les permite que las hagan.
Personalidad ansiosa: La persona presenta sentimientos persistentes de temor, tensión y preocupación. Tiene la creencia de que es socialmente inepta, sin ningún atractivo e inferior a los demás. Denota una preocupación excesiva por ser criticado o rechazado en situaciones sociales, llevando a la familia a evitar actividades sociales y ocupacionales.
Personalidad dependiente: La persona se niega a expresar sus deseos, exigir sus derechos o hacer exigencias aun razonables a las personas de las que depende. Motiva a los demás, y aún les permite, que tomen decisiones importantes sobre su propia vida. Posee una capacidad limitada para tomar decisiones en su vida cotidiana, y recibe excesivos consejos, muchas veces de personas que están fuera de su círculo familiar. Demuestra un miedo constante a ser abandonado por el otro.
Las personas tristes caminan más encorvadas, las ansiosas realizan movimientos repetitivos, las que están deprimidas pierden el brillo en su mirada; sin embargo las que están motivadas se muestran erguidas y positivas ante la vida.
Seguramente identificaste a algunas personas de tu círculo íntimo a partir de la lectura de los tipos de personalidad mencionados. Eso demuestra que son muchos los que llegan con alguna enfermedad a la iglesia. Aceptan a Jesús y, aunque no puedan asistir a una terapia psicológica o tener un discipulado con el pastor de forma regular, necesitan ser enseñados y ayudados por la acción del Espíritu Santo en sus vidas.
Durante mi vida profesional interactué con personas del medio universitario y académico. Atiendo en mi consultorio hace más de treinta años. Y a lo largo de ese tiempo aprendí a conocer a las personas, a interpretar sus actitudes y a no decepcionarme cuando proyecto grandes expectativas en los demás y no se cumplen. Sin embargo siempre esperé integridad y sobriedad en los cristianos pues el evangelio nos conduce a la regeneración y santificación, pero muchas fueron mis decepciones.
Es triste ver a miembros de la iglesia que aún siguen evidenciando el viejo hombre, promueven calumnias y divisiones, o aun presentan cuadros de robo patológico (cleptomanía), se arrancan el cabello (tricotilomanía) o se realizan auto mutilaciones. Los pastores y líderes deben estar atentos, ya sea para tratar ellos mismos dichos comportamientos a la luz de la Biblia o para aconsejar a sus miembros que recurran a profesionales de la salud. ¡Son muchos los que necesitan una atención especial, porque están enfermos y necesitan ayuda!
Este capítulo describe situaciones comunes pero extremas. La gran mayoría de las personas llega al evangelio con una personalidad debilitada y abatida, pero con todas sus capacidades mentales y psíquicas intactas para experimentar de forma voluntaria y permisiva la acción del Espíritu Santo en sus vidas.
El Espíritu Santo está al alcance de todos los que recibimos a Jesús como nuestro salvador. Debemos permitir que Él transforme nuestra personalidad, mientras tomamos decisiones a diario que nos lleven a vivir en el Espíritu.
La toma de decisiones
No tomamos decisiones de la nada, como si estuviesen exentas de los valores y conceptos que previamente internalizamos.
En realidad nuestras decisiones son guiadas por nuestro mundo interior y construidas a partir de bases estructurales muy complejas.
Nuestro cerebro registra hechos, imágenes, pensamientos, sentimientos, acciones y actitudes. Cuando vemos una película violenta, por ejemplo, el cerebro registra la imagen, no la borra. Y muchas veces nos puede aparecer en un sueño o en una pesadilla, como si nosotros fuésemos los protagonistas de la historia.
Si alguna vez imaginaste una experiencia amorosa, o si de hecho la viviste, el cerebro la registra sin separar necesariamente lo que fue cierto de aquello queimaginaste, tal como le sucede a las personas mentirosas que con el tiempo comienzan a creer en sus historias engañosas. Ese es el motivo por el cual es tan importante seleccionar lo que vemos, pensamos o miramos —ya sea ficción o realidad, quedarán en nuestra memoria como hechos que vivimos fácilmente modificables por las nuevas experiencias de vida.
Toma la decisión de ser la mejor versión de ti.
Nuestra conciencia puede acceder a esos datos aunque hayan sido ficción, y a partir de ellos elaborar y reconstruir conceptos y emociones, causando muchas veces deformaciones —como el caso de las personas extremadamente delgadas que sufren dismorfia, a tal punto que rechazan los alimentos y llegan a morir de inanición. En un mundo de conceptos rápidos como el nuestro, donde se aconseja que «El que saca mayor ventaja de los demás es el que gana» o que «El dinero trae la felicidad y el poder», es muy importante que seleccionemos las conversaciones, las lecturas y las discusiones para no contaminarnos con valores anti bíblicos.
Mientras la mente elabora, pondera, analiza y comprende, nuestro cuerpo externaliza a través de los sentidos y conductas lo que sucede en nuestro interior. Las personas tristes caminan más encorvadas, las ansiosas realizan movimientos repetitivos, las que están deprimidas pierden el brillo de su mirada; en cambio las que están motivadas toman una postura erguida y positiva frente a la vida.
Nuestra conciencia sabe lo que sentimos, lo que deseamos y lo que creemos. Podemos engañar a los demás, simulando miradas y palabras, pero no nos podemos engañar a nosotros mismos —y mucho menos a Dios, que no solo sabe lo que pensamos, sentimos y hacemos, sino que conoce las intenciones de nuestros pensamientos, sentimientos y acciones.
Cuando tomamos una decisión existe una serie de factores internos que nos conduce a esa elección. Y luego, el resultado y las consecuencias de nuestras decisiones muchas veces nos permiten realizar el camino inverso: analizar los factores internos a partir de los externos. Por ejemplo, si decidimos algo incorrecto, ¿cuáles fueron los valores internalizados que se impusieron? ¿Qué estábamos pensando cuando tomamos tal decisión? ¿Qué esperábamos cosechar a partir de lo que sembramos? Y, de hecho, ¿qué vivencias hemos sembrado en nuestra memoria?
Nuestra alma refleja toda esa rica y ágil gama de vivencias e interacciones, internas y externas. Y precisa ser revisada, reorganizada y reestructurada siempre, de modo que seamos guiados hacia el camino correcto:
«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.» (Salmos 139:23-24).
Dios se deleita en ayudarnos a escogerlo a Él. Por lo tanto, decide someter tu personalidad a la acción del Espíritu Santo, y permite que Dios te sondee y te guíe por los caminos rectos y eternos.
Toma la decisión de ser la mejor versión de ti.
Nuestra personalidad es compleja. Involucra toda la complejidad de la bioquímica corporal y las propiedades psicológicas de nuestra humanidad, incluido el yo aparente (carácter) y nuestro interior.
A lo largo de nuestra vida convivimos con diferentes tipos de personas: tranquilas, expresivas, perfeccionistas, conversadoras, lentas, contemplativas, extrovertidas, hurañas, chismosas y miedosas. Ciertamente, por eso debemos aprender a vivir lo que dice Colosenses 3:13: «Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.»
No obstante, cuanto más nos impregnamos del Evangelio más analizaremos nuestra personalidad y entenderemos la ardua y constante tarea que implica cambiar con la ayuda del Espíritu Santo. Lo más difícil es convivir con nosotros mismos, con nuestro viejo hombre. Como declara Pablo: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Romanos 7:24).
El Espíritu Santo
El Espíritu Santo es Dios, pues el Padre, el Hijo y el Espíritu son uno, por lo tanto puede y debe recibir nuestra adoración. Él existe desde el principio, y es acción y poder de Dios: «El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida» (Job 33:4).
En el Antiguo Testamento se lo llamaba Espíritu de Dios o el Espíritu del Señor. En el Nuevo Testamento es quien escribe en nuestros corazones el evangelio de Dios y es el conductor de la Nueva Alianza, la gracia.
El ministerio del Espíritu Santo es producir justicia y su función es transformarnos, llevándonos a una gloria cada vez mayor.
«Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.» (2 Corintios 3:17-18).
El Espíritu Santo es quien convence al hombre de pecado, como también de justicia y del juicio divino (Juan 16:8), operando directamente en la conversión. Por lo tanto, tener al Espíritu Santo es obtener la garantía de la certeza del regreso de Jesús, tener la posibilidad de que nuestra vida carnal sea transformada en espiritual, y tener la seguridad de nuestra nueva vida en Cristo.
«Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones» (2 Corintios 1:21-22).
«Y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.» (Romanos 8:8-9).
El Espíritu Santo nos enseña, infundiendo en nosotros conceptos y valores divinos, que modifican nuestra forma de pensar y de sentir, y las decisiones y elecciones que tomamos a diario.
El Espíritu Santo nos enseña, infundiendo en nosotros conceptos y valores divinos, modificando nuestra forma de pensar y de sentir, y las decisiones y elecciones que tomamos a diario. Mediante su acción sobrenatural, nuestra mente natural y humana comienza a ser transformada hasta volverse la mente de Cristo.
«Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido.» (1 Corintios 2:11-12).
«Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.» (1 Corintios 2:14-16).
El Espíritu Santo opera milagros y maravillas. Es quien nos capacita y habilita para la ejecución de tareas nobles y cultas:
«Mira, yo he llamado por nombre a Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá; y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte, para inventar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce, y en artificio de piedras para engastarlas, y en artificio de madera; para trabajar en toda clase de labor» (Éxodo 31:2-5).
El Espíritu de Dios nos da talentos, ingenio, dones naturales y espirituales (1 Corintios 12:7-11; Romanos 15:18-19), y también nos reviste de poder (Lucas 24:49).
Es maravilloso saber que «de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos.» (Romanos 8:26-27). El Espíritu Santo se comunica con nosotros, nos adopta como hijos y da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16).
A fin de ataviar a su novia para la boda, preparándonos para la vida eterna con Dios, el Espíritu Santo nos transforma en morada de Dios: «En quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» (Efesios 2:22). Eso significa que Él vive en nosotros, y actúa en nuestra vida para que cada día seamos más espirituales:
«Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.» (Romanos 8:5-8).
El fruto del Espíritu
Nuestra personalidad comienza a construirse desde el instante en que se produce la fecundación. Antes de nacer ya somos amados o rechazados, estimulados y pensados.
Aun los que «nacen en la iglesia» —que es mi caso—, al llegar a la fase de la comprensión del evangelio ya vivenciaron emociones, falta de afecto, amores, ansiedades, frustraciones y una buena o mala educación. Al convertirnos ya venimos con valores, conceptos, ideas y un modo único de manejar nuestras emociones y de interactuar con objetos y personas.
Cuando una persona se convierte no llega a Cristo vacío. Por el contrario, viene con vicios de conducta, con habilidades aprendidas, con talentos ejercitados, y a veces con una vida profesional y conyugal ya establecida. Viene con una historia. Puede haber sido muy bien educado, tener excelentes conceptos y valores, poseer un buen nivel de sociabilización, y ser muy capaz e inteligente.
Al convertirnos ya venimos con valores, conceptos, ideas, y una forma única de manejar nuestras emociones y de interactuar con objetos y personas.
Algunos llegan heridos, sin vínculos afectivos sanos, con prácticas mundanas, con emociones destruidas, con pensamientos viciados por el mal, con agresividad y siempre a la defensiva. Muchos llegan con relaciones inadecuadas, con actitudes pecaminosas, con malos hábitos que creían correctos y con una vida sentimental arruinada.
En realidad no importa mucho cómo llegamos. Por más que la personalidad de los nuevos convertidos sea distinta de la de los cristianos, todos experimentamos la maravillosa e inexplicable gracia de recibir al Espíritu Santo que habita en nosotros.
El cuerpo, nuestra parte exterior y visible, se comunica con el mundo exterior a través de los sentidos. El alma es nuestro yo interior, que no vemos, pero que se mueve y actúa a través de nuestro cuerpo.
Sin embargo, nuestro espíritu despierta recién en el momento de nuestra regeneración, pues hasta entonces estábamos muertos en delitos y pecados. El espíritu humano es lo recóndito, donde el Espíritu Santo hace morada cuando aceptamos a Jesús.
Cuando el Espíritu Santo entra en nuestra vida, y comienza a habitar y a actuar en nuestro ser, enciende las lámparas de nuestra comprensión natural y espiritual, llenándonos de la presencia de Dios —y ya no nos sentimos más vacíos ni solos.
En nuestro espíritu somos nuevas criaturas y comprendemos la verdad como nunca antes. Recibimos vida, la posibilidad de tener una nueva mentalidad y forma de vivir.
A partir del momento en que el Espíritu Santo habita en nosotros comienza nuestra transformación, nuestro perfeccionamiento, por la gracia divina.
«¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?» (1 Corintios 3:16).
«Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros» (Romanos 8:11).
«¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?» (1 Corintios 6:19).
Al venir a morar en nosotros, el Espíritu Santo arroja luz sobre nuestra personalidad. Nuestros recuerdos comienzan a ser escrutados, y nuestro pasado sanado y restaurado.
En mi opinión, el hecho de que el Espíritu de Dios habita en mí es la mayor prueba de la misericordia y de la gracia de Dios para conmigo. ¿Quién soy yo? ¿Quiénes somos nosotros para tan grande honra y privilegio?
Al venir a morar en nosotros, el Espíritu Santo arroja luz sobre nuestra personalidad. Nuestros recuerdos comienzan a ser escrutados, y nuestro pasado sanado y restaurado. Ahora Él es quien guía nuestras emociones y vivencias presentes y futuras.
Al obrar en el centro de nuestra alma, el Espíritu de Dios hace que nuestros conceptos y valores sean confrontados. Muchas de nuestras certezas se vuelven inciertas, nuestros sentimientos son limpiados, nuestros comportamientos anteriores nos avergüenzan y nuestras actitudes nos constriñen.
Cuanto más frecuentamos la iglesia y somos enseñados por la Palabra más comenzamos a percibir cuánto necesitamos ser transformados. «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Hebreos 4:12).
La Palabra de Dios, juntamente con la acción del Espíritu Santo en nosotros, pone en evidencia las fallas de nuestro carácter, los errores de nuestro temperamento y los desórdenes de nuestra personalidad. Nos damos cuenta cuán mezquinos y malos son nuestros pensamientos, y nos avergonzamos de nuestros sentimientos infantiles, inmaduros, violentos y egoístas, entre otros.
Como santuarios del Dios vivo (2 Corintios 6:16) debemos encarnar la verdadera realidad del evangelio: Hacer morir las obras de la carne a través de la acción santificadora del Espíritu Santo.
Y es en ese contexto que se produce el fruto del Espíritu:
«Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.» (Gálatas 5:16-25).
Sin el Espíritu de Dios que habita en nosotros, por buena que haya sido nuestra formación moral e intelectual, manifestaremos obras indignas, tales como celos, impureza, envidia, odio, heridas, rabia, ira y egoísmo, entre otras. Por lo tanto, cuando llega el Espíritu a habitar en nosotros nuestras obras deben cambiar, no pueden ser carnales sino espirituales.
El término traducido como carne en varios textos bíblicos tiene su origen en la palabra griega sarx. No se refiere a la parte física del individuo, sino que denota el lado débil de la naturaleza humana separada de Dios a causa del pecado. La carne, en ese sentido, es el elemento más vil de la naturaleza humana, pues es donde se aloja el pecado del hombre.
Siempre habrá una batalla interna e íntima dentro de nosotros, un conflicto entre nuestra alma carnal y nuestro espíritu controlado por el Espíritu Santo de Dios. Pero somos nosotros los que decidimos cuál vencerá.
Lo más importante es entender que practicamos tanto las obras de la carne como las del Espíritu. La Palabra de Dios arroja luz a nuestro interior, y de ese modo nos reconciliamos con Dios. El Espíritu nos convence de que debemos cambiar, y nosotros comenzamos a hacer cambios, siempre con su ayuda, a fin de anular el dominio de la carne en nuestra vida.
«Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.» (Romanos 8:13-17).
Cuanto más cerca de Dios deseemos estar más necesitaremos desandar de nuevo el camino, abandonando las obras perversas de la carne y de nuestra voluntad, aunque ello signifique declarar como Pablo: «Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado» (1 Corintios 9:27).
El fruto del Espíritu revela el poder de Dios en nuestra vida, demuestra la acción y el dominio del Espíritu Santo sobre nuestra personalidad, y nos hace más parecidos a Dios, separándonos de esta generación corrupta en la que vivimos.
