Eran letanías - Leonardo Jacinto Robiano - E-Book

Eran letanías E-Book

Leonardo Jacinto Robiano

0,0

Beschreibung

Matías, un hombre común que transporta su cuerpo por las calles de la ciudad rumbo a su trabajo, escucha las plegarias de una mujer detrás de la ventana de una casa arrumbada. Lo que podía ser una casualidad, una mera anécdota colorida en una vida en la que no ocurre demasiado, se transforma en una intriga y, muy pronto, en una obsesión. ¿Quién es esa mujer? ¿Por qué implora? ¿Cuál es su historia? Un suceso aparentemente insignificante puede cambiar el rumbo de una vida. Solo hay que pasar por la calle correcta a la hora indicada y en el momento oportuno. En la búsqueda de respuestas a ese enigma que lo ha sacado de su rutina, el protagonista se replanteará su propia existencia, encontrará el amor y viajará por el mundo. Ya no será el mismo. La clave de todo el misterio está, por supuesto, en las palabras de la mujer.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 107

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Eran letaníasSúplicas de una mujer

Leonardo Jacinto Robiano

Robiano, Leonardo Jacinto

Eran letanías : súplicas de una mujer / Leonardo Jacinto Robiano. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tercero en Discordia, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-8971-36-0

1. Novelas. 2. Novelas Románticas. 3. Novelas de Misterio. I. Título.

CDD A863

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor.

ISBN 978-987-8971-36-0

Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.

Gracias a todas aquellas personas que confiaron en mí para hacer realidad un sueño.

Gracias a todos los que colaboraron con sugerencias salidas del corazón.

Gracias a todos los que me leen y gracias a los que no.

Este libro está dedicado a mi familia entera.

A Fran y a Ale.

A mi mamá y a mi papá, a Florencia Robiano y a Alicia Melo.

A todos mis amigos.

Al universo que dejó en mí la pasión por escribir.

Al tiempo que me queda.

Índice

Capítulo ICapítulo IICapítulo IIICapítulo IVCapítulo VCapítulo VI

Capítulo I

Eran los ruegos de una mujer, cuyo rostro no conocía, los que cada mañana escuchaba al pasar por esa casa. Parecían lamentos. Era el tono de su voz afligida, que salía por la ventana como humo negro y espeso, logrando erizar mi piel y sentir nervios en el estómago. Ella repetía lastimosamente cada oración, contestando a cada una de estas con mayor énfasis, suplicando, invocando: «Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, escúchanos, señor —su entonación parecía al borde de las lágrimas—; de todo mal, líbranos, señor; por tu encarnación, líbranos, señor; por tu muerte y resurrección, líbranos, señor».

Cada día que transcurría, me llenaba de mayor incertidumbre.

Al levantarme por la madrugada para ir camino al trabajo, lo hacía en dos tramos. El primero, a pie, unas apresuradas doce cuadras hasta llegar a la estación de trenes con el tiempo contado exactamente; sabía que una cuadra caminada con velocidad me demandaba un minuto; por lo tanto, eran doce los que tardaba en llegar a la estación, siempre que mantuviera el ritmo frenético de mis pasos y que ningún contratiempo detenga mi marcha. El segundo tramo, montado a ese tren que en ocasiones no esperaba mi demora, para viajar otros treinta minutos y arrojarme en la cercanía de mi oficina.

Salí caminado con el frío, ese mismo que hacía visible mi aliento. La oscuridad de las calles por esas horas se imponía ante las pálidas luces del alumbrado. Nadie transitaba todavía por la soledad de la ciudad, solo el silencio y yo, unidos por el sonido de mis zapatos, el golpe exacto de la planta de mis pies y la goma que crujía al doblarse, como el paso de algún militar. En ocasiones intentaba caminar con mayor lentitud, ya que el propio sonido de mi andar me incomodaba ante semejante mutismo, pero no podía aflojar la marcha: nunca lograba salir con la antelación necesaria que me permitiera relajarme y llegar con mayor holgura a ese tren.

Fue una de esas madrugadas, al pasar por la casa, que escuché los rezos de esa mujer, y sin dudas provocó en mí una profunda y espantosa curiosidad. El frente de la casa era hermético, anclado en el tiempo, sucio, abandonado. Al pasar podía sentir desolación, disgusto. En el frente, una puerta de madera gastada color gris, con un picaporte oxidado, que se elevaba por sobre un pequeño umbral de piedra; y a su lado, una ventana del mismo color, con celosías cerradas, deterioradas. La suciedad acumulada hacía suponer que no se abría por mucho tiempo. La pared blanca de ese tétrico frente estaba desteñida, mostrando varias capas de pintura ya despintada.

Al pasar por esa ventana y escuchar las súplicas en tonos aciagos, sentí una presión en mi pecho; la sangre turbulenta infló mi yugular, por lo que aceleré el paso aún más unos metros y, en un instante, quedé petrificado en el lugar: era el sonido de mi respiración y los ruegos repetidos por esa mujer, a la que imaginaba extasiada en sus lamentos.

Mis pensamientos quedaron ligados al escuchar su voz quebrada que repetía una y otra vez las oraciones bíblicas; fueron algunos segundos que quedé inmóvil en el afán de querer atrapar cada ruego, cada bocanada de aire que la mujer exhalaba con marcas de misterio; quería desmenuzar cada palabra y así imaginar qué podía suceder detrás de esa ventana. Por un momento pensé que, desde adentro, ante semejante silencio matinal, podrían haber oído mis pisadas, mi andar acelerado. Sentí miedo, por lo que seguí espantado rumbo hacia el tren, que en mis pensamientos pareció ser un refugio.

Al subirme, tomé asiento en el mismo sitio: entrando al vagón hacia la izquierda, la octava butaca del lado derecho, pegado al cristal, que mostraba en treinta minutos de alta velocidad el paisaje hacia mi destino. Eran cuatro butacas enfrentadas de a dos, y yo siempre elegía la misma; una costumbre, como un perro que elige siempre el mismo rincón para dar vueltas y echarse a dormir. Yo apoyaba mi hombro contra el vidrio y observaba sin detenerme en nada. En ocasiones, el cristal empañado por algunas gotas atraía mi atención cuando no quedaba dormido por el traqueteo de la máquina.

Esa mañana, el viaje estuvo cargado de incertidumbre al pensar su rostro y el porqué de esas súplicas que parecían desgarradoras. Tenía la certeza de que en esa habitación en donde su voz escapaba por la ventana había algo más que una mujer apegada a la fe cristiana. Era mi intuición y lo que imaginaba mi mente con solo escucharla.

Sospechaba de una mujer de unos cincuenta años, de piel blanca, más bien pálida, cuyo rostro se ruborizaba al contener el llanto en cada oración; sus ojos, azules, como un dique a punto de romper y desbordar; sus cabellos, lacios, del color del sol, recogidos con un pequeño broche; bella, de caderas prominentes; sumida en su desgracia, que por esos momentos me tenía pensativo en querer saber un poco más acerca de esa voz que la angustia ganaba por aquellos días.

Ya eran pasadas las seis; el sol se dejaba caer en el ocaso, y mi camino de vuelta a casa estaba enfocado en volver a pasar por esa ventana. El tren estaba atestado de gente sentada en sus butacas y personas paradas muy cerca unas de las otras. Yo, fiel a mi costumbre, me ubicaba en el mismo sitio, como cada día. Era fácil notar cómo cambiaba el ámbito con respecto al viaje matutino: algunos sabían volver a destino igual que yo, pero la inmensa mayoría era distinta; sus rostros, aplacados por el trajinar del día; eran otros personajes que viajaban cada uno con un rumbo diferente; podía notar que casi no hablaban entre ellos, cada uno nadaba en sus pensamientos. ¿Qué podría pensar la chica sentada a mi lado? Ella iba con sus auriculares, llevando la música como su propia sombra. ¿Y el señor canoso sentado frente a mí? Yo lo miraba con timidez y apartaba la vista cada vez que él me miraba ¿Qué preocupaciones tendría que resolver?

Yo solo pensaba en la casa tétrica, el escalón de piedra, la puerta gris, el óxido del picaporte, las plegarias, la suciedad, la mujer pálida imaginada por mí, la entonación: «Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, escúchanos, señor, líbranos señor». Quedaron perpetuas en mis oídos las súplicas entrecortadas por lágrimas que aún no podía ver.

Al bajar del tren, todos salían alborotados, se apretujaban primero en la puerta del vagón, mezclando sus cuerpos. Era gracioso, podías ver un brazo o una pierna entrelazados con un torso o una cabeza, cuando no quedaba un bolso o una cartera atascado entre la multitud; desesperados, querían ganar una delantera hacia la salida que, como si fuera una carrera, marcaba el final del viaje en tren. Contrario a la mayoría, siempre esperaba que esa jauría salvaje escape como una bandada de rumiantes, para luego poder bajar con la mayor de mis tranquilidades. Para mí, el día ya era parte del pasado, toda mi furia quedaba encerrada entre las paredes de mi oficina. Ahora era el momento de relajarme y caminar hacia mi casa a paso lento pensando en cómo terminar las horas que quedaban. La noche ya estaba en curso y debía tomar un baño caliente, preparar una rica cena y sentarme en mi sillón a disfrutar una copa de vino.

Hoy fue la excepción: tuve que zambullirme entre los rumiantes y salir cuerpeando con el lomo, casi pegando patadas, levantando la polvareda, galopando y pisando a cualquiera que entorpeciera mi camino. Quería saltar ese molinete y caminar con rapidez para llegar a la vieja celosía e intentar escuchar a la mujer.

Nadie rezaba por esas horas. Algunos segundos en cuclillas bajo el umbral de la ventana, y nada pude oír, solo silencio. Temía que alguien pudiera estar observándome, ya que el ritmo de la ciudad se hacía notar. Pasaban vehículos y personas a pie, y nada tenía que ver con la atmósfera aletargada del amanecer. La imagen era idéntica a la de esta madrugada: la casa tétrica, oscura y vacía; faltaba la calma y el hermetismo. Tal vez esos eran los componentes necesarios para poder oír su voz.

El universo me había colocado en el lugar y el momento exacto para que mis oídos quedaran perpetuados con las súplicas que para mí fueron desgarradoras. ¿Cómo pude poner atención en ello? Esa casa, que ni por cualquier casualidad hubiera querido al menos pasar la vista. Cuatro años calculando los minutos para llegar a tiempo a la estación de trenes; nunca había tenido la capacidad de tener la holgura necesaria y, al menos, cambiar el recorrido, tomar otras calles, improvisar el paso y no ser tan monótono.

Siempre fui ordenado y metódico: mantenía la costumbre, cada día repetía los mismos movimientos. Al despertar me sentaba en la cama erguido, con los pies en el piso, y estiraba los brazos; aseaba mi rostro y mi boca para luego colocarme los anteojos; preparaba café, unos panes que tostaba, rebanados al milímetro, que luego untaba con miel; me vestía con mi ropa de oficina, que dejaba preparada con prolijidad la noche anterior; observaba mi reloj y, cuando las agujas marcaban las seis y cuarenta y ocho, toda la parsimonia de mi desayuno terminaba al cerrar la puerta para comenzar la veloz caminata al tren recorriendo las mismas calles. Era la misma película cada mañana: atravesar el instituto de arte, algunas cuadras de casas con gran similitud, cuyos frentes eran idénticos, jardines de césped con flores bellísimas bien coloridas, podías notar el esmero de sus dueños; más adelante, la iglesia, que ganaba altura sobre el resto de las edificaciones mostrando sus antiguos vitrales y su cúpula; doblaba para cruzar una callecita empedrada más angosta que el resto, y luego una recta en donde la marcha era a toda velocidad y mis pensamientos estaban dirigidos en llegar al tren. Aquella casa arrumbada con lamentos estaba en esa recta final y, sin dudas, había cambiado el foco de mí rápido pero aburrido andar.

Habían pasado dos semanas y, conmigo, una espantosa incertidumbre. La mujer seguía allí, detrás de esa ventana, de madrugada. Parecía esperar el momento en que pasaba y quedaba atónito una y otra vez bajo el umbral. Los minutos que yo estaba allí, los cuales había calculado con antelación, podía escuchar su voz ahogada en esas plegarias. No se salía de ellas, repetidas una y otra vez de manera metódica. Distinto era su pesar, muy espontáneo: a cada instante soltaba el llanto desbordado, notándose su desconsuelo. Necesitaba más tiempo bajo la ventana para lograr desmenuzar sus expresiones, interpretar el tono de su voz, la cual, después de oírla con atención y persistencia por estos días, estaba enquistada en mi cerebro. Sus lamentos eran inconfundibles: cada noche, al apoyar mi cabeza en la almohada, aparecían sus llantos desgarradores, que no dejaban conciliar mi sueño. Su voz se había transformado en una horrible compañía a la cual le hablaba y no encontraba respuestas, como un fantasma que iba y venía para llenarme de interrogantes. Era seguir así o comenzar a buscar la manera de encontrarla, darles vueltas a esas calles manteniéndome en la cercanía de esa casa para ver salir por la puerta a la mujer, que imaginaba pálida y sonrojada como la piel con rosácea, de ojos azul clarito, de caderas salientes; o la certeza de encontrar a la verdadera mujer, solo conocida por su voz, algún rastro de ella, alguien que salga de la casa estancada en la herrumbre y me dé alguna pauta para seguir adelante con mis ideas de que lo que sucedía allí adentro no era solo religioso.