Figuras del discurso III - Armando Villegas - E-Book

Figuras del discurso III E-Book

Armando Villegas

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Beschreibung

El seminario Figuras del Discurso ha pensado diversos debates contemporáneos sobre la exclusión, la marginación y los argumentos que los sostienen. Este último año nos dimos a la tarea de pensar tres figuras clave de distintos argumentos filosóficos, políticos y sociales: el duelo, la violencia y el olvido. Como elementos determinantes sobre el discurso en los ejercicios de la memoria (o de las memorias), estas tres figuras se os presentan como repetitivas en los distintos procesos históricos, artísticos y culturales que tienen que ver con el ejercicio hegemónico del poder. Sin duda, estas formas retóricas -así como su problemática expuesta en el presente libro- son elementos recurrentes tanto en las consignas de los movimientos sociales, como en los procesos de reparación o justicia, e incluso en las políticas públicas. Más que recurrir a una valoración común en torno al deber de memoria, este trabajo esboza una crítica sobre los argumentos construidos con respecto a la figura del olvido, de la violencia y de la exclusión, tratando de hacer patentes las posibilidades emancipatorias que se encuentran en las resistencias en su denodado esfuerzo por combatir aquello que la tradición de los oprimidos (Benjamin) utiliza para no dejarse vencer cada vez que son de nueva cuenta olvidados en el trajín de la historia. El trabajo es doble. Este libro intenta poner de manifiesto, una vez más, las necesidades de construir los procedimientos discursivos sobre los que se construyen experiencias y subjetividades, modos de hacer colectivos que generan efectos, bien de exclusión, bien de emancipación.

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Seitenzahl: 612

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Con Filosófica abrimos un canal de difusión para las investigaciones que se elaboran al interior de universidades e instituciones públicas, partiendo de la convicción de que dicho quehacer intelectual se enriquece cuando sus resultados se comparten con la comunidad.

Esta colección ofrece al lector de habla hispana trabajos originales de investigadores y académicos contemporáneos y textos de autores clásicos cuyas reflexiones buscan dilucidar aquellos temas que conforman los mundos del pensamiento filosófico.

Otros títulos de la colección

1. Heidegger: la pregunta por los estados de ánimo (1927-1930)

Pilar Gilardi

2. Hacia una filosofía de la ciencia centrada en prácticas

Sergio F. Martínez y Xiang Huang

3. Figuras del discurso. Exclusión, filosofía y política

Armando Villegas, Natalia Talavera, Roberto Monroy (coords.)

4. Figuras del discurso II. Temas contemporáneos de políticas de exclusión.

Armando Villegas, Natalia Talavera, Roberto Monroy, Laksmi de Mora (coords.)

Esta publicación fue financiada a través del Proyecto de Investigación “Figuras de la exclusión en el discurso filosófico y político” CB2014242673 del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT).

Los derechos exclusivos de la edición quedan reservados para todos los países de habla hispana. Prohibida la reproducción parcial o total, por cualquier medio conocido o por conocerse, sin el consentimiento por escrito de los legítimos titulares de los derechos.

Esta publicación fue dictaminada por pares académicos bajo la modalidad doble ciego.

Primera edición en papel, marzo 2019

Edición epub: marzo 2020

D.R. © 2019 A cada autor por su artículo

D.R. © 2019

Bonilla Distribución y Edición, S.A. de C.V.,

Hermenegildo Galeana #111

Barrio del Niño Jesús, Tlalpan, 14080

Ciudad de México

[email protected]

www.bonillaartigaseditores.com

© 2019, Universidad Autónoma del Estado de Morelos

Av. Universidad #1001

Col. Chamilpa, C.P. 62209

Cuernavaca, Morelos

[email protected]

libros.uaem.mx

ISBN: 978-607-8636-15-0 (Bonilla Distribución y Edición)

ISBN: 978-607-8639-10-6 (UAEM)

ISBN ePub: 978-607-8838-87-5

Cuidado de la edición: Bonilla Artigas Editores

Diseño editorial: Jocelyn G. Medina

Diseño de portada:Mariana Guerrero del Cueto

Realización epub: javierelo

Imagen de portada: Teresa Margolles

PM 2010

Installation

313 images of covers of the newspaperPM from Ciudad Juarez, Mexico, published in 2010.

Installation 300 x 1300 cm

Each image: 37,2 x 32,2 cm, framed

Each cover: 34,9 x 29,9 cm, unframed

Installation view: “Love is Colder than Capital“, Kunsthaus Bregenz, Austria, 2013

Photo: Markus Tretter

Courtesy the artist and Galerie Peter Kilchmann, Zurich

Hecho en México

Contenido

Introducción. El duelo, la violencia y el olvido

Laksmi A. de Mora Martínez, Roberto Monroy Álvarez, Natalia E. Talavera Baby

Exordio

Figuras del discurso y exclusión social. Revisión de sus problemáticas

Armando Villegas Contreras

I. Luchas por recordar, luchas por olvidar. Violencia, género y olvido desde latinoamérica

Ante las violencias del olvido, figuras otras del discurso

Ana María Martínez de la Escalera, Lourdes Enríquez Rosas

¿Cómo evidenciar políticamente la(s) violencia(s)?(Para un spinocismo feminista)

Cecilia Abdo Ferez

Desaparición y memoria en Antígona González de Sara Uribe

Márgara Millán

La figura de la mujer en las memorias y contramemorias de la dictadura chilena

Raquel Ameyari Reyes Vargas

El mestizo como resistencia en Felipe Guaman Poma de Ayala

Diego Fernández Peychaux

Entre la vida y la muerte: la fotografía infantil post-mortem

Beatriz Alcubierre Moya

Pueblos olvidados. Carreteras y desarrollo

Carlos Alberto Silva Ramírez

Cuerpos vulnerables. La rebelión zapatista de 1994

Carlos Castañeda Desales

II. Imágenes del olvido. Arte, cine y anacronismo

Arte y anacronismo. Una lectura de lo contemporáneo

Circe Rodríguez Pliego

De la imagen del shock al olvido de la imagen

Laksmi A. de Mora Martínez

Sabra y Chatila.Olvido y violencia en Sigmund Freud

Luis Fernando Montes Saucedo

Memorias hedientes. Narrativa y estética de la contaminación histórica

Roberto Monroy Álvarez

Los niños y adolescentes como figuras de exclusión en Los olvidados

Manuel Reynoso de la Paz, Ma. Centeocihuatl Virto Martínez

El aspecto visibilizador de los olvidados en la ciencia ficción mexicana: el caso de El Roñas y el trovador urbano

Dora Alcocer Walbey

III. Aportes a la discusión. Pensar la memoria y la violencia

Figuras de la violencia. Memorias y genealogías

Erika R. Lindig Cisneros

Tzvetan Todorov: memoria y justicia

Leticia Flores Farfán

El archivo y sus formas. Espectralidad y síntoma

Natalia E. Talavera Baby

El olvido. Una figura de resistencia ante la memoria absoluta en internet

Alfredo Rodríguez Chavarría

Cuerpo, vulnerabilidad y crítica a la modernidad capitalista en Judith Butler

José Ezcurdia

Semblanzas

Sobre los coordinadores

IntroducciónEl duelo, la violencia y el olvido

Laksmi A. de Mora MartínezRoberto Monroy Álvarez Natalia E. Talavera Baby

A lo largo de un año de trabajo, nuestro grupo de investigación se dio a la tarea de debatir sobre tres figuras clave en los distintos argumentos filosóficos, políticos y sociales: el duelo, la violencia y el olvido. Como elementos determinantes sobre el discurso en los ejercicios de la memoria (o de las memorias), estas tres figuras se nos presentan como repetitivas en los distintos proceso históricos, artísticos y culturales que tienen que ver con el ejercicio hegemónico del poder, la violencia de género, la marginación, exclusión y aniquilación de ciertas subjetividades.

Sin duda, estas palabras son recurrentes tanto en las consignas de los movimientos sociales, como en los procesos de reparación o justicia, e incluso en las políticas públicas de ciertos gobiernos progresistas que siempre decantan en la ya conocida demanda: ¡Ni perdón ni olvido! Más que recurrir a una valoración común en torno al deber de memoria, este trabajo esboza una crítica sobre los argumentos construidos con respecto a la figura del olvido, de la violencia y de la exclusión, tratando de hacer patente las posibilidades emancipatorias que se encuentran implícitas, como resistencias, en todo discurso conservador, represivo y moral.

Lo que este libro intenta poner de manifiesto es la necesidad de analizar los procedimientos discursivos por medio de los cuales se construyen formas de subjetividad y modos de hacer colectivos que generan efectos de exclusión o de emancipación. Como señala Edward Said en la introducción a su Orientalismo, hay que hacer hincapié en que nuestro interés está en el análisis de la superficie del texto, “de su exterioridad con relación a lo que describe”, y en este sentido, “no hay nada [en el lenguaje] que sea una presencia dada, sino una represencia o representación. El valor, la eficacia, la fuerza y la veracidad aparente de una afirmación” (44, 46) depende entonces del discurso y la forma en que se presenta. O como explica el primero de la serie de libros que hemos titulado Figuras del discurso, aquí trabajamos como figuras de la exclusión “aquellos términos o expresiones que inventan y reproducen una interpretación específica del otro […] y con ello lo colocan en posiciones de sometimientos y subordinación” (Lindig 15).

Así, además de contar con un cuerpo teórico importante en relación al análisis del discurso, este libro aborda distintas figuras de exclusión como son: la mujer, la traidora, el niño, los jóvenes, los indígenas, el mestizo, mismas que hoy día se ven violentadas, desplazadas por ciertas formas de decir, de ser caracterizadas en relación a políticas tanto del olvido como de la memoria; en prácticas tanto de violencia como de resistencia en el duelo. En este sentido, las y los autores poblaron este volumen con distintas voces femeninas, como se deja ver en el primer capítulo: la voz de Lesvy Berlín Rivera Osorio –víctima de feminicidio, ocurrido en el 2017, en la UNAM–, la voz de la recurrente Antígona, la voz de los grupos feministas en Argentina, la voz de la traidora o la puta en la dictadura y democracia chilenas.

Otro tema imprescindible que es retomado en el presente volumen es el cuerpo y su representación (artística, fotográfica, cinematográfica, literaria). Una figura históricamente problemática, al menos para el pensamiento occidental. Inaprehensible en muchos sentidos, el cuerpo se ha impuesto como aquella alteridad absoluta que muestra los límites del lenguaje y del conocimiento humano. En consecuencia, ha sido el lugar de innumerables batallas por la propiedad, la verdad y la dominación que han hecho de él un objeto negado y reivindicado, normalizado y excluido, santificado y despreciado como abyección, monumentalizado y, finalmente, desaparecido en el oscuro juego del olvido y la memoria. Pero en este juego alterno entre la presencia del recuerdo y la ausencia de lo olvidado, el cuerpo introduce siempre la oportunidad de la falla, la irrupción espectral que permite abrir un horizonte nuevo, aún por venir. De este modo, otras voces son escuchadas, voces colectivas y heterogéneas que buscan desarticular y desestabilizar los discursos hegemónicos para producir nuevas relaciones con el mundo, con los otros y con nosotros mismos.

Pese a que el proyecto consideraba la figura relacional del duelo como una fuerza discursiva importante a revisar, queda pendiente profundizar en ella, abordarla a partir de su sentido en las prácticas de resistencia y emancipación, y en su crítica también. En esta ocasión, otras figuras y temas como el anacronismo, la desaparción, la marca o la vulnerabilidad llamararon el interés de nuestras y nuestros colaboradores, revisando experiencias en torno al cine, la política o el arte; esperemos que más adelante nuevas reflexiones de nuestro grupo de investigación nos retornen con más calma al tema del duelo.

Finalmente, es importante señalar que el objetivo de este libro es pensar críticamente las figuras de la violencia, la memoria y el olvido. Esto implica, por una parte, poner en cuestión las tradicionales y naturalizadas oposiciones que se han construido en torno a su significación ‒por ejemplo, memoria-olvido‒ para tratar de pensarlas más allá de identidades cristalizadas. Por otra parte, nuestra intención no es valorar positiva o negativamente cada una de estas figuras y los efectos de exclusión o de resistencia que producen, sino, más bien, analizar los procedimientos histórico-discursivos por medio de los cuales logran construirse y adquirir cierta estabilidad en el tiempo. Consideramos que tal abordaje crítico del problema abre la posibilidad de incidir sobre nuestra realidad social, pues, como sabemos, toda realidad humana es de discurso.

Queremos agradecer al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, en nombre del proyecto de investigación “Figuras de exclusión en el discurso filosófico y político” (CONACYT CB 20114242676), el financimiento otorgado; de igual manera, extender un especial agradecimiento a Armando Villegas por abrir este espacio de discusión que, al mismo tiempo que representa un aporte social por la riqueza de sus reflexiones, también contribuye a la formación profesional y política de los miembros que participan en el seminario; y, por último, agradecer a los colegas con los que hemos reflexionado a lo largo de este camino la oportunidad de generar un proyecto de crítica y, ante todo, de amistad en el pensamiento.

Bibliografía

Lindig Cisneros, Erika. “Introducción. Figuras de la exclusión. Herramientas teóricas para su crítica”. Figuras del discurso. Exclusión, filosofía y política. Coords. Armando Villegas, Natalia Talavera y Roberto Monroy. México: UAEM/Bonilla Artigas Editores, 2016. 15-28. Impreso.

Said, Edward. Orientalismo. Barcelona: Debolsillo, 2002. Impreso.

Exordio

Figuras del discurso y exclusión social. Revisión de sus problemáticas

Armando Villegas Contreras

A lo largo de estos años, un grupo de investigadores en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos ha puesto especial interés en reintroducir los problemas de la exclusión social y de la marginalidad de subjetividades diversas. Este grupo trabaja de manera colectiva en el seminario “Figuras del discurso” del Centro Interdisciplinario de Investigación en Humanidades (CIIHU). Pero lo han hecho allegándose herramientas de la crítica del discurso para cuestionar que dichas subjetividades sean un dato de la naturaleza. También han puesto énfasis en la historia. A la par de que analizan las palabras con las que nombramos a los grupos sociales, analizan cómo es que esos nombres también pueden contener efectos de marginación en las relaciones sociales. Aun cuando los temas de la exclusión social y de la crítica del discurso fueron recurrentes en la academia y en las políticas públicas en México a finales del siglo pasado, recurrentemente se vuelve a usarlos como herramientas de análisis ‒en la academia‒ y de preocupación de los programas de gobierno.

Pero ¿que significa crítica del discurso? Y, por otro lado, ¿qué se entiende por exclusión social? La crítica del discurso atiende a una preocupación atenta a las formas en las que el lenguaje postula sus referentes. Intenta seleccionar ‒y construir‒ vocabularios que reduzcan condiciones de vulnerabilidad extrema en las que se envía a sujetos construidos por fuerzas reactivas que promueven la aniquilación, el sojuzgamiento, el sometimiento, la coerción de los derechos de aquellos que en determinado momento se encuentran en desventaja. Pero la crítica a la crítica del discurso se ha extendido en las academias bajo el supuesto de que “por tanto analizar lo que se dice” nunca se llega a la “realidad”. Crítica interesante pero insuficiente en términos epistemológicos, pues justo esas nociones que se quieren recuperar (mundo, realidad, referencia) son las que deben ser sometidas a crítica. Laclau y Mouffe lo aclaran:

Volviendo al término “discurso” lo usamos para subrayar el hecho de que toda configuración social es una configuración significativa. Si pateo un objeto esférico en la calle o si pateo una pelota en un partido de fútbol, el hecho físico es el mismo, pero su significado diferente. El objeto es una pelota de fútbol solo en la que él establece un sistema de relaciones con otros objetos, y estas relaciones no están dadas por la mera referencia material de los objetos, sino que son socialmente construidas. Este conjunto sistemático de relaciones es lo que llamamos discurso (114).

Los instrumentos de este análisis dan lugar a esa crítica, no al hecho fenomenológico de un suceso, sino a su significación y efectos a los que da lugar. La crítica del discurso está atenta a las palabras que se usan, al momento histórico en el que se pronuncian, a los sujetos que las pronuncian, a los intereses de quienes se arrogan el derecho de nombrar. Y ello lo hace con estudios rigurosos sobre el funcionamiento del lenguaje, sobre las posibilidades de la interpretación y sobre todo con las prácticas políticas e instituciones que convergen para producir el sujeto de la exclusión. Esta crítica es distinta de la hermenéutica, que intenta comprender (cuando no neutralizar y justificar aquello que se dice). También lo es de las disciplinas académicas que tienen un objeto predeterminado y construido. En tanto el discurso atraviesa a las disciplinas, no tiene objeto propio y no tiene compromiso con ningún departamento universitario. Es necesario entonces pensar la crítica como una (in)disciplina ante las formas autoritarias con las que las academias intentan (fallidamente) apropiarse de las palabras y de su significación.

Ahora bien, este grupo de investigación ha aclarado profusamente a lo largo de cuatro años cómo se construye una figura del discurso. Una figura es siempre una construcción semántica que da lugar a prácticas sociales y a la identificación de los sujetos en la historia. Da cuenta siempre de procesos históricos en los que una figura aparece nombrando realidades que antes no existían. Por ejemplo, la forma en que aparece la figura del indígena tras un largo periodo de colonización. El nombre “indígena” solo es posible a raíz de un proceso colonizador, ya sea en América Latina, en Asia o en Australia. Ese sujeto solo es posible sobre la fase de un proceso histórico, sobre la victoria de unos sobre los otros. Es, digámoslo así, un momento de la historia de ciertas relaciones, no una entidad natural que luego se solidifica. A la desnaturalización se atiende analizando a partir de cuándo los grupos son llamados así, es decir, con un análisis histórico y a la vez de significación. Por ello no ahondaremos más en cómo se construye una figura. Mejor es decir que ese análisis comporta un rasgo de la crítica del discurso que es importante señalar: que los discursos son parte de entramados sociales y que necesitan ser constantemente revisados, pues comportan nuevas experiencias en las que los individuos se relacionan de diversas formas. Una definición que ayuda a pensar el concepto de experiencia, más allá de la epistemología empirista o de la noción benjaminiana, es la de Foucault. El francés, multicitado hoy en día, nos dio herramientas valiosas para pensar todo esto si entendemos por experiencia a “la correlación dentro de una cultura entre campos del saber, tipos de normatividad y formas de subjetividad” (Historia 8).

En este caso nos interesa la forma en que Foucault construyó lo que denominó genealogía del poder y cómo ésta contribuyó a las reflexiones contemporáneas sobre distintos objetos como el Estado, las disciplinas, los saberes, la verdad. Y sobre todo a esta forma de interpretación de textos y su relación con otras filosofías que se asumen como estudiosas del discurso. Foucault entiende por genealogía lo siguiente:

Digamos, grosso modo, que por oposición a una génesis que se orienta hacia la unidad de una causa principal cargada de una descendencia múltiple, se tratará, en el caso de aquellos análisis, de una Genealogía; es decir, de algo que intenta restituir las condiciones de aparición de una singularidad a partir de múltiples elementos determinantes, en relación con los cuales esa singularidad aparece, no como el producto, sino como el efecto (¿Qué es 92).

Este tipo de análisis está ligado a la noción de estrategia. Si la filosofía de la historia orienta su análisis “hacia la unidad de una causa principal”, la genealogía recurre a una estrategia siempre singular, cambiante. Como toda estrategia, este análisis requiere dejar en claro el campo de batalla en donde se va a luchar y las tácticas siempre diferentes a la hora de abordar un problema. La racionalidad de la estrategia implica siempre proceder de acuerdo con las condiciones singulares de la batalla y no generalizando un mismo procedimiento de análisis. El término “estrategia” deja ver que la genealogía involucra aspectos de confrontación con otros saberes y otras formas de interpretación en las humanidades. Saberes y formas de interpretar que se analizan bajo la égida del concepto de “relación de poder” que constituye uno de los ejes que la crítica de Foucault ha construido para hacer frente a determinados discursos políticos. Por otro lado, la noción de efecto es muy importante en este planteamiento, ya que no se busca hacer aparecer ni reconstruir los procesos históricos como provenientes de una causa u origen, sino de saber qué tipo de efectos tiene el que se utilice tal o cual categoría, tal o cuál concepto. En un texto de más vieja elaboración, Foucault analiza este punto con relación al uso de la palabra Herkunft en Nietzsche que designa la procedencia de un valor y no el origen único al cual habría que referirlo. Se trata de “percibir todas las marcas sutiles singulares, subindividuales que pueden entrecruzarse en él y formar una raíz difícil de desenredar. Lejos de ser una categoría de la semejanza, un tal origen pretende desembrollar para ponerlas aparte, todas las marcas diferentes” (Foucault, “Nietzsche” 12).

Así una figura del discurso se constituye en las relaciones entre campos del saber. Como señalamos en el ejemplo anterior, las distintas etnias que actualmente conocemos son efecto de un saber construido por la antropología occidental. Asimismo, saberes tales como la arqueología o la biología han contribuido a la formación de normatividades como las políticas públicas en los estados colonizados, las instrucciones sobre cómo debía tratarse a los así llamados “indígenas”, las subjetividades que se les atribuían (características culturales, fenotípicas, raciales) a esas “poblaciones”, etcétera. Las comillas no son arbitrarias, dan cuenta de que el concepto de población fue trasladado de la biología a la demografía y viceversa y que arrastra en su significación un tratamiento especial. La crítica del discurso estará así ligada a los compromisos con el análisis diferencial y singular de las experiencias. Está ligada a la insurrección de los saberes que normalmente se disciplinarizan en las academias.

La crítica del discurso así da cuenta de las formaciones de objetos, de subjetividades, de saberes, de normatividades y de los poderes del lenguaje y de sus retóricas no siempre controlables por las instituciones y por los colectivos sociales. Siempre hay, en el discurso, formas de liberación a través de la puesta en práctica de otras palabras, pero también de su sujetación. Por eso la crítica da cuenta en suma de la formación de las figuras (los desplazamientos de significados incluyen desplazamientos de subjetividades, vuelcos, tropos) y las experiencias que las acompañan. Este tipo de análisis es fructífero a la hora de rodear las preguntas disciplinares porque no tiene un objeto pre constituido, sino que se forma del análisis de la historia y del modo en la que ella es presentada. Además, da cuenta de las diferenciaciones que se producen en la historia, no se compromete con identidades sino con procesos.

Exclusión social

Ahora bien, para entender este amasijo entre crítica del discurso y exclusión social consideramos que la exclusión no puede pensarse como algo valorado afirmativa o negativamente. Ella es resultado de los procedimientos del nombrar y de las experiencias que se derivan de ese nombrar. La exclusión social no puede ser referida a un centro que, repeliendo por la fuerza a ciertas subjetividades las enviaría a la marginación conteniéndolas en la periferia. Es necesario pensarla diferencialmente, cuestionando las particiones generales y generalizadoras del discurso de la vida de los seres humanos. Por ejemplo, cuando se piensa la exclusión del hombre indígena, se debe desagregar que en tanto hombre puede ser agente central en la discriminación hacia la mujer. Un sujeto no es sujeto privilegiado de la exclusión, sino que en su cuerpo contienden valores que ya lo incluyen, ya lo separan del acceso a “supuestas” prerrogativas sociales.

La exclusión social debería pensarse también en sus características singulares, dejando a un lado nociones como “sociedad”, “Estado nación”, “identidad” pues nada prueba que todos los individuos de un grupo se identifiquen con esos términos. Ellos constituyen cementos sociales que encubren los conflictos entre grupos, personas, géneros que se articulan en algunas experiencias, pero se desarticulan en otras. Las experiencias de exclusión siempre deben tener, por una parte, una descripción del proceso que excluye a un sujeto o grupo social y, por la otra, una descripción respecto de qué se lo excluye. La multiplicidad aquí es el camino en el que todavía se puede seguir pensando para no intoxicar de políticas públicas a aquellos sujetos que primero son nombrados, luego marginados a consecuencia de ese mismo proceso del “nombrar”. A la revisión de esas problemáticas como la desaparición, la basurización de los cuerpos, la sexualidad, las multitudes, las mujeres, las “otredades” es a lo que este grupo se ha dedicado durante estos últimos cuatro años. A las sensibilidades que les corresponden es a lo que, en los siguientes capítulos, se han de dedicar. Sirva este comentario como homenaje a los autores que dieron lugar a esta línea de investigación: Ana María Martínez de la Escalera, Michel Foucault y Jacques Derrida.

Bibliografía

Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe. “Posmarxismo sin pedido de disculpas”. Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo. Buenos Aires: Nueva Visión, 1990. Impreso.

Foucault, Michel. Historia de la sexualidad II. El uso de los placeres. México: Siglo XXI, 2005. Impreso.

_____. ¿Qué es la crítica? México: Siglo XXI, 1992. Impreso.

_____. “Nietzsche, la Genealogía y la Historia”. Microfísica del poder. Madrid: La Piqueta, 1992.

ILuchas por recordar, luchas por olvidar. Violencia, género y olvido desde latinoamérica

Ante las violencias del olvido, figuras otras del discurso

Ana María Martínez de la EscaleraLourdes Enríquez Rosas

Introducción

Una de las tareas de la filosofía en la actualidad es dar respuesta a las demandas del activismo de las mujeres y a sus movimientos. Sin la escucha y sin respuesta, la filosofía feminista estaría ejerciendo sobre los movimientos de las mujeres, una suerte de violencia del olvido.1 Negar la palabra e imponer un vocabulario y agendas específicas al activismo y a los movimientos es una modalidad de olvido. En otro sentido, la respuesta –ejercicio de responsabilidad ante los saberes de la alteridad– tendrá lugar al abrirse la conversación entre las voces, sermo o diálogo entre diversas voces cuya marca es la pluralidad, la diversidad y la alteridad, además de la postulación libre de ideas. Las demandas de las mujeres, en su diversidad, tienen en común por un lado echar a andar procedimientos para la visibilización de la dominación y por el otro el deseo de transmisión y afirmación de la experiencia de las luchas, contra la sujeción y sus saberes. Ante ello, la filosofía recurre a modalidades del pensamiento crítico afines a dichas demandas. Entre las luchas se encuentran aquellas por el sentido: luchas por producirlo de manera heterónoma y por cuestionar sus usos y efectos hegemónicos. Estas luchas por y desde la configuración del sentido le competen a la filosofía crítica feminista.2 Así, mostrar cómo se suscitan los efectos del sentido compartido y hegemónico sobre el discurso, sobre la subjetividad y sobre el ámbito de las acciones públicas y colectivas (efectos nocivos pues realizan la sumisión) será parte de los trabajos cotidianos de las filósofas, más aún si su práctica es feminista. La única guía de esta práctica es la de llegar hasta donde la crítica empuje al debate colectivo; más allá de las coyunturas y, por ende, pensamiento sin condición. Contra la sumisión del pensamiento la crítica es un instrumento considerable. Sus marcas se señalan a continuación.

Pensamiento sin condición

Jacques Derrida contribuyó al pensamiento crítico de las mujeres contemporáneas proponiendo una filosofía en y fuera del formato universitario, cuya principal fuerza estaría en su carácter autónomo. Se trata en este caso de una autonomía sin reducción al marco de lo legal o a su reclusión en una institución (como la autonomía universitaria). La autonomía nombra, por lo tanto, una forma de proceder no marcada por el hábito o la regla ni en respuesta estricta a lo coyuntural; tampoco se trata de un procedimiento modelizado por las reglas de la institución educativa o de la academia, incluyendo sus maneras de publicación; la autonomía es sobre todo una modalidad crítica de conducción de ideas y su realización, de puesta en cuestión permanente de la producción e intercambio de saberes, y sus efectos sobre la relación entre los cuerpos. En especial la crítica tendrá que “anunciar lo peor” en estas relaciones (jerárquicas, autoritarias, de dominación) para alertar contra su nocividad.3 Así es: la crítica enseña a tratar con “el fantasma del regreso de lo peor” (parafraseando a Derrida en sus Espectros de Marx), es decir, el regreso de lo que sin ser “nuevo” se vuelve no anticipable a través de procedimientos de olvido social y político, por ejemplo, recurriendo a la figura de la declaración de la “historia oficial” que cierra y evita el cuestionamiento y la demanda de justicia. La defensa conservadora contra la legalización del aborto es un ejemplo típico de lo que, siendo no nuevo, tampoco es predecible en su especificidad; por ello la lucha jurídica feminista consiste hoy en restar fuerzas al argumento de la objeción de conciencia, que está siendo ya debatido ante las instancias jurídicas: no siempre es previsible el regreso de lo peor. Nos referimos a situaciones como la siguiente: la arremetida de las tácticas conservadoras contra la legalización del aborto tan duramente conquistada en la arena jurídica. Habrá que desconfiar tanto de la memoria repetitiva que automatiza, tal cual el uso de lemas catacréticos, como también del valor de lo “nuevo”; de la capitalización anamnésica por parte de agendas globalizadoras de los derechos humanos, diseñadas en consonancia con instituciones patrocinadoras y que se vuelven el único interlocutor privilegiado en la producción de la memoria social y de los abusos, como de la exposición anamnésica,4 mediante dispositivos de exhibición tecnológicos o mediante la implementación de esas conversaciones entre la autoridad médica y el paciente, regidas por dicha autoridad y desapego, a algo que ya no sería en absoluto identificable, ya sea por el olvido sistemático o por la condición imprevisible de lo absolutamente nuevo.5 Política del olvido y la memoria6 (Derrida, El otro cabo 13-17). En el caso de las Madres de Plaza de Mayo, la decisión de abandonar el pañuelo con el nombre del hijo o hija desaparecidos y extender la demanda de justicia incluyendo a todos los asesinados por el régimen dictatorial, ratificó la lucha contra la capitalización del recuerdo. Cuando la memoria y el duelo quedan recluidos al afecto por el o la hija desaparecidos, se privatizan las afecciones de los cuerpos, se naturalizan las emociones y los sentimientos sobre la figura del individuo, y la memoria, que debe ser colectiva, se pierden en la práctica del luto7 (Hebe de Bonafini). Las Madres aprendieron desde la experiencia colectiva a politizar la memoria.

Para afrontar y confrontar las políticas de memoria y olvido, la crítica a la manera derridiana practicará:

Libertad de cuestionamiento y de proposición, revalorización de libertad académica y autonomía de la filosofía y las humanidades en la universidad y fuera de ella.Derecho a decir públicamente lo que exige una investigación, un saber, un pensamiento de la verdad, y hacerlo de manera performativa, puesto que se compromete ese decir con la subjetividad de-sujetada de las prácticas de dominación por raza, clase y género, y sus diversas lenguas.Poner en relación ese pensamiento con la mundialización (movimiento internacional de las mujeres), virtualización de sus tecnologías (deslocalización) que modifican lo político y sus referencias a un lugar y a una lengua, la autoridad del archivo oficial o de la denuncia, la reafirmación de derechos performativos (Derrida, Universidad sin condición).Y siguiendo aún a Derrida, cuyas postulaciones conducen ciertamente al ejercicio de una crítica feminista, se insistirá en que el discurso de las mujeres jamás es idéntico a sí mismo. La política de la memoria no es necesariamente una política identitaria. “No el no tener identidad, sino no poder identificarse, decir yo o nosotros, no poder tomar la forma de un sujeto más que en la no-identidad consigo mismo, en la diferencia consigo” (Derrida, El otro cabo 17). Es decir, no habrá relación de las mujeres consigo mismas sino en el discurso de la otra que revela que el discurso rebelde “no tiene nunca un solo origen” (De Bonafini 17).

No solo el discurso beligerante de las mujeres carece de un solo origen asignable porque es colectivo y abierto a las contingencias; tampoco el discurso del sentido común y del hegemónico tiene un único origen en el pasado, accesible por vía cronológica o por una lógica de causa-efecto. La violencia discursiva que naturaliza y normaliza la dominación de las mujeres ha aprendido estrategias y tácticas. Un ejemplo notorio es el mencionado argumento de los grupos anti-derechos, en el terreno jurídico, sobre la “objeción de conciencia” que busca impedir se presten servicios de interrupción legal del embarazo. Por ello el pensamiento crítico debe enfrentar argumentos y maneras de argumentar siempre cambiantes.

Las violencias contra las mujeres no se limitan, por cierto, a la producción del discurso y del sentido. Hay violencias de género contra las mujeres en cuestiones de política pública cuyo comportamiento específico no tiene como norma la prohibición sino precisamente otro tipo de acciones.

Violencias de género contra las mujeres

La violencia de género es la operación de distinción jerárquica y asimétrica de dos géneros, conducida de forma social, jurídica, cultural e ideológica. Se trata de una práctica de dominación y discriminación, con poder auto-instituidor, que produce, preserva y refuerza la asimetría heterosexual estandarizando los cuerpos individuales con el apoyo de las propias víctimas, que todos somos, reproduciendo la reducción de las fuerzas del cuerpo a un supuesto y acrítico sustrato fisiológico: la sexualidad. Pero la sexualidad así concebida para dar sentido y valor a la individuación, y a su partición en dos modos de subjetivación, es un fundamento debatible dado su funcionamiento ideológico y jurídico-político. Este funcionamiento es el producto del desplazamiento del vocabulario de la fisiología hacia las descripciones sociológicas, antropológicas, jurídico-políticas y éticas que se ponen en juego en el debate. El género se produce violentamente no sobre los cuerpos como si estos fueran materia o soporte inerte, sino mediante los cuerpos donde estos son a la vez instrumentos y obra.

Por lo visto, la producción del género es política: el género es un constructo práctico y de sentido, producto de saberes y relaciones de poder que determinan su sistematicidad jerárquica. Es una estructura social atravesada por la asimetría antes que por la pluralidad y por ello mismo, política en la medida en que reproduce el aparato de Estado. La segunda implicación es ideológica porque los saberes disciplinarios (médicos y legales) que acompañan la interpelación identitario-ideológica del género producen aquello de lo que dicen derivarse naturalmente: la diferencia asimétrica. Pero es política aquella estrategia crítica que deshace el género8 ─y ello sería una última implicación─, sobre todo, porque se resiste contra y denuncia la operación que llamamos disyunción genérica (masculino-femenino) en el ámbito del debate público, el cual a su vez se resignifica9 a través de la lucha entre estrategias críticas, como espacio político de discusión, de emergencia de la pluralidad y nuevas formas de decisión, que sin tener como finalidad la toma del poder del Estado, propugnan por el trabajo deconstructor de la diferencia en la experiencia de lo humano. Deconstrucción significa aquí la operación de sentido que en lugar de proceder mediante binomios antagónicos (como pasivo/activo, masculino/femenino o naturaleza/cultura), desbarata el origen de las asimetrías y la jerarquización y torna la significación en un asunto abierto al debate y al intercambio. Obligadas estamos a pensar siempre una vez más si esta violencia viene del pasado o más bien ha aprendido modalidades de nuevo cuño. ¿Es pertinente la pregunta por quién ocupa hoy el lugar del enemigo? Incluiremos junto a la designación de los argumentos-enemigos a los efectos de sentido a través de los cuales se materializa la dominación de las mujeres.

Efectos de sentido

La antigua retórica al igual que el pensamiento sofístico introduce la cuestión del sentido como un problema práctico de producción de efectos. Por un lado, el efecto es “artefacto” como le llamó B. Cassin; nada hay de natural en él. Por el otro, porque genera un “choque” sobre el pensamiento con el cual entra en discusión. Es este efecto de “choque” lo más cercano a la crítica. Un ejemplo contundente es el “caso Lesvy” el cual, por cierto, es un artefacto sofístico y retórico. No solo se trata de que a la base de ese carácter este la distinción entre el crimen perpetrado contra Lesvy Berlín Osorio y el caso jurídico, es decir el proceso llevado a cabo por los familiares para acompañar la decisión del Tribunal que revisó la sentencia. La artefactualidad nombra la manera en que el acompañamiento de las víctimas transformó un hecho doloroso en un proceso de socialización de la justicia. El carácter paradigmático del caso Lesvy es el fenómeno tejido alrededor, el acompañamiento de los grupos de estudiantes de la UNAM y de movimientos sociales que cerraron filas en torno a la madre de Lesvy. Aún más, este artefacto colectivo de impugnación y aprendizaje político de organización, reclamo de justicia y derechos, puso en “choque” la primera sentencia del juez de control que decidía el caso como homicidio simple en una comisión por omisión y por tanto empequeñecía la violencia institucional perpetrada por autoridades, incluidas las universitarias incapaces de activar un protocolo de defensa de las víctimas y actuar como primer respondiente ante el hecho delictivo. Los argumentos de la resolución son:

El hoy imputado, Jorge Luis González Hernández, actuando por sí mismo, omitió impedir que la víctima Lesvy Berlín Rivera Osorio se quitara la vida, teniendo el deber jurídico de hacerlo, al contar con la calidad de garante respecto a dicho bien jurídico, pues se le atribuye que, con una conducta precedente de manera culposa, al no prever lo que era previsible, puso en riesgo dicho bien (Resolución de sentencia caso Lesvy Osorio).

La reacción indignada de los colectivos y familiares ante los argumentos de la sentencia dieron pie a una enorme movilización de toma de la calle y toma de la palabra, en este sentido, el caso se tornó paradigmático para el pensamiento crítico. El proceso de politización de esos grupos y colectivos a través del acompañamiento es notable. Y también es notable cómo ha dado lugar a estrategias de innovación jurídica y de organización colectiva de demandas y protección. En este sentido promueve el artefacto Lesvy un shock a la experiencia de dominación.

Debe recordarse que la práctica crítica se enfrenta con efectos que naturalizan o normalizan, realizan incluso aquello que supuestamente dicen describir. Esta realización o fuerza performativa ha sido estudiada, en la modernidad, por la pragmática además de otros aportes de la crítica nietzscheana al sentido y la crítica de otros pensadores del siglo XX y el XXI. La performatividad ha entrado en el vocabulario de la filosofía feminista y por ende se ha vuelto necesario prestar atención a lo que con dicha expresión hacemos y decimos, decimos hacer y hacemos decir al discurso. En este sentido, conviene tener presente que toda performatividad es “espectral”. Con ello se apunta a que los efectos perlocutivos e ilocutivos del discurso, como Austin les llamara en el marco de su pragmática, están prorrogados, es decir tienen alcances más allá del contexto de enunciación. Además de la prórroga del sentido y por tanto de un origen único del mismo, la espectralidad de la enunciación y el discurso implica su autonomización y su automatización como Derrida insistió en argumentar en Espectros de Marx. La repetición o automatización conceptual es un tema que la crítica feminista tendrá que abordar si quiere mantener su incondicionalidad, su libertad de postulación de nuevos vocabularios y argumentos.

Vocabularios / Argumentación

La práctica crítica ha insistido, junto con el cuestionamiento de la dominación a través de los efectos del discurso, en procurar un vocabulario de debate social y político entre la academia feminista o de estudios de las mujeres y los movimientos o activismo social, precaviéndonos de las hegemonías del norte desde una crítica elaborada desde los saberes del sur. La antropóloga Aída Hernández comparte esta preocupación feminista ante las hegemonías argumentales y tópicas, acompañadas por recursos económicos habría que agregar. Advierte también contra una argumentación a favor de los derechos humanos de las mujeres que previamente no hubiere puesto en entredicho el sujeto individual de dichos derechos y su carácter individual que deja fuera las formas colectivas de argumentación y lucha.

Sinteticemos: llamamos hegemonía del norte a un saber y un vocabulario que deja fuera la agencia social. Un ejemplo interesante en este sentido tiene que ver con la conservación de la tensionalidad y conflictividad (la fuerza de Eris) entre un discurso feminista que ocupa la noción de interseccionalidad y un vocabulario del sur, es decir que procede del feminismo comunitario urbano y campesino, el cual insiste en la marca de la dominación como constitutiva de las relaciones sociales. No habría sectores o secciones que actuaran unos sobre otras sino la constitución de una estructura de dominación procurada por aparatos de estado y por aparatos ideológicos. Ejemplo para pensar críticamente el feminicidio en su uso legal y más allá de lo legal.

El caso o artefacto Lesvy ofrece a la crítica una muestra del devenir del sentido de las nociones y sus políticas y estrategias de implementación. El feminicidio es una conducción por medios heterogéneos de los cuerpos hacia su disolución, que muestra que la producción del género no es un asunto del pasado sino la reproducción permanente de ejercicios de poder muy determinados que, además de producir formas de sujetación individualizantes (identidades de clase, género, sexo y étnicas), reproducen la violencia de género hasta su paroxismo. Contra estas violencias el “caso Lesvy” ha abierto un camino crítico muy atendible y paradigmático.

En efecto: la sentencia de la magistrada Celia Marín Sasaki reinscribe la noción de feminicidio en un contexto de lucha de las mujeres y de las víctimas que reclama singularizar cada caso mediante el cruce de información procedente de testimonios de vida de la víctima y proveniente de pruebas periciales que abarcan la violencia consuetudinaria contra Lesvy, a la que volvió víctima potencial y efectiva de la violencia letal. La nueva sentencia del Tribunal Superior de Justicia en materia penal propone un continuum de violencias cotidianas anteriores al hecho delictivo, violencia aceptada y naturalizada por las instituciones de su entorno, incluida la escuela, es decir la UNAM. Por si fuera poco, el término feminicidio utilizado por la magistrada Marín Sasaki pone en relación estrategias argumentales que adquieren así el papel de lecciones para la lucha estratégico-jurídica contra la violencia de género. Lo mismo puede decirse de la perspectiva de género, una estrategia de interpretación y de procedimiento experimental, contingente. La crítica extrae estos ejemplos para pensar el papel de la palabra, figura del sentido. No se trata entonces de una buena o mala definición conceptual; se tratará más bien del uso singularizado del término, su fuerza kairológica de hacer ver aquello que la naturalización de la violencia ha borrado. Cada caso que la crítica feminista incluya para su debate no se suma a los anteriores, sino que se yuxtapone creando configuraciones de sentido otras abiertas a estrategias que se van inventando o reactivando. Así, cada argumentación es también una lucha por el sentido, contra la monopolización jurídica oficial y política oficial.

Lourdes Enríquez ha insistido, en su ponencia en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM),10 en que la sentencia de apelación de Marín Sasaki es una hoja de ruta. Señala faltas a la debida diligencia, al deber de investigar con perspectiva de género, a la legalidad, al acceso efectivo a la justicia. La sentencia o más bien su argumentación muestra con certeza cómo se ha conducido en este caso como en otros produciendo violencia institucional contra las mujeres. La sentencia es un recordatorio viviente y perturbador de que la desigualdad de género no es únicamente un ejercicio de dominación sobre el cuerpo de las mujeres sino, lo que es mucho más grave, una singular política de la muerte, que además no distingue entre espacios públicos y privados o entre lo individual y lo social. La muerte violenta de las mujeres se considera una muerte natural por razón del elemento sexual que se alega interviene de manera decisiva en cada asesinato, la debilidad propia del género femenino o la supuesta finalidad del acto. Sin duda, como se ha expresado ya, debemos compartir esas hojas de ruta, enseñarlas en la academia y ponerlas a discusión más allá de la academia, a partir de vocabularios siempre debatibles y transformables. La crítica vuelve la singularidad una materia de estudio.

La resolución de la sentencia consigue describir las asimetrías de poder y sujeción, hablar de debido proceso y garantías sexuadas que cuenten con la protección jurídica de tribunales competentes. Mandata a la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México la reposición de las investigaciones y periciales, al agresor lo vincula a proceso por el delito de feminicidio agravado.

El tipo penal de feminicidio provoca una conmoción de la experiencia, ya que produce asombro ante la fuerza de la costumbre, la cual oscurece la existencia de las violencias contra las mujeres, e invisibiliza el hecho de que la violencia es una cuestión estructural, constitutiva de nuestra sociedad; no ocurre como un hecho contingente, debido a fuerzas anómalas al sistema de dominación. La dominación es eficaz en un triple sentido: produce el género, su asimetría y su jerarquía; o lo que es lo mismo: se conduce como dispositivo de dominación y de poder.

La visibilización no vuelve la dominación evidente sino para quien se apropia de la perspectiva de género y de su vocabulario anti-esencialista y anti-biologicista. Hacer visible es apropiarse de una perspectiva de sentido mediante un trabajo de elaboración conceptual; el lenguaje adecuado para referirse al crimen pertenece al público receptor y su circunstancia, antes que a la voluntad de quien lo postula. Visibilizar es una operación retórica compleja en la cual se producen efectos de verdad y objetividad mediante cierta apropiación del discurso que resignifica el acontecimiento. Resignificar ubica el feminicidio en un campo de batalla entre la producción de la asimetría de los géneros y la producción de una sociedad libre de la determinación asimétrica del género. Por lo tanto, lo que se resignifica es el acontecimiento mismo del debate que ocurre como ejercicio de una política de género y no de una policía de género cuya tarea es reproducir la asimetría y jerarquía.

La sentencia o más bien la argumentación estratégica postulada por Marín Sasaki, muestra con certeza cómo se ha conducido en este caso, como en otros muchos, produciendo violencia institucional contra las mujeres. Se ha comprobado que es práctica generalizada la producción del expediente policial que refiere esa violencia a causas necesarias e irresistibles (es decir, propias del orden natural), biológicamente comprobables, a las que se define como indiscutiblemente de naturaleza sexual (lo que exime al jurista de la presentación de pruebas a ese efecto, pues pertenece al sentido común de ambas partes).

Vocabulario del feminicidio

El vocabulario del feminicidio no visibiliza una violencia que ha sido ocultada, sino que ha sido despolitizada, al naturalizarla o ubicarla en un lugar anterior a la política. Esto es, reconoce una violencia de género, específica, cuyo fin es la muerte de la otra, y que esta finalidad está apropiada o hegemonizada mediante una política poblacional.11 Hablaríamos de la instrumentación del poder sobre la vida y muerte (dar la muerte o dejar vivir), una de las definiciones de la soberanía. Si aceptamos que existe una política de la muerte entrecruzada con la división sexual del trabajo, entonces debemos aceptar que no reconocer el vocabulario del feminicidio es despolitizar el problema de la violencia de género reduciéndolo a una situación simplemente circunstancial pero no histórica.

La tarea frente al Estado

La lucha de las mujeres debe darse en varios frentes; uno de ellos es el jurídico, el otro, es el espacio de la invención colectiva de maneras de organizar la relación con las otras y pasar así de un cuerpo individualizado y vulnerable a un cuerpo colectivo que se organiza y se reinventa. Pero la lucha en el frente vertical es hoy importante si se quiere detener de manera inmediata la violencia. Así pues, las mujeres demandan al Estado una conducción específica contra esa violencia de género. El Estado mexicano tiene un deber ético, político y jurídico de prevenir y erradicar la violencia de género contra las mujeres, ya que, como lo señalan la legislación de fuente internacional y la local también, los tipos y modalidades de las violencias de género contra las mujeres y las niñas, constituyen una grave violación a sus derechos y libertades fundamentales. Sin embargo, será necesario llevar la crítica de modo estratégico hacia la postulación de “un sujeto de los derechos humanos”, que sobrepase su sujetación a una figura de un individuo libre, esto es propietario de sí y de todo aquello que considera apropiable (el cuerpo de las mujeres como mercancía).

Por lo tanto, en paralelo con el deber de investigar, por parte de las autoridades, oportuna, inmediata, seria, imparcial y de manera neutra, según expresa la Resolución de la sentencia del caso Lesvy, habrá que defender lo siguiente:

El planteamiento de estrategias críticas siempre alertas ante el “sujeto individual” de los derechos humanos quien para sostenerse se opone u olvida (mediante una política del olvido autoritaria y hegemónica) los derechos colectivos en relación con la tierra, el cuerpo de las mujeres y los vivientes. La cuestión es preguntarnos por los procedimientos de olvido que lejos de estar centrados en una dimensión, se extienden por toda la vida del cuerpo social. Proponer trabajos de duelo hacia la repolitización de lo colectivo.Finalmente, se trataría de abogar y reactivar, sobre todo, la fuerza colectiva y comunitaria de invención de las experiencias de lo humano, consigo y con los demás vivientes, a través de puntualizar el sentido de:

1. Un trabajo del duelo:

1.1 Se trata de un trabajo de organización colectiva, que permite repensar la noción de trabajo como condición de las experiencias de lo humano.

1.2 Se refiere a una estrategia de transformación del espacio íntimo de los afectos –los dolientes– a la politización del espacio (relación) plasmado en el lema “Lesvy nos duele a todas”.

1.3 Nuevo vocabulario y nuevas figuras del sentimiento. Figura del discurso es más que el término retórico. Se refiere a “retazos del discurso” (Barthes 13) en sentido “gimnástico o coreográfico”, escribe ahí Barthes; en sentido propiamente griego: squemata es “el gesto del cuerpo sorprendido en acción, y no contemplado en reposo” (Barthes 18). ¡Cuán similar al pensamiento benjaminiano y su “dialéctica en reposo” responsable del tiempo-ahora. “Lo que es posible inmovilizar del cuerpo tenso” (Barthes 17). Así la muerte de Lesvy: la figura tensa del feminicidio. El acompañamiento “se agita”, “se prodiga”, “articula”, se congela en un papel, en una tarea. “La figura es el enamorado haciendo su trabajo” (Barthes 14); aquí el enamorado nombra a la amiga de la sabiduría: es la filosofía respondiendo a su vocación crítica: contribuir al debate, escuchar y respetar la toma de la palabra, participar en el duelo colectivo, politizar el debate, hacer un uso emblemático de cada causa, de cada caso. El vocabulario no está hecho de palabras sino de nombres propios y de “casos”; a través de ellos se comparten estrategias jurídicas que previamente se han implementado con éxito. Se comparten las formas del acompañamiento: se olvida el dolor ocupándose. En el duelo, “mientras el sujeto espera […] un aire viene a repetirse insistentemente (ni de afuera ni de dentro, ni consciente ni inconsciente. Su origen se nos escapa; no así su rumbo pues se enuncia, se grita se registra en mantas, se comparte en redes)” (Barthes 14).

1.4 Su principio no es lo que dice, el supuesto contenido, sino lo que articula, lo que estructura (Barthes 15). Los lemas repetidos son matrices de figuras: “dicen el afecto”, es decir declaran las afecciones de los cuerpos (Spinoza) que organizan el acompañamiento. ¿Acto de amor? Los lemas son extraídos del tesoro del activismo y su lucha, del imaginario de las luchas. Pero cada vez que se toma la palabra, es decir se congrega, se acude a un evento público, la palabra es tomada por la crítica: es analizada, desmenuzada, genealogizada y retomada en frases elocuentes, en discurso.

Conclusiones

El litigio estratégico tiene dos motivos. El primero es el de subrayar que toda autoridad tiene la obligación de promover, respetar y garantizar los derechos, sin distinción de raza, género, edad, condición socio económica, ideología, orientación sexual, etcétera. Obligación que tiene lugar en el marco del principio de igualdad, derecho a la no discriminación, derecho a la diferencia, de los derechos humanos. Se sabe que no es suficiente enunciar la igualdad, es necesario actuarla, observarla, garantizarla y sancionar su incumplimiento. Se requiere garantías adecuadas (sexuadas), para que los derechos y libertades fundamentales sean exigibles, justiciables, judicializables y cuenten con la protección jurídica de tribunales competentes. El segundo objetivo o motivo es visibilizar la violencia contra las mujeres y defender su derecho a la diferencia por un principio de alteridad. Esto es, que mediante las luchas de las mujeres, el aprendizaje al que las estrategias dan lugar, sea tan importante o más que lo conseguido mediante sentencias. Es la invención, en el marco de los procesos de acompañamiento, como en el caso Lesvy, lo que enriquece a las mujeres, su fuerza de invención de lo humano.

Ahora bien, hemos intentado argumentar que el litigio estratégico y las estrategias jurídicas, con todo y su importancia, son insuficientes. El caso Lesvy ha dejado muy claro que es el acompañamiento crítico, nutrido por los colectivos y los saberes académicos feministas, el que debe ser destacado como contribución a las luchas de las mujeres contra la violencia sobre sus cuerpos. Como queda claro en la introducción, la crítica debe escuchar la toma de la palabra de las mujeres producida precisamente en el contexto de sus luchas. El contenido de esta toma no solo aborda cuestiones de género sino también cuestiones que competen a las relaciones entre los cuerpos y que por lo tanto abonan a otro ejercicio de lo político donde lo humano queda redefinido, así como el ámbito de competencia de la crítica feminista.

Bibliografía

Barthes, Roland. Fragmentos de un discurso amoroso. México: Siglo XXI, 1982. Impreso.

Bonafini, Hebe de. “Madres de Plaza de Mayo: La politización de la maternidad. Entrevista realizada por Graciela Di Marco”. UNSAM. Web. 3 nov 2018.

Butler, Judith. Deshacer el género. Barcelona: Paidós, 2006. Impreso.

Derrida, Jacques. El otro cabo. La democracia para el otro día. Barcelona: Ediciones del Serbal, 1992. Impreso.

_____. Universidad sin condición. Madrid: Mínima Trotta, 2002. Impreso.

_____. Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. Madrid: Trotta, 1995. Impreso.

_____. Marx e hijos. París: PUF-Galilee, 2002. Impreso.

Nietzsche, Friedrich. La genealogía de la moral. Madrid: Alianza, 1983. Impreso.

Resolución de la sentencia del caso Lesvy Osorio.

Spinoza Baruch. Ética, México, UNAM, 1977. Impreso.

¿Cómo evidenciar políticamente la(s) violencia(s)?(Para un spinocismo feminista)

Cecilia Abdo Ferez12

¿Cómo puede pensarse el sometimiento, en general, y el de las mujeres, en particular? ¿Es el sometimiento un objeto de pensamiento o, más bien, lo que se recorta como tal es sólo aquella porción que, por su naturaleza, puede advenir al discurso y convertirse en algo pensable, como si fuese la punta de un iceberg que deja intocado lo que ni siquiera se percibe?

Sostendré aquí que sólo algo del sometimiento es pensable; es más, que sólo algo advino a ser pensable, ahora. Tan sólo con ser pensado, esa porción de sometimiento revierte, aunque sea en mínimo grado, en resistencia. Poder pensar el sometimiento, sin embargo, es un modo de conciencia exagerada, impostada, porque mucho de él se expresa a nivel de la inercia corporal, de la gestualidad históricamente devenida e inconsciente. Pensarlo es un modo de extrañarse, de ex-ponerse, sabiendo que ese extrañamiento de sí sólo será parcial y restringido, hasta temporalmente limitado. Pensar el sometimiento es extrañarse del cuerpo que se es y tener que hacerlo con ese cuerpo extrañado. Es tomar al cuerpo como un artefacto social y cultural, un producto social continuo de disciplinamiento y también de quiebres posibles de ese disciplinamiento.

Puedo pensar el sometimiento de las mujeres, o la producción social continua de las mujeres como tales –o, en otras palabras, puedo ejercer este modo de la ajenidad que es hablar de lo que soy– porque advino la posibilidad social, situada, de hacerlo. Posibilidad que no existió siempre. Posibilidad que evidencia una crisis, un cierto resquebrajamiento de la concordancia entre las estructuras objetivadas del mundo y los parámetros cognitivos con los que las significamos. Es decir, si hubiese una concordancia entre las estructuras objetivadas y las cognitivas, que constituyera la relación con el mundo que definimos como “natural”, olvidando así las condiciones sociales de posibilidad de esa concordancia y otorgando al mundo un efecto de veridicción (Bourdieu 21), esa concordancia, parecería haber entrado en crisis. Esa naturalidad de la violencia contra los cuerpos feminizados estaría en crisis, y también lo estarían las formas de hablar, de pensar y hasta de nombrar, de hacer concordar artículos y pronombres, que constituían no sólo el mundo significativo, nuestra “segunda naturaleza”, sino el aparente “orden natural” de la lengua. Esta entrada en crisis no implica una reducción de la violencia, sino quizá, su recrudecimiento. Por eso, para poder pensar esta violencia, estando en ella, hay que des-familiarizarse y saber que las mismas categorías con las que pensamos y las mismas palabras que nos vienen a la boca, participan de la dominación. Cualquiera sea el género que padezcamos.

Pensaré las violencias contra las mujeres, tomando como puntapié cuatro de las consignas políticas que se pusieron en circulación en la Argentina, desde el movimiento Ni Una Menos. Entendiendo a ese movimiento como una especie de espacio intermedio entre un colectivo determinado de mujeres activistas, que lleva ese nombre,13 y un amplio abanico de reclamos, propuestas y acciones que circularon y circulan por las calles, pero que no se reducen a ese colectivo, sino que toman el lema #NiUnaMenos como difusa base identitaria.

Primera consigna: “Todos los cuerpos cuentan”

A la explosión de denuncias por violencia de género en los últimos años14 le siguió una colectivización del referente de la agresión: son las mujeres o los cuerpos feminizados, como si el hecho de poder ser agredidas definiera cierta condición común del género y el transgénero. Esta colectivización se tornó expresa en la tipificación jurídica de los asesinatos como “femicidio” (incorporada como figura penal, en la Argentina, en 2012);15 en la puesta pública de los casos de violencia a mujeres, por fuera de la órbita de los hechos de inseguridad ciudadana; en consignas como “si tocan a una, tocan a todas”; en la empatía, viralización y adhesión singularizada que producen relatos de abuso en redes sociales (como la acción #MeToo); y en la participación de otras mujeres en la difusión pública de historias y experiencias que constituirían lugares comunes en la construcción social del género –relatos de abuso, vivencias de miedo en las calles, historias de violencia interpersonal dentro de familias o parejas, exposición de la desigualdad laboral y en la distribución de tareas de cuidado, etcétera. La colectivización del referente mujeres derivó, además, en normas de inclusión o exclusión explícitas que habilitaban o cercenaban la participación en las protestas callejeras, muchas veces circunscriptas a caracteres biológicos: con la excepción de los partidos troskistas, la participación de varones en las asambleas preparatorias del paro de mujeres del 8 de marzo de 2018 y en la manifestación que acompañó ese día, fue desaconsejada en la Argentina, sin que pudiera definirse exactamente qué grupos la desaconsejaban. La invitación a no participar descansaría, en última instancia, en las prerrogativas de esa misma colectivización: son las mujeres las que así lo habrían decidido.

Lejos de ser un problema a solucionar o una muestra del carácter incipiente de las luchas de género,16 la colectivización del referente da cuenta del alcance generalizado de las violencias, de su masividad y repetición, de su normalidad, de su condición estructural; de modo tal que cada caso que surge aparece como ejemplo de un patrón general, antes que como una excepción individual. Se percibe colectivamente una violencia que es estructural; una violencia que está implicada en la división misma de los géneros como géneros relacionales, pero que pone del lado feminizado de esa división sexual al sujeto privilegiado de su recepción.

La violencia generalizada que implica la división de géneros aparece, además, naturalmente fundamentada. Esa naturalización de la diferencia indica cuán efectiva es la construcción social de los cuerpos. El orden social se enraíza y expresa en los cuerpos, los modela como cuerpos sexuados, los diferencia, los jerarquiza y valoriza. Inscribe en ellos marcas duraderas –vestigia, para decirlo con Spinoza–, que les impactan y determinan su memoria, su capacidad de significar, su tendencia a la inercia (Abdo Ferez 11). Algo de estas marcas se activó para producir la colectivización del referente, habilitando el enlace entre una experiencia difusa de violencia compartida, que habría dejado huellas en el cuerpo de cada una, y el imaginario de la existencia de un universal “mujeres”, portador repetido de esa huella. Ese enlace entre las marcas en el cuerpo de cada una y la imagen colectiva representada de su portador más frecuente permitió hablar desde una posición aparentemente vivenciada en común. Esta doble posibilidad de la marca corporal –la de ser una impresión persistente del orden social en el cuerpo y la de tener un potencial de resistencia, por facilitar la identificación común– da cuenta de la ambivalencia característica de los cuerpos, frente a la operación del poder en ellos.

El orden social que marca los cuerpos los modela duraderamente, por generaciones. Estructura deseos, configura lazos, impone usos legítimos e ilegítimos, que excluyen de lo factible lo que marca la pertenencia al otro género. Algo del hacer puede imaginarse para quién se inscribe en un género determinado, algo del hacer se invalida (y con ello, algo del derecho también).17 Los cuerpos son así “artefactos sociales”, que no pueden pensarse en abstracto, porque no se los vive en abstracto. Hay una disciplina permanente de los cuerpos, que organiza las disposiciones más recónditas, los gestos más inconscientes, las posturas más impensadas: la inscripción o no en los patrones de género se encarna en los modos y en la frecuencia en sonreír, en los tonos al hablar, en la gesticulación de las manos, en sostener o no la mirada, en cruzarse o abrirse de piernas al sentarse, en las emociones que son legítimas de cultivar, de modo tal que la disposición corporal, la estética, la gestualidad (en general, por fuera de toda conciencia), se inscriben en marcos de significación que son moralmente connotados. Hay un valor moral atribuido a los gestos, a las posturas, a las emociones, a los tonos de la voz y ese valor moral habilita representaciones en los otros, que comparten ese conjunto social, y tornan posibles y hasta esperables ciertas conductas, por parte de ellos.

El cuerpo aparece así como una superficie de inscripción social que no tiene nada de tabula rasa;18 un territorio en el que el orden social imprime su fuerza, de modo tal que no sea necesario, en general, llegar a la grosería de las prohibiciones explícitas o de las coerciones desmedidas: lo que existe es una adecuación inconsciente de los cuerpos a los marcos generales del corsé