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Huérfana, deshonrada y despojada de su título. Rho está lista para vivir su vida de manera tranquila como trabajadora humanitaria del campo de refugiados cancerianos en la Casa de Capricornio. Pero se ha extendido la noticia de que el Marad, un desequilibrado grupo terrorista que está determinado a romper la armonía de la Galaxía, planea atacar cualquier Casa de un momento a otro. Entonces Rho se reencuentra con su pesadilla más desagradable: Ocus, quien le transmite un enigmático mensaje que no le deja otra opción más que salir a pelear. Ahora Rho debe embarcarse en una odisea de alto riesgo, a través de una serie de Casas totalmente nueva, donde descubre que hay mucho más para su Galaxia (y para ella misma) de lo que hubiera podido imaginar.
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Seitenzahl: 489
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Russell, Romina
Estrella errante / Romina Russell. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2016.
Libro digital, Amazon Kindle
Archivo Digital: descarga
Traducción de: Jeannine Emery.
ISBN 978-987-609-651-5
1. Narrativa Estadounidense.. 2. Novelas Fantásticas. I. Emery, Jeannine, trad. II. Título.
CDD 813
© 2014, Romina Rusell
Título en inglés: Wandering star
© 2015, Penguin Group (USA) LLC
by Razorbill, una división de Penguin Young Readers Group
All rights reserved including the right of reproduction in whole or in part in any form. This edition published by arrangement with Razorbill, an imprint of Penguin Young Readers Group, a division of Penguin Random House LLC
© de esta edición, 2016, Editorial Del Nuevo Extremo S.A.
A. J. Carranza 1852 (C1414 COV) Buenos Aires Argentina
Tel / Fax (54 11) 4773-3228
e-mail: [email protected]
www.delnuevoextremo.com
Imagen editorial: Marta Cánovas
Traductora: Jeannine Emery
Corrección: Martín Felipe Castagnet
Diseño de tapa: Vannessa Han // Adaptación de tapa: @WOLFCODE
Diseño interior: ER
Primera edición en formato digital: mayo de 2016
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-609-651-5
Para mi abuelo, Berek el Sabio
Nunca serás olvidado
PRÓLOGO
Cuando pienso en mamá, pienso en el día que nos abandonó. Hay decenas de recuerdos que aún me acechan, pero ese es siempre el primero en emerger a la superficie, haciendo naufragar con fuerza todo el resto de mis pensamientos.
Recuerdo haber sido consciente de que algo andaba mal cuando lo que me despertó fueron los rayos de Helios y no el silbato de mamá. Todos los días amanecía con el toque grave de la caracola negra que papá le había encontrado a mamá en la primera cita; la conservaba escondida en el cabello, bajo las largas mechas recogidas, y solo se la quitaba para nuestro entrenamiento diario.
Pero aquella mañana amaneció sin anuncio alguno. Trepé fuera de la cama, me puse el uniforme del colegio y busqué a mis padres en la cabaña. La primera persona que vi fue a Stanton. Estaba en su habitación del otro lado del corredor, con la oreja pegada a la pared.
—¿Por qué estás…?
—Shhh. —Señaló la grieta en la pared de arena y caracolas marinas. Por ahí podíamos escuchar lo que sucedía en la habitación de nuestros padres—. Algo está pasando —gesticuló con la boca.
Me quedé quieta como me lo pidió, esperando la siguiente señal de mi hermano mayor. Stanton tenía diez años, así que asistía a un colegio en una ciudad vaina junto con nuestra vecina Jewel Belger. La madre de ella llegaría en cualquier momento para recogerlo, y Stanton seguía en pijama.
Los segundos de silencio fueron una agonía, durante los cuales imaginé todas las situaciones posibles: mamá podría haber sido diagnosticada con una enfermedad terminal o papá podría haber descubierto una perla de valor incalculable que nos haría ricos. Cuando al fin Stan se apartó de la grieta en la pared, me arrastró al corredor justo cuando mamá salía de su dormitorio hecha una tromba.
—Stanton, ven conmigo, por favor —dijo mientras pasaba a su lado dando grandes pasos. Últimamente, cada vez que ella y papá se peleaban, buscaba consuelo en mi hermano. Stanton se precipitó tras ella, y aunque me moría de ganas de seguirlos, sabía que mamá no estaría de acuerdo. Si hubiera querido que la acompañara, me lo habría dicho.
Observé a través de una de las tantas ventanas de la cabaña cómo mamá lo conducía a Stan a la sala de lectura acristalada que papá le había construido a orillas de la laguna interna, cerca de sus nar-mejas. Se trataba de una versión en miniatura del domo de cristal en Elara; a lo sumo entraban tres personas. Había observado a mamá entrar allí todas las noches. Detrás de las gruesas paredes podía ver su figura desdibujada en sombras, mientras leía su Efemeris a la luz de las estrellas.
Un pequeño velero se detuvo delante de nuestro muelle, donde Jewel se posó de un salto, al tiempo que la brisa del mar le despeinaba sus rizos encrespados. Corrió hacia nuestra puerta de entrada mientras papá bajaba las escaleras para ir a su encuentro. Yo lo seguí sin hacer ruido y me quedé colgada del pasamano para escucharlos.
Papá intercambió el saludo de la mano con Jewel y alzó el brazo en dirección a la señora Belger. Desde su velero la señora Belger hizo sonar el claxon como respuesta.
—Hoy Stan no irá al colegio — dijo papá.
—Oh —dijo Jewel con la voz absolutamente desencantada—. ¿Está enfermo?
Me asomé un poco más por detrás del pasamano, y Jewel me miró rápidamente con sus intensos ojos color lavanda. Sus mejillas castañas se oscurecieron, y apartó la mirada, ya sea por timidez o para evitar que papá supiera que estaba allí.
—Un poco —dijo papá.
Casi doy un grito de sorpresa: jamás en mi vida había escuchado mentir a ninguno de mis padres. Los cancerianos no engañan.
—¿Puedo… puede decirle que espero que se mejore?
Observé la coronilla prematuramente calva de papá mientras asentía.
—Lo haré. Que tengas un buen día en el colegio, Jewel. —Cuando volvió a saludar a la señora Belger, me deslicé silenciosamente detrás de él y salí por una puerta lateral.
Siguiendo el contorno de nuestra cabaña, encontré a Jewel esperándome al lado de un pequeño estanque de nenúfares. Mamá pasaba tanto tiempo cultivándolos que siempre estaba impregnada de su olor.
—¿Stanton se encuentra bien? —preguntó preocupada en cuanto me acerqué. El rojo de sus mejillas se hizo más intenso por la vergüenza.
—Sí —dije, encogiéndome de hombros.
—Me dijo que tus padres están discutiendo mucho últimamente… —dejó la frase en suspenso, como invitándome a confiar en ella como amiga, aunque yo solo tenía siete años y ella tenía la edad de Stanton. El interés que me manifestó me hizo sentir importante, así que quise compartir con ella algo especial: un secreto.
—Stanton no está enfermo en realidad. Está con mamá. Ella y papá acaban de discutir.
Esto pareció afectar más a Jewel que a mí misma, porque sus rasgos color castaño se contrajeron en una expresión de preocupación.
—No creo que sea bueno para él…—dijo—… que lo incluyan en sus disputas. Creo que lo está haciendo crecer demasiado rápido.
Luego salió corriendo en dirección al velero de su madre, y mientras se alejaban navegando, Jewel apretó la cara contra la ventana, mirando la cabaña con melancolía. Sus palabras me preocuparon, incluso si no terminé de comprender su significado, y miré, confundida, hacia el cristal de la sala de lectura.
Me encontré acercándome al recinto. Las gruesas y brillantes paredes reflejaban mi imagen, en lugar de iluminar lo que sucedía adentro. Caminé lentamente alrededor del borde, procurando agacharme en caso de que mamá o Stanton miraran hacia fuera. Luego eché un vistazo dentro, ahuecando las manos a los costados de los ojos y entrecerrándolos para poder ver.
Stanton acababa de recibir su primera Onda en el colegio, y le grababa información sentado en el suelo de la sala de lectura. Mamá había prendido la Efemeris, y orbitaba el espacio mientras le dictaba palabras a Stanton, palabras que yo no alcanzaba a oír. Decidí correr el riesgo y entreabrí ligeramente la puerta, lo más lenta y suavemente posible.
—Después de lavar los tres peces metamorfos, échalos sobre la plancha con una pizca de sal marina y madreselvas de agua dulce del jardín. Creo que ya tienes suficientes recetas. Pasemos al entrenamiento de Rho por las mañanas.
—Mamá, ¿pero por qué me estás diciendo todo esto? —repetía Stanton con tono quejumbroso. Aunque parecía disconforme, sus dedos tecleaban obedientemente la pantalla holográfica de su Onda, guardando la información.
—Me gusta despertar a Rho tres horas antes con un cuestionario relámpago sobre las Casas —continuó mamá, como si Stanton no la hubiera interrumpido—. Después de pasar por las doce poses del Yarrot, debe Centrarse y comulgar con las estrellas al menos una hora…
De repente mamá dejó de hablar, y todas las moléculas de mi ser se disolvieron bajo su mirada glacial. Me estaba mirando directo a los ojos a través de la delgada hendija del marco entreabierto.
La puerta se abrió de repente, y estuve a punto de caerme dentro. Poniéndome atolondradamente de pie, eché un vistazo rápido a mi hermano. Stanton alternaba la mirada entre mamá y yo, conteniendo la respiración. Me preparé para sentir la descarga de furia de mamá por haber estado espiando… solo que no parecía enojada.
—Deberías estar camino a tus clases, Rho. —Miró detrás de mí para ver si estaba papá. Yo también giré la cabeza, pero él seguía dentro de la cabaña. Cuando volví la vista hacia mamá, tenía la misma intensidad en la mirada que había percibido en su rostro hacía una semana, cuando me advirtió que mis temores eran reales.
Ciertamente parecían reales en ese momento. Todas las horribles posibilidades que había temido un rato atrás se volvieron a deslizar en mi cabeza. Me pregunté por qué motivo mamá había decidido dictarle los detalles de su vida cotidiana a Stanton. Algo estaba sucediendo… algo espantoso. Sentí que el estómago se me revolvía y me comenzaba a arder, como si hubiera comido demasiadas algas azucaradas a la vez, y no aguanté la incertidumbre.
Mamá extendió el brazo y me acarició el rostro. Su caricia era como un susurro.
—¿Sabes? Tus maestros están equivocados. —Era una de sus frases favoritas—. No hay doce tipos de personas en el universo… hay dos. —Clavó la mirada en el collar de perlas sobre mi pecho; no me lo había quitado en toda la semana. La perla de Cáncer no estaba centrada, pero por primera vez no extendió la mano para acomodarla—. Los que no hacen nada y solo buscan ser parte del grupo… y los que salen a buscar su lugar de pertenencia.
Fueron las últimas palabras que me dirigió mamá. Cuando papá me llevó navegando al colegio en el Tranco, un poco más tarde, ninguno de los dos sabía que regresaría para encontrar que mamá se había ido.
Papá vivía prácticamente dentro de su cabeza, así que no era una persona que hablara demasiado. Pero esa mañana rompió nuestro silencio habitual.
—Rho… —dijo—, tu mamá y yo te queremos mucho. Si discutimos, no tiene nada que ver contigo ni con tu hermano. Lo sabes, ¿verdad?
Asentí. Hablaba en voz baja, con el tono tranquilizador que siempre usaba después de una pelea. Así que aproveché la oportunidad.
—Papá… ¿por qué le mentiste a Jewel? ¿Qué está pasando en realidad entre Stanton y mamá?
Por la cara de papá me di cuenta de que prefería no responder, pero siempre era más comunicativo después de una pelea.
—No debí mentir, Rho —dijo con un leve suspiro—. Lamento que lo hayas escuchado. También lamento no poder darte una respuesta, porque no tengo una. Sabes cómo es tu mamá… está pasando por una de sus crisis. Cuando vuelvas a casa, se habrá recuperado.
Fue entonces que entendí a lo que se refería Jewel cuando dijo que demasiada información puede hacer crecer demasiado rápido a una persona. Quería creerle a papá, para hacer a un lado la duda, la preocupación y las náuseas que me seguían revolviendo el estómago. Pero la ausencia de la música de la caracola negra esa mañana parecía un mal presagio.
Mamá tenía razón.
(Como casi siempre).
Los temores son reales.
1
Doce banderas, cada una con el símbolo de una Casa del Zodíaco, están hechas jirones ante mí, sobre un campo desolado que se extiende sin fin en todas las direcciones.
Apenas alcanzo a distinguir un emblema prolijamente cosido debajo del nombre de cada Casa: un Cangrejo azul marino, un León púrpura real, un Escorpión negro oscuro. Cubiertos por una costra de mugre y sangre seca, las telas derrotadas se extienden por el territorio como cadáveres de una batalla olvidada.
No hay sonidos; nada se mueve en la distancia polvorienta. Hasta el cielo carece de expresión, es solo una constante extensión descolorida. Pero la quietud del aire está lejos de ser calma; es como si el día estuviera conteniendo la respiración.
Giro para observar el panorama que me rodea, y en el sector oriental veo una colina empinada a la distancia, la única interrupción en la llanura. Me concentro con fuerza en la colina, imaginándome llegando a la cima para examinar el valle más abajo, pero no falta mucho para que el panorama se comience a transformar. A medida que el amplio valle se define con mayor precisión, un jadeo de horror me atenaza la garganta…
Miles de cadáveres se esparcen sobre la tierra polvorienta que está abajo, sus uniformes un arcoíris de colores. Como si fuera una manta macabra tejida con trozos de cuerpos.
Me derrumbo sobre el suelo; estoy a punto de aplastar el orbe de vidrio que tengo en la mano, y cierro los ojos, olvidando que las pesadillas se nutren de la oscuridad. También en mi cabeza se amontonan los cadáveres.
Cientos de adolescentes cancerianos en trajes llamativos flotan a través del espacio oscuro de mi mente, suspendidos para siempre en ese lugar. Sacudo la cabeza y ahora tengo ante mí los barcos de Virgo ardiendo en llamas y el aire enrarecido con el hedor de carne y metal que se calcinan.
Luego los diminutos cuerpos chamuscados de lo geminianos, en otro tiempo tan vivaces; los restos de navíos de lo que alguna vez fue nuestra armada unida.
Cuando aparece la siguiente imagen inhalo bruscamente: la familiar melena negra y ondulada, el rostro de alabastro, el azul índigo de…
Abro los ojos de golpe, y aprieto el brillante orbe de vidrio en el puño. El valle de cadáveres desaparece a medida que la avalancha de imágenes y sonidos reales irrumpen en mi cabeza, como si emergiera finalmente a la superficie del mar después de una profunda inmersión.
El campo desolado se ha vuelto a transformar en una enorme sala estéril tapizada hasta el techo con estantes que albergan cientos de miles de orbes idénticos de cristal. Se los llama Globos de Nieve, y cada uno guarda la recreación de un momento en el tiempo.
Vuelvo a poner el recuerdo que acabo de repasar en su sitio sobre el estante.
Casa de Capricornio
Eje Trinario
Recuerdos del Sabio Huxler
Un instante después, la luz blanca del orbe se atenúa hasta apagarse.
Hace dos semanas que vengo a Membrex 1206 para examinar los recuerdos del Eje Trinario que tiene la Casa de Capricornio, buscando respuestas a alguna de mis millones de preguntas. Estoy desesperada por algún signo que pueda llevarme a Ofiucus, o nos ayude a derrotar al Marad, o devuelva la esperanza al Zodíaco.
Hasta el momento, no he encontrado ninguno.
Mi Onda comienza a zumbar en la mesa, y la abro rápidamente, ansiosa por tener noticias. Un tipo de veinte años, con los mismos rizos rubios que yo, la piel bronceada y pálidos ojos verdes proyecta su holograma en la habitación.
—Rho, ¿dónde estás?
Stanton mira confundido el Membrex (una sala equipada con la tecnología para destrabar los Globos de Nieve) que nos rodea. Lleva su traje de buzo y entorna los ojos por los rayos de Helios; debe de seguir ayudando en la playa.
—Solo estoy buscando algo en el Zodíax.
No le he contado a mi hermano lo que realmente hago aquí —en las profundidades del único planeta de la Casa de Capricornio, Tierre— mientras que él trabaja como voluntario en el asentamiento sobre la superficie.
—¿Ya viste alguna señal de su nave? —le pregunto sin poder evitarlo.
—Como te dije doce veces en la última hora, te avisaré cuando llegue. No deberías preocuparte tanto. —Stanton parece querer decir algo más, pero mira de reojo al costado, a algo que sucede en la playa—. Me tengo que ir; la última arca del día acaba de entregar más cajones. ¿Cuándo vienes?
—Voy en camino. —Las arcas de los capricornianos han estado trayendo y llevando a nuestra gente en Cáncer, desafiando la turbulenta superficie del planeta para salvar la fauna de nuestro mundo. Los cancerianos del asentamiento han estado ayudando a nuestras especies a adaptarse al océano de Tierre, que es mucho más pequeño.
El holograma de Stanton se apaga con un parpadeo. Saco el registro de mi Onda, donde he estado haciendo un seguimiento de los Globos de Nieve que he examinado, e ingreso la información de hoy. Para salir de la sala, paso a través de un escáner corporal biométrico, una forma de asegurarse de que solo me estoy llevando de aquí mis propios recuerdos.
Afuera, en el pasadizo tenuemente iluminado, mi mano se desliza sobre la suave pared de piedra hasta que mis dedos se cierran sobre un cerrojo cuadrado de metal. Tiro de él para abrir una puerta oculta, y cuando me deslizo por ella, el suelo se abre bajo mis pies.
El estómago me hace cosquillas al resbalar por un estrecho y empinado tubo que me lanza al suelo elástico de una plataforma ferroviaria. Su elasticidad me recuerda a la alfombrilla de mi batería, salvo que en esta hay hileras de círculos simétricos que se iluminan rojos o verdes, según si ese lugar en el tren está disponible.
Me paro dentro de uno de los círculos verdes, y casi de inmediato siento una ráfaga de viento y el chiflido de pistones bajo mis pies; luego, el círculo sobre el cual estoy parada se abre.
El aire en el interior crea un vacío y me succiona hacia abajo. Acabo de acceder a la Vena, el sistema ferroviario que atraviesa el Zodíax por túneles subterráneos.
Arte zodiacal del primer milenio, anuncia una suave voz femenina. Me aferro del pasamano que tengo encima en el instante en que el viento cambia de dirección. Un rizo extraviado me cae en la cara al salir disparados hacia arriba.
El Zodíax es una bóveda subterránea que contiene lo que la Décima Casa llama un tesoro de verdades: la sabiduría colectiva del Zodíaco. Aquí abajo hay museos, galerías, salas de Membrex, auditorios, restaurantes, salas de lectura, laboratorios de investigación, hoteles, shoppings y mucho más. Cuando me lo describió, mamá me dijo que el Zodíax es como un cerebro, y la Vena es su red neuronal, que traslada a la gente de un lado a otro con la velocidad de una sinapsis. Su ruta está diseñada más en función de temas de estudio que de geografía.
Un par de mujeres capricornianas en túnicas negras viajan conmigo en mi compartimiento: una es alta con rasgos morenos; la otra, baja con tez rubicunda. Bajamos un segundo la velocidad al llegar a la estación Zodai destacados de este siglo, y la mujer más menuda es succionada hacia una plataforma ferroviaria que está por encima.
Superficie. Asentamiento canceriano.
Hago clic en un botón sobre el pasamano y lo suelto. Una ráfaga de viento me impulsa hacia arriba, a la colchoneta elástica de otra estación de tren, y los escáneres corporales biométricos me vuelven a revisar cuando salgo del Zodíax.
Afuera, levanto instintivamente una mano para resguardarme los ojos de la luz de Helios. Un silencio cavernoso es reemplazado al instante por la rompiente de las olas, las llamadas de los animales y las conversaciones distantes. A medida que mi vista se acomoda, comienzo a distinguir manadas de cabras de mar (el símbolo sagrado de la Casa de Capricornio) pastando y retozando a orillas del agua, y terrasaurios longilíneos, que entran y salen a toda velocidad de las rocas a lo largo de la playa, su piel escamosa destellando a la luz del día. Bien arriba los halcones cornudos cruzan aleteando el cielo blanquecino, volando en círculos con la esperanza de capturar los cerdos miniatura que se alimentan entre las malezas.
Tierre es el planeta habitado más grande de nuestra galaxia, y tiene una única enorme masa terrestre: Verity. Un poco más adelante, la playa de arena rosada del planeta se derrama en el océano azul, y detrás de mí, los bosques silvestres se extienden hasta las crestas de los volcanes, dando paso en la distancia a montañas cubiertas de nieve que perforan el cielo. Cada tanto el paisaje es interrumpido por el largo cuello de una esponjosa jirafa que se estira para arrancar la hoja tierna de un árbol.
Este lugar es el paraíso de un amante de la tierra, lo cual tiene sentido dado que Capricornio es una Casa Cardinal, y representa el elemento Tierra. Las personas que viven aquí habitan casas modestas en enormes parcelas de tierra con múltiples mascotas que viven al aire libre.
La colonia de Cáncer se está construyendo a lo largo del litoral occidental de Verity; como era previsible, nuestra gente prefiere instalarse cerca de nuestro elemento cardinal preferido: el Agua. Entro en nuestro asentamiento mientras grupos de cancerianos trabajan en sus respectivas tareas. Algunos construyen cabañas de arena rosada y caracolas marinas, otros están cortando mariscos para preparar sushi sobre piedras planas, y otros —incluido Stanton— están metidos hasta la rodilla en el océano vistiendo trajes de buzo, ocupándose de las especies recién llegadas. Mientras paso caminando por cada grupo de personas, ya no me siento observada. No como al principio.
Hace un mes, los cancerianos que conocí en Géminis insistieron en mi inocencia y juraron que el resto de las Casas no quedarían impunes tras este insulto a Cáncer. Luego, hace tres semanas vinimos a Capricornio, y los cancerianos aquí apenas me han hablado. Sus miradas fulminantes y su silencio punzante me han dejado en claro que no están interesados en mis errores políticos; su única preocupación es salvar lo que queda de nuestro mundo.
Camino por el agua hacia Stanton, atravesando un mar poco profundo de cangrejos, caballitos de mar en miniatura, cardúmenes de peces metamorfos (peces azules que se vuelven rojos cuando perciben peligro), y algunos tiburones-cangrejo bebés recién liberados. Mi hermano está con Aryll, un canceriano de diecisiete años que vino con nosotros desde Géminis. Están en proceso de soltar otro cardumen de peces metamorfos al océano.
En lugar de interrumpirlos, me quedo atrás, buscando en el cielo algún destello metálico que anuncie la aparición de una nave espacial. Falta poco para la puesta de sol. Ya debería haber llegado.
—Hoy tienes buen aspecto —dice Stanton al verme. Pero más que un cumplido parece una pregunta. Su mirada examina mi vestido turquesa, buscando alguna clave, antes de posarse de nuevo en el agua.
Aryll se vuelve y sus ojos azul eléctrico recorren mi atuendo; un parche gris cubre el sitio donde solía estar su ojo izquierdo. Me dirige una sonrisa juvenil antes de reacomodar su expresión para adoptar una mirada de desaprobación al estilo de Stanton. Aunque siente afecto por ambos, se pone del lado de mi hermano en casi todo.
—Descuida. Puedo ayudarlos igual. —Me acerco, dejando que se moje el ruedo de mi vestido para mostrarle a Stanton que me tiene sin cuidado mojarme la ropa.
—Rho, no hace falta —dice, con un dejo de impaciencia—. Ya casi hemos terminado. Espéranos.
Obedezco a mi hermano, observando mientras él y Aryll liberan a los peces. Los peces metamorfos parecen radioactivos: sus cuerpos encendidos tiñen el agua azul color rojo, pero en seguida su pigmentación comienza a enfriarse y desaparecen en las profundidades del océano. Al ser pequeños y no requerir demasiado para vivir, los peces metamorfos han sido hasta ahora los que mejor se han adaptado a Capricornio.
Stanton abre el último cajón que flota a su lado, y junto con Aryll comienza a soltar cangranchos al océano.
—Vas bien, pero cuidado con sus tenazas —dice Stanton, quitándole hábilmente el cangrejo a Aryll antes de que le arranque el dedo.
Cuando habla con Aryll, mi hermano suena diferente que cuando me habla a mí. Con Aryll su voz desciende, y adopta el tono tranquilizador que me resulta dolorosamente familiar.
—¿Ves aquí atrás esta parte del caparazón, donde se curva un poco? —Aryll asiente obediente—. Ese siempre es el mejor lugar para tomarlos.
Las palabras de Stanton me retrotraen a Kalymnos, donde aprendí a sostener los cangranchos que atacaban constantemente a nuestras nar-mejas. Entonces me doy cuenta como quién está actuando: está haciendo de papá.
No debería molestarme. Después de todo lo que ha sucedido, yo debería ser madura, comprensiva y sensible. Debería agradecer que mi hermano esté vivo siquiera. Algunas personas lo perdieron todo.
Aryll estaba en el colegio, en una ciudad vaina canceriana, cuando los trozos de nuestras lunas comenzaron a perforar la atmósfera de nuestro planeta. La explosión le quitó el ojo izquierdo. Para cuando llegó a su hogar, toda su familia y su casa se habían hundido en el mar de Cáncer. Al igual que Stanton, fue reunido junto con otros sobrevivientes y transportado al planeta Hydragyr de la Casa Géminis.
Luego Ofiucus atacó Géminis.
Los terremotos sacudieron el planeta rocoso mientras se estaba construyendo el asentamiento canceriano. Stanton acompañaba a una familia a un lugar seguro cuando perdió el equilibrio y resbaló de la superficie rocosa. Aryll lo atrapó justo cuando estaba por precipitarse al vacío.
Le salvó la vida a mi hermano.
—Nos vamos a cambiar de ropa —dice Stanton. Él y Aryll se agachan detrás de una cortina que les da un poco de privacidad para quitarse los trajes de buceo.
Examino el horizonte una vez más para ver si hay señales de la nave que he estado esperando ansiosa todo el día. Ofiucus no ha destruido otro planeta desde que arremetió contra Argyr, pero el Marad ataca una Casa diferente todas las semanas. También se lo ha vinculado a barcos pirata que han estado interceptando a viajeros y cargamentos de abastecimiento entre las Casas de toda la galaxia. Los Zodai de todas las Casas están advirtiendo a los ciudadanos que eviten los viajes por el espacio, y nos alientan a viajar por holo-fantasma siempre que se pueda.
¿Y si pasó algo con la nave? ¿Cómo me enteraría? Tal vez debería probar su anillo, por si acaso…
—¡Allá! —grita Aryll. Su cabello rojo reluce como el fuego bajo los rayos de Helios. Señala un punto en el cielo.
El corazón me da un vuelco al ver el puntito que se va agrandando, reflejando el sol en su superficie brillante. Al acercarse, la conocida embarcación con forma de bala aumenta de tamaño hasta que la alcanzo a ver en su totalidad.
Por fin ha llegado Hysan.
2
‘Nox aterriza sobre una parcela de arena rosada lo suficientemente alejada de nuestro campamento para no molestar. Stanton, Aryll y yo marchamos hacia la nave, y a la distancia, la figura bronceada de Hysan salta sobre la playa, cargando un estuche negro.
Exhalo aliviada, y me doy cuenta de que he estado conteniendo el aliento desde que Hysan y yo nos vimos por última vez. De algún modo me he sentido más sola en estas últimas semanas que en todo el tiempo que pasamos a bordo del Equinox.
A medida que se acerca, los labios de Hysan empiezan a dibujar su sonrisa de centauro, y mi boca imita el movimiento sin esfuerzo. Había olvidado lo relajante de sonreír espontáneamente.
Hysan parece estar más alto, y el pelo dorado le ha crecido desde que lo vi con su corte Zodai. Las mechas blancas han desaparecido, como también la ropa de lujo: está vestido con un sencillo traje espacial gris, que abulta con más músculo del que recordaba.
—Miladi —los ojos vivaces color verde hoja se posan en mi rostro y se deslizan sobre mi vestido turquesa—. La memoria no te hace justicia.
—Debiste haber llegado hace horas —digo, pero el rubor en las mejillas mitiga mi reproche.
—Te pido perdón si te causé algún tipo de preocupación. —Hysan me toma de las manos, se las acerca a los labios, y con un beso activa un millón de Globos de Nieve que tengo almacenados dentro del cuerpo. La piel se me estremece, al tiempo que el recuerdo de sus caricias me recorre el cuerpo provocadoramente.
—Hysan. Gracias por venir. Espero que estés bien.
El tono brusco de Stanton quiere decir que todavía no confía del todo en Hysan. Cuando se conocieron en la Casa de Géminis, lo presenté como un amigo y nada más. Aunque eso es técnicamente cierto, igual le estoy mintiendo a mi hermano… y aparentemente, no muy bien.
—Feliz de servirte —dice Hysan, dedicándole una de sus sonrisas ganadoras a Stanton y chocando puños con él. Después de intercambiar el saludo de la mano con Aryll, dice:
—No puedo quedarme mucho tiempo. Solo vine a dejar el Burbujero y después tengo que reportarme al Pleno en la Casa de Tauro. Se ha convocado una sesión de emergencia.
—¿Qué ha sucedido? —pregunto, y la alarma se me dispara en el pecho.
—Nada grave. Después te lo explicaré. —Abre el estuche negro que ha estado cargando y levanta lo que parece ser un globo aerostático desinflado adherido a una bomba de aire—. Esto es un Burbujero, lo que nuestros científicos usan para explorar la superficie de Citera. Apenas presionas Inflar, se activará, y el sistema de navegación mostrará una transmisión holográfica con instrucciones. Puedes usarlo para enviar a alguien a explorar la superficie de Cáncer —o incluso dentro del Mar de Cáncer, hasta cierto punto de presión— y aguantará las más duras condiciones atmosféricas.
El Burbujero parece una versión a escala humana de las membranas que rodean las ciudades flotantes de Libra.
—Nanocarbono transparente fusionado con sílice —recito, recordando las palabras de Hysan, a quien se le ilumina el rostro.
—Exacto.
—¿Y para las especies que se encuentran en lo profundo de la Grieta? —Ser desagradable no forma parte del carácter de mi hermano, así que la dureza de tono es tan leve que nadie lo notaría… excepto un libriano—. No tenemos navíos que puedan penetrar lo suficientemente profundo para saber cómo han sido afectadas o si hace falta moverlas.
—He contactado a mis conocidos en Escorpio —dice Hysan, la sonrisa menguada pero los modales todavía agradables—. Es la única Casa que cuenta con naves que pueden descender hasta esas profundidades. En este momento no sienten una simpatía particular por Cáncer —Los ojos de Hysan se desvían hacia los míos, pero no terminan de conectarse— pero confío en que terminarán ayudando.
A nuestro alrededor, el sol se está poniendo, y a medida que el cielo se oscurece algunas estrellas comienzan a asomarse. Hysan guarda el Burbujero de nuevo en su estuche y de pronto una blancura resplandeciente desciende sobre la noche. Miramos hacia arriba para ver las letras holográficas plateadas que se dibujan sobre Tierre:
CENA
—¿Te puedes quedar? —le pregunto a Hysan, esperanzada.
Titubea apenas un instante.
—Sería un placer, miladi —dice.
Aunque está sonriendo, percibí algo preocupante en su pausa. Sea lo que sea que esté sucediendo, es peor de lo que nos quiere hacer creer.
***
La cena del sector de Capricorino donde residimos se lleva a cabo en el gran valle de un monte empinado —el mismo que vi en los recuerdos del Sabio Huxler. Una multitud de capricornianos vestidos de negro se dirigen hacia allí con nosotros, cada uno llevando lo que parece ser una varita mágica. Es el dispositivo que usan a modo de Onda: un Sentizador.
Dado que los capricornianos creen en cuantificar y almacenar el conocimiento, usan el Sentizador para captar y crear versiones holográficas de cualquier cosa novedosa con la que se encuentren. Cuando el dispositivo se apunta a algo —un objeto raro; una nueva tecnología; un mineral, vegetal o animal desconocido— el Sentizador procesa cada detalle y crea una réplica holográfica que se descarga en una terminal del Zodíax para ser revisada y clasificada.
Cuando llegamos al valle, procesiones paralelas de capricornianos caminan lentamente por ambos costados de una mesa particularmente larga, llenando sus platos con pequeñas porciones de cada fuente. Cada persona trae su propio plato y sus cubiertos, y cada hogar capricorniano contribuye a la cena con una comida. Por nuestra parte, los cancerianos que habían estado trozando los frutos de mar apoyan una bandeja de sushi en un extremo de la mesa.
Hay una pila de platos extra para los que se hayan olvidado los suyos, así que Hysan toma uno, y una vez que nos hemos servido un poco de comida, los cuatro encontramos un lugar en el césped para sentarnos. La mayoría de los capricornianos se sienta en grupos, y entablan acaloradas discusiones y debates sobre una variedad de temas. En general, un capricorniano elige el lugar donde quiere sentarse más por el tema que se está discutiendo que por las personas que conoce. Mientras me abro paso entre los grupos, la gente se voltea para mirarme.
Tal vez los cancerianos que están aquí no quieran tener nada que ver conmigo, pero los Cronistas —los Zodai de Capricornio— han manifestado un enorme interés en mí desde mi llegada. Han incentivado mis visitas a sus Membrex y todavía me invitan a participar de discusiones en todo el Zodíax sobre el clima político actual. Incluso han pedido crear un Globo de Nieve de mi experiencia al mando de la armada —pero esos recuerdos son peligrosos, incluso dentro de mi cabeza. Darles forma física solo los haría más destructivos.
Después de un tiempo, gran parte de los capricornianos me dejaron sola, probablemente al darse cuenta de que todavía no estaba preparada para ser una persona normal. Pero ahora que están volviendo a aparecer noticias complicadas, me empiezan a mirar como si les hubiese estado ocultando algo.
Finalmente encontramos un lugar tranquilo donde sentarnos, a la sombra de un árbol nudoso. Al mirar a mi alrededor, trato de ignorar los fantasmas del Zodai que murieron en este mismo suelo… pero es difícil olvidar una manta de cuerpos rotos.
—¿Qué sucede? —pregunta Hysan. Sus ojos grandes me examinan el rostro como si fueran Sentizadores, deconstruyendo y reconstruyéndome dentro de su mente.
Hubo un tiempo en que Stanton y yo nos podíamos entender sin palabras… pero ahora las personas que mejor me conocen son una sagitariana y un libriano.
—¿Qué no sucede?
Hysan y yo intercambiamos una pequeña sonrisa de nostalgia. Alcanzo a ver a Stanton estrechando la mirada, y agrego:
—¿Qué fue lo que te detuvo?
—Descubrí que uno de mis… uno de los asesores de Lord Neith era un Ascendente.
Como Stanton y Aryll no saben que Hysan es el verdadero Guardián de Libra, tenemos que tener cuidado cuando estamos con ellos.
—Pero los Ascendentes no pueden evitar ser Ascendentes —observo, sorprendida de que Hysan pudiera tener prejuicios contra algún grupo de personas—. No es su culpa…
—Lo encontramos saboteando el escudo psi de Eolo. Y no era solo él. Lord Neith ha estado en contacto con los Guardianes de otras Casas, y hemos confirmado un pico en la población de Ascendentes, en todos lados. Lo que significa...
—Un desequilibrio en el Zodíaco —completo la frase, recordando las enseñanzas de mamá.
Una persona se vuelve un Ascendente cuando su imagen exterior entra en fuerte conflicto con su identidad. Entonces empieza a desarrollar la personalidad y los rasgos físicos de otra Casa —y puede suceder a cualquier edad. La mayoría de los Ascendentes solo cambia de signo una o dos veces en la vida, y con cada cambio tratan de construirse una nueva vida en su nueva Casa. Pero algunos Ascendentes no asimilan tan bien el cambio, y terminan desequilibrados entre los rasgos de su Casa vieja y la nueva. Estos Ascendentes seguirán cambiando de signo durante toda su vida, hasta que sus almas recuperen su equilibrio.
Algunos nunca lo logran.
Con el tiempo las transformaciones empiezan a desgastar los cuerpos de los Ascendentes en desequilibrio, y entonces desarrollan deformidades permanentes que les dan el aspecto de los monstruos de cuentos infantiles. Los cambios excesivos también pueden afectar la mente, por lo que a veces los Ascendentes desequilibrados se vuelven monstruos de verdad.
—Los Ascendentes vienen de Casas inestables. Que haya una ola de Ascendentes ahora, en el medio de los ataques de Ofiucus, del Marad y del amo… —una sombra de duda cruza el rostro generalmente alegre de Hysan—. Cada vez se está poniendo más oscuro allí afuera.
Nuestra conversación se interrumpe cuando aparece una chica de la edad de mi hermano con rizos encrespados, piel avellana y ojos color lavanda.
—¿Me puedo unir a ustedes? —nos pregunta Jewel Belger. Era su familia a la que Stanton había estado ayudando a aterrizar en Hydagyr cuando Aryll lo salvó.
—Por supuesto —digo. Ella sonríe con timidez y se sienta al lado de Stanton. Justo cuando Hysan la está saludando, una alta Acólita capricorniana se nos acerca.
—¿Hysan Dax? El Sabio Ferez ha solicitado tu presencia. —A continuación, los ojos turmalina se enfocan en mí. —Tú también, Rhoma Grace.
Stanton y yo intercambiamos miradas perplejas.
—Iré contigo —me dice, y su necesidad de protegerme me recuerda a Mathias.
Sin hacer caso al dolor, niego con la cabeza.
—Estaré bien, Stan. Después te busco.
Hysan y yo dejamos nuestros platos, todavía llenos, y seguimos a la Acólita capricorniana bajo tierra, donde nos metemos en la Vena. Como toda la Casa está cenando, el tren se encuentra vacío.
A medida que envejecen, los capricornianos acceden a niveles de sabiduría cada vez más elevados y descubren más secretos del Zodíax. Solo los jóvenes toman la Vena: los que ya superaron los cincuenta años tienen otra forma de trasladarse, que nadie más conoce.
Las cámaras de los Guardianes,anuncia una suave voz femenina.
Hacemos clic en nuestros pasamanos y una fuerza nos succiona hacia arriba, hasta una plataforma de la estación. La Acólita presiona el pulgar sobre un sensor oculto en la pared, y esta se abre como si fuera una puerta corrediza.
Del otro lado hay una cueva cristalina con paredes de ágata ambarina. Las franjas de color de la sala son tan luminosas que parece como si estuviéramos en la superficie de la tierra un día de sol radiante. Los únicos muebles que vemos en el espacio cavernoso son un escritorio de madera sencillo y tres sillas. Encorvado detrás del escritorio, espera sentado un anciano que debe de estar cerca de los cien años.
Lleva la misma túnica negra que el resto de los capricornianos; lo único que lo distingue es un pendiente de plomo que le cuelga de una cadena de plata. Se parece a la Piedra Filosofal de la Casa de Acuario.
—Ah, bienvenidos — El Sabio Ferez le asiente amablemente a la Acólita que nos escoltó— Gracias, Tavia.
Nos hace un gesto para que nos acerquemos, y cuando nos sentamos frente a él noto que tiene una estrella dorada en el iris derecho. En la muñeca lleva un pesado Rastreador; en la palma de la mano, un Tatuaje; en la mesa delante de él hay un Sentizador, una Onda y...
—También tengo un Auricular, un Perfeccionario, un Pincel, un Encendedor y una Libreta —dice, sonriendo ante mi creciente asombro.
—¿Pero por qué? —pregunto con estupor, antes de poder pensar en una forma más cortés de averiguarlo.
Lejos de sentirse ofendido, une las manos delicadamente y pregunta:
—Si te dieran a elegir entre tener cinco sentidos o uno solo, ¿qué elegirías?
—Cinco.
—Precisamente.
Mi confusión solo crece, pero Hysan sonríe con suficiencia.
—Pido disculpas, Madre Rhoma, por no habernos reunido antes —dice el Sabio Ferez —pero, por desgracia, he estado ocupado con mis propios problemas. Sospecho que Lord Hysan lo entenderá. —Desliza sus ojos marchitos hacia él—. Creo que hemos estado enfrentando el mismo tipo de transformaciones entre nuestros antiguos amigos.
Hysan se revuelve en su silla, incómodo.
—¿Cómo…
—¿…sé que eres el verdadero Guardián de Libra? —El Sabio Ferez le sonríe con dulzura—. Envejecer puede debilitar al cuerpo, pero cuando se hace bien, fortalece los sentidos. Quedan muy pocos velos que mis ojos no puedan atravesar.
Por primera vez Hysan parece quedarse sin palabras.
—Lord Vaz era un querido amigo mío, y en una de mis tantas visitas durante su último año de vida, observé cuán profundamente te quería. Desde su partida, te he visto entrar y salir de las Casas casi tan frecuentemente como lo hago yo. Aunque todavía no lo sabe, tu pueblo es muy afortunado de tenerte. Como tu colega canceriana, has probado ser un unificador del Zodíaco.
Los iris negros de Ferez brillan como si fueran remolinos de tinta.
—Mi viejo amigo estaría tan orgulloso.
Hysan hace una reverencia con la cabeza, ocultando el rostro. Tengo que reprimir el impulso de tomarle la mano.
—Materia Oscura y la Decimotercera Casa.
Vuelvo rápidamente la mirada al Sabio Ferez, que ahora me sonríe. En contraste con la piel oscura, los dientes le brillan como estrellas.
—Me entristece decir que ni siquiera yo he logrado atravesar esos velos con la vista. Tienes un don poderoso, y eso solo debería ser suficiente para probar que eres la Sagrada Madre de Cáncer. Pero además has mostrado que tienes mucho más que vista astral: tu visión de un Zodíaco unido no es un escenario futuro que has presagiado en el cielo, sino un plan que has emprendido en la tierra. Algo bastante sabio para alguien tan joven.
—Nos llevó a una masacre —respondo, negando con la cabeza, incapaz de aceptar tanta amabilidad—. Fracasé.
—El fracaso no es un fin… es el medio para un fin. Estudia tus fracasos porque ellos guardan los secretos del éxito. —Los ojos negros se le arrugan y esboza una sonrisa pícara e infantil—. Hay un viejo dicho sobre las Casas Cardinales que asevera que los que venimos de ellas no solo somos amos de nuestros propios elementos, sino que poseemos una característica invencible con respecto a otro. El fuego no puede ser sacudido por la tierra. Lo que está bien sujeto a la tierra no puede ser arrancado por el viento. El aire no puede ser ahogado. Y el agua no puede ser quemada.
Me muerdo el labio inferior al sentir cómo las palabras de Mathias susurran en mi interior. Tú eres una llama eterna que no puede ser apagada.
—El abandono de tu madre no te destruyó. Como tampoco el fallecimiento de tu padre. Ni siquiera Ofiucus pudo matarte. Eres fuerte y resiliente, impermeable al fuego o al agua: te elevarás y renacerás de las cenizas de esta derrota.
Ahora soy yo la que he quedado enmudecida por las palabras del Sabio Ferez. Pero si bien su generosidad me conmueve y es una lección de humildad… sé que no soy digna de sus elogios. Como también lo sabe el Pleno y el resto del Zodíaco. Aprecio a los pocos amigos que me quedan, pero ya no me engaño a mí misma: debí haber rechazado el rol de Sagrada Madre desde el primer momento. No tengo —ni tuve jamás— las aptitudes para ser Guardiana.
—He solicitado su presencia para pedirles un favor —dice el anciano Guardián, paseando la mirada de mí hacia Hysan —. Voy a partir, inmediatamente después de esta reunión, a visitar a Moira. Ella es una querida amiga mía, una de las últimas que me quedan desde la partida de Orígene, y temo por su futuro. Antes de marcharme quiero pedirles algo. Nosotros representamos tres de las cuatro Casas Cardinales, y como tales, somos dueños de las Piedras Cardinales.
—Yo ya no tengo el ópalo negro —interrumpo—. Regresó a manos de Agatha cuando se volvió Guardiana interina.
—El Talismán solo responderá a una verdadera Guardiana… sigue estando a tu servicio, por más que esté o no físicamente contigo. Una vez que te reúnas con él, debo pedirte que tú y Hysan busquen al General Eurek en la Casa de Aries con sus Talismanes en la mano. Él les explicará el resto.
—¿Qué sucederá cuando se unan las piedras? —pregunta Hysan. Su velocidad de pensamiento me recuerda a Nishi.
—Creo que a estas alturas ya deben haber adivinado qué fortaleza traía la Decimotercera Casa al Zodíaco allá lejos y hace tiempo.
—La unidad —contesto, y la palabra me sabe ácida en la lengua.
—Precisamente. Tengo la esperanza de que uniendo nuestras cuatro piedras podremos localizar el Decimotercer Talismán, el que se perdió en el tiempo. Tal vez podamos acceder a su sabiduría y descubrir el camino para volver a unir a nuestra galaxia.
Hysan y yo estamos tan asombrados por la teoría que ninguno de los dos habla por un momento. Todavía no puedo terminar de creer que el Sabio Ferez me crea —crea en mí— y que no piense que la Decimotercera Casa es un invento de mi mente. Hasta que Hysan le pregunta:
—¿Y qué pasará contigo?
El Guardián niega con la cabeza calva, y las sombras en el rostro se le alargan.
—Solo las estrellas conocen mi destino, querido muchacho… pero si para ese entonces ya me hubiera unido a ellas, no teman, pues Eurek sabrá qué hacer.
Una sonrisa amplia cruza sus rasgos arrugados, como si estuviéramos discutiendo temas más felices.
—Una última cosa.
El Sabio Ferez se inclina hacia el escritorio, y Hysan y yo, instintivamente, también nos acercamos.
—Oirán hablar mucho sobre los Ascendentes en la guerra que está por venir, y sí —agrega, notando mi expresión— se viene una guerra. Pero hay algo que deben saber antes de que empiece. Los Ascendentes no son una plaga… son parte del futuro.
Vuelve los ojos oscuros y centelleantes hacia mí.
—Me preguntaste por qué poseo once tecnologías cuando una sola sería suficiente. ¿Entiendes ahora el motivo?
Por un momento, me quedo muda, y siento que me arden las mejillas de vergüenza… hasta que la respuesta me sale a borbotones de la boca, como si, durante todo este tiempo, hubiese estado atrapada ahí.
—La posibilidad de elegir. Porque tienes la libertad de elegir diferentes opciones.
Vuelve a sonreír como un niño.
—Precisamente. Cada Casa opera de forma diferente porque está configurada según las preferencias de su pueblo. Pero ustedes dos saben mejor que la mayoría que no podemos controlar las circunstancias de nuestro nacimiento, ni en qué familia nacemos, ni en qué Casa. La verdad es que nuestros padres son solo una parte de la ecuación que nos constituye, porque lo único más poderoso que el destino es el libre albedrío. Nuestras elecciones nos definen: las estrellas pueden habernos puesto en un camino determinado, pero somos nosotros quienes debemos elegir si queremos tomarlo.
Nos da un instante para entender todo lo que nos ha dicho, pero yo sigo dándole vueltas a aquello de que “los Ascendentes son parte del futuro”.
—Esta ola de Ascendentes es solo el comienzo.
Su semblante vuelve a ponerse serio, y por un instante cada uno de los cien años que tiene parece estar pesándole todos juntos.
—Sé que es difícil de entender, pero como ustedes serán quienes nos conduzcan, necesitan saberlo. Es muy posible que haya un tiempo… en un futuro no tan distante… cuando nuestra afiliación a una Casa ya no esté determinada por el nacimiento...
Sus ojos negros como la tinta se fijan en los míos, y no puedo ni pestañear.
—…cuando nuestro signo del Zodíaco será una cuestión de elección.
3
Sigo mirando al Sabio Ferez con absoluta incredulidad cuando un par de Cronistas vestidos con túnicas negras entran en la habitación por una puerta trasera.
—Su transporte está listo —le dice uno de ellos a Ferez, ofreciéndole al anciano Guardián un brazo para apoyarse. El Sabio se levanta sin ayuda, y Hysan y yo también nos ponemos de pie.
—Hasta que nos volvamos a encontrar —dice— buena suerte a ambos.
***
Hysan y yo viajamos por la Vena en silencio.
Dormitorio canceriano, dice la suave voz femenina. Como aún estamos construyendo nuestras cabañas, los cancerianos nos estamos alojando en uno de los numerosos hoteles del Zodíax.
Miro a Hysan.
—¿Quieres venir…?
—Sí —dice rápidamente, y ambos apretamos el botón de nuestros pasamanos. Somos eyectados a la elástica plataforma ferroviaria, y después de apoyar brevemente mi huella digital sobre un sensor de pared, se abre una puerta oculta que da al lujoso vestíbulo dorado del Centro Turístico Jirafa Esponjosa.
Stanton, Aryll y yo compartimos una suite en uno de los niveles más bajos, una sala circular con tres puntas, que se abre a cada dormitorio. El salón circular es espacioso y está rodeado de libros, pantallas gigantes, una corona de aprendizaje y todo tipo de juegos y ejercicios para el entrenamiento mental. También hay una pequeña cocina, y detrás del temperador, que se extiende hasta el techo y almacena los alimentos a diferentes temperaturas, hay una mesa diminuta donde apenas caben dos personas.
Me pongo a hervir una olla de neurobayas. Se cree que las neurobayas, una fruta que crece con abundancia en los árboles de Tierre, poseen propiedades nutritivas para la mente y son el refrigerio preferido de las personas y los cerdos miniatura.
Hysan y yo nos apretujamos alrededor de la mesa cuadrada, y cada vez que uno de los dos bebe un sorbo de su taza de arcilla, nuestros codos se rozan. Un estremecimiento me recorre continuamente los brazos.
—Las cosas están difíciles allí afuera, Rho. —La preocupación se trasluce en su rostro—. El Marad se está fortaleciendo y ataca cada vez más seguido. Parecen estar en todos lados a la vez: explosiones en un Orgullo leonino que mató a cientos de personas; sabotajes en la provisión de aire de un parque acuático escorpiano donde se ahogaron decenas de personas; asesinatos de importantes Patriarcas de los Clanes en Acuario…
Tenues líneas hunden su piel, y lo hacen parecer mayor.
—Lo peor no es siquiera la violencia, sino el temor. Cualquiera podría estar trabajando para el Marad, así que las personas ya no confían unas en otras, especialmente si pertenecen a una Casa diferente. Es lo que siempre sucede: cuando más necesitamos estar unidos, más nos dividimos.
No se me ocurre nada para consolarlo. Ya he visto informes de todo lo que me cuenta, pero a Hysan le cuesta más, porque aún tiene que proteger a su propia gente. Están pasando las noticias en una pequeña pared pantalla de la cocina, y el sonido se vuelve más fuerte cuando hacemos silencio. Un hombre acuariano con ojos vidriosos del color de un ocaso rosado (los iris de los acuarianos reflejan el cielo en el momento del nacimiento) se dirige a un grupo de estudiantes de la Universidad del Zodai. Un titular holográfico se desplaza por debajo: Acuario: el “superpoder” en apuros por gastar por encima de sus posibilidades.
Miro a Hysan, y antes de preguntarle quién es, me responde:
—Es el reemplazante de Morscerta, el Embajador Crompton. Aún no lo he conocido.
Morscerta murió en la armada. La mano me tiembla al llevar la taza a mi boca.
—Como ellos tienen la mayor provisión de agua dulce del Zodíaco, Acuario se hizo cargo de coordinar las donaciones entre las Casas. Pero, como siempre, su idealismo excede sus finanzas. Una de las cuestiones que el Pleno discutirá en esta sesión es si Acuario recibirá asistencia para salir de la deuda que contrajo ayudando a las Casas.
Asiento, y de pronto los dos nos interesamos en la trama apenas visible de la mesa de madera.
—Miladi, aunque prefiera quedarme, debo partir. La Casa de Tauro me espera para analizar la situación de los Ascendentes.
Ponernos de pie es un proceso engorroso en el pequeño espacio. Una vez que estamos erguidos, quedamos ocultos detrás del elevado temperador, nuestras caras a medio metro de distancia.
—Rho, es realmente genial volver a verte —la voz de Hysan baja de tono y se vuelve ronca.
—También a ti —susurro. Los latidos del corazón se me aceleran. Tengo la espalda contra la mesada de la cocina; el espacio entre ambos es tan minúsculo que es imposible ignorar la atracción magnética de su boca.
—En Libra —murmura, su aroma a cedro acariciándome el rostro— nos enseñan a pensar en todos los seres como si fueran una galaxia. Solo podemos ver de una persona lo que estamos equipados para ver.
Se acerca aún más, y de pronto soy consciente de que nuestras ropas se tocan. Es difícil concentrarse en cualquier otra cosa.
—Cuanto mejor sea nuestro telescopio, más luz podemos revelar y más constelaciones podemos descubrir.
El peso de su cuerpo presiona contra el mío, y los músculos me tiemblan con anticipación. Mi mirada se queda suspendida en sus labios.
—Pero creo que ni el telescopio más poderoso podría captar toda tu luz —susurra— o descubrir todas tus maravillas.
El impulso por besarlo se vuelve irresistible. Cierro los ojos y extiendo la mano hacia arriba…pero una punzada de dolor me acuchilla el pecho.
Culpa, dolor, remordimiento. Un disparo de advertencia llega del sector Mathias de mi corazón. Me trago mis emociones y aparto la mirada de Hysan, interrumpiendo el momento. Ninguno de los dos dice nada durante un par de segundos.
—Rho.
Cuando me vuelvo a encontrar con su mirada, Hysan parece más preocupado que ofendido.
—Ten cuidado de en quién confías. El Sabio Ferez tal vez tenga razón sobre los Ascendentes en el largo plazo, pero si esta nueva ola es verdaderamente el comienzo de una nueva evolución, es probable que la primera generación sea inestable e impredecible. La naturaleza necesitará un tiempo para corregir imperfecciones.
Asiento con la cabeza.
—Tú también cuídate. —Vuelvo a ver la visión del campo de batalla según el recuerdo del Sabio Huxler, las partes del cuerpo que una vez fueron personas—. Me preocupa lo que se viene. Para todos nosotros.
Hysan extiende la mano para tocarme justo cuando se abre la puerta de la suite. Mi hermano y Aryll están de regreso. Hysan advierte la alarma en mi rostro, y con un rápido movimiento de la muñeca, desaparece. Lleva puesto su collar velo.
—Gracias —le susurro al aire.
—A tu servicio, miladi. —sopla sus palabras en la oreja. Luego, sus pasos amortiguados desaparecen del otro lado de la sala circular.
Saludo a Stanton y Aryll lo más ruidosamente posible, mientras Hysan se escurre por la puerta.
—¿Le entregaron el Burbujero a los Polaris?
—Sí —dice Stanton, dejando caer el bolso con su traje de buzo y los cubiertos sobre el suelo—. ¿Qué quería Ferez?
—Me dijo… dice que cree que soy la verdadera Sagrada Madre.
En el momento de decirlo, las mejillas se me tiñen de un rojo vivo. No pensaba contarle a Stanton justo esa parte —de hecho, ni siquiera había pensado en lo que le diría— pero como cuando éramos niños, no puedo evitar buscar su aprobación. Resulta curioso que de todas las cosas increíbles que me reveló Ferez, es la única que no me puedo sacar de la cabeza.
—No debería estar metiéndose en los asuntos de Cáncer —estalla Stanton, sorprendiéndome con la fuerza de su ira—. Esa batalla ya no es tuya.
—Pero si hay algo que yo pueda hacer para ayudar…
—Ya intentaste ayudar —dice, interrumpiéndome—. Además, no le corresponde a Ferez predecir el Guardián legítimo de Cáncer. Está en el curso de las estrellas.
—Pero las estrellas siguen diciendo “Rho” —dice una voz suave.
Es difícil darse cuenta de quién está más conmocionado por la intervención de Aryll, si Stanton, yo o el propio Aryll.
—Las estrellas aún no han nombrado a nadie —lo corrige Stanton, dirigiéndose a Aryll con un nuevo tono, el mismo tono impaciente que tiene reservado para mí.
—Solo quiero decir que ella fue expulsada por personas, no por estrellas —Aryll parece desear retirar el apoyo que me dio—. De todos modos, Ferez debería realmente mantenerse ajeno a estos asuntos. Creo que dejé mi… en el asentamiento…
Aryll desaparece como una flecha por la puerta sin terminar la oración. Cada vez que Stanton y yo comenzamos a discutir, se escapa. Luego, una vez que se va, Stanton y yo perdemos interés en la discusión. Es difícil que algo nos afecte demasiado cuando recordamos cuánto peor podríamos estar. Aryll también tenía una hermana.
Me escabullo a la cocina para lavar las tazas antes de que Stanton advierta que hay dos usadas. Los Zodai de todo el mundo tienen opiniones encontradas respecto de por qué las estrellas no han señalado una nueva Sagrada Madre. Algunos, como el Sabio Ferez, creen que es porque yo sigo siendo la legítima líder. Otros creen que significa que nuestro planeta jamás sanará, y la Casa de Cáncer desapareció para siempre.
Yo opino como Stanton: me parece que nuestro destino aún está por decidirse.
Cuando termino de lavar, encuentro a mi hermano en el sofá mirando el último noticiero, de espaldas a mí. Tengo la mano sobre la puerta de mi habitación cuando su voz atraviesa el aire espeso.
—¿Qué tan bien conoces al libriano?
—Me salvó la vida varias veces el mes pasado —le recuerdo.
—Esa no es una respuesta —dice, volteándose para enfrentarme.
Quiero decirle la verdad. Hasta ahora, jamás le mentí a mi hermano sobre nada. Pero el orgullo canceriano de Stanton es tan profundo como la Grieta.
—Simplemente confío en él, Stan. Ha sido un amigo de nuestra Casa.
Sin decir una palabra, mi hermano se vuelve hacia la pantalla gigante, y como todas las conversaciones que hemos tenido desde que regresamos, esta termina antes de haber comenzado.
***
Sola en mi habitación, la presencia de Hysan se vuelve más intensa que cuando estaba realmente a mi lado. Es como si el sol hubiera pasado a visitarme, y yo me hubiera quedado en la sombra.
Una parte de mí esperaba descubrir que nuestra atracción no era más que una fascinación pasajera potenciada por la adrenalina, pero verlo de nuevo diluyó por completo esa posibilidad.
Aun así, su presencia dejó patente la ausencia de Mathias. Hysan y yo somos como dos estrellas orbitando alrededor de un agujero negro, nuestras fuerzas vitales atadas al lugar donde alguna vez brilló la luz de Mathias.
En la habitación oscura, me recuesto de espaldas sobre mi cama. El pálido rostro y los ojos azul medianoche se proyectan en el Membrex de mi mente. Mathias se murió por mi culpa, porque fui demasiado terca para escuchar, porque era una niña estúpida que pensó que estaba lista para conducir. Stanton tiene razón: tuve mi oportunidad para componer las cosas y solo las empeoré. Ahora es el turno de otro.
Me enjuago los ojos y me siento en la cama, haciendo a un lado los malos pensamientos. Llorar y lamentarme no sirve de nada. Tengo trabajo por hacer. Abro bruscamente mi Onda —que Hysan reparó en Géminis— y accedo a la versión tutorial de la Efemeris.
