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* Premium Ebook optimizado para la lectura digital * « ¡Adelante! Lejos, muy lejos está aun la meta, pero hacia ella nos dirigimos, y para marchar más ligero, tratemos de librarnos del inútil y perjudicial bagaje de absurdas supersticiones y de mal fundadas creencias. Presentamos al lector los más culminantes acontecimientos del pasado, para deducir de la filosofía de la historia lo que en el futuro nos espera. Estudiamos las religiones, las comparamos y encontramos que todas tienen un fondo de verdad, más o menos desfigurado, según el atraso relativo de los pueblos. Demostramos que todo revela que el progreso no se detiene y se efectúa así en lo material como en lo intelectual y moral. Demostramos que el concepto que entraña el vocablo "Incognoscible" no tiene razón de ser y que los fenómenos considerados como sobrenaturales, van sujetándose ya a la investigación científica. Demostramos, por último, que la ciencia, hasta hace poco materialista, nos conducirá al espiritualismo, fundándose así la religión del porvenir, cuya moral no puede ser otra que el cristianismo. Y el cristianismo es la más pura expresión de la democracia. » F.Senillosa
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Felipe Senillosa
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPITULO XI
CAPÍTULO XII
Hemos llegado a un período del progreso en que la ciencia y la observación son la base exclusiva de las investigaciones de la verdad.
A medida que las nieblas van disipándose, la humanidad se siente impelida a mirar bien de frente ante sí, para reconocer lo que la luz consigue, poco a poco, poner de relieve.
En lo que se ve, se cree; y en lo que aún queda velado o confuso, no se cree todavía, pero se investiga para descubrir lo que es.
No es posible ciertamente determinar a priori, todo lo que aún queda por conocer y, por tanto, no debe el hombre admitir ya lo imaginario, lo metafísico, como verdad probada, lo cual está reservado a la ciencia.
¡Luz, más luz! Este es el supremo anhelo. Luz para descubrir lo que las tinieblas ocultan; luz que, proyectando sus rayos lo más lejos posible, ilumine desconocidos horizontes.
Pueden admitirse todas las hipótesis, pero el sabio considera deber suyo sujetarlas todas al análisis, para aceptar las realmente efectivas y desechar las erróneas o falsas. Es preferible no creer en nada que ciegamente creer. Ya no se funda la fe sobre lo absurdo "quia absurdum credo" sino que se basa sobre el hecho, real y constatado.
La sola razón no basta, porque la razón es limitada e individualmente desigual. El positivismo es la base de la verdad: cuando es insuficiente para dárnosla a conocer, nos salva de caer en el error.
Deduciendo la doctrina o la consecuencia lógica de los fenómenos revelados por la experiencia, no caeremos en el peligro de crear una filosofía que forme escuela tan solo para un limitado número de adeptos, sino que llegaremos, lenta pero seguramente, a la filosofía universal.
La historia y la ciencia constituyen los lazos que reúnen el pasado con el futuro; el presente es un efecto de anteriores causas a la par que causa efectos venideros.
No presentamos hipótesis, no proponemos problemas; relatamos simplemente hechos reales y sobre ellos fundamos nuestras observaciones: no pretendemos enseñar nada, absolutamente nada de nuevo, pero lo que expondremos será bien definido y llevará el sello de la verdad. Nuestro único móvil es contribuir al progreso disipando, en la medida de nuestras fuerzas, el error que lo obstaculiza.
La historia y la ciencia, he ahí nuestras guías. La realidad se evidencia por los hechos y no por fútiles disertaciones.
Presentamos escenas pasadas, analizamos hechos presentes, deducimos efectos lógicos de causas evidentes.
La verdad brilla más pura a medida que transcurren los siglos, porque en el tiempo está el progreso y el progreso es luz y la luz es verdad.
No pretendemos ser sabios, ni anhelamos renombre o gloria. No es nuestra mente tampoco hacer literatura; publicamos con sencillez y con sana intención, el resultado de nuestros estudios, llevados a un terreno en que necesariamente debe concentrarse la atención humana, para seguir su progresiva evolución.
No escribimos para simple diversión del lector, porque en el momento crítico que la humanidad cruza, es necesario hablarle claro, y lo haremos sin curarnos de los que puedan desconocer los móviles leales que guían nuestra pluma.
Amamos a los hombres nuestros hermanos; les damos lo que podemos darles de buena fe y fundándonos sobre hechos históricos y científicos; deseamos cumplir con el deber que la ley de solidaridad nos impone.
¡Adelante! Lejos, muy lejos está aun la meta, pero hacia ella nos dirigimos, y para marchar más ligero, tratemos de librarnos del inútil y perjudicial bagaje de absurdas supersticiones y de mal fundadas creencias.
Presentamos al lector los más culminantes acontecimientos del pasado, para deducir de la filosofía de la historia lo que en el futuro nos espera.
Estudiamos las religiones, las comparamos y encontramos que todas tienen un fondo de verdad, más o menos desfigurado, según el atraso relativo de los pueblos.
Demostramos que todo revela que el progreso no se detiene y se efectúa así en lo material como en lo intelectual y moral.
Demostramos que el concepto que entraña el vocablo "Incognoscible" no tiene razón de ser y que los fenómenos considerados como sobrenaturales, van sujetándose ya a la investigación científica.
Demostramos, por último, que la ciencia, hasta hace poco materialista, nos conducirá al espiritualismo, fundándose así la religión del porvenir, cuya moral no puede ser otra que el cristianismo.
Y el cristianismo es la más pura expresión de la democracia.
F.S
Buenos Aires, Mayo de 1897.
La inteligencia humana,
es la revelación de la inteligencia divina.
Cicerón.
Para hacer un verídico resumen de la evolución religiosa, nos vemos, ante todo, obligados a recordar, que la cronología bíblica y la teología, ateniéndose literalmente al texto, son completamente falsas en sus afirmaciones. La primera asigna al hombre unos seis mil años de existencia y la segunda le atribuye una religión primitiva, revelada por Dios en el paraíso terrenal; pero la geología nos demuestra que la aparición del hombre sobre la tierra data de más de doscientos mil años; y el estudio de la antigüedad nos revela que su primera creencia se reduce al animismo, al naturismo y al fetichismo. La observación de lo que sucede aun, entre las tribus más atrasadas del África y de Oceanía, evidencia la verdad de esta aserción.
Los hombres primitivos no alcanzando a darse cuenta de los fenómenos de la naturaleza, animaron o animalizaron todas sus manifestaciones: árboles, piedras, ríos, sol, estrellas, viento, nubes etc., fueron individualizados. Esto es prueba de que la creencia en un algo intangible e invisible, pero la causa primera de toda existencia, es tan antigua como la criatura humana.
La vida de la humanidad en sus primeros pasos puede compararse con la del niño; si este al correr tropieza, su primer impulso es castigar al objeto que considera causante del incidente, prestándole así intención aunque de una piedra se trate; si la lluvia interrumpe sus inocentes juegos, le lanza el apóstrofe de mala, como si ella debiera comprenderle. El salvaje de todos los tiempos procede como el niño, ve en los fenómenos atmosféricos, en el rugido del rayo, en la bulliciosa catarata, en la erupción volcánica, la presencia de seres invisibles y les presta vida y acción voluntarias.
Esos mismos fenómenos y cataclismos de la naturaleza, inspirándole terror, le sugirieron luego la idea de aplacar sus iras, ya por ruegos, ya por medio de bárbaros sacrificios. Y siendo desconocida la causa, sintió el hombre la necesidad de darle una forma tangible, originándose así el fetichismo: el objeto material más insignificante vino a ser la residencia de un poder desconocido.
Todas las religiones, más o menos, han caído después en el mismo error, o mejor dicho, han admitido el símbolo de un objeto cualquiera, como mansión de la divinidad.
Considerando que lo dicho es prueba suficiente de que el hombre primitivo creía en poderes sobrenaturales, pasaremos a ocuparnos de las primeras civilizaciones de que tenemos noticias, es decir, la de los caldeas en las orillas del Éufrates y de los egipcios en los valles del Nilo, unos siete mil años antes de nuestra era.
Las religiones de esos dos antiquísimos pueblos son casi idénticas y las dos, lo mismo que sucede con la védica, el brahmanismo y las doctrinas de Lao-tse en la China, de Buda en la India, de Zoroastro en Persia, de Moisés entre los israelitas, a pesar de aparentar una gran diferencia, en el fondo, convergen todas al monoteísmo, no siendo el politeísmo sino la sub―división del Ser Supremo, uno, eterno e inaccesible, primeramente en una triada y sucesivamente en una progresiva multiplicación de divinidades secundarias, que no son más que la personificación de todos sus atributos divinos.
A grandes rasgos relataremos cual era la religión de Egipto, cuando lo invadieron los persas seis siglos antes de la era cristiana.
Como lo hemos dicho, la civilización egipcia contaba ya setenta siglos de existencia al principio de la dominación extranjera. No hablaremos de su constitución política que como es sabido, revestía la forma de una monarquía absoluta de derecho divino y acordaba a sus Faraones títulos y honores divinos; reasumiremos todo lo que fue escrito por un sin número de historiadores sobre la religión de los egipcios, en las siguientes palabras de Heródoto: los habitantes de Tebas reconocen un Dios único que no habiendo tenido principio no debe tener fin. Dios, dice un texto sagrado, es el único generador en el cielo y en la tierra y no es engendrado… Es el único Dios vivo en verdad, el que se engendra a sí mismo, el que existe desde el principio, el que lo hizo todo y no ha sido hecho.»
Como se ve, el principio fundamental es el monoteísmo; pero los egipcios, lo mismo que los caldeas, los persas y los hindúes, quisieron adelantar algo más en la definición y conocimiento del Ser Supremo y lo definieron así: Único en esencia no es único en persona. Poseyendo la facultad de reproducirse, produce en sí mismo a otro sí mismo, siendo a la vez, padre, madre e hijo.
La Triada crea sus miembros que son otros tantos dioses secundarios, estos que no son más que los diferentes atributos divinos, de trinidades en trinidades, se producen en nuevas personificaciones, tomando nuevos nombres y figuras sucediendo que en cada gran ciudad se adoraba a alguno de preferencia.
Las divinidades más importantes eran: Amón en que se personificaba la fuerza latente de las causas ocultas; Imhotep personificación de todas las inteligencias; Etah el espíritu del arte y la verdad; Osiris, el Dios bueno y bienhechor.
Existían, como hemos dicho, otros muchos dioses que vivían en buena armonía viniendo a ser revelaciones distintas del Dios único y oculto en quien se penetraban y confundían todos.
Respecto a la creencia en la inmortalidad del alma, ningún pueblo nos dejó más clara y definida constancia de cuáles eran sus ideas y su fe en tan transcendental cuestión. Los numerosos obeliscos, que aun hoy día se conservan en tan buen estado, que parecen obra de ayer, y no de cientos de siglos; los bajos relieves de los vetustos templos, nos revelan claramente con sus jeroglíficos, sus inscripciones, sus estatuas y pinturas que ese antiquísimo pueblo no solamente tenía la convicción de la supervivencia del alma a la materia, sino que también creía en una ley justa de premios o castigos, de expiación y de progreso.
Los caldeos reconocían un ser supremo, Ilhu, del cual había emanado el caos o sea la materia informe; la voluntad de Dios había separado los elementos del caos y la luz de Dios había penetrado, animado y conservado todo. Uno solo era el Ser pero se subdividía en tres potencias que lo constituían: la materia, Anes; el verbo, Bel; la providencia, Nuah. Estos tres dioses, primera manifestación de la unidad eterna, se desdoblaban sucesivamente y así Anna era el dios del cielo, Ea de la tierra, Mulgé del abismo.
La creencia en la inmortalidad del alma era absoluta y a la par que los egipcios, los caldeos admitían el premio y el castigo de ultratumba y elevaban al rango de dioses a sus reyes difuntos, como hacían los primeros con sus Faraones, lo que demuestra que esas dos remotísimas civilizaciones casi eran uniformes.
Si hemos hecho esta breve reseña de las religiones pertenecientes a la más antigua civilización de que se tiene noticia, ha sido para demostrar que aunque politeístas en la forma, la creencia fundamental era monoteísta.
No haremos pues la historia de los demás cultos; solo recordaremos que el atento estudio de cada raza, nos demuestra que si bien todos los hombres fueron en su principio animistas y fetichistas, progresando luego y constituyéndose en pueblos y naciones, crearon una religión fundamentalmente idéntica.
Los griegos y los romanos, con su mitología y numerosas divinidades, son politeístas en apariencia; así en Grecia como en Roma, los dioses son la personificación de las fuerzas de la naturaleza; del mismo modo que los atenienses habían levantado una estatua al dios Ignoto, los romanos, por encima del mismo Júpiter, colocaban otro poder absoluto y desconocido: el Hado. Platón enseñaba a creer en un Ser Supremo, único, y Cicerón, al entregar su garganta al puñal de los sicarios de Antonio, hizo su profesión de fe en un Poder Supremo: causa causarum miseremei. ¡Causa de todas las causas, ten piedad de mi! fueron sus últimas palabras.
Reasumiendo: todos los grandes pensadores, filósofos y fundadores de religiones, a pesar de la diferencia de época, de raza y de lugar, convergen al mismo centro. Lao-tse y Confucio en la China, Buda en la India, Zoroastro en Persia, Moisés entre los Israelitas, Jesús en Palestina, San Pablo en Grecia y en Roma, Mahoma entre los árabes, vienen todos a proclamar el mismo principio: Existencia y Unidad de Dios e inmortalidad del alma.
Del mismo modo que todas esas grandes personalidades se han confundido en un solo pensamiento así en uno se confunden todos los seres supremos que los diferentes pueblos de la tierra han adorado; porque, aunque varíe su nombre, el Ser Supremo padre de todos los demás Dioses, no era reconocido como tal, solamente para una nación o raza, si no que era considerado como Soberano del universo.
El cristianismo en sus principios, nunca trató de la Trinidad; su fundador Jesús, decía a los hombres, que la moral que les predicaba era la misma que hasta entonces les había sido enseñada por todos los profetas y enviados de Dios. Él, no había venido a destruir la ley sino a cumplirla; y con estas palabras no quería referirse solamente a la ley mosaica, sino también a la divina, ley de caridad y fraternidad universal. Esto era lo que Él había venido a cumplir.
El Padre Celestial que está en los cielos, es uno, y reviste las mismas cualidades que le atribuyeran Buda, Confucio y Zoroastro.
El catolicismo hizo con el cristianismo lo que los sacerdotes de todas las religiones habían hecho con las suyas: quiso analizar y definir a Dios y le subdividió en una Trinidad.
Como los caldeas, los egipcios y los hindúes, los católicos personificaron los tres primeros atributos de Dios y sucedió con ellos lo que ya había sucedido con los sacerdotes de todas las religiones: se declararon intermediarios oficiales entre la divinidad y el hombre; muchos de buena fe y una gran parte de mala, creyeron en la verdad absoluta de su estado sacerdotal que los diferenciaba del total de la humanidad, atribuyéndoles autoridad y poderes en la tierra y en el cielo, sobre la vida y la muerte y el destino de ultra tumba.
Dogmatizaron, monopolizando la humana razón, que Dios concedió a todos y se declararon por autoridad propia, legítimos representantes de Dios en la tierra.
Se sucedieron concilios tras concilios, correspondiendo a cada uno una alteración de la primera doctrina cristiana y la creación de ritos y liturgias, que poco a poco convirtieron al puro y sencillo cristianismo en una religión complicada en sus definiciones y, tan aparatosa en su forma, que nada puede envidiarle el más abierto paganismo.
En el seno de una religión que predicaba la igualdad, surgió así una casta sacerdotal que ha llegado a personificar la divinidad o sea a absorberse todas sus facultades y poderes.
Hubiera sido imposible alterar todas las palabras de Jesús y por eso el catolicismo siguió proclamando que todos los hombres eran hermanos; pero al mismo tiempo él creaba a los hermanos mayores con atribuciones y derechos ilimitados sobre todos los demás declarados menores, o sea rebaño, clasificados como tales por su autoridad.
Se llegó hasta definir la sustancia y el pensamiento del Dios eterno, oculto e infinito, sin querer comprender o aparentando no comprender que siendo los sacerdotes hombres, como todos los demás mortales, siendo ellos también, por más reunidos en concilio que estuviesen, seres creándose imperfectos, no podían poseer la sabiduría requerida para definir al creador.
¡Mitología, teología! No pasará mucho tiempo sin que ambas sean igualmente clasificadas. Y los miles de volúmenes que tomistas y escolásticos han publicado sobre los destinos del hombre, la naturaleza de Dios, la trinidad, el paraíso y el infierno, quedarán como perenne monumento de la simpleza humana y del orgullo sacerdotal.
Reconocemos, bueno es declararlo, que el catolicismo tiene también buenas cantidades a su haber. La proclamación del principio espiritual sobre lo material, esgrimiendo las armas espirituales contra el abuso de la fuerza material; los numerosos misioneros que por llevar la doctrina de Cristo, el evangelio, en medio de los pueblos más bárbaros y salvajes, pagaron con la vida su noble atrevimiento; San Francisco de Asís, que en la época más sombría de la edad media, en una sociedad que políticamente gemía bajo el yugo del señor feudal y bajo el más pesado aun de la teocracia aristocrática, deja su rico hogar y funda una orden religiosa toda caridad y amor, reconociendo a un hermano en cualquiera que gimiera bajo el peso de la desgracia o del dolor, sin distinción de casta ni religión, protesta contra el lujo desmedido de los encumbrados prelados, con su vasta saya y sus pies desnudos, canta en himnos rebosantes de sencillez y verdad, las bellezas de la naturaleza y los arrebatos de la caridad.
San Vicente de Paul, padre de todos los desdichados, de todos los abandonados; San Ambrosio, que vende los vasos sagrados para socorrer a los hambrientos; el cardenal Federico Borromeo, que dedica su gran fortuna y expone su vida en pro de los apestados de Milán; y así, un buen número de santos e ilustres varones, que, con sus obras, con sus palabras, sus sacrificios y martirios, dan a la católica religión justo título de veneración y santidad.
Pero a los que con esto quieran demostrarnos que estamos en error atacando al catolicismo, puesto que tanto y bueno ha salido de su seno, nosotros, con la profunda convicción de proclamar una indiscutible verdad, contestaremos que todo lo que el catolicismo ha producido de verdaderamente grande y digno, lo produjo siempre que sea estrictamente ceñido a las máximas y principios del cristianismo puro y primitivo, y que, por lo contrario, cuando apartándose de los preceptos del evangelio, quiso añadir o quitar algo a la religión de Cristo, llegando a fuerza de quitar, añadir e interpretar a su gusto a hacerla irreconocible, fue causa de que al amparo de la cruz y bajo la égida de una doctrina toda verdad y amor, surgiera otra de odio y de mentira.
Los papas disputaron a los emperadores el dominio de los pueblos, los conventos se aliaron a los castillos, la ambición se sentó sobre la silla de San Pedro y las cárceles y las hogueras se encargaron de hacer callar la protesta o los destellos de la humana razón.
¿Pedro Arbués, Domingo de Guzmán, Torquemada, han sido acaso cristianos?
¿Alejandro VI, Honorio, Bonifacio, nos han acaso representado a Jesús?
De una religión toda amor se originó otra toda odio; de un Padre todo misericordioso y justo, otro injusto y vengativo. ¡Unos pocos entre los humanos son los destinados a la vida eterna en el seno del Padre común; todos los demás, todos los que no son católicos porque nacieron en Asia, en Oceanía o en los polos, son condenados a las penas eternas!
No hablaremos del tráfico de las reliquias, de la canonización de hombres indignos de llamarse tales, de la depravación histórica de la mayoría de los obispos, arzobispos y cardenales, y sólo nos limitaremos a decir, que a fuerza de templos y capillas, santos y santas, fiestas y procesiones, estatuas y efigies, vasos sagrados e indumentos consagrados, milagros y dogmas; el catolicismo acabó por convertir en idólatra una religión puramente espiritual y filosófica en sus orígenes.
Como en la breve reseña que hemos hecho de la evolución religiosa, el catolicismo representa uno de los papeles más importantes, tanto por el número de sus adeptos como por sus años de existencia; creemos conveniente añadir unas palabras más, para facilitarnos con el desarrollo de su historia y las consecuencias que de esta podrían deducirse, una clara y definitiva visión del punto final al que parece que providencialmente nos dirigimos.
Estaría en error el que creyera que recién la humanidad empieza a darse cuenta de que las doctrinas y prácticas del catolicismo no son las del cristianismo.
No nos ocuparemos, por no ser demasiado largos, de las numerosas y múltiples controversias teológicas que, poco a poco, desde los primeros siglos de su existencia, consiguieron con sus concilios y dogmas echar las bases del catolicismo, y nos limitaremos a tratar de la iglesia romana, haciendo constar, que aunque haya conseguido en casi toda Europa y durante siglos, hacer callar el grito de la humana conciencia y razón ofendidas, no llegó a impedir que la verdad fuera abiertamente proclamada por hombres de altísima elevación moral e intelectual.
La abominable depravación de las autoridades dirigentes de una religión que se decía legítima heredera de la moral de Jesús y la alteración calculada y sistemática de sus doctrinas, provocaron las nobles protestas de la conciencia y la razón pisoteadas.
Arnaldo de Brescia, en el siglo XII, levanta su voz contra el poder temporal de los papas y pide que la iglesia vuelva a su primitivo estado de pureza y bondad.
Sus costumbres y su vida son tan puras, que el mismo San Bernardo, adversario suyo, llega públicamente a reconocerlas, pero lo que él desea, no conviene al poderoso y orgulloso pontífice Adriano IV. Con la ayuda del emperador Federico primero, logra el papa que caiga en sus manos el noble mártir de la moral cristiana, lo manda públicamente a quemar en Roma y sus cenizas son arrojadas al Tíber.
Apagada la voz de Arnaldo, más enérgica e indómita se levanta en el siglo XIV la de Juan Hus. Indignado a la vista de la gran mistificación de la pureza evangélica llevada a cabo por el papa, obispos y arzobispos, protesta con toda la fuerza de su alma contra todas las alteraciones del cristianismo primitivo; combate la confesión auricular, el culto de las imágenes y de la virgen, la infalibilidad del pontífice, la simonía de los magnates romanos y heridos éstos más por la guerra que les mueve a su bienestar temporal y material, que por sus protestas contra los principios religiosos, apelan al apoyo del emperador Segismundo, le arrastran con engañaos ante el concilio de Constanza, le cargan de cadenas y concluyen con quemarle vivo y arrojar sus cenizas al Rhin.
Pero ni las llamas que reducen el cuerpo a un puñado de cenizas, ni las aguas que las arrastran y sepultan, tienen el poder de acallar las protestas de la razón y del sentimiento conculcado.
Más terrible, más violento, más afortunado, porque encontró ya preparados los ánimos por los trabajos de los grandes hombres que le precedieron en la protesta contra la iglesia romana, se presenta en los albores del décimo sexto siglo el indómito luchador Martín Lutero. Su historia es bien conocida en su juventud, profundamente católico, quiere visitar personalmente la Santa Sede, pero a la vista de la corte de León X, no puede refrenar el grito de su conciencia revelada, y a la iglesia católica la bautiza con el nombre de: «prostituta de Babilonia». «Prostituta» que vende sus indulgencias y pone tarifa a cada pecado para el correspondiente perdón. Esta vez el poder de los príncipes de Alemania no viene en ayuda del romano pontífice; el reformador se escapa de las garras que quisieran apoderarse de él; en la Dieta de Spira se proclama la libertad de conciencia y se inicia el protestantismo.
A las protestas de la conciencia hollada, suceden las de la humana razón insultada y renegada. Ya no se requieren mártires en reivindicación de las costumbres cristianas; llegó la hora de los sacrificios para preparar el triunfo de las verdaderas doctrinas.
La gran figura de Giordano Bruno, aparece en la historia y sus revelaciones filosóficas y científicas revelan todo su presentimiento del porvenir. Pocos años después que Lutero había atacado el culto y la organización de la iglesia romana, Giordano Bruno, elevándose mucho más alto, atacaba los dogmas y la teología en sus bases más profundas.
A la religión de la gracia opone la de la naturaleza y quiere que la explicación de lo sobrenatural se busque en lo físico, declarando que para atacar fuerzas espirituales hay que basarse en las temporales. Combate la definición del universo y de Dios dada por la iglesia, declarando que Dios es el alma inteligente y dirigente del espacio infinito; que sólo se le puede ver en sus manifestaciones, pero que en sí es inaccesible y proclama que pretender describir a Dios, es pretender determinarle y asignarle una grandeza.
El dogma no resiste al análisis de su vastísima mente; en todas las religiones ve un conjunto informe de símbolos y supersticiones, y adelantándose de unos siglos a la definición del alma humana, tal cual parece encontraría la moderna ciencia, el deja escrito: que no es el resultado armónico de las unidades que forman el cuerpo, sino la que constituye y mantiene la armonía corporal. Con estas palabras entrega a las generaciones venideras una poderosa arma contra el materialismo del que parece haber tenido la intuición.
¿Qué razones, qué doctrinas podía oponer a éstas la romana religión y la dogmática etología? Una sola: apagar la voz que las proclamaba.
El Tíber, que había arrastrado las cenizas de Arnaldo de Brescia, recogió también las de Giordano Bruno, pero en el mismo lugar en que fuera quemado vivo, tres siglos después, se levantaba su marmórea efigie en señal de humano homenaje e histórica reivindicación.
