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LA NOVELA EN LA QUE SE BASA LA PELÍCULA DIRIGIDA POR CHARLIE KAUFMAN Tendrás miedo, pero no sabrás por qué... «Estoy pensando en dejarlo». Una vez que llega este pensamiento, se queda. Está presente siempre. Siempre. Jake y yo tenemos una conexión de verdad, un apego raro, intenso. ¿Cuánto llevamos...? ¿Un mes? Me siento muy atraída hacia él, aunque en realidad no sea precisamente guapo. Voy a conocer a sus padres por primera vez, al mismo tiempo que estoy pensando dejarlo. Jake dijo en una ocasión que «A veces un pensamiento está más cerca de la verdad, de la realidad, que una acción. Se puede decir cualquier cosa, se puede hacer cualquier cosa, pero no se puede fingir un pensamiento». Y lo que estoy pensando es que no quiero estar aquí. Estoy pensando en dejarlo.
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Seitenzahl: 264
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Para Don Reid
Estoy pensando en dejarlo.
Una vez que llega este pensamiento, se queda. Perdura. Permanece. Domina. No hay gran cosa que yo pueda hacer al respecto. Créanme. No se va. Está presente, me guste a mí o no. Está presente cuando como. Cuando me voy a dormir. Está presente cuando estoy durmiendo. Está presente cuando me despierto. Está presente siempre. Siempre.
No hace mucho que lo pienso. Es una idea nueva, pero al mismo tiempo parece vieja. ¿Cuándo surgió? ¿Y si no ha sido concebida por mí, sino que alguien la ha implantado en mi mente, alguien la ha desarrollado previamente? ¿Una idea no expresada carece de originalidad? A lo mejor es que lo he sabido todo el tiempo. A lo mejor es que así era como iba a acabar esto.
Jake dijo en una ocasión: «A veces un pensamiento está más cerca de la verdad, de la realidad, que una acción. Se puede decir cualquier cosa, se puede hacer cualquier cosa, pero no se puede fingir un pensamiento».
No se puede fingir un pensamiento. Y eso es lo que estoy pensando.
Me preocupa. De verdad. Tal vez debería haber sabido cómo iba a acabar lo nuestro. Tal vez el fin estaba escrito ya desde el principio.
La carretera está casi vacía. Silenciosa. Desierta. Más de lo previsto. Hay muchas cosas que ver, pero muy poca gente, y tampoco hay muchos edificios ni viviendas. Cielo. Árboles. Campos. Vallas. La carretera y sus arcenes de grava.
—¿Te apetece que paremos a tomar un café?
—Estoy bien así —respondo.
—Es la última oportunidad que vamos a tener antes de adentrarnos de verdad en el campo.
Voy de visita a la casa de los padres de Jake por primera vez. O así será cuando lleguemos. Jake. Mi novio. No llevamos mucho tiempo siendo novios. Este es el primer viaje que hacemos juntos, el primer trayecto largo en coche, de modo que resulta extraño que experimente un sentimiento de nostalgia, nostalgia por nuestra relación, por él, por los dos. Debería esta emocionada, deseosa de ser la primera de muchas, pero no lo estoy. En absoluto.
—No quiero tomar café ni comer nada —repito—. Quiero hacer hambre para la hora de cenar.
—No creo que esta noche vaya a haber el típico banquete. Últimamente mi madre está cansada.
—Pero no le molestará que venga yo, ¿verdad?
—No, se alegrará. Se alegra. Mi familia tiene ganas de conocerte.
—Por aquí no hay más que establos. En serio.
Hacía años que no veía tantos establos como estoy viendo en este viaje. Puede que no haya visto tantos en toda mi vida. Son todos iguales. Unas cuantas vacas y unos cuantos caballos. Ovejas. Prados. Y establos. Y un cielo enorme.
—Estas carreteras no tienen alumbrado.
—No hay suficiente tráfico para que merezca la pena poner alumbrado —replica Jake—. Seguro que ya te has dado cuenta.
—Pues por la noche debe de estar muy oscuro.
—Así es.
Tengo la sensación de conocer a Jake desde hace más tiempo. ¿Cuánto llevamos…? ¿Un mes? ¿Seis semanas, quizá siete? Debería saberlo con exactitud. Yo diría que han pasado siete semanas. Tenemos una conexión de verdad, un apego raro, intenso. Nunca había experimentado nada igual.
Me giro en el asiento hacia Jake y subo la pierna izquierda para sentarme encima de ella, como si fuera un cojín.
—¿Y qué es lo que les has contado de mí?
—¿A mis padres? Lo suficiente —responde al tiempo que me mira brevemente. Me gusta esa expresión. Le sonrío. Me siento muy atraída hacia él.
—¿Qué les has dicho?
—Que he conocido a una chica muy guapa que bebe demasiada ginebra.
—Mis padres no saben quién eres tú —replico.
Jake cree que estoy de broma, pero no es así. Mis padres no tienen ni idea de que él existe. No les he hablado de él, ni siquiera les he contado que he conocido a una persona. Nada. No he dejado de pensar que debería decirles algo. He tenido múltiples oportunidades. Pero es que no estaba lo bastante segura como para decir nada.
Jake pone cara de ir a hablar, pero cambia de opinión. Alarga la mano para encender la radio. Solo un poco. La única música que hemos logrado encontrar después de recorrer el dial varias veces ha sido una emisora rural. Antigua. Jake sigue el ritmo de la música con la cabeza y tararea en voz baja.
—Nunca te había oído tararear —comento—. Lo haces muy bien.
No creo que mis padres lleguen a enterarse de que Jake existe, ni ahora ni más adelante con efecto retroactivo. Mientras avanzamos por una desierta carretera rural de camino a la granja de sus padres, este pensamiento me causa tristeza. Me siento egoísta y egocéntrica. Debería contarle lo que estoy pensando, pero es que es un tema muy difícil del que hablar. Una vez que me surgen estas dudas, ya no puedo dar marcha atrás.
Ya lo he decidido, más o menos. Estoy bastante segura de que voy a poner fin a esto. Eso alivia la presión de conocer a los padres de Jake. Tengo curiosidad por saber cómo son, pero también me siento culpable. Seguro que él piensa que el hecho de que yo vaya a la granja de sus padres es una señal de compromiso, de que la relación está profundizándose.
Está sentado aquí, a mi lado. ¿Qué estará pensando? No tiene la menor idea. No va a resultar fácil. No quiero hacerle daño.
—¿Cómo es que conoces esta canción? Además, ¿no la hemos oído ya antes, dos veces?
—Es un clásico country y yo me crie en una granja. La conozco por defecto.
No me confirma que ya hemos oído esta canción dos veces. ¿Qué emisora de radio pone una misma canción varias veces en una hora? Ya no escucho mucho la radio; a lo mejor ahora hacen esas cosas. A lo mejor es normal. No lo sé. O también puede ser que estas canciones country antiguas me parezcan todas iguales.
¿Por qué será que no recuerdo nada del último viaje que hice en coche? Ni siquiera sabría decir cuándo fue. Voy mirando por la ventanilla, pero en realidad no estoy mirando nada. Simplemente paso el tiempo como cuando se va en coche. Dentro de un coche todo pasa mucho más deprisa.
Lo cual es una lástima. Jake me ha hablado largamente de este paisaje. A él le encanta. Me dijo que cuando no está lo echa de menos. Sobre todo los campos y el cielo, afirmó. Estoy segura de que es muy bonito y muy apacible; pero cuesta trabajo distinguirlo desde un coche que está en movimiento. Intento absorber tanto como puedo.
Pasamos junto a una finca desierta en la que únicamente quedan los cimientos de una granja. Jake dice que se quemó hará unos diez años. Detrás de la casa hay un establo decrépito y delante se ven unos columpios. En cambio, los columpios parecen nuevos. No están ni viejos ni oxidados ni tampoco carcomidos por la intemperie.
—¿Y esos columpios de ahí? —pregunto.
—¿Qué?
—En esa granja quemada. Ahí ya no vive nadie.
—Si tienes frío, dímelo. ¿Tienes frío?
—Estoy bien —contesto.
El cristal de la ventanilla está frío. Apoyo la cabeza en él. Noto las vibraciones del motor a través del cristal y también cada irregularidad de la carretera. Un suave masaje para el cerebro. Resulta hipnótico.
No le digo a Jake que estoy intentando no pensar en el Llamante. No quiero acordarme del Llamante ni de su mensaje. Esta noche, no. Y tampoco quiero decirle a Jake que estoy evitando verme reflejada en la ventanilla. Para mí hoy es un día sin espejos. Igual que el día en que nos conocimos él y yo. Son pensamientos que me guardo para mí.
Noche de juego de preguntas y respuestas en el bar del campus. La noche en que nos conocimos. El bar del campus no es un lugar en el que yo pase mucho tiempo. No soy una estudiante. Ya no. Allí me siento rara. Nunca he comido nada allí y la cerveza de barril sabe arenosa.
Esa noche no esperaba conocer a nadie. Estaba con una amiga mía. Pero en realidad no estábamos atendiendo al juego; estábamos compartiendo una jarra de cerveza y charlando entre nosotras.
Creo que la razón de que mi amiga quisiera que nos viéramos en el bar del campus era que pensaba que allí yo podría conocer a un chico. No lo dijo, pero es lo que creo que pensó. Jake y sus amigos estaban sentados en la mesa de al lado.
Los juegos de preguntas y respuestas no son algo que me interese. No es que no sean divertidos, simplemente no son lo mío. Yo preferiría ir a un sitio un poco menos intenso o quedarme en casa. En mi casa la cerveza nunca me sabe arenosa.
El equipo en el que jugaba Jake se llamaba Cejas de Brézhnev.
—¿Quién es Brézhnev? —le pregunté. En el bar había mucho ruido y casi teníamos que gritar para oírnos por encima de la música. Llevábamos un par de minutos hablando.
—Fue un ingeniero soviético que trabajaba en metalurgia. En la época del Estancamiento. En vez de cejas, tenía dos orugas gigantescas.
De esto estoy hablando. Del nombre que se había puesto el equipo de Jake. Se supone que era gracioso, pero también lo bastante raro para demostrar que tenían conocimientos del Partido Comunista Soviético. No sé por qué, pero estas son las cosas que me desquician.
Los equipos siempre se ponen nombres así. Y si no, eligen nombres que son descaradas insinuaciones sexuales. Otro equipo se llamaba «Mi sofá tiene un bulto enorme, ¡y yo también!».
Jake no es un tipo superatractivo, la verdad es que no. Resulta agradable en su irregularidad. No fue el primer chico en el que me fijé esa noche, pero era el más interesante. Rara vez me siento tentada por la belleza perfecta. Daba la impresión de ser un miembro menor del grupo, como si lo hubieran traído a rastras, como si el equipo dependiera de las respuestas que diese él. Me sentí atraída de inmediato.
Jake es larguirucho, desgarbado y nada armonioso. Con los pómulos muy marcados y la cara un poco hundida. Esos pómulos esqueléticos me gustaron la primera vez que los vi. Sus labios oscuros y carnosos compensan su imagen de niño desnutrido. Son gordos y gruesos, como si se hubiera inyectado colágeno, sobre todo el inferior. Llevaba el pelo corto y desaliñado, y quizá más largo por un lado o con una textura distinta, como si se hubiera hecho un peinado diferente en cada lado de la cabeza. No lo llevaba sucio, ni tampoco recién lavado.
Iba afeitado y lucía unas gafas de montura fina y metálica, y constantemente se ajustaba la patilla derecha con gesto distraído. A veces se las empujaba sobre el puente de la nariz con el dedo. Me fijé en que tenía un tic: cuando estaba concentrado en algo, se olfateaba el dorso de la mano, o por lo menos se la ponía debajo de la nariz. Es algo que todavía hace con frecuencia. Llevaba una camiseta de color gris liso, o quizá fuera azul, y pantalones vaqueros. La camiseta daba la impresión de que la hubiera lavado cientos de veces. Parpadeaba mucho. Me di cuenta de que era tímido. Podríamos haber pasado la noche entera allí sentados, el uno al lado del otro, y él no me habría dicho ni una palabra. En un momento dado me sonrió, pero nada más. Si lo hubiera dejado de su cuenta, jamás nos habríamos conocido.
Como comprendí que él no iba a decir nada, hablé yo primero:
—Lo estáis haciendo bastante bien. —Estas fueron las primeras palabras que le dije a Jake.
Él levantó su vaso de cerveza.
—Contamos con buenos refuerzos.
Y ya está. Se rompió el hielo. Estuvimos hablando otro poco más. Después, con mucha naturalidad, me dijo:
—Yo soy un cruciverbalista.
Respondí algo ambiguo, como «ah» o «ya». Desconocía aquella palabra.
Jake dijo que él había querido poner a su equipo el nombre de Ipseidad. Tampoco sabía qué significaba esta palabra, e inicialmente pensé en fingirlo. Ya me estaba dando cuenta de que, a pesar de sus precauciones y sus reticencias, Jake poseía una inteligencia que resultaba exótica. No era agresivo en modo alguno. No estaba intentando ligar conmigo. No me lanzaba frases cursis. Simplemente estaba disfrutando de la conversación. Me dio la impresión de que no salía con muchas chicas.
—Me parece que esa palabra no la conozco —le respondí. Y la otra tampoco.
Llegué a la conclusión de que a Jake, como a la mayoría de los hombres, le gustaría explicármelo. Le gustaría más que si pensara que yo ya conocía aquellas palabras y que poseía un vocabulario tan variado como el suyo.
—La ipseidad es, esencialmente, otra manera de llamar a la identidad o la individualidad. Procede de ipse, que en latín significa «uno mismo».
Sé que esta parte parece pedante y suena a sermón repelente, pero créanme que no lo era. En absoluto. En el caso de Jake, no. Jake tenía una caballerosidad, una docilidad natural que resultaba muy atractiva.
—Se me ocurrió que podía ser un buen nombre para nuestro equipo, teniendo en cuenta que somos muchos, pero no nos parecemos a ningún otro equipo. Y como jugamos utilizando un único nombre, ese suscita una identidad unitaria. Perdona, no sé si todo esto tiene sentido, está claro que es un aburrimiento.
Los dos rompimos a reír y tuvimos la sensación de estar solos allí dentro, en aquel bar. Yo bebí un poco de cerveza. Jake era gracioso. O por lo menos tenía sentido del humor. Pero seguí pensando que no era tan gracioso como yo; la mayoría de los hombres que conozco no lo son.
Un poco más tarde me dijo:
—Es que la gente no es muy graciosa, la verdad. Ser gracioso es raro. —Lo dijo como si supiera exactamente lo que yo había pensado un poco antes.
—No sé si será verdad —respondí. Me gustó que expresara una afirmación tan decidida acerca de «la gente». Por debajo de su barniz de autocontrol bullía una profunda seguridad en sí mismo.
Cuando vi que sus amigos y él estaban ya preparándose para irse, se me pasó por la cabeza pedirle el teléfono o darle el mío. Tenía unas ganas locas, pero no fui capaz. No quería que se quedara con la impresión de que estaba obligado a llamarme. Quería que me llamara, por supuesto, lo deseaba mucho. Pero me conformé con la probabilidad de volver a encontrármelo por ahí. Aquello era una localidad universitaria, no una ciudad grande. Seguro que me tropezaba con él. Y resultó que no tuve que esperar a que se diera la casualidad.
Debió de colarme la nota en el bolso en el momento de despedirse. La encontré al llegar a casa:
Si tuviera tu teléfono, podríamos charlar y te contaría una cosa muy graciosa.
Me había escrito su número de teléfono al final.
Antes de acostarme busqué la palabra cruciverbalista. Lancé una carcajada y le creí.
—Sigo sin entenderlo. ¿Cómo ha podido ocurrir algo así?
—Estamos todos conmocionados.
—Aquí nunca había ocurrido nada tan horrible.
—No, nada parecido.
—En todos los años que llevo trabajando aquí.
—Creo que no.
—Esta noche no he podido dormir. No he pegado ojo.
—Yo tampoco. No acababa de encontrar la postura. Y apenas puedo comer. Deberías haber visto la cara que puso mi mujer cuando se lo conté, pensé que iba a vomitar.
—¿Cómo habrá sido capaz de hacerlo, de llegar hasta el final? Esas cosas no se hacen por capricho. Es imposible.
—Da miedo, la verdad. Miedo y escalofríos.
—Entonces, ¿tú lo conocías? ¿Erais muy amigos o…?
—No, no éramos muy amigos. No creo que nadie fuera muy amigo de él. Era un tipo solitario. Era su forma de ser. Reservado. Distante. Algunos lo conocían mejor. Pero… ya sabes.
—Es demencial. No parece real.
—Es una de esas cosas horribles que ocurren, pero por desgracia es muy real.
—¿Cómo están las carreteras?
—No están mal —responde él—. Un poco resbaladizas.
—Menos mal que no nieva.
—Espero que no empiece ahora.
—Por la pinta, hace frío.
Individualmente, los dos no somos nada del otro mundo. Me parece apropiado comentarlo. Combinar los ingredientes de ambos, el cuerpo alto y delgado de Jake con mi evidente baja estatura, no tiene lógica. Cuando estoy sola en medio de una multitud, me siento condensada, fácil de obviar. Jake, pese a lo alto que es, también desaparece entre la gente. Sin embargo, cuando estamos juntos me doy cuenta de que la gente nos mira. No lo miran a él ni a mí, sino a los dos. Individualmente, yo desaparezco, y Jake también. Como pareja, destacamos.
Seis días después de habernos conocido en el bar, hicimos juntos tres comidas propiamente dichas, fuimos a dar dos paseos, tomamos café y vimos una película. Pasamos todo el tiempo hablando. Llegamos a intimar. Después de verme desnuda, Jake me dijo en dos ocasiones que le recuerdo —en el buen sentido, recalcó— a Uma Thurman de joven, una Uma Thurman «comprimida». Me denominó «comprimida». Ese fue el término que empleó.
Nunca me ha dicho que sea sexi. Pero no pasa nada. Me ha dicho que soy guapa e incluso «preciosa» una o dos veces, como lo dicen los chicos. Una vez me denominó terapéutica. Jamás me lo había dicho nadie. Fue justo después de acostarnos.
Ya pensaba que podía suceder —lo de acostarnos—, pero no fue algo planeado. Acabábamos de empezar a enrollarnos en mi sofá, después de cenar. Yo había hecho sopa. Para postre compartimos una botella de ginebra. Estábamos pasándola del uno al otro, bebiendo directamente de la boquilla como si fuéramos dos alumnos de instituto emborrachándose antes de un baile. En esta ocasión parecía haber más urgencia que las otras veces que nos habíamos enrollado. Cuando la botella ya iba por la mitad, nos trasladamos a la cama. Jake me quitó la camiseta y yo le bajé la cremallera del pantalón. Me dejó hacer lo que yo quisiera.
No dejaba de repetir «Bésame, bésame», aunque yo parase solo durante tres segundos. «Bésame», insistía una y otra vez. Aparte de eso, no dijo gran cosa. La luz estaba apagada y apenas se le oía respirar.
No podía verlo muy bien.
—Vamos a usar las manos —propuso—. Solo las manos.
Creí que íbamos a practicar el sexo. No supe qué decir, de modo que me dejé llevar. Yo nunca lo había hecho. Cuando terminamos, Jake se derrumbó encima de mí. Permanecimos así un rato, con los ojos cerrados, respirando. Después, él se apartó hacia un costado y lanzó un suspiro.
No sé cuánto tiempo pasó después de eso, pero al final Jake se levantó y se metió en el cuarto de baño. Yo me quedé tumbada, observándolo a él, escuchando el ruido del grifo. Oí la cadena del váter. Jake estuvo un rato allí dentro. Yo me miraba los dedos de los pies y los agitaba.
Durante aquel rato pensé en contarle lo del Llamante, pero no me atreví. Quería olvidarme de ello. Contárselo a Jake lo convertiría en algo más grave de lo que yo quería que fuese. Esa fue la ocasión en que más cerca estuve de contárselo.
Estaba allí tumbada, sola, cuando de repente me vino un recuerdo a la memoria. Cuando era muy pequeña, tendría seis o siete años, me desperté durante la noche y vi a un hombre en mi ventana. Hacía mucho tiempo que no me acordaba de aquello. Es un recuerdo un tanto nebuloso, fragmentado. No es una anécdota que contar durante una cena. No sé muy bien qué pensaría la gente de ello. Ni siquiera sé muy bien qué pienso yo de ello. No sé por qué me vino a la mente esa noche.
¿Cómo se sabe que algo representa una amenaza? ¿Qué nos indica que algo no es un hecho inocente? El instinto siempre vence a la razón. Por la noche, cuando me despierto, ese recuerdo sigue aterrorizándome. Y cuanto mayor me hago, más me asusta. Cada vez que me acuerdo de él, me parece peor, más siniestro. Puede que cada vez que me acuerdo de él lo vuelva peor de lo que fue. No sé.
Esa noche me desperté sin motivo. No tenía necesidad de ir al cuarto de baño. En mi habitación había mucho silencio. No había ningún estímulo al que tuviera que reaccionar. De improviso me desperté completamente, cosa poco habitual en mí. Siempre tardo unos segundos, incluso unos minutos, en volver en mí. Esta vez me desperté como si me hubieran dado una patada.
Estaba tendida de espaldas, lo cual también es poco habitual. Normalmente duermo de costado o bocabajo. Tenía las mantas envueltas alrededor del cuerpo, muy ceñidas, como si alguien acabara de arroparme. La almohada estaba húmeda. La puerta estaba cerrada y la luz de la mesilla de noche que suelo dejar encendida estaba apagada. La habitación se encontraba a oscuras.
El ventilador del techo estaba conectado. Giraba a toda velocidad, eso lo recuerdo bien. Funcionaba a toda pastilla, daba la impresión de ir a arrancarse del techo. Fue el único ruido que percibí, el motor metronómico del ventilador y las aspas cortando el aire.
La casa no era nueva y siempre que me despertaba durante la noche oía algo: ruido de cañerías, crujidos, algo. Fue extraño que en aquel momento no oyera ninguna otra cosa más. Permanecí unos instantes escuchando, alerta, desconcertada.
Y entonces fue cuando lo vi.
Mi habitación estaba situada en la parte posterior de la casa. Era el único dormitorio que había en la planta baja. La ventana, que no era ni alta ni ancha, estaba enfrente de mí. El hombre estaba allí de pie, por fuera.
No podía verle la cara, quedaba al otro lado del marco de la ventana. Sí le vi el torso, solo la mitad. Se mecía ligeramente. Movía las manos, frotaba una contra otra de vez en cuando, como si pretendiera hacerlas entrar en calor. Eso lo recuerdo muy vívidamente. Era muy alto y muy delgado. Llevaba un cinturón —recuerdo su cinturón, gastado y de color negro— tan apretado que el tramo que le sobraba le colgaba por delante como si fuera una cola. Era más alto que ninguna persona que yo hubiera conocido jamás.
Estuve largo rato observándolo. No me moví. Él también se quedó donde estaba, junto a la ventana, moviendo las manos la una sobre la otra. Daba la sensación de estar tomándose un descanso tras algún esfuerzo físico.
Pero cuanto más tiempo pasaba mirándolo yo, más daba la impresión —o eso me parecía a mí— de que él sí podía verme, incluso teniendo la cabeza y los ojos por encima del borde de la ventana. Aquello no tenía ninguna lógica. Si yo no podía verle los ojos, ¿cómo podía verme él a mí? Estaba segura de que no era un sueño. Y tampoco era algo real. Aquel hombre me estaba mirando. Por eso estaba allí.
Se oía una música suave procedente del exterior de la casa, pero no la recuerdo con claridad. Costaba mucho percibirla. Y no me percaté de ella cuando me desperté. Pero empecé a sentirla después de ver a aquel individuo. No sé muy bien si era música grabada o alguien que estaba tarareando. Así pasó mucho tiempo, me parece, muchos minutos, puede que una hora.
Y de improviso el hombre saludó con la mano. No me lo esperaba. Sinceramente, no sé si fue claramente un saludo o un simple movimiento de la mano. A lo mejor fue solo un gesto parecido.
Dicho gesto lo cambió todo. Tuvo un efecto malicioso, como si estuviera sugiriendo que yo no iba a poder estar totalmente sola, que él estaría siempre presente, que pensaba volver. De repente me entró miedo. La cosa es que ese sentimiento me resulta tan real ahora como entonces. Los elementos visuales son igual de reales.
Cerré los ojos. Sentí deseos de gritar, pero no lo hice. Me dormí. Cuando por fin abrí los ojos, ya era de día. Y el individuo ya no estaba.
Después de aquello, pensé que sucedería de nuevo. Que volvería a ver a aquel hombre allí, observándome. Pero no sucedió. Por lo menos en mi ventana.
Sin embargo, siempre he tenido la sensación de que estaba allí. Ese hombre siempre está ahí.
Ha habido veces en que me ha parecido verlo. Pasaba junto a una ventana, normalmente por la noche, y veía allí a un individuo alto, sentado con las piernas cruzadas en el banco que hay delante de mi casa. Quieto y mirando en mi dirección. No sé muy bien qué peligro puede representar un hombre sentado en un banco, pero él lo representaba.
Estaba lo bastante lejos como para que me resultara difícil distinguirle la cara o saber con seguridad si me estaba mirando. Odiaba verlo. No sucedía a menudo, pero lo odiaba. Y no había nada que yo pudiera hacer al respecto. Él no estaba haciendo nada malo. Pero tampoco estaba haciendo ninguna otra cosa. No estaba leyendo. Ni hablando. Simplemente estaba allí sentado. ¿Por qué? Esa era probablemente la peor parte. Puede que todo fuera producto de mi imaginación. Las abstracciones como esta pueden parecer muy reales.
Estaba tendida de espaldas, tal como me había dejado Jake, cuando en eso salió del cuarto de baño. Las mantas estaban revueltas. Una de las almohadas se encontraba en el suelo. Y por la manera en que la ropa de ambos yacía tirada de cualquier manera alrededor de la cama, aquello parecía la escena de un crimen.
Jake se plantó a los pies de la cama, sin decir nada, y permaneció así un tiempo que resultó antinatural. Yo lo había visto desnudo tumbado, pero nunca de pie. Fingí no mirar. Su cuerpo era pálido, delgado y surcado de venas. Encontró sus calzoncillos en el suelo, se los puso y volvió a la cama.
—Esta noche quisiera quedarme aquí —me dijo—. Es muy agradable. No quiero separarme de ti.
Por alguna razón, en aquel preciso instante, cuando se tumbó a mi lado y frotó su pie contra el mío, me entraron ganas de darle celos. Jamás había sentido un impulso tan fuerte. Me entró sin motivo alguno.
Miré a Jake, que estaba tumbado junto a mí con los ojos cerrados. Los dos teníamos el pelo empapado en sudor. Su rostro, al igual que el mío, estaba enrojecido.
—Ha estado muy bien —le dije al tiempo que le hacía cosquillas en el labio inferior con las yemas de los dedos. Él lo ratificó con un leve gemido—. Mi último novio… Allí no había… Es raro que exista una conexión auténtica. Algunas relaciones son totalmente físicas, solo físicas. Un desahogo físico extremo y nada más. Es posible que las dos personas sientan una gran pasión la una por la otra, pero eso no dura.
Sigo sin saber por qué dije esto. No era verdad del todo, y además, ¿por qué traje a colación a otro novio en aquel momento? Jake no reaccionó. En absoluto. Se quedó tal como estaba, giró la cara hacia mí y me dijo:
—Sigue haciendo eso. Resulta muy agradable. Me gusta que me toques. Eres muy tierna. Eres terapéutica.
—A mí también me resulta agradable tocarte —contesté.
Cinco minutos después, la respiración de Jake cambió. Se había quedado dormido. Yo tenía calor, de modo que no me tapé con las mantas. La habitación estaba a oscuras, pero se me acostumbraron los ojos; todavía me veía los dedos de los pies. Oí mi teléfono sonar en la cocina. Era muy tarde. Demasiado tarde para que llamase nadie. No me levanté para atender la llamada. Tampoco pude dormirme. Daba vueltas y más vueltas. El teléfono sonó tres veces más. Los dos nos quedamos en la cama.
Cuando me desperté al día siguiente, más tarde que de costumbre, Jake no estaba. Yo estaba tapada con las mantas. Me dolía la cabeza y tenía la boca seca. La botella de ginebra yacía en el suelo, vacía. Yo llevaba las bragas y una camiseta, pero no recordaba habérmelas puesto.
Debería haberle contado a Jake lo del Llamante. Ahora me doy cuenta. Es algo que debería haberle contado cuando empezó a suceder. Debería habérselo contado a alguien. Pero no lo hice. No consideré que fuera significativo hasta que lo fue. Ahora lo sé.
La primera vez que llamó, era alguien que se había equivocado de número. Ya está. Nada grave. Nada de que preocuparse. Esa llamada llegó la misma noche en que conocí a Jake en el bar. Que alguien se equivoque de número no es algo que ocurra con mucha frecuencia, pero tampoco es tan raro. Lo único extraño fue la voz del Llamante: un timbre tenso y una forma de hablar tenue, gradual.
Ya desde el principio, desde aquella primera semana con Jake, incluso desde la primera cita, me percaté de ciertas peculiaridades suyas. No me gusta fijarme en esas cosas, pero me fijo. Incluso ahora, en el coche. Me fijo en cómo huele. Es un olor sutil. Pero en este espacio cerrado, se nota. No es desagradable. No sé cómo describirlo. Es, simplemente, el olor de Jake. Son muchos los pequeños detalles que descubrimos en cortos períodos de tiempo. Han pasado semanas, no años. Obviamente, hay cosas que desconozco de él. Y hay cosas que él desconoce de mí. Como lo del Llamante.
El Llamante era hombre, eso sí lo percibí, como mínimo de mediana edad, probablemente mayor, pero poseía una voz claramente femenina, era casi como si estuviera poniendo una entonación de mujer, o por lo menos empleando un tono más agudo, más delicado. Distorsionado sin llegar a ser desagradable. Era una voz que no me resultó conocida. No pertenecía a nadie que yo conociera.
Durante mucho tiempo escuché una y otra vez aquel primer mensaje, por si lograba detectar algo familiar. Pero no pude. Y sigo sin poder.
Tras aquella primera llamada, cuando le dije al Llamante que seguramente se había equivocado de número, me respondió «Perdone» con su voz rasposa y afeminada. Esperó unos momentos más y después colgó. Y yo me olvidé de él.
Al día siguiente vi que tenía dos llamadas perdidas. Ambas se habían recibido en mitad de la noche, mientras yo dormía. Consulté la lista de llamadas perdidas y vi que el número era el mismo que el de la persona que se había equivocado el día anterior. Qué extraño. ¿Por qué volvió a llamar? Pero lo que resultaba extraño de verdad, inexplicable —y que todavía me inquieta— era que las llamadas procedían de mi propio número de teléfono.
Al principio no me lo creí. Casi no reconocí mi número. Miré dos veces. Pensé que era un error. Tenía que serlo. Pero lo comprobé de nuevo y me cercioré de estar mirando la lista de llamadas perdidas y no otra cosa. Decididamente, era la lista de llamadas perdidas. Allí estaba. Era mi número de teléfono.
El Llamante tardó tres o cuatro días en dejar su primer mensaje de voz. Entonces fue cuando la cosa empezó a resultar inquietante de verdad. Todavía conservo ese mensaje guardado. Los conservo todos. Me ha dejado siete. No sé por qué los he conservado. Puede que sea porque pienso que quizá se lo cuente a Jake.
Meto la mano en el bolso, saco el teléfono y marco el número.
—¿A quién llamas? —me pregunta Jake.
—Solo voy a mirar los mensajes.
Escucho el primer mensaje guardado. Es el primer mensaje de voz que dejó el Llamante.
Hay un solo asunto que resolver. Estoy asustado. Me siento un poco loco. No estoy lúcido. Las suposiciones son acertadas. Siento cómo va aumentando mi miedo. Ha llegado el momento de obtener una respuesta. Una única pregunta. Una sola pregunta que contestar.
Estos mensajes no son obviamente agresivos ni amenazantes. Y la voz tampoco. No me lo parece. Claramente, desprenden tristeza. La voz del Llamante desprende tristeza y puede que un poco de frustración. No sé lo que quiere decir. Parece carente de lógica, pero tampoco son chorradas. Y siempre dice lo mismo. Palabra por palabra.
