Espiritualidad de la duda - Roger Dewandeler - E-Book

Espiritualidad de la duda E-Book

Roger Dewandeler

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Este libro explora, desde diferentes ángulos, una actitud tan extendida como la duda. A menudo, se ha subrayado su papel esencial en el proceso del conocimiento y de la reflexión. De hecho, la ciencia solo avanza cuando verifica y somete a exa­men sus descubrimientos. En Filosofía, la tradición de los dubitativos comienza con los escépticos de la antigüedad griega y continúa con la duda metódica como virtud científica. También en la Biblia aparecen grandes dubitativos, como Abrahán, Jacob, Job o el apóstol Tomás, prototipo del que duda. La duda no aleja del Evangelio, sino que es la condición de una fe auténtica. El verdadero sabio no es el que sabe, sino el que duda del saber que ha aprendido o adquirido. Vinculando la duda con la tolerancia y desde la perspectiva del diálogo interreligioso, el autor también presenta la historia medieval de tres reyes magos, que representan las tres religiones monoteístas, que se encuentran con un cuarto sabio (pagano), y el caso de Miguel Servet, el hereje quemado en la hoguera en Ginebra.

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Seitenzahl: 171

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Roger Dewandeler

ESPIRITUALIDAD DE LA DUDA

NARCEA, S.A. DE EDICIONES

ÍNDICE

Prólogo de André Gounelle

Introducción

No fiarse

¿Qué es lo que sé?

Dudar para saber

Los intríngulis de Dios

La fila de la panadería

Desconfiar

Tomás versus Abrahán

Job el contestatario

Jacob el descarado

El cuadro de la iglesia

Confiar

La verdad compartida

La verdad que desgarra

La tiranía de un solo cuadro

Volver a confiar

La duda como virtud

Índice de nombres

Índice de referencias bíblicas

Bibliografía

Lo que otorga credibilidad a un determinado testigo no es su incredulidad, su sospecha roedora que rechaza escuchar a los otros testigos; no es tampoco su seguridad, su confi anza abrumadora de tener la verdad consigo: es la confi anza vigilante que concede a todos los testimonios y la incertidumbre con la que testifi ca lo que cree saber.

Olivier ABEL

Pero es la duda y el misterio lo que mejor me habéis transmitido.

Francis CABREL

PRÓLOGO

«No es la duda lo que hace enloquecer, sino la certidumbre», habría dicho Nietzsche. Escribo «habría dicho» en condicional porque yo no he encontrado la referencia de esta frase; la cito de memoria y no estoy seguro de que sea una cita exacta. Señalar que es dudosa me permite utilizarla sin deshonestidad intelectual. Este ejemplo tan simple muestra que la duda tiene, en numerosos casos, sus virtudes. Descarta lo que Sébastien Castellion (1515-1563) llamaba la temeritas affirmandi, la temeridad de la afirmación, que nos tienta constantemente y nos despista a menudo. Castellion veía en la duda la expresión de la humildad que preconiza el cristianismo y de la prudencia que desea la sabiduría.

Las certezas demasiado fuertes o demasiado absolutas son peligrosas. Subordinan todo al prisma deformante de nuestras convicciones y falsean a la vez la percepción y la inteligencia de lo real. Convierten a las personas en fanáticas pues incitan a suprimir todo aquello —y a todos aquellos— que podrían ponerlas en cuestión. Cuando la experiencia las contradice violentamente, empujan a huir de la realidad, a refugiarse en lo imaginario y lo ilusorio. Creer que uno mismo detenta un saber absoluto es una locura que olvida la condición humana; esta locura puede generar perturbaciones psicológicas o comportamientos agresivos. La certeza hace enloquecer, se convierte también en homicida: la ejecución de Servet, vigorosamente denunciada por Castellion, junto a otros mil ejemplos, lo muestra trágicamente. La duda asumida y bien conducida es un antídoto para las furias irracionales y criminales que amenazan con desencadenar las convicciones absolutas.

Se ha subrayado, a menudo, el papel esencial de la duda en el proceso del conocimiento y de la reflexión. La ciencia solo avanza cuando verifica y somete a examen sus descubrimientos. El verdadero sabio no es el que sabe, sino el que duda del saber que ha aprendido o adquirido. Respecto a la Filosofía, según una frase atribuida a Hegel (y la cito con la misma prudencia y humildad que hacía antes con la frase de Nietzsche), no cesa de interrogarse sobre lo que la mayor parte de la gente considera como natural o que cae por su propio peso. La demostración no va más allá. Sorprendentemente, de lo que nadie duda es de la pertinencia de la duda intelectual. Esta paradoja de la duda indubitable, que no duda de sí misma y que desemboca en un dogmatismo del antidogmatismo, ha dado mucho que pensar, e indica probablemente, si no la contradicción interna, al menos el límite profundo del escepticismo; en la medida en que la duda se resume en una negación, no se la puede llevar hasta el final sin destruirla. Pero la duda es más que una negación, es un itinerario que permite avanzar, como bien ilustra Descartes.

Si intelectualmente la duda es necesaria, ¿tiene también su lugar en el ámbito de la espiritualidad? En las páginas que siguen, Roger Dewandeler da a esta cuestión una respuesta absolutamente positiva. Hay una espiritualidad de la duda; se puede ir más lejos y afirmar que la verdadera espiritualidad es la de la duda. La duda no es cualquier cosa que vendría como de fuera para atacar, legítima o abusivamente, la espiritualidad; es un elemento constitutivo suyo. Lo que está en el corazón vivo de la espiritualidad no es el objeto de un ver ni de un saber, pues se sitúa más allá del mundo ordinario de las cosas y de los conceptos. La espiritualidad se debate contra dos adversarios: la indiferencia (lo que no veo ni sé, no tiene interés para mí y, por tanto, no tiene sentido buscarlo) y el dogmatismo (puede que no vea lo que me supera, pero sé lo que es y cómo es; tengo su significado). El lenguaje de la espiritualidad es el símbolo que intenta, si no decir, al menos evocar y hacer presentir o atisbar ese sentido que nos concierne y nos supera, tener un «pequeño gusto», según la expresión de Calvino a propósito del más allá. Cuando afirmamos o negamos los dogmas, acabamos con el objeto o el proyecto del lenguaje de la espiritualidad; sin embargo, cuando dudamos, lo mantenemos vivo. Como muy bien ve y dice Roger Dewandeler, lo que cuenta en la duda no es tanto el objeto cuestionado cuanto el itinerario del sujeto que duda.

La duda no es una posición detenida y fija, ni es una doctrina abstracta: es la dinámica que anima a quien duda. Este libro quiere sacar sus consecuencias. No especula sobre la duda, sobre las diversas formas que adquiere o sobre la lógica que la estructura (lo cual no tiene nada de ilegítimo, pero probablemente no es el camino más apropiado). La estudia a partir de ejemplos concretos que aportan figuras literarias e históricas.

El primer capítulo evoca tres momentos culturales importantes. En la Antigüedad, la «duda por precaución », encarnada por Pirrón, que concierne al arte de vivir (la sabiduría) y que es búsqueda de tranquilidad (se podría haber mencionado también a Montaigne); en el surgimiento de la Modernidad, la «duda por curiosidad», representada por Descartes, que se interesa por el método y mira al conocimiento (la ciencia); y por último, en los siglos xix y xx, la «duda por voluntad de transparencia» de las «hermenéuticas de la sospecha» (Feuerbach, Marx, Freud y Nietzsche), que se pregunta cómo funciona el hombre o, más precisamente, cómo se forjan sus ideas y convicciones. Estos tres tipos de duda han sido fecundos y beneficiosos incluso para la religión, aportando armas eficaces contra los defectos y desviaciones que la amenazan.

El segundo capítulo, original y estimulante, pone en evidencia la presencia de una espiritualidad de la duda en la Biblia, a partir de personajes como Jacob (en el relato complejo y ambiguo de la lucha contra el ángel o Dios), Job (cuyas certezas dominantes de la religión pone en duda el mismo Dios misterioso) y Tomás (en quien el creyente de hoy día puede reconocerse mejor que en Abrahán, cuya fe roza el fanatismo asesino al aceptar el sacrificio de Isaac). Se podrían añadir otros ejemplos: el estudioso del Nuevo Testamento, Pierre Bonnard, ha subrayado que en los evangelios los discípulos son los únicos que a veces dudan y que su duda no les excluye del círculo de los que siguen y sirven a Jesús.

El tercer capítulo se sitúa en la perspectiva del diálogo interreligioso y pone en relación la duda y la tolerancia. El autor ha recurrido al maravilloso Libro del gentil y de los tres sabios de Raimundo Lulio (siglo xiii), y al escrito de Sébastien Castellion (siglo xvi), Sobre el arte de dudar y de creer, de ignorar y de saber, que ha esperado tanto tiempo para ser publicado. Aquí el acento se pone sobre el itinerario, la comunicación y la discusión; la duda abre la posibilidad de escuchar al otro y de hablar con él. La religión dogmática edifica «casas» diferentes; cada uno se encierra en la suya detrás de compartimentos estanco. La espiritualidad de la duda traza sendas por las que podemos viajar, unos junto a otros, lo cual permite encontrarse, compartir y avanzar hacia una meta que cada uno se figura a su manera, pero que no enfrenta. Como subraya con fuerza y vigor el final de esta obra, la duda es a la vez creativa y ética; practicarla no aleja del Evangelio, sino, al contrario, ayuda a penetrar en su corazón, pues es la condición de una fe auténtica.

André GOUNELLE

INTRODUCCIÓN

Hay un proverbio atribuido a un viejo sabio oriental que dice que «cuando se señala a la luna, el necio mira el dedo». Me permito plantear ese proverbio exactamente al revés: cuando se habla de la duda, el necio se aferra al objeto de la duda mientras que el sabio concentra toda su atención en el sujeto que la tiene. Este sujeto y el acto de dudar es lo que constituyen el principal objeto de mi atención a lo largo de estas páginas.

R. D.

Resulta difícil ignorar el a priori negativo que pesa sobre la duda: a menudo lo que encontramos es la negativa, el rechazo, el desprecio, la incredulidad. O sea, el comienzo de la herejía, el iconoclasmo, pero en otro sentido: no para destruir las falsas representaciones, sino para sabotear su propia verdad. Lo más extraño es que la indecisión parece inscrita en el uso común de la palabra. Cuando no estamos seguros de un asunto solemos decir: «Seguramente es verdad», donde, paradójicamente, la negación de la duda le permite, precisamente, planear sobre nosotros. Inversamente, en materia de fe, la fórmula «yo creo» introduce generalmente una proclamación que no acarrea ninguna duda. En estos ejemplos, el «seguramente» indica la incertidumbre, y el «yo creo» la seguridad absoluta. No hay quien entienda nada… y volver nuestra mirada a la etimología tampoco ayuda mucho. La forma dubitare incluye el elemento duo (dos) que se encuentra en ciertas lenguas germánicas: en alemán, anzweifelen, o en holan dés, twijfelen (zwei/twee), indican dualidad. El verbo indicará el paso de una idea a otra, el movimiento del balanceo que deja el gusto amargo de la inconstancia, de la inestabilidad, del dejar ir. Dudar, ¿será no saber verdaderamente, desconfiar, carecer de firmeza, cambiar de una idea a otra?

Tengo la sensación de que tenemos la necesidad urgente de rehabilitar la duda y de separar la fe de la esfera del saber, esto es, de la pretensión de la certidumbre, para devolverles —tanto a la duda como a la fe— toda su carga positiva de indecisión. Apuesto que el discurso de la fe ganará enormemente si reconoce la función que tiene la duda como garante de una cierta humildad, de la apertura a la diferencia, de la escucha y de la templanza. De todo eso tiene necesidad nuestra época, en un mundo donde la inevitable convivencia plantea nuevos desafíos. Creo que es una tarea útil la de intentar mostrar cómo la práctica de la duda bien podría convertirse —junto a la fe, la esperanza y la caridad— en la cuarta virtud teologal.

Propongo un recorrido en cuatro etapas. En la primera, intento subrayar en qué aspectos la duda forma parte del ADN occidental y constituye un elemento estructural de nuestro modo de aprehender la realidad, adquirida en el trascurso de los siglos. Tres modalidades distintas de la duda que, por claridad, asocio a tres momentos de nuestra historia.

La segunda etapa es bíblica. Apoyándome en algunos relatos de personajes legendarios —cuya verdad supera los límites de su tiempo— descubro la duda como resistencia, debate y contestación al servicio de la fe. Me permito hacer una lectura bastante libre de los textos, teniendo cuidado de no entrar en demasiadas sutilezas exegéticas, y sin pretender el rigor de una crítica cerrada. Digamos que hago una lectura en la distancia.

La tercera etapa es más práctica. La cuestión de la duda es abordada bajo una perspectiva ética, en referencia a dos historias, una ficticia y otra trágicamente real. Retomaré el terreno del arte, en el sentido del ejercicio aplicado de una disciplina, cuando la duda, expresión de la tolerancia, se presenta como el instrumento necesario y privilegiado del diálogo interreligioso.

Más corta, la parte final concluye con un alegato, que es casi una confesión de fe —o de duda—, bajo la evocación de un programa de tono más pastoral. El pequeño juego de palabras desarrollado a partir del sufijo –fiance,méfiance (no fiarse), défiance (desconfianza), confiance (confianza), conduce a un neologismo que no tiene otra pretensión que la de concluir con una nota optimista y movilizadora: réfiance («volver a confiar»)1.

Entre cada una de las partes me he permitido introducir un pequeño comentario en forma de referencia literaria que el lector reconocerá fácilmente. Han ido viniendo a mí, no sé bien cómo, en la lenta redacción de este librito que, por otra parte, no está terminado… Un libro que es fruto de treinta años de recorrido personal, profesional e intelectual.

En estos años me he encontrado muchas personas, a menudo en la frontera de la Iglesia, dentro o fuera de ella, contemporáneos en búsqueda de una espiritualidad abierta al cuestionamiento y a la diversidad. Quiero dar las gracias a muchas de ellas, especialmente a los feligreses que me han ofrecido el espacio para un encuentro siempre fecundo entre la crítica y la convicción. También quiero dar las gracias a mi colega Christiane Berkvens, que me convenció de reunir estas ideas en forma de libro. Y más que a nadie, quiero dar las gracias a mi esposa, que me acompaña, me sostiene, me frena y me alienta.

1 Se trata, en efecto, de un neologismo que no existe en la lengua francesa, y cuyo significado equivale al de confianza, si bien añade a esta el matiz de un plus de audacia, de riesgo y de duda que toda opción de la libertad humana, en ausencia de una evidencia directa, implica. [N. del T.]

NO FIARSE

Desconfiad de los que se dicen falsos Papá Noel: son todos verdaderos.

Jean YANNE

En el ámbito del saber, la capacidad de dudar es signo de buena salud intelectual: atreverse a cuestionar los prejuicios, confrontar las hipótesis, verificar las informaciones antes de proponer nuevas explicaciones que serán, a su vez, puestas en cuestión. Esta aproximación a la verdad se ha impuesto como herramienta metodológica ineludible para quien desee ser tomado en serio. El científico confronta las hipótesis, el periodista tiene cuidado de verificar sus fuentes, el profesor se aplica a presentar su materia con objetividad, el político se apoya sobre análisis sociológicos o económicos fiables, el internauta no se cree todo lo que se le presenta en la pantalla, etc.

Hoy, dudar no es una carencia, es un triunfo, un algo más. Se desconfía de las ideas recibidas y de los discursos demasiado cargados de certeza. Nuestra civilización está formateada por la duda. «Nunca se desconfía demasiado», apunta la sabiduría popular: sentencia que concuerda perfectamente con mi objetivo, al menos en esta primera parte, tal como la he titulado: no fiarse. Distancia en relación con la creencia y la confianza. Des-confianza.

Ahora bien, mi pregunta es saber cómo hemos pasado del hombre que cree en la palabra al hombre que duda de todo, de la tradición multisecular de la duda sospechosa a la posibilidad de una duda fecunda. Creo poder distinguir algunos momentos esenciales que han contribuido a erigir la duda como útil epistemológico incontestado y, a la vez, como aproximación existencial impregnada de sabiduría. Son tres momentos de la historia del pensamiento que remiten a tres periodos de la historia occidental (Antigüedad, Renacimiento, Modernidad), y también a tres dimensiones de la duda: la actitud escéptica con el pirronismo, la duda metodológica con el cartesianismo, la sospecha denunciante con el ateísmo. ¿Cómo han pensado ellos la duda? Sabiendo que aquí no es tanto el objeto (religioso) de la duda lo que nos interesa cuanto la duda misma, sus raíces, su mecánica: ¿Qué significa dudar? ¿Bajo qué modalidades se despliega esta actitud moderna? ¿Quiénes son nuestros «padres de la duda»? ¿Qué es lo que hago cuando dudo?

¿QUÉ ES LO QUE SÉ?

No se sabe casi nada de Pirrón de Elis (360-275), filósofo de la Antigua Grecia, salvo que está en el origen de una corriente de pensamiento que lleva su nombre, el pirronismo. Mucho de lo que a menudo se dice sobre él parece surgir de la leyenda; por eso no sorprende que sean sus discípulos quienes lo difundan.

Según Diógenes Laercio (inicios del siglo iii), que recoge la tradición de Diocles, Pirrón, hijo de Plistarco, se habría iniciado en la pintura, pero sin gran éxito. Consagró enseguida su vida a la Filosofía. Siguió a su maestro Anaxarco en los viajes que lo condujeron a la India y a Persia. De vuelta a Elis, «vivió piadosamente con su hermana, que era una mujer sabia», y murió a la edad de 84 años, dejando a sus discípulos el recuerdo de un hombre admirable, de tal modo que uno de ellos se dirigía así a Pirrón: «Siendo solo un hombre, vives fácilmente en paz y tranquilidad y, solo entre los hombres, te comportas como un dios».

Se dice que soportaba todo, que no evitaba nada, incluso ser atropellado por un carro, convencido de que no debía fiarse de sus sentidos. En nombre de este principio un día, pasando junto a su maestro Anaxarco, que se había caído en un charco, no le prestó ayuda alguna; este último le felicitó por haber permanecido indiferente y no haber cedido en nada a sus pasiones. Se dice igualmente que, con ocasión de una fuerte tempestad en el mar, fue el único en mantener la calma, siguiendo el ejemplo de un cerdo que comía allí, descuidado de los peligros exteriores. Esta historia la recordará más tarde Montaigne:

¿Acaso podremos hacer creer a nuestra piel, que los golpes del estribo le hacen cosquillas? ¿Y a nuestro gusto que el áloe es un vino de Graves? El cerdo que estaba junto a Pirrón es aquí nuestro escolta1.

Según también Diógenes Laercio, se debe a esta admiración que se le tenía el que se le nombrara jefe de los sacerdotes y se concediera la exención de impuestos a todos los filósofos. La ley de 1905 no existía todavía2…

Pirrón de Elis no ha dejado ningún escrito. Afortunadamente, sus discípulos se han encargado de transmitir su pensamiento. Primero sus discípulos directos, sobre todo Timón de Fliunte (325-235) y Diógenes Laercio (inicios del siglo III); más tarde, hacia el año 190, Sexto Empírico con sus síntesis de la filosofía escéptica, Esbozos pirrónicos.

El primer gran principio del pirronismo propugna que nunca debemos hacer caso de nuestros sentidos. No porque nos den una representación falsa de la realidad, sino porque la que nos dan es siempre una representación parcial. Lo que veo, lo que huelo y lo que oigo no es falso, pero cabe que en otras circunstancias yo vea, huela y oiga de manera diferente, porque los que observan son distintos y no miran siempre de la misma forma; porque la realidad misma es plural y cambiante; porque las circunstancias de la observación no son nunca idénticas. Solo hay una cosa cierta: que nada es cierto. Nada puede ser establecido con certeza, y vale más renunciar a querer conocer el último significado de las cosas. La actitud escéptica consiste, pues, en suspender el juicio y no afirmar ni negar nada definitivamente. Es la práctica de la epojé, según el griego «interrupción»: interrumpir, suspender nuestro juicio sobre las cosas inciertas, evitar las afirmaciones cuando se trata de un razonamiento. Porque no estamos seguros de nada y no tenemos a nuestra disposición nada más que nuestras afecciones: no la esencia de las cosas, sino el modo en que nuestros sentidos las perciben.

Efectivamente, si los sentidos nos proporcionan enseñanzas sobre lo real que nos rodea y si es verdad que se puede dar cuenta de lo inmediato, no se sigue de ahí que se puedan obtener verdades definitivas, como hacen los dogmáticos. «Que el fuego queme, lo experimentamos bien, pero cuál es su esencia, eso no lo podemos definir»3. Pues, en realidad, «ninguna cosa es más bien esto que aquello». Es el famoso más bien no de los escépticos (en griego ou mallon). Se puede decir que hoy hace frío, pero según la persona que lo siente, sus hábitos, su estado de salud, su modo de estar vestido y su resistencia al frío se podría también llegar a afirmar que hace calor. Al final, nada es más bien así