Luna negra - Romina Russell - E-Book

Luna negra E-Book

Romina Russell

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Beschreibung

RHO, la valiente visionaria de la Casa de Cáncer, perdió casi todo cuando luchó contra el Marad, un misterioso grupo terrorista empeñado en destruir el equilibrio de la Galaxia. Ahora el Marad ha desaparecido sin dejar rastro, y se ha declarado una paz incómoda. Pero Rho sospecha. Ella cree que el Maestro todavía está ahí afuera bajo alguna otra forma. Cuando la noticia de un nuevo partido político apoyado por su mejor amiga, Nishi, la envía en otro viaje a través de la Galaxia, Rho lo usa como una oportunidad para cazar al Maestro oculto y buscar información sobre su madre que le envía misteriosas visiones a través de las estrellas. Lo que descubre arroja luz sobre la verdad, pero proyecta la oscuridad sobre todo el mundo del Zodíaco.

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Seitenzahl: 498

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Índice de contenido

Portadilla

Las casas de la galaxia del zodíaco

Prólogo

1

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5

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Agradecimientos

Luna Negra

Romina Russell

Russell, Romina

Luna negra / Romina Russell. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2017.

Libro digital, Amazon Kindle

Archivo Digital: descarga

Traducción de: Jeannine Emery.

ISBN 978-987-609-686-7

1. Narrativa Estadounidense.. I. Emery, Jeannine, trad. II. Título.

CDD 813

© 2016, Romina Russell

© 2016, Penguin Group (USA) LLC

by Razorbill, una división de Penguin Young Readers Group

© 2017, Editorial Del Nuevo Extremo S.A.

A. J. Carranza 1852 (C1414COV) Buenos Aires, Argentina

Tel/Fax: (54-11) 4773-3228

e-mail: [email protected]

www.delnuevoextremo.com

Título en inglés: Black moon

Imagen editorial: Marta Cánovas

Traducción: Jeannine Emery

Diseño de tapa: Vanessa Han / Adaptación: Silvia Ojeda

Correcciones: Mónica Piacentini

Diagramación: ER

Reservados todos los derechos.

Primera edición en formato digital: junio de 2017

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

Inscripción ley 11.723 en trámite

ISBN edición digital (ePub): 978-987-609-686-7

Para mi hermana, Meli, cuya llama interior podría poner en marcha sistemas solares enteros.

LAS CASAS DE LA GALAXIA DEL ZODÍACO

LA PRIMERA CASA:

ARIES, LA CONSTELACIÓN DEL CARNERO

Fortaleza: Ejército

Guardián: General Eurek

Bandera: Roja

LA SEGUNDA CASA:

TAURO, LA CONSTELACIÓN DEL TORO

Fortaleza: Industria

Guardián: Directora Ejecutiva Purecell

Bandera: Verde oliva

LA TERCERA CASA:

GÉMINIS, LA CONSTELACIÓN DEL DOBLE

Fortaleza: Imaginación

Guardianes: Mellizas Caaseum (fallecida) y Rubidum

Bandera: Naranja

LA CUARTA CASA:

CÁNCER, LA CONSTELACIÓN DEL CANGREJO

Fortaleza: Crianza

Guardián: Sagrada Madre Agatha (provisoria)

Bandera: Azul

LA QUINTA CASA:

LEO, LA CONSTELACIÓN DEL LEÓN

Fortaleza: Pasión

Guardián: Líder Sagrado Aurelius

Bandera: Púrpura

LA SEXTA CASA:

VIRGO, LA CONSTELACIÓN DE LA TRIPLE VIRGEN

Fortaleza: Sustento

Guardián: Emperatriz Moira (en estado crítico)

Bandera: Verde esmeralda

LA SÉPTIMA CASA:

LIBRA, LA CONSTELACIÓN DE LAS ESCALAS DE LA JUSTICIA

Fortaleza: Justicia

Guardián: Lord Neith

Bandera: Amarilla

LA OCTAVA CASA:

ESCORPIO, LA CONSTELACIÓN DEL ESCORPIÓN

Fortaleza: Innovación

Guardián: Cacique Skiff

Bandera: Negra

LA NOVENA CASA:

SAGITARIO, LA CONSTELACIÓN DEL ARQUERO

Fortaleza: Curiosidad

Guardián: Guardiana Brynda

Bandera: Lavanda

LA DÉCIMA CASA:

CAPRICORNIO, LA CONSTELACIÓN DE LA CABRA MARINA

Fortaleza: Sabiduría

Guardián: Sabio Férez

Bandera: Marrón

LA DECIMOPRIMERA CASA:

ACUARIO, LA CONSTELACIÓN DEL PORTADOR DE AGUA

Fortaleza: Filosofía

Guardián: Guardián Supremo Gortheaux, el Trigésimo Tercero

Bandera: Aguamarina

LA DECIMOSEGUNDA CASA:

PISCIS, LA CONSTELACIÓN DEL PEZ

Fortaleza: Espiritualidad

Guardián: Profeta Marinda

Bandera: Plateada

LA DECIMOTERCERA CASA:

OFIUCUS, LA CONSTELACIÓN DEL PORTADOR DE LA SERPIENTE

Fortaleza: Unidad

Guardián: Amo Ofiucus

Bandera: Blanca

PRÓLOGO

Cuando pienso en mi adolescencia como Acólita en Elara, me siento más liviana, como si estuviera de nuevo en aquel mundo ingrávido.

Mis recuerdos de aquellos años siempre me invaden como olas.

La primera ola es la más grande, y cuando rompe cientos de Globos de Nieve ascienden como burbujas hasta mi superficie, derramándome encima los recuerdos de mis mejores amigos, Nishiko Sai y Deke Moreten. Los momentos más felices de mi vida perduran en la estela de esta ola.

A medida que la corriente se lleva consigo a Deke y a Nishi, una segunda onda, más suave que la anterior, avanza, y la piel se me estremece al navegar sobre una sucesión de mañanas transcurridas en el solárium silencioso, sumergida en la presencia de Mathias y en los rayos de Helios. En el momento en que el calor comienza a abandonar mi piel, siempre intento apartarme antes de que una tercera ola me alcance.

Pero para cuando me acuerdo de nadar, ya quedé atrapada en las aguas revueltas.

Cuando el recuerdo me aplasta, quedo sumergida dentro de un bloque de cemento en la Academia: el estudio de música donde Nishi, Deke y yo nos solíamos encontrar para el ensayo de la banda. Mientras que las dos primeras olas me inundan la cabeza con mis momentos preferidos sobre la luna, la tercera siempre me trae de vuelta a este preciso instante, en este preciso lugar, un año y medio atrás.

Nishi, Deke y yo habíamos pasado todo el día en el estudio mientras Nishi nos enseñaba a tocar una canción sagitariana popular, llamada “¿Quién bebió mi absenta?”.

—No termina de salir —se quejó justo después de mi golpe final, antes de que terminaran de reverberar los címbalos—. Tienen que concentrarse durante todo el tema. Siempre se distraen en la conexión.

—Para mí se acabó —anunció Deke, apagando su guitarra holográfica a modo de protesta.

—No, te quedarás aquí y te concentrarás —siseó Nishi, bloqueándole el paso a la puerta—. Vamos de nuevo.

—¡Si crees que lo haré, has estado bebiendo absenta! —replicó. Luego, en lugar de tratar de rodearla, se dejó caer sobre el suelo, despatarrándose como una estrella de mar.

—Espera, tienes razón. —El brusco cambio de ánimo de Nishi era tan impredecible como las progresiones de tono de su voz y, por la expresión asombrada de Deke, bien podría haber comenzado a hablar en un idioma alienígeno nuevo.

—Rho, por favor, dime que acabas de escuchar eso —dijo desde su posición en el suelo—, porque estoy comenzando a pensar que tal vez sí bebí absenta.

—Hay un problema peor que tu falta de concentración —siguió diciendo Nishi, mirando fijo la pared de cemento como si pudiera ver dentro escenas que eran invisibles a mis sentidos cancerianos—. Creo que necesitamos a un bajista.

Deke gimió.

—Fijaremos letreros en el departamento de música —siguió diciendo, y se volteó hacia mí, con la mirada esperanzada, buscando mi apoyo—. Podemos hacer las audiciones aquí después de clase…

—¿Qué importancia tiene el sonido que hagamos? —interrumpí. La impaciencia de mi tono de voz provocó una nueva descarga de tensión en el aire, así que para suavizar el efecto, añadí—: tampoco es que estén poniéndonos nota ni nada que se le parezca.

El único motivo por el cual formamos la banda fue para mejorar nuestra capacidad de Centrarnos. Nuestros instructores de la Academia nos enseñaron que el arte es el camino más puro hacia el alma. Por eso, el currículum canceriano requería que los Acólitos rotaran por diversas disciplinas hasta encontrar la conexión más segura a su ser interior. Solo entonces, una vez que hubiéramos encontrado aquella conexión primordial, podíamos especializarnos.

Nishi había sabido desde siempre que el canto era su vocación, pero Deke y yo demoramos más en descubrir lo que queríamos. Fue solo por insistencia de Nishi el año anterior que finalmente decidimos intentar con la música. Yo elegí los tambores porque me gustaba escudarme tras un redoble estridente y un caparazón de acero, palillos y superficies duras. Deke era un hábil pintor, pero no sentía pasión por dedicarse a ello, así que decidió aprender guitarra.

—Bueno… —Nishi me miró a mí y luego a Deke. En sus rasgos se dibujó la típica expresión traviesa. Deke se incorporó de golpe, expectante, observándola con reverencia—. Me tomé la libertad de… ¡anotarnos para la muestra musical de la semana que viene!

—¡Ni lo pienses! —soltó, con los ojos bien abiertos por el temor o la excitación, o tal vez ambos.

Nishi sonreía.

—Hemos estado trabajando tan duro los últimos seis meses que me pareció que podíamos ver lo que piensan otros. Ya saben, para divertirnos.

—Fuiste tú la que acabas de señalar que no logramos producir un buen sonido —dije sin entusiasmo, intentando mantener a raya la aspereza de mi voz. Me paré detrás de mi batería y crucé los brazos. Los palillos sobresalían de los ángulos de mis codos.

—¡Pero estamos a punto de lograrlo! —me sonrió Nishi con entusiasmo—. Si encontramos un bajista en los próximos días, será absolutamente posible enseñarle la canción a tiempo…

Apoyé los palillos sobre el redoblante, y el murmullo sordo que provocaron fue como una señal para dar por finalizada la conversación.

—No, gracias.

—Por favor, Rho —suplicó Nish—. ¡Será genial!

—Sabes que tengo miedo escénico…

—¿Cómo puede cualquiera de nosotros —incluida tú— saberlo cuando jamás has estado siquiera sobre un escenario?

—Lo sé porque apenas tengo el valor para pararme frente a una clase llena de estudiantes cuando me llama un instructor, ¡así que no me puedo imaginar actuando delante de toda la Academia!

Nishi cayó de rodillas con un gesto fingido de súplica.

—¡Vamos! ¡Solo esta vez! Te suplico que lo intentes. ¿Hazlo por mí?

Retrocedí un paso.

—No me gusta nada cuando me haces sentir culpable por ser quien soy, Nish. Hay algunas cosas que directamente no están incluidas en el paquete canceriano. No es justo que siempre quieras que me parezca más a ti.

Nishi se incorporó de un salto desde su posición de súplica.

—En realidad, Rho, lo que no es justo es que te valgas de tu Casa como una excusa para no probar algo nuevo. ¿Acaso no vine a estudiar a Cáncer? Y adaptarme a sus costumbres no atentó contra mi identidad sagitariana, ¿no? En serio, si abrieras la cabeza de vez en cuando, podrías sorprenderte…

—Nish —hablé en voz baja y descrucé los brazos, abriéndome ante ella para que viera las pocas ganas que tenía de pelear—. Por favor. Ya dejemos este asunto, ¿sí? Realmente, no me siento cómoda…

—¡Como quieras! —giró rápidamente para alejarse de mí y levantó el bolso del suelo—. Tienes razón, Rho. Solo hagamos las cosas a tu manera.

Abrí la boca, pero estaba demasiado alterada para hablar.

¿Cómo podía decirme algo así? Cada vez que ella o Deke querían hacer alguna tontería —entrar a hurtadillas a la cocina de la escuela para robar los restos de rolls cancerianos después del toque de queda, o colarse en una fiesta universitaria cuando aún éramos considerados menores, o simular dolores de estómago para evitar los ejercicios matinales obligatorios de natación en el complejo de piscinas de agua salada— siempre acababa acompañándolos, aun cuando no quisiera hacerlo. Cada vez y sin excepción era yo la que terminaba cediendo.

—Deke, ¿tú qué opinas? —preguntó Nishi sin darle tiempo a pensar.

—Soy de Piscis —dijo, levantando las manos en alto.

Nishi revoleó los ojos al escuchar la expresión, algo típico de quienes no quieren tomar partido en una discusión. Viene del hecho de que, en tiempos de guerra, la Decimosegunda Casa casi siempre permanece neutral, ya que su principal preocupación es atender a los heridos de todos los mundos.

—Olvídalo. —Nishi salió hecha una furia del estudio. Y, por primera vez después de una discusión, no fui tras ella.

Deke se puso de pie.

—Creo que uno de los dos debería hablar con ella.

Encogí los hombros.

—Ve tú entonces.

—Rho… —Sus ojos turquesa eran tan suaves como su voz—. ¿Acaso sería tan terrible?

—¿Me estás diciendo que realmente quieres tocar frente a toda la escuela?

—Me da pánico de solo pensarlo…

—¡Entonces, estás de acuerdo conmigo!

—No terminé de hablar —dijo. Su tono de voz era ahora más firme—. Me da pánico, sí, pero… eso es justamente lo emocionante. Te lleva a enfrentar el miedo, en lugar de alejarte de él —con una voz aún más suave, me preguntó—: ¿No estás aburrida de lo repetitivo y rutinario que significa ser Acólita? ¿Nunca tienes ganas de escaparte de ti misma?

Sacudí la cabeza.

—No tengo problema con ser predecible. No me gustan las sorpresas.

—De acuerdo —dijo con una sonrisa pequeña aunque exasperada—. Evidentemente, no me estás escuchando, así que lo intentaré con Nish. Te veré mañana en el desayuno, Rho Rho.

Sola en el estudio, lo único que sentía era mi enojo. ¿Podía ser que mis amigos me acabaran de abandonar por finalmente plantarles cara?

Salí furiosa de la sala y caminé a grandes pasos por los corredores completamente grises del silencioso complejo residencial hacia mi cápsula estudiantil. Una vez allí, me quité el mameluco de la Academia y me puse el traje espacial cubierto de vendajes, con parches coloridos que cubrían las roturas de la tela externa.

Se acercaba el toque de queda. Por ello la mayoría de las personas ya estaban confinadas a su habitación para pasar la noche. Pero yo sentía claustrofobia, como si el complejo residencial fuera demasiado estrecho para contener todas mis emociones. Así que me metí el casco con fuerza y, en lugar de guardar mi Onda dentro del guante, donde podía sincronizarlo con mi traje y poner en funcionamiento un sistema de comunicación, la abandoné camino a la puerta arrojándola sobre la cama. No quería saber de Nishi o Deke.

Luego salí disparada hacia la superficie de la luna salpicada de cráteres, sin realizar los controles de seguridad habituales. Era tanta la ira que me hervía por dentro que me consumía todos los pensamientos de la cabeza. Agitada por la emoción, me olvidé de la última lección de mamá.

Por un instante, me olvidé de que mis temores eran reales.

1

Doce Zodai de juguete —teñidos de los diferentes colores de las Casas— están dispuestos en hilera. A todos les faltan las extremidades, algunos han sido decapitados, y el azul es solo un torso de arcilla con una X que le cruza el pecho.

Hasta ahora es el mensaje más claro que nos ha enviado el amo.

Un mundo derribado, once que pronto caerán.

Squary es una fría base de cemento sobre la Casa de Escorpio, que tiene el largo de la isla debajo de la cual está construida. Solía ser un sitio donde se realizaban pruebas de armamento hasta que hace décadas los Estridentes detonaron un dispositivo nuclear, y las instalaciones tuvieron que ser puestas en cuarentena. También es el lugar donde se hallaba trabajando el Marad para fabricar su arma secreta cuando la Guardia Real de los Escorpios irrumpió y arrestó a un puñado de soldados que había estado viviendo allí.

Stanton y Mathias se encuentran con el Estridente Engle en el otro extremo de la sala, estudiando a la verdadera estrella de la escena: el monstruoso misil del Marad, con un núcleo atómico que tiene el potencial de devastar al planeta entero si se lo pone en funcionamiento.

Pero yo me quedo atrás, junto a los juguetes sobre la mesa, sin poder apartar la mirada de sus cuerpos mutilados… hasta que la hoja de un arma me apuñala el brazo, abriéndome los surcos de las heridas.

Lanzo un jadeo y salto hacia atrás, rodeándome el cuerpo con los brazos. Sé que el dolor es apenas un recuerdo de la experiencia real, pero me sigue provocando náuseas, y las gotas de sudor me producen un escozor en la frente. Echo un vistazo rápido a los hombres, esperando que no se hayan dado cuenta.

Efectivamente, no me han visto.

Siguen examinando el arma, y los tres resultan indistinguibles en sus abultados trajes de radiación y sus máscaras negras.

—¿Así que esto es todo? —La voz de Stanton irrumpe en el silencio de radio dentro de mi pesado traje—. Aparte de esta arma, cinco años de comidas comprimidas y los siniestros juguetes, ¿no han encontrado nada más? ¿Nada que indique dónde se encuentra la base del Marad o quién está conduciendo el ejército o cuál es el plan del amo?

—Encontramos a los Ascendentes que arrestamos —la segunda voz le pertenece al Estridente Engle, un Zodai de la Guardia Real del Cacique Skiff, quien ha estado guiándonos en nuestra visita a la Casa de Escorpio.

—¿Han hablado ya? —insiste Stanton.

—Lo harán una vez que encontremos una manera de quebrarlos.

Una de las figuras se estremece y retrocede medio paso. Debe de ser Mathias.

—Si no han podido quebrarlos en dos meses, ¿qué les hace pensar que puedan ser quebrados? —Identifico la figura de Stanton por su típica postura desafiante, el modo como inclina la cabeza y cruza los brazos.

—Todo hombre tiene su punto débil —dice el Estridente.

—Eso es una idiotez. —Mi hermano mira a Mathias—. Algunos hombres son inquebrantables.

Mathias no acusa recibo del cumplido mientras se aleja despacio del grupo. Después de enterarse de todo por lo que ha pasado, últimamente Stan ha estado elogiándolo mucho. Pero incluso ahora, las palabras afectuosas de mi hermano carecen de verdadera calidez. Hay otra cosa que se encuentra enfriando su efecto, solo que no alcanzo a darme cuenta de lo que es. Mathias se une a mí junto a la mesa y se queda mirando fijo los juguetes. Me pregunto si él también siente el surco de la cuchilla de Corintia.

—¿Ninguna de las otras Casas tiene pistas o ideas? —pregunto dirigiéndome al sistema de radio de la máscara, principalmente para escapar a mis pensamientos oscuros.

—Dado que tuvieron suficiente tiempo para fabricarnos esta macabra obra de arte, estamos de acuerdo con que es probable que supieran que veníamos —dice Engle, reciclando la misma teoría que las Casas se han estado repitiendo unas a otras. Él y Stanton se acercan a grandes pasos para unirse a Mathias y a mí—. Y si el Ascendente que te traicionó —Aryll— envió una advertencia, tuvieron tiempo suficiente para deshacerse de cualquier cosa que no quisieran que encontráramos.

Stan le da la espalda a la mesa. Aún no puede escuchar el nombre del amigo que quiso como a un hermano.

Pero al escuchar la respuesta del Estridente Engle, me llama la atención otra palabra. Esta es la segunda vez que ha dicho Ascendente, en lugar de soldado, siervo o terrorista, como si las palabras fueran intercambiables.

En todas las Casas, la reacción ha sido la misma: la denigración absoluta de todos los Ascendentes por temor a que se vuelvan desequilibrados.

La advertencia de Fernanda respecto de que todos los Ascendentes tendrán que pagar por las acciones del Marad suena cada vez más fuerte en mi cabeza, así como el presagio de Férez de un futuro forjado por los Ascendentes. Una minoría de personas que todas las Casas han condenado al ostracismo puede decidir ahora el destino del Zodíaco. Tal vez mis profesores tuvieran razón: tal vez los corazones sanos provengan de una familia feliz. Tal vez, si los Ascendentes hubieran nacido en un mundo con un lugar para ellos, el amo no sería capaz de manipular a tantos de ellos para que cometan asesinatos en nombre de la esperanza.

—¿Qué es esto? —pregunta Mathias, señalando el conjunto de juguetes. Es solo una de las pocas preguntas que ha realizado durante todo el día. El Mathias de antes habría exigido saber todos los detalles acerca del arma y los soldados capturados del Marad, incluso si significaba violar el protocolo diplomático… como la vez que visitamos Libra.

Pensar en la Séptima Casa hace que se me reseque la boca, y me aclaro la garganta.

—Creemos que es un mensaje —dice Engle—. Nos están diciendo que nos vayamos al diablo.

Su voz seria es idéntica a la sarcástica, así que nunca sé si se siente satisfecho o con ánimos de polemizar. Lo mismo sucede con todos los Escorpios que he conocido hasta ahora: cada uno es un misterio. Pero como hoy en día es imposible saber en quién confiar, independientemente de la filiación a una Casa, es bueno saber que estoy en compañía de una persona en la que Sirna confía: Engle es un amigo de sus viajes diplomáticos. Por otra parte, eso puede terminar siendo peor.

Después de todo, los amigos pueden resultar siendo enemigos temibles.

Mathias me choca levemente el hombro, y levanto la mirada. Es difícil distinguir los rasgos de su rostro a través de la gruesa membrana de su traje protector, pero advierto que está sacudiendo la cabeza, y tiene razón: hemos realizado una búsqueda del resto de Squary sin encontrar nada. Todas las Casas que pasaron por aquí han obtenido los mismos resultados. Es hora de encontrar una pista real.

—Creo que hemos terminado —digo.

—Entonces los llevaré de nuevo bajo el nivel del mar. —El Estridente Engle nos conduce a una salida: se trata de puertas metálicas redondas, empotradas en el suelo de todos los recintos.

Descendemos un tramo de escaleras hacia un sistema de canales que pasa por debajo del búnker, y los cuatro nos metemos en un pequeño barco no tripulado que atraviesa rápidamente un laberinto de túneles hacia el centro de transporte de Squary.

Aunque Squary es considerado uno de los asentamientos de Escorpio que se encuentra “encima de la tierra”, técnicamente está “dentro” de ella, ya que la atmósfera de Esconcio es irrespirable. Pero desde el punto de vista de los Escorpios, que habitan en mundos acuáticos en lo más profundo del océano, Squary está, básicamente, en la superficie.

Cuando nuestros botes golpean suavemente contra un canal sin salida, trepamos fuera y pasamos por una cámara de descontaminación metálica que esteriliza nuestros trajes. Luego entramos en una bulliciosa estación submarina, donde los Escorpios se desplazan a toda velocidad sobre modernas plataformas plateadas para ubicar sus puertas y realizar sus viajes de conexión. Los horarios sobre las paredes pantalla indican las rutas y los horarios para los submarinos comerciales, y una variedad de puestos holográficos ofrecen a los viajeros opciones para contratar alquileres privados y vuelos chárter.

Lo primero que hacemos es quitarnos los pesados trajes y depositarlos en un conducto destinado a aquel fin. Sin la máscara, por fin tengo una visión despejada.

Frente a nosotros, ventanas que van del suelo al techo dan a un océano azul oscuro, y Stanton y Mathias se dirigen de inmediato hacia allí para observar a los peces que pasan por delante y que abarcan todos los colores de la paleta de la Naturaleza.

Debe de ser casi el atardecer porque los rayos rojos de Helios encienden la capa superior del agua. Normalmente, yo también correría a la vitrina para verlo todo. Pero hoy me quedo con Engle, observándolo consultar la pared pantalla que tenemos más cerca. Aún sigo sorprendida por la piel traslúcida y los ojos color escarlata del Estridente; proviene de Oscuro, el mundo acuático más profundo que tiene Esconcio, que no recibe la luz del sol.

—No es una actitud racista observar lo desconocido —dice, encontrándose de pronto con mi mirada—, o dejarse sorprender por ello.

Siento que las mejillas me arden.

—Yo no… lo siento, es solo que…

—No termines esa excusa. Solo haz referencia a mi comentario anterior.

Me encantaría que hubiera una guía de traducción para hablar con los Escorpios. Una vez más, no tengo ni idea de lo que piensa Engle de mí.

Un noticiero inicia su presentación en otra pared pantalla. Cuando comienza a transmitirse un montaje de cancerianos en campos de refugiados de todo el Zodíaco, se me contrae el estómago. No alcanzo a oír por encima del ruido de la narración, pero me imagino lo que dice el conductor.

Al principio, las Casas estaban contentas de acoger a nuestra gente y de asistirnos. Cualquiera diría que con treinta y cuatro planetas habitables —bueno, ahora son treinta y uno— habría más que espacio suficiente para todos los nuestros en el Sistema Solar del Zodíaco.

Luego se conoció la noticia de Aryll.

Cuando las Casas se enteraron de que había un Ascendente Marad oculto entre los sobrevivientes cancerianos, casi todos los gobiernos elaboraron una lista de motivos por los cuales ya no podían acogernos: porque representamos un drenaje de sus recursos; porque interferimos con las leyes al funcionar como una nación soberana sobre su territorio; porque aceptamos de forma egoísta su limosna sin buscar soluciones a largo plazo. Pero a lo que más le temen es a que haya más soldados del Marad ocultos entre nosotros.

El planeta Tethys, de Virgo, está en su mayor parte inhabitable, pero su población tuvo la opción de evacuar a diez planetoides de su constelación. Los geminianos que abandonaron Argyr aterrizaron en Hydragyr, donde se había instalado la mayor cantidad de cancerianos, solo que ahora el planeta no parece ser lo suficientemente grande para ambos.

Y, sin embargo, los cancerianos no tenemos a dónde ir dentro de nuestra constelación. No tenemos más remedio que pedirles ayuda a las otras Casas. Junto con nuestro planeta, arrasaron nuestras instituciones financieras y, hace unas semanas, cancelaron oficialmente nuestra moneda a lo largo de todo el sistema solar. Así que, por ahora, nuestras únicas opciones son instalarnos en un campo de refugiados o mudarnos a una comunidad con un sistema de trueque, como Piscis.

——Nuestra embarcación sale de la puerta seis —dice Engle, y me aparto de la transmisión—. Vamos.

Busco a mi hermano y a Mathias, y minutos después embarcamos en un enorme submarino de pasajeros rumbo a Pelagio, uno de los mundos acuáticos menos profundos de Esconcio, donde nos hemos estado alojando Stanton, Mathias y yo. Engle nos reservó dos hileras de asientos enfrentados; tomo la ventana, y Mathias se asegura el lugar al lado mío.

Mi hermano se desploma sobre el asiento de enfrente, con la mirada fija en la ventana, al tiempo que una anguila verde esmeralda pasa deslizándose por ella. El Estridente Engle se sienta al lado de Stan, proyecta una pantalla holográfica personal de su Pincel —un dispositivo que se lleva en la punta del dedo y que es el equivalente escorpiano de la Onda— y comienza a revisar sus mensajes.

—Buenas tardes, les habla el Capitán Husk —dice la voz de un hombre por el intercomunicador—. Anticipamos un viaje tranquilo a Pelagio. Las condiciones actuales de marea determinan que llegaremos en poco más de tres horas. Una vez que la señal luminosa de cinturones se apague, los invitamos a visitar nuestro bar y restaurante, ubicados en el medio de la nave. Ahora, prepárense para nuestro descenso y disfruten de su tiempo a bordo.

Cinturones de seguridad se deslizan automáticamente sobre nuestro pecho, y se enganchan con un clic en los conectores de nuestros asientos. El movimiento del submarino es tan suave que solo advierto que hemos echado a andar cuando veo el deslumbrante paisaje deslizándose por delante de mi ventana. Sobrevolamos corales multicolores que podrían ser lechos de golosinas; luego nos abrimos paso a través de un bosque de esbeltos árboles submarinos, rebosantes de pequeñas criaturas marinas, hasta que llegamos a un claro majestuoso, donde el agua es infinita y refulge como un diamante. Los rayos púrpura rojizos del atardecer perforan la extensión azulada como flechas encendidas.

Más que nada, quiero estar allí fuera.

Extraño deslizarme entre los pliegues del Mar de Cáncer, nadar junto a sus tortugas, caballitos de mar y peces metamorfos, siguiendo sus corrientes familiares para llegar a mis rincones favoritos del planeta. Creí que estar en otra Casa de Agua podía sanarme… pero solo me hace extrañar aún más a Cáncer.

Una manada de delfines rayados baila fuera de nuestra ventana, girando, retozando y siguiéndonos hasta que la nave cobra impulso, y nos precipitamos en un abismo, dejando atrás la luz del sol. Las burbujas rozan el vientre del submarino, y cardúmenes de peces se dispersan a nuestro paso a medida que nos sumergimos en aguas cada vez más profundas.

Me atrevo a echarle un vistazo a Mathias. Tiene la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos, cerrados. Se ha estado dejando crecer el cabello ondulado, y una capa ligera de barba incipiente cubre las mejillas huecas y el minúsculo hueco de la barbilla. Me sigue costando aceptar que ha regresado, cuando estar con él me recuerda que, en realidad, no lo ha hecho.

—¿Qué hay de nuevo?

Su voz cosquillea mis pensamientos, y el dedo me comienza a zumbar con la infusión de psienergía. Miro hacia abajo a mi Anillo. Cuando llevábamos los abultados trajes de compresión, no tenía acceso a él, pero ahora puedo tocar el aro metálico de silicona.

—No estoy segura de lo que sucederá ahora —le respondo, mirando el elegante guante negro que me ciñe la mano izquierda, el que conservo puesto siempre, ya que la piel de las puntas de los dedos seguirá sensible hasta que me vuelvan a crecer las uñas.

Todo el mundo me animó a curarme las heridas del brazo y a deshacerme de las huellas que dejó Corintia al torturarme, pero aquello hubiera significado volverle la espalda a todo lo que viví. Y no estoy dispuesta a hacerlo.

Férez me enseñó que el pasado puede coexistir con el presente, pero solo si lo recordamos. Así que, si engaño al pasado intentando cambiarlo, corro el riesgo de olvidarlo… y hay cosas que no me puedo dar el lujo de olvidar. Como el hecho de que la niña que llevaba el traje espacial rosado y flotaba sobre la superficie de Elara no tuvo la oportunidad de curarse. Tampoco la tuvieron los muertos de Cáncer, Virgo, Géminis o la armada.

Y tampoco la tienen los Ascendentes.

—Tu hermano lo está pasando mal —dice Mathias—. ¿Has hablado con él?

Miro a Stanton, del otro lado. Se ha quedado dormido con los auriculares holográficos puestos, y la Onda nueva que Sirna pudo conseguirle descansa abierta sobre su pecho. No lo he visto así desde que mamá nos abandonó: distante, hosco, desconfiado. Pero, por lo menos, en aquel momento apartó aquellos sentimientos a un lado para dedicarse a criarme. Ahora solo supuran dentro de él, manifestándose en la aspereza de su voz y en el endurecimiento de su corazón.

—Lo he intentado —le susurro a Mathias a través del Psi—. Se siente culpable por haber defendido tanto a Aryll, y, tal vez, también, avergonzado por haber sido usado por él. Pero no quiere hablar del tema conmigo, y creo que es porque… porque es mi culpa. Yo soy la razón por la que Aryll lo usó.

Es la primera vez que expreso esta idea, y me alegra que suceda solo en mi mente y no en voz alta, porque una burbuja de emoción me cierra la garganta.

—No creo que ese sea el motivo. Para nada. —La voz de Mathias es suave, y suena casi como antes: seguro de sí y con una actitud protectora hacia mí.

—Creo que no puede hablar contigo porque siente que te falló. Aryll lo usó para llegar a ti, y tu hermano no lo reconoció por lo que realmente era. Por eso no pudo protegerte. En lugar de ponerte a resguardo, te puso en peligro al traerlo a tu vida.

Lo miro con el ceño fruncido.

—Mathias, esto no es culpa de Stanton…

Sacude la cabeza.

—No digo que lo sea. Solo te estoy explicando cómo se siente porque… es como me sentiría yo si fuera él.

Sus ojos color medianoche se quedan mirando los míos un instante más, suspendiendo mi pulso. Ninguno de los dos dice una palabra más.

Cuando mi hermano y yo regresamos a Capricornio, Mathias se quedó un mes y medio con sus padres en Tauro, concentrado en recuperarse de la tortura a la que lo había sometido el Marad, entrenándose con otros Polaris de la embajada. Luego, hace un par de semanas, se puso en contacto y dijo que estaba listo para ayudar, así que Stan y yo lo invitamos a que viniera con nosotros. No hemos hablado de nuestro beso o de las palabras que cruzamos la noche de la celebración de Vitulus… lo cual es bueno, porque no estoy segura de lo que le diría.

No es que resulte importante, dado que la nota que les envié a él y a Hysan después del ataque en Piscis prácticamente le cerró la puerta durante un tiempo a cualquier conversación sentimental. Supongo que debería estar agradecida porque Mathias me siga dirigiendo la palabra, a diferencia de…

—Disculpen la interrupción —la voz del capitán Husk por el intercomunicador me provoca un sobresalto—. Si miran a estribor, verán una ballena escorpiana abriéndose camino hacia la superficie.

Apoyó el rostro sobre el frío cristal para echarle un vistazo al gigantesco mamífero.

—Santo Helios —susurro al tiempo que su sombra engulle al submarino.

La ballena negro azabache es imposiblemente inmensa —por lo menos, diez veces más grande que este submarino para cien pasajeros— y sus seis pares de aletas lo impulsan hacia delante a tal velocidad que la embarcación comienza a mecerse por la fuerza de las olas a su paso.

La ballena pasa surcando las aguas a gran velocidad.

Un instante estoy mirando una pupila del tamaño del Equinox, y al siguiente lo único que veo es una cola serpenteante deslizándose como un latigazo. Todo sucede tan rápido que genera la misma sensación surreal y pasajera que una visión del Psi. Levanto la mirada hacia el horizonte brumoso e intento no perder de vista a la ballena, pero ya ha desaparecido entre las sombras oscuras que están arriba.

Decepcionada, bajo la mirada y por fin alcanzo a ver las luces plateadas de Pelagio brillando a lo lejos en el agua.

2

El submarino reduce la marcha cuando una brillante burbuja, del tamaño de una luna, brota delante de nosotros; sus paredes de cristal, salpicadas con pequeñas luces que titilan como estrellas.

Camino a Squary, el Estridente Engle explicó que aquellas luces eran branquias mecánicas, parte de un sistema de filtrado que emplea la electrólisis para romper el H2O en partículas de oxígeno e hidrógeno. El aire se absorbe para la respiración mientras que el hidrógeno se convierte en combustible para suministrar electricidad al mundo acuático.

El planeta Esconcio tiene una docena de estos mundos acuáticos, cada uno, un territorio soberano. La mitad de ellos, incluido Pelagio, están ubicados en aguas lo suficientemente poco profundas para que la parte superior de los edificios se asome por encima del nivel del mar; la otra mitad, como Oscuro, está sumergido en aguas tan hondas que solo las embarcaciones especializadas de Escorpio soportan la presión.

Nepturno, la ciudad capital de Pelagio, se vuelve más grande ante la ventana del submarino. Parece un acuario invertido: en lugar de peces que atraviesan el agua, los seres humanos nadan a través del aire.

Los Escorpios se desplazan por los mundos acuáticos empleando alas acuáticas —brazaletes de metal provistos de dispositivos con chorros de agua lo suficientemente fuertes como para levantar a una persona del suelo y hacerla flotar. Los Escorpios complementan las alas con aletas que deslizan sobre el calzado, para poder, básicamente, “nadar” atravesando la pesada humedad del aire.

Para desembarcar, atracamos en un puerto contra el muro de cristal, y luego nos dirigimos por un estrecho sendero que conduce al centro de transporte de Nepturno, donde se confirman nuestras identidades y se revisan nuestras pertenencias antes de concedernos pasaje para entrar. Seguimos a la multitud de Escorpios, que van y vienen sobre modernas plataformas plateadas, a un muro de lockers donde guardamos nuestras alas de agua y aletas antes de marcharnos a Squary. Una vez que nos ponemos los brazaletes —que están fríos y resultan un tanto apretados—, llevamos las aletas bajo el brazo y nos abrimos paso hacia la salida.

—Estrella Errante.

Me volteo para ver a Sirna, escoltada por un Polaris y un Estridente. Sonrío y contengo el impulso de abrazarla; en lugar de ello, extiendo el brazo para chocar los puños.

Hace unos días, después de llegar a Escorpio, cuando la envolví en mis brazos delante de todo su séquito de Estridentes y Polaris, se puso rígida, como desaprobándolo. Me di cuenta de que no debí hacerlo. Sirna es por naturaleza cuidadora de vida, pero, como la mayoría de los cancerianos, lleva un caparazón al trabajo y guarda el costado más tierno para su vida personal.

Supongo que los últimos meses no he recibido demasiado afecto. Tampoco he frecuentado la compañía de mujeres. Y extraño a Nishi más que al agua.

—¿Cómo fue tu visita? —pregunta Sirna una vez que intercambia el saludo de la mano con todos los integrantes de nuestro grupo.

—Nada en especial —responde Engle por mí.

—Entonces, ¿no hay novedades?

—No —admito. En realidad, no creí que hallaría nada que a las demás Casas se les hubiera escapado, pero como el Pleno parecía tan entusiasmado por organizar el viaje cuando se lo pedí, esperé que hubiera una posibilidad de ayudar.

Sirna se vuelve hacia el Polaris y le susurra unas instrucciones. Este asiente con la cabeza y se marcha con el Estridente. Cuando se endereza, parece satisfecha por algo.

—Pero estoy segura de que el amo está lejos de acabar —le advierto—. Antes de presentar mi informe ante el Pleno, me gustaría consultar con los restantes equipos del Zodai que pasaron por aquí, así que, por favor, mantenlo en secreto por ahora. ¿Hay novedades de los soldados del Marad que están bajo custodia?

Sirna suspira.

—Los representantes de todas las Casas ya han intentado interrogarlos, pero se mantienen estoicos. La única persona con la que cualquiera de los soldados parece haberse abierto es… contigo.

No termino de encontrarme con su mirada azul marino.

—Supongo que cuando estás a punto de asesinar a alguien, dejas de pensar en ella como una persona.

Mathias me roza con el brazo, ofreciendo consuelo con su caricia. Comprende mejor que yo lo que se siente cuando alguien te trata como si fueras despreciable. Cuando realizan dibujos sobre tu piel como si se creyeran dueños de ella, reduciéndote a un lienzo descartable para expresar su odio.

—Debes de tener hambre —dice Sirna, y asiento con la cabeza, intentando hacer a un lado mis oscuros pensamientos—. ¿Qué te parece si cenamos?

—Les diré a Link y Tyron que nos acompañen —dice Engle—. Tú invitas, ¿no es cierto?

La boca de Sirna se retuerce en algo parecido a una sonrisa.

—Y dicen que la hidalguía visitó a Escorpio y se ahogó.

—¿Quién necesita de la hidalguía cuando se es tan apuesto? —Engle me dirige una mirada socarrona—. ¿No es cierto, Rho? Dile a tu embajadora cómo te costó quitarme los ojos de encima.

Comienzo a sonrojarme justo cuando entra Stanton.

—¿Son parte del orden del día estas bromas o podemos irnos? Me estoy muriendo de hambre.

Me quedo mirando a mi hermano sin reconocerlo. Sus mejillas están desprovistas de color; sus rizos carecen de energía y no hay consuelo en su mirada verde pálido.

—Sí, vamos —dice Sirna, retomando su profesionalismo. Mientras salimos en fila por la puerta, intento llamar la atención de Stan, pero se mantiene distante.

Afuera, quedamos fagocitados por el sofocante aliento de una ciudad extensa y mullida, con una altura imposible de calcular. El brillante resplandor de las branquias sobre los muros de cristal ilumina la vista con suavidad. El paisaje ante nosotros se despliega en un arcoíris de colores, y una vez más, me cuesta reconciliar el alegre aspecto de este mundo con la naturaleza taciturna de los Escorpios que he conocido.

Me deslizo las aletas sobre las botas y presiono la secuencia para desbloquear mis alas de agua; los packs de chorros de vapor vibran espasmódicamente un instante, y luego mis pies se elevan del fondo arenoso del océano y salgo flotando sobre la húmeda atmósfera como una pluma que vuela contra el viento. Cuando estoy arriba en el aire, mis preocupaciones permanecen ancladas en el suelo, y por fin me siento libre.

Los cuatro nos ubicamos en fila detrás de Sirna, y empalmamos con un banco de Escorpios que se dirigen aguas abajo. Qué bien se siente volver a nadar, aunque sea sin agua. Más difícil resulta tener todo el océano para explorar y estar atrapada dentro de una burbuja de aire.

Tomamos velocidad, nadando en forma sincronizada con los Escorpios que nos rodean, hasta que formamos un equipo estrechamente entrelazado que navega la corriente de aire creada por nosotros mismos. Cada vez que volteamos una esquina, nos mezclamos y volvemos a posicionarnos. Los viajeros que tienen intenciones de salir se dirigen al carril externo, mientras que los que tienen un viaje más largo por delante permanecen en el medio.

Los brillantes colores hacen que sea fácil esquivar los edificios con forma de cubo de Nepturno, y su textura esponjosa es lo suficientemente elástica como para que, incluso si una persona se desvía de rumbo y choca contra una pared, quede protegido por sus poros afelpados. Una vez que Sirna comienza a maniobrar hacia el carril exterior, el resto la sigue, e instantes después, nos separamos del grupo para dirigirnos hacia un edificio azul, más alto que los que lo rodean: la madriguera de visitantes.

Los Escorpios son los innovadores del Zodíaco. En todas las épocas, han sido los inventores de nuestra tecnología más revolucionaria, codiciada por la galaxia entera. La industria tecnológica de Escorpio es tan despiadada que las compañías son intensamente competitivas entre sí, y hay una preocupación constante por el espionaje corporativo. Por este motivo, la Casa opera bajo condiciones extremas de confidencialidad. Y si hay alguien de quien un Escorpio desconfíe más que de un compatriota Escorpio, es de una persona de otra Casa.

Esconcio no recibe muchas visitas porque Escorpio les complica a los extranjeros la obtención de visas. Los turistas aprobados son alojados en una madriguera de visitantes de la ciudad, donde se les asigna un Estridente como guía para monitorear sus movimientos y limitar el acceso a información privilegiada.

Cuando aterrizamos sobre el techo de la madriguera, guardamos las alas de agua y las aletas en lockers, ya que se prohíbe la natación de aire en el interior de los edificios. De cerca, la superficie esponjosa de la estructura es afelpada pero sólida, y sus poros están cubiertos con deshechos de todo tipo: caracolas, arena, piedras. Adentro, la temperatura es mucho más fresca, y tomamos un ascensor para descender al comedor en el corazón del edificio, una sala enorme que ocupa todo el piso.

El aroma a mariscos frescos me cosquillea la nariz, y una cacofonía de voces me agrede los oídos. Aunque no hay demasiada gente en la madriguera, lugareños curiosos que quieren saber las últimas noticias de otros mundos pululan por el vestíbulo.

Largas mesas comunitarias se alinean en la sala. Tomamos bebidas y cubiertos de un stand en la entrada, y luego escudriñamos el lugar hasta que ubicamos a Link y Tyron saludándonos desde una de las mesas cerca del muro del fondo, el que está más cerca de la pared pantalla oceánica de la sala.

Apenas me siento, un menú holográfico se despliega ante mí, y toco la pantalla para elegir lo que voy a comer —pescado a la plancha con una ensalada de algas sazonadas con pimienta. Luego de enviar el pedido, el holograma se desvanece.

Link y Tyron ya tienen delante la comida, pero solo Link ha comenzado a comer.

—¿Y? ¿Encontraste algo que al resto se nos escapó, Estrella Errante? —pregunta con la boca llena de comida—. ¿Algún otro mensaje secreto de tu cuco? ¿Acaso estás planeando hacer que nos maten a algunos más organizando una nueva armada?

Cuando abro la boca para responder, sorbe desagradablemente un tentáculo de pulpo y lo mastica haciendo ruido. En el pasado, a estas alturas Stanton y Mathias ya habrían intervenido para defenderme, pero hoy son personas diferentes, demasiado ocupadas en pelear contra sus propios demonios para protegerme de mis detractores.

—Déjala en paz, Link —dice Engle, observándome con atención—. No tiene la culpa de que la persona detrás de estos ataques esté confundiéndola. Tan solo es una chiquilla que trata de jugar un juego de adultos.

Miro furiosa a Engle, aunque no me da la impresión de que lo haya dicho en serio; creo que, más que nada, busca provocarme para que termine reaccionando. Y si me está probando, significa que aún no tiene una opinión formada de mí, así que todavía hay una chance de ganarme su respeto.

—Dame tu Efemeris —digo.

—¿Para qué?

—Para llamar a mi cuco.

Los ojos rojos de Engle se abren levemente, pero Link se inclina hacia adelante, interesado. Como él y Tyron son de Pelagio, su piel amarillenta no es tan traslucida como la de Engle, y el tinte rojo de sus ojos es un poco más oscuro y menos llamativo.

—Mi noche se acaba de volver interesante —dice Link, dándole un codazo al brazo de Engle—. Hazlo. Dásela.

Engle y yo seguimos midiéndonos; ninguno de los dos está dispuesto a ser el primero en apartar la mirada.

—¿Por qué no usas la tuya? —me pregunta.

—Porque no la traje conmigo —le respondo. Cuando no reacciona, bajo la voz—. No tienes miedo, ¿no?

Esboza una sonrisa fría.

—Miedo no… solo me pregunto a qué juegas.

—Creí que habías dicho que este no es mi juego. Que solo soy una chiquilla manipulada por otro —inclino la cabeza y enarco las cejas—. Pero los hombres adultos como tú no les tienen miedo a los monstruos, ¿verdad? —Las líneas alrededor de sus ojos se endurecen, y advierto que por fin lo estoy poniendo nervioso—. Así que pásame tu Efemeris.

—Basta —dice Sirna, que está sentada del otro lado de Engle. Este se sobresalta. La mira de repente, con el ceño fruncido, y tengo la sensación de que lo acaba de pellizcar debajo de la mesa.

Libre al fin, bajo la mirada y parpadeo. Justo en ese momento, una sombra se cierne sobre mí, y me inclino hacia atrás en el instante que unos drones descienden sobre la mesa de piedra y dejan caer nuestra comida antes de salir volando de regreso a la cocina.

Mientras mastico mi primer bocado del cremoso pescado, la enorme pared pantalla junto a nosotros se enciende con un destello, y comienza un noticiero holográfico.

“Interrumpimos su velada con un informe de último momento: nos acaban de alertar de que el Pleno Planetario se dispone a dar un anuncio sobre el Marad”.

La comida se desliza insípida por mi garganta. De inmediato, la sala entera queda en silencio. Giro la cabeza rápidamente para encontrarme con la mirada de Sirna, pero no me mira a los ojos. ¿Qué anuncio? ¿Por qué no me comentó antes que había novedades?

“La transmisión del Embajador Crompton comenzará en cualquier momento —dice el conductor del noticiero—, así que no se vayan mientras esperamos estas últimas noticias”.

El canal comienza la emisión transmitiendo material reciclado de archivo.

“El Marad apareció por primera vez en la escena galáctica instigando y, más tarde, provocando la escalada del conflicto entre los sagitarianos y los trabajadores inmigrantes de Lune —otro mundo acuático Escorpiano—, pero, como informó primero nuestra cadena de noticias, El Tratado de los Viajeros ha conseguido por fin sofocar aquel conflicto. ¿Así que adónde fue el ejército después de Sagitario?

”El Marad —supuestamente integrado por Ascendentes— llevó sus feroces métodos a las demás Casas, incluida las nuestra, cuando sabotearon la provisión de aire de Oscuro, matando a decenas de los nuestros”.

Echo un vistazo al rostro abatido de Engle. Cuando veo que aprieta los puños, me pregunto si perdió a alguien en el ataque.

“Dado el carácter aleatorio e inconsistente de sus ataques, es imposible saber lo que realmente quieren. Han secuestrado rehenes y cargamentos de embarcaciones a lo largo de todo el Espacio Zodíaco; han asesinado a Patriarcas de la Casa de Acuario; han provocado explosiones en Leo; han volado parte del Zodíax en Tierre, y, más recientemente, han apuntado al planetoide pisciano Alamar, que fue víctima de una huelga tecnológica que destruyó su red de comunicaciones y desactivó su sistema durante casi dos meses galácticos”.

La pantalla vuelve a cortar del montaje de imágenes al conductor de rostro sombrío.

“Y ahora, silencio. Pero ¿habrán terminado con nosotros o estarán planeando su siguiente ataque? Sin un enemigo en frente contra el cual combatir, ni nuevas manifestaciones de violencia que señalen el camino, ¿cómo pueden protegernos nuestros Zodai? ¿Y cuánto tiempo más tendremos que contener la respiración, esperando que nuestros líderes nos cuenten lo que saben? Este reportero cree que, si no comenzamos a respirar pronto, nos ahogaremos”.

Aparecen nuevas imágenes de una estudiante de la Universidad del Zodai en Aries, un poco mayor que yo, llamada Skarlet Thorne.

“Nuevas voces emergen a pesar del silencio de nuestros líderes”, dice el reportero mientras observamos a la increíblemente bella Skarlet hablando en un mitin en Fobos, el planeta ariano donde se descubrió por primera vez el Marad. Los Zodai de todo el Zodíaco han estado explorando el lugar con la esperanza de encontrar pistas.

La voz clara y fuerte de Skarlet resuena sobre la multitud de estudiantes de la Academia y la Universidad de Aries allí reunida.

“Si es cierto que el Marad está integrado por Ascendentes, entonces ya sabemos lo que quieren. Es lo que querríamos todos si estuviéramos en su lugar: aceptación”.

Aunque ya he visto este clip de noticias, no puedo dejar de estar de acuerdo con sus palabras. Skarlet es una de las pocas personas que propone una actitud empática con los Ascendentes, pero, a diferencia de Fernanda, que soslaya el tema de los Ascendentes desequilibrados cuando defiende a toda la raza, Skarlet evita la cuestión política, centrándose simplemente en encontrar una solución.

“Estamos peleando para defender nuestros hogares, pero los Ascendentes están peleando por su derecho a tener uno…”.

Skarlet desaparece de golpe, y su discurso cede lugar a la imagen de un hombre acuariano de unos cuarenta años con ojos del color de los amaneceres rosados, parado bajo un estandarte con todos los símbolos de las Casas. En un segundo plano, detrás de Crompton, un puñado de Asesores acuarianos se encuentra de pie.

Hay un leve retraso mientras espera a hablar, y luego sonríe con calidez antes de comenzar el anuncio:

“Hermanos y hermanas del Zodíaco, tras una larga temporada de oscuridad, vengo ante ustedes en nombre de mis compañeros embajadores con buenas noticias.

”Durante meses, los Zodai de todas las Casas han estado investigando la guarida del Marad en Squary. Ahora estoy en condiciones de anunciar que no hemos hallado absolutamente ninguna evidencia de que vaya a haber futuros ataques, más allá del arma sin terminar, que ya no constituye una amenaza al estar actualmente bajo nuestra custodia. En consecuencia, hoy —un término relativo, pues nos encontramos desperdigados en el sistema solar, viviendo decenas de tiempos presentes diferentes…

Algunos de los Patriarcas detrás de él arrugan el entrecejo y carraspean. Su sonrisa vacila.

”… Como decía, hoy, en la Casa de Escorpio, nuestra propia Estrella Errante, Rhoma Grace, ha visitado Squary…

Al escuchar mi nombre, suelto una exclamación e intercambio miradas de asombro con Stanton y Mathias.

”… Tampoco ella ha encontrado pruebas concretas de nada que temer. Por ello, con gran esperanza y alivio, este Pleno está preparado una vez más para declarar la paz en el Zodíaco”.

3

Miro furiosa a Sirna, pero ella mantiene la vista fija en la pared pantalla. A estas alturas, ya debería estar acostumbrada a la traición. Y, sin embargo, cada vez que sucede parece una nueva cachetada que no veo venir.

Hasta este momento, realmente pensaba que estaba aquí porque el Pleno quería mi opinión. Creí que Sirna necesitaba mi ayuda. Pero lo que querían era una mascota.

Detesto el hecho de que Engle tuviera razón: adonde vaya, no tengo otra opción que la de jugar el juego de otro.

El estómago se me cierra y no puedo probar la comida que tengo en el plato. Sé que en el medio de la noche, cuando me vuelva el apetito con ganas, me arrepentiré, pero no puedo estar cerca de Sirna un instante más. Me manipuló, al igual que los otros Embajadores. Durante todo este tiempo, me ha estado usando, y, como una idiota, creí que éramos amigas.

—Rho, no… —comienza a decir Stanton, pero ya estoy de pie.

—Los veré arriba.

Mathias comienza a objetar, pero me desplazo rápidamente para que sus palabras no me alcancen. Cada uno tiene su propia habitación, así que tomo el ascensor a uno de los pisos altos de la madriguera, trabo la puerta con los controles de mi muñequera y me dejo caer sobre la cama de agua.

Me recuesto de costado y miro por la ventana; desde esta altura, tengo una vista panorámica de los coloridos edificios de Nepturno, obstaculizada cada tanto por bancos de Escorpios. Como no hay que preocuparse por el estado del tiempo, no hay cristales en las ventanas, y a cada lado de la abertura hay delgadas cortinas ceñidas hacia arriba para dar privacidad. La tecnología de refrigeración de la madriguera tiene la fuerza suficiente para impedir que la humedad exterior la impregne.

La ventana está equipada con un sistema de alarma láser, que puede ser activada desde la muñequera que me expidió la madriguera. El brazalete negro de goma también controla las cerraduras y las luces de la habitación. Cuando me incorporo para abrir mi Onda, el agua del colchón se desplaza en el interior, y, una vez que se emiten los menús holográficos, llamo a Nishi.

Como era de esperar, no me atiende. Últimamente, rara vez la encuentro. Stan y Mathias no dejan de recordarme que necesita espacio para lidiar con la muerte de Deke. Pero lo que me duele es que nadie parece darse cuenta de que yo también lo perdí.

Durante cinco años, Nishi, Deke y yo operábamos como una unidad. Solo me fui de Oceón 6 porque creí que estaba peleando por un futuro para todos. Y ahora, Deke y papá no están, Nishi y Hysan están ausentes, y Stanton y Mathias son fantasmas de sí mismos.

Enjugándome las lágrimas de los ojos, suspiro por dentro, y aunque me prometí que no lo haría, llamo a Nox.

A medida que mi entorno se convierte en la proa acristalada familiar de mi nave favorita, parte de la tensión que me agobia comienza a disiparse; por lo menos no me han revocado mi acceso automático. Un hombre alto con cabello blanco y ojos de cuarzo está de pie ante el timón. No manifiesta sorpresa alguna ante mi llegada inesperada.

—Lady Rho —dice el Guardián de Libra con su sonora voz—, es maravilloso verte. Espero que Escorpio te esté tratando bien.

—Lo está. Gracias, Lord Neith. —Los latidos se me aceleran al examinar con avidez el espacio detrás de él para ver si veo a Hysan—. ¿Cómo está… todo?

—He estado bien desde nuestro último encuentro, gracias por preguntar.

Después de que atacaran Piscis, fue Neith quien respondió el mensaje que envié a Hysan y Mathias. El majestuoso androide me informó que Hysan estaría fuera de alcance durante un tiempo, pero me aseguró que él se pondría en contacto en su lugar.

—¿Has venido a discutir la desacertada declaración de paz del Pleno?

—Así es —admito, y los perceptivos ojos de cuarzo de Neith se suavizan con una sensibilidad absolutamente verosímil.

—Comprendo. Esperabas que Hysan estuviera aquí para consolarte, pero, en cambio, estoy yo —dice con total naturalidad—. Me doy cuenta de que soy un pobre sustituto, Lady Rho, pero si me lo permites, me gustaría decir algo.

Siento que los músculos de mi cara se relajan y oigo la sonrisa en mi voz:

—Lord Neith, jamás eres un pobre sustituto, y me encantaría escuchar lo que sea que tengas para decir.

—Es muy amable de tu parte. —Inclina la cabeza con humildad antes de continuar—: siempre he hallado interesante que el símbolo de la Justicia sea la balanza. Implica que para lograr la armonía perfecta, se deben equilibrar el bien y el mal. En lugar de erradicar a uno de los dos, ambos deben coexistir en partes iguales.

—Qué deprimente —digo rotundamente, recordando que Ocus me dijo una vez algo parecido—. ¿Para qué luchar contra el Marad si no se puede cambiar el resultado?

—Luchas contra ellos por el mismo motivo por el que ellos luchan contra ti: para inclinar la balanza. Y, sin embargo, ellos llevan una ventaja sobre ti: ya se han dado cuenta de que el mal debe coexistir con el bien, y también se han dado cuenta de que tú no quieres aceptarlo. Motivo por el cual, su mejor estrategia es agotarte: hacerte sentir pequeña, indefensa y sola… porque una vez que dejes de pelear contra ellos, serán ellos quienes ganen.

Me siento sacudir la cabeza involuntariamente.

—¿Y cómo puede ser eso equitativo?

Una carcajada —breve como un ladrido— escapa de los labios de Lord Neith. No tenía idea de que los androides podían reírse.

—¿Y quién dijo que la justicia era equitativa? —pregunta. Los dientes blancos relucen ante la mirada de indignación que debe de estar adueñándose de mi rostro.

—¿Acaso resulta equitativo que durante milenios la mayoría de los miembros del Zodíaco hayan tenido un hogar, una familia, una identidad, mientras desconocemos el hecho desagradable de que a las estrellas les gusta seleccionar personas de entre nosotros y maldecirlas con una condición que no tiene cura y que los transforma de adentro hacia afuera? ¿Acaso resulta justo que aquellas almas malditas se unan ahora para tomar represalias por lo que ha padecido su gente, y continúa padeciendo, por culpa de la ignorancia, el prejuicio y el desinterés de las Casas?

Neith sacude la cabeza con tristeza al agregar:

—No puede haber un estándar universal para la justicia o la equidad, Lady Rho, pues son conceptos que solo pueden definirse en un contexto; un villano solo es un villano desde el punto de vista del héroe. No hay bondad ni maldad universales porque no puede haber un juez universal. La existencia es demasiado complicada y ambigua para semejante ingenuidad. Y por eso el mal debe coexistir con el bien… porque erradicar a uno es erradicar a ambos.

Exhalo con fuerza mientras proceso la revelación de Neith.

—Entonces… ¿cuál es la solución?

—Si existiera alguna —dice en voz baja, rodeando el timón de control para que no haya nada entre ambos—, entonces deberá ser lo que los más sabios de entre nosotros han sabido desde siempre. —Se yergue por encima de mí, y tengo que inclinar la cabeza hacia atrás para seguir mirándolo a los ojos—. La única manera de lograr una sociedad justa es tenernos en cuenta unos a otros. Hasta el último individuo, sin descartar a ninguna persona ni población, sin ignorar a las personas a las que preferiríamos no ver, incluso a aquellas cuyos valores nos provocan rechazo. ¿Crees que sea posible que alguna civilización lo logre?

—No lo sé —susurro—. ¿Y tú?

No dice nada, pero la expresión de su rostro de Kartex es tan compasiva que parece una respuesta, incluso si no termina siéndola. Supongo que la pregunta era retórica.

Las ideas de Neith me han dejado con la misma sensación que tengo después de hablar con el Sabio Férez: como si un montón de globos de pensamiento se estuvieran multiplicando exponencialmente en la cabeza, y pronto no habrá lugar para ellos. Pero antes de que estalle mi cerebro, interviene mi corazón, y mi mente se desplaza del brillante Neith a su más que brillante creador.

Durante semanas he estado intentando bloquear mis recuerdos de Hysan, pero es imposible olvidar mis sentimientos. Y como mi corazón rara vez sigue los dictados de mi mente, ahora se encuentra martillándome el pecho y recordándome cuánto más fuerte me late cuando estoy con él.

—¿Dónde está Hysan? —Todos los músculos de mi cuerpo se tensan al pronunciar su nombre.

—No me está permitido decirlo.

Frunzo el ceño.

—Se supone que estamos trabajando juntos, no jugando a ver quién confía más en quién —digo. Mis palabras se vuelven acaloradas—. Necesito saber que se encuentra bien… Y si ha averiguado algo que pueda convencer al Pleno de cambiar su dictamen y tomarse al amo más seriamente, debe compartirlo ahora. Por favor, Lord Neith, realmente necesito saber dónde está…

—No me está permitido decirlo —repite Neith con calma—. Lo siento, Lady Rho. No es mi intención ser difícil; sencillamente, estoy programado para no pasar información.

—Oh… lo siento. —Miro hacia el suelo para evitar que Neith advierta la intensidad de mi decepción, aunque estoy segura de que se dio cuenta.