Flores y lágrimas - Louise Fuller - E-Book
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Flores y lágrimas E-Book

Louise Fuller

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Beschreibung

Su plan para seducir a su bella oponente contribuyó a que el acuerdo resultara todavía más dulce. El magnate Massimo Sforza aprendió desde muy pequeño que las emociones eran para los débiles. Disfrutaba aplastando a sus oponentes en la sala de juntas tanto como de las muchas mujeres que pasaban por su cama. Pero su nueva rival no se parecía a nadie que hubiera conocido con anterioridad… La jardinera de espíritu libre Flora Golding era lo único que se interponía entre Massimo y la adquisición del impresionante palazzo italiano en el que ella se escondía. No contaba con que la pasión de Flora emborronaría la línea vital que separaba los negocios del placer…

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2016 Louise Fuller

© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Flores y lágrimas, n.º 2542 - abril 2017

Título original: A Deal Sealed by Passion

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-9717-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

Massimo Sforza miró en silencio los números iluminados de su reloj en el oscuro dormitorio de la suite del hotel. Ya casi era la hora. Contuvo el aliento y esperó hasta que escuchó un discreto pero audible «bip». Dejó escapar el aire lentamente. Medianoche.

Sus morenas y delgadas facciones se tensaron. Dirigió una mirada desinteresada hacia las mujeres desnudas, una tumbada encima de él y la otra en la enorme cama matrimonial. Eran bellas y seductoras y trató de recordar sus nombres. Pero no importaba. No volvería a ver nunca a ninguna de ellas. Las mujeres tenían tendencia a confundir intimidad con compromiso, pero a él le gustaba la variedad.

La morena se movió dormida y le puso las manos en el pecho. Massimo sintió una punzada de irritación y le apartó las extremidades del torso antes de levantarse de la cama.

Se puso de pie con la respiración controlada y empezó a abrirse camino entre los zapatos y las medias que había tirados sobre la alfombra gris pálido. Se fijó en que frente a la ventana panorámica que donminaba la habitación había una botella de champán medio vacía y se inclinó para agarrarla.

–Feliz cumpleaños, Massimo –murmuró llevándosela a los labios para darle un sorbo.

Compuso una mueca de disgusto. Estaba amargo. Como su humor. Torció el gesto y miró hacia la calle. Odiaba los cumpleaños. Particularmente el suyo. Todos aquellos sentimientos falsos y las celebraciones artificiales.

Una firma en un contrato. Eso sí era una razón para celebrar. Sonrió con tristeza. Por ejemplo, la última adquisición a su cada vez más expandida cartera: un edificio de seis plantas de los años treinta construido en el exclusivo distrito de Parioli, en Roma. Había escogido entre cinco propiedades, dos en la zona más deseada, la Via dei Monti. Le brillaron los ojos. Podría haberlos comprado todos, todavía podría hacerlo. Pero el que había escogido finalmente ni siquiera estaba a la venta.

Y por eso tenía que tenerlo.

Sonrió con tirantez. Los dueños se habían negado a vender. Pero su negativa había incentivado la decisión de Massimo de ganar. Y al final siempre ganaba. Y eso le recordó que tenía que solucionar los últimos flecos del proyecto de Cerdeña. Frunció el ceño. Ya era hora de que lo hiciera. La paciencia era una virtud, pero ya había esperado bastante.

Una de las mujeres gimió suavemente detrás de él y Massimo sintió un estremecimiento de deseo en la piel. Además, en aquel momento estaba más interesado en el vicio que en la virtud.

Miró hacia el cielo. Estaba casi amaneciendo. La reunión del proyecto estaba programada para aquella mañana. No tenía pensado asistir, pero ¿qué mejor regalo de cumpleaños que escuchar de primera mano que el último obstáculo había desaparecido? Por fin podría empezar los trabajos en su mayor y más prestigioso resort.

Entornó la mirada cuando la rubia levantó la cabeza y le sonrió coqueta. Luego vio a la morena estirarse con indolencia y decidió acercarse de nuevo a la cama.

 

 

Cincuenta y un minutos exactos más tarde entraba en la sede de Sforza en Roma vestido con un impecable traje de chaqueta azul marino.

–¡Señor Sforza! –exclamó sorprendida Carmelina, la recepcionista–. No esperaba verle. Pensé que hoy era…

–¿Mi cumpleaños? –Massimo se rio–. Así es. Pero no tengo pensado quedarme mucho rato aquí. Solo quería pasar a la sala de juntas antes de ir a comer a La Pergola.

Se detuvo un instante frente a la puerta de la sala de juntas y la abrió. La gente que estaba alrededor de la mesa empujó las sillas para ponerse de pie al instante.

–Señor Sforza –Salvatore Abruzzi, el jefe de contabilidad de la empresa, dio un paso adelante y sonrió nervioso–. No contábamos con usted. Por favor, siéntese… y muchas felicidades.

Las demás personas que estaban en la mesa también le felicitaron con murmullos.

Massimo tomó asiento y miró a su alrededor.

–Gracias, pero si queréis darme de verdad algo que celebrar decidme cuándo vamos a empezar a trabajar en Cerdeña.

Se hizo un silencio tenso.

Fue Giorgio Caselli, el responsable de asuntos legales y lo más parecido que Massimo tenía a un amigo, quien se aclaró la garganta y miró a su jefe a los ojos.

–Lo siento, señor Sforza. Pero me temo que no podemos darle esa información de momento.

Durante un instante pareció como si la sala se hubiera quedado sin aire. Luego Massimo se giró y miró al abogado sin apartar la vista.

–Entiendo –hizo una pausa–. O, mejor dicho, no lo entiendo –deslizó la mirada hacia los demás–. Tal vez alguien quiera explicármelo. Creí haber entendido que se había logrado un acuerdo entre todas las partes.

Se hizo otro silencio tenso y luego Caselli levantó la mano.

–Eso fue lo que pensábamos, señor Sforza. Pero la inquilina del Palazzo della Fazia se sigue negando a aceptar ninguna oferta razonable. Y como usted bien sabe, tiene derecho legal a quedarse en la propiedad según los términos del testamento de Bassani.

Caselli hizo una pausa para dar unos golpecitos sonoros en la caja con documentos que tenía delante.

–La señorita Golding ha dejado muy clara su postura. Se niega a dejar el palazzo. Y sinceramente, señor, no creo que cambie de opinión a corto plazo –suspiró–. Sé que no quiere escuchar esto, pero me temo que vamos a tener que pensar en alcanzar algún tipo de compromiso.

Massimo alzó la cabeza con expresión repentinamente fiera. Sus ojos parecían de tinta azul oscuro.

–No –afirmó con decisión–. Yo no alcanzo compromisos ni concilio. Jamás.

Los ojos de las personas que rodeaban la mesa lo miraron con una mezcla de miedo y admiración.

–Lo hemos intentado todo, señor Sforza –era Silvana Lisi, la responsable de adquisiciones–. Pero ella no contesta nuestras cartas ni quiere saber nada de nosotros. Se niega incluso a recibirnos en persona. Al parecer, es una persona bastante violenta. Creo que amenazó con disparar a Vittorio la última vez que fue a verla al palazzo.

Massimo la miró fijamente.

–No creo que una anciana pueda ser muy violenta –frunció el ceño.

Abruzzi sacudió la cabeza. Tenía el rostro pálido por los nervios.

–Lo siento, señor Sforza, creo que no está usted bien informado. La señorita Golding no es una persona mayor. Cuando compramos la propiedad era una anciana quien vivía en el palazzo, pero era una amiga de Bassani, no la inquilina, y se marchó hace más de un año.

Massimo se inclinó hacia delante.

–Yo soy el dueño del palazzo. La propiedad y las tierras que la rodean me pertenecen. Hemos aprobado la primera fase del proyecto hace casi seis meses y todavía no hemos empezado. Quiero una explicación.

El abogado sacó rápidamente unos papeles de la carpeta que tenía delante.

–Aparte de la señorita Golding, todo lo demás está en regla. Tenemos una reunión pendiente con la agencia medioambiental, pero es una mera formalidad. Luego otra dentro de dos meses con el consejo regional y ahí se acaba –se aclaró la garganta–. Sé que tenemos permiso para reformar y ampliar, pero podríamos simplemente modificar los planes y construir un palazzo nuevo en algún lugar de la propiedad. No nos costará trabajo que se apruebe y eso significaría saltarnos por completo a la señorita Golding…

Massimo se lo quedó mirando con sus fríos ojos azules. La temperatura de la sala cayó de pronto varios grados.

–¿Quieres que cambie los planes ahora? ¿Modificar un proyecto en el que hemos trabajado durante más de dos años por culpa de una inquilina pesada? No. Ni hablar –sacudió la cabeza y miró enfadado a su alrededor–. Y bien, ¿quién es exactamente esa misteriosa señorita Golding?

Caselli suspiró, agarró una pila de carpetas que tenía delante y sacó una fina.

–Se llama Flora Golding. Es inglesa. Veintisiete años. Se ha movido mucho, así que no tenemos muchos detalles, pero vivió con Bassani hasta su muerte. Al parecer, era su musa –el abogado miró a su jefe y sonrió con tirantez–. Una de ellas, al menos. Todo está en el informe. Y también hay fotos. Se tomaron durante la inauguración del ala Bassani de la galería Doria Pamphili. Fue su última aparición pública.

Massimo no dio señales de haber escuchado ni una palabra de la explicación. Tenía la vista clavada en las fotos que tenía en la mano. Miraba sobre todo a Flora Golding. Estaba agarrada del brazo de un hombre al que reconoció como el artista Umberto Bassani, y parecía tener mucho menos de veintisiete años.

Y también parecía estar desnuda.

De pronto se sintió mareado. Apartó la mirada, aspiró con fuerza el aire y sintió que le ardían las mejillas al ver que llevaba puesto una especie de vestido de seda de un tono más pálido que su piel. Se fijó en las suaves curvas de sus senos y del trasero bajo el vestido ajustado y sintió una punzada de deseo en la boca del estómago.

Desde luego no se trataba de ninguna dama anciana.

Observó su rostro en silencio. Tenía una mirada de gata y el pelo castaño claro y algo revuelto, pero se trataba sin duda de una belleza. Poco ortodoxa, pero una belleza. Eso no podía negarse.

Massimo apretó las mandíbulas mientras observaba detenidamente la foto. Bella y ambiciosa. ¿Por qué otra razón estaría una mujer como ella con un hombre que le doblaba la edad? De pronto notó un sabor amargo en la boca. Tal vez interpretara bien su papel colgándose del brazo de su amante y mirándole con convincente adoración, pero él sabía por experiencia personal que las apariencias podían resultar engañosas. Y peor todavía, podían ser destructivas.

Sintió una chispa de rabia mientras observaba aquellos increíbles ojos leonados. Sin duda bajo la suavidad de su expresión se ocultaba una voluntad de hierro. Y seguro que también tenía un hueco en la parte donde iba el corazón.

Se le endureció el rostro. Aquella chica debía de tener algo así si había estado dispuesta a liarse con un moribundo. Y a convencerle incluso para que la dejara quedarse en su casa. Sintió una repentina náusea. No debería sorprenderle tanto su comportamiento. Después de todo, él sabía mejor que nadie lo bajo que podía caer una mujer de ese tipo a cambio de una parte del botín.

O de una nota a pie de página en un testamento.

Cerró la carpeta de golpe. Al menos, Bassani no tenía hijos. Por muy poderosa que hubiera sido la maligna influencia de la señorita Golding sobre el anciano, ya había terminado. Pronto pondría fin a su protesta para quedarse con el palazzo y la dejaría sin hogar y sin nada.

Massimo alzó la mirada y observó los rostros de los hombres y mujeres sentados alrededor de la mesa. Finalmente dijo en tono casi amable:

–Tal vez tengáis razón. Tal vez tengamos que buscar una nueva forma de acercarnos a la señorita Golding. Y en esta empresa contamos con alguien que está más que capacitado para convencer a la señorita Golding de que nuestro modo de hacer las cosas es la única manera.

Giorgio frunció el ceño.

–¿Ah, sí? ¿Y de quién se trata?

Massimo le miró fijamente con expresión calmada.

–De mí.

Se hizo un silencio asombrado y luego Giorgio se inclinó hacia delante con la frente arrugada.

–Como su abogado debo aconsejarle firmemente en contra de semejante acción. Lo mejor sería buscar un intermediario. No llevará mucho tiempo, pero sería mejor esperar que… –dejó de hablar al ver que su jefe sacudía lentamente la cabeza.

–Ya he esperado demasiado. Y sabes que odio esperar.

–Entiendo lo que dice, señor, pero insisto en que no me parece buena ida. Podría pasar cualquier cosa.

Massimo sintió una punzada de deseo. Sí, podría pasar cualquier cosa. Deslizó la mirada por las fotos de Flora y se sintió irremediablemente atraído por la belleza de su cuerpo y el desafío de su mirada. Sería apasionada al principio, tierna después, y aquellos ojos color de miel se derretirían mientras se apretaba salvajemente contra él…

Dejó a un lado la seductora imagen de Flora desnuda y excitada, sonrió y la tensión de la mesa se evaporó como una neblina matinal.

–No te preocupes, Giorgio. Me aseguraré de llevar chaleco antibalas –afirmó.

Su abogado sonrió y apoyó la espalda contra la silla.

–Bien. Pero yo también estaré presente en el encuentro para asegurarme de que no diga ni haga algo de lo que se pueda arrepentir –sacudió la cabeza en un gesto de frustración–. Pensé que un día como hoy tendría algo mejor que hacer que estar aquí.

Massimo apartó la silla y se puso de pie despacio.

–Así es. Tengo una comida de cumpleaños esperándome en La Pergola –los ojos le brillaron bajo las oscuras cejas–. Vamos a reprogramarlo para esta noche. Así la señorita Golding tendrá tiempo más que suficiente para firmar. Y ahora tú y yo tenemos que subirnos a un helicóptero.

 

 

Massimo cerró dos horas más tarde el ordenador portátil con un clic decisivo. El informe sobre Flora Golding le había resultado una lectura entretenida, pero no suponía ningún desafío para él. Según su experiencia, las mujeres jóvenes, guapas y ambiciosas solo necesitaban un empujoncito para terminar tan mal como se merecían.

Se apoyó contra el asiento y se quedó mirando el mar Tirreno a través de la ventanilla de su helicóptero privado. Lejos de la costa, el agua brillaba azul como una joya, y en a la distancia se veían las olas rompiendo contra la isla.

Se giró cuando el piloto se inclinó hacia delante.

–Un paisaje precioso, ¿verdad, señor? –gritó por encima del ruido del motor del helicóptero.

Massimo se encogió de hombros.

–Supongo que sí –consultó el reloj y luego miró hacia el abogado, que estaba sentado a su lado con los ojos firmemente cerrados y la cara empapada en sudor–. Abre los ojos, Giorgio. Te estás perdiendo el paisaje –bromeó–. No entiendo por qué has insistido en acompañarme si odias volar. ¿Cuánto falta para aterrizar? –le preguntó al piloto.

–Diez minutos, señor –el piloto señaló por la ventanilla–. Ese es el Palazzo della Fazia. Si le parece bien, creo que aterrizaré el helicóptero allí abajo –señaló hacia una zona ancha de terreno llano.

Massimo asintió, pero tenía los ojos clavados en el edificio color miel que estaba delante de él. El helicóptero tocó tierra suavemente y cuando los motores se detuvieron saltó a la hierba sin apartar la vista del palazzo. Poseía muchas propiedades impresionantes, pero contuvo el aliento al ver el estuco dorado brillando bajo el vívido azul del cielo. Estaba hipnotizado no solo por su grandeza, sino también por su serenidad, como si la construcción hubiera brotado de la tierra.

–Gracias a Dios que ya ha terminado.

Massimo se giró rápidamente cuando Giorgio apareció a su lado pálido y limpiándose el sudor con un pañuelo.

–Tienes una cara terrible –frunció el ceño–. Mira, ¿por qué no esperas aquí? No creo que ayude a cerrar el trato que te pongas a vomitar por el suelo.

Giorgio abrió la boca para objetar algo, pero cuando vio la expresión de su jefe volvió a cerrarla.

–No te preocupes –Massimo sonrió–. No tardaré mucho.

La entrada necesitaba sin duda algunos cuidados, pensó con espíritu crítico mientras metía el pie en un agujero. Visto de cerca, quedaba claro que el palazzo había conocido días mejores. Había partes del estuco caídas y se asomaban malas hierbas a través de los agujeros del enlucido como si fueran las pelotillas de un jersey viejo. Y, sin embargo, seguía habiendo algo mágico en su descolorido glamour.

Massimo torció el gesto, irritado por aquel repentino y poco familiar descenso al sentimentalismo. No había nada mágico en los ladrillos y el enlucido. Sobre todo cuando estaban reducidos a escombros. Y en cuanto la señorita Flora Golding firmara la renuncia a sus derechos de alquiler, eso era exactamente lo que iba a suceder.

Entornó la mirada, subió los escalones de la entrada principal y tiró con fuerza de la cuerda de la campana. Dio unos golpecitos impacientes contra los ladrillos, frunció el ceño y luego volvió a tirar de la cuerda. No se escuchó nada dentro y contuvo una punzada de irritación.

¡Maldita fuera! ¿Cómo se atrevía a hacerle esperar así? Levantó la cabeza y miró hacia la primera fila de ventanas esperando ver una cara, unos ojos maliciosos. Pero no había ninguna cara, y por primera vez se dio cuenta de que las ventanas, todas las ventanas, estaban cerradas. Apretó los dientes y estiró la espalda. El mensaje no podía ser más claro: La señorita Golding no estaba disponible para las visitas. Nunca.

Sintió que le iba a explotar la cabeza de rabia. Se giró, bajó los escalones y caminó a buen ritmo por un sendero desarreglado que había al lado del palazzo. Los zapatos le crujían de manera explosiva sobre la gravilla. Cada ventana cerrada parecía burlarse de él a su paso, y cada pisada aumentaba su rabia. Al llegar al final del camino encontró una puerta con el pasador roto y con lo que parecía ser una media femenina atada para mantenerla cerrada. Massimo tiró de ella con los dedos.

Pasó por delante de una pila de ladrillos y rejas de hierro oxidadas y se estremeció de placer al cruzar un arco de piedra y entrar en un jardín vallado. En contraste con la fachada del edificio, todas las persianas y las ventanas de atrás estaban abiertas, y al girarse hacia el palazzo se dio cuenta de que había un vaso de agua medio lleno y los restos de una manzana sobre una mesa de mármol. Así que ella estaba allí. Pero ¿dónde exactamente?

Parpadeó para protegerse de la luz del sol y se puso tenso al recibir respuesta. Había una mujer cantando en algún punto del jardín.

Massimo se agachó para pasar en silencio bajo un arco rodeado de rosas y descubrió un cerco de hojas sobre un estanque ornamental rodeado de una colección de ninfas de mármol.

Entonces se quedó sin respiración al ver cómo al otro lado del jardín una de las ninfas extendía el brazo para tocar un grupo de adelfas rosas.

Observó con la boca seca cómo la mujer se inclinaba y daba vueltas en silencio. Con la luz del sol brillando sobre su cuerpo húmedo parecía una diosa recién salida de su baño natural. Su belleza resultaba luminosa y resplandeciente. A su lado, las exquisitas ninfas de mármol parecían sosas.

Los ojos de Massimo siguieron la suave curva de su columna vertebral hasta llegar al firme y redondo trasero. Observó hipnotizado cómo levantaba los brazos y, estirándose lánguidamente, empezaba a canturrear. Y estuvo a punto de atragantarse al ver que no estaba completamente desnuda, sino que llevaba un minúsculo tanga color carne.

Se la quedó mirando con avidez, con la sangre golpeándole con fuerza cuando la mujer metió los pies en el estanque y empezó a cantar otra vez con el mismo tono dulce y ligero.

Massimo sonrió. Reconoció la canción, y empezó a silbar la melodía.

La chica se quedó paralizada y levantó la cabeza. Dio un paso hacia delante y frunció el ceño.

–¿Quién está ahí?

Massimo salió de debajo del arco y subió las manos en señal de rendición.

–Lo siento, no he podido resistirme. Espero no haberte asustado.

Ella se le quedó mirando con gesto fiero y Massimo se dio cuenta sorprendido de que no parecía asustada. Ni tampoco había hecho amago de cubrir su desnudez.

–Entonces tal vez no deberías ir arrastrándote entre la maleza. Esta es una propiedad privada, te sugiero que te vayas antes de que llame a la policía.

Massimo sonrió con frialdad.

–¡La policía! Eso sería un poco prematuro. ¿No quieres saber primero quién soy?

–Sé quién eres, Massimo Sforza –afirmó con voz clara y firme. Levantó la barbilla–. Y sé lo que quieres. Pero no vas a conseguirlo. Esta es mi casa y no voy a permitir que la conviertas en un espantoso hotel para turistas bulliciosos, así que ya puedes marcharte.

–¿Y si no qué? –Massimo deslizó la mirada con indolencia por sus senos desnudos–. Si estás ocultando un arma me encantaría saber dónde. Esta es mi propiedad y mi tierra y tú eres mi inquilina. Como tu casero, tengo derecho a inspeccionar lo que es mío. Aunque, para ser sincero, creo que ya me has mostrado todo lo que hay que ver.

 

 

Flora se lo quedó mirando con los ojos echando chispas por la rabia. Así que aquel era el famoso Massimo Sforza, el hombre cuya arrogante firma había dominado sus días y sus sueños durante muchas semanas. Era tal y como se había imaginado: Astuto, encantador y al mismo tiempo despiadado. Pero, en ese momento, con aquella brillante mirada azul clavada en la suya, le quedaba claro que había subestimado la proporción de encanto y crueldad. Al mirarle a los ojos sintió un escalofrío de furia que le recorrió todo el cuerpo. Estaba claro que pensaba que su mera presencia sería suficiente para superar las objeciones de Flora respecto a su estúpido hotel. Pues estaba muy equivocado. Ya estaba harta de los hombres que daban por hecho que ella se amoldaría a sus planes.

Se le aceleraron los latidos del corazón. Massimo Sforza era completamente aborrecible. Entonces, ¿por qué le temblaba el pulso como si fuera una polilla cerca de una vela? Se le sonrojaron las mejillas y sacudió la cabeza para negarlo… pero no podía negar la traicionera y estremecida respuesta de su cuerpo al suyo. Ni tampoco el hecho de que era el hombre más perversamente atractivo que había conocido jamás.

Y el más peligroso.

Apretó los dientes, confusa y molesta por la respuesta de su cuerpo. Aquello era inapropiado, superficial, y teniendo en cuenta que sabía quién era, no estaba bien. ¿Y qué si era guapo? ¿Acaso no había visto su foto mil veces en periódicos y revistas? Pero nada la había preparado para la realidad de su belleza ni para aquel aire de poder y seguridad en sí mismo, para aquel pelo negro y liso, la mandíbula visible bajo la barba incipiente y aquella mirada de autoridad.

Flora deslizó rápidamente la mirada hacia su pecho. Sí, era ancho, pero no porque tuviera un gran corazón. Aquel hombre no tenía corazón, y más le valía recordarlo.

–No sabía que eras un mojigato –le espetó–. Y menos teniendo en cuenta tu documentado interés por mujeres ligeras de ropa. Pero no me sorprende en absoluto que seas un hipócrita. Después de todo, eres el responsable de una corporación multinacional, y eso es una especie de requisito, ¿no?

Massimo se encogió de hombros con despreocupación, pero la intensidad de su mirada la hizo estremecerse.

–No soy un mojigato. Me has pillado con la guardia bajada. Verás, no suelo hablar de negocios con mujeres desnudas. Pero es que tampoco suelo visitar locales de striptease.

Los ojos de Flora brillaron con más fuerza que el sol de Cerdeña.

–No soy una stripper –afirmó con frialdad–. Y no estamos hablando de negocios. Esta es mi casa y puedo andar por ahí como me dé la gana.

Hizo una breve pausa y compuso una mueca de burla.

–Además, a diferencia de otras personas, yo no tengo nada que ocultar.

–Ah, así que crees que la desnudez es lo mismo que la honestidad, ¿no? Qué interesante. En ese caso, yo tampoco tengo nada que ocultar –Massimo se quitó la chaqueta y la arrojó con gesto de desdén sobre un rosal cercano. Los pétalos salieron volando en todas las direcciones.

–¡Eh! –Flora avanzó un paso hacia él–. ¿Qué diablos crees que estás haciendo?

Massimo la miró y ella se puso tensa al instante al ver la hostilidad reflejada en sus profundidades color cobalto.

–¿Yo? Te estoy mostrando la pureza de mi alma –le sostuvo la mirada mientras empezaba a desabrocharse lentamente los botones.

Flora apretó los dientes.

–¿De verdad vas a hacer esto?