Ofiucus asciende - Romina Russell - E-Book

Ofiucus asciende E-Book

Romina Russell

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Beschreibung

Llega la esperada y asombrosa conclusión de la saga Zodíaco escrita por la épica autora de Sci-fi y Fantasy Romina Russell aclamada por el New York Times.   La espectacular saga de la exitosa Romina Russell, llega a su fin en Ofiucus Asciende, la cuarta y última novela. El Maestro es desenmascarado. El mundo de Rho se ha vuelto al revés. Con sus seres queridos en peligro y todas las estrellas en su contra, ¿podrá la joven heroína de la Casa de Cáncer reunir fuerzas para seguir luchando? ¿O encontrará su némesis en un Maestro cuya ambición de gobernar no conoce límites?

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Seitenzahl: 510

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Índice de contenido

Portadilla

Las casas de la galaxia del zodíaco

Prólogo

1

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5

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Agradecimientos

ROMINA RUSSELL

OFIUCUS ASCIENDE

Russell, Romina

Ofiucus asciende / Romina Russell. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2018.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de: Jeannine Emery.

ISBN 978-987-609-699-7

1. Narrativa Infantil y Juvenil Estadounidense. I. Emery, Jeannine, trad. II. Título.

CDD 823

© 2017, Romina Russell

© 2017, Penguin Group (USA) LLC

by Razorbill, una división de Penguin Young Readers Group

© 2017, Editorial Del Nuevo Extremo S.A.

A. J. Carranza 1852 (C1414COV) Buenos Aires, Argentina

Tel/Fax: (54-11) 4773-3228

e-mail: [email protected]

www.delnuevoextremo.com

Título en inglés: Thirteen rising

ISBN: 978-987-609-699-7

Primera edición en formato digital: noviembre de 2017

Digitalización: Proyecto451

Imagen editorial: Marta Cánovas

Traducción: Jeannine Emery

Diseño de tapa: Vanessa Han / Adaptación: @WOLFCODE

Correcciones: Mónica Piacentini

Diagramación: ER

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Para ustedes, los unificadores de nuestro universo:

trabajemos juntos para sanar nuestros mundos.

LAS CASAS DE LA GALAXIA DEL ZODÍACO

LA PRIMERA CASA:

ARIES: LA CONSTELACIÓN DEL CARNERO

Fortaleza: Ejército

Guardián: General Eurek

Bandera: Roja

Zodai: Comandantes

LA SEGUNDA CASA:

TAURO, LA CONSTELACIÓN DEL TORO

Fortaleza: Industria

Guardián: Directora Ejecutiva Purecell

Bandera: Verde oliva

Zodai: Promisarios

LA TERCERA CASA:

GÉMINIS, LA CONSTELACIÓN DEL DOBLE

Fortaleza: Imaginación

Guardianes: Mellizos Caaseum (fallecido) y Rubidum

Bandera: Naranja

Zodai: Ensoñadores

LA CUARTA CASA:

CÁNCER, LA CONSTELACIÓN DEL CANGREJO

Fortaleza: Crianza

Guardián: Sagrada Madre Rho

Bandera: Azul

Zodai: Polaris

LA QUINTA CASA:

LEO, LA CONSTELACIÓN DEL LEÓN

Fortaleza: Pasión

Guardián: Líder Sagrado Aurelius

Bandera: Púrpura

Zodai: Corazones de León

LA SEXTA CASA:

VIRGO, LA CONSTELACIÓN DE LA TRIPLE VIRGEN

Fortaleza: Sustento

Guardián: Emperatriz Moira (en estado crítico)

Bandera: Verde esmeralda

Zodai: Ministros

LA SÉPTIMA CASA:

LIBRA, LA CONSTELACIÓN DE LAS ESCALAS DE LA JUSTICIA

Fortaleza: Justicia

Guardián: Lord Hysan

Bandera: Amarilla

Zodai: Caballeros

LA OCTAVA CASA:

ESCORPIO, LA CONSTELACIÓN DEL ESCORPIÓN

Fortaleza: Innovación

Guardián: Cacique Skiff

Bandera: Negra

Zodai: Estridentes

LA NOVENA CASA

SAGITARIO, LA CONSTELACIÓN DEL ARQUERO

Fortaleza: Curiosidad

Guardián: Guardiana Brynda

Bandera: Lavanda

Zodai: Contemplaestrellas

LA DÉCIMA CASA:

CAPRICORNIO, LA CONSTELACIÓN DE LA CABRA MARINA

Fortaleza: Sabiduría

Guardián: Sabio Férez

Bandera: Marrón

Zodai: Cronistas

LA DECIMOPRIMERA CASA:

ACUARIO, LA CONSTELACIÓN DEL PORTADOR DE AGUA

Fortaleza: Filosofía

Guardián: Guardián Supremo Gortheaux, el Trigésimo Tercero

Bandera: Aguamarina

Zodai: Patriarcas

LA DECIMOSEGUNDA CASA:

PISCIS, LA CONSTELACIÓN DEL PEZ

Fortaleza: Espiritualidad

Guardián: Profeta Marinda

Bandera: Plateada

Zodai: Discípulos

LA DECIMOTERCERA CASA:

OFIUCUS, LA CONSTELACIÓN DEL PORTADOR DE LA SERPIENTE

Fortaleza: Unidad

Guardián: Amo Ofiucus

Bandera: Blanca

Zodai: Lores

PRÓLOGO

Cuando pienso en mi hermano, escucho su voz reconfortante. Las palabras de Stanton siempre han sido mi salvavidas: tienen el poder de calmarme, guiarme, incluso, rescatarme de mis pesadillas. Me gustan especialmente lo que yo llamo sus stantoniadas: comentarios ingeniosos que se le ocurrían sobre la marcha cada vez que yo tenía miedo.

–No temas lo que no puedes tocar –me dijo la noche que mamá nos abandonó. Solía pensar que era lo más brillante que había escuchado jamás, pero ahora tengo más experiencia.

Con el tiempo, todo nos consigue tocar.

El día que mamá se fue, me quedé despierta hasta tarde con papá y Stan, los tres acurrucados sobre el sofá, simulando mirar la pared pantalla mientras esperábamos que regresara a casa. Debo de haberme quedado dormida en algún momento, y es probable que Stanton me llevara en brazos a la cama. El cielo seguía oscuro cuando me despertó el sonido de mi propio grito.

La puerta de mi cuarto se abrió.

–Rho, tranquila –dijo la voz familiar de mi hermano, que tenía diez años.

Depositó el peso de su cuerpo junto a mí sobre el colchón, y su mano tibia cerró la mía, húmeda y fría.

–Estás a salvo. No pasa nada.

Todo mi cuerpo brillaba de sudor, y mi respiración brotaba como breves chorros. Aún sentía el lugar en el hombro donde la Maw de mi pesadilla había hundido sus colmillos, el mismo sitio en donde la Maw verdadera había mordido a Stan la semana anterior, pero en mi sueño mamá no nadaba lo suficientemente rápido para salvarme.

Y a medida que el monstruo me arrastraba lejos de mi familia, sus ojos ya no brillaban rojos en la oscuridad.

Eran de un azul insondable.

–¿Y-ya regresó? –susurré mientras luchaba por liberarme de la pesadilla.

Stan me apretó los dedos, pero apenas sentí la presión, como si aún no hubiera recobrado el estado de conciencia plena.

–No.

–¿Regresará…? –susurré aún más suavemente.

Se mantuvo callado un largo rato. Mientras esperaba su respuesta me terminé de despertar por completo. Luego se deslizó hacia arriba y se apoyó contra el respaldo de la cama, suspirando.

–¿Quieres que te cuente una historia?

Yo también exhalé, acurrucándome bajo las mantas junto a él y cerrando los ojos con anticipación. Prefería una historia de Stan a casi cualquier otra cosa en el planeta.

–Había una vez una niña cuyo nombre no recuerdo, así que llamémosla Rho –su voz reconfortante me envolvió como una segunda manta, y por fin sentí que disminuía la velocidad de los latidos de mi corazón–. La pequeña Rho vivía en un planeta diminuto que era casi del tamaño de Kalymnos.

–¿Pero cómo es posible que un mundo sea tan pequeño?

–¿Quién cuenta la historia, tú o yo?

–Lo siento –dije rápidamente.

–Intentémoslo de nuevo: Rho vivía en un planeta muy pequeño, en una galaxia diferente, donde era factible hallar cosas como planetas pequeños, y si te preocupan demasiado los fundamentos científicos, daré fin a esta historia. De cualquier manera, la pequeña Rho lo sabía todo sobre su mundo: el nombre de todas las nar-mejas, la forma de todos los microbios, el color de todas las hojas. Su hogar era su corazón, y su corazón era su hogar, tal como Helios les pertenece a las Casas y las Casas le pertenecen a Helios.

Sus palabras dibujaban imágenes en el espacio oscuro de mi mente, encendiendo la oscuridad con su luz.

–Pero un día –continuó–, una fuerte tormenta se desató en su planeta, y la pequeña Rho salió despedida a la atmósfera, atrapada en un torbellino que la arrojó de un lado a otro del cosmos hasta dejarla varada en un mundo extraño y mucho más grande.

–Pero ¿qué sucedió con su hogar…?

–Me parece que no quieres escuchar el resto de la historia –dijo, sentándose bruscamente en la cama–, así que supongo que me iré.

–No, no, lo siento, quiero escucharla –supliqué, inclinando la cabeza hacia arriba sobre la almohada para mirar el perfil ceniciento de Stanton.

–Entonces, basta de interrupciones –advirtió, volviendo a acomodarse contra la cabecera, y le indiqué por señas que mantendría los labios cerrados–. De cualquier manera, aterrizó sobre un mundo nuevo, y en lugar de estar rodeada de mar, se encontró en una pradera de plumas.

–¿Plumas?

–Plumas enormes. Brotaban de la tierra como césped, y eran de todos los colores y diseños que te puedas imaginar. Cuando Rho caminaba, las plumas le hacían cosquillas en los pies desnudos, así que no podía evitar sonreír con cada paso que daba –chillé de risa cuando de pronto algo suave me rozó las plantas de los pies, y me hice un ovillo.

–¡Stan, basta! –grité.

–Sí, reaccionó exactamente así –dijo mi hermano, y alcancé a oír el atisbo de una sonrisa en su voz–. Solo que cada vez que se reía –continuó–, la mente de Rho se obligaba a curvar sus labios hacia abajo en un gesto de tristeza. No debía estar contenta, no cuando estaba tan lejos de su hogar. Tenía que regresar. Tenía que tomarse esto en serio.

–¿Había personas en aquel planeta que pudieran ayudarla? –pregunté, pero en seguida me arrepentí pues de pronto recordé que no debía hacer preguntas.

–De hecho –dijo mi hermano–, casi tan pronto como la pequeña Rho comenzó a caminar a través de la pradera, se topó con alguien. Un pájaro púrpura que tenía el tamaño de un ser humano y llevaba una corona de flores alrededor de la cabeza.

–Guau.

–Sí, eso es exactamente lo que dijo Rho. Y luego el pájaro le habló.

–¿Le habló…? –pregunté, impresionada.

–Con voz normal –aunque ligeramente chillona–, dijo: “Bienvenida, amiga. ¿Por qué peleas contra ti misma?” –Solté una risita al oír la imitación aguda del pájaro que hacía Stan–. La sorpresa de la pequeña Rho por encontrarse con un pájaro púrpura que hablaba se transformó en confusión al considerar su pregunta, e inquirió, “¿A qué te refieres?”. El pájaro señaló los pies de Rho con el pico. “Veo que el suelo te maravilla, pero no te permites sentirte maravillada. ¿Por qué te resistes a la atracción del presente y prefieres un sufrimiento que claramente ya quedó atrás?

–Aquello suena a algo que diría mamá –solté abruptamente, y en seguida contuve el aliento ante mi propio descaro.

Stan se detuvo apenas un segundo. En ese momento se me ocurrió que quizás él no quisiera sonar a mamá.

–La pequeña Rho hundió los hombros bajo el peso de su tristeza. “Estoy triste porque dejé mi hogar y ahora no sé cómo regresar”. El pájaro la miró con reprobación. “¿Y eso por qué habría de entristecerte? Todo pájaro debe abandonar el nido, y una vez que lo hace, no puede regresar jamás. El nido se desbarata porque ya no lo necesita”.

Sentí una sensación de malestar en el estómago y pasé de disfrutar el relato de Stan a no querer escuchar el final.

–No me gusta esta historia, comencemos otra.

–Así no funciona la vida, Rho –murmuró mi hermano. Ahora que había dejado la voz del personaje, parecía mayor–. Es como en un juego. Cuando te tocan cartas malas, no tienes derecho a pedir otras. Tienes que cambiar las cartas tú misma.

–¿Cómo?

–Jugando todo el juego.

No comprendía a lo que se refería porque no quería intentarlo. Solo había una cosa que estaba esperando saber de él.

–¿Mamá regresará?

Se quedó callado un momento. En nuestro silencio su respiración se hizo más sonora hasta que sus inhalaciones y exhalaciones se acompasaron al ritmo de las mías. Cuando finalmente habló, su voz era tan baja que apenas la oí.

–Creo que nuestro nido desapareció.

Las lágrimas se derramaron de mis ojos porque sabía que mi hermano no me mentiría. Mamá no regresaría.

Stan me estrujó contra su costado mientras yo lloraba, y siguió relatando su historia con un tono tan suave como mis sollozos.

–Eso suena a una vida terrible, dijo la pequeña Rho al pájaro, horrorizada al pensar que no volvería a ver su casa nunca más. Pero el pico del pájaro se abrió con una sonrisa y sacudió la cabeza. “Hacer juicios es una pérdida de tiempo porque casi todo lo que nos sucede en la vida está fuera de nuestro control. La única alternativa que tenemos es lo que hacemos ahora mismo con este momento. Cada segundo es una decisión que tomamos”.

Me sorbí la nariz mientras frotaba mi cara contra su camisa, manchada con mis lágrimas.

–Así que la pequeña Rho puede elegir sonreír o entristecerse mientras camina a través de las plumas –dije.

–Exactamente –dijo mi hermano–. Puedes superar lo que sea, Rho. Solo tienes que soltar tus miedos y seguir avanzando.

–¿Cómo? –pregunté.

Estuvo callado un instante, y luego dijo:

–No temas lo que no puedes tocar.

Me enderecé un poco, repitiendo la frase en mi mente. Tenía algo que transmitía fuerza, y me encantaba con qué eficacia les arrancaba las garras a los monstruos contra los cuales no podía luchar, como mis visiones y pesadillas. En ese momento supe que sobreviviría a la pérdida de mamá porque tenía a Stan.

Mi hermano era mi fortaleza, la estrella que me guiaba, mi sostén. No era solo las veces que me salvaba de mis pesadillas, era el amor, la fe y la paciencia que manifestó durante toda nuestra vida.

Con Stan a mi lado, los monstruos no podían tocarme.

Mientras mi hermano estuviera a salvo, mis temores no eran reales.

1

Trece soldados que portan máscaras me rodean en la cavernosa Catedral de Piscis. Con el corazón bombeando en el pecho, busco detrás de sus uniformes blancos para ver si distingo a mis amigos, pero no hay nadie más aquí. Las luces de las constelaciones del Zodíaco están suspendidas por encima, y en el medio Helios comienza a apagarse. La mitad del sol está sumida en penumbras.

–Estrella Errante Rhoma Grace –dice el soldado del Marad que está justo delante de mí. Su voz grasienta me hace acordar al Embajador Caronte, de Escorpio–.Te han hallado culpable de Cobardía, Traición y Asesinato. Por estos crímenes, te condenamos a la ejecución instantánea.

El pulso me late con violencia en el momento en que trece armas cilíndricas color negro apuntan simultáneamente hacia mi pecho.

–¿Quieres decir unas últimas palabras? –pregunta la voz que evoca la de Caronte.

Intento hablar en defensa propia, pero mi boca no consigue abrirse. Intento correr, pero mis piernas no se mueven. Intento pellizcarme, pero hasta mis dedos están paralizados. Esto no puede estar sucediendo, no es real, no pueden tocarme…

–¡FUEGO! –grita.

Mi grito queda paralizado en mis labios al tiempo que cada Murmurador lanza un fogonazo de luces azules que al instante me estalla en el pecho. El dolor es tan atroz que me quema las entrañas.

Mi cuerpo se desploma sobre el pavimento de huesos, y mi caída resulta tan fuerte que atravieso el suelo, arrastrada hacia abajo a una dimensión aún más profunda de este infierno.

Aterrizo sobre una llanura de plumas negras que pinchan y me rasguñan los pies desnudos. Las oscuras nubes grises por encima se ensombrecen y giran en remolinos, como si en cualquier momento pudiera desatarse una tormenta.

En lugar del traje de Polaris, llevo un delgado vestido blanco, y el aire frío me cala hasta los huesos. Una larga silueta aparece en la distancia grisácea, y a medida que se acerca, lo primero que advierto es que no es humana.

Sus piernas son delgadas como palillos, y tiene enormes alas de plumas pegadas a sus costados. La criatura con aspecto de pajarraco tiene algo que me resulta familiar, como si debiera reconocerlo, pero jamás vi algo así en mi vida.

Los relámpagos sacuden la tierra, iluminando los rasgos del hombre-pájaro: le falta un ojo, las alas están incrustadas con clavos y el pico chorrea sangre.

Suelto un grito agudo justo cuando un trueno hace temblar la tierra. La lluvia me comienza a caer encima a raudales y me volteo para echar a correr en la dirección opuesta.

Mis pies se resbalan sobre las plumas escurridizas, y la tela empapada de mi vestido se adhiere a mi piel en el instante en que cae una sombra sobre mí. Levanto la mirada y veo al hombre-pájaro lanzándose hacia abajo; sus garras, apuntando hacia mi cabeza…

Me hago un ovillo, y de pronto el suelo cede, deslizándose hacia abajo en una caída repentina. Cuanto más abajo caigo, más rápido me resbalo, golpeándome los codos, los hombros y la cabeza sobre las plumas escurridizas, una y otra vez, hasta que se acaba la tierra y caigo rodando a un río tempestuoso.

Al golpear el agua, siento un escozor en la piel. Tomo una bocanada para respirar al tiempo que la corriente me sacude. La sombra del hombre-pájaro vuelve a cernirse sobre mí, y me zambullo bajo el agua para escaparle.

Casi de inmediato, el agua comienza a encogerse hasta que resulta demasiado poco profunda para nadar. Al sacar la cabeza, las garras de la criatura vuelven a lanzarse hacia abajo, demasiado cerca para evitarlas… suelto un grito cuando las uñas filosas perforan mis hombros.

La sangre se escurre de las heridas y sube borboteando por mi garganta; mis terminaciones nerviosas arden enloqueciéndome de dolor hasta que oigo el chasquido de mis huesos quebrándose en las garras de la criatura…

Y luego quedo sepultada por la oscuridad.

• • •

Parpadeo un par de veces ante la intensidad de Helios encima de la cabeza, y a medida que mi visión se aclara, percibo que se trata de una luz en el cielorraso.

Estoy recostada en una cama, con el corazón acelerado como si me estuvieran persiguiendo. Un incesante pitido que sigue el ritmo de mi pulso entra en foco. Cuando por fin mi respiración comienza a aquietarse, lo mismo sucede con el trino mecánico.

Miro hacia abajo y distingo tubos transparentes sobresaliendo de mis brazos, y mis signos vitales parpadeando sobre pantallas holográficas suspendidas en el aire. Estoy en un hospital.

Lentamente levanto las manos y siento el cuerpo pesado y dolorido, como si no me hubiera bajado de esta cama hace varias semanas. Escudriño la habitación esperando ver a alguien. A alguien importante… solo que no recuerdo a quién.

En el pequeño recinto hay una ventana, y desde allí se ve un cielo oscuro, sin estrellas. Los músculos me pesan como plomo, pero necesito saber lo que sucedió. Dónde estoy. Quién ha sobrevivido.

Poco a poco extraigo todas las agujas de las venas, y me tomo del apoyabrazos para levantarme.

Cuando mis pies tocan el suelo helado, el olvido le hace señas a mi mente, y el mundo se oscurece unos instantes. Apoyo la frente sobre la cama, y cuando me siento más estable, me aliso la arrugada bata blanca de hospital y lentamente consigo caminar arrastrando los pies para salir de la habitación.

A pesar de que el corredor en sombras está vacío, un hormigueo de inquietud me trepa por la nuca, y la sensación de que me están observando. No lejos se oye un murmullo de voces, y me apoyo sobre la barandilla de metal que recorre la pared para mantenerme erguida mientras camino en dirección al sonido.

–No sé qué haremos si no despierta pronto.

Hysan.

Una sensación de alivio me inunda, encendiéndome el cuerpo, y me muevo tan rápido como me lo permiten los músculos debilitados. Apenas veo su cabellera dorada a través de la puerta entreabierta de una habitación desocupada del hospital, mi pulso se acelera.

Pero al ver con quién está, quedo paralizada.

–Te ves agotado –dice una ariana escultural con impecable piel color bronce y largos ojos rasgados. Skarlet Thorne.

–Es porque estoy agotado –dice, y la profunda exhalación que sigue gravita en mi corazón como un peso físico–. Lo único que necesitábamos era que fuera la cara de nuestro movimiento –continúa, y hay una ausencia de luz en su voz que me recuerda súbitamente al Helios semioscuro de la Catedral–. Teníamos todo resuelto –el armado de la estrategia, las etapas de lucha–, pero aun así no pudo evitarlo. Y ahora todo el Zodíaco corre peligro solo porque Rho no pudo manejar sus emociones.

Se me cae la mandíbula. Siento un vacío en el pecho, como si todas las emociones buenas que he sentido alguna vez se drenaran.

–Puedo distraerte de todo ello –ronronea Skarlet, arrimándose hasta quedar demasiado cerca de él–. Anoche te extrañé.

El aire me queda atrapado en la garganta cuando sus labios ascienden por su cuello dejando un rastro de besos hasta su oreja. Le dice algo que suena a: “Ven esta noche”.

Mi corazón se detiene un instante hasta escuchar la respuesta de Hysan.

–Como lo desees.

Me cubro la boca con la mano para impedir que me oigan gritar.

–¿Qué sucede si tu princesa se despierta y nos descubre?

–Rho es la persona más confiada del Zodíaco –dice Hysan, y en la penumbra su sonrisa de centauro luce más como una mueca cruel–. No sospechará nada. Y si lo hace, con algunas zalamerías volverá a ser mía.

Cierro los ojos con fuerza y me froto las sienes, deseando con desesperación que solo esté alucinando por los fármacos que me hayan inyectado. Entonces vuelvo a mirar, justo a tiempo para ver a Hysan presionando su cuerpo contra Skarlet.

–¿Qué te parece si me muestras lo que me perdí anoche? –pregunta con voz ronca, tomándole la cintura y empujándola sobre la mesada.

Me volteo en el instante en que sus bocas se unen, y hundo la cara en la pared, intentando ahogar el impulso de llorar. Pero cuando oigo los suaves gemidos de Skarlet, hago acopio de la poca reserva de fuerzas que me queda y me obligo a seguir avanzando.

Si voy a morir, quiero que sea lo más lejos posible de esta sala.

No me detengo hasta provocarme náuseas. Sabía que Hysan no era confiable. Debí prestar atención a lo que me advertía el cerebro. Debí confiar en mis temores desde el principio.

De nuevo me invade la sensación de que estoy siendo observada, y me sobrepongo a mi dolor para concentrarme en encontrar a los demás. Mathias, Brynda y Rubi no pueden estar lejos, y necesito saber dónde estoy y cuánto tiempo ha pasado.

Un destello de cabello rubio se asoma a la vuelta de la esquina y apuro el paso.

–¡Espera! –grito, con la voz áspera, debilitada por la falta de uso–. ¡Espérame!

La mujer se da vuelta, y cuando veo su rostro, intento pedir ayuda… pero tengo la garganta demasiado seca para emitir sonido.

–Las estrellas deben de estar más contenas conmigo de lo que creí –dice con la voz reptiliana que recuerdo mientras levanta una pistola y la apunta a mi pecho.

Ella soy yo, y al mismo tiempo no lo es… Incluso estampada en su rostro canceriano, la sonrisa de Corintia sigue siendo maligna.

Da un paso hacia delante, y aunque le ordeno a mis piernas que se muevan, es como si se hubieran convertido en plomo, y el cuerpo me traiciona. De las esposas de metal que lleva alrededor de las muñecas cuelgan cadenas rotas, y caigo en la cuenta de que ha burlado la vigilancia justo en el momento en que la pistola se estrella contra mi cabeza.

2

Cuando recobro el conocimiento, me encuentro en una habitación de hospital en penumbras aunque diferente, sujeta a una silla. Igual que cuando estaba sobre el Equinox.

La adrenalina corre por mis venas, forcejeo con las cadenas para liberarme. Me detengo al ver el rostro de Corintia inclinado sobre el mío.

Está sentada junto a mí con un cuchillo dentado entre las manos.

–No quería comenzar nuestra charla íntima hasta que despertaras para que pudieras disfrutarla –su voz es casi tierna.

Presiona la hoja afilada contra el escote de mi bata y traza un corte a lo largo de la tela arrugada hasta que mi pecho queda expuesto.

–Hoy tengo ganas de realizar un diseño diferente –susurra, acercando el helado metal a mi garganta.

Lanzo un grito cuando una descarga de dolor me recorre por dentro. El cuchillo perfora mi piel y se desliza desde el cuello hasta la clavícula. Comienzo a respirar con dificultad.

–Ascender en tu Casa me ha convertido en una romántica –canturrea. Aspiro una bocanada entrecortada de aire, intentando llenar los pulmones.

–Cuando termine, tú y tu Guía tendrán cicatrices idénticas… ¿acaso no es una señal de un amor predestinado?

Al sentir el descenso de la cuchilla tallándome cada costilla del tórax hasta llegar al estómago, mis soplos de aire se vuelven penosos y agudos. No puedo gritar, parpadear ni reaccionar. Estoy paralizada por mi tormento, tengo la visión borrosa, los pensamientos confusos: la agonía es tan completa y angustiosa que, incluso si sobrevivo, sé que no me recuperaré de esto.

–Estás tan callada hoy, Rho… ¿Acaso no me dirás que soy yo la víctima? –hunde la cuchilla tan profundamente en mi vientre que mi cuello se balancea hacia delante y vomito sobre el regazo.

–¿Acaso no me dirás que aún tienes intenciones de proponer que los Ascendientes sean aceptados? –sisea en mi oído mientras expulso las tripas–. ¿Cómo es posible que pueda hacerte todo el daño que quiera y aun así me perdones?

Incluso si pudiera hablar, sé que no podría pronunciar las palabras.

Porque, si de alguna manera sobrevivo a esto, yo misma mataré a Corintia.

La puerta se abre de golpe. Corintia retrocede de un salto cuando Mathias irrumpe en la recámara con una docena de Polaris armados.

–¡Arréstenla! –brama, señalando a Corintia, que ha retrocedido contra la pared, pero extiende amenazante la navaja sangrienta cuando los Zodai se acercan para rodearla.

Mathias se apura a llegar a mi lado y de inmediato comienza a desatarme; sus hombros macizos me impiden ver cualquier otra cosa.

–Lo siento tanto, Rho. Esto no debía pasar.

Apenas me libera las manos, junto las dos mitades de mi bata para cubrir las heridas del pecho. Pero cuando miro sus suaves ojos color medianoche, advierto que ya las vio. Ahora llevamos las mismas cicatrices.

Antes de que Mathias pueda hablar, Hysan irrumpe intempestivamente en el recinto.

–¿Qué sucedió? –pregunta perentorio.

–Corintia escapó, pero ha sido capturada, y recuperaron el activo –dice Mathias, parado firme y saludándolo con un gesto de respeto.

¿El activo?

Cuando la mirada de Hysan se posa sobre la mía, su rostro se ilumina con una sonrisa refulgente que atraviesa las ojeras y las líneas de preocupación de la frente. Sus ojos verdes se encienden al tomar mi mano flácida en la suya que está tibia y, aunque ahora sé cuál es la situación real, sigo sintiendo un hormigueo en la piel cuando me toca.

–Te extrañé –susurra, inclinándose hacia mí y depositando un beso aterciopelado sobre mis labios.

Su papel de novio preocupado es tan convincente que me pregunto si imaginé la conversación entre él y Skarlet. Luego lo observo más detenidamente y percibo el tenue rastro de lápiz labial sobre su mentón y las marcas de uñas con forma de media luna sobre el cuello, y sé que no estoy loca.

–Aléjate de mí –digo bruscamente, avanzando con dificultad hacia Mathias–. Mathias –imploro levantando la mirada–, por favor, sácame de aquí. No quiero tener nada que ver con Hysan.

Pero Mathias no me mira. Ha adoptado la postura firme de los Zodai.

–Ya no responde a ti –dice Hysan, su voz ahora desprovista de todo rastro de ternura–. Mathias es fiel a tu corazón, y tú me entregaste tu corazón. Así que ahora ambos me pertenecen.

Sacudo la cabeza y sujeto con fuerza los brazos de Mathias para obligarlo a que me mire.

–Mathias… por favor… ¡basta de juegos!

Sus ojos azules por fin descienden para encontrarse con los míos, pero sus iris son ahora tan duros como la piedra.

–Hiciste tu elección, Rho.

–¡No hagas esto!

Nadie le presta atención a mi súplica al tiempo que un par de Polaris me esposan las muñecas y me obligan a presentarme ante Hysan.

–Es hora de que cumplas con todas tus promesas –susurra mientras recorre lentamente con el dedo la línea de mi mandíbula–. ¿Acaso no querías morir por el Zodíaco? Me complace informarte que, después de los numerosos intentos de suicidio fracasados, las estrellas por fin te han juzgado digna de morir como mártir.

Nuestros rostros están a centímetros de distancia, pero no alcanzo a sentir que su piel dorada irradie calor alguno. La pátina de alegría nunca lució tan artificial.

–Felicitaciones, miladi –exhala con voz ronca contra mis labios–. Tú te lo has ganado.

Mathias se acerca, y Hysan se voltea hacia él.

–Después de todo lo que te ha hecho sufrir, tú mereces esto más que yo.

–Gracias –dice Mathias, inclinando la cabeza–, pero es tu derecho tanto como el mío.

Hysan desenvaina la daga ceremonial.

–Entonces, ¿juntos?

Mathias asiente y levanta en el aire la cuchilla sangrienta de Corintia… luego, se voltean y juntos me clavan sus puñales.

–¡NO!

Parpadeo, y Hysan y Mathias han desaparecido.

Sigo atada a la silla.

–Bienvenida de nuevo –carraspea Corintia. Su sonrisa salvaje y desquiciada adquiere nitidez, y al descender la mirada advierto que está cortando líneas sobre la piel de mi abdomen.

Mi bata blanca está hecha jirones y salpicada con manchas rojas de sangre.

–¿Qué me está sucediendo? –consigo preguntar. Mi voz no es más que un soplo de aire.

–¿Tú qué crees? –pregunta–. Fracasaste y ahora estás muriéndote.

La hoja de su cuchilla se hunde demasiado, y mis ojos giran hacia atrás, solo que esta vez no pierdo la conciencia. Siento que el alma sube flotando de mi cuerpo, elevándose al plano astral, como si estuviera profundamente Centrada.

Las moléculas de aire que me rodean se transforman en la estela en que conocí a Ocus. Siento un viento gélido de advertencia antes de que se materialice su forma monstruosa.

–Soporté la tortura durante una eternidad –estalla, arrojando las palabras como piedras de granizo–¿y ni siquiera puedes enfrentar algunas pesadillas? Eres realmente débil: ahora entiendo por qué les fallaste a las Casas.

–N-no entiendo lo que está sucediendo –balbuceo, sintiendo que su frígida psienergía me quema las heridas abiertas–. ¡Por favor, ayúdame! Necesito salir de aquí. Necesito regresar a donde están mis amigos. Tengo que rescatar a Nishi…

–No estás escuchando. ¡Has llegado demasiado tarde, cangrejo! –ruge–. El Zodíaco ha desaparecido.

–N-no puede ser…

–¿Qué crees que está sucediéndote? –reclama. Su psienergía me envuelve como un huracán, provocándome escalofríos en todo el cuerpo–. Ahora me acompañas en el plano astral. Nuestros destinos siempre estuvieron unidos, criatura, y ahora estamos destinados a enfrentar para siempre lo que hemos destruido.

–P-pero no hice nada…

–Le hiciste el juego al amo. Un líder adecuado lo habría detenido, pero tú eres imprudente, insensata, temerosa… ¿qué esperanza hubo alguna vez de que pudieras enfrentarte con una estrella y ganar?

Sus manos glaciales se cierran alrededor de mi garganta, y quedo contagiada de invierno.

–¡Por favor! –le ruego–. No…

Pero el hielo se apodera de mis venas, helándome la sangre, y ya no puedo inhalar oxígeno. Manchas oscuras se mueven a través de mi campo visual mientras me asfixio, y no sé si estoy horrorizada o aliviada de que todo acabe.

Estoy tan cansada de morir y revivir, morir y revivir, morir y revivir… Estoy lista para que acabe todo.

–Oh, pero yo no –me dice Corintia con voz ronca al oído.

La presión alrededor de mi cuello desaparece, y también, el clima helado. Abro los ojos con un parpadeo y me encuentro de nuevo en mi cuerpo. Solo que ahora estoy tendida sobre el estómago.

Un dolor incandescente me martiriza la espalda, como si llamas reales me lamieran la piel.

–No puedo dejar que te mueras sin antes mostrarte lo bellas que están quedando estas cicatrices –dice Corintia recorriendo mis omóplatos con la cuchilla. Su aliento me quema la piel en carne viva.

–Por favor –susurro, abrumada por la sensación abrasadora del cuerpo. Las lágrimas me inundan los ojos, y el dolor me obnubila la mente–, tan solo acaba de una vez.

Se ríe en voz baja, pero el sonido opaco está desprovisto de toda alegría.

–Jamás habré terminado –me carraspea al oído–. Jamás escaparás de este lugar. Siempre estarás aquí conmigo.

La hoja de su cuchilla se hunde en la parte baja de mi columna, y me arqueo con un grito desgarrador.

Extrae el cuchillo y me apuñala una y otra vez hasta que ya no puedo emitir sonido alguno.

Entonces oigo fuertes golpes en la puerta.

Abro los ojos de inmediato, y lanzo un grito ahogado al advertir que ya no estoy recostada. Estoy de pie en mi cápsula estudiantil, en Elara, con mi uniforme azul de Acólita.

–¿QUÉ HELIOS ME SUCEDE? –le grito a la habitación.

El lugar tiene el mismo aspecto que la última vez que lo vi: la cama está deshecha; mi escritorio, cubierto de ropa que tenía intención de guardar; sobre la silla hay un uniforme idéntico al que llevo puesto, de cuando me cambié para ponerme el traje espacial negro para la función de los Diamantes Ahogados.

Alguien vuelve a golpear a mi puerta.

Abro de un tirón para encontrar a una joven temblorosa, con un uniforme azul hecho jirones. Tiene las rodillas ligeramente torcidas; los hombros hundidos hacia dentro; el cabello oscuro desaliñado, ocultando sus rasgos. Parece no haberse bañado en varios meses.

Al principio tengo la impresión de que es un monstruo nuevo, producto de mis sueños.

Luego vislumbro indicios de su tez color canela, y todo el resto de mis preocupaciones dejan de importar.

–¿Nishi?

3

Más veloz que un suspiro, Nishi desenvaina una daga y me empuja contra la pared, presionando la hoja bajo mi barbilla.

–No te tengo miedo, demonio –dice. Tiene la voz gutural de un depredador–. Así que atrévete a hacer lo tuyo.

Como hablar significa dejarme degollar, permanezco completamente quieta, sin siquiera atreverme a tragar. Solo me quedo mirando los destellos color ámbar que brillan a través de sus mechones apelmazados de cabello negro.

El terror en sus ojos es tan primario que parece más real que el Hysan y el Mathias que conocí en el hospital.

–Di algo –ordena de pronto, apartando ligeramente el cuchillo.

–Te encontraré –le digo, con la voz tensa–. Imógene y Blaze te apartaron de mi lado, pero juro que no descansaré hasta que yo…

–Claro, arriesgas la vida por salvar la mía, y ahora me harás sentir como la peor basura por las cosas terribles que te dije en Acuario –dice bruscamente. La daga que tiene en la mano tiembla–. Y por unirme al Partido del Futuro. Y por hacer que mataran a Deke.

Un sollozo se cuela en su voz filosa cuando pronuncia su nombre.

–¿No volverás a decirme que él… él estaba libre y que solo se volteó porque estaba liberándome? ¿Qué debí cuidarlo, advertirle, tomar su lugar…?

–Nish… ¡basta! ¡Jamás dije ninguna de esas cosas porque no son ciertas! –Las lágrimas se escapan de mis ojos. Me hubiera gustado que mi inconsciente generara una versión monstruosa de Nishi –como lo hizo con Hysan y Mathias–, en lugar de esta muchacha destrozada y sometida.

–Nada de esto es culpa tuya –insisto, y ya no me importa si me clava el cuchillo. No soporto más verla en este estado–. Por favor, no pienses en esas cosas, Nish. Te amo y jamás dejaré de buscarte…

–¿Rho?

Parpadeo ante el cambio abrupto de su tono. Su voz ha descendido cerca de una decena de decibeles, y parece más temerosa que furiosa.

–Soy yo, Nish. No sé lo que está sucediendo ni si algo de esto es real, pero estoy atrapada en una especie de pesadilla. Todo el mundo se ha comportado de un modo horrible conmigo, y…

–Oh, mi Helios, ¡eres tú!

Nishi arroja la daga a un lado y me aplasta contra el pecho. Nos abrazamos con tanta fuerza que no puedo respirar, pero no me importa. Prefiero morir aquí mismo, fuertemente estrechada en brazos de mi mejor amiga, que en cualquier otro lugar.

Oigo sus suaves sollozos contra el oído, y yo también comienzo a llorar. Cuando al fin nos soltamos, nos enjugamos los rostros húmedos con las mangas, y empujo a un lado el revoltijo que tengo sobre la cama para que nos podamos sentar.

–¿Cómo está pasando todo esto? –pregunto.

–El Sopetardo. –Ahora que no está escondiéndose tras una máscara violenta, Nishi parece mucho más débil de lo que advertí al principio–. Me llevó un tiempo recordar, pero finalmente lo entendí –dice, con las manos temblorosas–. El arma con el que me apuntó Imógene era un Sopetardo. Me disparó, y en seguida comenzaron las pesadillas… –Aunque luzca muy diferente, me reconforta saber que sigue teniendo la misma lucidez que recuerdo.

–¿Hace cuánto estamos acá, Rho?

Verla tan frágil y vulnerable casi me provoca pena. Y cuando estoy a punto de abrir la boca para responder, me percato de que no tengo ni idea de cuánto tiempo ha pasado.

–No estoy segura… Parece…

–Una eternidad –termina diciendo, y asiento encontrándome con su mirada–. Solo intenta concentrarte –me ordena, y siento alivio al notar que comienza a recuperar su habitual estilo mandón–. ¿Qué puedes recordar de los momentos anteriores a las pesadillas?

Por un breve instante la neblina se despeja de mi mente, y veo a Crompton parado delante de mí, flanqueado por un Contemplaestrellas y por un Ensoñador. Cuando alcé mi Escarabajo para dispararle, los Zodai que estaban junto a él levantaron sus propias armas –un Arcoluz y un…

–A mí también me dispararon con un Sopetardo –digo, reconstruyendo la escena en voz alta al recordarla–. Creo que fue algunos días después que a ti. ¿Pero cómo nos encontramos aquí?

Su mirada se vuelve menos intensa a medida que pierde la concentración.

–Es posible que el dispositivo de control mental del Sopetardo libere psienergía… y nuestras huellas psienergéticas se atraigan naturalmente entre sí. ¿Qué recuerdas anterior a la caída? ¿Quién te disparó?

Como es habitual, mientras sigo intentando procesar la información nueva, ella ya me lleva la delantera. Si estuviéramos en clase, Deke estaría quejándose y suplicándole a nuestro instructor que le prohibiera el ingreso a la sala hasta que el resto hubiéramos aprendido la lección.

–¿Por qué sonríes? –pregunta, sorprendida.

–Es solo que realmente te extrañé –digo, acercándola para volver a darle otro abrazo más largo. Ninguna de las dos dice nada mientras permanecemos enlazadas. Cierro los ojos e inhalo su largo cabello oscuro. Incluso ahora que está sin lavar y en una dimensión paralela, conserva un atisbo de los productos costosos con aroma a lavanda que importa de Sagitario–. Te encontraré –susurro, sintiendo las lágrimas que amenazan con brotar.

–Lo sé, Rho…

De pronto, interrumpe lo que está a punto de decir y me tira de la mano. Nos levantamos de un salto de la cama justo en el instante en que se produce una explosión por encima, y el techo se derrumba con un estrépito sobre el colchón.

–¡CORRE! –grita.

Con los dedos entrelazados, salimos disparadas de la habitación. Nos precipitamos a toda velocidad por el corredor, inclinando las cabezas y deteniéndonos bruscamente cuando trozos del complejo de cemento comienzan a desplomarse a nuestro alrededor.

–¡No te sueltes! –grita Nishi por encima del estruendo y los temblores ensordecedores.

Doblamos la esquina hacia el salón comedor, pero quedamos paralizadas al ver una enorme bola de fuego rodando hacia nosotros. Nishi grita, y la tomo de la mano para cambiar de dirección.

El aire se vuelve más caliente con cada aliento que damos a medida que el fuego consume más y más oxígeno. Por fin, empujo una ardiente puerta roja para abrirla y caemos tropezándonos en el complejo de natación. Inhalando de forma sincrónica, nos arrojamos dentro del agua salada.

Permanecemos abajo todo lo que podemos, y cuando finalmente emergemos para tomar aire, no hay rastro del fuego, ni siquiera una voluta de humo.

–¿Y ahora qué sigue? –pregunto al hacer una pausa para respirar.

–Algo peor –dice Nishi de modo pesimista–. Siempre es algo peor.

Salimos de la piscina y nos volvemos a tomar de la mano para salir por la puerta roja, solo que ya no estamos en la Academia.

El corredor gris es ahora color negro lustroso, y se extiende infinitamente en ambas direcciones. Vuelvo a tener la sensación de que alguien me observa, y arrastro rápidamente a Nishi conmigo a través del pasadizo.

–¿Cómo despertamos de los efectos del Sopetardo? –pregunto mientras pasamos corriendo de la mano delante de hileras simétricas de puertas no identificadas.

–No depende de nosotros. Quienquiera que tenga nuestros cuerpos tiene que administrar el antídoto.

Aflojo el paso. No tolero la idea de que haya otra persona que tenga un control absoluto sobre mí.

Nishi me sujeta la mano aún más fuerte cuando comenzamos a deslizarnos hacia atrás. Nos giramos para correr en la dirección opuesta… pero cuando el camino hacia delante también comienza a levantarse, nos detenemos tras un ligero deslizamiento.

–¿Qué hacemos? –pregunto.

Nishi abre de un tirón una de las puertas sin identificar, y escapamos hacia una habitación desconocida. La puerta se cierra por detrás, y echo una mirada alrededor advirtiendo que estamos paradas en el vestíbulo de la Universidad del Zodai.

Todos los campus incluyen esta misma recámara idéntica, un resabio de los días cuando todos nuestros mundos se gobernaban como uno solo. Los muros desiguales están forjados de piedras preciosas, y representan los cuatro elementos: el zafiro, el agua; el ojo de tigre, la tierra; el rubí, el fuego; y el oro, el aire. Sobre el techo que está encima se encuentra el antiguo escudo de armas de la Galaxia del Zodíaco: un Helios gigante con doce rayos, cada uno señalando hacia el símbolo de una Casa diferente. Dentro del sol está nuestro antiguo nombre: Casas de Helios.

Solía cruzar por este lugar todas las mañanas cuando visitaba el solárium.

–¿Dónde está la puerta? –pregunta Nishi.

Giro y advierto que el contorno de la puerta en el muro de rubíes ha desaparecido. Un extraño chisporroteo me llega a los oídos.

–¿Qué es eso?

–¿No hueles…?

La voz de Nishi queda interrumpida por una ráfaga de llamaradas rojas que sale relampagueando del muro, como una mano de fuego que se extiende intentando alcanzarnos.

Saltamos hacia el otro lado de la sala, cayendo contra el muro de zafiros fríos.

–¿Qué está pasando? –grito en el momento en que comienza a descender una lluvia de agua por el muro azul, ahogando mis palabras y empapándonos.

Como las llamas del fuego siguen intentando apresarnos, caminamos paso a paso, pegadas al muro de oro, para evitar el agua y el calor. Pero una fuerte ráfaga de viento nos golpea desde atrás, eyectando nuestros cuerpos hacia el otro lado de la sala.

Nishi y yo nos soltamos. Mi espalda golpea contra el muro de ojo de tigre y me deslizo hacia el suelo. Por detrás, las piedras tiemblan a causa del impacto.

El agua sigue cayendo por el muro de zafiros, y ya alcanza los treinta centímetros de altura, así que estoy nuevamente empapada. Nishi extiende la mano para levantarme, y retrocedemos del muro color café a medida que se sacude cada vez más violentamente.

Piedras de ojo de tigre comienzan a desprenderse y descienden rodando como guijarros, rociándonos la cabeza, los rostros y las piernas hasta que no tenemos más remedio que agazaparnos en el medio de la sala, a una distancia equidistante de los cuatro lados.

–¿Qué pasa si morimos? –le pregunto a Nishi, gritando por encima del ruido.

–Cada vez que sobrevivimos a un peligro, nos espera una nueva amenaza que es aún peor –dice, temblando a medida que las aguas que suben ahogan más porciones del fuego–. Y continúa así hasta que el sueño nos termina matando y comienza una nueva pesadilla.

Me viene a la cabeza la tortura de Corintia; al instante, aparto la imagen, aterrada porque la mera idea pueda desencadenarla.

El agua me llega ahora a la cintura, y entra a raudales, cada vez más rápido.

–Si nos ahogamos, ¿quedaremos separadas?

Nishi no responde, pero me aprieta la mano con más fuerza. En ese momento, mis pies se despegan del suelo, y comienzo a flotar.

–Cuando Imógene me disparó, ¿cómo conseguiste huir del Partido?

Ya sea que lo pregunte por curiosidad o solo para que nos distraigamos de nuestras muertes inminentes, me alegra sentirme útil una última vez. Frunzo el ceño para concentrarme, y me doy cuenta de que cuanto más me concentro en el pasado, mejor lo recuerdo.

–Fue… mamá.

–¿Qué? –Los iris color ámbar de Nishi empiezan a brillar, maravillados.

–Fue ella quien me salvó –mientras pronuncio las palabras, el recuerdo completo se despliega–: Hysan la encontró. Hace semanas que trabajaban juntos en secreto…

Nuestras cabezas chocan contra el escudo de las Casas de Helios en el cielorraso, y nos aferramos una a la otra, inclinando los rostros hacia arriba para ocupar la última capa de aire. Inhalo lo más profundo posible, y luego somos succionadas hacia abajo.

Está completamente oscuro a nuestro alrededor. Se parece más al Espacio que a un ámbito subacuático, y siento un flujo de burbujas saliendo de mis orificios nasales al descender más y más profundo. La cabeza me comienza a latir por la falta de oxígeno, la mano de Nishi se vuelve flácida en la mía, y sé que no falta mucho para que todo esto termine.

De pronto, mi bota roza algo sólido. Al extender la mano, siento el suelo. Hay una especie de palanca de metal que sobresale.

Intento empujarla hacia abajo con una mano, pero no puedo. Nishi debe de advertir lo que estoy haciendo porque me suelta los dedos y envuelve ambas manos alrededor del metal para que lo empujemos juntas.

La palanca cede, y con la aparición de un desagüe en el suelo, el agua comienza a arremolinarse a nuestro alrededor, girando sobre sí hasta desaparecer. Cuando finalmente puedo respirar, giro aliviada hacia mi mejor amiga… y vuelvo a quedar sin aliento.

Nishi se encuentra tendida sobre el suelo, rodeada por su larga cabellera negra.

Está muerta.

4

–¡Nishi, NO!

Me desplomo de rodillas junto a su cuerpo caído, los ojos cerrados y el pecho inmóvil. Recordando el entrenamiento de mi infancia, realizo compresiones de pecho y repito la respiración boca a boca una y otra vez.

–No me dejes aquí sola, Nish, por favor –le suplico. Los ojos se me llenan de lágrimas, e insisto en presionar sobre su pecho una vez más…

De pronto, sus ojos se abren, y comienza a toser arrojando agua por la boca.

El aire sale a borbotones de mis pulmones con la misma rapidez con que entra en los suyos. La ayudo a sentarse; por fin siento que mi cuerpo se afloja. Cuando es evidente que está a salvo, comienzo a examinar lo que nos rodea.

Estamos en un enorme armario de suministros, repleto de corredores y corredores de estanterías. Trajes de compresión, cascos, tanques de oxígeno y otros equipamientos se encuentran apilados junto a armas como Tasers, pistolas y Ripples.

Tras ayudar a Nishi a ponerse de pie, examinamos los pertrechos que nos rodean. Sin decir una palabra, toma una pistola y comienza a llenarse los bolsillos de municiones extra. Por mi parte, levanto un Ripple al nivel de los ojos, apoyando la culata en el hombro. Se trata del arma característica de la Casa de Cáncer, pero se considera, más que nada, ceremonial, dado que los cancerianos no tienen un solo gen violento en el cuerpo. Salvo que las personas que amamos se encuentren amenazadas.

El artefacto, semejante a una ballesta, está fabricado de hebras de seda provenientes de la araña de mar, que se encuentran firmemente entretejidas, y dispara hasta doce dardos delgados, tallados de caparazones de nar-mejas y sumergidos en el veneno paralizante de una Maw. El arma no es liviana, pero tiene un peso manejable de modo que es lo suficientemente sólida para mantenerse estable.

Aunque jamás he empuñado una, me resulta familiar. Nishi me pasa cartuchos adicionales con dardos.

–¿Recuerdas el Protector de los planetas, aquel holojuego que te encantaba porque siempre te saludaba anunciándole a todo el centro de entretenimiento que tenías uno de los puntajes más altos? –pregunta.

–Ese noera el motivo por el cual me gustaba jugarlo…

–El Ripple es solo una versión más sofisticada de la ballesta que siempre empleabas allí –termina diciendo.

Parece que hubieran pasado años desde aquellos días despreocupados, cuando enviaba mi propio holograma a aquel mundo de realidad virtual. El juego proporcionaba a los jugadores un arsenal con doce dispositivos y, ahora que lo pienso, todas se parecían bastante a versiones más sencillas de las armas características de cada Casa.

–Yo siempre elegía la ballesta –reflexiono en voz alta.

Nishi avanza a grandes pasos hacia un estante diferente y tira un par de trajes espaciales azules con el logo de la universidad. Me pasa uno.

–Por si las paredes se derrumban –dice encogiendo los hombros.

Puesto que lo dice en serio, nos ponemos los trajes encima de nuestros uniformes.

–Así que ¿dónde ha estado tu mamá durante todo este tiempo? –pregunta mientras nos cambiamos.

–Con las Luminarias. –Cada vez es más fácil bajar la guardia cuando estoy con Nishi. Sigo derribando los muros que bloquean mis recuerdos para llenar los espacios en blanco–. Se trata de una sociedad secreta de personas que han Visto la Última Profecía, que es…

–Sí, he oído hablar de la Última Profecía –dice con desdén mientras sujetamos cascos negros a nuestros cinturones y enfundamos nuestras armas–. Hay miles de locos en Sagitario que suscriben a teorías conspirativas, y esta es una de ellas.

–Es real, Nish. El amo mismo la confirmó.

Deja de trabajar y da un paso hacia mí, mirándome a los ojos.

–¿Quién es el amo?

–Crompton –no sé por qué susurro su nombre–. Es el Acuario original.

Su rostro empalidece, y comienza a sacudir la cabeza.

–Eso es imposible…

–Es real, Nish. Entregó a Ofiucus a los otros Guardianes y le robó su Talismán para conservar para él mismo su inmortalidad…

Una flecha vuela encima de nuestras cabezas, y nos agachamos.

Sin mirar atrás, nos lanzamos por el pasillo tomadas de la mano, corriendo frente a hileras de estantes en busca de una salida mientras una lluvia de flechas sale disparada en nuestra dirección. Un dardo se clava en la pared a escasos centímetros detrás de mí, y todo tipo de objetos siguen estallando encima de nuestras cabezas.

–¡Por allá! –grita Nishi, arrastrándome hacia un corredor que termina en un elevador metálico, cuyas puertas se abren como si nos acogiera. Una flecha rebota en el casco que tengo sujeto a mi cadera mientras nos deslizamos dentro.

Nishi presiona frenéticamente el botón del elevador para cerrar las puertas, y mientras esperamos que se cierren, alcanzo a ver a nuestro perseguidor. Lleva una capa ondulante negra, sus rasgos faciales, ocultos por la sombra de la capucha. Y mientras avanza hacia nosotros, advierto que no es humano.

Un par de paredes metálicas idénticas se cierran, impidiéndome seguir mirando, Suelto un fuerte resoplido cuando comenzamos a ascender a algún lugar… a cualquier lugar.

–¿Cuál es el plan? –le pregunto a Nishi–. Mientras esperamos que alguien nos rescate, ¿estamos sencillamente condenadas a vivir nuestras peores pesadillas?

Sacude la cabeza.

–El antídoto por sí solo no es suficiente –su voz vuelve a sonar débil–. Aunque tengas la dosis, no escaparás hasta que hayas enfrentado tu peor temor.

–¿Mi peor temor? Nish, ¡Todo este sitio es un festival de miedos!

–No comprendes. Se trata de lo último que el mundo de las pesadillas te está ocultando: es el golpe que acaba quebrándote –su voz se vuelve áspera, y aclara la garganta.

La muerte de Deke debe de haber sido el último recuerdo que recuperó. Su mayor temor era probablemente un futuro sin él.

–Por eso es que algunas personas nunca despiertan de una dosis de Sopetardo –explica–. Y creo que, posiblemente, ese sea el motivo por el que sigues aquí.

La persona que he olvidado me vuelve a nublar la mente. La que esperaba ver en el hospital.

El elevador se abre.

Levantamos las armas con rapidez, pero salimos lentamente. Las puertas de metal se cierran por detrás, y nos encontramos en el lugar que fue literal y metafóricamente el momento más brillante de mi paso por Elara. Se trata del pico más alto de todo el complejo, una amplia sala con paredes vidriadas que se curvan para formar un cielorraso acristalado.

El solárium.

La luz de las estrellas produce destellos sobre la colección de estatuas de piedra lunar, modelos de nuestras Sagradas Madres. Escrito sobre el suelo a sus pies está el axioma de los Zodai: Confía solo en lo que puedes tocar. Cualquier fantasía que haya tenido acerca del futuro nació en esta sala.

–Nos encontramos de nuevo sin una salida –dice Nishi, y me doy cuenta de que tiene razón: la única salida es el elevador. Y sus puertas se están abriendo de nuevo.

–Escóndete –susurro, y tiro a Nishi tras una colección de estatuas de piedra. La ubico detrás de la Madre Crae, y luego me oculto tras la escultura vecina de la Madre Origene. Estoy en el mismo lugar en que Mathias se solía sentar cuando meditaba.

Apoyo el Ripple contra el hombro, y por el rabillo del ojo veo a Nishi apuntando su pistola hacia el elevador en el instante en que nuestro perseguidor sale a la luz plateada.

Es imposible decir si el grito ahogado es mío o de Nishi.

Las piernas de la criatura son tan delgadas como varas, y pegadas a los costados tiene enormes alas de pluma. Es el hombre-pájaro de un solo ojo.

El pico chorrea sangre, y sobre la cabeza hay una corona de espinas filosas: son las flechas que nos ha estado lanzando. Intento calmar mis nervios, me asomo y apunto mi arma hacia su pecho.

Cuando veo que Nishi también está en posición de ataque, grito: “¡Ahora!”. Disparamos al mismo tiempo, y el hombre-pájaro se derrumba de inmediato.

Nos acercamos con cuidado a él, aunque Nishi permanece atrás con la pistola apuntada hacia su cabeza mientras yo me aseguro de que realmente esté muerto.

Me inclino lentamente sobre la silueta embozada en la capa… De repente, se levanta y se lanza sobre mí.

Caemos con un estrépito sobre el suelo, donde la criatura me domina con facilidad. Inmovilizada, siento las fuertes manos envolviéndose alrededor de mi cuello –no alas, sino manos humanas–. La oscuridad me nubla la vista y comienzo a asfixiarme. El pulso me resuena en los oídos, la garganta me arde…

Una bala sale disparada, y las manos de mi atacante se sueltan.

Cae desplomado hacia el costado, y a través de mi visión borrosa veo a Nishi, su pecho hinchándose y deshinchándose por la adrenalina, su rostro contraído con el gesto ceñudo de un guerrero.

–Estelar –digo con voz ronca. Nishi extiende la mano y me levanta. Me froto la garganta mientras miramos al hombre humano debajo de nosotras, boca abajo sobre el suelo.

–Démoslo vuelta –indico. Ella le toma los pies y yo los hombros, y juntas lo volteamos.

Nishi lanza un grito, pero no comprendo.

Miro cada rasgo por separado como si brindaran una pista: los rizos rubios, la piel bronceada por el sol, los ojos verdes y vidriosos.

Luego parpadeo, y al instante todo cobra sentido.

Entonces, grito.

5

Me siento abrumada por la desesperación. Viene a mi recuerdo la Catedral, cuando observaba a mi hermano y a Aryll revolcándose sobre el suelo de huesos, intentando imponerse el uno al otro. Veo a Hysan y Mathias corriendo para ayudar a Stan, pero llegando demasiado tarde.

No hay grito, ni disparo, ni sangre: solo los ojos color verde pálido de Stan, rotados exánimes hacia mí.

Mi corazón aúlla de agonía, y es como si todos los huesos de mi cuerpo se estuvieran quebrando. Estoy derrumbándome poco a poco, dolorosamente y para siempre, e incluso si la angustia no me mata, no importa porque jamás me recuperaré.

Ya he perdido todo lo que amaba en el Zodíaco. Mi hermano, mi hogar, mi Casa. Ahora resultaría una verdadera pesadilla regresar a la realidad. Estoy más segura aquí, donde los horrores no son reales.

–Está bien, Rho, está bien, tranquila…

Los murmullos tranquilizadores de Nishi soplan suavemente en mi oído, y a medida que su voz cobra definición, percibo que estoy en el suelo, sollozando histérica, junto al cuerpo de mi hermano, sostenida solo por los brazos de mi mejor amiga.

–Todo estará bien, te lo prometo –sigue diciendo con dulzura–. Esto no es real. No dejes que este lugar te destruya, Rho. Te necesito. Por favor, concéntrate: esta es solo otra pesadilla más.

La presencia de Nishi demuestra que estaba equivocada: sí tengo un motivo para regresar.

Solo uno.

–Él, Aryll, lo mató –espeto entre sollozos. Me castañean los dientes y los miembros me tiemblan–. El amo le dijo a Aryll que se cobrara la vida de mamá, y mi hermano lo atacó para intentar salvarla. Pero no sé si ella… logró sobrevivir… –Siento los músculos laxos, y me hundo aún más hasta que tengo la cabeza presionada contra la cavidad del pecho de Nishi.

Inhala bruscamente.

–Te refieres a que él es, en realidad… oh, Rho. Lo siento tanto –exhala, y su voz se ahoga con sus propios sollozos.

–No quiero regresar –digo, sacudiendo con vehemencia la cabeza apoyada sobre ella–. No quiero regresar, no quiero regresar, no quiero regresar…

–Shhh –dice Nishi, acariciándome el cabello y estrechándome aún más–. Rho, eres la persona más valiente, intrépida y fuerte que conozco…

–¡No, no lo soy, Nish! ¡Soy una insensata, una ingenua y una cobarde! –la última palabra sale como un rugido, raspándome la garganta.

Pero ni siquiera entonces puedo hablar más bajo.

–Cuando era niña, mi mamá me entrenó para confiar en mis temores, ¡y es todo lo que he hecho en mi vida! No importa si salgo de este lugar o me quedo aquí: sea como sea, mis temores siempre me dominan. ¡Por lo menos este mundo es más honesto respecto de ello!

–Te equivocas, Rho. Aquí adentro, solo puedes huir de tus temores. Allá afuera puedes enfrentarlos.

Su sabiduría me recuerda dolorosamente a Stan. Siempre creía que yo tenía la fuerza suficiente para enfrentar mis miedos, pero nunca supo que era él la fuente de aquella fuerza. Porque nunca se lo dije.

Debí apoyarlo antes. Dejé de ser una muchachita hacía mucho tiempo, pero seguía esperando que Stan me tratara como una criatura, que me cuidara, me amara y me protegiera incondicionalmente. Pero ¿quién estaba allí para protegerlo a él?

–Rho, no podías salvarlo –dice Nishi, como si supiera exactamente lo que estoy pensando. Su modo de leerme los pensamientos me hace acordar a la manera en que Stan y yo entendíamos la mente del otro, y el corazón me duele tanto que tengo que jadear para recobrar el aliento.

–Recuerda que todo esto fue obra de Aryll –insiste.

–¡Pero yo soy el motivo por el que Aryll se metió con Stan para empezar! –suelto su mano, nuevamente excitada–. Cuando el Marad nos rodeó, reconocí a Aryll, ¡y lo llamé por su nombre! Debí darme cuenta de cómo reaccionaría Stan. Si no hubiera sabido que era Aryll, no habría atacado…

–Rho, ¡tu hermano atacó a Aryll porque él tenía atrapada a tu mamá! –ahora grita como yo–. Y si la hubiera tomado otro soldado, ¡habría intervenido igual de rápido! Deja de llevarte el mérito por la muerte de Stan. Murió como vivió: en sus propios términos, ¡y la única opción que te queda es aceptarlo!

Una serie de líneas comienza a extenderse como una telaraña sobre las paredes acristaladas del solárium como sucedió en el domo de cristal el día de nuestro concierto, y nos paramos de un salto justo cuando estalla la ventana.

Ninguna tiene el casco puesto, así que mi próximo aliento queda trunco. Fragmentos de cristal me producen cortes poco profundos en la piel y en el traje, y soy succionada fuera del complejo hacia la superficie silenciosa de la luna.

Y en el instante en que abandono el solárium, la pesadilla se transforma.

Estoy en una habitación familiar color gris, sentada en una silla. Cuando intento moverme, advierto que mis puños y tobillos están esposados. Hay una cama de hospital vacía delante de mí, manchada con charcos de sangre.

Una mujer con una bata blanca me da la espalda mientras organiza el instrumental médico sobre una mesa.

–¿Dónde estamos? –pregunta una voz familiar.

Giro el rostro conmocionada y veo a Nishi sentada al lado mío. También está amarrada a una silla. Una sensación de temor me brota en el estómago, impidiéndome responderle.

La médica se da vuelta, y comienzo a forcejear, luchando desesperada contra mis ataduras.

–Rho, ¿qué sucede? –pregunta Nishi porque no sabe que esta Ascendiente porta ahora mi rostro.

–Bienvenida de nuevo.

Nishi gira bruscamente la mirada hacia la médica, y ya sea por la voz rasposa o por la sonrisa maliciosa, de algún modo sé que reconoce a Corintia.

Esto no puede estar sucediendo.

No puedo traer a Nishi a esta pesadilla.